Sorpresas

17. DOS TELETUBIS

Estaba en el living viendo una película por cable, acostada en mí sillón favorito. 

Fue bastante pasada la medianoche, cuando escuché el sonido de la llave en la cerradura.  

Mi hijo ya estaba llegando a casa en aquel día de mitad de semana laboral. 

Sabía que estaría cansado por el trabajo y los estudios.

Yo acostumbraba  dejarle todo dispuesto en una bandeja. Luego él se arreglaba, a lo sumo tendría que calentar algo en el microondas. Le preparaba su cena así por si elegía comer en su cuarto o en el comedor previo baño reparador. 

Aunque quizás exhausto,  no estuviera con muchas ganas de hablar, experimentaba el gozo de sabernos los cuatro bajo el mismo techo sobre todo en un horario como aquel.  

Esa noche Leo atravesó el umbral con una sonrisa espléndida que resaltaba aún más el brillo de sus hermosos ojos castaños. 

En segundos su barba algo crecida raspó mi mejilla, casi diría a conciencia de mi posterior falsa  protesta; esta es una picardía que, estoy segura, al día de hoy seguirá poniendo en práctica con sus hijas y su mujer.  

Dejó su mochila gris sobre una silla y declaró "mamá, me caso". 

Incrédula le pedí que me reiterase la noticia y levantando una ceja repitió más fuerte y hasta más feliz "mamá, me caso", al tiempo que me daba un maravilloso abrazo

En segundos miles de conjeturas se me vinieron a la cabeza, pero una sobre todo. 

Entonces él cancelando toda sospecha de mi parte, antes de que yo abriera la boca manifestó divertido "ma, no supongas, olvídate de lo que estás pensando, de nuestra parte, no está previsto darte nietos al menos por ahora".

"Nos vamos a casar en enero.

Será por civil y en la Iglesia de Luján Porteño como papi y vos"

Con honestidad confieso que me quedé más tranquila, pero igual me hubiera parecido una buena noticia la de un embarazo.

Ellos estaban de novios hacía tres años, ya tenían donde ir a vivir porque el abuelo de mi nuera había comprado un departamento, se lo había dado en préstamo y los chicos deberían hacerse cargo de la manutención y los gastos mientras lo utilizaban. 

Sucede que por su comportamiento como pareja moderna acostumbraban pasar mucho tiempo juntos, hacían viajes de varios días y manejaban su vínculo con libertad. Hacían gala de una mentalidad que podría llamar "recitalera e informal", entonces yo estimaba que este tipo de compromiso, un matrimonio, era como para otro del target de pareja.  

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, me dije.

Yo esperaba que se decidieran por una convivencia o algo por estilo, pero un matrimonio por civil y por iglesia era algo que me sorprendió de verdad. 

Más adelante hablando con amigos y conocidos descubrí que fue un hecho sorprendente para muchos.  

Así que, para felicidad de ellos y de todos los que los queremos, llegó enero.

El día seis tuvieron una boda hermosa y emotiva con vestido blanco, marcha nupcial, y música de Queen como fondo. 

El único detalle "excéntrico" o quizá poco usual fueron los dos Teletubis que los novios reeligieron para reemplazar a la clásica parejita sobre la torta. 

Recuerdo con que armonía y felicidad vivimos esa boda y deseo que esa dicha se perpetúe con la misma intensidad a través de los años.

 Tina Avena (CABA)

 

16. PIEDRAS EN MI CAMINO

En la oficina, mientras organizaba unos documentos, mi jefe empezó a contarme su experiencia cuando lo operaron de la vesícula. Hablaba con esa mezcla de seriedad y resignación que tienen quienes ya han pasado por un quirófano. Me decía que siempre le había tenido mucho miedo a las operaciones. Cuando aparecieron los primeros síntomas —ese dolor agudo que describen como un puñal en el abdomen—, intentó ignorarlos. "Me hice el distraído", me decía casi con orgullo.

Le esquivó a las consultas médicas hasta que, un día, el dolor llegó de pronto y lo obligó a operarse. No se pudo evitar la cirugía tradicional, en lugar de la  moderna y rápida laparoscópica. “Una herida grande y un postoperatorio largo”, me contó con una mueca. Yo lo escuchaba, pero lo sentía ajeno, lejano, como si ese tipo de situaciones nunca me fueran a suceder a mí.

Pasaron unos días, la rutina siguió su curso, y una tarde, en lugar de ir directo a casa al salir de la oficina, tuve que ir a la facultad. Me subí al 41 a eso de las seis de la tarde, como siempre. El tránsito por Once era una tortura. Mientras miraba los autos atascados, empecé a sentir un malestar extraño. Al principio, un dolor leve en el abdomen, pero luego una sensación de vértigo, como si fuera a desmayarme. Nunca me había pasado algo así. Más tarde, supe que eran cólicos.

Llegué a Las Heras y Pueyrredón, donde, por suerte, no me tocaba dar clase. Pasé por la cátedra, vi algunos trabajos pendientes y charlé con las chicas del departamento de Tecnología Industrial, tratando de disimular lo que sentía. La conversación fue breve, más por mi malestar que por falta de interés. Después volví a casa, y ya casi no tenía más síntomas, pero al día siguiente decidí sacar un turno médico para controlarme.

En la consulta, el médico, después de una charla breve, me dio órdenes para hacerme análisis de sangre y una ecografía abdominal. Me pareció un trámite rutinario. Cuando llegó la fecha, fui al Hospital Británico, sin mayores preocupaciones. Todo parecía estar en orden hasta que, durante la ecografía, le pregunté al médico si veía algo inusual.

—Está llena de piedras.

—¿La vesícula? —pregunté sorprendida.

—Sí, la vesícula.

Mis pensamientos volaron de inmediato a la historia de mi jefe.

—¿Me tendré que operar?

—Eso dependerá del médico.

Días después, fui al consultorio con los resultados en la mano. El médico me confirmó que tenía dos opciones: operarme de manera programada o esperar a que la urgencia me forzara a entrar al quirófano. En ese momento, recordé la historia de mi jefe, su dolor, su cicatriz y el largo postoperatorio. No quería correr el mismo riesgo.

—¿Cuándo podemos programar la cirugía? —pregunté.

Y así, en menos de una semana, la vesícula, ese órgano en el que nunca había pensado, se convirtió en el centro de todo. Una operación que nunca creí necesitar, pero que me recordó que, a veces, las experiencias de otros son avisos de lo que nos puede pasar a nosotros.

 Rosana L. (CABA)

15. EL 942

Era un día de invierno, de esos en los que el sol parece demorar una eternidad su salida y el aire se espesa con la neblina de la mañana. Mi papá y yo habíamos salido temprano desde casa, rumbo a Santa Fe, en su camioneta rastrojero  roja. Yo iba con la ventanilla apenas abierta y el viento se colaba golpeando mi cara, mientras él, concentrado, se aferraba al volante.

Nuestro objetivo era simple: ir al banco a hacer unos trámites, al supermercado   luego pasar por el local de Eduardo, un amigo de la familia, que estaba arreglando un reloj para nosotros. El trayecto parecía fácil, pero el destino siempre tiene sus propios designios.

Apenas salimos a la ruta, nos topamos con un camión viejo y destartalado que avanzaba a paso de tortuga. La neblina cerrada de la mañana y el humo negro que expulsaba su escape hacía que fuera imposible acercarnos, y cada vez que mi papá intentaba adelantarlo, otro auto aparecía en la dirección contraria, impidiendo que lo sobrepasase. Era como si el camión hubiera decidido acompañarnos todo el camino, desafiándonos a romper la monotonía de su lento andar.

En algún momento, ya aburrida de tanto mirar la misma matrícula una y otra vez, se me ocurrió algo. Tal vez, por influencia de esas historias de quiniela que había escuchado en la tele o en la radio, decidí que ese número de patente, el 942, podía ser mi clave para la suerte. “Papá, ¿y si jugamos este número en la quiniela?”, le dije, medio en broma, medio en serio. Él se rio, pero no me dijo que no. Supongo que también buscaba algo que hiciera el viaje más entretenido.

Después de lo que parecieron horas detrás del camión, logramos finalmente pasarlos. A él y a la neblina. Respiré aliviada, como si de repente el horizonte se abriera y nos diera la bienvenida a Santa Fe. Llegamos al centro, hicimos los trámites en el banco y, fieles a nuestra tradición, fuimos a visitar a Eduardo. Su local estaba en una esquina pintoresca, con vitrinas repletas de relojes antiguos, uno más impresionante que el otro. Mientras mi papá charlaba con él sobre el arreglo del reloj, yo me quedé mirando la agencia de lotería que estaba justo al lado. Era como si el destino me estuviera guiñando un ojo, recordando mi idea del número 942.

Al salir del local, antes de que pudiera decirle algo, mi papá ya había decidido entrar a la agencia. Sin mucho preámbulo, hizo una apuesta rápida: mi número, el 942, y otro que él mismo eligió, un número que solía jugar en sus días de suerte. No le di mucha importancia en ese momento, la verdad. Para mí, era solo un pequeño juego que habíamos compartido. Después, pasamos por el supermercado y compramos todo lo que nos había encargado mamá. Regresamos a casa a la hora del almuerzo.

Al día siguiente, la rutina de todos los días: el trabajo, la  escuela. A la tardecita, papá fue al pueblo a buscar el diario Litoral, de tirada vespertina. Cuando regresó, como de costumbre, se puso a leerlo. Fue directo a la sección de la quiniela. No le presté mucha atención hasta que lo escuché murmurar algo. “No puede ser…”, dijo con una mezcla de sorpresa y risa contenida.

Levanté la vista de mi libro y mis tareas. Lo vi sosteniendo el diario con una mano, mientras con la otra señalaba los números del sorteo. Y ahí estaba, en letras grandes y negras: 942, primer premio

No lo podía creer. La patente del camión, esa secuencia de números  aburrida y tediosa que había estado mirando durante kilómetros, se había transformado en nuestra llave a la fortuna. Mi número había salido en primer lugar, mientras que el de mi papá, su favorito, ni siquiera había figurado.

Nos miramos y estallamos en carcajadas. No por el dinero, que no era tanto, sino por la ironía del destino. A veces, los viajes más tediosos pueden esconder las sorpresas más inesperadas.

La semana siguiente, papá fue a la agencia y cobró el dinero del premio. Pese a que no había hecho la apuesta más conveniente, el premio alcanzó para comprarme un radiograbador stereo. Mi primer equipo de música. 

Y así fue como un camión lento en una ruta con neblina, el número 942 y una parada en una agencia de lotería se convirtió en la historia que contaríamos en familia durante años.

Rosana L. (CABA)

 

14. HOY

Con casi sesenta años, hoy me sorprendo por quien soy.

No dejo de maravillarme a diario con mis respuestas antes ciertas situaciones.

Agradezco a todas las personas que han transitado y transitan mi vida dejándome alguna que otra enseñanza.

No me quedo con las ganas, duermen en el fondo de un cajón, mis vergüenzas heredadas.

Hoy soy mi mejor sorpresa.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

13. CARTERITA DE MIS SUEÑOS 

El veinticuatro de abril de mil novecientos setenta y uno, yo cumplía seis años.

Por alguna razón que no recuerdo estaba en mi casa ese día. Cerca del mediodía llegó mi abuela María en su auto negro gigante tipo Batimóvil, con su chofer, bajó saludó a mi madre ligeramente y preguntó por mí.

Yo le tenía respeto o más bien miedo, en esa oportunidad me cantó el feliz cumpleaños, me apretó fuerte las mejillas y me dio un regalo. Vaya sorpresa, era algo muy deseado por mí, una carterita de cuero color suela con correa larga para llevar cruzada, preciosa. La señora tenía un gusto refinado y costoso. Amé esa carterita. Tal vez hubiera necesitado alguna prenda, zapatos o zapatillas, seguro que sí, pero nada me hizo tan feliz como ese regalo.

Hoy  recuerdo y revivo la sensación de asombro y perplejidad que se apoderó de mí cuando la vi llegar.

Mi abuela María, a la que tomé hace poco tiempo en mi corazón, a la que acepté y agradecí mi lado masculino heredado de ella, la que en un mundo de hombres, logró forjar a puño de hierro una fortuna y mantener una familia numerosa en pie, con sus escasos recursos emocionales.

Hoy, miro mi pasaporte y le agradezco, la honro y recuerdo mi carterita

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)


12. LA SORPRESA MÁS HERMOSA

Sorpresa en la adultez

Llegó noviembre y los primeros calores se hacían sentir con intensidad.

Dos días atrás, César había enviado un mail diciéndome que el lunes a la tarde entre las dos y las cuatro, tratase de estar en casa, ya que tenía muchas ganas de hablar con nosotros.

Almorzamos con mamá como todos los días, limpiamos la cocina y las nenas se acostaron a dormir un rato la siesta. Gian alternaba la teta a modo de chupete para esas alturas y el calor y la quietud del pueblo lo hacían dormir también.

 Llegó la hora sugerida del posible llamado y el teléfono no sonó.

Yo, algo desilusionada, le dije a mamá, “vamos a tirarnos un rato, que se le debe haber complicado a César…”.

 El silencio del pueblo parecía más de lo normal y el calor era agobiante para ese noviembre que se iniciaba…

Me fui al cuarto del fondo de la casa y me recosté solo minutos puesto que el timbre sonó dos veces.

 ¿Quién será a esta hora?-dije algo molesta.

 Abrí la puerta y me sorprendió la presencia de Gabriel, el primo de General Rodríguez.

 ¿Qué hacés acá? -exclamé casi a los gritos-Queéalegría más linda! ¡Pasa pasa!

Inmediatamente las nenas saltaron de la cama para ver al primo lejano al que saludaron con besos y abrazos.

 Tomamos algo, agua, jugo, mate.

- ¿Queéhacés acá?- volví a preguntar.

-Es que me dieron ganas de celebrar mi cumple en el pueblo con los tíos y amigos, me dio nostalgia y me vine para acá, me prestaron la camioneta y acá estoy.

 Tomamos mate, dale, dijo (él o vos?)y encendí un fósforo para la prender la cocina.

 En ese instante, el timbre nuevamente.

-Pero, otra vez,-dije.

 ¿A esta hora quién será?

Yo quería charlar de todo con Gaby.

 Fui apurada a abrir la puerta.

 Manoteé el picaporte con fuerza y con fastidio casi y al abrirse quedé paralizada y sin respiro…

 Con las manos apoyadas en las columnas que sostienen el techito del porche, con una sonrisa de lado a lado, estaba César, el que no había llamado y el que me había sorprendido como nunca nadie en la vida lo hizo.

¡Que hacés acá!  exclamé otra vez pero a los gritos que despertaron a mamá y a Gian.

 -Vino papá -dije, repitiendo  la corta frase.

 La carita de Cate y Sere no la olvidé nunca, aún a veintidós años de ese día.   

 Lloré, reí, grité, todo a la vez.

 Lo abracé tanto tanto, le daba besos, o tocaba para ver si era verdad o mentira, las nenas lloraban de emoción, saltaban, se enroscaban en su cuello, no sé las cosas que hicieron.

-¡ Es papi!,!es papi

 Mamá salto de la cama y también lloró de emoción.

Serena corrió a buscar el chupete y lo tiró en el tarro de basura.

 Cate hizo lo mismo con la mamadera.

Querían honrar la presencia del padre con algo fuerte.

Gian con apenas siete meses reía y balbuceaba, intuía que algo hermoso estaba pasando.

 Lo demás vino después y comenzó nuestra hermosa historia en Chillar.

 Ese día fue el reset de los Bredice.

 Seis de noviembre de dosmildos…

 La sorpresa más hermosa de mi vida…

 

 

11. SORPRESAS NOS DA LA VIDA

Me gusta que me sorprendan, no siempre, pero en ocasiones dejo que otros elijan por mí.

Me pasaba mucho con mi marido, eso de ¿qué comemos? o ¿qué tomamos?, me aburría, me quitaba las ganas, entonces cuando él me preguntaba, ¿dónde vamos? o ¿de qué gusto querés el helado?, o cualquier  otra cosa, yo le decía: sorprendeme.

En una oportunidad para el día de la madre me sorprendió gratamente con una portada del diario Clarín, (trucha por supuesto), donde en primera plana estaban las fotos de mi nieta Mica y yo)  y cuyo titular me mencionaba como la mejor madre del mundo. Realmente esa sorpresa me dejó muda, él no era muy creativo, pero esa vez  logró serlo. Otra vez mi amiga Vero ideó una fiesta sorpresa para mi cumple, yo ni enterada estaba, en combinación con mis hijos lograron su cometido. Con una excusa que yo creí cierta y con la complicidad de una vecina lograron sacarme de casa inventando cualquier excusa y de ese modo poner en marcha el festejo. Cuando estuvo todo listo, dieron el ok y pude volver.Vaya sorpresa, de pronto mi casa se había transformado en un salón de fiestas, las paredes adornadas con coloridos globos y guirnaldas, una bola brillante colgaba del techo lista para iluminar al compás de la música, carteles hechos artesanalmente por Verónica con palabras amorosas  dedicadas para mí, y ni hablar de las cosas ricas que habían preparado para comer, con torta y todo. Yo nunca me enteré de nada, todo lo idearon y lo prepararon en la casa de mi amiga, además me resultó  sorprendente la cara de todos esperando mi reacción ante semejante sorpresa .

Y por último, cuando recién me mudé con mi esposo a nuestro primer departamento,  solo nos faltaban los sillones, en ese momento nos era difícil comprarlos, entonces mi papá nos propuso una idea, dijo: voy a jugar a mi número preferido, si sale les regalo los sillones. Jugó al número 21 , y como un obsequio del azar ganó y cumplió, nos dio el dinero y elegimos un juego de sillones de color bordó.

Sorpresas nos da vida dice la canción, y vaya que es cierto, hay de todo tipo. Las que no fueron buenas las dejo en  un rincón, rescato aquellas que al rememorarlas, las vuelvo a disfrutar. 

  Li (CABA)

 

10. ARBOLITO  DE NAVIDAD

Realmente hay temas que me descolocan a la hora de escribir.

Cómo explicar que en mí niñez y adolescencia las sorpresas no formaron  parte de mí existencia.

 Todo era muy explícito y fundamentado de antemano como para que nada me tomara por sorpresa. Si alguna vez me sorprendieron con algo grato fueron personas que conociendo mí niñez poco mágica quisieron darme una alegría  sorprendiéndome con algo que siempre había soñado tener.

Mi deseo en cuestión era tener mí propio arbolito de Navidad, yo me quedaba obnubilada cuando iba de visita a la casa de mis tíos y ya tenían armado el suyo. Yo tendría doce años cuando una mañana llegó mi tío portando un árbol de navidad natural y una caja colmada de bolitas y figuras de colores brillantes, tan brillantes como mis ojos llenos de lágrimas al recibir la sorpresa.

Es para vos me dijo, esbozando una sonrisa e intuyendo la felicidad infinita que mí corazón de niña sentía en ese momento. 

Armarlo fue casi un ritual, elegí el color de cada adorno, pretendía que ese, mi primer árbol, luciese como ningún otro. Pero antes de eso tuve que resolver un inconveniente y con astucia encontré el modo.

Tenía todo, adornos, guirnaldas, , sin embargo, como era una árbol natural no tenía base de apoyo. Después de mucho pensar encontré la solución: conseguí una lata de dulce, prepare una mezcla de arena y cemento , llené la lata, sujeté el árbol  de manera que quedase firme  y derechito y cuando endureció,  que no fue en el momento, me dediqué a armarlo.

Terminado quedó muy hermoso, tanto que decidí dejarlo en el jardín para que todos lo vieran. Llegó la noche buena, vinieron mis abuelos y tíos paternos como lo hacían cada año.

Pasadas las doce todos se retiraron a sus casa y nosotros a descansar también.

En la madrugada me despertó un fuerte trueno, un relámpago iluminó el espacio, la lluvia y el viento pegaban con fuerza en los vidrios del dormitorio.  Lo primero que vino a mi mente fue el arbolito que estaba a la intemperie. Desesperada salí al patio sin que me importase mojarme y corrí a taparlo. Pero ya era tarde, el viento  había hecho añicos los adornos  y con ellos mis ilusiones.

Unos días después, antes de la llegada del Año Nuevo, enterándose mi tío de lo sucedido, volvió a traerme   un nuevo árbol y más adornos,  pero esta vez el árbol no era natural y ante cualquier eventualidad preferí  resguardarlo bajo techo .

A partir de ahí y hasta la actualidad, cada año armé mí arbolito con la misma  felicidad que lo hice en aquella oportunidad. Siento placer al hacerlo, representa no solo en advenimiento del niño Jesús, sinóo también y ,de algún modo, mi agradecimiento a ese tío que tuvo la sensibilidad de poder percibir en mí ese sueño de tener mí propio árbol navideño. 

 Li (CABA)

 

 9. ¿DOLOR O SUFRIMIENTO?

Luciana aparece en mi cuarto y nerviosa me dice: Má, me voy a vivir con una amiga a Salta. Sus ojos se llenaron de lágrima. Yo la miré, y tratando de que no se sintiera con culpale dije: ¡Qué bueno, Lu, me alegra! La sorpresa me hizo muy mal, con el pasar de los días lloraba en silencio. Me volvieron  ecuerdos que me dejaron marcas  de mucho dolor,  lo de mi madre y el padre de mis hijos.  La  de Lu fue distinta, me aviso que se iba. En cambio mi madre se fue sin decirnos nada, también el padre de mis hijos.   Luci dijo que iba a ver si se adaptaba sino se volvía en cuatro meses. La  extrañé horrores,  el duelo duró por lo menos un año, Yo hablaba sola y decía: Gladys, no sufras, tu hija debe seguir con su vida,  tengo que soltarla, si sigo llorando, extrañando, su vida no va ser buena. Un día mirando la televisión escuché a un médico decir que el dolor es inevitable, el sufrimiento optativo. Santas palabras fueron para mí, terminaron mis llantos y la espera a que volviera,  Luci fue mi gran  compañera, nos divertíamos cuando salíamos. De niña me hacía dibujos, me los pasaba por debajo de la puerta de mi cuarto  De bebé, cuando yo llegaba del trabajo y pasaba a buscarla por la casa de la  vecina que me la cuidaba, al escuchar mi voz, aparecía una sonrisa de alegría, levantaba sus  bracitos en alto para que la levantara.  Flor, Cristian, Lu, mi nietito Lautaro, mis padres son mis grandes amores.

 Gladys Yapura (CABA)

 

8. EL DIABLO                                           

Media semana, tipo dieciocho horas, mi padre me pidió que fuera al pueblo que  quedaba a unas tres cuadras de casa. Tuve que ir sola.  Siempre que salíamos al pueblo o hacer compras,  a veces a jugar, iba con mis hermanos menores.  Jugué hasta mis trece años con ellos,  nos encontrábamos con otros amigos eran risas , escuchar música por los parlantes, cantar. Me encantaba. Pesa tarde no quisieron acompañarme.  Me fui, hice las compras, pan, carne, fideos ...  En ese tiempo había una novela con Andrea del Boca, se llamaba Celeste, me quedé a verla en un despensa donde la dueña nos dejaban ver. Ahora que recuerdo tuvimos una televisión que era a batería. cuando todavía toda la familia estaba junta: mamá, papá, hermanos. Qué tiempos hermosos aquellos.  Cuando la carga  terminaba había que esperar que mi padre fuera al pueblo,  quedaba a  kilómetros.  Recuerdo ir con él en bicicleta Para mí era una novedad el pueblo,  ver negocios iluminados, autos,  heladería, la plaza.  Cuando nos mudamos le prestamos la televisión a mi ta Margarita y  nunca nos la devolvió.  Bien,  la novela comenzaba a las diecinueve y duraba una hora. Ya de noche, me fui hasta una esquina al final de la calle de asfalto, las otras tres eran de empedrados y esperé  a  algún vecino que me acompañara a volver a casa. Tenía ímiedo de caminar a oscuras, eran las nueve de la noche. Pero no vi a ningún vecino volver. Comencé a caminar con miedo,.  rezaba a cada momento. A una cuadra de llegar  vi un gran bulto venir de la mano contraria.  Cada vez que se me acercaba yo temblaba y a la vez me : no tengas miedo, Gladys, que Dios nos acompaña. Nos cruzamos y lo miré de reojo, para mí  era un cerdo de un metro de altura. No me di vuelta,  comencé a correr.  Llegue desesperada a contarle  a  mi papi lo que había visto . Me dijo: hija, ese era el diablo. Quedé sorprendida y pensé: wau,  qué valiente que soy,  lo pude enfrentar, rezar me dio coraje. Mis hermanos al escuchar quedaron boqui abiertos. Nos quedamos hasta tarde charlando de lo que me había pasado. Mi lindo Lucio me dijo que el diablo se disfrazaba de muchas cosas. Estoy tentada de la risa  recordando los momentos de terror que viví.   Un gran abrazo a mis lindos papis que en esta madrugada están conmigo reviviendo estas historias

 Gladys Yapura (CABA)

 7. DESGRACIA CON SUERTE

Recién habíamos terminado de comer. Sandra y yo estábamos aburridas.  Nos dieron permiso para levantarnos. Corrí la silla apurada para ganarle en la carrera hasta mi habitación y no vi que mis papás habían puesto el sifón en el piso, contra la pared, porque no había lugar en la mesa. Lo pateé sin querer. Explotó por el aire. Los vidrios salieron disparados para todos lados. Se clavaron en mi pierna, muy cerca de la ingle. También en la rodilla de la mamá de Sandra.

Entre gritos de susto, los grandes se echaban la culpa por el descuido mientras envolvían mi pierna que no dejaba de sangrar.

Fuimos al hospital enseguida. Cuando volvimos ya no había vidrios en el piso. Me acostaron en mi cama y me pidieron que me quedara quieta.

Mi pierna estaba fea. Muy fea. Tenía una gran cicatriz en forma de araña. 1,2,3,4 patas tenía ese bicho. Cuatro fueron los puntos con los que aquel doctor cosió mi piel para que dejara de salir sangre.

Pasaron los días sin poder caminar mucho por temor a que esos puntos se salieran. El día que me los sacaron volví muy triste. Ya podía andar, sin embargo, esa araña seguía ahí. No me la habían quitado. Mamá me preparaba cosas ricas y me insistía en que comiera, pero no había caso. Habían pasado varios días y yo estaba cada vez más flaca.

Un domingo tocaron el timbre. Mamá me dijo: Gladys andá a abrir a ver quién es.

 Era raro. Yo nunca iba a abrir el portón. Corrí por el pasillo y ahí estaba. Era mi abuelo que había venido desde Mar del Plata a visitarme.  Mis abuelos vivían allá. Tenían una mueblería y mi abuela se había quedado en el negocio.

Lo abracé fuerte,fuerte. Me puso sobre sus hombros a caballito mientras mi mamá le gritaba desde el fondo caminando apurada hacia nosotros:

 -Cuidado con la piernita.

-Cuidado vos con esa panza- le respondió risueño. Él siempre se reía.

Yo creí que no podía estar más feliz. Hasta que mi abuelo me preguntó:  

_¿Querés venirte conmigo a Mar del Plata? Ya verás como el aire de mar y la comida de la abuela van a hacer milagros.

-No, es muy lejos- dijo mi mamá, preocupada.

-Sí, mami, por favor, por favor- gritaba yo saltando de alegría.

- No es mala idea- dijo mi papá que estaba entrando en ese momento y escuchó la conversación.

Al otro día ahí estábamos. Mi abuelo y yo en el tren rumbo a la playa. Mi mamá lloraba en el andén.

-¿Por qué llora la tonta?- le pregunté intrigada a mi abuelo.

Él largó otra de sus estruendosas carcajadas.

Durante el viaje nos dedicamos a planear cómo íbamos a sorprender a mi abuela que no sabía de mi llegada.

Mi abuelo abrió la puerta mientras yo me escondía en la esquina.

-Rosa, ya llegué. Vení que te busca la vecina.

Ella saludó a mi abuelo y salió a la vereda. Yo corrí feliz a abrazarla.

Ella no salía de su asombro. Me abrazaba y me besaba mientras lo retaba a mi abuelo.

No entendí por qué lo retaba si se mostraba feliz de mi llegada.

-            Está convaleciente todavía, ¿estás loco?- decía entre contenta y preocupada .

-            ¿Convale qué? – pregunté.

Y otra carcajada de mi abuelo.

-            Vamos a merendar que las facturas están calentitas- dijo él minimizando la preocupación de mi abuela.

Quince días más tarde llegó mi mamá con su pancita a cuestas. Me fue a buscar porque en pocos días yo empezaba primer grado.

Contenta le mostré que no sólo tenía varios kilos más sino que había aprendido los números hasta el 99 y leía y escribía en imprenta.

Mi mamá me miraba emocionada. Me tocaba los cachetes y decía:

-Son rosaditos otra vez.

-Yo cumplo mis promesas- dijo mi abuelo guiñándole un ojo a mi abuela que estaba tan feliz como él.

Así volvimos las dos a casa. Lista para empezar segundo grado porque primero me quedaba chico. Pero eso es parte de otra historia.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

6. CUATRO SORPRESAS

No tengo dudas de que las sorpresas más lindas de la vida me las dieron mis hijos.

Me sorprendió Fermín, cuando fui a hacerme una ecografía de control y vi su corazón latiendo en la pantalla. Ahí estaba él, desde hacía dos meses y yo no lo sabía.

Salí del ecógrafo, subí al auto y le mostré a su papá. “¿Ves eso?”, le dije, señalando la imagen en papel. “Es nuestro bebé”. Nos abrazamos, lloramos y reímos de emoción y felicidad. Al día siguiente, esa misma imagen les mandé a mis padres por fax con un globito de historieta que decía “hola, abuelos”, trasladándoles la sorpresa a ellos.

La siguiente fue Lucía. Contra todo pronóstico, ya que cuatro meses antes los médicos nos habían dicho que sin tratamiento no iba a ser posible. Un día de otoño algo me decía que era esta vez sí, tenía un presentimiento. Entonces me hice un test y confirmé que estaba ahí, venciendo los malos augurios con su incipiente vida. Luego comprobé que llevaba en mi vientre casi tres meses.

A los tres años, la sorpresa fue el siguiente embarazo, el de Camila. Una semana antes de enterarme, Lucía me preguntó “Mamá, ¿vos tenés un bebé en la panza?”. A lo cual contesté divertida “Nooo”. Pues sí, la tenía en mi panza hacía dos meses y no lo sabía.

La siguiente sorpresa vino por partida doble y también fue anunciada por Lu, que desde hacía dos meses ponía la mesa agregando dos platos “para mis hermanas”, decía. Hacía tres años que veníamos recorriendo el país y enviando carpetas por correo para anotarnos en los listados de adopción. Pues un día que parecía ser uno más, en el que nada extraordinario iba a suceder, sonó el teléfono para comunicarnos que en La Rioja estaban las hermanitas para las que Lu ponía la mesa. Allí fuimos a buscar a Jeni y Marisol.

Hasta ahora, nunca nadie me dio sorpresas más lindas que las que me dieron ellos. No hubo viajes, regalos, festejos ni nada que supere estos recuerdos. Son un puñado, cuatro sorpresas, me sobran los dedos de una mano para contarlos. Pero son la maravilla que construye la base en la cual me sostengo para enfrentar las otras, las sorpresas amargas, esas que caen como un balde de agua helada en la cabeza y como dice el Nano nos dejan “chupando un palo, sentados sobre una calabaza”.

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

5. RETAZOS

El cumpleaños sorpresa con mis vecinos cuando desperté de la siesta, a mis cinco años.

Mi abuela con un alfajor para cada uno en las manos, a mis seis.

La jirafa de peluche que pusieron mis papás a mi lado en la cama para cuando despertara, a mis ocho años.

El chocolate Smack que me trajo papá de Buenos Aires, a mis once.

La campera de jean que me compraron, elegida a mi gusto, a los doce años.

Deslumbrarme con la entonces Capital Federal a mis casi trece.

Todos retazos. Recuerdos que me aparecen como postales, sin mayores detalles, pero que dejaron en mi memoria la alegría de ser sorprendida. Un puñado de registros de momentos únicos y exclusivos. Pequeños grandes ladrillos para construir una vida feliz. Joyas encontradas en una infancia que se desarrolló en el contexto de una familia numerosa, de magros recursos económicos y, más de una vez, cuestionables recursos afectivos.

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

4. ¿JUAN Y JUAN?: NO, SORPRESA Y SORPRESA

No sé en qué fecha sucedió. Sí sé que Sebastián tenía cerca de cuatro años y Federico era transportado en cochecito modelo paragüita. También recuerdo con claridad que estábamos en la casa de mis papis los tres y que me había ido en remis hasta Ituzaingó. En eso estábamos cuando la temperatura de Sebastián trepó y siguió subiendo. Siempre fue de fiebre fácil.  Mi inquietud se equilibró cuando decidí llevarlo a su pediatra, el Dr. Diego Faingold. Deshicimos el camino: otro remis nos dejó en el Hospital Italiano. Llevaba a Sebas en upa porque el pibe ni parado podía quedarse. Con la otra mano ¿libre? arrastraba el cochecito de bebé. Llegamos los tres a la sala de espera. Fue vernos el profesional y salir a mi encuentro. Las preguntas de rigor. La medicación necesaria. Le pedí que me leyera. Hice memoria de mi stock antipirético en la heladera. Tenía la cantidad como para salvar esa tarde/noche. Al día siguiente sería otro el cantar.

El mismo remis que nos llevó desde Ituzaingó hasta Almagro, nos depositó en la puerta del edificio de Aranguren y Caracas, Flores.

Bajé niños, bolsos y cochecito. Ingresé al palier. Esperamos los tres al ascensor. Sebas seguía muy caliente. Lo esperaba un largo baño de inmersión. Siempre le gustó mucho jugar en la bañera. Así que sus baños fueron casi la eternidad misma.

Apreté el número cuatro del ascensor. Los ascensores se detenían enfrente de la puerta de mi departamento.

Primer tema: la puerta de mi departamento no tenía las dos vueltas obligatorias de llave. ¿Habría dejado así la casa?

Segundo tema: ingresé al living y en el medio del mismo había un piano de estudio con las sogas de los transportistas.

La semana anterior que la vecina del quinto piso se había equivocado de puerta y de piso y había intentado ingresar a mi casa. La señora no sabía cómo pedirme disculpas. Yo me llevé un susto enorme.

A raíz de esto pensé que me había pasado lo mismo a mí. Cansada por los kilos en brazos de Sebastián, habría apretado mal el botón del ascensor supuse. Tomé a mis dos niños nuevamente y salí al pasillo. Volví a tomar el ascensor hasta la planta baja. ¿Por qué la planta baja? En mi susto importante, quería volver a comenzar lo andado. Como si esta acción me devolviera la certidumbre.

Sebastián preguntaba cuánto faltaba para su baño placentero y por qué paseábamos en ascensor en lugar de quedarnos en casa.

Nada fue respondido. Con toda mi atención puesta en mi dedo índice derecho y mis ojos conectados con la numeración del tablero, volvimos los tres a subir esta vez con la certeza de bajar en el cuarto piso. Con expresión triunfante, nuevamente coloqué la llave en la cerradura. La habría dejado sin doble pasada, no importaba, ya estaba de vuelta. Sebas corrió al baño. Yo miraba con sorpresa: los muebles, la cocina, algún juguete de los chicos. Era mi casa.

Había un piano en mi living.

Al rato, llegó Claudio. Con sorpresa me contó que con María del Rosario, mi profe de órgano de entonces, había urdido esta sorpresa. Comprar un piano no es lo mismo que comprar un litro de leche. Con ella había ido a la casa de un luthier, pagó el piano y esperó el transporte especializado.

Pasé seis meses limpiando el piano. María del Rosario venía a mi casa a darme clase y yo practicaba escalas y ejercicios en el órgano Casio. Hasta que un día me animé, junté coraje y lo toqué. Fui más feliz.

El cielo había adquirido un color marrón brillante y su lugar era mi living.

Edith Oxilia (CABA)

 

3. SORPRESA PENDIENTE                                           

La palabra sorpresa no representa mucho para mí. Tampoco podría decir que no haya tenido ninguna. Pienso si habrán sido disfrutadas en el momento que ocurrieron y nada más, pues no es mucho lo que viene a mi mente como para contar.

La asocio  con la niñez, porque mucho puede considerarse como tal ante los ojos de los niños. Supongo que en esos años, pude haber tomado como sorpresa desde un chocolate a un regalo.

¿Me habré sorprendido cuando me regalaron la muñeca que habla? ¿O cuando la vecina me regaló la cocinita de chapa?

Me gustaría decir, por ejemplo, que fue una sorpresa cuando me eligieron como abanderada para el acto escolar pero si bien creo que pesó más la alegría que la sorpresa, ambas desaparecieron cuando el compañero elegido como escolta, comenzó a rumorear que las maestras habían tomado esa decisión debido a que había perdido a mi mamá el mes anterior.

Rápido aprendí que hay personas que prefieren sorprenderte pero con palabras negativas.

Revisando mi adultez, pasa lo mismo. Si hubo sorpresas, habrán sido bien recibidas. La única que ahora recuerdo, es cuando en una Navidad mi marido me regaló una videocasetera nueva. Fue un gran regalo para mí, porque con mis amigas de Israel e Italia, intercambiábamos VHS de distintos programas o documentales de nuestros países y con una segunda video, podía compaginarlos.

Sin embargo, cuando leí esta consigna, lo primero que pensé fue en la otra cara de la moneda, en la sorpresa que durante mucho tiempo no llegó.

Mientras fui niña, adolescente y parte de mi adultez, esperé que algo sucediera el día de mi cumpleaños. Esperaba que alguien, un familiar, una amiga, tocara el timbre de casa diciendo, justamente: “¡sorpresa! No eran necesarios ni regalos ni globos, solo eso, algo más que una llamada telefónica.

A medida que el tiempo fue pasando, comencé a ver esto de una manera diferente. En lugar de agiardar me di cuenta de que era más gratificante para mí organizar mi cumpleaños e invitar a mis personas queridas.

Si me preguntaran por qué tuve el deseo de esperar esa sorpresa, la de un saludo inesperado en un día de cumpleaños, no lo sé.

Ah… pero ahora escribiéndolo, se me ocurre que quería un saludo presencial…

Dejo de escribir. El resto del debate se lo dejo a Yima, nuestra mentora, y a mis compañeras.

                                                    Claudia (CABA)

                             

2. DIOS

 

Cuando conocí a Daniel, mi ex marido, nos prometimos un viaje a Bariloche. Nuestro sueño más grande. Todavía no éramos novios, pero nos imaginábamos yendo en un motorhome, con hijos y viviendo de la naturaleza, como La familia Ingalls. Nos casamos y tratamos de copiarlos, pero lejos de ser ellos, nos convertimos en Los locos Adams.

A causa de la situación económica del país y porque no estaba en nuestras prioridades, estuvimos ocho años sin salir de vacaciones. Cuando por fin se estabilizó nuestra economía, empezamos a organizar viajes cortos. Daniel era tan rata que terminábamos en casas prestadas y hoteles de la obra social. A veces hacíamos escapadas de fin de semana a Sierra de los Padres, su lugar en el mundo, no el mío. Yo le ponía onda, por los chicos. A los diez años de casados, nuestro matrimonio empezó a tambalear y yo me iba de viaje con mis padres. Mientras se hacía inminente la separación, Daniel se aferraba más a mí, y yo me alejaba.

El último año que estuvimos juntos, contratamos un tour por la Patagonia argentina, desde el Océano Atlántico hasta la cordillera. Recorrimos tres provincias: Río Negro, Chubut y Neuquén: empezamos en Viedma, una ciudad bastante gris, y terminamos en San Martín de los Andes, el paraíso mismo. Durante el viaje, yo decidí separarme definitivamente de Daniel. Estaba muy bajoneada, pero traté de concentrarme en la belleza de la naturaleza y en lo que nos enseñaban los guías. Luego de pasar por Trevelin, una localidad con costumbres galesas, en el departamento de Futaleufú, Chubut, emprendimos un largo trayecto hacia la ciudad de Esquel, que está construida sobre un valle. La excursión principal fue al Parque Nacional Los Alerces. Ya la entrada era frondosa y enigmática. Yo estaba muy entusiasmada porque me encantan los parques nacionales de este país. Debíamos recorrer un camino a pie. Fuimos por un sendero silencioso donde no podíamos asustar a las aves ni tomar nada del suelo, tampoco ensuciar ni tirar basura. Un lugar virgen, colorido, con árboles milenarios.

Después de una larga caminata, pasando por varios lagos de diferentes colores, seguimos por el sendero, a orillas del Río Grande, llamado también El Futaleufú y de repente llegamos a un claro. Se abrió ante mis ojos un telón con un cuadro natural, lo más hermoso que vi en toda mi vida. Fue tal la sorpresa que me dije a mí misma: Esto es Dios. Él había pintado una montaña a lo lejos, el río torrentoso de color verde mezclado con espuma blanca, flores y aves. Totalmente conmovida, me quedé un largo rato absorbiendo esa maravilla, dejando entrar en mi cuerpo todas las sensaciones posibles para recordarlo el resto de mis días. Me perdí en la naturaleza, me olvidé de mi existencia y me uní al lugar y a ese momento para siempre.

Luego de unos años quise volver. Había contratado un hotel en Esquel y mi único paseo iba a ser reencontrarme con Dios, pero había tomas e incendios en el Parque Nacional. Mi viaje quedó trunco.

 

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


 

1. PAPÁ EN CASA

 

Era el año 1976. Yo tenía once. Por esa época, los fines de semana en casa eran tumultuosos: Dani y yo mirábamos la televisión mientras mamá limpiaba o hacía compras. Cuando papá no viajaba, preparábamos alguna salida al cine o al teatro, incluido el restaurante. Todo era según cuánto había ganado papá con su trabajo de viajante. Pero si no había paseo, yo tenía el sábado y el domingo ocupados porque me encontraba con mis amigos del colegio y patinábamos, jugábamos a la paleta o andábamos en bicicleta. Ya éramos grandes. Estábamos en sexto grado y nos encantaban esos encuentros de amigos.

Aquel viernes de octubre, mi papá volvía de un viaje. Dani y yo lo esperábamos ansiosos. El micro se demoró y a mí me venció el sueño, me puse el pijama y me fui a dormir.

Al día siguiente mi papá me despertó con una sonrisa de oreja a oreja y me dijo: Mary, no voy a viajar más. Por detrás estaban, felices, mi mamá y mi prima Marcela. Yo no entendía nada, pero recuerdo el sentimiento que me provocó esa sorpresa.

Nunca hablé de Marcela porque hace más de treinta años que no la veo. Era mi prima predilecta, una hermosa nena, cariñosa y simpática, que brillaba cuando aparecía en un lugar. Ella estaba en ese momento porque había acompañado a mi tío Tony a ultimar detalles por el puesto que le habían ofrecido a mi papá, él y el hermano de mi mamá. Ellos tenían una Gestoría de automotores y habían inaugurado una Agencia de compra-venta de autos, entonces mi papá atendería el negocio, ya que tenía mucha experiencia en ventas.

Este trabajo ocasionó algo que me faltaba desde que era chiquita: pasar más tiempo con él.

Mi papá pudo dedicarse más a Dani y a mí. Me llevaba a guitarra, a inglés y todo en casa era felicidad. Hasta que crearon el Taller. Eso fue para mí su perdición.

 

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


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