13. LA MISMA NOVIA, DOS NOVIAS
Hacia el final de mis diecisiete años comencé una etapa brillante.
Me puse de novia con Esteban y terminé la secundaria sin deber materias.
Al mes de obtener mi título de Perito Mercantil empecé a trabajar y me anoté en la carrera de abogacía en la UBA.
Mi vida social se activó y de ahí en adelante hubo muchos cambios favorables.
Había logrado un peso de cincuenta y cuatro kilos lo que me hacía sentir feliz.
No era secreto que se lo debía a las anfetaminas recetadas por el médico dado su efecto anorexígeno y a las dietas poco saludables con ayunos y exiguas porciones de alimento, pero bueno, pasaría un tiempo hasta que lograra registrar las consecuencias nocivas de esas prácticas.
El cabello ocupaba un lugar importante en dicha coherencia algo incoherente en la que yo fluía, la de la belleza reñida con la salud.
Llevaba un corte carré y reconozco que me encantaba como ese estilo de cabello y el rimel destacaban de alguna forma mis ojos pardos.
Por supuesto "la toca" apoyaba esa elección, entonces cada noche construía sobre mi cabeza, un bonete capilar sostenido por clips plateados, un rulero enorme y una redecilla, que cubría con un gorro de lana súper ceñido.
Si tenía que salir inmediatamente después de lavarme el pelo, recurría a aplicar sobre él, entre un par de papeles madera, la plancha de la ropa sobre la mesa.
Más adelante llegué a comprarme un secador de pelo con cofia de tela plástica y sistema similar al de las peluquerías.
A los veintidós me casé y para el civil elegí un tailleur turquesa, , porque adoraba vestir en la gama de los celestes y verdes.
Me parecía que esos colores maridaban de manera sublime con mi pelo oscuro, casi negro y mi habitual corte de cabello.
Para la ceremonia religiosa quería lucir algo diferente por lo tanto pedí que me hicieran un peinado con ondas grandes para ubicar el tocado de flores blancas sin tul.
Días después de llegar de nuestro viaje de bodas pasamos a retirar el álbum de fotos.
El fotógrafo nos comentó graciosamente que parecía que Esteban se hubiese casado una novia en el Civil y con otra en la iglesia.
Efectivamente, el hombre tenía razón, el peinado había hecho la diferencia.
Logré verla, pero nunca me identifiqué con las fotos donde tengo el pelo ondeado.
Veo en ellas una Melinna cuya apariencia no me satisface y eso que hasta el vestido fue diseñado por mí.
.Melinna Trigo (CABA)
12. ESA CHINITA QUE NO USABA TRENZAS
Como no recordaba cómo se veía mi cabello en mis primeros años, pude ubicar unas viejas fotos y allí aparezco recurrentemente con melenitas aunque en una única foto con dos añitos, en que estoy junto mi papá junto a la estatua de Garibaldi, salí algo molesta por el sol en los ojos con el pelito cortito y jopo.
A los cuatro años, en unas imágenes del cumple de quince de mi prima Graciela, tenía ya un corte a lo "periquita" que me acompañó en la foto escolar de primer grado.
Allí estaba más lacio y resaltaba las redondeces de mi cara.
En una foto de primero inferior, ya con siete años, mi cabello aparece bastante largo y desgreñado.
Se ve que no le prestaba bastante atención.
Vivíamos en Castelar y yo estaba atravesando la etapa indómita.
En tercer grado, nueve años tenía, vivíamos en Capital y yo me esforzaba por satisfacer los requisitos de la seño Yolanda que me exigía mejorar la presencia para participar en los actos del colegio y a partir de allí tengo un poco más de registro de lo que fue mi cabello en la niñez.
En pos de esa impecabilidad, recuerdo que para el acto del 25 de mayo me cortaron el pelo bastante cortito, muy prolijo.
En esos días mi maestra que no ocultaba su desagrado por el hecho, solía meter sus cuidadas manos de puntiagudas uñas esmaltadas de rojo, en mi corta cabellera y la me revolvía sin dulzura.
Más complejo fue aguantar sus cavilaciones sobre mi pelo para el acto del 9 de julio en que yo representaría a una muchacha campesina y debió conformarse con que me pusiera un pañuelo en la cabeza cuando a ella le hubiera gustado verme con trenzas.
El resto de la primaria y siempre bajo la impiadosa mirada de la señorita Yolanda, que aunque había dejado de ser mi maestra y creo que por cierto raro tipo de afecto, me seguía de cerca, me dejé el cabello largo y lo empecé a cepillar y acicalar con más dedicación, al igual que a toda mi persona. Eso sí, con la cuestión de la obesidad "no daba pie con bola".
Yo me miraba, casi exclusivamente, la cara y el cabello en el espejo, actitud que me acompañó gran parte de mi vida.
Afortunadamente algo que nunca tuve, fueron piojos.
Recuerdo que a mis catorce, mi hermano cinco años menor, apareció portándolos.
Mi madre se avergonzó y escandalizó tanto que esa noche impregnó su cabeza y la del nene con kerosene, por alguna razón, no hicimos lo mismo papá y yo.
Durante esa madrugada ellos despertaron intoxicados, con una reacción tan fuerte que tuvieron que quedar internados por un par de días.
Melinna Trigo (CABA)
11. FARÁNDULA
Cuando me mudé a mi primer departamento en CABA, el barrio era desconocido para mí. En mis primeras recorridas por Balvanera/San Cristóbal vi que en la esquina de mi casa había una peluquería. Me parecía linda y con gente muy agradable. Entre y pedí un turno para cortarme el pelo. Así me hice clienta. Era una familia de peluqueros y varios empleados más: la familia Vernucci. Justo estaba disponible Gabriel y empecé a atenderme con él. En las siguientes visitas obsrvé que había fotos de competencias de peluqueros y cursos de capacitación que dictaban ellos. Un día vi una cara conocida, pero no sabía de dónde. Al rato, recordé que era del noticiero de canal 13. Como están en la misma zona, se ve que les queda cómodo atenderse ahí. Años posteriores los hermanos Roberto y Gabriel Vernucci, empezaron a trabajar en los programas de Tinelli y aparte de la gente del canal, había siempre modelos y famosos del “Bailando por un sueño” o modelos que participan del desfile de moda que organizan todos los veranos en Carlos Paz.
Me mudé a otro departamento que estaba a pocas cuadras y seguí yendo a esa peluquería. Aparte de cortarme, me hacía color o reflejos más claros. Cuando me mudé a mi actual casa, la distancia aumentó y si bien no era tan lejos, ya me quedaba más trasmano que antes.
En mi nuevo barrio entre Monserrat y San Telmo, había una peluquería más pequeña, pero con gente muy simpática. El Salón MB de Miguel Ángel González que además cortaba bien el pelo. Cambié de peluquería y era una terapia ir a la pelu por lo familiar y por la comodidad de estar cerca.
A los pocos años a Miguel le ofrecieron trabajar en teatro con Flavio Mendoza y me contaba sobre la propuesta. Yo lo animaba y le decía - Dale para adelante Migue, esto te puede abrir otras puertas. Así empezó con el show business. En pocos años ya ha estado en muchas obras de teatro y teatro musical con sus pelucas y peinados de Miguel y equipo. Se cambió a otro local más grande y otra vez está lleno de famosos e influencers de la TV y el teatro. Mi parte cholula feliz de la vida y mi parte clienta del barrio piensa: ¡No puede ser, cada peluquería que elijo es invadida por los famosos!
Rosana L. (CABA)
10. COIFFEUR EDUARDO
En las fotos de bebe, como todos los bebés, tenía el pelo cortito. Me fue creciendo hasta los hombros, tipo corte carre, hasta los cinco o seis años, previo a la escuela. A partir de ahí, mi mamá me lo dejó crecer hasta abajo de los hombros. Era largo y lacio. Para ir a la escuela mi madre me hacía una colita de caballo, bien tirante para atrás como para que los piojos rebotasen en caso de aparecer. Cuando estaba en casa o salía lo soltaba o a lo sumo usaba algunas hebillas y colitas para tener la frente despejada.
Los primeros años mi tía Chuchi me cortaba las puntas y emparejaba el pelo casi todos los meses, iba poco a la peluquería. Cerca de los diez, fui con mi mamá a cortarnos el pelo a una peluquería famosa en Santa Fe, “Coiffeur Eduardo” . Salía en la tele y tenía un local muy lindo. No recuerdo cómo surgió la idea, si bromeamos o qué pasaba, pero le decía a mi papá que quería ir a esa peluquería. Y mi papá nos dijo, Bueno, vayan. Así que mi mamá me llevó y nos cortamos el pelo allí. Salimos hechas unas divas. De ahí me quedó la enseñanza de mi vieja de darme un gusto y gastar en peluquerías cada tanto.
Así fue hasta primer año de la secundaria, que se empezaba a usar corto y en una visita a la peluquería me lo corté así. Fue un cambio notorio. Cuando llegué a la escuela todos se dieron cuenta y algunos compañeros me dijeron que había pasado la langosta. Pero más allá de la cargada me comentaban que me quedan lindo y yo lo sentía así. Me gustaba haberme animado al cambio, a ser transgresora y también liberarme de desenredarme, secarme y peinarme el pelo largo. Con el pelo corto, podía salir sin peinarme que nadie se daba cuenta. Después empecé a usar gel y buscarle variantes al pelo corto con cortes desmechados, jopos, etc.
Al terminar la secundaria y empezar la universidad volví a dejarlo crecer y lo usaba recogido o suelto sin las normas de la escuela primaria o secundaria. Ya no volví a usarlo tan corto nunca.
Rosana L. (CABA)
9. RECONOCER LA BELLEZA EN UN CONTEXTO INESPERADO
De mi infancia
existen muy pocas fotos, todas en blanco y negro,
mostrando mi cabeza totalmente cubierta de rulos. Existe otra de los cuatro
años desfilando con una melena abultada y larga cayendo sobre mis hombros y
espalda, las observo atentamente y veo en ellas cierta belleza
.
Fue el comienzo de
la primaria que trajo aparejado el dolor que me causaba el color de mi cabello
rojo, motivo de tantas burlas. Recuerdo querer desaparecer, hacerme invisible o
simplemente soñar que al despertar mi pelo luciera diferente. Se sumó a mi
lista de angustias, el hecho de que
me cortaran como varón a los ocho años y
mis rebeldes rulos tomaran vida propia. Mi madre mandó a realizar un rodete con
mi cabello para facilitar el peinado necesario en mis presentaciones de
flamenco.
Fueron aquellas épocas de angustia donde el espejo me sacaba la lengua y se reía de mi.
En la adolescencia lo dejé crecer hasta los hombros, iniciando así un leve coqueteo de dos años.
Aquella melena
demasiado roja, espesa y gruesa, se
vio beneficiada por la leucemia, que me devolvió un pelo adorable, como el que
soñaba cuando niña, comprendiendo, entre otras cosas el valor de los deseos.
Sumando un cambio radical de pensamientos y valores.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
8. RETRATO DE INFANCIA
Observo la foto que durante décadas durmió en una valija. Busco –escudriñando cada detalle- reconocer a la niña que anida en ella, en medio de tonalidades terrosas. La pequeña tiene siete años. Se la ve de cuarto perfil paradita junto a su maestra de segundo grado, Margarita, detrás del escritorio. La docente intenta un gesto de escribir una nota con la mano diestra y con la izquierda la abraza. La niña está parada con la mirada fija a lo lejos. Luce un guardapolvo impecable con tablas acartonadas a base de almidón. El peinado -de su cabello castaño- es un atado prolijo sobre la nuca que remata en un importante rodete. En su frente se destaca un flequillo abundante recortado meticulosamente sobre las cejas. Miro detenidamente ese perfil que -muchas veces- me resultó casi impersonal. Reconozco a esa niña ávida de conocimientos aunque temerosa del camino que le esperaba.
Debajo, hay una segunda foto. Seguramente ha sido tomada en el mismo momento. Me veo sentada en mi pupitre junto a una compañera. Ambas caritas miran el cuaderno y portan una lapicera en sus manos. A un costado, se visualiza una bolsita de tela donde guardaban sus manualidades. Se las ve de frente. Cada una luce, de igual modo, el esmerado rodete en la nuca y el poblado fleco cortado a un dedo de distancia de las cejas. Ellas y el derrotero de sus existencias.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
7. MI PELO
Me dormía haciendo caracolitos con el cabello de mi madre. Desde siempre, cuando tengo sueño o estoy quieta, lo hago. Es un gesto natural.
Ahora que estoy haciendo un tratamiento fortalecedor me pregunto por qué le habré tirado tanta mala onda.
Rizado por demás, con esos rizos que se tienen que cuidar por eléctricos y desordenados continuamente necesitó un plus de atención.
De chiquita se encargaba mamá. Los acomodaba y peinaba y me ponía cintas o vinchas con hebillas francesas, me lo recogía por arriba y peinaba todo el tiempo. Hasta descubrí un álbum con un mechón sedoso y claro. No parecía mío.
El problema fue después: no me conformaba. Creo que no era la imagen que esperaba de mí y se agudizo mucho más. Lo entiendo ahora que tangibilizo el tema obligándome a escribir, ver fotos y, hoy, nada parece lo que llevé a cuestas una vez. Es extraño.
Desde la toca con o sin piquitos pasando por la media de nylon y la plancha con papel manteca para el flequillo hasta llegar a la crema de alisado fue un camino bastante sinuoso por el tiempo que me demandaba cuidarlo y la no conformidad antes de un encuentro o de ir a bailar o al levantarme.
Entre sexto grado y primer año se sumaron los anteojos lupa oscuros que me hacían sentir un bicho. Después con las lentes de contacto pasó un poco esa sensación.
La colita de caballo fue mi aliada.
A pesar de esto, por mi carácter divertido y ocurrente o por mi poca atención a esas señales nunca me sentí ni observada ni dejada de lado en los grupos. Me rodeo siempre de gente de buen corazón. El problema lo tenía yo.
Cuando nacieron los chicos, mi pelo, volvió a cambiar. Empezó a fallar la tiroides y eso afectó todo mi metabolismo.
Otra etapa comenzaba.
Y otra y otra…hasta que me perdí de vista. Y me cansé. Creo que pasó cuando mamá se murió.
Me peinaba pero con peines de tristeza y automáticamente. Las imágenes volvieron a no despegarse de mis ojos. Como esa madrugada que, es evidente, no voy a olvidar. Dormida con su cabello ordenado y mi pregunta sin respuesta de cómo había llegado hasta la cama. Cómo su cepillo distraído con hebras doradas todavía seguía dispuesto a peinar apoyado sobre la cómoda de su cuarto. No pude abrazarla pero le canté. Sus zapatos y su cabello. Su cabello y sus zapatos. Recorrido inevitable de mi mirada. Miedo, negrura, opresión en el pecho. Uno por inerte, otros por vacíos.
Todo volvía a darse vuelta.
No había tiempo para mirarme.
Recuerdo esa bisagra de existencia y lo nuevo por venir hasta llegar acá.
Pasaron años, ¡porque pasan años! No es verdad que la vida pasa rápido. Pasan los instantes y las horas, pasan las emociones y las palabras, pasan tantas cosas en esa inmensidad que no llegamos a aprehenderlas. Pasa mucho tiempo entre las heridas y la sanación.
Me descuide. No tenía ganas ni deseos.
Con mamá se había cerrado un capítulo esencial. Ahora sí, mi hermano había muerto de verdad.
Y quedé sin fuerzas por un tiempo. Mis ataques de pánico, los vómitos, engordé mucho y el pelo lo sufrió.
El curso de la vida fue actuando hasta hace muy poco que me abracé descubriéndome distinta. Estoy a gusto con lo que veo ahora. Hasta creo que me queda mucho por vivir. Sé que no es así pero me siento tan bien que lo pienso.
Las cosas se reacomodaron en valor. En arte decimos exactamente eso. Cuando se recupera una obra cualquiera sea es una puesta en valor.
MI pelo está incluido. Aprendí a dejarlo libre. Que haga lo que quiera. Lo cuido mucho entre bálsamos y ampollas, masoterapia y aceites, vitaminas y peine de bamboo.
Son bienvenidos los tiempos que transito porque sigue dándome trabajo pero lo acepto como acepto todo lo demás.
Gabriela Potenza (CABA)
6. RAPUNZEL
Soy admiradora de las princesas de Disney desde que era pequeña.
Me encantaban esos vestidos vaporosos llenos de brillos, esas caritas con mejillas rosadas, esos peinados impecables luciendo hermosas coronitas con pedrería.
Los príncipes que aparecían mágicamente en esas historias también llamaban mi atención, me ilusionaba con encontrar en un futuro a mi propio príncipe azul.
Como mi realidad era totalmente diferente, necesitaba alimentar mis fantasías constantemente, de niña con las heroínas de los dibujos animados y de adulta con las protagonistas de las novelas que hasta hoy sigo consumiendo.
La imagen que me devolvía la pantalla me alentaba a ser como ellas.
Para eso debía cuidar mi cuerpo, mi rostro y mi cabello.
Hace unos años y a modo de broma, me empecé a llamar Rapunzel.
Se me ocurrió un día cualquiera que cepillaba mi pelo frente a la ventana mirando la nada.
Mi dormitorio en la casa de la calle Lugones estaba en el tercer piso y yo pasaba mucho tiempo allí. Era como vivir encerrada en mi propio castillo.
El nombre de la princesa alemana no era por mi larga y blonda cabellera, me lo había puesto pensando que un príncipe azul podía llegar en cualquier momento, subir la escalera caracol, rescatarme y sacarme fuera de esa casa.
Ya no vivo en la torre de Urquiza, pude recuperar mi nombre y conocí a mi príncipe azul, un hombre normal que por suerte ya empezó a desteñir.
Soy pragmática y nada obsesiva. He cuidado mi cuerpo desde la salud no desde la estética, acorde con esto, el trato que le doy a mi cabello es de una indiferencia casi absoluta, las atenciones básicas de higiene, lavarlo diariamente, es más que suficiente.
Como nunca me gustó perder tiempo esperando en una peluquería, hace un par de años conocí a Mónica y sin dudarlo empecé atenderme en su casa con turno.
Odio mis canas, pero cuando voy para hacerme el color no soporto que me tiren del pelo.
He llegado a tomar la mano de mi colorista diciéndole de muy mal modo: “por favor , ¡basta de tironearme!, ¡tengo el cuero cabelludo muy sensible!”
Además de teñirme con Mónica una vez por mes, Roberto, mi estilista, viene a mi departamento cada tres o cuatro meses a cortar mi melena.
Llega a la hora convenida, me mira, me hace un par de preguntas, entre ellas si ya me compré el cepillo redondo que según él necesito, y me escucha decir lo de siempre ---- esto ya no tiene forma de nada, pero acordate que yo no me peino, haceme algo práctico para que lo pueda acomodar con las manos.
¡Como siempre! , me contesta Roberto con cara de resignación….
Este es todo el tiempo que le dedico a mi cabeza por fuera, la mayor cantidad de horas se las dedico a lo que tengo adentro.
Hace años que trato de ordenar mi cerebro…
Mágico Abril ( CABA)
5. CABEZA DE CAMALEÓN
Mis olvidos voluntarios más que lagunas son océanos, así que tengo que bucear en mis recuerdos hasta verme niña.
Unos seis añitos, pelo súper corto y una sesión de fotos en blanco y negro donde estoy sentada en el living de mi casa de Flores junto a mis padres y mis dos hermanos varones.
Habrá también una fotografía solo con mi hermano menor, disfrazados. Guillermo vestido y maquillado de payaso y yo, de bailarina clásica con tutú.
Imágenes de cuerpo entero o retratos de caritas tristes, da lo mismo, sonrisas forzadas después de haber escuchado un: “sonrían para la foto”….
Mi cuerpo ya se veía rollizo, pero me gustó el rostro de mi hermano con la típica lágrima de clown pintada bajo sus ojos celestes y su pelo rubio enrulado.
Los dos tomados de las manos tiernamente.
La línea de tiempo me traslada unos años después a quinto grado.
Estaba de pie detrás del escritorio de la maestra, la señorita Bonilla, con mi delantal blanco y una sonrisa de oreja a oreja. El pelo largo atado con una gomita en una cola de caballo bien tirante, mostraba la frente despejada resaltando mi cara redonda como un disco de empanada, como un alfajor Jorgito, como una moneda… en fin…
Al comenzar la secundaria la cosa se complicó.
Mi cuerpo se desarrollaba y a la contextura grande, por no decir “gorda”, se agregaban mis pechos que ya no se podían ocultar. Mi carácter se hacía cada vez más introvertido, lo que aumentaba mis ganas permanentes de pasar inadvertida.
Seguir cultivando el bajo perfil era fundamental para mí.
Nunca tuve habilidades manuales, y como soy de la época de “la toca”, un enorme rulero que con dos o tres pinzas ayudaba a sostener el cabello bien estirado bajo una redecilla, mis problemas iban a aumentar.
Mi pelo era largo y ondulado, ni rizado ni lacio, o sea, indefinido.
Dormir con “la toca”, como lo hacían mis compañeras de curso, era imposible para mí; así que encontré otro motivo para odiarme.
Me odiaba a mí, no a mi cabello. Mi cabeza tenía dos o tres remolinos que impedían cualquier peinado ya que separaban los pelos en mechones rebeldes que no se corregían.
Tengo en medio de la frente un remolino que me ha torturado toda la vida porque nunca me permitió usar flequillo.
Para desquitarme de todo este sufrimiento la tengo a Laura, camaleónica con su cabello, a punto tal de rasurarse la cabeza con la máquina de Nico, su pareja.
Tenía el pelo largo hasta la cintura y lo había teñido con todos los colores posibles.
Voy a recordar siempre las palabras de su entrenadora de handball cuando la vio llegar a un torneo con la cabeza en color fucsia, turquesa, rojo y amarillo: Hay que tener personalidad para entrar a jugar con ese look, solo Laura lo puede hacer.
“Hay que tener coraje para salir a la calle así, no solamente para venir a jugar”, le respondí
- Tenés razón - me contestó Silvia- pero le sobran ovarios a tu hija.
Admiro a Laura que hace años se adueñó de su cabeza como corresponde, por dentro y por fuera. Envidio su actitud, yo no pude….
Mágico Abril (CABA)
3. DESPEINADA A LO PALITO
Nada me importa mi pelo. Lo lavo, lo peino y si hace frío lo seco. Listo. Fin de la acción. En lo que a mí concierne. Mi amiga Marita no se mueve de su casa si su pelo no recibió una dosis de secador y planchita diaria. Obligatorio. De viaje, obvio, es lo primero que guarda en su valija. Tiene que estar muy bien peinada. Siempre. Y me parece genial. Como muchas otras mujeres, algunas con más obsesión que otras, invierte su tiempo de vida en la actividad “ocuparse del pelo”. Si ellas gastan y se dedican al tema, entiendo que ocupan el tiempo que yo debería ocupar sobre el particular. Mundos paralelos.
Mi estimado señor esposo -al igual que hacía su señora madre y mi suegra- se peina nada más pasar cerca del baño. Tiene varios cepillos de diversos tamaños. Lo que más tiempo le lleva es cuando regresa de la peluquería. Nunca lo peinan como es su gusto. Así que al llegar de vuelta el tiempo se duplica necesariamente. Mis hijos van mensualmente a sus barberos amigos.
Ir a la peluquería era otro temilla
en mi haber. Cuando estoy esperando, todas hablan conversan
de temas que desconozco y que no me interesan. Para nada. Los
peluqueros enseguida se dan cuenta de que hablan con una neófita y sacan a
relucir términos incoherentes. Me miro en el espejo del local y me devuelve a
una Edith diferente a la imagen que vive en mis espejos. Por eso, encontrar a
Gaby y frecuentar sus negocios durante veinte años o más ha sido una delicia.
Porque el tipo es sencillo, no anda masacrando cabezas (lo he visto hacer por
otros y jactarse en los comentarios de ello) y es creativo a más no poder. Con
el correr de los años (íbamos los cuatro) nos hicimos amigos de él y de su
señora que te depilaba y te hacía manos y pies para deleite de todos. Formaron
una empresa que desarmaron el día que patearon el tablero, vendieron todo y se
fueron a Pinamar. Allí viven en una casa preciosa y desarrollan otras
actividades bien distintas a la peluquería. Allí vamos de paseo seguido.
Con él, con su venia, he lucido raros cortes y peinados nuevos que admiraba la gente por donde he transitado.
La felicidad de mis amigos me implicó la búsqueda por el barrio de una peluquería simple y sencilla. Soy razonable. No espero que se hagan amigos míos. Mis vecinas reciben mis preguntas con amabilidad. Pero toda la gente que han recomendado y que tuve el gusto de visitar, no ha sido de mi agrado. Si te pido que me entrecortes con la tijera especial, es porque conozco a mi pelo, sé muy bien de qué se trata. Con ese entrecortado adquiere algo de volumen y no se “cae” tanto. No sé bien si no tienen dicho elemento o es el capricho de “yo soy quien hizo el curso de peluquería, qué me vas a enseñar vos”. En esto estoy. De recorrida barrial. Alabando a quienes tuve el gusto de conocer frente a las que me los sugirieron. Pero no vuelvo más.
Edith Oxilia (CABA)
3. PELO, MI PELO
Mi pelo es lacio y finito. La necesidad imperiosa de llevarlo atado a la escuela con peinados absurdos que sostenían la nada. Elásticos blancos tapados con cintas verdes ya que ese era el color del uniforme. No me dieron tiempo de tenerle bronca al verde. Cuando niña, los médicos tratantes de mi trastorno en la piel aconsejaron un corte masculino. Que el pelo luciera cortito en mi cabeza. Mi mamá, obediente hasta los tuétanos, no pidió permiso e hizo cortar el pelo en consecuencia. No solamente el mío: mi hermana la ligó de rebote. Cuando aparecí en el colegio, mis compañeros y mis compañeras me mandaban a formar a la fila de varones por mi corte de pelo. Yo me desarmaba por dentro. La razón tenía que ver con que de esa manera mis lesiones en el cuero cabelludo “podían respirar”. Claro. Luego esta forma de llevar el pelo se puso de moda. Mucho tiempo después. Corte garçon.
Viví siempre con caspa abundante sobre mis hombros. En aquel tiempo se decía que la caspa se debía a un problema del estómago. Todos hablaban de mi supuesta caspa que no era tal ya que se trataba de la descamación de mis lesiones. Mientras yo iba por la vida de nena con el pelo corto, mis compañeras de escuela lucían trenzas que les llegaban a la cola. Con cintas tejidas con el cabello. Toda mi envidia en aquel tiempo a ellas por sus pelos.
Estudiaba folklore junto a otros compañeros. Bailábamos en los actos escolares a los que venía toda la comunidad dado que se llevaban a cabo los días feriados. La profesora en cuestión, la señora Susana, me decía que las chinas llevaban trenza. ¿Qué iba a hacer mi mamá con ese cabello corto? ¡Qué iba a hacer yo de china de pelo corto! En fin.
Edith Oxilia (CABA)
2. MARCOS, EL SUPREMO
Pelearme con mi cabello a diario era algo común. Contaba en mi haber un batallón de hebillas, horquillas, vinchas, cremas para peinar, champúes para bajar el frizz, en fin… todo lo que me ayudara a contener mis rulos. Porque no se trataba solo de ellos, mi pelo siempre fue abundante y grueso, quedaba de la forma en que él quería, no como yo lo peinaba.
Por mi parte seguía insistiendo con la toca, y así, alguna que otra vez, me conformaba viendo que quedaba un poco más lacio, tal como me hubiera gustado tenerlo.
Al igual que lo sucedido con mi guardarropa, cuando mis hijas nacieron y mientras fueron pequeñas, yo estaba sumergida en otros aspectos que no eran justamente el de mi apariencia, así que durante mucho tiempo, la solución radicó en tener el cabello recogido la mayor parte del tiempo.
Luego pasé unos años yendo a distintas peluquerías, en general todas del barrio o cercanas a él. En una de ellas, no sé cómo dejé convencerme por el peluquero que me favorecería el cabello más corto, con unos reflejos cobrizos. Parecía Cristóbal Colón después de ser atacado por los indios. Espantoso.
Otra vez, decidí probar el alisado. Lo hice en otra peluquería… no sé si por el producto o porque estaba mal hecho, el pelo parecía ser de cartón prensado, sin ningún tipo de movimiento. Por suerte no duró demasiado, con algunos lavados fue desapareciendo.
Así pasaron un par de años, hasta que conocí a Marcos.
Marcos era compañero del curso de inglés de Pamela, mi hija menor. En esos momentos él trabajaba en una de las sucursales de la cadena de peluquerías “Pino, Leo y Lina”.
Después del primer corte de cabello, se transformó para mí en Marcos, el Supremo.
Solo con los cortes, mi pelo fue cambiando, siendo un poco más dócil y de fácil peinado, sin que tuviera que usarlo corto. Como conocía mi fatal experiencia con el alisado de años atrás, primero me sugirió probar solo el flequillo. Tiempo después, me convenció hacerlo en todo el cabello, explicándome que los productos habían mejorado y que no lo arruinarían. Mi cambio fue total, y no solo lo digo por el pelo. Sino por mi forma de verme, fue la gran solución después de tantos años de insatisfacción.
Él ahora trabaja por su cuenta, y por supuesto, sigue siendo “mi coiffeur” después de veinte años.
Gracias a él, hoy puedo decir que estoy conforme con mi cabello.
Marcos, alabado seas.
Claudia (CABA)
1. INDOMABLE
Mientras fui pequeña, hasta mis siete u ocho años, no presté atención a mi cabello. Recuerdo que en general, no solo para ir al colegio, mamá me hacía trenzas o una “colita”. Porque mi pelo era indomable, una maraña de rulos que se escapaban entre las hebillas por más que estas formaran un ejército en mi cabeza.
Tal era así que recuerdo verme sentada en una peluquería, llevada por mamá, para que la peluquera pudiera con algún producto desembrollar ese enredo para por lo menos, poder peinarme sin tener que pelear con el cepillo cada día.
Cuando contaba unos once años, la solución fue cortarme el pelo. Corto, estilo varón. Un horror, literal. Una vincha intentaba bajar los rulos que seguían intentando sobresalir, mientras que otros más pequeños, brotaban por todos lados. Una vez que iba por la calle, unos chicos pasaron a mi lado y dijeron: “Parece que tuviera rulitos de alambre”. No lo olvidé jamás, por eso lo menciono.
A medida que crecía, entrando en la adolescencia y durante la misma, el cabello mejoró un poco, pues me fui interiorizando sobre productos para cuidarlo. Por supuesto aprendí a hacerme la famosa “toca”, estirándome el pelo hasta parecer china, pero en ese entonces todo sacrificio valía la pena.
Ahora que lo pienso, qué frustrada me debo haber sentido, pues no me sentía acompañada favorablemente ni por mi cuerpo ni por mi cabello. Como si ambos estuvieran en mi contra en esos tiempos tan difíciles en los que tanto costaba sentirse bonita.
Claudia (CABA)
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