Carta a mí misma

 10. TRABAJANDO JUNTAS

Querida yo,

¿Cómo estás? Me duele la garganta y tengo sueño. Me tomé un caramelo Fecofar y un té con limón. El limón es del limonero que tengo en la terraza. La primera cosecha de limones caseros. También me duele un poco el cuello y el hombro derecho por hacer un mal movimiento, tengo una contractura. Fui al médico de guardia y me dio unas pastillas de diclofenac. Les tenía un poco de desconfianza por malas experiencias en el pasado. Las estoy tomando hace un par de días y estoy mejor, sin reacciones adversas con el hígado. Esto me recuerda que los años no vienen solos y que tengo que mejorar mi estado físico. Me tengo que poner las pilas con eso.

En otro orden de cosas, hice arreglar mi notebook y la tengo de vuelta después de dos semanas. Tengo que volver a instalar y, para volver a trabajar con ella, ordenar toda la informaciòn que le saque

En estos días Anna se fue de viaje a festivales de música filarmónica y la extraño bastante. Es una sensación un poco rara ver como los hijos crecen y se independizan de nosotros. O ya pueden quedarse solos y uno puede tener actividades propias. La última semana fui con unas amigas a un show de tango donde cantaba una amiga en común. También fui con Andrea, mi amiga de la facultad, a ver “Lo que el río hace”. Muy interesante la obra, me sentí identificada con lo me pasa cuando voy de vacaciones o por trámites a mi provincia y visito a mis familiares.

Este mes tendría que viajar para allá a hacer un trámite y tengo tan pocas ganas de ir.  En realidad, tengo muy pocas ganas de todo en todo. Estoy en un periodo que si pudiera jubilarme y retirarme de todos mis trabajos. lo haría. No puedo hacerlo. Entonces, sigo estirando mi existencia en todos los ámbitos y me mantengo haciendo la plancha, como se dice. Sin demasiadas expectativas y relativamente con pocos o muchos miedos, según como se mire.

No sé bien cuándo pasará, eso me hace pensar en que tendría que retomar terapia. Por otro lado, sé que esto también pasará y debo concentrarme en el día a día. Enfocarme en el medio vaso lleno y agradecer a Dios todas las cosas buenas que tengo en mi vida, que no son pocas. Tengo trabajo, formación, techo y comida para mí y mi familia. Mis hijos están sanos y son buenas personas.

El trabajo no tiene grandes logros ni grandes dramas. Salvo algunos eventos, que los acepto en algunos casos y en otros no. Más allá de todo esto me falta motivación y/o energía para cambiar o mejorar los aspectos negativos o las cosas que no me gustan.

Por ejemplo, el idioma inglés y mi tesis. Ambos ”importantes“ y no esenciales en mi vida, por diferentes motivos. Cada tanto hago un curso de inglés y refresco el conocimiento, pero nunca pasé de leer e interpretar textos o comunicación tipo Tarzán. Ahora directamente cuando veo Netflix pongo audio en español o traducir las páginas web en español en lugar de leerlas en inglés.

La frustración me tira abajo. Es obvio que tengo que pasar a la acción para avanzar en las tareas pendientes y pedir ayuda externa  o aceptar que puedo vivir sin eso. En eso estamos trabajando juntas, vos y yo, entre otras actividades en este taller de Yima.

 Rosana L. (CABA)

 

9. PROPÓSITOS

Hola ,Mónica 

Tantos años sin escribirte. Reconozco que me olvidé de vos por mucho tiempo; y ahora viendo esta foto me encontré con canas, pelo corto y aunque coqueta, como siempre, distinta. Sin embargo, no me siento mal, por el contrario, las canas me gustan, me gustaron siempre y el pelo corto también. 

Se que tengo mucho para mejorar físicamente, pero lo que más me importa es lo de adentro. 

Esos propósitos que cada noche, antes de dormir, están firmes:

 "Mañana cuando me levante pido turno con el médico" " 

"Voy a buscar una profe de yoga para mejorar la flexibilidad de las rodillas que me tienen a maltraer." 

"Y por qué no averiguar por ese curso de idioma que postergué toda la vida y me gusta tanto."

Y cuando despierto, solo con abrir los ojos, se diluyen y se pinchan como pompas de jabón. 

Te gusta esta etapa de la vida, Mónica, donde sabés lo que querés, te sentís en paz y seguís soñando como a los veinte, treinta o cuarenta. 

Aunque está postergación que parece no terminar nunca, te quita la sonrisa y la foto parece borrosa...

 Florencia Zaldívar (CABA)

 

8. TE CUENTO

Te cuento, María, la única que tiene en sus manos el poder de cambiar tu vida eres tú.

Dejamos de darle fuerza  a lo que nos sometía  y fuimos al fin, libres.

Entendimos que todo estaba en nosotras, en nuestra actitud, en la manera de pensar, de sentir, de hablar, en descartar de una vez y para siempre las creencias heredadas.

Hicimos siempre lo que creímos que era lo correcto, esclavas de nuestros genes.

Los veinte, los treinta y hasta los cuarenta años no fueron edades heroicas, sino más bien días de pequeñas cobardías, de temores infundados y agazapados. Tiempos en los que con total facilidad nos sentíamos lastimadas.

Ya con la madurez y su armadura, dejaron de ser  las palabras y los hechos cotidianos, filosas armas, les permitimos que nos rocen suavemente y  caigan  en el olvido tan velozmente como llegaron.

Hemos aprendido a volar ligero y sin apegos, a no ser necesitadas, a no influir ni intervenir en vidas ajenas, a dejar de cargar los procesos de otros, a respetar distancias, tiempos y autonomías.

A guardar silencio y respirar lento. A despojarnos de expectativas ajenas.

Estamos dejando, mi amada María,  que nuestra naturaleza salga desde la profundidad de nuestro alma.

Estamos siendo felices solitas, sin genéricos, sin farmacias. Estamos escapando a quien nos juzgue y nos dejamos abrazar por aquellos que nos comprenden.

Creo que ya es hora por tantos años que hemos dormido tan lejos de nuestros sueños.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

7. VAMOS, MARÍA

Hola, María:

Te miro en la foto y pasa por mi cabeza la canción de Marilina que dice miro esa chiquita parecida a mi….

Tanto pasó en estos años..

Se notan las arrugas, demasiadas y muy visibles.

El entrecejo con surcos que quizá sean resultado de luchas que aún están ahí. 

Tristezas por las pérdidas de amores que partieron.

Otros que me dejaron.

Veo una mujer que luchó por ideales de justicia, de lealtad y de sinceridad.

Mi cara habla sola, como me dicen los que me conocen. Mi voz también y no puedo evitarlo…

Como esconder mis estados de ánimos, mis enojos por lo que no es como yo lo deseé.

Culpas que aún, pese al esfuerzo, siguen ahí: latentes como un volcán que en cualquier momento estalla.

Mamá en el geriátrico, lo que todavía me carcome la cabeza y, pese a saber que era lo que había que hacer, no puedo asumir aún y se me estruja el corazón verla y dejarla

A la vez se que no es así, que está en lugar que tiene que estar, cuidada y acompañada.

En cada viaje, mi regreso lleva valijas con poca ropa pero mucha tristeza.

Aprendí que ya no me importa lo que el otro dice, lo que los demás opinen.

Cosa que me perturbó muchos años de mi vida.

Veo una mujer que logró lo que se propuso.

Quise mucho a mi trabajo y lo disfruté más de lo que pensaba.

Creí que me faltaría algo al jubilarme y la sensación de libertad que logré cuando salí por la puerta de la escuela, fue algo jamás imaginado.

El amor llego en la adultez, cuando no lo esperaba casi y las ilusiones parecían derrumbarse.

Y me cambio la vida, como siempre dije: fue el Jack que me rescato en todos los sentidos

Con la grata y feliz diferencia a la escena, que no solo me rescató, sino que aún celebro tener.

Me hizo mejor persona, me enseñó a que en la vida no es todo blanco y negro sino que muchas veces, los grises son necesarios.

 Mis tesoros más preciados, los hijos que tuvimos, sanos de cuerpo y alma.

Les di los mejores años de mi vida, los abracé y abrazo cada instante;  les digo que los amo  con la edad que tienen, les doy el beso de buenas noches y de buenos días.

Si estoy en la cama ellos vienen a mí:

¡Siempre!

Priorice al ser antes que al deber ser.

Las apariencias nunca fueron mis amigas.

Costó lágrimas, demasiadas pero orgullosa, lo prefiero.

Coseché respeto y cariño en varias personas, sin importar, las que no me quieren ni me quisieron por mi forma de ser.

Tardé un tiempo en darme cuenta, por ahí demasiado, de que seguramente muchas amarguras las habría evitado si lo hubiese puesto en práctica antes.

La mirada está algo cansada pero no abatida.

 Quiero vivir muchos años más.

Ahora siento que pasó demasiado rápido todo y me angustia que quede poco tiempo.

 Lo quiero aprovechar con intensidad.

 Disfruto de estar sola, encontrándome a mí misma .

Me hice amiga de esa mujer que, en muchas ocasiones, detesté.

Porque repito, el sincerarse trae muchas consecuencias, demasiadas, pero acepté el reto.

Estoy cuidando la alimentación, poniendo en práctica nuevos hábitos, alimentos que no ingería

Disfruto del gimnasio, de conectar con otras emociones, de saber que me disciplina en la semana y me organiza para el día a día.

Me hace bien conocer nuevas personas y relacionarme desde otro lugar, más serena, sin grandes compromisos, sin demasiadas aspiraciones ni pretensiones.

Deje de esperar del otro, eso si estoy aprendiendo.

La gente no es como vos querés que sea, se cansó de decirme Cesar..

Soy feliz en el taller de Yima, fui afortunada en encontrar en Facebook aquella tarde cuando de la nada apareció su nombre

Inicié con temores pero algo en mí decía que iba a hacer conexión y ¡claro que hubo y cuánta!

 Los años no vienen solos

 Doy gracias que estoy sana, todavía y ojalá sea por algunos años más.

Estoy en paz conmigo y como le dije a mi amiga ayer, no es poca cosa ¿no?

 ¡Vamos, María!, seguí por este camino que vas bien.

 Queda mucho por venir.

 ¡Y tengo tanto que agradecer!

Abrazo

 María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 

 6. CARTA A MI YO INTERIOR

Hola, amiga: no puedo escribirme una carta sin dedicarte unas líneas,  ¿por qué?, porque sos la parte más importante de mi ser, sos mi yo interior,  vos como nadie conoce esa parte invisible en mí que guarda emociones y sentimientos nunca expresados,  conocés mis gustos y mis disgustos, soportás mis días difíciles y mi euforia cuando me siento plena. Vos me conocés desde la hora cero pasando por todas las etapas de mi vida, creo que vas a coincidir conmigo que, a pesar de que mi niñez y adolescencia no fueron las soñadas, aun así supe sacarle provecho a los fugaces momentos de disfrute. Hay veces que ni yo me   comprendo, por ahí a vos que estás dentro de mí te resulte más fácil. En ocasiones me cuestiono  cómo las injusticias vividas no lograron hacer de mí una persona rencorosa y amargada. Nunca utilicé 

 la queja como una herramienta de defensa,  posiblemente porque siempre me molestó la gente quejosa.  Siento que fui valiente al decidir terminar con un compromiso que sentía que,  a la larga, me haría muy infeliz. También lo fui,  cuando  elegí  arriesgarme por esa nueva relación, que, aunque complicada  y con un futuro incierto,  algo me decía dentro de mí,  dale para adelante y más allá de mis dudas, así lo hice y gané. Valió la pena el animarme, recibí lo que toda mujer desearía para su vida, también superé pruebas  que aunque difíciles y dolorosas me mostraron ese lado fuerte que habitaba  y que hasta ahí yo no conocía. Mi rol de esposa y madre estaba cumplido, había llegado el momento de pensar en mí y el solo pensarlo era toda una audacia, intentarlo y conseguirlo un logro inimaginable dadas las circunstancias. Sin embargo no desistí, otra vez lo intente y lo logré y  a partir de ahí se me abrieron senderos por transitar y sueños por cumplir.

Amiga, ya estamos grandes, yo estoy satisfecha con el camino recorrido hasta aquí, todavía no está todo dicho y mis ganas siguen intactas, soy consciente de que no todo depende de ellas, también sé  que estoy entrando en una etapa donde las limitaciones comienzan a ocupar lugar, aun así sigo planificando sueños, todavía estoy habilitada para hacerlo.

Hago un balance de mi vida y me siento bendecida. A vos también te doy las gracias,  porque en mis momentos de reflexión supiste detener mis impulsos  y en los peores momentos de decepción lograste manejar mis emociones- Gracias porque con tu intuición lograste marcarme el camino de la decepción y de la esperanza para poder elegir por cuál de ellos  debía transitar.  Gracias porque me diste las fuerzas para animarme a conocer esa parte mía que había olvidado y la confianza para hacerme sentir que solo yo  puedo ser mi mayor amiga o mi peor enemiga.

 Lili (CABA)

 

 5. CARTA A LA QUE FUI

Hola, Gaby.

Tenía ganas de contarte como estoy. 

Hace tiempo que las dos dejamos de lado las exigencias personales así que seguro me vas a entender.

Guillermo se fue a Jofré a dar clase de fotografía. Me encanta estar sola. Por momentos me inquieta, pero enseguida recalculo para no caer en mis pensamientos recurrentes. No me asusta más estar sola.

Con Guille todo bien aunque volvieron a molestarme ciertas cosas. Dicen que al envejecer se agudizan algunos mambos. Está mucho en casa desde la pandemia y su estilo, ostra, me irrita un poco. Es cuestión de cerrar la puerta. ¡Por suerte están los amigos! Y que a veces toca tierra y me dice hello. El tema es cuando está en casa metido en el laburo o en la fotografía, se abstrae. Después todo bien.

Lo acepto. Lo vamos piloteando. Desaparecer es una herramienta que incorporé hace un tiempo.

Mariano me invitó a almorzar. Pasa en un rato. Y Santi dejó su disfraz de fantasma: llama, no cumple con sus propuestas presenciales, con lo que dice, pero llama y su voz hermosa me está bastando por ahora hasta que la mía se haga escuchar.

 A veces me tengo en observación. Dejé de lado miles de miedos. Están guardados con todas mis historias, con todos los vínculos, con las muertes, las cosas, las voces, los recuerdos que se enredaban en la garganta, invisibles, pero me ahorcaban en su totalidad… en fin… Mis proyectos son otros ahora. Me costó ver que puedo todavía realizarlos, proyectos a mi edad, pero los tengo. Les doy forma y me gustan. Aunque a veces quiero hacer  más, como me canso, no agrego. Prefiero poco y disfrutar. Como disfruto del departamento, de Bruna, de los mensajes de mis amigas, de tomar vinito sola, de la espera por los nietos, de leer, de escribir, de pintar.

Me di cuenta de que  ahora soy sostén de los planetas que me abrazaron alguna vez y en eso estoy devolviendo amor a todos mis amigos entrañables que jamás se movieron de su lugar como otros que los dejé pasar agradeciendo lo vivido y a otra cosa.

Me miro en el espejo y me gusto, ¿sabés? No estoy gorda o si lo estoy no me doy cuenta, tengo miles de anteojos y gotitas que uso a diario para que la vista no me moleste, el espejo me devuelve una imagen calma y puedo mirarla por más de quince minutos entre cremas y pelo con rulos. Funciono bárbaro con mi equipo de médicos y paramédicos para la tercera edad (no te rías porque allá voy).

A veces me siento extraña. No están los que estaban. Y yo creo, percibo, que soy feliz igual. No porque no estén. Simplemente camino feliz, diferente. ¡Antes me dolían tanto que ocupaban mi mente entera! Mi cuerpo.

Raro porque no hay culpa. Raro porque ya no puedo hacer nada y estoy conforme con lo hecho, convencida de que lo hice bien. Incluyendo errores.

A papá lo nombro naturalmente, debe ser porque estuvimos tanto juntos y nos dijimos todo lo que nos teníamos que decir hasta te amo con los ojos, siempre viene bien decir algo en voz alta del viejo. Nos pasa a los cuatro. Pero a mamá, a Pablo y a Mariana… no los nombro casi nunca. No creas que los dejé de querer. Para nada.

Hace unos meses retomé terapia con Ana. Tuve un bajón con mucha tristeza después de que Mariano se enfermó de Dengue. Me angustié.

Ana me preguntó si necesitaba escribir papelitos con indicaciones como aquella vez cuando me separé del flaco, cuando no sabía para dónde ir y me empecé a reír. Paso rápido. No niego que lloré. Los duelos son a destiempo de lo que uno se propone. Y no tiene que haber un muerto. Es aceptar que estamos vivos a pesar de lo que murió. Lo que sea que haya muerto.

Seguro. Vos me entendés. Sí, me entendés porque fuiste la que estuvo más cerca.

Quería que lo supieras. Estoy bien, me sostengo y puedo descubrir rápido mis zonas oscuras esas que impertinentes que reaparecen y molestan.

¿En qué andás? ¡Hace rato que no te leo ni escucho!

¿Te mudaste?

¡Cierto! Me habías dicho que ya no querías vivir más como lo estabas haciendo.

¡Ahora me doy cuenta de que tengo tu dirección vieja!

Igual voy a mandar esta carta aunque me la devuelvan.

Si me la devuelven, la guardaré para releerla las dos. Por las dudas que nos volvamos a encontrar, para reírnos, para pensar; aunque puede ser que la deje en algún cajón y te olvide, de la misma manera que estoy olvidando el peso de algunos nombres: te seguiré  queriendo pero de otra manera. Cariños.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

 4. MI QUERIDA YO

¡Hola, mi querida yo! Acá estoy escribiéndote. Te acabo de sacar una selfie para poder mirarte a los ojos mientras lo hago.

Esbozaste una sonrisa y miraste la cámara mientras te apuntaba. Veo cosas que ya me son familiares, como canas, surcos en el entrecejo y cejas gruesas. Pero entrando al detalle veo otras. Me llama la atención la marcada asimetría de los ojos y los pliegues que enmarcan la sonrisa. El ojo derecho más cerrado que el izquierdo y el surco del izquierdo más marcado que el derecho. Las cejas, una más despeinada que la otra. Los dientes bastante alineados a fuerza de ortodoncia.

No está nada mal lo que veo. Me gustás más de lo que me gustabas antes. Antes de que empezaras a tener registro de vos. ¿Te acordás?

Ni te mirabas al espejo, si la ropa te empezaba a quedar chica, la cambiabas por un talle más y listo. Si te dolía el cuerpo bastaba con no escucharlo y ocuparte de otras tantas cosas, siempre de los demás, nunca de vos. Pero bueno, de tanto no verlo ni escucharlo el cuerpo gritó y dejó bien en claro que en esas condiciones no iba a seguir prestando sus servicios.

Fue entonces cuando fuiste a la médica pidiendo por favor que te ayudara porque ya no podías llevarlo a cuestas, pesaba como un muerto. Realmente era impensable que a los cincuenta años no pudieras moverte. Empezaste a transitar el registro, el cuidado, la comida sana y de forma ordenada. Decidiste dejar de engañarte; el gimnasio podía convertirse en un museo esperando que vos fueras. Así que te contrataste una profesora a domicilio que con sus colchonetas, mancuernas, bandas elásticas y pelotas te hace ejercitar sí o si dos veces por semana. Sumaste luego el chikung y retomaste la meditación. Todo se fue poniendo en orden ¡y hasta pudiste empezar a disfrutarlo!.Comenzaste a gozar no solo de los resultados, sino del proceso y ahí estás hoy sonriente frente a la cámara.

Es que has recorrido mucho camino. Te llenaste de culpas y de ira, de ira y de culpas. ¿Cuánto tiempo transitaste entre ellas, como encerrada entre paredes que no te permitían moverte hacia ningún lado? Ni siquiera te dabas cuenta de todo lo que eso generaba en vos.

Pariste, criaste y enterraste hijos. Fuiste discípula y maestra, fuiste empleada y jefa, autodidacta y curiosa aprendiz. Fuiste hija, hermana, madre, tía, novia, esposa, pareja. Amiga y compañera. En todos los ámbitos un poco buena y un poco mala. Te alabaron, te agradecieron, te reprocharon, esperaron más de vos, o los sorprendiste con tu bondad.

Sufriste, lloraste, reíste. Amaste y detestaste. Humillaste y honraste. Miraste a los ojos y agachaste la cabeza. Fuiste para algunos huella imborrable y ave de paso para otros.

Recorriste tantos caminos y ahí estás posando para mi selfie como si nada de todo esto pesara en este instante, sin preguntarte ni siquiera cómo será todo de ahora en más.

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)


3. CARTA PARA MÍ

Querida yo:

            ¡Qué raro escribirse a una misma! Quizá se constituya en un acto que debería ser practicado más a menudo. Los pensamientos sobre una misma se difuminan en el quehacer diario. Cómo me veo, cómo soy, qué debo mejorar de mi comportamiento para no joder a mi manada, etc.

            La foto que he tomado para tal fin me encuentra en el final de cualquier día. Para mí, el baño reparador constituye justamente eso: recomponer, reorganizar, sanar los conflictos posibles cotidianos y que el agua y la espuma de los productos de higiene se los lleven. ¡Fuera, bichos! Cuando nací, la bienvenida a la vida me la dieron con un golpazo en la cola cabeza para abajo y un baño para quitarme los restos que mi mamá llevaba en su bolsa amniótica para mí. ¿O se trató de mi bolsa amniótica para mí que ella ha transportado? Estar limpia. Con mi propia fauna y flora. En un acto físico, cortaron el cordón umbilical. Chau, cuerpo de mami. Ser una misma, un ser aparte.

            Lo más efectista hubiera sido tomar la foto elviernes, día en el que fui al teatro con C. Para ese evento, me emperifollé, me maquillé -lo mínimo necesario-, lucí aros y colgante al cuello y casi olvido mi parca preferida, super colorida ella. Esa imagen no me representa. Soy yo y no soy yo. ¡Qué raro!

            Vuelvo a mirarme y me sorprende cómo la imagen mental que yo he formado de mí misma en este último tiempo poco tiene que ver con la imagen de la foto. Explico. Una cree tener tanto vello crecido, tal forma de nariz y -en mi caso particular- estar poco peinada entre otros ítems. El espejo fotográfico devuelve otra figura: muy parecida a mi mamá con la nariz de mi papá y con arrugas por toda la cara. No me peleo con mi imagen. Escucho a mis amigas librar batallas épicas con sus canas (amo las que tengo), con las arrugas, con los dientes. ¿Falta de aceptación? La última charla que tuvieron conmigo presente ha sido sobre si convertirse en parte de la generación Silver (mujeres que no se tiñen) o si seguir buscando buenos precios de tinturas. Y hacerse cargo: porque los productos dejan huellas: se llevan el pelo puesto. Paso. Me pongo las cremas que me dicta la dermatóloga y hasta ahí. El invierno hace estragos en mi piel trastornada, como la dueña, y me es imprescindible encremarla. En cambio, en verano la piel está ventilada, tersa, luminosa, aireada y feliz.

            Veo la foto unos minutos. Soy el resultado de sesenta y dos años que van pasando. Algunos con más preocupaciones y estos últimos más relajados, más felices y completos de actividades varias. Federico ha expresado alguna vez -palabras más, palabras menos-: “-¡No puede ser que mamá sea tan feliz!”. Sí, lo soy. Lo grito con el cuerpo y con la voz a todos los seres que comparten conmigo esta vida en el planeta Tierra.

            ¿Si hubiera hecho las cosas de otro modo? ¡No supe que las cosas se podían hacer de otro modo! Visto con el diario del lunes es fácil anticipar el resultado de los partidos dominicales.

No me gustaron muchos destratos que he padecido. Los dejo fluir: que vayan y regresen a quienes los han generado. Creo fervorosamente en el karma. Boomerang energético existencial.

            Me digo con franqueza que me quiero y que deseo seguir disfrutando mi presente. Ese que comparte con el agua un discurrir eterno.

                                                                       Yo.

           Edith Oxilia (CABA)

 

2. CARTA PARA MI MISMA                               

Aquí estamos. Nos hablamos casi todos los días, mejor dicho, yo lo hago. Pero es posible que en esta carta escriba sobre aquellos pensamientos que tengo sobre vos y que salen a la luz cada tanto, reconociendo lo hecho hasta ahora y sin tanta culpa por lo que no se hizo.

Cambiaste… no, no es esa la palabra. Modificaste algunas cosas en tu forma de ser. Eso debería considerarse un primer logro.

No te gusta mirar el pasado, quizá sea tu manera de protegerte o, simplemente, consideres que es suficiente rescatar lo bueno y no arrastrar tras de sí la mochila de lo malo.

Hablando de mochilas, lo que no pudiste cambiar es dejar de cargar, así sea por momentos, las mochilas de los otros. No por considerarte omnipotente, ni tampoco porque pienses que los otros no son capaces de hacerlo ellos mismos. Aprendiste muy bien que nadie es imprescindible, solo que es más fuerte que vos, está en tu naturaleza aliviar el camino de los demás, con una acción o una palabra, porque pensás que no hay peor sensación que la del desamparo.

No te gustó que en algún momento te vieran como víctima del pasado que viviste siendo niña. Hay personas que han pasado cosas peores. Y si bien no te adjudicas demasiadas virtudes, un poco (solo un poco) reconocés que sola entendiste que el camino tiene una única dirección: hacia delante.

También te sentís segura al decir que has revertido tu propia crianza en  la que implementaste en la familia que formaste junto al compañero que elegiste.

Lo que a veces quisiera entender es el por qué hay días en que pareciera que querés “comerte el mundo” y en otros, esas ganas se diluyen y quisieras hundirte en una nada. Por suerte, no es una sensación habitual, pero cada tanto te abruma.  

Seguís sin amigarte con el espejo, y dudo que a esta altura lo hagas. Pero sí lo hiciste con las fotos, porque de ellas te importa el momento vivido, tus ojos los reflejan y entendiste que eso es lo que importa.

Creés que el andar de la vida debe estar acompañado del eterno aprendizaje, que ese mismo andar y la vida brindan, porque es la única forma de crecer como personas.

Te considerás leal para todos tus afectos, y lo sos. Eso me hace feliz.

Todavía te falta ajustar “algunas tuercas”. Hay momentos en que te planteás que deberías tenerte un poco más en cuenta, lo contradictorio es que después lo olvidas enseguida. Además, deberías comenzar a ejercitar la constancia en algunos aspectos, muchas veces caes en el error de querer llegar al resultado sin pasar por el proceso.

Te seguís sumergiendo en tus silencios, en los pensamientos que solo vos conocés y que rara vez compartes. (decidí si tratás de vos o tu, te estoy corrigiendo pero esa es tu decisión)

Por último, comprendiste que cargas aciertos y errores, heridas que te han causado y que causaste. Palabras que no hubieras querido escuchar y palabras que te arrepentiste de decir. Pero aún te quedan, nos quedan, hojas en el cuaderno por escribir y las que ya están escritas, aun con borrones y tachaduras, nos muestran que no todo fue malo o triste.

Siempre pensaste que hay que trabajar en uno mismo, porque somos nuestra propia compañía y nuestro principal motor, por eso termino esta carta con una frase que tengo, y que por ende tendrás vos, como frase de cabecera:

“No vayas a ningún lado sin ti, sin tu honestidad, sin tu esencia, sin tu libertad; solo de esa manera, aunque a veces parezca que no haya nadie, siempre estarás tú y tu presencia”

                                               Claudia (CABA)

                     

1. CARTA A MÍ

Querida Alejandra:

Miro esa foto y lo primero que veo es cuánto te estás pareciendo a papá, físicamente.  Yo soy la que más te conoce y allí observo un cúmulo de pensamientos, que salen invisibles por entre tus cabellos.  Una máquina que no para.

Sé que trabajás duro para poder sobrellevar la vida que elegiste vivir. Sé el sentimiento que te provoca, desde las entrañas, lo afortunada que sos por la familia que tenés y ese nudo que te bloquea desde hace bastante tiempo, que te descompone, literal. Valoro el esfuerzo que hacés para que cada día sea maravilloso. Haber vuelto a escribir; haber cambiado la alimentación; hacer el esfuerzo de regalarte un libro o una salida con tus amigos y ver a tus nietos, es el motor para poder levantarte a la mañana y dispersar lo malo. Nunca pensaste en que te ibas a tropezar con algo tan pesado como tener que cuidar a tu mamá, la última persona con la que querías convivir. Pero sé que lo hiciste porque sos un alma caritativa, no pudiste decir que no, te pusiste en sus zapatos porque perder un hijo es lo peor que le puede pasar a una persona. Y es la mamá que te tocó. No sé vos, pero yo no creo en eso de que uno “elige” a sus padres.

Sigo mirando la foto y veo a la hermana de Dani. Él fue cambiando tu rumbo, eso es cierto. En tus elecciones siempre estuvo, como parte de tu ser. Ahora prestá atención a lo que la vida te muestra, sin su presencia. Debés seguir en la búsqueda de ese nuevo camino. Me contaste que ya no querés hacer terapia, que estás cansada de darle vueltas a lo mismo. Le decís a todo el mundo que el Taller de Encuentro te hace muy bien y no necesitás psicólogo. Además, adelgazaste para verte bien y te arreglás el pelo para no parecer una bruja. Te comprás cremas de día y de noche y te gustaría hacerte una cirugía en las bolsas de los ojos. Me preocupa un poco que no tengas pareja. Coincido con vos en que los hombres están difíciles, que los tipos de tu edad no entienden para nada eso del patriarcado. Sé que te gustan un poco más jóvenes, pero ese prejuicio es tan viejo como el mundo. Siempre quisiste un gran amor, que te corresponda, porque no tuviste suerte. Si no salís a la vida, es muy difícil que lo encuentres. No te des por vencida. Siempre buscaste a alguien para “tener una familia completa”, pero un día te diste cuenta de que eso, ya lo habías construido con Daniel.

Ale querida, sos líder entre tus amigos. La gente te quiere. Tenés que quererte un poco más vos misma. No te des tantos palos. Tu madre te desvalorizó mucho y lo sigue haciendo. Avanzaste un montón, cuando ella te dice cosas hirientes respirás profundo y contás hasta cincuenta. Como dice tu prima Adriana: tomala como tu maestra, ella te muestra todo lo que vos no querés hacer con tus hijos. Sé que hacés un gran esfuerzo por no copiar ese mandato. A veces resulta y a veces no.

Espero que cumplas todos tus sueños. Te deseo paz y paciencia. Seguí viviendo el día como si fuese único e irrepetible.

Con cariño

                        María Alejandra

Alejandra Buscono (San Martín, Buenos Aires)

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario