8. CARTAS VALIOSAS
Pertenecí a la época de las cartas, en la que no existían ni los e-mails ni los whatsapp. Sigo pensando que una misiva era un torrente de sentimientos, mucho más que simples palabras escritas como a veces ocurre en los mensajes de ahora.
Vienen a mi memoria varios recuerdos, como cuando mi amiga de la infancia se enfermó de mononucleosis y nos mandábamos cartitas por su mamá; cuando conocí y traté epistolarmente a dos amigas de Israel y a otra de Italia. Las escritas por mi marido cuando éramos novios, las de mis hijas, las que empiezan a dejarme los nietos...
Sin embargo, me voy a referir a dos cartas. Sería injusto decir que fueron las más importantes, pero sí han sido relevantes para mí. No sé si podré hacerlo bien, porque me es bastante difícil poder expresar el sentimiento que provocan en mí.
Contaba dieciocho años cuando comencé a trabajar en el Registro Nacional de las Personas. Allí conocí por casualidad a Ana. Digo casualidad (¿o causalidad?) ya que ambas pertenecíamos a oficinas diferentes, pero coincidimos cuando nos tocó hacer un trabajo sobre archivos.
Ana tenía treinta y cinco años, era casada, tenía hijos y era alegre por naturaleza. No sabría decir cómo, pero con el tiempo comenzó a formarse un vínculo entre nosotras. A pesar de la diferencia de edad, podíamos compartir varias cosas.
Me apodó “caniche” por mis rulos. Y yo, sin saber por qué, cierto día comencé a llamarla “mamina”.
Fue un gran apoyo emocional para mí. A través de sus palabras, yo comencé a creer en mí. Algunas de esas palabras, las conservo en dos cartas que me escribió en distintos momentos.
A propósito de este tema, volví a buscarlas y releerlas. En ellas una de las cosas qu me decía era que esperaba que los demás supieran ver en mi interior, que mi sensibilidad era como frágil cristal, hablaba de lo leal que era para conmigo misma. Suenan frases sueltas, ya que para entender el contexto habría que transcribir las cartas. Lo cierto y el motivo por el cual digo que para mi fueron tan importantes, es porque fue la primera persona que en tanto, tanto tiempo, y que a pesar de lo reservada que yo era para con mis cosas, me descubrió. Todo lo que yo guardaba dentro de mí, de alguna manera y sin saberlo, pude expresarlo y ella supo verlo, supo leer entre líneas o como dijo Khalil Gibrán: “separar la paja del trigo”. Sentí que por fin alguien, sin que hiciera yo nada, podía entender quién era, lo que podía dar, lo que podía lograr y el valor que tenía como persona. Aprendí que la alegría existía, que no todo eran tragedias o pesares. Que se podía avanzar aún en contra de las tormentas.
Años después ya ambas nos alejamos del Registro, nos tratamos un tiempo más pero luego ella se mudó y perdimos el contacto.
Guardo esas cartas, escritas en papeles del mismo Registro, hoy ya un poco más amarillos. Tienen valor solo para mí. No sé si el deseo de Ana se habrá cumplido, que los demás supieran ver quién y cómo soy, pero me basta conque me haya iniciado en el camino de conocerme a mí misma y a los valores con los que contaba sin yo darme cuenta.
Si supiera ella qué importante sigue siendo para mí, volver a leer esas cartas, dedicadas a “caniche” y firmadas por “mamina”.
Claudia (CABA)
7. LA CARTA QUE NO RECIBÍ
Éramos cuatro familias que disfrutábamos los findes en Pontevedra, en el Campo de Deportes del Club Ferro Carril Oeste. Nuestros hijos resultaron el motivo de encuentro de todos nosotros. Las mamás hicimos buenas migas enseguida. Tema común: la primaria de nuestros hijos, el pase a la secundaria, vacaciones (algunas las compartimos de a pares) y fiestas de fin de año.
Conformábamos un grupo compacto.
Éramos más las chicas (ponele) que nos agrupábamos sobre todo para la hora de comer y el tiempo de juegos. Por lejos, ganaba el Burako que nos disponía en grupos. Por un rato, la cosa se ponía seria -para ellas, no para mí- y afloraban los más bellos instintos por ganar a toda costa. ¡Lo que me reído!
Se festejaron cumpleaños de quince de las señoritas y fueron invitados todos. Cuando escribo todos, me refiero a todo el grupo grande (se me ocurre llamarlo de esta forma) con los que convivíamos en el predio.
Por algún motivo que no recuerdo, una de las señoras llamada Lina no fue invitada al quince de Rocío, hija de Mirta. Lina estuvo intentando por todos los medios influir en nuestra opinión acerca de si estaba bien que no hubiera sido convidada. Yo la saqué carpiendo en el sentido de que no iba a hablar con nadie para presionar por su presencia. Siempre consideré que si vos tenés una cuestión con alguien, vas y lo conversás. Lina pretendía conmigo y con las otras hacer corrillo para conseguir su objetivo. Conmigo no, Lina (con el permiso debido a Beatriz Sarlo)
Llegó el sábado de la fiesta. Fuimos, bailamos, nos divertimos, la pasamos genial. Nada pregunté porque no me interesaba nada sobre el tema en cuestión. Mi amiga Silvia sí se sentía mal por su cercanía con Lina y por estar en la celebración y la otra señora no.
En fin.
Algo se rompió en el grupo que formábamos las cuatro. Hubo salidas de parejas. Si a mí o a Claudio no nos gustaba la obra de teatro que iban a ver, no íbamos y sanseacabó. Otras veces estuvimos de acuerdo con la salida y allí fuimos.
Creo que Thelma eligió el paseo a Colonia de Sacramento, Uruguay. Todos dijimos que sí. El día anterior a viajar me llamó Adriana. Raro que me llamara Adriana. A mí. Y me preguntó si había recibido correo. Todavía funcionaba el sistema de cartas debajo de la puerta. No me soltaba más prenda así que le dije que no, no había recibido ninguna carta en papel. Fue entonces que ella se corrigió y me informó que se trataba de un correo electrónico. Con tirabuzón le arranqué quién era el remitente. “Mirta”, me respondió. ¿Por qué Mirta me escribiría a mí?, pensaba a la velocidad del rayo. ¿Sobre qué tema podría ser? Chequeé mi bandeja de entrada y nada, no tenía ningún correo. Para mis adentros pensé, “mejor”. Crisis de amigas. Las otras tres habían recibido un correo de carácter enojado refiriendo por qué no nos poníamos en el lugar de Mirta con las vicisitudes que estaba pasando (no sabría cuáles fueron) y planeábamos algo menos costoso que un viaje al Uruguay. Se suponía que figuraba mi dirección de mail. Insisto: no recibí nada en la Bandeja de Entrada ni en Spam. Nunca hablé tanto por teléfono. Porque los llamados fueron de Adriana, Thelma y Silvia, quizás en este orden. Me leyeron el mail del que estaban hablando. Hicieron llamados para ¿disculparse? por la elección del paseo. Como no recibí nada, nada tenía para hablar.
Con el tiempo, Mirta y su familia eligieron correrse de nuestro lado y romper la relación que manteníamos.
El mundo es un pañuelo. Muy en serio.
Thelma y familia estaban recorriendo la Mezquita Azul en Estambul en el 2019 y se cruzaron con la familia de Mirta. Quedaron en hablarse y reunirse, cosa que aún no sucedió.
Edith Oxilia (CABA)
6. DECLARACIÓN DE AUTONOMÍA
He escrito muchas cartas en mi vida y recibido una cuantas también. Muchas de ellas no las podré volver a leer porque fueron devoradas por las llamas en el incendio que sufrí en mi casa allá por el año dos mil dos. Mi juventud se fue en ese incendio, no solo las cartas, se quemaron también mis casetes de música, los trabajos de la facultad, mis recuerdos del secundario, fue muy triste ver que todo eso se había esfumado en cuestión de minutos.
En mi adolescencia me había hecho dos amigas que no vivían en mi ciudad y con las que nos carteábamos en forma permanente, esperando vernos en cada viaje de ellas a visitar a su familia en mi pueblo. Esperar esas cartas me generaba gran expectativa y ni bien las leía las contestaba con el mismo entusiasmo. Recuerdo que sumábamos dibujos y formas creativas. Como por ejemplo hacer toda una carilla escrita en forma de espiral, que obligaba a girar el papel para leerse. Se me dibuja una sonrisa cuando recuerdo esas cartas y a mis amigas, cuánta frescura había en esas misivas.
Después vino la etapa de la facultad, entonces empezaron las cartas con mi familia y amigos de Trenque Lauquen, escritas y recibidas en La Plata. Ir a la terminal de micros a buscar las encomiendas con comida rica que nos mandaba mamá y cartas para leer era todo felicidad, alimento para el cuerpo y el alma. Ahí venían las que escribían mamá, papá, mis hermanos, mi amiga Colo y mi amigo Juan que habían quedado allá.
En el verano las cartas eran con mis amigos de La Plata, siempre alguien viajaba y oficiaba de cartero. Nos contábamos los planes de vacaciones esperando que el verano pasara para volver a encontrarnos en la vorágine de la universidad.
Hubo una carta especial, que escribí cuando tenía veintidós años. Por suerte la tengo, ya no estaba en mi poder en el momento del incendio, me la dio mi mamá hace algunos años junto con otras. En esa carta, que iba dirigida a mi viejo, le agradecía que me hubiera comprado mi primera computadora. Yo estaba a punto de recibirme y ya había empezado a trabajar. Esa adquisición me había permitido tomar trabajos y poder asociarme con dos amigos, Paula y Jorge, para juntos abrir nuestro estudio en el departamento en el que yo vivía. Eran momentos de mucha efusividad, terminando mi carrera, pasaba horas aprendiendo a usar los programas de diseño y trabajando. Y algo super importante para mí, en esa carta también le decía que podía desligarse de mi manutención, que con mi trabajo ya estaba en condiciones de pagar mi alquiler y demás gastos para vivir. En esa misiva me recibí de adulta, me sentía adulta.
Era una gran satisfacción para mí la sensación de que podía yo sola. En mis años de estudiante fui muy consciente del esfuerzo de mis padres para que yo obtuviera el título universitario. Ellos no habían podido estudiar, mi hermana y yo éramos las primeras en la familia en tener esta posibilidad y materializarla. Vivíamos juntas hasta que ella se recibió un año antes que yo. Nuestra vida estudiantil era muy magra. Yo me movía en bicicleta para no pagar micro, nuestras alacenas eran cajones de manzana, la base de nuestra alimentación era arroz con lo que pudiéramos agregar, nuestra ropa la lavábamos a mano, no existía un lavarropas, mucho menos un televisor ¡Pero yo era feliz y agradecida de estar ahí!
¿Será por esto de sentir su esfuerzo que fue para mí un logro mayor sustentarme que recibirme? Me lo pregunto hoy, reflexionando sobre esa carta.
También me pregunto qué habrá sentido mi papá cuando la leyó. No recuerdo si hubo carta de respuesta. Hoy, que tengo un poco más que la edad que él tenía en ese momento y habiéndolo conocido, pienso que se debe haber sentido orgulloso y feliz de leerme, sabiendo íntimamente que sus ayudas de todo tipo, no solo económicas, no terminarían en ese momento. La verdad es que me pone feliz haberle escrito esa carta. No era tan fácil ese tipo de expresiones cara a cara, la distancia me permitió decirle algo que quizá nunca le hubiese dicho en persona. Siempre me avergonzaba ponerle palabras a mis sentimientos cuando lo tenía enfrente, salvo el día que él estaba muriendo que lo abracé le dije cuánto lo amaba y le agradecí, esta vez al oído, todo lo que me había dado en la vida.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
5. UNA CARTA DE MAMÁ
Entré al taller como todos los días. Ahora tengo todas mis locuras creativas ahí, antes era el cuarto de Mariano.
Empecé a revolver un poco a ver si encontraba recuerdos. Por suerte, ese lugar todavía no lo era.
Estaba buscando cartas. No recordaba para nada haber escrito una alguna vez.
Quizá porque me la paso escribiendo pero por lo general sin remitente o a quién quiera leer, sin nombre.
En una fila de cajas que tengo arriba de toda la estantería, me detuve en la que guardé miles de papelitos que fui juntando en estos años. Papeles que me llamaban la atención y que ahora uso para collage.
Ahí, adentro y a un costado, había otra cajita, pequeña y gris.
Todavía está abierta sobre el escritorio.
Yo no recuerdo haber escrito cartas.
Tampoco recuerdo cuándo las recibí.
Se desplegaron ante mis ojos infinitas letras, nombres, lugares y
se enternecieron mis ojos con solo leer los remitentes.
Desde alumnos, padres, colegas, pasando por mi , la Hermana Susana (¡qué bien me hicieron sus cartas!), por Guillermo y Dany , una de Mariana llena de amor cuando nació Ramiro, la de Santi que no era manuscrita y tengo que releer tranquila porque es de más de una página, una carta natal, las tarjetas de papá que adornaban cada ramo de flores en mi cumpleaños. Muchas.
Leí con lectura veloz la mayoría, pero hubo una que apretujé toda contra el corazón: era de mamá.
La escribió en el año 1980, el primer día que me dieron la titularidad en un aula. Era de mamá dos años antes de que su corazón estallara. Era de mamá dulce, amorosa, contenedora, sencilla y profunda. Era de mamá con esa letra cursiva inconfundible como su voz mientras la leía. Era de mami, de mi mamá, del útero que me nutrió que no permitió que me pasara nada, que me espero y me forjó, de la mujer triste y deprimida que alguna vez no lo fue, que se daba espacio para alegrarse conmigo y acompañarme.
La sentí tan cerca que me asusté. La sentí al lado y me quedé quieta para que no se fuera.
¡Qué profunda y redonda es la palabra olvido! Hay que cuidar que no logre esfumar algunas cosas porque así como es imprescindible, a veces puede llevarse lo que no debe también.
Gabriela Potenza (CABA)
4. MI AMIGA VERÓNICA
No debe haber nada más movilizador que recibir una carta. La emoción de abrir el sobre y la ansiedad por leer el contenido, es como abrir la cajita de Pandora, donde se pueden hallar frases sentidas y amorosas o, por el contrario, puede ser el anuncio de noticias no gratas. Hoy la tecnología simplificó la rapidez con que llegan las noticias, pero a la vez le quitó ese encanto que guardan las palabras en el contexto de una carta.
, Yo nunca recibí una carta traída por el cartero.
Sí, miles de mensajes amorosos escritos en papelitos cualquiera, que me enviaba mí esposo en época de novios, que todavía hoy conservo.
Pero hubo una carta que me escribió una amiga hace muchos años, que todavía hoy al leerla me emociona por lo sentido de sus palabras.
Mi amiga se llama Verónica, la conocí casualmente por intermedio de Emanuel, él me la presento por un motivo especial y de allí surgió una entrañable amistad, que nos une desde hace más de veinticinco años.
Realmente conocer a Vero y compartir con ella tantas vivencias fue un regalo del cielo, entre ambas se forjó un lazo que fue más allá de una amistad,
de a poco pasó a formar parte de mí familia. Las diferencias con su madre la obligaron siendo muy jovencita a buscar su propio camino.
Cuando yo la conocí, ella tenía veintisiete años, apenas dos más que mi hija, sin embargo la diferencia de edad no impidió que nuestra amistad perdurará en el tiempo. Con los años Vero se casó y yo pasé a ser parte de su familia también.
Para que tengan una idea de quién es Vero, les cuento que fue la persona que cuando cumplió cincuenta años hizo una fiesta donde yo no podía faltar y lo hice aun teniendo una fractura en el pie.
Ella es muy afectuosa, luchadora y creativa. Actualmente no nos vemos tan seguido porque se mudó a Ezeiza, aún así no se olvida de llamarme o de mandarme mensajes donde su infaltable ¿Cómo estás mamina? resuena cálido en mis oídos y me reafirma que la verdadera amistad perdura más allá del tiempo y la distancia.. En estos años de afecto mutuo me escribió varias cartas, esta en el año noventa y nueve y me encantaría que ustedes la escuchasen. Para mí, cada palabra de ese texto tiene un valor afectivo muy grande, son palabras sinceras que unieron de algún modo la tristeza y el amor, sentimientos encontrados que marcaron en un punto la realidad de su vida.
Li (CABA)
3. CARTAS DE ALFREDO
Cumplí los quince años y a los pocos días, Alfre emprendió el viaje que tanto había soñado. Mi hermano querido partía y yo iniciaba mis primeros pasos en el amor.
Las cartas iban y venían casi diría mensualmente. Pese al poco peso por ser cartas de avión, siempre llegaban cargadas puesto que en el mismo sobre había varias y para diversos destinatarios.
Mamá y papá. Margot y yo.
Esperé con ansias y con tanto amor todas y cada una de ellas.
Su letra prolija, su claridad para describir situaciones y lugares que iba recorriendo, hacían que yo estuviera un poco en aquellas tierras, que poco a poco fui atesorando pese a que en parte, me lo habían robado.
Yo describía a la perfección todas y cada unas de las ninguneadas de mi hombre equivocado y él, con mucha paciencia y amorosidad, me cobijaba estando tan lejos, del otro lado del charco, como decíamos en esos años.
¡Un día llegó la carta con la noticia de que iba a ser papá!
Que alegría me dio leerlo y sentir que estábamos muy pegados y al mismo tiempo tan lejos.
Daba detalles del embarazo, de la ropita que tenían, de las salidas al parque del Retiro, las caminatas por la Gran Vía y las andanzas en la Gata Flora.
Tuve el privilegio de conocer esa tierra aún antes de hacerlo realidad, puesto que la escritura y la retórica hacían que imaginase cada detalle, cada lugar, cada color y cada sonido.
Fueron mis cartas de amor con mi hermano adorado.
El teléfono fue protagonista también de encuentros quincenales, los domingos a la tardecita, pero esto pasó ya cuando me fui a vivir con marido e hijos y todos esperábamos ese gran día, con la misma intensidad que yo, a las cartas.
En el medio surgió el tan añorado correo electrónico que en parte reemplazó a las cartas mas nunca lo igualó: para mí nada se comparaba a recibir ese sobre blanco con dos banditas celestes en la parte superior y la suavidad de las hojas que yo, atolondrada, casi rompía de la emoción.
Eran una caricia al alma. Creo que desde allí tomo a los mensajes de amor o a los gestos con ese nombre.
No todas fueron color de rosa, y algunas duras, como la realidad que le tocaba transitar, pero nunca bajó la guardia ni él ni yo.
Fue nuestro secreto mayor y mejor guardado. Las cartas no se tocaban y guarda si alguien se entrometía en la mesita de luz.
Las llevé conmigo por años: a Tandil, Azul , La Plata, siempre en una bolsa que no solo abultaba por tamaño, sino por lo que contenía…
Cuánto amor
Cuánta historia
Cuántos lugares bellos que conocí por él…
Cuántas alegrías
Cuántas tristezas
Y terminaba con un
Hasta pronto, Martita…
Hace poco, cuando desarmamos la casa de mamá, mágicamente en el último cajón de mi ropero, apareció una..
Acá la tengo
Y todo volvió a empezar…
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
2. CARTAS DE BUENOS AIRES
En mi infancia no había mail ni teléfono en casa. Nos comunicábamos con amigos y parientes lejanos por cartas en formato físico. La virtualidad no existía. Tampoco la inmediatez. Era todo un proceso: escribir la carta, ponerla en el sobre, llevarla al correo y esperar la respuesta.
Así nos comunicábamos con smis tías de Buenos Aires. Mi mamá escribía la carta. Les contaba como estábamos, le enviaba fotos mostrando cómo crecían sus sobrinos o sea mi hermano y yo. Contaba si había alguna novedad de mi familia, de mis tíos y abuelos y les preguntaba cuando iban a venir a visitarnos.
Mi hermano y yo esperábamos ansiosos la respuesta. Queríamos saber cuándo llegaráan los tíos con regalos y con la alegría de juntarnos y compartirles nuestras novedades. Contarles en persona todas las cosas nuevas que habían ocurrido y como estaban nuestros animales, el campo y el jardín.
Cada vez que esperábamos la respuesta de la carta, calculábamos un par de semanas para que llegara la respuesta. A partir de ese plazo estimado, le pedíamos a papá que fuera al correo, cada vez que iba al pueblo, para ver si había carta de Buenos Aires. Qué decepción cuando venía con las manos vacías ... ¡y qué alegría cuando tenía la esperada respuesta! Ambos queríamos abrir el sobre para ver qué novedades traía. Nos sentábamos alrededor de mamá y ella leía en voz alta la carta de mis tías.
Ahí nos enteramos de que se habían juntado con los otros tíos para festejar el cumpleaños de la tía Mercedes, que el próximo fin de semana largo iban a visitar a la tía Julia de Mar del Plata y que para el próximo feriado vendrían a visitarnos. Mi hermano y yo escuchábamos atentamente y planeábamos qué preparativos había que hacer antes de la visita de los tíos. Mi papá se ponía a ver si le daban las fechas para tener listos lechones, pollos o un chivito para cuando vinieran las visitas. Cualquiera de estos a la parrilla o al horno de barro eran una delicia.
Después de recibir la carta, en la próxima visita a mis abuelos o tíos maternos, se les llevaba las noticias para que estuvieran al tanto y organizar el tour de los tíos por la parentela. Más las juntadas correspondientes.
Algo parecido hago con mis hijos cuando vamos para Santa Fe. En lugar de cartas, nos enviamos audios y llamadas telefónicas con mi tía y con mi prima.
Rosana L. (CABA)
1. CARTA AL CUGINO GIOVANNI
Hola querido primo.
Te cuento que aquí, por Argentina, afortunadamente nos encontramos muy bien y espero que ustedess también lo estén al recibir estas líneas.
Aprovecho el viaje de mi querida amiga Daniela para enviarte estas líneas y una pequeña atención en agradecimiento a tu enorme colaboración para el trámite de la ciudadanía italiana de mi hijo y su familia.
Tu ayuda ha resultado realmente valiosa y efectiva, como siempre te digo, porque como ya lo hemos hablado por teléfono ellosya están felizmente radicados en Barcelona y con toda su documentación en regla.
Este detalle que aquí te mando, no alcanza obviamente para compensar tu generosidad, pero me satisface enviártelo.
Como bien lo sabés, tenés las puertas abiertas de mi hogar en caso de que vos o tus amorosos hijos decidan venir a conocer este, mi país
Tanto Edu como yono olvidaremos jamás tu gran generosidad y la de Teresa cuando nos recibieron en vuestra casa, ni los buenos momentos que pasamos con todos los tuyos bajos los naranjos en el campo.
Las personas que te acercan este envío son nuestros mejores amigos, casi de la familia, te diría, así que podrán contarte cómo estamos nosotros, mi hija que está por aquí cerca y su familia al igual que de mi hermano Alejandro y su familia, por si quieren preguntarles.
Bueno, querido Giovanni, solo me queda enviarte besos y abrazos para vos, para tu esposa, hijos y nietos.
Me despido agradeciéndote de nuevo tu buena predisposición de siempre.
Con cariño
Melinna Teigo (CABA)
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