32. UN CUADRO INTERACTIVO
Qué decir de mi casa que no lo cuente ella misma. Al pasar por la vereda, si es primavera te sorprende el jazmín trepando a la reja, y allá en lo alto, dándote la bienvenida la planta de mangos que en otoño te regala dulzura y convoca a los distraídos a subir su mirada y quedarse boquiabiertos al descubrir que aquí, en Adrogué, en este lugar no tropical del gran Buenos Aires, el amor hizo que diese frutos aun faltándole el clima característico.
Mi mamá sabía que me encantaban los mangos y se propuso hacer una planta que me permitiera tenerlos al alcance de la mano, no fue fácil pero insistió hasta lograrlo y hoy inunda el aire con su aroma tan dulce y especial.
El tiempo y nuestras necesidades fueron modificando la casa, pero siempre mantuvo el sentido original, aquel de tener ambientes amplios que permitan albergar reuniones para festejar la vida.
Yo también heredé de mis papis el gusto por recibir gente en casa y será por eso que ella brilla más cuando esta colmada de amigos y familia.
Sus paredes cuentan historias y te invitan a hilvanar recuerdos. En la cocina Dany armó el primer 31 de mayo que no estaba mi Luby, una pared con sus fotos que la ponen siempre cerca, aun de las personas que no la conocieron, porque como aquellos a los que uno ama y partieron, están presentesen nuestras charlas, en cada anécdota regalándote una sonrisa.
Papa sigue firme aquí, aunque modificamos la estufa, ya no padecemos de un improvisado Londres, aunque recibimos su calor y ese olor a hogar que nos brinda la leña.
Gaby también se hace presente a pesar de la distancia, en los recuerdos de viaje o los objetos que ella eligió conociendo mi gusto.
Mi casa nos contiene a los cuatro integrantes originales, pero sabe también albergarnos a nosotros dos que hoy y cada día le damos nuestro toque personal y característico.
Es como un lienzo en blanco que no olvida su pasado pero que nos permite ser y crear los mejores recuerdos para el futuro.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
31. PERIPLO
Supongo que mi primera casa de adulta es la residencia estudiantil donde viví por primera vez fuera de la de mi infancia. Técnicamente ya había tenido esta experiencia a mis nueve años, en la escuela primaria. La diferencia es que cuando me mude al Ejército de Salvación, así se llamaba la pensión, ya era adulta, tenía veintitrés años. Era un edificio de tres pisos y terraza, ubicado a dos cuadras de mi facultad, en la esquina de Junín y 1°de Mayo, Santa Fe. En la planta baja estaba el templo, oficinas, un hall, baño, cocina y un gran comedor/ sala de estudios. En las siguientes plantas la casa de las autoridades del lugar y en los dos pisos posteriores, habitaciones para chicas. En la mía había dos cuchetas, cuatro placares, estantes y cajoneras, más una mesa con cuatro sillas para comer, estudiar o hacer cualquier actividad. Había baños y duchas en cada piso y en la terraza, lavadero y tendederos para colgar la ropa.
Pensar en momentos de intimidad en ese lugar era una utopía. En la cocina compartida entre veintiocho chicas, era una lucha cocinar al mediodía sin chocarse ni pelearse con nadie. Pero, por otra parte, era casi un convento, no se podía fumar ni beber alcohol, ni podían subir varones a las habitaciones. Solo en el comedor se recibían visitas de padres, hermanos o novios. En mi caso, no tenía novio, pero la mitad o más de mis compañeros de estudio eran varones y cuando venían a estudiar, las autoridades del lugar daban una vuelta para ver qué hacía. Sin embargo, este nuevo hogar y vivir en la ciudad, entre pares, significó una liberación para mí. Desde la posibilidad de cursar y estudiar con mayor dedicación hasta la de tener mayor vida social. Tanto fue así, que avancé en la carrera y también empecé a militar en una agrupación universitaria.
En la pensión había horarios de ingreso y salida, no teníamos la llave de la puerta. El horario de entrada era las veintitrés horas, salvo los miércoles y sábados a la una de la madrugada. Como yo salía por reuniones sociales o políticas y también estudiaba con otros compañeros, muchas veces se me hacía tarde y terminaba durmiendo en casa de mis amigas.
Después de unos años surgió la posibilidad de mudarme a un departamento en San Martín y Suipacha, también céntrico y cerca de la facultad. Allí vivían tres chicas de la agrupación que buscaban dos compañeras más para bajar costos. Claudia y yo éramos compañeras de habitación en el ejército y también en la agrupación. Nos mudamos juntas al depto de las chicas de Paraná. Era grande, tenía tres dormitorios , comedor, cocina, baño y terraza con una dependencia de servicio medio abandonada y ocupada por los muebles y cosas de una de las chicas. Por un lado, había más comodidades y por el otro, más trabajo, porque no había personal de limpieza como en la pensión. También era la casa del pueblo, siempre había gente por estudio o visita. Una diferencia es que los varones no estaban vetados... Una de las chicas empezó a salir con uno de los chicos de la agrupación y nos preguntó si nos molestaba que Ariel se quedara a dormir o pasara tiempo en el depto. Las demás le dijimos que no había problemas si limpiaba lo que ensuciaba y colaboraba con alguna tarea en el depto. Como también le gustaba cocinar y cocinaba rico, comprábamos las mercaderías y terminaba muchas veces de cocinero. Al final, empezó a protestar diciendo…ustedes se están aprovechando de mí, siempre tengo que arreglar las cosas…
Entre la pensión y el depto ,en mi familia hubo problemas de salud graves de mi tío, mi papa y mi mama, uno a continuación del otro durante un año y medio aproximadamente. Los tres a cargo de mi hermano y mío, más ayuda familiar y de amigos. Como yo vivía a cuadras de los sanatorios, me ocupaba de la logística sanitaria. Mi hermano se quedaba en casa con un amigo de la familia, con las tareas del campo. Ambos seguíamos con nuestros estudios como podíamos.
Cuando se vencía el contrato de alquiler, todas estábamos terminando de cursar y podíamos seguir los últimos tiempos de estudio viajando. Se desarmó el departamento. Yo me había quedado sin el trabajo de los últimos dos años.
Volví al campo. Me puse a preparar los finales que me faltaban, el proyecto industrial y la práctica en fábrica para graduarme. Pasaron los primeros años estudiando, acompañando a mi mama con los primeros síntomas de Alzheimer y los tratamientos médicos, luego buscando trabajo y finalmente mudándome a Buenos Aires.
Allí viví en casas de mis tíos y tías, hermanos de mamá, hasta que tuve un trabajo de jornada completa. Ellos vivían en Villa del Parque, Villa Real y Villa Celina en la provincia. Luego me mudé al departamento de una amiga de Santa Fe en Villa Crespo y a otros dos alquilados a dueños directos en San Cristóbal. En el último empecé a convivir con Vitaliy, mi pareja, y allí nació mi hija Anna. Era más grande y más cerca del centro. Tenía dos ambientes, piso de parquet (que hice pulir y plastificar) y un balcón al contrafrente. También había cocheras en el edificio y conseguí una para mi auto. En ese departamento teníamos pocos muebles, pero nos arreglábamos. Vitaliy trajo su computadora y la conectamos a internet y el cable del vecino de arriba con el que compartimos los gastos. Con la vecina de al lado y el novio, nos reuníamos los viernes o los sábados y también con amigos de ambos. Incluso en los festejos de cumpleaños o el bautismo de Anna venían mis tíos. También los domingos íbamos a la casa quinta de mi tío en Ciudadela y a veces también iban nuestros amigos.
Luego de renovar el contrato de alquiler, empecé a buscar la posibilidad de comprar mi departamento. Después de un tiempo de buscar para arriba y para abajo en avisos inmobiliarios apareció la opción entre comprar un terreno y construir en un barrio privado en Pilar y restaurar o comprar un PH terminado en CABA en un edificio antiguo.
Consultamos a un arquitecto amigo y las posibilidades de financiación bancaria para complementar los ahorros. Nos decidimos por el Ph terminado, nuestra casa actual. Está restaurado a nuevo, tipo duplex, considerado por un vecino como el “palacete del fondo ". Para llegar hay que pasar por un largo pasillo en L y un patio común con plantas. En PB hay cocina, comedor, lavadero, un patiecito y un baño. El antiguo living comedor es una biblioteca y el dormitorio de Ignacio, mi hijo menor. En el otro piso hay dos dormitorios, un balcón cubierto que ahora voy a cerrar, el baño principal y un pasillo. Arriba está la terraza, una parrilla que construimos enseguida que nos mudamos, una pérgola con media sombra y un juego de jardín con sillones de hierro con plantas. En un rincón, un macetón con un limonero cuatro estaciones que se salvó de un verano intenso y casi se seca.
Me mude acá en septiembre del 2005, hace casi veinte años. Ignacio nació en el 2008, en esta casa. Mis gatas llegaron en el 2017. Mi marido y yo pasamos de convivencia a casamiento y separación. Él se enfermó, mis padres fallecieron, hubo cambios de trabajo, escuelas , amistades , vecinos. Miles de historias en este edificio y en la cuadra. Con algunas vecinas y amigas comentamos que podemos hacer el guión de una serie de Netflix.
En cierto modo este barrio es el pueblo de mi viejo. Somos pocos los vecinos permanentes, hay muchos edificios públicos, oficinas, comercios y turistas. De vista nos conocemos y siempre se saben los chismes del barrio. Los sábados y domingos hay mucho menos tránsito, pero más turistas caminando por la zona por la feria de los domingos y los anticuarios de San Telmo.
Rosana (CABA)
30. CASAS DE LA ADULTEZ
Quiero homenajear en primer lugar a la casa de mis suegros, ubicada en Caseros, gran Buenos Aires, a quince cuadras de la que habitábamos mi mamá, mis hermanos y yo. Cuando los padres de Héctor, por entonces mi novio, me invitaron a cenar por primera vez, eran apenas mis futuros suegros. Con el tiempo no solo se convirtieron en unos suegros espectaculares, sino que los incorporé a mi vida como un papá y una mamá que la vida me regalaba de yapa, lo cual agradecí infinitamente y sigo haciéndolo. Lo mismo ocurrió con la hermana de Héctor, para el resto de los conocidos mi cuñada, para mí una hermana, quien desde el primer momento me abrió su corazón, yo me sumergí en él y no salí jamás. En ese hogar siempre me sentí contenida, protegida, valorada y mimada. Ahí mis hijos disfrutaron en su niñez y adolescencia de esos abuelos de oro y compartieron junto a ellos y los primos juegos, manjares hechos por la abu, anécdotas relatadas por el abu que aún hoy atesoran con cariño y gratitud y por sobre todas las cosas muchísimo amor.
La segunda casa, mejor dicho departamento, es al que fui a vivir recién casada y dividió mi vida en dos partes: la recibida y la elegida. Me parecía irreal estar transitando esa independencia que tanto anhelaba y que me permitía estar cada noche y cada día feriado junto a Héctor, solos o en compañía pero por propia elección; poder decorar nuestro pequeño dos ambientes a nuestra manera y empezar a soñar con una o más criaturas colmándolo de alegría y mutuos aprendizajes.
Cuando quedé embarazada de nuestro tercer hijo unos amigos de mis tíos nos ofrecieron alquilar una casa en Villa Tesei, Hurlingham, al mismo precio que nosotros pudiéramos alquilar nuestro departamento. Ellos se iban a vivir a España y preferían resignar dinero con tal de dejar la propiedad en buenas manos. Para nosotros implicó alejarnos de nuestros padres y perder un poco la compañía y la ayuda que nos ofrecía su cercanía, pero en la balanza pesó mucho más acceder a una casa sin escaleras de por medio, con una pieza más para los chicos y un fondo enorme para disfrutar no solo nosotros con ellos sino también con hermanos, sobrinos y amigos.
Y tras cinco años viviendo en casa alquilada, mejorándola y hermoseándola como una forma de sentir que pertenecíamos a ella y porque no podríamos hacerlo de otra manera, pese a saber que ella no nos pertenecía a nosotros, pudimos vender el departamento y comprar un chalet en una linda zona de Hurlingham, habitando por fin la casa que soñábamos: por propia, por grande, por cálida, por ser la que cobijó la mayor parte de la niñez de nuestros hijos, su adolescencia y sus primeros años de adultez, por ser la que recibió decenas de amigos de ellos y nuestros, por obsequiarnos silencio y canto de pájaros en su fondo, y la practicidad de salir a la calle y encontrar negocios de todos los rubros alrededor. Es la casa que hoy nos queda muy grande a los dos pero que todavía podemos mantener y seguir disfrutando, solos o acompañados, según la elección.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
29. LA CASA DE MI VIDA
Roberto y yo nos casamos a los veinticuatro años y fuimos a vivir a nuestro pequeño primer departamento que compramos desde el pozo.
Teníamos solo los muebles necesarios, la vajilla justa y aunque con un espacio reducido, era un lugar hermoso, como todo en ese momento de nuestra vida. Fuimos felices, y siete años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Hasta que una vez, ya nuestro, lo pusimos en venta. El sueño era volar de ese hermoso nido a un lugar más amplio.
Y llegó el momento, los dos nos enamoramos de un departamento y lo compramos con nuestro esfuerzo. En esta casa nació nuestra hija, después de mucho tiempo de búsqueda y espera. Pasamos buenos momentos, hasta que la bomba de la enfermedad de Roberto cayó impensada y nos cambió la vida.
Fue un tiempo de angustia, dolor y sufrimiento como familia, porque éramos jóvenes, teníamos una hija de diez años, que amaba a su papá y lo necesitaba. No podíamos rendirnos y bajar los brazos.
Yo me sentía muy sola, entre el sufrimiento de Roberto, la enfermedad y la demanda de los médicos.
Cuando llegó el día, la lucha fue otra. Yo sin trabajo y las deudas que se acumulaban.
Allí aparecieron los buitres, que despiadados, se aprovecharon de sus víctimas.
Recuerdo despertarme por las noches, pensando en qué comida hacer al día siguiente, o soñando cuando lograba dormir, con que me remataban el departamento. Esa era mi pesadilla recurrente.
Tuve que vender el auto que mi marido quería tanto, desprenderme de la cochera, la baulera y hasta de mis amados libros.
Conseguí los trabajos que me dieron de comer y así mi hija pudo estudiar. Todo en esta casa, donde no sé si me mudaré o me quedaré, pero sé lo que representa: lucha, esfuerzo, sacrificio, dolor, superación y amor. Por eso, es y será siempre la casa de mi vida, mi hogar.
Florencia Zaldívar (CABA)
28. FUERON TANTAS…
Si tuviera que describir cada una de las casas que viví desde que me casé, necesitaría un libro. ¡Once mudanzas, once!
Cuando nuestra primogénita cumplió los dos añitos, nos dieron una casa de un barrio de la provincia, en Ordoñez, mi pueblo natal. Éramos el matrimonio más joven en recibirla. Teníamos veinte y veintidós, no nos iban a ganar en juventud muy fácilmente. Si tengo que decir que estaba feliz, mentiría. Pero le pusimos toda la onda y rápidamente le cambiamos la cara. Nosotros teníamos todos los muebles nuevos, compramos algunas cosas más, hicimos la tapia y así… pero lo que no se podía cambiar eran los vecinos. De cuarta. Por suerte, gracias a la vida, en dos años nos vinimos a Neuquén. Con el tiempo la perdimos, porque los vecinos nos denunciaron por abandonarla e irnos a otra provincia y el intendente metió a un amigo. Nunca nos reconocieron las mejoras. Pero no nos importó tanto. Ya sabíamos que nunca volveríamos.
Ya instalados en Neuquén, recorrimos diez casas diferentes. Muchos barrios, muchos extremos, pero por suerte lindas casas y departamentos, excepto la que compramos la primera vez. La oportunidad estaba buena, toda en cuotas. Aprovechamos, aunque no nos sobraba ni un centavo. Para mí era un rancho, encima las casas vecinas ya estaban reformadas, arregladas y la nuestra, un abandono total. Pero buenos vecinos, buena gente y muchos niños, los míos, felices. Se hicieron de muchos amiguitos que hasta hoy recuerdan. Veintidós eran en la cuadra, cuyas edades oscilaban entre cinco y trece años. Con los pocos pesos que nos quedaban al mes, le fuimos cambiando un poquito la cara, solo un poco. Era muy chiquita, estábamos apilados. La tuvimos seis años. Vino una baja de laburo de mi marido, la cuota se nos fue por las nubes y era insostenible, como es común en nuestra Argentina. La vendimos, pagamos lo que debíamos, nos entregaron una camioneta nueva por parte de pago, y mi marido empezó a trabajar con ella en una empresa. No nos deprimimos demasiado, porque como no nos gustaba la casa, los dos pendejos inconscientes nos fuimos a alquilar un dúplex hermoso, pleno centro y a otra cosa mariposa. Dios mío, lo que es ser joven e inmaduro. Desde ahí empezamos un periplo por la ciudad. En unas de las tantas caímos en un barrio más alejado, pero hermoso. Casa por medio de mi amiga. Estaba feliz. Los chicos ni hablar. Los hijos de mi amiga de la edad de ellos, salían, jugaban, joda total. Ahí nació mi tercera hija. Un día el de la inmobiliaria me comentó que los dueños pensaban venderla. Que si nosotros la queríamos teníamos la prioridad. ¿De dónde íbamos a sacar esa cantidad? Era muy cara. Año dos mil tres, el coletazo que había dejado la crisis del país. Imposible. Los que la compraron, el día que la vinieron a ver me felicitaron por como la tenía, no es fácil encontrar una casa cuidada así, con tres niños me dijo la señora. Cuando se fueron, me tiré en la cama a llorar.
Vinieron dos mudanzas más. Una época muy dura, y luego de mucho, el resurgimiento. Después de tanta mala racha, empezó la buena. Mi doble turno se ahorraba por completo, juntamos una plata, sacamos un crédito hipotecario y logramos nuevamente la casa propia. La que vivo hace catorce años. La que me encanta, la que reformé a mi gusto. Sencilla, pero cómoda y cálida. Con mucha luz. Siento que ella es mi refugio, amo estar en mi casa. Es todo lo que está bien, quizá porque me acoge en una época de mi vida donde no hay altibajos, hay más paz y disfrute.
Mari (Neuquén, Neuquén)
27. MARGARITAS Y MALVONES
Las casas de mi adultez han sido mis verdaderos espacios. En ellas he sentido la calidez de hogar.
Mi primer lugar de pertenencia fue cuando me casé y nos mudamos al sur. La empresa entregaba las viviendas a sus empleados. Era una casa pequeña con gran patio. Al ser jóvenes y con ganas, le dedicábamos mucho tiempo al jardín. Las margaritas y los malvones florecían divinamente. Tan simples y tan bellos, regalaban sus colores aun con climas inhóspitos y rudos como el de la baja Patagonia.
Dos refugios más nos esperaban en Neuquén, alquilamos una casa durante once años, mientras construíamos la nuestra. A todos los espacios que habité les dejé la impronta de mi pulcritud. Alguien dijo alguna vez, como es afuera, es adentro, así que el orden y la limpieza fueron mis estandartes.
Hace ya varios años que vivo en esta casa, la nuestra. Mis hijas, ya casadas, conservan las llaves. Es muy importante para mí ese detalle.
No es la casa de mis sueños, pero la amo y la cuido porque es nuestra, no se la debemos a nadie, ni al banco, a ninguna herencia. A nadie.
Sin lujos, pequeña pero cómoda. Abrigada en invierno y fresca en verano. La lluvia no nos moja. Tiene lo que debe tener. Algún mueble reciclado por mí, alguna artesanía, objetos que recuerdan viajes. Nada costoso. Los patios cuidados con mis cactus y suculentas que amo, no así mi esposo, él las odia.
El quincho, nuestra mejor inversión, centro de reuniones familiares y de amigos. Asados, cenas, bailes, cumpleaños. Toda la familia lo usa. El lugar por excelencia para festejar sin necesidad de ocasión. No se comienza a comer sin antes brindar por el simple hecho de reunirnos a honrar la vida que nos tocó.
María Santandrea (Junín de los Andes, Neuquén)
26. MI CASA ES DONDE ESTAMOS TODOS
Dejé mi casa, la de mis padres, para irme a vivir con mi compañero de ruta. No importo a qué casa iba, en ese momento, no tenía proyecto de una casa, cómo la casa de los sueños. Era pequeña, con dos habitaciones, un baño, cocina comedor y un patio muy grande con mucho pasto, árboles y plantas extrañas para mí. La rosa china con sus flores rojas, nunca vista en mi pueblo, llamaba la atención siempre. La tuna, esa que por milésimas de segundos no llegó a lastimarme con sus espinas invisibles. El barrio alejado del centro platense fue conquistando cada rincón de mí persona. No había living, sillones, televisores Smart, vitrinas ni copas como en casa de mamá. Una mesa casera, hecha por el Nono, con sillas robustas, que hoy, aún conservo. Lo primero que compramos fue la cama grande con sommier y colchón de resortes. De a poco vajillas que suplantaban las viejas tazas de época de estudiante. Algún que otro detalle innovador pero nada de cambios radicales. No eran necesarios ni ocupaban mi pensamiento. A los dos años nació Cate y el olor a bebé recién nacido inundaba los pequeños ambientes que fueron para mí , los más cálidos, felices e intensos de mi adultez. En esa casa de Los Hornos fui inmensamente feliz y al mismo tiempo, sufrí la perdida más importante de mi vida.Luego , ahí nomás llegó Sere con su temperamento haciendo honor a su nombre.La cocina comedor quedaba chica entre cochecito , paragüitas, juguetes, mamaderas y platillos con vitina y manzanas ralladas Tortas infaltables los fines de semana, comidas ricas y amigos y parientes que se turnaban para hacernos compañía. Luego papá y mamá que estuvieron haciendo el pre y post operatorio y de paso , daban una mano siempre.La crisis del 2001 llegó con todo y con todos. La multinacional emprendió la retirada y casi simultáneamente, mi panza volvía a crecer con un bebé que no estaba en los planes, más nunca jamás mejor llegado. Teníamos la indemnización que alcanzaría para unos meses y la fantasía de cruzar el charco se hizo realidad. Esposo primero para testear la cosa y yo luego con los tres peques
Mientras, la opción elegida fue regresar al pueblo, con toda la “ casa” metida en un camioncito de mudanzas y los tres bebés, hermana Malala y yo, en el micro, rumbo al pueblo siempre el pueblo... La casa de mamá, ya sin el rey, volvió a tener vida. Risas, llantos, mamaderas, pañales, y mamá, pese a su tristeza, tuvo una inyección de alegría. Sonrío cada día, abrazó cada noche y nos dio y me dio lo que nunca antes había dado. Gian gateaba por el living y las nenas corrían en la vereda, libres muy libres. Las hamacas volvieron a oscilar de un lado a otro y las risas de mis niños se oían por todo el barrio que volvía a tener chicos en la cuadra. A los cuatro meses, en medio de mucho calor y la siesta interrumpida por el timbre que me sacó de la cama, apareció él: sin avisar llego de Italia convencido de que no era la mejor opción quedarse allí. Ese día quedó en mí retina su imagen congelada apoyado en la columna de la entrada diciendo hola. amor.... Emoción, lágrimas, risas y no saber qué hacer desbordó todo lo correcto. Las caras de las nenas siguen intactas en el recuerdo. Sere ese día tiró la mamadera y Cate, el chupete que calmaba su necesidad de ver a papá. Estuvimos dos meses con mamá y luego iniciamos la osadía de transitar cinco casas diferentes, hasta concretar la nuestra, la planeada la pensada, la elegida.
La casa de Chillar que a poco de estrenar quedó con la mitad de la familia habitando sus gigantes dimensiones y la otra parte lejos, en otro lugar que hoy, nos reencuentra a los cinco , día y noche, mañanas y tardes, en ambientes pequeños pero con un calor de hogar que es el que supimos, quisimos y defendimos siempre.En esas cinco casas fui feliz sin importar tamaño, lujos y demás.
Mi casa es donde estamos todos.En poco tiempo, sé, se iniciará el éxodo. Mientras, disfruto cada momento.....
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
25. DONDE YO ME ENCUENTRE
Al principio de nuestra convivencia mi esposo y yo compartimos diferentes departamentos, en variados barrios. En esta oportunidad me voy a referir al último lugar que habitamos, junto a nuestros tres hijos. Para ese entonces Vanesa tenía catorce años, Emanuel ocho y Patricio dos.
Después de alquilar por años logramos comprar nuestra primera vivienda.
La misma estaba situada en la zona céntrica de CABA, para ser exacta en Junín y Viamonte, una ubicación ideal para llegar a cualquier lado aun sin tomar ningún medio de transporte. Pero a mi esposo no le gustaba el edificio. Es cierto que el mismo todavía estaba en obra y le faltaban detalles de terminación; en cambio a mí, el departamento me encantó desde el primer momento. Muy espaciosos sus ambientes, luminoso y con comodidad para una familia de cinco personas.
Me costó convencerlo de que aceptase pero al final lo logré. Allí vivimos por más de treinta años. En ese hogar vimos crecer a nuestros hijos y fue donde compartimos hermosos momentos con nuestros nietos. Pasados los años dos de mis hijos volaron, para formar sus propios nidos. Y otro, nos la hizo más difícil.
Luego llegó la enfermedad de mi esposo, y todo se complicó, la misma duró tres largos y difíciles años.
Cuando él partió, solo quedamos habitando la vivienda, mi hijo y yo.
Ese lugar tan querido para nosotros se fue convirtiendo para mí, en un espacio donde todo era tristeza y soledad.
Agregado a ello, una serie de inconvenientes provocados por mi hijo. Se me hacía imposible soportar que ambos viviéramos bajo el mismo techo.
Buscando una solución, decidí alquilar ese departamento y a la vez rentar uno más pequeño para mí sola. Me desprendí de la mayoría de los muebles, y compré otros, que me hicieran sentir que este nuevo hogar, me pertenecía solo a mí, y en el cual nada perturbase mis días.
Por bastante tiempo no pude pasar por la puerta del domicilio anterior, la sensación que sentía iba de la tristeza a la ira, fueron demasiados los episodios allí ocurridos que me lastimaron en lo más profundo de mi ser.
Hace un mes, la persona que alquila mi casa, necesitaba hablar conmigo y por primera vez, después de cuatro años, volví a entrar a ese lugar.
No me sentí mal al hacerlo, por el contrario, pude notar que el tiempo había suavizado ese torbellino de sentimientos encontrados que me dañaba mal. Si tuviese que volver a mi antigua casa porque las circunstancias de la vida así me lo exigiesen, hoy volvería fortalecida, en este tiempo de soledad aprendí a mirar la vida desde otro lugar. Ya no me sentiría sola en ese gran lugar, porque comprendí que no tengo la presencia física de mi esposo, pero su recuerdo ya no duele, muy por el contrario, me acompaña y siento que de algún modo él está. Además, ya no le temo a las transgresiones, porque con mi cambio de vida y mi actitud, dejé bien en claro que donde yo me encuentre eso no tiene nunca más cabida.
Li (CABA)
24. EL TECHO PROPIO
Crecí bajo el mandato de la importancia de tener un techo propio. “Alquilar es plata tirada a la basura” repetían mis viejos cuando César y yo comenzamos a planear nuestra vida juntos. Endeudándonos, compramos nuestra primera casa, la cual vendimos para invertir en el negocio familiar que aún hoy conservamos. Tuvimos que vivir tres años en el departamento que mis padres habían construido para mi abuela. Toda una apuesta a lo incierto. A los pocos años pudimos comprar nuevamente nuestro “techo”, crédito mediante. Nunca con dinero ahorrado, las cuotas nos acompañaron hasta no hace mucho. Era un departamento pequeño al fondo, en el mismo terreno que hoy vivo. Living, cocina comedor, un dormitorio, un escritorio, que hizo las veces de habitación para Flor, y un gran patio. Llegamos felices los tres. Mis papás compraron la casa de adelante. Flor tenía dos años en ese momento y vivimos allí durante tres años. Al cabo de ese tiempo, mis papás decidieron dejar su casa para volverse a Morón y, en una de las tantas operaciones familiares, hicimos un cambio de viviendas. Ellos se quedaron con el departamento del fondo y nosotros les pagamos la diferencia de valor con la casa de adelante. A los seis años de Flor ya vivíamos en la casa grande, mi casa al día de hoy. La del fondo se puso en alquiler a una señora que vivía con su mamá y su hija. Con el tiempo se la compramos a mis padres y aún hoy vive allí nuestra inquilina de aquella época. Susana ya es familia.
A lo largo de los años la fuimos remodelando, cambiando los ambientes de lugar, modernizando las instalaciones, agrandando el patio y agregando un quincho. El año pasado construimos la pileta y, en este momento, estamos haciendo a nuevo los desagües y el piso de la cochera. Modificaremos el sector de patio que quedó libre, agregando césped y trataremos de ir terminando la entrada.
Siempre estamos en obra, ya sea para modificar, ampliar o con ideas locas como fue, desde un dormitorio y una cochera, construirle el departamento a Flor.
Mi casa es luminosa y cómoda, de ambientes amplios y amoblada a gusto de los dos. Cada detalle es elegido por ambos. Desde la cerámica del piso hasta el cuadro del living, desde el cubrecamas hasta la cortina de la ducha, desde los muebles hasta la ubicación de las plantas.
Uso y disfruto todos los ambientes. Originalmente tenía dos habitaciones grandes, una de las cuales se convirtió en parte del departamento de Flor. Mi dormitorio es amplio, así que armé un rincón con una mesa de madera plegable para escribir, de cara a la ventana que da a la calle. Allí tengo mi impresora y hago las videollamadas de mis talleres y de mi terapia. Se comunica al resto de la casa a través del vestidor. El living y el comedor diario se comunican con una gran arcada, separados por el sofá. Adoro tirarme en el sillón del living a ver una serie o un programa de youtube. La mesa del comedor la uso a la hora de comer, para organizar mi emprendimiento o para escribir. Está separado de la cocina por un pasaplatos que oficia de mesada y de tabla de planchar. A través de una ventana balcón se comunica con el quincho. Allí compartimos los asados del domingo y los almuerzos o cenas con amigos. Cuando la temperatura es agradable, cualquier otro momento es bueno para invadirlo. También disfruto de bajar el cerramiento y ver caer el agua los días de lluvia. El patio cobró otra importancia a partir de este verano. La pileta y el banco que construimos alrededor, nos invita a compartir las tardes entre chapuzones y mates, disfrutando del atardecer y la brisa fresca. La cochera tiene lugar para nuestros dos autos y oficia, a la vez, de entrada a mi casa y al departamento del fondo.
Cada vez que viajábamos a la costa, me daba mucha alegría volver. Veía todo lindo, grande y mucho más cómodo. Hace unos años reformamos nuestra casa de Mar del Tuyú. También es amplia y ambientada a nuestro gusto. Hoy me siento realmente en un hogar también allí.
Si bien me encanta viajar, salir y recorrer, no hay nada que me guste más que estar en casa.
Tiene pocos muebles, los necesarios y aún nos falta revisar los detalles de decoración. Será la etapa posterior. Aprendí a disfrutarla sin sentirme nunca esclava de los quehaceres cotidianos. La limpio y la ordeno por cuestiones lógicas de higiene y porque odio el desorden, pero no me obsesiona ese tema. De hecho, mientras hay albañiles en casa, soy muy descontracturada y convivo con el polvo y el caos. Disfruto de antemano del resultado final. Amo mi casa y me encanta recibir familia y amigos. Me encanta saber que no falta tanto para que esté, por fin, terminada, como siempre quisimos.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
23. MI CASA MI LUGAR
El automóvil avanzaba luchando contra las ráfagas de viento que implacables dificultaban su marcha. Al volante estaba ubicada una mujer. En su rostro se evidenciaban surcos que mostraban su larga vida. Sus manos firmes y una actitud decidida hacían que los kilómetros se fueran quemando acercándola a su casa –hoy su lugar-
La ruta era una larga cuerda poblada de curvas y pendientes. Sabía que ese entorno evidenciaba la proximidad a su destino. El horizonte comenzó a poblarse de caprichosas figuras. Bajó un cambio esperando más fuerza para que el motor ascendiera la próxima curva veleidosa. Sus oídos escuchaban el rezongo de la máquina cuando al rodear la montaña todo su ser se conmovió maravillada ante el macizo que se recortaba en la lejanía. Su forma cónica era perfecta. El manto blanco que presentaba indicaba que ya había recibido su primera nevada. Majestuoso. Inmaculado. Dueño y señor del paisaje. El volcán Lanín se mostraba descaradamente en todo su esplendor. Era quien le daba identidad a aquellas latitudes. Un sentimiento nuevo la invadió. ¿Cuántos kilómetros faltarían? ¿Doscientos tal vez? Los pensamientos se fueron adaptando a lo que su vista observaba.
El viento seguía rugiendo. La vegetación que apenas sobresalía del suelo se doblaba por su cintura. (Cuándo bajó del auto?)Por momentos notaba al torbellino en su espalda y en otros lo sentía abatirse de costado. Su rostro volvió a iluminarse. Los ojos se clavaron montaña abajo. Un cauce de aguas cristalinas serpenteaba entre la vegetación. Lo reconoció ancho y poderoso. Era el collón curá que ya la acompañaba.
Comenzó a descender la montaña. Una curva seguía a la otra. Enfilo hacia el puente que con una sola mano permitía el acceso a la otra ribera del caudaloso curso de agua.
Notó como la adrenalina que le había proporcionado tanto vigor empezaba a disiparse. El estrés y el ritmo cardiaco acelerado comenzaban a distenderse. Siguió la marcha. En el lateral izquierdo vio como un ave sobrevolaba unas cumbres rocosas. Agudizó su mirada y a través de los rayos de la luz pudo reconocer el collar blanco y la forma de surcar el cielo en el vuelo, planeaba buscando las corrientes de aire caliente. Sin duda se trataba de un ejemplar de cóndor adulto.
Su hogar se encontraba en una pequeña ciudad rodeada en un abrazo por un rio bravío y dador de vida. El valle se rodeaba de cerros habitados por duendes que moraban en el bosque. Todo la maravillaba en aquel lugar. Amaba esa naturaleza que la dotaba de una energía renovada. Cada día algo nuevo la asombraba. La creación había sigo fecunda en aquella vastedad. Había cambiado su llanura por estos cerros que ahora la cobijaban. El paisaje era distinto pero su ímpetu seguía intacto.
Ya no tenía el bullicio de la ciudad. Ni el traqueteo ni las frenadas de los colectivos. Ni los rascacielos que le impedían mirar el cielo. Ni los semáforos en cada esquina. Ni carteles luminosos en las calles. Ni la gente caminando rápido con sus paraguas bajo la lluvia. Ni en las esquinas los trapitos, ni los floristas, ni los muchachos vendiendo sus enseres.
Su casa, hoy, es pequeña, calentita y silenciosa. La envuelve el olor de la madera. Sus libros. Pilas de cuadernos y anotadores. El olor al pan recién hecho. Por la ventana puede ver los cerros, ahora sus cerros. Reconoce el bosque que ha caminado los últimos años. Los caminitos -picadas- que se entrecruzan viboreando en pendientes que suben y bajan. Los pobladores caminan despacio. Suelen mirar hacia abajo. Tienen el saludo fácil. De a poco fue comprendiendo esta nueva cultura. La fue aceptando. Sabe que su vida se ha enriquecido y se siente agradecida por esta nueva oportunidad.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
22. LA CEGUERA ES UNA CLAUSURA
“La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”, La rosa profunda J. L. Borges
Entre nubes y figuras desdibujadas, tanteos e inseguridad la vida de los que nacimos con el sentido de la vista y, por alguna razón, lo vamos perdiendo, lo asumimos como algo muy íntimo, intransferible y alienante a la vez.
Empezamos a desarrollar estrategias calculadas para interpretar letras borrosas y su contexto, nos trasladamos con cuidado para no golpearnos a cada rato y no caer, no enredarnos mentalmente en nosotros mismos, nos conectamos sin claudicar viendo a nuestro modo la realidad.
Los colores no son colores, las formas engañan, el tacto y el oído, al menos para mí, llevaron siempre las de ganar.
No todos somos audaces como Borges.
De pequeña, incluso de joven, al despertar, me incorporaba de la cama y una gelatina visual aparecía. Con los años fue peor pero aprendí a incorporar estrategias.
Por eso tenía sí o sí que usar mi otra parte, la de la luz pero la luz mía, la particular.
Era un desafío sin anteojos y vivir era un gran acierto o un gran error.
Ahora que soy adulta la noche de mis ojos que no es profunda aún, empezó a ser más benigna y se acopló a la verdadera noche: la de la luna.
¡Qué ironía! Sin embargo la oscuridad real que siempre me asustó, sobresaltó, se apoderó de muchos pensamientos…en casa es paz.
MI casa de noche es paz. Como nunca lo fue antes.
No voy a describir donde vivo hoy.
Estoy escribiendo sobre las noches serenas de mi ahora dentro de esta casa.
Es por la noche cuando descanso mis ojos y ven lo que creen ver al desnudo y sin juzgar, mis ojos de verdad, nublados, débiles, ancianos. Mis ojos sonrientes por reconocer sin esfuerzo el recorrido de mi cuarto al comedor a oscuras. Mis ojos cuando me asomo por la ventana en la madrugada descubriendo apenas las lámparas encendidas de otras casas, cuando veo con turbidez la vereda y los árboles de la plaza, los libros iluminados por un haz perdido sobre la mesita, las luces azules de los artefactos de la cocina que bastan para iluminar los espacios, el pasillo en penumbras que me regala confianza para volver a la cama.
En casa estoy segura aunque no veo bien. Puedo andar descalza sin temor a golpear el dedo chiquito de mis pies.
En casa y a oscuras lloro, escucho música, sonrío por algún soplo descuidado, tomo té, siento a Guille dormir, la angustia es llevadera, están latentes los recuerdos de los chicos por todos lados, si hay luna toco sonriendo mis pinceles, puedo sostener miles de situaciones de desvelo y otras de alegrías y plenitud.
Creo que mi insomnio es adrede, consciente de esto.
Ya no lo padezco y no me persiguen las horas para forzarme a dormir. Tampoco bajo del todo las persianas.
MI casa, esta, la que no me convencía hace veintidós años cuando recién nos mudamos, me cobija desde hace unos diez. Entro agradecida saludando al aire y a mis cosas como si convivieran con nosotros ovillos infinitos de energía maravillosa, de día …y de noche mucho más.
El recorrido de mi casa se ha vuelto tan imprescindible que no necesito memoria acumulada de lo que viví. Un solo Caran D’ ache bastaría para dibujarlo y sin luz.
Estoy segura y feliz.
La noche se volvió buena y mis ojos descansan en casa porque dejó de ser un monstruo aplastado sobre mí.
Lo que le falta a mi cuerpo recreó mi soledad en la oscuridad. Porque la oscuridad se ve, como la veían los grandes maestros convencidos de que con ella, resaltarían la luz, no al revés.
No son indiferentes ni el índigo, ni el negro, ni los grises.
Y esta casa, mi casa, se dio cuenta.
Ya no tengo miedo.
Mis ojos abiertos se cierran con cuidado al dormir.
Sensaciones diferentes me abrazan por la mañana.
Gabriela Potenza (CABA)
21. LUGONES ES MÁS QUE UN ESCRITOR
Tuve que esperar catorce años para poder vaciar la casa de Urquiza. De nada sirvieron mis devanados esfuerzos por quedarme, la casa terminó expulsándome.
A la calle Lugones 2262 de este lindo barrio, vine a vivir en el año 1981, recién casada.
Un PH a mitad de pasillo, chiquito y oscuro pero ideal para una joven pareja que ni siquiera tenía muebles, aunque si muchos sueños que no se cumplirían.
Nada que ver con la casa que es ahora, pero muy prometedora a los ojos de Daniel, futuro arquitecto, que la vio muy conveniente para el poco dinero que teníamos.
Irme de la casa de mis padres e independizarme tenía un precio que yo estaba dispuesta a pagar, si encima lo hacía con casa propia, el objetivo estaba más que cumplido.
En esa época muchas de mis amigas egresadas del secundario se habían casado “de apuro”, conmigo pasaría igual, pero yo todavía no lo sabía.
Había conseguido mi primer trabajo en un banco y años después me ponía de novia con Daniel, que era un compañero de oficina.
A través de la obra social bancaria me anoté en el Previban, un crédito hipotecario que una vez otorgado obligaba a comprar una propiedad en cuatro meses, sino se lo adjudicaban a la pareja siguiente en el listado. Como no podía desaprovechar tal oportunidad, yo también me casé de apuro…pero por un préstamo.
Tuve que organizar el casamiento mientras Daniel buscaba casa. Todo en tiempo récord.
No me imaginaba en ese momento que mi condena iba a ser de más de veinte años de prisión domiciliaria y otros dieciséis con salidas transitorias, lo que hace una condena total y efectiva de casi cuarenta años, sin ninguna reducción de la pena por buena conducta.
Hoy estoy limpiando un lugar que parece “Kosovo” después del paso de los albañiles y pintores que han sido indispensables en la puesta a punto de esta casa abandonada.
En abril del 2020, plena pandemia, celebraba mi último cumpleaños en este domicilio.
Un mes después firmaba mi primer contrato de alquiler. Hasta ese momento yo nunca había alquilado ni un vestido de fiesta,.
Pensé durante años que Lugones sería mi última morada, mi ex marido así lo había vaticinado y aunque me daba mucha bronca, lo acepté sin protestar.
Lugones era el recuerdo permanente de un proyecto frustrado. Tendría que haber sido una vivienda cómoda para una familia feliz de cinco integrantes y eso no había sucedido. Esa decepción me estaba matando; vivía enferma, deprimida y de mal humor.
Laura fue la que me obligó al cambio, me impulsó buscándome un nuevo destino.
El sábado 30 de mayo de 2020, hubo tres mudanzas simultaneas.
El dueño de este departamento de dos ambientes nuevo y resplandeciente, se fue a otro más grande. Laura y Nico ocuparon Lugones y pudieron dejar el monoambiente asfixiante en el que vivían, y yo empezaba mi renacer a veinte cuadras del domicilio anterior.
La casa que estoy vaciando ahora no tiene nada que ver con el pequeño departamento de mis primeros años de casada.
No recuerdo bien en qué momento murió mi vecino de al lado, un hombre discapacitado y bastante hosco que vivía solo, al que después de unos años pudimos comprar esa vivienda que definitivamente nos anclaría en ese lugar para el resto de nuestras vidas, mejor dicho, hasta el final de nuestro matrimonio.
Se anexó ese departamento al nuestro, se ganó el espacio aéreo y se convirtió en un elegante triplex donde cada uno de mis hijos tenía su dormitorio, amplio y luminoso.
Yo fui beneficiada con una moderna cocina al estilo Utilísima con lavavajilla incluido y
un espacioso lavadero cubierto con lavasecarropas y mesada para planchado.
Tres baños, uno en suite, con porcelanato italiano de la época de Menen y un patio con parrilla para los infaltables asados de los fines de semana, completaban las reformas.
En fin, hasta se hizo un bar en el living.
Todas estas modificaciones y arreglos para hacerla confortable nos llevaron unos doce, catorce años de sacrificio, no puedo ser precisa. Dentro de toda esta gran obra de la arquitectura moderna vivíamos nosotros que no éramos precisamente la familia Ingalls.
Al momento de nuestra separación, todavía no estaba terminada, y seguía hipotecada.
En esta casa he vivido la mayor parte de mi adultez.
Este lugar me vio crecer como mujer, como madre, como profesional.
Acá nacieron Federico, Paula y Laura, y de acá se fueron para seguir sus propios destinos.
Acá pude armar una familia y desarmarla. Colgar mis títulos universitarios. Llorar y reír con la misma intensidad.
Acá me enfermé y se enfermaron mis hijos a los que cuidé siempre.
Acá se festejaron cumpleaños, bautismos, comuniones, egresos escolares.
Se celebraron navidades, fines de año y reyes; reuniones con buenas amigas que aún conservo y con otras que ya olvidé.
Hay fotos que testimonian el paso del tiempo y siempre Lugones como fiel testigo de todos estos eventos.
No quiero olvidarme de las mascotas que pasaron por aquí y dejaron sus huellas. Penélope, la gata de Federico. Ferguson, un gato muy rebelde que nunca se adaptó y terminó huyendo. Lupe, la perra de Paula que se enfermó y hubo que sacrificar, y finalmente Pancha, la perra de Laura que ahora vive con ella.
Esta vivienda que fue nuestro hogar durante unos cuantos años, ahora son paredes descascaradas que se reciclan buscando nuevos dueños.
Estoy agotada física y emocionalmente, pero a la vez estoy esperanzada.
Me llegó el tiempo de buscar la casa de mi ancianidad, que espero no sea un geriátrico.
Me toca ahora elegir dónde voy a vivir lo que me queda de vida, y aunque eso parece fácil, para alguien como yo que nunca pudo escoger ni siquiera el color de pintura de una pared, me pone algo tensa.
Pero no estoy sola, estoy acompañada, y tengo la convicción total de que si me llegó esta prueba ahora, es porque puedo sortear cualquier obstáculo y salir victoriosa.
¡Gracias vida! ¡Gracias por darme semejante oportunidad!
Mágico Abril (CABA)
20. LAS CASAS QUE ELEGÍ
Las casas que elegí no se parecen demasiado. Una es grande, la otra era chica. Una tiene el techo de tejas y rejas en las ventanas. En la otra lo techos de chapa tenían una rara caída al centro y las persianas abrían hacia afuera sin que nada lo impidiera. La de antes tenía pisos cerámicos y esta, graníticos; aquellas paredes eran de salpicré y estas son con terminación de yeso.
Eso sí, lo que ambas tienen, es un gran parque con muchas plantas y árboles. Y lo que las une es la forma en que me encontré con ellas.
Aquella que conocí en el año 1992 y habité desde principios del ´93 y esta que habito desde finales de 2012 hasta hoy, fueron casas que me enamoraron a primera vista. Vi muchas, pero solo con estas dos sentí que “esa” era la casa que yo buscaba. Inexplicable, no se trató de características arquitectónicas solamente si no de lo que sentí al recorrerlas.
La de Güemes estaba lista para ser habitada. A mi casa actual nos mudamos con una cuadrilla de albañiles para hacer las reformas acordes a nuestras necesidades, pero en mi cabeza estaba bien claro cómo iba a quedar, desde el primer momento. “Acá cerramos esta abertura, la corremos unos metros y ganamos living. El techo del comedor es bajo, pintaremos el machimbre de blanco, la pared de ladrillo visto oscurece, se revoca. Acá abrimos una puerta al patio para mejorar la circulación e iluminación de la cocina. De las dos habitaciones hacemos tres y agregamos un pasillo…”. Así la fui configurando, pero como si nos conociéramos de antes. Como si ella estuviese aguardando que llegáramos mis hijas y yo a habitarla, lista a acomodarse con total naturalidad para el encuentro y la vida que nos esperaba transitar juntas. Tardé un año en poder comprarla y hasta nos esperó todo ese tiempo, a pesar de que estuvo a punto de irse tres veces con otros dueños. Ella y yo sabíamos que teníamos que transitar parte de nuestras vidas juntas.
En mi casa de Güemes llegaron mis hijos a mi vida. Allí cumplí sueños, sufrí desdichas, recibí amigos y familia a montones, crecí, amé y me desenamoré. Tuve a mi inolvidable perro Totó, mi primera mascota como adulta.
De aquella vivienda me fui expulsada por las circunstancias. La lloré mucho y aún hoy puedo recorrerla con los ojos cerrados y hasta saber dónde se encuentran los enchufes y las teclas de luz. La tengo grabada en mi ser. Fue mi primera casa, llegó con la ayuda de mis padres y el esfuerzo de pagar diez años un crédito, también fue bendecida con reformas al ampliarse la familia. Cuando nos mudamos a ella, vinieron más de una docena de amigos y familiares a llevar y traer cajas y muebles, compartiendo la alegría del evento. Cuando la dejé, lo hice sola y triste. Recuerdo con claridad que el día que di por finalizada la mudanza fue cuando fui a buscar hijos de mis agapantus. Los saqué en una bolsa muy grande que tuve que arrastrar porque pesaba mucho. Sentí que estaba acarreando un cadáver, se me hizo inevitable asociar mi violento divorcio con aquel esfuerzo que hacía con las plantas. Me senté y lloré mucho, por mí, por mis hijas, por el miedo, la desilusión y la bronca que inundaban mi vida.
Pasaron años de ese episodio, transité dos casas más con las que no sentí nunca lo que había sentido por aquella ni lo que siento por mi hogar actual.
Y seguí mudando hijos de mis agapantus a cada una de ellas, por suerte ya muy lejos de sentir que cuando lo hago, arrastro un cadáver.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
19. CRECIENDO JUNTO A NOSOTROS
Nuestras casas fueron creciendo junto a nosotros en tanto familia. Empezó nuestro derrotero en la casa de chapa, arriba del local en Avellaneda. En ese espacio sufrimos el clima de manera espantosa; frío y calor, nos faltó el agua, líquido elemento. Vivenciamos lo complicado de vivir cerca de un asentamiento como el “Doque”, las inundaciones, el olor de los molinos que estaban sobre el Riachuelo y según la orientación del viento, se metían en la casa a vivir con nosotros dos. Fuimos responsables de estos sacrificios para ir en pos de algo mucho mejor. Muchísimo mejor. Jamás nos quejamos: éramos felices a nuestro modo. Nos contentábamos con poco y ese poco se transformaba en nuestro mundo. Recuerdo la voz de Héctor taladrándome el oído: ¿Acá van a vivir? Sí y lo transformamos lo más honrosamente posible. Lo poco que se dejó ese conventillo de chapas viejas de color de barco. Cercano el nacimiento de Sebastián, la situación se tornó insostenible para criar a un bebé. Fue entonces que se nos antojó venirnos a la Capital.
El monoambiente estaba ubicado cerca de la cancha de Ferro. En ese edificio convivimos con un interesante muestrario de familias. Para nosotros tres, sobre todo teniendo en cuenta las veces que Claudio no estaba, era más que suficiente. A mí me ocupaba el tema espacio para con mi hijo razón por la cual salía día tras día a la Plaza Irlanda o a la Plaza del Ángel Gris para que los dos nos ventiláramos. En aquella época visitábamos tanto a mis padres como a mis suegros con el niño pequeño y, si las obligaciones del señor padre lo permitían, permanecíamos fines de semanas completos.
Al quedar embarazada de Federico, de nuevo necesitábamos levantar nuestras pertenencias para llegar a otro lugar más amplio. Nos mudamos a diez cuadras del primer edificio en el barrio de Flores. Desde el vamos supimos que los jóvenes humanos harían uso de la habitación -se trataba de un dos ambientes- y nosotros usaríamos el living con un sofá cama. Te la regalo: deshacer la cama todas las mañanas, tenderla al ir a dormir. Mucha luz ya que estaba orientado al este y el sol me ha acompañado en mañanas enteras. La luz del sol se ha transformado en un hito fundamental e insoslayable en mi vida. Ya la casa nos quedaba justa justa. Durante largos cuatro años visité sola o con la compañía de mi señor marido, diversas propiedades en las que vimos de todo: agujeros en los techos (literal) que se ninguneaban, paredes con grietas importantes que permitían conocer sin querer a los vecinos, puertas y ventanas fuera de cuadro, etc. Yo seguía con mi acostumbrada tenacidad viendo, llamando, visitando. Me había transformado en experta y podía aconsejar a personas que estaban en la misma situación que yo. Hasta que un día sábado, tarde ya, encontré esta casa. Llena de luz, super ventilada, con temas para solucionar en la construcción solucionables, a cuatro cuadras de donde vivíamos con lo cual no alteraba la movida en demasía para dirigirnos a las escuelas y los trabajos.
La casa como corresponde siguió creciendo con nosotros. Agregamos un piso con dos habitaciones y un baño para los señoritos. Deslizábamos hacia el espacio sideral la música fuerte, las discusiones y risotadas entre hermanos, los amigos y las amigas. Mucho más adelante, se cerró la terraza y se transformó en un quincho vidriado.
Al día de hoy, el mayor ya vive en su departamento a cuatro cuadras de aquí. Hacia allí se dirige para felicidad paterno-materna el joven porque “me invitó a comer, vemos el partido, se juntan en su casa”
Vernos crecer despierta una sonrisa.
Edith Oxilia ( CABA)
18. EL CALLAO 1105
Calor de enero, quince días antes del primer añito de mi hijo, un camión de mudanzas bajó nuestros muebles en el Callao 1105.
Mi casa...donde crecieron mis hijos, desde los siete de vero, los once meses de Nico
Donde nació mi más pequeña, Gisela.
Fue el sol entrando por las ventanas amplias, el arenero con Pokémon, la casita rosa, la tibieza de inviernos, los ojitos con lagañas del despertar, los llantos caprichosos, la pelopincho, los acolchados infantiles, mi modas Edith, la presencia de mis pilares más firmes: mi madre, mis abuela, mi suegra, mis tías, mi Zulma tan joven partiendo al cielo.
Fue nuestros sueños.
Fue los canteros con petunias, el comedor inmenso, los techos de machimbre.
Fue nuestro aplauso por cada cosa alcanzada con esfuerzo: construir la parrilla, cambiar alfombras por cerámicos, colocar bañera, ampliar el local.
Fue la decisión, tal vez errónea, de dejarla un día para habitar esta casa de hoy, donde no encuentro historias ni cobijo.
Amé esa casa, esa calle, su plaza cercana, la plantación de fresnos separados por algunos metros entre el asfalto y cada domicilio .
La amo todavía, la extraño todavía.
Sigue siendo mía y muchas veces entre un inquilino y el que sigue, pienso en volver a ella aunque signifique retroceder varios pasos.
Me detiene aquí la historia que vivo desde hace diez años, una historia tan distinta, tan superficial...sin pilares, con un nido de pichones que volaron .
Me detiene aquí, supongo que todo lo bueno.
Mis nietos disfrutando la pileta o acostados en los sillones mirando películas por largas horas, pidiendo la merienda, jugando con Perseo que los recibe a los saltos.
Me detiene la resignación de hacer un balance entre lo perdido y lo ganado.
Descubrir que soltar el pasado es sanador aunque siga amando tanto a mi casa del Callao 1105.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
17. MI DEPARTAMENTO
Me senté varias veces para escribir sobre este tema, y no pude volcar una sola palabra. Me ponía a llorar. Me da mucha tristeza el recuerdo de lo que no fue y el paso del tiempo. La única casa que me dio muchas alegrías y penas, fue el departamento en el que viví durante treinta años. Aún me pone muy triste la ruptura de mi familia y el recuerdo de tantos momentos con Daniel y mis hijos chiquitos. La familia… Sé que cuento con ellos tres, pero me sigue poniendo muy mal.
Yo era una gallina con sus pollitos en ese gallinero, realmente la casa era un gallinero, pero llena de vida y de música. Muchos momentos felices, y muchísimos más tristes y desolados. Tal vez en otro momento pueda. El paso del tiempo me atormenta y los recuerdos trato de bloquearlos.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
16. UN LUGAR, COLORES, FRAGANCIAS: MIL HISTORIAS
Un caminito de rayitos de sol te daban la bienvenida; si dirigías tu mirada hacia la izquierda, un puñado de dalias de sorprendentes colores te contaban historias de barcos y lejanas tierras; si desviabas la vista hacia la derecha, el perfume de las alverjillas que trepaban el cerco de alambre te inundaba el alma, mientras un palo borracho sembraba el suelo con capullos de algodón y flores rosas. Mi casa era una fiesta de color y fraganciasque te invitaba a entrar. El portón siempre abierto y la puerta sin llave.
Los doce metros que te separaban de la calle se hacían cortos y te encontrabas frente a la puerta de metal con una ventanita de vidrio que te llevaba a la cocina, donde un exquisito perfume te hacia cómplice de las más ricas comidas que atesoraban las manos de mi Luby.
Fue la que cobijó, allá por el 58, mucho antes que yo naciese, un televisor, el primero de la cuadra y al que venían a ver todos aquellos que quisieran. Como la cocina todavía era chiquita, los más rezagados podían mirar solo desde la ventana, pero aun así todos tenían un lugar donde sentarse y donde comer buñuelos o tortas fritas.
Con el paso del tiempo su cocina se hizo más grande, con aquel piso negro que olía a cera suiza, los azulejos azules en donde buscábamos caritas y la mesa de madera que convidaba a tomar esos mates infinitamente dulces con pizca de café y tostadas tan simples como maravillosas.
En invierno era olor a leña y reunión al lado de la estufa y alguna vez, batatas quemadas al rescoldo. Y en los días de viento era humo llenando la cocina y los ojos rojos y llorosos de mi papá que por no apagar la estufa que amaba, aseguraba que no existía tal neblina mientras todos reíamos casi sin vernos en esa imagen casera de Londres.
En verano, la vereda convocaba a los vecinos en charlas sin tiempo y risas; cerca de las fiestas, eran sidras muy frías y copas sentados en la parecita que nos separaba de la calle y, por supuesto, tardes de pileta y picnic con sándwich, coca cola, y magia.
Mi casa tenía impreso el carácter de mis padres siempre abierta, siempre alegre, fácil para hacer sentir a gusto a quien quiera entrar.
Muy temprano por las mañanas, mi mami la refrescaba con agua desde la vereda hasta el patio del fondo.
Olía a fresias y a jazmines, a limpio y a vanillin con caramelo como su flan casero e irrepetible.
Era el sonido de la radio, la voz de Magdalena en las mañanas y el Winco con la compañía indiscutible de mi amado Nano.
Mi casa de la niñez era sinónimo de juegos, risas e historias apasionantes que lograban que el tiempo volara sin percibirlo.
No eran solo paredes y cuartos, eran anécdotas que la poblaban y la hacían más atractiva, siempre sentí que aquellos que la conocieron elegían volver porque allí se sentían a salvo.
No era solo un espacio era mucho más que eso.
Clara Lucía Márquez (tuzaingó, Buenos Aires)
15. LA
CASONA DE 1889
Desde los ocho hasta los once años viví en Helguera veintinueve cuarenta y seis, en la casa cuya puerta de ingreso quedaba exactamente frente a la de la entrada al Correo sucursal Villa del Parque. Era una propiedad construida en el año 1889, según rezaba la inscripción en una pared. Antigua y muy bien conservada, sobre todo si reparo en que ya contaba con setenta años en esa época y hacía mucho tiempo la venían alquilando a diversas familias.
Tenía detalles que a mí me encantaban sobre todo las cortas escalinatas de mármol blanco y los brillantes azulejos relevados con bellos tonos ocres, verdes y azules que tapizaban elegantemente los muros del amplio zaguán.
En aquel espacio me gustaba quedarme en las tardecitas de verano cuando un poco de aire movía los visillos tejidos al crochet de las puertas lo que hacía de aquel, el lugar más fresco para permanecer por horas jugando a ser cantante o actriz de telenovelas.
Claro, que siempre existía la posibilidad de que alguien interrumpiera mis ocurrentes expresiones artísticas, ya que, aunque mis padres solían dormir la siesta, compartíamos la casa con otras tres familias más.
Nosotros vivíamos en el lado izquierdo de la propiedad.
Contábamos con un dormitorio con ventana a la calle, un enorme comedor con ruidoso piso de madera, una cocina muy amplia y un baño gigante con una bañera que yo denominaba piscina, cuyas patas en garra me impresionaban bastante.
En el lado derecho vivían "los tucumanos", nuestros vecinos, una familia compuesta por los padres, tres hijos pequeños y su abuela paterna, quien hacía las empanadas y tamales en chala con un aroma tan exquisito que nunca volví a oler.
Tanto las habitaciones nuestras como las de ellos convergían en el patio con un generoso y próspero limonero que durante la primavera se prodigaba en olorosos azares que luego se transformaban en lustros y amarillos frutos de considerable tamaño.
El otro dormitorio con ventana y balcón francés a la calle estaba ocupado por la señorita Delia. Ella y yo éramos muy amigas a pesar de que tendría setenta y tantos; era una mujer muy jovial y educada que me invitaba a pasar a su cuarto lleno de cosas preciosas que en mi casa no había.
Su único ambiente olía muy dulce porque usaba las fragancias "Gotitas de amor" y colonia "Ambré de Watteau". Sobre los muebles, que yo recuerdo como de mucho estilo, tenía potiches de cristal de colores humo y rubí, carameleras cargadas de dulces y porcelanas representando ocas, canastos con flores, figuras humanas, gatitos y perritos.
Tenía también cofrecitos de diferentes tamaños conteniendo bijouterie que ella me dejaba usar y pañuelos de seda que me fascinaban. Era muy suave al hablar, pero su voz aguda denotaba un carácter fuerte, muy digno. Siempre contaba que su familia de origen había tenido una buena situación económica y por alguna razón que olvidé o desconozco vivía allí. Cuando pienso en Delia la recuerdo feliz. Siento gratitud hacia ella porque a su lado aprendí a pulir mi gusto estético y también mis modales pues yo venía de ser una niña bastante salvaje.
Muchas veces, ya siendo mayor, pasaba por la vieja casona.
Por un extenso lapso seguía luciendo el aspecto que tenía cuando mí familia y yo la habitábamos.
Hace unos años vi que la habían tapiado y luego la derrumbaron.
Hoy día cuatro coquetos triplex ocupan su lugar, pero si bien juzgo bonitos a los mismos, no puedo evitar la nostalgia por la perfumada casona del año1989.
Melinna Trigo (CABA)
14. LA CASA DE MIS ABUELOS
La casa preferida de mi infancia no es la que habité con mi mamá y mis hermanos, ya que esa representa un período de orfandad y soledad, lleno de vacío si es que vale la expresión: el que dejó mi papá tras partir tan joven de este mundo y el que dejaba mi mamá día a día cuando se iba a trabajar por la mañana para volver por la noche. En época de clases muchos días mis hermanos y yo salíamos del colegio y tomábamos el tren rumbo a la casa de mis abuelos maternos, hogar que marcó mi vida para bien. Llegábamos y la abuela siempre tenía preparado un variado menú para los numerosos comensales de cada almuerzo. Si llegaba alguien más sin previo aviso a lo largo de la tarde, le preguntaba con su habitual generosidad si había comido algo, y si la respuesta era negativa, corría a cocinar cualquier tentempié con los ingredientes que encontrara por ahí: papas fritas, tortilla de lo que fuera, croquetas de arroz, de fideos e incluso de lechuga que eran una delicia. Las noches que me quedaba a dormir fueron gloriosas por poder compartir la cama matrimonial con mi abuelo, que pese al cansancio de su cuerpo obrero tan madrugador, dedicaba unos minutos a inventarme cuentos maravillosos antes de caer rendido al sueño. Al barrio de ellos lo conocía mucho mejor que al nuestro, ya que lo recorría haciendo mandados, visitando a otros tíos que vivían cerca y disfrutando de callejeo y parloteo con una prima que fue muy cercana mientras fuimos chicas y que compensó con creces el no tener una hermana. También fui muy dichosa entreteniendo a una primita que nació cuando yo tenía siete años y con quien tanto jugué a ser mamá. En esa época en la casa de los abus todavía vivían un tío y una tía aún solteros, y el tiempo compartido con ellos sumado a nuestras edades que no eran tan distantes, nos convirtieron en grandes compañeros en la adultez. Mis abuelos y mis tíos me hicieron sentir que cada mediodía podía volver a un verdadero hogar, cálido y contenedor, en vez del otro que por fuerza mayor carecía de lo que más ansiaba encontrar: a mi mamá esperándome ahí para abrazarme, interesada en saber cómo me había ido, acompañándome para hacer la tarea, para jugar o para charlar, cosas que el destino le negó a ella, a mis hermanos y a mí.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
13. LAS CASAS DE MIS TÍOS
En mi infancia tuve la suerte de tener siete tíos por parte de mamá y siete por parte de papá.
De las dos familias yo era la más chiquita y mimada. El afecto estaba repartido, en mi caso,
en partes iguales sin preferencias por ninguna de las dos familias.
La diferencia radicaba en que mamá visitaba muy poco a la suya, por su costumbre de no salir, así que eran mis tías las que nos visitaban.
En el caso de papá, siempre recuerdo con alegría ir los sábados a la mañana de visita a las casas de sus hermanas.
Recuerdo la casona enorme de mi tía China, en Constitución al lado del Mesón Español con sus escaleras, espejos, mármoles, cuadros y chimenea.
No en vano, esa era la casa donde mis padres festejaron su casamiento, por ser mí tía la hermana mayor de papá y donde bautizaron a mi hermana porque ella y su marido eran los padrinos.
Esa era, por supuesto, una casa muy bonita.
Las de mis otras tías, aunque más sencillas, tenían algo en común: el buen gusto y el refinamiento. No faltaban en ninguna, las flores frescas en floreros de porcelana y cristal y el reloj péndulo de pared.
Las cajitas de música, los adornos (no en exceso) y siempre muy limpios. Los cuadros de paisajes,que yo, arrodillada en una silla, miraba tan detenidamente que en mi imaginación yo sentía que estaba allí.
No faltaban en los dormitorios las sillitas bajas con una muñeca de porcelana. Yo, por ser la más chica y además "cuidadosa" como me decían, podía jugar con ellas mientras duraba la visita.
Los pisos encerados, las mesas con carpeta, las cortinas de voile y, por supuesto, los muebles siempre eran clásicos.
Los patios eran largos porque eran casas chorizo de altos, como se decía
en esa época.
Las cocinas eran chicas, con agarraderas tejidas al crochet y la pava infaltable sobre la hornalla de la cocina.
Y los baños, con bañeras de patitas, estaban en el fondo de las casas.
Antes de irnos, todas las tías tenían la misma costumbre, servían hesperidina Bagley a papá y a mí Refrescola, el sifón era de vidrio, ponían salame y queso, maníes y aceitunas en platitos porque era la. hora de ir a comer a casa.
Inolvidables las casas de mi infancia.
Allí quedaron las voces retenidas, las risas, los chismes, enojos y alegrías. Todo se fue con las demoliciones, las mudanzas y la muerte de ellos. Pero esos recuerdos quedaron en nosotros y se los contamos a nuestros hijos.
Florencia Zaldívar (CABA)
12. CASAS: AMOR POR ELLAS
Recuerdo la casita de campo donde nací, humilde, bajita. El baño apartado de la casa, estaba al frente, había que cruzar parte del patio, era grande en relación al resto de la casa. Hasta los cinco años viví allí. Rodeada de una gran arboleda, donde jugabacon mi hermano, él en bici y yo en triciclo. Atrás de la casa un gran cañaveral. Todavía escucho a mi padre cuando contaba que mis hermanas no querían entrar a bañarse antes de la cena por seguir jugando en el patio y que todos los días era la misma historia, entonces no tuvo mejor ocurrencia que ponerse encima una sábana blanca y aparecer por el cañaveral cual fantasma. Listo, nunca más, solitas volvían a la casa tempranito. Siempre se reían con la historia. Ellas eran seguiditas entonces jugaban mucho. Mis padres sabían contar que las espiaban cuando ataban una soga a un árbol y bailaban, se sentaban en una mesita, tomaban algo y volvían al baile. Hasta escribirlo me da mucha gracia, porque me las imagino. En el campo no había mucho para hacer y uno buscaba a su manera la mejor forma de divertirse. Ahí teníamos unos vecinos, cerquita que tenían hijos que iban a la escuela con mis hermanos, ellos se cruzaban a charlar o jugar y yo ahí como una grampa, metida. Me llevaban a caballo, en sulky, amaba ir. Estaba de brazo en brazo, a mis hermanos mucho no les copaba, quizá celos porque era chiquita, ellos todos grandes y me llevaban mucho el apunte, me hacían hablar, se reían conmigo y de mí. Y yo encantada.
Cuando cumplí cinco, mi papá compró otro campo y nos mudamos. Para nosotros era una mansión. Lo grandioso: la luz eléctrica, se terminaron el sol de noche y la batería. Todo parecía brillar. Casa grande, con alero, pisos cerámicos con dibujos en blanco y negro, cocina con amoblamiento nuevo y la cocina de cocinar marca Sirena, blanca y de acero, atrás había quedado la cocina a leña, tiznada, de la otra casa. Cuatro dormitorios grandes, living comedor, despensa para la mercadería y todos los bártulos, televisor grande y nuevo. Con la antena agarrábamos cuatro canales. ¡Ni hablar el baño! Todo azulejado, calefón. Todos los sanitarios, completito. Y sobre todo no pasaríamos más frío. Estábamos enloquecidos. Patio cercado con tejido. Rosas, pinos, la hilera de paraísos donde nos sentábamos a tomar mate o a comer en verano, una sombra exquisita. Y un aljibe pintoresco al frente, con una gran vereda de cemento rústico donde tantas veces me raspé las piernas.En verano se llenaba de sapos para mi angustia, yo los odiaba. En un lateral, rosas de todos los colores, un cantero con calas y una planta de kinotos. En el otro, durazneros, de la especie que busques, recuerdo a mi padre muy temprano, a primera hora comiendo debajo de la planta duraznos frescos. Ni hablar lde a belleza cuando florecían. En la parte de atrás de la casa otro aljibe, un lavadero y otra despensa como la llamaban, donde mi papá estacionaba los salames, jamones, chorizos y todo embutido que hacía en las grandes carneadas. Un poco más alejado, cerca de los corrales y el gallinero, pasando el montecito de olmos, papá hizo la huerta. Qué maravilla, nunca hasta el día de hoy vi una igual, había de lo que buscaras. También tenía un palomar, cerca del tanque australiano donde nos bañábamos en verano. Si volviera al campo quiero uno así. Impecable. Con esos galpones enormes, nuevos, llenos de herramientas agrícolas, cuidados, todo bien distribuido. Organizado, como alguna vez fue mi padre.
Para mí la casa es hogar, familia, cobijo, protección, comida rica, reunión con afectos, en fin...es amor. Amo estar en mi casa hacerle y hacer cosas en ella, disfrutarla como lo hice siempre desde mi infancia. Un lugar seguro para estar.
Mari (Neuquén, Neuquén)
11. UN TIEMPO HERMOSO
Pensar en una casa de la niñez me lleva inevitablemente a la casa en la que viví hasta que me fui con quien hoy es mi marido. Tuve la dicha de crecer en la misma casa y no tener que hacer mudanzas como las que hicieron mis hijos. En mí corazón aún sigue siendo Mi casa, porque casi a menudo la llamo así cuando indico lugar de estadía o de encuentro, en los viajes de visitante. No imagino otros dueños que no sean mi madre, o alguno de nosotros, hecho que, inexorablemente, algún día ocurrirá. La cocina fue y sigue siendo lugar de encuentro, amontonamiento a veces o soledades, otras. Las mañanas con olor a café de filtro y tostadas que amorosamente hacía mi papi cada amanecer con su Rapidísimo en la radio y Larrea contagiando alegría. Creo que ahí nació el amor que le tengo a los desayunos, infaltables, gozosos y porque no abundantes. El living y esa estufa de leña que en los duros inviernos hacía que la brasa fuera la mejor compañía junto al sonido de troncos que caían poquito a poco. En esos años, no existía televisor, ni la internet. Solo, de vez en cuando, con mi hermano de visita, sonaba algún disco long play en el viejo WinCo. El patio de Luz: mi lugar favorito de guardado de cosas y cositas, libros y carpetas, juegos y muñecas. Esa puerta de vidrio con ventana que se abría donde jugábamos al supermercado. En el mueble poníamos las latas de tomates y duraznos, paquetes de fideos y harina, azúcar y yerba. Algún jabón que perfumaba todo y algún reto suave de los grandes para evitar que pasara olor a las comidas. Yo vendía desde adentro y por el pasillo, mis primas eran las compradoras. Otra veces, trasladábamos nuestra pequeña mercadería al garage y ahí el festín era mayor ya que los vecinos reían y más de una vez, confundían el juego con la venta real. El patio que en verano se colmaba de chicos y grandes, todos al tanque. La casa no solo daba frescura al cuerpo sino que siempre había cosas ricas para merendar y algo más. Después del tanque con las hamacas, venía el gran patio de Margot: gallinas, gallos malos y los gallineros que parecían casas de juguetes. Mi juego preferido: ir con el abuelo a juntar huevos, todas las tardes cuando casi caía el sol. Hasta ahí llegaba la casa y era nuestro pequeña gran fortaleza.
Nada malo podía pasar. Todo era alegría y magia, que como siempre tenía al mago mayor, mi padre amado que nunca dejó que nos faltasen motivos para reír y jugar. Los conejos, otra de mis devociones. Y la jaula prolija y grande que los cobijaba, obra de él y solo de él. Crecí y de a poco se fueron yendo todos. Primero mi hermano, luego mi hermana, y así por orden de llegada los dos más peques. Y yo quedé sola con mamá y papá.Ya pasados los veinte y la jovata seguía siendo la niña mimada. La casa para los tres: debo decir que quedaba grande y a veces los silencios aturdían más nunca dejamos de ser tres... Los fines de semana, salida obligada dónde fuera y como fuera, y las madrugadas me regresaban con la llave en la mano y esa puerta blanca que tontamente intentaba cerrar sigilosa para que no escuchasen mi retorno. Caminar en puntas de pie hasta la cocina, abrir despacito la puerta para ir al baño de afuera y así evitar que me vieran o escucharan. La habitación con las dos camas cuchetas era mi refugio en las madrugadas y en las tardes de soledad. Esa habitación que hoy a treinta años ya, vuelve a ser mía con el placard lleno de recuerdos y cajones que huelen tanta nostalgia por lo que fue, por lo que es. Fui muy feliz en la casa de Bebé y Marta. Hoy todavía, esconde un tiempo hermoso sigue en mi corazón y mi alma.
María Vivarelli (la Plata, Buenos Aires)10. CASA COMPARTIDA
Desde mi nacimiento hasta los veinticuatro años, siempre viví junto a mis padres en la misma casa. Cambié de lugar, cuando con mi esposo decidimos formar nuestro propio hogar. Esa casa ya no existe, la demolieron hace unos años. La recuerdo con cariño.
Era un chalet, que en sus tiempos jóvenes debió de haber sido muy lindo. Su fachada era ancha, ocupaba dos terrenos de frente, con un jardín que daba a la calle, protegido por rejas.
No tenía fondo, la casa estaba construida en el medio del terreno, por lo tanto podíamos dar vueltas en bici alrededor de la misma o correr en círculos, sin que mi mamá pudiera alcanzarnos para darnos un chirlo, cuando hacíamos alguna travesura. La casa la compartíamos con los propietarios, un matrimonio mayor, con dos hijos, que ya no vivían con ellos. Nosotros alquilábamos una parte. Las cocinas eran independientes, compartíamos el baño. La convivencia con los dueños era buena, sobre todo conmigo. Con la señora jugaba mucho al dominó. Ellos eran de religión judía, y en sus festividades compartían sus platos típicos, me gustaban mucho. Ellos me consideraban de su familia, tanto que cuando nació su primera nieta le pusieron de nombre Liliana.
La parte que ocupábamos nosotros tenía un cuartito que hacía las veces de cocina, contaba con una mesada chica y una alacena, una mesa y cuatro sillas y una cocina a gas. Sus paredes no estaban azulejadas, pero lucían tan brillantes, como si los tuviera. Usábamos la pileta del patio para lavar los platos, en invierno se complicaba al tener que hacerlo a la intemperie. En el frente de mi casa había un pino gigante y un árbol cuyas flores eran estrella federal. Con los años cortaron el pino porque levantaba el patio con sus raíces.
La parte nuestra era humilde, pero muy cuidada, mi papá se ocupaba de mantener todo impecable. Contábamos con un solo dormitorio, en él dormíamos los cuatro. La cama matrimonial, y dos puf, que de noche se abrían y se transformaban en camitas, un ropero , una cómoda, y un rinconero, donde se guardaban las frazadas y almohadas.
Hoy compartir cuatro personas un dormitorio rozaría lo promiscuo, sin embargo eso nunca fue motivo de vergüenza para mí. De niña no venían amiguitos a jugar a casa, pero de adulta, invitaba a mis compañeras después de salir del trabajo, a compartir la merienda, sin ningún temor al qué dirán. Con mi hermano no ocurría lo mismo. Él nunca trajo a casa a ningún amigo, se sentía incómodo y tenía prejuicios del que dirán. Hoy día, si hablamos del tema, todavía siente molestia de recordar esos tiempos que para él fueron traumáticos. Hoy que puedo mirar con más objetividad la forma en que vivíamos, puedo decir, que no era ideal ni cómoda por la falta de espacio, aun así, jamás pensaría que fue vergonzoso.
Lili (CABA)
9. LA CASA DE LADRILLOS
Mis padres se la dieron de Adelantados. Fueron a Ituzaingó y conquistaron un lote que compraron gracias a un crédito hipotecario. El lugar era enorme. Lo primero que hicieron fue colocar una bomba de agua de la que nos surtimos muchos años. Salía fría, muy fría en invierno y en verano. Lo siguiente -tal como ellos lo relatan- fue acondicionar el terreno para instalar una prefabricada, la más barata que había en el mercado dado que sus finanzas eran escasas. En un principio habían elegido una con garage -nunca tuvieron auto-, ladrillos a la vista, tres ambientes y no sé qué más. Alguna persona allegada les comentó que nunca construirían su casa de ladrillos, sueño de los que ansían cumplir esta meta. La casa de ladrillos. Otra seria pelea cuerpo a cuerpo fueron los rosales. Muchos años después mi mamá protestaría porque dichos rosales no crecían como ella esperaba. Claro, ¡si los había atacado con el machete! Yo tenía cerca de cuatro años y hablaba a quien me preguntase de mi “cashita del campo”. Pasé de vivir en una suerte de conventillo, donde alquilaban una pieza y compartían cocina y baño, a un lugar enorme donde el primer vecino estaba a una cuadra a grosso modo. Nada había: la calle era un sendero creado por los vecinos, luz en pocas casas porque la empresa Segba no tenía suficientes medidores para la zona, ni agua corriente, ni cloacas, ni gas. Todo fue una lucha contra el elemento que vivía contento y feliz hasta la llegada de unos cuantos.
La casa fue creciendo a la par que nosotros. Cierro los ojos y veo las caras de los diferentes albañiles que vinieron a sumar ladrillos en sus paredes, a cerrar techos, a fijar contrapisos. Las montañas de arena que se descargaban de camiones nos servían para nuestros juegos, a pesar de los enojos de mamá que protestaba cuando tenía que bañar a las dos hijas llenas de arena y lavar sus ropas. Sabíamos que no se podían tocar las bolsas de cemento, cal y ceresita. Ayudábamos -nosotras creíamos que ayudábamos- cuando nos pedían una cuchara para hacer la mezcla, un ladrillo, un balde de agua.
Cuando las paredes estuvieron bajas, armábamos nuestros juegos allí. Nos duraba poco porque siempre nos estaban echando de todas partes. Pasábamos tardes enteras buscando la piedrita de canto rodado más brillante.
Mis padres hicieron construir los cimientos para las futuribles casas de sus tres hijos arriba de la suya, cosa que no sucedió. Ninguno de los tres se quedó en la casa de los viejos.
He disfrutado el espacio verde cuidado al máximo por mi papá con todos los hombres de mi familia. Fines de semana enteros en los que yo me sentía muy sola por el trabajo a destajo de mi marido y en los que buscaba compañía, aunque lo más importante fueran los chicos. Una deja de ser hija para convertirse en mamá de. Recuerdo las veces que tuve que llamar a mis progenitores "abuelos” -como lo hacían mis hijos- porque según su lógica joven, si uno es papá no puede ser abuelo a la vez. Una risa.
Edith Oxilia (CABA)
8. CASAS DE INFANCIA
Mi infancia se dividió en tres casas distintas.
La primera, en la cual nací y viví hasta los tres o cuatro años (no lo recuerdo exactamente). Estaba ubicada en Villa Crespo.
La segunda, en Paternal, donde viví hasta los ocho años.
Por último, desde los nueve años hasta los doce, viví en el barrio de Agronomía. En realidad, en ésta viví hasta los veinte años, pero después de los doce, considero ya había terminado mi infancia, a la cual se refiere este texto.
Contrario al orden cronológico, el relato lo comienzo por la última.
En la casa de Agronomía, a medida que crecía, tomé real conciencia de la enfermedad de mamá. Claro que deben haber existido algunos momentos gratos para mí, pero es como si esa nube los hubiera empañado y tenga que hurgar en mi mente para recordarlos. Me veo con diez años, saliendo a la calle a buscar a mamá, porque a veces se le ocurría escaparse sin rumbo. O salir de casa para ir a visitarla al psiquiátrico. O cuando falleció, dejarme llevar por mi padre, junto a mi hermana, todos los domingos al cementerio. Luego el ocaso de papá, a quien pareciera no le alcanzó nuestra presencia, y fue volcando su tristeza en vasos de vino tinto.
De la casa de Paternal, el principal recuerdo, y el más importante para mí, consiste en que tuve allí mi primer perro, Mejor dicho, mi primera perra, Monona, la compañera ideal para mi niñez. Otro recuerdo lo conforma el vecino del primer departamento, era vendedor de diarios y se convirtió en héroe cuando antes de que saliera a la venta, me trajo para Navidad, la revista “Anteojito, edición de oro”, la cual traía un arbolito de plástico para armar en las fiestas. Surgen otras imágenes vividas en esa casa: cuando me operaron de amígdalas y adenoides, y yo estaba feliz empachándome de helado; los sábados por la noche, donde cenábamos pizza en el dormitorio de mis padres viendo la televisión. Ya en el último año que vivimos allí, la enfermedad de mamá comenzó a hacerse notar en alguna de sus actitudes, pero mi inocencia de niña aún no me dejaba verlo.
Por todo esto, si bien en la casa de Paternal viví momentos gratos, considero como verdadera casa de mi infancia, aquella en la que nací, la de Villa Crespo. Aún después de mudarme, seguí visitando a mi abuela materna y a mi tía Filito, que siguieron viviendo allí. Mi tía fue el pilar de mi niñez, eterna dadora de atención, apoyo, mimos y golosinas. Escribiendo sobre esta casa, los recuerdos surgen más rápidamente: la vivienda de Fitz Roy 771, era un inquilinato. Se dividía en tres partes: en la primera, estaban mi abuela y mi tía; en la parte media vivían los dueños y en el fondo, mis padres, mi hermana y yo. El baño compartido. Se entraba por un portón de madera, que daba paso a un galpón pues los dueños tenían una empresa de mudanzas. Un pasillo lleno de macetas, esas antiguas de material, pintadas con franjas de colores. Mi abuela, en la diminuta cocina amasando los fusilli al fierrito, y cocinando en un brasero, costumbre que, aun teniendo cocina a garrafa, nunca quiso terminar de perder. Su sopa espesa, cargada de queso rallado mezclado con pimienta. El chocolate en taza de mi tía, sus tortas rebosantes de crema y dulce de leche para su cumpleaños. Volver a verme pasar largos ratos en el galpón jugando con los gatos, revolviendo los canastos para conocer y arrullar a los mininos recién nacidos. Jugar con mi abuela a la escoba de quince. Los días jugando en la calle al elástico, o sentarme en la puerta junto a mi tía, como era costumbre entre los vecinos. Viene a mi mente ahora, el recuerdo de que me habían comprado una caja de galletitas Kesitas, y después de terminar de comerlas, con la caja y un par de corchos inventé un lavarropas para las muñecas.
Elijo guardar mi infancia en esa casa, donde pude vivir realmente como niña, sin nubarrones, a pleno sol y risas espontáneas.
Y si bien no me gusta mirar hacia atrás, esta vez recordar, hizo que sintiera que existió un lugar al cual pertenecí.
Claudia Martorelli (CABA)
7. CASAS DE CUENTOS
Mi hogar era un departamento humilde y limpio. Yo patinaba, jugaba a la paleta y andaba en bicicleta por el parque y las calles de tierra. Creaba grandes historias en la famosa palmera, ubicada en la esquina del barrio. En la cocina mis padres habían instalado el aula donde yo era la maestra: un gran pizarrón de verdad con tizas de todos los colores y el borrador; también tenía un registro de asistencia y lapiceras para corregir. El baño era pequeño, pero era el escenario donde yo cantaba y como el espejo tenía tres partes, a veces trinaba con mis gemelas. Mi habitación, que compartía con Dani, era mi refugio y la de mi mamá era la sala de juegos porque usaba la cama para saltar y frente a un espejo grande bailaba disfrazada.
Tuve otras casas de mi infancia: la casa de la Tía Tita, donde nos recibían, a Dani ya mí, con mucho amor y alegría. La de mis tíos queridos, Amanda y Oscar, una casa prefabricada donde había mucha vida, arte y política. La casa de mi abuela, en donde me recluía a escuchar música clásica. Recuerdo una casa que pertenecía a dos hermanas peluqueras donde mi mamá se cortaba el pelo. Me ofrecían limonada con azúcar y galletitas, dos cosas que nunca comía. Era una fiesta para mí. Me agradaban sus muebles de madera lustrada y mucha cristalería. Llegaba a aquella casa y me transformaba. Un extenso jardín de rosales me esperaba para jugar. Era un interminable laberinto de espinas. La entrada era como la de un gran castillo donde había una arcada con una escalinata de mármol reluciente, tal vez tenía solo dos o tres escalones, pero yo la recuerdo majestuosa. Junto a un ventanal había un sillón-hamaca de hierro pintado de blanco, con almohadones de margaritas. Pasaban las horas y seguía en mi cuento hasta que me iba. Lo recuerdo a mis siete u ocho años: mi pelo muy muy largo sujetado con una vincha blanca y mis zapatos guillermina impecablemente lustrados; una minifalda tableada, una blusa y un saquito abotonado al tono, tal vez blanco o rosa. Yo me sentía una princesa.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
Pasando el guardaganado, a través de un sendero de lambertianas, que lo que no tienen de bellas, lo tienen de fragantes, se asomaba la gran casona blanca, orgullosa como su dueña.
Dos columnas sostenían la galería con grandes puertas que daban a un living –comedor, tan inmenso como mi imaginación, de pisos de pinotea que se quejaban bajo nuestros pies. A esa estancia majestuosa cargada de costosos adornos, solo se me permitió pisarla dos o quizás tres veces en toda mi niñez. Tenía ese lugar el empoderamiento que le daban las reuniones secretas de la sociedad compuesta por mi abuela, su hermano Piero, mi padre y mi tío Roberto.
Las cocina y los baños habían sido remodelados, el resto de las habitaciones y comedores, seguían intactas. Pisos y estufas hogares originales. La casa estaba dividida en dos, hacia el frente del parque vivía mi abuela, mirando al arroyo, mi tío, su mujer y sus cuatro hijas. Se conectaban entre sí por medio de laberínticos pasillos. Me gustaba esa casa, soñaba que vivía en ella.
Hasta los cuatro años viví en la estancia de la sociedad, recuerdo la casa, no era muy grande ni lujosa, su mayor atractivo era el comedor gigante donde mis hermanos y demás niños de los campos vecinos, maestra mediante, cursaban su primaria.
El camino de rosas, que mi madre cortaba para tener siempre frescas, era el eterno tema de debate con mi padre que opinaba que las flores no debían ser cortadas.
Aún sigue en pie y habitada la última gran casa – quinta, que sirvió en algún tiempo de geriátrico. No guardo muchos recuerdos del lugar. Lugar en el que nunca me sentí en casa, ya que era una visita de dos veces al año.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
5. MITRE 35
Hay lugares que son un viaje de ida a los hermosos recuerdos de la niñez y de una adolescencia feliz.
Me voy alejando de la casa que me vio crecer y convertirme en mujer.
Me recibió siendo muy chiquita y me despidió abriéndole las puertas a mi mundo adulto, para formar la hermosa familia que hoy tengo. Volvió a cobijarme, años después, para ver nacer a mi hija y observarla dar sus primeros pasos.
Inevitable que la nostalgia se cuele por la ventana.
Si es el esfuerzo de toda la vida de mis viejos…
Si allí nos enseñaron a mis hermanos y a mí los valores fundamentales de la vida.
Si entre sus paredes crecimos y aprendimos, ante todo, a ser buena gente.
Juntos, los tres hermanos, como siempre, abrimos el gran portón, por última vez, con una marea de sentimientos encontrados. Estábamos cerrando una etapa muy importante en nuestra historia. Esa tarde firmaríamos la venta para que un constructor convirtiera nuestra casa en escombros, sabiendo que, en ese mismo lugar, años más tarde un par de departamentos serían nuestros, devolviéndonos parte de lo que fue nuestra infancia. Saldríamos de allí al mismo barrio que nos vio andar en bicicleta, jugar a las escondidas y dar nuestros primeros pasos de independencia.
Dicen que uno vuelve siempre a los sitios en los que amó la vida...
Hacía años que no atravesaba esas puertas y, al volver a hacerlo, pasó por mi mente, la película de mi vida, en unos minutos.
Gracias “Mitre”, por enseñarnos que el hogar está en la reunión con los seres que amamos. El tiempo ya se encargó de demostrarnos que no importa dónde sea, mientras estemos juntos.
Gracias por tantos domingos con asados de Angelito.
Por la piletita rebalsando en verano, mientras nadábamos en el patio inundado.
Por tantos cumpleaños debajo de mi amado ciruelo.
Por cientos de almuerzos y cenas con gente querida debajo del quincho de paja.
Por ese patio que me vio crecer y también fue testigo del comienzo de mi historia de amor con César.
Por el recuerdo de mi mamá cuidando ese cantero con su mano verde y tanto amor en cada planta.
Por los mil y un viajes en el carrito de las sillas de la fábrica de papá.
Por tantos saltos y carcajadas “en la pieza de las gomas”, tal como llamábamos al depósito de gomaespuma de la fábrica.
Por tantas tardes de jugar a la maestra escribiendo con tiza en las paredes del galpón, escritos que, desdibujados, aún permanecen.
Por esa ventana de persianas verdes por la que esperábamos que pasaran los reyes magos.
Por la cochera que fue testigo, una y mil veces ,de mis caídas en patines.
Por el pasillo infinito en que corríamos carreras hasta el galpón.
Por la escalera del living que me vio bajar vestida de 15.
Por mis clases de inglés, despuntando el vicio de la docencia, en el hall de la planta alta.
Por ese espacio que mis viejos, tan generosamente construyeron, para cobijar la soledad y la tristeza de mi abuela primero y la apuesta a mi sueño de nueva familia, años después.
Gracias por las risas, por los sueños, por el amor infinito.
¿Ladrillos nada más?
Más, mucho más que eso. Era nuestro hogar y la casa de mis viejos hasta hace diez años que partieron a vivir el sueño de la vejez en la costa.
Hoy se cierra definitivamente, la puerta del lugar que nos vio crecer.
Esos chicos que fuimos, esta mañana nos observaron orgullosos, al ver los adultos en que nos convertimos. Despidiéndonos juntos de cada rincón, capturando entre carcajadas y lágrimas, con el alma abierta, cada recuerdo.
Gracias mamá y papá por confiar en nosotros para esta despedida.
Gracias a este tiempo, que llegó para demostrarnos, en medio de la nostalgia, que somos más unidos de lo que nosotros mismos creíamos, que al momento de las decisiones importantes, a ninguno de los tres nos importó qué porción de la torta nos tocaría. Sólo, cumplir con lo que mamá y papá decidieran y fuera mejor para todos.
Una nueva etapa comienza con los recuerdos intactos, sabiendo que una partecita nuestra queda allí. Como tenía que ser. Como los cinco nos merecíamos que fuera.
¡Gracias “Mitre” por haber sido el mudo testigo de tanto amor! En unos años vamos a volver. Ya no será nuestra casa, tal como la conocíamos. Pero cuando volvamos a pisar esa vereda, sabremos que, como diría el gran Abel: No tengo que volver porque nunca me fui. Ese será nuestro lugar para siempre.
Gladys Morsan (Ituzaingó, Buenos Aires)
4. MI CASA DE LA INFANCIA
Era una tarde de septiembre. El sol se deslizaba -entre unas nubes escasas- hacia el poniente. Volvía después de treinta años. Desde lejos golpeé las manos. Me recibió un perro con un ladrido desganado levantándose atrás de la ligustrina. Luego apareció una mujer corpulenta secándose las manos con el delantal.
-Buenas tardes- dijo esbozando una sonrisa que más que alegría denotaba preguntas
-Buenas tardes- contesté
- Si, ¿qué anda buscando? -escuché
- Mire - dije intentando explicar el motivo de mi presencia-, Viví mi infancia en este lugar. Estaba paseando y se me ocurrió venir. Me llamo Gladis Castro. Solo deseaba ver el patio y los árboles.
-Claro, claro -me dijo ya más distendida- Él es mi hijo, -informó señalando un muchachote pelirrojo que apareció por detrás- también se crió acá.
-Lindo lugar para jugar y pasar la infancia -afirmé llevando la vista hacia el recién llegado. Recibí una pequeña sonrisa junto a un movimiento de cabeza, afirmando mis dichos.
Caminé junto a aquellas personas por ese patio en el que tantas veces había jugado. Miré esos árboles que como dos soldados se ubicaban uno a cada lado de la abertura central donde se daba inicio al interior de la vivienda. Mis ojos estaban ávidos de señales que me condujeran a mis recuerdos.
Seguí escarbando en mi memoria. Los rayos del sol se filtraban entre los brazos de aquellos gigantes que atesoraban gran parte de mi historia. La magia llegó y comencé a rememorar mi vida siendo una niña en aquella morada.
Mi hogar se encontraba a unas veinte cuadras desde la plaza del pueblo, siguiendo hacia el este. Era un sector donde se localizaban varias quintas que lindaban entre sí. En cada propiedad se alineaba el casco de la casa; el molino con su tanque australiano; la huerta en ocasiones pequeña y en otras extensa -que incluso, en ciertos casos, llegaban a comercializar sus productos- el gallinero; la porqueriza; algún cuadro sembrado con trigo o alfalfa; tal vez un caballo manso; una vaca para que proveyera a la familia con el nutritivo alimento blanco y sus derivados; y emergiendo del conjunto se apreciaban los gigantes que daban protección y refugio: eucaliptus, sauces, cipreses.
Cuando volvía de la escuela -en el último trecho de mi camino- mi mirada reconocía la propiedad de la familia de Susana, mi amiga casi desde el mismo día en que nacimos. Se distinguían los surcos donde el agua corría cada mañana y a la tardecita inundando las raíces de las zanahorias, zapallitos, choclos y remolachas.
Mis pasos seguían unos cuantos metros más allá donde se divisaba una tranquera de hierro ya desvencijada por el paso del tiempo, que me permitía el acceso a mi hogar a través de un breve camino. Metía mis piernitas entre las barras y pasaba sin preocuparme en abrir la cadena que la mantenía cerrada.
La fachada de la vivienda era de una viejita más bien baja y ancha. En el centro convergían todas las puertas de cada cuarto en una pequeña galería. Sus paredes de barro estaban pintadas de colores ya gastados. El jardín –cercado por la ligustrina- olía a madreselvas, lilas y cedrón.
El viento se hizo sentir sobre mi rostro trayéndome al presente. Miré a esos seres que en silencio caminaban a mi lado. Ellos hacía ya años escribían sus historias en el mismo lugar donde hacía muchos años se había escrito la mía. El presente era de ellos. Los saludé, agradecí el momento. Me di vuelta y comencé a desandar aquella entrada que finalizaba en la misma tranquera –después de tantos años-que seguía mostrando sus hierros oxidados.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
3. BOYACÁ 332
Las puertas de hierro vuelven a abrirse si me lo propongo.
Cuatro escalones de mármol.
Una puerta cancel con vidrios biselados en forma de rombos
Otra dos puertas a la izquierda; una, el consultorio y otra enorme que abriéndose de par en par dejaba paso a un comedor con empapelado como terciopelo de flores blancas sobre fondo bordo.
Un pasillo con piso damero.
Una arcada a la derecha con un vitral chiquito y un sótano.
Otra puerta más.
Un jardín de invierno con un hogar y los sillones de pana marrón.
Ventanales que dan a un patio.
Otro cuarto a la derecha; cama doble, cómoda y mesitas de luz, con la puerta pequeña que comunicaba con un baño para pasar al cuarto que seguía. El nuestro.
El jazminero, ahí, a plena bienvenida con el cantero alrededor.
La cocina luminosa y el hueco de una alacena escondida.
La escalera hasta la terraza y el descanso que me esperaba cada vez que quería leer.
Todo era Boyacá 332.
Dispuesta a recibir cinco vidas anhelantes y con todas la oscuridades por venir.
La casa. Nuestra casa.
La que guardó encapsuladas alegrías pasajeras y donde mi madre decidió morir.
Las puertas van cambiando en la memoria. Cerradas, abiertas, de un color, de otro. Los roperos vacíos de nuestro cuarto y ese cajón lleno de Mis Ladrillos de goma con los que otro chico había jugado y ahora me tocaba a mí. No sé cómo, aún siento la textura.
Ropero verde con picaportes en porcelana y flores pintadas.
Allí nació mi hermano y también murió.
Y Boyacá se iba acomodando.
Al consultorio.
A la llegada del piano.
A las jeringas esterilizadas.
A la biblioteca.
A mamá le gustaba otra casa que estaba en la calle Cálcena. El abuelo dijo no. En realidad, la desaprobada era mamá. Pero ella con su ternura infinita, lo ayudó a morir y también a la abuela, colocando las mortajas adecuadas sin importarle el maltrato.
Mamá seguro era amiga de la muerte. Las imagino disonantes a las dos pero para nada indiferentes la una de la otra. Una sabia amistad.
Por algo la vieja rezaba tanto, por eso mamá era mamá y la muerte la desafiaba siempre desde su deshabitado corazón.
Así iba Boyacá. Bamboleándose con nosotros.
Comuniones, quince, casamientos, fiestas que no sé si lo eran pero estuvieron ahí.
Hasta que cortaron el jazminero porque hacía frío en invierno y Pablo se enfermaba más entonces papá techó el patio.
No me di cuenta hasta ahora que escribo de cómo me costaba respirar sin el jardín.
La casa se oscureció un poco más.
Las huidas de Mariana sin saber dónde estaba y los viejos llamando a todos y a nadie. Buscándola por la calle hasta la última humillación, y ella se iba mientras Marcelo miraba el espectáculo desde la puerta con rombos biselados, impasible ante la desesperación de mamá. Y no hacía nada. Pobre Mariana. Pobre los viejos.
Boyacá.
Entre cenas navideñas y los desplantes de los hijos, el carácter de papá y las lágrimas de mamá, las peleas un día antes de Fin de Año y el sopapo que no era para mí.
Es extraño, siento que fui abrazada por la casa y al mismo tiempo escucho claramente los portazos sin viento.
Aunque el suave perfume volvía de noche y las velitas al dormir.
Hubiera vuelto mil veces a mi casa.
Antes.
Ahora si paso al descuido por el frente, no quiero mirar. Lo hago de reojo solo para ver el arce japonés en la vereda que sigue ahí como testigo. Alguna vez pensé que era mamá que se empecinaba en no dejar la casa y la cuidaba como vigía y se arrepentía por haberse ido.
Reímos aunque todo era una maraña y la mano que estaba sobre nosotros aplastaba sin piedad.
Sí, reímos.
Boyacá.
Tanta vida, tanto final adelantado.
Allí quedaron las canciones, las figuritas con brillantina, las partituras, los utensilios de cocina, las luces mortecinas de un típico ph, la parte final de la carrera del viejo, las azucenas de los canteros, el hogar en el salón, las guitarras y el banquito para estudiar, las transfusiones como figuras mitológicas y salvadoras de mi hermano y su sangre en las remeras, la inestabilidad de mi hermana y su belleza. Ahí también quedé yo y mi versión infantil.
Y me fui.
Y pude hacer que papá no muriera ahí.
Y si tuviera que volver sobre mis pasos viviría infancia y juventud de la misma manera.
En la misma casa porque mi familia estaría ahí.
No cambiaria ni el techo del patio, ni las sombras, ni la idea de que mi madre era amiga de la muerte, ni que todo podía ser mejor.
No cambiaría nada porque transitarlo hizo que rearmara el presente con todo lo que fui.
Gabriela Potenza (CABA)
2. LA CASA POR EXCELENCIA
La casa de Elena fue sin dudas “la casa” por excelencia en mi infancia. Hasta los olores recuerdo. Como así también el nombre que le dábamos a cada zona de esa casa. “El depósito” debajo de la escalera que iba a la terraza; “la bóveda”, un cuartito que estaba allí arriba. En el de abajo, las cosas de limpieza de uso diario, en el de arriba las sin uso, pero que no se tiraban por las dudas. Todo limpio, todo ordenado, nada allí parecía estar librado al azar.
La escalera que unía ambos espacios balconeaba con la casa de los vecinos, desde ahí el loro de Paco nos gritaba y llamaba a mi abuela “Peti, Peti”, ella se hacía la enojada y nosotros nos descostillábamos de risa.
En el patio embaldosado y pequeño estaban las macetas ¡Cuidado con los geranios!, era la advertencia de siempre cuando jugábamos allí.
El lavadero era chico pero cómodo, con su mesa de planchado, lavarropas y muebles de guardar.
En la cocina, la mesa de estilo de patas torneadas, siempre con el mantel a cuadros rojo y blanco y un nylon cristal que lo protegía, solo se descubría para usar allí la Pastalinda o el rayador de queso.
La cafetera con su gran bocha de vidrio, el reloj de arena, la Coca Cola, las madejas de lana convirtiéndose en ovillos con mi ayuda. Mi abuela y Elena turnándose para batir la mayonesa casera, son las cosas que más recuerdo de aquella cocina sin grandes pretensiones, pero con mucha calidez.
El baño de azulejos de vidrio verde típicos de la época, el aroma al jabón Palmolive del mismo color. Siempre el mismo jabón, siempre el mismo detergente y el café Franja Blanca recién molido que los chicos acompañábamos a comprar a Bonafide.
Creo que la casa de Elena daba esa tranquilidad que otorgan a los niños las certezas y cierta rutina. Pero a su vez estaba llena de cosas sorprendentes para mis ojos y mi mente. En épocas en que internet y los buscadores no existían, los libros, la música, los recuerdos de viaje que ella atesoraba me abrían a un mundo maravilloso y desconocido para mí.
Allí conocí a María Elena Walsh, escuchándola en el combinado del living, sentada en los sillones verdes, mirando el reloj cucú que Elena había traído de Suiza. En ese mismo living me asombré con la colección de fósforos de todo tamaño, de varios colores y países, que guardaba en el cajón de la mesa del tv.
En la habitación de Elena, dentro del ropero provenzal, estaban las diapositivas que nos permitían viajar con ella hasta Egipto, Italia, Estados Unidos o España en un abrir y cerrar de ojos. ¡Elena tenía teléfono en la habitación! Hasta me acuerdo su número: 2908. Alem 65 su dirección.
El banco de plaza afuera, debajo de la ventana de su cuarto. La habitación de mi abuela con un armario con secreter, el olor a cera, el sillón hamaca, las noches sentados en la vereda, el árbol de Navidad más lindo, la colección de cucharitas de café en la vitrina del pasillo.
Se me agolpan tantos recuerdos que parece increíble que todo eso entrara en esa casa.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
1. REFUGIO SEGURO
En sus primeros años tapiales bajos, veredita rosada que llevaba a la puerta de frente.
En su costado, una parra de uvas negras abarcando metros.
En el fondo, gran níspero que sostenía las cadenas de la hamaca en la que me sentía volar y otra de naranjas jugosas.
En el límite de la medianera, una puerta baja que comunicaba con la casa de mi tía, esa casa que siento mía también.
Por dentro lo estándar y mínimo, lo precario decorado con jarrones con violetas, carpetas al crochet, almohadones bordados.
Siempre el desorden de mochilas, juguetes y revistas que no tenían un lugar destinado.
Casi era adolescente cuando la economía se dio vuelta y se convirtió en la casa más linda de la cuadra.
Pero la casa no es la casa que habitamos.
Sin importar el valor que hoy le da su infraestructura, esa casa es mi madre entre tucos, milanesas y postres; es mi padre pintando las paredes, podando el rosal; es mi hermano armando el pesebre o juntando pasto para los camellos de reyes; es mi abuela cruzando la calle para el mate de las tardes; soy yo saltando al elástico, pisando el cielo de la rayuela dibujada.
Soy cada paso de antes y de hoy refugiado en sus firmes cimientos en los que encuentro, me encuentro con nombre y apellido.
Edith Martini (Jáuregui, Luján)
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