18.NO ME BORRES
Que se cocina para que no nos borren, que se cocina para robar trocitos al tiempo, que se cocina para comprobar que vale el momento de silencio en el horno y las hornallas, el calor insufrible de la estufa, el dolor de las piernas cansadas por tantas horas de pie, el deseo de compartir la charla previa en el comedor, nadie lo duda.
Detrás de cada plato saboreado existen horas de cansancio, logística de compras, algunas quemaduras.
El que cocina es el último en sentarse a la mesa, muchas veces aún con el cabello recién lavado húmedo por carecer de tiempo de secarlo, repasando mentalmente mientras brinda si bajó la llama o sacó con tiempo aquello de la heladera.
Es el que imparte las directivas de cómo y cuándo poner la mesa, es el que levanta los trastos sucios la mayoría de las veces. Es al que le toca fregar ollas pegadas, asaderas engrasadas, hornos salpicados, azulejos manchados.
Y aún así, lo sigue eligiendo, porque nos gusta hacerlo opinamos los involucrados, porque siempre estamos dispuestos a pesar de nuestras manos que no lucen impecables como las del resto, por el simple placer del reconocimiento, de ser los artífices de la mesa completa.
Por esa vocecita del ego insistente que te impulsa a regocijarte de un momento que se hace eterno.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
17. MI RECETA SECRETA
Todas las personas que disfrutamos de comer, en algún momento nos acercamos a la cocina en busca de esa receta que nos deleite y deleite a nuestros seres queridos. Y ahí nos encontramos con ollas, sartenes, espumaderas con las que mezclamos ingredientes con especias. Jugamos con sabores aromas y colores, buscando no solo agradar el paladar, también al olfato y la vista.
En lo personal, fui creando mi receta favorita, que a todos los sentidos le suma otro más: el oído. Al que llegan frases como “¡qué rico está!”, “¿cómo lo hiciste?”, y la suprema “¿hay más?”. Suena a música, a marcha triunfal, a que todo lo pensado, planeado y realizado valió la pena. La alquimia rindió efecto.
Mi receta tiene tantos ingredientes, como momentos y personas formen parte del convite. No le puede faltar una buena porción de guiso de lentejas con chorizo colorado, panceta y cebolla de verdeo, todo cocinado en olla de barro. Por supuesto, se acompaña de un rico vino tinto y se sirve en cazuelas de barro, que con el calor despiden ese grandioso olor a tierra que se mezcla con la preparación que contienen.
Otro alimento que no debe faltar son las galletitas de limón que a Celia tanto le gustaban y me pedía que hiciese para su cumpleaños y el de Clarita. Y allá iba yo con mi fuente, feliz por el pedido, a ver la cara de felicidad de mi querida amiga cuando saboreaba las galletas como si fueran las mejores del mundo.
La pastafrola del día del padre y el cumple de mi viejo. Todavía suena en mis oídos el “¡qué rica está, Negra!”. Y aún hoy, que no está conmigo, llevo a las reuniones del día del padre mi pastafrola como un secreto homenaje para él.
No faltarán como ingredientes necesarios para unir, todo las caras de felicidad de mis hijas cuando hacemos tallarines, estiramos la masa y jugamos con la harina. Lucía con tres años amasando y cortando las galletitas de su cumpleaños y proponiéndome en una caminata en el lago Huechulafquen “¿Y sin nos quedamos a vivir acá y amasamos galletitas?”, poniendo en palabras la fantasía más grande que tenemos todos, que la vida sea tan sencilla como eso, unir dos placeres enormes, las galletitas y la belleza de ese inmenso paisaje bajo el sol de enero y que ya nada importe.
Marisol esperándome con la cena los viernes cuando volvía de mis clases de carpintería. Ella, esmerada en combinar los ingredientes para que la comida fuera sabrosa, sorprendente y nutritiva. Una vez sentadas en la mesa repasaba su receta para mostrarme como iba aprendiendo la importancia de que esas tres cosas no faltaran en el plato.
Jeni orgullosa de que su mejor amiga le pida que yo cocine la ensalada italiana, porque su mamá trataba de hacerla, pero no le salía como a mí.
Juani con cinco años preparando chipás conmigo en la cocina de los abuelos para sorprender a sus papás a la hora de la merienda.
Feli sirviendo el primer guiso de este invierno, enfundado en un delantal de cocina que atamos y acomodamos para que quedara bien vestido para la ocasión.
También tiene mi receta el recuerdo del primer asado que hice, inolvidable, en Mar Azul. Con mis hijas mirándome como si fuese maga y aún hoy dicen que es el mejor asado que comieron en sus vidas… música para mis oídos.
No pueden faltar albóndigas con la receta que me pasó la abuela de Adri un día antes de morir. La polenta y la sopa cuando Lu no está, porque las detesta. “¿Hago unos panqueques?” y en dos minutos lo agregamos a la receta. “La tía come pasto todos los días”, dice Luján a carcajadas, refiriéndose a mi infaltable rúcula, ya sea acompañada de peras y roquefort, nueces, atún, parmesano o solo con limón y oliva.
Tartas de choclo o de verdura con masa casera, pastel de papas o de zapallo, grandes bandejas de verduras al horno, hamburguesas caseras, condimentadas y moldeadas con mis manos.
El humus de garbanzo con semillas de sésamo tostadas en la sartén, las berenjenas quemándose en la hornalla para hacer la pasta que untaremos en el pan de centeno tostado.
Todos secretos de cocina que grito a los cuatro vientos, porque la magia de mi cocina es compartirlo todo, los sabores, los aromas, las risas y las charlas que acompañan cada bocado y hacen que todo sea un poquito más lindo.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
16. UN TEMA SIN FIN
Es un asunto sin fin.
Será la tiroides que funciona poco, la tiroides que aumenta la glucosa, la glucosa que desordena la tiroides, el colesterol bueno y el malo que existe por culpa de mi ADN, la gastritis porque si como un poquito se me pasa entonces como varias veces, el picoteo infernal, si la leche deslactosada o las grasas saturadas, la carne roja no…
mejor pescado y de mar, no de río; tal vez las acuarelas y los lápices que no me dejan salir de la silla…
Claro, ahora lo escribo y me causa gracia.
No es gracioso, es tremendamente agotador.
Así fui yendo.
Ahora más calmada puedo tener momentos de mayor cordura (con C) pero siempre el tema con sus subtemas está ahí.
Y para una buena profilaxis alimentaria tenés que cocinar.
Y yo no tengo ganas.
Voy día a día. Con mis momentos lúcidos y mis descontroles. Con las ganas al tope y lo que no puede ser. Con la culpa asomando y, a esta edad, sin que sea protagonista de mi vida.
Es verdad que miro las verduritas con cariño. Que no tomo helado de sambayón cuando se me ocurre, que dejé de comer carne roja como antes porque tengo que cuidar las fundas de los dientes y que entré en la onda de la leche dorada y el kale, las semillas y los frutos rojos que son maravillosos para transformar (hago una mermelada sin azúcar refinada riquísima).
Por eso disfrutaba tanto llegar de donde fuera a Boyacá: la mesa estaba preparadita y llena de sabores hechos por mamá y la radionovela de “cariñito mío” desparramando corazoncitos rojos por toda la cocina.
Cambio de roles.
Frené con las tartitas de choclo.
Disfruto mucho el encuentro con amigos y aprendí a compartir los platos con Guille y trato de no pedir mi almendrado final porque cuando le clavo la cucharita le sale un globito que dice QUÉ ESTÁS HACIENDO y no soporto su desprecio, entonces prefiero que estemos distanciados optando por un té de hierbas.
Recuerdo que Silvia una vez me dijo que los viejitos cuando dejan de comer se rinden y mueren. Va a ser el único momento y ni me voy a dar cuenta.
Gabriela Potenza (CABA)
15. QUIERO TODO LO QUE VEO
Me casé con un muchacho alto, flaco y lindo. Teníamos mucho en común, en especial la pasión por la comida. Él había sido obeso en su infancia y adolescencia y luego se cuidó mucho. Yo había ido a ALCO y había bajado unos kilos. Mi suegra era excelente cocinera y cuando en su casa quise hacer una crema para las frutillas, que tanto le gustaban a su hijo, me enseñó a no ponerle tanta azúcar. Para congraciarme con su familia, un domingo fui a una reunión y preparé los ñoquis que me había enseñado mi abuela. Fue allí donde mi suegra me dio el secreto para que salieran a la perfección. A partir de ese día, hago los mejores ñoquis de papa.
Durante mi primer embarazo arremetí con todo lo que se me cruzara. Tuve un antojo raro: bondiola, el fiambre. Mis suegros me mimaban con toda clase de comidas ricas. Todo lo que engordé, lo bajé cuando tuve a mi hija. Daniel, mi esposo, se había quedado sin trabajo y no teníamos para comer, literal. Le hacía las papillas a Dalila y yo comía lo poquito que sobraba. Bajé veinte kilos. La mayoría de los fines de semana nos pasábamos en la casa de mis suegros y allí me recuperaba. Cuando estuve embarazada de Abel, mi antojo era el dulce de leche, y en ese embarazo engordé muchísimo más. Sin embargo, lo dulce no me gusta mucho. Realmente mi verdadera pasión son los fiambres. Siempre les dije a mis parejas que por favor no me regalaran bombones, sino un salamín y un queso. Cuando nos mudamos a nuestro propio departamento, y ya estábamos bien de dinero, yo gastaba mucho en comida. Todos los días un plato diferente y elaborado. Cuando llegaba el verano, Daniel hacía dieta con licuados y tés y yo lo seguía.
Me separé y volví a adelgazar más de diez kilos, se me cerró el estómago. Hasta sufría desmayos. Ya no tenía esos atracones de fiambre y comía moderadamente. Después tuve una época de cocinar solo arroz y fideos. Recuerdo que comía en el trabajo y cuando llegaba a casa a la tarde, me devoraba los fideos de la noche anterior o lo que encontrase. En esa época, solo cocinaba elaborado para los cumpleaños, sobre todo mi especialidad: las pizzas. Hubo un cumpleaños en que preparé pizzas de todo tipo, hasta de zapallo. Me gustaba agasajar a mi familia y amigos. Mi casa se había convertido en un lugar de encuentros, para ensayos y guitarreadas.
Siempre me tuve que controlar porque no quería ser gorda como mi mamá y mi abuela. Me di cuenta de que era glotona cuando invitaba a Dani, mi hermano, a dormir a mi casa. A él sile ponías una mesa llena de cosas se las comía. Yo igual. Tenía que vigilar que no robara comida, pero me di cuenta de que yo también robo comida.
Trabajo con Comedores Comunitarios en La Matanza, todos los días el olor a guiso me mata. Voy hasta el kilómetro cuarenta y siete y a lo largo de todo el trayecto siento el olor a choripán, asado y chipá. Si siguiera mi deseo, me comería todo eso y llegaría a casa y seguiría comiendo. No sé si es ansiedad o adicción. Viviría comiendo alcauciles, hamburguesas y melón, mis comidas preferidas. Además del salamín.
Hoy me gusta agasajar a mis nietos. A cada uno que viene le hago su comida preferida y me hace feliz. Mi mamá y yo nos pasamos videos de recetas raras y una vez por mes nos damos el gusto. Cuando termino de comer al mediodía, y aún sentada a la mesa, pregunto: ¿por qué no comemos tal cosa a la noche?, como lo hacía mi hermano.
Alejandra Busconi (CABA)
14. COCINAR NO ES LO MÍO
Hasta mis veinticinco años, solo entraba a la cocina para comer. No me interesó cocinar y mucho menos aprender a hacerlo, esa tarea le correspondía a mi mamá, que lo hacía muy bien. Tampoco me lo impusieron, como lo hicieron con otras tareas.
Siempre hubo alguien que cocinara por y para mí, primero mamá, después mi tía con quien compartimos su casa durante los dos primeros años de convivencia con Manuel. Corría el año 1973, en ese momento se hacía complicado poder alquilar. Fue entonces cuando mis tíos se ofrecieron a que provisoriamente viviéramos en su amplio departamento de cuatro ambientes ya que eran solo ellos dos los que lo habitaban y les sobraba espacio. Aceptamos al menos hasta que se regularizara el tema de los alquileres. Mi tía cocinaba y yo me ocupaba delaseo de la casa, para mí, un trueque genial. Poco entendía yo de cocinar, pero en una oportunidad en que mi tía pasaba los tres meses de verano en la costa, tuve que hacer puchero para mi tío que llegaba a las doce del trabajo. Menos mal que era un lunes y mi marido tenía franco. Se acercaba el mediodía y yo no sabía por dónde empezar, de los nervios me puse a llorar. Por suerte él, viendo mi confusión, tomó cartas en el asunto, puso manos a la obra y para el mediodía el puchero estaba listo.
Después de dos años nos mudamos solos, y con el tema alimentación no se me complicaba demasiado, cocinarle a Vanesa, que solo contaba con dos años no era una tarea difíci. . Mi esposo, mediodía y noche, comía en el trabajo y los francos comíamos algo afuera.
A medida que fueron llegando Emanuel y Patricio fui aprendiendo a hacer nuevas comidas, siempre simples pero más diversas.
Ya sabía hacer guisos, salsas, estofados, matambre, milanesas, tortillas, canelones con masa de panqueques, nada amasado, eso hasta el día de hoy no sé hacerlo, claro está que ni me preocupo por aprender, los fideos o ravioles los compro en la casa de pastas.
También aprendí a hacer postres y tortas de cumpleaños, no soy una experta cocinera y nunca lo voy a ser, pero según la opinión de los comensales que degustaron mis platos, siempre salí airosa.
Los últimos diez años de convivencia, mi esposo prefirió cenar en casa a la salida del trabajo. Todo lo que yo le servía lo apreciaba con gusto, me decía que era el mejor momento del día, más allá de lo que hubiese para comer. Disfrutaba de esa paz y de mi compañía. Me gustaba esperarlo, era tarde y yo debía madrugar para ir a trabajar, aún así, compartir ese momento de paz, fue algo que mi esposo valoró y agradeció siempre.
Li (CABA)
13. EL CUENTO DE LA MILANESA
Había una vez, una cocina amarilla, donde algunas noches, sobre la mesa negra de fórmica, Mónica preparaba sus amadas milanesas.
Ya desde que empezaba el proceso de batir los huevos, salpimentar, empanar y preparar la sartén con el aceite hasta que empezaba a estar humeante, sentía que a su alrededor, alguien pequeñito se movía espiando por la puerta plegadiza de la cocina.
Roberto anunciaba su llegada con su inconfundible llavero de campanita. Besos y abrazos para su princesa, un saludo a Mónica y allí empezaba la “operación milanesa”. En silencio, Roberto y Mariana iban al dormitorio y al baño a lavarse las manos, mientras tramaban su plan. Mónica en la cocina, ponía la gran fuente para servir y así se iniciaba el proceso de fritura.
En ese momento, una cabecita con brillante pelo negro y melena con flequillo espiaba desde la puerta los movimientos que hacía su mamá.
En la fuente, con abundante papel secante, se iban apilando las milanesas y mientras que Mónica, pícara, se daba vuelta para abrir la heladera, buscaba un repasador en la cajonera y abría la ventana para que se fuera el olor de la fritura, las milanesas, misteriosamente, iban desapareciendo de la fuente.
Risitas nerviosas y ahogadas venían desde el comedor, hasta que Mónica ponía los puntos y preguntaba: ¿Dónde fueron a parar mis milanesas? Con los brazos en jarra, reprimiendo una risa, comentaba que había duendes en la casa. Cuando abría de golpe la puerta de la cocina, se encontraba con el papá y su hija en los brazos a la que sostenía mientras ella le había ido pasando las crujientes milanesas. Mónica seguía fingiendo gran enojo y estos dos cómplices estallaban en carcajadas, y aunque ya se habían comido gran parte de la producción, hacían la promesa, que nunca se cumpliría, de no volverlo a hacer. Padre e hija tomaban sus lugares en la mesa, esperando por fín, la entrada de Mónica con la fuente, para recibirla con un fuerte aplauso.
Florencia Zaldívar (CABA)
12. COCINA MODERNA PARA LA MUJER FÁCIL
Así como en la niñez fui una tortura para mis mayores a la hora de la comida, de adolescente fui incorporando nuevos sabores y en la adultez empecé a comer lo que hubiera delante de mí salvo dos cosas que por su intensidad nunca me complacieron: el roquefort y las anchoas.
Considero que pasar horas cocinando a diario es, en mi caso, una pérdida de tiempo y esfuerzo, habiendo tantas otras cosas con que llenar mi existencia. Que el resultado de tamaño esfuerzo se puede disfrutar apenas un momento y luego se esfuma. Que me da lo mismo comer un plato muy elaborado o un simple churrasco con ensalada o un omelette. Obviamente las comidas principales no ocupan demasiado espacio en mi cabeza, y siempre, siempre, prefiero en todo caso perder alguna que otra hora abocada a alguna torta o cualquier otra cosa dulce.
Ni bien me casé me compré el libro “Cocina fácil para la mujer moderna”, del cual extraje unas cuantas ideas. Pero fue mi marido quien más provecho le sacó ya que siempre amó cocinar. Él lo bautizó “Cocina moderna para la mujer fácil” y no me parece desacertado en mi caso, por buscar siempre la opción más fácil.
Siempre nos gustó ser anfitriones de pocos o de muchos. Si esto se daba sorpresivamente por visitas inesperadas a las cuales les proponíamos quedarse a almorzar o cenar, cuando no había otra cosa les ofrecíamos unos fideos con manteca y huevo y todo solucionado, es algo que a casi todos les gusta. También la casa siempre fue receptiva para los amigos de mis hijos a la salida de la escuela, cuando volvían de jugar al fútbol o cuando hacían fiestas. Disfruté mucho de sus charlas y comentarios ya sea estando sola con mis hijos o con más comensales de su edad.
Rebobinando, me doy cuenta de que hay ´dos cosas saladas que no me fueron ni me serán nunca indiferentes: la pizza y el pan. Podría “pizzear” varias veces a la semana y no me cansaría. Últimamente intento hacerla (o que mi compañero la haga) con harina integral, más sana y casi igual de rica. Y el pan siempre me pudo y me puede. Mi mamá me decía doña sanguchito porque ponía cualquier porción de comida entre dos rodajas de pan.
Pese a mi elección de no pasar mucho tiempo cocinando, lo he hecho siempre para los cumpleaños de los de mi hogar, y también para el de sobrinos y suegros, como una ofrenda de amor, sacrificada pero voluntaria y tierna. Eso me llevó a hacer postres más trabajosos: el Rogel con sus veinte capas (o más) super finitas cocinadas de a una o de a dos y luego intercaladas con dulce de leche cuidando de no partirlas para cubrirlas luego de un falso merengue italiano, bombas de crema pastelera, alfajorcitos de maicena, masa hojaldrada, pepitas, facturas, postres fríos y otras exquisiteces más. Últimamente opto por budines evitando el uso de los llamados cuatro venenos blancos. Sigo muchas páginas de alimentación saludable, tanto dulce como salada, y si algo me resuena, enseguida pongo manos a la obra o, mejor aún, se la leo a mi marido, quien, ansioso y voluntarioso como es, no va a postergar ni un instante su ejecución. Mi última adquisición virtual fue una torta cuya denominación llamó mi atención: “¿Quiere casarse conmigo?”. Me pareció un nombre mersa o anticuado pero cuando vi sus ingredientes la quise probar y realmente quedó buenísima.
No tenemos problema en comer lo mismo dos veces seguidas o frizar lo que sobra para calentarlo otro día en el microondas. Y si lo que sobra es poco, lo reciclamos junto a otros ingredientes logrando una espléndida tortilla o un delicioso salpicón.
No nos gusta cenar afuera y por eso tampoco vacacionamos en hoteles. Siempre buscamos cabañas donde se pueda cocinar y donde haya parrilla para asar carnes y verduras. Si nos acompañan familiares o amigos, les aclaramos que no nos incomoda que elijan salir a almorzar o a cenar afuera por su cuenta, pero siempre optan por quedarse comiendo en la cabaña lo que con tanto placer y buen gusto cocina mi marido…más barato, más sano y mejor compartido. Ni yo ni nadie osaría quitarle semejante placer, no solo por propia comodidad sino porque sería privarlo de un hobby súper terapéutico para él y por demás conveniente para mí.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
11. CALIDOSCOPIO DE MOMENTOS FELICES
Domingo por la tarde, una batea, mi abuela hundiendo sus puños en la masa blanda, amasando pizzas para la reunión familiar que yo amaba.
Los grandes conversando, riendo y los chicos jugando, la mejor alquimia.
La cocina chiquita de mi tía Mary regalando un aroma exquisito y el mejor resultado, una pascualina crocante cubierta de palitos que se entrecruzaban y que serían nuestro deleite.
La cocina de mi Luby de azulejos azules inundada de aromas cada mediodía cuando llegábamos todos a sentarnos y degustar los más ricos manjares que venían de su mano a la mesa. Todos hablando y cada uno contando su día; risas y ocurrencias disparatadas, las lecturas de papa, mamá, la radio y las noticias, los cuentos de Cortázar que leía Gaby y mi sueños de ser una gran arqueóloga.
Fines de año, 31 en casa, ensalada rusa con un sabor inconfundible, cerdo adobado que había pasado muchas horas al horno y salame de chocolate.
Primero de enero con asado enfrente, calor juegos de agua y risas por doquier.
De adolescente comencé a incursionar en la pastelería y me volví más versátil cuando empecé a trabajar de preceptora en el profesorado y establecimos los jueves de cuentos y tortas: mis compañeras me sugerían que+é hacer y yo lo realizaba: desde torta galesa a elva Negra, pasando por la torta de ricota o la de los 80 golpes…
Hoy me siento heredera de todo y amo invitar a mi casa, reunir a familia y amigos, ser yo la que cocina y les regala mi mejor intento de agasajarlos.
Amo las reuniones donde no puede faltar la alegría y, si se da, organizo una fiesta de espuma, creo que es algo que me quedo grabado del primer cumple mío que recuerdo cuando tenía cinco años.
Y el más importante catador es Dany el que me pide sus bizcochuelos para el desayuno e infaltable si llueve las tortas fritas.
Amor y cocina se mezclan sellando esta fusión mágica que nos abraza.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
10. EL AMOR SERVIDO A LA MESA
Hoy vuelo a mi infancia y me veo chiquita cruzando la calle y haciendo reír a mis vecinos con mis ocurrencias. Apenas tenía dos años y hablaba moviendo las manos y a la pregunta Qué le iba a cocinar a mi marido, yo respondía arroz con pollo…
Y mil imágenes se agolpan en mi mente…
La mesa de madera de mi abuela, ella amasando fideos para toda la familia y yo subida a una silla ayudándola..
Veo a mi amada tía Mary cocinando sus alcauciles al infierno, como nadie más lo pudo hacer.
O tal vez algún domingo de junio haciendo una excursión a juntar cardos y frutillas silvestres a Hudson donde descubrí a mi querido William y su Allá lejos y hace tiempo que marcaría una época preciosa de mi adolescencia. Los cardos, luego de un gran proceso, llegaban y se vestían para ser arrojados al aceite que los volvería ricos y crujientes.
Cómo no recordar los pies rápidos de mi tía Mary corriendo por el pasillo interminable y cruzando la calle para regalarnos su amor disfrazado de comida.
Mamá creando las más ricas y ocurrentes recetas de la mano de sus dos grandes amigas, la cocina de Petrona y la de Lidia.
Sus bocadillos de acelga tan sequitos y crocantes, sus salsas que toda la familia prefería, y refería como la salsa de Luisa.
Mi mami cocinando con todos los ingredientes más sofisticados y luego, cuando un golpe de presión cambio su mundo, creando con lo que podía; jamás olvidaré aquella improvisada tarta de lechuga.
Mama dando su amor cuando llegaba del cole entregándome la mejor pascualina, para dibujarme una sonrisa en los días grises.
Los domingos inventando una comida para poder seguir reuniendo a la familia a pesar de todo y allí surgió el pizarrón que anunciaba a la entrada del comedor: Fonda de Luisa, hoy canelones de ricota y verdura, de postre: flan.
Olores que jamás voy a olvidar como el azúcar quemado con vainillín, el perfume del pan recién horneado, el tuco de la Luby y el aroma a tostadas que invadía mi casa por las mañanas.
En este viaje mágico vuelvo a ser feliz reviviendo el amor servido a mi mesa.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
9. MAÑOSA
De chiquita fui muy mañosa para comer. Quizás era mi método para llamar la atención de mamá, y de tíos y abuelos, con los que compartía tantos almuerzos. Pero hacía problema para casi todo lo que pusieran delante de mí, pese a los retos y advertencias de los mayores. No aceptaba probar nuevas comidas y menos aún si estas incluían verduras. La única que me soportaba estoicamente era mi abuela materna, que era quien cocinaba y estaba siempre dispuesta a brindarme otras alternativas que me gustaran, pero los demás la retaban también a ella por consentirme. Mi abuelo era de pocas pulgas pero como yo era su preferida (o al menos era mi sensación), en más de una ocasión tomó disimuladamente sopa por dos para salvarme de tamaño sacrificio y de ser reprendida. La verdad… debo haber sido una nena bastante caprichosa e imbancable.
Cuando mi mamá volvía de trabajar a la noche sin energías para cocinar nos proponía cenar vitina, maicena o arroz con leche, todas cosas dulces, la gloria para mí… no sé si para mis hermanos también.
Tuve una familia muy numerosa: trece tíos y sus parejas que aún con sus diferencias aprendieron a quererse, a ayudarse y a mantenerse siempre unidos, dándonos a los primos el mejor ejemplo. Con tanta parentela lógicamente abundaban los cumpleaños y otros eventos que se festejaban muchas veces con baile, cantos y guitarreada, y siempre con alegría y el aporte culinario de toda la familia. De lejos la vedete en este último ítem fue la tía Marta, quien con arte y amor regaló en tantas ocasiones sus magistrales tortas, especialmente en comuniones, quince años y casamientos.
Nunca fui de comer en exceso al almorzar o cenar, pero sí a la hora de los postres. Afortunadamente mis genes me ayudaron a no engordar, pero hubo un corto período de la adolescencia en el que tuve unos kilitos de más y eso me molestó bastante. Usaba ropa negra para disimularlo y me mataba almorzando o cenando tan solo una manzana. Esto lo podía mantener uno o dos días, al tercero terminaba devorándome lo que tuviera cerca, dulce o salado.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
8. SABORES INIGUALABLES
Recuerdo a mi madre cocinando, recuerdo su comida y después de tantos años puedo sentir aún esos aromas únicos. Comida de campo, comida bien criolla, potente, exquisita. Para mis padres la comida era sagrada, se comía lo que había en la mesa, (menos mal que siempre había cosas ricas, exceptuando la sopa que nos obligaban a tomar) no se tiraba nada, lo que sobraba se volvía a comer, muchas veces mamá lo disfrazaba para que no protestásemos.
El mejor agasajo o bienvenida para alguien que los visitara era la comida, fuera en el momento del día que fuera. Recuerdo las mesas siempre con gente, ya fuera la familia, amigos, peones, no se discriminaba, todos eran bienvenidos en esa mesa. Y siempre que no fuera algo a la parrilla, cocinaba mi mamá ayudada por mi hermana, que amaba cocinar y heredó la mano de mi madre, hasta restaurante propio tuvo de adulta. Los ravioles y tallarines caseros de mi madre, las salsas, el arroz con leche, los postres, pollos en todas las variedades, carnes y mil cosas más. Ese sabor único que nunca más tuve el placer de degustar. Mi hermana también era una genia en la cocina, sobre todo en lo dulce, repostera amateur, pero así y todo no era el sabor materno.
Cuando era chica y llevaba a mis amigas a pasar el fin de semana al campo, aunque a mi madre muchas veces esta idea no le gustaba, nos cocinaba de todo, bah en mi casa siempre hubo de todo. Tortas de todo tipo, scones, “arrollado” de dulce de leche, (como le decía ella), babyscuit, alfajores y así siempre. Yo creo que iban por el “morfi”, hoy me causa risa recordar cómo se asombraban porque en mi casa la mayoría de las veces, en el almuerzo si había gente, se servían tres platos, ¡no lo podían creer! Como yo no podía creer como comían en sus casas. Cuando fui adulta, tuve que manejar economía de empleada con problemitas para llegar a fin de mes y entendí los malabares de comer lo mejor posible y gastar lo menos posible, como seguramente les pasaba a muchas familias de mis amigas.
Volviendo a mi casa paterna y cocina materna nunca se comió nada que no fuera casero, hasta la manteca era casera. Ni les cuento del dulce de leche que hacía mami, lo más de lo más. Mi hermano y yo nos matábamos por raspar la olla. Ni hablar las famosas carneadas, todos los embutidos que se hacían, salames, jamón, bondiola, morcillas rojas y blancas, panceta, chicharrones, se aprovechaba todo. Mmm el pan y las tortitas agridulces de chicharrones que hacía mi madre, mortales. Fiambres, de pequeña no comía, no me gustaban y hoy qué me gustan tanto… ¡lo que cuestan! Es gracioso.
Agradezco su herencia, en esto si estoy orgullosa de parecerme a ella. Amo cocinar y no soy experta, pero me acerco bastante a sus sabores. A pesar de trabajar, siempre trataba de cocinar caserito. Me gusta mucho también aqgasajar a mis amigos. Hoy qué estoy más solvente podría comprar comida hecha más seguido, pero no puedo, no me sale, las rotiserías conmigo se mueren de hambre.
Mis hijos orgullosos comentan que torta ochenta golpes, empanadas de carne dulce, tucos, lemon pie, arroz con leche y budín de pan como el de su mamá no hay. ¡Más lindos!
Y es así…Lo que se hereda no se roba.
Mari (Neuquén, Neuquén)
7. SAZONA MIS RECUERDOS
Existían en la
estancia ocho hectáreas de frutales. Peras, manzanas ,
tres variantes de duraznos, tres de ciruelas, damascos, higos
, membrillos, nueces y almendras. Los
melones y sandías se cosechaban en la quinta que daba al otro lado del arroyo, celada
y custodiada por Manuel.
En época de
cosecha, mi madre se ocupaba junto a mis hermanos y Manuel a de
levantar toda la fruta, sin dejar que se pasara. Comenzaba así la
ardua tarea de procesar aquellos manjares que nos regalaba la naturaleza: conservas,
dulces, jaleas, jugo de ciruela para tomar con soda durante todo el año.
Gran parte de esa producción se guardaba en la despensa sótano atiborrada de mercadería, el resto se llevaba al hogar de niñas.
Era la única estancia que tenía la máquina de preparar soda. Se ocupaba mi padre de elaborar y llenar los cajones. Él también se encargaba de hacer la manteca, el queso, el yogurt y los chacinados.
Mi madre fue una
eximia cocinera, aunque su profesión era modista ,
la cocina era su pasión. No podía faltar el libro de Doña Petrona
sobre la mesa de trabajo. No discriminaba entre platos irlandeses, alemanes, italianos o judíos.
Como es sabido, el estómago es un blanco fácil, me acurruco en los aromas y las ollas humeantes permitiendo a mis papilas el perdón de los malos recuerdos. Comprendiendo la victoria del amor que sazonaron con lo que ellos tenían al alcance de sus manos.
María Santandrea (Junín de los Andes, Neuquén)
6. MARAVILLA
Vuelvo a la niñez e inevitable, la abuela Margot se presenta firme y espléndida.
La cocina de leña y esa pava con agua caliente para hacer té o mate cocido, cada vez que uno llegaba.
Tomar la leche con ella era un festín: ponía el mantel, las tazas de porcelana con dibujos azules y blancos y esas figuras que me hacían imaginar personas y personajes.
Tostadas salidas del horno, crujientes y listas para untar manteca, dulce de leche o lo preferido de ella, la jalea de membrillo.
Scones blancos y espumosos y alguna porción de pastafrola.
La torta de aceite y naranjas, única e irrepetible.
Maravilla, la apodaba Margot, y así lo era, como ella en la cocina.
Almorzar o cenar en su casa, como ir al mejor restaurante: siempre presentaba fiambre, dos platos de comida caliente y el infaltable postre.
Tortilla de papas y esa cebolla casi caramelizada y el huevo que chorreaba.
Milanesas de peceto con salsa de tomate
Tarta de jamón y tomates que solo comía en su casa.
Los famosos y esperados capelletis, chiquitos, redondos e iguales, rellenos de seso, ricotta y perejil. Ella los servía en caldo o con salsa, según lo que preferíamos.
El budín de pan, un clásico y los panqueques, mi debilidad.
Recuerdo que untaba solo una vez la sartén con manteca y jamás le vi pegarse uno en ella.
¡No hay que lavarlas!- decía- solo pasarle un papel.
Mamá aprendió mucho de ella y en lo casa las comidas eran casi repetidas, salvo que la diversión era el sábado y domingo puesto que ella estaba en casa. El resto de los días, bifes a la plancha, verduras hervidas, milanesas.
En épocas de carneada, papá se deleitaba con los codeguines (especie de chorizo que se cocinaba hervido) y papas hervidas con mostaza.
Flanes caseros, arroz con leche, arrollados de dulce y chocolate, todo delicioso y empalagoso, tan nuestro, tan casero.
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
5. ABUNDANCIA
Exceptuando el hogar humilde en que vivíamos, en todo lo demás, diría que había abundancia.
Siempre abrigados, tanto a la hora de dormir como con la vestimenta diaria. Ni hablar de la comida. Mi papá aportaba dinero al hogar para que nada nos faltase.
Mi mamá tenía la obsesión de comprar al por mayor, sabanas, frazadas, toallas, al igual que ropa interior para todos, ni hablar la hora de ir al mercado
No se repetía en la cena la comida del almuerzo. Únicamente los domingos se calentaban a baño María la pastas caseras del mediodía y por la noche repetiamos el menú.
Nunca tuve problemas con la comida, me gustaba todo, menos la sopa, que de igual forma me obligaban a comerla. De postre había fruta, flan casero o arroz con leche.
El desayuno consistía en una terrible taza de café con leche, con bizcochuelo o masitas caseras o pan con manteca o dulce de leche. De igual forma era la merienda.
En mi casa no había galletas del almacén y como a todo niño, cuando iba a la casa de mi tía que vivía a la vuelta, me encantaba comer unos polvorones que compraban en la feria, hechos a base de pura grasa, pero que a mí me fascinaban. No comíamos fiambre, a menos que hubiera matambre casero y con eso nos hacían sándwiches, no faltaba queso fresco y como un ritual, todo tipo de verduras.
Los horarios del almuerzo y de la cena eran estrictos, no se comía a cualquier hora. Todo lo que se ponía en el plato era muy rico y yo no ofrecía resistencia para comerlo. En casa no había alcohol, tomábamos soda para acompañar las comidas. Lo único que no me gustaba era que todo se tomaba natural, no ponían la bebida en la heladera en invierno. Yo aprovechaba para tomar bebida fría en la casa de mi tía.
Nunca íbamos a comer a un restaurante ni a una pizzería. Poco se hablaba en la mesa, no nos dejaban hacer bromas o reírnos por alguna tontería de niños, pero mi hermano y yo teníamos que soportar las discusiones que se desataban en el único momento que compartíamos algo juntos los cuatro.
No sufríamos limitaciones a la hora de comer, se repetía el plato, o las frutas que quisiéramos.
Fui una niña muy bien alimentada
En ese sentido no hubo épocas con altibajos, fueron transcurriendo los años y nada cambió.
En la adolescencia yo seguía comiendo de manera habitual, nunca hice dieta de jovencita, y a pesar de comer bastantes cosas dulces me mantenía delgada.
Pasaron los años y la sopa era lo más odiaba, pero ya no tenía que tomarla, tampoco me gustaba el mondongo, cuando ese era el menú del día yo no comía, era eso o eso, picaba cualquier cosa que hubiera en la heladera o me arreglaba con un rico café con leche sin ningún tipo de problema.
Li (CABA)
4. SABORES DE INFANCIA
Los aromas y los sabores nos llevan de viaje a través de los lugares y el tiempo.
Los chocolates Toblerone que mis papás nos traían cada vez que se escapaban solos al cine tenían un no sé qué. Nunca volvieron a ser tan ricos. Yo los esperaba despierta solamente para saborear uno de esos triangulitos mientras miraba las novelas de Migré que terminaban a la medianoche.
Cómo esperaba el principio de mes, cuando mi abuela cobraba su jubilación y pasaba por Bonafide a comprarse el café Franja Blanca y una bolsita con los bocaditos de chocolate y dulce de leche para mis hermanos y el Nugatón blanco para mí. Ahora los venden en los kioscos, pero nunca volvieron a ser tan sabrosos.
El humo de una parrilla y el olor a carne asada, de alguna manera, me trasladan a los domingos en que mi abuelo con su camiseta blanca nos cocinaba en su casa de Haedo debajo de la higuera. Mientras esperaba que estuviera listo, le robaba higos al vecino para que yo me llevara una bolsita a casa para toda la semana.
En esa misma casa en que disfrutaba del té con Tunitas en las tazas de porcelana verde de mi abuela. Esas galletitas de manteca tamaño miniatura que siempre tenía guardadas en una lata de Terrabusi y compraba especialmente porque me gustaban. ¿Y el té? Era un simple té pero puedo jurar que, en esas tazas y en esa cocina, se preparaba una bebida que no se encontraba en ningún otro lugar del mundo. Sería su amor el ingrediente secreto con el que nadie podía competir.
Con ese mismo amor que horneaba su famosa torta rallada. Horas le llevaba amasar cada bollo. Los dejaba reposar en heladera para luego rallar y rellenar con mermelada de durazno. La masa me parecía espectacular, pero, a pesar de que jamás me gustó ningún tipo de mermelada, nunca me animé a decírselo y me la comía llenándola de halagos. Era tal la ilusión con la que traía su obra a la mesa que yo tomaba varias tazas de té para poder digerir el dulzor que mi paladar rechazaba. Con lo fácil que hubiera sido pedirle que la probara con dulce de leche… ¡Me hubiera chupado los dedos! Murió muchos años después sin haberse enterado de mi secreto y lo que más lamento es no haberle pedido nunca la receta. Hoy daría cualquier cosa por una porción repleta de mermelada de duraznos.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
3. OLORES DE INFANCIA
Comenzaba el día en aquel lugar que tanto me atraía. El gallo había cacareado cerca de la ventana. Los pasos pesados de Nair y Elda -arrastrando las botas de goma- se escuchaban entrando en la cocina. Las voces de ambos acordaban los preparativos de la tarea que les esperaba, los animales habían quedado el día anterior en el corral. En la radio, el noticiero daba cuenta de los fallecidos en la zona. El sol apenas tibio se colaba detrás de las cortinas floreadas. Me quedé un rato más acurrucada en la cama, esperando, atenta a los ruidos que anunciaban el nuevo despertar en aquella casa que -aun pequeña- era nido de tantas vidas en medio de la planicie pampeana. Las voces se habían ido. Después de un rato, noté el ingreso de las botas en el piso de la entrada junto con la charla de la pareja, ambos se deshicieron de ellas y se dirigieron a la cocina. Comenzó a hacerse sentir el trajín junto al ruido metálico de los tachos con la leche recién ordeñada indicando que pronto el líquido estaría calentándose dentro de las grandes ollas. Una sensación placentera invadió todos mis sentidos. Un gustillo dulce inundó mi mente. Me vestí. Después de asearme hice mi entrada en aquel lugar sabiendo los placeres que íntimamente anhelaba. Mi mirada se posó en la morocha cocina donde un fluido etéreo sobrevolaba la superficie de las ollas.
-Buen día, ¿cómo dormiste? En un ratito va a estar el café con leche.
Buen día, tía –contesté.
-Estás de suerte, ayer hice dulce de leche –le escuché decir. Mis papilas gustativas comenzaron a activarse y todo mi ser se anticipaba a lo que, se me ocurría, sería el mejor banquete que pudiese tener -En la heladera hay manteca y crema. Llevala a la mesa –siguió diciendo mi tía- El pan de molde está en la bolsa al costado del aparador.
Las voces de mis primos se fueron acercando. Todos fueron haciendo su ingreso buscando un lugarcito alrededor de la mesa.
Terminé de disponer los utensilios y los alimentos. Me acomodé en uno de los lugares y me dispuse a recibir aquellos manjares a los cuales estaba acostumbrada en cada ocasión que los visitaba. Comenzó a circular la taza grande, enlozada, de café con leche acompañada, con rebanadas generosas de pan de molde, untadas con crema y dulce de leche. Mis sensaciones organolépticas de aquellos alimentos eran de un total agrado y disfrute. A lo largo de la vida recordaré, esos momentos, cada vez que me refiera a placeres.
El tiempo transcurrió. Habían pasado unos cuantos meses cuando volví a visitar a mis tíos. Al despertarme esperé el ritual habitual. La luz del día llegó junto con el quiquiriquí. Sin embargo, yo esperaba algunos ruidos que no llegaban. Los minutos fueron corriendo y mis oídos solo percibían la radio con el noticiero en el dormitorio de mis tíos. Los sentí pasar al baño y a la cocina. Estaba desconcertada. Me levanté e hice mi entrada en la cocina. De manera habitual recibí el saludo amoroso de los tíos que, charla por medio, sorbían un mate. Sobre la hornalla solo estaba la pava.
-Ya te preparo el desayuno, sobrina – dijo mi tía
- Está bien, tía – contesté.
- Alcanzame la leche en polvo que está en el aparador –escuché-, en la heladera hay dulce de ciruela,ponelo en la mesa.
Nunca, ninguno de los tíos supo el desconcierto que sentí ese día. La magia estaba rota. Aun así seguí disfrutando todos los años que la vida le dio, el saludo de Nair cuando me veía y con sus grandes manos apretaba mis cachetes para darme un beso en la mejilla y decirme algo que me hiciera sentir dichosa.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
2. UNA SEÑORA MUY CREATIVA
Mi mamá tenía sus especialidades. El arroz a la cubana, la delicia de todos los chicos de la familia, que cuando venían a casa lo pedían. Los buñuelos fritos bañados en azúcar, redondos, perfectos, dorados. Para los cumpleaños, las torres de bolitas dulces bañadas en miel, la torta de crema moka, la torta de cumpleaños con decoraciones de lo más variadas hechas con obleas, crema y confites. No solo para nuestros cumpleaños, si no también para los de mis primos.
Los domingos, los tallarines amasados en la pastalinda desde bien temprano, acompañados con un tuco con estofado, ¡si era de peceto, mejor!
A la bolognesa no le podía faltar un chorizo mezclado en la carne picada para saborearla mejor.
Las salchichas cortadas al medio a lo largo, pasadas por huevo y pan y luego fritas que quedaban hechas un rulito eran un clásico de la casa. La ensalada de cebolla y naranjas para acompañar el asado, que nos parecía tan normal, con el tiempo descubrimos que poca gente la conocía.
El puré tenía variantes. Decorado con formas de caras, de autos, de flores y si no ,simplemente uno de papas bien blando espolvoreado con azúcar.
La ensalada de ave con mayonesa casera y los huevos rellenos no podía faltar en las fiestas de Navidad o Año Nuevo.
A la tarde, la chocolatada con pan con manteca y azúcar o las criollitas con dulce de leche. La polenta los jueves, cuando papá se iba al asado con sus amigos; las milanesas al mediodía cuando volvíamos de la escuela. Los fideos con manteca y queso más ricos que he comido; el puchero y la sopa de cabello de ángel que se hacía con el caldo; los bizcochuelos una tarde cualquiera. El “chupipase”, un café en jarro con la borra en el fondo y bombilla, que nos íbamos pasando de mano en mano mientras mirábamos una película.
En mi casa vivía una señora que tenía mucha creatividad, pero yo durante mucho tiempo no me di cuenta. Cada comida guarda en mi memoria momentos compartidos, más o menos especiales, pero que notablemente se han grabado en mi alma a través de aromas y sabores que se gestaban en la cocina de mi casa con las mágicas manos de mi mamá.
Elena Eudoni (La Plata, Buenos Aires)
1. PASIÓN POR LA COMIDA
Mi abuela siempre me contaba una anécdota: de bebé yo era llorona. Un día lloraba con energía y bronca, y mi mamá se asustó porque me puse roja. Mi abuela le dijo: ¿Me dejás a mí? Fue hasta la cocina, me preparó una mamadera con avena y leche y me la tomé toda. Dice que me calmé y ella fue feliz por lo que había logrado.
Cuando mi hermano era muy chiquito había comido un guiso de lentejas, y le cayó tan mal que, según mi mamá, eso le ocasionó una convulsión. Se asustaron tanto que mi abuelo le ayudó a pagar un buen médico que había en la zona y este le enseñó a hacer comidas sanas. Nunca más coca cola, ni chocolate ni alimentos grasosos. Mi mamá nos compraba el chocolatín Jack, ella se comía el chocolate, y nosotros nos quedábamos contentos con los muñequitos. Nunca le hacíamos problema ni éramos caprichosos. Recuerdo que, todo lo que servía en la mesa, aunque no me gustara, lo comía. No me amenazaban, simplemente yo lo hacía. Los zapallitos rellenos, por ejemplo, era una comida que no me gustaba para nada, pero era muy obediente y los comía igual. Lo mismo me pasaba con el mate cocido, que tenía nata y me daba náuseas. Otra cosa que recuerdo es lo que me gustaban los ravioles de los domingos. Eso sí, terminaba el plato y me comía una flautita entera, era un placer que me permitían por ser un día feriado. Comía de todo y era muy flaquita. Lo hacía despacio y siempre me guardaba lo más rico para el final, pero a veces mi mamá o mi hermano me lo robaban del plato, y yo me ponía a llorar con bronca.
Siempre me gustó comer. En la adolescencia estaba mucho sola en mi casa porque mi mamá andaba por los ministerios haciendo trámites para la institución. Todos los días me comía en el colegio una berlinesa con dulce de leche. Llegaba a casa al mediodía y no había nada, no recuerdo bien qué me hacía, y casi todas las tardes me compraba un chocolate con maní para mirar la tele. Así engordé. Unos amigos me decían la gorda. Me encantaban los ñoquis y estofados de mi abuela. Ella vivía sola y no tenía control. A veces nos esperaba con cornalitos fritos o choripán. Y yo arremetía con todo.
En mi familia éramos cuatro, y cuando mamá hacía pizzas nos comíamos una entera cada uno. Nos comíamos dos kilos de milanesas cada sábado. Y el manjar de mi adolescencia fue el pollo con papas. Mamá hacía dos pollos enormes con un kilo de papas. Mi hermano era muy glotón. Comía rápido y se atragantaba. Mi mamá comía con ansiedad, cocinaba tan rico que nunca se desperdiciaba nada. Realmente lo hacíamos con mucho placer.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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