Desilusión

 


 14. LA MUJER QUE YO QUIERO NO NECESITA

Adolescente en los años 70, hija de italianos, de madre católica culposa y culpadora, a nadie extrañará que declare honestamente que cuidé mi himen a capa y espada hasta la noche de bodas. 

La virginidad en dicho contexto era un valor imprescindible. 

Mi madre habló abiertamente conmigo con un año de anticipación a mi menarca.   

Para ella que la había tenido a la misma edad en que la tuve yo, once años, había sido un suceso traumático pues a pesar de ser la menor de cuatro hermanas nadie la había prevenido.

Mamá se asustó muchísimo pues pensó que estaba gravemente enferma. 

Por esa razón agradezco su cuidado al contármelo. 

Claro que esa actitud precavida vino acompañada de consejos referentes a mi comportamiento a futuro con respecto al sexo opuesto. 

"Los hombres solo quieren una cosa", "pájaro que comió voló", "los maridos valoran a una mujer que no fue usada antes". Estas, entre muchas otras, eran las frases que me acompañaron día a día.  Atravesando un noviazgo de cinco años, en ocasiones realmente se me hacía todo un sacrificio detener manos y ardores carnales. 

Tenía claro que era un "pecado mortal" digno del extremo infierno sucumbir ante la pasión y huía de la situación como podía.  

Las mujeres que no lograban evitarlo eran mal vistas y daban motivo a habladurías.

Lamentablemente en esa época no tan lejana, dentro de mi clase social, se las consideraba "deshonradas". 

Muchas ya habían comenzado a despegar de tales conceptos arcaicos, pero yo no me sentía mínimamente habilitada para hacer tal cosa.

Así que habiendo llegado a la cama nupcial cierto orgullo me embargaba consciente de haber ganado varias batallas a mi propio instinto y al de mi novio. 

Pasados unos meses recibimos la invitación para el casamiento de una compañera de trabajo que ya tenía un hijo fruto de una pareja anterior. 

Me ganó cierta vanidad y haciéndome la gran cosa le hice notar a mi flamante marido la suerte que había tenido al casarse con una mujer virgen. 

Una gran decepción, mezcla de estupidez y vergüenza, me invadió con su respuesta.

"Eso no tiene ninguna importancia, hay cosas más valiosas en una mujer que un himen intacto"  

O sea, me pareció escuchar a Serrat " La mujer que yo quiero no necesita..."

Tenía toda la razón, lo acepto, sin embargo, cuando reviso nuestra historia marital encuentro muchas pequeñas decepciones por las que el poco tacto de mi esposo me fue alejando de él. 

Es un buen hombre muy técnico, directo, con rasgos de autismo a veces, digo yo. 

Manifiesta las cosas sin anestesia.

Pero bueno, también es cierto que en algunas oportunidades, yo me decepciono con  facilidad 

 Melinna Trigo (CABA)

 

13. EL RECITAL

Corría el 2015. Ese  año yo tenía acumulados muchos puntos en el sistema de Claro, que se podían canjear por dos  entradas al recital del grupo Tan Biónica. La fecha que conseguí para el show, justo era el día que llegaba Anna del viaje de séptimo grado a Villa Carlos Paz. Ya habíamos visto que la iba a buscar al colegio y tenía tiempo para dejar las valijas en casa y llegar al recital en el espacio Samsung. Todo a pocas cuadras de casa. Mi hija estaba super emocionada por el viaje a Córdoba y por el recital. Tan Biónica era una de sus bandas favoritas y estaba encantada de verlo a Chano en persona.  A mí también me gusta el grupo, pero mi ilusión era llevarla a la nena y por entonces era una bendición conseguir las entradas de canje, ya que no me alcanzaba el dinero para comprarlas.

Cuando se acercaba la fecha, implicaba el tema del viaje de graduados de primaria y la sensación extraña de estar separada de mi hija una semana por primera vez. Cuando fui a despedirla, vi que los coordinadores de la empresa eran muy simpáticos y muy jovencitos. Especialmente uno de ellos me dio la sensación de que no tenía ni dieciocho años. Le consulté si era mayor de edad un poco en broma, un poco en serio y me dijo que tenía veintitrés años y era profesor de educación física. Por suerte una de las madres designadas para acompañarlos en el viaje era muy comunicativa y nos tenía al tanto todos los días de las novedades. La semana pasó muy rápido. Una de las cosas que me preocupaba era la logística de buscar a mi hija al colegio, traer las valijas a casa y salir para el recital. Un par de días antes del regreso de Anna, ocurrió algo inesperado. Chano tuvo un accidente automovilístico y se suspendió el recital. Adiós todo los planes y la ilusión de conocer al artista favorito de mi hija. Suponíamos que se iba a suspender hasta que se repusiera el cantante y que se iba a reprogramar la función.

No fue así. Sucedió que los músicos, aparte del accidente de Chano, se pelearon y se disolvió el grupo. Oficialmente recién al año siguiente lo anunciaron. Que bajón la noticia ...aparte de que mi hija venía a casa después de una semana disfrutando su viaje de egresada y triste de volver a la rutina. Además, se agregó la separación de Tan Biónica.

Pasaron muchos acontecimientos intensos en la vida de Chano y recién el año pasado, marzo 2023 se unieron otra vez con la banda para nuevos  conciertos en el país y en el exterior. Tal vez en algún momento podamos ir a uno de ellos y recuperar los planes del año 2015.

Rosana L. (CABA)

 

12. LUZ FEA

La ilusión es parte de la infancia, ya que la imaginación supera ampliamente la realidad.

A medida que las persona crecemos, dejamos de lado este estado, nos convertimos en seres realistas. Excelente logro desde el punto de vista del Budismo, cuando nos desilusionamos, damos paso a una percepción real.

Transitaba los cuatros años, cuando me acosté con la gran ilusión de que esa noche llegarían los Reyes Magos. No fue así, ni recuerdo el pretexto de mis padres, quienes continuaron alimentando ese engaño unos días más.

Me calmé y seguí esperando el tan ansiado regalo.

A los dos o tres días llegó mi padre del pueblo con un gran paquete que los señores Reyes habían dejado en casa de una tía dado que les había resultado imposible llegar hasta el campo.

La tía en cuestión, Micaela, tenía una casa de artículos de iluminación.

Rasgué con ansiedad el envoltorio que dio lugar a un velador, tan feo como mi expresión.

Qué dolor en el alma provocan las desilusiones, la mente atrevida juega con nosotros.

Por suerte o curiosidad impuesta por mi interés en crecer, dejé de lado las ilusiones desde muy temprana edad.

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

11. INCERTIDUMBRE

Creo que los adultos nos desilusionamos con facilidad y eso ocurre porque esperamos demasiado de las personas. En oportunidades, pretendemos que los otros piensen y actúen según nuestro propio criterio.

Nos creemos los dueños de la verdad sin darnos cuenta de que todas las opiniones son válidas y respetables.A lo largo de mi vida no sufrí demasiadas  desilusiones, pero las que experimenté impactaron fuertemente en mí. Nunca más pude dejar de sentir esa profunda tristeza, que de vez en cuando aflora en mí cada vez que las revivo con el pensamiento. Me refiero a las situaciones con mi hijo Ema, fueron muchos años de profunda  incertidumbre. Hoy las cosas son diferentes, la situación se encaminó para bien, sin embargo, no logro dejar de sentir esa sensación de desilusión y no es él justamente quien me la provoca, sino mi propio cargo de conciencia, por no haber tenido la capacidad de parar a tiempo las cosas, evitando tantos años de angustia.

El alejamiento de Cristina, mi amiga de toda la vida, también es algo que todavía no puedo comprender, posiblemente esto me ocurre porque, en realidad, nunca descubrí qué ocasionó la ruptura.

No descarto que alguna reacción mía la pudo haber ofendido, provocando su alejamiento. Soy consciente de que una amistad obligada no funciona, solo  intenté saber los motivos, yo respetaba su decisión de romper definitivamente con nuestra amistad, solo necesitaba un acercamiento, para escuchar sus razones, pedirle disculpas o aclararle mi intención, pero su negativa rotunda truncó toda posibilidad. Y así quedó una amistad de más de setenta años flotando en la incertidumbre, con el sabor amargo que deja la desilusión, de no saber el porqué

 Li (CABA)

 

10. NO TE ILUSIONES

Lo intentaron todas las veces posibles, los motivos muchos y variados; el fin, dejarme en claro como funcionaban las cosas y quién era el dueño de las decisiones. No te ilusiones, me decían, hacer el secundario es tiempo perdido, cuando te cases no te servirá de nada. No te ilusiones con soñar ir al baile, sabés que si yo no te acompaño, con otras personas tu papá no quiere que vayas. Esta noche, me prometió mi papá, te voy a llevar al baile de carnaval, pero no te ilusiones con quedarte hasta el final y tampoco pienses que van a ser todas las noches, solo un rato y volvemos.

No te ilusiones, frase recurrente cuyo único fin era dejarme en claro que las alegrías y los permitidos en mi vida eran circunstanciales. Yo no podía comprender qué extraño egoísmo los llevaba a pincharme el globo, sin siquiera haberlo inflado. Pudieron opacarme infinidad   de momentos maravillosos, pero no lograron contaminar mi esencia, esa que guardé celosamente  para que con los años brillase con luz propia iluminando el camino de mis ilusiones, esas que me pertenecían como derecho propio.

 Li (CABA)

9. UNA LARGA ESPERA

Lo amaba tanto como él a mí. Y sin embargo no alcanzaba. Nada era suficiente para que mi corazón se sintiera feliz. Al principio todo era color de rosa. Los proyectos inundaban la vida de adrenalina, miles de sueños a concretarse, el futuro que todo lo deparaba. Dos años después de casarnos comenzamos a soñar con agrandar la familia.

Una familia que naciera para dar paso a una vida más plena. Los días formaron meses y estos llegaron a ser años. Las miradas curiosas se sumaron a las preguntas indiscretas. Familiares, amigos y conocidos se sentían con el derecho a opinar, sugerir, aconsejar. El hielo se apoderó de nuestras almas y el silencio de nuestra casa. Bastaba mirarnos a los ojos para que se llenaran de lágrimas. Cientos de hojas de almanaque con círculos que señalaban cada mes de frustración. Las visitas al obstetra que albergaban la esperanza de una solución mágica para nuestra angustia. Nada valió la pena porque en realidad no había nada que impidiera que nos convirtiéramos en padres. Simplemente el bebé no llegaba. Yo comencé a creer que un juzgado podía regalarnos lo que la naturaleza parecía negarnos. Él no concebía atravesar ese camino. Prejuicios, quizás. Inseguridad personal, tal vez. Esencialmente miedo. Miedo a no saber dar respuestas. Miedo a no poder escuchar las preguntas. Miedo de no poder enfrentar el futuro incierto de una búsqueda de raíces para la que no estaba preparado. Su respuesta fue contundente.

-No voy a soportar que un día me diga que no soy su papá.

Contra eso yo no podía hacer nada. La adopción no era el camino.

A medida que coleccionaba tests de embarazo fallidos, iba renunciando a mi sueño más anhelado.

Intentábamos seguir con nuestra vida, pero mi sonrisa comenzaba a apagarse. Su alegría a desvanecerse. Nuestra paciencia a agotarse. Ya no tolerábamos las preguntas curiosas ni los consejos bienintencionados. Sólo yo sabía el vacío que me acompañaba cada minuto de mi vida, lo que significaba cada mancha roja todos los meses y la ansiedad hasta el mes siguiente.

No había motivación para levantarme cada día, ni proyecto que me entusiasmara, ni la sonrisa de esos hijos prestados que me esperaban cada mañana en la escuela lograban poner paz en mi mente. Como si entendieran la tormenta que me atravesaba me mimaban como ningún otro grupo de alumnos lo había hecho antes. Regalos, flores, dibujitos…sólo eran remansos para tanto pesar. Comencé terapia buscando, al menos, resignación.

Agosto de 1995. Llegamos a San Ramón Nonato siguiendo una fe a la que nos aferramos con uñas y dientes. Largas filas de embarazadas y familias con niños eran cada mes un puñal al corazón. También estábamos los otros. Los que aún no habíamos sido bendecidos por la vida y rogábamos por una bendición(bendición repetido) del sacerdote para que algún día se concretara. Así durante un año, cada último día de mes. Los dos tomados de la mano y mis ojos inundados de lágrimas pidiendo al santo de las embarazadas que nosotros también pudiéramos cambiar de fila.

Durante una semana completa, de cada uno de todos esos meses, rezábamos juntos la novena que la estampita nos ofrecía.

Mes tras mes la maldita mancha roja se empeñaba en afianzar nuestra infelicidad y en demostrarnos que el milagro era imposible.

Un día frío de agosto, por primera vez, las dos rayitas del test, borraron de un manotazo cada una de las lágrimas derramadas durante todo ese tiempo para darle paso a la ilusión más grande y a la vez más pequeña de la vida.

Hecha un ovillito, en el fondo de mi alma y de mi vientre, esa ilusión chiquitita crecía y se hacía inmensa abarcando cada uno de nuestros pensamientos y emociones.

Aprovechamos el cumpleaños de César para compartir la noticia. Un sobre con el resultado del análisis en manos de las flamantes abuelas hizo estallar a los presentes en un mar de gritos y abrazos. La noticia inundó de felicidad a familia y amigos, casi tanto como a nosotros.

Esa plenitud duró pocos días. Otra vez manchas inesperadas amenazaban con robarnos lo que más queríamos en el mundo.

Juan Pablo, María Eugenia, Julieta, Fernando, Florencia.

Muchos posibles nombres para tanta incertidumbre…

31 de agosto de 1996. Menos de veinte días desde la noticia.

Él, solo con su alma, llegó a San Ramón y se colocó en la fila de las embarazadas a pedir por esa panza que yo me dediqué a cuidar más que a mi propia vida. Así mes tras mes. Traía la estampita bendecida a la que con ilusión volvíamos a rezarle.

 Seis meses de reposo absoluto lleno de sobresaltos y miedo extremo que culminó tres meses después, un diez de mayo de 1997 con el nacimiento de nuestra hija, sana y hermosa. Nada de lo vivido anteriormente importó. Cada temor, cada desilusión, cada noche sin dormir, valieron la pena cuando, por fin, esa manito se agarró a la mía con la misma fuerza que se había aferrado todo ese tiempo a la vida.

31 de agosto de 1997. Flor con sus papás, llegó a San Ramón para recibir por primera vez su bendición en la fila de las familias felices. Desde los altoparlantes escuchamos las palabras de agradecimiento que yo había escrito y enviado por correo un par de meses antes, contando nuestro testimonio de fe. Entre los muchos que se leían en cada festividad… ¿Casualmente? El mío fue elegido al azar justo para esa celebración.

Mis ojos se inundaron de emoción al escucharlas, como ocurre aún hoy, cada 31 de agosto, en que, cada año, acudimos tomados de la mano a agradecerle a nuestro santo milagroso por la vida de nuestra hija.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

8. MIS PRIMOS

Hace mucho que no veo a mis primos. No sé bien qué pasa que no vienen a mi casa ni yo voy a la de ellos.

Viven enfrente de la casa de mis abuelos. Cuando voy de visita, bajo de la estanciera de mi abuelo, miro desde la vereda y los veo jugar en el parque. Corren hasta el portón y me saludan con la mano.

Mi abuela abre la puerta y me saluda con cariño. Mira hacia enfrente con tristeza y agita también la mano.

Tengo ganas de jugar con ellos, pero mis abuelos me responden:“ Otro día”, y se miran raro. Siempre igual.

Hoy cumple ocho años mi primo Darío. Me desperté feliz porque seguro que hoy sí lo voy a visitar.

Es raro que pasen las horas y mamá no me mande a bañar para prepararme.

Acaba de llegar mi abuelo. El ruido del motor de la estanciera lo reconozco de lejos. Seguro que me viene a buscar para ir al cumple. Corro a la ducha, me baño rápido y salgo corriendo a mi habitación. Aunque mi pelo todavía está chorreando  igual me pongo enseguida el vestido rosa de pasear. Está arrugado pero no me importa. Le voy a pedir a mamá que me desenrede el cabello. Camino hacia la cocina y la escucho discutir con el abuelo. No entiendo qué dicen, pero siento que nada bueno.

-¿Entonces no la puedo llevar ni un ratito?- pregunta con pena mi abuelo.

- No- dice con firmeza mi mamá.

La puerta se cierra bruscamente y mi abuelo se va. Me asomo por la ventana de mi cuarto y lo veo caminar despacio con la cabeza baja por el interminable pasillo hacia la calle.

Me tiro en mi cama. Odio a mi mamá. Me llama a cenar y no le contesto.

Me desvisto. Tiro el vestido al piso y me tapo hasta la cabeza con el cubrecamas.

Mamá vuelve a llamar. Abre la puerta. Cree que estoy dormida. A través de la oscuridad puedo ver que sus ojos están tan enrojecidos como los míos. Se lo merece.

Mis ojos están más mojados que mi pelo y mi corazón tiene más arrugas que mi vestido.

Estoy segura de que este día no lo voy a olvidar jamás.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

7. ME DESILUSIONÉ DE MÍ

Nunca supe bien la diferencia entre desilusión y decepción. Una suena más idílica...la otra más rotunda...tal vez.

Hace muchos años tuve una gran desilusión: me di cuenta de que nada era como yo lo esperaba.

Me desilusioné de mí. Y ese sentimiento lo arrastré por mucho tiempo.

Cuando esperaba del otro la respuesta que yo hubiese dado; cuando hacía lo que creía que recibiría alguna vez; cuando sufría como una condenada porque el mundo se me había caído encima y para los demás era solo un grano de arena; cuando la mente no paraba con pensamientos recurrentes,  consciente de que debía frenar y no lo hacía... Me desilusioné de mi incapacidad de cambio.

Creí que mi versión era otra, pero no, era esa. 

A punto de llegar a la decepción, comencé a salir del capullo de manera tardía muy despacio, confusa y a veces perdida entre miles ...

Estuve triste, apesadumbrada, incrédula.

Sentí que iba a contracorriente de todo.

Con el tiempo y, un poco en el ahora, descubrí que haberme desilusionado me abría caminos diferentes y empecé a verme nueva. Lo único que me da nostalgia es el tiempo que tardé en darme cuenta de que, a pesar de todo, me gustaba como era. Como soy.

Ya no espero nada de nadie ni dejo que mis pensamientos recurrentes me dominen. El resto viene solo a mi encuentro sin ninguna decepción.

Gabriela Potenza (CABA)

 

6. EL ENGAÑO

Nos conocimos hace dos meses, casi por casualidad.

Llegó en moto y cuando se sacó el casco una abundante cabellera negra enrulada cayó sobre su frente; él la acomodó rápidamente con una gomita.

Me encantó su simpatía, su frescura, su modo insolente.

Me saludó con un beso. “ ¡Hola! Soy Fabio” , dijo, mientras clavaba en mí esos ojazos enormes a los que les faltaba solo hablar.

Su sonrisa dejó al descubierto unos dientes blancos y bien parejos.

Hizo las preguntas básicas que se hacen siempre(o básicas o que se hacen siempre) “¿De dónde sos?”, “¿A qué te dedicás?”.

Debo reconocer que yo estaba algo ansiosa, pero me mostré cautelosa, las experiencias anteriores no habían sido buenas y en ese momento vinieron a mi mente cual recordatorio indispensable para evitar que repitiera los mismos errores.

Desde ese día nos hemos visto solo(solo?) dos veces por semana.

Se ha desvestido en cada oportunidad con la misma gracia y estilo.

Toca su cuerpo tan seductoramente como si lo acariciara y me ha enseñado, o más bien me ha exigido, que yo haga lo mismo con el mío.

Fabio mueve su pelvis como lo hacía Sandro en sus inicios y pretende que yo lo haga igual, parece no entender que su juventud no es la mía…

Pero, si a él no le importan mis años …. ¡a mí, menos! …

¡Nuestros cuerpos transpirados no tienen edad!

Debo admitir que me siento mucho más joven a su lado y eso me gusta; puedo saltar, correr, gritar, todo al mismo tiempo, como cuando tenía veinte o treinta años, y lo hago bajo su atenta mirada voyeurista….

Cada vez que me nombra me da seguridad. Me reconoce, sabe quién soy y lo que puedo dar. Tenerlo cerca me hace temblar y aunque parezca una locura, creo que a él le pasa lo mismo; siento que me provoca en cada encuentro.

Ya me pidió varias veces “¡Cásate conmigo!”, me lo grita mirándome a los ojos, bueno, en realidad, lo canta junto a Nicky Jam…

Hasta ahora todo había sido maravilloso, pero esta última semana algo cambió; algo que me hizo observarlo detenidamente y con más calma.

Pude darme cuenta entonces de que les ha pedido casamiento a unas cuantas mujeres más, que también se para al lado de ellas y les sonríe mientras estira sus brazos y les toca su espalda para corregirlas como viene haciendo con Silvia y su hija Cinthia desde el lunes pasado, incluso ¡ya sabe sus nombres!…

Descubrí que no soy la única mujer en la vida de Fabio, somos más de veinte.

¡Qué desilusión! ¡Otra vez fui engañada!

Otra vez tendré que cambiar de gimnasio.

Otra vez tendré que dejar zumba, con lo divertido que son las coreografías al son de la música caribeña ..…

El próximo intento será con pilates …. ¡basta de ritmos latinos!

 Mágico Abril (CABA)



 5. EL OTRO, NO SÉ

Las cosas fueron pasando de a poco y luego del domingo, con los resultados de los partidos, es factible hacer una reflexión sobre el tema. El cumple de ochenta años de mi viejo fue la primera vez que me sentí fuera de la familia de base. Pedí por favor que el festejo (un asado en la casa materna-paterna) se hiciera un domingo ya que mis hijos en ese entonces jugaban Handball en la UBA y los sábados estaban dedicados en cuerpo y alma a esa actividad, deportiva y familiar. Además, recuerdo que se jugaba algo importante -subida de categoría, salir campeones- por lo que mis chicos no estaban dispuestos a dejar de lado las obligaciones con su club. Mi hermano me respondió que él solo podía el sábado. Tema cerrado. Obvio, no fuimos: estábamos en Ciudad Universitaria. En la semana, me contó mi mamá que había ido parte de la familia de Mónica, la señora de mi hermano. Mi papá estaba contento y eso era lo importante.

Mi hermana se casó por civil y no me invitó a mí. Lo supe por mis hijos que en ese entonces aún sostenían una relación con la tía por la cual yo protestaba. Mi hermana le había jurado y perjurado a Sebastián que el departamento que hoy ocupan mis padres, sobre Avenida Corrientes casi Lambaré, quedaría para él. Yo le decía que tuviera cuidado con las falsas promesas. Él se enojaba conmigo, claro. Con el tiempo se tomó el tiempo de hacerle saber que se lo dejaría a su sobrina, la hija de mi hermano. A Sebastián se le cayó una ídola.

Cuando la hecatombe del terreno que compré para que mis viejos siguieran teniendo su huerta, mi hermana, con su índice acusador, me señaló con gusto en más de una oportunidad como si yo fuera asesina serial, ladrona de leche infantil o vendedora de armas.

Así lo recuerdo. Ambos hermanos me mostraron la cara oculta de cada uno de ellos. Para mi felicidad, separarme de ellos -en cuanto a la relación de hermanos- me ha otorgado mucha paz.

Hablamos -es una forma de decir- cuando los papis necesitan compañía para algún trámite médico. Nada más.

 Edith Oxilia (CABA)

4. ¿MI CUMPLEAÑOS?

En el año 1977 cumplí quince años. Con la emoción que eso significa. Sin la posibilidad de hacer ningún tipo de reunión, ni con la familia (tíos, primos, abuela), ni con amigas. Con la promesa incierta de una camisa escocesa que no se materializó ni en tiempo ni en forma. No se podía. La cosa estaba difícil. Tenía que saber entender. No se usaba el no festejo de cumpleaños en esa época. Los padres de  algunas compañeras de la escuela hasta vendieron los autos para cumplir con ese evento familiar, vecinal, universal. Quedé afuera de varias fiestas porque tenía una blusa de guipur que me había hecho mi mamá con mucho muchísimo sacrificio. Solamente la blusa. Dependía de alguna compañera que pudiera prestarme la pollera larga porque entonces se solía vestir de largo. Hubo una suerte de aceptación triste por mi parte de la modalidad que me tocaba vivir. No se puede escapar de la circunstancia, parecía decirme mi destino.

Al año siguiente y para “pagar” de algún modo esta falta de fiesta de cumpleaños, decidieron unívocamente mis padres realizar la fiesta de dieciséis. Mucho tiempo después aprendería que en los EEUU es la fiesta que se celebra para las señoritas. ¿Los invitados? Los amigos/conocidos de mis padres. No pude invitar a ninguna amiga de la escuela. Sé que estuve muy engripada para esa fecha. Sé que estaban mis tías Nelly y Manuela, que ambas se me tiraban encima como moscas de verano bien pesadas. Concurso de tías. La del medio era yo. Tipo jamón entre dos panes. Recuerdo que hicieron una mesa larga con la ayuda de los vecinos que prestaron tablones, cubiertos y platos y vasos. Como que cada uno debió traer los elementos para la cena. Recuerdo discutir con mamá porque ella quería invitar a una familia vecina con hijos adolescentes para que las chicas bailáramos. Le quité la idea de cuajo. A veces miro las fotos y no me puedo acordar qué comí, qué pasó en el cumple. Nada. 

Edith Oxilia (CABA)

 

3.  NO ME ILUSIONO

Considero que cuando somos adultos, más que desilusiones sufrimos decepciones. Esto es lo que siento.

¿Será que la desilusión y la decepción van de la mano?

Asocio la ilusión a una emoción que nace de una fantasía, de un deseo que queremos se cumpla, y que más de una vez, se trata de un deseo que idealizamos. Por eso me cuesta definir o identificar las desilusiones en estos años como adulta, pues no me resulta algo común ilusionarme ya que los años me hacen ver las cosas de una manera más concreta y real, por lo tanto al no haber demasiadas ilusiones, no hay desilusión.

Pienso qué situaciones específicas me causaron desilusión.¿Planear algo, una salida, un cumpleaños, y que no resultara como esperaba? ¿Ver una obra de teatro con ciertas expectativas y que no me gustara?

Respecto al entorno, a mí las personas no me desilusionan, sino que, cuando me fallan o tienen un comportamiento que me afecta,  me decepcionan. No me ilusiono pensando cómo es esa persona, tomo lo concreto porque ilusionarse es magnificar.

Sinceramente creo, en mi caso,  no me pesan tanto las desilusiones porque a través de los años no me vuelco a (quizá “no me permito”) ilusionarme demasiado.

                                              Claudia (CABA)

 

2. EL NENUCO

Las desilusiones en la infancia…  Supongo que  es habitual ocurran mientras atravesamos esos años. La ilusión es casi permanente en los niños, por su cumpleaños, por la llegada de Papá Noel, por una salida en el fin de semana.

Hubo dos situaciones que fueron las mayores desilusiones que he tenido.

Vivíamos en el barrio de Paternal. Teníamos como costumbre comer pizza los sábados por la noche, la pizzería en la que comprábamos se encontraba a unas cinco o seis cuadras de casa. 

Yo acompañaba a papá y mientras esperábamos, caminaba por las veredas cercanas para distraerme. En la misma cuadra había una panadería que tenía en su vidriera algunos juguetes, entre ellos un televisor que mostraba distintas imágenes infantiles que pasaban una detrás de otra y se repetían al llegar a la última.

Me quedaba como diría el tango con “la ñata contra el vidrio” mirando embelesada algo que, para mí, sería un tesoro si lo hubiera tenido.

No recuerdo si habrán pasado un par de días o algunas semanas, en que fuimos a la panadería con papá, quien preguntó si el televisor estaba a la venta. La dueña de la panadería dijo que no, que esos juguetes solo se mostraban como adornos. No sé qué cara habré puesto, pero sí sé que fue una de las primeras desilusiones que tuve a mis cinco o seis años.

Aunque hubo otra peor. Durante todo un año, estuve pidiendo un muñeco, el Nenuco. Se trataba de unos bebotes, de distintos tamaños vestidos con ropitas de color celeste o rosa, pelo rubio y chupete. Me gustaban tanto que había recortado imágenes que salían como propaganda en la revista Anteojito y jugaba con ellas.

Cuando llegó fin de año, para Reyes hice la cartita correspondiente, pegando en la misma tres de esas figuras, aclarando que yo me conformaba con el que pudieran traerme como regalo, aunque fuera el más pequeño.

Llegó el ansiado día. Me levanté, fui feliz hacia el árbol de Navidad pero mis papás me dijeron que el regalo estaba en el patio.

Los Reyes me habían traído una bicicleta…

En cuanto a las desilusiones que pude haber sufrido en mi adolescencia, creo que sería imposible contar una específica. A modo general, debo haberme desilusionado por si ningún chico me elegía para bailar; si me compraba ropa que nunca me quedaba como había pensado. Desilusionarme viendo que compañeras que no eran quizá más lindas que yo conseguían tener novio, viendo que no era yo quien  tenía notas demasiado altas para poder figurar en el cuadro de honor. O que la que se decía ser mi mejor amiga no era tal.

Sin embargo, sobreviví a esas experiencias. Deben haberme afectado en esos momentos, pero las tomé como un proceso propio de la adolescencia.

A veces pienso, qué distintas se ven las cosas con el paso de los años ¿verdad?

                                                                                                     Claudia (CABA)

 

 

 

1. MI NUEVO HOGAR

En los comienzos del año 2022, mi hija, mi yerno y yo conversamos la idea de construir arriba de su casa las habitaciones de los nenes y un monoambiente para mí. Se nos ocurrió casi al mismo tiempo: un día, llamé por teléfono a Dalila y le hice la propuesta. En ese preciso instante ella me dijo: ¿Vos sabés que José pensó lo mismo?  Mi exmarido y yo hicimos un acuerdo de palabra: compró mi parte del departamento y la parte de Dalila. Y en mayo de ese año comenzó la ilusión.

Podés hacer tu casa como quieras, el estilo que quieras, me dijo mi hija. Se fue levantando la estructura. Compré cerámicas, pisos y puertas. Le dije a mi yerno que me gustaba el techo de troncos y me lo hizo con sus propias manos. La torre, como yo la nombro, iba creciendo. Es muy pequeña, pero yo no necesito más. No soy una persona que acumule cosas, que me llene de muebles o adornos. Hay espacio para plantas y desde arriba se ve la vegetación de todo el barrio. Se entra por una puerta enorme y tiene una ventana doble por donde se asoma el sol de la mañana. Bajo esa ventana pondría un anafe y una mesita con sillas. Pegado a esa mini-cocina está la escalera que lleva a un entrepiso donde pondría mi cama, un roperito y por supuesto la tele. Ahí arriba, hay un ventanal y un balcón pequeño. El baño es bastante grande y se encuentra por debajo del entrepiso… Pero la nueva crisis económica de este bendito país, hizo que nuestro sueño quedara trunco.

La casa de mi hija es un PH al fondo. Todos los días, cuando voy caminando por el pasillo, veo mi torre. Siempre visualizo cómo quedaría terminada. Me imagino sentada a la mesa, con mi termo y mi mate y toda esa luz que entra por la ventana. Me imagino las vocecitas de los nenes que seguramente me golpearían la puerta para saludarme. Más de una vez alguno de ellos se quedaría a dormir. Me imagino las paredes llenas de fotos; mi escritorio con una hermosa lámpara turca y las plantas que tendría en el patiecito que separa una casa de otra.

Las eternas crisis económicas de este país me han quitado algunos sueños. Estoy muy desilusionada. Me pasó cuando compré mi primer cero kilómetro y lo tuve que vender por la crisis del 2015. Me pasó cuando había arrancado a arreglar mi departamento, donde viví quince años sola y vino la crisis del 2018. Siento que doy un paso hacia adelante y cinco para atrás. ¿Será que elijo trabajos mal pagos o realmente es el país? No sé. Sé que mi casita está ahí, esperando ser habitada. Espero que sea antes de que me muera.

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)

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