Encierro

 

8. ENCIERRO TERAPÉUTICO

 Mi cuerpo registró una incomodidad limitante.

Al abrir lentamente los ojos confirmé que desconocía el ámbito tecnificado e impersonal, en el que me encontraba. 

Comencé a despertar en más de un sentido. 

Dolores corporales, recuerdos de horas anteriores con alertas y agencias.

Ruedas corriendo a los saltos sobre una camilla por los fríos pasillos de hospital.

Voces informando mis datos y sonidos de máquinas marcando niveles vitales.

Entonces si, a plena conciencia entendí que sin dudas algo importante me había pasado. 

Después fueron llegando médicos y enfermeros para preguntarme y asistirme en un encierro terapéutico en el que estaban salvando mi vida; una vida a la que había estado descuidando de manera temeraria.

Permanecí seis días encerrada en esa terapia intensiva en la que mis salvadores hicieron lo humanamente posible y lograron su propósito. 

Allí atravesé horas que a pesar de ser matemáticamente de sesenta minutos a mí me parecieron eternas. 

Un espacio de tiempo en el que diversas manos cuyo contacto también diverso me hahecho sentir muy cuidada, destratada y hasta maltratada. 

Durante aquel encierro anhelaba que llegarán los minutos en que podría ver a mi gente, pero contradictoriamente deseaba volver a la soledad porque no podía sostener un encuentro, ya que las fuerzas me abandonaban y solo deseaba volver a cerrar los ojos y quedarme sola en mi encierro. 

El olor ácido de medicamentos y desinfectantes entraba por mis narinas penetrándome hasta el paladar. 

Los brazos amoretonados por las vías de los sueros y mis manos doloridas.

Allí yaciente me prometía que al salir de ese claustro cambiaría mí manera de vivir.

Haría cosas que venía postergando, sobre todo aquellas que me daban placer. 

Lo iba a hacer todo rápidamente como borrando actitudes equivocadas con la tecla de reseteo de una computadora.  

En efecto, cuando esa etapa de apartamiento pasó, implementé nuevas maneras de fluir.

Eso sí, los cambios fueron más lentos de lo que me había propuesto.

Esto sucedió hace treinta años y aún hoy cuando el devenir me presenta alguna situación límite, recuerdo las promesas que me hice durante aquel encierro y esto me apoya enormemente. 

 Melinna Trigo (CABA)

 

7. HABITACIÓN 158

Sonó el teléfono a las siete de la tarde, del centro de análisis llamaba el bioquímico pidiéndome que pasara a retirar los resultados.

Caminé las doce cuadras hasta el lugar y  retiré el sobre. No pude con la intriga y en la calle lo abrí.

No tuve dudas. Llegué a casa, puse la tabla y comencé a planchar, mientras giraba el tambor del lavarropas. Las tareas estaban ya realizadas y controladas. Las nenas, cada una, en sus mundos.

Hice una lista de cómo poner la lavadora, cómo se hacía un guiso, un tuco y un puchero. La puse en la puerta de la heladera.

Al mediodía del día siguiente, me encontraría con mi médico. La suerte ya estaba echada, él y yo sabíamos la respuesta a tantos meses de idas y venidas.

Me internaron a las cinco de la tarde, salí casi un año más tarde.

Les facilité al grupo interdisciplinario el diagnóstico y protocolo. Todo fluía de manera tan simple que los desorienté.

De nada servía el llanto, ni los reproches ni las preguntas vacías de contenido. Había que poner las venas y dejar que el veneno hiciera su trabajo.

Desde la habitación 158 de trasplante, solo se escuchaban risas y chistes, los que no se detuvieron siquiera aquella madrugada. Esa noche le permitieron a mi esposo quedarse, el médico y el paramédico (quién le permitió? Ambos?. A buen entendedor, pocas palabras, dicen.

Salió el sol y junto a él, la esperanza. La vida continuaba.

La risa es tiempo, tiempo en infinitud, es la primera forma de libertad. La risa mata al miedo.

 

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

6. ENCIERRO SANADOR

Aprovechando la hermosa tarde del domingo, sentada frente al lago del Parque Centenario, me puse a pensar en la consigna de esta semana. 

Llegué  a la conclusión de que hay diferentes tipos de encierro.

Está el encierro mental, ese que solo maneja nuestros pensamientos de manera negativa, rechazando las infinitas posibilidades que existen de cambiar conductas y pensamientos que ayudarían a mirar la vida desde otro lugar.

 Hay veces que quedamos encerrados en la voluntad del otro, cumpliendo mandatos que no concuerdan con nuestra propia voluntad; sin embargo, somos incapaces de revelarnos como si la aceptación fuese el único recurso. 

Después están aquellas personas privadas de su libertad, algunos por problemas mentales, otros por delinquir, y están los que el pánico los atrapa dentro de sus casas imposibilitándolos de poder manejar sus emociones con el mundo exterior. Pero hubo un encierro donde la humanidad toda, quedó aislada de manera impensada. La aparición de un virus desconocido superó todo lo insólito que pudiéramos imaginar. 

 Aún hoy, hay personas que siguen padeciendo las marcas físicas y mentales causadas por el Covid, producto del contagio y el aislamiento.

En mi caso particular, ese encierro y la posibilidad de no tener contacto físico con mi familia, me permitió elaborar mi duelo, ese que, por no entristecer a mi familia, había tapado con  sonrisas, cuando en realidad, solo sentía deseos de llorar. 

 Ese confinamiento me sirvió para ordenar mis ideas y para  habituarme a mi única compañía, lo cual me resultó  muy placentero. Pude disfrutar de mi tiempo y espacio haciendo cosas que me hacían bien.  Estaba sola, pero esa soledad no me deprimía ni me daba temor.

   El encierro en esos días de pandemia me sirvió para sentir mis emociones más profundas sin necesidad de disimularlas. Ese tiempo no fue indiferente para mí, ese panorama era muy desalentador para la humanidad.  En lo personal fue un tiempo para reflexionar, para sanar y comprender que luchar para salir adelante es la única opción que tenemos las personas, más allá del dolor y las dificultades.

 Li (CABA)

 

5. UN CROTO

“Los dolores pringados al alma hacen que nos resguardemos cuando sentimos la amenaza”

Era una muchachita que había aprendido a ser mamá cuando sintió su cuerpo desgarrarse de dolor al dar vida a sus tres vástagos. Junto a su esposo había logrado levantar un rancho de adobe con ventanas que cerraban apuntalando algunas maderas. Se encontraba a las afueras del pueblo, enmarcado entre algunas quintas.

 El sol marchaba al occidente cuando lo vio acercarse por el camino viejo. Lo divisó  desde lejos. Las ropas andrajosas y polvorientas se mimetizaban con el polvo que pisaba. Cargaba sobre su espalda una bolsa del mismo tono. El cuerpo de la mujer se puso en alerta. No sabía quién era en realidad, sin embargo una sensación amenazante se le hizo presente. Un impulso de reparo la llevó a llamar a sus tres pequeños para que entraran a la casa. Los sentó y con voz firme les indicó  que no debían hablar. Los instó a hacer silencio absoluto. Los ojos de la hija mayor miraban extrañados el comportamiento de su madre. Después de asegurarse que sus pequeños obedecían a su pedido, cerró bien la puerta. Trabó la ventana con unas maderas que hacían de postigos. A través de las rendijas sus ojos espiaban los pasos que  acercaban a aquel indigente. Sentía como su corazón palpitaba fuerte en su pecho.

El vagabundo se movía muy lento. Su espalda encorvada hacía que su vista fuera clavada a la tierra. Tardó un buen tiempo en llegar a la altura de la vivienda. Los ojos dentro de  la casa seguían sus movimientos. Unos cincuenta metros más adelante había un camino interno que llevaba a la casa de un vecino. La mujer vio como el sujeto doblaba y se internaba por aquella huella. Pasó frente a la ventana. Lo miró alejándose lento. De a poco fue tranquilizándose. Los rayos del sol se despedían. Ese día, en aquella humilde morada, la jornada terminó temprano. El encierro en aquellas paredes de barro dio a aquella muchacha- mamá el amparo que su alma necesitaba.  

 

Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)

 

4. DIMINUTO ANONIMATO

Hace tiempo ya que se habían convertido en anónimos y diminutos.

Anónimos porque no sabían quiénes eran y diminutos porque en algún momento la propia historia, nos envuelve y nos hace pequeños, tan pequeños que podríamos estar sentados en la palma de una mano mirando el mundo.

Como hacían los últimos meses de sus vidas, se despertaban, a cada lado de la cama, observando fijamente los zócalos. 

Vivían en un departamento transformado en una caja, un cubo gris, donde habitaba el silencio profundo e infinito. Ya no se tocaban. La piel se había resecado igual que las miradas perdidas en esa atmósfera sin aire.  

Esa mañana algo pasó.

Muebles y objetos del cuarto se transformaron lentamente en figuras geométricas que parecían estar suspendidas en una atmósfera espesa. Olor a desamor con añoranza de frescas lavandas.

Uno de ellos caminó hasta la ventana y ahí se quedó, mientras el otro permanecía sentado mirando la gota que descendía desde el techo lenta,  lentísima, como una inmensa lágrima.

Y mientras la habitación los envolvía, se tornaron más pequeños sin notarlo. 

La tristeza comenzó a incomodarlos pero estaban tan anestesiados que no pudieron luchar contra ella.

Ni siquiera, el vertiginoso espiral dibujado por los frágiles rayos del sol y las partículas infinitas, que empezó a girar de manera hipnótica delante de sus ojos,  los despabiló lo suficiente. 

Afuera, todo seguía igual. La ciudad no había cambiado su rutina, una ciudad repleta de gente preocupada por sobrevivir y para nada dispuesta a detenerse.

La mujer corrió lentamente su pelo de la mejilla y se acomodó en el marco de la ventana cerrada. Ventana ciega desde sus ojos, sin nada que mirar a través de ella.

El otro empezó a darse cuenta de  que, sentado en el borde de la cama, sus pies no tocaban el suelo debido a su pequeñez y que la gota que estaba cayendo en cámara lenta se dirigía exactamente hacia él.

Pensó que sería agradable volver a sentir. Sería bienvenida, entonces, la frescura de una gota. 

Sin embargo, podría ser mortal. Un casi mar dispuesto a ahogarlo todo. 

Fue cuando un tablón del piso crujió con quejido de madera; se dieron vuelta al unísono sin proponérselo.

 ¡Hacía tanto que no se veían! Solo de ese giro particular surgió el reencuentro.

La mente entumecida, los brazos y las piernas rígidos, los ojos caídos. 

Por un instante cada uno pudo recordar esas ganas de abrazarse para compartir lo que fuera.

Tarde.

El silencio que hasta ahora les pertenecía empezó a hablar. Lejano. Familiar. Ecos de voces, música, el chirrido sistemático de la puerta del ascensor… 

Pero, en la habitación, empezaba a faltar completamente el aire y el sopor era inevitable. No era ahogo de agua por pena; era asfixia de no saber cómo respirar.

Quedaron frente a frente, mirándose sin pestañear y agradeciendo haber tenido el impulso de salir de sus posiciones estratégicas implorando una tácita tregua.

Tarde.

La gota empezó a tomar más volumen ocupando todo el lugar y una fuerza centrífuga hizo que el cuarto empezara a girar veloz. Entonces, la gota explotó. Todas las cosas se acomodaban siguiendo los círculos vertiginosos llevándolos también a ellos, hacia el agujero central.

El departamento desapareció.

Desaparecieron siendo  esclavos de la indiferencia y de la falta de proximidad. 

Afuera, todo seguía igual.

Una ciudad que no había cambiado su rutina, con gente para nada dispuesta a detenerse…y con otras empeñadas  en  desaparecer.

Gabriela Potenza (CABA)

 

3. FIEBRE

La fila era larga, yo la miraba de reojo y no alcanzaba a visualizar el final. Se iban acercando personas de caras anónimas con un rictus que me paralizaba de miedo. Todos en silencio, caminaban despacio hacia mí y apoyaban la piedra que traían en sus manos sobre mi cuerpo. Yo estaba acostada en el suelo de un paisaje desértico y árido. No atinaba a moverme o a salir corriendo. Solo iba sintiendo el peso de las piedras que me aplastaban y ahogaban dejándome sin aire. Nunca sentí dolor, solo asfixia y terror de muerte.

Una y otra vez se me repetía la escena. Siempre que levantaba fiebre. El termómetro marcaba cuarenta grados y en unos pocos minutos esas imágenes y sensaciones aparecían a invadirlo todo. Cuando salía del cuadro, empezaba a tomar contacto con la realidad. Empezaba a sentir la voz de mamá al lado de mi cama, hablándome y poniendo paños con agua helada en mi frente; hasta unos minutos antes ella no estaba en mi escena, eran solo el desierto, las piedras y mis perpetradores.

En mi vida adulta siento sensaciones comparables a aquellas de mi niñez cuando me sorprenden los ataques de pánico. La realidad tal como la conozco desaparece y quedo encerrada en la trampa que me tiende mi cabeza. Las manos me transpiran, el aire no llega a mis pulmones, no puedo tragar saliva, la boca se me seca como si volviera a aquel desierto. Me siento morir, me ahogo y el pecho se me hunde y duele. No puedo dejar de pensar que ese es mi último suspiro. Hasta he atinado a bajarme del auto en plena autopista para huir de la situación.

Solo sirve que me hablen. Entonces, en medio de mi desesperación, tomo el teléfono y llamo a mis hijas. Ellas con solo escuchar “tengo un ataque de pánico” empiezan su charla amorosa y calma, tendiéndome con su voz la soga que me ayuda a salir del pozo en el que me caído.

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

2. ENCIERRO QUE NO SIEMPRE HACÉS MAL

Pienso en el encierro físico en primer lugar. Cuando éramos chicos mis dos hermanos y yo teníamos prohibido salir a la tarde al parque si mis padres o la tía Manuela no estaban. O sea, si estábamos solos. Teníamos que dejar la traba en la puerta que daba al patio y seguidamente el parque. ¡Las veces que quisimos subirnos al ciruelo, jugar con el perro o juntar hojas! Fuimos tres encerrados. ¿Más problemas afuera de la casa que adentro según mis padres? Sí, los podíamos generar. Sí, de la misma gradación.

Más acá en el tiempo, hubo un encierro al que nos sometió la pandemia. Fue bravo para todos aquellos que no tenían un espacio suficiente para desarrollar con amplitud sus vidas. Familias enteras con niños de diferentes edades. Que un adulto entienda que debe trabajar virtualmente, vaya y pase, ahora, explicáselo a un chico de dos años. Ir al jardín de infantes desde una computadora o un celular. La exigencia que más escuché fue que los padres pretendían que sus hijos estuvieran las cuatro horas de cursada en clase. ¡Imposible! ¿Todos tuvieron las mismas oportunidades? No me parece. Amén a ello, los docentes modernizándose a la velocidad del rayo para entender de qué la iba esta nueva modalidad. Cada uno en su casa. ¿Para bien? ¿Para mal?

Pienso también en el encierro físico de personas que tienen alguna discapacidad física. Quien no puede salir de su silla de ruedas, que vive en su sordera y/o ceguera, entre otros. Tuve compañeros en la facultad que vivían en una suerte de camilla ambulante y que cuando los ascensores no funcionaban, una fila de varones se ponía la camilla al hombro, literal, para que el compañero llegara a clase. Recuerdo uno en especial que levantaba su pierna cuando quería participar. Una brillantez, una claridad, una lucha por seguir en carrera admirables.

Considero también el encierro de nuestros propios pensamientos. Cuando no damos lugar a otra opinión,  a otro decurso de los acontecimientos. Nuestra verdad es nuestra y única. Nos volvemos egoístas y solitarios. Rumiamos entelequias que pasan tal vez desapercibidas para el resto de los humanos. Considero también a las depresiones que desgastan las intenciones de quienes las padecen. Lo difícil  y trabajoso que significa salir de eso.

Se me ocurre por supuesto pensar en los momentos de cavilaciones, encierros personales que nos ayudan a conectarnos con nosotros mismos y explorar el alma humana en su totalidad.

 Edith Oxilia (CABA)

 

1. UNA CELDA EN MI MENTE

Siempre fui una persona paseandera, como me decía mi mamá. En mi adolescencia no paraba un minuto, no soportaba estar mucho en mi casa, por lo tanto, siempre iba a las casas de mis amigos. Hacíamos nada en las plazas y las calles. Si bien me gustaba mucho dormir, era bastante activa. Antes de casarme, trabajaba y estudiaba, e iba a los recitales o shows, con Daniel.

Tenía veinte años cuando quedé embarazada de mi hija y tuve una pérdida. Me indicaron reposo durante quince días. Solo podía levantarme para ir al baño. Me sentía atrapada y desanimada. Sentí que, por primera vez, había perdido mi libertad. Me di cuenta de muchas cosas: descubrí que todos los días se paraba un zorzal frente a mi ventana, y tomé verdadera consciencia de lo libres que son los pájaros. Eran días primaverales y soleados, y yo ahí encerrada, sintiendo cómo pasaban las horas, sin tener nada que hacer. Recordé lo que había vivido mi abuela los últimos años y me puse muy triste. Me di cuenta de que, antes de morir, ella pasaba los días encerrada mirando la televisión, sin que nadie fuese a visitarla, deseando todo el tiempo que sus hijos estuviesen a su lado. Pensaba en cómo sería estar presa: me imaginaba la celda, el catre y todo lo horrible de la cárcel. Me daba miedo.  También recordé lo que había leído en el libro Nunca más y la frase privación ilegítima de la libertad. Creo que esos días me hicieron reflexionar y fue un antes y un después. Añoraba lo que había perdido, pero me di cuenta de que se venía algo grande y nunca más iba a estar sola. Algo por qué luchar y vivir.

Me fui levantando de a poco, y como ya conté en una oportunidad, me sentaba en el comedor a mirar la televisión y ver todos los programas de chimentos, algunos dibujitos y una película argentina por día. Organicé mi casamiento, la lista de regalos, y comencé a tejer escarpines para mi bebé.

Cuando me dieron el alta y empecé a viajar en colectivo, me dio mucho miedo la gente, la calle, y los autos. Tomé verdadera consciencia de lo que es estar encerrada y el verdadero valor de la libertad.

 

 Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


 

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