15. MÚSICA Y LETRA
Cuando pienso en la espera vuelo
en el tiempo y me veo chica vibrando junto a las novelas de Alberto Migre.
Esperaba con ansias los viernes por la noche para ver cada capítulo, y luego
los miércoles para comprar la TV guía donde salía un muy breve resumen del
próximo episodio.
Soñaba con un amor como aquellos, aprendí a escuchar a Glenn Miller, a leer a
Julia Prilutzky Farny…
Llegó mi adolescencia y, tal vez por idealizar demasiado el amor, me fue más
fácil imaginar historias con personas a las que solo conocía de vista. Ellos
podían ser tal cual yo los imaginaba en mi mente.
Hasta que un día habiendo buscado siempre en lugares equivocados apareció
Fernando, quizás acomodándose a las historias de ficción que tanto me habían
gustado. Pero fue real, al mirarlo supe que existía una comunicación que solo
nosotros entendíamos.
Y llegaron las charlas, los cafés, todo parecía encaminarse, aunque algo
falló y la historia quedó inconclusa.
Permanecí ceñida a ese amor, que solo fue mío por casi cinco años …
No me resignaba a dejarlo atrás sin que quedasen sus huellas, entonces
decidí escribir una novela para hacerlo inmortal. Sabía que si yo seguía
adelante con mi vida, invariablemente todo aquello que había sentido se
esfumaría como el humo de aquellos cigarrillos que él había fumado a mi lado.
El Nano me hacia una canción para acompañarme y sonaba Entre un hola y un
adiós…
Y allí apareció Hugo que me proponía ayudarme a escribir esta novela,
aportándome aquello que no podía preguntarle a Fernando.
Y fuimos amigos hasta necesitarnos tanto que descubrimos que habíamos aprendido
a querernos. El amor salía a sorprenderme finalmente correspondido.
Y llegaron cien ramos de rosas para mí, en el primer cumpleaños compartido.
Y hablábamos de historia, de literatura, de política, y nunca se acababan los
temas.
Él me enseñaba y yo te ensenñaba a él…
Quizás no fue como en las novelas, existieron algunos inconvenientes que no nos
permitieron hacer realidad todos nuestros sueños, pero fuimos felices.
Y un día como tantos la vida nos puso a prueba, pensábamos que habíamos logrado
superarla pero no fue así, y partió el 23 de julio de 2004, después de catorce años
juntos.
Y todo fue muy triste y muy difícil, no quería vivir, no entendía como el mundo
seguía andando si él no estaba ahí…
¿Cual era mi proyecto de vida si no estaba a mi lado?
Juanito también me compuso una canción para acompañarme y allí sonaba …Donde
quiera que estes…
Y siguieron días más y más difíciles. Llegó la partida de mi amada tía Mary y
tal vez el recordar sus palabras cada día al venir a verme y encontrarme en la
cama, hicieron que aceptase que estaba viva aun a pesar mío. Recién ahí
pude buscar ayuda y salir…
Con el tiempo comencé a volver a esperar la llegada del amor nuevamente a mi
vida…
Pasaron cinco años hasta que la pantalla de la computadora me devolvió una
imagen distinta: un chico guapo quería conocerme y coincidimos…
Nuevamente la espera había terminado, comenzaríamos a construir nuestra historia
de amor, eligiéndonos cada día.
Y no podía faltar una canción de mi amado Serrat para confirmarnos que íbamos
en el camino correcto.
Sonó para nosotros… Es caprichoso el azar.
Mi espera fue un camino hacia amor y mi vida fue una construcción con
marchas y contra marchas pero siempre apostando a dar y recibir lo mejor cada
día.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
No soy una persona ansiosa, me gusta esperar a que ocurran las cosas. Me gusta planificar lo que en principio deseo hacer. En mi mente le voy dando forma al proyecto, lo estudio, lo analizo, siempre buscando la manera de poder concretarlo. El mientras tanto también tiene su lado interesante, mi teoría es que cuanto más rápido llega, más rápido se acaba, creo que la idea es, esperar sin desesperar. Cuando tomo un rico helado, lo saboreo de a poco, haciendo que ese deleite dure más.
En mi niñez, mi abuelo paterno nos visitaba todos los domingos por la mañana. Se mantiene tan fresco en mi mente ese recuerdo, que si cierro los ojos lo revivo como si fuese actual. Lo puedo ver, parado en la reja frente a mi casa, palmeando sus manos, anunciando su llegada, siempre con su sonrisa amorosa y sus ojos azules que irradiaban alegría de poder compartir un rato con nosotros.
A él, sí, lo aguardaba cada semana, todo era simple, pero para mí era único. Yo estaba lista esperando ver su figura y corría a abrazarlo y a recibir esa bolsa de papel madera que guardaba esos tesoros que ningún dinero podría pagar.
Felices entrábamos a casa, nos sentábamos en el patio bajo la sombra de la parra para descubrir la sorpresa, casi siempre era la misma, ciruelas rojas y amarillas, dulces jugosas, cortadas por él de sus propios árboles, cuando era la época también frutillas, que sembraba en latas de dulce de batata. Nada estaba librado al azar, todo estaba elegido con amor para mi hermano y para mí, como también los buñuelos hechos por la abuela y algún pañuelo realizado con una telita vieja que ella nos cosía con sus manos deformadas por la artrosis.
La llegada de mi abuelo cada domingo, trayendo consigo, esas simples y a la vez grandes demostraciones de amor lograron momentos mágicos en mi infancia, inolvidables, esperados, llenos de bondad y ternura. Todavía hoy los recuerdo y me emociono. Siento nostalgia de esos días tan lejanos y a la vez , tan presentes.
Li (CABA)
13. ANSIEDAD POR MAYOR
Ese refrán que alguna vez escuché “el que espera desespera”, nada más aplicable a mi persona. Toda, toda espera me saca de mi eje. He tratado a fuerza de todo trabajarla. Me cuesta horrores. No puedo esperar nada, siento que me ahogo, me agarran palpitaciones cuando la espera es demasiada. La ansiedad hace e hizo estragos en mí.
Embarazada, el ginecólogo me daba el turno a tal horario y me atendía una hora después. Primero leía todas las tapas de las revistas, luego, pasados los quince o veinte minutos me tomaba la ansiedad. Empezaba a moverme en la silla, levantarme, mirar por la ventana y a enojarme. Por supuesto entraba a la consulta con mi tradicional cara de orto, pero se me pasaba enseguida. Con el pediatra era lo mismo, esperarlo, era una odisea, demasiado bien se portaban mis hijos, pero la que le agarraba el ataque era a mí, sentía que me ahogaba. Ni hablar cuando entrábamos, ¡lo que estábamos adentro! Mis hijos lo adoraban y yo en el fondo también, pero el muy desgraciado se tomaba el tiempo del mundo.
Me es muy difícil e incómodo manejar la ansiedad. Mi marido me empieza a contar algo y lo hace en forma pausada y yo le termino las frases. Por supuesto se re enoja. Desearía que empezara por el final y después me diera los detalles. Así lo mismo me sucedía dando clases o cuando estaba en la vicedirección con mis colegas. Detesto las personas que dan todos los detalles al explicar algo. O que hablan, hablan y en conclusión no dicen nada. Cualquiera se preguntaría cómo hice con mi profesión, pues, ¡un sacrificio enorme! Los niños tienen tiempos muy diferentes a los nuestros. Pero lo supe manejar, a costa de contracturas, pero, a manejarlo.
Los semáforos de cuatro tiempos, donde hay que “esperar” y la fila de autos es interminable, y a veces se corta tres veces antes de pasar, logra un ataque irremediable de mi ansiedad. Ni les cuento esperar a mis hijos adolescentes cuando los iba a buscar algún lado y se demoraban, me sacaba, terminábamos peleando siempre.
Tan insignificantes estos hechos que relaté, y para mí es todo un problema. No se imaginan cuando tengo que viajar o esperar algún resultado importante.
Mari (Neuquén, Neiquén)
12. UNA LARGA ESPERA
Cinco años de casados, tres que parecían siglos desde que habíamos decidido comenzar la búsqueda de nuestro bebé. Lo amaba tanto como él a mí. Y sin embargo no alcanzaba. Nada era suficiente para que mi corazón se sintiera feliz. Al principio todo era color de rosa. Los proyectos inundaban la vida de adrenalina, miles de sueños a concretarse, el futuro que todo lo deparaba.
Una familia que nacía para dar paso a la vida más feliz .Los días formaron meses y estos llegaron a ser años. Las miradas curiosas se sumaron a las preguntas indiscretas. Mi suegra, con una intensidad insoportable, se creía con el derecho a pedir un nieto, sin percatarse de que quizá no estuviera dentro de nuestras posibilidades y de que se trataba de nuestra vida, no de la suya.
Decenas de hojas de almanaque con círculos que señalaban cada mes de frustración. Recorridas por cada consultorio o clínica que albergaban la esperanza de una solución mágica para mi angustia. Nada valió la pena. Un juzgado, tal vez, podría regalarnos lo que la naturaleza nos negaba, sin causa aparente. César no concebía atravesar ese camino. Prejuicios, quizás. Inseguridad personal, tal vez. ¡Esencialmente miedo! Miedo a no saber dar respuestas. Miedo a no poder escuchar las preguntas. Miedo de no poder enfrentar el futuro incierto de una búsqueda de raíces para la que no estaba preparado. No podía obligarlo. La adopción no era una posibilidad para él. Decía que había que ser muy generoso y que él no lo era,que jamás toleraría que su hijo le dijera algún día que él no era su papá.
Eso, sumado a que aún no habíamos logrado estabilizarnos del todo como pareja, no hacían un buen combo.
Mi sonrisa comenzaba a apagarse. Mi alegría a desvanecerse. Mi paciencia a agotarse. Ya no toleraba las preguntas curiosas ni los consejos bienintencionados. Sólo yo sabía el vacío que me acompañaba cada minuto de mi vida.
Comencé terapia y pude ver qué poco espacio le daba a mis deseos, más allá de la maternidad. Refugiada en el trabajo y tratando de mantener la armonía en mi pareja, siempre me dejaba para después.
Quedé a un paso de abandonar el trabajo y el matrimonio.
Muchas conversaciones fueron poniendo todo en su lugar.
Fue allí cuando pateé el tablero y, por primera vez, pude poner los limites que nunca antes había puesto, y di así lugar para que mi hija se anunciara.
La soñé tantas veces, tantos años…
Dormida, despierta…haciendo planes, acunando ilusiones, llorando muchas veces…
Un hermoso fin de semana de agosto descubrimos que ya dejaba de ser un sueño para convertirte en la más hermosa de las realidades.
No fue fácil. Fueron muchos meses de cuidarla mucho para que nada malo le pasara.
Mi útero tenía un tabique que lo dividía en dos y le quitaba espacio para crecer. A la semana de la noticia comenzaron las pérdidas.
Seis meses de estricto reposo, previendo un parto prematuro.
Cada manchita nos arrugaba el alma.
Mi bebé, siempre tan fuerte, se agarró a su mami con sus manitos deseosas de explorar el mundo y juntas logramos por fin mirarnos a los ojos ese inolvidable diez de mayo que nos cambió la vida para siempre.
Esos seis meses de reposo fueron un paréntesis en mi vida que me permitió soñarla, desearla, preparar mi cabeza y mi corazón para darme cuenta de que esas dos rayitas, me habían anunciado que nada me importaría en la vida más que esa nueva vida que asomaba.
Ese diez de mayo descubrí que EL AMOR tiene su cara, su mirada y su sonrisa. Nada en la vida importaría nunca más que su felicidad.
Hoy, a veinticinco años, puedo ver ese tiempo de espera como el más duro y feliz de mi vida.
Ya lo creo que valió la pena.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
11. LOS MATICES DE LA ESPERA
Nos pasamos la vida esperando. Desde algo tan trivial como un colectivo o parados en una fila de supermercado, a un amor, un sueño, un nuevo principio o un final.
Es como si la espera viniera cosida a nuestra sombra, nos acompaña siempre. A veces podemos separarnos de ella, decidiendo si queremos darle lugar en alguna situación.
No soy una persona ansiosa, aunque no tenga una buena relación con la espera, por lo menos, con aquella que no sé en qué puede terminar.
Lidio perfectamente con las esperas cotidianas, soy muy paciente, para conmigo, y sobre todo, para con quienes me rodean. Intento siempre mantener una actitud de calma, si el otro es quien desespera, transmitírsela, para que evite un enojo o para contenerlo si se trata de algo serio.
Para mí la espera tiene muchos matices, puede ser para bien esperar, o puede ser frustrante.
Una buena parte de mi vida, la pasé esperando cosas que no sucedieron. Cumpleaños que no se festejaron, carreras que no se concretaron, el timbre que no sonó anunciando una visita sorpresa...
Me pregunto si algunas esperas están relacionadas con las expectativas, las que uno deposita, no sé, en un trabajo, en sí mismo, en los hijos, en la pareja, en los amigos. Uno está “a la espera de…” para que se concrete algo, que los demás sean de tal forma, o uno mismo ser tal o cual cosa. Y allí nos quedamos atascados, aguardando, en ese lugar donde nada de eso ocurre.
Pienso también que la espera más cruel es cuyo final no podemos cambiar. La muerte de alguien querido, la infelicidad de quienes realmente nos importan, desear y esperar indefinidamente que eso cambie, aun sabiendo que no será así. Aquí es donde me pregunto qué sentido tiene la espera, qué papel viene a cumplir, solo el de la desesperanza.
Me he cansado un poco de este sentimiento, ya no quiero esperar, pensando que vendrán “tiempos mejores”, como dicen muchos, que hay situaciones que mejorarán con el tiempo. Dejé de lado creer que los otros actuarán como yo lo haría, que por lo menos, valorarán lo que haga por ellos, que me entiendan o me escuchen. Si lo hacen, me contento. Si no es así, sigo adelante. Aprendí que lo importante es creer en mí y que si hago algo, es porque así lo siento, no por obtener algo a cambio, que esperar me hizo perder el tiempo más importante: el presente. Me lo demostró la misma vida, ella puede cambiar nuestro presente y futuro cuando, justamente, menos lo esperamos.
Habiendo cumplido mis cincuenta y nueve años, solo espero lograr vivir alcanzando una paz que nazca dentro de mí, trabajo arduo y que data de tiempo atrás.
Espero que no pasen muchos días sin que me ría con ganas.
Espero agudizar mi mirada para reencontrarme conmigo misma cada vez que necesite recordar, que no debo esperar el momento ideal para hacer lo que desee, y comprender que ese momento lo puedo encontrar en cada día.
Claudia Martorelli (CABA)
10. ME ENTREGO AL TIEMPO
Me entrego al tiempo. Tengo mucha paciencia a la hora de esperar ¿Será porque tuve un hermano que hacía todo un poco más lento que los demás?
Recuerdo haber ido a una consulta con una cirujana general y esperar tres horas, cuando me atendió me dijo: No, esto es para cirugía estética. La mayoría de las veces que espero a los médicos estoy predispuesta y pienso que tardan en llegar porque tuvieron mucho trabajo el día anterior o que los que tardan mucho con los pacientes es porque te escuchan.
Espero tranquilamente los colectivos, a veces hasta cuarenta minutos, eso es parte de mi trabajo. Comprendo que hay mucho tránsito y todo es un gran desorden, ya estoy acostumbrada.
El otro día fui a la fiambrería y la empleada cortaba el fiambre con toda la tranquilidad del mundo, me pongo en modo paciencia, respiro y espero.
Eso sí, no tolero al empleado público, pero ya sé que son así y no van a cambiar. En una época los miraba fijo para ver si se percataban de que yo estaba ahí, pero no, creo que lo hacen a propósito. Hace unos días fui al banco y la empleada simplemente desapareció, después nos pidió disculpas y dijo que se sentía mal… ¿Perdón?... Debo tener mucha paciencia porque justo cuando me toca el turno el empleado va al baño o se hace un café. Puede ser la hora del almuerzo y también desaparecen. Todo eso lo entiendo, me pongo en sus zapatos y espero. Cuando estoy en la fila de un cajero en general voy con tiempo, pero si estoy apurada me empiezo a sentir incómoda, literalmente me hierve la sangre y me voy.
En mi primera cita con Daniel, mi ex marido, tuve que esperarlo dos horas, y así fue durante diez años.
Pero la espera más importante de mi vida fue cuando me separé del amor de mi vida y creí que iba a venir a golpearme la puerta. Nunca sucedió.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
9. ESPERAR, SÍ. DESESPERAR, NO
El que espera desespera" dice la frase.
En algunas situaciones debo aceptar que aún describe bastante la manera de fluir en parte de mi vida.
Puedo ser de esas personas a las que esperar no le hace ninguna gracia, algo así como una "anti espera" Me desagrada sobre manera hacer una fila para el colectivo, para pagar o cobrar en un banco o para efectuar trámites.
Conozco mucha gente a la que
tampoco le gusta, pero en mi caso por momentos ha llegado a ser una marcada
actitud negativa.
Me fascina hacer compras pero mi disgusto en poner tiempo para ir a la caja me ha llevado a cancelar varias por ese motivo.
Últimamente dejé de adquirir regalos con mucha antelación por la dificultad que me representa guardarlos hasta la fecha adecuada para entregarlos.
Entiendo que tengo buena mano para la cocina, pero muchas veces fracaso elaborando un plato porque no respeto los tiempos que se piden en las recetas.
Hasta con la jardinería me pasa algo parecido, no me hablen de poner semillas, hacer almácigos, ni plantar bulbos o tubérculos; por favor, ¿dónde encontraría yo paciencia para esperar tanto? Encima en el caso de las flores, uno cree que van a salir de un color y pueden resultan de otro.
Cuando salgo a comer afuera de casa previamente me encargo de llamar para hacer una reserva en el restaurante elegido porque a veces en un grupo parezco ser la única que no justifica la odiosa situación de hacer antesala, para sentarnos a una mesa, cosa que me provoca un displacer innecesario para esos momentos de disfrute, entonces busco evitarlo.
Lógicamente está especie de rebeldía también se manifestaba en situaciones donde esperar era la única opción que se tenía.
Me refiero a cuestiones ligadas
con la salud, el lapso entre recibir resultados de estudios y que los viera el
profesional constituía, para mí, una verdadera odisea.
También me sucedía cuando aguardaba definiciones en temas financieros o hasta saber la buena llegada a destino de un familiar por un viaje.
Oportunidades estas, en las que
esperar era una condición inevitable.
Honestamente eso resultaba muy conflictivo porque me causaba una enorme ansiedad que me estaba trayendo no solo problemas en mi relación con los demás, sino también síntomas físicos, sobre todo de orden digestivo y tensional.
Por suerte con el aporte de la terapia psicológica he logrado revertir gran parte de esa problemática y en mi manera de vivenciar algunas circunstancias de espera.
Melinna Trigo (CABA)
8. ESPERA
La espera suele ponerme nerviosa, a veces es incómoda. A veces es interminable.
Me incomodan las largas colas en el cajero, en el súper, en la parada de
colectivos. Detesto estar parada esperando y que la persona de adelante, o de
atrás, inicie una conversación, me hago la distraída, o contesto monosílabos
para que se den cuenta de que no es mi deseo hablar con ellos.
Creo que la poca paciencia que tengo tiene que ver
con estas cosas de esperar. Por eso debe ser que postergo preparar una valija
cuando viajo. Parece que espero menos si lo hago a último momento. También le
debo a la impaciencia de la espera la
desprolijidad con la que termino cosas
que tienen muchos pasos para llegar al resultado, o muchos detalles. No me
gusta, esperar me pone nerviosa.
Sin embargo tengo una vida llena de espera. Entre
mis dos hijos sumo dieciocho meses esperándolos, esa espera no me impacientaba,
me gustaba disfrutarla lentamente. Así la recuerdo, con calma, y nostalgia.
No así la espera de la fecha de un examen que tantos
nervios me daba, cuando hacia mi profesorado. Suerte que mi abuela ya sabía que
ese día un té de orégano era la solución porque me daba colitis cada evaluación
que llegaba.
Tengo muchas esperas. Una fue la de la llegada de
Marcelo en tren a Neuquén desde Quilmes, aquel amor imposible, al que conocí en Gesell unas vacaciones de
verano.Demoró como veinticuatro horas en llegar en tren desde Buenos Aires,
creo que fue la espera más larga del mundo.
Todavía
pienso cómo fue que ese chico tan lindo pusiera los ojos en mí. Me encantaba, era diferente. Pero de tan
diferente no resultó. Ya antes de su llegada había esperas dulces, aunque
impacientes. No había internet, ni celular, me sentaba en el porche de la casa
de mi abuela al sol en invierno y a la sombra en verano y agudizaba el oído
para escuchar al cartero que venía en
bicicleta y con una bocina tipo corneta.
Podían suceder dos cosas: que pasase de largo, lo
que significaba alargar la espera, o que parase en el portón. Y mientras me
acercaba, rogar que entre los sobres y facturas a pagar llegara una carta para
mí, de cuatro o cinco hojas, que contestaba ni bien terminaba de leer, para
reiniciar nuevamente una interminable espera. Dos veces viajé a Buenos Aires a
verlo, pero bueno… resulta que no todo es como uno quiere. Ni la espera, ni el
príncipe que me había inventado resultaron, solo alimentaron mi ya baja
autoestima. Si me hubiesen preguntado “¿qué pasó?”, la respuesta sería “era
mucho para mí”.
Me da nervios la espera, porque en ese lapso de
tiempo, imagino, me adelanto a lo que va a suceder, y la mayoría de las veces
es algo muy diferente a lo real. Si me preguntaran ¿por qué? La respuesta sería
porque soy una soñadora, por eso la vida me despierta a cachetazos.
Las esperas de un final son las más crueles, porque
sabés en que terminan. Qué otra cosa podés hacer más que esperar cuando la
muerte acecha. En este caso recuerdo a mi papá y unos meses que parecieron
siglos, no pudiendo entender porque no había vuelta atrás. No hay vuelta atrás
tampoco en una separación, te la ves venir, esperás, esperás y llega, como si
alargando el tiempo solucionaras algo. Así me pasó con Walter, fue una espera
con final predecible, que terminó cuando cerró la puerta y se fue.
Lo de su muerte no me lo esperaba, no hubo tiempo,
me agarró desprevenida, aunque se me hicieron largas las veinticuatro horas que
demoraron en devolvernos su cuerpo, al que no pude ver ni siquiera despedirme
con un beso, no valió la espera, si no lo pude ver. Eso sí que no se lo deseo
ni a un enemigo. Es una espera que agujerea
el estómago, la cabeza y el alma.
No es vaso medio vacío, es un
vaso roto que se va vaciando…
Hay una espera que me va a dar alegría después mucho
tiempo, y es ver salir a mi hija de su último examen, con su ambo bordó, el que
ha elegido para dar fin a una larga carrera. Sonriente y orgullosa, como lo
vamos a estar todos los que la queremos. Esa sí que sera una espera que valdrá
la pena.
Lidia Lozano (Centenario, Neuquén)
7. UN LARGO VIAJE
Desde hace cinco años mi trabajo es supervisar Comedores Comunitarios que
se encuentran en la localidad de La Matanza. Son tres horas de ida y tres de
vuelta. Siempre fui una persona con mucha paciencia y muy puntual, por lo que
el reloj en mi cabeza calcula en segundos cuántos pasos voy a dar, cuánto voy a
esperar los colectivos y cuánto va a durar el viaje.
Salgo de casa, camino hacia la parada y el primer colectivo viene bastante
rápido, este viaje es eterno pero mi mente se las arregla para perderse y dejar
pasar los pensamientos, a veces llevo libros, a veces música, pero como no
quiero ir cargada, viajo esperando pacientemente la llegada donde se encuentra
la parada del segundo colectivo. Este me agrada un poco más, aunque tarda hora
y media o dos el recorrido, pero es el momento de mi desayuno: una manzana o un
mix de frutas secas que voy saboreando en medio del ruido y el smog, mi mente
se vuelve a perder, a veces escucho
conversaciones o simplemente voy manejando con el chofer que espera cada
semáforo, cada pasajero, abrir una puerta o cerrar otra. Es la mañana temprano
y voy viendo como el cielo va cambiando de colores y la temperatura sube o baja
según la postura del sol.
Voy a diferentes localidades del Partido, y algunos se encuentran tan
alejados que no figuran en el mapa, hay un colectivo para cada barrio y a veces
espero entre treinta y cuarenta minutos, no me queda otra que la paciencia y me
sumerjo entre el dolor de cintura y la mochila, que a medida que va pasando el
tiempo, se hace cada vez más pesada.
Una vez que llego al Comedor pasa un tiempo hasta que empiezan a entregar
la comida. Observo uno a uno cada comensal: tupper, cucharada, postre, pan. A
veces es una fila larga y tranquila, otras veces los colaboradores son muchos y
la entrega es más rápida y cada tanto digo alguna cosa chistosa para que se
haga más ameno.
Emprendo el regreso: primera parada, espero pacientemente un colectivo cuyo
viaje va a tardar un par de horas, luego un segundo vehículo y quizás un
tercero. La mochila, para ese entonces, pareciera que tuviera piedras adentro.
Se me hacen más largas las esperas, pero me motiva la idea de la siesta que
tomo al llegar, después del almuerzo.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
6. SABER ESPERAR
Uno vive proyectando el
mañana, no se sienta a ver ni rever lo que pasa. Nadie fluye hacia el mañana,
dejan que la ansiedad social los consuma y se atropellan diariamente escapando
de algo tan pacífico como suena: La Espera.
Cada uno va armando la relación que quiere con ella. Les podría decir que en mi
adolescencia nosotras nos odiábamos, sin motivos, una cuestión de resistencia a
la tranquilidad que yo transitaba, le tenía pánico, pensaba que la ansiedad me
iba a consumir en el tiempo que iba habitar la espera, no entendía que la
espera sucede en paralelo de muchas otras cosas y debía estar concentrada en
ellas también. Después, quizás es hoy, hago como que nos llevamos bien y todos
los días le cebo unos mates, a veces nos sentamos en el balcón en silencio a
ver lo que nos rodea, jugamos a la xbox para hacer más entretenidos los ratos.
Pero para serles sincera, no sé por qué está acá, no sé que estoy esperando. Su
compañía me da esperanzas, me hace creer que todavía quedan muchas cosas
interesantes que curtir y ella está acá para recordármelo, para que no caiga en
lo chato de vivir.
A veces estuve ahí, en la época donde los días no tienen emociones, la espera
no estaba conmigo, no tenía nada que esperar porque me creía condenada. Un
miércoles al mediodía, yendo de la psicología al trabajo, de Colegiales a
Palermo, caminando enceguecida por el sol, me topé con ella. Creo que noto lo
gris de mis días porque me abrazó enseguida y me dijo que si aprendía a
convivir con ella cosas geniales pasarían, le dije que era una persona con un
grado de ansiedad mayor al recomendado por nadie y que no nos íbamos a
entender, que caería en vicios para soportar su compañía, que no quería oler a
cigarro, ni resacas de cerveza, esas fuertes y espantosas resacas de cerveza en
las que me hundía para demostrarme que siempre se podía estar peor y así hacer
más tolerables mis días chatos, grises. Me dijo que no, que no me iba a ahogar
en vicios, que confíase en ella y sobretodo en mí, si de verdad quería ser
feliz que confiara y fluyera, que no apurase nada, las cosas llegan a su debido tiempo pero mientras tenemos que
prepararnos para eso que deseamos, esas enseñanzas están en la espera. Me
dijo que hay días que esperaré aburrida y ansiosa, otros no voy a tener tiempo
de darme cuenta de que pasaron veinticuatro horas. Me pidió que me concentrase,
que dejase de mirar el piso o el cielo, que mirara para adelante y lentamente viera
a mi alrededor, lo que pasaba, como mutaba, lo que sentía y percibía. Que me
acercara a cosas nuevas que me hicieran bien, que me alejase de viejas
costumbres que me habían lastimado, lento sin apuro, esperando que los dolores
dejasen de arder y se hicieran cenizas de aprendizaje, fluyendo sin esperar
nada extravagante, solo poder despertarme otro día para salir al balcón con
ella y cebarle unos mates.
Mara (CABA)
5. LA ESPERA
Esperar. Esperar lo
inaudito, lo sorpresivo. Esperar lo que parece que ya se da y no se hace presente.
La titánica tarea de la espera. Vida y muerte. Entre ambas.
Se trata de un especimen
que ocupa buena parte de nuestro tiempo. Seca y parca se la podría definir.
Puede estrujarte el corazón como un amor malhabido, como una lluvia que desafía
todos los pronósticos de buen tiempo en la playa. Se liga con los nervios.
Parientes cercanos. ¿A quién le gusta esperar? Desde el colectivo hasta el
resultado del análisis, la llegada que une después del viaje y el plato de
comida que se anhela en silencio ante la no mirada del mozo del restorán. Un
hijo, la aprobación de la caterva de materias para recibir un título, dos
amantes separados. El descanso reparador, el regreso del hospital. Se esperan
las horas de las comidas diarias. A veces con más o con menos fruición.
La posibilidad de ese
deseo que está ahí, en boxes. La planificación del mismo. La concreción en
carne y alma.
Se espera el retorno de
hijos adolescentes en sus primeras salidas. Se espera la llamada (hoy el
mensaje) que confirme lo que aguardamos de corazón (“¿Llegaste bien?")
Quien no haya nacido
con ella en tanto actitud de vida deberá adquirirla por ejercicio. Porque nada
pero nada de nada se produce cuando queremos. Es así. Habrá que esperar
entonces.
Para nada sirve perder
la paciencia. Ser impaciente. Modifica el humor para mal, invariablemente.
Impaciencia va de la mano con ansiedad. Conozco a muchos a los que les aflora
la impaciencia sólida en cualquier circunstancia, en cualquier momento, en
cualquier lugar.
Hete aquí que por más
nervios que padezcan, las cosas parecen tener un tiempo aparte. El bebé nace
cuando quiere, el amor llega cuando le damos cabida, morimos cuando nos
corresponde.
Es Yin y Yang. Caos y
cosmos. Difícil de aprender.
Si de la ansiedad,
prima hermana de la espera, hablamos, existen humanos que viven en su futuro
cercano. Lo que tienen que hacer la próxima semana y ¿en eso deposito toda mi
energía? No. No sé. Las personas que así
piensan me aburren porque a la final
cuentan este derrotero mil veces hasta que llega por fin la fecha. No es mi
caso. Tengo un horario programado de tareas que me viene como anillo al dedo
para no derrapar en el espacio de la nada, del vacío cósmico. Me permito
hacerme la rata. Con total honestidad brutal.
He tenido momentos de
hacer todo a último momento y otros de organizar al detalle para que nada se me
escape. Son rutas diferentes cada vez. Y está bien que así sea.
Edith Oxilia ( CABA)
4. LAS ESPERAS
Cuántas
esperas pasaron, y pasarán por mi vida.
Las
hubo hermanadas con la angustia, la pasión, el miedo, la muerte y la ansiedad.
A veces la espera era más dulce que la llegada del acto concreto, donde esa
energía de espera se consumía y no quedaba nada.
El
primer beso de lengua, esperado, ocasional, en un baile, resultó ser un chasco.
Pero, los siguientes, no soñados, fueron ardientes y sabrosos, como las frutas
de septiembre, donde me quedé con ganas.
Esperas
interminables, como la de la última operación neurológica de mamá, luego de una
infección, por un problema de asepsia. Larga y tensa. Donde mis deseos eran
encontrados: vida o muerte.
Otras
esperas, como la del primer embarazo, fue maravillosa, con mucho disfrute.
Acompañada de intrigas, y sueños graciosos. Cuando la esperaba a ella, soñé que
tenía dientes de tiburón y me comía. También la soñé, amamantándola, con mucho
placer. Esos meses de espera fueron creciendo con mi panza. Y esta espera se
repitió, con otros sueños y otros deseos, tiempos y lunas, dos veces más.
Siguieron
otras, terribles, malas y buenas, cargadas de sentimientos, angustias y sueños.
Y vendrán más.
Cristina (CABA)
3. CARA O CECA
Soy de las que: mientras cocina roba varios grisines, se
quema con una empanada; enciende varias hornallas al mismo tiempo; mira cien
veces el celular esperando un mensaje; revisa sus cuentas a las 10:01 para
saber si depositaron el sueldo; saca la pava antes de que termine de calentar;
abre la puerta del microondas antes de que suene la alarma; toca sus uñas
apenas esmaltadas para comprobar el secado, arruinando el trabajo y tantas
otras conductas ansiosas.
Por eso, cuando en la propuesta se nos
preguntaba por el manejo de la espera, no encontraba algo significativo para
contar o tal vez mucho, pero intrascendente. Al escuchar el audio del grupo, la
espera del embarazo, me resultó interesante, pero parecería copia. Tenía que
seguir buscando entre mis recuerdos, entonces apareció un momento de mi vida,
en el que tuve que sucumbir a la espera, una de las más difíciles que atravesé.
Corría el año 2002, habían pasado tres años
de la partida de mi padre cuando mamá comenzó con un cuadro gástrico difícil.
Los dolores de vientre no le daban paz, así que la internaron luego de hacerle
estudios. El panorama se complicaba día tras día. Los médicos hicieron una
junta a la que asistieron doctores del Centro Médico San Luis y la Mater Dei
donde ella estaba alojada. Según me informara el gastroenterólogo, había una
zona negra muy difícil de determinar. El cuadro no era alentador.
Mamá se había vuelto insoportable,
desconfiaba de todo y todos. Se acordaba de papá y sospechaba tener algo
incurable que le estábamos ocultando. Nos pasábamos el día en la clínica,
repartiéndonos entre las obligaciones laborales nuestras familias y la atención
de mamá que, aunque tuviera enfermeras, requería de nuestra compañía. Romina,
una amiga, mi hermana y yo éramos las encargadas de asistirla día y noche.
Antes de la intervención, mi hermana y yo
fuimos citadas por el cirujano. Fue claro y directo: “No sé lo que voy a
encontrar, si abro y veo una coliflor, vuelvo a cerrar. Solo cuando opere
podremos saber qué ocurre en esa zona”. No teníamos un espejo de frente, pero
no era necesario para saber que nuestras caras eran de angustia y desolación.
Había que tener fe y ESPERAR, esa palabra casi desconocida en la práctica para
mí.
La despedimos, la llevaron en camilla, ella
iba temerosa como nunca antes se había mostrado, indefensa y desconcertada.
Subimos un piso, había un lugar tranquilo y
desierto, con un par de sillones muy cómodos. Y allí quisimos permanecer las
dos, hermanadas como pocas veces en esa espera, en ese cara o ceca que nos
planteaba la vida. Apelábamos a la fe, pero el temor estaba allí, latente y la
sombra de la muerte aguardaba agazapada y amenazante. No sé cuántas horas duró
la operación, la expectativa ineludible se manifestaba en todo nuestro cuerpo,
no queríamos nada, ni comer o beber, solo que terminara de una vez por todas.
El estómago presionaba en la parte alta, ese nudo inevitable donde se aloja el
estado nervioso cuando no lo manifestamos de otra manera.
Cuando, ya cansadas y casi sin que nos
diéramos cuenta, apareció el médico con la mejor de las noticias: una gran
infección en la vesícula era la mancha y por supuesto, el pequeño órgano había
sido extirpado. Luego de recibir ese baño de alivio, nos fundimos en un abrazo
tan fuerte que todavía puedo sentirlo (no son comunes estas manifestaciones
entre nosotras). El nubarrón había pasado, todo se despejaba y esa espera puso
a prueba mi ansiedad.
Bertha 2013 (CABA)
A partir de ahí
la vida no es lo inmediato.
No es como uno
quiere de golpe, no se consigue lo que se desea con un chasquido de los dedos.
Esperar
crecer, esperar entender poco a poco, instalarse en el mundo esperando ser aceptado,
esperar pertenecer y no estar solo, esperar la hora exacta, el resultado de un
examen cualquiera, esperar el amor…
Quién no escucho
“no espero nada de la vida”, “espero que
me llame”, “espero que cambie”, “espero un poco más por las dudas”, “si la
espera es larga no habrá malas noticias”…
Son frases
disfraces de lo que realmente tememos: que pase lo contrario.
A nadie le gusta
esperar. Es preferible la respuesta que nos permite actuar ante lo inesperado o
no, que nos permite optar, a ese tiempo duplicado en nuestra mente, en nuestro
cuerpo estático también, de la angustia que te descoloca y te deja boyando. Un
espacio de la propia vida improductivo e infernal.
Muchas veces esperé.
Una propuesta
diferente.
Un empezar de
nuevo.
Valorar lo que
entregaba(valorarlo vos o que lo valoren?).
Que me perdonase
alguien.
Una palmada en
el hombro.
Despertar y que fuera
un sueño.
Una llamada telefónica
con la voz pronunciando lo que quería oír.
Reconocer que se
estuvo equivocado.
Un tenés razón,
me equivoqué.
Es solo el
propio deseo, la respuesta que hubiera dado sin calcular que el otro no es
igual a mí. Aunque yo no lo comprenda.
Su espera, tan valiosa
como la mía, es diferente.
No espero más.
No voy a ser la
respuesta que esperan tampoco.
Tomar estas decisiones es uno de los estados más gratificantes y livianos de mi madurez.
Gabriela Potenza (CABA)
1. EL QUE ESPERA DESESPERA
Dicen que el que
espera desespera. Sin embargo, hay esperas de todo tipo. De las que
hacen latir
fuerte el corazón y transpirar las manos. De las que te cortan la respiración.
Esperas que
generan angustia. De las que dan tristeza por el final anunciado. También
atravesamos
cantidad de esperas que cuando culminan nos hacen estallar de alegría.
Creo que la
espera tiene todas las formas posibles. De fantasmas, de hadas, de
monstruos, de
princesas, de caballos alados y príncipes azules.
¿Quién de
nosotros no atravesó la espera del castigo cuando de niños rompimos ese
adorno horrible
tan preciado, de la tía soltera de la familia? Sí, esperábamos el
momento del reto
que seguro venía acompañado de cachetazo o tirón de oreja.
Sabíamos que sucedería.
También están
las cosas que no nos esperamos. ¿Cuántas rupturas amorosas no nos
vimos venir?
Cuando el corte es imprevisto sorprende, te parte como un rayo y ahí te
quedás, con los
ojos como dos platos y la mandíbula apretada mientras las lágrimas te
riegan desde la
cara hasta el pecho.
Pero cuando la
espera es larga y llena de ilusiones termina en esa explosión increíble
que produce ver
a tu hija recién salida de tu panza o te encuentra con una manito de
cinco años que
te dice mami, mamita a las dos horas
de haberte conocido y del otro
lado otra
personita de siete que te explora con unos ojos enormes entre asustada y
contenta. Esas
esperas, cuando se hacen tan largas provocan muchos episodios de
dolor en el
mientras tanto, pero en el desenlace sentís que el largo y empinado
camino valió la
pena.
También está la
espera del final anunciado, al que primero nos negamos, tratamos de que
no suceda,
rogamos a todos los santos posibles que nos dejen al ser querido con
nosotros, pero
sabiendo en lo más profundo que solo podemos esperar que se vaya,
aunque nos
estruje el pecho y nos vacíe el alma. Sea tu hijo, sea tu amiga o tu padre.
Esa espera es de
las que no quisiéramos nunca tener que atravesar pero son tan
inevitables como
las que nos son gratas.
Todos
quisiéramos tener solo esperas de mágicos dragones que nos lleven a
sobrevolar el
mundo entero y desde ahí sentir la libertad de andar livianos y sin
sufrimiento,
pero de vez en cuando la espera está acompañada del monstruo
sentadito a nuestro
lado, listo para devorarnos.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
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