14. LA BOCINA DEL TREN
Cuando nos mudamos a Belgrano,
Deborah tenía tres años y Estefanía, uno. Nuestra nueva casa quedaba a una cuadra y un poquito de
la estación de tren. Como el jardín de infantes al que iba Deby, que nos gustaba mucho, quedaba en Colegiales, a una estación de tren,
Los trenes me acompañaron durante
toda mi vida, fue mi gran medio de transporte, y, desde esa mudanza, mis hijas
lo incorporaron a su vida. Para el jardín o para casa de los abuelos, que
también vivían a una estación.
Durante nuestro primer año en
Belgrano, llevaba a Deby de lunes a viernes en tren al jardín de infantes. A la
misma hora salíamos todos los mediodías, tomábamos el mismo tren de las 13:20
horas. Si alguna vez nos atrasábamos o el tren se adelantaba, el conductor
que ya nos conocía, nos esperaba mientras corríamos para subirnos al primer
vagón.
En esas carreras levantaba a mi hija
por el aire, a veces corríamos como podíamos, mientras el conductor nos miraba
sonriente y con la mano, nos decía “tranquilas, con calma”, apenas poníamos el
pie en el tren tocaba la bocina y mi chiquita hermosa se tapaba los oídos, molesta
y disgustada. Un día le pidió al conductor que no tocara más la bocina, y él le
dijo que no podía dejar de hacerlo, por su trabajo. A ella no le gustó, pero fue capaz
de entenderlo.
A veces viajábamos sentadas, otras,
cuando el tren estaba lleno, paradas. No me molestaba, era solo una estación.
Aún recuerdo uno de esos viajes
con el tren lleno, yo estaba parada con Déborah en upa, la sentía tan liviana y
su aroma de nena me invadía, sentía una atracción, era mi cachorra. Estaba tan
feliz de cargarla, feliz de maternar.
Y los trenes seguían sucediéndose, y
Deby se tapaba los oídos.
Cristina (CABA)
13. EL TIEMPO NO PERDONA
Y el tiempo no perdona. Sin darte cuenta esa bebita de risas traviesas y
de voz finita ya es una adolescente, o una pre adolescente, no entiendo bien la
delicada línea que divide tal definición. El cuerpo, la mirada, los modos no
son iguales, son menos torpes y hasta cada palabra que utilizás es más certera.
Tus crisis ya no son por un juguete que no se te dio o por comer sopa, son torbellinos
de emociones que me remueven a mí también, verte mal ya no es tan tolerable
como ver esos ojitos caprichosos años atrás. Exigimos respeto a tus ideales,
nuevos hasta para mí, protestas para que no se te imponga nada de esas crianzas
de antaño que pisotean, en cierta parte, tu libre albedrío. Que sos Julieta,
pero no querés ser tratada como ella, sino como él. Que te gustaban los
hombres, te sentiste atraída por las mujeres, que te gustan ambos, que tu
pareja es trans. Vivís la relación con total libertad, sin llantos por no verse
o celos infundados que genera la distancia, agradezco hace meses tu vínculo con
Alex. Cuidás tus amistades, cuidás hasta tu grupo nuevo del colegio, elegiste
ser delegada de curso en una época donde a cada hora recibís cinco mails con
información diferente y leo te encargás de que a nadie le falte esa
información. Medio vaga, ya en agosto no tenés más faltas, algunas materias
bajas pero como me dijeron los profesores “No la vamos a ver en diciembre, ella
se merece descansar por todo lo que hace” Que me citen del colegio para
explicarme que las materias bajas que tiene mi hija son más porque faltó que
por desaprobada, que están maravillados con la persona que es, lo fácil que
aprende y lo poco que se suma a las giladas. Que la rectora me diga que es poco
ético lo que me dirá, que te de un escalofrío por temor, y que suelte la frase
“No estaría bien que diga que es mi preferida, pero de los noventa nuevos
alumnos es mi preferida”
Me peleo con tu papá,
con el otro que se cree tu papá. con tu tía y tu abuela para defender tu
libertad, así como vos cabalgaste conmigo más de una vez hoy me toca poner el
pecho cuando no das más de esas críticas que te destruyen, pero voy a seguir
estando ahí luchando con vos porque claramente no podría tener un pibito mejor.
Y no te preocupes, alguna cagada heavy te vas a mandar, sino no estarías
aprovechando tu adolescencia, pero voy a estar para bancar el momento.
Este texto es de ella, no quiero idealizar y más me cuesta imaginar un Sinuhe
de trece años. Seguro un vagoneta que quiera vivir en la calle con sus amigos o
encerrados en casa jugando a la xbox, pero por el momento me gusta verlo
emocionado con cada dientito que se le cae y con sus dibujos de acuarela que
nos hace con amor para decorar toda la casa.
Mara (CABA)
12. SOBREVIVIENDO
ADOLESCENCIAS
Períodos duros
si los hay.
Un adolescente
es capaz de contagiarnos los sueños y el ímpetu desenfrenado, enfurecernos,
divertirnos, agotarnos y quebrarnos. Todo en el mismo día.
Es como si el
niño hubiera estado agazapado durante una década esperando el momento de
estallar.
En mi caso tuve
dos adolescentes al mismo tiempo y, por supuesto, con distintos requerimientos.
Se divertían
juntos. Pero no siempre.
Por momentos
peleaban como perro y gato. Y terminaban armando el ring arriba de la cama
matrimonial. Habían crecido corporalmente tan de prisa que yo no podía
separarlos. En un par de años eran (me hace ruido este verbo. Se habpian
convertido?)dos gigantes y yo una hormiga impotente.
La gente de
"afuera" nos decía que eran unos chicos maravillosos, educados,
amables, inteligentes.
Y sí, eran
respetuosos con los mayores, sabían comportarse, menos mal.
Pero en el día a
día eran precisamente dos adolescentes. Conflictuados, celosos uno del otro y
absolutamente diferentes.
Sus amigos eran
acorde a sus gustos: unos muy futboleros y otros muy The Big Bang Theory.
Los nerds se
divertían con inventos ingeniosos, su mundo de cómics, animé, superhéroes, la
física y el espacio exterior.
Los deportistas
se juntaban en el club, los entrenamientos, los partidos y las salidas a los
boliches.
Creo que esa fue
la época de mayor inquietud para nosotros como padres.
Ya no recuerdo
si cuando ellos eran adolescentes se hacía la previa etílica del boliche o se
juntaban a pavear. Yo prefería pensar que esos nenes no fumaban y no se
emborrachaban. Pero un par de veces comprendí que seguramente lo hacían. Y que
ya no eran nenes.
La adolescencia
tira de la cuerda constantemente, prueba, y vuelve a tirar.
A mí me
resultaba muy difícil ponerles un castigo, como no dejarlos juntarse con los
amigos un sábado o no ir a la matinée una madrugada.
En general no
les prohibíamos las salidas porque confiábamos en ellos, en que iban a saber
cuidarse.
El tema era con
quiénes se cruzaran por la calle o en un boliche.
Por supuesto que
la cosa aún no estaba tan desmadrada pero las barritas de pibes que se
agarraban a las trompadas era común por aquellos años.
Hubo zozobras de
corridas y salvadas de peleas, hubo discusiones entre hermanos por apoyar a un
bando o a otro.
Mi primera
desilusión como madre ingenua onda Laura Ingalls, fue cuando comprobé que mi
hijo menor, de trece o catorce años, me había mentido sin que se le moviera un
solo músculo de la cara.
Nos dijo que
había ido al Malba con el colegio cuando en realidad se había rateado, Lo peor fue
que nos describió la visita al museo con lujo de detalles.
Cuando nos
llamaron del colegio para informarnos de que se había esfumado con su amigo, me
dolió más la mentira que lo que había hecho.
Mi esposo lo condenó
a quedarse en casa el día del amigo y la verdad es que la sufrió. Yo traté de
"alivianar" el castigo aunque sabía que era lo correcto. ¡Pero me
daba tanta pena verlo amargado en su cuarto!
Por suerte su
padre supo mantenerse firme y creo que Javier aprendió mucho con esa
prohibición de salida que no se animó a desobedecer.
Años después lo
charlamos y nos dijo que él había entendido que no tenía por qué mentirnos. Era
muy probable que si nos hubiera dicho que no quería ir al Malba sino a vagabundear
con su amigo, le hubiéramos permitido hacerlo.
Creo que de
todos los altibajos de la adolescencia de mis hijos a lo que más le temí
siempre fue a que no me contaran cómo se sentían realmente o a que
prescindieran de mi apoyo o mi ayuda en cualquiera de sus formas.
Noemí Gándaras (CABA)
11. TORMENTAS DE
INFANCIA
Quiero creer que
mis hijos transitaron una niñez feliz.
Tengo muchos
recuerdos de hermosos momentos, de sus risas, sus travesuras, sus aventuras y
sus juegos.
Pero el
territorio de la infancia es frágil y los caminos a recorrer son dibujados por los
adultos, muy a pesar, a veces, de los niños.
Por eso es que
también tengo penas ronroneando en mi corazón cuando aparecen los recuerdos de
momentos que no deberían haber sido.
Joaquín era el
rey; Javier, el lacayo. El rey recibía todos los aplausos y los mejores
regalos, mientras que el lacayo se conformaba -o no- con lo que le tocaba.
Curiosamente, el
segundo creció más fuerte, más salvaje, más rebelde. Y el primero estuvo lleno
de miedos. Terrores nocturnos, pequeños tocs y desesperación por ser siempre el
mejor. Académicamente lo lograba. Era "el chico que habla difícil",
el "superdotado", el "genio". Pero no le gustaban los
deportes, no jugaba al fútbol, temía lastimarse.
El segundo era
igual de inteligente pero ni se molestaba en competir con el rey. Lo de él sí era la
pelota, pelotitas de todos los tamaños y materiales, arcos inventados en la
cocina, campeonatos que anotaba en una libreta..Ansiaba ser jugador de fútbol y
no se lo acompañó en la medida que él necesitaba. El papá trabajaba todo el día
y no podía llevarlo a los entrenamientos, y yo, otro tanto. Siento que
deberíamos haberlo alentado más. Es verdad que íbamos al club todos los sábados
y domingos, almorzábamos los cuatro en el buffet y veíamos todos los partidos.
Pero en la semana se le hacía muy cuesta arriba ir a entrenar.
Había padres y
madres que se volvían locos cuando sus hijos jugaban, que daban indicaciones,
que gritaban; yo sentía que se involucraban
más que nosotros.
Mientras Javier
estaba con su partido, Joaquín hacía natación. Ese fue el único deporte en el
que no se sintió nunca torpe o no elegido.
La desilusión
más grande de Joaquín fue que yo le hubiera mentido acerca de Papá Noel. Su
maestra de primer grado le dijo la verdad sin que él la pidiera. Lloró con
tanto desconsuelo y me increpó de tal forma que tuve que recurrir a la leyenda
del verdadero San Nicolás y los tres magos de Oriente para convencerlo de que
no había sido una mentira, que esos personajes habían existido y desde que no
estaban, los papás continuaban con la tradición. Creo que, a pesar de la
desilusión, su ira se disipó y habrá tratado de perdonarme no haberlo tenido al
tanto de las circunstancias.
Cuando Joaquín
tenía ocho años falleció una compañerita del grado, su "novia".
Repentinamente, de una aneurisma.Fueron meses terriblemente duros y allí dio
sus primeros pasos con la psicóloga para ayudarlo a superar tanta angustia y
tanto miedo.
Javier no sufrió
un shock tan grande como la muerte de un par, pero sí sufría las enormes
diferencias que su tía y abuela hacían con su hermano mayor, que a veces,
rayaban el desprecio. Como llevarse al más grande a dormir con ellas y dejar al
pequeño solo, durmiendo en un colchón en el comedor. Solo y de noche.
Pero Javier no
contaba las cosas, me enteré un día, no sé cómo, y me partió el corazón. Por
supuesto no se quedaron más a dormir en esa casa. El niño demostraba sus
frustraciones portándose "mal" y haciendo lío en la escuela, motivo
por el cual también fue a una psicóloga cuando tenía diez, once años.
Por eso digo,
uno puede esforzarse mucho en tejer la red de felicidad que eventualmente
atrapará a los hijos en las caídas, para que se lastimen lo menos posible, pero
los padres somos imperfectos y nos equivocamos muchas veces, por error u omisión.
Y después está
el mundo de afuera, los familiares, el colegio con sus compañeros y maestras,
el club, los amigos, los amores y los miedos.
No se los puede
proteger de todo.
Hubiera querido
ser yo más fuerte para criarlos con más seguridades, con más defensas. Pero la
niña que había sido todavía estaba rota y le faltaban herramientas para
rearmarse y batallar contra todos los monstruos.
Traté de
compensarlos con todo el amor que me fue posible, traté de ser parte de su
mundo infantil y creo que mi lucha, por ingenua que fuera, al ser auténtica dio
sus frutos.
No pude evitar
que lloraran o tuvieran miedo a veces, pero esos niños, mis hijos, sabían que
los amaba y eso les dio la seguridad de que, pasara lo que pasara, su
imperfecta madre iba a estar siempre con ellos.
Noemí Gándaras (CABA)
10. PLANTANDO BANDERA
La fuerza de la imposición de la vida.
Que no se detiene y arrolla. Salvajemente arrolla.
Los chicos compartían una hermosa
habitación que mi amiga Miri les había hecho. Hasta el techo placard enorme.
Botinero para pies gigantes. Biblioteca. Separador de camas que al construirse luego
las habitaciones personales fue mesa de ping pong y hoy escritorio de Miri.
Seguían compartiendo el espacio.
La escuela vespertina cuasi nocturna de
Sebas alteró el ritmo de vida. Federico se acostaba a las diez aproximadamente
y Sebastián llegaba a casa a las diez y media. Con una energía gigante, con
ganas o no de hablar y contar nuevas vivencias. ¡Las chicas!
Nacho se transformó en su mejor amigo y
vivía prácticamente en mi casa. Cualquier motivo era suficiente para tenerlo
instalado. Por cuestiones de comida y por lo dormido(no entiendo) de mis
apariciones en la cocina, lo bautizamos Jorge Pollo (una vez lo llamé así y él
siguió con el juego; siempre había milanesas de pollo cuando se quedaba por
azar).
Empezaron las salidas, las juntadas, el
alcohol y las drogas. Sin lugar a dudas, todo junto. Los bailes y juntadas eran
en días de semana en alguna casa sin adultos. Tenía toda la información(ustedes
le daban?) de nuestra parte. Nuestra confianza desconfiada. Y por supuesto, la
soberbia suficiente para afirmar que él sabía de qué se trataba la vida. ¿Sabía
con apenas catorce años?
Aquella mañana subí a la habitación con
sigilo para llamar a Federico que aún cursaba su primaria. Al entrar, la
primera cama era la Sebastián. Dos cuerpos tapados hasta la cabeza cual momias
me sorprendieron tan temprano. Como pude reaccionar (se me atranca)y
entendiendo rapidísimo la circunstancia, ofrecí un colchón para que la señorita
pudiera dormir cómoda. ¡Ilusa! ¡Tarada!
Entre sonidos guturales Sebastián me
ordenó que dejara todo como estaba. Y sí: estaba super interesante.
Robóticamente, desperté a Federico. Con
lagañas grandes vio la situación generada por su vecino de cuarto. Me preguntó
qué era eso. Contesté la verdad gritada: “Tu hermano trajo una chica” Silencio.
Mi cabeza generaba sinapsis sin sentido. El calor me iba subiendo hasta los
pelos. Los dejé dormir, bah, o lo que fuera que pasaba entre ellos. Me puse en
el lugar de la chica: estar con la familia del chico y preguntarse: ¿Sigue esta
historia? ¿Volveré a esta casa? ¿Qué pensarán? ¿Son copados? ¿Lo cagarán a
pedos?
El acto de plantar bandera de Sebastián
nos llevó a replanteos importantes con él. A los que, obvio, dio poca bolilla.
Edith Oxilia (CABA)
9. PUBLICO VERSUS PRIVADO
La dificultad de este tiempo de pandemia
me hizo reflexionar muchas veces lo complicado de la convivencia con niños
encerrados.
Cuando Sebastián era bebé, viví horas
enteras en la Plaza Irlanda. Él en el cochecito, yo al sol disfrutando algún
libro. Me recuerdo leyendo muchísimo en esa época. Una forma de escape ante esa
realidad que a mí no me daba respiro. Bebé, marido, casa, bebé, marido, casa,
yo. Más tarde, la necesidad de escape ante lo restringido de nuestros treinta
metros cuadrados implicó la diaria tarea de ventilar a ese bebé que daba sus primeros
pasos. Entonces mi tarea incluía cochecito, triciclo, pelota, algo para la
merienda, mucha paciencia. Tuvimos una constancia de deportistas en días
laborales y mucha impaciencia los fines de semana. Hasta el momento en que
reaccioné y me instalaba(no queda claro que inluye en instalarse, pasar días,
dormir?) en las casas de los abuelos. Un poco de descanso.
Con anticipación exagerada, fui
recorriendo jardines por la zona. En uno de esos lugares, la maestra que nos
acompañaba empezó a gritar desaforadamente a un grupo de la sala de cinco años.
Cuánto le agradecí. Fue maravilloso saber que ahí no era. No lo fue. Otros
lugares me forzaban a pasar primero por la tesorería marcando a las claras
quiénes podrían y quiénes no. Interesante. Tampoco era por allí.
Por error, por causalidad, llegué a Wendy donde la divina de Mirta hacía magia con los chicos. Allí fuimos. Sebastián tenía entonces dieciocho meses. Muchos me criticaron mal: que era muy chico, que necesitaba todavía estar con su mamá, “andá a saber todo lo que se puede contagiar”, etc. Con la venia de Claudio, seguí en las mías y para adelante. Lo que avanzó su crecimiento y desarrollo fue exponencial. Lo que a mí me rendían esas tres rápidas y exiguas horas matutinas también era de no creer. Para ayudarlo a que caminara le inventé una canción:
Paso, paso, paso, pasitoPaso, paso, paso chiquito
Camino, camino
Pie, pie, pie, pie
Camino, camino
Pie, pie, pie, pie
Cerca de sus tres años, se enfrentó a su
papá para decirle que a él no le importaba la plata sino estar con él. Lo que nos emocionó ese niñito es difícil
de explicar. Con una rabieta impresionante, estableció que el mundo de los
adultos poco le importaba si su papá no podía “vivir” con él. Convicciones
fuertes.
Llegó Federico. Muy esperado y deseado
por todos. Algo pasó que no sé explicar y entonces el niño mayor empezó a
masturbarse en cualquier circunstancia y lugar. Por consejo de su pediatra,
fuimos a terapia. Se suponía que familiar. ¡Qué complicadas las psicólogas
cuando establecen situaciones imposibles de cumplir!: “deben concurrir ambos
padres” poniendo en el lugar del desamor al progenitor que no va. Luego con la
devolución (quince veces le pedí que me hablara claro mientras tomaba nota como
en la Facultad para llevar “sus” palabras a casa y al pediatra) volvimos al
pediatra -héroe- que nos tranquilizó. Nos llevó casi dos años de tratamiento
superar este tema. En la primaria a la que iba estaba muy acompañado. Por
ejemplo, no permitían el bullying contra él, cosa que a los chicos les sale
fácil. En su grado había otras situaciones que debían ocuparles tiempo también.
Obvio que había comentarios “en la
vereda”. Algunos más comprensivos, otros nada comprensivos.
Me taladraba el cerebro cómo había
llegado a esa situación, qué había hecho de modo equivocado, qué cosas hubiera
podido evitar. Nada aparecía. Encima mis mayores lo único que hacían era
señalar la situación porque la “norma” estaba siendo alterada. “Eso” no se hace
en público”, como si un niño de cuatro/cinco años tuviera idea clara de lo
público y lo privado.
Edith Oxilia (CABA)
8. DE UN PORTAZO
Fin
De un portazo se terminó la primera infancia.
Una
mañana en el auto yendo para el trabajo
- Llamame a ver cómo te fue.
-Dale, te llamo a las 10 que tenés el
recreo largo.
Guillermo seguía hablando pero yo no
despegaba la vista de la ventanilla.
-¿Ves lo que estoy viendo yo?
ꜟEsa
cabeza con rulitos castaños era de mi familia!
Santiago, junto con su compañero
problemático según la tutora, estaba por Donato Álvarez a las 7 45…, ¿y el
colegio?
Cruzamos Yerbal y nos detuvimos en la
esquina. Me bajé aunque mi marido no quería, hasta que pasó justo por enfrente de
nosotros. Cuando me vio se detuvo de golpe mientras yo desde enfrente lo
saludaba con la mano.
Me metí en el auto y arrancamos.
Una
tarde en casa.
Baldeando la terraza, mucho calor.
Abro el gabinete chiquito para sacar la
manguera…
¡Sorpresa! Tres pack de cervezas de tres
cuartos.
-¡Santiago!
-Los chicos me pidieron que las guardara.
En
el auto volviendo de un recital
Noche en la colorada
-¿Qué tal toco Patricio?
Nada
-¿Lo pasaste bien?
-Me siento mal…
Paramos el auto y apenas bajo se
descompuso
Primera borrachera y, además, nos enteramos de que le había prestado su primera guitarra al amigo que nunca se la devolvió.
Noche,
puerta de la casa de Ignacio
-Buenas noches. ¿Qué tal?¿Santiago está
acá?
-No, ¿por qué pensás que está en casa?-respondió
la mamá de Ignacio.
-Porque estoy segura de que está con Ignacio,
desde que llegó al colegio no se despegan.
-Sos una exagerada, ya van a venir.
-Me gusta que se reporte y esté en casa
antes de las diez.
-Ah…Acá no ponemos muchos horarios. Con
Ignacio no está.
-Ok. ¿Te molesta si espero acá afuera?
-Jajaj! Hace lo que…
En ese instante, aparecieron los
imberbes de catorce caminando lo más campantes y un pucho en la mano.
La mire. Nada más.
Anécdotas. Muchas.
Santiago iba de desafío en desafío, de provocación
en provocación. Y como no habíamos leído el manual del adolescente no teníamos idea de cómo manejar
la cosa. ¿Era así o se pegaba a los problemas?¿Hasta dónde su privacidad y su
falta de comunicación?
¿Quién podría socorrernos?¡ Santa dra,
Enriqueta! ¡La pediatra!¡Estuve a un suspiro de hacerle una estampita para
pegarla en la heladera!
Hacíamos lo que podíamos. Esa necesidad
de pertenecer a su grupo de referencia que estaba por sobre cualquier cosa
comenzaba a mover la estantería tan bellamente ordenada de los años anteriores.
Con Santiago estrenamos todos los
sobresaltos, todos los temas, todos los límites, todas las filípicas
productivas o inútiles.
Ahora los portazos los daba en persona y
yo, especialmente yo, más de una vez con los ojos desorbitados,
me quedaba detrás de la puerta eternamente.
A Santiago había que buscarlo e ir al
encuentro porque nada era como uno imaginaba y no toleraba nuestra presencia
delante, detrás o a los costados.
Eso siempre fue claro para mí: de mamita no ibas a zafar.
Gabriela Potenza (CABA)
7. PREMONICIÓN
Cuando Jeni y Lucía habían
cumplido sus doce años, decidí que ya podían empezar a volver de la escuela en
micro.
A la mañana las llevaba yo,
entraban a las 8. Y a las 12.30 volvían en el transporte público. Las hice
practicar, les recomendé sobremanera que el cruce del Camino General Belgrano
(la única calle que tenían que cruzar) era muy peligroso y que aunque el semáforo
las habilitara controlaran siempre que ningún camión, micro o auto cruzara en
rojo. Y así empezaron a volver. Yo las esperaba en la parada del micro o ellas caminaban
el tramo hasta llegar a casa, eran calles internas tranquilas y sin tránsito.
Ya hacía unos meses que lo
hacían cuando un día yo estaba en casa trabajando y sentí una puntada
fuertísima en la boca del estómago, automáticamente pensé “les pasó algo”.
Luego me tranquilicé diciéndome que lo mío era pura paranoia.
Llegaron lo más bien.
Almorzamos, charlamos las cuatro como siempre y cuando terminamos sonó el
teléfono. Era la mamá de la mejor amiga de Jeni, que me dijo “¿te contaron las
chicas lo que pasó?”. Contesté que no y me relató: “Marisol y Lucía cruzaron
con el semáforo en rojo el Belgrano y se paralizó todo el mundo porque venía
un camión, todos creímos que las habían pisado, no ocurrió de milagro”.
Quedé shockeada, temblando, no
sabía si agradecer la suerte que habíamos tenido o llorar por la desgracia que
estuvo a punto de acontecer.
Lo que sí me quedó en claro es
que mi puntada en el estómago había sido una fuerte premonición y no pura
paranoia.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
6. UN REGALO DE LA VIDA
¡Qué
maravillosos los años de la infancia de los hijos!
No digo que sean
fáciles, ni dorados todo el tiempo, pero ¡qué enorme regalo de la vida poder
vivirles la infancia!
Poder caminarla
con ellos, despertando en cada asombro, descubriendo el mundo... de nuevo, con
la mirada de ellos.
Transitar
livianos de preocupaciones, ver los colores más brillantes, imaginar una
aventura en cada rincón y correr, correr con ellos, de pura alegría.
He disfrutado
enormemente la infancia de mis hijos. Dejando de lado los enrosques de los
adultos que nos rodeaban, mi mundo y el de ellos era precioso.
Amé llevarlos al
jardín, hacer trabajitos con ellos, armar refugios con sillas y mantas,
recortar figuras para las láminas del colegio, guiarlos en los deberes, leerles
cuentos, inventarles historias, cantarles canciones con escenografía cuando ya
estaban en la cama, tapaditos y muertos de risa.
Recuerdo que el
último día de clases del preescolar de Martín, Leo en salita de 3, las maestras
estaban formando a todos en el patio y
despidiéndose de ellos.
Era un colegio
con paredes bajas y rejas, o sea que las madres veíamos el patio desde la
vereda, donde esperábamos a nuestros cachorros.
A mí me salió un
espontáneo: "¡Qué bueno! ! ¡Vacaciones!"
No sé cuántas
cabezas de madres entre estupefactas e indignadas se giraron a mirarme.
Varias osaron
preguntarme: "¿Y eso te pone contenta? ¿Los chicos en casa todo el día por
tres meses?"
No lo podían
creer. Una mamá contenta de tenerlos con ella todo el día durante tres meses.
No me gasté en
explicarles que durante el año escolar corríamos mucho durante la semana y que
ahora yo TAMBIÉN estaba de vacaciones para estar con ellos sin horarios ni
obligaciones. Para disfrutarlos.
Para mí los
finales de clases eran un premio, al esfuerzo académico de los tres, al
sacrificio de los madrugones y corridas.
Y en el verano
teníamos poco dinero pero todo el tiempo del mundo. Así que lo aprovechábamos
al máximo.
Munidos de provisionesnos
tomábamos el tren hasta Palermo y recorríamos los bosques.
"Acampábamos" cerca de uno de los lagos y comíamos Criollitas con
paté sentados sobre una lona.
Jugábamos a la
pelota, se subían a los árboles.
El lujo mayor
era, cuando pasaba el heladero con el carrito, comprarles un helado a cada uno y la mar de
felices.
A veces íbamos a
la pileta (siempre llevando las vianditas para no gastar) o íbamos al centro a
caminar por Corrientes y tomar un conito en Mc Donalds.
Alguna que otra
vez nos dábamos un lujazo e íbamos al cine o al teatro. Y el mega lujazo era
encontrar una confitería bacana para merendar como reyes, siempre que aceptaran
tarjeta.
En verano
hacíamos todos los controles pendientes. Los llevaba al odontólogo y al
traumatólogo, ambos por la Avenida Santa Fe, que después recorríamos de cabo a
rabo.
También
visitábamos a mi hermana y los cuatro primos disfrutaban en la plaza o en los
pastos de la General Paz.
Caminábamos
mucho, inventábamos historias con algunos lugares o personas que nos cruzábamos
y volvíamos a casa cansados pero felices. Cumplíamos con los rituales, el baño
de los niños, la cena en familia y el cuento o la canción antes de dormir.
Nunca salteamos
un pic nic el día de la primavera.
Nos íbamos al
Parque Los Andes a sentarnos en la lona bajo un árbol, con sanguchitos y papas
fritas. Pasábamos la tarde al aire libre entre los juegos de la plaza y el
fútbol improvisado con otros niños.
Hemos celebrado
todos los momentos importantes de la infancia de mis hijos, que fueron,
precisamente, todos.
Noemí (CABA)
5. SUSTOS
Dos sustos grandes me dio Federico. Uno
cuando andaba aún con pañales..
A sus dos años y medio fuimos al Club
Ferro para ver qué onda con él y sus ganas de estar con los “ticos” al igual
que Sebastián hacía. La escena fue de película: el profesor Hugo de casi dos
metros hablando seriamente y a la distancia con una pulga de dos años. “Con
pañales, no”. Terminante. Para más adelante las cosas cambiarían y armarían un
grupo con maestras jardineras para sostener a los más chicos. Fue llegar al departamento después de esa charla seria, bajarse los pantalones, arrancarse de una los
pañales descartables, golpearlos contra una pared y afirmar con voz de grande:
“Eto no lo quedo ma”. Y así fue. No hubo manera de volver a ponerle un pañal. A
veces se olvidaba y se hacía pis encima. Nunca en la cama. Por eso fue al club
de muy pequeñito.
Volviendo al susto mayúsculo, recuerdo
que regresábamos a casa después de hacer compras por el barrio. Caminaba por
delante de mí pero a mi alcance. En mis manos, bolsas plásticas rebosantes. Hasta
que, de repente, una vecina salió de su garage. Yo ya la había observado. Salía
desde atrás, porque la casa tenía un pequeño hall de recepción antes del
ingreso. Pasó Fede y luego, a toda velocidad, pasó el coche. Mi cara de horror
la asustó de hecho porque frenó de manera insospechada. Bajó del auto para
mirar su auto. Le pedí que lo sacara de la vereda y me dejara pasar, cosa que
hizo a la velocidad que me tenía acostumbrada. Para ese momento, llegar a Fede
implicó una corrida del corazón para mí. A partir de ese hecho, trataba de no
pasar por esa vereda. A propósito. Consciente de que la señora podía salir
manejando en cualquier momento sin dar aviso. Si por casualidad me distraía y
pasaba por delante de la casa, paraba el tránsito de los míos, miraba hacia adentro
para escuchar el auto y pedía que nos apuráramos.
La segunda vez que Federico me dio un
susto de aquellos fue volviendo del jardín al mediodía. Su necesidad de correr
para disfrutar la vida hacía que me fijara que no hubiera cocheras, ni veredas rotas. Aquel día en lugar de
“estacionar” en la esquina como habíamos convenido, el chico desapareció cuando
llegué a la vuelta. Volver sobre mis pasos. Hay horas en que no hay nadie en
las veredas del barrio, para mal y para bien. Nadie había. ¿Qué había hecho?
¿Dónde estaba? Lo llamaba y silencio de radio. Se me ocurrió avanzar sobre la esquina y lo vi subido a un ventanal
gigante de un local que le permitía con su tamaño esconderse de mamá. Recuerdo
que lo abracé como quien abraza el infinito. Me contestó que él había ganado
porque yo había tardado en encontrarlo…
Edith Oxilia (CABA)
4. LA MANO DE MI NIÑO
La mano de mi niño es mi faro, es esa luz a la que siempre deseo llegar, aun en la absoluta claridad. Camino junto a él y se inicia un ritual que parece haberse practicado cuidadosamente durante mucho tiempo. Comienza así lo que yo llamo la Primera etapa del andar. Me ubico a la par y así comenzamos el camino. Son dos segundos en que ambos extendemos nuestras manos sin mirarnos. En el aire ellas dan un paso de baile rápido y al finalizarlo ya están juntas. Mi mano sujeta la suya con firmeza, en un apretón amoroso, que indica en silencio vamos. A los veinte segundo voy relajando los dedos y comienza la Segunda etapa que es de absoluta belleza. Recorro sus dejos flacos, comenzando por los más cómodos a la posición de mi mano, el Índice primero, el mayor después y el anular o dedo corazón en tercer lugar. Quedan para el final el pulgar y el meñique, que se ubican en el revés de mi mano, en forma de resguardo. Puedo palpar fácilmente la primera falange del dedo anular, llego a la segunda extendiéndome un poco y a la tercera la encuentro más allá, pero la encuentro. El hueso grande y el trapezoide, son mis preferidos, están más cerca y se hacen notar. Puedo sentir en ese recorrido la piel de la mano que me indica la temperatura . Puedo sin mirar, imaginarme el trasluz de sus venitas azules. Tengo la certeza, sin ver donde aparecen caprichosamente esas manchas blancas, que por suerte le gustan y a las que jugamos a buscarles formas . A esta Segunda etapa la llamo de Exploración clandestina, porque tiene la particularidad además, de ir modificando la fuerza que ejerce mi mano sobre la suya, según el recorrido del andar, ya sean lugares abiertos o cerrados, sus posibles peligros o mis miedos imaginarios.
La
Tercera etapa la divido en dos. La de llegada a destino, que tiene un comportamiento
distinto si fuese al médico, por ejemplo, donde su mano sujeta la mía con
fuerza, como una forma de resistencia con bandera incluida, y puedo sentir
inmediatamente como se humedece, se pone fría, los dedos rígidos y la mía
debe generar las defensas
suficientes para contrarrestar a semejante temporal de sensaciones. La otra
variante de esta etapa es sí el destino del corrido es una canchita de futbol o
un terreno a toda pelota, ahí su mano se desprende feliz de la mía, velozmente,
tomando fuerza propia, obligándome a extender la mía hasta liberarse a su juego.
La Cuarta etapa es la de Gestación Imaginaria,
debo confesar la más difícil de todas, la del segundo nacimiento, la que me
lleva a preguntarme cuándo esa mano, la
más hermosa del mundo, la que reconocería en un millón de manos, la que me hace
feliz, la que elijo , y me lleva y guío,
me pedirá soltarse, alzar vuelo. ¿Cuándo?...
Empuja Tercera
falange. Expira, dedo flaco. Puja dedo Corazón. Suelta, vuela, que acá esta mi mano, chiquito mío: como
puño, extendida, o como garra, para
cuando la necesites.
María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)
3. PRIMERA INFANCIA
Todavía eran tiempos de barrios
abiertos. La Plaza no tenía rejas, la escuela era parroquial
o la N9 Artigas, el almacén de Doña Aurora, el kiosco era solo
de golosinas, las canchitas de fútbol…
Mis hijos empezaban con intentos de independizarse yendo juntos al cole,
cruzaban la calle observando con insistencia hacia un lado y hacia el
otro, bajo
mi mirada atenta o la de sus abuelas. Luego aprendieron
a tomar el colectivo y a controlar los vueltos,
ahorrar en el chanchito o la alcancía de las tortugas Ninja.
La escuela estaba muy presente en
nuestras vidas, en nuestras charlas y proyectos porque eran pequeñas sin
mucho despliegue de actividades salvo fútbol, inglés o catequesis.Y porque yo
estaba en plena actividad docente, enamorada de lo que hacía en mi
mundo y
del que participaban los dos.
Nunca fueron a los colegios donde yo
daba clase. Siempre quisimos una historia nueva para ello, inclusive en eso.
Pero se conectaban con los hijos de mis compañeros que eran como tíos y terminaban
siendo amigos y participaban de fiestas escolares, de encuentros, campamentos, de
torneos en los campitos…estaban siempre.Una gran familia paralela.
Muchos chicos, mucho barullo y alegría.
La escuela como centro de interés y espacio social.
La casa también.
La terraza y la pelopincho en verano,
los cumpleaños con animación casera y carteles hechos a mano con cartulina y
papel glace especialmente el metalizado.,
Iigual
de casero como
el bizcochuelo de seis
huevos o Royal de vainilla relleno con dulce de leche que sería desterrado en
breve por la vedette : la chocotorta.
Tiempo de horarios para aprovechar el día, de andar en bicicleta
dando vueltas a la manzana y que todos los saludaran al pasar sin pensar que
algo malo pasaría.
De bombitas de carnaval.
De vVacaciones
de invierno, teatro o cine o revistas para armar
cuando llovía ; vacaciones de verano en el terreno de los bisabuelos y alguna
vez,
Mar de Ajó.
Hace treinta y pico de años todavía no
sentíamos tanto miedo e inseguridad.
Disfrutábamos de cosas sencillas propias
de los barrios, las maestras eran respetadas, muy queridas y las mamás,
nos apoyábamos entre nosotras para comprender y ayudar a
los hijos a crecer con los problemas más complejos. Estaba la solidaria, la
metida, la chismosa, la caída del catre, la
que se ocupaba de todo, la que estaba en contra de todo también, Nos conocíamos y sabíamos quién era quién porque éramos del barrio.
En la primera infancia todo se instala:
los valores, las confusiones, la
sociabilidad, la sexualidad, la amistad, las audacias, los tropezones…todo,
todo se iba
construyendo.
Hasta la inclusión era natural. La mayoría
de las peleas entre los chicos se
arreglaban
, reparación y a otra cosa.
Todos:las nenas, los nenes, los que tenían capacidades diferentes, el gordito, el de lentes, el que tenia otros gustos…es cierto que a
veces se tornaban crueles pero se podía solucionar a través del diálogo y el
buen límite. Es cierto, también,
que todavía había cosas en silencio, que dolían decir y no se decían.
Al menos ese fue el
tiempo que me tocó vivir.
Supongo que los que somos docentes
tenemos ese plus de mirar la vida con más humanidad y sacar lo mejor de ella.
Nunca dejamos de ser docentes.
La mirada optimista y abarcativa hace que
seamos siempre motor.
-¡Mamá, no seas maestra con nosotros!- eso me
decían a veces mis hijos.
Y así vivieron hasta
los diez. De a dos casi en todo. Fue una
etapa pareja y tranquila.
¡Cuánta nostalgia
de los tiempos en calma!
Porque no estaba para nada en los planes,
de nadie, menos en los míos, la
adolescencia.
Gabriela Potenza (CABA)
2. BENDICEN MI EXISTENCIA
Lucía fue hija única durante
seis años. Era una niña muy charlatana, curiosa y con infinidad de amigos
invisibles con los que jugaba todo el día. Salíamos del jardín y dentro del
auto iban Manuel, Francisca, Catalina y no sé cuántos más. Charlaba con todos y me involucraba a mí en
esas conversaciones que por supuesto yo sostenía alegremente. Se complicaba un
poco cuando todos se sentaban en ronda en la cocina de casa, yo pasaba y pisaba
a alguno de ellos. Ella me retaba y me decía que tuviera cuidado y yo me
disculpaba con el pisado de turno.
Por las tardes le encantaba
salir al patio y explorar su pasión máxima de ese momento: la arqueología.
Tenía una bolsita de tela con lupa, palita, palitos y otras herramientas con
las que desenterraba grandes tesoros. Por las noches los clasificaba, armaba un
museo en el sillón del living y nos hacía la visita guiada a su papá y a mí,
describiéndonos cada uno de los hallazgos que iban enriqueciendo su colección.
“Mirá, mamá, cuando pasen muchos años y encuentren nuestros platos, nuestras
tazas y nuestros huesos”, me dijo una vez.
Yo trabajaba en mi estudio en
casa, su papá volvía del trabajo a media tarde. Ella iba al jardín y tres horas
la cuidaba Adri. Nuestra adorada Adri, con la que, con tan solo dieciséis años
venía todos los días, la mimaba, la peinaba, se disfrazaban juntas, salían a
pasear en bici; aún hoy se quieren como hermanas. Yo diría que Lucía era una
niña muy feliz.
Desde que ella tenía tres años
y después de perder un embarazo de cinco meses, mi esposo y yo decidimos optar
por la adopción. Desde entonces empezamos a armar carpetas, informes, cartas, a
hacer llamados. Anualmente renovábamos de cada solicitud. Lucía me acompañaba
al correo a enviar los veinticinco sobres que contenían los papeles que preparábamos
para ese fin. A cada uno le daba un beso antes de despacharlos para que nos
mandaran uno o dos hermanitos como poníamos en los formularios. Siempre
hablábamos con ella que podían ser uno o dos y que no sabíamos ni sexo ni edad.
Pero que iban a tardar en llegar porque había muchas familias esperando hijitos
para adoptar.
A los tres meses de cumplir los
seis, empezó a poner la mesa con dos platos más y decía “pongo dos más para mis
hermanas”. A mi me preocupaba que hubiésemos generado demasiada expectativa en
ella, pero increíblemente al mes nos llamaron del juzgado de La Rioja. Así fue
como conocimos a Jeni y Marisol.
Eran cuatro hermanos, la jueza
decidió que debían ser adoptados con urgencia por el riesgo que estaban corriendo,
así que nos dijo que el varón mayor y la nena chiquita iban con una familia de
Bahía Blanca y las dos nenas del medio nos las daban a nosotros.
Teníamos que estar en el
juzgado el lunes 23 de mayo. Yo trabajaba ese fin de semana y mi esposo viajaba
por trabajo a Río Cuarto. Así que nosotras nos quedamos en casa preparando su
habitación para recibir a sus hermanas. La decoramos con guardas de flores
recortadas en tela por nosotras, renovamos los colores, pusimos acolchados y
almohadones, compramos un colchón que nos faltaba hasta que llegara la cama
carro que habíamos encargado.
El sábado el papá de Lucía me hizo
escuchar una murga que yo había contratado para el evento al que él había
viajado. Yo le dije “¡qué lindo! ¡qué
ganas de estar ahí!”. Cuando corté, ella, que estaba al lado mío me dijo:
“mamá, la murga es un día, las hermanas son para toda la vida”. Y con ese
espíritu ella las fue a buscar, las recibió y les brindó todos los espacios,
sus juguetes, su habitación, su familia. Yo no podía creer que Lucía tuviese
esa claridad mental y afectiva a tan corta edad.
Teníamos pasaje en avión para
las dos a las 6 AM del lunes. Yo terminé de trabajar a las tres, la desperté y
nos fuimos.
Allí las conocimos. Estábamos
en un cuarto bastante pequeño los papás de Bahía Blanca, nosotros tres, una
asistente social cuando entraron los
cuatro hermanitos. No me pareció la situación ideal, pero así lo habían
organizado desde el juzgado. A Jeni y Mari las trajeron a nuestro lado y Lu les
entregó un muñeco a cada una que ella misma había elegido un rato antes en una
juguetería.
Marisol, regalona, un caramelo,
se retorcía y nos miraba a los ojos muy dulcemente mientras abría su paquete.
Jeni, sin embargo, lo agarró enojada, no lo abrió y no nos quería mirar. En ese
momento alguien la catalogó como “la llorona” porque había llorado mucho cuando
su mamá les dijo que en un rato volvía y no la vieron nunca más.
Salimos de allí y en la vereda
me puse en cuclillas, para quedar a su altura y les dije a las tres si querían
ir a pasear. Aceptaron muy contentas. A las pocas cuadras Marisol, que iba de
mi mano, comenzó a balancearla y repetía despacito como si fuese un mantra
“mami, mamita, mami, mamita”. Mi corazón galopaba, tenía ganas de abrazarla fuerte,
muy pero muy fuerte, de sanarle todas las heridas en un instante, pero sentí
que ella lo decía bajito para ella misma y respeté esa sensación y me contuve.
Estuvimos una semana en La
Rioja completando los trámites. Llegamos el 30 de Mayo a casa. Ellas la exploraron.
Jeni tenía los ojos más grandes que yo jamás había visto. Lucía les mostraba
todo, les ofrecía sus juguetes, su perro Manú, su familia que nos esperaba
ansiosa. A los cuatro días fue el cumpleaños de Marisol y todos nos reunimos
para celebrar no solo su cumpleaños, si no también la vida que nos bendecía y
las bendecía.
No puedo decir que todo se triplicó,
yo creo que se quintuplicó. No solo la ropa, la comida, los horarios, las
atenciones que necesitaban, estar atenta a que cada una tuviese su espacio en
esta nueva vida que creíamos que iba a ser de cinco. Hasta que a los veinte días
el papá de Lucía decidió comunicarme que que se había enamorado de otra mujer y
la separación fue inmediata. Para mí absolutamente inesperada y para Lucía el
golpe más duro de su vida, sobre todo porque el padre amoroso, compañero y del
cual estaba absolutamente enamorada desapareció durante un año y se puso
agresivo. Sin embargo, ella nunca asoció o culpó a la llegada de sus hermanas con ese hecho.
Nuestra vida siguió, mis hijas
se hermanaron, afianzaron su vínculo entre ellas y conmigo con todos los
escollos que tuvimos que sortear juntas. Amigos, familia y profesionales nos
ayudaron sin dejarnos solas nunca.
Marisol me tuvo años con el
Jesús en la boca. Son innumerables las anécdotas en las que nos paralizaba el
corazón caminando por cornisas, escondiéndose la mañana entera en el cuarto de
limpieza de la escuela mientras todos los maestros la buscaban, o pasando la
cabeza entre las rejas. Hoy nos reímos mucho, pero en ese momento sentíamos morir.
Jeni era todo dulzura, con una
sobreadaptación que a mí me preocupaba, debido a la cual la llevé a terapia
desde muy chiquita. Super talentosa para el baile. Ágil, saltarina y con mucho
oído musical. Histriónica y payasa, siempre le gustaba hacer monerías y contar
chistes. Nos divertíamos mucho. Las cuatro pasamos una hermosa infancia a pesar
de lo esforzado que fue para mí. Pero, por más que no estaba en mis planes
hacerlo sola, no dudaría un segundo en volver a criarlas, disfrutarlas y, sobre
todo, dejarme bendecir por su existencia en mi vida.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
1. ÚNICA
Y ORIGINAL PEQUEÑA MÍA
Me
desperté temprano porque vi luz en el comedor. Tengo hambre y no escucho a
nadie. Antonia duerme en la cama de arriba, Mariana en la habitación de al lado.
No se van a mover todavía. Voy a buscar unas galletitas a la cocina. Veo por
debajo de la puerta la revista. ¡Chicas, chicas, llegó la revista “Chicas”!
grito de alegría y comienzan a levantarse riéndose mucho a pesar de ser las
siete de la mañana de un sábado.
Armo
mi colectivo con el triciclo y los muñecos que son los pasajeros atados atrás y
voy por toda la casa gritando, boleto, boleto, quién quiere boleto. Las
chicas y mamá pasan a mi lado y me compran mientras hacen sus cosas. Yo doy
vueltas por la cocina, el comedor y los dormitorios. Hasta me meto en el baño a
toda velocidad. Todavía no me cambié ni me bañé. Ya va a venir mami a decirme, al
agua chiquita.
A
la tarde las tres visitamos a los abuelos. Nos abalanzamos sobre el arroz con
leche con canela que nos preparan. Más rico no puede ser. Papá no está, seguro tiene
guardia yllega más tarde. Las chicas se disfrazan con vestidos de la abu, se
ponen pelucas y collares y se sientan a hacerse las princesas en los sillones
del comedor. A mí ese juego no me gusta. Tengo todos los autitos y juguetes de
papá de cuando era chico en el placard de la entrada y también mi caballito
para andar por toda la casa. El abuelo no nos reta, puedo sacar todo lo que
quiera y jugar todo el día. Hoy nos vamos a quedar a dormir aquí así que seguro
me acuesto con la abuela y el abuelo. A las chicas les toca la habitación de
papá. Él llega a la noche y juega a la pelota conmigo. Las chicas siguen
disfrazadas. No se van a sacar nunca esos disfraces.
Eras
muy pequeña cuando nos separamos. Seis años. No sé si comprendiste lo que
significaba. Seguiste siendo la misma de siempre. Alegre, saltarina, original
por donde te mirara. Si tus hermanas se pasaban horas encerradas en su
dormitorio con las muñecas, vos jugabas por tu cuenta y en cuanto podías te
colabas con las mayores. Se les había ocurrido hacer un número para la fiesta de
Año Nuevo. Estrenarían “Mi lugar,
tu lugar, nuestro lugar”. Hacían los ademanes siguiendo cada estrofa. Se habían
aprendido toda la coreografía. “Mi lugar, tu lugar, nuestro lugar es aquí no lo
dudes ni un instante, aprendiendo del pasado sin volver la vista atrás para
todos, Argentina es nuestro hogar” y se daban vuelta para señalar con sus
brazos el tiempo pasado. Vos chiquita, como no podías seguir los pasos te
metías entre las mayores e intentabas imitarlas causando la risa y los aplausos
de los presentes, con esa pollerita de corderoy rosa que se te iba cayendo
mientras la blusita blanca quedaba afuera. Eras finalmente la atracción de la
noche.
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Me
despierto con ganas de vomitar. Lloro y grito como una loca. Daniela baja y me
abraza. Mamá viene con un yogurt y cucharita a cucharita se me va pasando.
Después me voy con Daniela y Mariana al colegio. No me gusta ir a la mañana y a
la tarde a la escuela. Extraño a mi mamá y quiero jugar.
Por suerte mami buscó otro colegio cerca de casa. Se llama Siglo XXI. Voy con uniforme y solamente de mañana. Tengo nuevos amigos y todos viven en el barrio. Mamá me lleva casi todos los días. Cuando no puede el abuelo me alcanza en auto. Se me pasan las arcadas de la mañana.
¡Ay
chiquita querida!, ¿qué es lo que te pasa? Por algo sufrís tanto. Todos los
días esos llantos al levantarte. Vamos al médico y te hace una radiografía. Un
drama porque tenés que tragarte esa maldita sustancia opaca. El resultado, una
hernia hiatal. El pediatra me advierte que se va con el crecimiento. Decido
cambiarte a un colegio más cercano. Resuelvo el problema de tu angustia por la
doble escolaridad. Al poco tiempo se te van esas horribles sensaciones matinales.
Cuando decidimos
con Mario ir a vivir a la casa que le dejó su abuela, la única que quiso venir
con nosotros fue la chiquita. No lo dudó. Al principio íbamos los fines de
semana. Luego resolvimos que lo mejor era mudarnos definitivamente. El
departamento de Caballito era chico para los cinco. Daniela y Mariana ya estaban
en la facultad. Preferían quedarse en el departamento. Conversamos los pro y
los contra. Ellas dijeron que estaban cerca de sus facultades y de sus novios.
Les ofrecimos mil y una oportunidades, pero apostaron a quedarse. Evidentemente
querían disfrutar la libertad de ser tan jóvenes y vivir solas. Cedí poco convencida,
pero prioricé sus libertades.
Podría
contar mil y una anécdotas de Azul, de sus adaptaciones a las circunstancias,
de sus originalidades, de sus diversiones peculiares. No la limité en nada.
Jugaba a la pelota con los varones y se convirtió en capitana.Andaba en
bicicleta con sus vecinos, tres varones con los que se recreaba a más no poder.
Eran chicos de barrio mientras Azul pasó su primera infancia en la gran ciudad,
pero los juegos fueron comunes.En ambas casas había patio y jardín donde
correteaban a más no poder. Eran chicos felices. En Olivos pudo jugar en la
vereda y hasta al fútbol en la calle. Fue a un nuevo colegio,recomendado por la
mamá de los vecinitos. Era una nueva vida para ella y la disfrutó. El padre vivía
cerca con su nueva esposa y muy de vez en cuando la pasaba a buscar por la
esquina para ir a correr o pasear. Muchos fines de semana iba a lo de los
abuelos y se reunía con sus hermanas. Mario la trató siempre como a una hija.
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Hoy
Azul es como es, vive con su compañera y su hija, hace lo que le gusta y“no
finge ni miente”. Su libertad es mi orgullo como mamá.
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