Juegos

 

22. TERTULIAS LÚDICAS

Como todo individuo humano que incursiona en la actuación, a mí me gusta jugar. 

Suelo comentar que mi espíritu lúdico me ha llevado a desempeñarme con histrionismo y a actuar dentro de esa coherencia en "el escenario de la vida", como dice la diva, Moría Casan

Como adulta joven, como esposa, hija, madre, amiga y hoy día como adulta mayor, siempre que se pueda, vengo poniendo un toque recreativo en diversas situaciones, claro que obviamente usando el sentido común. 

Con mis hijos, sobrinos, primitos y lógicamente con mis nietas he desplegado mucha creatividad al punto de que los chicos me consideraron buena compañía para hacer graciosas locuras. 

Es típico que en una reunión me aparte para estar con los más chiquitos, con quienes paso maravillosos momentos.  

En lo privado, acostumbro a hacer coreografías desopilantes frente a mi marido, cosa que nos divierte a ambos.

Es que a esta altura de nuestro vínculo, en nuestro caso, el humor suma, en oportunidades, más que el sexo en sí mismo. 

No me gustan los juegos de azar, odio ir a los casinos salvo de que en este se presente algún show.

En tales casos me siento y pido algo para tomar mientras que mis acompañantes van a otras salas, según mi criterio, a hacer apuestas y malgastar el dinero.

Hubo una época, hace unos quince años, en que todavía, nos reuníamos con amigos a comer unas pizzas o algo finger food los días sabados después de las veintitrés o veinticuatro.

Luego juntábamos, para desecharla, toda la vajilla descartable que utilizábamos sin la menor conciencia ecológica y dábamos lugar a los juegos de mesa. 

Jugábamos al Petrodolar, Monopoly y TEG.

Esos a mí no me divierten demasiado porque implican estrategias y concentración, cosas que sinceramente no me enrolan mucho que digamos. 

Mi marido trató como pudo de fomentar mi interés por el ajedrez pero no hubo caso.  

Juego a los naipes sin tanto entusiasmo, "al ladrón", "culo sucio", "escoba de quince" pero cada vez que se inicia la partida deben volver a explicar en qué consisten, pues no se diferenciar de cuál se trata. 

En el "truco" no sé participar ni me interesa, por ejemplo. 

Eso sí, me encanta jugar al "Pictionary", pero más divertido me resulta cuando se reemplazan los dibujos con mímica.  

Divididos en dos grupos, varones contra mujeres.

Mi marido el más tramposo, como él siempre dice, "no me gusta perder ni a las bolitas". 

Adhiero a la frase que manifiesta que las personas son en el juego como fluyen en la vida real.

Durante varios años nos juntábamos con amistades rotando de casa, pero la mía siempre fue la más elegida. 

Nos entreteníamos entre mates, café, tortas, facturas, y masitas. 

Todo duraba hasta el domingo tipo nueve de la mañana. 

Muchas veces llegaban mis hijos con algunos amigos y se unían a nosotros.  

Después de que los invitados se iban, nos retirábamos a dormir sin imposiciones horarias.

Domingo free...

Se picaba lo que se encontrara en la heladera. 

Tengo los mejores recuerdos de esa época. 

Dichas amistades compartían situaciones similares a las nuestras.

Hijos jóvenes que hacían "la suya" y padres lo bastante joviales todavía, como para "hacer la nuestra. 

Con el paso del tiempo por diversas razones las divertidas tertulias fueron dando lugar a nuevas elecciones. Cuestiones de edad, salud, algún divorcio enfriaron aquel estilo. 

El juego dio lugar a cenas ms formales en horarios más tempranos, a meriendas en confiterías, salas de bowling o pool.

Es verdad que somos los mismos de siempre y mantenemos el grupo en armonía, pero las juntadas pasan por conversaciones más serenas y no todos pueden sostener el humor.

Las circunstancias económicas y familiares tienen, a veces, una influencia no tan deseable pero, cuando de tanto en tanto vienen a casa, nos acercamos a los estantes del fondo y desempolvamos la vieja  y ajada caja azul del Pictionary.

Melinna Trigo (CABA)

 

21. HÁGALO CON LO QUE ENCUENTRE

A la hora de la siesta había que inventar algo para merendar cuando llegaran las chicas.

Fernanda era pequeña y aún no asistía al jardín. Comenzaba el juego de Utilisíma Satelital, nuestro programa se llamaba Hágalo con lo que encuentre.

La nena acercaba la silla a la mesada, con su delantal de cocina hecho por mí, y comenzaba mezclar ingredientes .

-Y ahora, señora, coloque dos o tres huevos, los que tenga.

Sus manitas pequeñas se esforzaban por romper la cáscara.

-Bien, señora, es importante un buen batido para lograr una masa esponjosa.

Ferchu con sus movimientos torpes realizaba esa ardua tarea. Salpicaba y se comía la masa cruda.

-Por último, señora, vierta el preparado en el molde. Para lograr este paso, se sentaba en la mesada.

Solía pasearse por la casa con sus taquitos y el delantal enchastrado con restos de torta.

Llegaban sus hermanas y la fiesta comenzaba, delicias tibias y chocolatada.

Y ahora ella, con su metro ochenta, ya no sube ni trepa a ningún banco, repite los capítulos con Emma en su poltrona. El guión ha cambiado, ingredientes, sobran.

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

20, LO QUE SOY

La adultez me encontró con tres bebés de uno a cuatro años, regreso al pueblo y vuelta de tuerca.

La rutina de volver a empezar, mas no faltó oportunidad para divertirnos los cinco.

No fui la mamá que se tiraba al piso a revolcarse o a pintar con témperas, hacer piruetas o disfrazarse, pero si acompañé cada paso y habilité el juego a los tres .

Todas las casas que habitamos fueron escenarios de lo que ellos quisieron con cuidados, con amigos y con tardes de meriendas, casi como las mías en mi infancia.

Si tengo que definir juegos míos, elijo el tiempo de la escuela en donde compartí con todos los estudiantes más especialmente, con mis hijos, las tardes de la tan esperada Semana del Estudiante.

Todos éramos adolescentes que jugábamos en la misma sintonía:

La silla vacía, la carrera de embolsados, voley mixto, vuelta a la plaza, dígalo con mímica, acertijos, el karaoke y tantos más….

No tuve nunca vergüenza ni sentí temor al ridículo.

Mis dotes escénicos parecían aflorar entre la docente que debía parecer y la mujer que quería ser.

El juego permitió que saliese lo más lindo.

Las risas y las hinchadas repartidas eran mi mejor insumo más las caritas de mis hijos, ahí abajo disfrutando de la mamá profesora, mi mejor recompensa.

También jugamos cada viaje que hicimos en los paseos por cercanías, fuera Tandil,  Sierra de la Ventana o más lejos, Mendoza, Salta y Jujuy.

Los saltos y las formas inventadas para las fotos en las salinas blancas y las risas de los cinco  aparecen en mi retina encandilados con lo blanco de la escena pasada y la emoción de tanta alegría.

Tirarnos en la patineta desde mitad de Penitentes con el llamado culipatín para los mendocinos.

Hacer muñecos de nieve hasta congelarnos las manos.

Correr por la vereda de casa esa mañana que despertamos con la novedad de que estaba nevando y darnos prisa por vestirnos con lo primero que encontramos  para sentir la nieve caer en nuestras  caras.

Armar barquitos de papel los días de lluvia y correr por la vereda cerquita del cordón hasta perderlos. Las risas de los tres se confunden con la mía y Cesar que registra todo con su Cannon preferida.

Buscar ropa en el ropero de mamá para inventar disfraces los días de carnaval y revivir esa experiencia, ¡ con tan poco fuimos tan felices!

Recordar a papá dos años antes de que enfermara,  en la noche de año nuevo, con un trapo en la cabeza, haciendo sus monerías, inventando diálogos delirantes, con mamá reprimiendo sus emociones y todos nosotros, ya grandes, volviendo a ser niños con ese hombre que fue el artífice de mi alegría.

Que me acompañó y me acompaña para regalarle a mis hijos lo que soy..,…

 

 María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)


19. JUEGO, SIEMPRE

Juego desde siempre. Casi desde que nací. ¿Será que me parió una niña? No sé. Quizás... 

Jugué en la infancia con juguetes imaginarios. En la adolescencia jugaba a tener novios, con los que hablaba varias veces al día. Hablaba por teléfono con Nippur de Lagash con un aparato hecho con una lata de tomates vacía,  teníamos charlas larguísimas. Siempre terminaban con un :  “¡Cuidate!”, de mi parte. No era para menos. Al tener un novio guerrero, es lo menos que se le puede pedir.

Jugué y juego con mi hijo: un muñeco de peluche, tuvo voz y movimientos y mucho humor. Llegó a decir palabrotas que, de la boca de una madre, no serían adecuadas. Y parecían potenciarse, ante la risa creciente de Renato. Cachín cumplió su función  educativa, dijo cosas como: “Cepillate los diente, y las bolas, Renato”.

El último juego fue el viernes, estando mi hijo con sus amigos. Les di permiso para que estuvueran en el teatro. Eran cinco. Aproveché a vestirme en el camarín con peluca negra incluida, y prendí el sonido con música de terror.... ver correr a cinco adolescentes asustados, me hizo reír tanto. Y después escucharlos contar lo que habían visto cada uno, aumentaba mi diversión. ¡Juego exitoso! Pero con quien juego siempre, es con mi marido. Siempre propongo:

- ¿Vamos al cine? , ¿o mejor vamos a tomar un café?

Preparo un café batido en la cocina, y miramos una peli en MUBI.

Él me dice:

- Qué buen café que hacen en este lugar. Vamos a volver.

 - Siempre es un buen motivo para  ir al cine y tomar un café con usted... -le respondo.

María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)

19. ADRENALINA

A los diecinueve años con algunas compañeras del trabajo conocí por primera vez el Italpark. Al llegar al lugar me impactaron las luces, el chirrido de los juegos que giraban sin control. Delante de mí se abría un mundo apasionante que activaba mí adrenalina  con el ferviente deseo de experimentar semejante aventura. Subimos a todos los juegos, en lo personal debo decir que mis preferidos fueron el zamba, la montaña rusa, las tazas, ocho volantes, que era una pista de carrera grande, donde cada uno con un auto diferente competía por llegar primero a la meta, los autos chocadores  donde en cada encontronazo  sentía que perdía una parte de mí cuerpo y aun así no dejaba de ser divertido y apasionante. Todo era muy vertiginoso y placentero a la vez. No me gustaban los juegos de los stand donde  había que enganchar patitos con una caña o voltear muñecos con una pelota para ganar un premio, lo mío pasaba por disfrutar al límite esa sensación en el cuerpo que me hacía sentir miedo y placer a la vez.

Unos años después cuando ya tuve a mis hijos, volvimos en familia al parque de diversiones y volví a sentir la misma sensación que la primera vez. Mi marido no era partidario de ese tipo juegos, él se encargaba de llevar a los más chicos a los juegos menos agresivos y Vanesa y yo nos metíamos en esa vorágine donde me sentía un pájaro. El casino, el bingo y los juegos de mesa, nunca llamaron mi atención, de hecho casi no sé jugar a nada, en ocasiones lo hacíamos con mis hijos, por el mero afán de complacerlos, al igual que años después lo hice con mis nietos. Me apasionaba jugar al tutti frutti, era muy divertido, cada noche después de la cena y mientras esperaba la llegada de mi marido del trabajo, con mis hijos y mi vecina hacía una maratón  de conocimiento y rapidez mental: esos momentos  nos proporcionaban el placer del juego en familia.

En la actualidad y a pesar de mi edad, cuando vamos a un parque amo columpiarme, dejando atrás todo prejuicio, animándome a sentir con cada envión esa sensación de plenitud y libertad que no se compara con nada.

Li (CABA)

 

 18. VOLVER A SER NIÑOS

A medida que uno crece pierde de vista el placer que las situaciones lúdicas representan. Jugar es volver a ser chicos por un rato, peleando por tonteras y con la risa fácil a flor de piel.

Los niños a través del juego desarrollan la imaginación, disfrutan de la libertad y construyen el sentido de la responsabilidad.

Siempre fui partidaria del juego por encima de cualquier otra actividad cuando de chicos se trata, sumándome cada vez que tenía la oportunidad.

Mientras mi hija crecía le ofrecí todas las posibilidades a mi alcance. Jugábamos todo el tiempo. Intercambiábamos roles y yo era experta en propuestas creativas. Cuando  volvía de trabajar, salir a hacer los mandados no era una simple actividad cotidiana. Era todo un plan, de esos pocos que en ese momento podíamos hacer. Flor se producía con sus vestidos elegidos por ella misma, zapatos de taco y cartera, bebé en el carrito y en cuestión de minutos, éramos dos mamás que iban al supermercado. Los vecinos la saludaban: “Adiós señora-“.Y le preguntaban por su hijito. Ella respondía feliz. Cada compra duraba una eternidad y ambas lo disfrutábamos mucho. Luego volvía a la casita de madera que le habían regalado tíos y abuelos y seguía la historia. Hasta la tarea hacía allí en la mesita mientras simulaba estar trabajando. Las Barbies eran otro mundo de incontables historias, con vestidos y accesorios desparramados por el piso del living.

Viajar era sinónimo de guerra de canciones, encontrar patentes bajo determinadas consignas o jugar al Veo veo buscando elementos que, raramente, pudieran encontrarse en medio de una ruta. Así, entre los tres, el viaje se hacía más corto y divertido.

Lo mismo reproducía en la escuela con mis alumnos. Lejos de las aburridas cuentas en el pizarrón, armábamos grandes supermercados con cajas y latas que traían de sus casas, les poníamos precio a los productos. Y las compras empezaban. A veces eran clientes que debían calcular si el dinero que llevaban les iba a alcanzar y en otras ocasiones eran los cajeros que debían hacer perfectas las cuentas para cobrar sin errores. Les divertía que yo también jugara y llegara a la caja con una bolsa llena de productos. No jugaban para aprender. Aprendían jugando

……………………………………………………………………………………………

Verano.

Diez días conviviendo con mis padres en su casa. También es de la partida mi hermano Hernán. Esas casualidades de la vida que de casuales no tienen nada. Falta Diego para reeditar esa convivencia de cinco que dejó de existir hace treinta y dos años cuando me casé.

Una rutina, diferente, pero rutina al fin. Soy testigo y protagonista de la rutina de mis padres en la casa que siempre soñaron cerca del mar en el bosque del millón de pinos. Un mar que visitan muy de vez en cuando, pero son felices de saberlo ahí, cerquita, disponible.

Cada uno desayuna cuando se levanta con la tranquilidad que da la libertad bien ganada después de una vida de trabajo duro. Mi mamá se embarca luego en alguna actividad, cualquiera, que la tenga en movimiento. Mi papá se deja atrapar por el sillón y la televisión hasta el almuerzo. Siesta indiscutible y levantarse a merendar.

Como una ceremonia se prepara la pava, el mate, las galletitas y la lata plateada. Allí se encuentran prolijamente guardados los naipes, la lapicera y el anotador.

Se separan los ochos y los nueves y todo listo para jugar a la escoba de quince. Ellos dos dispuestos para el juego de cada tarde nos preguntan si queremos unirnos. Por nada del mundo nos perderíamos ese viaje en el tiempo que nos lleva a ese mismo juego y a esas mismas playas de nuestra infancia y adolescencia. Hacemos parejas. Hernán y mi mamá son nuestros rivales y yo celebro ser del equipo de Angelito, ya que suele ser el campeón indiscutido. No sé cómo hace, pero adivina las jugadas de sus rivales y se enoja cuando no hago lo mismo. No heredé ese poder. Me divierte ver sus berrinches de niño grande. No se aburre nunca, al punto de que, si nadie abandona, se nos hace de noche con las cartas en la mano.

En esos otros días en que la familia está completa los juegos de mesa son más variados, pero no todos eligen compartirlos. El elenco estable está formado por mi mamá, Hernán, mi hija y yo. Mis sobrinas y mi hermano Diego de vez en cuando. César y mi papá casi nunca, a menos que la elección general vuelvan a ser los naipes.

Son días de chicanas y risas. Desfilan los dados, los naipes, el Estanciero, el Monopoly, uno similar al Pictionary en que también se hace mímica y en las fiestas de fin de año no falta el Karaoke. También juegos de preguntas profundas que derivan en largas charlas de debate interesante entre generaciones tan distintas. 

El estado físico ya no acompaña los juegos de playa que solíamos jugar. Los torneos de paleta con mis hermanos y mi papá, los campeonatos de tejo entre mis suegros y mis padres tratando de ganarse la admiración de Flor que los miraba divertida mientras César y yo anotábamos los tantos en la arena y denunciábamos las trampas que hacían.

Cuando Alma, la ahijada de mi hija se queda en casa, estoy en mi salsa. Panzada de juegos y maratón de películas de Disney llenan de repente la casa de magia y risas. Siento que, a través del juego, se construyen recuerdos.

En general los adultos no jugamos. Nos abruman las preocupaciones y las pantallas se apoderan de nuestro ocio. Es una pena. Nos perdemos la oportunidad de volver a ser niños de vez en cuando.

 

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

 

 17. SCRABBLE

Descubrir RedeLetras fue un acierto increíble.

Hace más de diez años que juego al Scrabble.

¿Scrabble, se preguntarán..? Y sí: el maravilloso mundo del armado entrelazado de palabras.

Desde un tablero profesional hasta un diccionario de palabras específicas del juego hasta estrategias como herramientas para acorralar al compañero pasando por muchas otras pautas como la observación de qué van armando los diseños de cruces en el tablero…son infinitas posibilidades de disfrutar y hacerse “adicto” a este juego. Recuerdo con mucho entusiasmo las clases de la Profesora Claudia Amaral,  Campeona Mundial, con esos tableros gigantes que desplegaba en el aula para establecer tácticas y estrategias de juego. 

Me encanta, me fascina. Intercambiar con compañeros de todo el mundo de habla hispana (algún tiempo lo hice en francés), armar partiditas en bares o espacios diferentes, esperar mi turno, consultarnos y descubrir neologismos, participar de torneos…lo disfruto enormemente. 

Muchas veces, en casa, dejo mi tablero en juego para que el que pase y lo vea, juegue.

Siempre me gustaron los juegos de mesa. 

A veces alterno con el Majong  o el Go y voy de juegos de memoria a destrezas de ataque.

Pero nunca paso por alto al Scrabble.

Primero, partidas simples, más tarde participar de la Asociación Argentina de Scrabble y, cuando llegó la tecnología a mis manos ( ¡ja!) alternar entre presencial y virtual.

Quedan abiertas las partidas y antes de ir a dormir cerramos, en muchas oportunidades tenemos que calcular los cambios de horario para jugar según los países y nos esperamos con gusto, ¡hasta de madrugada!, para jugar.

Me encanta , no solo al Scrabble, me renueva jugar como adulto, compartir la risa, las ganas, la diversión. Si me convocan juego a lo que sea, hacerme la payasa, inventar, participar.

Creo que jugar en la adultez mitiga muchas penas y nos hace reencontrar con una parte olvidada de nosotros: la niñez

 Gabriela Potenza (CABA)

 

16. SEXO

Atravesó la puerta de la confitería como una tromba, empezó a buscarla con la mirada y al verla agitando la mano se dirigió hacia su mesa, la besó en la mejilla y se sentó en frente.

---- ¡Voy a tener sexo mañana! --- fue lo primero que le dijo. ¡Estaba exultante!

       Alejandra no podía creer lo que acababa de escuchar de la boca de su amiga.

---- ¡Ahhh, bueno! Igual me parece un poco apresurado -agregó tímidamente.

---- Lo conozco hace diez días, ya lo vi tres veces, ¿qué es lo que tengo que esperar?

---- No sé…. te veo tan…. ¡enamorada! ....  que me da un poco de miedo.

---- ¿Miedo?, eso es justamente lo que no tengo …. ¡me siento libre! ¿No me ves bien?

---- Estás espléndida, pero no quiero que sufras, te he visto llorar muchas veces.

Después de años de amistad se conocían muy bien y se entendían con la mirada, habían sido cómplices de muchas vivencias trabajando juntas en la misma escuela y aunque eran agua y aceite, seguían unidas en una amistad muy cuidadosa.

Alejandra había conocido a Pablo con el que tuvo tres hijos, un varón y las mellizas.

Seguían viviendo en el barrio de Flores en su pequeño departamento de recién casados que, para toda esa familia, era lo más parecido a una caja de fósforos.

Josefina se había casado con Raúl, también tuvo tres hijos, pero después de veinte años decidió poner fin a su matrimonio y empezó a ocuparse de ella para poder liberarse de todas sus ataduras, hasta de aquellas que la habían obligado a casarse sin amor.

Alejandra admiraba la osadía de su amiga, ella era tan distinta que seguía haciendo el amor con su marido a oscuras, sin animarse ni a una tenue luz.

Josefina desde hace un tiempo se sentía empoderada. Había evolucionado.

Los recuerdos juveniles estampados en unas pocas fotos que conservaba, eran demasiado rígidos. La mostraban vestida siempre de negro, con ropa suelta y tapada hasta el cuello, nada que le permitiera mostrar algo de piel.

Ahora, no aceptaba ni esas limitaciones. Buscaba prendas coloridas, adheridas a su cuerpo con escotes sugerentes. En esta renovación de look la habían ayudado mucho sus hijas a las que les había confesado  “me encantan las transparencias y los brillos, si hubiera tenido otro cuerpo habría sido vedette”. Ellas se reían, pero sabían que lo hubiera hecho, eran las mejores testigos de la transformación de su madre.

Esa joven tímida y retraída, de pocas palabras, había ido abandonando los límites del decir y ahora se animaba a hablar de cualquier cosa sin temor a ser censurada, ya no había temas prohibidos, pero, ¿se animaría a abordar cuestiones íntimas o sexuales?

Josefina venía de una familia donde nunca se había hablado de sexo, en realidad no se había hablado de nada. En su niñez y adolescencia todo había sido un gran secreto.

Ella nunca vio a sus padres besarse apasionadamente como en una película.

Tampoco hubiera imaginado en su juventud ver en la televisión publicidades que hablaran de la vagina o de la menstruación, algo tan femenino, pero tan privado.

Con su escasa educación sexual no le había ido mucho mejor en su matrimonio.

Cuando decidió separarse, hacía más de un año que con su marido dormían espalda con espalda y sin tocarse. Años después se seguía preguntando por qué había tolerado ese destrato y humillación durante tanto tiempo.

La libertad de la que gozaba Josefina ahora, recuperada después de un profundo trabajo personal, le daba una seguridad no negociable.

En medio de todos estos cambios que ya tenía incorporados, conoció a Roberto y al instante volvió a sentirse joven, bella y deseada.

Se habían encontrado por casualidad a través de una aplicación de búsqueda de parejas.

Solía hacer eso cuando estaba aburrida, se citaba con un hombre para ver qué cantidad de nuevas mentiras podía escuchar, era como un juego. “Total”, le comentaba a su amiga, “no tengo nada que perder y todo para ganar ;si no me gusta, en media hora me levanto y me voy de donde esté”.

Para Alejandra ese era un juego peligroso al que ella nunca se hubiera animado, no entendía cómo Josefina lo podía disfrutar sin temores.

Con Roberto fue a tomar ese primer café sin ninguna expectativa, solo por curiosidad.

Luego de una charla de casi tres horas, volvía a su casa sabiendo que ese hombre ya no era un desconocido en su vida.”Creo que estoy en problemas”, pensaba mientras manejaba su auto. También se preguntaba si a su edad podría ser ¿amor a primera vista?

Roberto la había impactado, no podía ni quería disimular que le había gustado…. y mucho.

Muy seductor, muy sensual, inteligente, atento y con un gran sentido del humor….

Alguien capaz de despertar en ella una pasión incontrolable.

Alguien libre con quien podría compartir sus fantasías y dejar volar su imaginación.

Alguien que podía enamorarla rápidamente, es más, Josefina ¡ya estaba enamorada!

Después de dieciocho años de soledad había encontrado al hombre ideal.

En su mente y en su cuerpo habían sonado las alarmas para intentar una relación en serio, para tener sexo con amor, para comenzar una vida de a dos con proyectos a futuro.

Había llegado el momento de aprender las nuevas reglas del juego en pareja….

Mágico Abril (CABA)

 

15. RONDAS

Antón Antón Antón Pirulero…

Y sí… cada cuál atiende su juego. Pero cuanto más lindo es el juego entre varios, entre muchos y con la secreta esperanza de no tener prendas, solo premios.

Que nos premien porque quisimos, aunque no pudimos. Porque lo intentamos, aun sin saber cómo se hacía. Porque buscamos mil formas y nos salió lo mejor posible.

Pero que también nos inviten a jugar a pesar de los “no” que dijimos, de las veces que les fallamos y no repartimos las cartas que esperaban.

 

Juguemos en el bosque mientras el lobo no está…

Pero cuando está juguemos más, para que tema de nuestra alegría. Es ese el momento en el que nos hace falta saltar y brincar, andar por los aires y movernos con mucho donaire.

 

Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…

Cuántas veces somos ese elefante. Atrapados y con la sensación de que todo nuestro apoyo es muy frágil. Pero de repente aparecen otros y otras, dispuestos a subir con nosotros a esa misma tela y demostrarnos que resiste mucho más de lo que creíamos.

 

Me dijeron que en el Reino del Revés nada el pájaro y vuela el pez…

¿Y por qué no pensar que lo imposible es posible? Que el mundo algunas veces se pone al revés y nos regala la hermosa posibilidad de jugar a ser valientes como el famoso Monoliso, que, a falta de cuchillo, a la naranja la cazó con tenedor.

 

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)


 14. ¿QUIÉN LE PONE LA COLA AL BURRO?

Aprendí de forma errónea que cuando se llega a la edad adulta no se tiene que jugar. “Jugar es de niños”. Una en el fondo no quiere volver a ser una niña y desea fervorosamente subir en la escala etaria: ser adulta. Muchas formas erradas de conocimiento me fueron inculcadas: el mal en la figura de un diablo rojo, la orden irrestricta de no vestirme de color rojo porque me transformaría en una diabla, las “babas del diablo” en lugar de expresar “las telarañas” que vuelan por doquier y que son fábricas de cacería de insectos ingenuos. ¡Cuánto para limpiar!

De a poco una se saca semejante fardo de información inútil y decide experimentar otra forma de juego. No se trataría ya de una carrera de embolsados (¡Lady Di corrió una!) ni de treparse a un árbol. Cuestiones de la edad. Y está bien.

Con respecto a los juegos de mesa, me encanta el Burako. Lo aprendí en mis épocas en Pontevedra, el campo de deportes del club Ferrocarril Oeste -Ferro-. Fines de semana enteros jugando con otras mujeres en largas tardes/noches de ocio. Ellos jugaban al truco, ¡juego que nos representa tan bien a pesar de nosotros!, nosotras al Burako. Es una forma de canasta con fichas. Tirábamos a la suerte cómo se formaban las parejas, los dúos. A mí me gustaba jugar con Thelma ya que ella se tomaba el juego muy parecido a como lo hago yo: se trata de un juego, se trata de pasarla bien, se trata de reírse con ganas y se trata de escuchar las confesiones más privadas en un ámbito de féminas lejos de los oídos masculinos de maridos e hijos. Nada me podría enojar, por ejemplo, el juego de la otra compañera si se equivocó. Nada de reclamos por quedar en último puesto. Nada de festejos denigrando a las otras competidoras. Dos ovejas negras del juego doña Thelma y yo.  Parece que mucha gente juega para ganar. ¡Yo juego para jugar!

Con los juegos en red escuchaba mucho hablar sobre las adicciones internáuticas. ¿Caería yo en una? De a poco fui probando. Más aún cuando comprobé en el listado de participantes de los juegos que personas a las que tengo en mi más alta estima jugaban también. He dispuesto horarios de juego diarios. Mi forma de micro-evadirme de la realidad. No me fastidia si pierdo las vidas de una sola vez. Lo dejo y sanseacabó. Los elijo en general porque me impactan los colores, sobre todo los fluorescentes. Festejo en soledad  con el puño en alto cuando paso de nivel. Me siento Serena Williams ganando un Grand Slam.

 Edith Oxilia (CABA)


13- UN RECREO

Resulta raro asociar el juego al tiempo de los adultos. Me refiero a los juegos inocentes como los de la infancia, incluso algunos de adolescencia, donde eran válidos para divertirse.

Pareciera que perdemos el placer por jugar, de buscar esos ratos libres donde solo prevalecía el pasarlo bien.

No tenemos en cuenta la falta que nos hace volver a momentos como esos.

Yo he vuelto a los juegos como adulta, no en forma constante pero sí en varias oportunidades. Como puede pasarle a muchos, regresé a ellos de mano de mis hijas. Desde rondas de Pato Ñato y hamacarse juntas en las plazas entre otros de niñas, a noches de cartas y burako cuando eran adolescentes, ya sea en casa o durante las vacaciones.

Ahora lo repito a través de los nietos, pasando por las carreras de autitos, las escondidas o lo que seamos, ellos y yo, capaces de inventar.

Me ha gustado incluir juegos en las reuniones con amigos, con aquellos que “se prenden” a los mismos. Juegos de mesa o cartas acompañan las tazas de café. Al bailar  reaparecen las rondas y los trencitos. Este año, en el festejo por mi cumpleaños, incluí el clásico “Dígalo con mímica”, en el que vernos unos a otros nos ha hecho reír hasta lagrimear.

La realidad, lo cotidiano, no nos permite jugar todos los días. Los años enseñan que ser adulto conlleva otros matices, el de las responsabilidades, el de las preocupaciones y en algunos momentos, sentir desgano, desasosiego o angustia.

Pero qué bueno sería tomarse cada tanto ese recreo, para sentir por un ratito la libertad que nos brindaba el jugar.

                                                         Claudia (CABA)

 

12- AGUAS FRESCAS DE LA MAÑANA

Viví veinticinco años con mi hermano Dani y los momentos más hermosos que tuvimos fueron los juegos en la niñez y la adolescencia. Mi familia y yo casi nunca íbamos de vacaciones, pero éramos socios del club del Ferrocarril Mitre en la localidad de General San Martín. Era bellísimo y tenía una cancha de golf muy amplia, llena de árboles.

Cuando era muy chiquita, mi mamá y la tía Pirucha nos pagaron clases de natación a mis primas y a mí y aprendimos a nadar muy bien. A Dani, no. Creo que mamá no le tenía confianza porque era bastante inquieto y revoltoso y supongo que pensó que no iba a poder sostener su atención. Pero él aprendió solo, de mirarnos a nosotras, hacía todo lo que el profesor nos indicaba, hasta aprendió a tirarse de cabeza. Más tarde, a sus dieciséis años, fue medalla de oro en una competencia muy importante.

En el club no había ni tiempo ni edad. En aquellos veranos de sol y cielo limpio, las instalaciones eran todas para nosotros. Íbamos de lunes a sábado, muy temprano en la mañana. No había nadie. Nuestro ritual comenzaba en lo profundo de aquella pileta azul y limpia: primero, Dani me perseguía y nos encantaba nadar por debajo del agua hasta la otra orilla; luego corríamos a través de la parte menos profunda hacia la escalera; de ahí, al trampolín bajo, al alto y la vuelta comenzaba una y otra vez. Seguidamente, yo lo perseguía y él era El hombre nuclear. Se enojaba un poco cuando lo alcanzaba, pero en cámara lenta me derribaba (tal vez yo lo dejaba ganar). Después éramos gimnastas en el agua: la vuelta carnero para atrás y para adelante, tirarse de cabeza, parados, bomba, hacíamos un puente con las piernas hacia arriba, tiburones, piratas, equilibristas, una y otra vez. La parte más tranquila era cuando jugábamos a tirar una piedrita y la íbamos a buscar al fondo. No existía nada ni nadie alrededor, horas y horas disfrutando la transparencia del agua que se mezclaba con los rayos del sol por debajo y el aire fresco, mezclado con el verde de las mañanas.

Estos juegos en el agua duraron hasta que fuimos adultos. Cada vez que nos encontrábamos disfrutando de una pileta, hacíamos nuestra rutina. Cuando íbamos de vacaciones al río o al mar, siempre nos uníamos a recordar todas esas piruetas que nos hicieron felices. Él me transformaba en un ser puro e inocente como cuando éramos chiquitos.

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


11. SHOWGIRL A LOS CINCO

Desde muy chica sentí deseos de desplegar mi lado histriónico a través de la actuación. 

Mi primer público fue  familiares y amigos ante los cuales mis padres me invitaban a interpretar canzonetas, decir  malas palabras en italiano y frases en ese idioma, se ve que era graciosa. 

Pero también tuve mi experiencia vergonzante cuando a los cinco años hice un striptease a escondidas, delante de un grupito de amigos, chicas y chicas de mi edad y el hermano de una las nenas me descubrió en plena faena.

La verdad es que, si bien me encantaba mostrarme, no necesariamente lo hacía ante un público.

Recuerdo mis juegos para evadir los momentos álgidos en el seno del hogar inventando personajes que iban desde una cantante, o una presentadora de TV a ser la protagonista de una telenovela.  

Todo esto a solas, aunque muchas veces capturaba a mi hermanito cinco años menor y lo hacía participar en algún rol o como espectador.  

Esa actitud y la lectura me ayudaron a disfrutar mi niñez. 

Soy una agradecida por ese desparpajo, esa desenvoltura que traigo naturalmente. Esto puedo reconocerlo hoy en día, después de mucho trabajo para lograr autoestima y autovaloración.

 Melinna Trigo (CABA)

 

10. JUGAR EN EL CAMPO

Cuando venían mi tía Betty y mis primos, teníamos que hacer una especie de visita guiada por el campo. Había dos o tres actividades infaltables: el túnel del cañaveral, juntar huevos de gallinas y escalar las bolsas o los fardos apilados en el galpón. Con los fardos de forraje podíamos hacer construcciones y cuevas para jugar . Así nos entreteníamos por horas.

A veces se armaba en el otro galpón un silo, que se llenaba con semillas de sorgo o maíz. Nos subíamos al borde del mismo y nos tirábamos de cabeza, tipo un salto en el trampolín de la pileta. La diferencia es que era un baño seco, con algo de polvo, pelusas y semillas partidas. Era tan sucio como divertido.

La juntada de huevos era un recorrido por una serie de lugares misteriosos, donde se escondían las gallinas y hacían nidos ocultos a simple vista. Íbamos con una canasta y con cuidado de no romper la “cosecha”. Algo que para mí y mi hermano era un trabajo más, para los visitantes era una aventura. Nos sorprendía cómo les  entusiasmaba juntar huevos y darle de comer a las gallinas.

También nos trepábamos a los árboles que tenían ramas accesibles o nudos en el tronco para poder hacerlo.

El túnel del cañaveral tenía senderos naturales hechos por los animales del campo. Por ahí pasaban vacas, caballos y terneros ocasionalmente. El tema es que había varios senderos y parecía una expedición a una mini selva recorrerlos. Había que tener cuidado también con los yuyos, las ortigas, las ramas de talas en el piso que tenían espinas y las mismas cañas que rebotaban cuando pasaba uno y le daban un chicotazo al siguiente de la fila.

 Rosana L (CABA)

 

9. EL MUNDO IDEAL

 

Era buena jugando a la payana, me gustaba. Juancho Hollmann  siempre hacia equipo conmigo. También me gustaba Juancho, pero yo sabía muy bien que para él éramos solamente amigos.

En los veranos, siempre había alguien para corretear y escaparnos al monte, armar casita bajo los árboles. La mayor diversión era el tanque australiano donde jugábamos toda la tarde.

Los recreos del internado eran más amenos, más inclusivos, jugaban las pupilas grandes y las más pequeñas todas juntas. Rondas, huevo podrido, veo veo; a veces improvisábamos escenas teatrales.

A mi abuelo Remigio, lo pintaba y disfrazaba con mi hermana, él era consciente de la situación y se prestaba. Mi abuelo me enseñó a jugar al ta te ti.

El invierno en el colegio invitaba a leer y sumergirme en un mundo de fantasía donde yo era la protagonista principal.

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

8. MI TESORO MÁS PRECIADO

La vereda con baldosas rojas y acanaladas era el escenario perfecto para jugar y a veces para ocasionar lastimaduras en las rodillas que casi siempre requerían curitas o agua oxigenada.

La columna revestida de piedra de la casa de mis primos era el lugar elegido para apoyar las manos cerrando los ojos, contar hasta treinta y salir a buscar a los que se escondían.

Casi todas las veces me ganaban en la corrida y tocaban piedra antes que yo, provocando la risa de ellas y la bronca mía.

Cómo siempre se complotaban y se escondían en sitios difíciles de encontrar.

Otras veces marcábamos con tiza la subida de los autos en el garage que era de cemento puro y la marca de la rayuela permanencia, aun luego de la lluvia.

A mí me gustaba de colores, naranja o amarillo.

Y saltar del uno al dos y luego al tres para llegar   cuatro y cinco y así hasta y pegar la vuelta, era mi ejercicio preferido.

¡Cómo disfrute de la rayuela!

Cuando éramos muchos, y alguna de las mamás salía a la vereda, cuidaba que no pasaran autos por la calle y así, nos tomábamos de la mano y entonábamos la tan querida farolera tropezó.. .

Cierro los ojos y me viene el sonido de los pasos, de las hojas que pisábamos en otoño, de las risas.

Pasará pasará pero el último quedará , Martín Pescador..  

Otro de mis preferidos.

Jugábamos a la mamá y el muñeco con pijama amarillo con ribetes rojos y rulos que me regaló mamá a los siete creo, aún perdura en mi recuerdo intacto.

En este instante me pregunto por qué no lo guardé…

Los días de lluvia eran para transformar el patio de luz en el negocio preferido y las latas de tomate, fideos, sémola, harina y otra lata que andaba suelta, eran mercaderías que pasábamos por la ventana de la puerta que abríamos al primer golpeteo.

El piano hacía de estantería y papá inventaba mesitas para poner la cajita que guardaba la plata falsa.

Otra, anotaba lo que vendíamos y lo que alguna debía.

Otras veces, más en la primavera, el garage de casa era el negocio más bonito de la cuadra.

Primos que vivimos pegados uno de otro, más vecinos que casi lo fueron y las amigas que preferían siempre jugar en casa, porque todo era más divertido, permitido y dato importante: acompañado…

En casa de amigas los papás y mamás no estaban casi nunca.

En la mía, los fines de semana, mamá y papá estaban

Una hacia tortas y el otro se prendía en nuestras andanzas

Y así, todo era más lindo. 

Mí infancia, mi tesoro más preciado.

Creo que soy lo que soy por la infancia que tuve.

Por los juegos sanos, por correr en la vereda hasta casi entrada la noche, por saltar a la rayuela una y otra vez, por respirar el aire de campo en la chacra del abuelo.

Por haber tenido la inmensa dicha de soltar un barrilete y sentir que al escaparse de mi mano una parte de mi salía al infinito y más allá y me hacía un poquito más libre.

Por imaginar y soñar y reír .

Por todo eso que tuve.

¡Gracias !

 María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)


7. BÁRBARA Y MARISOL

La Biyi dice que la Fabiana fue con la madre al basurero y que encontraron una muñeca de patas largas de trapo y que su mamà la lavó bien y que quedó re linda. Yo le pregunto si la vio y me  dice que sí pero que la Fabiana no se la dejó ni tocar. Le digo a la Biyi que no importa y que vayamos a la pieza. El Negro està en la vereda jugando con el Fabio a las figuritas. La Biyi y el Negro son hermanos de mi mamá. Abro el ropero y saco todo lo que hay y le digo a la Biyi que vamos a hacer dos muñecas, Agarro dos pulòveres y dos pantalones, que creo que son de Cholita y Pinino. Los relleno con bombachas, medias y todo lo que encuentro, Despuès meto el pulóver adentro del pantalón y listo ya está. La levanto y la miro y Esa es mi hija, que es muy grande , un poco pesada pero muy linda. Biyi mira la de ella y no dice nada entonces yo le digo señora, que linda es su hija, Biyi la alza a upa y le digo que llevemos a nuestras hijas al doctor. Nos vamos al patio y nos sentamos en un tronco y esperamos al doctor..Yo le cuento a la Biyi que mi hija se llama Barbara, vio, y que mi marido me trajo en auto y que se fue a cazar liebres al campo, porque esta noche vamos a comer liebre y que vivo en en una casa con escaleras y de dos pisos como la de Smith, y que cuando quiera puede venir a pasear a mi casa y que ahora traje a la Bárbara al doctor porque no quiere comer y llora mucho y que mi marido que me trajo en auto me dijo que le diga al doctor que le de un remedio a la Bàrbara y la cure para que no llore màs. La Biyi me dice que su hija se llama Marisol y que tambièn la trajo al doctor porque se cayó en la escuela y se golpeó y que su marido que también tiene auto la fue a buscar a la Marisol a la escuela y cuando subieron al auto la Marisol se golpeò la cabeza en el manubrio del auto y por eso la trajo al doctor para que la cure y que ella vive en un chalet re grande como el de Guida, y que me invita a tomar mate y que cuánto tarda el doctor que seguro debe tener mucha gente para curar... El Negro y el Fabio estaban escondidos atràs de la bomba de agua y nos estaban espiando y cuando los vemos el Negro se ríe y canta la Bárbara y la Marisol no tienen cabeza , la Bárbara y la Marisol no tienen cabeza y se ríe y el Fabio también, y el Negro agarra a la Marisol y la revolea por el aire y la Biyi llora y ahora el Negro le dice al Fabio que agarre al Barbara y yo le digo que no, y el Fabio me empuja y tira la Bárbara al suelo y el Negro le saca la ropa a la Marisol y la rompe y la Biyi sigue llorando y ellos se matan de risa y se van a la vereda a jugar a las figuritas. Entonces yo voy a buscar un pedazo de ladrillo que hay al lado de la jaula de los conejos y lo agarro y me voy corriendo hasta la puerta y el Negro siempre nos manda a todos y grita y pelea y hay que hacer lo que él quiere y la Biyi llora y agarro el ladrillo y se lo tiro con fuerza al Negro y el ladrillo le pega en la cabeza y hace ruido y ahora el Negro me va a pegar y màs vale que salga corriendo porque si se enoja me va a pegar y el Negro se levanta y me mira y se agarra la cabeza y no dice nada y el Fabio me mira y lo mira al Negro y yo sigo parada y veo que el Negro se agacha y sigue jugando y entonces me voy y no sé por qué estoy contenta y llego y agarro a la Marisol que solo le quedò una pierna y le digo a la Biyi que no llore màs y visto a la Marisol de nuevo y arreglo a la Barbara que estaba toda desparramada  y le digo a la Biyi que mejor no vayamos al doctor que mejor vamos al parque que llego  hace algunos dìas y que tiene una vuelta al mundo grandota y que mi marido que tiene auto me dio plata y que la tengo en el bolsillo y que le puedo pagar la entrada a ella y que seguro cuando el dueño vea lo buenas que son  la Bárbara y la Marisol lo las va a dejar entrar sin pagar. La Biyi se limpia los mocos con la manga y levanta a su hija y no llora màs y la miro a la Barbara que es grandota y pesada  y qué linda es y la Barbara me mira y se ríe..... 

María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)

 

 6. MOMENTOS DE FELICIDAD

Dicen que la felicidad es solo momentos y nadie mejor que los niños pueden pasar de la felicidad más plena, al llanto más desconsolado, de un momento a otro, con solo quitarles un juguete de las manos.

En mi niñez los momentos más felices eran cuando podía salir a jugar a la vereda con mis amiguitos de la cuadra. Todo era muy divertido y en esos juegos entraba todo, manchas, rayuelas, escondidas, saltar a la soga, estatuas y ni hablar de las figuritas. Yo tenía un cuaderno repleto de figuritas con brillantitos, y era experta jugando a cara y ceca y le ganaba a la vecina de enfrente que era un poco más grande, no sé, ella tendría dos o tres años más que yo. María, así se llamaba, no participaba de los juegos grupales, solo jugaba

a las figuritas conmigo. Recuerdo que un día nos peleamos mal, porque en un descuido me sacó algunas figuritas, me di cuenta y la obligué a que me las devolvieras., luego de ese episodio hicimos borrón y cuenta nueva y seguimos como si nada hubiera ocurrido.

Yo tenía una bicicleta hermosa, me la había armado mi papá para reyes, era roja y el manubrio y los rayos brillaban como un espejo, era la admiración de mis amigos. Alguno de ellos también tenía, pero no era tan linda como la mía. Como todo no es completo, yo tenía bici y mi amiga tenía chicles Bazooka que el tío que era viajante le traía, eran riquísimos e importados, su sabor a frutilla  duraba horas.

 Hacíamos un trueque, por cada vuelta que yo le dejaba dar en la bici,  ella a cambio me daba chicles y yo feliz. También recuerdo que en una oportunidad rompieron el pavimento para arreglar la calle, y dejaron todos esos pedazos de alquitrán por unos días sobre la vereda cerca del cordón, ¡era tan divertido!,  imaginábamos que estábamos escalando montañas.

Otra cosa que me encantaba era jugar a la maestra, los chicos eran imaginarios y yo muy exigente, escribía en la pared simulando un pizarrón, por supuesto que la tiza no era tal, utilizaba cualquier cosa que cumplíera esa función, no podía usar una tiza de verdad, mí papá hubiera puesto el grito en el cielo si ensuciaba la pared.

Es esos momentos de juegos yo era una niña totalmente libre y feliz. Pero como la felicidad son solo momentos, en lo mejor llegaba mo papá de trabajar y  todo volvía a la realidad.

 Li (CABA)

 

5. UN DADO

Guardo en mi memoria los veranos en el departamento de mis abuelos en Mar del Plata. Un lugar pequeño, sin bañera, sin estufa, sin televisión, sin lujos. Un lugar ideal para las vacaciones austeras a las que mis padres nos habían acostumbrado.

Llegábamos después de navidad para recibir allí el nuevo año. Lo primero que se hacía era limpiar. Sigo viendo a mi madre poniéndose los guantes amarillos y cargando un balde verde con detergente para lavar la cocina y la heladera antes de ponerlas en funcionamiento. A mi padre le tocaba el baño. Yo debía cuidar a mi hermana.

Tuve que crecer para darme cuenta de que el olor tan fuerte que nos recibía al abrir la puerta era a humedad, propio de un lugar que había estado vacío y cerrado durante meses. Había que ventilar mucho y las primeras noches encender sahumerios.

Pero todo este malestar de recién llegados terminaba al día siguiente, cuando mi padre empezaba a planificar la cena de fin de año, ese momento era súper importante; aunque

para mi hermana y para mí, el día más anhelado, era el seis de enero fecha en que venían los reyes magos.

Yo era grande y ya no creía, pero los preparativos de la noche anterior, el agua y el pasto para los camellos, los zapatitos y mis ojotas dejados en el pequeño patio que conectaba con el edificio de al lado, eran una ceremonia compartida entre todos.

El día de Reyes recibíamos los regalos que nos iban a entretener los próximos diez o doce días que nos quedaban de vacaciones, principalmente cuando no tuviéramos playa.

Sin televisión y con poco espacio, la lluvia podía complicar todo y “uno no sale de vacaciones para complicarse la vida”, decía mi madre.

Nada me hará olvidar la llegada del Ludomatic de Paula que yo esperaba ansiosamente porque el mío me lo había roto mi amigo Lucas.

Nos levantamos temprano y corrimos al patio, arriba de sus zapatillas nuevas había una caja grande, cuadrada con el nombre en letras negras. Mi hermana había terminado el preescolar y el ludo era lo indicado antes de empezar la primaria; por eso me acuerdo de este juego más que de ningún otro.   

Llegábamos de la playa bastante tarde, nos bañábamos y mientras mis padres preparaban la comida, Paula vestía a sus muñecas y yo practicaba en un pequeño teclado mis primeros acordes musicales. Todavía no vivenciaba el placer por la guitarra.

Pero después de cenar venía lo mejor. Ese año el ludomatic, ubicado en el centro de la mesa, nos convocaba a los cuatro, era el programa ideal antes de irnos a dormir, solo unas pocas veces fuimos a caminar o a tomar un helado.

Me veo apretando esa media esfera transparente y escucho a mi madre gritar:“No tan fuerte Federico, lo vas a romper y después ¿qué hacemos? no hay otra cosa”.

Hasta ahora no me había puesto a pensar lo bien que la pasábamos con un dado.

Con el correr de los años fuimos acumulando distintos juegos didácticos y juegos de mesa.

Llegarían, El Juego de la Vida, el Multiplicados, el Monopoly, la Batalla Naval, en fin, la lista se iría agrandando cada verano, hasta recibir las codiciadas bicicletas.

Yo recuerdo mis vacaciones infantiles con una sonrisa, pero ahora soy padre de Francisco y me parece imposible poder contentar a mi hijo durante quince días… solo con un dado.

 Mágico Abril (CABA)


4. JUEGO, DIVINO TESORO

La sensación de volar en la bicicleta yendo por un camino inventado y marcado en el pasto que solamente existía para mí. Era lo que yo creía. Salir los tres hermanos en dos bicis por la calle. Una tenía el asiento para llevar atrás, la otra no. Entonces andábamos por el barrio los tres -las dos chicas adolescentes y el señorito preadolescente- y nos íbamos intercambiando las bicicletas uno a la vez. La paleta: horas y horas estampando la pelotita que poco picaba contra la pared de la habitación de las chicas, desde más cerca, más lejos, evitando a toda costa impactar contra la cortina plástica que a mi pesar guardaba uno que otro redondel agujereado provocado por mí. Ay. Jugábamos también de a dos. Había que organizar en los horarios alocados de los tres una partida de paleta. Quien ganaba seguía jugando. Mi hermana era un poco queso para este juego y me divertía un montón que me tocara enfrentarme a mi hermano. Ya grandes los dos, en la casa de los viejos, una tarde de comilona me dio una de las paletas de madera y sin mediar palabra entre nosotros, nos pusimos a jugar como cuando éramos chicos. Nos duró poco el recuerdo debido a que mis hijos también quisieron participar y los dejamos a ellos jugar tranquilos. Las veces que papá nos sentó a sus clases del juego de damas. No había caso: no era de nuestro agrado. La hamaca que nos hizo en el árbol más seguro que nos permitía saltar para adelante a mis hermanos y a mí y aterrizar con las gastadas rodillas en carne viva. Los muñecos y las muñecas: solía ponerlos a todos, a cada uno, en mi cama y yo ocupar un costado pequeño porque “mis hijos debían estar tapados y calentitos”.  La muñeca italiana con disquito: creo que su nombre de marca era Liliana. Lo poco que me duró funcionando el disquito. La muñeca de novia con el pelo oscuro -como el mío- y no rubio como elegían mis compañeras de grado. Mii mamá la guardó para que no la estropeara. ¿Para qué sirven los juguetes si los chicos no pueden jugar con ellos?

Edith Oxilia (CABA)

 

3. EL PAÍS DE LA INFANCIA                                                  

Mis recuerdos de infancia aparecen como chispazos, así también se presentan los juegos de entonces.

Por esto no puedo especificar la edad en que jugaba a esto o aquello. Los recuerdos están asociados a la casa en que vivíamos.

Hasta mis cuatro años viví en una casa de inquilinato en el barrio de Villa Crespo. La única imagen que viene a mi memoria es estar parada frente al tocadiscos escuchando un disco de vinilo. No puedo precisar si era un solo disco de los llamados “simples” o dos, pero sí asegurar que las canciones eran de Las Ardillitas y de Batman; ahora que lo pienso esta última bastante aburrida, ya que con la música característica la  letra se basaba en repetir Batman una y otra vez. Pero pareciera producía efecto en mí a pesar de la monotonía.

Entre mis cinco y ocho años vivíamos en una casa del barrio de La Paternal. Me veo entre las revistas Anteojito, feliz cuando el diarero me trajo la edición especial de Navidad. Pegando figuritas en álbumes, figuritas “con brillo” en uno y en otro las llamadas “de terciopelo”, que mostraban las vestimentas de distintos países (jamás perdoné que no me guardaran esos álbumes que, supuestamente, se perdieron en la siguiente mudanza).

Me veo sentada en el patio, con la muñeca que hablaba y cantaba, cambiando sus disquitos y cantando a la par, tocando algo inventado por mí como batería. Y jugando alguna que otra vez con niños vecinos de la cuadra. Hasta que un día jugando al gallito ciego, y siendo yo el gallo, me llevé un árbol por delante raspándome media cara y estuve enojada sin salir varios días.

Cuando íbamos a visitar a mi tía y a mi abuela, que seguían viviendo en Villa Crespo, jugaba con algunas niñas vecinas al elástico en la vereda, o a las escondidas.

A mis nueve años nos mudamos al barrio de Agronomía. Los juegos consistían en andar en bicicleta, una bandada de chicos daba vueltas manzana los fines de semana entre risas y gritos. Los famosos álbumes, como ya conté, habían desaparecido y lo mismo algunas muñecas, que me dijeron se habían estropeado. No recuerdo juegos de mesa, aunque no puedo asegurar que no los tuviera. En esos años conocí la colección de libros de Robin Hood y comencé a juntar el dinero que me regalaba tía Filito para comprarlos y llegar a leerlos en solo dos días, teniendo que esperar al mes siguiente para poder comprar otro.

Viendo hacia atrás, me doy cuenta de que en el transcurso de esos años, la infancia comenzó a difuminarse, a perder su intensidad, su innata inocencia, su despreocupación.

Quizá por eso se dice que es un bello país el de la infancia, que añoramos cuando ya somos adultos. En estos días casualmente leí un breve texto de Miguel de Unamuno, con el que decidí terminar este escrito:

“Agranda la puerta, padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad; vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar”

 

                                                                                    Claudia (CABA)

 

 

 

2. UNIVERSOS DIFERENTES

No podían pertenecer a universos más distintos. Unos tíos vivían en Morón, pegados a la base aérea. Los otros, en una casona tradicional de Vicente López.

Los de Morón hacían malabares para terminar una casita eternamente en construcción. El terreno era grande y desparejo. Había escombros de obra, perros rescatados, un limonero generoso, la bomba de agua, la pelopincho en verano, el gallo del vecino que se escapaba por el agujero del alambrado. Y los primos, dos, que nos invitaban a mis hermanos y a mí a jugar en el baldío de la esquina. En el baldío, una rueda de tractor, que yo (niña de ciudad) miraba con asombro intentando imaginar cómo debía ser de grande un tractor para necesitar semejante rueda. En el baldío también estaba la carrocería oxidada de un Fiat 600, “un Fitito”, como me explicó el tío. Y sapos, los días de humedad. Y lagartijas, los de calor. Mis primos de Morón tenían espacio, verde, naturaleza y cielo. Tenían el misterioso talento de anticipar los despegues. Mirá, mirá, decían de repente, la vista clavada en el cielo vacío. Y un segundo después, un pájaro de metal dejaba estelas blancas rompiendo nubes. Cuando en la base aérea había prácticas militares, los aviones pasaban rasantes, en formación de flecha. El estruendo de los motores llegaba luego, con la demora del trueno cuando el rayo ya pasó. Es el sonido que viaja más lento, explicaba el tío, que sabía de Fititos y de volar. Entonces, había que abrazar a los perros que temblaban. Y luego aplaudir a los pilotos, fuerte, para que nos pudieran escuchar.

 

Los de Vicente López eran distintos. La casona estaba terminada, desde siempre. Aún permanece en pie, igual. Los dormitorios arriba, la escalera alfombrada, los sillones con fundas, el césped que no se puede pisar. En la cocina, la mucama, y la mesa de los chicos. En el living solo los grandes, porque no hay que molestar. Mi primo, hijo único, tiene una habitación de ensueño. Colecciones de juguetes importados, que no se pueden romper, ni tocar. Tienen un piano, que se desafina. Y sillones con fundas que no hay que ensuciar. Una alfombra persa, costosísima, sobre la que no se puede caminar. Un equipo de audio gigantesco, que nunca hicieron sonar. Tienen libros, de grandes, que no se pueden leer ni prestar. Y adornos exóticos de todas partes, recuerdos de viajes que les oigo contar. Mi primo tiene peces. No hacen ruido, no tiemblan, ni se los puede abrazar. Mi primo tiene también una gata, pero no se deja acariciar. Pienso que mi primo tiene una hermosa casa, pero sobre todo, pienso que mi primo no tiene nadie con quién jugar.

 MAD (CABA)

1. LA IMAGINACIÓN DE ALEJANDRA

Alejandra mamá

Leticia es mi muñeca vestida de novia. Tiene unos enormes ojos color café y está perfectamente maquillada. Tiene la melena recogida hacia arriba sostenida por una corona de florcitas blancas y le caen algunos bucles. El vestido es de encaje. Ella es mi hija mayor. Carolina es la que canta y camina, es mi rayito de sol. Tiene pelo dorado, corto por los hombros y un vestido amarillo con tul en la parte de la pollera. Gabriela es mi muñeca preferida. Es de un tamaño mediano y muy flaca. Tiene ropa de todo tipo para que la pueda cambiar. La abuela le hizo ropa (para no reétor pone pullover, etc)de lana blanca. También le pongo mallas y pantalones de jean.  Es rubia, con un hermoso pelo ondulado. La limpio con alcohol y le lavo su hermosa cabellera con shampoo. Laura es mi única muñeca negra. Tiene ojos redondos y labios color carmín. A ella también le cambio la ropa. Tiene un pelo negro azabache muy brillante. Gabriela y Laura son hermanas. Lorena es hermosa. Tiene cara de dibujito animado. Su pelo es castaño y tiene un vestido rosa. Es regordeta, con unos cachetes simpáticos. Su pelo es castaño y brillante.

 

Alejandra maestra

Entro en el aula (en la cocina de mi casa) donde hay un pizarrón enorme, casi de la medida de los  del colegio. Borro con mi borrador de verdad lo del día anterior. Acomodo en los bancos a todos mis alumnos (mis muñecos) y comienzo a tomar lista en un registro de asistencia que me compra papá en la librería que está cerca de su trabajo. Tengo veinte alumnos. Todos y cada uno tienen dos nombres y el apellido. Tomo lista. Voy a buscar el libro de lectura y un cuento para contarles. También les enseño matemáticas.

 

Alejandra cantante

Me pongo el disfraz de bailarina que me hizo mi mamá. Es azul con lentejuelas plateadas, volados de tul blanco y la parte de la pollera es corta y acampanada. Pongo el Winco arriba de la cómoda de la pieza de mis papás y bailo música clásica frente al espejo. A veces canto frente al botiquín del baño, que tiene tres espejos, y hago Las trillizas de oro.

 

En mi infancia jugaba todo el tiempo. Nunca me aburría. Cuando salía al parque, a jugar con mis vecinos, inventábamos historias. Jugaba a la mancha, al quemado o a la rayuela. Pero mi juego favorito era el elástico, me sentía poderosa porque llegaba hasta el último nivel. También me gustaban los juegos de mesa. Jugaba mucho con mi abuela, con mis primas y conmigo misma. Mi preferido era la escoba de quince. Jugaba damas, ajedrez y dominó, pero la mayoría de las veces inventaba historias con las fichas, traía mis muñequitos chiquitos y armaba casas o castillos. Jugaba con botones, cajas, hilos y hasta con los gajos de mandarina del mediodía. Me levantaba todas las mañanas organizando mis juegos del día y era lo único que me importaba.

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


 

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario