11. MI MEMORIA ESPACIAL
Hace unos años estaba trabajando en una oficina docente y allí siempre surgían charlas diversas cuando ya no estábamos en horario de atención al público.
La disposición de los escritorios era la siguiente: Griselda, la secretaria, se sentaba en la mesa de adelante y Alicia, la jefa, en la mesa del fondo.
Un jueves estábamos charlando y Alicia, sentada en el escritorio de Griselda, comenzó a contarnos una historia sobre los malentendidos: resulta que el esposo de una amiga de ella, llamada María, había sufrido un accidente y estaba internado; al enterarse Alicia fue a verlo, al entrar lo encuentró solo, estaba todo vendado y apenas se le veían los ojos,; ella lo miró y angustiada le dijó : ¿Qué te pasó, José? ¡Cómo te dejaron!
El enfermo solo la miraba …
Y ella proseguía hablándole y preocupándose por él.
Pasaron unos largos minutos, hasta que llegó otra persona a cuidarlo y allí Alicia se enteró de que él no era José el esposo de su amiga, y que ella se había equivocado de habitación.
Todos nos reímos con esta anécdota y surgieron más historias de enredo.
Al otro día estábamos conversando de cuánto nos habíamos divertido la tarde anterior con las relatos, entonces yo le pedí a Griselda que contara de nuevo la historia de la clínica.
Ella me miraba asombrada y me decía que no recordaba nada.
Entonces yo comencé a darle detalles.
Y ella cada vez se ponía más nerviosa y preocupada.
Hasta que después de un tiempo, me di cuenta de que no era ella la que había contado esta historia.
Entonces le dije, claro fue Alicia, sentada en tu escritorio, y recién allí ella suspiro aliviada….
Y me contó todo lo que le había pasado por la cabeza mientras yo hablaba y le daba detalles..
Es que ella había comenzado a tomar medicación psiquiátrica por un cuadro de stress y cuando yo intentaba hacerla recordar, ella pensaba que las pastillas le estaban haciendo mal, porque ni siquiera recordaba tener una amiga María, ni que su esposo se llamase José y menos aún que ella lo había ido a ver porque estaba hospitalizado…
Aunque han pasado ya muchos años aún seguimos divirtiéndonos recreando esta anécdota.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
10. EL AUTO
La casa está a oscuras y estoy escribiendo en el comedor. Pienso y pienso, cómo arreglármelas este mes. Le doy vuelta a la cosa y no me sale. Aunque hay una esperanza, las ofertas que tengo por el auto. ¡Y claro, tan cuidado como lo tenía Roberto! Lo disfrutamos mucho, pero él siempre fue pulcro con todas sus cosas.
Tres vecinos se lo disputan, seguro alguno de ellos se lo va a quedar
Esa sería la solución porque ya podría empezar a pagar algo y comer hasta que salga la pensión. Mejor voy a dormir y mañana vuelvo.
Mi sobrino me acaba de llamar, me preguntó cuánto pido por el auto, me sorprendió porque él tiene uno muy lindo. Pero me habló de cuánto quería a su tío y que sería bueno conservar el auto para él. Aceptó el precio y me dijo que hablase con el abogado.
Parece mentira, ayer estaba tan desorientada y hoy mi sobrino me dice que compra. Hay que hablar con los que lo quieren, preparar todo lo que me pide el doctor González y buscar documentos, pero si todo es para quedarme tranquila, estoy aliviada.
Hoy fuimos todos del abogado, firmamos el contrato de compra-venta y Adrián se comprometió a depositar dentro de cuarenta y ocho horas.
La condición que puso el abogado es que todo sea transparente. “Él, no se lleva el auto hasta que lo pague”, me indicó.
Cuando llegué de llevar a Mariana al colegio, Adrián me llamó y me dijo que viene a casa con un amigo a buscar el coche. Le dije que no, por lo que había dicho el abogado pero él insistió en que somos familia y no pasa nada
Llamo a González. Me dice un “no” rotundo y lo cumplo.
Ya son las once de la noche, suena el teléfono, y es Adrián con la noticia: no me compra el coche porque dice que a mi hermana le da tristeza tener el auto de Roberto.
Solo le grito, y mucho, no sé qué digo y le corto. Después lloro
No dormí en toda la noche y tengo que ir al abogado, me llamó mi hermana, pero Adrián y la mujer están enojados por cómo los traté.
Perdí los compradores y se acabaron los proyectos inmediatos que tenía
Sería empezar de nuevo.
Esto para ellos fue solo un malentendido.
Florencia Zaldívar (CABA)
9. SE TENDRÍA QUE HABER DADO CUENTA
Me cerró más la consigna “Se tendría que haber dado cuenta”. Allá por mis treinta años perdí una gran amistad, el único hombre que hasta ese momento había tenido como amigo. Luego vinieron otros pero ya como parte de una pareja con la cual congeniábamos mi marido y yo. Pero Daniel empezó siendo “mi” amigo antes de serlo de los dos. Nos conocíamos desde chicos porque hizo primaria y secundaria con mi hermano del medio, pero nos empezamos a tratar a diario cuando coincidimos en la misma oficina. Tanto él como yo estábamos de novios desde la adolescencia pero nuestras parejas tenían otros horarios por lo que aprovechando nuestras tardes libres al dejar la oficina alguna que otra vez fuimos al cine y casi siempre volvíamos juntos viajando en tren y subte hacia el mismo barrio, donde cada uno vivía con sus padres. Él me acompañó en la búsqueda de mi primer departamento cuando me adjudicaron el préstamo. También compartimos unas vacaciones en Bariloche, él ya casado con Griselda y Héctor y yo a pocos meses de estarlo, obvio que ambos en habitación de tres con la supervisión de mi mamá. No me pudo elegir testigo de su casamiento civil porque aún yo era menor de edad, pero él sí pudo serlo del nuestro. Cuando las dos parejas ya teníamos un primer hijo, pusimos una galletitería con la esperanza de que la cosa marchara para todos y yo pudiera evitar la vuelta a la oficina. Luego llegaron otros hijos, todos varones que se llevaban maravillosamente bien. A todo esto yo había renunciado después del nacimiento de mi segundo hijo, así que solo nos veíamos cuando nos invitábamos a almorzar, a cenar o en los cumples. Pero el diablo metió la cola. Él se cambió de empresa y ahí conoció a una mujer de quien al principio se hizo muy amigo, al punto de invitarla al cumpleaños de su hijo. Tiempo después (o no) terminaría siendo su amante y peor aún, abandonaría su hogar. Yo me puse desde el primer momento del lado de Griselda, no solo como mujer, sino porque sentía que a ella la había traicionado infamemente y a mí también por tantas charlas acerca de la sinceridad y la lealtad que habíamos sostenido a lo largo de los años y que por lo visto eran pura espuma. Esa aventura duró unos cuantos meses, tiempo en el cual él y yo no nos vimos para nada. Luego ellos se arreglaron pero nuestra amistad quedó truncada para siempre. Yo estaba muy dolida no solo por la traición a su compañera sino porque hubiera querido que hubiera confiado en mí para contarme sus sentimientos y sus dudas. Se tendría que haber dado cuenta, conociéndome tanto, de que yo hubiera bienvenido esa charla y quizá lo hubiera podido entender. Años después intenté acercarme pero no hubo eco, tal vez esta vez fue él quien se sintió traicionado. Ahora es tarde para todo, falleció hace pocos meses y me duele infinitamente, no porque ya no esté en mi vida, ya que hace años que esto lo tengo asumido, sino porque su luz ya no brilla en este mundo. Era un hombre sumamente alegre, chistoso, el alma de todas las reuniones, se bancó su enfermedad con una fuerza y una fe increíbles haciéndose querer y respetar por médicos y enfermeras. No lo extraño en mi vida porque hace muchísimo que ya no estaba, lo extraño como persona moviéndose en este mundo, extraño las noticias y las anécdotas suyas que me siguieron llegando a través de mi hermano hasta hace pocos meses. Como no se me ocurrió otra cosa, terminé escribiendo esto sin estar segura de seguir la consigna elegida pero sí de brindarle un homenaje póstumo a Dani, que en mi corazón seguirá siendo siempre mi mejor amigo.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
8. EDUCACIÓN Y CUARENTENA
Tarea ardua escribir sobre este aspecto ya que puntualmente tal la definición lo marca, se me hace difícil recuperar algún hecho así.
Pensé, pensé y pensé, y en el eterno año de la pandemia, en la tan ridícula llamada educación virtual o como nos obligaron a definir ”virtualidad” hubo tantas idas y venidas, tantos decires y no decires, tantos quise decir esto pero entendiste lo otro…
De un día a otro las escuelas se cerraron y hubo que improvisar: no alcanzó experiencia, diseños curriculares y todo fue confusión.
Trabajos prácticos y correcciones.
Abrir escuela para recopilar papeles y papeles que quedaron sepultados en estanterías que rápidamente se completaban con hojas de varios tamaños.
Poner notas numéricas para promediar trimestre o simplemente un visto.
La nota estigmatizaba, el visto daba igual para todos.
Los chicos perdidos
Los grandes sin rumbo
Los inspectores, tibios cómo siempre, nos ponían a los directivos en la línea de fuego y todas las balas eran para nosotros, que, a dios gracias, supimos y pudimos esquivar, ya que nos pusimos todos en la misma línea y nos apoyamos unos a otros.
Los padres no paraban de llamar por teléfono, a cualquier hora en cualquier día
No había timbres de fin de hora ni cambio de turno.
Todos tenían que tener conectividad, no importaba si el ancho de banda lo permitía o si había computadoras en casa.
Los teléfonos móviles de mamá o de papa colapsaron de mensajes que marcaban memoria llena.
Llegaron los hermosos y tan didácticos cuadernillos: daba igual si estaban en primer año o tercero, en cuarto o en sexto, en orientación contable o en la de naturales
¿Corregir?, ¿quién quería?? Nadie
No importa, lo que vale es que lo hagan, total no lleva calificación numérica….
Así pasó casi todo el año, los trimestres se transformaron en cuatrimestres.
Las siglas TEA, TEP y TED reemplazaron el 10, el 5 y el 1
Se acercaba octubre y en cada reunión por Zoom, el director de Azul y yo nos atrevíamos a preguntar lo que nadie quería escuchar.
¿Qué va a pasar con los promedios?
¿Abanderados y escoltas?
¿Hacemos selección por TEA?
Son muy ansiosos, falta todavía, no seas tan atrevida, de Central no dicen nada, hay que esperar…
No entendés, yo quise decir otra cosa
La resolución dice esto, pero yo entiendo esto…
O sea, estaba escrito pero cada uno entendía lo que quería.
Así, todo el interminable año.
Las notas numéricas no van.
Estigmatizan, los chicos están atravesados por la pandemia.
Llegó noviembre y a cinco días de culminar el ciclo lectivo por calendario escolar, la orden fue: hay que poner nota….
¡Que novedad! Bingo, dijimos todos
Todos cual hormigas, llegando hojitas y recolectando de la galera una nota que nunca pedimos.
Vos entendiste mal, sugirió por debajo alguien.
Imaginen mi respuesta…….
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
7. ¿FUE UN MALENTENDIDO?
No sé si de malentendidos se trata, ni siquiera sé qué te molesto tanto de mí como para romper una amistad de toda la vida
Entre nosotras nunca hubo secretos, lo que sí hubo fue la suficiente confianza como para decirme directamente qué hice para ofenderte de semejante manera. Compartimos todo durante los setenta y tantos años que tenemos ambas. Vos, con tu manera de demostrar que todo era paz y amor, aunque por dentro estuvieses reventando; yo, diciendo las cosas, frontal y crudamente, siempre que el tema lo ameritase. La diferencia de carácter nunca nos distanció, había también otras cosas en común que nos unían.
Sin embargo, algo pasó que cambió esta relación de amistad longeva.
A pesar de notarte distante, seguí enviándote mensajes y saludándote en fechas especiales y vos, como de compromiso, me respondías con algún emoji. Me preocupaba y me hacía sentir mal tu distanciamiento, pero más aún, el no entender el porqué del mismo. Te pedí montones de veces juntarnos para hablar del tema a solas y siempre ponías excusas. Yo entendía que una amistad de toda la vida no se cortaba por una tontera, no habíamos discutido, pero estaba claro, que algo que yo había dicho o hecho te había caído muy mal. Inclusive te pedí reunirnos a charlar y tener la posibilidad de escucharte y disculparme si fuese necesario y si después de hacerlo decidías que cada una siguiera su camino, lo hubiera aceptado.
Eso nunca ocurrió, no quisiste aclarar nada y comprendí que no valía la pena seguir insistiendo, estaba muy claro que cuando una no quiere, dos no pueden.
Después de pensarlo mucho decidí no insistir más. Vos sabes dónde yo vivo, tenés mi teléfono y si algún día sentís que vale la pena rescatar nuestra amistad te voy a recibir y a escuchar como antes, como siempre.
Li (CABA)
6. LA MASITA DE ELVIRA
Hay días en que la bendición de Elvira termina en un malentendido para Marta.
Elvira –como todos los miércoles- se encontraba en la huerta comunitaria junto a Graciela. El horario de encuentro era de diez a doce horas. Cerca del mediodía llegó Gladis que sonriente –a sabiendas del horario- saludó y ensayó algún chiste. Elvira señalando un paquete de masitas y una latita de picadillo, que había traído para compartir, le dijo: coma, sírvase. Es bendición. La mujer untó una masita y se alejó a mirar los vegetales que se mostraban en los canteros. En ese mismo instante alcanzó a ver a Marta que con paso apurado también ingresaba al lugar. Gladis continuó su recorrido, entró al invernadero, miró los tomates y las acelgas. Al salir, notó que Marta ya no estaba. Esa noche en el grupo de huerta se escuchó el audio de Marta diciendo: Tengo que decirles que hoy me sentí muy mal. Llegué a la huerta cerca de las doce porque tenía turno con el médico. La señora Graciela, cuando entré, dijo que me había traído el olor de la comida. Eso no se dice. Yo no necesito ir a la huerta para comer. No, no, no me gusta que se diga eso de mí.
Es lo que sucedió con la masita de Elvira.
Galu
Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
5. OCÉANO DE POR MEDIO
Entre mi hermana y yo hay siete años de diferencia, y océano de por medio.
Un teléfono que no comunica y un celular que
automáticamente envía y recibe mensajes despojados de humanidad, vacíos de
gestualidad sonora, de ternura; secos, vanos, huecos, hambrientos de letras con
poco significado, aunque para cada una fueron inequívocos y el error estaba en
el mensaje del otro.
Uno puede saber lo que dijo y hacerse responsable pero no de lo que el otro
entendió (no lo digo yo)
Por eso sí de malentendidos se trata, mi hermana y yo somos un buen ejemplo.
Existen seres trashumantes, deseantes, destinados a la incompletud (tampoco lo
digo yo) que transitan con nosotros y nos hacen caminar. También nos modifican
con aciertos y con terribles equivocaciones. También nos pasa a Mariana y a mí.
¡Pasaron muchos años... la vida, perdón! Y estamos ahogadas de malentendidos. A
esta altura a mí me cuesta dar y a ella...supongo que también.
De los malentendidos asoma triunfadora la desconfianza. Artera y determinante.
Difícil de vencer. Mariana y yo sabemos de eso.
¿Qué será de aquel angelito de porcelana con el mensaje de mamá?
Nunca dejaré de quererla por ser mi hermana y nunca me abandonará esta horrible
sensación de que no me quiere.
Nos hemos desgastado mucho con el más pequeño de los malentendidos, ella y yo.
Explicar varias veces, decir que no era lo que debía ser, de sentirnos causa de
ese abismo deshermanado. Ella y yo.
Quizás algo pase. Tal vez lo que queda de historia se de vuelta y exploten
primaveras.
Quizá no pase nada y solo nos encontremos llorando algún día porque alguna ya
no esté.
Gabriela Potenza (CABA)
4. TERRENO
Una puede tener la mejor voluntad del mundo al hacer algo y es factible que no sea comprendida.
Cuando mis padres en el lejano 2009 me informaron que venderían el terreno contiguo a la casa materna-paterna, se me prendió una lucecita de alerta en la cabeza.
Hacía más de veinte años habían comprado el terreno lindero a sus compadres, Florencio y Lola, en una suerte de extensión del lote gigante que ya tenían. Desde el primer momento, se transformaría en la quinta, la huerta, el terreno, todas formas de nominalizar esa extensión de tierra.
Siempre fue eso: una extensión de tierra. De a poco le fueron imprimiendo su estilo, su gusto. Muchas verduras fueron distribuidas entre familia y vecindad. Fue un lugar muy codiciado: único terreno libre sin construcciones en la manzana.
Cuando le preguntaban a mi papá, contestaba que no estaba a la venta porque los dueños vivían en el extranjero. Esto lo hacía cuando la propiedad estuvo a su nombre como cuando estuvo al mío.
Porque de esto se trató: de dejarlos a ambos con su diversión, con tocar la tierra, cuidarla, ver crecer las plantas, pelear cuerpo a cuerpo con las pestes, pájaros, babosas, hormigas. Y alimentarse con lo que de él cosechaban con un orgullo enorme.
Cuando dijeron que lo venderían porque no les cerraba su economía, mi propuesta -hablada al calor del momento con Claudio- fue comprárselos. Que ellos tuvieran el dinero y el terreno para seguir disfrutando.
Le pedí encarecidamente a papá que hablara con sus otros dos hijos sobre el particular. En definitiva, ese terreno era parte de una herencia.
Me dijo que mis dos hermanos habían dado el ok para la operación. Estaban de acuerdo.
Seguidamente, iniciábamos los trámites con el Escribano (no recuerdo su nombre) para la escrituración a mi nombre. Lo que el notario nunca averiguó fue si había más hijos en la pareja de mis padres. Karma: hoy está preso por cuestiones mucho más serias e imperdonables.
Mis padres me indicaron que no querían tener todo el dinero junto en su casa por lo que cada vez que necesitaban determinada cantidad, yo iba a cambiar los dólares y les llevaba los pesos. Así lo hicimos durante dos años aproximadamente hasta que me dio un ataque -no recuerdo cuál fue el motivo- y le llevé de una algo así como veinte mil dólares. Le avisé a mi hermano a quien encontré en ese segundo y para mí el tema estaba terminado: ellos usaban mi lote con mi venia.
Mis hermanos estuvieron años insistiendo en que los papis se mudaran al departamento de mi hermana en Almagro. Miles de excusas. En este ítem debo reconocer que casi no participé. En el año 2019 tomaron la decisión debido a que mi hermano presentó a una familia, cuyo padre era su compañero de trabajo, que alquilaría la casa como estaba. Debo aclarar que le faltaba aún agua corriente y cloacas ya que no pasaba el caño central por la vereda. Luego de la pandemia, este tema también se solucionó.
Cuando este movimiento de personas que iban y venían y se instalaron se cerró, decidí unívocamente vender el terreno. Ya no cumplía ninguna función. Lo compró una familia del barrio para sus hijos.
Esta familia eligió al escribano y -oh oh oh- señaló que faltaba el visto bueno de mis hermanos.
¿Cómo el visto bueno? Tendrían que ceder sus pretensiones sobre la propiedad para que pudiera ser vendida.
Ya hacía rato, desde noviembre del 2011, que no hablaba con ninguno de los dos: con Ángela por querer separarme de mis hijos -les dio información que tanto Claudio como yo manteníamos para nosotros (¡horror!)- y con Ricardo por decirme que -cito- “sus hermanas eran flor de pelotudas”.
Los cité a los dos en el departamento de la avenida Corrientes junto con mis padres. Mis hermanos llevaron a sus parejas a quienes les debí agradecer (no es que se los dije sino que los ametrallé con la mirada y habrán entendido, no lo sé) que no emitieran opinión ni a favor ni en contra.
Recuerdo la vehemencia de mi hermana con voz fuerte y clara indicando las cosas de las que debía hacerme cargo. Ajá. Recuerdo el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando Ricardo me tocó el brazo en una suerte de acompañamiento.
En un momento de frío razonamiento, les cedí la mitad de la venta del terreno y me comprometí a ocuparme de los gastos que generaran la ocupación del departamento (lo sigo haciendo).
Como esta situación ya la viví tres veces en mi vida (malentendidos con la casa del papá de Claudio y con la casa de Chiche) entiendo que estaré pagando el karma de algún antepasado.
Y después de mí, a nadie más le pasará.
Edith Oxilia (CABA)
3. MALENTENDIDOS
Infinidad de malentendidos viví en mi vida. Entendí mal, me entendieron mal.
Ni hablar en esta era tecnológica en donde el mensaje escrito tiene otra connotación, carece de tono de voz, de gestos, de mirada.
En mí la pregunta: ¿Qué me habrá querido decir?, surge muchas veces.
Pero hay un malentendido que me sacude más fuerte.
Mi madre siempre fue la persona que decía lo justo, lo acertado, lo tranquilizador, lo verdadero.
Su palabra, como tantas otras cosas, era sagrada para mí.
Hasta hace un tiempo.
Cada frase que repite en mi presencia es una duda a la que no le doy veracidad sin la afirmación del involucrado.
Expresiones como: Pablo se enojó con el padre, Noelia se va a ir a Italia, Ayer vino tu tía a cenar, etc., etc., etc.
Expresiones no ciertas que en sus labios repite unas cinco veces en una hora de mi visita.
Me duele, a veces me enojo, como si ella pudiera entender sus partes rotas de memoria y comprensión.
En el intercambio de recuerdos, muchas veces dice cosas que fueron reales, sabe con exactitud en que taza preparaba mi merienda, me regala la alegría de escucharla ese corto rato y vuelve a no saber qué almorzó unas horas antes de mi llegada a su casa.
Malentendidos de la gente...muchos inocentes, muchos con esa intención oculta de distorsionar la verdad para hacer daño, muchos con la tensión en llamas de escuchar lo que nadie dijo, muchos con la distorsión de lo que pasó de boca en boca como cuando jugábamos al teléfono descompuesto, muchos...casi todos empobreciendo relaciones que terminan en duelos.
2. MALENTENDIDOS
Mientras me siento a escribir, trato de recordar alguna ocasión puntual que tenga que ver con este tema. Realmente no atino a dar con ninguna. Lo cual no significa que no hayan existido en mi vida, supongo deben ser incontables.
Noto que es algo tan cotidiano esto, lo de los malentendidos. Aun en los hechos más simples: el verdulero que te da tomates en lugar de duraznos, el médico que te dice que era otra la dosis de la pastilla, y cosas por el estilo. También existen los otros, aquellos que conciernen a temas más serios o incluso sencillos, pero que conducen a confusiones y aún peor, a discusiones.
Todo me lleva a pensar que la raíz principal de todos estos embrollos, es que a muchos de nosotros, algunas veces, lo que nos cuesta es escuchar lo que nos dicen, o decir aquello que realmente queremos expresar.
Frases como: "pero si YO te lo dije", "vos entendés lo que querés", "no quise decir eso" o "lo que pasa es que no me escuchás" son moneda corriente. Y es verdad, oír no es lo mismo que escuchar. Hablar no es lo mismo que decir claramente lo que necesitamos. Todo esto, creo, es lo que lleva a la mayoría de los malentendidos.
Es algo que existe en casi todas las relaciones. Hace poco leí una frase que lo explica mucho mejor que yo:
"Entre lo que pienso,
lo que quiero decir,
lo que creo decir,
lo que digo,
lo que quieres oír,
lo que oyes,
lo que crees entender.
lo que quieres entender,
lo que entiendes...
Existen nueve posibilidades
de no entenderse"
Claudia
Martorelli (CABA)
1. MENSAJERO Y RECEPTOR
El problema con los malos entendidos para mí es, por supuesto, la mala comunicación. Esto puede suceder por la falta de comprensión de conceptos y consignas, por distracción, estrés por el trajinar diario y el uso del celular.
Me cuesta bastante expresarme. A veces siento que no es claro lo que quiero transmitir y pienso que no tengo un diálogo fluido como lo tiene la mayoría de las personas. Siempre me ayudó mucho escribir, y en los últimos tiempos, enviar audios por whatsapp, porque me dan la posibilidad de pensar bien lo que quiero decir. Trabajé veinte años con personas con discapacidad y aprendí a comunicarme a través del cuerpo y expresiones con la cara porque muchos de ellos no pueden hablar. Agudicé mi percepción con los demás.
Me expresé toda la vida mediante la música, lo que es muy difícil de lograr. Me enseñaron a modular la voz para que las letras se entiendan correctamente. Hay que ponerse un poco en el personaje, como en el teatro, que lo que estoy interpretando le llegue correctamente al público, como si fuera un cuento.
En mi actual trabajo hay muchos malentendidos. Me dirijo a personas poco instruidas y tengo que repetir varias veces en el año lo que deben presentar por mes. Hace siete años que trabajo en esto y aún hay gente que no lo entiende y son cosas básicas relacionadas a la comida o al funcionamiento del comedor. Hay ciertas cuestiones administrativas que las transmito veinte mil veces a través de los mails o mensajes y contestan cualquier cosa. Tengo problemas con mi jefe, que es una persona que quiere todo claro y perfecto, y a veces dudo de mí misma, si realmente comunico bien las cosas. En muchas oportunidades me recalcó el malentendido y me puse muy nerviosa. Me amargo.
No me sale discutir con otro. Quiero decirle algo, pero no es lo que le quiero expresar. Me pasó mucho con mis parejas y con mis padres que, al ser tan exigentes, se me trababan las palabras y me quedaba muda. Por eso generalmente huía golpeando la puerta, por decirlo de alguna forma. Me da temor no poder transmitir correctamente lo que quiero decir y que me gane el impulso y empezar a vomitar barbaridades.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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