Mentira

12. ME MENTÍ A MÍ MISMA

Siento que fue a mí misma, a quien más  le mentí  en la vida.

Asumí  el rol de "Yo Puedo", sin reparar en el costo emocional y físico que ello  me ocasionaba. 

Desde temprana edad cargué  con responsabilidades que no me correspondían, las cuales  no me permitieron disfrutar a pleno mi niñez. Nunca más pude sacarme ese estigma de encima.

Siendo adulta nadie pretendía grandes cosas de mí, lo único  que mi familia deseaba era verme feliz y relajada. Era yo la que pretendía demostrar a toda costa que podía con todo y para todos. Posiblemente también me movilizaba  esa vanidad mentirosa antes los ojos de la gente que admiraba mi capacidad de poder  enfrentar las situaciones que me acontecían, o por ahí  el orgullo que no me permitía  reconocer que no era tan fuerte como parecía, que sostener esa imagen me costaba, que necesitaba mostrarme vulnerable, pero no podía  por temor a defraudar.

Hoy reconozco en mí, una capacidad verdadera para enfrentar y resolver situaciones, pero también admito mis limitaciones, comprendo que es bueno decir, "No Puedo", sé, que el orgullo no me ayudó  para nada. Estoy feliz  por dejar que me vean humana, la mujer maravilla es un personaje de historieta y yo soy real.

                                                                                                                                                   Li (CABA)

 

11. EL DIABLO METE LA COLA

Según  dicen, las mentiras tienen las patas cortas. Yo pienso que más que un  dicho, es una realidad, porque tarde o temprano salta a la luz.

En mi caso particular hubo un episodio donde por mentir y ser descubierta, las consecuencias no fueron del todo buenas.  

Todo sucedió  cuando yo tendría catorce años. En aquel momento iba a estudiar corte y confección,  el curso quedaba a veinte minutos de casa  y debía tomar un colectivo, ya conocía  el recorrido dado que la primera vez me había acompañado  mi mamá,  porque ella se cortaba el cabello en el mismo lugar a donde yo iba. Eran tres hermanas, dos daban clases de costura y la tercera era peluquera; todas ejercían la profesión en su domicilio.

Después  de esas primera  vez  me permitieron viajar sola en colectivo hasta el curso, ya que era un  trayecto corto que iba de Villa del Parque a Villa Devoto.

Justo cuando bajaba del colectivo, a pocos metros vivía una  tía mía, y como hacía cada semana, pasaba un momentito a saludarla, para después cumplir con el mandato de la costura, que, dicho sea de paso, lo hacía más por obligación que por interés propio.

Ese día  como siempre me quedé  un rato más  y no me dieron  ganas de ir al curso, me quedé  conversando y tomando mate. Mi tía era una mujer muy acogedora y pasar un rato con ella, para mí,  era un placer, y decidí  quedarme, total  como se iban a enterar en casa, volvería  a la hora de siempre y todo se vería normal.

Como el diablo siempre mete la cola, justo ese día  a mi mamá  se le ocurrió  ir a cortarse el cabello y de paso, pensó  ella, a la vuelta volvemos juntas.

Mientras la peluquera hacía su tarea, le preguntó a mi mamá qué me había pasado, que no había ido a la clase.Me imagino la cara desencajada de mi madre  al enterarse. 

Una vez terminado a lo que había ido,  se dirigió  directamente para casa y esperó  a que yo regresase.

Con gesto de nada me preguntó¿ cómo  me había  ido en la clase y qué había aprendido de nuevo. Vaya a saber qué cuento le inventé,  ya ni recuerdo, lo que sí no olvidaré  fue el lío que se armó, cuando me hizo saber que estaba al tanto de mi faltazo, el cual  se agravó aún más  cuando llegó  mi papá y se enteró  de mí transgresión. Se enojó mucho, me amenazó  con seguir cada paso que yo diera y mil estupideces  más. Lástima que tuve que seguir hasta terminar el curso, lo bueno hubiera sido para mí que me negase seguir yendo. Después  de esa vez, nunca más volví  a hacerme la rata.

 Li (CABA)

 

10. MENTIRAS SOBREVALUADAS

Dentro de la complejidad humana y sus múltiples aristas, se encuentra como un acto de deshonor, la mentira.

Se miente por temor, vergüenza, psicopatía (mitomanía), por enigmas. Es un valor de la palabra . No confundir con traición , que es un acto que afecta directamente al ego receptor.

Nietzche, en su “Verdad y Mentira”, le da a esta última, un sentido extramoral, ya que opina que la fuente original del lenguaje (exclusivo del ser humano) y el conocimiento, no está en la lógica sino en la imaginación. Tomando esta última frase, podemos decir que imaginar es el arte de crear algo que no es real. ¿Real para quién?

La mentira , por lo tanto es, simple acto de palabras que distorsionan lo que para el resto es realidad.

Llevando todo esto a la práctica : MI amiga depresiva medicada, me pide reunirnos a conversar. Sucede que contarme  sus penas durante tres o cuatro horas la alivia, acercándose el día de la cita, no me encuentro con la energía suficiente para escuchar y realizar alguna devolución. Le digo entonces que debo cuidar mis nietos. Cuando me siento en eje, reprogramamos. La escucho sin egoísmos, paseamos, ella se siente bien. Yo también, a pesar de que le mentí. Mentí en forma casi empática.

Mentiras también son los secretos, me preguntan por aquello, te miento, es mi secreto, no quiero compartirlo con nadie.

La infidelidad, donde la mentira se usa frecuentemente, cuando se descubre la situación, el receptor se siente indignado y se pregunta por qué, por qué a mí…cuando en realidad lo hizo por motivos que solo el infiel conoce. Al receptor no le hiere la mentira, es su ego quien grita. Aparece el acto de traición,  el deseo de venganza y justicia.

No existe humano sin mentiras. Si nos alfabetizaran emocionalmente, sabríamos que la mentira es  de quien la expresa, no para el resto.

 

  María Santandrea (Neuquén. Neuquén)

 9. EL CHUPETÍN Y EL ANILLO

No me gustaba ir al boliche de Pepe Chinchurreta. Era un almacén de ramos generales donde en un rincón había unas mesas con parroquianos que tomaban alcohol y jugaban a las cartas. Yo sentía que me miraban cuando entraba.

Pepe era un hombre parco y de pocas palabras. Me daba miedo. Su esposa en contadas ocasiones atendía el negocio y era algo más simpática.

A sus hijos, cuando se asomaban, de manera brusca los enviaba a la casa. Como cuidándolos de algo.

Una tarde, yo tendría unos ocho años, me mandaron a comprar cigarrillos.

En otras oportunidades había visto el cartón colgado con chupetines y en cada uno ellos un anillo. Solo los miraba. Ese día me animé y compré un chupetín. Pepe bajó el cartón y me hizo elegir uno.

Solo una moneda insignificante me dio de cambio. De regreso a casa me comí rápidamente el chupetín y probé el anillo. Era verde. Me encantaba.

Entré a casa, entregué los cigarrillos e inmediatamente me preguntaron  por el vuelto, dije que solo esa moneda me había dado Pepe.

No conforme con mi respuesta, algún adulto se acercó a indagar y Pepe les dijo que yo me había comprado un chupetín.

No recuerdo cómo siguió la historia, lo que si me  quedó grabado a fuego es la vergüenza que tuve al regresar al almacén. Pepe siguió con su cara fea y de pocos amigos, atendiéndome sin decir palabra sobre lo sucedido, pero yo quería desaparecer cada vez que entraba a ese horrible lugar.

 María Santandrea (Neuquén. Neuquén)


8. DESTINATARIO Y REMITENTE

¿Cuántas veces me he mentido?

¿Cuántas he visto lo que no era y lo acepté? ¿Cuántas me quede con ganas de decir más palabras  y no pude?

¿Cuántas otras aparecí de boca en el suelo creyendo que había hecho y dado todo, pensando que se valoraba  y no lloré ante el rechazo porque del asombro no podía?

¿Cuántas veces tuve que justificar para no escuchar reclamos, excusar una palabra, un gesto?

Entonces, me mentí.

Releyendo correos tan lejanos, el otro día  sentí mucha bronca como no la he sentido antes, mucho agobio, mucha amargura.

Si dije, si puse, si di, si resolví, si ordené, ¿con qué justificativo? (duda), si… conmigo no, eh?, si un comentario llegó de tal manera (duda) y yo lo había dicho de otra, que la plata era en partes iguales dónde estaba una de esa partes que no era mía (duda), entonces robaste (duda sin sonido pero mirándome con sonrisa socarrona y ojos de costado), que ¿dónde está esa foto de hace veinte años?, ¿te la llevaste? (duda), que por qué vainillas y no baybiscuits…

Mundo paralelo durante años que no supe resolver.

¿Es ahora? No, No…fue siempre.

Y escapaba de cada conflicto como podía o me salía.

No mentía los demás. No mentí.

A mí, sí.

Me recortaba frente a otro ser tan primigenio de útero como yo que me miraba desde la desconfianza. Y nada supimos  hacer. La vida nos pasó hace tiempo.

Y dudé. ¿Seré así y no me di cuenta?

Las mentiras no son blancas porque son igual de filosas, las mentiras no son negras porque son igual que la falsa inocencia. Las mentiras son lacerantes y se desploman en eslabones que no llegan a desconectarse nunca. Hay que saber mentir porque traicionan.

Entonces, me mentí.

Reparar era el camino, nunca dio una oportunidad.

Ya no.

Ya no hay niños en la casa.

Las ovejas negras no existen tampoco: son la comodidad y la engañosa postura de creerse transgresoras. Son como las blancas en un mismo rebaño de pertenencia.

Blancas, negras…

El vacío es grande y solo trato de comprender.

Casi no extraño.

¿Me seguiré mintiendo?

¿Qué es mentir?

Es, además de silenciar lo verdadero, vivir disfrazado siempre para fiestas inexistentes,  son los intentos camuflados, los aplausos sordos, la risa helada y los olvidos dudosamente  enterrados.

Eso es mentir.

Mentirse: es la peor de las mentiras. Una carta con el mismo destinatario y remitente.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

 7. LA CARTA

La sesión de terapia recién había comenzado. Marisol fijó sus ojos en los míos, su mirada estaba llena de dolor e indignación y las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas cuando me dijo “vos siempre decís que no hay que ir con la verdad, pero vos a mí me mentiste”.

Me quedé helada, no tenía ni la menor idea de a qué me se refería. En un segundo mi cabeza empezó a buscar como un radar, cuál era la situación en la que mi hija podría haber sentido que yo le mentía. Solo dije “no sé de qué hablás, Mari”.

-Encontré la carta, mamá- me dijo con tono de sentencia.

-¿La leíste?

-Sí.

-Bueno, te voy a explicar por qué la guardé. Cuando Jeni estaba volviendo de La Rioja vos me dijiste expresamente que no querías saber nada de allá, que no querías saber nada de tu familia biológica, ni de lo que Jeni había hecho en su viaje.

Ni bien ella llegó le dije que me habías pedido eso, que por lo tanto no te contara nada. Y cuando me entregó la carta la guardé. Si te hubiese querido mentir, la habría tirado, quemado, me habría deshecho de ella. Sin embargo la guardé para cuando quisieras saber algo. Lamento profundamente que la hayas leído en estas circunstancias. Mi intención jamás fue mentirte u ocultarte la existencia de la carta que tu mamá biológica te había mandado. Solo quise preservarte, debido a tu pedido y esperar un mejor momento para entregártela y que la leyeras.

Mientras este diálogo sucedía Marisol no paraba de llorar. Creo que se le juntaban varios dolores, profundos, viscerales, pero al menos quedó aclarado que yo no había buscado engañarla, si no cuidarla.

A los pocos días se acercó mientras yo preparaba mate en la cocina y me dijo: “Má, ¿me podés dar la carta? Quisiera tenerla yo. Mi respuesta fue, “por supuesto, es tuya”. Fui a mi habitación y se la entregué.

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

6. MENTIRA  A LA VERDAD

Corrían los años ochenta cuando finalmente empezábamos a noviar Claudio y yo. Eso implicaba sábados en mi casa o en la suya. Yo sabía perfectamente que en mi casa paterna-materna no se acostumbraba cenar. Hasta creo recordar que mi mamá -¡cuándo no!- justificaba este hecho tal vez porque en otra época nos colmaba con matecocido con leche y pan y dulce casero. No lo supe entonces y no lo sabría explicar ahora. De hecho, mis dos padres suelen cenar una taza de algo ligero para “no ir a dormir con estómago pesado”, Cosas de la adultez muy adulta.

Lo cierto que el señor en cuestión preguntó alguna vez si en la casa no se cenaba. No recuerdo qué contesté. Digamos que zafé de la situación. Y el tema pasó sin penas y sin glorias.

Para la siguiente vez, consultada mi mamá al respecto, decidió cocinar al horno un cuarto trasero de pollo con papas -huelo las papas al horno- con el fin de apaciguar el estómago del señor visitante. Quizá pensó que tapando el hecho no-sabido de mi falta de timing en el quehacer culinario, el novio no huiría espantado. Chica que no sabe cocinar no es negocio, habrá elucubrado. Ella, sabia cocinera, realizó todo, me hizo disfrazar de cuasi chef -empezaban mis clases gratuitas de teatro- con un delantal largo y me hizo poner la mesa como para un día festivo.

Lo que no esperaba ni ella ni yo ni ninguno de los involucrados fue que confundiera el menú. ¿Cómo? Por teléfono de cable, los de antes, había dicho feliz ‘suprema’ y la realidad de la no-milanesa era pata y muslo cocinados al horno.

Llegado el momento, y con mi Juanita atrás supervisando todos mis movimientos, el plato servido no engañaba al futuro comensal quien abriendo los ojos más grandes que nunca -convengamos, dándose una idea cabal en qué quilombo se metía- dio por acabada la disputa con una carcajada gigante. Juanita suplente no sabía cómo arreglarla. “No sabés mentir”, espetaba en aquella noche mi despistado futuro consorte. No sé mentir ni cocinar. 

                                                                                                                                 Edith Oxilia ( CABA)


5. ROBO AL MONEDERO 

A los once años me enviaron a mis primeras clases de inglés en el Instituto West. Está ubicado a medio camino entre Castelar y Morón en una zona paqueta de casonas con parques enormes. Allí me tomaron examen de nivelación para ver a qué curso debían enviarme.

Mis compañeros eran amigos del barrio y además algunos eran compañeros de colegio. Estaban juntos desde los ocho años. De modo tal que yo me había transformado en “la nueva”.

Una mañana fui degustando una DRF de naranja. Una de las chicas, pícara, me vio, olió y pidió que la convidara. Sin pensarlo dos veces y creyendo que así se haría amiga mía, le ofrecí el paquete como había aprendido que se hacía. Ella lo tomó y le convidó al curso entero ante mi reacción congelada y mis ojos abiertos a más no poder. Me devolvió el paquete siniestrado con la consigna: “A mí me gustan más las de anís. A Sol las de menta. Tenelo en cuenta”.

Necesitada de formar parte del grupo que me dejaba de lado y con mis escasos fondos, pergeñé el modo de hacerme de las monedas necesarias para la compra de las ansiadas pastillas. Unas DRF no se le negarían a nadie.

Raro era que hubiera monedas por cualquier lado de mi casa. En un lugar sobre la heladera, se depositaban las monedas del viaje diario en colectivo de los chicos, por ejemplo. A nadie se le ocurría sacar de más. Era lo que yo pensaba entonces.

¿Qué hacer? En un lapso de cuarenta y ocho horas volvería a clases de inglés y necesitaba comprar en el kiosko de doña Rosa y don Giuseppe, dos italianos amables que entregaban a todos los chicos la “yapa”. No recuerdo claramente cómo se me ocurrió. Mamá llegaba con su paga diaria en un monedero de tamaño mediano. De allí se sacaba para hacer las compras, por ejemplo. En un momento que estuve sola con él, me sumergí adentro y saqué varias monedas. Rápida escondí mi botín. Estaba nerviosa y feliz. Le había robado a mi mamá y me importaba poco y nada. Lo más importante había sido que podía cumplir la tarea encomendada.

Llegué a clase munida de dos paquetes de DRF de menta y anís como se me había solicitado. Fue llegar al hall antes del salón de clase donde nos reuníamos los alumnos y mostrar mi botín. Las dos interesadas se abalanzaron hacia mí y prometieron que siempre me iba a sentar junto a ellas, cosa que cumplieron a veces.

Lógico: yo no formaba parte de su mundo. Era una invitada de una hora lectiva de inglés.

Llegaba a mi casa y me ocupaba de esconder muy bien los restantes de mi robo silencioso sobre todo de mis hermanos que siempre rondaban mis pertenencias.

Una vez el monedero no tenía monedas. Horror. Tomé un billete que sería de cinco pesos.

Como toda situación anómala, llegó el momento en que mi mamá se dio cuenta de que le faltaba dinero. Obvio, ¡si se contaban las monedas! Negué y seguí negando. ¿Qué tenía que ver yo con el monedero? Les preguntó a mis hermanos y por supuesto negaron al igual que yo. Lo observaba descaradamente: se ponían tan colorados como yo siendo que ellos no tenían nada que ver. La culpa.

Entonces se terminó el tiempo de ser la elegida por conveniencia. Me volví a sentar atrás “porque no llevaba pastillas”. La profesora de inglés se dio cuenta de lo que sucedía y se ocupó fuera de programa de dar una clase de respeto y convivencia.

Thank you, Miss!

Edith Oxilia ( CABA)

4. COSQUILLEAR LA VERDAD

Nuestros juegos iban y  venían.

Para cada tarde exhalábamos una ocurrencia no vivida antes que le pusiera adrenalina  al diario encuentro de nuestra amistad que tuvo la dicha de nuestras casas vecinas, una al lado de la otra, comunicados los fondos por una puerta sin llave.

Nuestro preferido era el de recurrir a la casita armada arriba de la higuera.

Ese ser mama, barrer la tierra, acomodar la vajilla de tarros vacíos  de tomates, cocinar deliciosas comidas que batíamos largo rato después de mezclar arena, césped, alguna flor arrancada a hurtadillas, ciruelas inmaduras de su árbol, huevos que su abuela no había alcanzado sacas del gallinero.

Éramos inocentes, inseparables a pesar de la diferencia de edad que se visualizó cuando empecé a ir a matiné y ella insistía en disfrazarnos de burritos para que la cargara en mi espalda.

La complicidad lograba que nos entendiéramos con la mirada y salir del apuro distraídamente o levantando los hombros en la respuesta gestual de “no sé”, ante la insistencia del adulto.

“¿Qué pasará con esas gallinitas que no ponen huevos hace tres días?”

Nos mirábamos ligeramente, desentendidas del asunto.

“No puedo encontrar el escobillón nuevo”.

Lo habíamos escondido en lo alto de la higuera.

“¡A este árbol le falta una rama!”

Se había quebrado cayendo al suelo junto con nosotras que nos sentábamos en la parte más débil.

“¡Se escaparon los jilgueros del jaulón!”

Le hab;iamos abierto la puerta decididas, proclamando su libertad.

“¡Pero si compre una caja de alfajores, no la encuentro por ningún lado!”

Nos habíamos hecho una panzada al salir de la pileta.

Y así, ocultando a veces, mintiendo otras, crecimos sabiendo que su casa era refugio y armonía.

Nos vemos cada tanto, para traer de nuevo a esa hoguera, a esa abuela que fue un poco mía también, que con rostro de preocupada prefería cosquillear a la verdad para regalarle una sonrisa a nuestra infancia.

Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)


3. YO MIENTO, ÉL MIENTE, ELLOS ¿MIENTEN?

Si de mentiras se trata, prontamente, dos acuden a mi memoria.

No recuerdo exactamente si sucedió mientras cursaba el sexto o séptimo grado. En clase, la maestra de lengua dictó unas oraciones para analizar. No comprendí la consigna, por lo cual entregué la tarea incompleta. La maestra me dio que faltaba parte del análisis.  Tenés un cuatro, andá a sentarte.

De nada sirvió que intentara explicarle que sabía hacerlo y que me permitiera corregirlo. El problema no era haberme sacado un cuatro, sino que sabía perfectamente cómo recibirían ese cuatro en casa. Mamá siempre fue muy estricta respecto a la escuela, lo cual me pintaba un feo panorama.

Al salir del colegio, mamá me esperaba. Por otra compañera que no pudo menos que abrir su bocota, se enteró deque habíamos hecho un trabajo en clase y que había sido calificado.  Ante la terrible pregunta: ¿Qué nota te sacaste?, mi respuesta fue: Un siete.

Decir un siete, me valió de todas formas, un importante reto. Pero si le hubiera dicho la verdad, el resultado habría sido unos buenos tirones de pelo o dos cachetadas. En ese momento, para mí esa mentira significó mi supervivencia.

Durante la adolescencia, mis complejos eran tantos, que enumerarlos me llevaría horas. Siempre era “la gordita”, a quien no invitaban a salir ni elegían para bailar. Cierta vez, mi cuñado conversando sobre el tema, me dijo que no tenía por qué sentirme mal, que yo no era fea. Y que es más, un compañero suyo de la facultad, le había comentado que era bonita. Por supuesto, me aclaró que yo debía tomar ese comentario, solo como tal, puesto que el muchacho era mayor que yo.

Pasó el tiempo. Un día, le pregunté a mi hermana  si ese muchacho, había vuelto a preguntar o a decir algo sobre mí. Me respondió: “Ay, Clau, eso no era cierto. Estás tan acomplejada, que a Ricardo se le ocurrió decirte eso para que te sintieras mejor”.

Decirme eso, a mis dieciséis años, no me hizo sentir mejor. Ni la mentira ni la verdad. Solo sirvió para que mi poca autoestima quedara sepultada y yo con ella.

En casa, nunca supe cuánto o en qué se mentía. Pero siempre percibí que mucho de lo que sucedía, se ocultaba. El mayor exponente, la enfermedad de mamá. Fui creciendo dentro del famoso “de eso no se habla”. Cuando ella falleció, me dijeron que la causa de su fallecimiento había sido una complicación pulmonar. Y si alguien me preguntaba, debía decir lo mismo. Algo absurdo, pues lo de mamá era un secreto a voces.

No sé si ocultar es lo mismo que mentir. De todas formas, no es algo que les recrimine o juzgue. A lo mejor, en ese entonces, ocultarme algunas cosas, o mentirme sobre ellas, fue la única manera en que supieron protegerme. Aunque sea, un poco.

                                                                                                                  Claudia Martorelli (CABA)

  

 2. EL PRINCIPIO DEL FIN

Era el año 2003, yo tenía treinta y ocho años y salía con Jorge, un tipo malhumorado, cabrón y agresivo. Nos llevábamos a las patadas y vivíamos discutiendo. Pero era tal la codependencia que no podíamos separarnos.

Por el mes de julio me enteré de que Jorge se había querido levantar a una piba de diecinueve años, que, por supuesto, ella lo había rechazado. Él tenía cuarenta y cinco. Inmediatamente lo dejé y no quise saber nada más, pero el tipo hizo lo imposible para volver: me mandaba flores, llamaba todos los días, propuso que nos casáramos, me regaló un anillo de oro, cualquier cosa hasta que acepté volver. Mi familia lo odiaba, entonces para estar conmigo él tenía que cumplir dos condiciones. La primera era que no pisaría más mi casa porque yo vivía con mi hija adolescente, de la misma edad que aquella chica, y no confiaba en sus supuestos instintos libidinosos y la segunda, que no participaría de mi vida social y familiar y la relación la mantendríamos en secreto.

Para el mes de noviembre, para la reconciliación, Jorge me invitó un fin de semana a Córdoba con todo pago -rarísimo en él porque era bastante amarrete-. Yo tuve que mentirle a mi familia. Desaparecí. Por tres días nadie supo nada de mí. La pasé mal, me sentía culpable por mis hijos y todo era una farsa. Cuando volví, mi hija indignada me llamó y me dijo a los gritos: ¡Te estuve buscando por todos lados! ¿Sabés que se murió tu tía, la hermana del abuelo? ¡Él estaba muy mal! ¿Te creés que no sé que te fuiste de viaje con Jorge?.

Aquella mentira la pagué muy cara, me sentí una porquería. Cada vez lo detestaba más a ese ser despreciable, pero no podía dejarlo. Hicimos terapia de pareja y al año nos separamos definitivamente, y nunca más supe nada de él. No lo extrañé y no sentí nada. Absolutamente nada.

                                                                                       Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 1. LA PREGUNTA 

Hoy es día de limpieza, mamá está contenta. Ya terminé de hacer la tarea, estoy en segundo grado y no me dan mucho. Le voy a preguntar algo a mamá que le escuché decir a Marcela el otro día: Ma, ¿los bebés se hacen co...? Se quedó en silencio. ¿Qué pasa?

Mirá, Mari, el papá tiene una semillita que le pone a mamá cuando se quieren mucho bla, bla, bla, bla

¡Me está mintiendo! Yo sé que es como me contó Marcela, ella es grande, tiene ocho y sabe un montón.

Nunca más le voy a preguntar nada.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


 

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