Nido vacío

 

7. NO A LOS VIEJOS MODELOS TÓXICOS

Me he puesto a pensar muchas veces en esa actitud mía con respecto a la ida de mis hijos de nuestra casa familiar. 

Bueno, creo que el hecho de que los chicos se independizaran por elecciones programadas y auspiciosas ha propiciado que yo haya podido tomarlo con naturalidad.

Muchas madres y hasta padres lo han vivido como una crisis negativa.

Otros padres lo han sentido como un alivio.

 Por suerte yo no me he alineado en ninguna de esas dos vertientes. 

Ha habido momentos en los que registraba algún atisbo de vacío existencial, esa sensación de incertidumbre por el futuro, inherente a todos los cambios.

Me duraban un instante, sí, literalmente un instante. 

Luego, mi mente buscaba el recurso, un pensamiento de apoyo para atravesar ese pequeño espacio de tiempo y el recurso siempre aparecía.

Insisto en mi cavilación de que al otro lado de ese cambio percibía que se venían resultados favorables para el bienestar de mis amores.  

Es que mucho tiene que ver en esto, la confianza que me inspiran mis hijos porque ellos son reflexivos y muy cautos.

Lo que digo es que mi hijo eligió casarse e irse a vivir con su amor.

Mi hija se mudó sola a la vuelta de casa para independizarse, para crecer y yo confié y confío en ella. 

Entiendo que la situación más traumática ocurrió cuando mi hijo ya casado se fue con su familia a vivir a Barcelona, pero la verdad es que encontré dentro de mí y sobre todo en el proceder de ellos herramientas para que el nido vacío me resulte llevadero. 

Hay gente que se sorprende cuando cuento estas experiencias, no es extraño, porque yo misma me he encontrado asombrada por esas reacciones de mi parte. 

Entonces hallo una explicación que aparece sin estruendo, no como para gritar "Eureka" como Arquímedes, pero sí lo suficientemente sólida como para autocomprenderme y no titularme como mamá desamorada.

Esa respuesta subyace casi en la superficie. 

Creo que la experiencia disruptiva y traumática que viví cuando me casé me dejó su impronta.

Una experiencia dura, conmocionante e innecesaria. 

Después de mucho tiempo y análisis, comprendí que una acción que elegí para vivir fue erróneamente vivenciada como si me fuera a morir 

Infiero que en ese sentido mi voluntad de sanar y no repetir modelos tóxicos benefició a la familia que generé.

 Melinna Trigo (CABA)

 

 6. DUELOS

Al principio, pensé que este tema no tenía nada que ver conmigo. Sin embargo, luego me puse a reflexionar sobre mi partida de casa y la de mi hermano, y en cómo eso debió representar el "nido vacío" para mis padres. Aunque, claro, ese vacío era de ellos, no mío. Después, recordé que la partida de mi marido también podría considerarse una forma de ausencia similar.

Siguiendo esa línea, pensé en Elisa, mi hija alemana. Hace ya un año que se fue a Alemania. Recuerdo bien esos días. Desde un inicio sabíamos que su vuelo era el 27/08/23. Al principio, parecía que faltaba una eternidad para esa fecha, que no llegaría nunca. Pero cuando se acercó junio, el tiempo comenzó a correr más rápido, y después del 15 de agosto todo se aceleró: los preparativos, qué llevar, qué dejar. Armar la valija, asegurarse de que no superara los veintitrés kilos. Todo sucedía de manera apresurada.

Ese domingo habíamos organizado un desayuno de despedida en la confitería Ideal. La pastelería del lugar es increíble. Luego fuimos a Ezeiza. Una vez allí, estacionamos el auto, despachamos las valijas y nos encontramos con los amigos de la orquesta que habían ido a despedirla. Mientras esperábamos el momento de embarque, nos sentamos en círculo, compartimos mate y le entregamos algunos regalos.

Cuando llegó la hora de ir a la sala de embarque, Wilmer sacó su trompeta y tocó una canción de despedida. Fue un momento lleno de lágrimas y sonrisas, los últimos abrazos fueron intensos. Como aún faltaba alrededor de una hora para que saliera el vuelo, nos acomodamos afuera, en unas mesitas. Los chicos consiguieron más agua caliente para seguir con el mate, y continuamos conversando con ella por WhatsApp y video hasta que finalmente despegó. En cuanto el avión partió, le avisé a su mamá que todo había salido bien y le envié las fotos del grupo que la había despedido. No podía creer la cantidad de personas que éramos. Nicola nos invitó a todos a visitarlos durante las vacaciones.

De regreso a la ciudad, llevé a un par de chicas en el auto, mientras los otros amigos volvían en el 86. Los primeros días, la ausencia de Elisa se sintió en cada rincón de la casa: un plato menos en la mesa, un aviso menos sobre los planes diarios, y un tema recurrente de conversación con Anna: "¿Llamaste a Elisa?", "¿Hablaste con ella?". Seguimos hablando por video o WhatsApp, aunque más bien lo hace Anna, y ella nos pone al día a Ignacio y a mí con las novedades.

También recuerdo que este verano Anna se fue varias semanas a festivales de música filarmónica. La extrañé mucho. Claro, no es lo mismo unas semanas que meses o años. Es una sensación extraña ver cómo los hijos crecen y se independizan, cómo empiezan a trazar su propio camino lejos de nosotros. De algún modo, nos quedamos solos, aunque con nuestras propias actividades por retomar.

Por un lado, entiendo que es parte del ciclo natural de la vida, el proceso natural de crecimiento. Pero por el otro, cada partida, cada despedida, trae consigo un duelo. A veces es un duelo grande, otras más pequeño, pero siempre podemos enfrentarlo de la mejor manera posible.


Rosana L. (CABA)

 

5. LA CASA DE LA ABUELA

La casa en la que viví durante veintisiete años, con algunas interrupciones por motivos de estudios, fue la casa de todos. La de la familia, los amigos, los vecinos.

Fue llenando sus espacios a medida que nacimos los hermanos, luego llegaron los primitos sin padres, y, por orden natural de la vida, los nietos.

Sara que vivía en España, la visitóo de bebe y de niña, pocas veces, pero intensamente.

Mile y Cami, fueron las que más cerca vivían, de ahí, las que más   historias tienen con el Abuelo Bebe, al que disfrutaron casi   todos los fines de semana.

Para cuando nacieron los demás nietos, salvo Cate, que solo tenía ocho meses, el resto no tuvo la dicha de conocerlo.

¡¡Se fue el Rey de la casa!!,d Dijo mamáa en la despedida.….

Y quedo ella, como ama y señora, diría por primera vez en su vida, concreta y realmente. Y dejóo de ser la casa del Bebe para ser la Casa de la Abuela Marta.

Todos, juntos o separados, en fechas comunes o no, elegimos siempre pasar los días y las noches si eran necesarias.

En verano, el emblemático tanque, era la pileta de todos. Las hamacas, iban de un lado al otro con chicos y grandes, regalándonos a los que aun adultos, nos atrevíamos a vivir esa envión que nos hacía cosquillitas en la panza, y la sensación de volar y tener más cerquita el cielo era lo más bonito.

Las flores que cubrían los canteros, fueran margaritas, rosas rococo rojas, alegrías del hogar o las más buscadas, hHortensias celestes, muy celestes….

En invierno todos nos amuchábamos en el living con la estufa de leña que tiraba chispas y las brasas perduraban encendidas toda la noche.

La mesa imponente del comedor nos reunía con comidas, postres, y tortas y nadie quería levantarse de la silla, para emprender el regreso a sus hogares.

Las tres habitaciones alteraban el orden cada vez que nos quedábamos a dormir y los colchones pasaban de un lado a otro, así podíamos dormir todos en la casa.….

El tiempo fue pasando rápidamente, demasiado diría yo, y los chicos dejaron de serlo y ya algunos dejaron de visitar con regularidad, y cada uno emprendió su vuelo

Sin embargo, la Navidad era la cita obligada e impostergable.

Así también la Semana Santa, que, a pesar de no ser practicantes, dábamos el gusto a mama y todos nos juntábamos para el domingo Santo, como lo llamaba ella. La rosca de Pascua, los huevitos de chocolate y las inolvidables empanaditas de atún con masa de hojaldre casera, que, desde el día anterior, ella preparaba todas y cada una de las celebraciones.

El resto del año, salvo raras excepciones, la casa quedaba vacía, ella y su alma, y vaya a saber cuántas historias o vivencias que nunca nos contó.

En el veintidós dejée el pueblo para irme a la gran ciudad.

Mamáa quedóo sola con escasas visitas y reuniones.

Un día nos dijo que no iba a cocinar más, luego dejo de salir.….

Pidió acompañantes para la noche y al poco tiempo, para el día.

El deterioro se hizo visible y como en un abrir y cerrar de ojos, no pudo o no quiso más.

¿¿Habrá sentido que todos la dejamos y el nido quedo vacío??

Hace un año, se fue de su casa, esa que cobijo sus sueños, sus realidades, sus frustraciones y sus alegrías.

También, las nuestras.

Cerramos las puertas de la casa de la abuela. Cuáanto quedo entre esas cuatro paredes….

Yo aúun, conservo Mi casa con el nido semicompleto.

Ya llegara el día…..

María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 

4. PROYECTO

Después de escuchar los audios que dejo Yima sobre la consigna de este jueves y de haber escrito sobre la sensación que produjo en mí la partida de mis hijos cuando abandonaron el nido que los cobijo por muchos años, llegó a mi mente una idea de cómo debe impactar en ellos, el hecho de que yo quiera alejarme para cumplir quizás,  mi último sueño o no.

Porque aunque ellos acompañen mi idea, internamente y a pesar de que no lo expresen, sé que por sus cabezas cruzan dudas y temores lógicos. Si bien la distancia no es abismal, si surgiese cualquier eventualidad cómo me las arreglaría sola ya que no se encontrarían cerca para acompañarme.

Además, ellos también deben sentir la inexplicable sensación de que porque me alejo, aun sabiendo que es un sueño a cumplir ,y que es innecesario en esta etapa de mi vida. Cosa que no estoy para nada de acuerdo.

Cuando los hijos dejan el nido es una cuestión lógica, pero cuando una madre piensa alejarse aunque sea a solo trescientos kilómetros y un poco más, suena como una decisión egoísta. Sin embargo, yo siento que es una decisión valiente querer seguir logrando objetivos. 

 Cuando la edad comienza a ser un impedimento de dudas, hay que parar y ponerse a pensar. En mi caso particular siento que puedo y que debo, y  que cuando lo logre todos vamos a estar contentos y orgullosos y lo que tenga que pasar, pasara acá, en San Clemente o en cualquier lado, nunca se sabe. Dejar de hacer cosas por temor no sirve.

Hoy todavía no se concretó nada, lo que si sé, es que estoy segura y en el camino correcto para que mi sueño  se haga realidad..

 Li (CABA)

3. TRES PARTIDAS DIFERENTES

Con cada uno de mis hijos sentí diferentes emociones al momento en que ellos decidieron, por distintos motivos, dejar el hogar paterno.

 Mi amor por los tres fue, es y será infinito, pero también reconozco que cada uno de ellos es un individuo único y la afinidad que hay entre nosotros también lo es. Vanesa es mi hija mayor, ella siempre fue muy reservada, tranquila y solitaria, nuestra relación fue buena, pero con poca comunicación. Hizo bastante tiempo terapia,  aun así socializar no fue nunca su fuerte, su entorno siempre fue íntimo y selectivo y hasta ahí  nomás. Su paz y su no invasión personal era innegociable motivo por el cual  cuando comenzó a trabajar y tuvo cierta estabilidad económica, se independizó. No voy a negar que me dolió el despegue, sin embargo, admito que no me sorprendió, su partida tuvo que ver con su necesidad de vivir a su manera y en su propio espacio.

En el caso de Ema todo fue al revés, él podía vivir eternamente en casa, nada le molestaba y tampoco nada le impedía seguir con su vida según le daba las gana. Siempre se sintió dueño de todo, sin respetar las normas de convivencia y ese proceder causaba malestar en sus hermanos. Debo decir con sinceridad y también con dolor que pasada su adolescencia,

 yo deseaba que se independizara

 pero no, nada más lejano que eso. Sus relaciones duraban poco y pasado el tiempo lo tenía de vuelta con sus bártulos.

Después, pasados los años, dejó la casa y no de la manera que me hubiera gustado, pero no siempre las cosas son como deseamos y, en el caso de él, fue sano y necesario que así lo hiciera, al menos para salvaguardar mi salud física y mental.

Con Patricio, , todo fue diferente, tal vez porque fue mi  último  hijo, o quizá porque yo estaba más grande. Siempre fue muy dócil y compañero, comprensivo y responsable, en los momentos más difíciles estuvo ahí para contenernos al padre y a mí. Pato es muy reservado, no juzga, es respetuoso a la hora de escuchar y siempre sus opiniones son sinceras y claras, con él puedo expresar mis emociones con libertad. Siento que nos une una admiración mutua que traspasa la piel y eso es algo que me pasa con muy pocas personas.

 Pasados los años se puso de novio y más tarde surgió la idea de formar su propio hogar. Era lógico que eso ocurriese lo que yo no tuve  en cuenta era cuánto me iba a costar soportar el vacío que dejaría su partida. Cuando llegó el día, lo ayude a terminar de preparar sus cosas, él sabía que yo contenía el deseo de llorar  y me atrevo a pensar que el también sentía  lo mismo. Cuando todo estuvo listo me dijo, “bueno ,vieji, me voy”, con mi mejor cara de feliz cumpleaños lo acompañé  hasta la calle y nos despedimos con un abrazo fuerte , tanto, que sentí los latidos de su corazón. “Nos vemos pronto”, le dije y le dideseé los mejores augurios para su nueva vida, lo víimarcharse llevando consigo seguramente una mezcla de emociones encontradas, no era para menos, por primera vez, a los  veinticuatro años, dejaba el nido para emprender un camino en pareja deseado y a la vez incierto.

Ya en casa lloré hasta que se me agotaron las lágrimas, sentí que sin él, no solo la casa quedaba vacía, sino  también una parte de mí, que con su infinita ternura le daba  fuerzas  y sentido a mi vida. Ahí comprendí el significado del Síndrome del Nido Vacío, es la sensación que deja el desapego. Es una etapa más de la vida, con Patricio me costó, pero luego lo acepté, y comprendí que los hijos no nos pertenecen, los traemos al mundo, les damos amor, los hacemos fuertes y le damos alas de libertad para que un día puedan volar.

 Li (CABA)

 

2. NUEVA ETAPA

Si bien sé lo que significan estas palabras, ante la consigna leí sobre el síndrome del nido vacío.

Un sentimiento al cual respeto pero quien algunos casos me cuesta comprender. Puedo hacerlo cuando los hijos se van a vivir a otro país, cuando los kilómetros que los separan de sus padres forman para los progenitores un puente que muchas veces por distintas circunstancias no pueden atravesar para reencontrarse.

Pienso que, si bien no es del todo fácil, hay que prepararse para “la ida” de los hijos y transitarla en la forma más natural que sea posible.

Entiendo también que para cada persona el proceso puede ser diferente, por eso me ceñiré a escribir sobre como pasé por él…  mejor dicho, no pasé.

Cuando mi hija mayor se independizó, ya estaba en pareja y había nacido mi primera nieta. Un tiempo los tres vivieron en casa hasta que consiguieron alquilar un departamento.

No fue una conmoción su partida hacia el nuevo hogar, pues al principio se mudaron a la vuelta de casa. Ahora vive en Villa Ballester y siento que la distancia contribuyó a limar las asperezas y roces que en la convivencia resultaban algo complejo de superar.

Mi hija menor comenzó su independencia junto a su pareja. Con ella me resultó más difícil, no sé si solo por el compañerismo entre ambas… Cuando la acompañé en su mudanza, sentí que viviría en un lugar que no era el que le correspondía. Se mudaba bastante lejos, a Banfield. Un barrio como cualquier otro, pero que para ella significaba estar lejos de sus amigos y del entorno que la había acompañado hasta entonces. Pero… como se dice habitualmente, cuando ya son adultos toman sus propias decisiones. Tiempo después compró su casa en Lomas de Zamora, no tuve la misma sensación de la primera vez y ver que había alcanzado su proyecto de tener la casa propia fue lo más importante.

Puedo decir que las he extrañado los primeros tiempos, pero no caí, como he leído sobre el tema, en una depresión o abulia como le sucedió a otros padres.

Mientras fueron pequeñas, luego adolescentes y parte de su adultez hasta que se independizaron, la mayor parte de mis energías eran consumidas por ellas, algo que resulta lógico y usual en la maternidad. Me costaba mucho concentrarme en mis necesidades propias y más de una vez, las mismas eran postergadas indefinidamente. Recuerdo las veces que me he sentido abrumada, ahogada, sobre todo en los años de infancia.

Quizás algunas personas, escuchando o leyendo esto, me vean como una madre sin el amor suficiente para con sus hijos, o puedan suponer que no he tenido o tengo con ellas buena relación, sin embargo, mis ideas no tienen que ver con esto.

Muchas veces he dicho que, en cierta forma, los hijos dejan un poco su lugar como tales cuando son adultos. Se ponen a la par en cuanto a sus ideas, su forma de vivir, de organizarse, tienen sus propios tiempos para desenvolverse en la casa y pueden resultar muy diferentes a las nuestras. Y viceversa.

 La convivencia entre adultos no es cosa sencilla… con los hijos tampoco.

A mis hijas intenté hacerles comprender que el apego excesivo no es sano. Que podemos compartir miles de cosas juntas y ser independientes una de la otra.  Que puedo acompañar siempre procurando no invadirlas.

Puede sonar egoísta pero lo mismo aplico para mí. Pude haber postergado algunas cosas mientras las crié pero también trabajé  para no dejar totalmente de lado mi esencia, todo aquello que me interesaba y que solo tendría valor para mí.  Lo que en algún momento fue un deseo inconcluso sería una meta para más adelante. Lo mismo les inculqué, pero ellas decidirán cómo lo harán para con sus hijos.

Cuando los hijos se van de la casa, para ellos comienzan nuevas oportunidades y para los padres también.

Considero que nada tiene que ver con el amor ni con la relación que tengan, puesto que el lazo que une padres e hijos, si ambos forjaron sus cimientos, no tiene por qué desaparecer solo por el hecho de no convivir.

El nido vacío puede convertirse en un nido que albergue nuevos momentos y vivencias, solo hay que saber que se tratará de una nueva etapa.

                                                         Claudia (CABA)

 

1. RUINAS

 

Estoy entrando a mi casa. ¿Qué hacen Abel y su padre parados en medio del comedor? Parece las ruinas de Kosovo. Libros y revistas infantiles tirados por doquier. Juguetes desparramados. Bolsas, cajas y guitarras apiladas en un rincón. Y la ausencia de León. Se lo llevó la madre. Me invade el terror de no volver a verlo y un dolor repentino en medio de mis entrañas. Abel está deshaciendo la cama que compartía con su novia. Daniel está ansioso, acarreando bolsas de ropa ¿Por qué justifica a nuestro hijo? Le preparó el quincho de su casa para que pueda vivir allí. Siento que invaden mi espacio y arrasan el lugar con toda la fuerza de la furia que les ocasiona Ailén.

Ella tiene veinte años, es una chica muy sufrida. Sus padres son dos personas exigentes que, cuando ella quedó embarazada, le pidieron que no dejase los estudios. Le pagaron un sueldo y su trabajo era seguir estudiando y cuidar a León. Sus hermanos sufrieron abuso por parte de su abuelo paterno. Son drogadictos y están internados en un centro de rehabilitación.

Es de noche y luego de tanto ruido de martillo y carretilla… el silencio absoluto. Recorro la casa. Voy a la habitación donde dormía mi nietito y me brotan lágrimas de impotencia. La pinté para él y le arreglé ventana y puerta. Me recluí en la habitación más chica para darle espacio a la nueva familia y de repente… ¡la bomba atómica! que hace desaparecer los cuerpos y todo a su alrededor. No hay más cochecito, ni cuna, ni ropita de bebé. No hay más vocecita. No queda nada. Vuelvo al comedor. Veo al oso Roberto. Me aferro a él. Estoy llorando amargamente, sentada sobre los “bibitos”… Libritos de mi nietito que quién sabe cuándo le volveré a leer. La casa queda en pausa.

El primer día sin León. Me levanto y paso sobre las ruinas, como si nada. Me acostumbro a ellas. El segundo día, igual. Al tercer día, el silencio abrumador me perturba, pongo rock and roll a todo volumen y comienzo a acomodar mi hogar. Me siento en el sillón. Estoy haciendo planes: voy a cambiar las cortinas; voy a pintar las paredes de otro color y me voy a mudar a la habitación grande. Un nuevo comienzo. Libre al fin

 

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


No hay comentarios.:

Publicar un comentario