9. MAÑANA NUNCA LLEGA
Es una de esas cuestiones en las que, mi pareja y yo estamos en las antípodas.
A decir verdad, no sé quién de nosotros le lleva la contra a quién, pero parece que lo hacemos a propósito.
Hasta he llegado a pensar que es algún tipo de compensación equilibradora basada en aquello de que las fuerzas opuestas se atraen.
Pero bueno, basta de temas de física que las ciencias exactas, no son mi área predilecta.
El caso es que yo soy, desde siempre, la reina de las repeticiones en cuestiones de compras y mi príncipe consorte es exactamente lo contrario.
Es normal encontrar en mi guardarropa, exactamente el mismo modelo de sweater, pantalón, zapatos y hasta de abrigo en diferentes colores.
Amaba repetir el mismo motivo decorativo en la vajilla.
Era capaz de ir a cualquier parte para conseguir el mismo diseño en sábanas y toallas y en cuanto veía una liquidación para discontinuar alguno de esos tesoros, iba a por ellos con el único límite que me ponía el bolsillo; y en mi caso marido y bolsillo son casi sinónimos.
He hablado de dichas repeticiones prácticamente en pasado porque hoy en , más allá de las desagradables cuestiones económicas, vengo experimentando cambios en mi forma de comprar.
Es que estoy más enfocada en otro tipo de elecciones, voy más por mi avidez de aprendizaje y crecimiento personal que por objetos.
Claro que nada más alejado de íque tener una deslucida vida totalmente espiritual.
Yo necesito vibrar y prodigarme, cada tanto algún pequeño permitido material hace a mi esencia levemente mundana
Parece que entre esos permitidos materiales entran las frutas y verduras de estación a buen precio y obviamente las ofertas de los supermercados
¿Cuándo aparece el conflicto doméstico con my dear husband?
Cuando desaprovecha las gangas...
A los efectos paso a referirles una habitual escena conyugal
"Hola,amor, pasé por el súper y compré las cajas de puré de tomates...!Precio increíble...! ¡Dos al precio de una casi...!"
"!Qué bueno, genio...! ¿Cuántas trajiste?"
"Traje dos, pensé en comprar cuatro pero me arrepentí, ¿para qué?
Se queda parado frente a mí, está expectante...
Sabe cuál va a ser mi reacción, cincuenta y un años juntos le han dado el piné para conocerme profundamente...
"¿Pero vos me estás tomando el pelo? ¡Esas son inversiones...!¡Las compras de esas ofertas son más rentables que el dólar, que el euro, que el oro"...! (casi siempre uso la misma frase)
"Bueno, me dice entre socarrón y canchero, mañana voy de nuevo y "te" compro más..."
¿Por qué le cuesta tanto a este hombre comprar alguito de más?
Siempre escueto y minimalista en cuestión de gastos...
Todo queda así y lo más probable es que al día siguiente haya desaparecido la oferta o nos hagamos los olvidadizos, como se dice ahora "finjamos demencia"
Por ende, como reza el título de una canción y también de un libro "Tomorrow never comes"(Mañana nunca llega)
Melinna Trigo (CABA)
8. ASÍ ES LA VIDA
El célebre filósofo Heraclito de Efeso dijo “ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”.
“Todo fluye, somos y no somos”, El pensador griego creía que el mundo experimenta un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa.
Adhiero al concepto. Todos los días son iguales y diferentes al mismo tiempo. Todos los días respiro. bebo líquidos, como y duermo.
Todos los años tengo que presentar una DDJJ (declaración jurada) de cargos y formularios varios para uno de mis trabajos. Cada año varían las dificultades para conseguir una firma o un certificado xx.
Todos los años voy con mis hijos al oftalmólogo a hacer un control médico.
Todos los meses pago monotributo y presento una factura de honorarios profesionales en un trabajo.
Todos los años voy a ver a mis parientes de Santa Fe.
Todos los meses me toca pagar facturas de servicios y honorarios varios, tarjetas de crédito, impuestos.
Todas las semanas tengo que dar clases y tomar clases de talleres varios.
Todos los días hay platos sucios. Por suerte, los lavan mis hijos.
Todas las semanas hay ropa para lavar y pisos para limpiar.
Todos los días veo qué cocinar y lo hago. Todas las semanas o meses hay que aprovisionarse de comestibles.
Todos los fines de semana veo películas y series. Cada tanto voy al teatro o a conciertos de mis hijos.
Cada tanto me junto con amigas a tomar mate, hacer caminatas o ir al teatro.
Así es la vida. Cada día con sus veinticuatro horas es diferente al anterior y podemos padecerlo o disfrutarlo.
Rosana L: (CABA)
7. A DIARIO
Me encanta estrenar moquitos a diario, aunque alguna manías se han convertido en hábitos repetitivos.
Dar mi opinión sin que me la pidan, levantar la vajilla ni bien se termine de comer, apretar el pomo en la mitad, callarme cuando debería decir algo.
Costumbres que estoy reconociendo poco a poco. Solo eso, las observo con cariño, pero no gasto un ápice de energía en revertirlas.
Puertas cerradas ha de haber en mi vida, caso contrario haré lo necesario para procurarlo, tanto en mi casa como fuera de ella.
Limpiarme los pies antes de entrar. No importa si es un hotel, hogar, banco, clínica…Siempre me limpio los pies.
Un lavado constante de manos, que en invierno, me provoca dolorosas lesiones.
Abrazar y tocar a las personas. Gesticular con el rostro.
Creo que debe de haber miles más que aún no las he traído al plano consciente pero para ello seguiré transitando varios despertares.
6. HABLAR SOLA
En ocasiones las personas somos proclives a repetir acciones que no siempre tienen que ver con un TOC.
Yo acostumbro mucho a hablar sola, o mejor dicho conmigo misma y no pienso que sea una patología de la que deba preocuparme, de hecho según pude averiguar sobre el tema, puede llegar a ser una herramienta cognitiva que estimula pensamientos creativos entre otras cosas.
Si tengo objetivos por definir y no estoy del todo segura, lo hablo y lo expongo de diferentes maneras hasta esta llegar a la conclusión que más me conviene. Así también planifico mi día a día, acomodo mis ideas en voz alta, eso me ayuda a organizarme.
Hablar sola es una tendencia que adopte sin darme cuenta, me resulta placentero, creo que, sobre todo, sirve para esas personas, que como yo, no nos gusta depender de la opinión del otro. Yo escucho y agradezco, pero a la hora de decidir priorizo mí propio criterio, lo debato en voz alta y recién ahí resuelvo lo que considero lo más favorable.
Aunque parezca muy loco, con este método de reflexión pongo a funcionar mi mente, no solo en situaciones relacionadas con otras personas, sino también con temas míos que en ocasiones me crean dudas.
Además esto de hablar en voz alta conmigo misma me ayuda a reaccionar menos , mi impulsividad verbal no me ayudaba, por el contrario, hoy con mi psicólogo interior puedo controlar mis impulsos, primero pienso y después actuó. Estos cambios los logré no solo por escuchar mi voz interior, sino también por aprender a hablar con ella y juntas conseguir el equilibrio para lograr vivir una vida más placentera.
Li (CABA)
5. ESTAR EN TODO
Siempre digo que las cosas malas no pasan dos veces en la vida. Elijo creer que así lo determino, así será. También determino cosas buenas que quiero que me pasen y me ha funcionado. Repito, elijo creer que es así.
Tengo muestras de ambas cosas, de las buenas y de las malas. De las que decretamos que sucedan y suceden; y de las que no queremos que se repitan jamás, pero aparecen, irrumpen y desparraman todo por el aire sin que entendamos siquiera que está ocurriendo.
De las primeras, tengo dos hechos fuertes, que sin dudas me cambiaron la vida.
El primero fue en diciembre de 1997. Después de casi un año de haber ido a consultas médicas todas las semanas, controles. Soportado destratos médicos y estudios tan invasivos y dolorosos como que me tiren con sopapas de mis trompas de Falopio, hasta hacerme caer, llorar y retorcer del tormento al que estaba siendo sometida sin previo aviso. Era imposible que en ese contexto quedara embarazada y fue en diciembre de ese año que el médico nos propuso hacer un tratamiento totalmente intrusivo al que me negué. “No voy a poner mi cuerpo y mi alma en esto”, fueron mis palabras, convencida de que si nos calmábamos, salíamos del espiral médico que nos estresaba y angustiaba cada día de nuestras vidas, el bebé iba a venir. Y así pasaron cinco meses, hasta que en mayo me enteré de que estaba embarazada. Había valido la pena repetir todos los días al despertar “Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así…”. A partir de ahí los días fueron tan luminosos. El ansiado y esperado bebé estaba en camino. Lucía ya tenía nombre para la primavera y rostro en el mes de enero. Nada podía ser mejor, la vida me había demostrado que después de la muerte tan prematura de Fermín era posible tener una oportunidad, diferente, única, mágica. Felizmente la vida ya no sería la misma.
El otro hecho que me cambió la vida sucedió en octubre de 2012. Hacía un año que había estado a punto de vender mi casa y la operación se había abortado por cuestiones laborales del posible comprador. Estaba harta de vivir tan lejos, no me hallaba en un barrio cerrado. Mis hijas tenían muchas actividades, lógicas para sus once y doce años, y a todas ellas yo las llevaba y traía, siempre recorriendo distancias enormes, todas multiplicadas por tres y con sus horarios específicos, desde ya.
Enntonces en ese mes de 2012, iba manejando (una vez más) y un pensamiento se me cruzó como un rayo “tengo que vender la casa ya, no soporto más ir y venir todo el día”. Pues a las pocas horas me llamó aquel comprador, para decirme que quería realizar la operación. En diciembre de ese mismo año, estábamos mudándonos a la casa que un año antes yo había elegido para comprar entre todas las que había visto. La elegida, la mejor, la más linda, la que cumplía todos los requisitos y merecía que me atreviera una vez más a vivir meses rodeada de albañiles y bolsas de cal, la que hoy habito y vivo feliz de la vida.
De las cosas malas, esas que no queremos ni por casualidad que se repitan, también tengo una muy fuerte que me cambió la vida.
Después del nacimiento de Lucía mi vida transitaba feliz; tenía trabajo, familia, una casa. Ya no era una preocupación diaria volver a embarazarme. Sí queríamos más hijos, pero no había apremios. Mientras, viajábamos, disfrutábamos y transitábamos la vida como una revancha digna de ser vivida. Un día de septiembre de 2002, íbamos en el auto y Lucía desde su sillita me preguntó si yo tenía un bebé en la panza. Nos reímos, le dije que no y a la semana me enteré de que estaba embarazada de dos meses. Sorpresa total. Yo nunca me cuidaba y mi hija ya tenía tres años. Qué alegría enorme me dio ese embarazo, sin padecimiento previo, sin pasar por la búsqueda llena de ansiedad y miedo. ¡Vamos todavía! La vida había decidido premiarme por partida doble por todo lo padecido con la enfermedad y muerte de mi primer hijo y la difícil búsqueda del embarazo de Lucía. Yo me merecía eso y mucho más, no tenía dudas. A pesar de sentirlo así, tuvimos algún recaudo y esperamos a la ecografía del quinto mes de embarazo para que Lucía viera por primera vez a su hermanita. Camila ya tenía nombre, tenía entidad y un lugar en nuestras vidas, no solo en mi cuerpo gestante. Hablábamos y planificábamos un futuro con ella en nuestras vidas y así fue que el siete de diciembre fuimos a hacer la ecografía. Lu estaba feliz y ansiosa por saber cómo se vería su hermanita dentro de mi panza.
El ecografista puso el gel, apoyó el transductor en mi panza y empezó la búsqueda. Lu miraba atentamente, yo la miraba a ella. Todo estaba bien hasta que el médico dijo la frase que no quería escuchar “no hay latidos”. Estalló la bomba, no tengo registro de qué sucedió alrededor de mí desde ese momento, solo escucho mis gritos y mis llantos diciendo “nooo, otra vez nooo”. No podía ser, otro hijo muerto no, eso era imposible. Si todo estaba bien, ¿cómo que no había latidos? Si hasta hace unas horas la sentía moverse en mi panza. Otra vez no, de ninguna manera. Las cosas malas no suceden dos veces en una misma vida, no caben. No hay lugar ni derecho para que la felicidad se corte como una sandía y los pedazos vuelen por los aires dejando el más desolado de los escenarios. Otra vez no, la puta madre, otra vez no. Pero sí, se repitió. Esta vez me tocó parir una hija muerta, un parto sin llanto de bebé, solo con llantos de una mamá que pensó que lo imposible no iba a suceder. Pero sucedió.
Gabriela Potenza (CABA)
4. UNA DE CAL Y UNA DE ARENA
Siempre digo que las cosas malas no pasan dos veces en la vida. Elijo creer que así lo determino, así será. También determino cosas buenas que quiero que me pasen y me ha funcionado. Repito, elijo creer que es así.
Tengo muestras de ambas cosas, de las buenas y de las malas. De las que decretamos que sucedan y suceden; y de las que no queremos que se repitan jamás, pero aparecen, irrumpen y desparraman todo por el aire sin que entendamos siquiera que está ocurriendo.
De las primeras, tengo dos hechos fuertes, que sin dudas me cambiaron la vida.
El primero fue en diciembre de 1997. Después de casi un año de haber ido a consultas médicas todas las semanas, controles. Soportado destratos médicos y estudios tan invasivos y dolorosos como que me tiren con sopapas de mis trompas de Falopio, hasta hacerme caer, llorar y retorcer del tormento al que estaba siendo sometida sin previo aviso. Era imposible que en ese contexto quedara embarazada y fue en diciembre de ese año que el médico nos propuso hacer un tratamiento totalmente intrusivo al que me negué. “No voy a poner mi cuerpo y mi alma en esto”, fueron mis palabras, convencida de que si nos calmábamos, salíamos del espiral médico que nos estresaba y angustiaba cada día de nuestras vidas, el bebé iba a venir. Y así pasaron cinco meses, hasta que en mayo me enteré de que estaba embarazada. Había valido la pena repetir todos los días al despertar “Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así…”. A partir de ahí los días fueron tan luminosos. El ansiado y esperado bebé estaba en camino. Lucía ya tenía nombre para la primavera y rostro en el mes de enero. Nada podía ser mejor, la vida me había demostrado que después de la muerte tan prematura de Fermín era posible tener una oportunidad, diferente, única, mágica. Felizmente la vida ya no sería la misma.
El otro hecho que me cambió la vida sucedió en octubre de 2012. Hacía un año que había estado a punto de vender mi casa y la operación se había abortado por cuestiones laborales del posible comprador. Estaba harta de vivir tan lejos, no me hallaba en un barrio cerrado. Mis hijas tenían muchas actividades, lógicas para sus once y doce años, y a todas ellas yo las llevaba y traía, siempre recorriendo distancias enormes, todas multiplicadas por tres y con sus horarios específicos, desde ya.
Enntonces en ese mes de 2012, iba manejando (una vez más) y un pensamiento se me cruzó como un rayo “tengo que vender la casa ya, no soporto más ir y venir todo el día”. Pues a las pocas horas me llamó aquel comprador, para decirme que quería realizar la operación. En diciembre de ese mismo año, estábamos mudándonos a la casa que un año antes yo había elegido para comprar entre todas las que había visto. La elegida, la mejor, la más linda, la que cumplía todos los requisitos y merecía que me atreviera una vez más a vivir meses rodeada de albañiles y bolsas de cal, la que hoy habito y vivo feliz de la vida.
De las cosas malas, esas que no queremos ni por casualidad que se repitan, también tengo una muy fuerte que me cambió la vida.
Después del nacimiento de Lucía mi vida transitaba feliz; tenía trabajo, familia, una casa. Ya no era una preocupación diaria volver a embarazarme. Sí queríamos más hijos, pero no había apremios. Mientras, viajábamos, disfrutábamos y transitábamos la vida como una revancha digna de ser vivida. Un día de septiembre de 2002, íbamos en el auto y Lucía desde su sillita me preguntó si yo tenía un bebé en la panza. Nos reímos, le dije que no y a la semana me enteré de que estaba embarazada de dos meses. Sorpresa total. Yo nunca me cuidaba y mi hija ya tenía tres años. Qué alegría enorme me dio ese embarazo, sin padecimiento previo, sin pasar por la búsqueda llena de ansiedad y miedo. ¡Vamos todavía! La vida había decidido premiarme por partida doble por todo lo padecido con la enfermedad y muerte de mi primer hijo y la difícil búsqueda del embarazo de Lucía. Yo me merecía eso y mucho más, no tenía dudas. A pesar de sentirlo así, tuvimos algún recaudo y esperamos a la ecografía del quinto mes de embarazo para que Lucía viera por primera vez a su hermanita. Camila ya tenía nombre, tenía entidad y un lugar en nuestras vidas, no solo en mi cuerpo gestante. Hablábamos y planificábamos un futuro con ella en nuestras vidas y así fue que el siete de diciembre fuimos a hacer la ecografía. Lu estaba feliz y ansiosa por saber cómo se vería su hermanita dentro de mi panza.
El ecografista puso el gel, apoyó el transductor en mi panza y empezó la búsqueda. Lu miraba atentamente, yo la miraba a ella. Todo estaba bien hasta que el médico dijo la frase que no quería escuchar “no hay latidos”. Estalló la bomba, no tengo registro de qué sucedió alrededor de mí desde ese momento, solo escucho mis gritos y mis llantos diciendo “nooo, otra vez nooo”. No podía ser, otro hijo muerto no, eso era imposible. Si todo estaba bien, ¿cómo que no había latidos? Si hasta hace unas horas la sentía moverse en mi panza. Otra vez no, de ninguna manera. Las cosas malas no suceden dos veces en una misma vida, no caben. No hay lugar ni derecho para que la felicidad se corte como una sandía y los pedazos vuelen por los aires dejando el más desolado de los escenarios. Otra vez no, la puta madre, otra vez no. Pero sí, se repitió. Esta vez me tocó parir una hija muerta, un parto sin llanto de bebé, solo con llantos de una mamá que pensó que lo imposible no iba a suceder. Pero sucedió.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
1) “La casa es para vos, Cacho”
El papá de C vivía en su casa materna en Morón. Sus padres estaban separados desde sus tres años y el juez le otorgó la tenencia a su papá. Allí se crió C con una madre, Martha, que aparecía cuando podía y un padre, Cacho, que prefería trabajar mucho para bancar a a familia. La casa se venía abajo porque no recibía ningún cuidado. Allí vivieron la madre de Cacho, la abuela de C, Cacho y C. La abuela tuvo siempre una salud frágil y estaba a cuidado de C. ¿Cómo podía cuidar una criatura de doce años a una adulta mayor que no podía con ella misma? Muchos años estuvo a su cargo. Limpiar el desastre de la abuela mientras ella lloraba sin cesar. Yo siempre
expreso que fue su primera práctica como profesional de la salud. Ah, a pocas cuadras vivía una tía, hermana del papá de C, que se ocupaba lo que quería de C. Él recuerda con nitidez la diferencia que hacía esta señora entre él y sus tres hijos. Ya novia de C, he participado en varias reuniones familiares alrededor de la figura de la mamma. A mí no me lo contaron: yo lo escuché del hermano de Cacho, tío de C, apodado Pocho (chiste del abuelo fallecido: los cuatro hijos y sus apodos: Cacho, Pocho, Chiche y Bocha) que se había decidido que cuando la mamma ya no estuviera en este mundo, la casa quedaba para Cacho y su hijo, C.
Pero, siempre hay un pero. Falleció la señora y con un trámite super expreso se realizó la sucesión de los cuatro hijos. Se puso en venta la casa que se vendió en tiempo récord. A mi suegro y al hermano Bocha, que vivía en los fondos en una prefabricada, les pidieron que se fueran lo antes posible, que desocuparan la propiedad. Mi suegro quedó en la calle con bolsas de consorcio que contenían sus pocas pertenencias. Todo el vecindario vino a cobrar: el vecino que había pintado el frente, la señora que cuidó a la abuela, el verdulero y el carnicero. Todos olieron plata y Cacho pagó cada una de las deudas contraídas quedándose sin dinero. Al rescate fue C. Esa es otra historia.
2) El terreno de la discordia que sigo pagando
En el año 2010 mis padres comentaron que venderían el terreno de las mismas dimensiones del propio donde está la casa familiar por los gastos que implicaba mantenerlo. Según ellos, imposible de sostener. Pero en ese lugar eran muy felices ocupándose de la siembra y cosecha de alimentos. Claudio y yo les propusimos comprárselos. Menudo dolor de cabeza me compré. Se hicieron los papeles como correspondía. Pero. Siempre hay un pero. Mis hermanos no fueron convocados a la compra y venta. Lo cuento rápido: error mío por desconocimiento. De eso se ocupan los escribanos. Pues bien: este no lo hizo como debía. Habiendo pagado a mis padres la cifra convenida, sigo pagando los gastos que ellos generan porque mis hermanos consideraron que estafé a mis padres. Pagar dos veces.
3) “Nosotras somos familia”, aunque no tengo idea de quién sos.
Tanto Martha como Chiche fueron aleccionados por C para que las propiedades a su nombre quedaran para mis hijos. Nuevamente se hicieron los papeles respectivos ante escribano, otro escribano, con la colaboración de mi amiga Silvia y Rebeca, amiga de Sebastián. Luego de una operación difícil, Chiche no logró superar la estancia en Terapia Intensiva y “se nos fue” para estar con Martha. De la nada, aparecieron muchos familiares de Chiche. Una señora en especial, que nunca jamás de los jamases me había dirigido la palabra, No hemos participado en las reuniones de la familia cercana de Chiche si bien C la conocía por haberlos tratado a varios de ellos. De pasada, alguna vez que estuvieron en San Martín, nada más. Un hermano y un sobrino en especial fueron los más interesados en la herencia, que no fue tal ya que existía un testamento. C, muy vapuleado por toda la situación, dio su celular a varias personas que lo llamaban sin descanso para ver qué y cuánto había para repartir. Según la vecina, alguien con la llave -que seguro entregó Chiche- fue a la casa en varias oportunidades. ¿Buscando qué? Le creí a la vecina con quien tampoco tuve ningún tipo de contacto. C se sintió cercado y nos informó a nosotros tres que iba a repartir las propiedades con todos los interesados. ¿Qué? Los chicos se le colgaron de la yugular. “No es lo que querían los abuelos”, sentenciaron. Me hice cargo del asunto. Les pedí que me llamaran a mí porque el doctor no podía encargarse del particular. La señora en cuestión -cuyo nombre no sé- afirmó sin vergüenza que debíamos estar juntas porque “nosotras éramos familia”. La cosa se puso pesada de parte de ellos(quiénes son ellos?). La abogada que llevaba el caso me sugirió que les brindase su teléfono: ella se encargaría de los plomos. Como condición estableció que la llamara un colega, un abogado. Cuando transmití el mensaje, una marea de quejas por una parte, un agradecimiento pequeño y obligado por otra.
A la semana de suceder este evento, me llamó la abogada. Me contó con lujo de detalles que: no la había llamado ningún colega sino una persona que se hizo pasar por leguleyo (error: se nota enseguida) y que ante su explicación técnica que no fue comprendida, decidieron dar por terminado el particular. La Dra. Tallarico sentenció: “Ustedes tienen que cumplir con la voluntad de los abuelos”. Así se hizo.
Con respecto al tema de las herencias, por voluntad de mis hermanos, mis padres nos donaron la propiedad de Ituzaingó. Ya di orden a mis hijos para que se contacten con sus tíos y que se ocupen. No quiero saber nada al respecto.
Edith Oxilia (CABA)
2. REPETICIONES
Repetir… pienso que las repeticiones se presentan ante nosotros mucho más de lo que suponemos. Por lo menos, alguna que otra en distintos momentos.
Repetimos palabras, errores, patrones, conductas adquiridas en la infancia. Cuántas veces hemos escuchado la frase: “siempre tropiezo con la misma piedra” o nos hemos oído decir: “estoy diciendo lo mismo que decía mi mamá”.
No sé si se debe a que las repeticiones pueden resultarnos cómodas o nos hacen sentir seguros. Volver a hacer lo mismo en situaciones similares, accionar de la misma forma quizá nos haga sentir que es la única solución y la correcta. A lo mejor simplemente seamos animales de costumbre.
Creo que aun inconscientemente intenté no repetir ciertas cosas. Sobre todo en lo que concernía a la forma de construir una familia propia, en lo que significara comprender, escuchar al otro, acompañar.
Lo que puedo marcar como repetición en mi vida es no detenerme a evaluar ante ciertas situaciones. Suena contradictorio en una persona que, como me han dicho, resulta ser tan pensante. Pero… no soy siempre así.
Recordé una conocida frase de Blaise Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”. Dejarme llevar por las emociones más de una vez me hace caer en repeticiones.
Como cuando por querer brindar ayuda, a quien sea o de cualquier índole, no pienso si me trae alguna complicación o significa dejar cosas propias de lado.
Caigo en la repetición de a veces no saber decir que no.
De querer estar siempre presente para todos aun cuando a veces no es necesario.
De querer componer cosas que yo no he roto.
De buscar un equilibrio en lo que me rodea, sabiendo que no siempre será continuo pues cada día puede sorprendernos.
Sin embargo, no quisiera que desaparecieran estas actitudes de las que parezco quejarme. No me gustaría ser tan racional como parezco ser. Porque para mí, hacer aquello que nace desde mis sentimientos, me hace sentir bien. Así lo vuelva a repetir.
Claudia (CABA)
1. LA PIRCA
Alejandra, te posicionás en segundo lugar porque, cuando eras chica, vos estabas en segundo lugar. Tu hermano estaba primero, por ser Síndrome de Down, por necesitar más cuidados y tratamientos, me decía el psicólogo en las diferentes etapas de la terapia. Y así fue durante mi historia amorosa.
Me tropecé con la primera piedra cuando era adolescente. Daniel fue mi primera pareja formal y llegó a mi vida cuando yo tenía dieciocho años. La prioridad para él era su mamá. Cuando mi hija tenía dos años, mi suegra tuvo un ACV con derrame cerebral, se encontraba en Mar del Plata y estuvo casi un mes en coma. Daniel se fue corriendo hacia allá y, estando sin trabajo, descuidó a nuestra hija. Unos meses después, empezó un emprendimiento propio y se quedó cincuenta días en la casa de sus padres como si estuviera soltero, sin ver a Dalila ni proveerle dinero. Siguió enamorado de su madre hasta que ella se murió.
Encontré en mi camino una segunda piedra: Jorge. A Jorge lo conocí por medio de la música estando ambos en pareja. Cuando comenzamos nuestra relación, ya estábamos separados los dos. Su hija mayor era una adolescente rebelde y no le gustó mucho que su papá estuviese conmigo. Recuerdo que, a los pocos días de formalizar, nos subimos al auto y la hija se sentó adelante, la nena más chiquita y yo, atrás. Este hombre tenía como prioridad a sus hijas. Tuve que pelear mi lugar, pero creo que no logré el primer puesto. Con este señor estuve ocho años y, a días de cumplir mis cuarenta, le dimos fin a una relación totalmente tóxica y de violencia verbal y psicológica.
Por esos tiempos, entré en un hermoso grupo de música con hermosa gente, del cual formaban parte cuatro parejas y un muchacho que cantaba muy bien. Fue una bella época de conciertos y viajes que me nutrieron como música. A los tres meses, me tropecé con la tercera piedra: Walter, uno de mis compañeros casados. Nos enamoramos perdidamente. Su esposa no le prestaba atención y podíamos vivir una vida de amantes, en libertad. Hasta que falleció el padre de ella y Walter me dio vuelta la cara. Pasé a segundo plano, cosa que no es difícil de entender porque ya lo estaba desde el principio. Con este señor tuve seis largos años de sufrimiento.
Después de todas esas piedras, tuve un período de living la vida loca y salí con todas las especies de hombres. Hasta que un día me dio bola el lindo del grupo de fans de Spinetta, con los que nos juntábamos en las plazas a tocar música y hacer vida de hippie. Volví a la adolescencia. Me reía mucho. Ese tipo lindo se llamaba Ariel y fue la cuarta y última piedra. Ariel era muy bonito y seductor. Parecía un personaje de la tele que se llamaba Enrique el antiguo. Yo no me enamoré de él, ni nada por el estilo, pero era agradable su compañía. Vivimos buenos momentos, escuchando buena música. Igualmente, mis antenas ya estaban alertas. Yo le veía algo raro. Hubo indicios. Era muy mentiroso y chamuyero. Este señor se instalaba en mi casa, cuatro de los cinco días de la semana laboral. Me pedía cariñosamente que me levantara a las cinco de la mañana para tomar el desayuno con él (como lo hacía la primera piedra). Posteaba miles de fotos en sus redes sociales de su bella hija (algo parecido a la segunda piedra) y era sumamente mentiroso (como la tercera piedra). Lo peor de todo fue cuando me hizo el cuento del tío: me llamó un día por teléfono y empezó con el verso de que la propietaria de la casa que él alquilaba le había dicho que tenía que irse… ¡ya! Me lloró lágrimas de cocodrilo durante media hora, pidiéndome con palabras hipnotizadoras, si se podía ir a vivir a mi casa por un tiempo. Durante todo su cuento de Pinocho me iba cayendo la ficha. Le dije que no enseguida y me amenazó con irse a vivir a la casa de una amiga con la que había salido. Yo le respondí cordialmente: ¡Qué buena idea!, y en ese preciso instante decidí cortar la relación. Este tipo era una pequeña pirca, o sea todas las piedras juntas. La semana en que corté con él llamaba cincuenta veces por día, pero yo no lo atendía. Inclusive un día fue a mi casa, a las once de la noche y estuvo golpeando la puerta durante cuarenta minutos. Intentó abrirla. Yo escuché el ruido del picaporte desde mi habitación y rápidamente me comuniqué con un amigo que le dijo que me dejara tranquila, que le podía hacer una denuncia por acoso. Esa noche me pasó por debajo de la puerta un folio con un poema escrito en hoja oficio y otra, con su currículum.
Piedra libre para mí.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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