Ropa

30. ETAPAS

Cuando me casé seguí vistiendo con ropa hindú pero un poco más ajustada. Luego de tener a mi primera hija, adelgacé diez kilos, porque tenía muchos problemas de pareja y de dinero. Daniel se quedó sin trabajo, yo lo único que hacía era criar a mi hija y vestía con ropa prestada o que me regalaba mi papá. Fui a hacer un curso de corte y confección y me hice un par de vestidos al estilo Ingalls. Daniel usaba camisas leñadoras y yo los vestidos floreados. Fue una época de rococó y volados. Yo adelgazaba cada vez más.

Cuando tuvimos a Abel todo mejoró y me convertí en una brillante ama de casa y me abandoné bastante con mi persona. Cada tanto me compraba algo lindo, sobre todo para las fiestas de navidad o la reunión anual del trabajo de Daniel. Hasta que me separé. Para ese tiempo volví a adelgazar un montón y empecé a usar minifaldas, medias negras caladas, pantalones y suéteres muy ajustados y brillantes. No perdía el estilo angelical, las florcitas me seguían agradando, pero comencé con el negro, los tacos y los escotes. Estaba flaca, me hacía permanente en mi pelo largo y había empezado a trabajar. Podía comprar mi propia ropa, no dependía de nadie, pero era infeliz. Un día Jorge, mi segunda pareja, me dijo: Ale ¡qué fuerte estás! Y yo no lo creía.

El momento top de mi vida fue cuando a mis treinta y cinco años le festejamos los quince a Dalila. Yo no estaba muy de acuerdo con ese cumpleaños porque trabajaba medio día, ganaba una miseria y Daniel nos pasaba poco y nada para comer. Igualmente accedí. Me fui hasta el Unicenter y encontré un vestido de oferta, verde loro, provocativo, bien ajustado, con toda la espalda descubierta y un tajo a lo largo de toda la pierna izquierda. Me peinaron y maquillaron y me tiñeron de un rojizo brillante que parecía una reina. Mis hijos estaban fascinados y los invitados también. Pero el hechizo se rompió a la madrugada: volví a mi desastroso departamento, sin nada en la heladera y el lunes debía presentarme de nuevo en el trabajo con mis padres.

A los pocos años, justo cuando cumplí los cuarenta, me separé de Jorge y volví un poco a la vida loca. Entré a cantar en un grupo vocal. Teníamos un montón de presentaciones, concursos y viajes y fue una buena época con el dinero: mis hijos ya eran más grandes y yo gozaba de más libertad. Para cada concierto importante, me iba a comprar ropa con las chicas del grupo y a mí todo me quedaba bien. Fue un momento de pantalones Oxford y cinturones con hebilla, abrigos muy cortos y panza al aire. A esa edad me cuidaba mucho en las comidas, porque siempre tuve tendencia a engordar, y es lo que me pasó. Fue gradual, hasta los cincuenta. Como me veía fea y vieja, me fui a una tienda de ropa para obesas y me compré todo gigante y de color negro. Me había quedado sin trabajo y usaba pantalones y sacos rotos. Cuando volvieron a salir las calzas fui la persona más feliz del mundo. Aún las uso, junto con pantalones cómodos. Nunca más un jean ni un abrigo ajustado. Estoy llegando a los sesenta haciendo un gran esfuerzo por volver a adelgazar y comprarme ropa más ajustada. Quiero ir retornando de a poco a verme bien, aunque no me interese mucho la ropa elegante.

 Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)

 

29. UNA CARTA DE PRESENTACIÓN

A medida que transcurría la adultez, mi relación con la ropa pasó por varias etapas. Terminado el secundario, cuando comencé a trabajar, mi flamante independencia económica incentivó mi entusiasmo por recorrer tiendas. Con el tiempo esas compras fueron disminuyendo junto con esos primeros impulsos.

Ya casada y con dos niñas no estaba muy atenta a mi forma de vestir. Principalmente usaba ropa cómoda para ir y venir con dos chiquitas a cuestas.

Cuando estuve excedida de peso, ni se me pasaba por la cabeza comprarme ropa. Nada, al menos para mí, puede resultar tan desesperante como entrar a un probador y enfrentarse a sus espejos. Actualmente los kilos de más son menos, y aunque no es algo que me cause gracia, mi predisposición a esa experiencia es un poco mayor. Bueno, un poquito…

Nunca seguí la moda en forma estricta, pues lo que se usa no siempre es apto para todos. No elijo colores demasiado fuertes, salvo el negro, color predominante en mi guardarropa, si bien lo alterno y lo combino con prendas de color pastel. Tampoco uso telas estampadas, cuento en mi haber solo con tres prendas sobrias en colores blanco y negro.  Actualmente, la ropa es mucho más informal así que los pantalones elegidos son los jeans y el clásico de vestir, por supuesto, en negro. Mi debilidad: las sandalias (debe ser lo único que me gusta del verano), pero esa debilidad no me lleva a compras compulsivas.

No me gusta usar calzas, solo si se trata de ir al gimnasio. Lo mismo aplico a las zapatillas. Si se trata de una salida al aire libre, prefiero ponerme alpargatas simil cuero o algún calzado de ese estilo.

Me gusta usar ropa de calidad, algo que no significa que deba tratarse de ropa de marca. Decido comprar no solo aquello que necesite o me guste, sino que la decisión depende si el espejo me devuelve una imagen estéticamente aceptable.

Al margen de la relación estrecha que existe entre el atuendo elegido y el propio cuerpo, he notado que más que eso, influye el estado de ánimo. En mi caso, por ejemplo, si bien toda salida o paseo es motivador, cuando se trata de ir al teatro, que es tan especial para mí, ese interés se traslada a la ropa elegida y a cómo me siento en ella.

Resumiendo mi vínculo con la ropa, no estoy pendiente de las modas pero no soy indiferente, considero que un atuendo es una carta de presentación, que pasa por no solo sentirse cómoda con él sino que también marca parte de nuestra personalidad.

                                                      Claudia (CABA)

 

28. LA MONA VESTIDA DE SEDA

           Me ha sucedido que me he enamorado de ropa que no me quedaba bien. Por su confección o porque no era mi estilo. Así aparezco por diferentes reuniones. Suelo hacer combinaciones extrañas. Lo que me queda cómodo como premisa. Descubrí por casualidad los pantalones cargo de secado rápido. La vida fue un antes y un después. Los tengo en diferentes modelos y colores en gama pastel. A los pantalones les sumo una remera deportiva -las más de las veces- y una campera deportiva. Mis camperas de abrigo también lo son. Siempre zapatillas o un par de zapatos negros super cómodos (dato: comprados en la fábrica de zapatos Roble, Mosconi 2843, CABA). Vestidos de fiesta: dos.

            Para el Coro tuve que comprarme ropa de color negro. No me gusta el negro para vestir. Sí entiendo que es super elegante y demás. No discuto este ítem. No me gusta. No me hace feliz. Por supuesto que tengo pantalón negro de vestir (regalo de Mary, una vecina cordobesa que tuvo una Feria Americana con ropa de primera calidad), blusa negra, abrigo negro y vestido negro (regalo de Marita).

            Entiendo que haya que andar vestido por la vida. De allí, mi amor incondicional por el verano: poca ropa, mucha carne. La ropa se lava fácil, casi ni se plancha cuando hace calor.

            En las reuniones con amigos lo más fácil es jean con remera o blusa. Ahora que estamos en invierno y dado que la mayoría sufre el frío de manera descomunal, siempre asisto de modo tal  de poder andar en mangas cortas con el consabido “¿no tenés frío?”. Oo“te veo y me das frío” ¡Qué hacer!

            Con tanta data obvio que no soy ducha en la moda. Quise serlo cuando adolescente porque era uno de los temas de conversación obligado. Como no podía acceder a esa moda inalcanzable, me contentaba mirando los programas de Ante Garmaz en la televisión. Me daba la sensación de ser una puesta en escena: tantos vestidos, tantas telas.

            Cuando no miro una película o una serie y no hay ningún deporte que me contente, suelo engancharme con un programa yanqui sobre vestidos de novia. Lo mío es un acercamiento intelectual a esas mujeres obligadas a cumplir un rito vacío de contenido (para mí) y me divierte ver sus gestos cuando encuentran “el” vestido soñado.

            Como en la película “El Diablo viste a la moda”, reconozco que es una empresa que mueve millones y da trabajo a muchísima gente. Bárbaro. No cuenten conmigo. Jajaja

Edith Oxilia (CABA)

 

27. MIRARME Y GUSTARME

Años ochenta. Secundaria, adolescencia y yo heredando la ropa de mis hermanas. Busqué plan B y tomé clases de corte y confección. Con eso y algo de maña me las arreglaba. No había lugar para mucha elección.

Finales de los ochenta y principio de los noventa. Ingreso a la Facultad de Bellas Artes. Jeans desflecados, polainas de lana tejidas por mis propias manos, botitas de gamuza, pullovers norteños, camisetas que teñía con anilina, colgando de un hombro una yisca con guardas indígenas. Pañuelitos con un toque de color enroscados y atados al cuello. Era la primera vez que elegía qué ponerme y lo hice acorde al estilo del ambiente de mi facultad, con la que tanto me identifiqué y tan cómoda me sentía.

Mediados de los noventa, inicio de mi vida laboral. Reuniones de trabajo y viajes a Capital. Me costó conseguir un estilo que me representara. Mi apariencia hippie no era la adecuada para esos ámbitos, pero no me veía con otra ropa, así que adquirí un look más formal y aburrido para la ocasión, hasta que poco a poco fui encontrando estampas y accesorios con los que me sentía más a gusto. De todas formas, me fui sintiendo aburrida por los colores, mi talle era grande y solo conseguía ropa en tonos neutros, marrones o azules y en general de dudosa calidad en la confección. Me rebelé a la idea de que no tuviera otras opciones.

Empecé a buscar alternativas, pisaba los treinta y me sentía muy joven para las opciones que me presentaban las tiendas. Busqué una costurera y me hice hacer unos pantalones color mostaza, otros guinda y unas camisas estampadas. Me sentí feliz cuando me vi al espejo y decidí que nunca más me iba a poner lo que no me gustara. Así que desde entonces busqué ropa divertida y acorde a mi carácter.

Ya terminando los 90 empezaron a aparecer opciones de lugares con talles grandes con mejores propuestas de confección y color, tuve mis dos o tres tiendas de preferencia, donde sabía que conseguiría prendas que me daba placer usar.

Así fui incorporando a mi vestimenta ropas y accesorios con los que fui logrando mi verdadera identidad al vestirme. Aparecieron los colores contrastados, chales y ponchos tejidos con distintas fibras, camisas de gasa, vestidos largos estampados, hasta incorporé la bikini a mi vestuario, jamás había usado una.

Todo cambió, el vestirme pasó a tener otra connotación en mi vida, ya no se trata de estar abrigada o fresca, de acuerdo a la estación del año, sino de mirarme y gustarme, de disfrutar frente al espejo y no pasar frente a él lo más rápido posible. Los últimos años sumé a esta sensación, el haber bajado de peso y poder tener otras opciones para elegir y disfrutar aún más de lo que el espejo me devuelve.

Hoy puedo decir que me gusta vestirme, que me gusta tener ropa y seducir con mi elección. En invierno, mis pilas de pullovers, remeras y pantalones de todos los colores, rompen con la idea de que las mujeres de cierto tamaño y edad debemos vestirnos en tonos neutros, sobre todo en las estaciones frías del año. En verano los shorts, que al principio eran para usar dentro de casa, ahora me acompañan a hacer compras por el barrio, ya sin importarme si mis piernas tienen un pozo más que la temporada anterior.

No sé cómo seguirá esto, solo les he pedido a mis hijas que si llego a vieja y les toca elegirme la ropa, por favor nunca, nunca me vistan de marrón.

 

 

 

26. ¡ME VOY DE SHOPPING!

Silvia llamó el lunes contándome que había una promoción de no sé qué y que con el descuento que ya te hacen habitualmente con la tarjeta se sumaría …que es por el mes de Junio…que me baje la aplicación del Banco…que si no puedo uso la de ella…

No sé cuánta información me tiró en media hora.

Nunca le di importancia a esas cosas.

Cuando los chicos eran muy chiquitos iba a Avellaneda porque había buenos precios  en ropa y era un paseo de compras,  pero para mí no era posible decidir comprar una prenda sin probador, sin variedad de talles. Así que tenía lugares específicos y muchas veces era ropa que los bolivianos (con respeto) ofrecían como segundas marcas o que la señora Isabel, amiga de mamá,  me confeccionaba de acuerdo a lo que yo le pedía. Por lo general andaba con camisolas holgadas, jeans todo el tiempo. Moda medio hippie que ayudaba a disimular . Marcas, nunca.

Le dije que sí.

Creo que se sorprendió un poco, en más de cuarenta años jamás fuimos a un shopping juntas.

Le dije que sí.

Es que me estoy dando muchos sí y  lo más loco es que  van apareciendo frente a los otros. Hace un tiempo que estoy cambiando de a poco mi placar. Vaciando. Especialmente aquellas cosas que guardaba por si engordo de nuevo. Y engordé, y bajé, y vuelvo a subir. Pero me miro con más cariño.

La nutricionista me dijo que eran ocho no quince los kilos que esta vez tenía a mi cargo, cargando diríamos, después de la Pandemia que, pobre, solo ayudó a que los aumentara.

Y volví a darme cuenta cómo los ojos están directamente comunicados con el corazón porque a veces una imagen se desvirtúa si cerramos la mirada o nos quedamos en los ecos de nuestros fracasos anteriores con el miedo como compañía Nunca me vi como realmente era. Desde hace algunos años parecería que sí. Otro sí.

Guillermo también se sorprendió y me bajó la bendita aplicación porque yo jamás hubiese podido hacerlo (…¿o sí? )

No me acobarda el número ocho.

Me pasa a buscar después del mediodía. Vamos a Paseo Alcorta. Me gusta la idea y me gusta ir con Sil.

Básicas de lanilla, algún abrigo y un rico café con chocolatitos en Vasalissa nos esperan por la tarde.

En la mesita estarán sentadas Silvia, Gaby y mi otra yo impactada porque nadie va a convidarle ni  la más pequeña de las sonrisas.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

25. DOS OCASIONES ESPECIALE

Pasada mi época adolescente, mi vestimenta de adulta siempre  fue muy simple.

Polleras casi nada, usaba pantalones de todo tipo y colores; remeras, camperas y sacones en invierno; zapatillas de vestir, porque deportivas nunca me gustaron, sandalias  en verano, y para salidas paquetas, algún calzado más formal.

En esta oportunidad quiero hablar de la vestimenta que elegí en dos ocasiones especiales.

En primer lugar, el look de mi casamiento falso. Debido a que mi pareja estaba separado legalmente, y como todavía no existía el divorcio, se inventó esa obra de teatro.

Pero no era una obra de teatro improvisada, los actores también se prepararon para la ocasión.

Un primo y una vecina amiga hicieron las veces de testigos y mi novio y yo, los

 protagonistas.

Yo lucía un pantalón oxford amarillo, una blusa negra cortita de mangas largas y anchas con puño. En la pechera tenía detalles seguramente de color que hacían juego con el pantalón y una capelina negra.

 Como verán todo parecía real, pero solo era una farsa. No era la opinión ajena lo que me dolía, sino  mi propia opinión con respecto a lo que yo sentía.  Sin bien yo lo amaba y mi mayor deseo era compartir la vida con él, hacerlo de ese modo me parecía injusto, sentía que yo merecía vivir como correspondía el sueño de cualquier chica de esa época. 

Quince años después, ni bien salió la ley del divorcio, nos casamos  legalmente.

Me sentí feliz al hacerlo, fue muy lindo  casarse con los hijos disfrutando ese momento, Vanesa de quince años, Emanuel once y Patricio tres.

Lo legal me sirvió  para  terminar con esa sensación  de no pertenencia, si bien un acta de matrimonio no cambiaba en nada nuestra relación, que a esa altura estaba bien afianzada, para mí en lo personal me hacía sentir  que había logrado ese lugar  bien merecido y deseado desde un principio.

En esa ocasión elegí una pollera colorida, una blusa blanca y una chaqueta corta, cartera y sandalias blancas haciendo juego.

Quise destacar la vestimenta en esas dos oportunidades porque ambas fueron elegidos muy especialmente por motivos también muy especiales. 

Hoy, la vestimenta no ocupa un lugar preponderante en mi vida. Lo que no quiere decir que me dé lo mismo ponerme cualquier cosa. A pesar de ser una mujer mayor me gusta lucir prendas que sin ser juveniles, tampoco sean de tan vieja.

Hace bastante que descarté todas aquellas prendas que dejen mis piernas a la vista, las mismas nunca fueron de mi agrado y actualmente mucho menos.

Me gustan las prendas coloridas, pienso que no hay edad para usar remeras o pullovers rojos, azules, negros o de cualquier otro color, rayados o con dibujos o brillos.

Me gustan las calzas, casi siempre, negras o grises, como también pantalones   negros siempre. Mis remeras o pullovers son largos, para disimular los rollos que me sobresalen y el calzado es mayormente zapatillas, no uso más tacones, en ocasiones botitas como para estar más elegante si la ocasión lo requiere.

Ya no cambio mi color de cabello, lo llevo rubio y corto, las canas no me gustan. Cuido mucho mis uñas, cosa que de jovencita no hacía, porque me las comía. 

Me gusta darme un toque de rubor y máscara para pestañas para reavivar un poco mi rostro y algo que nunca dejó de usar es perfume.

Me llevo bien con esta etapa de mi vida, no me desagrada la imagen que me devuelve el espejo, porque veo en él, una mujer conforme con la forma que vivió y resolvió la vida, en paz y sin temores.

 Li (CABA)

 

24. DIOSA

Se acercaba febrero y los preparativos para mi gran fiesta de cincuenta años estaban en ebullición . El tan ansiado evento se llevaría a cabo los primeros días de mayo.

No quedaba exento de este jolgorio el tema de la ropa que usaría esa, mi noche especial.

Busqué, miré páginas nacionales e internacionales para dar con el atuendo perfecto. Pronto apareció ante mí el vestido que cumplía con todas mis expectativas: corto pero no tanto, al cuerpo pero no ajustado, elegante pero sin tener que demostrarlo. Se completaba el look con unas botas negras altas que portaban un tacón comodísimo para soportar varias horas de baile.

La modista del barrio se puso manos a la obra. Un  guipur italiano negro, forrado dejando solo las mangas con su característica transparencia. Una nadita, como yo misma lo etiqueté. No necesité sumar accesorios, los aros casi imperceptibles, un añillo escandalosamente costoso regalo de mi hija mayor y listo.

La noche fue perfecta, bailé la lambada y una bachata con mi profesor de baile. Me sentía cómoda y espléndida enfundada en mi vestido negro.

Meses más tarde una amiga me lo pidió prestado para el casamiento de su hija.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

23. AMAR LA ROPA

Siempre me gustó mucho la ropa, más, cuando me pude comprar lo que quería. Hubo épocas en que solo quedó en el gusto, dadas las circunstancias económicas. Las prioridades eran otras: casa, hijos, alquiler y la mar en coche.

Largarte a vos en un shopping es como largar a un nene en una juguetería, dice mi marido. Aunque soy más de mirar que de comprar. Soy indecisa y rebuscada, si me gusta el color, seguro no me gusta el modelo o viceversa. Que si es largo, que si es corto, que me ajusta acá, allá, que me hace gorda y así… Doy vueltas como una calesita.

Soy bastante clásica para vestirme. Predomina en mi guardarropa el blanco, negro, pasteles, y colores tierra, aunque ahora de mayorcita incorporé algunos colores más chillones.

Mi hija más chica dice que soy una acumuladora de ropa, que tengo mucha cantidad y no uso. Me cuesta desprenderme de prendas que me gustan mucho, como son clásicas, las saco a los años y las vuelvo a usar. El público se renueva. A veces mi marido, o mis hijos mayores que no viven conmigo, preguntan: ¿de estreno? Y a lo mejor tiene cinco años la prenda y la usé muy poco o ellos no me la vieron o no prestaron atención.

Los pantalones son mis preferidos, tengo de colores, de jeans, deportivos, de diferentes cortes y modelos, siempre lo fueron. ¿Vestidos? muy pocos, todos de verano. Faldas… dos de jeans y una negra que creo usé una sola vez.

Mis hijos mayores aman la ropa como yo. El varón es terrible, si fuera por él se compraría todas las semanas, encima es delicado, no se pone cualquier cosa. Le gustan las marcas. Es tema de discusión con su pareja, encima ella todo lo contrario a él. Estefanía igual, pero es más sencilla, a ella lo que le gusta es tener cantidad más que calidad. Pero en este momento prioriza otras cosas. Repite mi historia. Constanza, la menor, no le da mucha bolilla a la ropa, tiene un estilo propio, es hippie chic, como dice ella, comentario que la llevan a las cargadas de los hermanos. Su hermana le dice, con el cuerpo qué tenés, yo me pondría todo ajustadito, colorido, vos siempre embolsada, colores amargos, Dios da pan al que no tiene dientes. Yo me río, pero por dentro pienso parecido.

Considero que la ropa da personalidad, mejor dicho, va con cada personalidad. Es parte de nuestra identidad.

 Mari (Neuquén, Neuquén)

 

 

22. CÓMODA

Quise terminar el módulo “ROPA” mencionando a una persona que hizo posible que me sintiera maravillosamente bien vestida en tres momentos fundamentales de mi vida: mi primera comunión, mis quince  y mi casamiento. Se trata de Susana, una modista de alta costura que vivía al lado de la casa de mi mamá. Ella confeccionó los tres vestidos con todo su amor y sin cobrar un solo peso. Y ni qué hablar del trabajo que le di con el último, ya que tras cada prueba que me hacía lo tenía que achicar más y más. Ante la perspectiva de ser el centro de atención los nervios me jugaban una mala pasada y llegué a ese momento con peso “lástima”. El vestido de comunión era de broderie, el de los quince de organza con florcitas súper chiquitas anaranjadas y verdes, y el último era blanco pero con detalles en color amarillo patito producto de mi sinceramiento social ante la ausencia de virginidad. Los invitados nos decían que más que novios parecíamos los muñequitos de la torta de boda, ya que a nuestra escasa estatura se sumaba la delgadez extrema de ambos.

Siendo adulta la ropa siguió y sigue sin ser un tema de interés especial. No soporto usar los colores o estilos que se ponen de moda, es más, muchas veces ni sé cuáles son y si de casualidad justo me compro algo de ese tono, soy capaz de dejar de usarlo hasta la siguiente temporada. Soy muy clásica en el vestir,  más bien discreta en los tonos que elijo, prefiriendo para el uso diario los más sufridos como el gris o el negro, dejando el celeste, rosa o blanco para alguna que otra salida. En cuanto a la mirada ajena, cuando empezaron a aparecer rollitos, celulitis o pancita, dejé de usar bikinis y remeras cortitas o ajustadas. Si no me veo bien opto por mostrar lo menos posible. En el placard siempre hay cantidad y variedad de ropa, ya que me además de la que me regalan para los cumples o días de la madre,  está lo poco que elijo comprarme en cada estación y lo mucho que me pasan cuñadas, amigas, sobrinas y nueras…una de las pocas ventajas de ser bajita y menuda.

Por último quiero referirme a los pulóveres que tuvieron mis hijos gracias a las manos artesanas de sus tías y de su abuela paterna, así como a las hermosas camisitas que lucieron cosidas por mi mamá, quien anhelaba confeccionar vestiditos para una nieta que de mi lado nunca llegó, pero que por suerte pudo concretarlo con cuatro nietas que llegaron luego de los cuatro primeros varones, los tres míos y el mayor de mi hermano Jorge.

En las fotos además de mostrar las obras de arte de la modista Susi, busqué reflejar la ropa con la que me siento más cómoda.

                                                                                                              Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)

 

21. TIRITANDO 

Yo viví mi adolescencia y mi primera juventud en el apogeo de las minifaldas y los shorts para toda hora y para toda oportunidad. 

Un capricho de la moda que me dejó completamente fuera del ruedo. 

La cosa no era como en la actualidad en que algunas muchachas de piernas muy rellenitas se permiten usar dichas prendas sin tapujos.

Al menos en el ambiente en que yo me movía, las críticas a las "zonas erróneas" del cuerpo y al uso de la ropa "inadecuada" eran sumamente feroces. 

Por lo tanto, en mi guardarropa los toques de la moda aparecían en accesorios, calzados, jeans pata de elefante, remeras con escotes tirando a generosos y vestidos, sobre todo los de bambula, porque resistían bastante mis habituales subidas y descensos de peso que en aquel tiempo fluctuaban entre los seis y diez kilos. 

También es cierto que mis rodillas regordetas no se volvían bonitas cuando en algunos períodos lograba llegar a cincuenta y tres kilos, mi peso deseado, el que obviamente, no podía mantener por mucho tiempo. 

Mis piernas cortas de muslos algo voluminosos, sumados a mi exigua estatura realmente no resistían el uso de shorts ni minifaldas. 

Así me fui quedando con las ganas hasta que por la disruptiva acción del bypass gástrico la balanza marcó cincuenta y un kilos. 

Entonces me compré la ansiada prenda, una minifalda de jean.

Mis rodillas regordetas se habían transformado en un par de naranjas exprimidas por la pérdida de tejido graso y acción de la ley de gravedad, razón por la cual distaban mucho de ser bellas. 

En la lencería adquirí unas medias opacas en tono marrón africano para disimular dicho defecto.

Una tarde fresca de setiembre me puse la pequeña pollera para ir con marido y amigos a merendar en Per Tutti.

Un sweater de cuello volcado en color camel y una botas de media caña en color chocolate completaban el atuendo. 

La verdad es que me percibía como una Liliana Caldini cuando bailaba "Tiritando" en la publicidad de cigarrillos. 

Fue la única vez que la usé porque a mis cincuenta y pico me sentía ridícula, pero nunca olvidaré la felicidad al verme reflejada en todas las vidrieras y espejos que encontré aquel domingo en mi camino.

Melinna Trigo (CABA)

 

Quise terminar el módulo “ROPA” mencionando a una persona que hizo posible que me sintiera maravillosamente bien vestida en tres momentos fundamentales de mi vida: mi primera comunión, mis quince  y mi casamiento. Se trata de Susana, una modista de alta costuta que vivía al lado de la casa de mi mamá. Ella confeccionó los tres vestidos con todo su amor y sin cobrar un solo peso. Y ni qué hablar del trabajo que le di con el último, ya que tras cada prueba que me hacía lo tenía que achicar más y más. Ante la perspectiva de ser el centro de atención los nervios me jugaban una mala pasada y llegué a ese momento con peso “lástima”. El vestido de comunión era de broderie, el de los quince de organza con florcitas súper chiquitas anaranjadas y verdes, y el último era blanco pero con detalles en color amarillo patito producto de mi sinceramiento social ante la ausencia de virginidad. Los invitados nos decían que más que novios parecíamos los muñequitos de la torta de boda, ya que a nuestra escasa estatura se sumaba la delgadez extrema de ambos.

Siendo adulta la ropa siguió y sigue sin ser un tema de interés especial. No soporto usar los colores o estilos que se ponen de moda, es más, muchas veces ni sé cuáles son y si de casualidad justo me compro algo de ese tono, soy capaz de dejar de usarlo hasta la siguiente temporada. Soy muy clásica en el vestir,  más bien discreta en los tonos que elijo, prefiriendo para el uso diario los más sufridos como el gris o el negro, dejando el celeste, rosa o blanco para alguna que otra salida. En cuanto a la mirada ajena, cuando empezaron a aparecer rollitos, celulitis o pancita, dejé de usar bikinis y remeras cortitas o ajustadas. Si no me veo bien opto por mostrar lo menos posible. En el placard siempre hay cantidad y variedad de ropa, ya que me además de la que me regalan para los cumples o días de la madre,  está lo poco que elijo comprarme en cada estación y lo mucho que me pasan cuñadas, amigas, sobrinas y nueras…una de las pocas ventajas de ser bajita y menuda.

Por último quiero referirme a los pulóveres que tuvieron mis hijos gracias a las manos artesanas de sus tías y de su abuela paterna, así como a las hermosas camisitas que lucieron cosidas por mi mamá, quien anhelaba confeccionar vestiditos para una nieta que de mi lado nunca llegó, pero que por suerte pudo concretarlo con cuatro nietas que llegaron luego de los cuatro primeros varones, los tres míos y el mayor de mi hermano Jorge.

En las fotos además de mostrar las obras de arte de la modista Susi, busqué reflejar la ropa con la que me siento más cómoda.

20. SIN PREOCUPACIONES

Transité la adolescencia sin preocupaciones por la vestimenta. A veces me tiraba un lance para ver si conseguía que me compraran un jean marca Levis, pero lo máximo que logré fue un Lee. Los otros que tuve los comprábamos mi hermano y yo en Eduardo Sport. Íbamos con el tren hasta la estación Palermo de la línea San Martín y el negocio estaba justo enfrente, sobre la Avenida Santa Fe. Esos me gustaban y nunca me incomodó usarlos tal vez porque las marcas no tenían tanto peso en esa época, al menos en el medio en el cual yo me movía no creo que fueran una prioridad a la hora de sentirnos “pertenecer a algo”.

 No me gustaba ir a bailar a boliches, así que tampoco necesitaba prendas acordes a esa salida. Las únicas ocasiones en que fui era cuando lo organizábamos en nuestra división para juntar fondos para el viaje de egresados, y ahí además de ser una más entre los míos, me sentía tan local como se habrán sentido ellos.

Sí recuerdo haber insistido en cambiar el modelo de guardapolvo. Mi mamá estaba empeñada en comprarme los de cuello redondo que se abrochaban y ataban por detrás y tenían pliegues por delante. Y allá por tercer año empecé a pedir uno de escote en V, que se abrochaba por delante. Me parecía que favorecía más la forma del cuerpo y que era menos infantil. Finalmente lo tuve, no sé si en cuarto o quinto año. Y tal como muestra la foto que nos sacamos finalizando la secundaria, casi todas tenemos el mismo tipo de guardapolvo.

Otra cosa que evoco de esa época fue cuando mi abuela nos tejió a mi hermano y a mí un pullover a cada uno. No recuerdo cómo era el mío, pero sí el que le hizo a él, el cual me encantó. Finalmente lo pude vestir como propio cuando él se cansó de usarlo, era colorinche y a rayas horizontales. 

Para los viajes de egresados era costumbre hacer un baile de disfraces el último día. Tampoco me compliqué la vida para conseguir algo rebuscado. Siempre mis tías y sus sugerencias simples salvaron la ocasión: me disfracé de angelito con una sábana blanca, una aureola hecha con alambre y talco en la cara… de esto último desconozco el por qué.

 Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)

 

 

19. A MI GUSTO

Mi manera de vestirme en la adolescencia era bastante formal. Pero me elegía yo lo qué me ponía. Si me hacía hacer algo con alguna modista, mi mamá o mi hermana me acompañaban, pero era yo la que arreglaba con la modista lo que quería y cómo lo quería.

Muchas cosas me prohibía ponerme por el divino complejo que tenía con mi cuerpo. Por ejemplo, malla, escotes y shorts. Para muchos seguía siendo gorda. Con buenas piernas, pero gordita.  Pero a mi ver, siempre me puse lo que me gustaba y me hacía sentir cómoda. No me afectaba mucho el complejo para salir. Lo hacía viernes, sábado y domingos si había oportunidad. Todos los colores de los años ochenta me sentaban. Como no tenía tanta ropa, buscaba combinar lo mejor posible para armarme de distintos conjuntos. Los pantalones de varios colores y los Jens infaltables.

Todos los cumpleaños de quince (en esa época todas hacíamos fiesta) había que estrenar, no se podía repetir la ropa, por las fotos. Era un lema.  Para el mío me vestí de blanco, blanco y rojo era el vestido y zapatos rojos.  Mi color preferido el blanco. Para el cumple de mi mejor amiga me compré un conjunto de bambula blanco, pollera hasta el piso y blusa con el escote qué caía hacía los hombros, con unas hebillitas de colores pasteles, dejando uno al descubierto, medio transparente, para mi forma de vestir, ese conjunto era muy audaz, lo amé.

En la adolescencia me casé, también de blanco, vestido de plumetí, puntillas y cinto de raso rosa. Las viejas chusmas del pueblo escandalizadas. De cuatro meses de embarazo y se casa de blanco, un sacrilegio. Sé que mi mamá y mi suegra pensaban igual pero como sabían que les iba a saltar a la yugular se callaron la boca.

Después que tuve a la beba, todos se escandalizaban de lo flaca que había quedado. La verdad no sabía qué decir…me puse la ropa que tenía de antes y me quedaba exactamente igual. O sea, que ese era mi cuerpo real. Un poco mi cabeza cambió, no tanto, pero algo sí. Anexé las minis a mi vestuario. Esas piernas que tanto me costaba mostrar salieron a la luz. Se usaban los tajos profundos en los vestidos o polleras largas en esa época, también los incorporé. No sé si me vestí bien o mal en mi adolescencia, pero me puse lo qué quería y cuando quería, siempre acorde a la moda del momento. Yo me compraba y elegía. No aceptaba opinión. Sabía que muchas me lastimarían.

                                                                                                                            Mari (Neuquén, Neuquén) 

 

18. BELLA Y LIBRE 

Fue corta mi adolescencia, duró solo dos años. En retrospectiva la recuerdo con cariño.

Tenía quince años cuando estrené aquel vestidito azul melange, mangas largas, cuello en v y un largo escandaloso: apenas me cubría la cola. Su tela de punto le daba una suavidad única, además de la comodidad que ofrecía un modelo tan sencillo. Lo de la cola, era un detalle en el que yo no reparaba. Lo acompañaba con unas botas texanas azules a media pierna. Amé esa prenda, quizás fue el al momento, la tertulia, acompañada de quien fuera mi novio.

Debía estirar mis brazos para llegar a su cuello al ritmo de “El Jugador”, en la magnífica voz de Kenny Rogers, situación que no favorecía el largo del vestido azul., Nno nos molestaba, al contrario, nos reíamos como locos. A las doce, como Cenicienta, se terminaba el encanto y regresaba a mi casa acompañada y cubierta con su saco, también azul, que era más largo que el vestido.

Hoy mi nieta usa prendas cortas muy a pesar de su papá. Yo la miro, le guiño un ojo, comento lo hermosa  que está y esta historia, la del vestido azul, reafirmando que eéste es el momento, que lo disfrute.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)


17. TIRÁ PARA ARRIBA, TIRÁ

Llego la adolescencia y trajo todo lo que los libros de psicología dicen que puede pasar.

La niñez, esa etapa tan alegre, inocente y bella empezaba a quedar atrás.

Los cambios en el cuerpo y el alma se vinieron casi todos juntos. Crecieron los pechos, la cara acentuaba los famosos cachetes, el cabello rubio y lacio se esfumaba como por arte de magia y en su lugar, rulos con rubios oscuros hacían mi melena, similar a la de un león o leona.

Irma quedó en su casa con zaguán y una nueva modista esperaba cada evento para transformar telas en vestimentas eternas. Casi todas a mí gusto, pese que la mirada de mamá persistía y salía siempre victoriosa.

Llegaron las fiestas de 15, todas ceremonias impostergables en el pueblo, y el tan ansiado vestido estaba en la lista próxima. En esos años aún conservaba cierta delgadez. El vestido que elegimos entre las tres, fue simple y bello. Blanco con mangas cortas, con cuello redondo con volados y un gran lazo rosa de seda en la cintura. El peinado sencillo con algo de bucles y flequillo desparejo, el pelo apenas llegaba a los hombros dejando ver claramente, el hermoso collar de perlas que, según la tradición familiar, la abuela Margot había regalado a su tercera nieta.

¡Qué felicidad esa noche!! La casa nuestra transformada en salón de fiesta, con muchos invitados y jóvenes que solo pensábamos en la democracia que había retornado a la vida. Tira para arriba tira sonó hasta el amanecer y el vestido quedó con restos de tierra, alguna gaseosa y arrugas de tantos levantar con las manos entre baile y baile.

Los demás 15 de mis amigas con vestidos cortos, no tanto como los de la niñez, de tafeta que hacían que las manos se deslizasen tibiamente y fuera un placer a priori. Con corte en la cadera y un gran lazo y moño al costado, con cuadros en rojos, azules, verdes. Recuerdo claramente el que me hizo Graciana para el cumple de Romina: era color manteca, de textura algo arrugada, con unos bordados que llamaban la atención por la prolijidad y cortes en el canesú a los que, creo recordar, se le daba el nombre de algo así como vainillas. Mama había comprado ese corte en La Plata en uno de los tantos viajes en los que llevaba a la abuela al médico y en la sederia de moda se había deleitado con ese. Amé ese vestido, por años lo conservé, aún sin usarlo, en el ropero.

Los jeans eran clásicos para toda ocasión. Corderoy verde y rojo, mis colores favoritos.

Camisas leñadoras le llamábamos en esa época, abrigadas, tipo lanilla, las usaba desprendidas con remeras blancas debajo. Adoré una campera de corderoy rosa que se ensuciaba de nada pero que abrigaba y yo elegía para salir.

Todo lo que no me cosía Graciana, mamá lo compraba en Azul, ya que en el pueblo no había comercios de ese tipo. Marta Alejandra era la casa de moda, ahí íbamos para renovar en las temporadas.

Las zapallillas, deportivas y unas Adidas de cuero marrones abrigaban los pies en el frío invierno con escarcha en los cordones, pero lejos de preferirlas, las odiaba cada vez mas. Botitas con cordones de descarne eran la otra opción. Para las fiestas, zapatos clásicos con algo de taco y punta levemente pronunciada.

En verano vestidos de fibrana, shorts de algodón y remeras.

Ya pasado los veintiuno, inicié la etapa de querer elegir mí vestuario y mamá aceptó sin problema.

Cerca de los venticuatro , cambié mí estilo, mi cuerpo, mi espíritu.

María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)


16. ELIGIENDO

De niña me atrajeron los zapatos.  Recuerdo que me los compraban en una zapatería de villa Del Parque de nombre “La Princesa”. Blancos, negros de charol y marrones para el cole, pero siempre guillerminas, y a mí, eso no me gustaba. Un día corté las tiritas de unos zapatos recién comprados y además de un terrible reto, los tuve que seguir usando luego que el zapatero le zurciera las tiras.

En la adolescencia me gustaba usar chatitas. Recuerdo que tenía unsa color turquesa y otras un verde agua.Las amaba, las usaba con una pollera corta azul y un pullovers con escote en U de color celeste, me sentía muy diva, a  esa altura mis curvas comenzaban a hacerse notar y lejos de cohibirme,  me sentía atractiva.

También usaba mocasines de gamuza, que cada invierno mí papá me regalaba, siempre de un color diferente.

Pasados los catorce, con el consentimiento de mi papá, fui sola a comprarme mis primeros zapatos de taco. 

Los elegí a mi gusto, Recuerdo que me probé varios y me decidí por unos blancos, con moñito y taco negro, modelo de moda en ese entonces. No fue algo extraordinario pero para mí, fue como un voto  de confianza que mi papá  me otorgaba para que,  a partir de ahí mi, vestimenta  la elegiera yo, a mi gusto y criterio. Lástima que no  tuvo la mente abierta para permitirme disfrutar mi adolescencia,  con la libertad de cualquier chica normal de aquella época.

La ropa que usaba en mi adolescencia la confeccionaba yo. Me gustaban las polleras cortas, con tablitas escocesas, lisas con tajo, las usaba con suéteres de colores combinables, siempre con medias negras trasparentes.

Usaba vestidos, jean , tapado y sacones en invierno.

Me gustaba verme bien vestida, aun así no soñaba con un ropero lleno de ropa, con lo que tenía me sentía conforme. Lo que si me encantaba era cambiar el tono de mi cabello, comencé de jovencita a probar, primero con manzanilla y luego con  tintura. Rubio, negro azulado y caoba claro fueron los colores que usaba, en oportunidades largo y cuando me aburría me lo cortaba bien cortito, 

En ese sentido nunca tuve oposición, seguramente esos cambios eran una manera de rebeldía, por no poder cambiar otras cosas, no lo sé. 

 Li (CABA)

 

15. UNA LATA CON PUNTILLAS AL CROCHET

Una lata con puntillas al crochet, cuellos y listones (todavía la tengo).

Un vestido de crepe con alforzas fila perfectas, de tablitas marcando el talle y pollera a media pierna igual al de ella (todavía lo tengo).

La Singer guardando botones de nácar que me fascinaban aunque no sabría en que prenda poner y en otros cajoncitos montones de botones forrados o de vidrio, o de madera (muchos quedaron conmigo).

La aguja para hacer bordado turco.

La tiza de marcado.

Carreteles de hilos casi invisibles, otros de algodón; dedal y enhebrador.

El pedal moviéndose una y otra vez.

Mis bolsas del Jardín.

Los trapos de algodón blanco para hacer, lavar y  luego colgar para que el suero de la leche corra y se transforme en queso.

Su delantal.

Mis blusas y polleras al bies.

Las mantillas de los domingos; una blanca, otra negra.

El pañuelito bordado, anudado, guardando semillas de otro país (todavía las tengo).

Los trapitos para los fomentos con untura blanca.

Los manteles y las servilletas.

Las indicaciones a mamá para hacer mi vestido de 15 de cloqué y la pulserita en mi muñeca.

La cinta de cortar empacho.

Mi sette tan silenciosa, tan necesaria, tan raíz.

Tan nexo de almas y tan manos laboriosas haciendo de las telas y los alfileres un canto.

Mi sette la que me contó un secreto y me acomodaba la solapa del mongomery.

Mi hermosa abuela que paso silenciosa.  De vocación, modista; de obligación, todo lo que le toco ser.

 

 Gabriela Potenza (CABA)

 

14. LA TRANSFORMACIÓN

Cuando empecé el secundario tuve que adaptarme a nuevos compañeros. Los que veníamos de la tarde éramos más sencillos. Nos conocíamos bien, nos veníamos viendo en ropa informal porque nos encontrábamos a andar en bicicleta y jugar a la paleta en las calles. Para los cumpleaños y asaltos yo todavía usaba vestidos y polleras con volados, pero con lo que más me sentía cómoda era con mis pantalones de gimnasia y zapatillas.

Durante el primer año seguí con mi grupo de amigos, pero después nos fuimos alejando y empecé a salir con las chetitas del curso. Era todo formalidad y competencia y yo no me hallaba. Mi mamá me acompañaba todos los sábados por la mañana a la avenida Cabildo y me compraba alguna prenda de moda, además de sandalias con taco. Tengo una foto de mis catorce años en donde parezco una chica de veinticinco. Seguía sin hallarme. Forzaba mi amistad con esas chicas porque quería pertenecer.

A los quince me agarró una crisis existencial. Comencé a tomar conciencia de lo que era la dictadura en este país, y había visto fotos del movimiento hippie en Woodstock. Me fascinó esa multitud rebelde que enfrentaba a la sociedad acartonada. Comencé a vestirme con ropa hindú, bien colorinche, pañuelos en la cabeza y polleras bien largas. Había empezado a engordar y esa ropa supuestamente me cubría bien mi horrible cuerpo. La policía nos perseguía por nuestra vestimenta y la sociedad nos condenaba. Era una forma de protesta, una forma de llamar la atención de mis padres y profesores. Me gustaba, especialmente, un vestido hindú rojo que lo usaba con una vincha sobre la frente, y la liberación era sacarme las sandalias franciscanas y bailar descalza en los recitales.

Siempre me molestaron los pantalones y los tacos altos. Nunca me pude acostumbrar. En general, desde chica me gustaba usar ropa cómoda. Me molestaba la moda: no soportaba las medibachas, los jeans apretados o los cinturones. Me gustaba verme bien, pero nunca supe muy bien qué ropa usar porque al final terminaba poniéndome siempre lo mismo. Como lo hago ahora.

 

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


13. ÚNICA HIJA MUJER

Lili sugirió en el grupo que subiéramos fotos dando una idea del tipo de ropa que usábamos siendo chiquitas. Yo pensaba escribir acerca de las muchas veces que heredé ropa de mis hermanos (supongo que remeras), y que no me molestaba en absoluto, más bien me gustaba. Pero buscando fotos, me di cuenta de que, si eso era así, solo lo sería de uso de entrecasa. No hay muchas fotos de cuando era pequeña, pero en cada una de ellas me veo luciendo un vestido, una pollera o un jumper, por lo tanto, compruebo que mi mamá se empeñó en vestir muy femeninamente a su única niña. Ahí recuerdo la importancia que ella le daba a la ropa, lo impecable que iba siempre a trabajar, el buen gusto que tenía para elegirla, lo mucho que la cuidaba y cómo la guardaba en el placard, ya sea colgada o perfectamente doblada, siguiendo un orden cromático que siempre maravillaba a sus hermanas y a mis hijos, no a mí, que lo consideraba una especie de TOC que no me interesó imitar. Buceando en la memoria aparece un vestidito hecho por mi nona, la mamá de mi papá. Era de tela azul oscuro y ella le había bordado un montón de rositas rococó en distintos tonos, una delicia para mis ojos. También una tía me mimó en más de una oportunidad confeccionándome ropa de acuerdo a mi gusto. Reconozco que mi mamá me dio bastante libertad a la hora de elegir mis prendas. Fue siempre muy moderna adaptándose a los cambios respecto a la moda. No se escandalizó cuando quise usar vestidos o polleras bien cortas, y ella misma subió unos centímetros las propias. Solía llevarme a una boutique muy linda que había cerca de su lugar de trabajo y de la casa de mis abuelos. Ella incrementaba su vestuario ahí gracias al crédito ilimitado que le daban, sin firmar ningún papel y con mutua confianza: sabían que pagaría mes a mes acorde  a su presupuesto y la vendedora asentaría en la libreta solo lo comprado, nada de trampas. Y a mí me dejaba buscar y elegir sin imponerme su gusto. Cuando estaba en sexto grado empezaron los bailecitos o “asaltos” y pude asistir luciendo la moda del momento: recuerdo un mini short de terciopelo marrón claro, también un enterito de lana roja de mangas largas y piernas cortitas y una casaca larga marrón oscuro, ambas prendas tejidas por otra tía con su máquina Knittax. No recuerdo haber sido muy pedigüeña o demandante respecto a la ropa, pero quizás eso no fue necesario dada mi condición de única hija mujer de una mamá muy fashion.

                                                                                              Olgui (Hurlingam, Buenos Aires)

12. ES LO QUE HABÍA

Yo soy de la época en que los niños no elegían como vestirse, había eso y era eso.

Mi cuerpo redondito, mi carita de pascualina, el corte de pelo no colaboraba mucho con la vestimenta que mi madre elegía para mí. En el pueblo, obvio que no había tiendas para niños, algunas de adultos vendían ropa para chicos y mi familia no era como otras, que iban a ciudades vecinas a comprar. Casi toda la ropa me la hacían modistas, mi mamá o mi madrina que también lo era. Ella me hizo el vestidito blanco con el que acompañé a mi hermana el día de su casamiento En esa ocasión sí estaba linda, tenía tres años y medio, parecía una muñeca pepona. 

No me gustaba mucho vestirme de vestidos o polleritas, menos mal que en eso me respetaba un poco. Aunque para fiestas importantes o algún otro acontecimiento si o si las nenas van de vestido decía mi mamá, ahí no había chances. Si no, me encajaban los famosos jardineritos. Tenía uno cuadrillé que amaba, lástima que abajo me ponían pulóveres tejidos, ¡horribles! Bah, a mí me quedaban feítos, eso no es para rellenitas, lo sigo sosteniendo hasta el día de hoy. Y en verano las remeritas tejidas, bordaditas con rococó, con las polleritas o bermuditas. ¡Cómo le gustaba ponerme eso! ¡Encima todas en la familia tejían, enseñadas por mí abuela! No tenía escapatoria.

En casi todos los actos escolares yo actuaba, los disfraces me los cosía mi mamá, disfrutaba más esa vestimenta creo, que la cotidiana. Mientras era pequeña amaba vestirme todos los años de dama antigua, mamá me hizo un vestido hermoso con miriñaque y todo. También hice de negrita con pollera a lunares, hasta el delantal y el pañuelito me cosió, aún, a estos los conservo de recuerdos. Mis niñas lo usaron también. Hice de pirata, de hongo, de bruja, etc. Nunca me voy a olvidar que la maestra de tercer grado para el acto de fin de año me hizo disfrazar de número cero, porque sos gordita me dijo. Divina la seño…

Cuando ya tenía once, doce años me compraban más ropa hecha, de boutique, pero al ser grandota ya era ropa de adolescente, linda, pero hoy me doy cuenta, mirando hacia atrás, que estaba vestida como una mujer grande, encima en esa época las chicas de esa edad se vestían de niñas todavía. Pero al menos era mucho más copada y buena de la que me hacían hacer. Eso sí, jamás me quejé, calladita me la ponía. Es lo que había.

Mari (Neuquén, Neuquén) 

  

11. DE PUNTA EN BLANCO

Cuando supe el tema de próxima tarea , apresuradamente, como es micostumbre, pensé que sería casi imposible escribir algo .

Mas al saber que podíamos rescatar fotos de aquella época, de a poco vinieron a mi mente recuerdos. Las pocas fotos que tengo son de cumpleaños y alguna, de eventos familiares. Claro, en esos años  las cámaras de fotos no eran de propiedad familiar, eso quedaba para el fotógrafo del pueblo.

Lo ropa sencilla y la mayoría hecha por una modista. De ahí la inmensa dicha de recordar esos años y que aparezca la querida Irma claramente.

Mamá me llevaba a su casa que quedaba detrás de un gran pasillo, que desembocaba en un patio en donde los pájaros y el cielo estaban al alcance de la mano. La antigua galería y esas tres puertas de madera firme. La última, abría a la cocina. Irma estaba ahí con su estufa cocina a leña y un montón de telas de todo tipo y colores arriba de la mesa.Ella ya tenía los moldes y las prendas preparadas para pasar a la otra habitación y con solo una vez que probaba ya estaba todo listo.

Las polleras de tela que parecía lana, con presillas a los costados y tablas que se movían a la par de mis travesuras. Cortitas, muy. Demasiado quizá, pero se usaban y a mí no me generaba vergüenza.

El vestido de viyela azul con ese canesú que dejaba ver la polera blanca de algodón con cuello largo para que no tomase frío.

Cada cumpleaños, estrenaba un modelo diferente.

Para las Bodas de Oro de los abuelos paternos, Irma me cosió una pollera tableada en tonos marrones claros, con una camisa blanca  con un moñito del cual salía un lazo que hacía como de corbata y un chaleco abierto haciendo juego con la pollera. Media blancas cancán y zapatos marrones tipo Botanguita, porque eran iguales pero de otra marca, más baratos, azules, con suela que al pisar los pisos graniticos, solían hacer sopapa y parecían pegarse a ellos.

Impecable, ¡siempre estaba impecable!

En esos años la moda era esa y todas estábamos casi iguales vestidas. Formales para mí gusto, demasiado, pero eran esos tiempos…

Para los eventos no podía ser sin vestidos y poleras como dije, polleras y puloveres de lana. ¡La lana! Ese olorcito típico que solo tenían esos que comprábamos en Mar del Plata en el verano o en Azul en la casa de moda de niños.

Para ir a la escuela usaba pantalón de algodón con dos rayas a los costados. Eran la segunda marca después de Adidas. Claro, esa costaba casi el doble y mamá hacía economía. A mí me encantaba igual, nunca fui de marcas. Total, eran casi iguales. No lo llamábamos jogging, eran solo pantalones buzo.

¡Camisas de viyela otra vez! Y camiseta manga larga para cuidar el pecho que cada invierno me azotaba con sus fríos intensos.

Los pantalones casi siempre eran de corderoy, me gustaban verdes o azules. Por ahí alguno marrón, dos por temporada. Los de jean tenían un olor especial. Recuerdo que iba a casa de las mellis y nos poníamos a olerlos puesto que nos encantaba ese particular aroma que es imposible describir mas crean, lo tengo en la punta de mi(ojo) nariz en este instante. Íbamos a comprar a la casa Mozo, eran baratos y firmes, suaves y cómodos.

A la escuela llevaba el guardapolvo blanco atado con moño atrás con la delantera y su gran tabla y el cuello redondo. Debajo de, jean o de pantalón buzosi tenía l clase de Gimnasia como la llamábamos.

Tenía un pulóver tipo esos que venden en el  Norte,  calentitos, con guardas de  colores .¡Amaba ese pulover!

¿Camperas? Si, ¡siempre! Esas la comprábamos en la calle Juan B Justo en febrero, estaban a buen precio y eran robustas, casi infladas. Se me vino a la memoria una azul petróleo que amé y usé hasta casi gastarla.

Cuántos instantes se me vinieron a la mente. Cuántas vivencias, festejos familiares, pasillos de escuela, galerías de Mardel, Azul y la casita de esquina…..

Cierro los ojos y me permito volver a esos años dorados.

Al final, mamá estuvo para eso siempre……

 María Vivarelli (la Plata, Buenos Aires)

 

 

10. CORTE Y CONFECCIÓN

Los vestidos de mi niñez me los confeccionaba mi mamá,  ella también había aprendido costura.

Puedo apreciar a través de las fotos, porque mi memoria no llega tan lejos, que la ropita por ella hecha era hermosa, elegida con buen gusto, impecable, me veía muy linda, siempre estaba vestida como para salir a pasear, a pesar de que no íbamos a ningún lado.

Cuando llegaba mi papá del trabajo era como quería encontrarme. En oportunidades jugando me ensuciaba y volvían  a cambiarme de ropa. Yo era bastante inquieta y poco cuidadosa y la ropa no me duraba limpia por mucho tiempo, todo lo contrario que a mi hermano. Hasta mis doce años mi mamá  se ocupaba de lavar y planchar la ropa de todos. 

Cuando terminé la primaria, comencé yo a hacerme cargo del lavado y planchado. Por ese entonces no teníamos lavarropas y esa tarea me resultaba pesada, aun así  no ponía  objeción  al hacerla.

Mi vestimenta nunca fue motivo de preocupación para mí, seguramente porque me sentía a la altura, en ese sentido, de cualquiera de las chicas del barrio. Por ahí, en otros aspectos sí, como por ejemplo no tener la libertad de poder jugar en la vereda como ellas lo  hacían sin tantas limitaciones.

A los catorce años comencé a estudiar corte y confección y a partir de ahí,  yo confeccionaba mi ropa, mi  mamá  me compraba la telas, según  yo elegía.

En ese aspecto nunca tuve objeción  por parte de mi papá para proveerme de todo lo necesitaba, él le daba el dinero y mi mamá compraba.

Siento que tuve una niñez sobreexigida en algunos aspectos, las demostraciones de afecto explícitas no abundaban,  sin embargo, nunca me sentí  desprotegida, ni descuidada.

Li (CABA)

 

9. EL VESTIDO AMARILLO PATITO

Transitaba los últimos meses de mis diecisiete años. 

A punto de terminar el secundario, estrenando novio y con muchos planes para el futuro, mis días de angustia por la gordura parecían haber quedado atrás.

Es que con una estricta dieta, abarrotada de anfetaminas y feliz por mi incipiente romance, había logrado, por fin,  lucir una agradable figura.  

Hacía dos meses que estábamos saliendo y, para mi sorpresa, mis padres me dieron autorización para ir al casamiento de la prima de Esteban. La cuestión es que la fiesta era de largo y yo no tenía ropa ni dinero para comprarme prendas para el evento. No estaba dispuesta a perder la oportunidad.

Después de pensarlo bastante decidí tomar el riesgo de hacer mi propio vestido de fiesta. Así que, acompañada por mamá, fui a la sedería El Morenito, la más prestigiosa del barrio, y compré un paño de brillante jersey de seda amarillo patito. El color lo decidí en el momento asesorada por la vendedora quien me aseguró que me quedaría fantástico por mí pelo castaño casi negro y mi nuevo corte carré.  La verdad es que no soy fácil de convencer, pero al envolverme con esa tela frente al espejo me encantó.

Ya en casa la extendí la sobre la mesa del comedor y haciéndome la señal de la cruz apliqué los primeros toques de tijera guiada por los moldes que yo misma había generado bajo las pautas del Sistema Teniente de Corte y Confección. 

El resultado fue una prenda muy linda, un solero de favorecedor estilo Marilyn, que seguí usando en varias oportunidades.  

Mi panza chata y mi generoso busto causaron sensación. Quedé muy contenta con el resultado. Mi novio me demostró su admiración y hasta me alabó, una actitud no muy frecuente en él. 

La prenda tenía sus defectos, claro que sí. Recuerdo que el escote algo profundo me había quedado medio desparejo, pero con mucho ingenio coloqué tres pequeñas margaritas de seda en el mismo, lo que le sumó un touch encantador. 

Esa madrugada, al regresar a mi hogar, mamá, que me esperaba despierta, me preguntó cómo me había ido, entonces le confesé por primera vez que les agradecía a Dios y a ella por su inapelable imposición de obligarme a tomar aquellas odiadas clases de Corte y Confección. 

    Melinna Trigo (CABA)          

 

8. FACHA ADOLESCENTE

            Ser cheto o ser groncho. Esa era la cuestión. Pertenecer al grupo de las chetas daba entidad. Las que vestían a la moda y las que vestíamos con lo que teníamos.  El grupo de la secundaria estuvo dividido entre las de mejor pasar (vacaciones los tres meses de verano) y aquellas que  pertenecían al grupo de familias trabajadoras. La diferencia estaba dada por la ropa debajo del guardapolvo. Excelente idea la del guardapolvo blanco. Todos iguales por lo menos en una mirada a vuelo de pájaro. Entones usábamos zapatos. No recuerdo si había marcas de renombre. Sí, la suela debía ser Febo para que durara. En las zapatillas para gimnasia se notaban quienes tenían acceso a unas Adidas y las que como yo comprábamos las nuestras de segunda o tercera línea en una zapatillería enorme que estaba cerca de la terminal de colectivos en Morón. Siempre me hacían doler los pies de modo tal que padecía esas zapas gronchas.

            Nos juntábamos a perder el tiempo en grupo cerca de la Plaza de Morón. Siempre estaban disponibles las casas de las que más cerca vivían de la escuela. Veía los colores de las medias, jeans, sacos tejidos. En mi caso usaba un uniforme de una remera tejida amarilla de mangas tres cuartos y un saco tejido verde (onda uniforme escolar) con un único pantalón gris oscuro.

            En quinto año se me antojaron unos zuecos de madera -pesados, incómodos- que se pusieron de moda. ¡Lo que peleé con mamá para que me los comprara! ¡La sonrisa de oreja a oreja que se me dibujó en la cara cuando estaba en la zapatería! Pronto se festejaría el cumple de Elena Cóceres.  Feliz de la vida fui con mis zuecos nuevos. Difíciles para bailar los zuequitos pero me las arreglé. Me gané unas enormes ampollas. La reunión se desarrolló entre una terraza enorme y el patio de atrás de la casa. Subir y bajar los escalones estrechos provocó que rompiera la plataforma de los zuecos. Los golpeaba contra el escalón que iba a subir. No podía apoyar todo el pie sobre el mismo. Siempre calcé número cuarenta, otro tema, otra marca cuando mis dulces compañeras colocaban su piecito de Cenicienta junto al mío y se reían burlándose. Volvamos a esa noche.  Les hice - ¿o deberé escribir, el crudo cemento los cuarteó?- una raya a los zuecos que si bien no separaba en dos la plataforma, estaba ahí.

            En esa noche de festejo ni me di cuenta de la rotura de mis zapatos nuevos que se transformaron en rotos. Días después al notarlo, me hice bien la desentendida y opté por no decir nada a mi señora madre so pena de escuchar ad infinitum que no sabía cuidar mis pertenencias, que cómo no me había dado cuenta, que debía ser más observadora, etcétera.

            Los usé hasta cansarme. ¿O los cansados fueron ellos? Años los usé. Sentirme desde mis pies que era factible ser parte del grupo más notorio y notable. Por lo menos por ese tiempo.  

Edith Oxilia (CABA)

 

7. DEMASIADO FORMAL 

Pensar sobre qué ropa usé durante mi adolescencia, no me trae detalles específicos. Los recuerdos se basan en el contexto y los lugares donde se compraba más que en la ropa en sí.

Después de mis doce años, como era costumbre, me enviaron a estudiar Corte y Confección.  De las prendas que hice para mí solo recuerdo una casaca en color beige, con mangas largas en un cuadrillé beige y marrón. Después ayudé a confeccionar mi vestido de quince. La tela era estampada  con pequeñas flores de tonos azulados, sobre fondo blanco, con un lazo liso azul. Sinceramente, no creo haber influido mucho en la elección, siento que fue un tema ajeno a mí.

No me compraban demasiada ropa. No sé si se debía solamente al aspecto económico, en ese entonces, por lo menos en casa y en mi entorno, no era un tema del que se estuviera pendiente.  Se compraba cuando era necesario.  El campo de elección era muy limitado, se reducía a elegir ropa en la tienda de la esquina o en las del barrio, y aunque estas iban actualizando las vestimentas, no siempre eran lo ideal para encontrar ropa adolescente.

Cuando cursé quinto año de secundaria, me compraron algunas prendas para el viaje de egresados. Esa vez, mi papá me llevó a la tienda de una conocida de mi tío, ya que él podía comprar con la posibilidad de pagar en cuotas.  Hoy, viendo hacia atrás, me parece que era ropa demasiado formal para una chica de diecisiete años. Pero como mencioné antes, mis recuerdos son bastante vagos.

De esos años, una compra que me hizo feliz fue mi primer par de zapatillas Adidas, el modelo para tenis, ya que a mis catorce años comencé a practicar ese deporte. Venían acompañadas por un bolso, también para el club, de color rojo y las letras que formaban Adidas, en color blanco.  Haber optado por aprender tenis, junto a la elección de las zapatillas, parece que también marcó un aspecto de mi personalidad, pues recuerdo a mi hermana diciéndole a mi papá, que se trataba de un deporte solitario, y si no sería mejor para mí, practicar otro que involucrara participar en un grupo.

No tengo mucho más para contar sobre esos años. No parece que la ropa estuviera para mí un primer plano. Lo que no sabré si fue por no prestarle atención a la moda, si era que se acostumbraba a darle una importancia relativa, o si mi cabeza y mis pensamientos rondaban quién sabe en qué cosas. 

                                                                        Claudia (CABA)

 

 

6. REGALO INDIGNO

Sonó el timbre en nuestra casa, un sencillo PH que por fin luego de enormes sacrificios económicos mis padres habían logrado comprar en ese prolijo y casi itálico barrio del conurbano.  

Nos asomamos corriendo a la reja de la puerta metálica en color gris perla para ver el rostro sonriente del tío Gino quien con cara de Papa Noel flaco portaba en sus manos una fuente tapada con un repasador blanco. 

Mi hermanito Alejandro y yo nos pusimos muy contentos de recibirlo, sobre todo yo, porque más que intuir, podía prácticamente saborear el contenido de aquel misterioso envoltorio gastronómico al que nos tenían acostumbrados año a año nuestros parientes de Parque Chas. 

Se trataba, lo comprobé después, de unos suculentos higos blancos, esos increíbles obsequios de la naturaleza, verdes brillantes por fuera, rojos fuego por dentro, dulces como miel, absolutamente acaramelados, manjares que yo, como buena golosa, consumiría en un santiamén. 

Luego de saludarlo con mucho apuro, Alejandro se fue a la calle a jugar con sus amigos y yo entré a la cocina a poner la pava en el fuego para agasajar al tío con unos ricos mates. 

Mi madre se sentó junto a él y se pusieron a conversar con mucho detalle de cosas familiares.  

En ningún momento dejé de observar que el tío traía en sus manos otro paquete, envuelto en un papel de mercería, de esos medios descoloridos con pintas y rayitas de colores que no invitan a interesase por su contenido. El hecho es que en manos de mi pariente me llamaba la atención. 

Bandeja para el mate en mano, con pava incluida, me acerqué a ellos y mi tío, interrumpiendo la conversación que estaba teniendo con mi mamá, ensayó una disculpa por lo tardío de aquel "detalle" y entregándome el paquete me dijo que me lo enviaba su esposa, la tía Anita, por mi cumpleaños que había sido en diciembre. 

En ese entonces mi Tere y yo andábamos buscando armar un uniforme para el colegio secundario religioso subvencionado por el Estado en el que comenzaría las clases al mes siguiente.  

 Realmente los valores eran altos, aun para conseguir un atuendo que, si bien era totalmente sencillo, pollera gris, camisa blanca, sweater, blazer, medias y corbata azules, mi madre le había hecho el comentario a su prima Anita y esta le sugirió que me lo hiciera hacer a medida dada mi obesidad y el elevado costo de la sarga, tela habitual a utilizar estos casos Por eso, ella, a modo de colaboración, me enviaba ese regalo.                                                  

Obviamente los comentarios que precedían a este obsequio y la presentación del mismo habían ya vuelto patética la situación, pero no pude contener mi ira, cuando al abrir aquel bodoque apareció ante mis ojos una tela completamente ordinaria, fea, áspera al tacto y con olor a naftalina. La tiré al suelo con total desprecio sin decir media palabra. 

Esa no era una actitud habitual en mí, que recibía las humillaciones, comentarios y regalos de cosas usadas provenientes de aquella familia de la calle Berna con bastante hidalguía, de un modo casi estoico, aunque no voy a negar que las muñecas de plástico barato, las ollitas cuyas tapas jamás coincidían por las rebarbas de los bordes y los camioncitos de plástico horripilantes que nos regalaban aquellas personas me habían arrancado lagrimas más de una vez.  Pero yo me ocultaba de las miradas de mis padres y mi hermanito para no pasarles mi angustia por sentirme denigrada, aunque de quienes más ocultaba esas emociones era de las personas por las que me sentía ofendida 

En esa oportunidad mi madre me manifestó un gran desagrado por mi actitud frente al tío Gino y le pidió disculpas, pero hizo algo que llamó poderosamente mi atención: doblo con mucho cuidado aquella espantosa tela y colocándola nuevamente en su envoltorio desangelado se la devolvió al tío Gino diciéndole que seguramente alguien podría aprovecharla ya que ese no era mi caso. 

Miré a los ojos a mamá y pude ver un brillo maravilloso, una fuerza triunfadora en ellos, entendí que la Tere, a través de mi accionar, había tenido un encuentro liberador con la dignidad. 

Después de la cena, mientras mamá remendaba una media, hablamos de lo sucedido. Me pregunto por qué había reaccionado así, entonces le pude decir muchas cosas que me mortificaban y hasta me animé a hacerle algunos reproches porque ella aceptaba todo tipo de cosas de dicha familia, algunas realmente deleznables. Ellos estaban en una posición económica más holgada que la nuestra, y aunque a veces nos habían dado cositas que ya no usaban pero que estaban buenas, en algunas oportunidades eran cosas absolutamente detestables. Nosotros éramos merecedores de respeto a pesar de ser humildes. 

La gratitud es un sentimiento poderoso y realmente me considero agradecida, pero según mi entender, el respeto por uno mismo hace que no dé igual si percibimos que lo recibido atenta contra nuestra dignidad 

Melinna Trigo (CABA)

 

5. LAS ZAPATILLAS FEAS DEL AMIGO POBRE

“La coquetería es el triunfo del espíritu sobre los sentidos” , dijo Coco Chanel.

-Te queda lindo ese pantalón- acotó mi esposo desde la cama mientras yo terminaba de arreglarme- ¿Es nuevo?

-Si, me lo compré en marzo para llevar a Pinamar pero como hizo calor no lo estrené, lo estreno hoy. Es como de cuero- le dije. Y recordé que mi hermana tenía dos parecidos hace muchos años, me encantaban. Nunca me los prestó. Ahora tengo el mío. Me gusta como luzco en él.

No gastaré energías ni letras en un pasado de atuendos heredados, fuera de moda, tejidos o bordados. Siempre me imaginaba envuelta en el último grito de la moda.

Tuvieron que pasar muchos años para que mi sueño se cumpliera. La ropa es muy importante para mí, la elijo cuidadosamente sin que se note. No me visto para los demás, me acicalo para el espejo y lo que él me devuelve.

Amo los colores, los jeans, las botas, las zapatillas, los tapados , las blusas, los vestidos, los suéteres, las carteras y también los perfumes. Me encanta oler bien, me da la sensación de que dejaré mi impronta en un abrazo.

 La desigualdad es material, de pertenencias, de dinero o facilidades. Pero sus implicancias son también psicológicas, como fuente de autoestima que forja identidades.

Fue el camino transitado de vergüenzas y pudores quien transformó esta que se ve hoy, de amplia sonrisa, modernos atavíos y cabellos alborotados.

 María Santandrea (Junín de los Andes, Neuquén)

 

4. LAS MANOS DE MAMÁ

Una pollerita tableada y una remera de hilo verde agua. La vincha y los zapatos haciendo juego en verde musgo.

Hay imágenes sueltas que aparecen a lo largo de la vida  como fotos que están guardadas en una caja de recuerdos. Son aisladas, sin conexión.

Así me acuerdo de como estaba vestida en casa después de haberme sacado el vestido blanco de comunión con el que me decretaron “Santa”, con una bolsita y un rosario en la mano.

Es una imagen que no se borra.

Mamá se esmeraba mucho cuando había celebraciones y siempre nos elegía ropa acorde a la edad, de bonitos colores, sencilla.

Supongo que la recuerdo porque me detiene en las manos y la sonrisa de ella que ponían en esos rituales, la esperanza de lo bueno que podía suceder.

Buscar una tela, un diseño, hasta, quizá coserlo hacían que mi madre saliera del laberinto  que recién empezaba a descubrir.

Sigo con los ojos cerrados su dulce voz diciéndome Gabrielita, sus manos colocándome despacito cada prenda.

Sigo sus pasos alegres porque estaba dibujando un día de felicidad.

Yo no puedo reprocharle nada a mi madre. No puedo. NI siquiera mencionarle que los zapatos no me gustaban y la vincha tampoco.

Verla como mujer de a poco, mucho más ahora que yo lo soy, me hace hurgar en sus silencios, en todo lo que no me debe haber dicho, en su calvario interior. Entonces hasta el más mínimo de los gestos cobran un valor inconmensurable. Me hace reflexionar sobre qué hubiese sido de ella instalada en otra casa, con otro amor, con otros deseos por cumplir.

Si pongo un aumento en esa foto lejana me veo inclinada abriendo un regalo, veo detrás mi cama de niña, veo detalles con perfume infantil.

Lo sorprendente es que parece que tengo cerrados los ojos.

 Gabriela Potenza (CABA) 

3. LA MAGIA DE MAMÁ

Ese verano nos íbamos a Mar del Plata de vacaciones. Yo tenía cuatro años y medio. Hacía mucho calor, a juzgar por el sudor de mamá que empapaba el vestido que llevaba puesto esa tarde. Yo jugaba, entraba y salía de la casa chorizo de Alba, corriendo de la vereda al zaguán, pasando por el living.

En el corredor semicubierto de techo de chapa con ribetes de zinc con forma de flor de lis, habían puesto la máquina de coser. Ahí estaban Alba, Porota, y la tía Bianca. Reunidas alrededor de mi madre que cosía afanosamente, mientras charlaban y tomaban mate. Otra vez yo entraba, me detenía y miraba la transpiración que le goteaba por la frente y mojaba el vestido debajo de sus axilas, dibujando una mancha de agua que le llegaba hasta la cintura.

Ellas seguían dele charla, mates y risas. El agua se calentaba una y otra vez para continuar la tertulia. El único indicador de la calurosa tarde era la transpiración de mamá. El jolgorio de las mujeres y los litros de agua caliente que tomaban no denotaban la temperatura. Tampoco mis bríos, porque estaba tan contenta que no paraba de correr, brincar y jugar.

Las prendas iban tomando forma. Entre hilos, tijeras, agujas; con la ayuda del pedal y la rueda de la máquina de coser que mi madre manejaba con absoluta pericia, cortando los hilos con los dientes e hilvanando cada pieza antes de coser.

Yo no veía la hora de que me dijera que había llegado el momento de medirnos, como tampoco veía la hora de que nos fuésemos a Mar del Plata en el Chevrolet anaranjado que tanto me gustaba.

En uno de mis brincos escuché “Elen, vení, te toca probarte a vos”. ¡Por fin! No me daban las piernas para entrar corriendo a zambullirme en el poncho de toalla naranja, adornado con un festón de flecos blanco y ponerme en la cabeza la cofia de la misma tela que terminaba en un voladito que hacía las veces de visera.

¡Era hermoso! ¡La salida de baño más linda que jamás había visto! Sin dudas, ese verano, mis hermanos y yo íbamos a ser los chicos mejor vestidos de toda la playa de Mar de Plata.

                                                                                                        Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

2. ZAPATILLAS ROTAS

            En la casa lindera por atrás al terreno de mis padres, vivía una familia (cuyo nombre no recuerdo) conformada por madre, padre y dos hijas. La más pequeña tenía mi edad. A través de la ligustrina, observé maravillada la construcción de una casita del árbol. El papá estuvo varios días serruchando maderas, tomando medidas, lijando para que todo quedara impecable. De esa manera las dos niñas vecinas podían jugar en un espacio cuidado y a la vista de sus mayores, ya que la casa tenía el ventanal de la cocina que daba al parque.

            La ligustrina del fondo se convirtió en la zona franca de pases de objetos de diferente tenor entre las mamás (mi mamá y la mamá del fondo). Recuerdo que nos pasaban limones y ciruelas y les pasábamos huevos y perejil. También regresa la imagen de mi mamá hablando con la ligustrina, un modo distinto de comunicación vecinal. La realidad fue que ambas hicieron el papel de ser buenas vecinas, solidarias y atentas. Me constaba que mi mamá no la podía ni ver. Lo que se conoce como cuestiones de piel. Lo vivencio (vos?) con personas de igual modo. Alguien le caía mal a mi mamá y se transformaba en la mejor actriz.

                        El pasar económico de la familia del fondo era más holgado que el de mi familia. Auto, viajes. Nosotras también usábamos el teléfono de la ligustrina y jugábamos sin cruzar de casa, cuando no nos daban permiso para ir a la casa de.  Muchas veces sí nos visitábamos y nuestros padres, de común acuerdo y para evitar la vuelta a la manzana de las niñas, nos habían abierto un pasaje en los alambres para que cruzáramos a la otra casa. Puerta pequeña para pequeños cuerpos.

            Nuestros muñecos y juguetes se establecían esparcidos por el parque para nuestra felicidad. Lo difícil era luego juntarlos.

            Mi amiguita chusmeaba mucho. Qué tenía, qué me habían comprado, qué comía. En mi afán de compartir le contaba todo, como hacen los niños. Y marcaba la diferencia de economías: ella tenía más y mejor.

            Mis zapatillas de lona se agujereaban y mi mamá con dulzura y paciencia las zurcía. Parecía a propósito: la niña siempre se fijaba si las zapatillas estaban rotas y me explicaba, como  política en un escenario, que si las zapatillas se ponían viejas había que tirarlas.

              Lo que ella nunca supo fue las veces que sus palabras me habían hecho llorar. 

Edith Oxilia (CABA)

 

1. AQUELLA ROPA                                             

Si miramos hacia atrás, cuando recordamos la ropa que alguna vez usamos, nos espantamos en más de una oportunidad. Sobre todo, mientras éramos pequeños y dependía de la elección de nuestros padres.

No sé realmente cómo me vestiría mamá siendo yo niña, además las fotos eran tomadas solo en ocasiones especiales, así que no tengo registro de la vestimenta habitual. Por eso recuerdo solo algunas prendas.  Una pollera que a diario usaba para ir al colegio, debajo del delantal. Era de color blanco, con presillas por donde pasaba un cinturón con hebilla dorada hecho de la misma tela. Como detalle unas pocas líneas horizontales en color verde.

También recuerdo un conjunto de pantalón y chaqueta sin mangas, el palazzo. Fue un año donde este modelo se puso de moda, tanto para niñas como para mujeres y adolescentes. Mi palazzo era discreto… color rojo con lunares blancos; a mí me encantaba.

Cuando mi hermana cumplió sus quince años, decidieron hacer el gran festejo en un salón, para el cual toda la familia luciría sus mejores galas. La encargada de confeccionar los vestidos de mi hermana, de mamá y el mío fue  Nilda, la modista del barrio. 

Para mí volvieron a elegir el color rojo. La tela lisa. No sé a quién se le habrá ocurrido colocar en una hilera central y dos oblicuas que salían de la misma, pequeñas florcitas blancas. Para completar, medias zoquetes y zapatos de color blanco. No olvido sumarle mi corte de cabello… bien corto por motivo de mis eternos rulos. Ah, y como joya, los aritos de oro, aquellos de argolla llamados criollos.

Por suerte, sin tener mínima conciencia sobre la elegancia, el día del cumpleaños mi preocupación pasó por encontrar la mesa dulce, sin reparar demasiado en mi atuendo.

Pero para un Año Nuevo, llegó la revancha. Era costumbre de la familia estrenar algo para esas fechas, yo contaría unos diez años en ese entonces. El vestido, también hecho por Nilda, era de un color rosa pálido, estilo clásico. La pollera con una sobrefalda de gasa, y con la misma gasa, estaban confeccionadas las mangas cortas simulando volados.

Amé ese vestido, con él podía sentirme la nena más linda y más feliz.

Quizá en aquellos años, poco bastaba para serlo. Pues la mirada de los niños, por suerte, ve las cosas como muchas veces, no sabemos ver cuando somos adultos.

                                    Claudia (CABA)

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