Soledad


 3. SOLEDAD, COMPAÑERA DE LO QUE NO FUE

   Habría que definir la soledad o el sentimiento de soledad, también considero que merece una clasificación, porque, ¡hay tantos tipos de soledad!

   Voy a contar sobre mí, sobre lo sola que me sentí y cómo a veces me sigo sintiendo así: sola.

   Durante muchísimos años, tantos que ya casi no podría precisar, la soledad que me acompañó y me angustió fue la soledad como mujer. Cada evento familiar, cada salida con amigos, cada visita al médico, cada duelo doloroso, cada veraneo, allí estaba yo solita, sin pareja, necesitando ese buen marido que me buscara en su auto cuando el temporal amenazaba, ese que me tomara de la mano para caminar por la playa, el que cargara las valijas más pesadas, el que me diese una abrazo contenedor cuando necesitara llorar a mares, el que brindara a solas conmigo comenzando el año nuevo, el que  bailara sin ritmo en la pista improvisada de una fiesta, ese a quien pudiera contarle mis debilidades y secretos y ese que me apoyara en alguna iniciativa, por más disparatada que fuese. El que me dijera:” Gorda, dale para adelante, si querés dejá ese colegio que con mi sueldo nos arreglaremos hasta que consigas otro”. Ese que me preparara una sorpresa de cumple o me llevara mates a la cama una mañana de un domingo otoñal. Ese que me regalara mi perfume preferido para un aniversario o un día de los enamorados. Ese que cocinara algo rico para mí. Ese que me esperara en la cama para calentar mis pies. Ese que me dejara exhausta después de un encuentro sexual. Ese que me alcanzara un remedio cuando me sintiera mal. Todo eso que no tuve y que siempre añoré estaría encarnado en un hombre bueno y compañero, aquel que no fui capaz de conquistar o que la vida me negó (o me negué por miedo), cómo saberlo.

   Podría elegir un momento clave, cuando la soledad me invadió de un modo visceral, abrumada por una profunda y compleja contradicción de emociones y sentimientos. Mi hija, ya grande, había decidido vivir con su novio antes de casarse. Yo estaba feliz por ella, es más, se había concretado mi ansiado sueño de no verla sola y sin pareja, como me pasaba a mí, salvando las distancias. Ella había pasado los treinta y el hecho de que no tuviera una relación estable, seré antigua, me preocupaba sobremanera. Así que me sobraban motivos para estar feliz. Aún conservo una foto de la cena de despedida en un restaurante cercano, allí las dos solitas cenamos antes de su mudanza. Pero luego vino la vida cotidiana, y entonces el dos ambientes me quedó grande, el silencio me aturdía, y vi mi imagen agigantada SOLA, cenando frente al televisor, con el único plato en la mesa y la compañía de mi vieja perra (la cual había quedado conmigo por un acuerdo justo con Romina). ¿Qué me pasaba? ¿Es que nada me venía bien? ¿Tanto me preocupaba por mi hija y ahora me sentía mal? ¿Sentía lástima por mí misma? ¿Por qué no me había preocupado antes para conseguir a alguien? ¿Por qué había priorizado mi rol materno? ¿Tan estúpida había sido?

   Así fue que me sentía tan mal, que comencé terapia nuevamente. No me sirvió de mucho. El tiempo, el trabajo, las obligaciones y las amistades, hicieron su parte. Me fui acostumbrando. Debo reconocer que ahora, en ciertos momentos lo prefiero. Se mantiene todo más ordenado, el dinero me rinde mejor, decido qué y cuándo hacer o deshacer, no hay controversias de ningún tipo y otras tantas ventajas. Eso sí, el momento de meterme en la cama y hacer mis oraciones antes de dormir, son clave, porque sí, renuevo ese sentimiento de dolor que se mezcla con el temor o la incertidumbre. ¿El resto de mis días será igual? ¿Me moriré sola, así en casa sin que nadie lo advierta hasta el día siguiente? ¿Realmente a estas alturas, quiero convivir con un señor de mi edad? No lo sé, hoy por hoy digo que no. Que sí quiero conocer a alguien que despierte en mí algunas sensaciones y deseos dormidos, sí un señor con quien compartir parte de mi vida. Un señor que acepte ciertos condicionamientos, sin compromisos serios, sin convivencia permanente. Alguien que comprenda que esta SOLEDAD se fue convirtiendo sin pensarlo, en una especie de LIBERTAD.

Bertha 2003 (CABA)


2. UNO MISMO

Amo levantarme temprano y disfrutar de la soledad de la mañana, cumplir con mis ritos: agua tibia, frutas frescas, leer el diario o algo que despierte mi interés, antes del desayuno, que compartiré una hora o aún más tarde, con mi marido.

Cuando no puedo dormir y doy vueltas en la cama, me levanto, bajo y disfruto de la soledad que me calma y me permite centrarme. Esto ocurre muchas veces, cuando aún hay estrellas en el cielo. Si veo que el sueño vuelve, regreso al dormitorio.

Amo la buena compañía, mis hijos, mi nieto y mis amigos, pero disfruto de la soledad que me permite concentrarme en mis dudas, proyectos o en mis trabajos.

Extraño los encuentros, las sonrisas, los abrazos y los besos. Espero que vuelvan pronto.

Por las noches cenamos temprano, luego vemos alguna serie, mi marido se queda con la computadora o viendo una película, yo me marcho a la cama donde me espera un libro o unos sudokus o palabras cruzadas. Siento que me desconectan, me relajan y me llevan a encontrar el sueño esperado. ¡Pensar que de chica y adolescente era nocturna! Mamá me decía que era un ave de la noche (natchtvogel) Pero no hay dudas de que era el placer de estar sola que me llevaba a quedarme hasta tarde.

Es bueno saber estar con uno mismo.

Cristina (CABA)

 

1. LA SOLEDAD DE LOS ENFERMOS

Nochebuena. Microrrelato de Eduardo Galeano, extraído de “El libro de los abrazos”.

Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedía permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

–Decile a… –susurró el niño–. Decile a alguien, que yo estoy aquí.

 

Alguien

Esa mañana no pude salir de la cama. Me desmayé camino al baño. En cuanto me recuperé la llamé a su celular. Diez minutos después Martha me llevaba a la clínica. Yo no podía mantenerme de pie, pero ella me sostenía. Anemia aguda fue el diagnóstico en la guardia. Mientras esperaba en la camilla a que autorizaran las transfusiones de sangre, escuchaba las voces que me rodeaban. Las enfermeras preguntaban a los médicos por los síntomas de los recién llegados. Los familiares daban ánimo e indicaciones a los suyos. Todos hablaban con alguien, menos yo. Yo estaba sola, en una camilla de sábanas blancas, rodeada por cortinas del mismo color. Martha no estaba, nos habían separado, le habían pedido hacer no se qué trámite en otro piso. Yo veía algunas siluetas pasar por los pasillos, y oía voces. Hablaban de todo, menos de mí. Entonces descubrí que había dejado mi celular en casa. De todas maneras, no tenía fuerzas para llamar a nadie. Pensé qué pasaría si moría en el siguiente desmayo, si mi corazón no aguantaba más. Concluí que nadie lo notaría, que moriría sola, rodeada de voces que no preguntaban por mí. Cerré los ojos. No se si fue un desmayo, o si me dormí. Los gritos me fueron llegando desde lejos. Era Martha que avanzaba por el pasillo insistiendo en que la dejaran pasar, que tenía que verme. Tuve la certeza de que ella siempre sabría cómo encontrarme y desperté. Durante horas, me hablo mucho. Dijo de todo, pero no recuerdo qué. En verdad, dijo muy poco, porque a su manera me repitió siempre lo mismo: “Yo sabía que vos estabas ahí”.

MAD (CABA)

 

 

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