6. CONDUCTAS
Tal vez no encuadren específicamente en la etimología de la palabra, más a decir verdad algunas conductas forman parte de la genética, otras se adquieren por contagio quizá y otras se hacen propias.
Olvidarnos cosas es una de las situaciones que más he heredado de los ancestros maternos.
Anteojos, llaves, cargadores de teléfonos, alguna prenda, son infaltables en cada viaje y cada casa a la que arribo.
En época de escuela fue casi contagioso. Era famosa por mis olvidos y en oportunidad, hasta sirvió para burla con malicia.
Llegar a las siete y veinte, y darme cuenta de que el par de anteojos para leer de cerca había quedado en casa creo que fue rutina semanal y siempre alguien aparecía para buscarlos y que yo no faltar a mis obligaciones.
El no encontrar documentación importante hacía que inmediatamente culpase al menos indicado como responsable de haberlo cambiado de lugar para darme cuenta a los diez minutos que había sido yo quien lo había sacado del cajón mío y dejado en el de Eva.
En casa, el ritual de todas las noches: bajar la llave de gas y cerrar la puerta con llaves.
Levantarme cada noche para corroborar eso, parte de la normalidad.
La duda que carcome la cabeza y no deja focalizar lo importante, sensación de debilidad y la impotencia de no creer en lo que hice.
En una oportunidad, viajé trescientos kilómetros que fueron eternos, mí cabeza no dejaba de imaginar si el enchufe de la plancha estaba colgado de la tabla o colocado en el toma.
No había celulares ni vecinos.
Pensé, pensé y pensé y recordé que lo había desenchufado.
Quedar a cargo del cuidado de casa de mamá, y volverme a los diez minutos para tocar la puerta y asegurarme de que estaba cerrada.
Por suerte nunca pasó a mayores.
No tengo obsesión con limpieza ni orden, me gusta que este ordenado el ambiente mas la casa para mí es para disfrutar y vivir .
Si el almohadón no está en el lugar que corresponde o la campera está en la silla y no en el perchero, poco me importa.
Lo que si no puedo dejar al libre albedrío, son los platos, vasos y fuentes al terminar una comida.
Si hay invitados, la charla y el disfrute, ante todo
Hay tiempo luego que se van para completar el aliado infaltable: lavavajillas.
Lo único que casi exigí para la nueva casa.
Lo compramos mucho tiempo antes de finalizar la obra y, para mí, es una de las maravillas del mundo
Se carga con todo, jabón y abrillantador, y al otro día, impecable y brillante casa pieza.
La habitación, con solo tender la cama y guardar ropa, da un lindo escenario de orden .
La cocina, con mesada extensa, suficiente harina , azúcar y huevos, es mí mayor deleite y desquite.
Mí momento más preciado ….
Puedo estar horas y horas hasta que mí columna diga basta para sí, en ese instante, limpiar todo y esperar un nuevo día.
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
5. ¿TOCS?
Tenía una vaga idea sobre los diferentes TOC que podemos padecer las personas, me puse a investigar un poco. Se trata de un Trastorno Obsesivo Compulsivo, por lo cual muchas conductas que consideramos normales, no lo son tanto. Hablando de esta consigna con mi nieto, lo primero que me dijo, fue que yo tenía el trastorno de la limpieza.
Si bien es cierto que me gusta el orden y la limpieza, no considero que en mí sea un TOC. En primer lugar limpio una vez al día y si al día siguiente no hace falta o tengo que salir desde temprano, no lo hago. No vuelvo de pasear y me pongo a barrer, considero que una persona obsesiva, barre cada vez que se cae una miga, repasa los muebles por las noches, porque otra vez tienen tierra, ni le limpio las suelas de los zapatos a la gente que entra a casa, por temor a la contaminación. Para mi nieto tal vez lo soy, y se lo dije, que él vivió siempre en un hogar donde la limpieza brillaba por su ausencia, donde todo era un amontonamiento de cosas y ver que yo tengo la casa al día, le parece una cosa innecesaria. Tampoco puede comprender, que el orden para mí es una forma de vida y que al hacerlo siento satisfacción y no un karma.
Hay dos cuestiones que sí me persiguen, una seguramente es un TOC y es el temor a dejar la cocina encendida, ahora más aún porque mi cocina es eléctrica y al no ver la llama mi duda es mayor. Controlo mil veces que las perillas estén bien. Además cuando salgo verifico que la puerta del departamento quede bien cerrada, ni hablar ahora que mi nieto vive en casa, le repito veinte veces que cierre bien cuando sale a la calle si yo no estoy. El otro tema no estoy segura de que sea un TOC, pero lo menciono porque es algo recurrente y desde hace bastante tiempo, temo venir de algún lado, ya sea estando de vacaciones o paseando, y que al llegar a casa me encuentre con alguna mala noticia. Asocié esto que me pasa con un trastorno, porque este tipo de comportamientos se asocia con pensamientos no deseados.
Soy obsesiva cuando deseo algo y hago lo imposible por lograrlo, lo pienso de mil formas, lo elaboro en mi mente, le doy forma hasta que puedo concretarlo, pero creo que pasa más por alcanzar mis objetivos, que por un trastorno compulsivo.
Li (CABA)
4. OBSESIÓN
Imposible no tener obsesiones.
En modo zen no hay nadie. Yo no soy la excepción.
Entre otras, mi olfato se destaca.
No soporto los olores.
Ninguno me es indiferente y todo mi cuerpo se pone en alerta cuando los detecta.
He bajado de taxis antes de tiempo por no aguantar el olor, he discutido con el coreanito del quinto piso cuando el baño chiquito se impregnaba de no sé qué tufo salía de lo que cocinaban. Abrir las ventanas con temporales, sentir náuseas al acercarme a cualquier florero o en una sala de espera, no comprar en alguna carnicería, cambiar los trapos de la cocina más de una vez aunque estén nuevos, decirle a Roberto que sentía olor a gas en casa y, como me conoce, me conteste…no Gaby…no hay pérdida…no se quejó nadie más…las ropas con falta de higiene, el del encierro.
Me tapo la nariz con el cuello del pulóver, no respiro hasta que pase, acá hay olor y el flaco mira para arriba…
En fin, debe ser porque tengo nariz grande.
Hasta he conversado con Guille sobre el olor que inexorablemente trae la vejez y le he dicho que quiero que me perfume el último minuto… ¿por qué yo?…lindo trabajito… ¡Vos también caes en la volteada!
Qué se yo, manías. Ni los sahumerios me salvan, ni el Glade ayuda en el baño (¡porque es peor!), ni el aromatizador, ni las velas perfumadas.
Olor hediondo mezclado con J’ adore. No va.
Sin embargo cuando tuve que hundir mis manos en despojos lo he hecho.
Mi cuerpo no ha soportado nunca el cementerio y sus grises asquerosos, los malolientes deterioros del tiempo ni los apestosos frasquitos de El Perfume que intuía al mirar la película.
Laurel, canela y romero; benjuí, mirra e incienso…lo que quieran, tengo.
Gabriela Potenza (CABA)
3. CONTAR
Nunca puedo ir a la verdulería y comprar una cantidad de frutas o verduras que no sea múltiplos de dos o de cinco.
Lo intento una y otra vez. Cuando estoy agarrando las manzanas pienso. "Lo tengo que lograr, voy a agarrar tres" . Acto seguido, dejo una o agarro otra más.
No soporto dormir con los placares abiertos. Me he levantado de la cama después de una hora intentando conciliar el sueño, sin poder lograrlo por la bendita puerta veinte centímetros corrida.
Si a la hora de acostarme el techo de la habitación tiene maderas no puedo evitar contar una y otra vez tirantes y tablas. Algo similar me ocurre en los baños, cuando me siento en el inodoro cuento azulejos de izquierda a derecha y de arriba a abajo y luego multiplicó para calcular la cantidad que hay por cada pared.
Cuento columnas de luz en las autopistas cuando voy de acompañante. Cuento cantidad de botones en las prendas infinidad de veces. Cuento las baldosas de la vereda. Si son grandes no piso los bordes y si hay rejillas las evito. Me cuento dientes y muelas pasando la lengua como el testigo de que todos están allí.
No soporto cuadros torcidos ni adornos alineados como si fueran soldados.
Pero el toc más fuerte que tengo y que le gana a todos es que por favor no se moje toda la yerba del mate al cebarlo.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
2. LA LIMPIEZA AYER Y HOY
Me veo hace algunos años.
Correteo por mi casa juntando juguetes, bajando y subiendo libros de la biblioteca en los exactos lugares de mayor a menor. Me veo lavando zapatillas, blanqueando guardapolvos, sacando toda la ropa del placard para ordenar repetidamente buzo con buzo, pantalón con pantalón.
Fui casi obsesiva con la limpieza y orden de mi casa, con la presencia de mis hijos.
¿Cómo soy hoy?
Me gusta el orden, pero sin obsesiones. Me doy permiso para dejar cosas por hacer, para dejar una campera en el perchero y guardarla mañana.
No me desbordan los vidrios sucios.
Algo de aquella mujer prolija sigue en mí y hasta me gusta, porque veo mi alrededor con tranquilidad, dándome tiempo para el orden pero priorizando mis momentos de paz.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
1. OBSESIÓN POR LOS PERSONAJES
Veo la serie. Me meto en la historia. La primera vez, la veo como si fuese un libro: comienzo, desarrollo y final. Lo hago a diario. Los personajes se van apoderando de mí: me voy encariñando con ellos, me atrapan sus personalidades, sus gestos y sus caras. A veces me enamoro de él, sea el bueno o el villano. Están todo el día en mis pensamientos; qué van a hacer hoy; cómo van a resolver tal problema o si va a morir el bueno. No veo la hora de llegar a mi casa, después del trabajo, para continuar viendo el motivo de mi obsesión.
Cuando termina la serie siento desolación, es como si me faltara algo, me siento vacía. Entonces espero un fin de semana largo para volver a verla y adentrarme aún más en la historia: veo, rebobino y vuelvo a ver. Empiezo a prestar atención a cada diálogo, cada guión y cada movimiento. Y aparece otra vez la obsesión. Una adicción.
Siempre veo las series en su idioma, pero si tienen mucho efecto visual, las vuelvo a ver en español. Si, toda entera. He llegado a ver mis series favoritas hasta cinco o siete veces y sé que en cualquier momento lo haré de nuevo. Me pasa muy seguido que cuando estoy sumergida en una serie, pospongo salidas o las suspendo. Me olvido del tiempo y el espacio. Dejo de hacer cosas porque me tiene atrapada.
Breaking bad la vi siete veces; Game of thrones, la vi cinco veces y Outlander, cuatro.
Acabo de terminar la serie Loki. Es una serie de un dios villano. Es el hermano de Thor, hijo de Odín. Me obsesioné tanto con el personaje que empecé a ver todas las películas de Marvel en orden cronológico. Duran casi tres horas cada una, pero es como si fuese una serie. No dejaba de pensar en él. Me apego a aquellos personajes que tienen un conflicto con sus padres, que sufrieron y se hicieron malos por un trauma de la infancia o que, simplemente, están hartos de la humanidad, como Loki. Me siento sumamente identificada con él.
Cuando era chica era fan de todas las series policiales y de detectives. Me sentaba a mirarlas con mi hermano. Recuerdo cuando daban El hombre nuclear los días sábados, durante el verano. Íbamos a la pileta a la mañana y nos retirábamos al mediodía, justo en la hora en que comenzaba nuestra serie favorita y muchas veces no llegábamos a verla completa. Yo le decía a Dani: Ojalá existiera un televisor que se pudiera ver en el auto. Bueno, así de obsesivos éramos, sin perdernos un solo episodio y la veíamos una y otra vez. La familia Ingalls también fue una de las favoritas. A lo largo de toda mi vida, yo entraba a la casa de mis padres a las cinco en punto de la tarde, y allí estaba Dani, viendo nuestra serie. Cuando él falleció, yo hacía zapping y pasaba por el canal donde daban esta serie y me ponía a llorar. Este año, 2023, decidí verla completa y… ¿Qué fue lo que pasó?, me agarró la obsesión. Volvía del trabajo y a las cinco en punto de la tarde veía la serie, comprendiendo por qué le gustaba tanto a mi hermano.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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