14. LO ÚNICO NUESTRO
Viajar, viajar para
detener la rutina, para ordenar tu mente y tu vida. Viajar para huir del mundo
por un tiempo. Viajar para encontrarse,
para regar de sal amargos recuerdos o simplemente, para atesorar recuerdos nuevos.
Viajar para uno, por
uno. Con pareja, sola o con amigas. Viajar. Mates y galletitas de arroz y todo
estará completo.
En auto, ómnibus, tren
o barco. Viajar. Con expectativas, con mucho o poco equipaje. Viajar. Recordar
la adrenalina del rafting en el río más caudaloso de Chile.
Brasil de Sur a Norte.
Nadar con peces, rayas y delfines en un
mar tan calmo, azul y tibio, como salido del grifo. Viajar.
Asombrarse ante lo
inexplicable de las Pirámides Mayas. Viajar.
Falta mucho aún, no
alcanza la vida con sus tiempos y valores.
Viajar, indagar,
aprender, crecer. Saltar de lo conocido, pagando un precio razonable de dificultades y situaciones.
Hablar con las manos y
el rostro o balbuceando torpemente otro idioma. No morir en el intento.
Viajar. Dormir horas en
el suelo de un aeropuerto.
Tener qué contar,
evitando los lamentos, acumulando en la memoria sabores, olores, sensaciones,
lo único nuestro…Viajar.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
13. EXTRAÑA SENSACIÓN
Fue Liliana , mi
hermana, quien insistió en que viajáramos a Brasil solas de vacaciones; nuestro
humor por esos días había quedado en pausa
y me resultó una idea seductora.
Como a Liliana le gusta
el arte y a mí la historia, elegimos partir a Salvador de Bahía, contra toda
advertencia de nuestra familia de que dicho lugar no era seguro. Oídos sordos
por nuestra parte, tomamos las maletas y emprendimos el viaje felices y
riéndonos como focas durante todo el trayecto.
Ya instaladas en el
hotel, nos presentaron un joven, al que llamaré José, porque no recuerdo su
nombre, quien se ocuparía de llevarnos y traernos a todas las excursiones:
playas, islas paradisíacas, Morro San Paulo y más. No podía faltar el tan
ansiado city tour. Una mañana luego de un copioso desayuno de frutas y bolos,
partimos a recorrer la ciudad. José esforzaba su español para contarnos por
donde andábamos; parques, estatuas, estadio de juegos olímpicos , fotos, y lo más
esperado, el Peleurinho, lugar en plena plaza pública donde se encadenaban y
azotaban los esclavos, rodeado de tiendas de souvenirs y edificios coloridos,
estilo barroco portugués que datan de los siglos XVII Y XVIII. Por la zona se
encuentra también la Catedral Basílica de Salvador, la más grande de la ciudad.
Salvador se caracteriza por presentar gran cantidad de iglesias, los
colonizadores creyeron que de esa manera, podrían evangelizar los esclavos.
Me detendré en estas
dos visitas: al llegar al Peleurinho y
escuchar las historias de José, mis piernas comenzaron a temblar, mis manos se
helaron, a pesar de los treinta grados del momento, sensación que no
desapareció durante la visita a la catedral, por el contrario, los síntomas se
hicieron más intensos, comenzó a correr un frío inexplicable por mi espalda. Debí
sentarme, ahí quedé petrificada, sentía
dolor, gritos.
Liliana, fascinada,sacaba
fotos sin flash y se perdía entre los laberínticos pasillos. Se apoderó de mí
un llanto desconsolado, recuerdo solo repetir perdón, perdón. Lo recuerdo y lloro. He viajado al viejo mundo
donde visité catedrales, iglesias, museos, castillos, pero esa sensación nunca
más se hizo presente.
¿Habré sido en mis
vidas pasadas un esclavo?
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
12. VIAJAR
Viajar. Salir hacia un afuera desconocido. Aventura. Disfrutar lo que no se conoce. Observar todo con ojos azorados de niña. Percibir colores vastos, líneas onduladas por el viento, otros cielos.
Como si fuera imprescindible el abandonar de a ratos la casa, el lugar seguro, para conocer otros mundos, otras tierras. Aunque eso no implique más que ir a lo de una compañera de primaria en la misma cuadra para jugar a la tarde. Tener acceso a sus juguetes, sus preciados tesoros, que por unas pocas horas debe compartir con su visita. Visita gustosa, por un lado y molesta, por el otro. La obligación del prestar en ese universo creado por objetos únicos. Alegría y preocupación. Las dos juntas a la vez. ¿Inquietud gozosa? El permiso para jugar en la geografía de nuestra imaginación: alfombra mágica, té coqueto, reinas con capas de toallones. En cada historia, lugares deslumbrantes. Con lujo de detalles.
Luego el más allá de los transportes públicos. Esos sí que te pueden llevar lejos por las cuatro puntas de la rosa de los vientos. Claro que sí.
Mirar los dibujitos de la tarde en un televisor blanco y negro. ¿Cuán lejos están de nuestro presente “Los Picapiedras”?
Las vacaciones de los otros, de los que pueden y quieren. No ir nunca de vacaciones con mis padres y hermanos. Siempre la plata justa, poca plata, la plata que no alcanza, no hay plata para eso. Conocer el mar argentino por iniciativa de las monjas junto con las Exploradoras. Hacerse una sola con el mar y los pies enarenados. Recibir esa cuota enorme de energía y querer llorar de la emoción pero no. Repasar visualmente el monolito en honor a Alfonsina y preguntarse por qué sin conocer la respuesta. Ni llegar a imaginarla.
Viajar nuevamente a Mardel con mis suegros. Como familia gitana, varios que se llamaban tío y tía, algún novio y novia y las mujeres grandes que toman decisiones y los hombres que las acompañan. Cocinar para diez personas, ¡veinte huevos fritos impensados!, lavar cubiertos que usaron diez personas, reír y jugar de a diez personas. Tribu veraniega para ese estío.
Regresar, siempre regresar a la playa argenta de a tres, de a cuatro y con el perro.
Esperar por esa magia. Falta poco.
Edith Oxilia (CABA)
11. PROMO 82
Abril de 1982.
Ultimo año de secundaria.
El conflicto entre Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña por la
soberanía de las Islas Malvinas apagaba bastante nuestro fulgor adolescente
sumergiéndonos en una tristeza estrenada y profunda por esos tantos casi
niños que marcharon al sur, amigos,
hermanos, primos, conocidos.
Hacia más de un año que veníamos organizando matinés en Jalkis, con el
acuerdo del dueño que nos daba el cincuenta por ciento de la venta de entradas
para realizar el añorado viaje a Bariloche.
Cada sábado el boliche explotaba de chiquillos de las cinco secundarias de
nuestro Lujan-Jáuregui.
En el proceso de esos días de fusiles, por supuesto que suspendimos el
objetivo de ahorro. Pero ya contábamos con el dinero suficiente y gran parte
extra para el viaje.
En uno de esos días de angustia en los que se llenaban de lágrimas nuestros
pupitres decidimos donar el dinero para nuestros soldados.
El padre de Gaby, quien fue la que propuso el actuar solidario, tenía un importante
cargo municipal, perteneciendo a la dictadura cívico militar, y fue a quien le
entregamos el dinero el 14 de junio; mismo día que se anunció, por la tarde, la
rendición de las tropas argentinas dando final a la ola de violencia, atropello
y deshumanización transitada.
Ante reclamos del dinero, la oligarquía lujanense se escudó en la frase:
“lo donado no se devuelve y será utilizado para…bla, bla, bla…”
A cambio de eso, en octubre, nos regalaron la limosna de un viaje a
Chapadmalad en cabañas donde dormimos amontonados, compartimos un solo baño y
cocinamos fideos con tuco.
Igualmente nos reímos mucho, fortalecidos por el dolor. Y, aún hoy, somos
la promo 82 reflejando fotos repetidas el último viernes de cada mes.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
Cuando
conocí a Daniel, mi ex marido, allá por los años ochenta, siendo aún amigos nos
prometimos hacer un viaje por la Patagonia. Nos casamos en 1985 y estuvimos
ocho años sin salir de vacaciones ni planificar ningún viaje. Cuando los chicos
fueron un poco más grandes fuimos a Mar del Plata y a Córdoba, pero vacacionar
con él era una tortura: se quejaba y se tomaba su tiempo, demasiado para mi
gusto.
Años
más tarde empezamos a tener problemas matrimoniales y las ganas de viajar
juntos eran cada vez menos . Hasta que nos hicimos amigos de una pareja a
través de la música y planificamos el famoso viaje hacia la Patagonia para
enero de 1998. Yo tenía treinta y tres años. Fue un recorrido de quince días: comenzamos
por la costa chubutense y terminamos en la Cordillera. La primera ciudad que
conocimos fue Viedma y esa misma noche con muchísima tristeza decidí separarme
definitivamente de Daniel. Él no quería, pero fui terminante. Traté de
disimular todo el tiempo con mis hijos y mis amigos, mucho no podía. Los
paisajes eran bellísimos, el contingente y el coordinador eran perfectos, pero
yo llevaba mi angustia a cuestas. Hubo conflicto entre mi hija y la hija de mi
amigo y eso me puso peor. Pero después de esa primera semana trágica me puse en
positiva y comencé a tomarme ese viaje como un regalo de la vida, disfrutando
cada segundo con mis hijos y la naturaleza. Fueron días de cambios y reflexión.
Lo
que más me impactó de aquellos paisajes fue Punta
Tombo, muy cerca de Puerto Madryn, donde conviven pingüinos y lobos marinos;
esa parte del mar color turquesa me conmovió. Pude respirar y liberar los malos
pensamientos y me sentí parte de nuestro gigantesco planeta. Y el otro lugar
maravilloso fue el Parque Nacional Los
Alerces, donde dudé por un instante y me pregunté quién había pintado ese
cuadro natural. Le escribí a mi tío Oscar, que estaba enfermo de cáncer y a
punto de morir, con el que compartía la pasión por la naturaleza, y le conté
paso a paso la impresión que me ocasionaron aquellas hermosas y lejanas tierras.
Tres
meses después me separé y un año más tarde falleció mi tío. Fueron épocas
durísimas, de profunda pena. Pero aquel loco viaje que nos habíamos prometido,
o que tal vez me había prometido a mí misma, ayudó para
el comienzo de una buena amistad con Daniel, el padre que elegí para mis hijos.
9. VIAJAR SOLA
Soy el resultado de lo que viví, de lo que aprendí y de lo que elegí para no repetir modelos que no deseaba para mi vida.
Siempre fui una
convencida de que no se puede cambiar el pasado, pero sí está en
uno intentar modificar el futuro, de acuerdo a nuestro criterio y
posibilidades.
No sé
cuándo descubrí cómo quería ser, tal vez mi esencia fue
así desde el primer minuto de mi existencia.
Preferí
cambiar el enojo y la disconformidad que me rodearon por muchos años,
permitiéndome transitar el camino de la valoración propia y ajena, rescatando
mi parte optimista, ocupando mis espacios vacíos con proyectos y de esa formar
poder abrir un camino esperanzador.
Ni en los momentos
más oscuros que me tocó vivir, me cerré en la desgracia como
única posibilidad.
Viajar no cambiaba
mi realidad, pero sí me ayudaba a correrme del conflicto, me
permitía recuperar fuerzas y también priorizarme.
En cada viaje
descubrí mi capacidad de disfrute, sintiendo una sensación de
plenitud, que apaciguaba mi mente y liberaba mi alma.
Hoy que puedo
viajar sin tanto peso en mis hombros, mi disfrute es aún mayor. Me
doy cuentade que no solo es todo lo que hace al viaje lo que me
apasiona, sino también mi actitud de hacerlo posible, mi confianza de sentir
que todavía puedo, más allá de los prejuicios de terceros al
cuestionar mi decisión de viajar sola, sin tomar en cuenta que lo
maravilloso para mí es intentar hacer lo que más placer me da, lejos de
todo temor y toda duda..
Li (CABA)
8. BRINDIS EN ALTAMAR
27 de diciembre de 2017.
Tempranito por la mañana. Revuelo general.
Allí estábamos. Todos
listos para la aventura.
Mi mamá, mi papá, mis
hermanos, mi sobrina, mi marido, mi hija y yo. Nueve en total.
Una camioneta de
transporte escolar, con un amigo de mi hermano como chofer, pasó a buscarnos.
Uno a uno fuimos cargando nuestro equipaje y subiendo entusiasmados,
acomodándonos en los asientos, en medio de un alboroto generalizado. Entre
risas, gritos y chistes, llegamos al Puerto de Buenos Aires.
Ya en la sala de
embarque habían empezado nuestras vacaciones. Imposible pasar desapercibidos.
Éramos como chicos en un viaje de egresados. Nuestro primer viaje los nueve
juntos.
En realidad, no. Unos
meses antes, habíamos pasado unos días en Villa Carlos Paz para Semana Santa y,
entre charlas, proyectábamos unas vacaciones que no fueran en la costa
argentina, lugar en el que siempre coincidimos porque mis padres viven allí.
Brasil era el lugar
elegido. Con don Google como aliado, empezamos a averiguar posibles
alojamientos y costos. Debía ser cerca de la playa para que mis papás no
tuvieran inconvenientes para acceder. Empezamos mirando casas, luego hoteles y
más tarde hosterías. Los precios eran mayores a nuestras posibilidades y no estábamos
contando el costo del viaje. Fue así que mi hija dijo al pasar:
- Para pagar eso, vayamos a un crucero.
Sorprendida por nuestras
carcajadas, ya que considerábamos que deliraba, muy ofendida retrucó:
- ¿De qué se ríen? Termina siendo más barato si pensamos que el
precio incluye viaje, alojamiento y comida.
Las risas se apagaron y
en patota volvimos a interpelar a don Google. Y así fue como llegamos a esas
vacaciones nunca soñadas.
Año nuevo en altamar
frente a las costas de Río de Janeiro todos juntos. Mucho más de lo que alguna
vez nos hubiéramos atrevido a soñar. Mi mamá se empeñó en comprar una cabina con balcón, a pesar de la gran diferencia de dinero con las
internas.
- Me quiero dar el gusto, no sé si alguna vez volveré a tener un
viaje así.
Los demás compramos con cabina interior pero, con tan buena suerte, que vaya a saber por qué,
la empresa decidió realizar un upgrade y al momento de retirar los vouchers,
todos contábamos con balcón. Saltamos de alegría y pobre mi mamá, fue objeto de
todo tipo de bromas, por ser la única que lo había abonado.
Muertos de risa recordábamos ese momento,
cuando por los altoparlantes anunciaron la letra de nuestro voucher para
abordar el crucero.
Un micro nos llevó hasta
el barco. No podíamos creer la magnitud de ese monstruo de trece pisos, casi
trescientos metros de longitud, con capacidad para dos mil quinientos pasajeros
y casi mil tripulantes.
Subimos por las
escaleras y quedamos mudos por la belleza y el lujo de cada uno de los
ambientes que íbamos recorriendo.
El barco estaba
engalanado con motivo de las fiestas y parecía sacado de una película.
Hasta las once no
podíamos acceder a nuestra cabina, por lo que nos dedicamos a recorrer el
barco. Un mundo de gente haciendo lo mismo que nosotros.
Así comenzamos a visitar
los distintos sectores que durante los días siguientes terminaríamos de
recorrer.
Cinco restaurantes, diez
bares, el spa, la sala de exposiciones, el casino, la sala de juegos, la
lavandería, el salón de belleza, la discoteca, las diferentes tiendas, el
adorado buffet abierto las veinticuatro horas y, en la cubierta superior, la
pileta, el jacuzzi y cientos de reposeras. Allí, mate de por medio, comenzamos
a ponernos de acuerdo en cómo nos organizaríamos. El barco tenía el servicio de
internet, caro e ineficiente, por lo que desechamos esa opción por completo.
Sólo estaríamos comunicados a través de los teléfonos de las habitaciones.
A las once en punto, nos
dirigimos a instalarnos y desempacar.
Extasiados frente a la
vista que el balcón de nuestras habitaciones ofrecía. El río a nuestros pies
presagiaba la inmensidad del mar que en pocas horas disfrutaríamos.
Todo era un sueño.
A las siete de la tarde, el tronar de la
sirena, anunció la partida. Los barcos anclados en el puerto parecían de
juguete al lado de la majestuosidad del buque con bandera panameña, tan bien
llamado Poesía. Todo era un poema.
Costó ubicarse entre
tantos pasillos iguales, mucho más encontrarse con los demás miembros de la
familia, subiendo y bajando por alguno de los trece ascensores. Era una ciudad
sobre el agua.
La escala en Punta del
Este nos permitió conocer cada uno de los rincones de esa ciudad mítica. A bordo de una combi con una guía, fuimos
recorriéndola y cada vez que nos acercábamos a sus costas, el gigante Poesía
aparecía mágicamente frente a nuestros ojos.
Dos días enteros de
navegación hacia el siguiente destino nos permitieron descansar, disfrutar de
la recreación, el sol, la pileta y las funciones de teatro.
Sentarse a leer en el
balcón era un plan al que no podía resistirme, sin embargo, la belleza de la
vista desde allí, hacía que no pudiera concentrarme en sus páginas. Mirar la
inmensidad, la brisa bailando entre los cabellos y el silencio ensordecedor
fueron mi compañía un rato cada día, en el impensado balcón. Ni que hablar de
las noches antes de dormir. La sensación de eternidad se apoderaba de mis
pensamientos, mientras mis ojos intentaban atravesar la oscuridad.
Despertarse, abrir la
ventana y sentarse a ver el amanecer es algo imposible de describir con
palabras. Ni las fotografías le hicieron justicia. Tanta belleza no cabe en una
foto. Sólo nuestras retinas fueron las testigos privilegiadas de ese milagro.
Paz. Pura paz.
Esa paz que se quebró a
la noche, cuando, repentinamente, se cortó la luz y se encendieron las luces de
emergencia. Mi hermano menor, mi hija y yo, habíamos decidido acompañar a mis
sobrinas a recorrer los locales y hacer alguna compra, mientras el resto de la
familia disfrutaba de un show de tango en el teatro. Nos invadió un miedo
intenso, que tuvimos que disimular para que las nenas no se asustaran. Nos
dirigimos al teatro para unirnos al resto. Ellos estaban muy tranquilos,
esperando que se reanudara el espectáculo, dado que había muchas luces
prendidas y no llegaron a tomar conciencia del apagón. Pasado un ratito, nos
explicaron que había dejado de funcionar un motor y el tiempo que demoró en
volver la energía, fue lo que tardó el motor de repuesto en comenzar a trabajar.
Titanic, un poroto en mi
cabeza en ese momento.
El fin de año nos
encontró desembarcando en Río de Janeiro, con la obligada visita al Cristo
Redentor y una rápida recorrida por la ciudad, para luego pasar la tarde en la
playa de Copacabana. A las cinco de la tarde debíamos estar de vuelta en el
barco, porque la ciudad toda se prepara cada año para la celebración de Reveillon.
Luego de esa hora, ya se prohíbe volver a las embarcaciones.
Se trata de una
multitudinaria fiesta de Noche Vieja que se organiza en la playa de Copacabana, a
la que acuden alrededor de dos millones de personas para dar la bienvenida al
Año Nuevo. El principal atractivo del Reveillon es su grandiosa quema de fuegos
artificiales, Alrededor de veinticinco mil toneladas de productos pirotécnicos
son colocados en balsas, a unos metros de la costa y producen un espectáculo
maravilloso de luz y color. Pocas celebraciones de Año Nuevo en el mundo se
comparan con la que tiene lugar en la playa de Copacabana.
Nosotros, casi
accidentalmente, fuimos testigos y protagonistas de esa película maravillosa.
El espectáculo fue
indescriptible. Cuando la noche cayó, todos los cruceros amarraron frente a las
playas de Copacabana, formando con sus luces una postal mágica. Los pasajeros
vestidos de blanco, al igual que las personas que, en tierra, esperaban el año
nuevo. La música del barco se mezclaba con la proveniente de la playa, la que
se suspendió por el breve lapso del minuto previo a la medianoche, para gritar
al unísono la cuenta regresiva de los segundos que nos separaban del nuevo año.
60, 59, 58,……….3, 2,
1…….El cielo se cubrió de magia de figuras de fuego. Todas danzando al unísono
en una perfecta combinación de ruido y color. La cubierta fue una marea blanca
de abrazos emocionados. Ni qué contarles de la emoción al dar las doce de la
noche, iniciando el nuevo año, todos juntos, en el paraíso. Mis lágrimas caían
sin permiso mientras me abrazaba a los míos. Nunca olvidaré la mirada
emocionada de mi papá, con su gorra de capitán que había comprado en Venecia y
que lució orgulloso durante el viaje, al punto que los mozos, en su pobre
castellano, lo llamaron así todo el viaje. Los ojos húmedos de mi mamá y las
miradas de cariño cruzadas entre todos, como nunca antes.
A los treinta minutos de
comenzar el 2018, los barcos hicieron tronar sus sirenas, despidiéndose de la
magia de Río, para seguir camino y continuar celebrando a bordo. Otro
espectáculo incomparable a nada de lo que yo ya hubiera visto. Una noche
interminable de festejo, risas y emoción.
Costó madrugar para
desembarcar en Cabo Frío apenas entrada la mañana. Pero valió la pena.
Tomamos un taxi marítimo
hasta una zona más alejada. Cuando bajamos, vimos que, para llegar a la
playita, debíamos cruzar caminando el cabo. Toda una aventura con el agua hasta
la cintura y los bolsos sobre la cabeza.
Disfrutamos un rato de
la soledad de la playa hasta que comenzaron a llegar cientos de personas. El
problema fue que, al ser feriado, estaban, además de los turistas, los
ciudadanos brasileros celebrando el año nuevo en una de las zonas más cercanas
a Río. Un mundo de gente. Fue imposible almorzar porque los mozos no daban
abasto. Se acercaba el horario en que debíamos volver a tomar el taxi de
regreso hasta el crucero y no nos daba el tiempo. Cuando decidimos emprender el
regreso, nos dimos cuenta de que la marea había subido bastante. Era necesario
cruzar cerca de la soga con boyas destinadas a protegernos, para evitar
cualquier peligro. Aprovechamos que había un botecito y, por pocos reales, se
subió mi papá con todos los bolsos, ya que iba a ser muy difícil protegerlos de
la mojadura. Queríamos que mi mamá lo acompañara, pero ella, muy arriesgada
siempre, estaba encantada con la aventura de cruzar a pie.
Aventura bastante
difícil, con dos menores de edad y una persona mayor. A mis hermanos, a mi hija
y a mí, no nos alcanzaban las manos para auxiliarlas. Especialmente a mi mamá a
quien, en un momento dado, la marea parecía arrastrarla sin piedad. Pasado el
susto, quedó la anécdota. Llegamos al otro lado de la orilla, empapados pero
felices, mientras mi papá nos esperaba sequito en la playa. El único que no se
salvó fue el celular de mi mamá, que se ahogó en el intento.
De regreso en el
crucero, almorzamos casi a las seis de la tarde. Hambrientos y cansados, pero
muertos de risa, recordando las peripecias del día.
Al día siguiente, Ilha
Grande fue el destino. Un paraíso. Aguas cálidas y mansas nos regalaron un
paseo en lancha, juegos acuáticos, comida rica y fotos soñadas.
Ese fue el último
desembarco antes de enfrentar dos largos días de navegación de vuelta hacia
Buenos Aires.
Esos días nos
permitieron disfrutar de las posibilidades que el crucero nos ofrecía y que,
hasta ese momento, no habíamos tenido el tiempo suficiente. Bares temáticos con
rincones acogedores, músicos en todos los pisos, baile, recreación, fiestas de
gala, funciones de teatro y, lo que más disfrutamos, meriendas interminables en
la cubierta del barco, todos juntos hasta el anochecer, deseando que ese viaje
nunca terminara.
Empezar el año en un
lugar soñado, rodeada de mis seres más queridos, a bordo de un sueño
compartido, fue mucho más de lo que podíamos pedir cuando planeábamos unas
simples vacaciones.
Valió cada peso y cada
desencuentro. Recibimos todos y cada uno, una dosis enorme de energía, mimos,
risas y recuerdos para toda la vida.
Cada una de las
fotografías es un instante mágico, único, que nos llena de nostalgia.
Esa misma nostalgia que
nos impulsará, seguramente, a acariciar un nuevo sueño y así, proyectar juntos,
otra entrañable aventura.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
7. PASIÓN POR VIAJAR
Realmente
todavía no entiendo, cuándo nació en mí esta pasión por
viajar.
Seguramente tiene que ver con esa necesidad de no
quedarme estancada en la vida, en mis sueños y en mis decisiones, es una
rebeldía o un desafío de querer ir siempre un poco más allá.
Es un desafío conmigo misma, probándome
que puedo, aun no sabiendo cómo, arriesgando más allá
de mis temores.
No es una herencia familia mi tenacidad, es
un mérito propio, el cual valoro, disfruto y me enorgullece
Tengo varios viajes en mi haber, algunos acompañada
por mi hija. El viaje que hicimos a Calafate, nunca olvidaré la
emoción que sentí cuando tuve enfrente de mí el
Glaciar Perito Moreno, me corrían las lágrimas, su imponente
belleza supero todas mis expectativas.
Con una amiga recorrí el norte argentino, Salta,
Jujuy, Tucumán, las termas en Santiago del Estero. En ese viaje pude
apreciar la naturaleza en estado puro, como ofreciendo
orgullosa toda su grandeza, reflejada en sus montañas de siete colores, sus
inmensos cactus erguidos y radiantes en ese sol abrasador del verano del norte,
sus caídas de agua, sus casitas perdidas en la montaña, la amabilidad de la
gente, todo rodeado de colorido y cálida escenografía natural.
Recorrí Córdoba, también hermosa provincia.
A Merlo, San Luis, fui con mi nieta Mica. Días
inolvidables, excursiones donde pudimos apreciar la belleza del
lugar, caminatas por las piedras, por donde corrían aguas
cristalinas, paseos por esas calles tan onduladas que al subir te faltaba
el aire, su gente amable, tranquila, con costumbres de pueblo. También
visitamos cervecerías, playas, iglesias,, Hermosos días compartidos con mi
nieta.
A Cataratas fui con mi esposo, la primera vez que él
viajaba en avión y la última, después no quiso saber más nada. La
estadía fue hermosa para ambos, las Cataratas con su imponente caudal de
agua, recorrimos un lugar que exponían aves de todo tipo, pasamos por
debajo de las Cataratas en gomón, toda una aventura, lo más cómico era
ver la cara de terror de mi marido, una linda experiencia juntos.
El viaje a Brasil lo hice sola, fue todo un
logro y también un desafío. Cuando bajé en el
aeropuerto de Río de Janeiro con mi maleta, mi pregunta fue, ¿y ahora? Y me
contesté ahora arreglate, quisiste vivir
una aventura, así qué adelante, y así hice, me esperaba la
combi, para después de más de tres horas de viaje por tierra llegar a
Buzios. Para ese entonces se me habían acabado las dudas y los temores y,
de verdad, los días siguientes fueron toda una aventura. Subí al barco, de ahí
al bote que me acercó a playas inhóspitas de arenas blancas y aguas
transparentes, excursiones por tierra, a otras playas, paseé por
calles adoquinadas rumbo al centro, que quedaba a veinte cuadras, recorrí
todo, cené en un restaurante y tomé de vuelta una combi muy cómica,
que hacía el trayecto del centro a las posadas de la playa,. Desde el balcón
de la habitación veía el mar, la pileta y el restorán.
Se cortó Internet y no pude comunicarme con
mi familia como lo hacía a diario. Mi marido se
preocupó y le pidió a mi hija que llamase a la posada y
ahí se dieron cuenta de que yo me había olvidado de dejar el teléfono del lugar donde estaba
parando y el nombre. Vanesa tenía una vaga idea porque yo en los comentarios
que le hacía del viaje, se la había nombrado, la cosa es que empezó
a llamar no sé a dónde hasta que dio con la posada y ahí le dieron información de mí, y el
porqué yo no podía comunicarme, ya que se había cortado el Internet, todo
un revuelo por mi olvido.
En una excursión a Río, caminando por las
playas de Copacabana e Ypanema, recordé esos días donde sin saberlo
con exactitud, presagiaba que algún día caminaría por esas playas.
Tengo muchos recuerdos grabados de esos
lugares maravillosos, que seguro me acompañarán cuando ya no
pueda viajar, pero aún no es el momento.
Todavía doy batalla para seguir regalándome
momentos y lugares inolvidables como el que próximamente visitaré.
Siempre soñé con poder conocer el faro de fin
del mundo y si Dios lo permite, el veintiocho de este mes parto para
cumplir mi sueño, me siento feliz y ansiosa de poder recorrer la ciudad
más autral y deseo que los días que esté en Ushuaia pueda conocer la
nieve y disfrutar de ese lugar, que según cuenta la gente, es maravilloso.
Li (CABA)
6. EL VIAJAR ES UN PLACER QUE NOS SUELE SUCEDER
Claro, si de placer se trata…
Hay viajes obligados, por trabajo,
urgencias, tristezas que en este relato no cuentan.
Sin embargo en mi vida hubo muchos
viajes.
Ezeiza y Aeroparque fue recorrido
obligado para mi marido y para mí como un boleto de colectivo.
Nuestros hermanos, Mariana y Daniel, se
fueron hace más de veinte años de Argentina. La parte más joven de la familia, tíos,
sobrinos, cuñados, hermanos no estuvieron en lo cotidiano. Había que cruzar
inexorablemente un océano para vernos.
Los viejos, cuando podían, iban y venían,
y ahí estaba nuestro auto para despedir
y recibir a todos.
Guillermo también se iba a menudo por
trabajo, pero se iba.
Viajes que no eran míos sin embargo hacían
que siempre hubiera un papel en la puerta de la heladera agendando un
recorrido, una fecha, un número de vuelo, para recordar que me las tenía que
arreglar sola…
Cuando nuestros hijos crecieron también
intentamos fortalecer lazos de hermandad y empezamos a viajar de vez en cuando
aprovechando los destinos laborales de mi marido.
Yo
me quedaba esa semana en Madrid o Padova y él se enganchaba al terminar las
ferias desde donde estuviera para compartir uno o dos días en familia y volver.
No eran muchos días pero nos hacía bien.No
es fácil la epopeya de unir la familia a distancia. Con algunos dio resultado;
con otros,no.
Ese fue un tiempo. Y la vida siguió
escribiendo lejanías para nosotros.
Era algo habitual y aunque por ahí escuchábamos
qué bueno te van para allá, a nosotros no nos sonaba de la misma manera hacer
esos viajes.
Fue cuando nos dimos cuenta de que
siempre dependíamos de otros hasta en eso.
Así, decididos, programamos uno sin
laburo, sin familias, sin cumplir, sin unir a nadie.
De ese primer viaje llevo los mejores
recuerdos.
Fuimos sin rumbo fijo como le decía
cuando estábamos de novios y salíamos a pasear, sin itinerario, sin
excursiones, sin lugares donde dormir. Así fue. Lo fuimos armando y sorprendiéndonos
cada día. Divertidos y charlatanes, curiosos y abiertos a la maravillosa
experiencia de conocer.
Bastaba un poco de queso, uvas y un
vinito para pasar el día o parar en una boulangerie a comprar algo dulce,
descubrir gente y costumbres, lugares que aparecían sin querer. Y descansar.
Lo hicimos solos, en absoluta buena
soledad. Nos reencontramos sin saber. El lugar, la comida, la gente, todo colaboró
para que fuéramos felices lejos de casa.
No había preocupaciones ni problemas a
resolver.
Hacía esfuerzo por pensar en lo que había
dejado atrás.
Guille era otro. Él y sus estructuras desmoronadas frente a mi
desorden espontáneo, al idioma que solo manejaba yo, a los imprevistos porque
nada estaba armado salvo el boleto de regreso.
En realidad éramos los mismos y algo nos
lo estaba haciendo recordar.
Fue también la primera vez que lloré
reconociendo mi emoción fuera de los partos. Lloraban mis ojos mientras mi boca
sonreía.
Un buen recuerdo. Un espacio feliz en la
memoria y los sentidos.
Recuperar el diálogo sin esfuerzos y en una geografía desconocida.
Ser viajero es, como lo indica su definición,toda
persona que se desplaza entre dos lugares geográficos distintos por cualquier
motivo y duración.
Interesante. No quedarse en el lugar,
desinstalarse. No importan los kilómetros. Crear un paisaje individual donde
refugiarse y reconocernos en la propia mirada y poder ser felices.
Gabriela Potenza (CABA)
5. VIAJE INICIÁTICO
Tenía dieciocho años. Había vivido mi primer año de facultad, a seiscientos kilómetros y pudiendo ir poco a mi pueblo, debido a las inundaciones que hicieron estragos en la zona. Fue muy difícil, extrañaba mucho mi casa, mi familia, mis amigos. De repente nos habíamos desparramado entre Buenos Aires, La Plata y algunos quedaron en Trenque Lauquen. Ya no nos veíamos a diario ni salíamos todos los fines de semana. A mitad de año me quise volver y mis viejos con mucha sensatez se pusieron firmes y me dijeron que de ninguna manera.
Ya a la segunda mitad empecé a
sentir que mis compañeros, con los que cursaba todo el día, empezaban a ser mis
amigos también. A través de algunos de ellos fui conociendo gente de otras
carreras y facultades y empecé a sentir que estábamos todos en la misma
sintonía. Y así fue que para fin de año, no sé ni cómo sucedió, éramos quince
los que nos íbamos a encontrar en Bariloche para viajar todos juntos en el
verano.
Fue un viaje iniciático para
mí. Por primera vez, con dieciocho años, viajaba con amigos, de mochilera, a
dedo. A conocer lugares, gentes y paisajes que ni siquiera había visto en
fotos. Solo había viajado a Bariloche y alrededores hasta ese momento.
Todo fue increíble, aún hoy,
pasados treinta y cinco años, disfruto los recuerdos y relatos de esas
vacaciones.
Fui en micro hasta Santa Rosa,
desde allí en camión hasta Bariloche con una amiga. Raúl, el hombre que nos
llevaba, iba a construir su cabaña allí. Viajábamos en un camión lleno de troncos y una casilla rodante enganchada
atrás. Le pedimos ir en ella y nos dijo que no, que era peligroso. ¡Menos mal!
A los doscientos kilómetros la casilla de desprendió y quedó hecha un bollo al
costado del camino. Seguimos viaje, de a ratos atrás sentadas en los troncos y
de a ratos cebándole mate a los camioneros y esquivando todo tipo de
insinuaciones.
Entrando a Bariloche se
cortaron los frenos del camión. Quien lo conducía, con una pericia increíble,
fue bajando la velocidad y estacionó en la banquina.
Raúl paró una camioneta de unos
viejitos y les pidió que nos llevara a nosotras a la casa de su amigo. Allí la
familia nos recibió como si fuésemos sus amigas, cenamos todos juntos, nos
reímos mucho y luego nos dieron una cabaña a estrenar para que durmiéramos esa
noche.
Todo había arrancado con sabor
a aventura y mucha adrenalina. En un solo día nos habían pasado cosas
increíbles.
Al día siguiente tomamos
nuestras mochilas y nos fuimos al Centro Cívico, punto de encuentro pactado
para ese día. Fue increíble, mis amigos venían desde diferentes puntos, a
algunos les había llevado tres días llegar a dedo, pero todos estábamos allí,
en el lugar y la fecha acordados.
Para la tarde ya se nos había
acoplado un grupo de cinco chicos de Quilmes y un señor que estaba sentado en
un banco, nos ofreció una cabaña vacía para pasar la noche. ¡Éramos diecinueve
durmiendo todos juntos en nuestras bolsas de dormir! Y cada vez que se hacía un
silencio alguien decía alguna pavada y todos rompíamos a carcajadas.
Al día siguiente y de ahí en
mas, nos organizamos en grupos, de a dos o tres para hacer dedo y poníamos el
próximo punto de encuentro. Fueron quince días de cocinar para todos, bañarnos
en las aguas heladas de los lagos, tomar vino y guitarrear a la noche. Reírnos
hasta que se nos acalambraba la panza, mirar un cielo que para mí era
desconocido. Conocer gente nueva todos los días (así sumamos a tres amigos más
de Capital que siguieron el recorrido con nosotros). No puedo decir que tenga
ni un solo recuerdo desagradable de ese viaje. La invasión de abejas en el Lago
Guillelmo, las dificultades para ir al baño, el frío a la noche, el cansancio
de caminar y caminar con las mochilas a cuestas, con carpas y caños
pesadísimos. Todo era aventura, todo estaba teñido de risas y de la sensación, y
no me equivoqué, de que esa iba a ser una aventura que iba a marcar mi vida
para siempre.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
4. VENECIA SIN UBICACIÓN
En el 2017 nos fuimos Claudio y yo a
Europa en una suerte de viaje osado, alocado, imprevisible. Me quedó claro
desde el inicio -compra de boletos de avión- que todo recaía bajo mi exclusiva
responsabilidad. Algunos comentarios sobre elecciones de ciudades y días para
pasear fueron todo nuestro intercambio. En ese entonces, mi compañero estaba
desbordado de trabajo y necesitaba concentrarse mucho. Eso le quitaba energía
para cualquier otro asunto. Dejó el tema en mis manos: ya lo resolvería bien. A
eso me dedico: resolutiva la muchacha.
No dispondríamos de conexión hasta estar
en los hoteles, de modo tal que me escribí con esmero mi propio GPS en un
cuadernillo Rivadavia color rojo dejado por alguno de los chicos. Sabía que
Venecia era complicada por sus vueltas y mi dedicación fue mayor. Dibujé y
escribí nombres de calles y callecitas, nombres de negocios: todo lo que
consideraba útil. ¡Hubiera sido más fácil sacar una foto al Google Maps! De eso
me enteraría después.
Con nuestras valijas de cabina -siempre
viajamos con ellas- descendimos del tren que nos depositó en el conjunto de
islas. Nuestros amigos viajados nos habían recomendado Asís por ser más baratos
los alojamientos. La realidad fue que estar en Venecia sumó un plus incalculable.
La habitación del hotel era minúscula y ¡claro! daba a un canal por donde a la
mañana pasaba la barca de la verdulería. A los gritos se anunciaba y se
realizaban los pedidos desde otras ventanas cercanas. Mágico.
Regresemos a nuestra llegada. Llenode gente
por todas partes. Cuando giraba sobre mi derecha después de la parroquia
pequeña, no encontraba una calle sino un restorán que ocupaba una lugar en
sectores abiertos. Las mesas y los comensales nos frenaban la marcha. Fui y
volví sobre mis pasos no pudiendo dar crédito a lo que me estaba sucediendo: no
podía llegar al hotel. Ya casi al borde de las lágrimas, ingresé a un local de
venta de recuerdos y el vendedor me adivinó tan desesperada entre mi inglés y
el suyo que resolvió venderme un mapa gigante (y carísimo) y señalarme
prolijamente por dónde debía ir hasta el hotel.
Me salvó. Nos salvó.
El restorán ocupaba la calle por donde
nosotros debimos caminar pidiendo permiso -claro- entre las mesas; empezábamos a comprender lo ensortijado de la
ruta. Al llegar al hotel, le narré a la recepcionista de nuestra desorientación
y me indicó que a todos los turistas les sucedía lo mismo. Mal de muchos.
Hacía frío como para campera. Una vez
instalados, nos fuimos a dar alguna vuelta y regresamos comidos al hotel.
Disfrutamos cada noche de las orquestas de la Piazza San Marcos. Después de
cuatro noches, casi no quedaron secretos sin develar. En Torcello el señor con el acordeón a piano
nos deleitó con La Cumparsita. Sentirse cerca lejos de casa.
Edith Oxilia (CABA)
3. ME DA IGUAL
Casi no pude pensarlo.
Nos entregó un sobre con dos Boucher para que conociéramos Cataratas.
Fue sorpresa.
Para ella viajar es imprescindible, una ecuación hacia la felicidad.
Para mí lo innecesario, me da igual, treinta kilómetros, trescientos, mil o
cruzar el océano.
Me da igual, me conforma descansar en lugares sabidos de memoria.
Podría contarles la belleza de la flora y la fauna, la paz de las ruinas,
la maravilla e inmensidad de ese caer de aguas, la famosa Garganta del Diablo…
Sin embargo, sé que hay otros viajes imprescindibles, como el de hoy
jueves.
Tuve una semana espantosa, y lejos de poder emprender una salida, apague el
celu, desconecté el teléfono de línea, cerré con llave el portón del frente y
viaje por cada situación que desvela mis noches.
No sé si al verlas a ustedes, por la tarde, habré
descubierto la belleza del espacio pequeño que me rodea.
Tal vez solo podré afirmar que viajar me da igual, me da igual…
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
2. VIAJAR
Los viajes que he hecho, en general, están asociados a
las vacaciones. Provocan en mí, la misma idea y postura: no me disgustan las
vacaciones ni los viajes, simplemente, no necesito ni siento la urgencia de
hacerlos. Si es algo que puedo hacer, lo disfruto. Y si no puedo, no es algo
que extrañe ni lamente.
Hasta ahora, solo he viajado dentro del país. De
todos, uno de los más importantes para mí, fue conocer San Martín de los Andes.
He vuelto un par de veces, y cada vez, me ha hecho feliz estar allí. El Sur
tiene un encanto especial para mí, quién sabe por qué. Allí, en San Martín, es
como si me reencontrara conmigo misma y se despertaran todos mis sentidos.
Subir algún cerro, tomar un mate (compañero inseparable) en un mirador, recorrer
el camino de los lagos, sentarme en el muelle, todo tiene un sabor especial. Y
regresar a la cabaña donde me hospedo, arrebujarme en un sillón mientras leo,
escucho música u observo el paisaje por alguna ventana, me colma de placer.
Otro de los viajes que viene a mi mente, es el que
realicé a Puerto Madryn. Este fue un poco más “aventurero”, el avistaje de
ballenas y nadar junto a los lobos marinos, lo hizo único.
El viaje que realmente anhelo, aún no se ha
concretado. Es uno de mis proyectos, y confío poder realizarlo en algún momento
de mi vida. Se trata de conocer Inglaterra y Escocia. Son países que admiro.
Sus paisajes, sus ciudades de casas señoriales, las calles floridas de
Edimburgo, la campiña inglesa donde emergen los castillos de antaño. Quisiera poder reconocerme caminando por los lugares
que solo conozco a través de algunos de mis libros.
Por ahora, es solo un sueño. Bien vale la pena luchar
para lograr alcanzarlo.
Claudia Martorelli (CABA)
1. ESPAÑA 2009
No estaba en mis proyectos personales cruzar el océano al viejo mundo,
era solo un sueño, un deseo escondido en el fondo de mi alma que nunca expresé
y al que nunca pensé llegar. Dos años antes había comenzado un momento de mi
vida en el que se iban alineando los planetas. A mis cuarenta años encontré el
amor, nació mi nieto y comencé a cantar en el grupo vocal soñado. En un
concurso internacional de coros organizado en CABA, habíamos conocido a un Coro
muy importante y maravilloso de Cuba y del que posteriormente varios de sus
integrantes escaparon a España. En 2009, una de las chicas cubanas gestionó un
seminario de música argentina en Torre del Mar, Málaga y en tres meses grabamos
nuestro primer disco y allá fuimos. Caminaba entre nubes. Estaba viviendo aquel
sueño.
En
el momento de pisar Barajas sentí por
fin conocer a aquellos que habían venido a evangelizar
al nuevo mundo, realmente nos veía como un grupo de indios con el bombo a cuestas. Pasamos por Valladolid a visitar a
nuestra amiga y cuatro días después a Málaga. Subte, tren, micros del primer
mundo, barrios, olivos, puentes y el Mediterráneo. Nos recibieron como si
fuésemos estrellas de rock famosas y nos trataron como a Madonna y Paul Mc
Cartney. Fue tan emocionante estar cantando música argentina y del Río de la
Plata tan lejos de casa que lagrimeábamos a cada rato y valoré mi país y
nuestra gente por primera vez.
De
mi viaje de quince días rescato dos momentos maravillosos: mi amigo y amor
Walter cumplía cincuenta años y los anfitriones le regalaron un viaje en un
barquito por la costa mediterránea. Fue mágico. Como estar sumergida en la
historia medieval de guerreros y piratas europeos, una energía ancestral. Y el
segundo momento maravilloso fue estar caminando por la peatonal costanera de
Torre del Mar, mi amigo Oscar llevaba una camiseta de Argentina y un chico nos
saludó de lejos y nos dijo: ¡Oh!
¡Argentinos!, y comenzamos a cantar nuestro Himno Nacional a cuatro voces.
Ese mismo día a la noche, que era la última, vivimos una experiencia única: era
el ágape de despedida y estaba lleno de gente, comimos y tomamos, como toman
los europeos, y estábamos muy felices. Oscar, presumiendo de sus conocimientos
musicales, agarró la guitarra y se puso a tocar un tema que hacíamos a cuatro
voces; seguidamente un chico del grupo tomó la guitarra y se convirtió en la
noche más maravillosa de mi vida: estaba viviendo el verdadero Cante jondo, el real, el del pueblo
español; mujeres moviendo sus caderas y polleras y hombres expresando ese
aplauso tan particular flamenco. Inolvidable.
Quedará
escondido en mi memoria por siempre. Nos fuimos cumpliendo una misión: los
españoles de aquellos lugares no abrazaban y nos despidieron con lágrimas y
abrazos. Un viaje que quedará guardado en un rincón de mi
corazón. Mi viaje soñado, no solo por haber cruzado el charco, sino por esos
momentos inexplicables que viví.
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