10. SHOWGIRL A LOS CINCO
Desde muy chica sentí deseos de desplegar mi lado histriónico a través de la actuación.
Mi primer público fueron familiares
y amigos ante los cuales mis padres me invitaban a interpretar canzonetas,
decir frases y malas palabras en italiano, se ve que era graciosa.
Pero también tuve mi experiencia vergonzante cuando a los cinco años hice un
striptease a escondidas, delante de un grupito de amigos, chicas y chicas de mi
edad y el hermano de una las nenas me
descubrió en plena faena.
La verdad es que si bien me encantaba mostrarme, no necesariamente lo hacía ante un público.
Recuerdo mis juegos para evadir los momentos álgidos en el seno del hogar inventando personajes que iban desde una cantante, o una presentadora de TV a ser la protagonista de una telenovela.
Todo esto a solas, aunque muchas veces capturaba a mi hermanito cinco años menor y lo hacía participar en algún rol o como espectador.
Esae
actitud y la lectura me ayudaron a disfrutar mi niñez.
Soy una agradecida por ese desparpajo, esa desenvoltura que traigo naturalmente. Esto puedo reconocerlo hoy en día, después de mucho trabajo para lograr autoestima y autovaloración.
De pequeña me hacía muy feliz ser convocada casi invariablemente para representar papeles en actos escolares. En la secundaria también tuve oportunidades para actuar en algún festival.
Representaba a mi colegio en un trío musical sin saber tocar ningún instrumento y para ser sincera sin siquiera tener una bonita voz para el canto.
Si hubiera tenido apoyo familiar a mis trece años quizá hubiera estudiado Arte Dramático en el Colegio Lasalle. Cuando un profesor de allí me vio le ofreció a mi madre darme una beca pero ella rechazó la propuesta. Era demasiado pedirle aquello a mi pobre mamá que apenas me permitía ir hasta el colegio en colectivo.
Con el paso del tiempo me dií
cuenta de que no puedo responsabilizar a mis padres por cosas que si bien no
pude desplegar en mi infancia o adolescencia, tampoco las
generé siendo adulta.
Melinna Trigo (CABA)
9. LOS FAMOSOS
Mi primer contacto con el mundo del espectáculo fue cuando tenía cinco años. Mi abuelo había sido invitado a concurrir con su numerosa familia a un programa que estaba todos los sábados y duraba varias horas. En la familia aún se debate si se trató de Sábados Circulares con Mancera o de Sábados continuados con Carrizo. Fue para un día del padre y salimos al aire en el estudio donde se realizaba el programa. Estaban mis abuelos, mi mamá con todos sus hermanos, hermanas y cónyuges: alrededor de veinte, y los primos nacidos hasta ese momento: doce o trece (quedaban por nacer veinte más). Mi papá no pudo ir porque había sufrido su primer infarto que lo postró definitivamente. Recuerdo que yo estaba triste por eso y él me dijo que me iba a mirar desde la tele y que yo lo podría mirar a él desde el programa. Lo cómico es que me lo creí. Ahí deambulé por las afueras del estudio con mis primos corriendo a cuanto actor o cantante reconocíamos. Recuerdo que nos acercamos a Leo Dan y nos trató con mucho cariño y paciencia. Esa salida fue una experiencia increíble y me encantaría que hubiera un archivo de ese programa, cosa bastante improbable.
Mis primeras incursiones en el cine fueron propiciadas por un tío de mi familia paterna. El tío Carlos permaneció soltero hasta los cuarenta y pico, de hecho se casó casi a la par que casi todos sus sobrinos. Mientras duró su soltería vivió en la casa de mi nona en pleno centro de Buenos Aires. Siendo niña muchas veces fui a pasar unos días con ellos y él procuraba que alguno de mis primos porteños mayores que yo pudiera acompañarme a ver alguna película. En ocasiones fue él mi acompañante como sucedió con Ben-Hur y Sabes quién viene a cenar. Gracias a él pude deleitarme con los maravillosos films de Disney: La espada en la piedra, Bambi y alguno que otro más.
Sé que en dos o tres oportunidades fui al circo con alguna compañera de primaria y sus padres y probablemente una que otra vez haya ido con todos mis compañeros en alguna salida grupal de la escuela. Con ellos también conocí el Planetario y algún museo.
En la pre-adolescencia, fue mi tía Mirta quien se encargó de llevarme al cine Ocean de Santos Lugares. Ella era la esposa del más chico de los hermanos de mi mamá y la cómplice de mi afición de aquel entonces por Palito Ortega y Sandro. Mis tíos y mis hermanos se burlaban diciendo que Palito era un queso cantando y tanto él como Sandro pésimos actores, pero esto recién lo pude admitir mucho más adelante. Yo me deleitaba viéndolos en la pantalla grande y me emocionaba e incluso lloraba, como en el caso de Mi primera novia, donde Evangelina plantaba a Palito para casarse con Dean Reed. Yo no podía entender cómo podía lastimarlo así por más lindo que fuera el elegido. A fines de la primaria un día fui con mi hermano Jorge a un cine de Devoto. Daban Melody en forma continuada y nos quedamos viéndola durante tres funciones consecutivas sin cansarnos. También hacia esa época vino a visitar a la familia un tío que vivía en EEUU. Él acá había jugado al fútbol en Ferro y había sido compañero de Silvio Marzolini, que actualmente(actualmente?) era ídolo de Boca como también de mis hermanos y mío. Entonces se contactó con él y nos llevó a mi hermano menor y a mí a ver un entrenamiento del equipo en La Candela, un enorme y hermoso predio ubicado en San Justo donde concentraban los jugadores antes de los partidos. No podíamos creer estar tan cerca de todos los jugadores y poder sacarnos una foto con el ídolo máximo. Siguiendo con la temática del balón pie (no me queda otra con tres hermanos varones) cercano a esa fecha presencié por primera vez un partido de fútbol profesional. Nos había invitado el único hombre que conocimos que haya salido con mi mamá. Era hincha de Atlanta y a esa cancha fuimos con él, mi mamá, mi hermano menor y yo. El hombre no nos caía nada bien a mis hermanos y a mí, pero no por eso dejó de ser una linda experiencia y el preludio de muchos otros eventos futboleros.
Ya en la secundaria empecé a ir al cine con mi amiga Alicia. Recuerdo especialmente el primer día de julio de 1974. Nos habíamos rateado para ir a un cine de capital. Tren, subte y ahí estábamos totalmente absortas con el film Un hombre y una mujer y de golpe la cortaron para anunciar la muerte de Juan Domingo Perón y el duelo ya en acción. Por eso tengo tan presente el día de esa rateada tan singular así también como nuestro terror a que dejaran de funcionar los medios de transporte y no pudiéramos regresar a casa, con los retos y castigos consecuentes. Por suerte tal cosa no ocurrió y aunque seguimos rateándonos, nunca fue alejándonos del barrio. No tengo memoria de haber visto ninguna obra teatral durante mi infancia y adolescencia. Sí tuve el placer de haber asistido a poco de volver la democracia al recital de Mercedes Sosa que fue organizado por la Cooperadora del colegio estatal al que íbamos mis hermanos y yo. Finalizando quinto año mi tío Carlos me volvió a invitar a algo relacionado con el cine pero esta vez a un set de filmación. Se trataba de la película Brigada en acción cuyo tema giraba en torno a una brigada policial. Él fue en carácter de asesor debido a su trabajo como comisario de la Federal. Actuaban entre otros Juan Carlos Altavista y Palito Ortega y aunque ya no era fan de este último, igual acepté ir, no sé si por cholula o por no decirle que no a mi tío. Incluso más adelante vi también el film en el cine pero solo para ver como enfocaban a mi tío por diez segundos al final de la pelicula.
Héctor y yo nos pusimos de novios siendo adolescentes y ni una vez fuimos solos al cine. A él no le interesaba en absoluto y sigue sin interesarle. Nunca se lo pedí ni me molestó ya que por suerte siempre tuve grata compañía para compartir las no abundantes pero sí placenteras veladas cinéfilas. Estando en quinto año pude junto a él conocer la Bombonera y a partir de ahí ser muchas veces testigo del temblor del estadio bajo los pies y de la pasión embriagante de la masa futbolera.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
8. LOS OJOS DE JESÚS
En el año 1978 se estrenó Jesús de Nazaret, una producción británica, que narraba la historia de los años que estuvo Jesús en la tierra desde su nacimiento hasta su crucifixión y resurrección. El protagonista principal, caracterizado por Robert Powell, se hizo merecedor de varios premios por su descarnada interpretación.
Las monjas llevaron a toda la escuela a ver la obra. Teníamos que prestar atención a los detalles, vestimentas, lugares geográficos, momento histórico, para hacer en los días posteriores una monografía. Esto no impidió que saliéramos del colegio con total algarabía. Estábamos felices por el paseo.
Nos ubicamos, siguiendo con el jolgorio hasta que se apagaron las luces y comenzó la función. Total silencio. Recuerdo ahora que no fue necesario que nos lo pidieran. Silencio total, varios pares de ojitos preadolescentes fijos en la pantalla.
El relato coincidía con lo aprendido en catecismo. La biblia contada de forma bastante real.
A mi lado, duro como estatua, estaba sentado Gustavo Rodríguez. Íbamos al mismo curso. Un chico delgado un poco más bajo que yo, se caracterizaba por su nariz un tanto prominente. Buen pibe, excelente compañero, se diría que no era del grupo de los destacados, era callado, estudioso.
La función avanzaba sin contratiempos, yo intentando no hacer ruido al comer maní con chocolate que giraban dentro de la cajita amarilla. Gustavo y yo compartíamos.
Llegó el momento del Vía Crucis y sus desgarradoras imágenes y el llanto desconsolado de Gustavo. Lloraba con angustia, suspiros. Era un llanto sonoro que alertó a la profesora de historia, la señora Fittipaldi, quien trató de calmarlo como pudo.
Allí en la oscuridad de la sala le tomé la mano sudada y temblorosa. No fue necesario su retiro, intentó con todas sus fuerzas contenerse, siempre tomados de la mano. Tal vez eso lo ayudó, quién sabe.
Al regreso no se habló del tema, en silencio los dos y sus suspiros acongojados. Cada tanto sacaba un maní para mí y otro para él.
María Santandrea (Junín de los Andes, Neuquén)
7. DONDE HABITA EL RECUERDO
En el pueblo hubo un cine pequeño y hermoso según cuenta mí hermano, más no recuerdo haber estado como espectadora, cerró sus puertas en el 75.
Como todo en las localidades del interior, poco a poco desapareció esa época dorada.
A mí me tocó viajar a Azul los fines de semana cada tanto o algún que otro domingo por la tarde.
Era todo un programón, ya que incluía combo perfecto: cine, visitas y comidas ricas después en lugares que, para mí, representaban lo más pintoresco.
Íbamos al Odeón, en calle San Martin llegando a la avenida, en la misma cuadra en la que vivía mi querida abuela postiza Elma. Una señora que sonreía siempre y deleitaba con su humor pícaro poco entendible para mí en esos años.
El cine era sinónimo de ella en esos días y junto a sus nietas éramos el cuarteto perfecto.
Después de la función, comida en el hotel con el glamour de la sociedad azuleña a la que no pertenecía pero, que por momentos, esos, parecía hacerlo y yo me sentía cómoda mientras duraba.
Otras veces, los domingos por la mañana, papá planeaba la salida y el almuerzo en lo de Tota. Traía de postre películas de Andrea del Boca y Norberto Suárez, Sandrini y Palito Ortega.
Una escena quedó grabada en mi retina y hace que cada tanto, cerca del mar, regrese como deja vu.
El personaje de Andrea había quedado huérfana y su padre la llevaba a vivir al sur con el abuelo. El paisaje sórdido de una Patagonia solitaria, extensa, con sonido a viento del sur y olas que rompían en esa inmensidad, frente a una niña que en el oído se acomodaba un caracol largo a modo de poder conectar el recuerdo de su mamá. La ternura y el llanto de esa niña se apoderaba cada vez de mi alma….
Golpea y duele y la mujer fuerte que parezco hoy con el corazón partido por donde lo mire, me lleva una vez más al Sur ..
Me repongo y aparece nuevamente esa actriz pequeña riendo y brincando a la par de Gaby, Fofo y Miliky en Había una vez un circo y la sonrisa y la ilusión le ganan la batalla a la tristeza.
Sandrini y esa mesa larga de domingo en familia y esos tallarines con tuco y Palito con canciones que siempre hacían caer lágrimas de emoción, esperanza, luchas y alguna pena ¡Que linda es mi familia! Así se llamó una de esas pelis y así lo digo cada vez en mí interior.
La adolescencia cambió mi cuerpo y me invitó a mirar otras historias. Flashdance y esa bailarina que se esforzaba a más no poder ante la mesa con auditores que movían la cabeza al ritmo de What a Feeling. Jaja
¡Qué linda época! ¡Cuánto trae a la memoria!
El amor que asomaba y yo quería ser la Irene Cara que era rescatada por ese hombre en la fábrica para amarla y darle otra vida.
Año 85 y llega Regreso al futuro, y el deleite y la adrenalina iban a la par del fin de la secundaria. El futuro para mí era estudiar fuera de casa, vivir sola y probar más que ese auto que en vez de llevarme al pasado, lo hiciera a años luz para adelante.
Cinema Paradiso en el 88 y esos Toto y Alfredo que amé y amo cada vez que lo miro. Esa música que perfora oídos para quedarse siempre ahí: en aquel cine vacío pero colmado de historias, esos besos robados y la sensación de amor interminable.
Unos años antes la dulzura y la magia de E.T el extraterrestre, una niña y un no s sabía qué era y la conexión y complicidad entre ellos. La tecnología que asombraba y esa bicicleta que tomaba vuelo en medio de una noche con luna llena. ¡Cuántas veces quise remontar vuelo con ellos! ¡Cuántas veces lo he logrado!
Gracias al cine que iluminó mi infancia y me llevó a lugares donde habita no el olvido sino todo lo contrario..,..
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
6. PELÍCULAS DE TERROR
Creo que mi vida se dividió en dos etapas muy diferentes.
La primera comprende desde mi nacimiento hasta casi el final de mi adolescencia. Esta primera etapa fue limitada, sin demasiados conocimientos de ningún tipo, todo muy básico, con poca interacción con el mundo exterior y sin la posibilidad que tuvieron otros niños de vivir momentos en familia ricos en diversiones, en descubrimientos en emociones. En pocas palabras, diría que a mí niñez y adolescencia les faltó magia.
Luego llegó la etapa donde la posibilidad de trabajar y conocer personas y situaciones, me fue abriendo un panorama tentador. Todavía en esos tiempos no gozaba de la libertad que deseaba, pero de a poco comenzaba a vivir diferentes situaciones que me indicaban que por ahí era el camino. Fui descubriendo esa personalidad anestesiada por los mandatos retrógrados e injustos.
Me descubrí suelta, divertida, sociable, nada sumisa, capaz de encarar conversaciones con quien fuera, poniéndome a la altura de otras chicas con mucho más mundo.
Eran épocas en donde las reuniones y festejos propiciados en el ámbito laboral me hacían sentir libre y entusiasmada. Fue allí, donde descubrí que había un mundo atractivo que me incitaba al disfrute negado y merecido. Pasado el tiempo y durante los casi tres años de noviazgo con el que fuera posteriormente mi marido, también, y a pesar de las trabas de nuestra relación complicada, hubo momentos de mucho disfrute, donde nada nos impedía vivir a full cada salida. Y fueron muchas, recorrimos montones de lugares antes nunca descubiertos por mí. El primer año de nuestra convivencia y debido a mi embarazo complicado, mis días transcurrían en reposo y sin ninguna actividad. Pasado el tiempo todo volvió a la normalidad y con ella nuestros paseos. Nuestros hijos no fueron obstáculo para compartir salidas locas.
Primero con Vane, después con ella y Ema siendo bebé, nada nos impedía envolverlos en frazadas y salir a pasear en auto cuando mi esposo llegaba de trabajar pasada la media noche, los niños dormían en el asiento trasero, mientras recorrimos diferentes lugares de la ciudad escuchando música y conversando, disfrutábamos de esos momentos para otros tan locos, para ambos tan nuestros. El día franco de mi esposo era una fiesta, primero para los tres, después para los cuatro y finalmente para los cinco.
Juntos recorrimos y conocimos la cancha de River, de Boca , de Vélez , de Huracán, mi marido era fanático de River, yo no entendía mucho de fútbol, pero el espectáculo era majestuoso.
Pasear por la Ciudad de los Niños, disfrutar de los circos, la maravilla del Italpark sintiendo la adrenalina de los juegos compartidos con mis hijos. Yo sentía vértigo, pero también placer, mi esposo no subía, le daba miedo la altura, él disfrutaba viéndonos reír y gritar. Los paseos en catamaran recorriendo el Delta, la visita a Lujan, ni hablar de las vacaciones. Miles de preparativos, llevaba cosas como para pasar un año y solo íbamos un mes, yo amaba estar horas en la playa, mi marido no. De igual modo yo sentía que estando allí, mirando el mar, tomando sol y leyendo un libro estaba en el paraíso.
Cuando mis hijos fueron creciendo, seguíamos recorriendo solos distinto lugares. Subir al auto, tomar una ruta escuchando música y conversando, parar en alguna parrilla al costado del camino, para mi esposo eso era lo mejor de la vida, la pasábamos muy bien juntos. Él no era amante del cine o el teatro, pero para darme el gusto en oportunidades íbamos.
Viajamos juntos una sola vez en avión y juró que nunca más lo volvería a hacer; habíamos ido a Cataratas, todo estuvo genial, menos el viaje, lo vi sufrir mal.
Con los años comencé a ir a recitales, cinco de Montaner, tres de Marco Antonio Solis, Cacho Castaña, Jorge Rojas, Sandro. Mi esposo me llevaba y me esperaba a la salida, algunas veces acompañado de alguno de mis hijos, y al verme salir entre medio de la muchedumbre, decían, "Mirá la vieja", y disfrutaban mi disfrute.
El viaje a Calafate lo hice con mi hija, a Busios, fui sola, él nunca puso objeción, me decía, a mi no me gusta viajar en avión y en micro son demasiadas horas, yo sé que vos lo disfrutas y me gusta que lo hagas.
Después vinieron más viajes, todos los viví con mucho placer, me sentía plena de conocimientos, de vivencias, de emociones, aun así, ante las maravillas de los paisajes que atesoraban mis ojos, no podía dejar de pensar, lo bueno que hubiera sido poder compartirlos.
Li (CABA)
5. LA VOZ DEL MELODRAMA
La hora señalada era los viernes a las veintiuna y quince. Corría la década del sesenta. Yo tendría unos diez añitos. Toda la familia había ido a cenar a la casa de mi tío Néstor y de mi tía Mary. Allí, acomodada sobre una madera oscura, arriba de la chimenea, se encontraba una reluciente radio. Su caja era rectangular de unos cuarenta centímetros por unos veinticinco de alto. En sus costados resaltaban dos botones, que el dueño de casa movía, hasta lograr su objetivo. Uno era el dial que desplazaba a través de distintos números grandes y negros hasta que encontraba la frecuencia que buscaba y el otro era el del volumen necesario para incentivar la escucha. Cuando las agujas del reloj indicaron el momento exacto, nuestro tío, nos llamó a todos los niños, instándonos a hacer silencio. Nos arremolinamos alrededor del aparato, expectantes. La voz del locutor hizo su presentación anunciando el inicio del radioteatro llamado El gaucho Mate Cosido. Era la cita de todos los viernes y constaba de veintidós capítulos. El dial quedó fijo en la frecuencia de AM 840, LU2 Radio Bahía Blanca. El protagonista era Javier Rizzo y su compañía.
En aquella época en nuestros hogares se hablaba de las andanzas de distintos personajes –casi todos inmigrantes- que al igual que Robin Hood -en otras latitudes- robaban a los ricos para darles a los pobres. Bailoretto era uno de los más conocidos. Nuestros pagos pampeanos habían sido testigos de unas cuantas correrías de este personaje.
Ubicados y quietos nos aprestamos a escuchar. La voz de los efectos sonoros brindaba rienda suelta a la imaginación de cada oyente armando en su mente los sucesos que daban vida a la historia. Así, los cascos de los caballos resonando a galope tendido indicaban la huida del gaucho a toda velocidad de aquel lugar, perseguido por agentes de seguridad. La cantidad de leguas recorridas durante la fuga se reflejaba a través de la respiración agitada del caballo. La oscuridad de la noche había envuelto al gaucho y su caballo. A lo lejos divisaron un rancho. Se acercaron ocultándose en una apretada vegetación. El silencio –en el que estábamos absortos- se interrumpió por el ruido de una rama al romperse mientras se estaban acercando. Un instante después el chirrido de la puerta abriéndose lentamente nos ponía en alerta sin saber lo que le esperaba al forajido dentro de aquella morada.
Durante treinta y cinco minutos estábamos martillados en nuestros asientos recibiendo lo que nos proporcionaban aquellas imágenes auditivas. Los silencios prolongados. La música de suspenso o alegre. Los efectos sonoros. La voz grave de los protagonistas eran los recursos con los que se poblaba nuestra imaginación y daban vida a las historias dentro de aquella caja.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
4. CINERAMA
Viajar en tren y en subte desde San Antonio de Padua hasta el Congreso de la Nación ya era toda una aventura, si a eso le sumábamos el cine Gaumont, la salida se transformaba en turismo aventura.
Pero en realidad no sé si sucedió de esta manera. Tal vez todavía vivíamos en el departamento de Flores y ese viaje nunca existió.
Mis océanos mentales no me permiten confirmarlo, solo recuerdo el nombre de la película La Conquista del Oeste; la primera producción cinematográfica de la historia rodada en Cinerama. Sonido estereofónico y una imagen panorámica que incrementaba los tamaños y los detalles sobre una enorme pantalla de significada curvatura.
Yo estaba sentada en la butaca del cine con los pies colgando como una obediente niña de apenas seis o siete años, cuando de pronto vi unos troncos enormes que giraban por un río de aguas furiosas y que creía que se me vendrían encima.
Era un western y aunque no retuve la historia, las sensaciones auditivas y visuales provocadas por la música y el sonido ambiental fueron impactantes, así como las imágenes reflejadas en esa pantalla gigante.
Al día de hoy sería igualada por las filmaciones en tres o cuatro dimensiones que se pueden ver con los lentes correspondientes.
Fue mi primer y único acercamiento al cine en la niñez, no era una salida habitual, en realidad no había salidas habituales.
Me esfuerzo por traer a mi mente el cine de Disney ¡pero no! a mis amadas princesas las veía solo por televisión. El Mundo de Disney era mi programa preferido los domingos a las veinte horas; lo veía ya bañada y en pijama, después… a dormir.
En mi adolescencia tampoco frecuenté el cine.
Como el polaco, mi vecino que actuaba como espía secreto, se limitaba a observarme cuando yo llegaba a la puerta de mi casa, mis salidas eran muy pocas y muy controladas.
Disfrutar una peli en una sala oscura era algo que no se me iba a permitir tan fácilmente.
Mis amigas de la escuela iban con algún chico para sentarse en la última fila y empezar a “chapar”…, eso era lo importante.
Yo lo sabía, pero mi madre también. Ella estaba al tanto de todo lo que pasaba aún antes de que sucediera, así que debía ser muy cuidadosa al pedir permiso para una salida.
La famosa película Gitano, con Sandro y Soledad Silveyra, la miré en la célebre caja boba del comedor de mi casa, nunca pude ver a los protagonistas en la pantalla grande.
Fui a ver Cabaret a un complejo de Haedo. No sé con quién, me imagino con alguna amiga.
La historia me estremeció por su crudeza, ignoraba lo que era un cabaret.
Después y como un acto de gran rebeldía, empezaría a pintarme las pestañas con mucho rímel al estilo Liza Minelli, pero me animé solo a eso….
Mi siguiente rodaje, pudo haber sido El Golpe, con Paul Newman y Robert Redford.
¡Me encantaron los protagonistas! No sabía con cual quedarme; todavía canto su canción “… Raindrops keep falling on my head…” que en castellano sería, “gotas de lluvia cayendo sobre mi cabeza…”
No sé si hubo otras películas antes o después, de lo único que estoy segura, es de que ya no quiero exigirme con recuerdos que no tengo….
Mágico Abril (CABA)
3. EL CIRCO, EL CIRCO, ESTOY EN EL CIRCO (de la película “Bichos” de Pixar)
Cuando éramos chicas mis papás nos llevaban al circo. Era lo más accesible que tenían a su alcance. Mi asombro de niña se desplegaba en los trapecistas, poder volar por los aires, los colores de sus trajes, los brillos. No me gustaban los payasos que siempre apelaban al chiste fácil de pegarse una bofetada. Mucha violencia en la arena del circo.
Por aquel tiempo, había muchos lotes vacíos por el barrio que estos artistas ambulantes ocupaban con frecuencia. Dos o tres veces por año llegaban muchísimas personas para armar la carpa gigante, instalar la multitud de luces, colocarse los trajes y esperar a los chicos a la salida de las escuelas para entregarles entradas sin cargo. ¡Los animales! Un capítulo aparte nuestros ojos de niños abiertos a la enormidad de los elefantes, a los sonidos de los leones, a la belleza de los tigres, lo gigante del oso negro y al sinnúmero de perros adiestrados.
Las funciones eran constantes. ¡Un fin de semana podían presentar el espectáculo hasta cuatro veces!. Hacíamos la fila con una expectativa fervorosa. Nos costaba quedarnos de la mano de nuestros progenitores porque nos contagiábamos de los otros chicos.
Aplaudir a rabiar en el momento primero en que la troupe de circo aparecía en escena. Gritos de felicidad. Yo me recuerdo aplaudiendo y sonriendo. No podíamos quedarnos callados. Todo daba lugar para el comentario. Qué grande, qué brillante, qué linda la música, etc.
Entonces empezaban los números uno detrás del otro. Y a una le daban ganas de que ese muestrario de destreza física no se terminara nunca. A veces hacía frío dentro de la carpa de lona. Nada nos importaba. Disfrutábamos mucho y obviamente, queríamos volver a ver lo mismo.
El cine Los Ángeles
Institución única que brindaba a los niños la posibilidad de acceder a las películas que por entonces dibujaba y supervisaba don Disney. El que después pidió que lo congelaran. ¿Seguirá hecho iceberg? ¡Con lo que él sabía que le pasó al Titanic!
En las vacaciones de invierno, munida con sanguches de milanesa y gaseosa en cantimploras -sabía horrible al pasar un rato-, mi mamá nos llevaba a ver la película del momento. Ya salir de la casa en Ituzaingó y viajar en colectivo, tren y subte, nos maravillaba. Nos vestía con vestiditos abrigados, con medias cancán y zapatitos. Ella también se vestía diferente, más guapa. El cine siempre me pareció enorme. Esa boca negra que nos tragaba por momentos y luego nos escupía a un afuera de luz. Había cualquier cantidad de chicos y chicas con sus mamás y sus abuelas. Se veía perfecto, en colores y super grande. Hemos disfrutado Dumbo, que nos hizo llorar mucho, Blancanieves, y nos enamoramos del príncipe besado y Cenicienta, que nos hizo pensar cuándo podríamos tener zapatitos de cristal.
Fueron paseos femeninos y nos permitía a las niñas contar en la escuela un montón de veces lo que habíamos visto. Éramos de las pocas que los papás las llevaban al cine. Otro mundo.
La televisión
No sé de qué manera (¿por la tele, por la radio?) mi mamá se enteró de que si ibas a hacer la fila en el canal 13, te dejaban entrar a ver a Gaby, Fofó y Miliki. Era el programa del momento. Aprendíamos sus canciones de memoria. Imitábamos su acento español.
Allí fuimos un día de mucho frío. Las mamás en la fila en la vereda, abrazaban a sus hijos para taparlos del viento helado que corría por Constitución. Al momento de la grabación, de manera ordenada, nos dejaron ingresar al canal. No me daban los ojos(ojos y ojitos?) para comprender lo que mis ojitos veían. Caminamos por extensospasillos hasta llegar finalmente al estudio de grabación. Enorme. Nos fueron acomodando. Nosotras quedamos arriba de todo. Hacía mucho calor. Así que todo el mundo a sacarse los abrigos. Cuando nos terminaron de ubicar, nos explicaron que pondrían carteles con las palabras “aplauso”, “risas” y “silencio” Nos hicieron practicar y ninguno se equivocó. De la nada, aparecieron los artistas y se armó un griterío, menos que las chicas que van a ver a LuisMi. Cartel “silencio”
Empezó un sketch tras otro. Carteles. De la nada preguntaron si alguien cumplía años. Si no cumplían no importaba. Hicieron pasar a los chicos de la primera fila. Se me empezaron a caer mis ídolos. ¿Cómo?, ¿no eran efectivamente sus días de cumpleaños? Les regalaban un juguete. No existían los auspiciantes como ahora que en medio de un asesinato, te mandan a vender las joyas de la abuela o comprar un lote en un barrio privado. ¿Son o se hacen? La pauta publicitaria en aquellos años era publicidad entre bloques de un programa o película, nunca parte de los mismos.
Habían grabado siete programas de una. Los vimos Ángela y yo en la tele en blanco y negro de casa. Me sentí estafada en mi alma niña.
Edith Oxilia (CABA)
2. CINE ARGENTINO
Mientras estoy sentada frente a la computadora para comenzar a escribir, doy vuelta las páginas de mi pasado, buscando en mi memoria algo que tenga relación con el cine o el teatro, desde que era una niña hasta convertirme en adolescente.
Cierro los ojos y se aparece una imagen de Bambi, el dulce ciervito creado por Disney. Trato de desentrañar si esa imagen tiene que ver con la película vista en algún cine de barrio, pero el recuerdo es muy vago y no puedo asegurarlo.
Si durante mi infancia existieron paseos que incluyeran ir al cine, no lo sé.
En cambio, sí recuerdo una escena en la casa de Paternal. Yo contaría unos seis o siete años. El televisor se encontraba en el dormitorio de mis padres. Debería tratarse de un día sábado porque era cuando cenábamos allí mientras mirábamos la televisión. Papá miraba una película de terror de Boris Karloff; yo, sentada a los pies de la cama, también. Finalizó cerca de la medianoche, creo no equivocarme al decir que se trataba de un ciclo que se emitía todos los sábados porque mientras papá me acompañaba a mi cama yo me detuve un momento para murmurar bajito mientras entrecruzaba mis dedos como un locutor: “Señoras, señores, terminó la película de hoy, hasta el próximo sábado”.
En casa, al igual que en las de mi abuela y de tía Filito, se veía cine argentino, protagonizado por Niní Marshall, Libertad Lamarque, Palito Ortega, Sandro, entre otros. Actualmente cuando encuentro que pasan alguna de esas viejas películas por televisión, no solo las veo sino que me producen una extraña emoción. Me pregunto si es por el filme en sí o me traen recuerdos de momentos vividos que no puedo terminar de descifrar.
Ya entrando en la adolescencia, a mis doce años, mi hermana y mi cuñado me llevaron al cine para ver “Los cazafantasmas”. A los catorce años, la salida importante fue ir con amigas para ver a John Travolta en “Fiebre del sábado por la noche” (luego todas estuvimos practicando los pasos al ritmo de los Bee Gees). Le siguió “Grease”, para sumar más prácticas de baile.
Quizás hayan existido algunas más, pero no dejaron mella en mí pues no recuerdo ninguna otra, y evidentemente ir al cine no me atraía lo suficiente .
De esos años, ya contando los dieciocho, la única película que me atrajo por su argumento fue “Los unos y los otros”. Maravillosa muestra de arte, donde se conjugaban historias, ballet y música.
Claudia (CABA)
1. MUNDO DE FICCIÓN
El cine fue siempre mi segunda gran pasión. En mi infancia me llevaban mucho a ver todo tipo de películas: dibujos animados, animalitos, de hadas y príncipes, pero yo sentía devoción por el mundo de Disney. Recuerdo una sala muy grande que tenía sobre la pantalla unas imágenes hechas de piedra de mis personajes favoritos: Mickey, Minnie, Donald, Daisy y Goofi. Cuando estaba sentada en aquellas butacas de cuero y observaba la decoración, me sentía muy emocionada. Disney era la magia, el arte y un universo inalcanzable. Me gustaba mucho ir con mi mamá a ver espectáculos de danzas de todo tipo. Nunca pudimos hacer realidad el sueño de ver ballet en el Teatro Colón. Nos encantaba, sobre todo, ver danzas folclóricas argentinas y europeas. Mi papá era fanático del ballet ruso y eso me encantaba. También a los diez años tuve la dicha de conocer a Les Luthiers y a partir de ahí fuimos a todas sus presentaciones, hasta su despedida.
En la adolescencia, mi tío Oscar me introdujo en el mundo de la Ciencia Ficción, mi vida cambió, a los doce años, cuando conocí a Steven Spierberg desde Encuentros cercanos a Tiburón, además de Star Trek y El planeta de los simios. Pero mi gran fascinación fue Star Wars, hasta hoy. En esa época los menores no podían entrar al cine sin un mayor, por suerte mi tía Amanda, una cinéfila de alma, me pintaba los ojos y me llevaba a ver todo ese cine intelectual que a ella le gustaba. No entendía nada, pero yo era feliz. También tuve una época de películas argentinas que le gustaban a mi hermano, donde trabajaba Palito Ortega, y nos encantaba acompañarlo y ver cómo disfrutaba de su ídolo máximo.
Tenía catorce años cuando mi tío se compró el disco The wall de Pink Floyd, lo escuchábamos una y otra vez. Yo lo sabía de memoria. En el año 1982, se estrenó la película The Wall. Era reciente la guerra de Malvinas, entonces fue un antes y un después para mí, me abrió la cabeza. Fui a verla cinco veces al cine.
Creo que en esa época iba al cine una vez por semana: con mi familia, mis amigos, con mis primas solas. Vestirme y arreglarme para esa salida era una fiesta.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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