8. PEDIR PERDÓN
Cuando pienso en personas a quien necesito pedirles perdón, los primeros que vienen a mi mente, son mis hijos y mamá.
Criar hijos no es fácil. Aunque fuera mi vocación, se me escaparon muchas cosas y cometí errores. Teniendo siempre en cuenta la metáfora del “cemento fresco” (que todo lo que hagas bueno o malo, quedará marcado en nuestros hijos como huellas para siempre) luego de recapacitar, en su momento, busqué corregir, inmediatamente, mis errores con intención de que no quedaran esas huellas, pero, en muchos otros casos, por descuido o por restarle importancia, dejé pasar y el cemento se secó dejando una marca.
Apelando a mi memoria, aún hoy, muchas veces, recuerdo situaciones y se las narro; Hablo del tema porque yo necesito sacarlo; lo aclaro y me hago cargo, reconociendo que no estuve bien. A veces, me miran con indiferencia porque ni lo habían registrado; otras veces, ellos recuerdan actitudes mías que los han dañado y que son inesperadas por mí. Y es verdad que procuro justificarme porque mis intenciones no fueron malas, incluso, las que supuse correctivas, pero ante el planteo, generalmente sin reclamo, no puedo más que disculparme.
Si bien pude, y puedo, hablar con ellos, reconociendo el daño que les causé y me perdonaron explícitamente (a veces con un ¡Ya fue má!), no termino de quitar completamente “las piedritas de mis zapatos”, algo me molesta, y creo que, el tratar de ser incondicional con mis hijos, tiene que ver con que aún siento culpa y no termino de saldar esa deuda que tengo con ellos.
Con mamá, pude hablar mucho; le pedí perdón por situaciones puntuales en las que la herí y le agradecí su incondicionalidad y lo buena madre que había sido, pero, me quedaron asuntos en el tintero; abusé de su generosidad, fui egoísta e intolerante y la combatí mucho en algún momento, no entendí sus frustraciones, solo le expresé las mías y ella comprendía todo.
En el último tiempo, creyendo que todo estaba dicho, no le di el espacio que ella reclamaba a solas conmigo; sin Eduardo o mis hermanos alrededor. Aquellos que teníamos cuando yo viajaba sola y dormía a su lado, momentos en los que charlábamos y nos contábamos mil cosas antes de dormir, y por eso, le pido perdón.
El taller me ayudó a recapacitar, a ponerme en su piel y siento que se fue sin decirle todo lo, mucho más, que la valoro hoy.
Elaine (CABA)
7. REBECA
Tuve una compañera en la secundaria que era tan alegre como gorda. Sandra y yo nos sentábamos juntas en el último banco de la fila y ella y Ana, se sentaban delante de nosotras. Rebeca era extremadamente obesa, sus caderas superaban el ancho del banco, tenía el cabello negro, corto y usaba un flequillito también corto. Tenía unos cachetes redonditos y siempre sonreía. Era muy estudiosa y preocupada por cumplir con sus tareas, asimismo, muy buena compañera con todos y siempre con la mejor onda.
Ana, aparte de ser muy bonita, tenía un cuerpo espectacular y unas piernas bien formadas que las lucía con su delantal muy corto. Tenía el cabello castaño, por los hombros, y el típico flequillo Farrah Faucet; se la pasaba peinándose con un peine que llevaba en su bolsillo junto a un espejito. Ana era cándida y muchas veces pasaba por boba; era inocente y lenta para comprender algunos chistes.
Tanto Rebeca, a quien Francisco llamaba “Revaca”, como Ana, eran víctimas de burlas y risitas por parte de un grupito al cual, muchas veces, tuvimos que frenar por sus excesos. Ellas no tenían maldad y jamás reaccionaban enojándose. No eran amigas entre sí, solo compañeras de banco. Siempre estaban dispuestas a ayudar a cualquiera que lo necesitara.
Sandra y yo nos pasábamos charlando o haciendo chistes en horas de clase poniendo cara de póker, serias, mirando al pizarrón y ellas dos se mataban de risa, con lo cual, las profesoras les llamaban la atención pero ellas nunca nos delataron.
Los cachetes de Rebeca eran irresistibles y no podíamos pasar a su lado sin apretárselos con fuerza y ella solo nos decía ¡Ay, basta! y se mataba de risa mientras se los refregaba. A Ana le poníamos pedacitos de papel entre el cabello y así, salía al recreo; cuando los descubría, nos miraba y nos decía ¡Son terribles! y luego se reía divertida. Alguna vez, le tiré un pedacito, apenas una gotita, de chicle que luego se enredó en el pelo y me quiso matar. Esa vez se enojó.
A Rebeca, por debajo del asiento, le desatábamos el moño del delantal y lo atábamos en el caño del banco, de modo que, cuando ella se levantaba del asiento, la pobre se partía en dos. Siempre se reían y solo nos decían que éramos tremendas. Nunca se enojaron con nosotras, solo escuchábamos Ay, ¡pero qué locas que son! Jajaja Con estas reacciones, redoblábamos la apuesta porque no pasaba nada. Pensaba que, si se reían, no la estaban pasando mal.
Había un doble mensaje, personalmente, hasta creía que las divertía. En mi vida de adulta y con la aparición de la palabra Bulling, que reconocía, al fin, el abuso inter-escolar, las recordé muchas veces. Pensé, cuánto habían soportado, ambas, quizá para ser queridas. Eran dos buenísimas compañeras y las valorábamos. Incluso, a pesar de lo que les hacía, y hablo por mí, me ayudaban en los exámenes. Pero era casi inevitable, a los catorce años, vernos tentadas en seguir con nuestras bromas. Rebeca, luego de tercer año, se cambió de escuela y nunca más la volví a ver.
A Ana, la encontré en Facebook, vive en Italia. Sigue tan candorosa como siempre. Recordando aquella época, aproveché para pedirle perdón por todo lo que le hacíamos. Ella me lo agradeció, reconoció que éramos bravas y entendió que eran cosas de chicos. A Rebeca, también la busqué en las redes; encontré mujeres con el mismo nombre y les envié mensajes, preguntando si había sido mi compañera o tenían algo que ver con ella, aportando datos, pero nadie me respondió. Pregunté a mis viejos compañeros y nadie supo más de ella. Francisco, me contó que una vez, la cruzó en una plaza, la saludó y quiso tener una charla con ella, pero que notó bastante resentimiento de su parte. Me gustaría mucho ubicarla y pedirle perdón; la recuerdo con mucho cariño, igual al afecto que ella me expresaba entonces. Aún tengo la imagen de su carita sonriente.
Elaine (CABA)
6. RETRATO
Un bebé largo y flaquito que se apuró a venir al mundo. No podíamos conectar, le costaba agarrarse a la teta por lo que siempre lloraba de hambre. Pero la pediatra insistía: teta, teta y teta. (falta el proceso entre que lloraba y dormía)Dormía largas horas y daba mucha paz sin darnos trabajo alguno, y su nombre cuadró perfecto: Abel –el pastor al que Dios le aceptó el sacrificio y le reconoció su generosidad. Era un bebote redondo y alegre, con unos enormes ojos azules, no le gustaba ensuciarse. Tardó en caminar y hablar y su universo, luego, fueron sus juguetes, su música y sus largas horas creando historias. Me arrepentí de llevarlo al jardín tan chiquito porque era un niñito feliz en su casa, con su mamá. Siento todavía sus pasitos chuecos, los que me acompañaban a todos lados y su respiración y sentía que por fin estábamos conectados. Era un gran actor a los cuatro años, un gran dibujante, un ciclista sin temor y un buen amigo, lideraba la banda de niñitos del barrio y era muy feliz con mamá, papá y su hermana.
Hasta que todo su mundo se derrumbó cuando la familia se disolvió, Abel tenía nueve años, y nunca más fue el mismo. Empezamos a pelear, a gritar, llorábamos juntos, yo le daba coscorrones en la cabeza y no me hacía caso. Yo estaba fuera de mí buscando trabajo, tratando de estudiar, de poder llegar a fin de mes, en mis plenos treinta buscando amor y mi cabeza se alejó completamente de aquel chico al que subestimé. Volví a desconectarme.
Por eso necesito que mi Abel me perdone: por haberlo abandonado, subestimado, no haberle dado el soporte y la contención que tanto necesitaba. Que me perdone por no haberlo agarrado de la mano fuerte, por no haber sabido hablar a tiempo.
Después de que él tuvo un hijo a los dieciocho, tuvimos un período de gloria: volvió a brillar, fuimos buenos compañeros de trabajo, nos encantaba cantar juntos, salíamos, teníamos largas charlas, yo trataba de no ser invasiva, de contenerlo y reparar todo ese daño que le había hecho. Pero hace un par de años volvimos a alejarnos y la bronca y la distancia fue peor, estamos en un agujero negro del que no podemos salir, siento la oscuridad y el vacío. Sé que hay un sentimiento muy terrible dentro de él hacia mí que no logro descifrar y es hora de que me perdone porque extraño mucho a mi hijo, la esencia de mi Abel.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
5. ¿PERDÓN?
Uno de los momentos más difíciles de mi vida fue cuando me quedé sin trabajo a los cincuenta, después de haber trabajado con mis padres durante veinte años. Formábamos parte de una Asociación Civil para discapacitados que había fundado un grupo de padres cuyos hijos ya eran muy grandes para seguir en la escuela: mi papá fue el presidente de la Comisión durante muchísimos años y mi mamá, la secretaria. Un proyecto enorme al que le dedicaron casi toda su vida y la vida de Dani, mi hermano con Síndrome de Down, un lugar al que yo le tenía por momentos rechazo y por otro lado amor, sentimientos que se peleaban todo el tiempo dentro de mí porque me había quitado a mis padres y a mi hermano de una vida tranquila y normal. Haber estado veinte años de mi vida durante ocho horas diarias al lado de mi familia de origen fue bastante tortuoso, lo único que veía eran sus miserias, llegué a compararlos con algo así como un matrimonio presidencial: perpetrándose en el poder, quedándose con algunos vueltos, girando alrededor del qué dirán, utilizando al discapacitado para su provecho, pagándole mal a los empleados, haciendo trabajar a los chicos como esclavos… Mi papá tuvo una denuncia por acoso y ese fue el comienzo de la “caída del Imperio”. Por supuesto que tenían sus cosas buenas, sin la fuerza y perseverancia no hubieran podido construido ese mundo y yo al adquirir más seguridad en el tema, tuve la leve intención de cambiar las cosas, modernizarlas, hacer que prosperara, detener la caída. Pero un día mi mamá me amenazó con una tijera en la oficina. Aguanté un año más y me fui. Estaba saliendo de un duelo amoroso de cinco años y tuve que enfrentarme al duelo del desempleo.
Estuve un año sin trabajar en relación de dependencia y lo primero que hice fue limpiar mi interior para recomenzar y pensar qué quería para mi vida. Los primeros seis meses me dediqué a sanar mi herida: hice un curso de masajes que nada tenía que ver conmigo, salía sola al sol, caminaba, iba de compras. Pero tenía que perdonar de una vez por todas a aquella persona que había ayudado bastante a volverme oscura: mi madre. Hice un arduo trabajo interior: meditaba todos los días, la ponía frente a la silla imaginaria y le decía cosas bonitas, trataba de ver lo bueno, de rescatar todo lo que me había enseñado, de comprender lo que era tener un hijo discapacitado, me puse en los zapatos de Mari chiquita, allá en los fríos inviernos de la Patagonia y de Mari joven, que tuvo que dejar sus sueños para criarnos a nosotros, sus hijos. Entonces fue allí cuando por fin la pude perdonar.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
4. EL PERDÓN
a) Perdonando.
Estoy en proceso de perdonar a las pocas personas que me están mintiendo, actualmente y desde hace veintiséis años, con la sucesión de mi madre y de mi padre… Me duele el engaño y aun consciente del mismo, no puedo reaccionar temiendo que empeore todo...Me paralizo.
Pasaron tantas cosas… que me paraliza el tener que reaccionar, y mal, ante una mentira interminable del abogado estafador, que fuera mi amigo desde hace años. Creo que tomaré coraje en esta semana y revocaré el poder, dándoselo a otro abogado “eficiente” que conozco a quien le pediré ayuda con sus servicios. He pagado mucho dinero para descubrir que no hizo nada “mi amigo”… Por eso mi miedo y perdón en Proceso.
Tengo la esperanza de que lograré perdonar y también, con otro abogado, resolver el problema. Solo vuelvo a repetir que me paraliza el conflicto.
b) Pedir perdón.
¿A quién y de qué manera pediría perdón a las personas que involuntariamente he dañado? No me cuesta pedir perdón, sino que me entristece pensar que pude dañar a alguien con la más mínima actitud y sin ninguna intención.
En primer lugar a mis padres. Les pediría perdón por juzgar quizás, equivocadamente. sus actos algunas veces. Los hijos solemos ser muy estrictos jueces, a veces, sin tomar en cuenta nuestros propios errores…Y los por qué, que motivaron los actos de nuestros padres.
En segundo lugar, a mis hijas, por las cosas que pude hacer y lastimarlas sin el menor grado, por supuesto, de intención. Y no hablo respecto a la educación que les di, sino del silencio que tuve durante años hasta que me separé de su papá.
No les contaba la realidad, quería que crecieran en un hogar feliz y en armonía.
¡Qué paradoja! Hoy me agradecen por un lado, la infancia que tuvieron, y por el otro, me reprochan no haberme separado antes de su papá…
El haber permitido tantas cosas… y tienen razón. Por eso les pido perdón y me perdono yo, lo que durante años me reproché.
Pido también perdón al cielo, Dios, Universo, por cometer errores que hayan podido dañar a cualquiera y en definitiva generar dolor y malestar en mis congéneres.
c) Perdón a quién
Perdón a quien abusó de mí siendo nena, a las personas que no me creían, a los “pseudos novios” que me pegaban… (Sí, no fue uno solo)…
Perdono al padre de mis hijas por tantas mentira, engaños, falsedades… A su actual señora, que era nuestra amiga, la tía Adriana, para mis hijas…
Perdono que vivan en nuestra casa, la de él y mía, aunque ya pediré mi parte.
Están todas las personas que más me han dañado y las que menos, perdonadas por mí, aunque yo no soy nadie para hacerlo, creo que el perdón como dije en otro escrito, debe nacer de uno mismo, de cada uno y vivir así libre de cargos de conciencia.
Liberar el alma de rencores, nos hace ser muy felices y sin toxicidad.
Quien es verdaderamente feliz, no joroba a nadie. Suele ser buena persona, que es lo correcto en nuestra vida. Corre por cada uno, tratar de lograrlo o no.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)
3. LIBERACIÓN
Al escribir sobre el perdón, hoy me pregunto y pienso en los distintos tipos de perdón que vienen a mi mente y dan vueltas y vueltas con un denominador común: la liberación.
Liberación si se trata de perdonar al otro, al que nos lastimó queriendo o sin querer.
Liberación, si nos perdonan…
Liberación si ese otro, es un ser muy querido.
Liberación si se trata de un desconocido que nos daña. Y así seguiría enunciando distintas formas de perdón.
Liberación, más grande aún, cuando se trata de perdonarnos a nosotros mismos. Sí. Creo que aprender a perdonarnos a nosotros mismos, es lo que abre la llave de la maravillosa empatía para perdonar a los demás y también sentir la dicha de ser perdonado.
Esto requiere mucha humildad para reconocer las fallas de nuestros actos y aceptar de algún modo, el por qué los demás hacen lo que hacen y llegan sus actos a lastimarnos.
Creo en lo maravilloso del perdón en todas sus formas. Pues de una u otra manera, siento mi alma alada hacia el amor indescriptible que otorgan los buenos sentimientos, hacia los demás, se trate de quienes y hacia mí.
Al perdonarme (aunque cuesta mucho, pues conlleva darnos cuenta de errores cometidos), siento que crezco. Que mi espíritu se eleva y ayudo al perdonar a otros, a darles un poco de la paz que necesitan para vivir y también morir.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)
3. PERDONARSE
Fueron momentos muy difíciles de una época muy dura. Mamá había intentado suicidarse por segunda vez en seis meses. La primera vez me asusté muchísimo. La segunda, me enojé muchísimo. Lo sentí como un chantaje, una extorsión. El mecanismo fue el mismo: la primera vez, Federico – mi hermano – la contradijo. La segunda, fui yo. El resultado, idéntico: intoxicación con psicofármacos (esta vez sin corte de venas), e internación psiquiátrica por un mes. Mes que pasé furiosa. Y se lo hice saber a todo el que preguntara, y al que no preguntara, también. Creo que fue tanto y tan intenso el dolor, que me resultaba más fácil enojarme que afrontarlo. Pero en ese momento no lo veía así. No podía.
Durante la internación, su psiquiatra me llamó, desde la clínica, diciendo que mamá quería verme. Respondí que no pasaría el resto de mi vida temiendo las consecuencias de contradecirla y que si el resultado de llevarle la contra iba a ser esta locura, que mejor no nos viéramos más, al menos hasta que ella aprendiera a manejar la frustración de saber que los demás tenemos derecho a opinar distinto. Y durante el mes que duró la internación, ni la vi, ni la llamé. Pero todo el tiempo estuvo presente.
Presente de muchas formas. En mis pensamientos, en mis sentimientos, y en mi casa. Eugenia, mi hermana, pasó dos semanas conmigo. Las otras dos, con mi hermano. Las semanas que estuvo en casa, la furia, mi enojo, fue mucho peor. Eugenia lleva toda su vida con mi madre, y es a mis ojos una mini-sucursal materna. La rivalidad fraterna es palpable. Y Eugenia siempre adoptará el lado de mamá. Por supervivencia. Y la entiendo. Lo que yo no entendía y me enojaba fue que Eugenia, en ese momento, era mi problema, mi responsabilidad, alterando mis rutinas, ocupando mis espacios, recordándome todo eso en lo que no quería pensar.
Y me descargué con ella. No estoy orgullosa, me avergüenza, y sé que debiera pedirle a Eugenia perdón. No lo hago, porque sé que se lo contaría a mi madre, y eso sería aún peor que mi no disculpa. Pero me reconozco en falta con ella. Durante el tiempo que pasó en casa, atendí sus necesidades vitales, pero me desentendí de sus emociones… y de las mías. Me la pasé enojada, cortante, hostil en mis respuestas, impaciente, maltratadora. Ella estaba triste y preocupada, yo lo entendía, y me negaba a consolarla, a decirle que todo estaba bien, a responderle cuando me preguntaba cómo estaba su mamá. Le decía “no tengo idea, ni me importa”, con enojo, sabiendo que ella necesitaba de mí otra cosa. Me vengaba, creo yo, de mamá a través de ella. Tenía treinta y cinco años. Hice lo que pude, debía hacerlo mejor. Y aún no pude decirle a Eugenia cuánto lo lamento.
MAD (CABA)
2. ASÍ ME SIENTO HOY
Siempre digo que no me considero una persona rencorosa
Me reviso, buceo en distintas situaciones y descubro con alegría que al menos conscientemente el odio resulta ajeno a mi vida y eso es un maravilloso río manso que corre dentro de mi geografía emocional.
Sin embargo, a veces he estado encontrando en mi interior alguna que otra zona pantanosa, menos iluminada, que me ha tocado atravesar con cierta dificultad
En ellas encontré resentimiento.
Es una emoción de la que estoy aprendiendo a hacerme cargo y descubro que la había venido tapando desde pequeña.
Situaciones que han traído resentimiento a mi existir han dejado dentro de mi Ser heridas, algunas de considerable profundidad, semejantes a grietas jurásicas, las que en estos días, no solo se han transformado en agradables espacios en mí terreno interno, sino que tienen el encanto de todo aquello que se logra superar.
Digo con esto que a medida que reconozco esos rincones que me han provocado dolor voy sanando.
Hablo de que me han provocado dolor, no odio, lo cual, aunque suene raro, me ha permitido fluir con cierta liviandad, ya que odiar hubiera tenido una carga negativa, desarmonizante para mí y los míos...
Entonces también tomo conciencia de que el odio ignoto y el resentimiento que va quedando en el camino me hacen posible este liberador sentimiento, al que podría llamar perdón, que surge de mí como las aguas más cristalinas de un manantial.
Nada que perdonar...
Libertad...
Melinna Trigo (CABA)
1. PEDIR PERDÓN
El calor se hacía notar impiadosamente esa mañana de enero mientras atravesábamos el arco de bienvenida de Las Lomas, el barrio donde teníamos nuestra quinta en las afueras de Buenos Aires.
Es una linda zona de grandes predios arbolados, cercos vivos, umbrales con faroles, verjas y tranqueras.
Algunas de aquellas casas eran casi centenarias y otras eran modernas propiedades que desplegaban tecnología al servicio de la seguridad cada día más carente a pesar de lo pacífica que resultaba la estadía en aquellos parajes perfumados por pinos y magnolias.
Todas las casas contaban con pileta y típicas parrillas donde era habitual que llegarán eventuales visitantes y también se reunieran tres o cuatro vecinos con sus familias para pasar hermosos momentos en alguna propiedad.
Ese no era nuestro caso, ya que por estar obesa yo prefería llegar con mi familia y cerrar la reja de nuestra casa para estar prácticamente recluidos allí por un par de días.
Mi hijo que en ese entonces andaba en los doce años tenía un lindo grupo para jugar fútbol en otras quintas y participaba de los encuentros deportivos contra otros barrios y countries de los alrededores
Mi esposo iba a las reuniones para fomentar mejoras comunitarias desde hacía varios años y había establecido vínculo con los vecinos quienes nos invitaban asiduamente a participar de algún asado.
En esas ocasiones él esgrimía siempre una amable excusa dado que conocía mí aversión a encontrarme con otra gente que no fuera mi familia a raíz de los complejos con mi cuerpo.
Esto reducía muchísimo las relaciones sociales de mi familia limitándonos a un cordial saludo desde lejos o desde dentro del auto.
Por eso me sorprendí al ver a aquella pareja, ataviada impecablemente con claros atuendos deportivos, y su niña parados junto a la reja de entrada de nuestra quinta.
Nos saludaron muy amigablemente y a medida que nos acercábamos reconocí bajo la víscera celeste pastel a la mamá de uno de los amiguitos de mí hijo, ellos eran de la casa que estaba enfrente y en diagonal a la nuestra desde hacía unos cuatro años.
La mujer de aproximadamente mi edad lucía preciosa, con shorts blancos que le quedaban como pintados dado que poseía unas piernas no muy largas pero bien torneadas.
Ella agitaba las manos en señal de recibimiento a la vez que su marido, un guapo canoso de ojos verdes, y la chiquita se acercaron a nuestra Dodge 1500 amarilla, modelo Familiar. Intercambiamos comentarios sobre el clima y mis hijos bajaron a la vereda a interactuar con la otra nena muy entretenidos.
Entonces nos contaron que alrededor de las trece se largaría la picada y que si le permitíamos a nuestros hijos cruzarse a jugar previo a la comida para la cual nos esperaban gustosos a los cuatro.
Yo permanecí quieta, pegada al asiento, molesta ante tanta desacostumbrada sociabilidad, registrando como mi esposo, sin preguntarme mi opinión, abría el baúl del coche y le daba al hombre unas bolsas conteniendo carne y otras cosas para el asado.
Mis hijos estaban radiantes porque daban por hecho que iríamos y mi esposo, mirando fijamente al piso para evitar mis inquisitivos ojos, les contestó nuestros vecinos que en un rato, una vez que estuviésemos organizados, los chicos cruzarían a jugar.
Se retiró aquella gente y lo interpelé con violencia porque descubrí que se había puesto de acuerdo con aquellas personas sin consultarme dado que hubiera obtenido de mi parte una nueva negativa, y así me estaba obligando.
Discutimos fuerte y dije que no iríamos a ninguna parte siempre esgrimiendo mí habitual argumento:
"Yo vengo acá a descansar, a despatarrarme y estar libre de compañías ajenas" .
Los chicos lloraban sin comprender mi actitud y el padre los autorizó a ir.
Yo, incapaz de enfrentarme a la mirada de aquellos extraños, recurrí a la excusa del dolor de cabeza y me acosté llorando mientras mi marido con el rostro desencajado dio un portazo y se fue solo a la reunión.
Pido perdón a mis hijos y a mi marido por tantos momentos como este en que debieron soportar mis reacciones incomprensibles para ellos.
Por el displacer que les provoqué en oportunidades donde no lograba fluir sin autodiscriminarme.
Les pido perdón a mis hijos por todos los días en que no resulté buena compañía ni permití que la obtuvieran en otros lugares.
Les pido perdón por mis maltratos y destratos aun cuando mí pecho siente por ellos, desde siempre, puro y genuino AMOR.
Melinna Trigo (CABA)
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