14. ESCRITURA, CUESTIÓN ESTÉTICA
Recuerdo que cuando estaba en la primaria escribía bonitas redacciones.
Era habitual que las maestras reconocieran mis logros haciéndome pasar al frente de la clase para compartirlas con mis compañeros.
Incluso hasta las he leído en algún acto escolar.
A mí escribir me proporcionaba un gran placer, aunque sinceramente leer me gustaba mucho más.
Será, tal vez, porque estaba segura de que mi letra era desprolija y poco agraciada.
Era tedioso hacerlo con las lapiceras fuente que se cargaban directo desde el tintero, ya que, constantemente, les torcía las plumas.
Muchas veces las presionaba tanto sobre el papel que las rompía terminando con las manos enchastradas.
Las hojas del cuaderno goteadas eran mudas víctimas de mi impericia al maniobrar aquellos infernales instrumentos.
El papel secante no me servía de gran ayuda y finalmente estampaba el guardapolvo blanco con espectrales lamparones azules.
Cuando aparecieron las lapiceras Sheaffer con cartuchos, la cosa no mejoró demasiado, pues los reventaba a menudo dentro de algún bolsillo o de la cartuchera haciendo verdaderos desastres...
Mis calamidades al intentar borrar un yerro merecen una mención aparte.
En una época lo hacía con lavandina y las consabidas consecuencias eran la ropa arruinada y el penetrante olor a lejía que me acompañaba a todos lados.
La goma de borrar en mis manos se había constituido en un verdadero elemento de destrucción para las páginas de mis cuadernos que solían detentar desagradables agujeritos de diverso tamaño y forma, fruto del esfuerzo para hacer desaparecer los errores que había escrito.
Pero, las tareas escolares más tortuosas para mí eran los mapas delineados y con inscripciones en tinta china.
En tercer grado la señorita Yolanda, la más exigente de las maestras que he conocido, me hacía repetir la confección de los mismos una y otra vez, claro que le asistía la razón pues eran monstruosos
Cuánto sufría yo al someterlos al juicio de sus perspicaces ojos negros...
Cuando le entregaba mi cuaderno o algún mapa sentía una emoción devastadora que se tornaba aun más intensa cuando me los devolvía irritada y con su voz grave y casi varonil me conminaba a repetir la tarea, avergonzándome delante de los demás chicos, algunos de los cuales tenían una caligrafía preciosa.
Yo en ocasiones trataba de imitar los trazos de mis condiscípulos buscando un mejor resultado.
Me acuerdo de una nena en particular, se llamaba Elena y toda ella era una gloria estética.
Literalmente prolija de la cabeza a los pies, por lo general llevaba el cabello recogido con un rodete alto y redondo.
Sus zapatos con guillermina lucían siempre blancos, tan níveos como sus medias.
No era bella, tenía ojitos pequeños y achinados. Su cuello era demasiado largo para mi gusto, pero su aspecto general era muy fino.
La escritura de Núñez, tal era su apellido, iba acorde a su presencia; tenía la característica de ser chica, clara y tan estructurada que daba la impresión de que la dibujaba poniendo una regla debajo, cosa que yo había comprobado que en realidad no era así, pues le salía naturalmente.
La cuestión era que yo anhelaba escribir con trazos bonitos como ella, entonces tomé sus cuadernos como ejemplo.
Con esmero pasaba horas, días enteros practicando con una regla como guía y apoyo para hacer una letra similar a la de Núñez.
A los once años, tras cambiar de escuela, ya había progresado mucho en la presentación de todo mi material escrito y hasta el aspecto de los mapas se tornó más aceptable.
Sabía que mi letra no se parecía en nada a la de Elena, pero igualmente había logrado un buen resultado.
Escribir con birome fue favorable para mi escritura.
Ya en la secundaria aproveché al máximo la materia "Caligrafía". Hoy considero que tengo linda letra.
Melinna Trigo (CABA)
13. INSEGURA
En esta ocasión la consigna son los complejos en la niñez y la adolescencia. Pienso y repaso temas posibles en mi vida. Se me ocurren ninguno y muchos a la vez. Mi pobre desempeño en las clases de educación física en contraste con mi rol destacado en el resto de las materias. Ser de las primeras de la fila en la escuela primaria y primeros años de la secundaria por mi baja altura. Hasta que entre los catorce y quince años pegué el estirón y ya estaba en el medio de la fila. Tener el pelo largo y lacio atado tirante hacia atrás con una cola de caballo siempre. Era una costumbre preventiva para no contagiarse de los piojos y mi mamá era inflexible con esa norma. Tener piernas delgadas y evitar usar polleras cortas por eso. Años más tarde me sorprendí porque una compañera de facultad lo veía como una ventaja. Ella estaba acomplejada por tener piernas gruesas. Me decía ”vos podes usar mini porque tenés piernas flaquitas” .
Otra opción sería recordar que por muchos años no teníamos electricidad en mi casa de campo, no vivía en la misma ciudad de mi escuela y donde vivían mis amigas. Ello me dificultaba incorporarme a las actividades que organizaban entre ellas o invitar amigas a casa.
Son bastantes temas que tal vez me hicieron insegura, pero no los recuerdo como traumáticos en este momento.
Rosana L: (CABA)
12. NIÑA VERGONZOSA
El complejo por mi altura lo arrastraba al colegio, pero lo había adquirido en mi casa a raíz de los múltiples comentarios al respecto.
-¿Cuándo vas a dejar de crecer? Hay que ponerte un ladrillo en la cabeza.
Como si dependiera de mí.
El color del cabello era otro tema de conflicto, todo el mundo tenía algo para opinar y nunca nada bueno. Hasta en la calle me gritaban algo referido al rojo de la melena.
A todo esto se sumaba mi atuendo que no era el más moderno. El auto viejo de mi padre.
Suma de pequeñas esquirlas que hacían de mí una niña vergonzosa.
Niña que era reprendida si no saludaba. Niña que se sentía menos que todos. Niña que soñaba e imaginaba otra vida, otro aspecto, otra familia.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
11. TRANSFORMACIÓN
De niña tuve cuerpo acorde a la estatura, no diría que era delgada pero tampoco gorda ni gordita. Pelo lacio y rubio, casi blanco.
A los once o doce años, todo cambió.
Las hormonas se pusieron de acuerdo para modificar totalmente mi aspecto físico.
La niña rubia bonita ya no aparecía en ningún espejo, pero no me importaba…
El cabello de golpe se enfureció y los rulos y la cantidad extrema se apoderaron de mi cabeza.
El rubio dorado mutó a un marrón beige que se veía seco y sin brillo.
Como mi espíritu…
Fue dura esa etapa. En la escuela no se burlaban pero yo sentía algunas risotadas por ese pelo que parecía del Rey León.
En casa, todas las tardes se reunía mi hermana con sus compañeros de secundaria y mi apodo más gracioso fue PanCuCa que traducido era panza culo cabeza.
Hoy lejano todo, lo veo tan ordinario como algunos de los que lo decían….
Ellos se reían todos a la vez y yo luego de ponerme colorada como un tomate, huía del comedor para encerrarme a llorar en mi habitación.
Mamá y papá no estaban.
Mí hermano mayor tampoco.
MI hermana reía con ellos. Nunca salió a defenderme.
Yo tenia once y ellos casi dieciocho.
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
10. CASI POBRECITOS
Mi único complejo físico en la adolescencia fueron mis piernas, no eran tan horribles, de hecho, en alguna oportunidad me las han elogiado, pero para mí eran horribles. En realidad no eran las piernas en su totalidad, sino, específicamente, mis tobillos anchos, tampoco no eran patas de elefante, pero en la adolescencia todo se magnifica. De igual modo usaba minifaldas, lo que mirándolo a la distancia significa que no era un complejo que me traumase tanto. Por ahí hubo hechos de desvaloración y humillación que, de manera indirecta, me afectaron más. Yo era todavía muy niña, unos ocho o nueve años, no sé bien, tampoco entendía la maldad de los adultos, sí notaba que para ellos, mi hermano y yo éramos casi pobrecitos.
No hablo de esa pobreza de no tener que comer o de andar sucios o mal vestidos, sino de esa que te hacen sentir cuando te miran como con lástima por ser la hija de Titina, así la llamaban a mí mamá, aunque su nombre era Adela. Tal vez tomo esto como un complejo, porque sentía que la humillación hacía mí mamá, indirectamente me tocaba a mí por ser su hija.
No nos invitaban a las reuniones sociales que hacían los hermanos de mi mamá. Ellos al igual que mi mamá, desde niños hasta la adultez vivieron situaciones económicas difíciles. Con el correr de los años las hermanas mujeres se casaron y lograron vivir holgadamente y los varones formaron una sociedad y con un golpe de suerte pasaron al bando de los pudientes.
Fue a partir de ahí que comenzó la discriminación que le hacían a su propia hermana, por su condición enfermiza, aunque pensándolo bien todo fue desde siempre.
Pobres chicos, decían, con esa madre, como si esas palabras los hicieran piadosos, cuando en realidad no era más que una expresión despectiva.
Casas de veraneo, departamentos de muchos ambientes, grandes fiestas de quince para sus hijas, casamientos en salones importantes, a esos eventos nos invitaban, porque a pesar de todo nosotros también éramos sus familiares y ya era demasiados dejarnos de lado, pero siempre hubo una línea que marcaba la diferencia, entre unos y otros.
Mi mamá era la enferma o aún peor, "la loca", así le decían sus hermanas cuando la veían llegar.
No era conmigo la cosa, era con mi madre, según ellos la hija fallada, la oveja negra de la familia, la que solo hablaba de enfermedades, la que en alguna oportunidad en una reunión, para no ser tan invisible se hacía la simpática con algún invitado y les hacía pasar vergüenza según ellos, la desubicada.
No era conmigo la cosa, a mí me incluían en sus salidas, me hicieron conocer el mar, ya más grande me invitaban a algún festejo con mis primos. Yo no me sentía discriminada, la que los avergonzaba era mi mamá. Ella no sabe hablar con la gente decían, nos hace quedar mal, si le dan los ataques que momentos vamos a pasar y yo escuchaba y sentía la injusticia en carne propia. Hoy me atrevo a pensar, si eran diferentes conmigo por amor o por lástima. No voy a negar que mi mamá no se ubicaba siendo yo adolescente frente a alguna persona hacía comentarios fuera de lugar que me hacía brotar la cara de vergüenza, poniéndome en una situación incómoda. Sin embargo y a pesar de todo jamás la traté de loca, ni la aparté para que no supiesen que era mi mamá, ella tenía mil defectos pero era míimamá, la madre que me había tocado. Me enojaba y no le hablaba, pero nunca la negué por vergüenza. Alguna vez tuve la fantasía de desear que fuese otra mi mamadremá, más comprensiva, más ubicada, más amorosa, pero la realidad era que no había otra, sino esa y yo la aceptaba y no me acomplejaba de que así fuera.
Li (CABA)
9. SOY XL..., ¿Y QUÉ?
Quienes como yo sean talle XL (del real, no del que venden ahora) y experimenten una y otra vez que ni el XXXL nos entra ni en el dedo pulgar, podrán entender mi ataque de furia cada vez que salgo de compras.
Convivo desde hace muchos años con la limitación de no poder comprarme la ropa que me gusta. En general son modelos con telas de las que usaba mi abuela para sus batones o estampados que bien podrían usarse para manteles. En mi infancia y adolescencia no lo padecí, porque si bien siempre fui alta, ser delgada me liberaba de ese karma.
Pero fui mamá de una nena XL y que ella padeciera esa discriminación a tan corta edad me generaba ODIO....
Odio porque la hicieron creer que no era normal y le impidieron disfrutar de la moda como sí podían hacerlo sus amigas talle S...
Ni siquiera entrando a casa de adultos había talle para esas adolescentes que sobrepasaban la altura y el peso estándar (Digo...debe haber un tamaño estándar para tanta ropa talle único). Sus pies, fuera de la norma también, la dejaron del otro lado de la vidriera, anhelando las zapatillas de Floricienta a las que nunca pudo acceder.
Nadie repara en el daño psicológico y social que esto causa. Los adultos tenemos más herramientas para adaptarnos, pero en esas tiernas cabecitas el daño puede ser irreparable.
Somos las mamás las que, con toda paciencia, las acompañamos a encontrar algo que las haga sentir lindas en un evento especial, las únicas que reparamos en esto. La ley de talles es otro de los chistes a los que nos tiene acostumbrados la justicia argentina.
Tenés que ser Barbie o no existís. Lejos estoy de seguir ese modelo, pero muchas veces intenté descensos de peso en pos de recuperar cierta agilidad, disminuir algunos dolores en las articulaciones y mejorar los valores de laboratorio. Lo estético, a esta altura, no me afecta demasiado. Con los años aprendí a reconocer y aceptar mis limitaciones. Me cuesta identificar el momento en que mi cuerpo comenzó a cambiar, ya no hacia lo alto sino, esta vez, a lo ancho.
Hace un año y medio decidí hacerme cargo de este tema y, a la par de intentar encontrar la raíz emocional de mi problema, comencé a batallar con un plan estricto de alimentación saludable. Si bien no logré llegar a mi peso deseado, sí me acerqué mucho. Veinte kilos en nueve meses. Me sentí feliz y sana. Ropa que hacía años no podía usar volvió a quedarme cómoda, volví a caminar sin cansarme y mis articulaciones aplaudieron agradecidas. Pero llegó el verano y, como los cangrejos, retrocedí. Mi temporada en la costa me jugó una mala pasada. Me subí a las vacaciones de todos los que anduvieron por allí. Asados, churros y helados abrieron unas compuertas que aún me cuesta cerrar. Y aquí estoy, por estos días, intentando volver a cambiar el chip. Me está resultando difícil. Comer cosas ricas y engordantes es uno de los placeres de mi vida y, muchas veces, se convierte en el colchón para mi ansiedad. Ansiedad que luego se transforma en culpa. Pero bueno, ese es otro tema que ya trabajaré en terapia y en mi taller.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
8. COLONIA DE VACACIONES
Corriendo de lado los ya sabidos, encontré uno más.
La Colonia de Vacaciones vuelve a mi memoria.
Mamá se empeñaba en mandarme porque decía que me haría bien estar en movimiento y relacionada con otros chicos.
Odiaba la Colonia.
Primero que no estaba con ninguno de mis hermanos por la diferencia de edad y con ninguna de mis compañeras de colegio con las que tenía una buena relación; había otras que iban hacia tiempo con los padres porque era la actividad familiar consabida y estaban en otra cosa. El club era su otra casa. Yo quería irme a la mía.
Era un lugar detestable para mí. Recuerdo que cuando me dejaban allí sentía que todo me era ajeno, nada me gustaba, odiaba ponerme la malla porque era gordita y eso de estar en Mojarrita no coincidía, nunca llegué a Tiburón y me daba mucha vergüenza cuando nos tomaban examen y todos me miraban pensando que no pasaría ni a Delfín… y además empezaba a no ver bien así que tenía que sacarme los anteojos, me molestaba la malla entre mis piernas regordetas, la gorra que me dejaba los rulos asquerosos mientras las de pelo lacio estaban chochas y mucho más, detestaba la pollerita tableada cuando me tocaba tenis. No era yo allí. Mamá escuchaba mis protestas pero no creyó nunca que era para tanto. Supongo que también se aseguraba que yo iba a estar en un lugar seguro y sano mientras ella se ocupaba de otras cosas.
Cuanto más desapercibida podía estar lo estaba. Lejos, atrás, arriba de las gradas en el último escalón.
Participaba obligada mientras los demás se divertían, molestaban, iban al bar del club a comerse un pancho mientras yo me comía el religioso sanguche de milanesa que traía de casa porque el bar me tocaba solo para el helado.
Y por ahí se acercaba un chico que seguramente estaba igual que yo: impecable pero dentro de una fábrica de deportistas con una vida extraterrestre para nosotros que nunca llegaríamos ni siquiera a levantar pelotitas en la cancha.
En fin era el círculo más dantesco de la Divina Comedia pasar por ahí. Pero siempre hice caso y berrinches nunca.
Esperaba desesperada que me vinieran a buscar para ir a casa. Ir a casa para encontrarme con mis lápices de colores y mi merienda tibia en la mesa de la cocina mirando el jazminero por la ventana.
Tenías razón, Yima: si buscamos siempre hay algo nuevo para contar.
Gabriela Potenza (CABA)
7. NO ME LO CREO
Escucho a quienes me quieren y aprecian decirme que soy inteligente, que soy sabia ¡y hasta que soy linda!
Pero yo no lo veo las más de las veces. La verdad, que con lo que me he amigado es con mi imagen corporal. En términos generales me veo y me gusto, aunque tengo días en que no.
La verdad, no me identifico como una persona sabia e inteligente. Que tengo garra sí, que arremeto y no me achico, también. Pero claro, seguramente como me dicen, eso debe ir acompañado de cierta lucidez para poder avanzar con las situaciones con las que lidio y puedo resolver en general. Lo cierto es que lo que siento es que la gente que me rodea es más sabia que yo, aunque sé que las comparaciones no son buenas. Supongo que eso se debe a mi falta de valoración.
Tengo una casa hermosa, fruto de mi buen gusto para decorarla y de mis habilidades para hacer cosas. Según dicen, mi look es un poco fuera de lo común. Tengo proyectos como el de preparar mi auto para acampar en él y así poder viajar sin rumbo, algo que no todo el mundo hace. Mis gustos son eclécticos. Me emocionan hasta las lágrimas desde un aria hasta un buen rock, los cuadros de mis amigas o las cataratas del Iguazú.
He dirigido un grupo de trabado de más de diez personas durante veinte años y todos destacan que he sido buena jefa, en esos mismos años crié tres hijas sola, con toda la complejidad que sabemos que la crianza tiene.
Supongo que son algunos de los aspectos que me hacen ver inteligente frente a los demás, pero yo sigo sin creérmelo. Creo que me llevará un proceso bastante más largo del que había imaginado.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
6. SIN BRILLO
Hurgo en mi memoria y no aparecen. Trato de visualizar rostros sonrientes, voces dulces, abrazos cálidos, pero no hay caso. No tengo en mi memoria ningún registro que de niña o adolescente me hayan dicho cosas como “sos linda”, “qué hermosa estás”, “qué bien te queda eso”, ni que hablar de “te amo”, “te quiero”, “te extrañé”.
El único registro que tengo que habla sobre mi aspecto es el de mi mamá contando acerca de mi nacimiento. En su relato ella dice que cuando la durmieron para la cesárea, sintió que había pasado a otro mundo y que yo había nacido allí. Por lo tanto, cuando despertó no quería mirarme, porque, además de extraterrestre, “era fea y peluda”. Cuenta que Elena me sostenía es sus brazos y le decía “mirala, es hermosa”, pero ella no quería ni girar la cabeza. De allí se desprende que siempre odié las pocas fotos que tengo de bebé, que, por supuesto, fueron sacadas por Elena.
Me he preguntado varias veces dónde estaba mi papá en ese momento, no aparece en el relato. ¿Estaría cuidado de mis hermanas? ¿Se encontraría trabajando y no paró ni el día que nació su hija? Siempre me inclino por la segunda opción. Convengamos que nadie necesitó decirme que fue una desilusión que fuera mujer. La tercera nena en una familia con estructura machista era demasiado. Obviamente esperaban el varón, que no se hizo esperar, nació a los dieciséis meses, con lo cual dejé rápidamente de ser la bebé de la familia y el centro de atención.
Creo que todo esto me marcó e hizo que tanto en mi niñez como en mi adolescencia intentara tratar de pasar desapercibida a pesar de mi gran porte.
Me describen todos como una niña callada “calladita en el recreo y calladita en el salón” dijo de mí una maestra de música de séptimo grado. No tengo registro de que me diera vergüenza algo en especial, pero sí que no me creía merecedora de alabanzas ni piropos. Tampoco quería sobresalir por hacer macanas, en términos generales hacía todo para mantener la línea de flotación. Ni para arriba ni para abajo, ni muy mucho ni muy poco.
Será por eso que el día que mi profesora de inglés de quinto año me acusó de copiarme me dolió y me avergonzó tanto. Me expuso frente a todos mis compañeros y me sancionó con un cero de una forma absolutamente injusta e irracional. Ahí vi a mis padres ir a respaldarme al Colegio. A defender mi honor sin dudar ni por un segundo de que lo que yo les había dicho era verdad: no me había copiado. Pero ella había puesto el foco en mí y para mí eso era terrible.
Tengo pocos recuerdos de sentirme linda o inteligente. Mi vida era promedio, no buscaba brillar, no me sentía hecha para eso.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
5. OXILÍN PESCADÍN
Sufrir de psoriasis en una época en la que no se comprendía de qué se trataba, fue muy complicado. Mi mamá me llevaba al Argerich en una aventura que duraba toda una jornada. Recuerdo los cadáveres pasando por las salas de espera. Recuerdo el frío, recuerdo cada mano médica estrujándome la piel. Esto en cuanto a la atención médica.
En la escuela era peor. Mis escamas aparecían en mis piernas, en mis brazos y en mi cuero cabelludo. Mi mote era “Oxilín pescadín”.
La otra parte se sumaba al aspecto estético de mi trastorno: el pelo cortado como varón. No era una época para compelir nuevas modas: niñas, pelo largo; niños pelo corto. Llegar a la escuela e ir a formar en el patio helado ya implicaba de plano el primer choque matutino: mis sororas compañeras exigían que formara con los varones. Meterse adentro. Muy.
Y como si esto fuera poco, mis pies número 39 fueron el hazmerreír en niñas de piecitos de 35/36.
Fui limpiando mi piel así como mis pensamientos sobre mi imagen en el espejo. Me amé. Con desesperación. Por todo el tiempo en que había descansado en las palabras de otros. A mí me dijeron que era inteligente, no linda.
Lo que he adquirido nuevo en estos últimos tiempos es la noción de que la gente de Letras sabe mucho más que yo. A veces la experiencia no suple las lecturas y/o el pensamiento crítico.
Dejo de escribir. Me voy a amar a mi imagen corporal.
Edith Oxilia (CABA)
4. DESTACAR
Siendo ya adulta cambió mi mirada sobre ciertas situaciones. Así siento que pasó con los complejos.
No quiero decir que hayan desaparecido, pero tampoco podría decir que surgieron en esta etapa sino que son los mismos que se acarrean desde la infancia y la adolescencia.
Me pregunto: ¿es lo mismo sentirse acomplejada a sentirse inconforme con ciertas características nuestras? Porque los complejos no me agobian ya como cuando cursaba la secundaria ni ocupan la mayor parte de mis pensamientos como en ese entonces. Salvo ahora que escribiré sobre ellos.
Si me preguntaran si me siento “acomplejada” diría que no, sin embargo, reconozco que han dejado su huella y todavía, inconscientemente, se revelan en alguna que otra de mis actitudes.
Hace un par de años, ex compañeras de la secundaria propusieron volver a reunirnos. No sé si finalmente se produjo el encuentro, pero decidí no participar. Los motivos fueron dos: el primero, porque considero que son personas que formaron parte de una etapa que culminó hace mucho tiempo y a las cuales me unió el contexto de entonces. El segundo motivo es que no hubiera soportado ver que muchas habían logrado ser profesionales o que contaran sobre sus trabajos cuando en ese momento, yo no tendría nada que decir en ninguno de los dos casos.
Para mí no hubiera alcanzado decir que yo había compensado no seguir una carrera estudiando italiano, haciendo cursos literarios, estudiando piano, leyendo libros… No era válido… para mí.
En cuanto a los complejos que tenían que ver con mi físico, siempre digo que no soy la madrastra de Blancanieves esperando que el espejo me diga que soy la más linda. Es más, en mi casa habita un solo espejo que es el del baño y con ese me alcanza. Hay días en que me veo mejor y otros en que no tanto. Pero a diferencia de cuando era adolescente, ahora puedo revertir aspectos que me molestaban, con lo cual supongo ahí se encuentran escondidos los complejos. Ya no pueden apodarme “rulitos de alambre”, pues hace años me hice el alisado y me dejo el pelo largo. Puedo cambiar cualquier cosa menos los turnos con mi estilista.
No me torturo con mi peso, sin embargo, siempre estoy atenta a no excederme demasiado, para que no se repita el sobrenombre de “gordita”. Me he preguntado si eso tiene relación con que siga pensando que todo lo relativo a la cocina es una pérdida de tiempo y me signifique lo mismo si desayuno o no, o si me salteo un almuerzo o una cena.
Quizá mi mayor complejo fue que ya de niña sentía que quería ser diferente. De qué forma o de quién, no lo sé. Destacarme en algo, en ser culta, en ser más linda, en tener un porte distinguido, en el arte, en poseer conocimientos que me permitieran abarcar infinidad de temas. Ser distinta…
Creo que la diferencia es que en la adultez podemos ver esos complejos desde otra perspectiva, y que se puede lograr que cada vez, pesen un poco menos.
Claudia(CABA)
3. ESO NO ALCANZA
Durante los primeros años de infancia mi mirada era benévola para conmigo. Siendo pequeña no pensaba en observarme en el espejo. Pero a medida que fui creciendo, en que debía compartir mis espacios con mis pares, en la escuela primaria y luego en la etapa del secundario, mi mirada era otra. Y me di cuenta de que la mirada de los demás también cambiaba, porque era(no sé si elo pensás en pasado o en presente) más propensa a la crítica, con razón o sin ella.
No sé si en ese entonces me detuve a analizar mis complejos, y contrariamente, me sentía acomplejada, aunque no usara esa palabra para definirlo.
Como cuando escribí sobre mi autoestima, reafirmo que es evidente que los complejos existían y sufrí por ellos si bien en esos años no tomé real conciencia del daño que pueden causar y el mismo perdurar en el tiempo.
Era ver que siempre debía formar en la fila de los varones, porque mi altura era superior a la de mis compañeras.
Por el mismo motivo, me hacían sentar en los últimos bancos.
En gimnasia no lograr saltar el caballete ni dar vuelta carnero ni hacer la vertical por mi torpeza para manejar mi cuerpo.
Tener el cabello corto onda varón, por mis rulos “de alambre”, como los bautizaron unos chicos al verme pasar.
Tener un peso que pareciera no era el correcto o ideal, porque mis compañeras podían usar talles de ropa más pequeños (o eso es lo que me parecía a mí).
Preguntarme por qué las demás eran elegidas para bailar o que algún muchacho las invitara a salir y yo nunca entrara en esas elecciones.
Ir contenta a un club para aprender y practicar tenis, y terminar jugando sola en los frontones, sin pisar nunca más una cancha por decirme mi profesor que con mi lentitud podría ganarle a un rival, pero por cansancio. Perdón, me corrijo, no usó la palabra lentitud sino “pachorra”.
En casa siempre fui “la gordita” y cuando alguien de mi familia me dijo que no debía acomplejarme porque una persona conocida había dicho que yo no era una fea chica… poco después me enteré de que se había tratado de “una mentira piadosa” para levantarme el ánimo.
Así resumo los complejos en las etapas de infancia y adolescencia.
No puedo decir que no me hayan incluido en grupos, ni que estuviera aislada de mis compañeros. Algunos me decían que era buena amiga, pero eso no alcanza cuando la propia imagen es un peso difícil de soportar.
Claudia (CABA)
2. NO SE BORRA DE GOLPE
Fui gorda, muy gorda. Lo fui la mayor parte de mi vida. Lo padecí, pero también aprendí a serlo. Fueron muchos años de ser así, gorda. Luego, by pass gástrico mediante, eso acabó. Ya no fui gorda nunca más. Y dejé de serlo casi de golpe. Qué son doce meses de descenso comparados con treinta años de obesidad. Son casi nada, son un apenas doce meses. En ese tiempo, el cuerpo baja de peso, pero en la mente todo continúa pesando igual. Ese tiempo duró dos años. Y en esos años, en ese tiempo que demora la cabeza en procesar los cambios del cuerpo, ese tiempo en el que la mente duda de lo que los ojos ven, de lo que el cuerpo siente, de lo que los demás dicen, en ese tiempo de autoexploración prudente y minuciosa frente a los espejos, en ese tiempo de alegría y desconcierto, pasaron cosas.
En una tienda de ropa, me encontré rodeada por personal de seguridad, convencidos de que me estaba robando prendas. Les expliqué que era ropa para mí y que me la quería probar. La vendedora que los había alertado no me creyó. Mi madre, astuta, les contó entonces de mi operación y el descenso rápido de peso. La vendedora lo comprendió en seguida y les dijo a los de seguridad que se fueran. Amorosamente, me alcanzó las mismas prendas que yo había seleccionado, en tres talles menos. Y me dijo: "probate las que vos elegiste primero, y luego probate las que yo te dí". Ella me había dado el talle exacto, el que calzaba perfecto sobre mi cuerpo. Yo me miraba en el vestidor, comparaba las prendas, las medía, me las probaba. No podía comprender cómo mi estimación había errado por tanto.
En otra oportunidad, caminaba junto a una amiga, también psicóloga, por el barrio de Palermo, y pasamos frente a un bar, con mesitas en la vereda. Mientras ella hablaba, yo, que la seguía escuchando, bajé a la calle. Seguí caminando en paralelo a ella. Marcela por la vereda, yo por la calle. Entre las dos, una hilera de mesitas de café nos separaba. Al llegar a la punta, volví a subirme a la vereda para continuar la charla. ¿Por qué bajaste a la calle?, me preguntó Marcela, atenta a todo. Porque no entro en el pasillo que dejaron entre el bar y las mesas, le respondí. Acompañame, me dijo. Y me llevó de la mano, a recorrer en sentido inverso ese mismo pasillo angosto que yo había evitado dos minutos antes. Mi cabeza seguía sin comprender cómo era que mis caderas no golpeaban ni mesas, ni sillas ni comensales.
Anécdotas así, guardo muchas. Algunas ocurrieron en compañía, otras en soledad. Redescubrir los huesos del cuerpo al tacto: costillas, clavículas, esternón, el huesito dulce y hasta las muñecas. Quedarme mirando un tobillo y pensar que me quedaban grandes las medias. Fueron dos años de mirarme con atención. De volver a aprenderme. Me acompañó la familia, los amigos y la gimnasia. Sentir el cuerpo en movimiento, para entender no solo cómo se ve, sino las cosas nuevas que ahora puede hacer.
No volví a ser gorda, eso lo sé. Pero la obesidad continúa siendo mi complejo. No me llevo con mi cuerpo como las flacas de siempre. No tengo esa soltura. Me peso todas las semanas y registro cuánto peso. Estoy atenta, no doy nada por sentado. La ropa ajustada me cuesta y los colores estridentes también. Una vida de oscuro y holgado no se borra de golpe. Pero de a poco lo voy logrando. Y eso me hace muy feliz.
MAD (CABA)
1. SIN LUGAR PARA LOS DÉBILES
Corría el año 1973. Yo estaba en tercer grado. Había dejado atrás a aquellas maravillosas maestras comprensivas y amorosas de primero y segundo. Éramos los más grandecitos de la primera etapa escolar y cayó a nuestro curso la señorita Liliana. Una mujer verborrágica y bruta. Era desagradable y hablaba muy fuerte. Avanzaba el año y nadie la quería. Nos trataba mal.
Teníamos un compañero nuevo, que venía de Capital, y debía tomar el tren todos los días. Se llamaba Gabriel. Casi siempre llegaba tarde. Lo llevaba su mamá, que era una señora obesa, muy linda y siempre estaba maquillada. Llegaba transpirada. El nene, hablaba con voz de corneta, iba despeinado y tenía la nariz aguileña, como un papagayo o un loro. Los chicos se reían de él. Eso me ponía muy mal. A veces la mamá lo dejaba en dirección y Gabriel se acercaba al aula con alguien del personal docente. ¡Ahí viene el pájaro bobo!, decía la señorita Liliana. Ese comentario me revolvía el estómago. Me daba impotencia y me enojaba. Mamá me contó que yo siempre volvía mal por ese motivo. Las agresiones eran a diario. El pobrecito, cuya madre haría un esfuerzo tremendo por mandarlo a ese colegio, no le quedaba más que sonreír. ¿Qué pasó hoy, se le pinchó la rueda al tren?, le dijo una vez, aquella maestra bestia e inhumana. El nene le explicaba lo inexplicable.
Un día, estábamos en clase y Gabriel tenía que leer algo del libro de lecturas. El chico lo hizo tan mal que Liliana lo humilló delante de todo el grado diciéndole: Si no aprendés a leer te voy a mandar a la escuela de la otra cuadra, con los mogólicos. Esa misma tarde llegué a mi casa y le dije a mi mamá que no quería ir más a ese colegio. Le conté el episodio y al día siguiente se fue furiosa hasta la escuela. La recibió la Señora Aguer, que era la directora de la primaria e hija del dueño. Mamá le pidió que le informara a la Señorita Liliana que mi hermano concurría a la escuela quinientos uno, de la otra cuadra y que a mí me ponían muy mal sus comentarios sobre los nenes con discapacidad mental. No recuerdo nada más. Solo sé que a Gabriel lo sacaron del colegio a mitad de año y esa maestra se fue al finalizar el período escolar.
Yo no hablaba mucho de mi hermano en el colegio. Por suerte, tuve buenas maestras hasta terminar la primaria. Siempre me apoyaron con ese tema. Tuve excelentes amigas que venían a casa y jamás decían aquella maldita palabra. Debía ser algo raro, seguramente, pero fueron cautelosas y lo querían mucho a mi Dani. Cada vez que algún chico insultaba con la palabra mogólico, era un golpe en mis entrañas. Una vez, una nena me dijo: ¿Viste que tu hermano es medio medio? Bueno, andan diciendo que vos también sos medio medio. Por suerte me di cuenta de que esas palabras venían de la ignorancia. Me dolió mucho en ese momento, pero después supe elegir los amigos adecuados.
Hoy, de grande, me enteré de los complejos que tenían mis amigos: uno porque su madre estaba en silla de ruedas, otro porque sus padres eran viejos y una chica, por la pobreza de su casa. Andrea, mi mejor amiga, me contó después de muchos años, que su mamá era maestra especial. En aquella época, los chicos debían ser perfectos. Sin lugar para los débiles.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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