Miedo

26. MIEDO

Edith  M. nació en Jáuregui, el 30 de abril de 1965. Cuando tenía tres años arribó su hermano. Creció en esa familia de cuatro, en esa casita humilde de la calle Los Plátanos.  Era una nena callada, introvertida, observadora. De difícil adaptación cuando comenzó la escuela, a los seis años. Sin embargo, le costó poco tiempo conquistar amistades que aún hoy perduran en su vida.

Andaba en bici pequeña por lugares rodeados de plumerillos y cardos, siempre acompañada, hasta llegar al club que la vio crecer. Pedaleaba cortito o rápido con esa valentía que la caracterizaba.

Sintió miedo por pocas cosas...siempre tan protegida, tan amada.

Le asustaba la oscuridad, la soledad, los perros sueltos que se le arrimaban embravecidos, las arañas grandes, los sapos en la vereda de su casa.

Una sola vez sintió ese miedo que logra que el corazón lata fuerte. Un carnaval en el que su papá discutió con un hombre que pasaba y creyó que saldría lastimado. Nunca, jamás volvió a escuchar a su padre tan enojado. De todos modos, esa situación, no dejó huellas, el miedo en su infancia, ese miedo enorme no volvió a pasar cerca de ella.

 Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)

 

25. LAS COSAS CAMBIAN

No hay miedo que me destruya; sí, algunos, paralizan. Aquellos subjetivos, enraizados en creencias inconscientes heredadas. Esos son los más difíciles de sortear. Difíciles, no imposibles. Llevan su tiempo de incubación, de miradas amorosas, de palmadas de consuelo.

Dejar atrás el miedo a la soledad, al abandono y a la decrepitud humana. No pisotearlos, sentarme con ellos, mirarlos a los ojos y despedirlos. Vayan tranquilos, estoy bien, ya puedo con esto sola.

El sentimiento aterrador de la pobreza material, ese que no me ha dejado avanzar, veo la otra orilla llamándome, corre el río caudaloso, no obstante, robo una mirada hacia el pasado y veo que lo he logrado, me envalentona la imagen de ese lienzo.

Con cautela y sin apuro, la decisión está tomada, no pesa en mi alma.

Hoy me veo, salvando daños, miro bien por donde piso, intento no imaginar el momento de llegada. Todo tiene su tiempo. Volver al comienzo, elegir un lugar nuevo. Escabullir los espantos, porque valiente es quien va a su encuentro.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

24. CUANDO LLEGA LA NOCHE

Mi sueño recurrente, ante una situación de inminente peligro, me paraliza. Quiero gritar, pedir auxilio y no me sale la voz. Quiero huir y mis piernas no responden. Despierto atormentada.

Desde chica esa horrible sensación. Tema de trabajo con mi analista. ¿Cuál será el disparador de esa situación onírica que, cuando llega de madrugada, me acompaña durante todo el día?

Seguimos investigando. Hace un tiempo se han calmado los fantasmas.

Odiaba la noche, sabía que cuando las luces se apagaban y todo era silencio, mi pequeña cama me hundiría, me tragaría y yo caería como en un embudo del que no podría salir. Estaba despierta, lo sé. Tapada hasta la cabeza luchaba  para salir del túnel; cuando lo lograba, juntaba coraje y corría a meterme en la cama de Susana mi hermana mayor.

Susana no decía nada, solo me abrazaba y seguíamos durmiendo como si nada hubiera sucedido.

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

23. MAL MOMENTO

Como ya expresé en otra oportunidad mi papá era comunista.  A los cinco años me enteroé por mi mamá que él tenía armas en casa; ella le comentó que a mí me gustaría verlas y en una oportunidad mi papá me llamó y me mostró algunas.

Toda esa información tenía que quedar bajo llave ya que, según dichos de ellos, si alguien se enteraba mi papá y mi mamá, por cómplice, iban a estar en serios apuros, posiblemente estarían presos y no sé qué iba a pasar conmigo.

Un día yo, tendría unos nueve o diez años, tocaron el timbre y como mi padre había cortado la conexión del portero eléctrico tuve que atravesar todo el pasillo e ir a atender; la gran mayoría de las veces me mandaban a mí a sacar la cara por él. La señora que estaba al otro lado preguntó por mi papá y ante mi negativa comenzó a despotricar acaloradamente y la frase que me impacto fue ` si no da la cara voy a llamar a la policía`. ¡Para queé habrá dicho eso!, aguanté hasta que se retiró y luego comencé a llorar aterrada hasta que llegué donde estaban los dos y relaté lo sucedido con esa mujer. Al explicarles mi papá re enojado se encaminó hacia la casa de la señora.  A los días le hizo la mesa que estaba reclamando. Vino otro día a decirme que estaba encantada con el trabajo que mi papá le había hecho. A todo esto el mal momento lo pase yo.  

 Gra (CABA)

 

22. MIEDOS, HOY

He vencido muchos miedos.

Sin embargo, aparecen nuevos.

El que más me persigue últimamente es el miedo al dolor físico y al deterioro. No me asusta tanto morir como no poder hacerlo con dignidad.

Estoy trabajando mucho en ello, especialmente en no permitirme dejar de estar en acción, en movimiento y, aunque son más concretos e inmediatos, en proyectos personales. Me parece que así distraigo a mi cuerpo y yo me alejo de él y sus reclamos.

La vida y sus intentos. La vida y sus mutaciones.

Mi vida y sus transformaciones.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

21. SUEÑO RECURRENTE

A mi sueño recurrente de alguien que me seguía vestido de negro.

Por pasillos de casas que no conocía, por acantilados de países inexistentes con escaleras que no llevaban a ningún lado, o terrazas suspendidas.

Queriéndome alcanzar y no podía.

Vestida yo con telas sutiles de colores claros mirando para atrás, para escaparme.

Cayendo a veces en aguas turbias, fangosas y oscuras o en ojos de agua cristalina donde podía respirar sumergida.

Y rostros familiares.

Y rostros sin gestos.

Y yo escuchando a mi madre.

Y los tigres naciendo de huevos.

Y el tarro de leche en los mármoles de la cancel.

Miedo estando dormida.

Como un rollo de fotografía pasando bajo mis ojos cerrados un sueño penetrable, confuso.

Y la oscuridad.

Y una sola luz pasando a través de nubes grises.

Este sueño recurrente que me asustó tanto, que olvidaba y volvía a aparecer.

No sé los tiempos, no sé de espacios, no conocía  nada pero todo me era familiar.

Un sueño repetido que me dejaba latiendo al despertar, con la boca buscando agua fresca y miles de preguntas sin responder.

Gabriela Potenza (CABA)

 

20. EL MIEDO MÁS INESPERADO

Habían pasado casi tres años de la peor pesadilla. La muerte de Fermín había sido un rayo que partió mi vida. Sin dudas había un antes y un después de ese doloroso 29 de abril.

Me costó el dolor y la tristeza más profunda que conocí a lo largo de mi vida, me fui al fondo, el famoso infierno del que había escuchado hablar, pero no conocía. Todo lo que había imaginado que sería la maternidad voló por los aires. A la más fuerte felicidad y al dolor más ponzoñoso lo separaban solo tres meses. Esos tres meses que fueron la corta vida de mi primer hijo.

Me costó horrores, pero me sobrepuse, el velo que todo lo tapaba y no permitía que nada brillara se fue corriendo y dejó de a poco entrar la luz. Con el tiempo recuperé las ganas de sonreír, de saborear, de oler rico.

Después de algo más de mil ochenta noches, llegó el momento que me devolvería la felicidad, las ganas de cantar, saltar y jugar. Por fin podía volver a creer que ser mamá estaba hecho para mí.

Y ahí fui, a introducirme en la pileta en la que se produciría el gran momento, el agua estaba tibia, la música era suave y la luz tenue. Era una habitación donde solo estábamos los protagonistas del suceso. Hablábamos en susurros, con calma. El parto de Lucía había sido preparado para que todo fuera diferente, sin intervenciones innecesarias, sin médicos a los que no conocía tocándome sin permiso, sin escuchar a otra parturienta al mi lado  compartiendo involuntariamente un acto tan íntimo y maravilloso.

Y salió, rompiendo la bolsa con su cabeza al momento de asomar, con el cordón umbilical envuelto en sus brazos como si viniese con las bolsas de hacer mandados. Hasta bromas como esa nos permitimos, llegó con risas, con alegría, llenándome de felicidad. Ella, mostrado su fuerza con llanto a puro pulmón, casi como no dejando dudas de que era fuerte y sana como la queríamos.

Todo era perfecto, demasiado perfecto para mí. Pero de repente, cuando la tomé en mis brazos y la puse en mi pecho por primera vez en su vida, me apareció el terror más inesperado, cruzando mi cabeza con un pensamiento espantoso: “Nunca la voy a querer como a Fermín”.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

19. MIEDOS DE NIÑA

A Cimarro, el borracho del pueblo.

A Gardelito, lo más parecido al hombre de la bolsa.

A las gitanas, que según nos decían pasaban robando niños.

A los relatos de miedo de los chicos más grandes en las noches de verano.

A las tolvas llenas de semillas, en el campo, donde nos metíamos a jugar.

A los extraterrestres.

A los sifones de vidrio que podían estallar.

Al gato negro que se metió en la cocina.

A los borrachos que iban a dar serenatas y golpeaban la puerta pidiendo bebidas para seguir su ronda.

Al perro de mi vecina que me mordió.

A no actuar bien en el acto del Jardín.

A ahogarme en la pileta del club.

Grandes miedos de una pequeña de no más de seis años.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

18. ¿QUÉ ES EL MIEDO?

¿Qué es el miedo para cada uno? Hay gente que tiene miedo a las arañas pero no a tirarse en paracaídas, hay quienes no pueden sostener una relación de pareja pero son arriesgados en sus trabajos. Pensándolo, ¿qué es el miedo para mí? ¿La muerte? No, creo que no, aunque un poco sí. En realidad, el miedo es llegar a mi último suspiro estando en la vida que no quise. Mi mayor miedo es el acumular durante toda mi vida pequeños miedos que vayan formando una pared que me aleje de mis sueños, de mis proyectos, y así llegar al momento de partir sin sentirme plena. Todos tenemos un gran miedo, que es sustentado y alimentado de otros menores que fuimos cosechando por experiencias desagradables, por idealizaciones terroríficas o  por escuchar al resto.
No todo es malo en él, a veces nos ayuda a escuchar nuestra intuición antes de dar un paso en falso; el miedo nos enseña a aceptar nuestras limitaciones y lo mejor que nos da es que cuando logramos superarlo la satisfacción es inigualable. Superar un temor y respirar liviano es tan placentero como quedarse en la cama los días de lluvia, es más satisfactorio, es casi como el primer bocado de comida cuando la panza ruge de hambre, respirar el olor a pastito mojado, es la sensación de libertad que nos genera en todo el cuerpo, de mente a pies.

En algún momento pensé que mi mayor miedo era a la soledad, luego de sufrir la pérdida de mi mamá y con la sensación de vacío a flor de piel me pesaba mucho estar sola. Con el tiempo traté el pánico que me invadía cuando me tocaba estar sola, empecé a verle el lado bueno a esos momentos, hasta logré disfrutarlo aunque luego encontré que me aburría. Al final, ¿mi miedo era solamente al aburrimiento? Peor de lo que sospeché al principio. Igual, me quedo con la idea de que en realidad, mi temor era aburrirme y darme cuenta que dependo solo de mí misma.

Mara (CABA)

 

17. MALO EL FELINO

Cuando Carolina y su familia se fueron a Capilla del Señor a pasar la cuarentena. me dejaron a Otto, un gato de cinco años, grande y colorado. Estaba tan enojado cuando llegó que desapareció y no lo vi por tres días. Pensé que se había escapado. Pregunté a los vecinos, lo busqué en los techos y terrazas pero cuando agarré una gomita del suelo miré abajo de mi cama y lo vi agazapado. Cuando salió pasé por al lado de él y me rasguñó las piernas. Malo. Malo el felino. Comenzó así nuestra convivencia  y todo el tiempo siguió torturándome con sus uñas. Pero no sé bien por qué yo lo quería igual.  Dany se enojaba con él y le hablaba de las ventajas de ser bueno. Pero no funcionaba. Llegó el verano. El gato seguía en casa y como nos íbamos de vacaciones lo llevamos a la suya. Unos amigos se turnaban para atender sus necesidades alimenticias. Cuando volvimos seguí yendo para hacerle compañía y alimentarlo.  Un día, mientras miraba unos libros de construcciones góticas y otro de Gaudí, me pasó el cuerpo y la cabeza por los tobillos. Lo acaricié. Se dejó. Pero después me clavó el colmillo en la mano derecha cerca de la muñeca. Grité. Puteé. Le dije de todo y me fui. ¡¡Cómo me dolía!!! Me abrió un surco de tres centímetros. Lloraba de rabia

Llegué a casa me desinfecté y me acosté. ¿Tendría pronto una infección que me mataría cuando llegase al corazón?

No quería ir a la guardia del Lanari porque el lugar estaría lleno de covid, pensaba. Estaba muy asustada porque me dolía mucho.Me mantuve en la cama dos días. Todo el finde pasado. Me sentía protegida en la cama y regodeándome con el dolor que tarde o temprano me llevaría a morir.

Pero curándome la herida cada vez que quedaba expuesta.  Le dije a Dany que no me sentía bien y necesitaba descansar. No lo podía compartir, no quería que empezara con su discursillo. No podía usar la mano ,al menor movimiento se  abría la herida. Así estuve una semana con la incertidumbre de que si tendría que haber ido a la guardia. Pero no tuve la voluntad para hacerlo. Me miraba el brazo todas las mañanas. Para ver si una raya roja iba subiendo hasta el corazón. ¡Alucinaba! Pero al fin se fue cerrando del todo. Todavía tengo la cascarita. Mi mano parece una corteza de árbol añejo, ella cuenta su historia y me gusta sentir que sano solo con mi amor y el Mupax maravilloso.

Metal (CABA)

 

16. PESADILLA

Me despierto y me alegro de que todavía no sean las seis, hora en que la enfermera comienza su turno limpiando, revisándonos, mirando los sueros. Tengo un tiempo para estar tranquila. Observo la cama de al lado, ella todavía está. No quiero estar aquí. Desde que los chicos me internaron siento que ya no soy yo. Mi nombre es “la paciente de la cama 400”. Ayer le comenté a la enfermera que quería bañarme e ir al baño sola pero me dijo que no. Le pedí al médico que me firmara el alta y me dijo que no. Acá el tiempo no pasa. Ya no soy dueña de mis actos, ya no vivo. Quisiera hacer como los gatos que huyen a algún lugar lejos de sus dueños para morir solos. En realidad, mi gata murió en mis brazos en su cama, que era la mía. Yo no quise llevarla al veterinario ni internarla. Tuvo más suerte que yo. A mí me internaron en este lugar. Le pedí a Natalia que me sacara de acá. No me importa tener dolor, solo quiero estar en casa y morir allá, dignamente, siendo Laura. Ella piensa que es por mi bien, piensa que el dolor físico es peor que este que siento ahora.

Ya llegó la enfermera, esta es la gordita que me llama por el nombre. Le ruego que me deje ir sola al baño, pero no me lo permite. Y empiezo a gritar desesperada. “¡Me quiero ir! Déjenme morir como yo quiero”. Escucho que llaman a Natalia. Solo quiero el alta, ir a mi casa con mis perros. No le tengo miedo al dolor ni a la muerte, solo le temo a este tiempo que no es tiempo, que no es mi tiempo.

Empiezo a sacudirme en la cama, desesperada, me quiero arrancar la aguja del brazo, ahí vienen a pincharme…..

Me despierto de golpe y me siento. Estoy empapada en sudor, con sollozos en el pecho. Veo que estoy en mi pieza, en mi cama con Mashi a los pies que se sacude y se queja, ajena a lo que me está pasando.

Otra vez la misma pesadilla.

 Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

15. HIJOS = MIEDO

Hasta que mis hijos nacieron nunca había sentido miedo. Un miedo que me cegara, que no me dejara pensar ni ser coherente, que generara un aluvión de pensamientos negativos y latidos acelerados en el corazón. Un miedo que no me dejara gritar, que me hiciera temblar las manos y endurecer el estómago. Había tenido miedo cuando me quedaba a jugar en las casas de mis amigas y me buscaban más tarde de lo que yo esperaba, pero ese miedo estaba contenido en la seguridad que me daban mis padres. Yo sabía que ellos nunca iban a dejar que me pasara algo malo.

Pero desde que nacieron Gabriel y Natalia tuve miedo de que me los robaran o de perderlos. No dejé que los llevaran a la nursery para que yo pudiera descansar después del parto. Tenía la idea de que me los iban a sacar, o que les cambiarían la pulserita de identificación. En el embarazo nunca había pensado en eso, pero desde el primer momento que me los pusieron sobre mi pecho comenzó ese temor.

Cuando íbamos a la playa, estaba siempre con ellos, vigilándolos de manera exagerada. Siempre recordaba el caso de una nena de seis años, Marisol, a quien la mamá le había dicho que fuera a preguntarle la hora a alguien; la nena fue,  una persona se cruzó por delante de la madre, y Marisol no apareció nunca más. Por eso la playa era un lugar de riesgo para mí. Por supuesto Gaby era miedoso, siempre estaba a mi lado, del papá o los abuelos. Cuando nació Natalia éramos él y yo que la cuidábamos, porque Natalia se distraía y perdía el registro de dónde estaba.

De adolescentes, era Gaby quien me quitaba el sueño. Empezó a salir solo y con amigos. ¡Ay, esas noches en que se olvidaba de avisarme que había llegado al lugar de destino! Yo miraba el reloj, calculaba el tiempo y cuando las cuentas no daban, empezaba a torturarme pensando si lo habían golpeado, robado, o quién sabe qué desgracia. En el momento en que me daba cuenta que ya me tendría que haber llamado, mi cabeza perdía la razón, latidos en la sien, dolor de estómago, el pecho rígido, y si el tiempo pasaba sin noticias, las lágrimas corrían por mi cara.

Me guardé todo ese miedo en silencio, sin compartirlo con ellos, librándolos de culpas y permitiéndoles que disfrutaran de su libertad, que comenzaba a nacer.

El día más difícil fue un sábado haciendo compras en Walmart. En aquellos tiempos daban carritos con forma de cochecitos a los nenes más pequeños, y Nati, que tendría más o menos tres años, insistió en que quería uno. No muy convencida acepté pensando que entretenida iba a ser más tranquilo hacer las compras con ella, que tenía la costumbre de correr, arrastrarse por el piso y muchas veces encapricharse con algo que había visto. Yo tenía en una mano el carro grande, con Gaby arriba, y en la otra el cochecito de Natalia. Fue un segundo que tardé en acomodar las latas que había tomado de la góndola, lo suficiente para mirar hacia abajo y ver que Natalia no estaba. Busqué a un costado y otro y no la vi. “¡Nati, Nati!“ comenzamos a llamarla con la voz cada vez más fuerte, pero no respondía. Bajé a Gaby del carro, dejando las cosas adentro y comenzamos a caminar buscándola. Gaby la llamaba porque a mí ya no me salía la voz, trataba de tranquilizarlo, pero las manos me temblaban y la cabeza me daba vuelta. Ya había perdido el sentido de por dónde había buscado. Me acerqué a alguien de seguridad y me indicó que me quedara ahí que ellos se ocuparían, que la iban a llamar por parlante.  Me parecía estar soñando mientras escuchaba el nombre de Natalia retumbando en todo el hipermercado. Gaby lloraba por su hermana y yo creí desmayarme cuando me dijeron que habían cerrado las puertas y estaban revisando el baño. No sé cuánto pasó, para mí una eternidad, cuando me la trajeron en brazos, con sus cachetitos colorados, muy seria, y con un chupetín en la mano.

La abracé y besé con fuerza, agradeciendo a Dios por que todo había terminado bien. Tomé a los dos de la mano y volví a casa sin haber comprado nada.

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

14. MIEDO A LOS BORRACHOS

  En mi adolescencia todos los años festejábamos el día del estudiante en Los Pinos, un lugar hermoso donde los árboles llenaban de vida el paisaje lleno de luz y el lago reflejaba la calma de la naturaleza.  Esa tarde, salí de paseo a recorrer esos lugares desconocidos con mi amiga Rosita.De pronto se apareció un joven mal vestido, mal hablado y ebrio que me asustó demasiado y solo atiné a escaparme, quería irme lejos lejos para no verlo más.  Rosita corrió atrás de mí y cuando me alcanzó me preguntó preocupada: “Cari qué te pasó? Saliste corriendo como una loca.”  Yo no tenía palabras para explicarle, ni aire tampoco, solo sabía que sentía mucho miedo y que necesitaba estar lejos de esa persona.

  Algo similar ocurrió en Ñandubaysal, había ido con una amiga y su familia en calidad de responsables mayores. Una noche, bajo las estrellas, mientras disfrutaba la paz del río con Mariana, aparecieron dos jóvenes borrachos. Pero esa vez no huí, pude sostener el miedo.  Recordé a ese sujeto, no lo conocía, pero con el tiempo lo vi varias veces porque era el primo de Pedro, un compañero del colegio, yo tenía catorce años.  Cuando festejé mis quince llegó mi oportunidad de vengarme, este flaco estaba allí esperando en la cola de los “colados” para que lo dejara pasar; a pesar de las súplicas de Pedro para que le permitiera la entrada a su primo Federico, no lo hice, y lo dejé ahí, solo, todos los “colados” entraron menos él.

   Claramente mi miedo a los borrachos tiene un origen, un lugar de partida, pero no lo recuerdo, no lo ubico, no lo encuentro. Aun así, sé que existe.

Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)

 13. SUEÑO

Recuerdo que en mi primera infancia le tenía terror a los borrachos y a los payasos. Una noche desperté llorando, luego de haber soñado que un borracho me agarraba en la calle, me alzaba, y a pesar de mis esfuerzos por escapar, no me soltaba. Yo era pequeña, tenía cinco años, llevaba puesta una pollerita muy cortita que me había tejido mi mamá, y el borracho, que en mi representación onírica era un hombre canoso, pelado, de palo largo y brazos fuertes, me tocaba las piernas y no me soltaba. Desperté con un grito de angustia ante la lucha por qué me soltara. Y mucho llanto. Se acercó mi hermano, se sentó a mi lado y me dijo que me quedara tranquila que solo había tenido un sueño. Al escuchar sus palabras me fui sintiendo mejor, me di cuenta de que no era real lo que había vivido, que estaba allí con Sergio y que no había ningún borracho, estaba a salvo con ni hermano. 

Ese sueño me marcó, lo recuerdo intacto y me llevó mucho tiempo perder el miedo a los borrachos ( si es que lo perdí).

 Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)

 

 

12. AÚN, NO

Hoy tuve miedo…miedo que vine acumulando durante muchos días, y se fue agrandando con el paso de las horas.

 Si, yo, una persona fuerte y valiente que hasta ahora soportó en la vida muchas cosas difíciles y las superó, parece increíble que sintiera temor…

El temor a no querer partir al más allá todavía… El deseo inmenso de conocer a mi nueva nieta que nacerá en dos meses y seguir formando ese ramillete de herederos hermosos y disfrutarlos hasta cuando Dios, el universo disponga. Pero rogué que ahora no fuera ese día. Y se cumplió. Estoy agradecida y feliz.

Ayer fui a hisoparme por posible contagio de Corona Virus que asola el mundo, ya que mi hija menor dio positivo y estuvo conmigo hace ocho días, ya contagiada, sin saberlo.

Acaban de publicar por internet mi resultado: ¡NO DETECTABLE!

Siento un gran alivio y felicidad, por un lado y por el otro, preocupación por mi hija que espera su bebé y es positivo de Covid…

Falta el resultado de mi otra hija.

Tengo fe que saldrá bien. Pero… hay que seguir teniendo paciencia.

El miedo paraliza. Y a tal punto que me impedía escribir, pensar volcar lo que pienso, en fin, por eso aunque tarde hoy, casi casi al horario de comenzar nuestro hermoso taller, solo escribo esto, pidiendo disculpas por no ofrecer un texto mejor, pero quiero que sepan que es genuino, verdadero y agradezco vuestra compañía de estos días de zozobra a mis sesenta y cinco años.

¡Un fuerte abrazo! ¡Las quiero, compañeras virtuales!

 Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)

11. MIEDO AL QUÉ DIRAN

Muchas veces me pregunto, ¿me importa la opinión de los demás?... Y no sé por qué errónea razón, me contesto que sí.

Analizo mi vida y me encuentro no siempre actuando sinceramente como quisiera, sino comportándome como le gustaría a mamá, papá, a la gente que me quiso y quiere, tal vez para que no deje de hacerlo…

Hoy me doy cuenta de que ese comportamiento, arraigado por años en mí, ya no me interesan. ¡Cuánta necesidad de amor, Dios mío! A tal punto que más de la mitad de mi vida no fui yo. Fui la Gloria para los demás. La Gloria que pensé deseaban que fuese. No quería defraudar. Igual fui criticada, censurada, en fin, sin hacer más daño que a mí misma por no ser auténtica totalmente.

Hoy quiero ser yo.  Por supuesto me cuesta desarraigar la costumbre pesada de toda una vida.

Quiero salir a comer, a tomar algo con quien me invita, hablo de amigos, solos, viudos, separados, en fin…hombres amigos que me invitan. Y no puedo animarme por el maldito qué dirán, ya que hace un año y dos meses quedé viuda y creo, por momentos, que soy el ombligo del mundo… ¡Qué otaria! Si aunque no salga, suponen. Si aunque no me vean, imaginan…

Me cansé. Siento que existe una dicotomía en mí, que hace que no me quiera yo. Y eso sí que es feo. Por un lado, tengo ganas de conversar y vivir momentos hermosos con gente que aprecio y me aprecia y por otro, siento que le puedo faltar el respeto a mi esposo fallecido, al amor de mi vida.

Hoy creo que dejaré de lado lo antes posible mis miedos y me lanzaré a la vida que me haga feliz. Como lo hice con él. Sin importarme nada qué piensen los demás.

Después de todo, jamás pedí nada a nadie para ser feliz y lo fui con él sin esperarlo ni imaginarlo.

Hoy abriré despacio las puertas al sol que entibia los últimos peldaños de mi vida. Lo haré cuidadosamente, sin dañarme ni permitir que alguien lo haga. ¿Difícil? Sí. Pero quiero y debo hacerlo, por mí. No por alguien más. Me permitiré ser feliz a mi manera, porque me lo debe la vida y sobre todo yo.

Sé que una buena persona no merece titubear ante el cambio. Eso es ser fría, poco valiente. ¿Qué mal supone escuchar buena música bien acompañada, comer, tomar una rica copa y compartir? 

Nada. Hoy creo que volveré a nacer y seré libre de los cucos que me acompañaron casi toda mi vida. Menos con mi Rafa. Por eso me animaré y seré feliz de nuevo. Sin miedo al qué dirán.

Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)

 

 

10. MIEDO

 

Tengo seis años, juego en el patio del fondo, hay malvones de colores, dos helechos y albahaca que planta mamá. La única planta que no me gusta es una que tiene pinches y florcitas rojas, que puso mi vecina Rosa, la mujer del Negro, porque cuando pasas te lastima, le dicen “Corona de Cristo”.

Ahora paré de jugar porque viene él y hoy parece más enojado que nunca. 

Salgo corriendo al otro patio, sigo jugando, callada. 

De repente veo la sombra del Negro por el comedor, va hasta la pieza de mi tío y golpea la puerta del dormitorio con toda su fuerza. Me asusto y me quedo parada. Mi tío sale y él le tira la primera trompada, nunca vi una pelea. Se caen al piso y yo grito, pero parece que no me sale. 

Viene mi tía, le tira del pelo al Negro, viene mamá y me hace subir a la terraza. 

Los vecinos de la casa de al lado son los “Colombo”, escuchan los gritos, se suben al techo, ponen una escalera y me sacan, sigo llorando a los gritos, tengo miedo que se maten. 

Ahora estoy en la cocina de Doña María que me da agua y Ñata me limpia la cara con un repasador. Mientras tanto,  escucho la sirena de la policía cada vez más cerca.  

Florencia Zaldívar ( CABA) 

 

9. ¿VALENTÍA O INCONSCIENCIA?

Mi amiga llegó a casa con su auto y bajó con Fuego, un doberman inglés, alto, de color negro, con un porte hermoso.

Me dijo: "Te prometí que si nos mudábamos te regalaría a Fuego y aquí está". Mi alma se inundó de alegría, lo abracé, lo besé y él me devolvió su cariño con movimientos suaves y dulces.

Es llamativo que un perro que impone tanto miedo y respeto se comportara como un pequeño mimoso incapaz de dar siquiera un gruñido.

Yo jugaba hasta cuando comía, le introducía la mano en la boca, él dejaba de comer y lamía mi mano, miraba mansamente, era impresionante su amor.

Pasaron los años y entró en la vejez.

Mi vecino vendía un doberman cachorrito idéntico a Fueguito.

Lo compré, estaba feliz.

Creció rápidamente, pero su carácter era difícil, comenzó a atacar y lastimar a Fuego.

Una mañana se pelearon fortísimo, eran como dos fieras.

Fuego a pesar, por su edad avanzada, de estar en inferioridad de condiciones, no daba un paso atrás.

En ese momento perdí los estribos. Me puse entre ellos dos tratando de defender a Fueguito que ya estaba muy lastimado.

En un momento dado el cachorro tiró un tarascón  a mi brazo. Tuve el reflejo de sacarlo rápidamente.

El cachorro tenía un collar de ahorque, lo pude tomar de ahí y así lo dominé. Lo até con una cadena que tenía.

Fuego se acercó como pudo a mí, lo tranquilicé y curé sus heridas.

Demás está decir que regalé al cachorro ese mismo día a un muchacho del barrio que adoraba a los perros. Lo puse al tanto del carácter que tenía y dijo que igual se lo llevaba.

Fueguito siguió dándome  su amor, su cariño hasta que cumplió diecisiete años.

Yayi (CABA)


8. MIRAR CON EL CORAZÓN

Iba caminando apurada para hacer algunos trámites.

Cuando terminé, entré a una panadería a comprar unas facturas.

Al salir del negocio que estaba ubicado en una esquina, vi una persona no vidente que estaba esperando en esa esquina para cruzar.

Mi primera intención fue ayudarlo pero detuve el impulso.

Recordé una noticia televisiva donde un supuesto incapacitado robaba una cartera a una señora.

Un jovencito se acercó al hombre y lo ayudó a cruzar. Cuando ya estaba llegando se tropezó con el cordón y se cayó.

Estaba mirando la escena y me asaltó una angustia profunda.

El hombre se levantó y luego siguió caminando.

Volviendo a casa se mezclaban en mí el enojo por haber reaccionado con miedo, desconfianza,  cobardía y no haber mirado con el corazón.

Yayi (CABA)


7. EL TREN

Un día de invierno viajaba un poco cansada hacia mi clase de gimnasia. 

Nunca fue una práctica de mi agrado, pero ejercicio físico era una materia más en el colegio secundario y debía cursarla como cualquier otra.

Las clases se daban en un club que quedaba cerca de la estación de Villa del Parque. 

Descendí como siempre del colectivo 170;  desde ahí tenía que caminar dos cuadras, cruzar las vías del tren de Villa del Parque y luego caminar dos cuadras más para llegar al club.

Mi humor no era el mejor. Tenía frío y pensaba que podría haber faltado y estar en casa estudiando y tomando algo calentito.

Iba ensimismada en mis pensamientos cuando me detuve antes de cruzar las vías del tren y vi que un señor mayor muy delgado seguía caminando.

Todo pasó en una fracción de segundo, vi venir el tren, alcancé a manotear al señor del saco a la altura de la espalda y de un tirón lo atraje hacia mí.

Sentí el viento del tren dándome en la cara y su ruido ensordecedor.

Quedé petrificada, abrazando al viejito.

Cuando el tren terminó de pasar, le acomodé el saco al señor que se alejó caminando lentamente.

Yo llegué al club temblando no sé si de frío o por el episodio vivido.

Yayi (CABA)

   

6. EMPACANDO

A la mañana curso en el Profesorado, regreso a las dos de la tarde a la soledad del departamento.

Cuando buscaba alquiler mi madrastra vio el aviso clasificado e insistió en que me convenía porque tenía patio, agregó que luego lo agradecería si decidíamos tener hijos. Pero qué poco me conoce mi madrastra, pienso, lo último que querría es un hijo, apenas puedo con mi alma.

Creí que cambiando a una carrera más fácil y mudándome estaría en paz conmigo misma. Cómo pude haber imaginado que el monstruo que habita en mí se iba a replegar así de fácil.

 Hago las tareas domésticas sin energía, no logro encontrar las ganas, es como atravesar un túnel de piedra angosto por el cual tengo que arrastrarme.

 En cuanto siento la llave en la puerta a eso de las seis, como esos perros que mueven la cola, siento que regresa la vida. Él pone música en la computadora, preparamos café, hace chistes de su jefe, el pelado cincuentón para quien desarrolla sistemas informáticos.

 Un día sí y al siguiente también, Jape arma un cigarro de marihuana y a menudo lo acompaño aunque fumar tan seguido no me hace bien; quisiera que lo hiciéramos solo los fines de semana.

 La vida íntima la disfruto; voy a que me coloquen un DIU así tenemos relaciones sin el temor de un embarazo.

Jape compra una motito, un scooter con el cual suele pasarme a buscar por una clase o por lo de una amiga. Nos hemos mudado a Villa Devoto a la casa que era de su padre, y a menudo toma la autopista, lo cual me asusta un poco. Un día el Scooter se descompone en el medio de la General Paz. Los autos nos silban en el oído a cien kilómetros por hora mientras él intenta darle marcha.

- Voy a comprar una moto mejor- dice unos días después. No estoy de acuerdo con su idea pero no me escucha.

- Si sale lo mismo que un auto, ¿por qué no comprás un auto? – pregunto.

- Porque me encanta la adrenalina.

Cuando trae su moto nueva me quedo petrificada porque es gigante, de las que llaman “en duro”. Me pasa un casco y subo a su espalda, él está eufórico pero para mí es el principio del fin.

Su forma de vida me resulta poco cuidadosa, ya no siento confianza. Tampoco nos buscamos en la intimidad; si bien su piel me sigue atrayendo, es como si ambos nos hubiéramos vuelto de la misma polaridad.  Qué ocurre con la energía sexual que ya no circula entre nosotros, me pregunto.

Un domingo me invita a pasear en moto. Como de costumbre antes de salir enciende un porro.

- Manejo mejor cuando estoy fumado –responde a mi reto.

Subimos a la Panamericana y toma Acceso Norte. Voy aferrada a su espaldatratando de no pensar que si a él le pegó tanto el porro como a mí, su concentración debe de estar muy afectada.

 Estaciona en un paseo abierto a la vera del río. Es un día luminoso, en cuanto se me va el estrés siento el gusto de caminar entre los árboles y el pastito, bajo el sol primaveral.

 Llegamos hasta una pista de ciclismo y nos sentamos en las gradas, donde hay algunas personas observando la pista. En ella unos niños están compitiendo en bicis de cross, deben tener de unos ocho a diez años, pedalean con cascos, rodilleras, muñequeras. Nos quedamos ahí sentados mirándolos. Presiento que Jape va a decir de buscar un lugar escondido para volver a fumar; no deseo evadirnos ahora, estoy disfrutando de este espectáculo en el que nos colamos.

De pronto uno de los nenes hace mal una maniobra y termina con su bicicleta en el suelo con un golpe seco. Queda inmóvil durante un par de minutos.

 Entonces me largo a llorar.

-        Quedate tranquila que no es nada grave – dice Jape mientras algunos adultos ayudan al nene a incorporarse -, sos muy sensible, los chicos se caen siempre.

 Sin embargo intuyo que no es eso por lo que lloro.

En noviembre Jape cumple ventinueve años y me dice que para los treinta quiere tener un hijo. Pero yo estoy a años luz de eso y su anhelo me produce más bien pánico. Estoy fría, lo peleo sin motivo.

- Necesito que nos tomemos un tiempo- le digo en diciembre; ahora vivimos en la casa que era de su padre así que soy quien deberá irse, sin saber si en mi casa paterna aún me dejarán entrar.

-Te doy un mes – dice con cierta soberbia – sentite libre y yo también voy a ser libre, y pensalo.

“Como si ese fuera el problema”, quiero decirle, “como si lo que te estuviera pidiendo es libertad”. Si él me diese un abrazo quizá me quedaría, pero no lo hace. Empiezo a empacar mis cosas.

María Zimmermann (Vicente López)

 

 

 5. CONSECUENCIAS

Fin de año. Viajé a mi ciudad a pasar las fiestas con mis hijos como siempre lo había hecho. En mi interior sabía que esas vacaciones definirían muchas cosas. Debía tomar decisiones y me sabía sola.

Acordamos encontrarnos en un banco de la plaza Rivadavia. Yo había llegado a la ciudad el día anterior. Necesitaba definir los pasos a seguir ante lo inevitable que se nos avecinaba. La casa donde mis hijos habían crecido, nuestra casa de toda la vida, la que habíamos construido paso a paso, tomando como prioridad cada ladrillo a pesar de las necesidades cotidianas de la familia,   estaba judicializada. Su escritura yacía en la caja fuerte de un usurero.

 En realidad estaba allí hacía cuatro años. Me había enterado por la notificación de una abogada, donde daba cuenta que la propiedad iría a juicio para pagar las deudas acumuladas por Eduardo, la persona que había sido mi cónyuge por años. El remate se había fijado para julio de ese año.

La escritura de la propiedad la habíamos hecho unos años atrás, cuando aún estábamos juntos. Para poder hacerla decidimos sacar un préstamo. Razón por la cual la casa había quedado hipotecada y la escritura estaba en poder  de la escribanía hasta poder saldar la deuda.

Aún vivían en ella mi hija más chica, que  en ese momento era mamá soltera y uno de mis hijos varones que estaba presente esporádicamente pues su trabajo lo llevaba a pasar largos períodos en otra provincia.

Al enterarme  de lo que estaba pasando me costó asimilarlo. Me preguntaba en qué momento iba a terminar el largo devenir de la familia. Era un dolor tras otro, parecía que nunca terminaría el túnel oscuro donde los golpes llegaban sin dar aviso.

El lugar donde ahora vivía me permitía respirar futuro, me inspiraba a proponerme  nuevos desafíos, o quizás llevar a cabo alguno olvidado. Pero las consecuencias de actos no solucionados en años anteriores estaban presionando para ser resueltos.  Una revolución impregnada de malestar comenzó a sublevarme y fue dando lugar a un ser resiliente, que aprendió de las dificultades y se fue fortaleciendo encontrando su verdadera esencia.

Las noticias se sucedían como una catarata, no asimilaba una que llegaba otra. Quien había sido mi marido iba en caída libre como en un tobogán. La escritura de la casa de sus padres estaba en alguna caja fuerte de una financiera. Los dueños del local donde hacía años tenía su librería le habían pedido que lo deje. Y lo que más me conmocionó fue saber que mi hijo mayor había tenido que sacarle un arma a su padre de las manos.

Acordamos encontrarnos a las dos de la tarde en la plaza principal. Llegué al monumento que la preside, ahí estaba Rivadavia mirándome desde el gris del cemento. Vi un banco de material libre bajo la sombra y me apresuré a sentarme. Había pocas personas caminando a esa hora. Las palomas eran las protagonistas del lugar con sus gorjeos.

El estómago lo tenía dado vuelta. Llevaba días enteros reviviendo cada suceso en mi cabeza. ¡Cómo habíamos llegado a este punto! Imaginaba a mi hijo expuesto a semejante situación. Trataba de encontrar estrategias para que los daños colaterales no fueran mayores.

Las piernas me temblaban. Mi cerebro hacía un trabajo febril. Si hubiese tenido la mínima posibilidad de irme de ese lugar seguramente lo habría hecho. Pero no ahora, todo estaba echado a la suerte. Era momento de actuar.

Al sentarme traté de respirar. De tener cierto control sobre mis emociones. Me resultaba muy difícil.

Mi ojo izquierdo dio cuenta de su presencia. Se sentó en el banco.

-Hola ¿Cómo estás?, pregunté

-Bien, escuché

- Tenemos que hablar y tomar decisiones ¿Cómo sigue el tema de la casa? ¿Qué tenés pensado hacer?

-Pero… ¿vos sabes lo que hice?, ¿qué me pasó?

Al escuchar que una vez más sería objeto de sus infortunios buscados, sentí como una llamarada se apoderó de mi pecho, ya no oí nada más. Solo reconocí  mi respiración y mi cuerpo harto de vagar en el fango. Lo miré sintiendo la dureza de mi alma expresada en mis ojos. En ese momento mi voz salió sin filtro, sin compasión.

-¡No sigas! ¡Esta vez no me vas a conmover!  ¿Querés hacerlo? ¡Vamos, yo te ayudo!

Me miró y en el fondo de mis ojos supo que no lograría encontrar una célula de benevolencia. Se levantó. Vi como se alejaba. En esos pasos sentí como mi vida que en un momento estuvo ligada a ese ser se alejaba de igual modo de manera irremediable. 

Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)

 

4. LA FIRMA

Ayer me llamó. Me dijo que había acordado  una entrevista con la escribana para que firmara mi conformidad con el fin de vender el auto. Nos  separamos ya hace unos años, pero aún no hemos hecho el divorcio ni la división de bienes. Necesitaba de mi firma.

Era costumbre que las deudas económicas fueran parte de su existencia. Se suponían que provenían de la librería. La cuestión económica siempre  pendía de la buena voluntad de algún prestamista. Era como una larga cadena, el último préstamo pagaba los intereses del anterior y así sucesivamente. Cuando trabajé con él notaba como al acercarse el medio día lo invadía un estado de alerta –íntimamente sabía que lo disfrutaba, como un juego de  rompecabezas-  que le permitía encontrar los caminos  necesarios para cubrir los vencimientos del día.  El estrés le provocaba un derrame de adrenalina que yo había intuido como adictiva.

Llegué a la librería, él estaba detrás del mostrador. Era su lugar –como el obelisco- no se sabe muy bien su función pero todos esperan verlo.

-Buenas,- saludé

-Hola. ¡Busco las llaves y vamos! ¡Ya es la hora! -contestó

Subí al auto. Desde que nos separamos había dejado de ser mi auto. Cuando me ubiqué en el asiento percibí que casi todo el tiempo  había estado de visitante. Observé a quien en otro momento fue mi marido. Había engordado, era notorio el volumen de su panza. Siempre con su camisa y pantalón de vestir. Con su misma actitud desafiante. Percibí su olor, no me agradó.

Intenté dar rienda suelta a mis interrogantes relacionados con la venta del auto:

-¿Cuál es la urgencia? ¿Qué vas a pagar con la venta del auto?

- Silencio.

Intuí que no tenía ningún interés en hacerme partícipe de la transacción. Yo era una mera herramienta para resolver el tema. Insistí:

-¿Qué vas a hacer con la venta del auto? ¿Me podes contar qué es lo tan inmediato?

-No pienso discutir con vos lo que voy a hacer con el dinero. ¡Si queres firmar hacelo y si no me da lo mismo! -escuché como respuesta

Su voz estaba desencajada, gritaba. Mi mente trataba de entender lo que sucedía sin lograrlo.

Sin mediar palabra dobló el volante y el auto encaró por el mismo camino pero a la  inversa.

Mis fuerzas flaquearon. Mi cerebro dejó de funcionar. Mi voz sonó como una disculpa:

-Bueno, solo te estoy preguntando. Podes contarme. Si es tan importante te lo firmo. Volvamos.

Las súplicas se interrumpieron cuando el auto frenó enfrente de la librería. Mi hijo mayor nos miraba sin entender las locuras en la que estaban inmersos sus padres.

-¡Bueno, vamos! ¡Pero no quiero escuchar nada más! -exclamó

Una vez más hicimos el camino. Esta vez solo se escuchó el ruido del motor. Cada uno iba ensimismado en sus delirios.

 Tiempo  después - contemplando el celeste intenso de las mansas aguas de un lago a los pies de la cordillera - comprendí, que era su táctica más usada. “No hay mejor defensa que un buen ataque”.

Una pared se interponía entre mis deseos de gritar mis verdades y la posibilidad de hacerlo.

Media hora más tarde aceptaba  un nuevo abuso de quien había sido mi marido, en este caso disfrazado de una firma necesaria.

 Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)

 

3. EL MIEDO EN LOS PRIMEROS AÑOS DE MI VIDA

Lo mismo que con la vergüenza, me cuesta encontrar una situación en donde haya sentido miedo y menos haber sido cobarde. Justamente el hecho de ser la niña fuerte, que todo lo puede, casi perfecta que mi madre nombraba, imagino que tuvo que ver con esto.

Obviamente recuerdo los miedos nocturnos en la infancia, las pesadillas, pero siempre resolviéndolas sola, sin contarlas, iban pasando y sobreviví a ello.

Hubo un episodio en mi adolescencia, a los dieciocho años en el que podría decir tuve mucho miedo y no supe qué hacer, simplemente fue pasando como aquellos miedos infantiles, no sé si se puedo decir que lo sobrellevé con cobardía, para mi sentir algo así fue.

Era una mañana muy fría, yendo al colegio en colectivo con mi hermana, me empecé a sentir muy mal, me bajó mucho la presión, casi me desmayo. A partir de ese día estuve en cama quince días con gripe, y más que gripe, se tornó en una especie de desgano, pocas fuerzas, miedo a tener algo grave, mi cabeza no paraba. Cuando por fin me bajó la fiebre y salí de casa, me tomó un miedo que no podía controlar, sentía que me iba a desmayar, o que me iba a pisar un auto. Las calles se tornaron peligrosas.

Le pedí a una amiga que me acompañara cada vez que tenía que salir, no podía sola.

No recuerdo cómo paró ni cuánto duró, solo que fue la primera vez que me sentí insegura.

Luego de eso no volví a la escuela, me había quedado libre y si bien ya habíamos comprado un departamento adonde vivir, luego del incendio de la casa hacia un año y medio atrás, la situación no daba para más, tenía que buscar un trabajo, y dar libre la secundaria. 

Susana Moreno (Maschwitz)


2. COMO UN AUTO SIN FRENO

…venía por la vida como un auto sin freno después de todo lo que me había tocado. Yo y mi otro yo debatiéndose. Si fue así,  de fondo darle importancia a esa broma de mal gusto:  gatillarme un arma en la cabeza, mi amigo el maderita, como lo llamaban. Era drogadicto y salía con Gaby

…estoy practicando por si se le ocurre dejarme, me dijo ese sábado frio con desprecio e hizo varias puntería como un solitario empapado de sudor, mantente a un costado me dijo no te ponga en mi camino.

Sonreí como una imbécil.- ¡si él supiera lo que guarda mi conciencia!-ante semejante acto …esto a mi me estimulaba aún más a ser una pendencieraLlevaba en mi mochila un machete suficiente como para defenderme y lo acaricié.

Aunque permanecía en mi todavía ,sostener aquella otra fórmula que alguna vez me sirvió para defenderme…pero con esta clase de amigo no funcionaría, solo la violencia…

Sentí orfandad creí que el universo no estaba de acuerdo  y Gaby no llegó a su cita.

¿Y si me toca  un loco?¡Esos son interesante!, me dije, junto a mi pueblucho lo tomaría como de quien viene “…

… lo supe de repente y vomité debido al calor del contenido-

Mi vieja a veces era muy considerada con mi persona Hija,  tenés altura para decir las cosas, necesito que vayas a darle una lección de moral a tu cuñado que se quiere pasar de la raya con tu hermana;tu padre ya no tiene la misma fuerza de antes, a vos te va a escuchar. 

                                                                                  Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)


 1. LEJOS DEL SUSTO

Con el viento fuerte a mis espalda a veces recorría esas quince cuadras para llegar al colegio. Yo amaba a mi escuela, era la más bonita, ¡bah!, a mí me encantaba ya que estaba abrazada a enormes árboles añosos y helados, a veces sin hojas y aun así me parecía genial, sus ramas solían entrar por la ventana en su retorcidas vueltas y perfectamente llenas de nudos

Por alguna razón vaya uno a saber cuál yo me mantenía lejos del susto, ordenadamente. Me llenaba de lecturas y era como que eso me daba seguridad en cada circunstancia en que me encontrase…

Cuando era pequeña no le daba tanta importancia a  la vergüenza, nunca salía con mi vieja sin antes comerme todos los sermones…”tomen su leche…y el pan –

“no se olviden de pasar al baño …lleven pañuelos –que no se les ocurra andar pidiendo nada en casa ajena-……………………………………………………………………………

 A paso agigantado crecía con los ajustes de mis padres porque en un tiempo habían decidido participar en algunas reuniones de la iglesia y ahí se me enredaron algunas ideas. Supuestamente no podía compartir esos conocimientos …me entraba enormemente la cobardía …nos llamaban "canuto”, "la familia canuta”

 Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)

1 comentario:

  1. Grace, tus relatos son muy conmovedores (los leí a todos =). Transmitís mucho sentimiento a través de tus metáforas.

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