39. COMO UN LÁTIGO
La culpa más grande de mi vida, la que aún hoy en día me estruja el alma y me persigue como con un látigo, es la de la adultez.
El día que estrené mi título de madre estaba segura de que tenía que ir aprendiendo a serlo junto a mi hijo, pero me prometí que iba a tratar con toda mi fuerza de no lastimar nunca a mis hijos, que si lo hacía sería por un error sin intención, de los otros dolores ya se ocuparía la vida.
Mis tres hijos, mis tres grandes tesoros, siempre fueron muy sobreprotegidos, pero nunca les coarté la libertad, sé que hay cosas que resultaron y resultan equívocas, pero por cuestiones netamente humanas.
Cuando discutía con el padre de mis muchachitos me dolía mucho que ellos escuchasen las peleas, yo trataba de evitarlas delante de ellos, pero él no, y eso me hacía sufrir mucho..
Siempre pensábamos que a pesar de algunas diferencias, íbamos a estar juntos hasta el final de nuestras vidas, que la hermosa familia nunca se iba a disolver, no había motivos fuertes para pensarlo. Cuando el matrimonio llegó a su fin, fue muy triste, veintiocho años de casados y una ruptura que no estaba en nuestros cálculos.
Recuerdo que en ese momento, quien fue mi esposo, ante la desesperación del momento, me dijo cosas muy violentas, estas no escaparon de los oídos de mis hijos; a mí no me importaba que me lastimase, pero no soportaba que sí le hiciera daño a ellos.
Cuando él se fue definitivamente de casa, cada uno de los chicos reaccionó a su manera, es el día de hoy que recuerdo eso y no puedo evitar el nudo en la garganta. El llanto de Agustín, el encierro de Lautaro y la fortaleza que tapaba el dolor de Lucas me corroían el alma.
Yo traté de acercarme a ellos, quería que no sufrieran pero era algo imposible. Los cinco estábamos destrozados.
Los días iban corriendo y yo caí en una depresión muy grande, meses en los que solo iba a trabajar y me levantaba para hacer la comida, después me pasaba todo el tiempo en la cama, encerrada en mi habitación a oscuras.
Mis hijos no merecían eso, es algo que nunca me voy a perdonar, les causé una pena muy grande, yo, la que había prometido no hacerlos sufrir.
Lo que vino después y sigue hasta ahora no me exime de sentir culpas, cuando empecé a salir con mi nueva pareja no sabía cómo afrontar la situación ante ellos, cómo decirles que estaba con otro hombre que no era su papá. Aún hoy, a pesar de que Agus y Lauti me dicen que ya son grandes y que yo tengo que hacer mi vida, los días que paso en casa de Quique los disfruto pero siempre hay una espina clavada en el zapato, un sentimiento de abandono hacia mis hijos. Todos los días de mi vida ruego por no sentir más esto, pero es imposible y la consecuencia es que nunca puedo disfrutar todos los momentos con la intensidad que merecen , como que mi mente me dice que jamás voy a poder lograr la felicidad deseada, ese es el precio de la culpa.
Silvia Peralta (CABA)
38. LAS CULPAS, ETERNAS COMPAÑERAS
Si hay algunas compañeras inseparables en mi vida esas son las culpas. Un tema álgido para tratar, años de terapia y replanteos para lograr alejarlas de mi vida, pero parece un trabajo casi imposible.
Si de mi infancia tengo que recordar, hay miles de ellas, aunque lo más llamativo es que las cuestiones que más me traumaron y me hicieron sentir horriblemente culpable no son las que más me duelen cuando las recuerdo, supongo que en el fondo es un mecanismo de defensa.
Me viene siempre a la memoria un hecho tal vez demasiado inocente, tenía unos siete u ocho años. Una noche mi mamá decidió hacer hamburguesas, algo no muy frecuente en la dieta familiar; había comprado unos panes tipo pebetes, a medida que iban cociéndose los medallones los iba repartiendo al batallón familiar. Cuando llegó mi turno, me dijo que le diera la mitad a mi hermana Nora, yo que nunca tenía problemas para compartir le dije que no quería partirlo, que en cuestión de minutos llegaría el de ella. Cuando llegó el momento, noté que a mi hermana le dio su hamburguesa en un pan francés, los panes “especiales” no habían alcanzado.
Es el día de hoy que sigo viendo los ojos de Nora, y también es el día de hoy que ese recuerdo me estruja el pecho, nunca pude perdonármelo. Sé que para quien escuche esto, puede resultar una pavada, pero para mí no, porque no solo se trató de un momento en el que disfrutábamos de algo poco habitual en mi familia humilde sino porque sentí que había tenido hacia mi hermana un acto de egoísmo tan grande que hizo que esa cena que para mí era especial, se transformase en un momento espantoso.
Ojalá algún día pueda recordar esto sin culpa y sin dolor, quizás ella ni se acuerde, pero para mí fue una traición.
Todavía me pregunto cómo esto me puede lacerar el espectro de recuerdos cuando siempre estuve llena de culpas por cosas que realmente me marcaron a fuego con un dolor infinito.
Silvia Peralta (CABA)
37. LA ÚNICA RESPONSABLE
Faltaba un tiempo para cumplir los dieciocho años cuando ingresé a trabajar al Ministerio de Marina.Me levantaba muy temprano para ir hasta Comodoro Py y Corbeta Uruguay todos los días de la semana, de ocho a catorce horas.
Al poquito tiempo me puse de novia con Marcelo. Estuvimos juntos cuatro años, como ya había comentado, y un año antes de cumplir los veintiuno decidimos que nos íbamos a casar. Pero mi papá no me daba la autorización, requisito que en esos tiempos se necesitaba, por ese motivo tuvimos que esperar un año más.
Ese tiempo nos dio la posibilidad de comprarnos algunas cosas que nos faltaban.
Vino la mamá de mi prometido y el hermano del Sur y como no tenían a donde vivir, con la autorización de mi papá fueron a la casa nueva. Se instaló allí un negocio y Cristina, así se llamaba mi futura suegra, atendería la vinería. Cada vez se estaba complicando más y más mi panorama.
Mi mamá se ponía mal porque la señora atendía la vinería y ella no podía entrar a la casa por orden de mi papá y a mí me taladraba el cerebro.
Todo este combo hizo que yo me echara para atrás y no me quisiera casar.
Durante muchos años me sentí como la única responsable de lo que había pasado. Pero por suerte charlándolo con una psicóloga me aclaró el panorama y me di cuenta de que fui una víctima de todo lo sucedido y no la promotora, que era lo que yo creía hasta hace poco.
Gra (CABA)
Gra (CABA) |
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35. GARLOPA Y TENEDOR
Recuerdo que cuando tenía más o menos diez u once años, vivíamos en la Avenida Córdoba al 5400. La casa tenía un pasillo bastante largo, a veces mi papá me pedía que le ayudara a trasladar unas placas de aglomerado para que el pudiera realizar sus trabajos. Eran dos veces la altura de él así que podemos más o menos imaginar con respecto a mí. La íbamos deslizando con un carrito que él había fabricado. Se me hacía bastante tedioso mantenerlas firmes por el peso, altura y no encontraba posición para sostenerla. Con mucho trabajo la levantábamos en un pequeño escalón y la entrábamos al taller. Otro problema era ponerla en forma horizontal para que él le hiciera los cortes necesarios. Ya incorporada en la posición que necesitaba la pasaba por la cortadora.
En una oportunidad me dijo te aviso y prendes la máquina. La garlopa tenía un sistema que ayudaba a deslizarse un poco más rápido la madera, la cuestión que sin querer la encendí y casi, casi le corta la mano. Más allá de las cosas que me grito sentí una culpa terrible porque por nada del mundo tenía intenciones de lastimarlo.
Estuvo varios días sin hablarme, pero bueno me parece que yo no era la persona indicada para realizar esa tarea.
En otra oportunidad estábamos almorzando, religiosamente a las 12.30, ni un minuto más ni uno menos.
Mi mamá presentó el pollo trozado en la mesa y cuando tomé un pedazo de la pechuga y lo dejé en mi plato mi papá me lo quiso sacar y con mi tenedor le clavé en la camisa.
Se remangó para ver si lo había marcado, pero por suerte le quedaba holgada y no lo lastimé.
Gra (CABA)
34. LA SEXUALIDAD A FLOR DE PIEL
Tenía unos dieciséis años y cursaba cuarto año, cuando me ocurrió algo inesperado: se me cortó el período por cuatro largos meses. En esos momentos me dieron vueltas por la cabeza todo tipo de pensamientos insólitos; ¿y si estaba embarazada? ¿Cómo podría ocurrir algo así? No, no podía ser, nunca había tenido más que alguno que otro beso apasionado con ese chico que apenas conocía. Pero, ¿y si hubiesen pasado espermatozoides por no sé qué extraño mecanismo, o bien por alguna fantasía que se me pudiera haber filtrado en esos momentos? No, imposible sin penetración, pero tal vez… Aunque yo ya conocía lo primordial acerca de “lo oculto”, la culpa por mi sexualidad adolescente a flor de piel me carcomía.
Unos meses antes había decidido dejar de comer, o mejor dicho, ingerir solo lo indispensable para sobrevivir. Tomé esa determinación tan drástica cuando una amiga, no sé si fue con o sin mala intención, me comentó algo acerca de un chico que habría preguntado si yo era “la gordita”. ¡Yo la gordita! Quedé espantada, todo porque mi panza se había hecho algo prominente. Nunca había sido gorda y no iba a permitir que me volvieran a nombrar así. Cuando me animé a comentarle a mi mamá que “no me venía el mes” desde hacía rato, tal vez sospechando algo, ella me envió a consulta con una ginecóloga, en compañía de mi hermana mayor. Claro que lo primero que me preguntó la doctora fue si yo había tenido relaciones sexuales, a lo que respondí que no, sin dudarlo. Al indagar más, debo haberle comentado acerca de mi escasa alimentación y entonces me recetó unas inyecciones. Recuerdo que no alcanzaron a aplicármelas, cuando al fin me bajó la menstruación, nunca antes tan esperada.
Unos meses después de esas vicisitudes, creo que algo preocupados por mi comportamiento inestable, mis padres me enviaron, para las vacaciones de julio, a la casa de unos tíos en Santiago del Estero, localidad de donde era oriundo mi papá. Ellos eran muy amables y tenían dos hijas, mis primas, con quienes había tenido muy poca relación: Nora, la mayor, con la cual armonicé desde el comienzo, y María Rosa, que me llevaba un año. No creo que haya permanecido mucho tiempo allí, probablemente una semana. Un sábado a la noche concurrimos, mis primas, una amiga de ellas y yo, a un bar céntrico donde se reunían los jóvenes. En un momento, ingresó en el local un muchacho conocido de ellas. La amiga de María Rosa comenzó a hablar acerca de José A., que era el chico que a ella le gustaba. Él parecía que buscaba a alguien desde la puerta, cuando se percató de nuestra presencia y se acercó a la mesa.
Yo me sentía muy bien con mi metro, sesenta y cinco de estatura y mis recién adquiridos 47 kilos. A partir de allí nos pusimos a charlar animadamente, él y yo; luego, nos fuimos ambos a bailar a un boliche. Si bien no era “mi tipo”, era alto, delgado y no estaba nada mal. José pertenecía a una familia acomodada y conocida en ese pueblo grande que era Santiago en esos tiempos; él estudiaba medicina en Córdoba, donde yo vivía, así que acordamos encontrarnos en esa ciudad. A partir de allí, empezamos a frecuentarnos y entablamos algún tipo de relación amorosa; él concurría a casa de visita, donde era bien recibido y era considerado “un buen chico”, pero a pesar de ello, no logré enamorarme y la relación duró pocos meses. Para mí, creo que lo más importante fue que él hubiese puesto su mirada en mí, de modo que mi anorexia transitoria quedó en el pasado. No tuve más contacto con la menor de mis primas. Si bien yo apenas la conocía y, según parece, él ni se había fijado en ella, no pude evitar sentirme algo culpable por haberle “robado” el chico a su mejor amiga.
Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)
33. AMIGAS INSEPARABLES
Nora y yo fuimos amigas inseparables durante toda la primaria, no recuerdo haber tenido con ella ningún altercado. Sin embargo, al entrar en la secundaria, nos fuimos alejando. Una lástima, pero suele ocurrir que busquemos nuevas amistades al pasar de la infancia a la adolescencia. En esos primeros tiempos, ambas nos veíamos diariamente en la escuela y luego, en alguna de nuestras casas, nos juntábamos a jugar. A veces nos aliábamos para hacer travesuras, porque eso era para nosotras, y nunca se nos cruzó por la cabeza que pudiéramos hacer algún tipo de perjuicio.
Silvia era una compañera de grado en la escuela primaria del barrio. Era baja, algo llenita, rubia y de piel muy blanca, con la particularidad de que se ponía colorada por cualquier motivo que la afectara. Creo que cursábamos cuarto o quinto grado en ese momento, cuando Nora y yo habíamos acordado que teníamos el derecho a molestarla. La tildábamos de “acuseta”, lo cual por esos años era una característica poco aceptada entre compañeros de escuela. Yo no solía actuar con maldad, sino que, por el contrario, era habitual que ayudara a los demás en las actividades y pruebas escolares. A pesar de ello hoy recuerdo, con pesar, que en los recreos la habíamos tomado de punto a Silvia; la cargábamos, diciéndole “tomate relleno”, le tirábamos de los pelos e imitábamos sus movimientos, ya que ella, cuando se ponía nerviosa, echaba la cabeza hacia atrás, pegada al cuerpo. En esos momentos, la niña solo atinaba a llamar a la maestra, diciendo “señorita, me están molestando”, y lo único que lograba era que redobláramos nuestras malicias, burlándonos y aclamando “¡acuseta, acuseta!”. No me acuerdo que nos ligáramos ningún reto de la docente, tal vez porque éramos consideradas buenas alumnas, así que la pobre se encontraría totalmente desprotegida.
En realidad, la culpa no apareció durante la infancia, tal vez porque no era consciente del daño que podía ocasionar con esas acciones, sino ya de adulta, al acordarme de esos hechos lamentables. Con más razón, cuando más tarde me enteré, por un grupo de Facebook de ex compañeros, que Silvia había fallecido siendo aún joven.
Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)
32. SIN CULPA
Definitivamente mi adolescencia transcurrió sin culpas. Adjudiqué la culpa de todo lo que me pasaba a mis padres. Ellos eran los culpables, especialmente mi madre, de estar en ese colegio donde yo era, literalmente, un sapo de otro pozo. La diferencia entre mis compañeras y yo no era solo económica, también eran las costumbres, la forma de relacionarse con el sexo opuesto, la manera de tratar a los docentes y a las monjas, que, en este colegio no eran “hermanas”, sino “madres”. Me asombraba lo irrespetuosas que las chicas eran con ellas. Las hermanas habían sido parte de mi familia, las conocía desde los dos años y ellas me adoraban, me habían perdonado un montón de travesuras. Yo las respetaba con mucho afecto. Mis nuevas compañeras les contestaban a las madres con desprecio, hasta se reían de ellas, cosa que me causaba asombro y también mucha pena. Eran mujeres muy jóvenes, apenas tendrían unos años más que nosotras, que habían venido de España, sin experiencia y con muchos miedos. Con más de una logré tener la confianza necesaria para que me contaran un poco de sus vidas. Y así fue que junto a ellas comencé a ir a enseñar catecismo a escuelas humildes.
Es llamativo que aunque yo había recibido una educación religiosa muy fuerte no sentía culpa de nada, fui muy cuestionadora de la confesión y otros dogmas, no tenía límites cuando decía lo que pensaba, con mis propios argumentos. Pero también ya había aprendido a decir que sí cuando querían convencerme de otra cosa, para evitar problemas.
Tuve un enojo silencioso con mi madre. Yo estaba siempre en desacuerdo con sus decisiones, pero las observé, distante. Entendía que mi reacción iba a entristecerla e iba a sumar más problemas de los que ya tenía, en esa primera etapa en que estuvo separada de mi papá. Pero esto no justificaba su culpa. Ella era la culpable y así lo sentía yo a esa edad.
Nunca enfrenté a mis padres cuestionándoles ese cambio de vida imprevisto, tal vez ellos se sintieron culpables, no lo sé, ni lo sabré. Ya no están y a todas esas cosas mejor las dejo en el pasado.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
31. SIEMPRE SÍ
Un conjunto de emociones habitan en mí casi desde que tengo uso de razón, la vergüenza, el miedo y la culpa. He tratado de domarlas, de diferentes formas con diferentes métodos, pero ahí siguen, formando parte de mí paisaje interno, impidiendo que la razón y el corazón se encuentren, en respuesta coherentes.
Expresar qué deseo, decir verdaderamente qué siento, apoderarme de las fuerzas que de ello emana, sentirme en paz conmigo y con los otros es a veces un gran esfuerzo, porque esas emociones emergen desde lo más profundo y se adueñan de mis actos, trayendo oscuros pensamientos a escenas como estas:
"Mamá , ¿podes cuidarme la nena a las seis?"
Pienso que a las seis es mi hora de gimnasia. La respuesta sería no, no puedo tengo gimnasia. , Ella tiene que crecer en lo suyo, pienso luego, ¿qué me cuesta darle una mano? me pregunto y sino la nena?con quién se va a quedar?; seguro que en cualquier lugar, porque mihija no tiene demasiadas vueltas,es poco sensata y eso es mi culpa, tendría que haber estado más presente cuando era chica. Aunque a un niño no lo educa solo la madre, es el padre la familia, los maestros…pero la madre es más importante, me digo convencida modificando realidades para que todo cierre perfecto. La culpa ya adquirió el tamaño suficiente, ya se alimentó de creencias y mandatos que muestran el sacrificio de una buena madre, ahora ella se adueña de mis actos, de mis palabras, y ahí me encuentro diciendo "SÍ, puedo cuidarla en nombre de la culpa, SÍ! para ser buena madre, para ser querida y aceptada, SI , siempre SI.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
30. EL JUEGO DE LA CULPA
La culpa tiene tantos días de estadía en mi cabeza, que parece que ha encontrado el lugar ideal. Como cuando uno busca su lugar de vacaciones, ella se instala en el lugar que más le gusta de acuerdo a las condiciones del ambiente interno y las comodidades que se le ofrece.
Puede ser que elija con vista al pasado, entonces se ubica en lugares con poca luz, porque le encanta, le gusta esconderse en la oscuridad y asustarme disfrazada de miedo, de tristeza, de remordimiento. Elige bien donde quedarse cuando se disfraza, puede ser en las comodidades ocultas del cerebro o del corazón y se nutre hasta agotarla, de la energía que estos logran acumular en los días que supongo, advierto o confirmo que son grandes días.
La culpa deambula de la cabeza al corazón por un pequeño hilo que se desliza como un puente entre uno y otro, a veces usa ese hilo conector para tener comunicación directa entre ambos y no dejar lugares vacíos, ya que ha desarrollado una habilidad en la velocidad que puede estar casi en dos lugares a la vez.
Otras veces la culpa pide vista al presente, prefiere cerca de los ojos o de la boca para seleccionar algo de lo que veo o de lo que digo para luego gritarme en el oído algo que me haga reaccionar, por eso a veces la culpa me hace llorar, putear, llenarme de bronca o simplemente tomar distancia.
Es jodida la culpa.
Un día me hizo hacer un juego. Me aseguró que era bueno porque agiliza la mente e impide que se me vayan recuerdos y vivencias.
-Sin repetir y sin soplar, nombrar en un minuto situaciones del pasado y del presente en las que intervenga yo- dijo.
Me pareció un juego raro, un poco cruel.
Hoy jugamos ese juego con la variante de que las culpas deben ser de la adultez. Creo que voy a perder porque me está costando. Y perder también me da culpa, a lo mejor por eso termino ganando…
- Culpa me dieron aquellos días en que les gritaba a mis hijos chicos para que se apuraran a almorzar, se pusieran el guardapolvo y no perdieran tiempo en subirse al auto para largarlos luego como un paquete en la puerta de la escuela, sin fijarme siquiera si entraban y salir volando hacia la escuela donde casi siempre llegaba a trabajar después del timbre. La culpa era mía, porque me costaba ordenarme con los horarios y al final me apuraba poniendo el peso de mi descontrol en los chicos, a los que iba retando todo el camino hasta la puerta de la escuela donde generalmente salían corriendo por ellos también llegaban tarde. No sabían que esos no eran los mejores días de su madre, que habían situaciones familiares que me preocupaban como la salud de su papá, su malhumor y sus mambos que se desparramaban sobre nuestras vidas,. No sabía yo por qué aún así ellos seguían queriéndome.
- Culpa me dio cuando mi esposo tuvo un accidente, el día del bautismo de mi hijo, al regresar a mi casa, donde un colectivo, en una bocacalle en la que él tenía derecho de paso, lo arrastró dejándolo incrustado entre un árbol y un camión estacionado. Accidente en el que murió una persona que había levantado en la ruta.
- Culpa me daba darle clases a los hijos de esta mujer en la escuela haciéndome cargo de una muerte de la que yo no era responsable. Y más culpa cuando una de las hijas un día me dijo que debía aprobarla, y dejo con descuido al final un comentario quizás recordándome que la muerte de su madre bien lo merecía
- Culpa me dio el día que mi esposo me dijo que se iba de la casa. Culpa por no haber hecho todo lo posible por mantener intacta su voluntad, su humor, todo lo que le hacía bien, y culpa también porque mientras me esforzaba por eso había descuidado casi por completo mi propia voluntad, pero yo había elegido eso, y elegir también trae culpa. Sin querer acabo de perder el juego, porque he nombrado una situación que no coincide con el juego propuesto… es que veinte días antes de su muerte me junté con él y tuve tuve la valentía, a pesar del miedo a las respuestas, de preguntar todo lo que quise, y eso no me generó culpas, me dio alivio. Y con pena reconozco rápidamente otras culpas que devienen de su muerte… pero no suma puntos porque acabo de perder.
He perdido el juego macabro de la culpa y hoy cuando le he contado a mi psicólogo esto, me ha recomendado un juego más interesante y que creo que puedo ganar si lo practico. Él me propone ya que entendí el “ por qué?”, que ahora piense el “para qué?”. Quizá así pueda ir desalojando a la culpa de cada rincón de mi cabeza…
Reflexiono, entonces, “Para qué siento culpa?”
Lidia Lozano (Centenario, Neuquén)
29. CULPAS DE HIJA, CULPAS DE MADRE
Decidimos llevar a Gaby a la guardería porque pensamos que sería lo mejor. Además, la cara cansada de mamá cuando yo regresaba a mi casa del trabajo, me hacía sentir culpable. Edgardo se quedaba con el nene hasta las doce y media, y a esa hora llegaba mamá, como un relámpago, desde la biblioteca, su trabajo. Yo volvía a las tres de la tarde también corriendo porque quería que mamá fuera a su casa a descansar, aunque más de una vez nos quedábamos juntas e íbamos a la plaza con Gaby en el cochecito para que tomara un poco de sol. Sin decirle que la decisión la habíamos tomado para que ella no tuviera ese trabajo adicional y esa presión de andar corriendo, anotamos al nene en la guardería. En mi trabajo tenía este beneficio y las referencias de mis compañeras eran excelentes. La idea era que Edgardo lo dejara a las doce y yo lo retirara a las tres de la tarde. Me convencí de que era solo un rato, que le iba a hacer bien ver a otros nenes, que tal vez durmiera la mayor cantidad del tiempo porque era la hora de su siesta, y que así mamá podría descansar y después podría venir a casa a la tarde más tranquila. Todo parecía perfecto, pero yo sentía una presión culposa en el pecho que ardía fuerte, con solo imaginarme dejarlo en manos de alguien que él no conocía.
Llegó el lunes, preparé el bolso con las cosas que me habían pedido y su Mickey, compañero inseparable, que sonreía como si nada pasara. Gaby estaba contento de salir a pasear con su mamá, ajeno a mis planes que me hacían sentir perversa. Lo llevé en el auto cantando, por el espejo lo veía a él, feliz, golpeando las manitos en la sillita, con el chupete en la boca mirando por la ventana. Tenía nueve meses. Perfecto para empezar la guardería, me habían dicho. La primera semana debía hacer la adaptación, así que yo lo tenía que dejar un rato y volver. Cuando llegamos me colgué el bolso, le di a Mickey y golpeé la puerta. Abrió una maestra joven, bonita y muy sonriente. “¡Hola , Gaby!”, le dijo estirando los brazos para que yo le entregara al nene. En ese momento sentí las manitos apretarme el cuello, aunque el nene estaba un poco sonriente porque la cara de la señorita invitaba a sonreír, tal vez por sus ojos claros y vivaces. Cuando intenté pasárselo, él me agarró fuerte hundiendo su cabeza en mi cuello. “No te preocupes”, me dijo ella. “A veces lloran un poquito, pero apenas te deje de ver se va a distraer con los juguetes y se le va a pasar”. Pocas veces sentí tanta angustia y culpa. Mi impulso fue irme de ahí con Gaby y dejárselo a mi mamá en la biblioteca, pero no podía darle este trabajo adicional al suyo, tenía que hacer el intento. La señorita debía tener experiencia, si decía que todos los chicos dejaban de llorar cuando la mamá se iba, Gaby también dejaría de llorar. Lo separé con fuerza y se lo di. Y me fui. Lo abandoné ahí.
Caminé sin saber adónde, no iría a ir al trabajo ese día, menos en el estado en que estaba. En los nueve meses solo me había separado de él cuando lo dejaba con los abuelos, y ahora estaba abandonándolo con desconocidos. Me sentía una mala madre, pero me habían dicho que todos se acostumbraban. Envidié a mis compañeras que se sentían tan felices y buenas madres dejando a sus hijos ahí y me preguntaba cómo habían podido. También me enojé pensando que mamá podría dejar de trabajar y evitar esta situación, pero me arrepentí de ese pensamiento, a mamá le encantaba la biblioteca y ese dinero extra de su jubilación la ayudaba a viajar. Qué egoísta me sentía.
No sé si pude esperar a la hora pactada. Volví a buscarlo esperando encontrarlo jugando en el suelo con esos juguetes bonitos que había visto. Cuando me acerqué a la puerta para llamar oí unos gritos desgarradores. No tenía duda. Era Gaby, mi bebé. Me abrieron, me dijeron que recién se despertaba, que fuera a buscarlo a la cunita así conocía el lugar. Yo ya no la escuchaba, corrí hacia los gritos y vi a mi hijito sentado con manchas rojas en la cara de tanto llorar. Lo alcé, lo abracé, le pedí perdón, tomé todas las cosas y salí corriendo de ese lugar al que no volvimos más. Caminé por la calle un rato con él en mis brazos porque no quería sentarlo en el auto hasta que no se calmara. Recién cuando se durmió lo subí al coche y fuimos a lo de mi mamá.
Llorando le pregunté cómo había hecho para dejarme a mí cuando era chiquita con las monjas cuando ella se iba a trabajar. Me contó que le había costado mucho, pero Inés ya iba al colegio y yo conocía a las hermanitas desde siempre. Con Inés, que fue la primera, se alternaba con papá. Conmigo fue más fácil porque me había dejado en un lugar conocido, que yo quería, y además siempre me quedé contenta, les estiraba los brazos a las monjitas cuando las veía. Pero también me explicó que para ella no había otra opción porque no tenían familia en Mar del Plata. Y cariñosamente me dijo lo que yo tanto necesitaba, que yo contaba con ella, que era feliz corriendo a cuidar a Gaby. Que ya no me angustiara más, que su cansancio era un cansancio feliz.
Recuerdo que le agradecí, pero no sé si fue lo suficiente. Ojalá que ella haya percibido lo importante que fue para mí esa ayuda. Y cuánto la amé.
Laura Quintana (La Plata)
28. LA CAJA DE LA CULPA
Como todos los meses recibo una encomienda con mercadería y dinero para el alquiler de mi departamento de estudiante; también, lo que me manda el abuelo, para gastos diarios.
Con ansiedad abro la caja , corto el hilo que la sujeta y rompo el papel, ahí delante de mí su contenido: en primer plano los pastelitos y milanesas hechas por mamá. Esa imagen me hipnotiza, no puedo dejar de ver a mi madre cocinando para su buena y estudiosa hija, esa de la cual está orgullosa porque es una aplicada estudiante. Mamá tendría que ser mosca aunque sea por un instante y verme por las noches, perdiéndome en juegos amorosos con mi novio, enredándome en sábanas, agitada y sudorosa, hasta quedarme dormida entre sus brazos. ¡Ella no podría creerlo! Entre nosotras no había secretos, pienso, mientras acomodo los pastelitos en la fuente y trato de volver hacia la caja agachando la cabeza, como si su contenido me juzgara. Ahí está el dinero que me envía papá para el alquiler y un poco más para vivir. Mientras lo guardo pienso ¿cuánto esfuerzo le costó esto? y lo escucho diciendo: vos estudia, y recibite, ya vas a tener tiempo de trabajar. ¿Sabés, papá?, yo, como vos, vuelvo tarde los fines de semana, tomo vino con amigos de una damajuana que hacemos girar, organizamos guitarreadas y me quedo con ellos, fumadores empedernidos, cantando, jugando al truco y haciendo nada hasta ver salir el sol, luego voy a casa con mi amor, abrazados como si fuéramos uno y él se queda a dormir conmigo. Papá, esta es tu santa hija, pienso.
Veo que la abuela me mandó su dulce casero. Si te contara abuela, hoy me dijeron señora, el ginecólogo me dijo señora y yo tímidamente dije señorita, él con una sonrisa socarrona y una voz áspera contestó Hágaselo creer a su abuela, y yo me sentí la peor, Tu Lilita, abuela, es una señora, y vos ¿cuándo fuiste señora? Seguro en Salamanca en la oscuridad del monte cuando llevabas comida a los pastores, o en el barco, cuando venías sola a Argentina. No importa dónde pero seguro me entendés, abuela, vos sabés de la vida.
La caja me llama como un juez mostrándome a quienes me acusan, y yo rehúso mirarla , porque una gran culpa me invade.
Unas medias cancan negras quedan en el fondo de la encomienda, las manda la tía Elvira, así dice un papelito pegado al celofán, me van a quedar bien con una mini a cuadros, pienso. Ella me puede ver mujer aunque también tira sus dardos, cuidate, ¡a ver si quedás gruesa, como la hija de don Tito"! La tía tenía mucha razón en pensar eso.
Tomo la carta de mamá que aguarda paciente ser leída por estos ojos pecadores, está escrita con letra clara y redondeada, parece recordarme transparencia, perfección, lo correcto...nada de eso soy, más bien me siento en falta, traicionando a los que me quieren y apoyan. Aprieto entre mis manos el sobre con dinero que mandó el abuelo, ¿qué me dirías, Lolo? Nada, estoy segura que sus pequeños ojos brillarían sabiendo que su nieta disfruta de esta vida
27. LOS REGALITOS
No había hecho nada malo y, sin embargo, me sentía como la peor de todas. Solo había aceptado " los regalitos " de la Penda y no sé si eran tan "regalitos", me lo había ganado, había trabajado para ella, le había hecho las cuentas porque no sabía las tablas, y también a veces los deberes, porque en la casa no la ayudaban, trabajan en el campo.
La Penda tenía plata, iba al almacén de Rosita y compraba lo que quería, lápices de colores de doce ¡o veinticuatro! en cajitas de lata, sacapuntas con el globo terráqueo, figuritas japonesas con brillantes y cuadernos con más de cien hojas, de tapas duras. Uno de esos cuadernos fue el último regalito de ella, porque mamá lo descubrió en el portafolio y enseguida comenzó con las averiguaciones, de dónde había sacado eso. Se enojó mucho, creo que no escuchó mis explicaciones, y me dijo que no podía pedir cosas por ayudar a una compañera y que no lo hiciera más, que me dedicara a lo mío. Tengo que devolverle las cosas y pedirle disculpas. ¿Cómo le digo que no le voy a hacer las oraciones sobre la primavera, ni los problemas de matemáticas? Me vuelvo a preguntar qué tiene de malo, si ella tiene libreta en el almacén y puede comprar lo que quiera que los padres después pagan y no le dicen nada, seguro que es el premio que le dan por venir desde el campo en charret, en las mañanas de heladas, con mucho frío, envuelta en frazadas, con gorro y guantes, con la nariz y los cachetes rojos.
¡Pobre Penda!, ¡ahora va a estar más sola todavía! Los chicos no juegan con ella, no tiene amiguitos y yo era un poco su amiga.
¡Pobre Yo!, me voy a quedar sin los bocaditos Holanda para el recreo, no voy a tener galletitas Bu Bu, ni la bolsita de caramelos surtidos. Ella me había prometido hasta la caja de lápices de colores grande si le hacía la carátula de octubre.
No hacíamos nada malo... bueno yo sí según mi mamá, le agarraba los regalitos, ¡pero la Penda me los traía tan contenta! Me los daba con esa sonrisa de labios paspados y yo esperaba ese momento feliz y me ponía a sus órdenes.
Ahora no podemos hacer más eso, y yo me siento triste, me siento fea, me siento mala...nunca, nunca más voy a tomar regalitos sin antes preguntarle a mamá.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
26. MARIANA
Sentada en el comedor de casa, escucho en el celular los audios de Yima, sobre “Culpa en la adultez”. Me impactan y emocionan los relatos.
Ahora, ya frente al cuaderno que está en blanco como yo, van apareciendo en mi mente escenas, recuerdos, situaciones de mi vida que ya había olvidado. Pero esta frase no. Nunca la olvidé. “Vas a ver cuando tengas hijos.“
Ese era el remate de mi mamá cuando después de un reto, yo le contestaba y ella enmudecía. En mi mente, yo repetía eso para mis adentros.
La vida fue pasando, me puse de novia, me casé, y si bien los primeros años, mi marido y yo decidimos esperar para ser padres, cuando nos decidimos a serlo, naturalmente no se dioaba.
Interminables estudios, engorrosos para él y para mí dolorosos a veces. Discusiones en la pareja, llanto, angustia, miedo, y después de todo, saber que no había impedimento físico alguno para ser papás.
Llegó la resignación aunque yo nunca bajé los brazos.
Yo iba a ser madre.
Mi marido lo soñaba.
Yo lo iba a lograr
Un día apreció la palabra adopción, él al principio se asustó peroy yo, pacientemente, esperé a que lo naturalizara.
Un año después ese día llegó.
Y con todo el esfuerzo de un embarazo de papeles que llevó dos años y medio, lo logramos.
Yo por fin vencí la culpa que arrastraba por rebelarme, contestar y ser una mala hija que enfrentaba a su mamá y tendría que pagar cuando tuviera sus hijos.
El día que nos pusieron en los brazos a nuestra hija, mi marido y yo lloramos de alegría, el amor pudo más que las culpas, los temores, los sufrimientos y dolores.
Florencia Zaldívar (CABA)
25. REFLEXIONES SOBRE LA CULPA
Miércoles 28/08/74
Querido diario:
Estoy chocha, conseguí trabajo.¡Mi primer trabajo!El año pasado me recibí y me costó tanto encontrar porque no tengo experiencia, pero ya está.
La oficina es linda, la empresa importante. Estoy todo el día de 8 a 18:30hs, tengo buenos compañeros y hasta hice ya alguna amiga.
Pero, siempre hay un pero... Flora.
Ella es la que tiene que pasarme parte de su trabajo y enseñarme. Me molesta porque es burlona. Las demás chicas la quieren, pero saben que es brava. ¡Es muy bonita!
Las dos tenemos la misma edad, diecinueve años, pero ella parece mayor. Tiene muchos problemas en su vida y en su casa. Las diferencias que tenemos son:
-Ella está “agrandada”.
-Se cree que se las sabe todas porque hace bastante que trabaja y tiene experiencia.
-Su modo de ser para conmigo es hacer notar todos mis errores de inexperta. Se burla, me lo dice con su cara y sus gestos constantemente.
Para alguien como yo, tímida y retraída , que recién está aprendiendo y se está adaptando a un lugar, es una pesadilla, me hace sentir fatal.
Vengo de mi experiencia en la escuela con mis compañeras pero nunca había sentido lo que siento por Flora. Hay momentos que la odio, y otros en que la veo y le temo, al punto de querer renunciar.
Lunes 14/09/74
Querido diario:
Hoy cuando llegué al trabajo, la gente no estaba en sus escritorios, todo estaba convulsionado. No entendía nada. Cuando fiché pregunté qué había pasado y alguien, no sé quién, me dijo “Flora murió en un accidente el sábado. Iban en un auto, su hermano y la novia y ella con un chico. Solo se salvaron los dos varones”
Me desplomé, literalmente, en la silla de mi escritorio, sin haberme puesto siquiera el guardapolvo.
¿Esto le habrá pasado a Flora porque yo no la quería? Nunca le deseé el mal ni le hice ningún daño, pero empecé a sentir culpa, angustia, tristeza.
¡Qué mal me siento, por Dios! ¿Se me pasará?
24. PIEDRA, PAPEL O TIJERA
Soy docente desde 1988. Me inicié trabajando en ambos turnos en forma simultánea.
Cuando llegó 1999, empecé a sentir que la escuela en la que había comenzado mi carrera ya no era el lugar para mí. No me hacía feliz el entorno, la dinámica ni la rutina. Por ese motivo pedí que me tuvieran en cuenta para el turno tarde en la escuela en la que ya trabajaba a la mañana hacía cuatro años. Allí podía desarrollar mi creatividad, aprender muchísimo y crecer como profesional. En febrero del 2000 me confirmaron el turno tarde, primer grado, todo un desafío para mí. A pesar de haber multiplicado mi carga laboral, dado que esa institución exigía más de lo que brindaba como retribución, yo me sentía feliz, especialmente por el grupo de gente con la que compartía mi labor. Había personas con quienes pude entablar relación de amistad y otras con las que éramos simples compañeros de trabajo.
Dentro de ese grupo se hallaban Martín y Eli, novios primero y esposos después. Con ella yo nunca había tenido demasiado trato, a pesar de que entramos a la escuela prácticamente juntas. En cambio, Martín, que ingresó bastante después, y yo nos hicimos muy amigos. Conversábamos mucho en la escuela e incluso en la vuelta a casa, ya que muchas veces me dejaba de pasada para la suya. Por el 2004 me designaron como su compañera de áreas enquinto y sexto grado. Compartíamos alumnos, familias, planificaciones y así se afianzó la hermosa amistad que habíamos podido construir. Disentíamos bastante en muchos aspectos laborales, yo peleaba sola porque a él nunca le gustó confrontar y escuchaba con paciencia mis catarsis, pero luego hacíamos de cuenta que nunca había pasado nada. También solía tirarle de las orejas por los rumores que corrían de su condición de picaflor, la cual nunca fue comprobada, por mí al menos.
A partir de hacernos más amigos, empecé a tratarme más con Eli. No éramos amigas, pero conversábamos mucho más.
A raíz de algunas situaciones que ocurrieron en la escuela, en las que se pusieron en juego los valores personales de un grupo grande de docentes, fuimos muchos los que decidimos renunciar, entre ellos Eli, Martín y yo.
Esa decisión me costó mucho porque amaba ese lugar y ese grupo de gente con la que compartías una manera de ver la educación y la vida muy poco frecuente. Sabía que podíamos seguir en contacto, pero ya nada iba a ser igual que transitar lo cotidiano.
Frente a esta separación, fue Martín quien me propuso a mí y a otra de las maestras con quienes teníamos muy buena onda, seguir en contacto agregando a los encuentros a nuestras familias. Así se sumaron Mariana y su marido, el mío y mi hija. Flor estaba feliz porque Eli había sido su maestra y la amaba. Al poco tiempo Mariana y su marido dejaron de participar, al igual que otra pareja que se había unido más tarde.
A partir de allí, se dieron un montón de encuentros muy frecuentes entre nosotros cuatro y nuestros hijos. Almuerzos, cenas, días completos, vacaciones en la costa…
Martín y yo siempre mantuvimos, además, nuestras charlas personales. En esa época no había WhatsApp. Así que seguíamos en contacto vía telefónica, mail o mensajitos de texto. Soy una convencida que la amistad entre el hombre y la mujer brinda una mirada diferente de las cosas que nos pasan, a la que podemos tener entre amigas y, con los encuentros familiares a veces se desdibujaba ese espacio que era tan valorado por los dos.
El tiempo fue pasando, él llegó a ser el director de la escuela en la que trabajaba y a la que después mandamos a mi hija. Le recomendé a una de mis amigas como maestra. Eso hizo que yo, sin querer, comenzara a recibir comentarios en relación a los rumores que allí también se habían instalado en relación a su condición de “galán”. Yo quería creer que solo eran rumores basados en su forma de relacionarse. Pero un día Lorena, mi amiga, su maestra, me hizo escuchar un audio que le llegó por error, en el que él le hablaba a una de sus compañeras, en las que claramente se veía una relación nada reciente.
Sabía que era su historia, en la que yo nada tenía que ver y que solo era una testigo involuntaria de sus malas decisiones, pero, a medida que el tiempo pasaba, yo me sentía peor en cada encuentro familiar en los que, hasta lo escuchaba hablar de otro posible futuro hijo.
Mucho pensé, muchos encuentros y charlas evité, para no sentir esa sensación de complicidad que no me dejaba disfrutar de esos momentos. Un día puse la situación sobre la mesa en casa. César y Flor coincidían en que era su problema, en que no tenía que meterme, en que si ella no veía era porque no quería ver, porque a simple vista uno se daba cuenta de que como pareja no funcionaban. Dejé que fluyera y que el tiempo me ayudara a tomar la mejor decisión.
Nunca pasó por mi cabeza blanquearle a ella lo que sabía, a pesar de estar en absoluto desacuerdo con él, porque sabía que, lejos de sumar, iba a destrozar una familia.
Pero era él en realidad mi amigo, más allá de la dinámica familiar que se fue dando y yo estaba furiosa por su accionar. Fue así que un día, después de evitarlo muchas veces, me invitó a tomar un café para que charláramos y le contara qué me pasaba ya que ni siquiera le respondía los mensajes, siendo que siempre fui la locuaz del grupo. Nos encontramos y sin mediar preámbulos le pregunté si estaba tan enamorado de su compañera, como para poner en riesgo la familia que había construido. Que yo no pensaba seguir siendo parte de la farsa de la familia feliz en la que, en cada encuentro, también de alguna manera era cómplice de su mentira.
Se quebró de tal manera que me descolocó, ya que hasta ese momento parecía haber vivido en la impunidad absoluta, creyendo que nunca nadie iba a enterarse de sus aventuras. Como después me reconoció, sabiendo que yo tenía canales directos con su entorno, tampoco midió que hasta nuestra amistad podía estar en juego.
Yo le dejé en claro que eso no peligraba porque yo no podía pedir mejor amigo que él, pero que, de ninguna manera, pensaba seguir participando de veladas familiares que me obligaran a poner cara de piedra.
Él me contó muchas cosas que podían explicar de alguna manera su accionar. Pero nunca justificarlo. Me dijo que iba a tratar de reconstruir su pareja, que esa charla conmigo lo había hecho dar cuenta de que lo que hacía, podía realmente traer consecuencias serias y que no quería perder a su familia.
A partir de allí intentó varios caminos para que las cosas con Eli mejoraran, salidas solos (que nunca habían hecho), hasta un fin de semana en la playa que parecía haber funcionado bastante bien hasta el viaje de vuelta, en el que, accidentalmente, Eli encontró una tarjeta firmada cariñosamente por la tercera en discordia. Hasta allí llegó la historia. Lo que sobrevino entre ellos después fue caótico y, obviamente, yo no salí bien parada. Ella se enteró de que yo estaba al tanto y nunca quiso escuchar mi parte del relato. Dio por verdadera su teoría de que yo apañaba a su marido en sus andanzas, hasta elucubró que a mí también me pasaba algo con él y nunca más quiso saber ni de mí ni de mi familia. Yo intenté explicarle pero no hubo manera, hasta que terminé bloqueándola en el celular y las redes, tal como ella hizo primero, harta de las injurias y la violencia con que me trataba. No podía creer que pensara eso de mí. Entonces, nunca me había llegado a conocer del todo…y eso dolía.
Hoy mi amistad con Martín es, si se quiere, más profunda. Todos los años posteriores a la separación pasó mucho tiempo en casa con mi familia, apoyándose y buscando contención.
Al día de hoy, cinco años después, Eli tampoco deja que sus hijos nos vean y Martín no puede contra eso, no quiere desafiarla por miedo a las consecuencias que pueda sufrir la relación con sus hijos. Nosotros lo lamentamos mucho porque adorábamos a esos nenes, eran una especie de sobrinos postizos.
Muchas veces pensé en qué habría ocurrido si yo hubiera actuado diferente. Y no lo sé. De todas maneras hubiera tenido que elegir de qué lado quedarme y yo hubiera elegido a mi amigo.
Si pienso en volver al pasado, como si eso fuera posible, creo que hubiera actuado exactamente de la misma manera. No entra en mí la doble cara y yo no podía sentirme ajena a lo que ocurría estando al tanto.
De todas maneras, no pude evitar sentirme culpable con ella. Y la entendí, aunque se equivocó conmigo, la entendí. Una mujer herida de esa manera no puede ver más allá.
Aunque más allá, la que estuviera fuera yo.
23. COMO UN BALDE DE AGUA FRÍA
Si digo que pasé mi adolescencia en la Parroquia San Pedro Apóstol, creo que no exagero. Desde muy chica, comencé a colaborar con el Padre Gerardo y las catequistas. En algún punto ya jugaba a la maestra con los chicos que iban a Catequesis. Cuando fui más grande el sacerdote me preguntó si quería tener un grupo a cargo. Así empecé a dar clases de catecismo los sábados a la tarde, incursioné en las filas de la Acción Católica de niños como dirigente los sábados a la mañana y colaboraba activamente en la misa del domingo a la mañana.
Como si eso fuera poco, se armó un grupo juvenil de acción católica los domingos a la tarde y terminábamos el día, con la conducción y a cargo de la música de la misa de las veinte horas.
Muchas veces, después de la misa nos íbamos a cenar todos juntos a alguna pizzería y muchas veces comíamos en casa.
El grupo era mixto y realmente lo pasábamos muy bien. No todo era religión. Tratábamos temas que nos importaban, se armaban interesantes debates y mucha vida social: cumpleaños y salidas a montones.
Inclusive a veces nos reuníamos en la semana los que estábamos a cargo de grupos de chicos para organizar las actividades del fin de semana.
Mi mamá y mi papá no entendían que le dedicara tantas horas pero yo era feliz allí. Ellos querían que fuera a disfrutar de la casita de fin de semana que tenían en 20 de Junio, pegadito a Pontevedra. A veces iba con todos mis amigos de la Parroquia, inclusive he llevado a los nenes chiquitos a pasar el día como salida recreativa. Me daba un poco de culpa no ir en familia, sabiendo que a ellos les gustaba compartir los domingos conmigo, pero la vida me resultaba más interesante en otro lugar.
El grupo era mixto. Llegamos a ser como veinte pero los estables seríamos unos diez. Entre ellos estaban Javier y Omar que, según decía burlonamente mi mamá, “me arrastraban el ala”.
Todas ideas de ella para mí. Eran buenos amigos y lo pasábamos muy bien. Es cierto que de vez en cuando se aparecían en casa durante la semana sin motivo aparente pero yo no le veía nada de particular.
A fines de 1988, ya el grupo llevaba un tiempo largo de formado y llegó César, a través de uno de los chicos. Pegamos buena onda enseguida, lo que molestó en cierta manera a Omar y a Javier. Javier lo conocía de antes y siempre tenía algo para decir en su contra.
Ahí volvía a la carga mi mamá diciendo que estaban celosos. Yo la sacaba corriendo, ya que para mí, ella veía visiones.
El 8 de diciembre, hicimos nuestra reunión de grupo en la planta alta, en las aulas en las que se daba catequesis, preparando la procesión de la Virgen de más tarde. Cuando terminó, decidieron bajar al salón parroquial a tomar mate, hasta que se hiciera la hora de la misa.
Yo me quedé juntando unos libros que me habían quedado desordenados el día anterior y observé que Omar no se había movido de su silla.
Me preguntó si podía hablar conmigo. Obviamente le dije que sí y me senté enfrente.
Creí que le pasaba algo malo porque estaba muy serio. Y sin preámbulos me dijo: - “Estoy enamorado de vos”. Creí que me desmayaba. ¡Mi mamá había tenido razón!
Aunque halagada, yo no podía corresponder a semejante declaración. Lo apreciaba muchísimo, era muy buena persona, siempre muy atento conmigo y más que bueno con todos.
Me sentí realmente terrible al decirle que yo lo único que podía ofrecerle era mi amistad, como hasta ese momento. Y aún me sentí peor, cuando me dijo que él no podía seguir siendo mi amigo, porque le hacía mal.
En ese momento, César, justo César, me llamó desde la planta baja, para decirme que ya teníamos que ir saliendo, que empezaba la procesión.
Caminé por el barrio, junto al resto del grupo, detrás de la Virgen, como una autómata. César me preguntó si me sentía (hay muchos sentirse bien, revisá)bien. Yo no podía emitir palabra. Me sentí peor aún, cuando vi que Omar no iba a participar y, alegando sentirse mal, les dijo a los demás que se iba a su casa.
Viendo que yo seguía muda, María Julia y Silvia, mis mejores amigas, que también formaban parte del grupo, me preguntaron qué me pasaba. Les conté y, de los nervios, les agarró un ataque de risa que a mí me puso furiosa.
Mientras tanto sentía los ojos de César clavados en la escena. Julia y Silvia tocaban la guitarra y eran las que dirigían las canciones de la procesión. Todos estaban esperando que la música empezara. Y yo, que la procesión terminara de una vez.
Al volver a la parroquia, como solía ocurrir, se armó la salida a la pizzería. Esa vez no fui de la partida. Solo quería dormir. Y llorar.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
22. PORQUE LO DIGO YO Y PUNTO
Supongo que la escuela de monjas sumada a la figura de mis padres que siempre fueron para mí ejemplo de rectitud, hizo que el “deber ser” fuera una materia muy importante en mi vida.
A ambos les agradezco los valores que inculcaron en mí e hicieron que me convirtiera en una persona de bien. Pero nunca sentí que hubiera margen para la transgresión. Los límites eran claros y las consecuencias cuando estos se pasaban, también.
Tampoco tengo el recuerdo de haber necesitado transgredirlos.
Buceé en mi memoria, que no es mucha, y no logré encontrar situaciones de niña en que me haya sentido culpable de algo. Llegué a pedirle ayuda a mi mamá para ver si podía reavivar algún recuerdo. Las palabras textuales de ella fueron: “No sé, eras muy buena”.
Llegando a la adolescencia eso cambió un poco, ya que no fui tan dócil como de niña. Los NO me sublevaban porque, como amerita en esa etapa, me parecían ilógicas las explicaciones de mi mamá, que fue siempre la que marcó más la disciplina en la familia.
Los horarios de vuelta a casa eran el conflicto más frecuente: siempre me parecían cortos(los horarios de vuelta no son cortos, no encuentro la palabra) e innecesariamente arbitrarios. Siempre necesitaba alguna hora más para ir a casa de amigas o, simplemente para dar la vuelta al perro. Ahí sí, los transgredía por el placer de otro rato compartido y no por desafiar la autoridad materna. Cuando volvía, tenía que enfrentar la perorata de mi mamá. Que la noche, que la inseguridad, que me tenía que bañar y preparar para ir al colegio al día siguiente. Siempre yo tenía algo para retrucar. Hasta que, finalmente, llegaba el temido: “Porque lo digo yo y punto “. Y ya no había más espacio para el bla blabla.
En ocasiones, llegábamos a un acuerdo y, en otras, mi mamá se ponía más intransigente y me prohibía la salida siguiente. Ahí explotaba mi temperamento acuariano y vociferaba un montón de cosas, de las cuales más tarde me arrepentía y hacían que me sintiera muy mal. Pero era más fuerte que yo y volvía a repetirlo, una y otra vez, cuando la sanción me parecía injusta. Pocas veces encontraba alguna estrategia inteligente que me permitiera sortear esas prohibiciones. Cuando ocurrían esos episodios, me sentía culpable por haber sido injusta con mi mamá en mis respuestas, pero siempre era más fuerte el enojo que sentía hacia ella que la culpa, por lo que rara vez me nacía pedir disculpas.
Si después de todo, ella exageraba siempre…. Tanto lío por una hora más o menos.
El portazo en la puerta de mi habitación, muchas veces, daba por terminada la pelea. Salvo, claro, cuando mi mamá había superado la cuota de enojo habitual, y se acercaba hecha una tromba, abría bruscamente la puerta y comenzaba una nueva batalla por ese motivo.
Esa costumbre de los padres de creer que lo saben todo. Y lo peor: creer que siempre tienen razón.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
21. EL BROCHECITO
Aquella tarde de marzo me encontraba en el cumpleaños de Sergio, en la parte de la piñata, con todos mis compañeros sentados a la espera de las sorpresitas, cuando, de repente, mirando el piso, vi algo llamativo, que brillaba y lo agarré. Era un brochecito, una mariposa, me lo guardé de inmediato en el bolsillo del vaquero sin que nadie se diera cuenta. Fue el momento más lindo de la fiesta, los latidos de mi corazón expresaban la emoción de ese momento mágico, tenía en mi poder algo que por algún motivo había aparecido en mi camino y era mío, no había hecho nada malo en agarrarlo.
Cayeron los juguetitos y golosinas, todos agarramos lo nuestro, tomé varias bolsitas, incluso regalé algunas a las distraídas que no ligaban nada.
Más tarde, cuando fuimos a comer la torta, empecé a sentir algo raro, ya no latía mi corazón fuerte, más bien pasaba lo contrario, se entristeció y la voz de mi conciencia me decía mientras tomaba jugo de naranja "Cari, sabés que no estuvo bien lo que hiciste". No esperé mucho para sacar la mariposa de mi bolsillo y preguntar de quién era, enseguida la hermana de Sergio se levantó de la silla en la que se encontraba apartada y dijo "Ay, es mía, gracias", y me la sacó de las manos, como correspondía, pero...me dolió un poquito porque…por un momento había sido feliz de tenerla conmigo y de soñar que era un regalo para mí, era como si me arrebataran la felicidad de mis manos. Por otro lado me sentí tranquila porque si me la hubiera quedado me habría convertido en una ladrona y yo no era eso.
Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)
20. LA CULPA ESTÁ EN MIS OJOS
Cuando sortearon el viaje, yo la miraba a ella. Ella era mi mejor amiga. La más estudiosa del salón. Siempre sonreía. Pero la profesora no pronunció su nombre cuando sacó el papel de la caja cuidadosamente cerrada. La ganadora del viaje a Bariloche fue Mariel. Ella ya había pagado su viaje y había comentado que si lo ganaba se lo regalaría a su tía.
Yo me había ilusionado mucho con que fuese Betty quien lo ganara. No había podido pagarlo y la única oportunidad que tenía para viajar era salir sorteada. Faltaba una semana para el viaje de fin de curso. Y ya la suerte parecía estar echada. Ese día de regreso a mi casa les pregunté a mis padres, por vigésima vez, si no podían pagarle el viaje a Betty. Mi papá me miró por vigésima vez, como quien mira a una loca y mi mamá me volvió a decir lo mismo: ojalá pudiéramos.
Esa noche , antes de dormir, pensé que no tenía que viajar. Si Betty no podía, yo tampoco tenía que ir. No era justo. Si era su amiga, tenía que quedarme con ella. Eso era la solidaridad, palabra tantas veces escuchada en mi casa. Pero también pensaba que si no viajaba, tiraba por la borda todo el dinero invertido en dos años, que peso por peso habían pagado mis padres. Que para poder hacerlo, se habían quedado más horas trabajando en el mercadito. No hubo salidas a la pizzería y no hubo compras que mis hermanos hubiesen deseado hacer. Hasta habían postergado la compra de la heladera vitrina hasta terminar de pagar las cuotas del viaje. Le había dicho mi papá a mi mamá una noche después de cenar cuando yo estaba detrás de la puerta, y lo escuché sin que ellos lo supieran. Toda la familia, unida para que yo pudiera cumplir el sueño de todo estudiante, el viaje de fin de curso.
Betty vivía con su madre viuda y dos hermanos varones en el barrio Fonavi. Su papá había fallecido el año anterior y su mamá trabajaba limpiando casas El sueño de Betty era estudiar Medicina. Me lo había contado por primera vez, cuando me enfermé de hepatitis y ella me llevaba los deberes a mi casa todos los días. Le gustaba leer y mi mamá le había regalado unas revistas de medicina que había comprado en la librería, en agradecimiento a su gesto.
El día del sorteo sentí rabia. Miré a la profesora sacar el papel de la caja con los ojos luminosos. Vi al representante de la empresa de viajes, sonreír a su lado beneplácitamente. Observé la mirada de Mariel, cuando pronunciaron su nombre y vi las manos de mis compañeros aplaudiendo mientras Mariel pasaba al frente a recibir el papel que se aparecía como un boleto gigante, con la palabra felicitaciones. No pude mirar la cara de Betty, sentada a mi lado. Ella nunca lo había dicho, pero creo que guardaba en un rinconcito de su esperanza el salir ganadora. Me dolió el corazón y encogí mi cuerpo, porque temí rozar el suyo y que se diera cuenta de la culpa que sentía. No tenía que hacerle eso. Ya era demasiado humillación que todos supiéramos que la madre no había podido pagarle el viaje, que fuese la única del curso que se quedaba sin poder ir. Sentí culpa de no haber hablado antes y haber dicho, que si había un pasaje para sortear y había solo una compañera que no viajaba, lo justo era que se le adjudicara a ella. Maldije mi silencio y mis palabras extraviadas, que no estuvieron cuando debieron estar y también a la tozudez de mi mirada. Era mi culpa también, mirar siempre donde algunos no podían ni siquiera asomarse. Quizás, ella tampoco…
Esa misma noche soñé. Entraba a un laberinto lleno de ojos. Todos me miraban fijamente. Eran ojos de diferentes colores. Algunos se aparecían azules, otros rojos sangre, por allá unos amarillos y más acá negros oscuros. Ninguno pestañeaba y cada vez que quería avanzar, los ojos parecían agrandarse y meterse dentro de los míos y ya no podía mirar. Solo veía rostros distorsionados que se movían ondulantes, otras veces invertidos, otras veces giraban. No pude reconocer a ninguno. Me esforcé, traté de fijarlos en un punto, pero el movimiento cada vez más intenso de los rostros lo impedía y ya no supe si eran los ojos aquellos o los míos los que miraban.
El día del viaje, Betty estuvo en mi casa. Me ayudó a armar la valija. Repasó la lista en voz alta, para que no me olvidara de nada. Se rió cuando vio el gorro de lana anaranjado que usábamos cuando jugábamos a actuar, en el fondo de la valija. Puso ella una tableta de aspirinas en el bolsillo de la mochila. Por las dudasdijo, sin dejar de sonreír. Hubiese preferido que se enojara, o llorase o me confesara que sí, que hubiese querido viajar. Pero ella muy pocas veces hablaba y muchas veces sonreía….
Ni siquiera, cuando mi mamá y mis hermanos me llenaron de abrazos antes de subir al colectivo. Ni cuando mi papá me dijo que me cuidara mucho. Ni cuando Betty depositó un beso sonoro en mi mejilla, me miró y me dijo que fuera tranquila, que me divirtiera, que me iba a esperar, ni siquiera ahí pude calmar mi culpa. Porque comprendí esa noche y para siempre, que la culpa estaba en mis ojos.
María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)
19. LA CULPA
Llego hasta acá, cargada de culpas. No puedo recordar exactamente cuando la sentí por primera vez. Sí recuerdo que fue en la infancia, siendo muy niña. Se me aparecía en todo el cuerpo y se anclaba en la boca. Como una enfermedad crónica, con la que me acostumbré a vivir a través del tiempo. No sé quién nació a quién si yo a ella, o ella a mí. Como si no pudiese separarla. Es tan raro. Porque a veces si no la tengo, parece que la buscara. Como una muerta de hambre. Como si con ella llenara un vacío, o una ausencia o la presencia incompleta de mi propio yo.
La culpa se aparecía en el plato de comida que nunca alcanzaba, si yo estaba. En la cama prestada, en la que dormía. En el apellido que me regalaron una noche fría de junio. A veces aparecía en el aire, como una bocanada que me ahogaba, y no me dejaba respirar.
Es amiga del miedo. Pero no de la soledad, en la que a veces me deshago(ya esá desnuda después) un rato de ella. La culpa me invade en la noche y al amanecer. En primavera y cuando el otoño desnuda los árboles, o cuando el frio me acecha. Siempre está. Aparece en las tristezas, pero también en los días alegres. Muchas veces para recordarme que la felicidad me fue regalada.
A veces cuando, tomo coraje y la interpelo, y le digo que me deje, se burla y se mete más adentro y corroe mis huesos y me recuerda que estoy hecha de ella. De la misma materia.
Cuando un verano llegó el amor, me preguntó si creía merecerlo. Y me llenó de dudas.
Recuerdo, cuando esperaba que a mi cuerpo lo llenara un hijo. Diez años, buscándolo. Ella me hablaba, me decía que debía esperar. Y cuando mi niño estuvo en mis brazos y mi voz cantó una canción de cuna, ella me dijo que no me ilusionara que fuera a acunar a otro. Ya estaba.
Ella a veces, aparece repentinamente. Una tarde, que fui a buscar a mi hijo a la escuela, llegué cinco minutos después de la hora de salida. La maestra me dijo que se había ido caminando solo. Recuerdo que sentí que todo giraba a mí alrededor, vertiginosamente. Pensé – si le pasa algo, es mi culpa-. Nada pasó. La escuela está a tres cuadras de casa. Y ya habíamos hablado durante la semana que iba a comenzar a volver solo a casa.
Otra vez en la psicóloga, cuando lo llevamos por su timidez y él se quedó de cara a la pared, y yo respondía las preguntas por él, y lo miraba a mí marido y a la psicóloga alternativamente, sintiendo culpa de que mi hijo no hablara y tuviera vergüenza y miedos y fuera todo consecuencia de mi `pánico, de mí
O cuando me enteré que el hombre que era mi padre biológico agonizaba en un hospital, y alguien me dijo que quería verme y yo no pude ir, porque simplemente no pude mirar a los ojos, a quien nunca me había mirado. Ahí también sentí culpa.
Muchas veces intenté pensar las causas de las culpas que me acechan. Pensé en la ausencia de rezos, pensé en mi madre y en la madre de mi madre y en la historia errada y caminada a tropiezos, con la que se transita, a veces la vida. También pensé que ella nos venía de más atrás, como un legado inevitable. Otras veces, que la culpa era haber nacido.
La culpa, esa voz perenne, ese grito furioso a mi voz tantas veces ausente. No sé cuándo se va a terminar, o si se va a ir algún día. No sé qué culpa amanecerá mañana. Solo sé que muchas veces, ella es una niña desnuda.
María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)
18. PERDÓNAME, PADRE MÍO…
Culpa: Según la Real Academia Española, en el sentido más amplio de la palabra, culpa es la imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de suconducta. En el campo del Derecho, culpa es la omisión de la diligencia exigible a alguien, que implica que el hecho injusto o dañoso resultante motive su responsabilidad civil o penal. En el área de la Psicología, es la acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado; y en lo Religioso, además, es un pecado o transgresión voluntaria de la ley de Dios.
Perdóname,
Padre mío, porque he pecado…
-Buenos días, señoritas.
-Buenos
días, Padre.
-Señoritas,
recuerden que hoy, como todos los miércoles, es día de confesión. Ustedes se están preparando para su Primera
Comunión así que es importante que practiquen la confesión y que limpien su
alma de todos sus pecados. El Padre se
encontrará en la capilla de nuestra escuela durante la mañana para quién desee
acercarse a él.
Una
de las niñas levanta la mano ansiosamente.
-¿Sí,
Cecilia?- dice la Hermana María José.
-¿Y
si no tenemos nada para confesar?
-Si
sienten que hoy no tienen nada para confesar, no hace falta acercarse, dice el
cura. Es importante realizarla de corazón
y con verdadero arrepentimiento. Dios
sabe todo y se da cuenta si estamos verdaderamente arrepentidos o no.
-Recuerden
que a veces hay pequeñas cosas a las que no les prestamos atención que se van
acumulando en nuestra alma y terminan aquejándonos, dice la Hermana María José
con especial énfasis en “aquéllas pequeñas cosas”. ¿Se han peleado con sus
padres recientemente? ¿Les han pedido perdón?
¿Le dijeron algo feo a su hermano o hermana y se sintieron tristes por
ello, o hicieron que sus hermanos se sintieran tristes?
-Es
importante reflexionar sobre nuestros actos y desarrollar la grandeza de
espíritu, dice el cura.
Otra
alumna levanta la mano con interés.
-Pero…
¿y sí no fue nuestra culpa?, pregunta Eliana desde la esquina izquierda del
fondo del aula.
-No
importa. Debemos aprender a pedir perdón. Si estuvimos involucrados en alguna
situación que creemos que no comenzamos nosotros, pero de la que fuimos
partícipes, debemos poder reflexionar, pedir perdón por la parte que nos toca,
dice el cura. Si tu mamá te indicó que
la ayudaras a levantar la mesa y no lo hiciste, y eso generó que tu mamá se
enojara, deberás pedirle perdón.
-Sí-
interrumpe Eugenia- pero ¿qué pasa si yo estoy tranquila en mi habitación y mi
mamá viene a interrumpirme y a pedirme que haga algo, pero como no es
importante le digo de hacerlo más tarde y ella se enoja y empieza a decirme
cosas feas y entonces yo reacciono y le contesto? Yo no empecé la discusión, ni tampoco me
negué a hacerlo, solo que lo iba a hacer más tarde. No es mi culpa.
-Pues,
muy bien. Primero deberás pedirle
disculpas por haber reaccionado y contestarle.
Ante todo, ella es tu madre y le debés respeto, igual que a tu padre,
dice el cura mientras la monja asiente.
-Pero,
¿y ella qué? ¿Ella no tiene que pedirme perdón por enojarse conmigo sin
necesidad y por decir cosas hirientes? A mi también me puede doler la
situación.
-Sí. Lo ideal sería que ambas se pidiesen perdón,
pero no podemos esperar que sea siempre el otro el que se acerque si queremos
cuidar la relación. A veces el otro no
se da cuenta o no está preparado para hacerlo primero. Debemos elevarnos ante la situación y ser
buenas personas.
-Bueno,
niñas, suficiente. Si desean confesarse,
o hacerle más preguntas de casos en particular al padre, ya saben, estará toda
la mañana en la capilla. Avísenle a su
maestra y armen una lista así van de manera ordenada. Buenos días.
Vale.Ri (CABA)
17. POCHITA MORFONI, LE DECÍAN…
Bluagh, bluagh, bluaaaaaaaaaagh
-¡Ayyyyyyy,
vomitó la nena!
-¿Qué
pasa hija, qué pasa?, pregunta la mayor de las mujeres.
-¡Vomitó
la nena, mamá! , alcanzáme algo para limpiar.
La llevo al baño, informa. Hija,
¿estás bien?, le pregunta asustada a la niña.
-Ahhh,
me duele la panza, estoy llena.
-Y,
¿no ves?, yo te dije, comiste demasiado ayer, le reprocha la madre.
-Euge,
¿estás bien?, le pregunta la abuela a la niña
-Sí,
abue, me duele la panza, me siento llena.
-Pero
¿qué comiste si acá comimos bien?
-No, no sé, mamá, le explica la mujer a su madre. Ayer fuimos a lo de mi suegra y comió un montón de facturas, seguro es la acumulación de cosas y ahora vomitó lo último que comió que fue el yogurt que le dimos hace un rato.
Vale.Ri (CABA)
16. SAIGÓN EN BUENOS AIRES
-Alejandroooo, ¿hiciste lo que te pedí?
-¿Qué
cosa?
-No
te hagás, si ya sabés. Te dije mil veces
que se aflojó el tornillo de la puerta del mueble de la habitación de Euge.
Dale, arreglalo, no te cuesta nada.
-Seh,
ahora en un rato lo arreglo, dijo él con desgano y sin prestar mucha atención.
Una
hora más tarde…
-¿Y?
¿Lo arreglaste?
-No,
todavía no. Te dije que en un rato lo
arreglaba. Dejame ver la tele un poco
tranquilo.
-Ay
pero la tele la podés ver en cualquier momento.
Esto está así hace días, dale no te cuesta nada.
-Esperá
un poco. No va a desaparecer el placard ni tampoco es urgente. Estoy descansando.
-Ay,
¿no ves? No se le puede pedir nada.
Claro, otros le piden cosas y enseguida sale corriendo para ayudar pero
acá en casa siempre está cansado, nunca tiene tiempo, dice ella en voz alta
alejándose del living comedor y dirigiéndose hacia la cocina, consciente de que
comenzaba lentamente a jugar con el tablero de las emociones y que cada paso
que diera a partir de ahora sería un nuevo botón de provocación a pulsar.
Desde
la habitación, la niña comenzó a sentir la tensión elevarse, y que siempre
desencadenaba en lo mismo.
Había
pasado un rato largo y todavía persistía la calma, una calma ya poco genuina,
una calma que detrás estaba gestando otra de las tantas típicas guerras
nucleares, la calma de un volcán en ebullición previo a estallar, Vietnam a
punto de desatarse… sálvese quien pueda, esto es inminente.
Pasan
un par de horas…
-¿Y,
cuántas veces más te lo tengo que pedir? Daaale, no seas malo, hacelo así ya
queda listo.
En
su habitación, la niña interrumpió la clase que tan ceremoniosamente le estaba
impartiendo a sus alumnos de peluche frente al pizarrón de tiza que su abuela
materna le había regalado, caminó hacia la puerta y la cerró. La bomba estaba por estallar…
-ME
TENÉS PODRIDOOOOOOO. DEJÁ DE ROMPERME LAS BOLAS, ¿QUERÉS? ESTOY DESCANSANDO UN RATO. ¿NI SIQUIERA ESO PUEDO HACER?
-No
se preocupen, chicos, esto es normal, no pasa nada, calmó la maestra a sus
‘alumnos’. Sigamos con la clase….
-AY,
PERO SI NO TE JODO NUNCA. TE LO PEDÍ
HACE VARIOS DÍAS, NUNCA TENÉS TIEMPO PARA NOSOTRAS, PERO BIEN QUE CUANDO TU
MAMÁ O TU HERMANA NECESITAN ALGO SALÍS CORRIENDO.
-¿QUIÉN
TE PENSÁS QUE SOS PARA HABLAR DE MI MAMÁ Y DE MI HERMANA? ¿NO VES QUE ELLAS
ESTÁN SOLAS? SI NECESITAN ALGO NO TIENEN QUIÉN SE LOS HAGA, ¿A QUIÉN QUERÉS QUE
LLAMEN?
-¿Y
POR QUÉ NO LLAMAN A ALGUIEN QUE LES HAGA EL LABURO, POR QUÉ SIEMPRE TENÉS QUE
SER VOS? ¿QUIÉN SOS VOS, EL SALVADOR DE LA FAMILIA? YO TE PEDÍ ESTO HACE DÍAS, ES UNA BOLUDEZ, ES
EN LA PIEZA DE LA NENA, UNA PAVADA, DALE, ASÍ LE QUEDA BIEN EL PLACARD.
Los
gritos continuaron, in crescendo. Mucha
impotencia y violencia contenida que, como siempre, se desató y se manifestó
primero en gritos, sumando luego las palabras hirientes…
-Bueno,
chicos, vamos a terminar la clase por hoy.
Vayan a sus casas a descansar.
Nos vemos mañana.
La
niña empezó a acomodar sus peluches uno a uno de vuelta en sus lugares
habituales mientras de trasfondo continuaban sonando los misiles, las granadas,
las ametralladoras, los tanques…
¡BUM!
Algo colisionó contra la pared.
La
niña se asomó y logró visualizar parte de la situación. Un puño había volado contra la pared. De pronto quedó ella frente a estos dos
tanques gigantes atacarse, defenderse y contra-atacar. Los miró con miedo, confusión y mucha
tristeza.
-ME
TENÉS HARTO, NO PUEDO MÁS, NO PARÁS UN SEGUNDO, SI ESTO SIGUE ASÍ ME VOY DE
ESTA CASA, ME LLEVO A LA NENA Y NO NOS VES NUNCA MÁS LA CARA, NI A MI NI A
ELLA.
De
pronto la mujer reculó. Silencio.
La
niña tragó saliva con dificultad, sintió el pecho oprimirle y pensó… yo no
quiero ir a vivir de la abuela Mabel y la tía, ni estar con papá, , tengo
miedo, además allá no me quieren y estoy lejos de todo. En fracciones de
segundo se le pasó por delante de sus ojos lo que podría ser su vida en un
lugar poco deseado y lejos de todo lo conocido.
El pecho se le estrujó, el corazón se le llenó de miedo, bronca y angustia,
mucha angustia. Botín de guerra.
-¡BASTAAAAAAAAA,
CÓRTENLA, ME TIENEN HARTA! Se le escapó sin pensar. Los tanques se detuvieron un segundo sobre
sus propios pasos, giraron la mira en dirección a la niña, la niña se sintió
encoger del susto y sin darles tiempo a que disparasen contra ella salió
corriendo a su búnker, entró, cerró la puerta, apretó el botón de la traba, se
metió bajo la colcha de su cama y esperó a que termine la batalla.
-Eugeniaaaa,
dale, ya está. Abrí la puerta, nos vamos a caminar que tu padre está fuera de
sus cabales, vamos.
Sin
siquiera protestar, salió de debajo de la colcha, destrabó la puerta y la
abrió. Del otro lado, su madre ansiosa
esperando agarrarla del brazo para salir.
-No
puedo creer. Tu padre está loco. ¿Viste cómo se pone cada vez que le mencionás
a la madre y a la hermana? No se le puede hablar.
-No
mamá, papá se re enoja, pero vos también lo provocás.
-¿Encima
lo defendés a él? Él está loco, nos
trata mal, prefiere a las otras y ¿vos lo defendés a él? Sos igual que tu
padre.
-No
mamá. Lo que digo es que mirándolo desde
afuera es cierto que papá es violento, pero vos le podrías decir las cosas de
otra manera. Además, le repetiste veinte
veces lo mismo y ya te había dicho que lo iba a hacer.
-Uf,
la abuela me dice lo mismo, que tengo que tener más paciencia, ser más
diplomática…
-Y
bueno, ya somos dos que te decimos lo mismo, ¿no?
-Sí,
pero yo no puedo. Yo no puedo ser como tu tía que te hace una sonrisita y
después te clava el puñal por la espalda. Es una zorra. Yo no soy así, yo te digo
la verdad de frente y punto.
-Mamá,
ser diplomático no es ser falso.
-¿Cómo
que no? Mandar a la mierda con una sonrisa, eso es ser falso.
-Yo
no te digo que mandes a la mierda a nadie con una sonrisa. Yo digo que podés decir lo mismo con otras
palabras, otro tono, otra manera.
-Al
final, no sé para qué me casé con tu padre.
Encima esa familia de mierda que siempre se mete en todo, siempre me
andaban preguntando cuándo iba a tener hijos, y yo no quería tener hijos.
-¿Y
entonces para que me tuviste si no me querías tener?
-No,
yo no dije eso.
-Sí,
dijiste que no querías tener hijos, ¿para qué me tuviste? Yo no pedí nacer.
-No,
digas así, yo no dije eso. ¿No ves que al final no se te puede decir nada, que
entendés todo mal? Siempre tomándote todo tan a la tremenda, vos.
-No. Yo no me tomo todo a la tremenda, simplemente
te pregunto sobre lo que vos me dijiste, y dijiste “no sé para qué tuve hijos,
si yo no quería tener hijos”, por ende, no quisiste tenerme.
-Bueno,
déjalo así, no se te puede decir nada.
-No
me hables así. Decís cosas que me
lastiman y encima decís que yo soy la que no entiende nada, dice ella entre
sollozos y con gran impotencia en su voz y su corazón. Yo no tengo la culpa de haber venido a este
mundo, yo no te lo pedí, lo siento mucho si yo te cagué la vida, pero yo no te
lo pedí, ¿para qué me tuviste?
-Sos
demasiado sensible, te tomás todo a la tremenda. Yo no dije eso. En fin, no lo soporto más. Tu padre está loco, no se le puede hablar, no
se le puede tocar a la mamita ni a la hermanita. Ni que fueran santas.
-¿Por
qué no se separan?, dice la niña esperanzada.
-Naaah,
¿y a dónde vamos a ir a vivir?
-De
los abuelos. Ellos tienen lugar, dice
ilusionada.
-No,
ni loca, yo no puedo molestarlos a los abuelos así.
El
corazón se le hunde en lo más profundo de su cuerpo, cae hasta los pies y cava
el suelo por debajo de sus pies. Ella
adora a sus abuelos maternos, la pasa bien en la casa de ellos y además su
abuela le cocina sus comidas favoritas y súper deliciosas.
Ya
están en la cuadra de su casa de regreso de la caminata.
-Bueno,
ahora tu padre seguro va a estar con cara larga. No le hagas caso. Vos andá a seguir jugando.
Vale.Ri (CABA)
15. PAISAJES
El viaje en avión era para encontrarme con vos, con la excusa del trabajo de campo para continuar mi investigación sobre los incendios de los bosques patagónicos, pero a la vez, estaba en juego la incipiente relación que nos ligaba.
Me
ofreciste residir en la cabaña de tus padres en la península de San Pedro a la
vera del lago Nahuel Huapi. Ibas a estar unos días con ellos como en otras
primaveras.Yo ya los conocía de cuando habíamos ido de vacaciones con mi hija y
me invitaste a conocer tu lugar. Tiempos de estrecha amistad en que compartíamos
seminarios de biología, nuevos papers, miradas y risas cómplices como
becarios de la universidad. Esta ocasión, en cambio, era una huida hacia
adelante, cargada de emoción, imprudencia y vergüenza.Mi matrimonio estabaal
borde del fracaso.Nada estaba definido. Pensaba en verte fuera de la ciudad con
toda la fantasía de encontrarte más allá de nuestro lugar de trabajo. Repasaba
tus miradas, los sentimientos que inducías en mí, el común interés intelectual,
la atracción física contenida. En un lugar distante, quizás se dierala
oportunidad deconcretarel romance. No me importaba ninguna otra cosa. Ni el tremendo
engaño, ni la culpa que me provocaría.
Fueron encuentros, solo encuentros,
convergencias puntuales, pocos minutos y soledad. Compartidas ausencias nos
eximen. Allí estamos, juntos y más allá, alejados y aquí.
No hay distancias. No hay destierro.
Perteneces a la historia. Integras mi alma. No hay día ni noche. Superpoblando
lo cotidiano, estás.
La
noche previa a la partida,la conciencia me jugó una mala pasada. En el medio del
insomnio tomé la decisión de ir en tren con Georgina, mi pequeña de cuatro años.
Una locura total, pero arremetí como siempre e hice el cambio de pasaje en
plena madrugada.No recuerdo cómo te avisé del cambio, pero me fuiste a buscar a
la estación y al llegar tu sorpresa y decepción fueron más que ostensibles. Por
qué tenía que ir con mi niña. Absurdo. No dijiste nada, pero enfriaste la mirada
yactuaste como si no nos conociéramos en la confitería del centro de Bariloche
donde tomamos un chocolate antes de partir hacia la península a veinte
kilómetros de la ciudad.
Me
dejaste en la cabaña con tus padres y mi hija durante el trabajo de campo. Yo
estaba confundida, miraba tus fotos en el cuarto, y me arrepentí de no haber
tenido la valentía de enfrentarte. Te buscaba en todos lados, en la oficina de
forestación donde recababa datos, en la calle camino a Parques Nacionales, en
el Centro Cívico donde cruzaba de un lado al otro de la ciudad,en las
confiterías donde almorzaba, y, sin embargo, no aparecías. Nunca supe dónde te
habías ido. Trabajé como loca esa semana con Georgina a cuestas, tratando de
olvidar que podríamos cruzarnos en algún lugar de Bariloche, pero fue en vano.
Pasó
una semana y el día en que me iba, volviste casi en el momento de la partida, a
las cinco de la tarde. En definitiva, para evitar la caminata de vuelta a la
parada del micro que me trasladara a Bariloche, vos mismo me llevaste educado y
servicial hacia otra historia.
Fui una vida en tu
vida. Fui el atardecer en tu cielo, quizás una tormenta de verano. Pero
migraste, ¿no es cierto? y llegó el adiós tan temido.
No te creo, no te creo.
Lo voy a repetir, no te creo.
Tus temores fueron
pensamientos baldíos. No te creo amor, no te creo.
Un
año más tarde viajo sola a Bariloche excusándome en visitar a mi hermano, para cumplir
en realidad con la esperanza de encontrarte. Ir a la península y estar inmersa en
aquel paisajees como volver a verte. Resulta conmovedor encontrar el lugar que
fuera mi lugar y descubrir que quizás ya no lo sea, que el contenido es
fantasía, aunque el continente permanece intacto y más bello que nunca.
Tengo
una mínima ilusión de que suceda el encuentro. Después de recorrer varios
kilómetros desde donde me deja el micro sobre la ruta, tomo aquel sendero
estrecho rodeado de cipreses y coihues que bordea la península de San Pedro y
pienso turbada que estoy regresando a destiempo, que es inútil, pero igual me
pregunto con un susurro: ¿estás allí, Pablo? Por fin llego a la playa a orillas
del lago, cruzoal islote unido al mallín ahogado y me doy cuentade que no estás
porque diviso sobre el terraplén de la ribera a la cabaña sin su chimenea humeante.
La
expectativa me hace sondear el paisaje y veo a un niño tras el eterno tronco
caído, pero intacto. Me dice,hola. ¿Esa es la casa de tus abuelos?, le
pregunto sabiendo de antemano la respuesta. Es la cabaña en la que dormí con Georginaun
año atrás.El niño es tu sobrino que me confirma tu ida al sur, tu vida nueva en
Comodoro y tu trabajo en la universidad de la Patagonia. Esa vida que yo ya sabía,
pero no quería afrontar. Esa es tu promesa cumplida, lo que debías hacer, lo
que hace un hombre de bien.
Nos
vimos una sola vez más en Buenos Aires, en aquel café de nuestros encuentros
furtivos. Fue entonces cuando me dijiste cruel, duro y libre: vos quédate
tranquila, seguí tu vida, que yo sé lo que tengo que hacer. Luego concluiste:
sos una mujer para amar y yo no te amo.
Alexis de la Fuente (Buenos Aires)
14. EL PROFE INOLVIDABLE
Había comenzado la
escuela secundaria ubicada en la zona de Paternal. Tenía doce años y coincidió
con la época en que nos fuimos a vivir a Villa Ballester.
De casa al colegio el
viaje era muy largo. Hablando del tema con mamá, decidimos que, a pesar de la
distancia, iba a seguir en esa escuela porque había estudiado mucho para el
examen de ingreso que exigían como mínimo 80 puntos y había logrado dar con lo requerido.
En mi aula había cuarentena
y dos chicas y yo me sentía muy feliz de formar parte de ese grupo.
La entrega del boletín
era trimestral con el promedio de notas de las trece materias que teníamos.
Pasado el primer
trimestre ya conocíamos a todos los profesores y demás personal.
En general todos los
profesores eran muy exigentes excepto uno que nos daba Economía Política.
Era un hombre bajito,
con cara redonda colorada, cabello escaso rubio y hablaba muy lento y suave.
Su clase era como estar
en un recreo silencioso.
Él llegaba y colocaba
su abrigo, portafolio, libreta, lapicera, todo sobre su escritorio.
Después se sentaba
sobre el pupitre del primer asiento.
Nos nombraba casi todos
los días porque decía que éramos muchas y quería recordar nuestros nombres e
identificarnos.
Hablaba de Economía
como mucho diez minutos y después nos juntábamos apretujadas en los asientos de
adelante mientras otras chicas se arremolinaban alrededor de él porque se ponía
a charlar de otros temas que nos interesaba más.
Nos contaba que le
gustaba mucho el cine, nos relataba la última película que había visto con
lujos de detalles y así se pasaba la hora.
Otras veces nos contaba
de lugares que había conocido pues también le gustaba viajar.
Relataba tan lindo y
tantas anécdotas que era muy entretenido escucharlo.
Ver la libreta abierta
sobre el escritorio era muy tentador.
Mientras estábamos
todas arremolinadas alrededor de él había tres chicas que era las encargadas de
poner las notas en la libreta siempre superiores a ocho.
Entre nosotras
comentábamos que él era algo tonto, una chica lo llamaba Porky porque decía que
tenía la cara de chanchito de los dibujitos.
Además, como él contaba que tenía muchos
colegios donde daba la materia y era como muy disperso seguro no lo iba a
notar.
Llegó fines de
noviembre y teníamos la última clase de Economía.
Esta vez no se sentó
sobre el pupitre como siempre, se sentó sobre el escritorio con las piernas
cortas colgando.
Comenzó a hablar como
siempre suavemente.
Nos contó que era un
hombre solo que no tenía familia. Que no quería olvidar nuestros nombres porque nos sentía como sus hijas y para él no
era importante que supiéramos Economía, que seguramente en otro año íbamos a
aprender, que lo más importante para él era que lo recordáramos .
Se hizo un silencio
sepulcral.
Agregó como al pasar
que se alegraba que termináramos el año con tan buenas notas.
Supimos en ese instante
que no lo habíamos engañado.
Él hablaba con tanto
amor y dulzura hacia nosotras que empezamos a llorar.
La culpa que sentía me llegaba
hasta las tripas.
Cuarenta y dos chicas
llorando a moco tendido, pidiéndole perdón, abrazándolo y diciéndole que lo
queríamos mucho.
Él sonreía, nos decía
que no lloráramos que él era feliz solo con que no lo olvidáramos.
Y así es, querido y recordado profesor.
Yayi (CABA)
En ese último día del año, llegué con entusiasmo a la casa de mi abuela paterna.
Allí era siempre festejo, repleto de gritos, carcajadas,
golpes de truco de mis tíos, piedra libre jugando a la escondida con esa
familia numerosa en niños.
Sin recibir la euforia que mis primos mostraban cuando
llegábamos, me dieron la noticia de la perdida de tu papá.
Esa noche dormí poco.
Al día siguiente me sentí obligada a ir a la escena de
despedir a un ser, situación que yo desconocía.
Pasando el umbral de la puerta de rejas que estaba
abierta, te vi sentada al lado del ataúd y al levantar tu vista corriste a mi
abrazo, sin dejarme dar más pasos porque los tuyos fueron tan rápidos para
alcanzar los míos.
Nunca te había visto llorar.
Teníamos doce años y una amistad comprometida.Lo único
que sabíamos era reír porque el dolor jamás había golpeado.
Lo único que sabíamos era sentarnos juntas durante el
ciclo escolar, guardar nuestros secretos, hacer pactos de amigas, pasarnos a
buscar en bici a la hora del Timón en verano, convencer a nuestras madres de
que nos dejaran quedar a dormir una en la casa de la otra.
Enero y febrero pasaron rápido.
En una de esas tardes de complicidad con otra amiga había
planeado ser su compañera de banco en la etapa de secundaria que comenzábamos
en marzo.
A vos no te vi ese verano.
Al llegar de mañana al barullo adolescente, tan nuevo para nosotras, te acercaste con ojos
tristes y me dijiste: “¿Nos sentamos juntas, como siempre?”
Respondí: “Ya le prometí a Marcela”.
Durante los cinco años que siguieron elegí el lugar que había
elegido antes con vos, el primer banco de la fila del medio, pero con Marcela;
dejando tu timidez y tu tristeza en el último banco de la fila del lado de la
ventana.
Aunque no descuide nuestra amistad, aunque pasé a
buscarte para tantas salidas, acompañé en tu vida tantos momentos…aunque fue
tuya mi casa, mi moto, mi padre, y fue mía tu mesa, tu ropa, tu madre. Aunque aún
hoy nos damos el tiempo de un café, concretamos asado los findes y nos
perdonamos olvidos, jamás dejare de sentir culpa por tu rostro desconcertado en
ese primerdía
de clase, después del enorme vacío repentino que dejo la
muerte de tu papa.
Jamás me perdonaré haber sumado un vacío a tus cortos
doce años empañados de lágrimas que esperaban la cercanía, la continuidad de
contar con tu siempre “compañera de banco, amiga inseparable”.
¿Nos sentamos juntas,
como siempre?
Qué pena me da haber dicho “no”.
Edith Martini (Jaúregui, Buenos Aires)
12. LA HOJA ESCONDIDA
Mamá había
servido la cena algo más tarde de lo habitual. Entre plato y plato se
apresuraba y nos contaba muy contenta que había terminado de bordar un mantel
blanco que le había encargado una vecina.
Yo ya lo había
visto: era una belleza artesanal.
Siempre mamá con
sus bordados ganaba algunos pesos que no venían nada mal. Nunca nos faltó nada
pero tampoco nos sobraba el dinero.
Mis padres eran
muy trabajadores y todo lo necesario lo lograban con mucho esfuerzo.
Yo no tenía
apetito y mamá inisitía con que debía comer porque a los once anios era
necesario para poder crecer sana y fuerte, Mientras ella hablaba yo
pensaba que al
día siguiente tenía que ir a la escuela y se me cerraba el estómago.
Me fui a acostar
y me costó conciliar el sueño.
Me levanté
temprano, desayuné y partí para el colegio.
Cuando entré,
las piernas me temblaban. En la primera hora teníamos prueba de matemáticas.
Esta materia
siempre fue mi punto flojo. No me gustaba nada todo lo que se relacionaba con
los números y además había estudiado muy poco.
Sabía que mi
prueba iba a ser un desastre.
Terminó la hora
y entregué mi examen, mi mano temblaba como una hoja sacudida por una brisa.
Mamá sabía que
había tenido prueba.
Cuando llegué a
casa me preguntó cómo me había ido y le dije que bien.
¡Viste!, me dijo dándome un abrazo y un beso.
Pasaron unos
días y llegó el momento de la devolución de los exámenes. Me había sacado un
tres, un desastre.
La maestra ordenó
seriamente Quiero que peguen la hoja de
la prueba en el cuaderno de clase y que la firmen sus mamás o sus papás.
Cuando llegue a
casa almorcé y a la tarde me puse a hacer la tarea.
Tenía la hoja
bien doblada escondida en la cartuchera.
Cuando mamá se
puso a preparar un bizcochuelo y la vi ocupada; pegué rápidamente la hoja, mire
otras pruebas que mi mamá había firmado y firmé yo la hoja imitando lo mejor
que pude su firma.
Pasó como una
semana, Mamá acostumbraba cada tanto sentarse a mi lado, me pedía el cuaderno y
lo revisaba
Llegó, pues, el
momento. Yo rogaba que mirara solo las últimas tareas, pero no fue así, llegó a
la hoja que estaba pegada muy prolijita, doblada en dos.
La desplegó miró
sorprendida la nota y la firma. Mi cara se puso roja.
Ella se quedó mirando
la hoja pensativa y con tristeza. Unas lágrimas que intentó disimular rodaron
por su rostro.
Una vez repuesta
de su sorpresa me dijo que me iba a mandar a una maestra particular para que me
ayudara en matemáticas y pudiera levantar la nota.
Señaló con un
dedo la firma y como un murmullo muy bajito agregó esto no vuelvas a hacerlo.
Me acarició los
rulos y dijo bueno, a tomar la leche y
vas a ver qué rico salió el bizcochuelo, hoy le puse dulce de leche.
Creo que nunca
en la vida me sentí tan culpable como en ese momento.
Había mentido y
defraudado al ser que más amaba en la vida.
Hubiera
preferido que se enojara, que me diera una reprimenda, asi, tal vez, disminuía
mi culpa.
Pero no... el
bizcochuelo estaba riquísimo y mamá ahora sonreía.
Yayi (CABA)
11. MI CARA LARGA
Se llamaba
Angélica, hacía pocos meses que -cuando sus actividades se lo permitían- se
quedaba en ese lugar idílico, rodeado por montañas y lagos. Había encontrado
nuevamente al amor. Se vio envuelta en un renacer de sentimientos.
Estaba fascinada
con el lugar. Era como sacado de un libro de cuento. Las montañas hacían de
marco al racimo de casas de madera con
amplios ventanales adornadas con espléndidas rosas multicolores.
Sin embargo
siempre volvía a la ciudad que la había
cobijado desde su adolescencia. El lugar donde vivía su familia. Sus hijos ya
adultos iban transitando cada cual su camino. Lo que realmente le preocupaba
era su madre que desde hacía muchos años se debatía en una existencia llena de
tristezas con cambios en sus estados de ánimos que necesitaban de la
observación de los integrantes de la familia.
A mediados de
abril decidió regresar. Se subió al
transporte. Su compañero la despidió
levantando la mano, insinuando una leve sonrisa. Se acurrucó en el asiento y
durmió un buen rato. Unos destellos la despertaron, una inmensa bola anaranjada
emergía del horizonte. En una panorámica que ocupaba todo su campo visual
percibió como ascendía muy lentamente. Sintió la energía que transmitía a un nuevo día.
Al llegar, se
dirigió de inmediato a la casa de su madre. La puerta tenía la llave puesta.
Llamó. Escuchó el ruido de pies arrastrándose
en el piso. La llave le dio el permiso para entrar.
Los ojos de su
madre encontraron los de ella. Las manos apretujaron su cara intentando una
caricia llena de ansiedad. Escuchó su voz que traía un reproche escondido:
-Nena, menos mal
que llegaste. ¡Te estaba esperando!
-¡Hola, mamá!,
¿cómo estuviste?, ¿todo bien? -preguntó ella, deseando que un
milagro se produjera y le devolviera al ser que hacía tanto tiempo ya no
habitaba en el cuerpo de su mamá.
-¡Te extrañé
tanto! ¡Mi cara larga! -le escuchó decir
Se abrazaron
largamente. Cuando la intensidad las fue dejando, escuchó como su madre
intentaba una frase que se parecía a un permiso –seguramente su amor de madre
era quien lo expresaba, presintiendo que
ese nuevo camino que su hija se permitía
transitar le devolvería la sonrisa que
hacía mucho tiempo se había borrado de su rostro-: Nena, si tenés que ir al
sur, ¡anda nomás! ¡No te hagas problema
por mí! Nelson viene todos los días. Me trae los remedios ¡me cuida! ¡Yo estoy
bien!
Sus ojos se
encontraron y en la mirada de su hija se reflejó el amor agradecido por esas
palabras. Comieron juntas y como de
costumbre la casa se llenó de música. El
Samsung se hizo oír con chacareras y zambas, compañeras de soledades que
supieron dar contenido a tantas horas.
Al mes siguiente
volvió a aquel lugar que tanto la atraía. Una mañana estaban entretenidos en
una charla, cuando escuchó el sonido de su teléfono. Atendió. La voz de su
sobrina la puso en alerta. Tía, la abuela murió. Papá la encontró en su cama.
Sus piernas la
abandonaron. Un hondo sentimiento la sumergió en un abismo de dolor. Su voz
susurró en un ruego: Mamá, no me hagas esto.
Volvió al lado
de su madre, esta vez sería por última vez. La despidió. Se quedó unos meses en
la ciudad.
Una mañana
decidió que ya era tiempo de volver a aquel lugar, que aún era desconocido pero
que le daba una fuerza de esperanza.
Su compañero la
esperaba con la propuesta de ir por unos días al campo. Todos los lugares que
visitaban eran espléndidos. Sus sentidos estaban ávidos de apreciar cuanto la
rodeaba.
Esa mañana se
levantaron temprano. Pasarían el día andando a caballo, había elegido una yegua
mansa para ella. Angélica se sintió dichosa, le encantaba la idea. Ensillaron y
partieron. Prometía ser un día grandioso. El sol iluminaba todo el paisaje. Los
dos caballos iban obedeciendo las sendas marcadas en la montaña. Llegaron a un
arroyo, las ramas de los árboles impedían prácticamente el paso: No vamos a
poder pasar, dijo su compañero
-Si vos podes,
también lo haré yo –contestó ella.
El caballo que
iba adelante acató la orden indicada a través de la rienda y enfiló a través del pequeño arroyo.
Angélica lo miró y simplemente decidió hacer lo mismo. Apretó sus piernas al
cuerpo del animal y dejó caer todo su cuerpo sobre el pescuezo, tratando de
hacerse lo más pequeña posible, el árbol rozó su espalda sin lastimarla.
Sintió la
libertad. El sol reinaba en lo alto iluminándolo todo. Agradeció todo lo que el momento le brindaba. Galoparon
y detrás de un bosque apareció una tropilla de caballos que obedecían a una
hermosa potranca blanca. Notó como su yegua era llamada por esos bellos
animales, percibió su comunicación. Dejó que se encontraran y así trotaron un
buen tiempo. El corazón de la mujer estaba extasiado de alegría. Vivía un día
de ensueño. Se sintió dichosa.
Lo vivido
durante ese día le resultó perfecto.
Como un regalo que se le había otorgado.
Al acostarse
agradeció las bendiciones recibidas. Apoyó su cabeza sobre la almohada. Sus
ojos se cerraron aún saboreando el día.
Un sueño vino a su encuentro: estaba en una casa mirando por una ventana
junto a su padre y uno de sus hermanos. De pronto vio como su mamá se acercaba a ella con su buzo color
gris- que tantas veces le había visto-. Tenía sangre en la ropa. Ella salió del
lugar corriendo. La sostuvo en sus brazos. La mirada de su mamá le devolvió la
tranquilidad perdida. La sintió partir.
Se despertó
llorando. Le faltaba el aire. Le dolía la garganta. Se levantó de la cama
desgarrada. Después de un momento supo que su madre la había visitado para
morir en sus brazos. Supo también que ella no quería que siguiera siendo su
cara larga.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
10. CULPAS EN EL INICIO SEXUAL
En casa se
hablaba de sexo pero solo a nivel informativo. Mamá me explicó las funciones
del aparato reproductor, periodos de ovulación, me contó sobre sus embarazos y
nuestra lactancia, y a través de las novelas, aprendí sobre el enamoramiento,
los abrazos y besos.
En
conversaciones de adultos, alguna vez, escuché decir que, fulanita, era una
chica muy liberal, ese término: “Liberal” reunía aspectos negativos; había
tenido sexo desde muy jovencita o se había acostado con todos sus novios y
difícilmente un hombre la elegiría para casarse. Otro comentario que me marcó
fue, “Cuando una chica comienza a tener sexo, se convierte en mujer y todo el
mundo se da cuenta. Algo cambia, su mirada ya no es la misma, se mueve y camina
de una forma diferente”. Me asustó mucho la posibilidad de que, esa
transformación, fuera tan evidente. Mis padres, nunca me dijeron “No tengas
sexo”, pero estaba implícito que, si lo hacía, los defraudaría y arruinaría mi
reputación, Además, sutilmente, en frases tiradas al aire, me metían miedo,
haciendo hincapié en el riesgo de un “seguro” embarazo, los preservativos
venían pinchados y las píldoras engordaban o hacían mal al organismo… como para
que me quedara claro..
Mi grupo de
amigas y yo, comenzamos a tener novios y nos contábamos situaciones románticas,
pero nadie hablaba sobre el tema en cuestión; yo, ponía la mano en el fuego por
que ninguna de mis amigas se había iniciado sexualmente. Con más de veinte
años, grande fue mi sorpresa, cuando me fui enterando, de a poco, en
conversaciones más íntimas, que todas habían “debutado”, hacía tiempo,
liberando sentimientos que yo venía reprimiendo por culpa. De alguna manera, me
sentí “habilitada” pero, aun así, me costó tomar la decisión, y cuando se
dieron todas las condiciones, con el muchacho apropiado, por su paciencia y
ternura, lo viví con cargo de consciencia, sentí que les había fallado a mis
padres. Me preocupó que percibieran, en mí, esa mirada diferente y cuidé que mi
forma de caminar fuera la de siempre. Solo después de casada, sentí que mi
sexualidad estaba protegida por un “marco legal”. Soltera, pude disfrutar del
sexo pero vivía atemorizada por un embarazo no deseado ya que ningún método
anticonceptivo era seguro.
Elaine Carruthers (CABA)
9. AYUNO DE VIERNES SANTO
En casa no
teníamos costumbres religiosas, en absoluto. Lo único que se respetaba, a
rajatabla, era el ayuno de carne los viernes santos. Nunca se cuestionó, ni se
habló del tema; era así, porque siempre había sido así. Esos viernes, estaba
prohibido comer carne y se comía pescado, ni siquiera pastas, pescado.
Michael habría
tenido diecinueve años y yo quince o dieciséis; habíamos salido el jueves santo
a la noche y volvimos a casa como a las tres de la mañana. Antes de ir a
dormir, pasamos por la cocina, abrimos la heladera y vimos unas milanesas que
habían sobrado del día anterior, y muertos de hambre, las picoteamos con
avidez. Nos quedamos charlando mientras las comíamos. Dando los últimos
bocados, Michael me miró aterrado y, tapándose la boca con a mano, me dijo: ¡Noooooo!, ¡hoy no tenemos que comer carne! Es
mañana, le contesté. ¡Pero hoy ya es
viernes! me respondió. Nos miramos quietos, sin saber qué hacer. Escupimos
en el tacho lo que teníamos en la boca y nos invadió la culpa. ¿Qué puede pasar?, me preguntó, y
agregó: ¿nos hará mal? No sé…, no creo, le
contesté dudosa. Seguimos estáticos y en silencio. De pronto, comenzamos a reírnos
nerviosos por la situación. Luego de unos segundos analizamos la “lógica” del
ayuno, y nos pareció un disparate que, una milanesa, nos hiciera mal. En realidad, es un pecado le dije. Bueeeno…, pero acá se le da poca bola a es
respondió, y añadió ¡no va a pasar nada!
Más tranquilos por nuestra conclusión, nos fuimos a dormir jurando, antes, que
no les contaríamos a nadie… por las dudas.
Al día
siguiente, mamá advirtió que faltaban las milanesas y preguntó por ellas. Le
confesamos nuestro “pecado” y, recién entonces, hablamos del tema con ella. La
respuesta de mamá fue tan práctica: ¡Naaaa…!,
pasa que como nosotros, nunca comemos pescado, nos parece bien obligarnos a
comerlo aunque sea una vez al año, por eso respetamos el ayuno; ¡es tan sano el
pescado! deberíamos comerlo más seguido. Era verdad, nuestra alimentación
diaria era, indefectiblemente, carne o, eventualmente, pollo.
Aún después de
develar el misterio del ayuno, al menos yo, seguí siempre con la tradición y
opté por abstenerme de comer carne los viernes santos, porque, de alguna
manera, sentí que si lo hacía, estaba transgrediendo una regla (una tradición),
absurda, pero regla al fin. Aunque también lo practiqué en mi casa y se lo
enseñé a mis hijos, obtuve, con ellos, muy pobres resultados.
Elaine Carruthers (CABA)
8. LA LAPICERA DE PAPÁ
Papá era muy
cuidadoso con sus cosas y tenía un par de cajones que nos prohibía tocar. Uno
era el de su mesita de luz y, el otro, el de su escritorio. Podíamos ver lo que
ahí había, pero no nos dejaba sacar nada sin su consentimiento. Un día, en que
papá no estaba en su oficina, abrí el cajón y vi su lapicera fuente, “Parker”,
con capuchón de oro; la tomé y me la llevé a mi cuarto para escribir con ella. ¡Escribía
tan lindo!, la pluma, que creo que también era de oro, se deslizaba ¡tan
divinamente en el papel, era un placer! Hice mi tarea con ella y luego seguí
con mis actividades. Al día siguiente fui a la escuela y cuando metí la mano en
el bolsillo del delantal, me encontré con la lapicera de papá. No recordaba
haberla puesto ahí, (seguramente la puse con la idea de entrar al escritorio y
devolverla al cajón antes de ir a la escuela, pero me olvidé) y me desesperé.
Tenía miedo de que se me cayera o que me la robaran. Perderla iba a ser un gran
dolor para papá. No quería que mis compañeros se dieran cuenta de que la tenía,
porque si no, me la irían a pedir prestada; imaginaba que todo el curso querría
probar semejante maravilla, ¡cómo no! Hoy me río, como si a ellos les hubiera
importado vivir semejante experiencia. La tanteaba en mi bolsillo a cada rato y
me aliviaba comprobar que seguía ahí. Al llegar a casa, fui hasta el escritorio
de papá para ponerla en el cajón sin que él se diera cuenta, pero ahí estaba
él, trabajando. Lo saludé con un beso y con la lapicera escondida en mi
bolsillo, comencé un preámbulo, pidiéndole perdón por lo que había hecho,
reconociendo que había estado mal y reiteraba una y otra vez mis disculpas. Él
me miró, fijo y atento, pensando en cualquier desenlace fatal, y concluí Te saqué esto sin tu permiso, y
mirándolo con culpa, le entregué la lapicera. Su cara se relajó y abriendo el
cajón para que yo la pusiera adentro, dijo ¡Pero
por qué tanta historia!,¡me asustaste! Y siguió trabajando de lo más
pancho. Me desconcertó su reacción, pensé que recibiría un reto o algo…no por
la lapicera sino por haber invadido su lugar prohibido. Me encogí de hombros y
me retiré de su escritorio aliviada.
Elaine Carruthers (CABA)
7. ZUEQUITOS HOLANDESES
A mis doce años,
cuando cursaba séptimo grado, me tocó, con otros dos alumnos, dar una clase
especial sobre Holanda. Para ilustrar la clase, tomé, sin permiso de mamá, unos
zuecos chiquitos de porcelana que ella tenía de adorno en una repisa. Ella los
adoraba y sabía que no me iba a dejar que los llevara por miedo a que los
rompiera. Igualmente, los envolví, cuidadosamente, en un papel y los llevé,
escondidos, en mi portafolio. Cuando llegó el momento de dar la clase, los
desenvolví y se me cayeron estrellándose en el piso. Desesperada, junté los
pedacitos y los guardé nuevamente en el papel. Al llegar a casa, intenté
pegarlos con “Plasticola”, pero fue inútil, debía esperar tiempo a que se
secara cada pieza y, recién entonces, pegar otra. Impaciente, abandoné la
tarea; guardé todos los pedazos en un paquetito y lo escondí en un lugar donde
mamá no lo pudiera ver, la caja de madera donde guardaba mis diarios, pensando
que, Mmmm…, má..., te tengo que contar
algo, no te enojes… y culposa, le relaté lo sucedido, con risitas nerviosas
por lo infantil que me sentía. Asombrada, me preguntó por qué no se lo había
dicho en todo ese tiempo. Me encogí de hombros y le dije que me había sentido
tan culpable, cada vez que ella lo mencionó, que no me animé a hacerlo. Mamá se
sorprendió por mi actitud y yo me sentí aliviada por habérselo contado al fin.
Hace
aproximadamente un mes, busqué la caja, que no había abierto durante años,
donde guardé mis diarios toda mi vida, y en un rinconcito encontré el pequeño
paquete con los zuequitos rotos adentro tal como lo puse a mis doce años. Los
pegué con infinita paciencia, y ahora están adornando mi repisa.
Elaine Carruthers (CABA)
6. CULPAS EN MI INFANCIA
No recuerdo que
mis padres me hayan culpado, por algo, cuando era chica. ¡Es tu culpa! o ¡Por tu culpa
pasó tal cosa!, señalando con el dedo, no era una expresión usual en ellos,
más bien nos decían que era una grosería y nos corregían si mis hermanos y yo
lo hacíamos.
Pero hubo
mandatos fuertes en mi educación. Por un lado, los formadores de carácter, como
controlar la ira o el miedo, no llamar demasiado la atención, ser fuerte y
aguantar, aguantar incluso el dolor y no quejarse, porque, quejarse era muestra
de debilidad… Y por otro lado, la obediencia, la fuerza de voluntad, el asumir
responsabilidades o promesas y cumplirlas, no mentir, pedir permiso y respetar
lo ajeno. Los límites estaban bien marcados, y cuando yo sentía que me había
pasado de la raya, ya sea que me hubiera dado cuenta sola, o me hubiesen
llamado la atención por ello, sentía culpa. Y estaba bien sentirlo. Era la
capacidad de reconocer que había estado mal y mostrar arrepentimiento. No
asumirla era como si no me hubiera importado lo que pasó. Uno debía realizar
ese acto de contrición, era necesario, porque llevaba a una reflexión y se
entendía que la lección, había sido aprendida.
Elaine Carruthers (CABA)
5. MORIRME SENTADA
…cuando vivía en
la isla solía salir a caminar por las orillas del mar aunque el frío cortara el
aire solamente para cuestionarme por mi aspecto horroroso que me distorsionaba
aquel panorama. Incluso estando sentada a la mesa o cerca de una ventana
apretando el labio para no dejar escapar ni un sollozo, después del nacimiento
de mi primer hijo permanecí muda, solo me ocupaba de respirar y asentir todo
con la cabeza. Sentía una culpa que se me pegaba al cuerpo. Era demasiado cínica
para transformarlo todo en una gran pesadilla de la cual era principal
protagonista.
Pensaba en un
padre perfecto para el niño, no un descarado como lo había sido éste ser de
teatro que andaba coqueando las veinticuatro horas del día para resistir y del
que me había enredado.
Quise dejar todo
en mano de Dios.
No estaba segura
de morirme sentada, parecía un destino terrible pero tenía que empezar de
nuevo…Después de diez años inicié otra relación casi defectuosa pero mi corazón
había dejado de funcionar, solo latía y no sabía de amor-estaba tan perfecta
como lo hubiera querido mi vieja ésa era una buena señal en cuestión de estado
De antemano debía disfrutar su mundo porque el mío estaba destruido.
Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)
Como dijo alguien,
echada del Edén. Me vi negociando mi integridad
por primera vez y tratando de desactivar todas las emociones juntas
encerrada en esa habitación,
defendiéndome del amor más que de cualquier humano.
Estaba
involucrada, no lo voy a negar como
revista cómica, así me
despacho. No fue realmente culpable él, la caníbal era en parte yo echándole ganas a la vida y convocándome a lo
misterioso a lo mejor empujada por las decisiones de mi querida madre que me había dicho que el amor no funcionaba ¡que
era algo sucio! Me animé…austeramente
Pero en esa lenta relación había pasado dos años y apenas
unos cuantos arrumacos, unos besos que alcanzaban como ingredientes y sostenían
esa historia. A mis espalda mi vieja
preparando una astilla a mi corazón como de película…imagínate que ya lo
tenía planeado para convertir mi ser todo en una mujer fría
y déspota.
“Dame dos minutos"
me había dicho "paso a buscar un abrigo"… ¡Ahora hace treinta y tres
años de aquella locura!, hermosa locura pero negada.
Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)
3. LA CULPA A LO LARGO DE MI VIDA
Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Esa fue la primera vez que escuché la palabra culpa. Era muy chiquita y mi mamá me enseñaba a rezar, todas las noches las mismas oraciones, era muy aburrido, me quedaba dormida.
Con el tiempo
empecé a entender y le dije a mi mamá que yo no tenía la culpa de que Jesús hubiera
muerto en la cruz, pues yo no existía cuando eso había pasado, mi madre
insistió, todos los seres humanos tenemos
la culpa, aunque no hayamos estado en ese momento. Le creí.
Me costaba mucho
quererlo, miraba el cuadro del corazón de Jesús que colgaba de la pared, arriba
del respaldo de la cama de mi abuela, me acercaba, le daba un beso, pero la
frialdad del vidrio en mis labios hacía que no pudiera sentir lo mismo que
cuando besaba el cuello de mi mamá. Eso sí me hacía sentir culpable, pero no lo
podía evitar.
En la adolescencia y con tanta represión sexual de parte de mi madre, lo que me generaba mucha culpa era tocarme, estaba convencida de que era un pecado y me daba mucho miedo el castigo que me correspondería por hacerlo, pero no lo podía evitar, cada vez prometía que era la última, una tortura.
En adultez la culpa religiosa fue desapareciendo y comenzó a aparecer la responsabilidad, especialmente la de mis actos, lo difícil era distinguir entre lo que yo sentía que era lo correcto y lo que se esperaba de mí. Mi abuela me lo dijo literalmente, “tu mamá tuvo hijos para que la cuiden cuando yo ya no esté en este mundo” Tenía siete años. A mis catorce se murió y ahí estaba yo lista para cuidar a mi madre hasta el día de su muerte, y, por supuesto me sentí culpable por no haberme quedado esa noche que se fue, para acompañarla en su último suspiro.
Hoy después de terapias, estudios sobre la conducta humana, trabajos sobre las emociones, fui logrando distinguir entre culpa y responsabilidad, sobre todo responder, a mí, al otro, al entorno, de una manera, ordenada, genuina y sobre todo desde el amor, puedo decir que la culpa no sirve, es un sentimiento creado en el miedo, es basura que descarto de mi vida.
Susana Moreno (Maschwitz)
2. CULPA ADOLESCENTE
Nos recuerdo, las tres en la cama matrimonial- de los papas de Nadia-. Hablando de él, de Carlos ,que nos gustaba. Sí, a Irene, Nadia y a mí.
Me resultaba atractivo, un buen tipo, ocurrente e inteligente.
Histeriqueamos ambos. Pensándolo, eso era frecuente, lo
hacíamos varios…-Me gustaba hacerlo, era como una
revancha de los tiempos oscuros, que me había sentido fea, no querida-¡Ahora me
sentía deseada!
Esa noche nos dijimos algo así como que gane la mejor. Pero sabía, palpitaba, que lo de Nadia era más fuerte, y que Irene y yo, jugábamos, deseábamos.
Al poco tiempo me enganché con Carlos, sentí una felicidad corta, breve. ¿Había ganado? Me decepcionó: no sabía besar; y yo, tampoco estaba interesada en enseñarle. Al poco tiempo nos dejamos, seguimos amigos, compañeros del colegio y del mismo grupo.
Meses después se pusieron de novios Nadia y él. Se los veía unidos, fuertes- ya estábamos cursando quinto año-.
Irene, Nadia y yo seguíamos amigas, pero no con la fuerza y la alegría de aquellas que un año atrás, en la cama, se confesaron sus amores.
Desde hacía un tiempo juntábamos plata en el curso para el viaje de egresados. Nos queríamos ir a Mendoza, lo hacíamos a pulmón: bailes, asaltos, rifas y ahorros. E Irene fue designada –democráticamente- tesorera del grupo.
Cuando faltaba poco para el viaje, ella me dijo que había gastado la plata. No le creí, pensé que era un chiste, uno de esos que ella acostumbraba a hacer-aguda, graciosa, afilada- no podía creerlo; y me borré. En cambio Nadia y Carlos, supieron escucharla, ayudarla. Irene habló con su mamá, y se hizo del dinero que había gastado, sin que el grupo se enterara.
Yo me sentí culpable, por mi falta ante ella, por no creerle, por no comprometerme y ayudarla.
En estos años nos hemos vuelto a ver esporádicamente. Irene y Nadia se casaron muy jóvenes (Nadia con Carlos), tuvieron hijos y se separaron. Siguieron viviendo cerca, y tienen una amistad fuerte. Yo me hablo con ellas, a veces nos encontramos. Nos reímos mucho, por suerte el humor no falta…pero, yo sigo sintiendo culpa, ante aquel recuerdo.
Cristina (CABA)
1. CULPAS DE VESTIDO LARGO
Menudas
culpas las mías en la adolescencia. De todo orden, sentimentales, familiares,
físicas, emotivas, sociales. No puedo jerarquizarlas, me llueven como en un manantial
de recuerdos.
Corría
el año 1967 y las fiestas de largo se sucedían una tras otra, en el Plaza
Hotel, el City, el Savoy o el Centro Naval; en casas fastuosas de algunos
chicos del Champagnat o del La Salle; en salones sencillos de confiterías de
barrio, o en el patio de la hija del portero. Daba igual, la mezcla social de
la clase media porteña en los colegios normales así lo permitía. Eran de quince
las fiestas de las chicas y de dieciocho las de los varones. Eso sí, todas de
largo, y había que tener un vestido distinto para cada una. Recuerdo que la
primera vez lucí un vestido de raso turquesa que me prestó mi amiga Susana, al
que se le agregó una flor en el recatado escote. Todavía mi madre no había
encontrado la modista que me los confeccionara. Pobre de mí cuando la encontró,
prueba tras prueba, me llevaba a la rastra a la vuelta de casa donde transcurría
el tormento de alfileres y medidas. A mí, debo confesar, mucho no me
interesaban los detalles, diría que todavía estaba en una etapa aniñada. Así iban
pasando los vestidos de gasa, piqué y broderie siempre de colores exasperadamente
suaves, tonos celestes cielo, rosa bebé o amarillo patito. Nada que dejara
entrever algo de mi incipiente cuerpo de mujer. La discreción total.
Por
ese entonces salí un tiempito, pocos meses, con Marcelo Palma, un chico dos
años mayor que yo compañero de mi primo Enrique Álvarez, del Colegio Champagnat.
Me habían gustado sus ojos claros y su cabello rubio rizado. Tenía una hermosa
mirada y si bien no pertenecía a las familias de alcurnia que pretendían mis
padres, era de los chicos más amorosos. Tenía buenos sentimientos, era dulce y
sobre todo fiel, para esa época algo raro, pues cambiábamos de novios como de
vestidos. Recuerdo que camino a una de las tantas fiestas, tomó mi mano y me
acarició de una manera especial mirándome a los ojos. Casi muero de vergüenza
por la sensación erótica y a la vez placentera que me causó. Mis mejillas enrojecieron
de golpe y entre la culpa y el encanto logré superar las circunstancias. Inocente
de mí que solo había bailado con él apretadito y había recibido algunos besos
en los labios, no más que eso.
Eran
las fiestas de fin de año y como regalo de egresado de los padres, Marcelo se
iba a Europa con sus compañeros. Yo estaba recién en tercer año del colegio.
Así que nuestra relación consistió en unas pocas fiestas, tres o cuatro, algunas
salidas a caminar por la avenida Santa Fe, largas charlas por teléfono y pare
de contar. Mi flamante novio partió a Europa. Creo que nos escribimos muchas
cartas o se las escribí y las guardé y él hizo lo mismo esperando el regreso.
Su viaje duró un mes y yo me fui dos de vacaciones con mis padres a San Juan y
Mar del Plata. Así que no nos vimos por tres largos meses.
Llegó
el día del reencuentro. Estaba emocionada, qué digo, estaba super entusiasmada con
volver a ver a mi novio. Me dijo de venir a casa a saludarme y respondí que sí,
feliz de la vida. Tocó el timbre puntual y abrí la puerta. Allí estaba Marcelo
con una bolsa llena de regalos que no vi, porque tuve que mirar hacia abajo para
poder verle los ojos. Yo había crecido y le llevaba casi una cabeza a mi
querido y dulce novio. Qué desilusión y qué culpa, una grandísima culpa por
desenamorarme en menos de un minuto de aquel petiso que me miraba dulce como
siempre, esperando el abrazo intenso que solo fue fugaz y elbeso que duró lo que
un lirio.
Alexis
de la Fuente (Buenos Aires)
Galu Juin, me encantó lo que escribiste. Hermoso final =)
ResponderBorrarGracias ElaineC!! abrazo
BorrarMe emocionó mucho la historia de tu profesor, Yayi. Creo que todos tenemos en nuestro haber, un profe que nunca olvidaremos y nos dejó una enseñanza más allá de la catedra. Qué bueno que la hayas contado.
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