Vocación


13. ENSEÑAR Y APRENDER

Fue en un viaje al Norte de Neuquén un verano, camino a Andacollo cuando supe lo que quería hacer.

La belleza particular de la cordillera neuquina, de subidas y bajadas, de valles verdes hermosos, de arroyos y rocas y un horizonte en el infinito, el mismo que se ponía naranja y rojo al atardecer detrás de la Cordillera de los Andes, me mostraba además un deseo.

Antes de llegar a destino, perdido en el medio de la nada, un paraje llamado “La Primavera”, una escuelita rancho pequeña, algunas ovejas pastando en el lugar y en el patio, un patio enorme que terminaba en el alambrado también precario, correteaban algunos niños, muy pocos y me llamó la atención el maestro, parado con su guardapolvo blanco, sus manos hacia atrás entrelazadas, observando como un faro lo que sería seguramente un recreo de ese puñado de niños. Era enero, pero en la cordillera se hace escuela de verano, de septiembre a mayo, cuando el frio es todavía soportable.

Recuerdo la sensación al pasar. Fue solo un instante para enamorarme del paisaje y de la foto perfecta de los niños jugando alrededor del maestro. Solo eso me bastó para pensar “voy a ser maestra rural”, tenía quince años, cursaba tercer año de la secundaria.

En esa época  no había magisterio como carrera, para ser maestra en tercer año te cambiabas al “Santa Genoveva” y culminabas tus estudios secundarios allá, recibiéndote de maestra de grado. Era mi meta. Uno de los requisitos  para el ingreso era no adeudar materias, y tuve la mala suerte, o no, de llevarme física.

Con el tiempo comprendí, que si bien la docencia era lo mío, no era con niños, y que aquello que había despertado en mí la escuelita rural era el sentimiento de libertad, de despegar un poco de mi familia y poder vivir una aventura que no sé si hubiese soportado, ya que es muy dura la vida en la montaña.

Fue entonces cuando empecé a sentir algo especial por Biología, mi profe, Angélica de Burd, nos daba  las clases en las que yo prestaba más atención y me interesaba todo lo que decía. Fue la materia que más amé en tercer y cuarto año, y ya en quinto le dije a mis padres que quería estudiar profesorado de Biología.

A pesar de que mi intención era estudiar en Bariloche, donde estaba la carrera, mis padres me dijeron que la única posibilidad de irme era  a San Rafael, a la casa de mi abuela. Y si no, que estudiara en Neuquén otra cosa.

En San Rafael existía el profesorado de Geografía y Ciencias Biológicas,  tuve que estudiar Geografía también, e inclusive me fue muy bien en las prácticas, pero ejercí durante treinta  y un años dando clases de lo que yo quería.

El 21 de marzo de 1989 me recibí, mi última materia fue “vertebrados”, al día siguiente ya estaba subida en un ómnibus que me  traía nuevamente a la ciudad en la que había crecido, y el 27 de marzo a las 11.40hs por primera vez abrí la puerta de un aula donde un grupo de adolescentes, cuatro o cinco años más chicos que yo, me esperaban para inaugurar el primer cuarto año con orientación biológica de Centenario. Volví a encontrarme con mi profesora Angélica de Burd, ahora como compañera, tan buena compañera como profe, recibí de ella cariño por ser exalumna y a la vez acompañamiento para dar mis primeros pasos. Seguía admirándola como antes.

Hace poco la encontré en el banco, iba con su hijo, que fue alumno mío y hablamos de su nieto, que también fue mi alumno. La increíble historia que marca el paso del tiempo, donde yo terminé siendo profesora de su nieto. Me faltaba un año para jubilarme, y recién ahí le conté que ella había despertado la vocación en mi, y recuerdo que después de agradecerle, ella, muy emocionada, me dijo que me quería mucho.

Siento que no hubiese podido hacer otra cosa, y que en los momentos más difíciles, donde creía que lo estaba haciendo mal, alguien me recordaba lo buena profe que fui, siempre del lado de los alumnos, porque mi pendiente fue que un directivo reconociera mi trabajo.

Guardo como un tesoro una cartita que me dejó la maestra integradora de Martina, mi alumna Down, junto a la tarea que ella supervisaba para ayudarme a adaptar contenidos, donde me decía el gran trabajo que estaba haciendo. O recibo mensajes por Facebook de mi alumno Lucas, ciego, que en épocas de escuela se negaba a ser diferente y quería escribir y leer con el ultimo hilito de vista que le quedaba, y al que le hacía cartelones todas las clases para que leyera, me sigue diciendo profe y yo sigo diciéndole que lo admiro, porque además de ser un ejemplo de superación, es un gran atleta y periodista deportivo. Para un docente eso es muchísimo. Porque siento que yo también puse una semillita ahí.

Siento  cierta nostalgia de todo el proceso, de la decisión tomada, de mi época de estudiante que fue la mejor, de mis buenos y malos alumnos, de los que me quisieron, de los que no. De los  adultos que me reconocieron y de los que no, saber que durante treinta y un años no solo enseñé sino que también aprendí mucho.

Cuando he dudado de mi vocación he vuelto siempre a pensar, y sigo agradeciéndole a mi profe Angélica que me mostró un camino, y a todos los que caminaron por ahí, para enseñarles y para enseñarme, porque he seguido aprendiendo de todos.

 Lidia Lozano (Centenario, Neuquén)

 


12. TIEMPO DE MUCHO TIEMPO

Es un tiempo de mucho tiempo, de tiempo no apurado que es el mejor (diría Osías, el osito).

Es por eso que no creo tener muchos “pendientes”.

Tanto espacio y libertad me confunden.

Todavía creo que debo cumplir horarios, cumplir con cuidados, cumplir con acompañamientos, cumplir, cumplir…pero me sacudo un poco y en realidad no tengo que hacer más de lo que deseo o decidí hacer.

En tiempos de crisis suelo tener mucha producción creativa, mucha ebullición.

Ahora que mi tiempo ya no es oro, que puedo hacer lo que se me antoja, estoy en pausa.

Supongo que es toda una adaptación. En arte decimos que los tiempos de no creación son los que preparan una gran obra.

No sé.

Voy, vengo, hago, no hago.

Eso sí: no dejo de buscarme, de hacer intentos por saber más de mí.

Me exploro, me describo en gestos, acciones y palabras, saco y pongo ropa, cosas, le doy mucho espacio a la amistad, me desentiendo un poco y me alejo de lo que no quiero…

Puedo conmigo a pesar de todo.

Voy más despacio, eso sí.

“Gente trabajando”, diría un cartel.

Gabriela Potenza (CABA)

 

11. DESDE CHIQUITA

Fui creciendo entre idas a la radio a acompañar a mi papá cuando hacía sus programas. Siempre recuerdo la radio como un lugar fantástico, donde el trabajo era diversión. Él trabajaba con sus dos amigos y tenían realmente una dinámica y una complicidad que hacían de su programa de entretenimientos un producto de mucho interés que todo el pueblo escuchaba. Me encantaba ir y verlos trabajar, cómo se entendían con el operador y musicalizador, con la locutora que también se divertía a la par de ellos y de los oyentes.

Conocí Buenos Aires a los doce años porque él cubría la exposición Rural y nos llevaba un año a cada uno para que viajáramos y compartiéramos esos días.

Después vino la etapa en que mi papá tenía un programa en la tv abierta sobre informe ganadero y agropecuario y todos los mediodías mi mamá, además de hacer el almuerzo, armaba con letras vinílicas sobre unos rectángulos de acrílico los precios del mercado de cada día. Los mediodías tenían una vorágine tremenda. Nosotros llegábamos del colegio, mi papá pasaba a buscar esas pizarras y se iba a hacer el programa, mientras en casa se terminaba la comida, poníamos la mesa y cuando volvía del canal almorzábamos todos juntos.

Su trabajo también trascurría en el diario, pero allí no asistíamos. Yo casi como jugando participé en una revista que papá armaba mensualmente para la Sociedad Rural. Tendría unos trece años e inventé una historieta de un perrito y hacía una tira corta para los niños con aventuras de ese animalito.

Luego, ya con dieciséis, mi papá y sus amigos pegaron el gran salto y pusieron un canal de cable. En principio las oficinas eran en el garaje de mi casa.  Ahí trabajábamos todos, de lo que fuera. Y empecé a hacer las placas de publicidad con cartulinas y Letraset, que luego filmaban para las publicidades. También realicé una escenografía en papel madera pintada con carbonilla que era el dibujo de un bar, que servía de fondo para un programa político. La democracia había regresado hacía muy poco y ese programa despertaba mucho interés en la gente.

Y así fui haciendo varios otros trabajos como otras escenografías para entregas de premios y labores gráficas.

Así que puedo decir que mi vocación tuvo que ver con todo eso que viví, que disfruté. Podría haber elegido periodismo, locución, pero busqué algo que en ese momento no era muy conocido. Cada vez que decía que me iba a La Plata a estudiar Diseño, tenía que explicar qué era eso. Ni hablar si nombraba el título completo de la carrera. Me recibí de Diseñadora en Comunicación Visual. En Trenque Lauquen me miraban como diciendo, ¿qué va a hacer esta chica?

Ni bien me recibí, me convocaron para formar parte de una cátedra y fui seis años docente en el Taller en Comunicación Visual, que es la materia troncal de la carrera. Realmente lo disfruté, porque el equipo que componía la cátedra era muy bueno y el titular, uno de los fundadores de la carrera, nos exigía estudiar e investigar. Puedo decir que aprendí más en esos seis años que en los cinco de carrera. Pero la docencia no es para mí y cuando fui madre preferí quedarme con la profesión y trabajar desde mi casa, con sus pros y sus contras.

Tuve un estudio de diseño con dos amigos. Me quedé sin trabajo. Volví a tener proyectos. Luego trabajé años con Ana, mi gran amiga-hermana. Compartimos entre otras cosas el mismo grupo de trabajo al que aún hoy sigo liderando, con el que empezamos un revista hace diecisiete años y desde hace dos años pasamos a ser un portal de noticias digital.

Debo decir que lo que más amo de mi trabajo es la dinámica grupal. No podría trabajar sola ni en un mal ambiente. Cuando eso me ha ocurrido he perdido el disfrute. Aunque las cosas estén difíciles, cuando hay buen material humano todo se sobrelleva. Siento que el trabajo ha sido para mí siempre un espacio de bienestar. Hubo épocas en las que trabajaba doce horas diarias. He pintado carteles en la calle, armado estands en lugares inhóspitos, durante los quince años de revista los cierres terminaron entre las tres y las cinco de la mañana domingo por medio. He viajado de madrugada a Capital a llevar el material para que se imprimiera. Fui a reuniones de trabajo con mis tres hijas que me esperaban en la recepción de las empresas mientras yo trabajaba y como ya las conocían las mimaban y les daban revistas para que se entretuvieran.

No le he quitado el cuerpo a ningún esfuerzo ni circunstancia, pero hoy ya no lo hago ni me interesa hacerlo. Prefiero dedicarle tiempo a otros intereses y que el trabajo ocupe menos cantidad de tiempo en mi día a día. Hace unos años ya que entre reunión y reunión me pongo una hora de margen para descansar. Voy haciendo elecciones, que se ajustan a mi realidad actual, a la energía con la que cuento y a que entiendo que mi mayor etapa productiva ya pasó, y de esa forma puedo seguir disfrutando de mi vocación.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)


 

10. MÚSICA DE LABORATORIO

Cuando mi hija Dalila dio clases en un aula como profesora de historia por primera vez me dijo: Mamá, esto es lo que amo hacer. Supo que era su vocación.

Sé que mi vocación es la música, pero la música de laboratorio: armar una obra para coro, ensayarla, aprender quién es el compositor, de dónde proviene, por qué lo compuso, cómo tiene que sonar, cómo hay que expresarla, qué matices aplicar. Una vez armada: grabar, arreglarla, volver a grabar, escuchar, cambiar, repetir por horas; ir a los seminarios para coros: viajar, contratar hoteles, levantarse temprano para aprender cosas nuevas, día y noche, horas y horas; concursos, encuentros internacionales, ver coros de países raros como por ejemplo Lituania, o hacerse amigos de cubanos o chilenos o norteamericanos.

Pero esa vocación la tengo frustrada porque siempre sentí que en nuestro país no hay oportunidades, ganan los acomodados, hay que pagar para expresar la música además todas las carreras afines son aburridas, y esa carrera de laboratorio es muy cara y los músicos terminan siendo profesores de colegio y para eso, no tengo vocación

Alejandra Busconi (Sáenz Pena, Buenos Aires)

 

9. VOCACIÓN, DIVINO TESORO

Debía estudiar, eso era seguro. Me serviría para el presente y para el futuro. No imaginaba que pudiera conseguir trabajo ni bien terminara la secundaria. No al menos uno que me permitiera auto sustentarme fuera del ala de mi familia. Mientras estudiara y mejor aún lo más lejos posible sería una forma genial de no estar viviendo en casa, eso me resolvía el presente. Pero las ilusiones de irme a estudiar se desvanecieron pronto al darme cuenta de que la economía de la casa se estaba derrumbando. Mi hermano ya trabajaba para sostener su carrera antes de irse de casa.

Entonces, lo que fuera que estudiara tendría que ser en un establecimiento público. Lo complicado de la cuestión no era tanto el decidir en dónde sino cómo darme cuentade qué quería estudiar. Resolver esto sería lo que delineara mi futuro.

Comenzó a desfilar por mi cabeza una lista de posibilidades que debía evaluar a tientas, porque no tenía idea de cómo conseguirorientación vocacional.

Consideré las posibilidades de medicina, asistencia social, psicología, actriz, hasta llegar a la de ser docente.

Cada opciónpensada tenía una referencia en mi mundo afectivo. A excepción de asistencia social que lo pensé, solo desde la necesidad de haber conocido alguno que me hubiera podido resguardar en algunas circunstancias. Medicina, estudiaba mi hermano; psicología iba a estudiar una amiga; actriz como el padre y tía de mi amiga-hermana; docente como mi mamá.

Al revisar la lista me di cuenta de que tenía que elegir por mí, lo que yo quisiera y no lo que hacía la gente que yo amaba. Entonces me pregunté qué era lo que había en común entre todas esas carreras. Y descubrí que era la relación con los otros y el poder ayudar. Obviamente desde mi idealismo adolescente brincaban entre una opción y otra las ganas de hacer algo para cambiar el mundo. Quizás en el idealismo camuflaba la verdad de que el mundo que necesitaba cambiar era el mío.

Aferrada a la idea de que las nuevas generaciones serían las que gobernarían en el futuro me propuse estudiar magisterio para contribuir en la formación de los nuevos líderes.

Con todo el esfuerzo e inteligencia que me acompañó, hice la carrera en dos años en lugar de que me llevara dos años y medio como a la mayoría. En la residencia probé el verdadero gusto de estar frente a un grupo de alumnos y alumnas y supe que estaba en el lugar correcto. Una niña, supuestamente disléxica, fue mi centro de atención y con la ayuda de la psicopedagoga de la escuela y muchos ejercicios, despegó como un avioncito en el desarrollo de aquellos cuatro meses. El muchachito, presentado con desdén, como el hijo del botellero, como si no tuviera identidad alguna, fue el dueño de mi mano derecha en cada recreo a excepción del momento en que iba a buscar el refuerzo de su desayuno. Con los sándwiches de salame estampó una aureola de grasa que nunca pude, pero tampoco quise sacar de mi guardapolvo. De hecho, subí al escenario a recibir mi diploma con el guardapolvo de mancha incluida. Sentí entonces que había encontrado mi vocación, divino tesoro.

Sonia Nievas (Pottier, Neuquén)

 

8. VOCACIÓN 

Qué es para mí vocación? Aquello que elegí, más allá de toda opinión, crítica o sugerencia.

Soy psicólogo, y tuve que decidir mi profesión a mediados de los setenta. Mi padre dijo que me iba a morir de hambre, mi mamá que no entendía pero si me gustaba era mi decisión. Esta vez realmente me puse a pensar qué me gustaba. Tenía que ser algo que no tuviera física, ni matemáticas, ni química, ninguna ciencia dura, pues había hecho un bachillerato con estas especialidades solo por no dejar mi grupo de pertenencia. Me gustaba historia, filosofía, y también redactar. No quería ser profesora, quería tener autonomía en el trabajo. No me veía abogada, era demasiado frágil y tímida.(va espacio antes de signos de puntuación)Ni periodista, no estaba segura de mi palabra, no podía defenderla. Mi amiga Magda me ayudó con esto, tenía un papá filósofo y una casa repleta de libros donde leer, Desde ese lugar partí.

"La vocación apunta a aquello que queremos hacer y lograr como individuos, eso que nos proporciona satisfacción, y le da sentido a nuestra vida" leí en algún lado.

Agradezco a mis padres que me dejaron elegir, y fue una de las pocas veces que tomé una decisión pensando solo en mi, sin considerar el parecer de otros. Mi vocación es el trabajo, lo que realizo todos los días con entusiasmo y alegría.

Mi vocación es ser psicóloga, y volvería a elegir esta profesión si me dieran la oportunidad de morir y volver a nacer, porque me ha enseñado de la vida y de las diferentes miradas que las personas tenemos de ella. Me ha mostrado como podemos estancarnos, llevar a cuestas destinos difíciles y como podemos  cambiar y  transformarnos, salir de moldes, aprender a volar. Como un caleidoscopio está profesión me llevó a descubrir distintas formas, laberintos internos, interrogantes y respuestas insospechadas. Mi vocación me brinda la posibilidad de estudiar historia, historias personales, familiares, y volver a escribirlas con mis pacientes de diversas maneras, mientras voy escribiendo y sanando la mía.

Esta vocación me ha enfrentado a diversos tabúes, como la enfermedad y la muerte, acompañando a otros en estos procesos y acompañándome en mis fragilidades.

Creo que cuando encontramos nuestra vocación logramos entender mejor quiénes somos, qué queremos, hacia dónde vamos y para qué somos útiles, es como un llamado divino, que nos lleva a poner nuestra vida al servicio de algo de lo cual también nosotros nos beneficiamos.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)


7. VOCACIÓN HOY

Mirando hacia atrás, después de un largo recorrido, hoy puedo decir que me doy cuenta de algo muy importante: la vocación y el ganar dinero, no necesariamente tienen que ir de la mano, como me lo habían hecho creer. Tengo la suerte de que, en mi caso, sea así.

Muchas fueron las dudas y las dificultades con respecto a este tema, abogacía, medicina, maestra jardinera, psicóloga, Pastelera, un largo recorrido que a los cuarentainueve años terminó con la decisión de estudiar Counseling.

Hace diez años que me recibí, y comencé a atender, por supuesto que no fue fácil llegar a dedicarme exclusivamente a mi profesión y dejar mi trabajo de secretaria, ni es fácil hoy, cosa que en algunas oportunidades hizo que volviera a dudar si realmente esto es lo que quiero para mi vida futura.

Me di cuenta que mis dudas venían de la mano de varias cosas: la situación económica, donde ha sido una constante la escasez, debido a ello, no poder tomar las vacaciones necesarias para recargar energías, etc.

Hoy siento que las dudas tienen un origen de agobio que necesito ordenar, para continuar. El solo hecho de darme cuenta de esto, ya trae alivio y me da la seguridad de que esto es lo que quiero seguir haciendo, amo esta profesión que me da la oportunidad de acercarme al dolor del otro y al mío, transformándolo en amor, y esto, esto es mucho más que vocación y dinero.

Susana Moreno (Maschwitz)

 

6. BUSCANDO LA VOCACIÓN

Desde muy chica, siempre pensaba en qué iba a ser cuando fuera grande. Lo primero que me imaginaba era que iba a casarme y tener cinco hijos, me encantaban los bebes.

A medida que pasaba el tiempo, comencé a escuchar que todos venimos con una vocación desde que nacemos y la verdad es que, por curiosa y porque me parecía algo muy importante, desde muy chica empecé a pensar en ser una profesional, aparte de ser esposa y madre.

Mi abuelo fue abogado, el único profesional de la familia y yo escuchaba que por su profesión había sufrido mucho, pues había llegado a ser secretario de Juez en lo penal y era muy duro. Hasta decían que su cáncer de garganta había sido causado por todas las injusticias que se tragó. Igual a mí no me asustaba la idea de ser abogada, al contrario, fue la primera profesión que pensé en estudiar, cosa que dejé de lado, cuando a los dieciseis años, empecé a trabajar en un estudio jurídico como cadete, yendo y viniendo a los tribunales, anotando cosas de los escritos., Le pregunté al abogado como podía ser que defendiera a un ladrón, él me contestó que todos tenemos derecho a la defensa, cosa que me pareció justa, pero agregó que esa leyenda de “Será Justicia” al pie de todo expediente, la mayoría de las veces no era así; mi desilusión fue muy grande.

Más adelante pensé en medicina, tenía dieciocho años y un amigo que había comenzado la carrera. Hablando con él me di cuenta de que no iba a poder estar frente a una persona enferma, aunque mi amigo me decía, que, si no me gustaba ver a la gente enferma, lo mejor que podía hacer era ser médica y así curar. Pero no, desistí también.

Mi tía me decía que era la psicóloga de la familia, ya que la escuchaba largas horas hablar de su vida con mucha paciencia. Ahora me doy cuenta de que no me pareció ya que era muy chiquita, pero fue la que más se acercó a lo que ya vibraba en mí, la escucha.

Los años siguieron pasando y a pesar de los esfuerzos de mi madre para que fuera bailarina clásica, eso también lo dejé luego de diez años de mucho esfuerzo y dones naturales.

Con todas las dificultades que tuve para rendir tres años de la secundaria libre, trabajando para poder comer, cuando finalmente la terminé con veintitrés años, no me quedaron ganas de estudiar. Para ese momento había pensado en maestra jardinera por dos cosas: me encantaba enseñar y amaba a los niños. Pero, como dije, ya no tenía ganas de estudiar. Me dedique a trabajar.

Después de muchos años estudié pastelería, me encantaba cocinar cosas dulces y además me había servido en mi juventud vender tortas. Pero claro, también era muy agotador estar todo el día parada en la cocina, otra vez, no era una gran vocación.

Algo me seguía moviendo en mi interior a seguir leyendo, de alguna manera estudiando, pero mi vida continuaba siendo complicada para dedicarme a estudiar, hijos, separación, falta de dinero eterna, en fin.

Hasta que un buen día en una consulta con mi médico homeópata, salió el tema. Ya tenía más tiempo, más tranquilidad. Con cuarenta y nueve años comencé a buscar qué podía estudiar y encontré una carrera que me encantó, Consultor psicológico. Era algo corto, tres años y me habilitaba a acompañar procesos de autoconocimiento. No era tan larga como psicología y hasta me gustaba mucho más. Por fin desde hace diez años, que me recibí, siento que esta es mi vocación, escuchar empáticamente, acompañar amorosamente y, encima, ganar dinero. 

Susana Moreno (Maschwitz)


5. SUEÑO DESDE LA INFANCIA

 Cuando era pequeña jugaba a la maestra.

Nombraba a mis compañeros , imaginaba una fila de chicos, una bandera izando.

Nombraba siempre a los que tenían diez,  a los líderes de mi grupo, a los que cualquiera quería alcanzar.

Ya no juego a la maestra.

Se logró este ser maestra soñado desde mi infancia.

Ya no nombro a los líderes solamente. Me gusta nombrar, atender, observar a los que se sientan en el último banco, a los que deletrean cuando leen, a los que miran hacia abajo, a los que esconden su angustia expresada en rebeldía, a los que llegan con ojitos brillosos.

Los quiero.

A los del diez y a los que nunca lo alcanzan…a los que se ríen todo el tiempo y a los que tímidamente se esconden de su alrededor…

Los escucho.

Cuando me cuentan sus congojas y preocupaciones…cuando expresan las experiencias alegres que viven día a día…

Cada vez que mi responsabilidad prioriza a los contenidos, al apuro por cumplir con la planificación en tiempo y forma, y aparece mi incomprensión superponiendo aprendizaje a cariño, aparece también “el niño en el aula”, que consigue mi reflexión en pocos instantes.

Aquella nenita que llora porque se quedó sin amiga, la que fue traicionada en su inocencia, el que distraído mira por la ventana, el que se olvidó el mapa y me lo dice con temor, el que me abraza sorpresivamente.

Despiertan mi ternura por la inocencia de su actuar, y esa ternura iguala aprendizaje con amor.

En cada lagrimita de cada fin de año siento que el cariño brindado valió la pena y es retribuido

                                                                         Edith Martini (Jaúregui, Buenos Aires)


4. PRIMERA VOCACIÓN

Durante un tiempo mi vocación fue ser mamá.

Dejé a un lado proyectos propios para concretar esa aventura, la más importante, la más gratificante.

Al mismo tiempo instale un pequeño comercio en mi casa.

Pasado un año de ese comienzo edifiqué un local que se comunicaba con mi vivienda.

Durante años fue mi pasión.

Me esmeraba en brindar un servicio exclusivo, en lucir una vidriera atrapante, en decorar con ramos multicolores y moños vaporosos,  sostenidos por la etiqueta de “Modas Edith”,  cada venta.

Sentíorgullo al ver utilizar las prendas de mi selección a mis clientas en el cine, en la plaza, en cenas de gala.

Mi niña,  pasó la mitad de su infancia  proponiendo su gusto para hermosear cada perchero, cada rincón; pasó la mitad de su infancia apareciendo en pijama con ojitos de sueño, a la mañana, por la puerta que comunicaba a la casa.

Cuando todavía cambiaba pañales decidí concretar otro sueño. Comencé a estudiar para dedicarme a lo que hoy hago, docencia.

Si miro hacia delante quedan todavía largos años de tiza y pizarrón.

Más adelante disfrutare del descanso que tantas veces anhelo en esta carrera cotidiana.

Edith Martini (Jaúregui, Buenos Aires)


3. VOCACIÓN EN LA ADULTEZ

Puedo decir que me encontré de golpe ejecutando otras vocaciones o aspiraciones de mi alma, que allí estuvieron toda la vida, esperando respirar, surgir de mis adentros y fluir. Me refiero al bordado, escribir con tiempo sobre mí; arte; sí ahora me dedico al arte del puntillismo. Creo figuras, pinto lo que sea con la paciencia de hacer puntitos y formar distintas cosas, desde mandalas hasta figuras en botellas y figuras orientales como elefantes, ganeshas, porta sahumerios, posa vasos, etc.

Me despliego en la inspiración que nace y dejo fluir mis sentidos pretendiendo que mis trabajos sean lo más estéticos posibles y no una patada al ojo que observa lo que hago. Hay gustos para todo. Me inclino más por lo clásico.

Me encanta que me guste y que guste. Realmente, encontré desarrollar algo que siempre, desde niña me gustó, pero no sabía cómo hacerlo.

Estoy, gracias al arte, volviendo a encontrar felicidad de a poquito. En esta soledad tremenda, a veces, y necesaria otras.

Esta soledad que resalta los silencios que nos duelen, pues las palabras compañeras que estaban partieron y la misma soledad que edifica mi alma para crear aparece como por arte de magia.

 A veces pienso que mis sentimientos de soledad, se han puesto de acuerdo para que no sucumba mi templanza, y siga encontrando siempre algo positivo en lo triste que acontece. Y sí. Siempre fui así. No sé por qué me sorprendo. Pero sí sé, que esta vocación que llevo a cabo hoy, me está devolviendo las ganas de vivir, que se estaban diluyendo poco a poco, ganándole hasta a la energía que me daba siempre estar con mis hijas, yernos y nietos.

En síntesis, jubilarme, quedar viuda y la pandemia de corona virus, me dio mucha desesperanza y gran tristeza. Pero hoy siento ganas de seguir viviendo, sonriendo, amando a mis adorados seres queridos y seguir adelante con las vocaciones que sigan surgiendo… Si la salud me acompaña.

 Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)

 

2. POR QUÉ ELEGÍ LO QUE ELEGÍ

Estoy meditando y tratando de recordar, por qué elegí lo que elegí. En cuanto a seguir ese llamado interno a inclinarme por algo que se llama vocación. (Mi primera y gran vocación, fue la de ejercer como mamá. Sin duda.)

En realidad puedo asegurar, sin temor alguno a equivocarme, que siempre me gustó la docencia. Desde chica, jugué a la maestra con mis muñecas, amigas y primas . Era algo que me encantaba. Y me preparaba para ello, para saber más y poder trasmitir mis conocimientos, para que los otros niños aprendieran lo que les enseñaba. Seguí así en el secundario y en la Universidad. Preparaba a mis compañeros, gratis por supuesto, en cuanta materia estaban flojos y debían aprobar.

Recalco lo de gratis, porque para mí ya era una paga el hecho de ser elegida por mis pares, para entender, aprender y saber.

 También en los trabajos con compañeros de Maestría, (MBA), donde formábamos grupos interdisciplinarios, me elegían para redactar, exponer, interpretar, las consignas.

Ejercí así treinta y cuatro años de docencia universitaria. Creo que llegué a elegir o seguir mi vocación, porque en realidad, me gustaban muchas cosas y en mi carrera universitaria me sentí completa.

Si bien desde chiquita me gustaron las letras, (escribo desde los ocho años) los niños y ser doctora y psicóloga, en el momento de elegir una carrera creo que influyeron varias cosas en mí, para elegir ser Licenciada en Administración de Empresas. Es una carrera que, si bien tiene mucho de números y finanzas, y yo soy eminentemente social, también al estudiar sus contenidos programáticos, me encontré con materias humanísticas, históricas, sociológicas, psicológicas y filosóficasy me encantó.

Era para mí tener un ramillete de saber y no encerrarme en una sola cosa.

En Buenos Aires, cuando mi padre iba a recorrer fábricas de las cuales era gerente, y yo tenía oco o nueve años, me llevaba con él. A mí me encantaba llegar a ser como las secretarias de papá.  Todas impecables, bien vestidas, con un trato especial… ¡Admirables!  Creo que de allí me viene el amor por las organizaciones, la gestión, la docencia y el orden.

En un post grado con la Unión Europea, me otorgaron el título de “Agente de igualdad de oportunidades para la mujer” Aquí, había mucha filosofía, humanismo y redacción propia.

Soy feliz con lo que soy. Logré amalgamar las ciencias que me gustaban en una carrera; y las otras cosas, como cantar, pintar, esgrima, equitación o adiestramiento que no se oponían con mi decisión. Cada una a su tiempo, respondían y formaron a esta Gloria que soy hoy.

“No soy gran cosa, pero soy todo lo que tengo” Dr.JessLair

Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)


1. LA PRIMERA DE UNAS MUCHAS

No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos escribió Cesare Pavese.

Esos momentos que dividen tu vida en un antes y un después.

Los acontecimientos, durante junio de mil novecientos ochenta y cuatro, se produjeron con mucho velocidad. La noticia de la llegada de un gringo que buscaba desaparecidos, el encuentro con ese personaje en un prestigioso hotel, la reunión en mi casa donde se procesó la información y finalmente el consenso en participar.

Cementerio de Boulogne. Diez de la mañana: día gris y lluvioso.

Todos los presentes éramos visitantes en ese espacio desangelado: el juez con traje oscuro, los médicos con pulcros delantales blancos, la veintena de efectivos de la policía de la provincia, un grupo de jóvenes y un gringo con botas tejanas y sombrero de ala ancha al mejor estilo de película western americano.

Se habían establecido tres áreas concéntricas. La policía ocupaba el segundo anillo haciendo contención ante cualquier percance; al menos eso se dijo. Los médicos forenses, en el primer anillo, a título de veedores, como les gustaba ser llamados. En el centro, foco de todas las miradas, los antropólogos junto a su mentor el Dr. Clyde Snow.

Durante la semana habíamos establecido cuales serían los pasos a seguir: limitar la fosa, practicar un sondeo a la altura de los pies y por últimos extendernos en plano horizontal. La coordinación entre nosotros era absoluta. Concluida la lectura del acta los cuatro tomamos nuestras herramientas y nos acostamos a los bordes de la fosa.

No teníamos que mostrarnos intimidados frente al gran público. Aunque resultaba amenazador levantar unos centímetros la cabeza del suelo y observar las decenas de borceguíes con punta de metal tan cerca de nosotros.

Al comienzo se mantuvo cierta prudencia y discreción. Solo se oían murmullos. Se guardaba cierto recato como signo de respeto hacia el muerto. Pero a medida que transcurría el tiempo el escenario fue cambiando. No se habían percatado de que los tiempos científicos eran diferentes a los tiempos judiciales. Los médicos levantaron sus quejas ante el juez transmitiendo que sus técnicas a la criolla eran más rápidas e iguales de efectivas. En tanto un grupito de cuatro policías lanzaron por lo bajo, pero lo suficientemente fuerte como para ser escuchados, que de haber hecho mejor las cosas ahora no estaríamos allí.

Dentro de la fosa nos comunicábamos con un lenguaje de señas y gestos.

Me apropié del lugar con bastante destreza. Tomé con mano firme el cucharín dándole la soltura suficiente para desprender el sedimento. A medida que iba profundizando la tierra cambiaba de color y textura. Hasta que de pronto la punta chocó contra una superficie dura.

Vamos bien. encontré el cráneo. susurré a mi compañera.

Estaba ladeado hacia la derecha y tenía dos balazos redondos como botones. El hueso parietal estaba estallado en múltiples fragmentos.

-Es importante que recuperes todos los segmentos para determinar la trayectoria del disparo dijo el gringo a mis espaldas.

La tierra húmeda no facilitaba la tarea. Fui removiendo huesito por huesito con movimientos suaves como si levantara pedacitos de cristal. Trabajé en la zona del cráneo sin pensar en nada más que no fuera la técnica. No me detuve en explicaciones ontológicas. Al menos no en ese momento.

No podía sacarle la vista. Advertí que tenía la mandíbula abierta como si se hubiera muerto gritando. Me impresionó.

Estaba tan preocupada en poder reconocer cada hueso que el hallazgo de lo que podria ser una camisa me descolocó. Quedé por un instante en blanco y dudé en seguir arrastrando con el pincel esos tejidos pegajosos o dejarlos ahí.

- No muevas la ropa acotó el Dr. Snow inclinándose sobre la fosa.

El tiempo había deshecho la tela, eran fibras desplumadas de algodón, pero el diseño de la prenda había permanecido impreso sobre los huesos.

Me vanaglorié de la longitud de mis brazos, no obstante, me costó llegar a los huesos. Profundizar desde los costados de la fosa no resultó tarea sencilla. Haciendo presión en el borde de la fosa, acomodé mi cadera y buscando un ilusorio punto de equilibrio seguí trabajando. Con los años empezarían a aparecer los dolores de espalda, cintura y cuello.

Hubo hambre, frio, cansancio, pero nadie se movió. Pasadas las cinco de la tarde habíamos dejado expuesto toda la evidencia. No se trataba de un conjunto de huesos sino de una mujer arrojada en una fosa con múltiples impactos de proyectil.

Me sentí orgullosa de aportar mi conocimiento para darle entidad a ese cuerpo. Lo rescatamos, lo sacamos del anonimato para narrar su historia.

                                                                                                      Patricia Bernardi (CABA)

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