Fue en un viaje al
Norte de Neuquén un verano, camino a Andacollo cuando supe lo que quería hacer.
La belleza particular
de la cordillera neuquina, de subidas y bajadas, de valles verdes hermosos, de
arroyos y rocas y un horizonte en el infinito, el mismo que se ponía naranja y
rojo al atardecer detrás de la Cordillera de los Andes, me mostraba además un
deseo.
Antes de llegar a
destino, perdido en el medio de la nada, un paraje llamado “La Primavera”, una
escuelita rancho pequeña, algunas ovejas pastando en el lugar y en el patio, un
patio enorme que terminaba en el alambrado también precario, correteaban
algunos niños, muy pocos y me llamó la atención el maestro, parado con su
guardapolvo blanco, sus manos hacia atrás entrelazadas, observando como un faro
lo que sería seguramente un recreo de ese puñado de niños. Era enero, pero en
la cordillera se hace escuela de verano, de septiembre a mayo, cuando el frio
es todavía soportable.
Recuerdo la sensación
al pasar. Fue solo un instante para enamorarme del paisaje y de la foto
perfecta de los niños jugando alrededor del maestro. Solo eso me bastó para
pensar “voy a ser maestra rural”, tenía quince años, cursaba tercer año de la
secundaria.
En esa época no había magisterio como carrera, para ser
maestra en tercer año te cambiabas al “Santa Genoveva” y culminabas tus
estudios secundarios allá, recibiéndote de maestra de grado. Era mi meta. Uno
de los requisitos para el ingreso era no
adeudar materias, y tuve la mala suerte, o no, de llevarme física.
Con el tiempo
comprendí, que si bien la docencia era lo mío, no era con niños, y que aquello
que había despertado en mí la escuelita rural era el sentimiento de libertad,
de despegar un poco de mi familia y poder vivir una aventura que no sé si
hubiese soportado, ya que es muy dura la vida en la montaña.
Fue entonces cuando empecé
a sentir algo especial por Biología, mi profe, Angélica de Burd, nos daba las clases en las que yo prestaba más atención
y me interesaba todo lo que decía. Fue la materia que más amé en tercer y
cuarto año, y ya en quinto le dije a mis padres que quería estudiar profesorado
de Biología.
A pesar de que mi
intención era estudiar en Bariloche, donde estaba la carrera, mis padres me
dijeron que la única posibilidad de irme era
a San Rafael, a la casa de mi abuela. Y si no, que estudiara en Neuquén
otra cosa.
En San Rafael existía
el profesorado de Geografía y Ciencias Biológicas, tuve que estudiar Geografía también, e
inclusive me fue muy bien en las prácticas, pero ejercí durante treinta y un años dando clases de lo que yo quería.
El 21 de marzo de 1989
me recibí, mi última materia fue “vertebrados”, al día siguiente ya estaba
subida en un ómnibus que me traía nuevamente
a la ciudad en la que había crecido, y el 27 de marzo a las 11.40hs por primera
vez abrí la puerta de un aula donde un grupo de adolescentes, cuatro o cinco
años más chicos que yo, me esperaban para inaugurar el primer cuarto año con
orientación biológica de Centenario. Volví a encontrarme con mi profesora
Angélica de Burd, ahora como compañera, tan buena compañera como profe, recibí
de ella cariño por ser exalumna y a la vez acompañamiento para dar mis primeros
pasos. Seguía admirándola como antes.
Hace poco la encontré
en el banco, iba con su hijo, que fue alumno mío y hablamos de su nieto, que
también fue mi alumno. La increíble historia que marca el paso del tiempo,
donde yo terminé siendo profesora de su nieto. Me faltaba un año para jubilarme,
y recién ahí le conté que ella había despertado la vocación en mi, y recuerdo
que después de agradecerle, ella, muy emocionada, me dijo que me quería mucho.
Siento que no hubiese
podido hacer otra cosa, y que en los momentos más difíciles, donde creía que lo
estaba haciendo mal, alguien me recordaba lo buena profe que fui, siempre del
lado de los alumnos, porque mi pendiente fue que un directivo reconociera mi
trabajo.
Guardo como un tesoro
una cartita que me dejó la maestra integradora de Martina, mi alumna Down,
junto a la tarea que ella supervisaba para ayudarme a adaptar contenidos, donde
me decía el gran trabajo que estaba haciendo. O recibo mensajes por Facebook de
mi alumno Lucas, ciego, que en épocas de escuela se negaba a ser diferente y
quería escribir y leer con el ultimo hilito de vista que le quedaba, y al que
le hacía cartelones todas las clases para que leyera, me sigue diciendo profe y
yo sigo diciéndole que lo admiro, porque además de ser un ejemplo de superación,
es un gran atleta y periodista deportivo. Para un docente eso es muchísimo.
Porque siento que yo también puse una semillita ahí.
Siento cierta nostalgia de todo el proceso, de la
decisión tomada, de mi época de estudiante que fue la mejor, de mis buenos y
malos alumnos, de los que me quisieron, de los que no. De los adultos que me reconocieron y de los que no,
saber que durante treinta y un años no solo enseñé sino que también aprendí
mucho.
Cuando he dudado de mi
vocación he vuelto siempre a pensar, y sigo agradeciéndole a mi profe Angélica
que me mostró un camino, y a todos los que caminaron por ahí, para enseñarles y
para enseñarme, porque he seguido aprendiendo de todos.
Lidia Lozano (Centenario, Neuquén)
12. TIEMPO DE MUCHO TIEMPO
Es un tiempo de mucho tiempo, de tiempo
no apurado que es el mejor (diría Osías, el osito).
Es por eso que no creo tener muchos “pendientes”.
Tanto espacio y libertad me confunden.
Todavía creo que debo cumplir horarios,
cumplir con cuidados, cumplir con acompañamientos, cumplir, cumplir…pero me
sacudo un poco y en realidad no tengo que hacer más de lo que deseo o decidí
hacer.
En tiempos de crisis suelo tener mucha
producción creativa, mucha ebullición.
Ahora que mi tiempo ya no es oro, que
puedo hacer lo que se me antoja, estoy en pausa.
Supongo que es toda una adaptación. En
arte decimos que los tiempos de no creación son los que preparan una gran obra.
No sé.
Eso sí: no dejo de buscarme, de hacer
intentos por saber más de mí.
Me exploro, me describo en gestos,
acciones y palabras, saco y pongo ropa, cosas, le doy mucho espacio a la
amistad, me desentiendo un poco y me alejo de lo que no quiero…
Puedo conmigo a pesar de todo.
Voy más despacio, eso sí.
“Gente trabajando”, diría un cartel.
Gabriela Potenza (CABA)
11. DESDE CHIQUITA
Fui creciendo entre idas a la
radio a acompañar a mi papá cuando hacía sus programas. Siempre recuerdo la
radio como un lugar fantástico, donde el trabajo era diversión. Él trabajaba
con sus dos amigos y tenían realmente una dinámica y una complicidad que hacían
de su programa de entretenimientos un producto de mucho interés que todo el
pueblo escuchaba. Me encantaba ir y verlos trabajar, cómo se entendían con el
operador y musicalizador, con la locutora que también se divertía a la par de ellos
y de los oyentes.
Conocí Buenos Aires a los doce años
porque él cubría la exposición Rural y nos llevaba un año a cada uno para que
viajáramos y compartiéramos esos días.
Después vino la etapa en que mi
papá tenía un programa en la tv abierta sobre informe ganadero y agropecuario y
todos los mediodías mi mamá, además de hacer el almuerzo, armaba con letras
vinílicas sobre unos rectángulos de acrílico los precios del mercado de cada
día. Los mediodías tenían una vorágine tremenda. Nosotros llegábamos del
colegio, mi papá pasaba a buscar esas pizarras y se iba a hacer el programa,
mientras en casa se terminaba la comida, poníamos la mesa y cuando volvía del
canal almorzábamos todos juntos.
Su trabajo también trascurría
en el diario, pero allí no asistíamos. Yo casi como jugando participé en una
revista que papá armaba mensualmente para la Sociedad Rural. Tendría unos trece
años e inventé una historieta de un perrito y hacía una tira corta para los
niños con aventuras de ese animalito.
Luego, ya con dieciséis, mi
papá y sus amigos pegaron el gran salto y pusieron un canal de cable. En
principio las oficinas eran en el garaje de mi casa. Ahí trabajábamos todos, de lo que fuera. Y
empecé a hacer las placas de publicidad con cartulinas y Letraset, que luego
filmaban para las publicidades. También realicé una escenografía en papel madera
pintada con carbonilla que era el dibujo de un bar, que servía de fondo para un
programa político. La democracia había regresado hacía muy poco y ese programa
despertaba mucho interés en la gente.
Y así fui haciendo varios otros
trabajos como otras escenografías para entregas de premios y labores gráficas.
Así que puedo decir que mi
vocación tuvo que ver con todo eso que viví, que disfruté. Podría haber elegido
periodismo, locución, pero busqué algo que en ese momento no era muy conocido.
Cada vez que decía que me iba a La Plata a estudiar Diseño, tenía que explicar
qué era eso. Ni hablar si nombraba el título completo de la carrera. Me recibí
de Diseñadora en Comunicación Visual. En Trenque Lauquen me miraban como
diciendo, ¿qué va a hacer esta chica?
Ni bien me recibí, me
convocaron para formar parte de una cátedra y fui seis años docente en el
Taller en Comunicación Visual, que es la materia troncal de la carrera. Realmente
lo disfruté, porque el equipo que componía la cátedra era muy bueno y el
titular, uno de los fundadores de la carrera, nos exigía estudiar e investigar.
Puedo decir que aprendí más en esos seis años que en los cinco de carrera. Pero
la docencia no es para mí y cuando fui madre preferí quedarme con la profesión
y trabajar desde mi casa, con sus pros y sus contras.
Tuve un estudio de diseño con
dos amigos. Me quedé sin trabajo. Volví a tener proyectos. Luego trabajé años
con Ana, mi gran amiga-hermana. Compartimos entre otras cosas el mismo grupo de
trabajo al que aún hoy sigo liderando, con el que empezamos un revista hace
diecisiete años y desde hace dos años pasamos a ser un portal de noticias
digital.
Debo decir que lo que más amo
de mi trabajo es la dinámica grupal. No podría trabajar sola ni en un mal
ambiente. Cuando eso me ha ocurrido he perdido el disfrute. Aunque las cosas
estén difíciles, cuando hay buen material humano todo se sobrelleva. Siento que
el trabajo ha sido para mí siempre un espacio de bienestar. Hubo épocas en las
que trabajaba doce horas diarias. He pintado carteles en la calle, armado
estands en lugares inhóspitos, durante los quince años de revista los cierres
terminaron entre las tres y las cinco de la mañana domingo por medio. He
viajado de madrugada a Capital a llevar el material para que se imprimiera. Fui
a reuniones de trabajo con mis tres hijas que me esperaban en la recepción de
las empresas mientras yo trabajaba y como ya las conocían las mimaban y les
daban revistas para que se entretuvieran.
No le he quitado el cuerpo a
ningún esfuerzo ni circunstancia, pero hoy ya no lo hago ni me interesa
hacerlo. Prefiero dedicarle tiempo a otros intereses y que el trabajo ocupe
menos cantidad de tiempo en mi día a día. Hace unos años ya que entre reunión y
reunión me pongo una hora de margen para descansar. Voy haciendo elecciones, que
se ajustan a mi realidad actual, a la energía con la que cuento y a que
entiendo que mi mayor etapa productiva ya pasó, y de esa forma puedo seguir
disfrutando de mi vocación.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
10. MÚSICA DE LABORATORIO
Cuando mi hija Dalila
dio clases en un aula como profesora de historia por primera vez me dijo: Mamá, esto es lo que amo hacer. Supo que
era su vocación.
Sé que mi
vocación es la música, pero la música de laboratorio: armar una obra para coro,
ensayarla, aprender quién es el compositor, de dónde proviene, por qué lo
compuso, cómo tiene que sonar, cómo hay que expresarla, qué matices aplicar.
Una vez armada: grabar, arreglarla, volver a grabar, escuchar, cambiar, repetir
por horas; ir a los seminarios para coros: viajar, contratar hoteles,
levantarse temprano para aprender cosas nuevas, día y noche, horas y horas; concursos,
encuentros internacionales, ver coros de países raros como por ejemplo Lituania, o hacerse amigos de cubanos o
chilenos o norteamericanos.
Pero esa
vocación la tengo frustrada porque siempre sentí que en nuestro país no hay
oportunidades, ganan los acomodados, hay que pagar para expresar la música
además todas las carreras afines son aburridas, y esa carrera de laboratorio es
muy cara y los músicos terminan siendo profesores de colegio y para eso, no tengo
vocación
Alejandra Busconi (Sáenz Pena, Buenos Aires)
9. VOCACIÓN, DIVINO TESORO
Debía estudiar, eso era seguro. Me serviría
para el presente y para el futuro. No imaginaba que pudiera conseguir trabajo
ni bien terminara la secundaria. No al menos uno que me permitiera auto
sustentarme fuera del ala de mi familia. Mientras estudiara y mejor aún lo más
lejos posible sería una forma genial de no estar viviendo en casa, eso me
resolvía el presente. Pero las ilusiones de irme a estudiar se desvanecieron
pronto al darme cuenta de que la economía de la casa se estaba derrumbando. Mi
hermano ya trabajaba para sostener su carrera antes de irse de casa.
Entonces, lo que fuera que estudiara tendría
que ser en un establecimiento público. Lo complicado de la cuestión no era
tanto el decidir en dónde sino cómo darme cuentade qué quería estudiar. Resolver
esto sería lo que delineara mi futuro.
Comenzó a desfilar por mi cabeza una lista de
posibilidades que debía evaluar a tientas, porque no tenía idea de cómo
conseguirorientación vocacional.
Consideré las posibilidades de medicina,
asistencia social, psicología, actriz, hasta llegar a la de ser docente.
Cada opciónpensada tenía una referencia en mi
mundo afectivo. A excepción de asistencia social que lo pensé, solo desde la
necesidad de haber conocido alguno que me hubiera podido resguardar en algunas circunstancias.
Medicina, estudiaba mi hermano; psicología iba a estudiar una amiga; actriz
como el padre y tía de mi amiga-hermana; docente como mi mamá.
Al revisar la lista me di cuenta de que tenía
que elegir por mí, lo que yo quisiera y no lo que hacía la gente que yo amaba.
Entonces me pregunté qué era lo que había en común entre todas esas carreras. Y
descubrí que era la relación con los otros y el poder ayudar. Obviamente desde
mi idealismo adolescente brincaban entre una opción y otra las ganas de hacer
algo para cambiar el mundo. Quizás en el idealismo camuflaba la verdad de que
el mundo que necesitaba cambiar era el mío.
Aferrada a la idea de que las nuevas
generaciones serían las que gobernarían en el futuro me propuse estudiar
magisterio para contribuir en la formación de los nuevos líderes.
Con todo el esfuerzo e inteligencia que me
acompañó, hice la carrera en dos años en lugar de que me llevara dos años y
medio como a la mayoría. En la residencia probé el verdadero gusto de estar
frente a un grupo de alumnos y alumnas y supe que estaba en el lugar correcto. Una
niña, supuestamente disléxica, fue mi centro de atención y con la ayuda de la
psicopedagoga de la escuela y muchos ejercicios, despegó como un avioncito en
el desarrollo de aquellos cuatro meses. El muchachito, presentado con desdén, como
el hijo del botellero, como si no tuviera identidad alguna, fue el dueño de mi
mano derecha en cada recreo a excepción del momento en que iba a buscar el
refuerzo de su desayuno. Con los sándwiches de salame estampó una aureola de
grasa que nunca pude, pero tampoco quise sacar de mi guardapolvo. De hecho,
subí al escenario a recibir mi diploma con el guardapolvo de mancha incluida.
Sentí entonces que había encontrado mi vocación, divino tesoro.
Sonia Nievas (Pottier, Neuquén)
Qué es para mí vocación? Aquello que elegí, más allá de toda
opinión, crítica o sugerencia.
Soy psicólogo, y tuve que decidir mi profesión a mediados de
los setenta. Mi padre dijo que me iba a morir de hambre, mi mamá que no
entendía pero si me gustaba era mi decisión. Esta vez realmente me puse a
pensar qué me gustaba. Tenía que ser algo que no tuviera física, ni
matemáticas, ni química, ninguna ciencia dura, pues había hecho un bachillerato
con estas especialidades solo por no dejar mi grupo de pertenencia. Me gustaba
historia, filosofía, y también redactar. No quería ser profesora, quería tener
autonomía en el trabajo. No me veía abogada, era demasiado frágil y tímida.(va
espacio antes de signos de puntuación)Ni periodista, no estaba segura de mi
palabra, no podía defenderla. Mi amiga Magda me ayudó con esto, tenía un papá
filósofo y una casa repleta de libros donde leer, Desde ese lugar partí.
"La vocación apunta a aquello que queremos hacer y lograr
como individuos, eso que nos proporciona satisfacción, y le da sentido a
nuestra vida" leí en algún lado.
Agradezco a mis padres que me dejaron elegir, y fue una de las
pocas veces que tomé una decisión pensando solo en mi, sin considerar el
parecer de otros. Mi vocación es el trabajo, lo que realizo todos los días con
entusiasmo y alegría.
Mi vocación es ser psicóloga, y volvería a elegir esta
profesión si me dieran la oportunidad de morir y volver a nacer, porque me ha
enseñado de la vida y de las diferentes miradas que las personas tenemos de
ella. Me ha mostrado como podemos estancarnos, llevar a cuestas destinos
difíciles y como podemos cambiar y transformarnos, salir de moldes, aprender a
volar. Como un caleidoscopio está profesión me llevó a descubrir distintas
formas, laberintos internos, interrogantes y respuestas insospechadas. Mi
vocación me brinda la posibilidad de estudiar historia, historias personales,
familiares, y volver a escribirlas con mis pacientes de diversas maneras,
mientras voy escribiendo y sanando la mía.
Esta vocación me ha enfrentado a diversos tabúes, como la
enfermedad y la muerte, acompañando a otros en estos procesos y acompañándome
en mis fragilidades.
Creo que cuando encontramos nuestra vocación logramos entender
mejor quiénes somos, qué queremos, hacia dónde vamos y para qué somos útiles, es
como un llamado divino, que nos lleva a poner nuestra vida al servicio de algo
de lo cual también nosotros nos beneficiamos.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
7. VOCACIÓN HOY
Mirando hacia atrás, después de un largo
recorrido, hoy puedo decir que me doy cuenta de algo muy importante: la
vocación y el ganar dinero, no necesariamente tienen que ir de la mano, como me
lo habían hecho creer. Tengo la suerte de que, en mi caso, sea así.
Muchas fueron las dudas y las
dificultades con respecto a este tema, abogacía, medicina, maestra jardinera,
psicóloga, Pastelera, un largo recorrido que a los cuarentainueve años terminó
con la decisión de estudiar Counseling.
Hace diez años que me recibí, y comencé
a atender, por supuesto que no fue fácil llegar a dedicarme exclusivamente a mi
profesión y dejar mi trabajo de secretaria, ni es fácil hoy, cosa que en
algunas oportunidades hizo que volviera a dudar si realmente esto es lo que
quiero para mi vida futura.
Me di cuenta que mis dudas venían de la
mano de varias cosas: la situación económica, donde ha sido una constante la
escasez, debido a ello, no poder tomar las vacaciones necesarias para recargar
energías, etc.
Hoy siento que las dudas tienen un
origen de agobio que necesito ordenar, para continuar. El solo hecho de darme
cuenta de esto, ya trae alivio y me da la seguridad de que esto es lo que
quiero seguir haciendo, amo esta profesión que me da la oportunidad de acercarme
al dolor del otro y al mío, transformándolo en amor, y esto, esto es mucho más
que vocación y dinero.
Susana Moreno (Maschwitz)
6. BUSCANDO LA VOCACIÓN
Desde muy chica, siempre pensaba en qué
iba a ser cuando fuera grande. Lo primero que me imaginaba era que iba a casarme
y tener cinco hijos, me encantaban los bebes.
A medida que pasaba el tiempo, comencé a
escuchar que todos venimos con una vocación desde que nacemos y la verdad es
que, por curiosa y porque me parecía algo muy importante, desde muy chica
empecé a pensar en ser una profesional, aparte de ser esposa y madre.
Mi abuelo fue abogado, el único
profesional de la familia y yo escuchaba que por su profesión había sufrido
mucho, pues había llegado a ser secretario de Juez en lo penal y era muy duro.
Hasta decían que su cáncer de garganta había sido causado por todas las
injusticias que se tragó. Igual a mí no me asustaba la idea de ser abogada, al
contrario, fue la primera profesión que pensé en estudiar, cosa que dejé de
lado, cuando a los dieciseis años, empecé a trabajar en un estudio jurídico
como cadete, yendo y viniendo a los tribunales, anotando cosas de los escritos.,
Le pregunté al abogado como podía ser que defendiera a un ladrón, él me
contestó que todos tenemos derecho a la defensa, cosa que me pareció justa,
pero agregó que esa leyenda de “Será Justicia” al pie de todo expediente, la
mayoría de las veces no era así; mi desilusión fue muy grande.
Más adelante pensé en medicina, tenía dieciocho
años y un amigo que había comenzado la carrera. Hablando con él me di cuenta de
que no iba a poder estar frente a una persona enferma, aunque mi amigo me
decía, que, si no me gustaba ver a la gente enferma, lo mejor que podía hacer
era ser médica y así curar. Pero no, desistí también.
Mi tía me decía que era la psicóloga de
la familia, ya que la escuchaba largas horas hablar de su vida con mucha
paciencia. Ahora me doy cuenta de que no me pareció ya que era muy chiquita,
pero fue la que más se acercó a lo que ya vibraba en mí, la escucha.
Los años siguieron pasando y a pesar de
los esfuerzos de mi madre para que fuera bailarina clásica, eso también lo dejé
luego de diez años de mucho esfuerzo y dones naturales.
Con todas las dificultades que tuve para
rendir tres años de la secundaria libre, trabajando para poder comer, cuando
finalmente la terminé con veintitrés años, no me quedaron ganas de estudiar.
Para ese momento había pensado en maestra jardinera por dos cosas: me encantaba
enseñar y amaba a los niños. Pero, como dije, ya no tenía ganas de estudiar. Me
dedique a trabajar.
Después de muchos años estudié
pastelería, me encantaba cocinar cosas dulces y además me había servido en mi
juventud vender tortas. Pero claro, también era muy agotador estar todo el día
parada en la cocina, otra vez, no era una gran vocación.
Algo me seguía moviendo en mi interior a
seguir leyendo, de alguna manera estudiando, pero mi vida continuaba siendo
complicada para dedicarme a estudiar, hijos, separación, falta de dinero
eterna, en fin.
Hasta que un buen día en una consulta
con mi médico homeópata, salió el tema. Ya tenía más tiempo, más tranquilidad. Con
cuarenta y nueve años comencé a buscar qué podía estudiar y encontré una
carrera que me encantó, Consultor psicológico. Era algo corto, tres años y me
habilitaba a acompañar procesos de autoconocimiento. No era tan larga como
psicología y hasta me gustaba mucho más. Por fin desde hace diez años, que me
recibí, siento que esta es mi vocación, escuchar empáticamente, acompañar
amorosamente y, encima, ganar dinero.
Susana Moreno (Maschwitz)
5. SUEÑO DESDE LA INFANCIA
Cuando era pequeña jugaba a la maestra.
Nombraba a mis compañeros , imaginaba una fila de
chicos, una bandera izando.
Nombraba siempre a los que tenían diez,
a los líderes de mi grupo, a los que cualquiera quería alcanzar.
Ya no juego a la maestra.
Se logró este ser maestra soñado desde mi infancia.
Ya no nombro a los líderes solamente. Me gusta nombrar, atender, observar a
los que se sientan en el último banco, a los que deletrean cuando leen, a los
que miran hacia abajo, a los que esconden su angustia expresada en rebeldía, a
los que llegan con ojitos brillosos.
Los quiero.
A los del diez y a los que nunca lo alcanzan…a los que se ríen todo el
tiempo y a los que tímidamente se esconden de su alrededor…
Los escucho.
Cuando me cuentan sus congojas y preocupaciones…cuando expresan las
experiencias alegres que viven día a día…
Cada vez que mi responsabilidad prioriza a los contenidos, al apuro por
cumplir con la planificación en tiempo y forma, y aparece mi incomprensión
superponiendo aprendizaje a cariño, aparece también “el niño en el aula”, que
consigue mi reflexión en pocos instantes.
Aquella nenita que llora porque se quedó sin amiga, la que fue traicionada
en su inocencia, el que distraído mira por la ventana, el que se olvidó el mapa
y me lo dice con temor, el que me abraza sorpresivamente.
Despiertan mi ternura por la inocencia de su actuar, y esa ternura iguala
aprendizaje con amor.
En cada lagrimita de cada fin de año siento que el cariño brindado valió la pena y es retribuido
4. PRIMERA VOCACIÓN
Durante un tiempo mi vocación fue ser mamá.
Dejé a un lado proyectos propios para concretar esa aventura, la más
importante, la más gratificante.
Al mismo tiempo instale un pequeño comercio en mi casa.
Pasado un año de ese comienzo edifiqué un local que se comunicaba con mi
vivienda.
Durante años fue mi pasión.
Me esmeraba en brindar un servicio exclusivo, en lucir una vidriera
atrapante, en decorar con ramos multicolores y moños vaporosos, sostenidos por la etiqueta de “Modas Edith”, cada venta.
Sentíorgullo al ver utilizar las prendas de mi selección a mis clientas en
el cine, en la plaza, en cenas de gala.
Mi niña, pasó la mitad de su
infancia proponiendo su gusto para
hermosear cada perchero, cada rincón; pasó la mitad de su infancia apareciendo
en pijama con ojitos de sueño, a la mañana, por la puerta
que comunicaba a la casa.
Cuando todavía cambiaba pañales decidí concretar otro sueño. Comencé a
estudiar para dedicarme a lo que hoy hago, docencia.
Si miro hacia delante quedan todavía largos años de tiza y pizarrón.
Más adelante disfrutare del descanso que tantas veces anhelo en esta carrera cotidiana.
Edith Martini (Jaúregui, Buenos Aires)
3. VOCACIÓN EN LA ADULTEZ
Puedo decir que me
encontré de golpe ejecutando otras vocaciones o aspiraciones de mi alma, que
allí estuvieron toda la vida, esperando respirar, surgir de mis adentros y
fluir. Me refiero al bordado, escribir con tiempo sobre mí; arte; sí ahora me
dedico al arte del puntillismo. Creo figuras, pinto lo
que sea con la paciencia de hacer puntitos y formar distintas cosas, desde
mandalas hasta figuras en botellas y figuras orientales como elefantes,
ganeshas, porta sahumerios, posa vasos, etc.
Me despliego en la
inspiración que nace y dejo fluir mis sentidos pretendiendo que mis trabajos
sean lo más estéticos posibles y no una patada al ojo que observa lo que hago.
Hay gustos para todo. Me inclino más por lo clásico.
Me encanta que me guste
y que guste. Realmente, encontré desarrollar algo que siempre, desde niña me
gustó, pero no sabía cómo hacerlo.
Estoy, gracias al arte,
volviendo a encontrar felicidad de a poquito. En esta soledad tremenda, a veces,
y necesaria otras.
Esta soledad que
resalta los silencios que nos duelen, pues las palabras compañeras que estaban
partieron y la misma soledad que edifica mi alma para crear aparece como por
arte de magia.
A veces pienso que mis sentimientos de
soledad, se han puesto de acuerdo para que no sucumba mi templanza, y siga
encontrando siempre algo positivo en lo triste que acontece. Y sí. Siempre fui
así. No sé por qué me sorprendo. Pero sí sé, que esta vocación que llevo a cabo
hoy, me está devolviendo las ganas de vivir, que se estaban diluyendo poco a
poco, ganándole hasta a la energía que me daba siempre estar con mis hijas,
yernos y nietos.
En síntesis, jubilarme,
quedar viuda y la pandemia de corona virus, me dio mucha desesperanza y gran
tristeza. Pero hoy siento ganas de seguir viviendo, sonriendo, amando a mis
adorados seres queridos y seguir adelante con las vocaciones que sigan
surgiendo… Si la salud me acompaña.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)
2. POR QUÉ ELEGÍ LO QUE ELEGÍ
Estoy meditando y
tratando de recordar, por qué elegí lo que elegí. En cuanto a seguir ese
llamado interno a inclinarme por algo que se llama vocación. (Mi primera y gran
vocación, fue la de ejercer como mamá. Sin duda.)
En realidad puedo
asegurar, sin temor alguno a equivocarme, que siempre me gustó la docencia.
Desde chica, jugué a la maestra con mis muñecas, amigas y primas . Era algo que
me encantaba. Y me preparaba para ello, para saber más y poder trasmitir mis
conocimientos, para que los otros niños aprendieran lo que les enseñaba. Seguí
así en el secundario y en la Universidad. Preparaba a mis compañeros, gratis
por supuesto, en cuanta materia estaban flojos y debían aprobar.
Recalco lo de gratis,
porque para mí ya era una paga el hecho de ser elegida por mis pares, para
entender, aprender y saber.
También en los trabajos con compañeros de
Maestría, (MBA), donde formábamos grupos interdisciplinarios, me elegían para
redactar, exponer, interpretar, las consignas.
Ejercí así treinta y
cuatro años de docencia universitaria. Creo que llegué a elegir o seguir mi
vocación, porque en realidad, me gustaban muchas cosas y en mi carrera
universitaria me sentí completa.
Si bien desde chiquita
me gustaron las letras, (escribo desde los ocho años) los niños y ser doctora y
psicóloga, en el momento de elegir una carrera creo que influyeron varias cosas
en mí, para elegir ser Licenciada en Administración de Empresas. Es una carrera
que, si bien tiene mucho de números y finanzas, y yo soy eminentemente social,
también al estudiar sus contenidos programáticos, me encontré con materias
humanísticas, históricas, sociológicas, psicológicas y filosóficasy me encantó.
Era para mí tener un
ramillete de saber y no encerrarme en una sola cosa.
En Buenos Aires, cuando
mi padre iba a recorrer fábricas de las cuales era gerente, y yo tenía oco o
nueve años, me llevaba con él. A mí me encantaba llegar a ser como las
secretarias de papá. Todas impecables,
bien vestidas, con un trato especial… ¡Admirables! Creo que de allí me viene el amor por las
organizaciones, la gestión, la docencia y el orden.
En un post grado con la
Unión Europea, me otorgaron el título de “Agente de igualdad de oportunidades
para la mujer” Aquí, había mucha filosofía, humanismo y redacción propia.
Soy feliz con lo que
soy. Logré amalgamar las ciencias que me gustaban en una carrera; y las otras
cosas, como cantar, pintar, esgrima, equitación o adiestramiento que no se
oponían con mi decisión. Cada una a su tiempo, respondían y formaron a esta
Gloria que soy hoy.
“No soy gran cosa, pero
soy todo lo que tengo” Dr.JessLair
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)
1. LA PRIMERA DE
UNAS MUCHAS
No se recuerdan los días,
se recuerdan los momentos escribió
Cesare Pavese.
Esos momentos que dividen tu vida en un antes y un después.
Los acontecimientos, durante junio de mil novecientos ochenta y cuatro,
se produjeron con mucho velocidad. La noticia de la llegada de un gringo que buscaba
desaparecidos, el encuentro con ese personaje en un prestigioso hotel, la
reunión en mi casa donde se procesó la información y finalmente el consenso en
participar.
Cementerio
de Boulogne. Diez de
la mañana: día gris y lluvioso.
Todos los presentes éramos visitantes en ese espacio desangelado: el
juez con traje oscuro, los médicos con pulcros delantales blancos, la veintena
de efectivos de la policía de la provincia, un grupo de jóvenes y un gringo con
botas tejanas y sombrero de ala ancha al mejor estilo de película western
americano.
Se habían establecido tres áreas concéntricas. La policía ocupaba el segundo
anillo haciendo contención ante cualquier percance; al menos eso se dijo. Los médicos
forenses, en el primer anillo, a título de veedores, como les gustaba ser
llamados. En el centro, foco de todas las miradas, los antropólogos junto a su
mentor el Dr. Clyde Snow.
Durante la semana habíamos establecido cuales serían los pasos a seguir:
limitar la fosa, practicar un sondeo a la altura de los pies y por últimos
extendernos en plano horizontal. La coordinación entre nosotros era absoluta. Concluida
la lectura del acta los cuatro tomamos nuestras herramientas y nos acostamos a
los bordes de la fosa.
No teníamos que mostrarnos intimidados frente al gran público. Aunque
resultaba amenazador levantar unos centímetros la cabeza del suelo y observar
las decenas de borceguíes con punta de metal tan cerca de nosotros.
Al comienzo se mantuvo cierta prudencia y discreción. Solo se oían murmullos.
Se guardaba cierto recato como signo de respeto hacia el muerto. Pero a medida
que transcurría el tiempo el escenario fue cambiando. No se habían percatado de
que los tiempos científicos eran diferentes a los tiempos judiciales. Los médicos
levantaron sus quejas ante el juez transmitiendo que sus técnicas a la
criolla eran más rápidas e iguales de efectivas. En tanto un grupito de cuatro
policías lanzaron por lo bajo, pero lo suficientemente fuerte como para ser escuchados,
que de haber hecho mejor las cosas ahora no estaríamos allí.
Dentro de la fosa nos comunicábamos con un lenguaje de señas y gestos.
Me apropié del lugar con bastante destreza. Tomé con mano firme el cucharín dándole
la soltura suficiente para desprender el sedimento. A medida que iba profundizando
la tierra cambiaba de color y textura. Hasta que de pronto la punta chocó
contra una superficie dura.
Vamos bien. encontré el cráneo. susurré a mi compañera.
Estaba ladeado hacia la derecha y tenía dos balazos redondos como botones.
El hueso parietal estaba estallado en múltiples fragmentos.
-Es importante que recuperes todos los segmentos para determinar la
trayectoria del disparo dijo
el gringo a mis espaldas.
La tierra húmeda no facilitaba la tarea. Fui removiendo huesito por
huesito con movimientos suaves como si levantara pedacitos de cristal. Trabajé
en la zona del cráneo sin pensar en nada más que no fuera la técnica. No me
detuve en explicaciones ontológicas. Al menos no en ese momento.
No podía sacarle la vista. Advertí que tenía la mandíbula abierta como
si se hubiera muerto gritando. Me impresionó.
Estaba tan preocupada en poder reconocer cada hueso que el hallazgo de lo que podria ser una camisa me descolocó. Quedé por
un instante en blanco y dudé en seguir arrastrando
con el pincel esos tejidos pegajosos o dejarlos ahí.
- No muevas la ropa
acotó el Dr. Snow inclinándose sobre la fosa.
El tiempo había deshecho la tela, eran fibras desplumadas de algodón,
pero el diseño de la prenda había permanecido impreso sobre los huesos.
Me vanaglorié de la longitud de mis brazos, no obstante, me costó llegar
a los huesos. Profundizar desde los costados de la fosa no resultó tarea
sencilla. Haciendo presión en el borde de la fosa, acomodé mi cadera y buscando
un ilusorio punto de equilibrio seguí trabajando. Con los años empezarían a
aparecer los dolores de espalda, cintura y cuello.
Hubo hambre, frio, cansancio, pero nadie se movió. Pasadas las cinco de
la tarde habíamos dejado expuesto toda la evidencia. No se trataba de un
conjunto de huesos sino de una mujer arrojada en una fosa con múltiples impactos
de proyectil.
Me sentí orgullosa de aportar mi conocimiento para darle entidad a ese cuerpo.
Lo rescatamos, lo sacamos del anonimato para narrar su historia.
Patricia Bernardi (CABA)
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