Enojo

32. ENOJADA CONMIGO

Me siento a escribir sobre este tema y lo primero que me pregunto es si los enojos que no existieron en mi niñez y adolescencia, surgieron todos juntos en la adultez.

Aunque también pienso que existen diferencias entre enojos y rabias o ira. En mí, considero que en lo cotidiano, me asaltan rabias que son momentáneas, en cambio creo que el enojo es algo que se encuentra en un lugar más profundo, siendo capaz de quedarse allí durante mucho tiempo.

Mis rabietas son efímeras, las más frecuentes, por ejemplo, se dan en el ámbito de la cocina, desde que se me pueda caer la tapa de una cacerola a que no pueda encender el horno. Odio todo a lo que cocinar se refiere, me parece una pérdida de tiempo. Pero este es otro tema.

También me enfurezco cuando llegando a la parada, pierdo un colectivo; si no cumplen un horario pactado; ver desorden que yo no he provocado; estar conversando y que el receptor mire para otro lado o se centre en su bendito celular; tener que repetir cien veces la misma frase…

Sin embargo, estas causas no me afectan más que en el momento que ocurren, siendo olvidadas al rato.

El verdadero enojo va más allá. Con el paso de los años, me di cuenta de que no radica en las causas sino en mí. Con aquello o con quien debería enojarme, no lo hago.

Si se trata de una persona, nunca me gustó confrontar o discutir, predomina mi sentido de ubicarme en una situación, y siempre el cuadro termina de la misma forma: yo recriminándome por qué no dije esto o aquello.

Estoy en verdad, enojada. Conmigo.

Por no saber decir No.

Por incluirme siempre al final de la lista.

Por dejar salir mi esencia, anteponiendo sentimientos a la lógica, permitiendo cosas que no debo ni quiero,  o aceptando lugares donde no quiero estar.

Por no tener el tiempo que quisiera para mí, o no permitírmelo. 

No ser constante en lo que realmente busco, que es encontrar mi lugar.

Por sentir que no he sabido elegir lo que realmente quería o quiero.

A veces quisiera reconciliarme con ese enojo tan mío, porque quizá sea la forma de aceptar que lo que elegí o decidí en el pasado, fue en ese momento por una razón. Entender que estoy  a tiempo de cambiar lo que no me guste o no me haga sentir bien. No hacerlo es un desgaste continuo.

Por eso como ya escribí, el enojo solo perjudica a uno mismo. Porque si no somos capaces de transformarlo para modificar aquello que nos enoja, ¿de qué nos sirve?

                                                                                                                                     Claudia (CABA)

 

  31. RENCOR

Recuerdo un hecho puntual en mi adolescencia, que provocó enojo en mí.

Tendría unos quince años. En casa, vivíamos en ese entonces, papá, mi hermana, su esposo, mi sobrino, de apenas meses de edad, y yo.

No tengo en claro si existió una pelea entre mi hermana y su esposo, o qué fue lo que ocurrió, sí que ese entredicho terminó con un insulto de mi cuñado a mi hermana.

Me enojé muchísimo, e indignada, al momento de oírlo, yo lo insulté a él. Siguió entonces una breve discusión entre ambos, donde le dije que no tenía derecho a tratar así a mi hermana. No recuerdo qué me contestó, pero hizo que le dijera que él era un desagradecido para conmigo, que había ayudado cuidando a mi sobrino meses, hasta que se organizaron con sus trabajos. Su última contestación fue:

 - Nadie es imprescindible en la vida.

Mientras duró la discusión, ni mi hermana ni mi padre articularon palabra.

Al rato, papá me dijo que, si bien entendía mi reacción, debía pedirle disculpas a mi cuñado. ¡Yo no entendía nada! Respondí que no lo haría, pues era injusto. Papá contestó:

-¿Ves cómo sos?, una odiosa-

En ese momento, recrudeció mi enojo. Sentí que cuanto hiciera por ellos, no tenía valor.

Mi cuñado había tomado como derecho que yo cuidara a mi sobrino.

Mi papá tomó en cuenta lo “odiosa” y testaruda que era.

Mi hermana eligió tomar partido por su marido al costo de ser humillada.

Pasaron meses en que mi cuñado no me dirigió la palabra. Tampoco yo. Me acerqué a él, el día en que falleció su madre, por respeto.

Después, todo transcurrió como si nada hubiera pasado. Mi hermana y mi padre, supongo, se habrán contentado con que volviera “a reinar la paz” en casa.

En cuanto a mí, aprendí que el enojo no lastima tanto a los otros como a nosotros mismos, pues en mi caso, se transformó en rencor, contra el que tuve que luchar para que no se convirtiera en odio. O tal vez sí…

 Claudia (CABA)

                                                                

 

30. ¿ME HABRÉ ENOJADO?

Siempre me ha resultado difícil evocar momentos vividos en mi infancia. Lo mismo ocurre si quiero describir las emociones que manifesté en aquel entonces. Cabe preguntarme cuánto olvidé naturalmente, o si por estar tan sumergida en mí misma, ni registré tantas situaciones que seguro, existieron.

Pero soy sincera al decir que no recuerdo. Esto está sucediendo ahora, mientras intento escribir sobre aquello que me enojaba siendo niña. Enojo… hoja en blanco, más preguntas sin respuestas.

Me contaron que aún a mis cinco años, tenía por costumbre tomar una mamadera antes de irme a dormir, hasta que, aparentemente, mi mamá dijo “basta”. ¿Me habré enojado con ella, al privarme de esa costumbre?

Cuando intentaron llevarme al jardín de infantes, mamá debió ir a buscarme al rato porque no hubo forma de que yo accediera a quedarme. Me veo asomada a la ventana de la salita, que daba a la calle, llorando a mares, pero no recuerdo haberme enojado por sentirme “abandonada” en la escuela. Tampoco me veo, a la distancia, enojada por algo que quizá no me hayan comprado. Ni siquiera aquel año que tanto esperé a los Reyes Magos.

Tendría unos seis o siete años, mi mayor deseo era tener un bebote, no uno cualquiera, sino un Nenuco. Escribí y preparé mi cartita con esmero, hasta recorté las figuras del muñeco, las que venían en las propagandas, y las pegué en la carta, pues había diferentes tamaños y colores de ropita. Aclaré que no me importaba cuál me trajeran. Solo ansiaba tener uno.

Los supuestos Reyes dejaron una bicicleta en mis zapatitos…

Siendo niña, ni siquiera esa vez pude enojarme. Pareciera que desde entonces, las decepciones me han pesado más que el estallido de un enojo.

                                                                                                                                  Claudia (CABA)

 29. PACIENCIA COLMADA

Patricia y Beatriz fueron mis mejores amigas en la adolescencia. A Patricia la conocí antes, era vecina del edificio, huérfana de padre, vivía con su madre y hermanas. Beatriz fue compañera de segundo año de la secundaria,  vivía con sus padres en una pensión a una cuadra de casa. Entre ellas no se conocían, un día se me ocurrió reunirlas.  Las tres éramos inseparables, Beatriz y yo íbamos y volvíamos del colegio juntas. Patricia concurría a otra escuela.

 Mis padres estaban muy felices con mis amistades, yo también me divertía mucho, íbamos al cine, venían a casa, escuchábamos música. Papá había comprado un gran combinado que ocupaba toda una pared, como nos gustaba bailar ensayábamos distintos pasos. Papá muchas veces practicaba con nosotras, era muy buen bailarín.  Los sábados por la noche, generalmente, estábamos solas en casa, mis padres y hermanos salían. Preparábamos algo de comer o mamá había dejado algo hecho.

Papá siempre fue bondadoso, así que cuando nos íbamos de vacaciones, ellas también venían. Yo estaba encantada, pero nunca pensé lo que sucedería unos años más tarde. Comencé a notar que me dejaban de lado, había ciertos detalles que me entristecían y poco a poco experimentaba una inquietud dentro de mí, algo que no podía explicar, como un enojo. Además, pensaba porque nunca traían dinero, era Papá que lo ponía para nuestras salidas, tampoco un paquete de arroz o fideos para colaborar con la cena.

Nunca fui de mentirles a mis padres y descubrí que ellas lo hacían, eso no me gustaba y en mi interior iba acumulando esa desazón.

Un sábado por la noche puse fin a esa amistad. Estábamos las tres en el baño, Patricia y Beatriz se probaban maquillaje de mi hermana, mientras charlaban sobre unos chicos que habían conocido en la plaza, desde la puerta las miraba con la bronca a flor de piel.  

Ya maquilladas fuimos al balcón, era una noche preciosa y cálida, me quedé pensando en esos muchachos, vi que Beatriz encendió un cigarrillo y preguntó:

-Laura, ¿qué hay para la cena?

Me acerqué a ella le saqué el cigarrillo de la boca y mientras lo tiraba por el balcón le dije que en mi casa no se fumaba. Mi paciencia estaba colmada, abrí la puerta y les dije que se fueran. Beatriz partió refunfuñando por mi carácter y Patricia no dijo nada.

Al cerrar esa puerta y quedarme sola sentí un gran alivio, el peso que llevaba hacía tiempo ya no estaba.

Volví a estar sola, sin amigas, Papá entristeció un poco, pero luego se le pasó.

Las volví a ver ocho años más tarde cuando vinieron al velatorio de mi padre. La amistad continuaba entre ellas.

María Laura Finochietto (CABA)

 

28. UNA NENA ENOJADA

El enojo estuvo presente en mi infancia en varias oportunidades. Recuerdo algo que me enojaba mucho,  mi padre me ayudo a manejarlo. Me producía ira levantarme por las mañanas, los días feriados o fines de semana, cuando no iba a la escuela y percibir el aroma a guiso o a comida que preparaba mi abuela junto con el olor a café con leche, me enojaba y tenía que contenerme, respetaba a mi abuela, era una persona muy mayor. Pero a ella le gustaba cocinar a las nueve para almorzar a las doce, se tomaba su tiempo. Mi abuelo imponía ese horario para almorzar, el que no estuviese en esa hora no comía, lo mismo que la cena era a las veintiuna.

Una vez lo charlé con papá, me comprendió y decidimos que esos días no desayunaríamos en casa, con su complicidad íbamos a un bar que estaba a la vuelta, no a la confitería de enfrente, porque nos podían ver desde el balcón, y a mis abuelos no les gustaba que mi padre gastará dinero.

Papá no desayunó nunca, me contó que en su infancia eran muy pobres, vivía con su hermano y madre en una pensión, y no tenían dinero ni para tomar un mate cocido con pan. Se acostumbró a eso.

Mi madre conocía ese secreto que había entre los dos. 

Otro enojo era ir al colegio, muchas veces lloraba para no concurrir, pero papá era mi salvador. Me decía que fuera, que después me traía un regalo. Así quedaba tranquila, pero comprendía que no siempre había dinero para comprarme algo.

He preferido siempre tratar de contener mis iras, conozco mis reacciones, no puedo enojarme con las personas que amo, por eso trato de evitar las discusiones.

 María Laura Finochietto (CABA)

 

27. MIS MAYORES ENOJOS

Mis mayores enojos, fueron con la persona que más amé en mi vida, mi esposo.

Era una persona muy buena, amable, sensible, todo su esfuerzo fue siempre dedicado a nuestra familia.

Su única falla residió en la total dedicación por su trabajo.

No me molestaba que trabajara, sí que durante cuarenta y ocho años se perdiera de compartir los mejores momentos con sus hijos, (cumpleaños, graduaciones, navidades), por no faltar a su trabajo.

Todos los años íbamos de vacaciones, la pasábamos muy bien en familia, pero le era imposible, al menos por unos días, despegarse de sus responsabilidades laborales.

Para  mí, la importancia estaba basada en disfrutar de los logros obtenidos a través del trabajo(entendí bien?), para  él, solo estaba centrada en su profesión, ahí estaba su forma de disfrutar. Así como perdió momentos importantes de la vida de sus hijos, también fue perdiendo su salud, la qué minimizó y postergó, siempre por el mismo tema.

Los últimos años de su enfermedad, el dolor en su pierna era muy fuerte y le dificultaba caminar, pero aún así priorizaba su trabajo. Mi enojo con él era constante, trataba de hacerle entender que él  estaba primero que cualquier otra cosa, me miraba, asentía, y al día siguiente volvía a lo mismo.

Mis hijos me pedían que no me enojara con él ya que me amargaba y no lograba nada, realmente me era imposible comprenderlo.

Ya pasaron casi tres años de su partida, trato de volver el tiempo atrás y con la mente más fría  de algún modo puedo entender que en la vida todo tiene un motivo que nos hace actuar de manera incomprensible a los ojos de los demás. 

Mi esposo tuvo una niñez cargada de carencias, afectivas y de todo tipo. 

De niño, mi esposo convivió con su abuela en Santiago del Estero, por períodos muy largos, en ellos compartió el hambre y la pobreza de manera muy cruda.  No supo hasta grande, cuando un tío le reveló el secreto,   que su padre, era el dueño de la librería del pueblo.Su madre también se desentendió bastante de él.

Solía contarme que, estando sentado en el patio de tierra de la casa de su abuela, mirando al sur, se prometió a sí mismo que cuando fuese grande trabajaría incansablemente, para  nunca más tener que  pasar privaciones.

Creo que esta promesa que se hizo, quedó en él, marcada a fuego y de ahí su obsesión por el trabajo.

Hoy me arrepiento por haberme enojado tantas veces con él, en su momento no supe ponerme en su piel, no entendí, que cada persona vive y siente la vida desde su mundo interno.

Le pido perdón, por sentir tanto amor por él y sin embargo en ocasiones  no demostrárselo, dejándome llevar por el enojo y la incomprensión.

 Li (CABA)


26. UNA JOVEN ATORMENTADA

Mi vida de enojos fue larga y cansadora. Solía levantarme de mal humor y muy enojada con el mundo, sobre todo a los treinta y dos años cuando me separé del papá de mis hijos y mis padres me ofrecieron un trabajo en la institución que habían construido para Dani, a lo que dije que sí sin parpadear. Al principio estuvo bien pero en seguida todo comenzó a molestarme : levantarme temprano, tener que dejar a mis hijos, tomar el maldito tren, esperar el miserable colectivo y llegar al trabajo y ver la enloquecida cara de mi madre.

Me enojaba mi flamante ex marido que empezó a pelear por dos o tres estupideces materiales, tirándome migajas para comer. Me enojaba no llegar a fin de mes y que el país fuera un caos. Me enojaba cuando mi madre me decía: Comprate la tele en cuotas, ¡yo te ayudo! y luego no me ayudaba nada y yo me endeudaba. Me ponía furiosa la diferencia de sueldos que mi jefa, o sea mi mismísima madre hacía entre mis “inteligentes” compañeras y yo que era la inútil, el último orejón del tarro o la cola del león. El mayor enojo era conmigo misma, por qué me dejaba basurear de esa forma, , por qué no era capaz de irme. Me enojaba no encontrar la pareja adecuada, como lo lograba todo el mundo, siempre eran complicaciones y tormentos, nunca un tipo amoroso y normal.

Me quejaba todo el tiempo producto del mandato familiar: se han quejado mi abuela, mis tíos, mis padres y mis parejas, no me daba cuenta de que siempre tenía el ceño fruncido, era una mujer joven y amargada. Salvo cuando estaba haciendo música, entonees erauna persona totalmente distinta: reía, disfrutaba y era la payasita de las reuniones.

Un día una vieja compañera de trabajo me dijo: ¿De qué te quejás? ¡Tenés a tus padres vivos, a tu hermano, unos hijos hermosos y saludables, sos linda, agradable, honesta!. Esas palabras me resonaron en la cabeza un tiempo, de a poco fui modificando mi actitud, ¡muy de a poco! y conseguí ser una mujer feliz.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


25. ME QUIERO IR

Iba en auto a mi trabajo intentando buscar paz. Para eso me valía de la música, mientras la escuchaba hacía ejercicios de respiración consciente y profunda para enfrentar las ocho horas que me quedaban por delante.

Una vez en la oficina, hacía mis rituales con el fin de mantener a raya las emociones que me atormentaban. Cuando llegaba mi jefa, su semblante contrariado era el termómetro que pronosticaba si ese día sería más o menos malo que lo habitual.

Descargaba su tiranía sobre quienes estábamos como personal a su cargo. Para el resto, era la más simpática, graciosa y generosa. Es por eso que mi enojo crecía por partida doble; su maltrato era solapado la mayoría de las veces, en la intimidad ejercía su poder de manera arbitraria.

Muchas veces se aliaba con un par de mis compañeras y, desde mi lugar, podía notar que bajaban la voz y miraban de reojo ya que seguramente hablaban a mis espaldas. Luego supe que esa sensación era compartida por una de ellas. Yo no podía disimular el rencor que día tras días se me acumulaba. Mi mirada se había vuelto más dura, por el ceño fruncido, mis labios más finos de tanto estar mascullando. Por su parte, ella no entendía cómo podía yo ser tan ingrata si luego de cada viaje o para fechas importantes, me hacía costosos regalos al igual que al resto.

El día que marcó claramente el rumbo de nuestra relación sin vuelta atrás, fue cuando fui testigo de un maltrato que le prodigó a mi amiga Gisela. Lo observé desde la otra punta de la oficina. Por sus gestos me di cuenta de que algo no andaba bien. Luego de ver a mi amiga dirigirse al baño llorando, supe que a pesar de ser considerada una de las empleadas más eficientes y bien predispuestas, le había bajado la calificación de desempeño, disminuyendo sus ingresos, desdeñando esa diferencia que, para el abultado sueldo de mi jefa, era solo un vuelto.

Cuando me llamó para darme mi devolución, salió a la luz ese, entre otros temas que producían mi malestar debido al clima laboral que se generaba. No nos íbamos a poner de acuerdo.

Para zanjar la cuestión me miró desde su asiento:

-       - Mal que te pese soy tu jefa.

-        -Me quiero ir – brotaron esas palabras de mi garganta a la par que me ponía colorada, mi corazón latía con fuerza y mi respiración se agitaba.

-       - ¿A dónde te querés ir?

-       - No sé, a otra oficina, lo que no quiero es seguir acá.

No recuerdo cuántas veces repetí esa frase. Al irme a mi asiento, al pasar por el escritorio de mi otra amiga, Susy, la escuché decir en un susurro.

-        Muy bien.

Ella también la despreciaba, tanto o más que yo. Solo que lo sabía disimular a la perfección, con lo cual mi jefa jamás sospecharía de los sentimientos que ella albergaba en su interior. Susy los exteriorizaba con una controlada hipertensión, y cada día lo enfrentaba con ansiolíticos.

En cuanto a mí, cuando me senté en mi escritorio para continuar con mi trabajo, aún temblaba.

Paz Cabanillas (Bella Vista, Buenos Aires)

 

24. LA GUERRA CIRCO

Faltan tres meses para mi cumpleaños número diecisiete y acá estoy, esperando para ir al gran recital que se organiza para los soldados de Malvinas en el campo de rugby del club Obras Sanitarias. La entrada es “algo para los soldados”, lo que sea. Miro a través de la ventana,

llueve; no estoy de ánimo para ir porque todo esto es un gran circo. Mis amigos me están esperando, pero mientras miro este cielo tan gris, en un país tan oscuro, la ira recorre mis venas.

Vivo frente al Liceo Militar y desde el inicio de la guerra no puedo dormir porque escucho a los chicos que salen con los camiones cantando a las cuatro de la madrugada directo a la muerte. Mamá prende la radio a las seis y nos quedamos en silencio, de a ratos llorando, de a ratos maldiciendo hacia adentro, pareciera que mi sangre estuviera en estado de ebullición con esos sentimientos encontrados.

Mamá me dijo: ¡Ni se te ocurra llevar algo a ese recital! ¡Es todo mentira! ¡A los soldados no les llega nada! y estoy de acuerdo con ella. Estoy saliendo con bronca, por qué apoyar algo que me provoca ira. Pero se juntan Charly, Nito y el Flaco y Raúl Porchetto seguramente va a cantar esa hermosa canción por la paz. Los milicos prohibieron la música en inglés. Todos ellos ¿nos usarán a los pibes para su propio beneficio? ¿O es un poco de arte disfrazado? Nunca voy a entender la guerra, me angustia. Me enoja profundamente que jueguen con la ignorancia de la gente, que mientan y se hagan los patriotas. ¿De quién estoy hablando? ¿De los gobernantes de facto o de los músicos?

Bueno, en un par de meses me voy de viaje de egresados a Bariloche, eso a veces me mantiene distraída, mamá ya me hizo tres pullovers gordos de lana, el tercero lo estoy estrenando hoy, lo acaba de terminar, fueron noches enteras tejiendo mientras morían tantos chicos.

 

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

23. SÁBADO DE CARNAVAL

Todo sucedió un sábado de carnaval.

Esa mañana me levanté muy contenta, tenía la aprobación de mi papá, que esa

 noche me acompañaría al baile.

Como ocurría cada año, a la hora de la siesta los chicos de la cuadra jugábamos al agua. Por la tarde, en el club del barrio, cercano a mi casa, se organizaban desfiles de disfraces, al que siempre concurría con mis dos amigas.

Terminado el festival, nos dirigíamos a nuestras respectivas casas, cuando al llegar a la esquina nos encontramos con unos chicos conocidos y nos detuvimos a comentar sobre el baile de la noche.

Mientras lo hacíamos, por el rabillo de mi ojo, vi pasar una bicicleta, al prestar más atención me di cuenta de que era mi papá. Él siguió como si no me hubiera visto, pero yo estaba segura de que sí, lo había hecho.

Salude a los chicos y, nerviosa, caminé hacia mi casa, mientras lo hacía pensaba mil cosas para decirle, en realidad no había nada raro que explicar, pero yo presentía la tormenta,

Al llegar a casa no dije una palabra, por las dudas de que no me hubiera visto.

Mi papá estaba sentado en el patio, me miró y con el tono que usaba cuando estaba molesto, me dijo, seguido

"Ni  sueñes que esta noche te voy a llevar al baile". Traté de explicarle, a lo que respondió: "sabes que no me gusta que estés hablando en la calle con pibes".

Sabía que era una decisión tomada de su parte y sin vuelta atrás, aún así, guardé una ínfima esperanza, un mínimo arrepentimiento de su parte, pero el milagro no ocurrió.

Esa noche lo odié mucho, odié su obstinación, su manera primitiva de pensar.

Me fui a acostar enojada, triste, decepcionada. No solo estaba enojada con él, también con mi mamá y mi hermano, que no movieron un dedo para  ayudarme.

Con mi rostro mojado por las lágrimas y la música que el viento traía a mis oídos desde el club, quedaba atrás injustamente mi tan esperado baile de carnaval.

 Li (CABA)

 

22. LECHE HERVIDA

Después de mucho pensar sobre las cosas que me enojan, descubrí que muy pocas cosas lo logran de verdad o por mucho tiempo pero que sí hay muchas otras que lo hacen por ratitos. Soy pura espuma, como suele decirse.

Cuando hay algo que me parece injusto, salto como leche hervida en forma inmediata, pero de la misma manera el enojo se me va, cual baja la espuma cuando uno apaga el fuego.

Si había algo que me daba mucha rabia cuando era adolescente era que no cumplieran con lo que me prometían.

Un sábado estaba lista aguardando a que Sandra viniera a casa para quedarse a dormir. Había esperado toda la semana para esa noche de chicas. Pasaron varias horas desde las 16 en que habíamos pactado el encuentro. Preocupada, decidí llamarla. Atendió su mamá y, como era de mucha confianza, le pregunté si le había pasado algo, ya que Sandra no había llegado a casa.

-        No, está acá con una compañera escuchando música.

No les cuento cuál fue la furia que me invadió al darme cuenta de que, sencillamente, me había dejado plantada.

-Ah, me dijo que venía a dormir a casa -le respondí.

-¿A dormir a tu casa?- dijo Nelly en voz alta, por lo que Sandra escuchó y,muy fresca, respondió sin acercarse al teléfono - Quedamos para un sábado, no para este sábado.

Nelly le dijo que tomara el tubo y que arregláramos nuestras cosas. Yo le dije que no hacía falta y corté.

Sandra me llamó enseguida y me propuso que fuera a su casa, a pasar la tarde con ella y su amiga que se quedaba a dormir. Le dije que no, que yo tenía cosas que hablar con ella, no con ella y su amiga. Volví a cortar.

 Me tiré sobre la cama a llorar. Lo que prometía ser un sábado de confidencias, terminó siendo el más aburrido de la vida.

Al día siguiente volvió a llamarme para decirme que, seguramente, ella había entendido mal. Yo le respondí que seguro había sido así y que no importaba. Organizamos de nuevo para el sábado siguiente como si nada hubiera pasado.

                                                                                Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

21. TERAPIA

-Hola, Laura, adelante, ¿cómo estás?- dice Karina abriendo la puerta del consultorio.

Laura entra saludando solo con la cabeza. Y se sienta.

La psicóloga observa a Laura que mira el reloj. Diecisiete y quince.

-Te noto extraña, ¿estás bien?- le pregunta.

Y Laura le contesta que está molesta porque tuvo que esperar quince minutos. Mientras Karina busca su ficha, Laura recuerda que cuando empezaron el tratamiento, ella le había pedido que por favor fuera puntual para que los pacientes que la siguieran no tuvieran que esperar. Y ella para ser puntual hoy salió corriendo de la oficina, fue a buscar el auto, se enojó con la persona que tenía que cobrarle el estacionamiento porque no estaba en su puesto, tocó bocina al coche de adelante porque se había detenido de golpe y casi lo chocó, buscó desesperada lugar para estacionar y corrió hasta el consultorio las cuatro cuadras. Y todo para que cuando tocara el timbre, exactamente a las diecisiete, la secretaria le dijera que se sentara a esperar.

-¿Te parece que hablemos de tus enojos?- propone la psicóloga.

Laura le contesta que no, que hoy ya tenían planificado hablar de la última discusión con Edgardo, el padre de sus hijos.

-Bueno, pero antes de hablar de eso, te pido que me digas qué estás sintiendo ahora-, insiste Karina. Le dice que cierre los ojos y le describa qué le pasa a su cuerpo.

Laura accede, necesita calmarse, porque su deseo real es de mandarla a la mierda e irse. Pero no es correcto, no ganaría nada y solo la haría sentirse peor de lo que está.

Con los ojos cerrados, comienza a decir que su cabeza es un torbellino de pensamientos con ideas violentas, con necesidad de salir a los gritos. Su corazón va acelerando el ritmo y comienza a dolerle el estómago y a sentir frío. Y le dice, casi llorando, que está muy enojada con ella. Porque es injusto que después de todo lo que había hecho para llegar temprano, tuviera que esperar tanto tiempo. Laura le dice también que es consciente de que esta es una situación tonta, pero que a ella le hace perder el control. Como cuando era chica y sentía que injustamente no le daban lo que pedía, porque ella no pedía pavadas, antes de pedir algo siempre lo pensaba mucho. Pero en aquellos tiempos ella gritaba, reclamaba y la escuchaban. Después ya no pudo, porque cuando se enojaba, su cabeza empezaba a rodar por pensamientos que no se lo permitían, que le gritaban que no dijera nada, que iba a herir a la otra persona y que gritar también le iba a hacer mal a ella. Y les hacía caso, guardándose los enojos, con dolor de panza. No dijo nada cuando Edgardo tomó el bolso y se fue de su casa, ni tampoco cuando se enteró, unos meses después de fallecido su padre, que la mamá tenía el mismo cáncer pero mucho más avanzado. Cuánto enojo callado tenía, era lava en el estómago, era un tornado en la cabeza, pero era de piedra en la garganta. Odió a su madre por enfermarse, a su padre por morirse y dejarla, a su esposo y amigo de toda la vida por abandonarla en el peor momento. Odió a Dios. Y era tanto el enojo que finalmente terminó en este tratamiento de mierda para ver si lograba superar el síndrome vertiginoso que no le permitía hacer una vida normal.

Y ahí Laura se detuvo. Abrió los ojos y tomó consciencia de que estaba con Karina. Se sentía exhausta. Sentía como si hubiera recorrido su vida entera. Le pidió a la psicóloga que hablaran de la discusión con su ex en la próxima sesión. Se puso de pie, tomó la cartera y salió. Pero antes miró el reloj. Eran las diecisiete cuarenta y cinco. Media hora de terapia había sido suficiente.

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

20. TÍA BABE

Una de las personas que más me enojaba era mi tía Babe. Eran tres hermanas: mi mamá la menor, Babe, la del medio. Vivían temporariamente en Bella Vista, pero cuando murió su hijo mayor, Néstor, regresaron a Capital.

Mientras nosotros vivíamos en Mar del Plata, solo la veíamos para las fiestas y en el verano, cuando venían a visitarnos, en Los Acantilados. Lo pasábamos bien todos los primos juntos. Pero desde que nos mudamos a La Plata íbamos todas las semanas a verla. Mamá decía que teníamos que acompañarla en ese momento tan difícil en que no sabían nada de Paty. Habían hablado con muchos conocidos, pero parecía muy difícil que volviera en poco tiempo. Tenían mucho miedo, porque sabían que también estaba la posibilidad de que la hubieran matado.

Mi tía era la más linda de las hermanas, se enorgullecía contando que había sido la reina de la Primavera en Salta. También era la que tenía mejor casa, la más lujosa. Cuando ella decía algo, nadie le discutía. Claro, menos yo. Mi tía Siempre criticaba lo que yo hacía y lo que me ponía. Le decía a mamá que Inés y yo éramos malcriadas, que siempre hacíamos lo que queríamos. Y mamá no le respondía, aunque no opinara lo mismo. Y no me dejaba contestarle. Decía que siempre había sido así, pero era su hermana, y ella la aceptaba con sus defectos.

Un día  le pedí a mamá permiso para llevar a Ricky, mi novio, a Capital. Cuando llegamos, mi tía no lo podía creer, delante de él comentó que no le habíamos avisado, que no veía bien que yo paseara sola con él. En ese momento me callé para no ponerlo incómodo. Tuve que esperar hasta la semana siguiente para decirle que era una maleducada, que yo, desde chica había ido obligada a su casa, donde siempre me sentí incómoda. Después me arrepentí. Pero ya estaba dicho. Esperaba que ella se enojara y me dijera algo para no sentirme tan mal. Solo me miró y me habló suavemente diciéndome que era igual a mi prima, los mismos ojos de fuego, la misma dureza. Y sentenció: “Mirá tus dedos, te comés las uñas como ella, hasta te comés la uña del mismo dedo que ella pero con más fuerza. Te miro a vos y recuerdo a Paty. Por mí, prefiero que no vengas”. Fue muy triste ese día porque entendí por qué me hacía tantos desplantes.

No fui por bastante tiempo a su casa, hasta que un día me invitó a salir de compras, porque me quería regalar el vestido de egresada. Aunque de vez en cuando me hacía alguna crítica, sus comentarios no me molestaron más.

 Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

19. REVISTA BILLIKEN

Estaba en cuarto grado, era la semana previa al veinticinco de mayo. En el colegio estábamos preparando el acto y yo estaba organizando una clase especial. Este tema me entusiasmaba mucho, aunque historia no era mi materia preferida.  Pensaba hacer láminas y llevar fotos del Cabildo que había sacado papá en las vacaciones de invierno del año anterior. Iba a llevar un abanico, un vestido de dama antigua y castañuelas, que me había regalado Margot, la amiga española de mamá. Para esa clase, además, mamá me iba a preparar pastelitos de dulce para repartir.

Todos los sábados al mediodía, el señor del kiosco nos traía la revista Anteojito y un fascículo coleccionable del Libro Gordo de Petete. Inés había elegido la revista y yo la colección de Petete, cuyo tema era ciencia explicada a un nivel infantil. Esa semana yo había escuchado infinitas veces en la televisión la publicidad del Billiken que ofrecía muchísimo material sobre la semana de mayo. Y yo la quería, la necesitaba, ya no iba a poder dar mi clase sin la revista Billiken.

Entonces le pedí a mi mamá que, por esa única vez, en lugar de comprar Anteojito comprara Billiken. Inés reaccionó enseguida diciendo que no, que a ella no le gustaba,  y mamá la aprobó explicándome que yo ya había decidido comprar los fascículos de Petete. No hubo manera de convencerla. Le rogué, le supliqué, le expliqué que Inés no leía la revista. Nada sirvió para convencerla. De todas maneras, en el fondo, yo creía que, finalmente, iba a acceder a mi pedido.

Llegó el sábado, sonó el timbre y corrí a atender al kiosquero. Me entregó todo y cuando vi que mi Billiken no estaba, sentí que el estómago se convertía en lava. Casi no podía respirar, ni gritar, ni llorar. Corrí hacia mamá, que se estaba vistiendo para ir a comer a Ambos Mundos el puchero, le tiré las revistas, y comencé a llorar. “¡Mala, mala, mala!. Yo necesitaba el Billiken. Inés es una tonta que no lee nada. No me hables nunca más. No voy a ir a comer”. Me tiré en la cama a llorar sabiendo que ya nada podía hacer. Mamá me dijo que me vistiera porque era la hora salir. Quiso peinarme y yo le saqué las manos de mi cabeza. Como me negaba a vestirme, intentó vestirme ella, pero no la dejé. Se me acercaba para darme la ropa y yo se la tiraba. Hasta que finalmente tuve que acceder, pero salí sin peinarme, llevando parte del pijama puesto. Era injusto. Era solo una vez. Las mejillas me ardían. Caminábamos hacia el restaurante, mamá con Inés adelante, y yo atrás, llorando.

Llegamos y papá nos esperaba como siempre, en la misma mesa, con una sonrisa,  ajeno a todo lo que nos pasaba. Ya había hecho todo el pedido pero yo le dije entre sollozos que no iba a comer, que mamá era muy mala, que no me quería. Ella le explicó que yo había elegido a Petete, y que no podía comprarme todo lo que se me ocurriera. Él nos escuchaba, al principio sin entender de lo que hablábamos. Pero entre el llanto percibí un gesto en él que me indicaba que no estaba de acuerdo con mamá. Me había ganado un aliado. Y sucedió lo esperado, papá enojado, le preguntó a mamá por qué no me había comprado la revista que quería. Luego mamá se enojó con él, y así terminamos el almuerzo sin postre y sin ir a patinar, como todos los sábados.

Mamá se fue a casa con Inés y papá me prometió que él me iba a conseguir la revista, que lo acompañara. Yo trataba de explicarle que era tarde que seguro que estaba agotada. “Vamos a ver”, me dijo, y nos subimos al auto. Recorrimos la ciudad sin éxito hasta que finalmente, cerca del Puerto, logró comprar mi ansiada revista.

En el camino de vuelta lo acompañé a comprarle un chocolate a mamá. Me pidió que le ayudara a elegir. Yo no le hubiera comprado nada a ella, pero igual lo ayudé. Y fue una buena idea porque cuando mamá vio que entramos con el chocolate, nos sonrió.

 Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

18. SIN MOTIVOS

Tengo pocos recuerdos de mi casa pequeña y muy básica. antes de la refacción, Luego se transformó en la más linda del barrio. De esa primera etapa recuerdo un día de lluvia, donde la inundación llegó adentro y yo, desde mi cuna grande, veía el agua en el piso.

Cuando la arreglaron a mí me tocó un cuarto amplio, pegado al de mis padres, con dos camas gemelas -heredadas de alguien- ,una para mí y otra para la visita. A mi hermano le tocó el cuarto en contrafrente, alejado por un pasillo, con un placard enorme y muebles nuevos. Le compraron un escritorio, cama y mesa de luz.

Lo recuerdo sentado, estudiando, o leyendo el “Lo sé todo”, que a veces me prestaba. Yo tenía que hacer la tarea en la mesa de la cocina o, cuando no hacía frío, en la galería.

Nuestra edad (me llevaba cinco años y medio)  sexo parecían justificar la diferencia en la mirada de mamá. Yo lo quería y admiraba: era mi héroe, mi contador de historias inventadas y mi defensor ante cualquiera que me molestaba. Pero yo sentía celos por esa marcada diferencia. Un día mientras él leía, me acerqué por su espalda y le di un golpazo en la cabeza con el palo de la escoba. Él me la devolvió y yo lloré. Cuando mamá preguntó y supo lo que había pasado me dijo que me la aguantara. No había motivos.

Cristina (CABA)

 


17. MI HERMANITO Y YO

Mi hermano menor conocía bien la manera de hacerme enojar. Me molestaba continuamente, dándome pequeñas palmadas y alejándose rápidamente, y por más que le suplicara una y mil veces que se detuviera, él volvía a sus andanzas, hasta que obtenía lo que buscaba: que yo explotara. Y entonces podían ocurrir dos cosas, o que yo lo alcanzara y lograra darle un manotazo, o bien que pegara un  grito de bronca por la impotencia. Lo peor de todo es que casi siempre era yo la que me ligaba los retos, cuando le llevaba solo dos años y él era el que había empezado a molestar, así que esto  me llenaba de ira.

Otra forma habitual que “mi hermanito” había encontrado para mortificarme era señalarme de cerca con el dedo índice, casi rozando mi rostro, retirándose luego, porque percibía que en cualquier momento podía ligarse un cachetazo. Igual esto no lo amedrentaba, sino que continuaba, hasta que el “chiste” inicial solía terminar a los golpes. Y así una y otra vez tenía que sufrir luego yo, en carne propia, las penitencias, como por ejemplo, no poder salir a jugar con mis amigas. Un enorme fastidio con el que yo tenía que convivir casi diariamente.

La última de estas peleas, luego de un tiempo en que no se daban, ocurrió alrededor de mis quince años. Hoy recuerdo la patética escena con una sonrisa y a veces la comento como algo cómico, pero en esos días no lo sentía del mismo modo. Transcurría la hora del té y estábamos en la cocina, de tamaño bastante reducido, por lo cual la mesa rectangular se encontraba apoyada contra la pared. Yo me había puesto a hacer unas tostadas para acompañar el té, o el mate, aunque no era aún mi costumbre tomar mate, lo que sí ocurriría años más tarde, cuando entré a estudiar en la universidad. Mi hermana mayor estaba sentada en el extremo opuesto de la mesa al del aparato para cocinar, cerca de la puerta de acceso y José, su novio, al medio (ellos se casarían un año después, a sus diecinueve). A medida que iban saliendo las tandas de tostadas, las iba colocando en la panera. Hasta que entró en la habitación Manuel, mi hermano, y empezó a “robarlas” y a huir con ellas, algo parecido a lo que solía hacer de niño. Yo le rogué que no siguiera sacándolas hasta que no terminara de prepararlas, pero él continuó con esa molesta acción. Súbitamente, no recuerdo cómo, nos trenzamos a manotazos, desde ambos extremos de la mesa y, como consecuencia de ello, mi cuñado “voló”, con la silla, hacia atrás. Entre la bronca y la impotencia que tenía en ese momento, ni siquiera sé si le pedí disculpas al pobre José, pero sí que allí me di cuenta de que ya no podría continuar con esas peleas físicas con “mi hermanito”, porque su cuerpo ya estaba adquiriendo la musculatura y las fuerzas propias de la adolescencia masculina y, por añadidura, mis dos años de diferencia en edad ya no eran más ninguna ventaja.

Luego de ese altercado, no sé si continuamos discutiendo, pero sí tengo noción de que mi relación con Manuel se volvió imperceptible, casi nula, o quizás ya era así y, por tal motivo, él buscaba la forma de llamar mi atención. Tiempo después, ya adultos, mis hermanos tuvieron una discusión subida de tono y difícil de dar vuelta atrás, ya que estaban involucrados ambos cónyuges, así que por muchos años no se dirigieron la palabra. Así que yo, que de chica solía ser “la tercera en discordia”, ya que mi  hermanito era el protegido de la mayor, terminé siendo el nexo entre ellos y relacionándome con ambos, en algunos períodos en forma más amena que en otros. Actualmente, ambos se comunican de vez en cuando, aunque con cierto recelo. Por mi parte, la  relación con mi hermano es bastante cordial, mientras que es más fluida con Carla, la mayor. Ella vive actualmente en la ciudad de Tucumán, distante unos seiscientos kilómetros de aquí, pero nos visitamos cada tanto, y solemos tener largas conversaciones telefónicas. Debido a la pandemia, ella no ha podido viajar a Córdoba durante el verano, como acostumbraba a hacer (también ella conserva algunos amigos por aquí), pero es probable que venga cerca de fin de mes, según me comunicó en el día de ayer, así que espero verla pronto.

Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)

16. TRAICIÓN

Tenía seis años cuando me enojé con mi madre. Aquel día me pasó a buscar por la escuela. Al verla sentí que era una desconocida y el llanto tragó mis palabras, expresando todo a través de las lágrimas.  Al llegar a casa me escondí debajo de la cama, no quería verla. Mi mamá se había cortado el pelo. Me quedaría allí por un rato, no quería encontrarme con lo ocurrido.  Su pelo largo y su brillo ya no estaban, cómo entenderlo, ¿cómo aceptarlo? Demasiado difícil para mi corta edad.

 Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)

15. IRA

Creo que fue la primera vez que sentí tanto enojo, bronca, ira. A los trece años. Mi novio estaba hablando con dos chicas en una mesa del Neptunia, un club náutico al que solíamos ir por las tardes de verano. Yo no las conocía y me sentí una idiota ahí sentada en la mesa de al lado, ellos se reían, ¿de qué se reían?  ¡Temblaba mi cuerpo y me sentía enfurecida!! Ah, ¡nooooo! Este ridículo yo no lo hago más, pensé y tomé mi mochila y me fui. Por supuesto Santiago salió atrás de mí explicándome que solo eran amigas. Yo no lo escuchaba, estaba muy enojada, él me había puesto en ridículo. Se había olvidado de mí.

  Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)

 

14. ADOLESCENCIA DIFÍCIL

Tuve una adolescencia difícil. Apenas ingresada en ella, a mis catorce, un primer amor fallido, Fernando, me enmarañó la existencia, y entonces el enojo se apoderó de mi alma. En realidad, el romance no duró mucho y al comienzo fue tierno, pero todo se complicó cerca de un año después, cuando una chica del grupo del barrio, al que él también pertenecía, me vino a preguntar si a mí no me afectaba que ella se pusiera de novia con Fernando. Como yo ya no tenía nada que ver con él (era una manera de decir, yo seguía embobada con el sujeto), me hice la desentendida, como que no me importaba y le respondí que hiciera lo que a ella le parecía. ¿ Me venía a “pedir permiso” para hacer algo que ya habían ambos decidido? No lo sé, pero sí me llené de bronca, aunque nunca pude expresarla.

Continué un tiempo más frecuentándome con el mismo grupo, especialmente con Carmen, la hermana de Fernando, a quien soportaba con tal de seguir viéndolo, hasta que poco a poco me fui alejando de todos. Pero no ocurrió lo mismo con la furia, que ya se había apoderado de mi espíritu. Como no podía expresar el enojo cuando estaba con mis amigos (quizá porque a esa edad temía quedarme sin ellos), lo demostraba en casa. Mi mamá, con quien casi no tenía comunicación, me enojaba, especialmente su carácter tan meticuloso y molesto. También me enojaba con mi papá, con quien ya me había distanciado desde aquella vez, cerca de finalizar la escuela primaria, en que él me hizo devolver un premio literario que yo me había ganado. Además, mi impresión era que él solo se dedicaba a prohibir, y ninguno de ellos me brindaba apoyo afectivo alguno. Así, la furia también se descargó contra la escuela secundaria, la cual me parecía demasiado tradicional y “castradora”. Entonces pasé de ser la niña tímida y estudiosa, a la adolescente rebelde y taciturna.

A pesar de este recelo contra el colegio, allí no todas eran pálidas. En general me llevaba bastante bien con el numeroso grupo de compañeras y entre ellas estaban mis amigas más íntimas. Tal es así, que con dos de ellas continúo frecuentándome , cuando la pandemia lo permite, y con algunas otras, hacemos juntadas cada tanto.

También me daba algo de bronca y tristeza que no lograba encontrar “mi media naranja”, como se decía en esos años. El hecho era que, cuando salíamos a alguna fiesta o boliche (entonces las entradas se adquirían por parejas), mis amigas solían estar bien acompañadas, mientras que yo seguro me “ligaba” algún amigo de ellos, con el cual nunca congeniaba. No es que no tuviera ningún “pretendiente”, sino que estos no coincidían con mis preferencias, así que, en definitiva, me sentía cada vez más sola y esto no hacía más que aumentar mi enojo con la vida.

Todo continuó más o menos así, hasta que ingresé en la Universidad. Pero apenas yo había logrado encauzar mis impulsos en movimientos sociales, se desató la terrible dictadura que asoló al país por siete largos años. Así, tuve que esconder mis preferencias sociales y políticas para resguardar mi vida y mi integridad. Pero en mi interior, esto no hizo más que incrementar la furia.

Durante esos años universitarios fue que conocí a alguien especial, quien me hizo sentir que podía confiar nuevamente, y me enamoré de él como nunca lo había hecho antes. Después vinieron el matrimonio, los hijos y, si bien no todo ha sido “color de rosa” como en los cuentos de hadas, la antigua “furia adolescente” se transmutó en amor por esas pequeñas vidas, a quienes debía proteger y educar.

 Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)

 

13. LA MADRE SOY YO

Mariana llegó a nuestras vidas, después de quince años de casados, y todo fue felicidad. 

Después de lo que yo llamo un “embarazo de papeles” de casi tres años, Dios quiso que llegara. 

Cuando entramos en casa, con ella en los brazos, nos cruzamos de casualidad, a mi vecina del “C” que se puso a llorar de emoción, nos abrazó y nos bendijo. 

Ese mismo día, mi suegra tomó un taxi con el que cruzó media ciudad para conocerla. 

Mi suegro no podía venir porque estaba en silla de ruedas.

Mi mamá y mi hermana esperaron a que yo se las llevara. 

Mi suegra lloró de emoción. ¡No lo podía creer! Estaba contenta. Pero ahí mismo empezaron las preguntas. 

Ella conocía desde el primer momento  nuestra decisión de adoptar pero estaba muy curiosa por saber demasiados datos que solo para nosotros y la bebé eran importantes. No quería despegarse, la tuvo en los brazos todo el tiempo y se fue después de que mi marido sacó unas cuantas fotos. 

El primer fin de semana la llevamos a que la conocieran mi mamá, mi hermana y mi cuñado. Yo lloré mucho de emoción porque pensé en mi papá que había fallecido cuatro años antes y estoy segura de que hubiera llorado como un chico de solo verla. 

También se la llevamos al abuelo Nino, que era duro de carácter, pero que a partir de ese día se convirtió en un dulce de leche con su nieta. 

Empezaron entonces los comentarios de mi suegra, generalmente en la cocina preparando el mate o sirviendo la comida, pero siempre buscaba la oportunidad de que estuviéramos solas: 

  • Que la peluquera tenía un bebé re gordito porque la mamá le daba el pecho. 
  • Que por qué no decíamos el punto exacto donde había nacido, ella conocía gente del interior y a lo mejor ubicaban el lugar.
  • Que si todos los trámites habían salido bien. 
  • Que si el nombre lo habíamos elegido nosotros. 

 Mi marido se acercaba porque sabía que iba a insistir con el tema de la adopción y yo me la bancaba para que no discutieran. 

Hasta que llegó un día en que estábamos pasando un lindo momento los cuatro con la nena y ella rompió el hielo diciendo: Che, ¿no saben nada de la madre?

Ahí mi cara se transformó, todos quedamos mudos y yo le contesté: La madre soy yo, y no me lo vuelva a preguntar más.

Ella sabía cuánto me dolía y salió del paso riéndose. 

Llegaron las primeras fiestas con Mariana y fuimos a almorzar el 25 de diciembre. 

Ellos, no religiosos, festejaban poco. Pero, claro, ese año había un lugar nuevo en la mesa. Todo,como siempre, en estos casos fue hablar de los progresos de la bebé. A mi marido y a mí nos daba ternura lo baboso que estaba mi suegro, como “ Nono”, así anunció que quería que le dijera. 

Ya terminado el almuerzo Mariana dormía en el moisés y en medio del brindis con choque de copas mi suegra llorando se acercó a la nena y le dijo, haciendo un gesto de actriz dramática: ¡Ay, nena! Tan bonita… ¿Cómo tu madre pudo dejarte?

Lo primero que sentí fue un nudo en la garganta que me impedía hablar. Se me caían las lágrimas, pero, creo que por primera vez en mi vida, corriendola a mi suegra del moisés y cargándolo para irme sola, me salió un insulto o varios y le dije que nunca más nombrara a ninguna madre. 

Tomé la cartera, el moisés con mi hija y aunque mi suegro se puso a llorar y mi marido pedía calma abrí la puerta y tomé el pasillo rumbo al ascensor. 

LA MADRE SOY YO. 

Florencia Zaldívar (CABA)

 

12. ENOJO BAJO CONTROL

Escrito en mi diario: Dos fechas importantes. 

24 de junio 1969

Hoy todos nos levantamos temprano, la casa está alborotada. 

A la noche, vienen todos mis tíos y primos porque mamá y papá cumplen veinticinco años de casados.

Ellos dicen que es una fecha importante y que ningún matrimonio debería dejar de festejarlo. 

Yo, estoy contenta porque Aldo, el novio de mi hermana, trajo el Winco, y algunos discos, y me prometió que me lo va a dejar. 

Mamá dice que es una reunión sencilla, pero yo ya estoy pensando, cuando lleguen Mirta, Jorge,  Fernando, y mi prima Haydeé que no va nunca a ningún lugar de visita y hoy va a venir. 

Cuando llega la  noche la casa es pura algarabía. Los chicos y yo escuchamos música en el Winco.

Aldo, que también trajo cámara de fotos, accede a sacar solo una o dos de toda la familia. Y hasta mi papá que no baila, se anima a posar con mi tía haciendo la famosa “sentada”. 

Para todos fue una noche inolvidable y feliz. 

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15 de mayo 1971

Anoche no pude dormir de emoción, hoy cumplo quince años. 

Estoy esperando a ver qué me regalan , quién viene, quién me llama. Mi tía Ana, me mandó flores, con florero y tarjetita. 

Mi cuñado, como cada año, me regalpó un dije para mi pulsera. 

Mi tía Carmen, la única  que vino, me dio plata para que me compre lo que yo quiera. 

Mis compañeras de grupo del cole me compraron un pijama negro y blanco. 

Llaman pocos, ni mi madrina se acordó. 

Mamá como siempre le encarga a papá que traiga sanguchitos de miga y la tarta de manzana que nos gusta a todos. 

Bueh, se terminó el día. 

A dormir, mañana hay que ir al colegio. 


Hoy insulté a mi madrina porque no me felicitó y a mi mamá por haberla elegido. 

A los que no me llamaron por mi cumple. 

Destrocé el pijama blando y negro que me regalaron mis compañeras.

Se me hizo un nudo en la garganta, quiero gritar y no me sale. Quiero salir corriendo y no puedo. Me sale fuego por todo el cuerpo. Pateo, lloro, rompo cada cosa que tengo en mi mano. Siento angustia, ira y furia. 

El pulso está acelerado. y Ahí me desperté.  

 Florencia Zaldívar (CABA)


11. DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

Era un domingo a la hora de la cena. Yo tenía unos tres años y estaba en la búsqueda del frasco donde mamá guardaba los caramelos de colores que tanto me gustaban.

Después de un rato largo, al no encontrarlos, me di por vencida y decidí pedírselos a ella.

-        Nada de caramelos a esta hora. Hoy ya comiste, además es la hora de cenar.

-        Por favor, mami- le rogaba haciendo puchero.

-        No, no. Andá a lavarte las manos que ya vamos a comer.

-        -¡¡No quiero comer comida!! ¡¡Quiero caramelos!!- protesté cruzándome de brazos en señal de disconformidad.

-        -Empiezo a contar…uno, dos….

Y antes de que dijera tres, golpeé la puerta de mi habitación, furiosa.

A los pocos minutos, pasé por la cocina, muy decidida, con una bolsa colgada del brazo, rumbo al largo pasillo que me llevaba a la puerta de calle.

-        -¿Qué lleva ahí? - preguntó mi papá, que hasta ese momento no había participado de la escena.

Orgullosa, abrí la bolsa mostrándole el contenido: mi muñeca preferida, mi pijama y la mamadera.

-        -¿Adónde va? – siguió interrogándome.

-        -A la casa de Angelina- le respondí orgullosa. (Angelina era nuestra vecina)

-        -¿Lleva plata?- me desafió mi papá.

-        -No- le respondí asombrada.

-       -Tome- prosiguió, dándome un billete de diez pesos- ¡Que le vaya bien!- me despidió firmemente con una mueca divertida.

Yo no le veía la gracia, estaba muy enojada.

Salí rápidamente por la puerta del living y comencé a recorrer el pasillo. Habría caminado unos diez metros, cuando de repente se apagó la luz y quedó todo en una profunda oscuridad.

Muerta de miedo, volví sobre mis pasos y entré velozmente a casa.

-¿No se iba?- preguntó papá, muerto de risa, mientras mi mamá servía la cena y me miraba disimuladamente.

- Mejor me voy mañana- le respondí, altiva.

Y me senté a cenar.

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

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10. MI TESORO

Me gusta leer. Tengo libros de todas las formas y colores. La tía Tita me regaló hace poco para mi cumpleaños número diez “Bambi”, en inglés, y yo quisiera saber leerlo así, tiene los dibujos de Disney.

Mi mamá me regaló el año pasado dos disquitos que vienen con el librito: uno es “La Cenicienta” y el otro “La dama y el vagabundo”; Dani y yo coleccionamos unas revistas del Pato Donald y me encantan las historietas. Tengo libros de todo tipo, tengo una colección para chicos con cuentos de la Mitología griega, historias de princesas raras, de reyes pobres, esta es la colección que más me gusta. Me encanta leer en voz alta, sola en la pieza, y cuando llega el momento de los diálogos, hago las voces, también le leo a mi primita Paula, ella tiene cuatro años. Mis libros están acomodados en la biblioteca del mueble nuevo, de color naranja y blanco ¡Qué suerte que mis pápás arreglaron mi pieza!, un lado es el mío y el otro, de Dani.

Arreglo los libros de mayor a menor, los cuido, pero ¿saben qué hizo mi mamá? Resulta que fuimos a la casa de la tía Irene, la mamá de Paula, y cuando yo entré a la pieza… ¡estaban mis libros! Una furia me corrió por adentro, mi cabeza estaba por estallar, mi corazón latía muy fuerte, quería gritar pero no pude decir ni una sola palabra, fui al baño y me puse a llorar de la rabia que tenía. Mi mamá es mala me quita mis juguetes, los tira o los regala y no me pregunta. Muchos días me duró la bronca y no le pude decir nada a esa vieja bruja, ¡la odio!, ¿cómo le voy a decir que me robó mi tesoro?... ¡Maldita! ¡Ojalá se muera! ¡Lo único que ella quiere es tener todo limpio y ordenado y no le importan las personas! Me tiro a llorar arriba la cama.

¿A ver? ¿Qué libros me dejó? La colección esa linda, los libros de Disney, bueno, todos los libros más caros, con tapas duras y dibujos espectaculares, se ve que para ella es más importante lo que sale el libro que la historia… Voy a esconder mis muñecas, mi otro tesoro…¿Pero dónde? ¡No hay lugar!, mi casa es muy chica, bueno en cuanto pueda se lo digo…

 

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


1. ¡QUIERO BAILAR!

 

Me gusta bailar cualquier cosa, twist, folklore, danzas clásicas, lo que sea.

Mi sueño es ser bailarina. En el club bailo folklore, en el carnavalito me ponen adelante, me disfrazo de coya y me queda lindo. Me siento feliz. A veces me toca con Eduardo, pero es mi hermano, lo lindo es bailar con Cadabal o con Rulito. ¡Quien tiene la culpa de todo, Cadabal, Cadabal!, le cantan, pero es porque lo admiran, siempre está en el medio de los líos, pero también es capitán del equipo Robinsones y es el mejor en todos los deportes. Siempre primero y además es divertido y, por si fuera poco, es lindo. También actué en Don Pedro y el Lobo en donde hice de pájaro y bailé, poquito pero bailé.

Mi sueño es ser bailarina. Para cumplirlo soy primera en el cuadro de honor. Estoy en cuarto grado y la señorita María Teresa a mitad de este año me nombró abanderada y eso que mi mamá no le regaló unos aros de oro como la mamá de Lidia para el día del maestro. Siempre a principio de mes voy corriendo con Patricia por los pasillos del colegio para ver cómo figuramos en el cuadro de honor, siempre las dos entre las cinco primeras. También escribo bien y la composición sobre la tapa del Billiken, esa de la nena que se le quema el vestido con la plancha por estar leyendo una revista, me valió un diez. Pero también me gusta gimnasia pero, por sobre todas las cosas, lo mejor para mí es bailar. Lo hago en los actos del cole, me toca bailar la chacarera sobre el estrado con otras tres compañeras, dos hacen de gauchos y dos de paisanas, ellas con disfraces de color rosa a cuadritos, camisa blanca y pañuelo celeste en el cuello. Me encanta que me miren. Y, además, Antonio Carrizo el locutor famoso que es el papá de una compañera presenta la función. ¡Qué orgullo tengo!

Mi sueño es ser bailarina. Le pido a mi mamá que me lleve a danza en la academia Margarita que está a tres cuadras de casa, cerca muy cerca. Lo consulta con papá y me dicen que sí, pero que no descuide la escuela. Qué pavada. No voy a dejar nada, nunca abandono nada. No entiendo por qué me pelean. Lo único que sé, es que quiero ser bailarina.

Voy solo una vez por semana a danzas, porque también tengo que ir a piano a lo de la señorita Coca enfrente de casa, para que mi papá se ponga contento de que sé tocar la “Para Elisa” y alguna vez toque un concierto de Chopin o Beethoven para él. No me gusta nada el piano, repetir escalasde siete notas del do al sí y del sí al do, veinte veces y de nuevo. Un sufrimiento. Me libero cuando Coca me dice que vaya a buscar tréboles de cuatro hojas a su jardín. Creo que sabe que no me gusta el piano y, de puro cabezona, encuentro tréboles de cuatro hojas. No solo piano, también fui a lo de Coca a aprender a leer y escribir a los cuatro años y por eso me aburrí tanto en primer grado. Mientras algunas nenas se hacían pis en la clase, yo ya estaba adelantada. Adelantada y aburrida. Fue un verdadero fastidio el colegio en primer grado, en cambio el baile, nunca me cansa.

Mi sueño es ser bailarina. Y cada día avanzo un poco más en la academia. Empecé con las posiciones, primera, segunda, tercera, cuarta y quinta. La que más me gusta es la cuarta posición, porque desde allí salen los más hermosos pasos, los que te hacen volar y caer con gracia. Imagino que algún día podréusar las zapatillas de punta. Aprendí plié, demi-plié y grand-plié; relevé y jeté. Y lo máximo, el pas de chat que quiere decir saltar como un gato, aunque siempre con el ballet me siento un pájaro. Bailo en la academia, en casa y en cualquier momento y lugar, con toda la música,aunque no sea clásica. En casa se escucha mucha música. Mi papá llega de trabajar y pone conciertos clásicos fuerte, muy fuerte. Eso no me gusta tanto, pero bailo igual sin que nadie me vea.

La profesora me dijo que tengo mucha gracia y que si sigo así puedo tener un papel muy importante en la exhibición de fin de año. Para eso practico todo el tiempo, y nunca falto a clase. Mi abuelo Juan me llevó al Colón a ver el Lago de los Cisnes. Lloré de emoción ese día.

Hoy volví un poco transpirada y algo cansada de la clase de baile. Practiqué todos los pasos y ensayé mi papel principal para la muestra de fin de año, a la que irántodas las familias y se hará en un teatro de Villa Devoto, cerca de donde vivimos. Me tiré en el sofá del living y, raro en mí, me quedé dormida antes de bañarme, así como estaba, con la malla y las zapatillas de media punta. Me acabo de despertar. Mamá está hablando por teléfono, mi hermano jugando al fútbol en la cortada y llega papá del trabajo. Me mira de costado y pasa de largo.Me extraña, pero como recién me desperté recojo la bolsa y me voy a bañar.

Durante la cena, el ambiente es raro, algo serio, ninguna noticia o comentario; entonces papá me dice de golpe: lo charlamos con tu mamá y decidimos que no vayas más a baile clásico porque te agota y puede influir en tu rendimiento escolar. Silencio. ¿Rendimiento escolar?, nunca escuché esas palabras, pero me imagino lo que quieren decir. Estallo en furia, me levanto de la mesa llorando y gritando les digo: ¿pero ustedes no entienden que yo quiero ser bailarina?, es lo único que me gusta. Ustedes son malos, hago todo bien y me sacan lo que más deseo. Ustedes no me quieren y pegando un portazo me voy a dormir entre llantos. Sé que no hay vuelta atrás después deesa reacción y que allí se acabó mi futuro como bailarina. No puedo estar más enojada. No pueden ser más injustos. Todo lo hago bien y lo que más espero me lo niegan. Entonces sin pensar en las consecuencias, agarro mis zapatillas de media punta y las tiro por el incinerador, le doy un tijeretazo a la malla de baile. Pero también rompo la partitura de la Para Elisa. No pienso ir nunca más a piano.

Alexis de la Fuente (Buenos Aires)

 

 

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