45. MENSAJE EQUIVOCADO
Ese día había sido un día fatal en la escuela a distancia. La vice piola estaba medio sacada. Si era difícil tratar con ciertas docentes personalmente, en forma virtual aún peor. Terminaba de discutir por teléfono con una maestra cuyo compromiso y responsabilidad con los alumnos no existía. Ya estaba harta de sus excusas banales para no dar clases. Terminada la comunicación, fuera del horario escolar, por supuesto, como acostumbraba a hablarme ella, corté. Me calmé y me predispuse a escribir el último mensaje del día al grupo de la escuela, que tenía que ver con el fallecimiento del papá de una compañera.
En eso recib;i un mensaje de mi mejor amiga, que también era maestra de la escuela y nos pusimos a “chusmear” de los últimos acontecimientos. Después de escuchar varios audios de ella, entre tantos, había algunos dedicados a esta compañera que mencionaba antes. Y ahí arranqué de nuevo defenestrándola, con tanta mala suerte, que el microfonito que apreté era del grupo de la escuela. Entraron a llamarme, mandarme mensajes para que lo borrara. Tarde…ya lo había escuchado la susodicha, me quería morir de la vergüenza.
Hablamos por privado, le pedí disculpas, aunque sostuve que opinaba eso que había dicho.
Las cargadas de mi compañeros fluyeron a borbotones en mensajes, para los otros era gracioso, yo no lo podía superar.
Mi gran problema es que la lengua me va más rápido que el cerebro. Esta situación es diaria en mi vida.
Mari (Neuquén, Neuquén)
4444. TODO VERGÜENZA
Si bien todo me daba vergüenza debo reconocer que siempre tuve una coraza para hacerle frente, por lo menos en la mayoría de las veces. Muchas a través del humor y otras con el enojo y enfrentamiento.
Me daba vergüenza tener padres grandes, viejos, pero sobre todo viejos de espíritu, de mente, de personalidad. Donde todo era tabú: la sexualidad, la ropa, las actitudes, en especial para mi madre. Porque hoy me pongo a pensar y ella me tuvo a mi a la edad que yo tuve a mi hija menor. Siempre observaba a las madres de mis amigas, si bien eran más jóvenes y con niños pequeños (algunas), como se vestían y, sobre todo, como conversaban de todos los temas con ellas.
Me daban vergüenza las demostraciones públicas, hacerlas o recibirlas. Era muy raro que besara a mi novio en público o me abrazara con alguien. Incluso siendo madre adolescente no amamanté a mi hija para no sacar la teta en público. No usaba malla ni short, a pesar de tener buenas piernas; menos, escotes. Una vez, trece años tenía, fui a catequesis para la confirmación en musculosa. El cura, delante de todos, me dijo que así no se entraba a la casa de Dios. Nunca más las usé hasta entrada en años.
Me daba vergüenza mi cuerpo porque ya tenia tan incorporado que era la gorda del pueblo, que sentía que todo me quedaba mal. Hoy daría mucho por tener ese cuerpo. Pero uno entiende y se amiga con todo esto cuando los años marcaron un camino.
Pero a pesar de todo le puse el pecho a las balas, como decían en mi pueblo. Participaba de todas las jodas, actuaba en obras de teatro en el secundario, me vestía a la moda, tenía pretendientes o sea que seducía y si quería herir a alguien y darle en lo más profundo porque me había ofendido,también lo hacía muy bien.
Mari (Neuquén, Neuquén)
43. SE ME ESCAPÓ DECIRTE
Yo y mi vergüenza a hablar, a moverme en el silencio ante mucha gente. Bueno, qué voy a pretender no avergonzarme si fui criada por una mujer para quien todo era vergonzoso.
Tenía cinco años, fue toda la familia a la misa de Santa Rosa, un treinta de agosto. La iglesia (donde fuimos bautizados mis hermanos y yo) estaba en “Las Lagunitas”, alejada de nuestro campo. En el lugar solo estaba la capilla, la casa que correspondía a la misma, la escuela y el enorme salón donde todos los años después de la misa, se realizaba la cena con baile. ¡Era la fiesta! Se reunían todos los colonos y pueblerinos de Morrison y Ordoñez (mi pueblo).
Mi amiga, vecina, y yo, estábamos sentadas en la segunda fila de bancos de la iglesia con otros nenes. Yo estrenaba ropa como todos los años para ese acontecimiento. En esa oportunidad un jardinerito, polera y botas. Todas las mujeres y niñas teníamos una mantilla en el pelo, nunca supe por qué. La de mi mamá era hermosa, negra, toda bordada, que mi abuela había traído de Italia. Hoy la conservo, no sé para qué, pero la conservo.
Ya salí de mi casa con ganas de hacer pis, lo noté cuando nos subimos al auto, pero partimos apurados y retrasados, si llegaba hablar me ligaba un reto y protestas de mis hermanos, así que callé. Llegamos, entramos y vi que mi amiga me estaba esperando, me senté a su lado. Nunca decirle a mi mamá o mi hermana que me acompañaran al baño, me daba miedo de que me retaran. Aguanté lo más que pude. En un momento se me escapó un poquito, luego otro, no pude retener más y me hice pis. Quería morirme, un charco se hizo a mis pies. Todo mi jardinero mojado y mis botitas y medias también. Sentía que la cara y las orejas me ardían. Te hiciste pis, me dijo en un susurro mi amiga ¿por qué no me dijiste? te acompañaba al baño. Ella era un año más grande. No, no es pis, tenía una botellita en el bolsillo y se me reventó, le dije, ¡la ocurrencia! Nunca voy a olvidar la cara con que la otra me miró. Sentí un golpecito en el hombro, me di vuelta y mi hermana con un gesto, juntando los dedos, me preguntaba qué había hecho.
Lo triste de esto es que no bastaba mi terrible papelón ante todos, sino que cuando salimos de la iglesia ligué un semejante sermón de mi mamá porque no había pedido ir al baño. Para colmo, como no había llevado otra ropa, así me tuve que quedar toda la noche hasta que se me secara.
Mari (Neuquén, Neuquén)
42. VERGÜENZA PROPIA Y AJENA
A veces me avergüenzo cuando voy manejando por zonas muy pobres y la gente sentada en la vereda me observa mientras paso, como si mirara una película en la cual jamás será invitada a participar. Quizás el hecho de poseer siquiera un auto viejo podría considerarse superfluo, el tema es que lo más probable es que muchos de esos seres ni siquiera tengan la posibilidad de acceder al sustento diario. Sé que salieron muy desfavorecidos en la ruleta de la vida.
No me siento cómoda en reuniones donde desconozco a la mayoría de las personas o apenas las traté ocasionalmente, y ni que hablar si se trata de una fiesta y el animador me invita a participar en algún concurso o juego que lleve la atención sobre mi persona. En esos casos quisiera desaparecer del mapa. Además me gusta bailar entre conocidos pero soy bastante inhibida para hacerlo fluidamente.
También me pasó en algunas ocasiones de avergonzarme cuando nos juntábamos en casa con familiares y mi marido ante un cambio de palabras o discusión reaccionaba impulsivamente abandonando el lugar de encuentro y daba un portazo victimizándose. Hablo en pasado no solo porque tras la pandemia dejamos de convocar a muchos el mismo día sino también porque con los años él se fue serenando y por suerte dejó de ser tan calentón.
Me da vergüenza usar ropa que devele mis rollitos. Fui siempre más bien delgada y tras la menopausia el cuerpo se transformó y pese a no haber engordado mucho, la pancita y la celulitis me hacen sentir incómoda, por lo que dejé de usar tanto bikinis como modal o telas similares que marquen la figura. Por lo mismo admiro a quienes no tienen complejo para ponerse la ropa que se les antoje.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
41. VERGUENZA POR MAMÁ
Con respecto a la adolescencia, evoco varios momentos de incontinencia verbal de mi mamá en algún colectivo o comercio, o en su propia oficina en el trato con los obreros de la constructora, y yo avergonzada, sin saber dónde meterme o queriendo fingir ser cualquier cosa menos su hija.
En los primeros meses de noviazgo con Héctor, cuando llegaron los calores y me invitaba a tomar un helado, me daba pudor estar estirando la lengua para saborearlo, entonces lo hacía tan lenta y suavemente que se me terminaba derritiendo parte del mismo sobre las manos, era peor el remedio que la enfermedad y la cucharita no sé por qué quedaba fuera de cuestión para ese menester. Y además, igual que en la infancia, el trauma de lo económico siempre presente: Héctor disponía de dinero todos los días para convidarme lo que yo quisiera aunque yo casi nunca aceptaba nada, mientras que en mis bolsillos jamás había un mango para retribuirlo y eso me incomodaba bastante. Siguiendo con Héctor y volviendo a mi mamá, también me avergonzaba la forma en que lo trataba mientras cursamos la secundaria. Cuando sabía que iba a encontrarme con él me preguntó más de una vez si llevaba el chupete o la mamadera. Obvio que era por considerarlo un impúber pese a que tenía la misma edad que yo. Y cuando él venía a casa prácticamente lo ignoraba. Tampoco empatizó para nada con las novias de mis hermanos y eso siempre me incomodó muchísimo. Una vez que se hubieron convertido en nueras oficiales no le quedó más remedio que obligarse a aceptarlas y a ser un poco más agradable, sabiendo que de lo contrario terminaría perdiendo a sus hijos.
En la escuela me ponía mal la sola idea de que me llamaran al frente para dar lección, pero era tan traga que salía airosa casi siempre. Fuera de eso, no recuerdo haberlo pasado mal con mis compañeros o con los profesores.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
40. VERGUENZAS VARIAS
Primer episodio de vergüenza. Recuerdo un acto de la escuela primaria, yo tendría ocho o nueve años. Tenía que memorizar una poesía. Cuando llegó mi turno de actuar me abataté y quedé en blanco. La maestra tenía que estar recordándome los versos y yo no daba más de la vergüenza. Nunca más acepté actuar si había que memorizar textos. No solo tuve y tengo pésima memoria sino que además no se me da bien eso de ser el centro de atención.
Segundo episodio. Al salir de la escuela primaria mis hermanos y yo íbamos muchas veces a almorzar y pasar la tarde a la casa de los abuelos, ya que mi mamá trabajaba de la mañana a la noche en la oficina que estaba debajo del departamento de ellos. Para no quedarnos solos nos pedía que fuéramos allá, pero sin pagar boleto dada su magra economía. Si venía el guarda nos íbamos pasando de coche en coche, hasta que una vez el hombre nos sorprendió sin darnos tiempo de escapar y nos hizo pasar vergüenza frente a todos los pasajeros. No recuerdo si nos hizo bajar o no, tengo la idea de que uno de mis hermanos mayores tenía algo de dinero y pagó el boleto de todos por partida doble como se le exigía a los colados. Solo sé que nunca más me animé a subir sin mi boleto. Aclaro que íbamos con uniforme de una escuela privada, razón por la cual el guarda no nos tuvo piedad. Lo que él no sabía es que los cuatro estábamos becados desde que había muerto mi papá.
Tercer episodio. Al terminar la primaria fui de viaje de egresados a Bariloche. La congregación de los curas del colegio tenía unas cabañas muy rústicas frente al lago Mascardi, por lo que al no tener que pagar hotelería el viaje no resultaba tan costoso. De todas maneras, para mi mamá implicaba un gasto extra a los muchos que tenía que afrontar con cuatro criaturas y un sueldo bastante apretado. Aceptó dejarme ir probablemente ayudada por mis tíos, pero me dio muy poco dinero para llevar allá ya que la comida y las excursiones estaban incluidas en el monto pagado. Cada vez que nos llevaban a algún paseo, todos los chicos compraban golosinas o algún regalo para los familiares. Yo, sabiendo lo poquito que tenía y que apenas me alcanzaría para llevarle chocolate a mis hermanos, me sentía más pobre y miserable que nunca al no poder gastar como lo hacían los demás, viví con mucha humillación esa situación.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
39. VERGÜENZA AJENA
Los otros días hablé de mis primas y haciendo memoria, ellas vuelven a la
escena de la vergüenza
Esta vez, ya todas adultas y dos de nosotras, madres de bebés de misma edad
Pese a las diferencias, fuimos muy unidas y yo, a mí manera, me asocie a ellas,
como la adulta que ponía límites de ser
necesario
Estábamos todas en La Plata, ellas habían viajado para acompañarme en mi
experiencia de quedar con dos bebés sola en casa se Los Horno. César, por cuestiones de trabajo, se ausentaba por dos semanas al país del
Norte y no dude en invitarlas. Creo que el avión de mí marido aterrizaba cuando ellas llegaron en dos
tandas: unas en micro y otras en una combi.
La pequeña pero cálida casita parecía quedar chica para tantas mas la emoción
del encuentro superó cualquier inconveniente
Enero siempre fue pesado en la ciudad de las diagonales y este no era la
excepción
Nos acomodamos en las dos habitaciones, colchones, almohadas, juntar camas,
mamaderas, chupetes y pañales. Más todo lo necesario para la diversión nuestra
La segunda noche salimos a comer pizza y al ser yo la que conocía, opté por la pizzería
más cercana
Esa que quedaba a la pasada del laburo y de la cual éramos visitantes
recurrentes
Tomamos dos mesas para acomodarnos, afuera, en la vereda. Éramos seis adultas, dos niñas de año y medio y una bebé de apenas tres meses.
La gente nos miraba por lo numeroso del grupo y también por la belleza de
alguna. Los bebés se llevaban aun más miradas .
Pedimos pizza, cerveza, junto a la previa del maní salado. Yo no tome alcohol porque manejaba y por encima de eso, amamantaba a Serena.
Llegó el pedido y las risotadas, exclamaciones y cuentos se adueñaron del lugar
En un momento, Oriana, de año y medio, se comió una aceituna ante el descuido de la adulta responsable.
Los ojitos de la peque se hacían más chiquitos y una leve tos indicaba que
estaba ahogándose.
La sacudimos rápidamente y el fruto de olivo salió en seguida de su boca
Solo había sido un susto, suspiramos de alivio; la tía empezó a increpar a su
hermana, la mamá de la niña
Fiel a la personalidad de ambas, comenzaron a propanarse insultos: que no vés,
que no prestas atención, que se podría haber atragantado, que sos un desastre,
que bla bla bla
El resto miraba casi riendo de una pelea común y los clientes charlaban
sin prestar atención
Hasta que pasó lo suele pasar:
Una de ellas se enojó y le dijo muy alocadamente a la otra: por qué no me
dejas de joder y algo más, mucho más grosero y de mal gusto
En ese preciso instante, un silencio ensordecedor hizo que la ordinariez en
forma de sonido se difundiera cual mejor
parlante
Toda la pizzería dio vuelta la cabeza para mirar nuestra
mesa.
La autora de dicha escena parecía disfrutar el espectáculo.
Yo me puse roja como la salsa de la napolitana. Y la sangre tana pareció brotar ante tamaña vergüenza
Asumí el rol de mayor y anfitriona, pedí la cuenta, pagamos y hui.
Ellas no volverían a pisar el lugar
A mí me tardo un par de pizzas para que pasase el sabor amargo.
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
38. CORPIÑO
Fui la más grande de la segunda ola de
nietas de Pepe, por lo cual , la prima mayor de cinco que se las traían. Ellas eran cuatro y yo siempre fuera.
Si bien no teníamos mucha diferencia de edad, la
pubertad asomó y no pudo detener los cambios físicos en mí. Mi baja estatura no coincidía con los pechos que
tímidamente asomaban y que ningún suéter o campera podía tapar.
Mi madre, una vez más, lejana y distante de mis miedos e inseguridades, se decidió por
fin a comprar un corpiño que aún recuerdo textura la perfección. Era sencillo, color manteca sin puntillas ni
tules como los que yo veía en las revistas .
Ese día que lo usé por primera vez fue todo un
acontecimiento para mí.
Mí ingenuidad era alimento para mis primas, que
siempre encontraban algo para reírse de mí .
Salí de casa casi orgullosa por tener puesto
algo que por fin daría más forma a esos senos que movían de un lado a otro a la
par de mis movimientos y a su vez , sería real sostén de algo que además
molestaba por su peso.
Fui a casa de ellas, ahí nomás pegado a mí casa,
feliz, contenta. Se lo conté casi con
bombos y platillos como algo tan especial en mí vida.
Las risotadas burlonas aún resuenan en mis
oídos, una vez más me puse colorada, las mire a los ojos y solo dije, ya les
va a pasar a ustedes.
Esa tarde no lloré como otras tantas.
Esa tarde salí segura de esa cocina, con mí
sencillo corpiño que me aseguraba no solo los senos, sino mí postura firme de
que sus risas no me darían más vergüenza
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
37. CACHETITO
Creo que a estas alturas, ya es sabido que me cuesta mucho recordar anécdotas de mí niñez O algún relato en especial.
Me he dado cuenta de que es más fácil para mí recordar historias duras o de alto impacto, y a decir verdad, no tengo en mi memoria algo relacionado puntualmente con la vergüenza.
Recuerdo sí que solía ponerme colorada por algunas situaciones de timidez ante grupos numerosos de personas, fueran conocidas o extrañas De ahí quizá que la señorita de segundo grado me bautizó para siempre: cachetito... No solo por tenerlos sino porque, según ella, me ponía muy colorada. Seguramente por la ingenuidad que tenía para la mayoría de las situaciones. Otras veces por el desconocimiento.
Vergüenza como lo define el diccionario, no sentí nunca. Y no es poca cosa, creo que casi fui una privilegiada.
Más si sentí temores, miedos, que quizá, en algún momento, se confundieron con ella.
Sentía esa sensación "rara" cuando iba a dormir a casa de mí amiga, casi hermana, Roberta.
Con los años, vencí ese sentir y hoy solo es un recuerdo, que ni siquiera lo llevo con molestia o resquemores.
Más así era: la dureza y seriedad de un papá que solo era una careta, para ostentar poder y autoridad que se caía a los cinco minutos, cuando su mujer y sus cuatro hijos lo ignoraban y solo hacían silencio a pedido de él, pero luego en la habitación, nosotros nos matábamos de la risa de cada palabra y cada silencio.
A él le encantaba jugar a ser el malo. Los hijos disfrutaban y yo, muy tonta según hoy me veo, le rendía honor y respeto sin parpadear siquiera. Se comía sin mirar televisión, sin hablar y, por poco,casi sin masticar. Nada de decir esto me gusta o no me gusta, todo era sin condiciones. A tal punto que en más de una oportunidad, comidas que no me gustaban, eran deglutidas, por si acaso.
María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)
36. LA VERGÜENZA EN LA ADULTEZ
Muchas veces he sentido vergüenza en la adultez. En realidad no fue por acciones mías solamente, sino que la mayoría de las veces la sentí por las de otras personas.
Lo que de chica me daba miedo, temor. era ver y escuchar como los mayores discutían. Ahora me avergüenza estar en medio de discusiones de matrimonios amigos, conocidos, o parejas cercanas, que en mi presencia discuten como si estuvieran solos y yo no existiera…
Es superior a mí. No puedo controlar esa sensación cuando discuten a mi lado, seres que se suponen se aman y son compañeros desde hace añares.
Jamás hice eso con ningunas de mis parejas. Mucho menos con mi esposo, ya que tanto a él como a mí, nos avergonzaba mucho escuchar los malos tratos de otros matrimonios que, o no se percataban por la ira, o no les importaba nuestra presencia.
También me avergüenza cuando después me piden disculpas por el mal momento presenciado.No sé qué decir. Siempre en las discusiones callo.
Pero siento fuertemente eso que se denomina vergüenza ajena.
Esas cosas no pude superar todavía. También por esa vergüenza, es que tengo tanto miedo al ridículo. Jamás me gustaría pasar por esas situaciones. Y trato de que no sucedan nunca.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)
35. EL VESTIDO
Hoy estoy muy feliz porque esta noche iré a bailar folclore a una peña hermosa en el club Comunicaciones. Cantan los Hermanos Abrodos, con quienes bailo en canal 7 e irán a actuar muchos artistas más.
Yo estrenaré un vestido blanco divino, al cuerpo, que en el cuello y en las mangas, tiene plumitas de ñandú. ¡Es un sueño!
Voy con mis padres, tenemos una mesa muy bien ubicada, como siempre y papá pide cena y bebidas.
Es una hermosa noche. Se baila de todo. No solo folclore. Mis padres bailan muy bien el tango de salón y yo lo aprendí con ellos. Mamá y yo nos turnamos para bailar con papá.
Ponen un vals y papi me dice: Vamos Glorita, este es para que bailes vos y luzcas ese vestido hermoso.
Salgo a bailar un vals tras otro, hasta que una señora me toca el hombro, mientras yo presumía con su hijo que bailaba con ella, y me dice: Querida, anda al baño y fíjate en el vestido…
¡Zás! Me doy vuelta ahí no más y mirando sobre mi hombro distingo una aureola roja en la cola…en mi vestido blanco de crepé georgette de seda…
Lo dejo plantado en la pista a papá y subo las escaleras que llevan al baño de damas, . con la cola apoyada en la pared para que no me vean de abajo…
Es muy grande mi vergüenza y desesperación. Y pienso: ¿ahora qué hago? Tengo que inventar algo para que el que haya visto, crea que era un papelito. Me saco el vestido y lo pongo bajo la canilla y dele resfregar hasta que se v la mancha… ¡Pero ahora, está mojada la cola hasta el ruedo!
Por suerte, viene una señora, un ángel que nunca falta y me dice: ¿quieres una planchita, querida, para secarlo? La amo. Es quien limpia los baños.
Seco el vestido, la abrazo fuerte diciéndole muchas gracias y vuelvo a bajar orgullosa presumiendo con mi vestido impecable y lo saco a papá a bailar urgente, para que el chico que me miraba, crea que era un papel pegado lo que había visto…
Mis padres siguen bailando como si nada. Como siempre, no se dieron cuenta de que desaparecí desaforada.
Seguramente Papá cree que lo dejé plantado para bailar con el chico que me sigue mirando. ¡Es muy lindo! Y sí, ahora me invita a bailar. Nos despedimos cuando termina la peña. Yo creo que no se dio cuenta de nada y que hasta su mamá no se explica qué vio…
Después de tanta vergüenza, gracias a mi astucia, fui feliz toda la noche bailando y coqueteando.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)
34. ALGUNAS VERGÜENZAS EN MI INFANCIA
Amanecí algo rara. No sé qué me pasa ni lo que siento en mi panza. Hoy cumple años mi hermano Ale, y vendrá a comer con nosotros a la noche, porque papá lo irá a buscar a lo de nuestra abuela.
Estoy contenta porque va a venir a casa mucha gente a festejar su cumple.
¡Es 28 de abril! Y ya faltan pocos días para el mío, que será el 9 de mayo, cumpliré diez.
Me sigue doliendo la barriga… ¿será de glotona? No sé.
Voy al baño y me pego un susto muy grande. Tengo sangre en la bombacha y en las piernas… no sé que hacer y llamo a mamá, que ya me habló de lo que es ser señorita y cómo pasaba… pero me asusto igual. Ella me auxilia. Y me tranquilizo.(como arrancaste en presente sigamos en presente)
Empieza a llegar la gente, familia. Tíos, tías, primos, abuelas, y a cada uno que entra, mi mamá les dice: “Feliciten a Gloria que desde hoy es señorita”…
Me voy a la cama con mucha vergüenza. No disfruté nada de la reunión del cumple de Ale.
No quería salir al living. Creo que odié a mamá en esos momentos. Pero pasó. Como tantas cosas…
Ya estoy más grande y voy con papá y mamá a una peña a bailar folclore, como todos los fines de semana. Yo tengo un vestido de gasa, verde cotorra, con una flor negra en la cintura.
¡Hermosa noche! Todo lindo hasta que voy al baño, estoy en “esos días”. Cruzo toda la pista hasta que una señora me dice: ¡señorita, el vestido, por favor! Me doy cuenta de que la pollera del vestido como es acampanada, se mequedó agarrada en la bombacha Me lo bajo inmediatamente. ¡Crucé todo el salón con la cola a la vista!
Casi me desmayo. Llego con lágrimas a la mesa de papá y mamá y les suplico que me quiero ir ya.
Tratan de convencerme de que nos quedemos, pero por fin accedn por suerte en volver a casa.
Ahora estoy más tranquila, pero no me pondré nunca más el vestido hermoso verde,
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)
33. SIN PALABRAS...
Si hay algo que me provoca vergüenza es contar, hoy, en este taller, un impedimento que me acompañó toda mi vida. Siguiendo el consejo de Yima, de nombrarlo para combatir la vergüenza, tengo que poder decir en voz alta, lo que muy pocas veces pude compartir con alguien.
Y cuando me pregunto por qué no puedo compartirlo, es, justamente, porque la vergüenza de no hacer lo que todas las mujeres deben hacer y, en general hacen, me llena de pudor.
No soy una persona sin cultura y tengo muy claro que, los exámenes médicos periódicos, son indispensables para prevenir enfermedades. No sé dónde y cuándo comenzó mi fobia a todo lo que de médicos se trate.
Tal vez haya sido cuando, a los cinco años, tuve un accidente doméstico que podría haberme costado la vida. Jugando con mi amiga Sandra un mediodía caluroso, estaban nuestros papás haciendo la sobremesa en el pasillo de casa, buscando sombra porque donde habíamos almorzado daba el sol. Nosotras íbamos y veníamos corriendo entre ellos, cuando, sin querer pateé un sifón que estaba en el piso contra la pared. Era de esos de vidrio, sin cubierta. Explotó, destrozándose en mil pedazos, cortando a la mamá de Sandra en la rodilla y a mí al lado de la ingle. Me corrió mucha sangre por la pierna y tuvieron que llevarme en andas al hospital a que me cosieran la herida. El médico le dijo a mi mamá que si el corte hubiera sido un poquito más arriba, podía haber lesionado una vena y hasta me podría haber costado la vida.
Fue muy difícil recuperarme de ese episodio, física y emocionalmente. Cuando por fin pude hacerlo, la cicatriz que me quedó me llenaba de vergüenza.
No sé si ese episodio médico pudo haber calado tan hondo en mí, pero la realidad es que tuve que hacer mucha terapia para poder llevar cierta conducta de control sobre mi salud con exámenes preventivos. Pude ir acercándome a algunos, mientras que otros nunca pude realizarlos. Eso me llena de vergüenza, poder admitirlo frente a mi psicóloga y mi médica actual de cabecera, me generó un gran estrés. Ambas fueron acompañándome en este camino, sin haber podido aún completar todo lo necesario para estar tranquila en relación a la prevención de enfermedades. Hasta volver al dentista fue una tortura. Todo lo que resulte invasivo me resulta inabordable.
Además mi relación con mi cuerpo nunca fue la que hubiera deseado. Primero por delgada y, luego por mi exceso de kilos.
Saberme en riesgo por antecedentes familiares agiganta mi miedo y, reconocerlo, mi vergüenza. Creo que, en realidad, es una mezcla de ambas sensaciones.
No fue fácil escribir esto. Y leerlo tampoco.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
32. TODO ME DABA VERGÜENZA
¿Vergüenza en la adolescencia? Podría resumirlo en la palabra TODO.
Todo me daba vergüenza. Hablar en público en la escuela, por ejemplo. Padecía las lecciones orales, no por no haber estudiado, sino por miedo a equivocarme y hacer el ridículo.
Fui desde tercer grado a escuela de monjas y, si bien creo que me han inculcado excelentes valores y me han brindado calidad educativa, nada de herramientas emocionales.
Éramos todas mujeres, lo que hizo que mi timidez reinante en esa etapa, aún se profundizara mucho más en la relación con el sexo opuesto especialmente. Pasar más allá de un “Hola” era toda una aventura que me sonrojaba e incomodaba. Ni hablar de la cantidad de “pecados” que podíamos cometer, si una levantaba esa barrera. Barrera que era mucho más pesada para mí y mi círculo más cercano, que para otras que hasta se divertían rompiéndolas. Por tal motivo, no voy a echarle toda la culpa a las dulces hermanitas, porque, después de todo, todas íbamos al mismo colegio.
Mostrar el cuerpo no era una opción para mí. Siempre fui muy alta y muy delgada, por lo que eso no debería haber sido un problema. Pero lo fue. Jamás una bikini, siempre malla enteriza. La ropa suelta. Como toda una osadía una bermuda blanca un poco más ajustada.
No me gustaba ir a bailar. Siempre fui pata dura pero, además de eso, me resultaba ridículo ver a la gente moverse al compás de la música y más, cuando bailaban solos. En realidad me divertía mirarlos, pero no formar parte de la pista. Y en eso, no tenía que ver con que me miraran, porque nadie miraba a nadie en general. Además mis compañeras solo iban de levante, montando una competencia que me resultaba despreciable.
Disfrutaba más de reunirme con mis amigas de la escuela en algún lugar a comer o a jugar al bowling. O en alguna casa y charlar en pijama hasta cualquier hora. Ellas, por suerte, se parecían a mí y no había fines de semana aburridos.
También iba con mi amiga Sandra al club en verano y, muchas veces en invierno, con el solo objetivo de mirar de lejos a los chicos que nos gustaban.
Un día muy caluroso, estábamos sentadas en el borde de la pileta y ellos vinieron a invitarnos a jugar a la mancha en el agua. De la vergüenza que nos dio, les agradecimos y les dijimos que no porque teníamos frío. A los 35° de temperatura se le sumó el calor que nos subía por la cara, solo porque se habían acercado a hablarnos. Obvio que no volvieron a aproximarse.
Desde el comienzo de la secundaria, empecé a formar parte de un grupo juvenil de la parroquia. No se hablaba de religión. Era un lugar de encuentro, en el que practicábamos las canciones para el ritual. Inclusive yo conducía la Misa, ahí no me preocupaba que me miraran, no sé por qué.
Muchas veces, después de la celebración, íbamos a una pizzería, que quedaba en el centro de Morón. Nos reíamos mucho y lo pasábamos muy bien. Íbamos y volvíamos caminando todos juntos las diez cuadras y la caminata era aún más divertida que la cena.
Algunos sábados nos reuníamos también en mi casa y jugábamos juegos de mesa hasta cualquier hora. Recuerdo un domingo temprano, en que mi papá se levantó y, asombrado, preguntó: "¿Todavía están acá?"
Y, después de haber hablado bajito toda la noche para no despertarlos, largamos la carcajada.
-Por lo menos vayan a comprar las medialunas- dijo, dándome la plata. Y fuimos todos juntos hasta la panadería, mientras él preparaba el mate.
Con ellos me sentía realmente yo. Mis dos mejores amigas de la escuela formaban parte de ese grupo también. Ahí conocí, más adelante, a mi primer novio, quien es hoy mi marido.
Disfrutaba mucho de los fines de semana porque nos veíamos durante largas horas, ayudando en la parroquia, liderando grupos de chicos de Acción Católica o dando catequesis. Mis papás a veces se enojaban un poco porque no le destinaba tiempo a la familia pero ese era mi lugar en el mundo. Muchos años mantuvimos esta rutina, cada tanto alguien nuevo se agregaba pero nadie dejaba el grupo. Llegamos a ser casi veinte.
Un día, uno de los chicos que formaba parte del grupo, me dijo que se había enamorado de mí. Así, con todas las letras. Me dio una mezcla de vergüenza con tristeza, porque yo lo apreciaba mucho pero no sentía lo mismo. Eso hizo que ya no me sintiera tan cómoda y, como muchos se enteraron, me sentía observada todo el tiempo, además de no saber cómo relacionarme con él a partir de entonces. No me interesaba salir con alguien solo por decir que tenía novio, como hacían muchas. No me importaba tener diecinueve años y no haber tenido novio nunca. Siempre estuve muy convencida de que debía sentir algo fuerte para que eso pasara. Él se sintió muy dolido, por lo que fue muy difícil cada encuentro posterior. Seguramente, sin querer, lo lastimé mucho. Me sentía culpable cada vez que lo veía, porque era muy buena persona. La relación con el sexo opuesto nunca fue mi fuerte y, pobre Omar, tuvo que lidiar con mi poca experiencia para resolver ese tipo de situaciones. Mis amigas me decían que no tenía por qué sentirme así, pero a mí me daba mucha vergüenza cada encuentro.
31. DIJE QUE NO
Hora de educación física.
La profesora viene a buscarnos al salón. Todas mis compañeras se ponen felices. Yo no entiendo por qué les gusta tanto. Yo me aburro. No me gusta trotar, ni hacer ejercicio, ni jugar al quemado, ni hacer vueltas carnero y mucho menos la vertical. Eso me da pánico. No miedo, pánico. Mamá dice que es porque sufro de vértigo. No sé cómo se llama pero sí sé que no me gusta. Me pongo muy nerviosa cuando la seño nombra esa palabra.
Bajamos los dos pisos por la escalera y llegamos al patio.
- A sentarse todas contra aquella pared que voy a explicarles la clase de hoy. Como llueve, vamos a trabajar en el patio cubierto-dice la profe, mientras la hermana Beatriz nos mira atentamente desde la puerta de la Dirección. No vuela ni una mosca.
-Como ven, está todo ocupado por elementos- sigue la explicación.
Miro alrededor y nada de lo que veo me gusta.
Es un circuito- sigue explicando ella- vení, Patri- y llama a mi compañera que parece que fuera de goma por como se estira, salta y corre.
Y así entre las dos nos van mostrando lo que hay que hacer en cada estación.
Miro el reloj y veo que falta un montón para el recreo. Nos paramos por grupos en cada estación y la consigna es hacer el ejercicio que nos explicaron con cada elemento hasta llegar a la pared del fondo, contra la que hay que hacer la vertical.
Comenzamos el circuito y sin ganas, voy haciendo cada una de las pruebas. Cuando me toca la última estación, veo que la profesora está allí, mirando si alguna necesita ayuda con la vertical. Algunas hasta hacen la medialuna. Cuando llega mi turno, le digo a la seño que yo no la voy a hacer
- - Yo te ayudo- me dice ella.
- - No quiero.
- - No te va a pasar nada- insiste
- - Le dije que no quiero- le contesto con mucha vergüenza porque mis compañeras me miran con los ojos muy abiertos.
Yo soy muy obediente en la escuela, nunca me retan. Me porto bien, soy un poco desprolija pero hago todas las tareas y tengo buenas notas en el boletín.
Pero la vertical no la hago. Me da miedo.
Se acerca la directora y me pide el cuaderno de comunicados. Le pone una nota a mis papás, contándoles que no obedecí a la seño de gimnasia. Me parece que a ella no le gusta esa nota pero no le dice nada.
Tengo mucho calor en la cara, todos me miran.
Llego a casa y cuando mamá me pregunta como todos los días cómo me fue, yo le digo que muy mal. Le cuento lo que pasó. Mi mamá lee muy seria la nota y me pregunta si yo expliqué que tengo vértigo y que me da mucho miedo ponerme cabeza para abajo. Le digo que no, que solo le dije que no la iba a hacer.
Le pido que no le muestre la nota a papá. Me da vergüenza. Ella dice que de ninguna manera le vamos a esconder lo que pasó. Cuando papá llega, mamá dice que yo tengo algo para contar. Yo me pongo a llorar y papá firma la nota pero no me reta. La mira a mamá y le dice que van a tener que hablar con la directora para explicarle por qué no hice caso. Mamá dice que sí con la cabeza y agrega: "Eso pienso hacer mañana".
Mamá trae el mate, papá se sienta y me pregunta cómo estuvo el resto del día.
Y yo le empiezo a contar…
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
30. MAMADERA
Esa noche, mientras tomaba la mamadera en la cama de mis padres, como era mi costumbre antes de dormirme para pasarme a la mía, donde tenía que dormir sola, escuché a mi tía decirle a mamá, un poco enojada, que yo ya estaba bastante grandecita para que me siguiera dando la mamadera. Le decía mi nombre entero, la estaba retando, ya mamá no se defendía mucho, como que no le daba importancia entonces mi tía subía la voz, y volvía a repetir lo mismo, “ Carina ya tiene siete años”. La tía Tere era mi madrina, como mi segunda madre, yo la quería mucho, siempre era muy buena conmigo, me regalaba cosas, me daba consejos, me hablaba con mucho cariño, y nunca pero nunca me gritaba, En ese momento mientras la escuchaba no parecía ella porque le estaba gritando a mami. En ese minuto, en ese instante de mi vida, sentí mucha vergüenza, y no pude seguir tragando la leche.
Aquella noche de enero, de la mano de mi tía Tere, se fue para siempre la mamadera de mi vida, extrañé a mi compañera objetual que calmaba mis noches cuando el sueño no quería venir.
Al día siguiente, mamá me despertó con la mamadera como todas las mañanas, le conté lo que había escuchado y que la decisión estaba tomada, que la tía tenía razón. Mami me miró con una sonrisa y me dijo lo que me decía siempre, que yo era la nena más linda y más buena del mundo, también me dijo que yo elegía lo que quería, no la tía, y le dije que así era.
Bajamos a la cocina y nos hicimos un rico desayuno.
Extrañé un tiempo la mamadera, sobre todo en las noches, antes de dormir.
Magui Solda, La Plata, Buenos Aires)
29. SEGUNDO
Verano de séptimo grado a primer año…
En primer año del secundario mis padres comenzaron a permitirme ir a bailes que organizaban los diferentes colegios secundarios de Mar del Plata. Hasta ese momento solo podía ir a reuniones en las casas de mis amigas donde ponían música con un grabador y bailábamos. Invitábamos a chicos vecinos, o a amigos de la playa. Ellos llevaban para tomar y nosotras, para comer.
Inés ya iba a los bailes de los clubes y colegios, y yo la miraba arreglarse deseando pasar a la secundaria. Cuando terminé séptimo grado (retrocediste en el tiempo. Estabas en primer año)y llegó el verano, insistí tanto a mis padres para ir a bailar a donde iba Inés, que les gané por cansancio y no pudieron decirme que no.Mi primer baile se hizo en el Golf Club de Playa Grande. Yo tenía el pelo largo hasta la cintura, había tomado sol, así que estaba con la piel tostada como se usaba. Me dejaron pintar los labios con brillo sabor ananá e Inés me prestó una camisa que me encantaba. Mirándome al espejo me veía con poca gracia, no tenía formas todavía, y nada me quedaba lindo como a Silvia, pero igual estaba contenta . Papá nos dejó a las diez de la noche y nos buscaría a la una de la mañana. Inés no quiso ir porque iba yo y también porque estaba más grande. El lugar era lindo, había muchísimos chicos. Estaban mis amigos de la playa y otros vecinos de una amiga con los que nos reuníamos muchas veces a la tarde. Ellos estaban raros, medio tímidos, bien vestidos, perfumados. Yo bailé con alguno pero en realidad quería bailar con un chico que había visto al entrar. No lo conocía, no parecía de Mar del Plata, pero me había llamado la atención. Cuando me encontré con mis amigos lo perdí de vista, y luego me olvidé de él.
Había mucha gente, unos iban, otros venían. Tenía calor, me compré una Coca y para tomarla me quedé en un rincón por miedo a que me la tirasen encima y se manchara la camisa. Inés no me hubiera prestado nunca más su ropa, que siempre era más linda que la mía.
Estaba distraída mirando a los chicos pasar y sentí que me tocaron el hombro. Cuando me di vuelta vi que era él, Segundo. No pude disimular mi vergüenza porque mi cara era de fuego y el corazón se sacudía dentro de mí. Me invitó a bailar con una sacudida de cabeza y yo acepté. Me tomó de la mano y fuimos a la pista. Él me preguntaba cosas y a mí no me salían las palabras, me daba vergüenza hablarle. Era más grande que yo y muy simpático. Finalmente pude sentirme más cómoda y decir primero palabras enteras, y luego oraciones, porque al principio solo lograba murmurar sí o no. Me contó que se iba al día siguiente porque era de La Plata. En aquel momento la mudanza a La Plata no estaba dentro de los planes familiares, pero yo le conté que tenía familia allá y viajaba todos los febreros. Cuando empezaron los “lentos” me puse nerviosa porque hasta ese momento yo nunca había bailado lento con un desconocido, pero pusieron “Nena me gusta tu forma”, de Peter Frampton, y ya no pude escapar. Segundo cantó entero ese tema en mi oído en inglés y yo explotaba de felicidad. Después fuimos afuera a tomar aire fresco hasta que se hizo la hora en que mi papá había dicho que nos iba a buscar, así que nos despedimos.
No lo vi nunca más, aunque me quedaron grabados sus ojos tan azules, los dientes enormes blancos y su voz cantando mi tema preferido. Y sobre todo me quedó grabado su nombre, porque yo no conocía otro Segundo que no fuera Don Segundo Sombra, por lo que siempre pensé que me había mentido su nombre. También supuse que era mentira que fuera el segundo hijo de nueve hermanos.
Un año después…
En marzo del año siguiente comencé segundo año del secundario en el colegio de La Plata. Si bien al comienzo me costó sentirme cómoda en un grupo nuevo, poco a poco fui integrándome a las actividades de mis nuevas compañeras. Un día el hermano de una de las chicas hizo una fiesta en su casa y me invitó. Estaba nerviosa porque todavía no tenía confianza, me parecía que ellas se vestían diferente, y yo no sabía con qué ropa ir. Nunca me había pasado de tener tantas dudas. Yo quería ir de jeans, pero ya había visto que las chicas usaban pollera. Finalmente decidí no ir. Tenía miedo de estar con la ropa equivocada. Entonces, mamá me convenció diciéndome que podía ir a buscarme más temprano, que era un rato y que fuera con lo que yo me sintiera más cómoda. Por suerte, una de las chicas que vivía cerca me invitó a ir con ella.El papá nos llevaba. Ella no quería llegar sola porque le daba vergüenza. Eso me puso contenta, alguien más que tenía vergüenza como yo. En el viaje me contó qué chicos iban a ir y cuáles de nuestras compañeras estaban invitadas. Me fue diciendo los nombres y apellidos de todos. Yo escuchaba sin prestarle mucha atención porque no conocía a nadie, pero cuando dijo Segundo, la cara se me paralizó. La miré y le pregunté cómo era. Me dijo que era lindo, un poco más grande que nosotros, y cuando iba a describirlo llegamos a la fiesta y la conversación se cortó. Yo pensaba que no podía ser “mi” Segundo porque era demasiada casualidad. Los pensamientos giraban en mi cabeza con una mezcla de alegría y nervios. Enseguida pude saber la verdad porque al entrar a la casa, vi que en un rincón estaba él conversando y riéndose con sus amigos. Yo hubiera escapado, pero no podía, ya estaba ahí, en un lugar desconocido, con gente desconocida y sintiéndome tan incómoda. Para tranquilizarme pensé: “por lo menos conozco a Segundo”.
Saludé a mis compañeras que estaban todas del lado contrario a los chicos, lo que me pareció bastante raro. No hablaban con ellos, los miraban de lejos. Conversé un poco con ellas y como vi que Segundo me miraba entendí que me había reconocido. Hasta me pareció que hizo cara de sorprendido y sonriente. Eso me dio confianza para ir hasta donde estaba él y decirle: “Hola, Segundo, qué sorpresa, al final nos encontramos.” El grupo de varones hizo silencio y yo sentí que todos los ojos se clavaron en mí. Yo lo miré a él como esperando que me saludara, porque estaba segura de que me había reconocido. Y para mi sorpresa, miró a sus amigos, luego a mí y me contestó en tono burlón: “-¿Y vos quién sos?”, y se rió buscando la risa de sus amigos. Ellos se rieron y yo quería que la tierra se abriera y desaparecer. Lo único que hice fue mirarlo con odio, dar media vuelta e irme sin contestar.
Las chicas, sorprendidas por lo que había pasado, me preguntaron si lo conocía y yo les conté que sí, que había bailado con él en Mar del Plata, que en ese momento me había parecido simpático, pero acá en su ambiente, demostraba ser un tarado.
Cada chico con el que bailaba me preguntaba de dónde lo conocía. Pero yo no contestaba, solo quería olvidar y que se olvidaran todos de ese momento. Casi al final de la fiesta, Segundo se acercó a mí para decirme que se acordaba de cuando habíamos bailado, que había sido una broma. En ese momento con mezcla de enojo y vergüenza le dije que no se me acercara porque yo no le iba a volver a hablar jamás. Y así fue. Nos cruzamos en otras fiestas, él intentó hablar conmigo pero yo cumplí con mi palabra.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
28. EL HONGO
Estábamos preparando la fiesta del 25 de mayo. Los actos eran muy importantes para el colegio. Todos los días había ensayos y para mí era lo más divertido del jardín. Yo quería participar en todos los números, y ese día me habían elegido para participar en dos. En el primero sería uno de los hijos de la familia Telerín y en el segundo iba a actuar de hongo. Yo no era la más chica de edad, pero la nena de la salita de cuatro años me llevaba media cabeza de altura, así que yo representé a Cuquín, el más pequeño de los Telerín.
Comenzaron los diferentes números y yo estaba feliz. Mamá me había comprado un pijama nuevo para la ocasión. Era blanco con florcitas rosas y el pantalón cortito me quedaba como bermuda. Fue el disfraz más cómodo que utilicé en mi vida. El número consistía en cantar y bailar, y luego irnos a dormir previo hacernos la señal de la cruz y rezar. Yo tenía miedo de confundirme, porque siempre dudaba si la cruz comenzaba con la frente o con la panza. Pero todo salió bien. Saludamos al público y salí corriendo a cambiarme de ropa, a ponerme el disfraz de hongo. Mamá me había hecho una túnica blanca y un sombrero enorme rojo con redondeles blancos, que era tan grande que casi me tapaba la cara, pero yo estaba muy contenta, me sentía un hongo. Al final del acto, todos los hongos teníamos que arrodillarnos y bajar la cabeza, para que solo se vieran los enormes sombreros. Yo cumplí con lo pactado y bajé mi cabeza. Al rato sentí que aplaudían demasiado fuerte, despacito me corrí un poco el sombrero y miré para los costados. Desesperada vi que estaba sola, los otros hongos y todas las nenas se habían ido. La cara me hervía de tan roja y por la espalda me corrían gotas. Yo no quería sacarme el sombrero para que nadie me viera, pero no sabía hacia qué dirección caminar. El telón ya estaba cerrado y yo había quedado sola del lado de afuera. Entonces, despacito y arrodillada fui caminando hacia atrás rogando que alguien me abriera un poquito el telón, porque con semejante sombrero no iba a poder pasar por debajo de las cortinas pesadas. Pero nadie lo abrió, y entonces me acosté boca abajo sin sacarme el sombrero y me arrastré por debajo de las cortinas dejando el enorme sombrero afuera. Todos se reían y aplaudían, pero yo tenía ganas de llorar. La Hermana me tomó de la mano y me abrazó. Yo no me separé de ella hasta que sentí que mi cara había vuelto a su color.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
27. MALDITA HAMACA
Cuando yo tenía seis años, mis primas Adriana y Raquel se fueron a vivir con mi abuela, a dos cuadras de casa, porque su mamá había muerto y mi tío estaba en pareja con una chica muy joven y hacía su vida. Me gustaba verlas todos los días y tenerlas cerca. Hacíamos la tarea y salíamos al parque, casi siempre íbamos a los juegos que estaban rodeados de un alambrado y en el suelo habían puesto piedritas naranjas, supongo que sería ladrillo deshecho. Una tarde nos encontramos con un montón de vecinitos y nos fuimos directo al parque. Las hamacas estaban ocupadas y teníamos que esperar nuestro turno – a veces esperábamos mucho tiempo- pero aquel día se desocupó una y Adriana, que era de mi misma edad pero mucho más rápida que yo, corrió y se subió; yo la seguí. Nos encantaba hamacarnos juntas aunque ella era un poco bruta. Ese día íbamos muy alto y la hamaca se movía mucho, cuando de repente, no sé cómo, salí volando y caí de cara al suelo. Lo único que recuerdo es el intenso dolor y que me encontraba rodeada de todos los chicos, algunos gritando y otros riendo. La vergüenza se instaló en mis entrañas y me puse a llorar. Mientras regresaba a casa mi prima me acompañaba y un puñado de chicos iban detrás. Mi vergüenza se triplicó. No tengo registro de lo que dijo o hizo mi mamá, si me curó o me puso hielo, yo seguía sintiendo mucha bronca por lo que me había pasado frente a todo el mundo. Pero aquí no termina la historia. Al otro día tuve que viajar en el micro escolar lleno de chicos de todas las edades, con el cachete inflado como un globo rojo y para colmo me senté en un lugar rodeada de desconocidos que se burlaron de mí todo el maldito viaje: ¡Se cayó de un precipicio!, me decían, ¡No!, la agarró una aplanadora!, ¡le dieron una piña! Fue interminable. Nunca me sentí tan maltratada y con tanta vergüenza. Por suerte llegué al colegio y con la primera que me encontré fue con mi maestra Nina, la dulce, la contenedora (la que me había hecho sonreír cuando estaba parada en la escalera esperando a mi mamá), y me dio una palabra de aliento, me sentí acompañada y querida. Mis amiguitos de segundo grado se preocuparon y me hicieron todo tipo de preguntas. Entonces, aquel sabor amargo quedó atrás.
Florencia Zaldívar (CABA)
+
26. VERGÜENZA DE MI VERGÜENZA
Hoy tengo sesenta y cuatro años y la vergüenza de toda la vida me acompaña.
Hechos y situaciones que me hicieron sentir incómoda o ponerme colorada hubo muchas pero lo que yo más siento es “vergüenza de mi vergüenza”.
Se puede decir que es “culpa no resuelta” por sentirme mal en la infancia cuando mamá me buscaba o acompañaba a la mañana muy maquillada con el camisón debajo de un raído tapado y zoquetes y las otras mamás iban a cara lavada con pollera, medias de nylon y mocasines.
¡Yo veía todo tan desigual!
Sus peinados siempre de peluquería batidos e impecables, nada que ver con los cabellos al viento de las otras.
Ya más grande, adolescente, llegó la autonomía y todo pareció “desaparecer”. Pero no, por lo menos no en mí, se escondió para aparecer con fuerza cuando ya era adulta fue tema recurrente de las sesiones de terapia.
Vergüenza que me hacía sentir dolor, angustia, tristeza por mí misma. ¿Cómo podía yo ser tan “desalmada” de avergonzarme de mi madre?
Pero las largas sesiones de terapia nunca lograron borrar mi vergüenza.
Florencia Zaldívar (CABA)
25. VERGÜENZA
Tengo diez años, en mayo cumplo once, estoy en sexto grado. Mi maestra es la señora Marta, me da las llaves de la sala de mapas para que vaya con la chica nueva, Virginia, a mostrarle dónde queda y qué cosas hay.
Llegamos, abro la puerta, entramos y le muestro el esqueleto, el globo terráqueo, los animales embalsamados, las vitrinas con bichos feos disecados y los mapas.
Virginia es alta, fuerte, robusta, y tiene muy mal carácter. Es mala. Ahora me mira burlona, cuando está la maestra se hace la buenita, pero al estar sola su cara cambia.
¡Ay!, ya tocó el timbre para ir al recreo. Cierro y salimos corriendo por las galerías para ir al patio grande de planta baja. Ya vamos por el segundo piso donde está saliendo tercer grado con la Hermana Celia, la maestra.
Virginia corre mucho, rápido y fuerte. Pasa entre las nenas, yo voy más atrás y veo como empuja a una de ellas, la tira y sin mirarla, sigue corriendo.
La Hermana Celia me acusa a mí del empujón, sus alumnas gritan que fui yo, la nena llora cada vez más fuerte. Una de las compañeritas la acompaña al baño, tiene rojas las rodillas y las otras siguen gritando que fui yo.
La Hermana Celia me hace entrar al aula, me acusa y yo me defiendo pero lloro. Suena el timbre y las nenas están entrando con la que se cayó. Se acomodan en las sillas, ahora la maestra me pone frente a ellas de espalda al pizarrón y mientras me reta, me sacude en la cara un rollo de papel. Pero lo que más me duele es ver a todas las nenas reirse. Yo siento mi cara roja como un tomate, es fuego, las manos me transpiran, me tiemblan las piernas. Quiero desaparecer.
Llega la señora Marta, me saca del aula. Ahora está hablando fuerte con la Hermana Celia. Viene la celadora, me da agua y poniendo la mano en mi hombro Marta, muy enojada, dice:
- Hermana Celia, mire en qué estado dejó usted a mi alumna.
Florencia Zaldívar (CABA)
24. VERGÜENZA EN LA ADOLESCENCIA
Hoy el tema a escribir para el encuentro de los viernes es vergüenza en la adolescencia, y tengo mucho para contar. . .
Me ponía colorada de todo, en el colegio me avergonzaba con facilidad, como el día que la profe de matemática me hizo pasar al frente en primer año y terminé haciendo una larga cuenta de números binarios que a ella, tan seria siempre, le causó mucha gracia, se tentó e hizo que se tentaran todas mis compañeras.
Recuerdo una navidad, tendría catorce, escuchando música empecé a mover los pies marcando el ritmo, creyendo que no me veían. Uno de mis tíos, dijo: Mirá, va a empezar a ir a bailar y se rieron todos.
Ahora sé, que lo comentó con inocencia, pero en ese momento hubiera querido hacer un pozo en la tierra.
También me acuerdo de un chico, de nuestro grupo de adolescencia, siempre salíamos todos juntos a dar una vuelta, y un día me dijo de vernos solos.
Él no era tan importante para mi, pero era la primera vez que me pasaba. Me preparé y fui a la parada del colectivo en la que habíamos quedado, pero nunca apareció. Ahí estaba yo, roja de vergüenza, aunque también de ira y de bronca.
Como resultado me quedaron marcados muchos miedos, entre ellos, a hacer el ridículo, que se burlen de mí, y a quedar expuesta.
Florencia Zaldívar (CABA)
23. MÁRQUEZ Y PANAMERICANA
En un momento,
Guille, el gerente, se puso firme y me dijo El lunes te vas a La Plata en el auto.
No tuve más opción que aceptar. Llegó el día y fui a la oficina pensando -Guille
me va a dar las indicaciones del Ford K y demás explicaciones, después me
manejaré con la Guía T y voy a hacer mi recorrido como otras veces-.
Llegué a la oficina y Guille hablaba con los chicos del servicio técnico. Me
miró y me dijo: Acá tenés las llaves
del auto, buscalo en la cochera 37, cuarto subsuelo. Estábamos en Córdoba y
Talcahuano, plena zona zona de Tribunales. Salí con mi maletín, y fui hasta la
cochera. Me anuncié al encargado y le consulté qué pasaba si se encontraban dos
autos en la rampa. Me dijo que el que iba subiendo tenía que retroceder y ceder
el paso. Yo jamás había subido una rampa ni usado un estacionamiento en otro
piso. Este tenía cuatro rampas, cuatro pisos. Una a una las fui subiendo,
tocando bocina ante la duda. Salí a la calle Talcahuano y seguí hasta
Corrientes. El tránsito de media mañana era normal. Un mar de autos, micros y
motos en la city porteña. Peatones cruzando sin mirar, los trapitos, esas
cosas. Yo iba tomando confianza en el Ford K de la empresa y escuchaba música
por la radio. En un momento, iba por Corrientes y un auto me tocó bocina. Pensé
debo estar como una jubilada
manejando a dos por hora….. Me recompuse y seguí hasta la 9 de julio, tomé
la autopista y me sentí más segura. A diferencia de otras amigas, yo estaba
acostumbrada a manejar en ruta. Hice mi viaje a La Plata, paseé por sus diagonales
y demás. Volví a la tarde a la cochera y bajé las rampas sin problemas. Llegué
a la oficina, devolví las llaves y di un breve informe oral de la jornada.
Pasaron los meses y
fui tomando experiencia por las diferentes zonas y circuitos.
Un día, tenía que ir
a zona norte con la chica de servicio técnico. Ella fue manejando hasta una
planta industrial de San Isidro. Mientras ella hacía su tarea, yo iría a ver
otra empresa por Florida. Luego regresaría por ella. Nos despedimos.
Calculamos que en una hora y media volvía a buscarla. Salí a Avenida Márquez y
doblé hacia Panamericana. Justo el semáforo estaba en rojo. Espere el verde y
arranqué. Me fijé unos instantes en los carteles para tomar el carril correcto.
Al mismo tiempo, la camioneta de adelante se detuvo por el tránsito. Yo me
distraje por el cartel hasta que sentí un impacto del auto contra la camioneta.
Frené de golpe, sin entender bien qué había pasado. Adelante, la camioneta paró
hacia el costado de la calle y yo hice lo mismo. Nos pasamos los datos del
seguro. Seguí hacia mi destino, me entreviste con la gente que me estaba
esperando y cuando volví al coche me fije de nuevo en los daños. Los
guardabarros delanteros estaban sueltos. Era un daño superficial pero
indisimulable. Volví a buscar a Gaby a la otra empresa y cuando vio el coche me
preguntó ¿¡Qué te pasó!?
Mientras volvíamos a
Capital le conté los detalles y ella me consoló diciéndome que le contara todo
a Guille , mi jefe y que no me preocupara. Yo estaba consternada. Pensaba que
me iban a despedir. Qué vergüenza que tenía, no sabía cómo le iba a contar lo
sucedido.
Cuando llegamos a la
oficina, con toda seriedad le conté a Guille lo que había pasado con el coche.
Contra todos mis miedos, él me dijo No te hagas problema, esto le puede suceder
a cualquiera. Lo importante es que no hubo daños físicos a ninguna de las
partes; además, a todos nos pasó algo con el auto. ¿En serio?, le
pregunté incrédula. Sí, el paragolpe trasero tiene un abollón que le
hizo Hernán en el estacionamiento del IMBICE de La Plata, dio marcha atrás y se
llevó puesto un arbolito; yo también me choqué con una saliente de una cerca
del Inta Castelar y lo rayé al costado.
Hasta ese momento, no
tenía idea de esos incidentes. No me había fijado ni nadie me había comentado
estas peripecias con el Ford K. Así que el alivio que sentí al final de
ese día fue memorable. Al igual que mi paso por el cruce de Márquez y
Panamericana.
Rosana (CABA)
Si hay algo que me da vergüenza actualmente es bailar.
En una fiesta, en un casamiento, en una reunión, si la gente baila a mí me
cuesta muchísimo decidirme (esta tomo luego) hacerlo. Muchas veces tomo un poco
de alcohol para desinhibirme, pero a pesar de eso, me cuesta. Siento que todas
las miradas van a estar sobre mí, si coordino o no. Nada más lejano a la
realidad, pero es lo que siento.
Cuando comenzó el 2018, me propuse sacarme esa
vergüenza de encima. Por donde yo vivo, durante los meses de verano, los días
de semana por la noche se cierra al tránsito una avenida y se abre para andar
en bici y otras actividades deportivas y recreativas. Suele concurrir mucha
gente, pero cada uno está en la suya. Junté mucho valor y tomé clases de Zumba.
Fui con Vale, una amiga y compañera de trabajo.
Pude darme cuenta de varias cosas. Primero, no todos
bailan ni coordinan tan bien. Segundo, la gente no mira cómo baila el otro.
Tercero, descubrí que con práctica no soy tan mala. Después de ese verano con
clases intensivas logré soltarme un poco y más aunsi previamente tomo un poco.
Volviendo para atrás mi mente, recuerdo dos
situaciones que pueden haber causado en mí este sentimiento. Yo tendría doce años
cuando, en una fiesta que hicieron mis papás, estaba bailando y con mis brazos
simulaba el golpe a una batería. Mariano, un amigo de la familia de mi edad, me
miró y me dijo: “¡Ah!, ¡no coordinás, el golpe va después!” Y él hizo el
movimiento “correcto”.
Otro momento que recuerdo y asocio con el sentimiento
de vergüenza actual, es cuando una vez, cantando el feliz cumpleaños para una
compañera de colegio, según dijo Emilita, yo no coordiné el aplauso con la
canción. Es el día de hoy que me cuesta aplaudir sobre una canción.
Participar del primer torneo Nacional de La Nación era
algo que nos tenía revolucionadas. Una de mis mejores amigas, Solana, había
sido seleccionada para las pruebas de Atletismo. Ella era muy hábil y
deportista. Como yapa, tenía la responsabilidad de elegir a un grupo de
compañeras, que no participaran de las actividades deportivas, para hacer el
show de apertura al evento.
Irían muchos colegios de Buenos Aires, desde ya que
muchos eran de varones. Para mis compañeras y para mí eso era una novedad,
compartir todo un día con cientos de varones nos tenía de lo más excitadas
(definitivamente esa es la mejor manera de describir nuestra sensación).
Claro
que fui elegida por Solana para hacer la coreografía inicial. Al ser un torneo
del diario La Nación decidimos representar periodistas y fotógrafos viéndonos
sorprendidas ante semejante evento. (no entiendo quienes se sorprendían)
Nos juntamos durante toda una semana a practicar los
pasos. Mi fuerte no era, ni es, la coordinación. Tenía sentimientos
encontrados: una terrible vergüenza de exhibirme frente a tanta gente,
especialmente frente a tantos varones, y unas terribles ganas de que tanta
gente, especialmente tantos varones, me mirara. Entre esas dos sensaciones se movía
mi cabeza. Mis amigas me dijeron: “Practicá y si en el momento no querés, no lo
hacés”. Me tranquilizó laa Practiqué mucho, pero mucho. Solana marcaba los
pasos con el típico conteo: “Un, dos, tres, atrás. Cuatro, cinco, seis, a la
derecha”. Cada movimiento debía ser memorizado y además coordinado.
Recuerdo que la noche anterior al show sentía mi
corazón latir más rápido que siempre. Me costó dormir. El viaje hasta el evento
por suerte fue largo. Mis amigas y yo compartíamos los nervios por la
coreografía y por la mirada masculina.
Por micrófono se anunció nuestro show. Decidí participar. En un abrir y cerrar de ojos, todo pasó y de la mejor manera. Todos nos aplaudían, éramos el centro de las miradas. Luego nos quedó todo el día libre para circular por el campo de deportes haciendo lo que más nos gustaba: mirar varones, charlar con ellos y armar nuevas amistades.
20. EL TUPPER AMARILLO Y LA BANDERA CELESTE Y BLANCA
Haber ido desde Jardín de Infantes hasta segundo grado
a un colegio tan frío y con una educación tan tradicional fue difícil para mí.
Mi personalidad insegura, mis miedos y mi timidez no se llevaban bien con un edificio
tan grande donde me hablaban en una lengua desconocida. Y cuando digo esto lo
digo en todos los sentidos: enseñaban francés y se manejaban con mucha
distancia y frialdad. No era a lo que yo estaba acostumbrada en mi casa.
Mi mamá solía mandarme una merienda para los recreos.
En general eran galletitas Manón, que venían en un paquete chiquito muy
simpático. Me encantaban. No puedo recordar por qué un día llevé una banana
cortada en rodajas en un tupper amarillo patito. Posiblemente el tupper se me
perdió antes de comer la banana y ahí quedó, olvidado dentro del aula.
Una mañana, estábamos por entrar a nuestro salón con
quien era mi maestra, una mujer mayor, alta y muy flaquita. Al abrir la puerta
nos invadió un olor nauseabundo. Ella comenzó a buscar de dónde salía ese
tremendo olor, movió la tapa del pizarrón y se encontró el recipiente amarillo.
Yo estaba preparando mis materiales para comenzar a trabajar cuando escuché que
la maestra decía en voz muy alta y con cara de asco: “¿De quién es esto?” Al
mirar, inmediatamente supe que eso me pertenecía y que era el causante de tanto
olor. Tuvo que preguntar dos veces, yo no me animaba a responder, pero
finalmente con mucha vergüenza y timidez dije: “Es mío”. No me acuerdo qué pasó
después pero ese momento lo tengo muy grabado en mi mente… El inolvidable
tupper amarillo patito.
Otro recuerdo de esa época es en primer grado,.Se
aproximaba el día de la Bandera. Usando el punzón debíamos calar una hoja y por
el lado de atrás poner dos franjas de papel glassé celeste. Comencé el trabajo,
logré quitar los dos rectángulos de la hoja blanca y llegó el momento de poner
los papeles de colores. No podía darme cuenta cómo hacerlo. Lejos de recibir la
ayuda de la maestra o una nueva explicación ella me retó: “Todos lo hicieron
menos vos. Quedate en el recreo y terminalo”. Sonó la campana y todos se fueron
del aula. No tenía ni la menor idea de cómo hacerlo y me puse a llorar. Tampoco
me acuerdo cuál fue la reacción de la maestra al terminar el recreo, pero es
otro recuerdo imborrable. ¡Que Manuel Belgrano me perdone!
19 DIEZ
CENTAVOS DE
Salía cada día, luego
de almorzar, y caminaba las dos cuadras hasta la Escuela 14, donde cursaba
tercer grado. En el bolsillo del delantal, las monedas para comprar golosinas.
Eran los últimos
minutos en que se veía movimiento en mi pueblo, el ir y venir de alumnos y sus
familias, antes de que la siesta silenciara todo y realmente después pudiera
decirse que “no anda nadie”.
Entraba a la una, iba
con tiempo suficiente para detenerme y elegir las cosas ricas para el recreo.
Si iba muy sobre la hora, el kiosco ya estaría lleno de chicos, y me apurarían
a decidir. Además el dueño se enojaba porque sabía que alguno intentaría
llevarse algo escondido. Era “lo del turco Apud”, mezcla de almacén, kiosco,
bazar, zapatería y algunas cosas más, una especie de Almacén de Ramos
Generales, pero sin la alcurnia.
Al entrar había solo
dos compañeros de la escuela, pero más grandes. Mientras uno elegía, el otro
iba contando lo que debían pagar. Debían haber juntado sus monedas. Yo
calculaba qué me convenía comprar para hacer rendir mi peso y tener algo rico
para cada recreo. Y convidar alguna amiga, y a ese compañero que muchas veces
no tenía monedas.
Tardaban. Mientras
esperaba hice la lista. Dos gallinitas, treinta centavos de caramelos y cuatro
alfajores de diez centavos. Y en eso se iba el peso.
Abrí el bolsillo de
afuera de mi portafolios marrón, para estar lista e ir guardando todo. Me fui
acercando al mostrador, vi qué Apud estaba concentrado en los otros
compradores, y sin saber por qué ni pensarlo, agarré un alfajor de los de diez
y lo guardé. El corazón me latía fuerte, había hecho algo que no estaba bien.
Pero me gustaba ese alfajor de más, y nadie se había dado cuenta. El botín del
cuento de piratas que nos había leído la señorita. Aunque los piratas eran
malos.
Salieron los chicos,
muy rápido agarré lo que llevaría y se lo mostré a Apud para que hiciera la
cuenta. Fue contando cada cosa mientras yo le mostraba mi moneda y me dijo: “Es
un peso, más otro alfajor de diez que tenés en el portafolios, son un peso con
diez centavos. Pero no te preocupes, los diez me los traés mañana”.
Sentí que toda yo me
volvía roja, como mi hermano el pelirrojo. Mi cuento de pirata había terminado
mal, y no tenía ningún parche para esconderme. Quedé paralizada sin saber qué
hacer, hasta que el turco volvió a hablarme: “ Y dale, apurate y entrá a la
escuela, que ya empiezan a caer más chicos”.
Sentí que me dio
permiso para salir y no quedar presa, y salí muda a recorrer la última media
cuadra que me faltaba.
Diez centavos de
vergüenza. Una fortuna que me enseñó lo que no volvería a hacer.
Alejandra Martínez Vázquez (Pringles, Buenos Aires)
18. LA FIESTA DE QUINCE
Narrar sobre la vergüenza en la adolescencia es algo así como escribir un libro. A la que se suele tener sobre el propio cuerpo, se pueden agregar las vergüenzas sociales, y algunas otras más que todas, en mayor o menor medida, hemos vivido.
En mi caso, comencé
a tener una serie de recaudos para que
nadie se enterara de mis preferencias afectivas, luego de un episodio que tuve
aún durante mi infancia. Me pasó una vez
que comenté a alguien (no recuerdo a
quién) que me gustaba el hermano mayor de una amiga del grupo, y en algún
momento me encontré con que mi “secreto” había sido revelado al destinatario;
eso fue un bochorno total. A partir de allí, creo que decidí no confiar más mis predilecciones acerca del
otro sexo, ni siquiera a la amiga que consideraba más íntima.
Además de todas
esas vicisitudes propias de esta etapa tan conflictiva, quisiera mencionar un triste
evento que me tocó vivir, apenas comenzada mi adolescencia. Toda la familia
estaba invitada a la fiesta de quince de mi prima, casi un año mayor que yo. Recuerdo
que me habían hecho confeccionar con la modista, un vestido blanco de organza,
con bastante vuelo en la pollera, lo cual era de mi especial agrado. No sé quién
había elegido el modelo, si mi mamá o yo, o tal vez entre ambas, pero sí que lo
veía muy bonito, así que me sentía feliz con el nuevo atuendo. Ocurrió que, al
llegar a la celebración, todas las demás chicas, incluida mi hermana, estaban
con vestido largo y el mío era el único corto. De pronto todo mi buen ánimo se
desmoronó como un castillo de naipes, y me sentí tan ridícula… Cristina, la del
cumpleaños, se veía bella con su vestido glamoroso hasta el piso, y con su
largo cabello renegrido, cuidadosamente ondeado, en contraste con su piel clara
y sus grandes ojos verdes. A las demás chicas, en cambio, no les advertía nada especial, y tampoco las
consideraba ni más ni menos que yo. Esa era mi primera “fiesta de 15”, así que
había pasado tiempo practicando los pasitos de moda del momento, que ya por ese
entonces mostraban algunos programas de la tele. Pero, para mi desilusión, pasó
todo lo contrario de lo que había planeado y
me quedé toda la noche sentada, “planchando”. Recuerdo que era la única
que seguía esperando a que alguno se dignara a sacarme a bailar alguna pieza,
lo cual no ocurrió en toda la velada, y ni mi primo mayor se apiadó ni tuvo
ninguna deferencia para con mi persona. En esos días, a cualquier “señorita educada”,
le correspondía esa actitud de “espera pasiva”, y tampoco estaba bien visto que
se pusiera a bailar sola o con las demás chicas, como ocurre actualmente. Solo
deseaba que “me tragara la tierra” y retirarme de allí lo antes posible; así
resultó para mí una larga espera hasta que mis padres se decidieron a hacerlo.
Esa fue una de
las peores “noches festivas” que pasé en esos años, sintiéndome avergonzada ante
los demás. Entonces, la tristeza, el tedio y el malestar se apoderaron de mí.
No sé si fue por mi edad, ya que era la menor del grupo, o por mi vestido
corto, pero en ese momento me sentí la “más fea de la fiesta”. No volví más a
lo de mis tíos; a partir de allí comencé a poner diferentes pretextos para no visitarlos
cuando nos invitaban, y con el tiempo también mis padres dejaron de compartir los
fines de semana con ellos. Atrás quedaban los años de niña, cuando los primos organizábamos
juegos y nos trepábamos a los árboles de ese patio tan extenso, y yo disfrutaba
de los domingos, cuando nos reuníamos un montón en familia, en la amplia
vivienda del barrio residencial Cerro de las Rosas.
Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)
17. LAS CLASES DE DECLAMACIÓN
No eran de mi agrado las clases de “declamación” a las que me enviaban mis padres, porque decían que me iba a ayudar “a vencer la timidez”. Si bien mis sueños eran ser bailarina clásica y aprender a tocar el piano, por el contrario, por obligación familiar concurría a recitado y a Inglés, debido a que también este último me “iba a ser útil en el futuro”. A raíz de que asistía a las clases en la academia del barrio, con la “señorita Norma”, en la escuela me solían hacer declamar en los actos. Pero eso no era lo peor, sino que mi papá tenía la maldita costumbre de hacerme colocar en el lugar de “monigote” al frente (así me sentía yo), cuando llegaba algún amigo o pariente de visita. A mí me daba mucha vergüenza ponerme a recitar esos poemas infantiles adornados con ademanes y no podía evitar sentirme en ridículo. Al comienzo yo no quería saber nada, pero encima me insistía tanto delante de ellos, que yo ya no podía negarme. Me acuerdo que percibía que el que estaba orgulloso era mi papá, mientras que sus amigos decían “qué lindo” o algo por el estilo y se notaba que actuaban así por compromiso.
No me acuerdo
bien la edad, pero tendría unos nueve o diez años cuando ocurrió lo peor. En uno de esos actos escolares en que debía recitar
algún poema, comencé bien, como de costumbre, pero de pronto no pude recordar
como seguía la letra, así que me detuve. Me quedé parada al frente un rato,
intentando hacer memoria, pero al no poder lograrlo, me retiré sin decir palabra.
No sé si fue por respeto o porque nadie estaba escuchando lo que decía, pero a
pesar del notorio enrojecimiento en mi rostro, por suerte no sobrevino la tan
temida risa generalizada. De todos modos, a este episodio lo tengo en mis
recuerdos como uno de los más bochornosos de mi infancia.
Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)
16. RULINFLÓN
Era la clase de
Historia, quinto año se secundario, con la profe Susana Daroca, una genia, de
las pocas que nos enseñaba a pensar. Le gustaba tomar oral y nos hacía pasar al
frente para evaluar qué traíamos de casa, qué conocíamos. Esa mañana nos llamó
a Ruli, a Pedro y a mí. Escribió un tema para cada uno en el pizarrón.. El mío
era ''Presidentes Constitucionales'', por supuesto que no tenía la menor
idea, ni un nombre siquiera, nada. Yo sabía de novelas, artistas y de rock.
Encima esta profe que no avisaba cuando nos iba a tomar. Lo miré a Ruli
como pidiéndole ayuda, "Aldo Rico" murmuró despacito. Si bien no
confiaba en él, sabía de su maldad, desde chico era burlón, me llamaba
"gorda" haciéndome sentir horrible y no era de buenos sentimientos
pero, en ese momento, necesitaba creerle y cuando la Daroca se acercó y me
preguntó "¿Y Cabrera?,¿ recuerda algún presidente constitucional? ". "Aldo
Rico", respondí. En ese preciso instante la clase entera se
convirtió en una carcajada que resonaba en el salón haciendo estallar mis
tímpanos y solo veía la cara de Ruli que se deformaba y se aguantaba. Yo quería
salir corriendo, una vez más ese idiota me hacía sentir horrible. Lo que no
podía entender era por qué lo había escuchado, ¡qué ingenua! La Daroca se
acercó nuevamente y, luego de hacer callar a sus alumnos, me dijo con firmeza -
"¿Es una tomada de pelo, Cabrera?, vaya a sentarse, tiene un uno". Yo
lloraba por dentro, ese gordinflón una vez más me había hecho pasar un momento
de humillación, quedando expuesta, cómo le gustaba a ese idiota acomplejado. Ya
pagaría por lo que acababa de hacer.
Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)
La
vergüenza en mí se instaló con la presión que ejercía mi madre para hacer todo
perfecto. Mi hermano nació imperfecto en una familia prejuiciosa y debía ser
vergonzoso que un chico del clan caminara chueco y con la lengua afuera, aunque,
por supuesto, eso lo corrigió. La vergüenza fue tortuosa durante toda mi
infancia y adolescencia, no podía pasar al frente de la clase y no podía
expresar palabra alguna con los demás.
Por
suerte existió la psicoterapia aunque recién a los veintidós años pude
comenzar. Gracias a aquella maravillosa terapeuta logré sacar la angustia de mi
garganta: Cerrá los ojos, me dijo en
aquella sesión, imaginate que lo que
sentís en la garganta se transforma en miga de pan…Ahora hacé una bolita con
esa miga…Ponela dentro de una botella y tirala al mar… Ese fue el comienzo
de un largo camino para liberarme de todo un ovillo de sentimientos que no me
permitían disfrutar de la vida. Un par de años más tarde, con esa misma
terapeuta comencé una Terapia de Grupo. Fue un momento de mi vida maravilloso,
éramos seis personas con la misma “patología”: la timidez. Recuerdo estar
sentados en círculo, sobre almohadones, y hacer un ejercicio para comenzar a
vencer nuestro mal, ese ejercicio era mirarnos a los ojos durante dos minutos;
en otra sesión uno se ponía en el medio y los demás tenían que decirle algo que
le gustara de su cara, y así tantos ejercicios que me ayudaron a desenredar
aquel embrollo.
Estudiar
canto me liberó. A los treinta años la profesora de práctica coral, con mucho
amor, me dio el valor y la fuerza que yo no creía tener, hasta tal punto que
para la muestra de fin de año yo fui solista y los demás me acompañaban en coro.
Cantar frente a tres profesores en los exámenes me dio seguridad. Presentarme
en audiciones dificilísimas me dio más seguridad. A lo largo de mi vida coral
nunca jamás pude sobresalir y cuando canté como solista fue con personas que me
hacían sentir a salvo,como lo fue mi hijo, porque me daban el valor que en el
fondo yo sabía que tenía.
El
punto más alto fue en el año 2010, tenía cuarenta y cinco años y me convocaron
para unas Jornadas sobre discapacidad en Córdoba. El tema era “Los hermanos”.
Me preparé con mi psicólogo durante tres meses, sentí todo el tiempo que no lo
iba a lograr. Cuando ese día llegó, escribí un papelito para guiarme. Una vez
en el escenario éramos cinco y yo estaba en segundo lugar. Pero me había
olvidado el papelito. Entonces agarré el micrófono tan nerviosa que se movía
como si estuviera sacudiéndolo y comencé diciendo: Soy Alejandra, la hermana de Daniel… y fue
allí donde me di cuenta de que tenía que ser yo misma y contar mi experiencia,
entonces las palabras salieron de mi corazón… Y fui feliz.
14. ADOLESCE-ESENCIA
Transcurría la década del setenta. Estaba en el tercer año de la secundaria. Ese año había llegado al colegio Nacional después de hacer los dos primeros en uno religioso. Pronto fui conociendo a mis compañeros y compañeras. Nacieron las primeras amistades que fueron abriéndose a los sentimientos desde alguna conexión, desde algún acuerdo tal vez tácito que había producido ese vínculo.
Era una época
donde la juventud se expresaba por un hilo conductor que iba desde la
ideología, hasta la forma en que nos vestíamos. Había una necesidad de
sentirnos parte de esa tribu que se atrevía a rebelarse al mundo desde todos
los sentidos posibles: vistiendo los colores más llamativos, alzando nuestras
voces a quienes nos quisieran escuchar o no, haciéndonos visibles mediante
actos escandalosos en una sociedad que pregonaba el deber ser.
Así, nos veíamos
con pantalones cuasi uniformados con patas de elefantes. Los varones lucían
melenas hasta los hombros y unas
singulares patillas hasta la mandíbula. Las
minifaldas con largas botas eran las prendas más usadas por las chicas.
El atuendo se remataba con brillantes vinchas que eran el marco de espléndidas
melenas escrupulosamente planchadas.
Por entonces al
igual que cualquier adolescente, creía que para ser parte de esa realidad debía
hacer las mismas cosas que mis amigos, vestirme igual y consumir lo mismo.
Llegó la primera
invitación de una compañera a su casa. Quedaba en un piso en frente de la plaza
del centro. Fui con cierta ansiedad. No estaba acostumbrada a visitar amigas en
la ciudad. Ni siquiera sabía exactamente por dónde debía entrar. Tomé el
ascensor y toqué el timbre. Me recibió su mamá. Me hizo pasar. En cuanto entré,
vi a la derecha una puerta abierta, el
lugar estaba repleto de juguetes. La señora me explicó que era la sala de
juegos. Una rara sensación me invadió, y ciertamente alguna reacción de mi
cuerpo hizo que me inquietase. Delante de mí pude observar amplios ventanales
que proponían una generosa vista a cada rincón de la plaza. Caminábamos y pasábamos de un lugar a otro en
los cuales se observaban distintos sillones muy acolchados, de colores y
texturas diferentes. Me indicó otro recinto donde me esperaba mi compañera junto
a una mesa enorme redonda. Nos saludamos y después de un rato fuimos a charlar
junto a los ventanales. Cuando me invitó a sentarme en uno de los sillones
pensé: ¡Acá desaparezco! ¡Voy a
necesitar una grúa para salir!
De a poco fui
conociendo las casas de mis amigas. Algunas no tan grandes como la de Victoria,
pero todas tenían algo que me gustaba y que las hacía particulares para mí. En
el comedor de la casa de Stella se apreciaba un hermoso piano, donde mi amiga
jugaba con las teclas sacando algunas notas. Otra de mis amigas, vivía en una casa
muy antigua donde se apreciaba un espléndido mobiliario. Hubo una mañana que no
entramos a clases y en manada fuimos a parar a la casa de otra compañera.
Grande fue mi sorpresa cuando decididas a tomar un café, la chica extrajo de
una alacena un enorme tarro de café Dolca, un bien muy preciado por entonces.
Mis pupilas aumentaron su tamaño y mi boca comenzó a segregar un mar de saliva.
Hacía tres años que vivíamos en la ciudad.
Íntimamente deseaba invitar amigas a mi casa. La construcción aún estaba por la
mitad. Faltaba mucho para poder terminarla. El baño había sido levantado en el
patio -temporariamente- hasta poder finalizar el que se encontraba adentro. Mi
dormitorio estaba incluido en el de mis hermanos, delimitado por dos grandes
roperos. El tercer dormitorio, que
teóricamente hubiese sido el mío, había encontrado la función de ser el
receptor de cuanta cosa no tuviese otra ubicación, incluida una batea donde
incluso solíamos bañarnos. Mi mamá tenía en funcionamiento su almacén. Había
logrado vender todo artículo que era necesitado por la gente del barrio. El
querosene era uno de esos productos y el tambor de expendio estaba en el patio.
No me sentía
segura para ofrecer mi casa a mis amistades. Me resultaba difícil incluso por
el trajín diario que vivíamos. La atención del almacén –que se hallaba en una
de las piezas de adelante de la casa- implicaba un ir y venir constante. Las
pocas comodidades con las que contábamos hicieron que de a poco fuera
enmudeciendo esa voz interna, dejando pasar los meses ignorando esa
posibilidad-.
Durante una
charla en el patio de la escuela entre los compañeros del curso, mis oídos comenzaron a prestar
atención a la historia que Roberto estaba relatando. Hablaba de su vida en una
quinta a las afueras de la ciudad, un poco más alejada de donde estaba ubicada
mi casa. Hacía referencia a un caballo que su papá había traído- un zaino- y
los cuidados que le prodigaba. De inmediato me identifiqué con el relato
-cuánto tenía de semejante a lo vivido en mi corta existencia- me sentí cerca de su historia.
Un sábado decidí
que ese muchacho sería mi primer invitado. Para mí era únicamente un amigo, no
había otra intención, pero me sentía dichosa de tenerlo en mi hogar. Roberto
había vivido una realidad similar a la
mía. Sabía que no sería juzgada por las estrecheces económicas que se
evidenciaban en aquella casa. Podría ser yo misma sin tener que dar
explicaciones para salvar alguna incomodidad.
Por esa época,
fue al único que me atreví a invitar a pasar una tarde en casa.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
13. DE MILONGA
Cuando comencé
el taller de tango me entusiasmé mucho. Trabajamos técnica, expresión, pisada,
musicalidad, marcas y fundamentalmente la comunicación con el compañero y la
sensualidad en los movimientos. La vestimenta la elige cada uno, sentirse
atractivay cómoda o cómodo es la condición fundamental para una danza bella y placentera.
No son necesarias prendas caras, sólo estar a gusto y con zapatos cómodos. En
las milongas a muchas personas les gusta lucir sus mejores brillos y tacos.
Después de unos
años de taller comencé el Profesorado de Tango de Adultos. Una noche salí con
mis compañeros del Profesorado a una
milonga en un lujoso lugar de San Martín de los Andes. Tocaría en vivouna
prestigiosa orquestay por supuesto bailaríamos. Para aquella ocasión me mandé a
confeccionar una pollera negra de doble falda. Una con brillos y por encima
otra de gasa negra muy llamativa. El modelo lucía cortes irregulares muy
originales lo cual permitía lucir ambas telas. Me calcé mis zapatos de pequeños
tacos negros, medias can-can y una musculosa que me quedaba, para mí, espectacular. Aros, colgantes, pulseras y muy
buen maquillaje completaban la noche.
Llegamos y el
lugar estaba lleno de gente, éramos un grupo numeroso así que habíamos
reservado una mesa. Había mujeres con accesorios, brillos, plumas, tacos de
todos los colores y tamaños. Los más excéntricos bailarines se lucían al son de la orquesta.
Yo bailé varias
“tandas” con distintos hombres que me invitaban ya que había ido sin “pareja”.
Las “tandas” son series de tres temas al final de los cuales se hace una
pequeña pausa para cambiar de pareja de baile. Entre tema y tema transcurren
unos pocos segundos durante los cuales los bailarines permanecen en la pista
conversando con la pareja de ese momento.
Yo lucía orgullosa
mi modesta y preciosa pollera.Terminó esa tanda y me senté con mis amigos,
después de un rato fui al baño. Caminaba con un, muy ensayado para la ocasión, paso
firme. Siempre sentía un poco de vergüenza, pero lo disimulaba con una actitud
segura.
Al volver del
baño me senté, tomé un sorbito de aquel buen vino y nuevamente, otro hombre me invitó a bailar. Terminó el primer tema de la tanda.
Antes de comenzar el segundo, se acercó una chica que yo no conocía. Mientras
yo conversaba con mi compañero, ella muy amable me dijo al oído: “Disculpame, tenés el forro
de la pollera metido en las medias”. Como no había comprendido de qué me estaba
hablando, le aclaré que mi pollera no tenía forro. Hasta casi me había ofendido
que llamara “forro” a mi hermosa pollera hecha con tanta dedicación y especialmente para esa noche. Yo me
imaginaba que me hablaba de una enagua o algo así. Como las que usaba mí abuela hace muchos
años.
La chica con
buenaonda repitió lo que había dichoy enseguida comenzó el segundo tema. Mi
compañero me tomó nuevamente y bailamos. Me quedé pensando y durante el baile
entendí que la chica me estaba hablando de la tela de abajo de mi pollera, esa
que tenía brillitos y que me gustaba tanto. Casi me agarra un ataque. Me
imaginé que seguramente estaría casi en bombacha solo tapada por la gasa.
En los códigos
milongueros es de muy “mal gusto” dejar a alguien en la pista sin terminar la
tanda o por lo menos el tema que se está bailando. Así que decidí terminar de
bailar el tema con mi tela enrollada en las medias para no plantar al
caballero.Por suerte las milongas suelen ser en penumbras. Antes del tercer
tema de la tanda le dije a mi compañero “disculpame” y corrí al baño a
arreglarme el desastre de la ropa. Pasaba entre las mesas haciéndome la divina
y pensando que todos estarían matándose de la risa de mi papelón. Me acomodéy
al fin entendí que me había subido las medias junto con la tela después de
hacer pis. No quería salir del baño. No sabía qué hacer.
Después de un rato me resigné y pensé: “Y bueno, ya fue” y salí nuevamente,
haciéndome la diosa. Como si nada.
Volví a mi mesa,
y les conté a mis amigas. Ellas no habían visto nada. No se habían dado cuenta.
Me parecía que la gente me miraba, pero ya no me importaba.Aquel hombre no me
invitó a bailar más.
Clara (Junín de los Andes, Neuquén)
12. LA VERGÜENZA EN MI VIDA
Desde muy chiquita fui convocada a ser la perfecta, la fuerte, la que no se equivoca. Y ese papel debía cumplirlo al pie de la letra, porque mi madre fue la que lo determinó. Entonces imagino que la vergüenza no tenía lugar, más bien siento que cualquier atisbo de error que pudiera causar vergüenza era negado desechado, sepultado.
En la adolescencia recuerdo que
alrededor de los quince años, iba a danzas clásicas desde los diez con el mismo
grupo de chicas, todas iban creciendo en altura y corporalmente. Yo era
extremadamente flaca y con la mallaa negra aún más. En un momento, no me
acuerdo bien cómo, empecé a usar un corpiño de mi hermana, ella sí tenía tetas,
rellenado con algodón. A veces lo usaba y a veces no. Nunca nadie lo notó o por
lo menos yo no tengo recuerdo de haber sido descubierta, pero algo parecido a
la vergüenza por no tener tetas debo haber sentido.
Otro recuerdo más adelante con dieciséis
años, estando de novia con mi primer amor. Estábamos en un cumpleaños de un
amigo que estrenaba un equipo de música espectacular, con mucha potencia y
hasta auriculares, algo muy novedoso para todos. Me hicieron una broma, me
pidieron que cantara con los auriculares y la música muy fuerte, por supuesto yo
no me escuchaba, solo veía que todos se mataban de risa y no me daba cuenta por
qué. Cuando terminó la canción me enteré de que había desafinado mucho, por eso
las risas. Yo lejos de enojarme o sentir vergüenza, me reí, pero a mi novio no
le gustó nada esa situación, en ese momento no lo entendí, luego comprendí el
concepto de vergüenza ajena.
A los veintidós años tuve que afrontar
una situación en la que fui descubierta. Trabajaba de secretaria de un médico,
cuya consulta era muy cara. Llegó un sacerdote que me pidió rebaja y le dije
que tenía que consultarlo con el médico. En la conversación con mi jefe, comentéque
a mí no me parecía bien que le cobrar menos pues la curia estaba llena de plata,
esta idea la traía de mi trabajo anterior, una editorial religiosa, donde lo
había comprobado. Este sacerdote, escuchó mi comentario, por lo cual, tuve que
pedirle disculpas. Este hombre me dijo que estaba de acuerdo con mi comentario,
pero que él era franciscano y no contaban con recursos como los de la curia, o
algo así. Un papelón que sobrellevé con valentía.
Y, por último, no hace muchos años,salió a la luz un secreto que le había contado a una amiga. La verdad es que es muy largo de contar y hasta me da vergüenza hacerlo. La pasé muy mal. Tuve vergüenza ante mis hijas y mi marido, si bien era un hecho de la juventud (se trató de una infidelidad), fue algo de lo que me arrepiento pues causó malestar en mi gente querida.
Susana Moreno (Maschwitz)
11. PEGADA A MIS HUESOS
La sangre se me altera
mirando por el retrovisor…mientras pienso
…mi ADN perenne en mí.
La vergüenza pegada a mis huesos con padres equivocado así pensaba mientras
estudiaba con rabia en cuclillas usando mi cama como mesa por no tolerar a lo mío
La semana pasada
encontré a un amigo que se radicó en Rusia, primero fue cartero, luego
camarógrafo siempre como monotributista, pero ahora las cosas son distintas,le
deseé lo mejor…
La alfombra se queda corta para seguir tapando basura, los momentos que no pude evitar y los fantasmas que querían habitarme a toda costa...
Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)
10. VERGÜENZA ADOLESCENTE
Mi pasado y yo tenemos pendiente un café para hablar de la vergüenza en la adolescencia.
Después de aquella
bofetada de la seño Clara que fue como un delirio breve que hizo arder mi alma
y me llenó de vergüenza porque todos voltearon para verme llorar…
Salí de la fila, y
descargó contra mí su furia. Yo tenía apenas diez años ,solamente quería defenderme del pibe que me
molestaba, por eso fue la zancadilla que le hice …
La rabia me había
acompañado desde entonces esperando por
cierto como un animal para abalanzarme contra quien fuera. Fue justo en ese momento en que la piba quiso
golpear a mi amiga, entonces la agarré de sus cabellos y la tiré al piso, me
empujó, la empujé con mucha violencia pero mucha violencia acumulada en mí,
tanta que fue a parar adentro de una panadería, frente a una estación ,Como si no
me hubiera saciado , la esperé que saliera y le largué un piedrazo y le rompí
la cabeza…
Hastiada de todo tipo
de tormentos y humillación inefable tenía que defenderme, sacar la basura de mi
cabeza que me hacía actuar como una esquizofrénica. Porque así actué cuando mi
hermana mayor me mandó a golpear a una nena ,porque era gorda…solamente por eso
, así me dijo: “la odio porque es gorda”…
Entonces cuando la vi
de nuevo a la señora Clara se acercó intentando ser amable conmigo; ahí la miré
fijamente y le dije que yo nunca estudiaría para docente, porque era una idiota
juntando odio…
Años después me la encontré y me saqué aquel veneno . Delante de todas esas personas que la rodeaban le pregunté: “¿Se acuerda de la cachetada que usted me dio cuando era docente? Tenía diez años…
9. ESCRIBO PARA PODER CONTINUAR
A lo lejos se oyó la
sirena, la escuché como algo deformado,con los ojos fríos y muy caliente, la
imaginación a flor de piel.En casa, había oído decir, "seguro que alguien
paró la patas" o "hubo un accidente, quizás un incendio". No
podía pasar esto desapercibido sobre mi persona, de hecho consensuaba a
especular más del tema y me salía de la vaina.
A veces, era como una
especie de bufón sin fundamento, me iba por el lado de los tomates, tras lo prohibido. Entonces mi madre me detestaba de
inmediato, me trataba de usted, como si fuera una total desconocida. Eso me
dolía, era un castigo, eso lo hacía para no discutir o pasar vergüenza, en mi opinión era como ir
al purgatorio. Así que opté por seguir atada a lo hogareño, desde aguantar a mi
madre ensayando las puteadas al carnicero o al panadero.
Al regreso, después de
haber completado con éxito su misión, se podía tolerar. Pero cuando me pedía
que la acompañara, me sentía una enferma, como una demente, ya no pedía que la
tierra me tragase, para que no sufra una indigestión conmigo… Era toda una odisea que tenía que
pasar, mientras perduraran los trámites de mi vieja.
Me sentía atrapada
entre muros experimentando todo tipo de vergüenzas, desde los castigos de la
primaria,arrodillada junto al escritorio de la directora, sobre maíces que
desparramaba la portera, mientras nos miraba a cada uno, como si fuéramos la
peste, hasta la risa de los mismos compañeros.
Que por suerte, ni
mella nos hacía, nos sentíamos más fuertes. Además Dora, la directora,nos clavaba la mirada,
como una especie de hiena, nos empezaba a estudiar cada movimiento, era arisca.
Luego de destrozarnos, sus llamadas telefónicas, dejaban brechas abiertas… Suficiente
para nuestra cabeza llena de combustible…
Bah!- a mí, me
encantaba ese lugar, mi lugar preferido era cerca de la bandera de ceremonia. Traía
a colación todos los actos durante el año, también, cuando fui primer escolta, escuchar
todo ese protocolo que te decían con tantas emociones a que a uno lo ponían
patas arriba.
Mediante el tiempo que
borra todo, según mis padres,la angustia crecía dentro de mí, era como criar un
monstruito, aterrada al policía que llevaba las veinticuatro horas.
A lo diez, once años, me
acogotaba ésa vergüenza, la de mi viejo, pensando de la cobardía de por qué no
se defendió, eran como cinco contra uno, al menos a alguien hubiera denunciado,
pero había una fuerza de opresión algo como un compromiso, una conspiración…y
para completar se me limitaba a exponerme, calzaba perfectamente en un encuadre
para cualquier realidad.
Maldito tiempo de la
historia, de nuevo para joderme, caía la guerra de Malvinas, de nuevo me ataba
al dolor de mi vieja, año 1982. Días fatídicos, mis dos hermanos haciendo el
servicio militar obligatorio, les tocaba de cerca, muchos cambios en casa, por
todos esos acontecimientos que te marcan. Yo desplumada, ya ni comía menos ir a
clase,me dormía-escuchimizada de nuevo.
Así que abandoné mis
estudios, postergándolo para más adelante “ésa fue mi declaración…”
Crecí de golpe, como si
me hubieran puesto al sol hasta quemarme,como si estuviera en un laboratorio
haciendo de mí, algo líquido, transparente, tóxico.
Comencé a visitar todos
los ámbitos de la justicia, desde defensoría, hasta psicólogo, en busca de
ayuda. Viajé a la ciudad más cercana y con un reportero que me ayudó a internar,
a unos de los locos de mis hermanos, ex combatiente… Terrible vergüenza las
cosas que hacía, se iba al cementerio, arrancaba las cruces y se lo cargaba a la espalda sintiéndose
Jesús, por todo el pueblo. Fue una época muy extrema.
Después apareció mi
amigo y fue la defraudación más grande que conocí. Un gesto de cortesía mejor
ni hablar. Reporteros,medios de comunicación, amordazado por el estado, me
sentí insignificante. La Dictadura…silencio.
Por eso escribo para
vivir, para continuar …
Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)
8. SITUACIÓN CONFUSA
No tengo recuerdos de haber sentido vergüenza en la infancia. Contaré una situación que fue muy incómoda, confusa.
Tendría unos cuatro o cinco años. En
casa vivía el padrino de mi hermano, un hombre alto y fuerte, tenía músculos
marcados en los brazos. Nos levantaba a mi hermana y a mí, una en cada brazo,
como si fuéramos una pluma. Tocaba la guitarra y nosotras bailábamos. Nos hacía
dar vuelta carnero en el aire agarrándonos fuerte de las manos y cayendo sobre
su cama doble. ¡Qué divertido!
Un día hizo una sillita con sus manos en
la parte de atrás de mis muslos y él acostado me levantó para hacerme volar de
lado a lado, parecía que estaba volando de verdad. De repente sentí su dedo
pulgar hundirse entre mis piernas y me asusté, lo miré, su mirada era rara,
parecía la del diablo, grité ¡bajame! Y salí corriendo, me escondí debajo de la
pileta de lavar la ropa. No sé cuánto tiempo pasó. Se había hecho de noche y
escuché que mi mamá lloraba porque no sabía dónde estaba yo. Salí de mi
escondite y no le conté lo que me había pasado ni a mi hermana. Solo recuerdo
que ella decía que yo ya no quería bailar cuando Norberto tocaba la guitarra
porque me daba vergüenza y a ella no, pero no era cierto.
Susana Moreno (Maschwitz)
7. LA FUNCIÓN
Me había despertado muy temprano daba vueltas y vueltas enrollándome en las sábanas tratando de dormir un rato más.
Imposible. Abrí
un ojo y me espié: parecía una momia sujetada por mis sábanas blancas y con los
brazos apretados al costado del cuerpo. Me costó liberarme. Cuando lo logré me
estiré, estaba toda contracturada.
Me dirigí al
baño y me di una ducha que ayudó a que me sintiera mejor.
Sentada en un
sillón tomé un té mientras leía unas hojas fotocopiadas.
A medida que iba
leyendo sentía algo como una mano fantasmal que apoyada en mi estómago me
presionaba.
Mientras continuaba
un pensamiento lateral retumbaba en mi cabeza como un tambor de lejanos tiempos
que repetía, no te olvides..no te
olvides...
Revolee las
fotocopias, tomé el bolso rojo y guardé
una pollera negra, una blusita con puntillas, un pañuelo de cuello, un sombrero
de paja y algunas cosas más.
A las dos de la
tarde tocaron el timbre. Tomé mis cosas y salí corriendo a subirme al remis.
Llegué a
destino.
Estaban mis
compañeras hablando y moviéndose excitadas.
Entramos y ¡manos
a la obra! Nos distribuimos las tareas: una barría, otra pasaba el trapo a un
piso de madera.
Colocamos unas
cortinas negras rodeando todo lugar.
Verificamos las
luces, nuestra profesora daba todas las indicaciones y estaba en todos los
detalles.
Cuando estuvo todo
listo, la profesora nos dijo que debíamos caminar en círculo, después
vocalizamos y finalmente en un abrazo circular gritamos con toda la fuerza ¡mierda!, ¡mierda!,¡mierda!
Ritual
concluido.
El camarín era
chico y allí nos amontonamos para cambiarnos.
Éramos cinco
mujeres y tres hombres dentro de ese espacio para cambiarnos y maquillarnos.
Yo había pensado
en todo, excepto en ese momento que debía quedarme sin ropa delante de mis
compañeras y compañeros.
Empecé a sacarme
la ropa y a mirar de reojo a los tres muchachos que se habían sentado como si
estuvieran en una platea muy cómodos a mirarnos.
Yo transpiraba
el corpiño lo tenía húmedo y me vestía con la ropa del personaje lo más rápido
posible.
La profesora
entró y nos dijo que habláramos bajito porque ya iba a dar sala.
Hicimos
silencio. Yo tenía la cara encendida como una llama.
Terminamos de
maquillarnos en silencio.
Se escuchaba el
murmullo de la gente que ocupaban las gradas.
El cortinado
negro tenía un par de agujeritos y por ahí espiábamos al público.
Las gradas estaban
repletas de gente y tuvieron que agregar sillas.
Cuando los
espectadores estaban acomodados,
bajaron las luces y se escuchó una música suave.
Entró la
profesora y dijoen tres minutos salen.
Así fue mi debut
en la puesta de fin de año del taller de teatro.
Emociones
previas todas angustia, temor, vergüenza, etc.
Cuando se
prendieron los focos me olvidé de mí, me tomó el personaje y yo ya no era yo.
Al terminar la
obra escuchamos fuertes aplausos. Fue como si
el oxígeno me atravesara todas las células del cuerpo.
A la salida me esperaban familiares, amigas, me abrazaban y me sentí como una niña avergonzada pero que se había atrevido a jugar su juego. A los casi cincuenta años el fuego de la niña interior se mantenía encendido y pudo darse a conocer.
Yayi (CABA)
6. VERGÜENZA EN LA INFANCIA
Recuerdo momentos de esos que tienen los chicos que nunca se olvidan.
La tarde que me corté el pie con un vidrio y gritaba
“¡me voy a morirrr!”, rodeada de gente que trataba de calmarme, el día que
choque un auto andando en bici chiquita y mis vecinos no contuvieron la risa,
el empujón de una amiga que me llevo al charco de agua de lluvia y barro…
Pero hubo, en mi niñez, mucho más que esos sobresaltos de rostro colorado
que padecen la mayoría de los niños.
Porque a mí siempre hubo cosas que me quedaban incomodas.
Pasé la infancia corriendo a esconderme como un cuisecito temeroso para
evadir la mirada curiosa y asombrada o la pregunta de “¿Qué te paso en la
mano?”.
Y para evitarlo me convertí en una nena callada, temerosa, tímida.
Para evitarlo me enfermaba justo los días de cumples de mis amigas, me tiraba
a la pileta cuando llegaba quien nunca me había visto, me arrimaba a mi
compañera de banco cuando tocaba el silbatoel profe de educación física, para
armar parejas que se tomarían de las manos.
En mi escuela se festejaba el día del niño en un patio techado y amplio
donde se armaban juegos en distintos equipos, se entregaban golosinas y
finalizaba con una chocolatada con torta.
Ese año las seños habían preparado una obra de teatro como comienzo del
festejo.
Salí en fila con mis compañeritos de tercero.
Nos ubicaron en un sector del patio.
Indicaron por parlante que armáramos
una ronda tomados de las manos.
Con mis ojitos busque a mi gran compañerita, quien siempre estaba atenta a
ser ella quien tomara mi mano (tenía mis mismos ocho años, pero adivinaba mi
tortura, mi presión cuando tenía que dar mi mano a cualquiera).
Ella estaba lejos y no lo advirtió aquel día.
Así que quien estaba a mi izquierda extendió su mano y yo escondí la mía en
el bolsillo con mucha vergüenza.
Me acerqué a mi seño y pedí permiso para ir al baño.
Tardé mucho tiempo.
Cuando volví me esperaba la directora, quien me tomo de la mano y se incluyó
en la ronda.
A veces me pregunto qué me convirtió en esta mujer luchadora y segura.
Y encuentro la respuesta.
Lo que me salvo fue esa gente que tuvo tiempo y amor para entender mi
silencio y evitar mi vergüenza.
Edith Martini (Jaúregui, Buenos Aires)
5. LA CAMPERA
Si voy del presente, del hoy hacia atrás, si camino al revés, como un cangrejo, puede ser que encuentre algún episodio de vergüenza en mi vida adulta. Pero siempre más cerca de la primera joven madurez que de la actualidad. Digamos, entre los veinte y los treinta años, no más de eso.Y por lo general no he sentido vergüenza de mi proceder, de mi apariencia física o de lo que pudieran pensar los demás. No me preocuparon nunca las críticas, como mucho me enojaron algunos comentarios o actitudes de otros sobre mis actos, pero vergüenza no. Bronca, tristeza, enojo, pero nunca sentí que tenía que avergonzarme de mí.
Los pocos episodios embarazosos que experimenté en mi vida adulta tuvieron que ver con la ropa. Porque realmente fueron vergonzosos. El problema es que el tema atuendo se me antojaba totalmente secundario, aún hoy detesto ir a comprar ropa, no usar ropa nueva o ponerme algo lindo, sino tener que ir a comprarlo, probarme, elegir, recorrer. Me cansa, me aburre, en una palabra: lo sufro. Me encantaría que me trajeran la ropa a mi casa con mi exacto gusto, talle, modelo, que no tuviera que probarme nada. Sólo ponérmelo y salir. Por lo tanto, siendo joven y aún más descuidada, siempre me faltaba alguna prenda que estuviera en condiciones o para cambiar más a menudo.
Y una tarde de reunión de ex compañeras del Santa Teresita tuve mi merecido bochorno. Fue en la casa de Nuria. Ella vivía con sus padres, que hablaban catalán entre ellos sin importarles que la visita no entendiera nada. Era invierno y yo me había ido con la campera que usaba para todo. De color crema, con vivos beige, informal y con todo el forro descosido. Pero claro, no se veía… mientras la tenía puesta. Como era costumbre colgarlas de un perchero o tirarlas arriba de una cama, pensé que con dejarla con el cierre bien cerrado, nadie vería el forro deshilachado y flotante. No tuve suerte. Cuando llegué con mi amiga María Laura, ya estaban casi todas sentadas alrededor de la mesa a punto de tomar un rico chocolate. Nos dirigimos a las dos sillas que estaban libres; nos sacamos los abrigos y pretendíamos colgarlos de las sillas, cuando apareció la madre de Nuria y estiró su brazo del otro lado de la mesa, pidiéndonos las camperas de un modo imperativo que no admitía negativas. Así que se las entregamos, primero María Laura, luego yo, de modo que la mía quedó a la vista de todas, abierta como la boca de un dragón desdentado, con el forro negro deshilachado, flameando antes los ojos de todas las chicas que se habían ido con sus mejores atuendos. Para hacerlo más bizarro y doloroso, la mujer le hablaba a su hija en purísimo catalán, con cara de pocos amigos y un tono intimidatorio, sin registrar siquiera que mientras hablaba y todas la miraban, agitaba mi campera como si estuviera sacudiendo una bandera independentista. Yo ya era grande, más de veinte años, pero sentí que la cara me ardía, no podía sacar mis ojos de esa campera mientras la catalana parecía estar en una plaza de toros, blandiendo un trapo, que no era rojo, pero que latía con el bermellón que se apoderaba de mi cara y mi garganta. No disfruté para nada esa reunión, me la pasé pensando cómo haría al irme para ponerme la campera sin que nadie la reconociera o tal vez fuera mejor hacer de cuenta que no era mía, negarla, como hizo Pedro con Jesús, pero no sólo tres veces, sino las que fueran necesarias
Noemí (CABA)
4. ZAPATILLAS
La abuela dice que no podemos faltar a la escuela. Mientras tomo el mate cocido, miro la taza. Es amarilla, pero en varias partes le falta el
color. Me asomo, el líquido que se mueve
adentro es verde claro. Agarro la taza con las dos manos. Ojalá
pudiera quedarme así congelada para
siempre y no tener que ir a la escuela y escuchar mi nombre y eso… El Negro, sentado enfrente , se queda
con el pedazo de galleta más grande. Hamaca las piernas, mientras moja el pan
en el mate. Tiene puesta las alpargatas. En una, un agujero por donde se asoma el dedo
gordo. La otra, rota en el talón. Biyi
sentada al lado mío usa las sandalias de plástico transparentes , con medias
gruesas . Las mías son iguales pero de color rosa y también tengo medias. La
abuela se va a limpiar a lo de la
patrona. Agarro el portafolios y
salimos. Camino atrás de ellos. El pelo
se me pega a la cara. No está limpio. Ojalá el pantalón fuese más largo, para
que no se vieran las sandalias y las medias. Ojalá no estuviese el caminito que
nos lleva a la escuela. Ojalá la escuela desapareciera , ojalá me cayera en la
cuneta de la calle del hospital que es la más honda y el barro me tapara la
cara, el pelo sucio, los brazos, las piernas, los calzones mojados con pis, el
olor de los pies, las medias agujereadas y las sandalias de plástico. Ojalá pudiese levantarme de la cuneta y
caminar así y andar por las calles y si alguien quisiera hablarme, tendría que
hablar con la niña de barro, la que
nadie sabe cómo se llama, ni cómo le dicen, ni dónde vive, ni quien es su papá,
ni cuanto calza, porque entonces la niña de barro, se reiría de imaginar que el
barro puede usar zapatillas y se reiría
también de pensar cómo iba a hacer para atar los cordones. Entonces la niña de barro, camina por la
plaza , y …. ya falta una cuadra para llegar a la escuela, y el kiosco de don Lorenzo está abierto y tiene
una ventana de vidrio grande , hay chicos adentro y don Lorenzo guarda
chupetines en una bolsa y estira la mano
y uno de los chicos estira su mano y agarra la bolsa y la guarda en el bolsillo
del guardapolvo. Piensa la niña de barro que ella no tiene bolsillos ni
siquiera para esconder las manos ni la uña que ahora comienza a morder, porque el portón grande de madera
que está en la entrada de escuela y que es de color blanco se abre, y la
Biyi y el Negro corren y otros chicos
también y suena la campana y hay que formar fila. La señorita
directora dice que pasen a la bandera Bárbara y Carlos Ignacio. Los
guardapolvos blancos brillosos, como el pelo y los zapatos y los portafolios y las caras y las manos y los
dientes. Suben el escalón blanco de
donde sale el mástil, y la bandera blanca vuela hacia las nubes blancas y aplaudimos
todos aplausos blancos y ahora la señorita directora dice que pasemos al
salón y la puerta está abierta y me
apuro porque tengo que llegar al último banco del lado de la pared y llego y me
siento y apoyo la espalda y agacho la cabeza y entra la señorita María y dice buenos días alumnos, y ordena que saquemos
el cuaderno, la cartuchera y que pongamos el día y ahora escribe en el pizarrón
y siento cosquillas en el ombligo, trato
de rascarme, pero si la niña de barro no puede tener cosquillas. Pero sí, le dice una lombriz pequeña blanca, hermosa
que sale del ombligo y tiene ojos blancos y le dice a la niña que se quede tranquila, porque las
lombrices juegan en el barro y que es su casa, y que ella ahora vive ahí y que
va a ser su amiga para siempre. La niña, la cabeza agachada mira a la lombríz y
anota en el cuaderno de tapa blanda el día y dibuja un sol amarillo con una
boca roja grande y ojos grande y la señorita abre la puerta del aula y entra el
portero con una caja de cartón , y la deja arriba del escritorio y ahora la
señorita María agarra un cuaderno y habla
y el portero se queda parado al lado de ella, y la señorita mira el
cuaderno que tiene en la mano y dice un
nombre y ahora alguien levanta la mano, la señorita pregunta qué número y ese alguien camina hacia el
escritorio y el portero mete la mano en la caja y saca una bolsa y se la
da y ahora la señorita dice otro nombre
y siento un codazo que me pega en el brazo
y entonces la niña de barro levanta la mano, pero pesa mucho y cuesta
levantarla, pero despacito la levanta, y ahora la señorita María pregunta qué número y la voz de barro, despacio,
muy despacio dice veinticinco y la maestra dice que pase al frente y a la niña le
pesan las piernas, y no puede caminar, entonces piensa en la lombriz, y hace fuerza y las piernas
pesadas se mueven y ya la señorita saca la bolsa de la caja y la niña de barro la agarra y vuelve y se
sienta en el último banco del lado de la pared y agacha la cabeza, y ojala pudiese meterla
adentro del cuerpo como el bichito canasto, pero no puede y tiene todavía la
bolsa en la mano, y de pronto imagina que si empuja con fuerza, la pared se
romperá, y podrá escapar por el hueco y estar afuera y respirar, y … pero
escucha la voz del portero que le dice a
la señorita María que en primero B ya se repartieron todas las zapatillas y ahora se va y la señorita dice que
escribamos en el cuaderno y entonces miro la bolsita que tengo en la mano. Las
zapatillas son azules. Los cordones, blancos.
María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)
3. ¿PARA QUIÉN SON
ESTAS FLORES?
Dos maestros se turnan en el aula. Una mujer, que pone más pasión en las matemáticas que en las ciencias naturales; y un varón, cálido, no tan apasionado, que a veces habla bostezando "¿hablo yo o pasa un tren?", pregunta, hasta ahí llega su ánimo poético - pero si Mirta y Jorge están en el aula él es quien dice lo que hay que hacer. Les observo desde mis once años y me pregunto: por qué Mirta ( de la edad que tendría mamá) se hace la mujercita cuando está él.
A
mitad de año llegan unas personas de lo más extrañas, pertenecen a una fábrica
muy importante. Vienen a mostrarnos una película sobre una chica que se
desarrolla. La imagen de una toallita higiénica a la cual le caen algunas gotas
azules no da miedo. Una de las alumnas pregunta: "¿Es azul la sangre?". a lo cual la representante de Johnson y
Johnson responde:
-
Solo a las princesas les sale sangre azul - después de unos segundos ríe y la
alumna que ha hecho la pregunta también se ríe - A todas las mujeres, princesas
incluidas, les sale sangre roja.
¿Por
qué utiliza la palabra "mujeres" si nosotras no lo seremos hasta
dentro de muchísimos años? La chica de la película tiene uniforme de escuela
privada, cuando se hamaca su pelo largo y brillante vuela como un manto de seda
castaño.
"Lo
bueno es que se sigue jugando", esto es un gran consuelo, no hay nada que
me interese más que jugar. La película termina con que el padre sorprende a la
chica con un gran ramo de flores, lo que me parece un poco cursi.
Volvemos
para al aula con bolsitas en la mano y los varones preguntan:
-
¿Qué tienen ahí?
Las
chicas estamos considerando si contarles o no pero Jorge se impone:
-
Eso no es asunto de ustedes. Siéntense y abran la carpeta.
Un
viernes hacen algo fuera de norma; antes del día de la madre, a última hora,
los maestros me entregan un ramo de flores. Los miro sorprendida y pienso que
la idea ha sido de la maestra porque el maestro pone cara de yo no fui.
-
Es para que le lleves a tu mamá- dice Mirta y agrega bajito- si van al
cementerio.
Me
da mucha vergüenza ser la única a la salida de la escuela que lleva flores en
la mano.
-¿Por qué a ella le dieron flores y a nosotros
no?
-Es porque se le murió la mamá- escucho que alguien dice bajito.
Cuando vuelvo a casa se las doy a la esposa de
mi padre pero lo hago para sacármelas de encima, porque sé que no iremos al
cementerio y porque no quiero entrar a mi habitación con un ramo de flores…
pese a sus colores bonitos. Me recuerdan lo de ser mujer: lindas, frágiles,
bobas, perfumadas. No quiero pensar en la persona para quien son estas flores.
De
esa charla pasa casi un año; no recibo mayor información pero eso no impide las
transformaciones de mi cuerpo. Los pechos comienzan a crecerme, mi abuela me
compra un corpiño anticuado pero de buena calidad que, como ella me dice, sujeta bien.
Ahora
estoy en séptimo y es durante una clase de matemática que pasa. Una sensación
rara en la panza, un dolorcito diferente a cuando una comida me cae mal. Es
como si me tensaran los músculos abdominales. Solo que no hicimos abdominales;
estoy quieta, solo muevo la mano copiando las fracciones que la señorita
escribe en el pizarrón.
Sin
embargo lo que ocurre en allá abajo en el pubis, me perturba. Es como si un
duende endiablado se hubiera puesto a cambiar las cosas de lugar, las cañerías
por donde pasa el agua y la sangre... ¡La sangre! De pronto me acuerdo de lo
que nos contaron el año anterior ¿y si está ocurriendo eso?
Levanto
la mano y pregunto si puede ir al baño. La maestra me dirige una de sus miradas
de rayos equis y aprueba el permiso. Al momento de bajarme la bombacha,
descubro el Horror. Es un tren fantasma; sangre oscura, brillante, inundando la
ropa interior, atravesando el pantalón ... ¡y el delantal!
¡Qué
bronca tengo de que los adultos no me han dicho la verdad... !¡ No son unas
gotitas de color azul o rojo o el que sea! ¡ Qué vergüenza ! ¿ cómo voy a
volver al aula; cómo voy a tomar el colectivo a la salida...? Me quito el
delantal y el sweater; luego me vuelvo a poner el delantal y me ato el sweater
a la cintura para tapar la mancha.
Anhelo que nadie se dé cuenta de esto. Sin embargo apenas entra al aula donde mis compañeros están abstraídos con los ejercicios de fracciones, la maestra me ataja en la puerta y pregunta-¿ Te pasó algo María?
-No, nada - respondo.
"A mí podés contarme", dicen los ojos de la maestra. Su mirada es cálida, soy consciente de que quisiera confiar en esa mujer tanto como ella quiere que confíe.
-¿ Te indispusiste? - pregunta sin levantar la voz, con un tono de complicidad que no es frecuente en ella.
-No - miento.
-¿Estás segura? - insiste con algo de decepción.
-Si - digo.
-Sentate -concede con un suspiro apenas perceptible-, copiá las cuentas, las vas a tener que hacer de tarea.
Cuando
llego a casa, no le digo a nadie. Busco la bolsa de Jhonson y Jhonson y me
pongo la toallita higiénica, que en un par de horas rebalsa de sangre. Cuando
me quito la toallita hinchada la tiro al fondo del ropero. Como se me acaba el
paquete, empiezo a usar papel higiénico enrollado.
Así pasan tres o cuatro días. Hasta que de repente oigo los pasos padre subiendo por la escalera. Presto atención al sonido, suelo darme cuenta del estado de ánimo o de la intención que trae, según el ruido que hacen sus pisadas.
-María - dice él con tono serio -, me contó la empleada que estás guardando los apósitos usados en el ropero, que eso generó mucho olor. ¡Cómo vas a hacer eso! Tenés que envolverlos y tirarlos en un cesto. ¿Por qué no me avisaste que tuviste el período?
=Me olvidé - intento restarle importancia, pero siento decepción de la forma en que papá me reta.
-Bueno, ahora la muchacha ya los tiró; no los metas más en el ropero.
Cuando baja la escalera quedo como un globo
pinchado, como si con la sangre se hubiera ido de mi cuerpo algo que era como
una ilusión. Recuerdo que a la chica de la película el padre le regalaba
flores; ese gesto que me había parecido que significaba que las chicas somos
lindas y sensibles, ese gesto quizá haría que las cosas se sintieran diferentes
pero claro, papá no es cursi.
A
través de la ventana, las ramas del árbol de la vereda reverdecen y suspiran,
parecen querer decir algo, creo que es la primera vez que las veo.
María Zimmerman (Vicente López)
2. VERGÜENZA
Viví durante mi niñez desde que nací hasta los seis años, en una casa que tenía un patio grande y un terreno adelante donde había un ciruelo, un parral que daba uvas chiquitas, oscuras y dulces. En unos macetones crecían malvones de distintos colores.
Recuerdo que mi papá tenía un amigo llamado Guala que solía visitarnos.Era un señor elegante, sabía hablar inglés, tocar el piano, sabía mucho de teatro y cine. Me regaló un libro de tapa dura verde de inglés. Mis padres compraron un piano chico y Guala me enseñaba algo de música. Yo tenía entonces seis años y para mi el piano era un juego.Cuando se quedaba a comer en casa, con la miga del pan y escarbadientes hacía muñequitos, perritos y jugábamos. Lo más lindo era cuando se acercaba Navidad. Días antes el venía con rollos de papel crepé de diferentes colores y hacía adornos para el patio.
En es época venía a casa la amiga de mi mamá a la que adoraba y llamaba tía.Ella era muy bajita y muy coqueta. Me quedaba mirándola sorprendida cuando se pintaba las cejas con un lápiz negro y sus labios finitos de rojo rutilante.Ella no tenía hijos y yo quería ser todo para ella.Era muy expresiva y cariñosa conmigo. Cualquier atención que mi tía prestara a otra persona me molestaba.
Yo era pequeña pero muy observadora.Ella venía siempre que estaba Guala y se hacía la coqueta.Era cuando se ponía lindos vestidos y más se pintaba los labios. Le ayudaba a hacer todos los adornos porque los dos tenían facilidad para hacer toda esa ornamentación.
Un día me sentía muy celosa porque no me prestaba atención.Se la pasaba haciéndole sonrisitas al amigo de mi papá e iba y venía cortando papeles y hacían engrudo con harina y agua para pegarlos. Había en el patio una silla muy bajita donde ella cada tanto se sentaba a tomar algo fresco, previo por supuesto, ofrecerle un vaso de gaseosa a Guala. A mí me daba mucha rabia. Bueno, me cansé que no me tuviera en cuenta. Entonces, una vez, cuando fue a sentarse en esa silla bajita se la corrí hacia atrás.Quedó desparramada en el suelo con las piernas cortitas para arriba. Guala disimulaba la risa y corrió a ayudar a levantarse.Ella estaba encendida fuego. Cuando el hombre se fue, mi mamá y mi tía se pusieron a tomar mate.
Nadie me retó.Yo me senté junto a ellas con mi jueguito de mate.Notaba que la mirada de mi tía no era la de siempre.Yo no quería ni mirarla. En un momento me llamó a su lado, me acarició los rulos y vi unas lágrimas que escapaban de sus ojos. Nunca volví a sentir tanta culpa y tanta vergüenza de haberle hecho pasar tan mal momento a mi tía frente a su galán.
Yayi (CABA)
1. LA
Desde que tengo memoria
fui vergonzosa. Hablar con gente desconocida o pedir algo me resultaba
sumamente duro. Siempre trataba de pasar inadvertida en los grupos o en
público. Con el tiempo y con esfuerzo
construí cierta autoseguridad que me permitió afrontar distintas
situaciones.
Solamente me expresaba
un poco más en espacios y con personas de mucha confianza, como la escuela, el
aula, mis maestras y compañeras. Me encantaba participar en todos los actos
escolares. Bailaba, actuaba, leía o lo que fuera.
Cuando estaba en sexto
grado iba a una escuela privada de Mar del Plata. Mis amigas eran Gaby, Lea y
Ionna. Nos gustaba leer y escribir diferentes textos. Un día la tarea era, para
quienes quisieran hacerla, escribir un texto de despedida para los chicos de
séptimo que egresaban. Faltaba poco para fin de año.
Al día siguiente
llegamos con la tarea. Cada una leyó el suyo compartiéndolo con el resto de la
clase. La maestra se los llevó y al día siguiente los trajo corregidos. Ella
iba a elegir uno.
Yo estaba entusiasmada y
segura de que mi producción sería la seleccionada para leer en el acto de fin
de año. Pero no. La maestra dijo que aunque todas eran muy buenas, “la mejor”
era la de Gaby. Me decepcioné un poco pero, claramente, el texto de ella era
buenísimo.
Paso siguiente era practicar,
leer y releer. Para esto íbamos todos los días un rato al salón de actos a
ensayar. El espacio era enorme y vacío parecía más grande. El escenario era
alto y había que usar micrófono. Gaby leía con voz bajita y cabeza agachada.Paso
un tiempo y le dijo a la maestra que no se animaba a leer ante mucha gente.
Faltaba poco para el día.
La maestra le insistió
que leyera pero Gaby no quiso y casi lloraba al decirlo, roja de vergüenza.
La maestra me preguntó
si me animaba a leer. Nos explicó que en el acto ella contaría que el texto
había sido escrito por Gaby y que lo leía yo, sin dar explicaciones de los
motivos. Enseguida dijimos las dos que sí. Ensayamos muchas veces y me sentía
segura. Me sentí fuerte porque hacía lo que mi amiga no se animaba. Como
compensando el hecho de que su texto era mejor con mi actitud supuestamente más
valiente.
Yo estaba acostumbrada
a participar en los actos, pero en esta ocasión estaría completamente sola en el escenario. Eso nunca
lo había hecho.
El día del festejo la
escuela me parecía más grande que otras veces. El salón de actos estaba lleno
de gente con un murmullo permanente, risas, nervios y corridas de maestras,
madres y chicos ultimando detalles para las presentaciones.
Yo estaba con el
uniforme impecable y el texto escrito en letra perfectamente prolija para no
equivocarme. Gaby sentada con su mamá entre el público. De mi familia nadie.
Mis hermanas iban al mismo colegio pero al secundario que era por la mañana.
Primaria a la tarde.
El acto comenzó con las
palabras de la directora en el micrófono. Yo estaba parada al lado de la
maestra esperando el momento en que me avisara que debía subir los tres o
cuatro escalones del escenario.
Esa espera me parecía
eterna. Empecé a sentir frío, a dudar de mi capacidad para leer. Miraba las
letras y me parecía que no las veía por la escasa luz.
La maestra me preguntó
si estaba bien, le respondí que sí. Sentía los latidos de mi corazón en el
pecho. La seño me dijo: “Ahora te toca a vos” y los latidos retumbaban en los
oídos. Enseguida escuché a la directora anunciar el texto escrito por Gabriela
Barboza y leído por María Clara Radeljak y subí.
Cuando estuve frente al
micrófono y la gente, todo se transformó. Para mí eran millones de personas
mirándome junto con Gaby. Sentí las rodillas heladas y las piernas me
temblaron. Había un reflector encima de mi cabeza. Olor a madera mezclado con
perfumes.
Sentía fuego en mi
cara, el silencio de la gente en ese lugar tan enorme me apuraba a comenzar. Estaba
arrepentida de haber aceptado. Tenía miedo y ganas de salir corriendo.Comencé a
leer, la voz y las manos también me
temblaban y la hoja se movía. Mi garganta estaba seca, la lengua se me pegaba
al paladar.
Pensé que no iba a poder
seguir pero tenía que hacerlo, peor era desistir. Eso sería un papelón. El texto
era largo, lo leí rapidísimo. Cuando lo terminé pensé que no se habría
comprendido nada. Los aplausos fueron liberadores y bajé los escaloncitos casi
corriendo. La maestra me abrazó sonriente y me felicitó. Como para mí había sido
una experiencia terrible no creí en sus felicitaciones. Pensé que mi
participación había sido un desastre y que ella no me lo decía porque era mi
maestra. Así que fui a preguntarle a Gaby qué le había parecido. Ella era la
autora, o sea que sería sincera. Yo tenía miedo y estaba segura de haber
arruinado su producción.
Gaby estaba muy
contenta, cuando le conté todo lo que había sentido riéndose me dijo: “Que
tonta que sos, estuvo lindo”. A ella le creí y me quedé
tranquila.
Clara (Junín de los Andes)
Muy lindo leer a las compañeras y a una misma.
ResponderBorrarAmo este taller.
Me alegra disfrutes de la actividad. Beso grande
Borrar