8. CASTILLOS DE NAIPES.
De niña te vi como mi
héroe, deseando que fueras tú mi padre y no tu hermano, que me dieras todo lo
que tenían mis primas, y ellas tan desagradecidas, ridículamente ignorantes. En
cambio yo hubiera sido tu hija perfecta, estudiosa, inteligente; cumpliendo con
tu legado familiar de ser el más hábil y locuaz del clan.
Te observaba desde mi
invisibilidad, viendo como les hablabas, los momentos compartidos con ellas y
moría de envidia, yo debía estar ocupando ese lugar.
Siempre dices que somos
mellizos porque nacimos el mismo día y mes.
Como todos los frágiles
castillos de naipes que forjamos en nuestra mente cuando niños, el mío se
derrumbó cuando crecí, la vida me mostró que no todo es como uno lo imagina.
Siendo ya grande, mis
primas no pueden disimular su envidia cuando me ven, las miradas de pies a
cabeza, algún comentario sobre mi autotal vez mi resurgimiento de entre las
cenizas, detalles que muestran este
sentimiento que yo alguna vez tuve para con ellas. Hoy yo sonrío, como lo hago
siempre que me dices: no sabía nada de vos, pensé que estaba por las Europas.
Aprendí que no soy tan pequeña como para
envidiar nada ni a nadie. Yo soy, tú eres, nosotros somos…
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
7 ¿ENVIDIA O ADMIRACIÓN?
Pienso quea la envidia y la admiración las separa un hilo muy fino.
Para poder distinguir
una de la otra, hay que sentir de qué manera las emociones reaccionan
ante algunas situaciones.
La envidia se
acompaña de un sentimiento de codicia, de frustración, ante lo que el otro
tiene. En cambio la admiración, es un sentimiento limpio, es un deseo
sano, es simplemente sentirse feliz con los logros ajenos, sintiéndolos como
propios.
Alcira fue mi
amiga de la adolescencia, compartíamos todo el tiempo que podíamos. Ella
vivía a la vuelta de mi casa. Yo encontraba mil excusas para hacerme una
escapada y de esa manera poder estar juntas. Sacaba a pasear al
perro mil veces por día o me ofrecía a hacerle mandados a mi mamá, sobre todo
a la fiambrería que quedaba enfrente de mi amiga. Ella vivía con sus
padres y un hermano mayor, era una familia muy cálida y sociable.
La casa de Alcira
era el lugar de reunión, allí escuchábamos música, teníamos interesantes
charlas, nos hacíamos la toca en el cabello y tomábamos mate.
En la tarde del
sábado esa casa era la previa del baile de la noche. Varias chicas del barrio
allí nos juntábamos, ellas no tenían objeción por parte de sus
familias, ya qué eran vecinos de muchos años, todos de confianza.
En mi caso era
diferente. Mis padres también conocían a la familia de mi amiga,
pero no estaban de acuerdo con que yo pasara la tarde fuera de
casa. De todos modos yo, en cada escapada me unía a mis amigas y
disfrutaba de esos momentos, en ese espacio que era tan nuestro.
Yo amaba la libertad
con que los padres de Alcira comprendían nuestra adolescencia.
Recuerdo que, como
yo andaba siempre apurada por volver a casa, porque de lo contrario
llegaría mi mamá a buscarme, los padres de mi amiga en forma
de aliento y para relajarme me decían: no
te vayas, tomá otro mate, como descomprimiendo la bronca
que me daba el tener que irme.
Seguramente yo
hubiera tenido motivos suficientes para envidiar a mi amiga, ya que
ella gozaba de algo muy preciado para mí, la libertad de poder ser y el apoyo
de su familia, que, por cierto, fue algo que yo no tuve de la mía.
Sin embargo,
tomé como propios esos momentos increíbles, los aproveché y los disfruté
sin ningún tipo de resentimiento.
La envidia es un sentimiento destructivo que
lastima más al envidioso que al envidiado.
Yo fui
envidiada por la persona que más tendría que haber disfrutado de mis logros y
de mí felicidad.
Una madre siempre
le pide a Dios lo mejor para sus hijos. Sin embargo a mi mamá le
molestaba verme contenta. Hasta que tuve mi propia familia no me
había dado cuenta de que mi mamá envidiaba todo de mi. Nada le
caía bien, criticaba a mi marido porque en los días que
tenía franco salíamos a comer afuera, para que yo no tuviese que
cocinar.
Cuando tuve a
mis hijos, todo lo que les comprábamos eran darles vicio.
Si me mudaba a un
departamento mejor o cambiábamos el auto, la bronca reflejada en su
rostro era tan evidente, que terminamos por no contarle nada de lo que
pensábamos hacer más adelante.
La invitábamos para
qué saliera de vacaciones con nosotros, no aceptaba, como
encaprichada con ella misma. La muestra más grande de su envidia fue cuando compramos el departamento. Al comunicárselo reaccionó con tanta
falta de empatía, aduciendo que mi papá en tantos años, nunca le había
comprado ni una choza, como si yo tuviera la culpa de lo que ellos
no hicieron.
Fue triste
para mí aceptar que mi mamá me tuviese envidia, pero el tiempo me hizo
comprender el por qué de esa actitud en ella. Posiblemente yo tuve todo
lo que ella hubiera querido para su vida, y su frustración la hizo caer
sobre mí.
Li (CABA)
6. FUE ENVIDIA
Estoy segura:
fue envidia.
Silenciosa, pero envidia al fin.
La mamá de Viviana era muy bonita.
A la mañana cuando nos íbamos al colegio y nos
pasábamos a buscar para ir en grupo, la recuerdo con camisones largos de
hermosa tela, invierno o verano. La piel de la cara humectada, el pelo siempre
prolijo, las manos preciosas con ese anillo que brillaba, como si jamás
hubieran lavado un vaso.
Su casa para mí era una mansión, con una
escalinata que daba al primer piso donde estaban los cuartos de Viviana y
Cecilia y otro para Horacito, además del de los padres. Ellos se
festejaban casi siempre. Sí, sí se adulaban y yo observaba.
Una empleada doméstica se encargaba de todo.
Francisca. La Señora Estela daba indicaciones precisas y, me parecía, la retaba
mucho si no cumplía; Francisca o Estela?consentía a todos. Horacio, el
papá de los chicos, era una persona muy particular, todo un " señor";
recuerdo con mucho cariño su trato hacia a mí. No estaba mucho en la casa
porque viajaba. En un tiempo fue corredor de autos y más tarde me fui
dando cuenta de muchas cosas más que Viví no me decía. Yo estaba mucho
tiempo con ellos, era la etapa más difícil de cuidado de Pablo en casa y en esa
casa me olvidaba de todo. ¡Cuántas veces desee que mi vieja se pareciera
a Estela! Qué anduviera por las mañanas solo regando el jardín o decidiendo la
ropa que se pondría ese día o tener listas las manzanas al Malbec para el
postre.
Envidiaba el patio sin techo, no como el nuestro
que papá tuvo que cortar el jazminero y techar para que mi hermano no
tuviera frío. Envidiaba el maquillaje perfecto, la variedad de ropa que nunca
vi en mamá...(sí las manchas que ella no "veía" en sus remeras y que
a mí me daban vergüenza) y el horario de baño a las 18 para seguir hasta
la noche con ropa diferente, la pieza grande, sentarse a que el tiempo pasase,
viajar a Mendoza de donde eran y tenían plantaciones de frutales...en fin una
envidiosa de mierda.
Debo reconocer que siempre tuve un lugar en esa
casa. Se divertían conmigo porque siempre fui ocurrente y alegre y porque
yo era muy amiga de Viviana. Me parece que ella encontró en mí todo lo
que le hacía falta...creo...también.
Claro, a mis trece, catorce años que podía
valorar yo más: el césped siempre luce más verde en el jardín del
vecino, como dice mi marido .
Con el tiempo cada cosa fue puesta en su lugar. Los
cuernos de Horacio a Estela y un hijo no reconocido que llegó a ser alumno mío
y yo ni sabía, los negocios turbios, los desplantes de Horacito y su tiranía,
los silencios escondidos de Viví y los celos de Cecilia que salieron a la luz
en nuestra adultez y ayudaron a terminar con todo.
¿Por qué me doy cuenta tarde de las cosas?
Envidia pura en un tiempo de confusiones para mí.
No creo haber sentido eso otra vez. Es más, ahora
puedo ponerle un nombre y también puedo recordar. Estoy recordando cada vez
más. Increíble. ¡Hasta detalles! Una bella amistad hemos tenido, con lo no tan
bello también.
Gabriela Potenza (CABA)
5. ¿POR QUÉ LA ENVIDIA?
A
quien más envidié en mi infancia fue a Ana María Estevanel. Hoy la doctora Ana
María Estevanel.
Nos
conocimos en mi primer año en la escuela nueva de Morón. Con doce apenas. Las
dos. Luego compartimos también las exploradoras. Sábados y domingos de otras compañeras,
otros espacios. Nunca fuimos lo que se conoce como amigas. Estábamos ambas en una
segunda línea de amistad de la otra.
Envidiaba
su pelo rubio a fuerza de agua oxigenada, producto que por mal uso casi la deja
pelada. Del todo.
Noshacían
llevar todos los libros y todas las carpetas por si en algún momento a los
docentes se les ocurría pedirnos algo, algún ejercicio, un texto. Querían
animales de carga y lo habían conseguido. Me miro hoy las manos y ya no tengo
los callos del maletín Primicia. Teníamos doce años.
¿Por
qué la envidia? Porque mi mamá siempre la mentaba. “Mira cómo se viste, el pelo
corto qué bien le queda, qué personal que es”.Yo miraba a mi compañera y la
veía desgreñada, con ropa vieja, muy chueca, muy religiosa, pero con una
claridad de pensamiento memorístico necesario para nuestra educación
enciclopedista.
Nos
encontramos luego. En otro momento de la vida. En colectivo. Me señalaba el
barrio por donde viviría -cerca de mis padres- cuando se casara. Supe que se
casó, no con ese primer novio que se comió sus ahorros en una casa que no
inscribió a nombre de los dos. Tan enamorada estaba…
Por
cuestiones de conocidos, vuelta a verla en el Facebook. Ya muy pediatra, tan
vieja como yo, con una hija de quince años a quien se le festejó a todo trapo
semejante acontecimiento vital. Pecó con mis principios de vida. Ya no
compartimos el mismo norte. A mí la religión no me importa nada. A ella sí.
Tres mensajes. Borrada de mis amigos. Basta para mí.
Nunca
supo lo mucho que la envidié. Creía que si me metamorfoseaba en ella, mi mamá
me querría más. Mi mamá me quiere la medida que a ella le sale. Además jamás
podría ser otra persona. Una entiende eso mucho tiempo después. Uf. Mucho
después.
Edith Oxilia (CABA)
La muchacha es una exitosa
profesional. Tiene un novio adinerado y exitoso profesional, pero ella no es
feliz. Tiene la oportunidad de ir a su pueblo natal por un asunto familiar, se
hospeda en un hotel acogedor, con florcitas y revestido en madera. Su familia
es bella, sus padres se aman. Se encuentra con un novio de la adolescencia,
musculoso, pelo largo y barbita. Se dan un beso, deja a su otro novio y se
queda a vivir en el pueblo en una cabaña que el muchacho ayuda a restaurar… Es el argumento de casi toda película romántica
americana. Y yo me pregunté siempre: ¿Por
qué no me pasa a mí?
Mis
novios fueron amarretes, machistas y viejos. Y yo una empleada medio pelo que
nunca llegó a fin de mes y cuando fui a Bariloche o a Capilla del Monte no
había ningún muchacho que me esperara en la tranquera con flores.
Cuando
era chica, mis padres organizaban las vacaciones sin decirle a nadie y salíamos
en la madrugada para que las vecinas
envidiosas no nos embrujaran. Y yo pensaba: ¿Qué nos podían envidiar con mi
hermano con Síndrome de Down, un departamento obtenido por el Estado y un auto
que no arrancaba? Eso sí, cuando nacieron mis hijos blancos y con ojos claros,
sentí la envidia de mi madre y cuando nos fue muy bien económicamente se salía
de sí. Y me iba realmente mal. Me quejaba a pesar de la bendición de tener
hijos sanos y poder darles todo.
Y
acá estoy, ya casi con cincuenta y siete años, falta poco para jubilarme y
envidio a esas mujeres de mi edad, profesionales exitosas y que viajan por el
mundo. Pero… ¡Yo tengo una hermosa familia! ¡Nos amamos! Pero mirá qué
afortunada soy.
3. EL CALABOZO DE LA ENVIDIA
No hay sentimiento que nos aprisione y rebaje tanto como la envidia. Nos hace esclavos de nuestras inseguridades, de nuestros pensamientos oscuros donde nosotros nunca podremos ser o tener lo que otros. ¿Quiénes somos para ir disfrazando envidia en críticas hacia gente que no conocemos, gente que amamos o gente con la que no simpatizamos? ¿Qué poder creemos tener para darnos el placer de expresar nuestras carencias en comentarios o actitudes que no suman a nadie?
La incomodidad de sentirla, de darme cuenta que me estoy encerrando en un calabazo de críticas poco constructivas para mí y para el otro, que me estoy envenenando de nuevo con pensamientos que no son los correctos. Podemos ver a la envidia como el sentimiento más asqueroso o como la chance de conocer lo que nos falta, de entender por qué eso nos genera celos y usarlo como motor para lograr conseguir lo que queremos.
Con los años uno aprende a que de este sentir se puede descubrir lo que deseamos.
Si yo quiero tener ese cuerpo, ¿qué me lo impide? Si quiero esa vida de viajes,
¿quién me frena? Ese trabajo o esa familia, ¿cuál es el obstáculo para tenerlo?
La envidia también es esto, abrir nuestra vulnerabilidad y darnos cuenta de que
lo que nos exaspera del otro son cosas nuestras que nos debemos pero es más
sencillo envidiar el coraje de algunos para tenerlo y no nuestra vagancia de
buscarlo.
Hablando de mí, odio que me tengan envidia, odio que la gente crea que tener lo
que tengo, sea esto lo que sea, me fue sencillo. No me fue sencillo romper
miedos y subirme a escenarios, escribir monólogos que hagan reír a más de seis,
no me es sencilla la maternidad, no me es sencillo ser una mujer independiente,
y todo esto me hace recalcular cuando empiezo a sentir que este sentimiento
está creciendo en mí, que batallas habrá tenido que pasar el otro.
Mara (CABA)
2. ELLA
Una noche de primavera, llegaste con Cati, compañera del colegio nocturno donde cursabas el quinto año del bachillerato. Desde entonces todo cambió. Sentí una gran conmoción que fue creciendo hasta sentir que eras un castigo. La vida se oscureció porque no pude aceptar nunca que fuéramos un trío amoroso. No habías dejado de amarme pero ¡también amabas a otra mujer! Teníamos veinticinco años. Fue un duro golpe a mi autoestima y todo se desbarrancó. Tan liberal que era en esa época de amor libre. ¡já! Me desarmó
Lloraba todo el tiempo. Y me sentía profundamente infeliz.
Necesitaba ayudarme con algo que me sacara de ese estado y encontré el teatro en movimiento que de a poco me ayudó con el humor y la risa, que son poderosos sanadores. Y a aceptar los acontecimientos de la vida con el corazón abierto.
Metal (CABA)
l. INSTAGRAM
Abro INSTAGRAM y ella aparece seguro...
Atractiva, muy bella, morocha, con un cuerpo de esos que dejan sin aliento a más de dos...
Hija de un compañero de estudios muy agradable que tuve hace varios años,la chica no ha de tener más de veinticinco años.
La miro y pienso, ¡pero mirá que tetas...!
¿Cómo puede tener ese trasero tan redondito?
Esa cintura mínima que, a mi modesto entender, armoniza perfectamente con el resto de sus atributos.
Parece que en su figura nada sobra, pero nada falta, es decir, nada de obesidad, nada de delgadez extrema, simplemente es hermosa.
Podría esperarse que Natura en un acto de justicia hacia otras menos agraciadas le podría haber otorgado una cara poco bonita al menos.
Pero no... es linda, linda, linda...
Ojos grandes, almendrados, oscuros y brillantes, nariz de medida y forma justas para su cara de Diosa Mediterránea proveniente de ancestros Itálicos e Ibéricos.
Regala en las fotos una preciosa sonrisa sensual con la comisura ligeramente elevada hacía la derecha que le permite lucir en su impecable y tentadora boca, dientes indiscutiblemente blancos.
Toda esa gracia, envuelta en una piel como seda y algo morena por el sol estival.
La vista de esta mujer se me ha vuelto un fastidio.
¿Necesita hacer esas poses?, ¿mirar así?, ¿mostrarse tan explícita y convocante en esas imágenes tan maravillosas?
Me avergüenza mí actitud porque detrás de tanta bendición esta jovencita tiene una historia, cierta circunstancia no muy feliz, pero mí compasión se ve villanamente superada por mí bajeza.
Hoy cuando la volví a encontrar en la pantalla de mí pequeño móvil dije: "Basta, ¡la borro de mis contactos de Instagram.!
La chica, inocente de mí envidia no sabe nada de lo culposa que me siento por esta emoción que, aunque juzgo injusta hacia ella, no puedo evitar.
Finalmente decidí que por el momento la conservaré en mi INSTAGRAM y me dediqué a escribir estas líneas para no seguir rumiando este sentimiento negativo, para liberarlo...
Melinna Trigo (CABA)
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