Era difícil vivir en
una casa como la mía. No encontraba paz. Me preguntaba por qué había nacido
ahí. Muchos veranos iba de vacaciones a la casa de la tía Quica, en Ramos Mejía.
Ella vivía con su esposo en un departamento pequeño que daba a la calle. Tenían
una sola habitación porque la otra funcionaba como comedor, que solo usaban
para las visitas, y ahí había una cama marinera, ese era mi lugar. Las
habitaciones daban a un living diminuto y otra puerta conducía a la cocina,
donde entraba y ocurría lo esencial. El patiecito estaba lleno de macetas y una
escalera llevaba a la terraza, debajo de ella el lavadero y al lado el taller
de refrigeración de mi tío.
En temporada el
teléfono sonaba constantemente y yo oficiaba a veces de secretaria, anotando las
solicitudes de reparación. Luego mi tío llegaba con la recompensa, postres,
helados, masas, que enviaban los clientes. Todo era armónico, pero la vida
pasaba afuera. Muchas veces , ya adulta, pensé como esa adolescente podía estar
lejos de sus amigas solo comunicándose con ellas, a veces, por alguna carta. La
familia imaginaria fue clave, capaz de colmar cualquier deseo o expectativa.
Mi tía vivía detrás de
la ventana, mirando qué hacían los vecinos. Esos
son los de la zapatería, decía, están
cargando el auto porque se van a la costa, parece que se mudan
Esos comentarios
alimentaban mis fantasías: esta vez iba a cargar más reposeras en la casa
rodante, y también iba a llevar un secador de pelo y un ventilador. Algunas
veces pensé que podríamos tomar un avión y viajar a otro país, los chicos
estarían encantados, se me había ocurrio cuando mis tíos me habían llevado a
visitar Ezeiza, claro, para ese viaje, llevaría ropa más linda, una valija
chica y un bolso de mano.
Esas, mis lindas
fantasías de disfrute, un día, no sé por qué fueron tomadas por unas feas
sensaciones. Me desperté en mitad de la noche con un fuerte dolor en el costado
derecho; eso me alarmó, sabía que ahí estaba el apéndice y que muchas personas
eran operadas de urgencia, quizá podría tener eso, pensé. Tendría que llamar a
la tía, ella haría venir al médico. No
me pareció buena la idea, primero debería
comprobar si el dolor era tan fuerte. Quizá sería mejor estar con mi familia en
la playa. Ya recostada e la arena comprob;e que esa no era la solución. Me
dolía igual, hundí con fuerzas los dedos en la panza para estar segura de que
el dolor era rea.. Era muy real. Pensé
que tendría que venir el médico, en ambulancia , porque mi caso era serio,
seguramente los tíos me acompañarín en el autohasta una clínica, me pondrían en
una camilla, y me llevarían al quirófano.
¡Qué miedo!,¡ sola! ¿Y mi familia? ¿Qué dirín mis padres? ¿Quién vendría a
buscarme?
Pensar todas esas cosas
me llenaban de miedo, y solo quería que amaneciera. La última vez que miré el
reloj de pared del comedor eran las cuatro, tomé un trago de agua y fui hasta
la ventana en busca de aire fresco. Afuera se oía una música, voces lejanas de
gente que en algún lugar estaba festejando. Me acosté de nuevo.
Lili,
nena, son las diez, no duermas tanto se te van a hacer los sesos agua
ese dicho tan de mi tía y su voz aguda inconfundible me despertaron. Me senté en
la cama vendiendo salud para recibir la bandeja con el desayuno que mi tía
m ofrecía con una sonrisa.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
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