Fantasía

 

1. ESCAPANDO DEL DOLOR

Era difícil vivir en una casa como la mía. No encontraba paz. Me preguntaba por qué había nacido ahí. Muchos veranos iba de vacaciones a la casa de la tía Quica, en Ramos Mejía. Ella vivía con su esposo en un departamento pequeño que daba a la calle. Tenían una sola habitación porque la otra funcionaba como comedor, que solo usaban para las visitas, y ahí había una cama marinera, ese era mi lugar. Las habitaciones daban a un living diminuto y otra puerta conducía a la cocina, donde entraba y ocurría lo esencial. El patiecito estaba lleno de macetas y una escalera llevaba a la terraza, debajo de ella el lavadero y al lado el taller de refrigeración de mi tío.

En temporada el teléfono sonaba constantemente y yo oficiaba a veces de secretaria, anotando las solicitudes de reparación. Luego mi tío llegaba con la recompensa, postres, helados, masas, que enviaban los clientes. Todo era armónico, pero la vida pasaba afuera. Muchas veces , ya adulta, pensé como esa adolescente podía estar lejos de sus amigas solo comunicándose con ellas, a veces, por alguna carta. La familia imaginaria fue clave, capaz de colmar cualquier deseo o expectativa.

Mi tía vivía detrás de la ventana, mirando qué hacían los vecinos. Esos son los de la zapatería, decía, están cargando el auto porque se van a la costa, parece que se mudan

Esos comentarios alimentaban mis fantasías: esta vez iba a cargar más reposeras en la casa rodante, y también iba a llevar un secador de pelo y un ventilador. Algunas veces pensé que podríamos tomar un avión y viajar a otro país, los chicos estarían encantados, se me había ocurrio cuando mis tíos me habían llevado a visitar Ezeiza, claro, para ese viaje, llevaría ropa más linda, una valija chica y un bolso de mano.

Esas, mis lindas fantasías de disfrute, un día, no sé por qué fueron tomadas por unas feas sensaciones. Me desperté en mitad de la noche con un fuerte dolor en el costado derecho; eso me alarmó, sabía que ahí estaba el apéndice y que muchas personas eran operadas de urgencia, quizá podría tener eso, pensé. Tendría que llamar a la tía,  ella haría venir al médico. No me pareció buena la idea,  primero debería comprobar si el dolor era tan fuerte. Quizá sería mejor estar con mi familia en la playa. Ya recostada e la arena comprob;e que esa no era la solución. Me dolía igual, hundí con fuerzas los dedos en la panza para estar segura de que el dolor era rea..  Era muy real. Pensé que tendría que venir el médico, en ambulancia , porque mi caso era serio, seguramente los tíos me acompañarín en el autohasta una clínica, me pondrían en una camilla, y me  llevarían al quirófano. ¡Qué miedo!,¡ sola! ¿Y mi familia? ¿Qué dirín mis padres? ¿Quién vendría a buscarme?

Pensar todas esas cosas me llenaban de miedo, y solo quería que amaneciera. La última vez que miré el reloj de pared del comedor eran las cuatro, tomé un trago de agua y fui hasta la ventana en busca de aire fresco. Afuera se oía una música, voces lejanas de gente que en algún lugar estaba festejando. Me acosté de nuevo.

Lili, nena, son las diez, no duermas tanto se te van a hacer los sesos agua ese dicho tan de mi tía y su voz aguda inconfundible me despertaron. Me senté en la cama vendiendo salud  para  recibir la bandeja con el desayuno que mi tía m ofrecía con una sonrisa.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

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