19. LA CASA DE ELENA
La casa de Elena me llena de recuerdos. Ella era mi tía abuela. De esa casa aún hoy siento los olores, veo cada rincón, los objetos que me fascinaban. Todo lo que había allí tenía un atractivo especial para mí. Ir a lo de Elena era emprender un recorrido por lugares que yo ni siquiera sabía que existían.
Ella viajaba mucho y de sus
viajes coleccionaba dos cosas: cucharas y fósforos.
Las primeras las tenía
exhibidas en una vitrina que estaba en el pasillo que distribuía todos los
ambientes. Cada cuchara tenía algún detalle, nombre de la ciudad o país del que
procedía, algún dibujo, grabado, detalles de diferentes formas y colores.En el
living, los fósforos guardados en la mesa del televisor que tenía un gran cajón,
eran de todos los tamaños y con cabezas de distintos colores. Los estuches que
los contenían estaban decorados con hermosas imágenes. Eran tesoros que no nos
dejaba tocar si no era bajo su supervisión, pero que más de una vez mis
hermanos y yo abríamos y jugábamos a escondidas saboreando la adrenalina que
generaba saber que eso estaba prohibido.
Al lado del televisor estaba el
combinado, con los discos de María Elena Walsh. Cómo me gustaba escucharlos y
revisar sus estuches. A un costado colgado de la pared, el reloj cucú que había
traído de Suiza era toda una fascinación. Tenía unas cadenas con piñas en las
puntas de las que bajo su mirada nos dejaba tirar para darle cuerda. De más
está decir que cuando no nos veían también lo hacíamos, a las apuradas.
En su habitación, adentro del
ropero, las cajas de diapositivas de Elena eran una locura. Ella amaba la
fotografía y sus viajes estaban ilustrados en esos pedacitos de celulosa
enmarcados. Carretes enteros que veíamos en el proyector o con los aparatitos
en los que se iban poniendo de a una. Creo que aprendí a guiñar un ojo para
poder ver esas imágenes.
Ya en la cocina lo que más me
gustaba era un reloj de arena, erade vidrio sobre un cerámico rectangular con
flores rojas. Girarlo y ver cómo caía la arena me encantaba. Por supuesto que
cuando lo hacía a escondidas no veía la hora de que terminara de caer para que
nadie se diera cuenta.
El sillón hamaca en la vereda,
la azotea, el depósito de los productos de limpieza, el lavadero, las macetas con
geranios y malvones, la escalera que iba a la terraza. El olor a cera del
parquet de las habitaciones. El sofá cama que nos armaba cuando los cuatro nos quedábamos a dormir, la lámpara de pie que daba patadas,
la coca cola en el vaso con la foto de Juan Ramón, los pasteles y las empanadas
caseras más ricas del mundo, el aroma a café recién molido.
A veces pienso que esa casa era
muy chica para contener tanta cosa.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
18. EL ESPACIO ENTRE MIS MANOS
Quise
viajar a ese lugar que pudiese sentir propio. Entonces descubrí que
muchas imágenes salieron a acecharme…
Una
casita blanca pequeña en el barrio de los Cuatro vientos, que era el faro para
los desprevenidos, que la usaban como referencia, imaginé tantas veces ese
pequeño hogar con tanto amor como niños que más allá de su origen, se sabían
hermanos. Donde nació Mario.
Y
llego a mí ese barrio que conocí aun antes de haber nacido, la calle Rosales y
la casa de mis abuelos: de Virginio e Isabel, con el fogón y los ensayos de las
obras de teatro, hogar que viera nacer a aquel manojo de sueños e ilusiones
artísticas y donde anidó la Peña ALAS que armaba con sus letras la utopía de un
gran hombre para quien la resignación jamás fue una posibilidad. Arte,
literatura, armonía y solidaridad.
Un
gran padre que sembró las más hermosas semillas, sus hijos que hicieron todos
brillar en alto el apellido FILITO.
Otro
viento me trae a otra casa humilde, distinta, repleta de temores, ambiciones,
añoranzas y frustraciones. Allí donde se extraña a Mirabella Imbacari, y
se siguen cantando sus canciones…
Una
casa hecha de barro y donde tres niños aprenden muy bien qué no quieren para su
futuro.
Allí
una nena llamada Luisa de apenas seis años juega a ser mamá de su hermano José,
cuidándolo con tanto amor, quizá como ella hubiese necesitado…
Mezclando
alocadas ocurrencias que algún día de sol se harán cuentos para sus hijos.
De
pronto nazco y siento que mi lugar se enraíza en estos cimientos y me acuna
caminando calles en donde los árboles se niegan a la distancia y eligen
entrelazar sus ramas en lo más alto .
Me
embarga el olor a jazmines y madreselvas y aprendo a hacer mío el paisaje, el
atardecer, las casonas y los antiguos jardines que esconden secretos de tiempos
lejanos.
Si
pienso en mi lugar diría que es el mundo, o cualquier paisaje en donde fui
feliz. Pero hay algo que marca mis raíces y me une inexorablemente a mi
historia, aquella que quise atesorar y aprehender para no dejarla nunca atrás.
Mi
lugar tiene fragancia a infancia con toques de cedrón, fresias y el dulce
perfume al caramelo de mamá cuando preparaba un flan casero.
Mi
lugar tiene canteros de portulacas y las más variadas dalias que viajaban desde
los países más lejanos, para que mama las sembrara.
Mi
lugar tiene el color verde de cada árbol y cada flor, el naranja de los
amaneceres, el fresco de las noches de verano mientras descubríamos cual era la dama de
noche que abría primero inundando nuestros sentidos.
Mi
lugar tiene seguro el sonido de la radio en las mañanas, la música de mi
infancia, allí suena Matt Monro, con aquellos
fueron los días, y se cuela seguro de su espacio, Juanito cantándome mi
vida.
Mi
lugar se fue creando con el tiempo, con la llegada de amigos y de amores, que
aprendieron a quererlo y respetarlo.
Es
una cocina con hogar a leñas, es los ojos rojos de papá en los días de viento
en contra, es los dibujos entrelazados de los azulejos azules, es la magia de
la diamela que invade el patio.
Mi
lugar es tan grande que puede recibir a todos y tan pequeño que puedo guardarlo
en un rincón de mi, hasta que vuelva.
Descubro
con asombro que mi lugar es un duende que habita en mi memoria.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
17. LA ALHAMBRA
Andá a saber qué cuestiones se pusieron
en juego para elegir este maravilloso paseo.
2017. Primer viaje a Europa. Después de
un malogrado viaje el año anterior, suspendido con buenas razones por la
enfermedad de Martha, las sensaciones en la piel solo iban en crescendo. Unas
inalterables ganas de estar ahí, ahí mismo, inexplicables, sorprendentes,
gobernaban todos mis movimientos. Obvio que Miriam me asesoró. Sabés muy bien
que no sabía nada y que con tanta información, te perdés y mareás al mismo
tiempo.
Claro que recorrimos mucho, mucho,
muchísimos kilómetros para llegar a “mi” Alhambra. ¿Habrán sido las lecturas?
¿Los cuentos que nos hacían de España Florencio y Lola? ¿Las imágenes en las
enciclopedias?
¡Qué decirte! Así como muchos recorren
el viejo continente en búsqueda de familia y amigos, elegí este espacio por lo
emblemático. Para mí. ¿Cómo no fuiste acá y allá y no visitaste x? ¿Por qué
Granada?
Música y baile. Una música que se lleva
en el alma como los latidos del corazón. Difícil de bailarla si tu corazón no
entra en sintonía con tu cuerpo. Lo habrás visto cientos de veces. El llanto de
las voces que es alegría y pena a la vez. Los tacones contra el piso de madera.
Las mujeres muy mujeres contorneándose para aquí y para allá. Los hombres muy
hombres desplegando una masculinidad única, elegante, sabrosa, sensual. Las
guitarras con un rasgueo rápido, certero. Los cantantes con sus manos prestas a
marcar un ritmo eterno. ¡¡¡Y olé!!!
El ritmo de la voz de la gente.
Arrastran vocales. Los hombres muy guapos. Pero muy. Llegamos una tarde-noche,
muertos de hambre. Del hotel nos sugirieron “Los Diamantes”, el “bodegón” del
centro. ¡Los mariscos! Me atraganté con cada exquisitez. Nos miraban con
extrañeza. Extranjeros. Hablábamos raro. ¡Con lo que a mí se me pegan las
tonadas de otros! Se nos acercaban a preguntarnos de dónde éramos. El boliche
-según nuestra usanza- un local con tablones y bancos largos. Mucha gente. Los
platos servidos gigantes. Una porción, ¿vos podés definir una porción? Algo
milagroso.
A la mañana siguiente y luego de un
opíparo desayuno, salimos con nuestras entradas en la mano hacia la Alhambra.
Siempre para arriba. Escalones, subir y
seguir subiendo. Mañana de sol delicioso. Ni frío ni calor. Munida con mi
inseparable mochila y una sonrisa de oreja a oreja.
Llegar y zás, primer desencanto: muro
gigante no deja ver nada de nada. ¡Pero!
Te imaginas que la aventura comenzó
cuando entramos en grupo junto con la guía de turismo local. ¡Las paredes!
Enormes por lo gruesas, altas casi hasta el infinito. Rojas. Entendí el
significado de la palabra exuberancia. Belleza en los jardines desde el siglo
VIII de nuestra era. Los perfumes a plantas bellas. El sonido de las fuentes.
Imaginate. El pueblo árabe carece de agua. O mejor, poseen el agua justa. Te
perdés, créeme que te perdés, al cerrar los ojos y escuchar exactamente lo
mismo que escuchaban los que allí vivían. Mi memoria me trae esos sonidos de
vez en cuando. Suaves, precisos, poco rutinarios. Dulce efecto en el ser.
Arquitecturas formidables para disfrute
de quienes allí habitaron. Nada de muebles. Solo almohadones que servían para
estar sentado y para dormir. Espacios iluminados y ventilados.
Me corría por la sangre una emoción indescriptible.
De todos los lugares por los que
transité en mi vida, este fue el cúlmine. Y tengo la certeza de que volveré. ¿Venís conmigo?
Edith Oxilia (CABA
16. PEDIDO A MORFEO
Casi siempre sueño con la casa de la calle Estomba, donde viví entre idas y vueltas, casamiento y separación, casi veinte años. Sin embargo, el lugar donde me lleva el recuerdo es la casa enorme en la calle Paraguay, barrio Norte, Palermo o ya ni sé cómo lo mencionan.
Cada vez que me preguntan por una casa, todo me remite a esa vieja casona que hoy ya no existe, la desplazó uno de los tantos edificios que crecieron en nuestra ciudad en las últimas décadas.
La puerta de entrada, de hierro ornamentado, de esas enormes que ya no se ven, era el acceso a un gran pasillo y al fondo, estaba la casa donde pasé la primera infancia y donde fui realmente feliz. Luego, se accedía a un patio cerrado con piso de baldosas blancas y negras en el que se lucían sillones de hierro con una mesita haciendo juego y sobre una pared, el espejo que portaba un marco también de ese noble material, . De allí se pasaba a otro gran patio a cielo abierto, espacio de mis juegos y mis carreras en triciclo. No terminaba allí, seguía otro patio y en ese la escalera que daba a la terraza. Cada habitación se conectaba entre sí y tenía acceso a sendos patios. Al fondo, la cocina y el baño enorme y frío, de bañera antigua y techos altos. En especial recuerdo eso: uno de los recintos tenía grandes vidrios de colores y en una habitación una misteriosa claraboya, como la del cuento de Silvina.
No sé si es mi lugar en el mundo, mas es el lugar de mi alma. El del recuerdo de mis padres jóvenes, de fiestas familiares, de vecinos amorosos, de carnavales divertidos, de la llegada de una hermanita, de la espera nocturna a los Reyes magos, de berrinches y deberes escolares, de juegos con mis primas y mis amiguitas del colegio.
Por mucho que me esfuerce, no logro volver en sueños, pero me remito a esa casa con la nostalgia placentera de revivir algunos escenas que mi escasa memoria intenta rescatar. No es lo mismo, pero cuando viene a mi memoria siento un abrazo de mis padres y otra vez soy chiquita, otra vez no tengo complejos ni enojos ni angustias, solo sé que es el refugio de mi alma.
Le he preguntado a mamá por qué no nos quedamos allí, me explicó de la imposibilidad de compra y del desatino de papá al no aceptar un arreglo del dueño de otrora. Sospecho que mi vida hubiera sido muy diferente en esa enorme vivienda, disfrutando del barrio que aún hoy añoro, aprovechando la escuela que tanto me gustaba. Nunca quise mudarme y eso me marcó- lo supe mucho tiempo después, cuando hice una de las tantas terapias raras en las que me involucro más de lo debido. Durante el desarrollo de la misma, manifesté algo, y la terapeuta asoció mudanza con inicio de crisis asmática. Yo nunca lo había advertido, pero analizando cada suceso de entonces, lo confirmé. Eso hizo que estrechara lazos sentimentales mayores con esa vivienda.
No es posible recuperarla ni visitarla siquiera, pero espero que alguna vez Morfeo me deje recorrerla y revivir la felicidad inmersa en la inocencia perdida.
Bertha 2003 (CABA)
15. BARRIOS QUE NO OLVIDO
Viví muchos años en Buenos Aires, Devoto, Congreso, Belgrano, Flores, Olivos, Parque Centenario, algunos de esos barrios que no olvido. Eternas mis ganas de andar migrando.
Devoto de mi infancia, el “jardín de la ciudad” por su arboleda. Ese aroma a tilo inconfundible; sus caserones ocultos por jardines; la plaza del guardián que nos protegía; cortadas con chicos jugando a la pelota; balcones floridos en los edificios de pocos pisos; negocios de dueños habituales, casi familiares. La librería donde compraba recortes de revistas para el colegio. Allí quisiera volver mañana.
Ahí viene el abuelo, está a una cuadra, lo veo desde el balcón y se va acercando de a poquito, elegante con su sombrero y siempre de traje gris oscuro. Cómo lo quiero. Seguro me trae un chocolatín y unas figuritas y se queda a tomar la leche. Poco dura la fiesta porque cuando se va otra vez lo miro desde el balcón y lloro desconsoladamente.
Belgrano de la preadolescencia, en sus manzanas más apacibles. Soldado de la Independencia entre Zabala y Loreto, arbolada y soleada. Cómo no recordar los gratos momentos allí vividos. La barra de hielo derritiéndose en el zaguán de la casa de los abuelos; la terraza de alquitrán y el altillo con pilas de muebles desvencijados; el quiosco donde compraba pagarés, recibos y otros talonarios para jugar a la oficina con mi vecina. Una legión de bicicletas en bandada de chiquilines perseguidos por los porteros de edificios; las fiestas infantiles y los primeros asaltos en séptimo de la escuela primaria.
“Manubrio duro, patines fuertes”, le canto a Santiago para que aprenda a andar en la bici nueva rodado veinte. Se lo grito bien fuerte desde la ventana del segundo piso y el muy distraído me saluda sonriente y se lleva por delante una obra en construcción. Flor de chichón y la bici nueva destruida. Mamá lo va a matar.
Congreso de la adolescencia y primera juventud. Bullicioso, central, kilómetro cero de la política nacional, centro de imponentes concentraciones y decisiones históricas, pero también del aleteo de las palomas y los vendedores de semillas de la Plaza de los Dos Congresos donde jugué con mis hijas. Esa que crucé con mi padre caminando una noche del año setenta y seis hacia la Casa Rosada para ver qué pasaba, horrorizados por las circunstancias que se aproximaban. Fue el barrio del colectivo doce, testigo viajero del Normal y del Salvador, donde estudié la secundaria y la universidad; y también del primer amor.
Espero que llegue pronto, me enamora su forma de caminar. Hoy solo viene a visitarme y charlaremos de música, nuestros consabidos rankings de hits del momento y planearemos alguna salida. Yo siempre dudando si me quiere, él siempre demostrándome su cariño. Víctor de mi corazón.
Siento miedo, una pavura gélida que me recorre el cuerpo al pensar lo que está sucediendo en este país. Tengo angustia por mi hermano y mis amigos que son militantes. No sé qué les va a pasar.
En Flores y Olivos viví poco tiempo. Barriadas contrastadas como lo fue mi vida en esos tiempos. Flores, demasiado comercial e inseguro para mi gusto. Olivos, estético con su puerto lindando el río de la Plata, la avenida del Libertador surcada por jacarandás, las calles de adoquines internas y los chalés elegantes de gente opulenta y snob. Allí dejé de querer a mi esposo, allí me di cuenta de que no iba más. Sin embargo, tengo un recuerdo encantador de ese barrio porque fue en él donde crie a Laura y Mariela, mis primeras hijas.
Son las nueve de la noche, ya debe estar por llegar. Tengo la mala costumbre de mirar por la ventana cuando en realidad no quisiera que volviera. Que se quede de guardia. Me molesta su sola presencia. No me animo, pero quiero separarme. Ya no significaba nada más que ser el padre de mis hijas, lo que es mucho, pero no basta. Me encierro en la tesis y en el trabajo a destajo del CONICET. Mariela va al jardín, Laurita a la plaza todos los días.
Parque Centenario, hermoso barrio central de Buenos Aires tan diverso, residencial y comercial con la avenida Corrientes como eje. Las cinco esquinas del edificio de Río de Janeiro donde vivimos luego del divorcio. Pasamos hiperinflaciones y penurias económicas, enfermedades graves, pero siempre salimos adelante en la cotidianeidad nuestra. Fue el secundario del Pellegrini para las chicas y sus primeros noviazgos. Constanza, la menor, y su vivaz originalidad. Mi eterna compañera. “Tan distintas e iguales”.
Solo están ellas que soy yo de nuevo y las veo eternas ramas de renuevo. Solo están ellas, pura risa y fantasía, brillantes las miradas, eternos los caminos. Solo están ellas y esta intensa esperanza que me promueve, cuando estoy con ellas.
Lo que soy está en todos y cada uno de esos barrios; en mi memoria latente. Un mosaico de vivencias entretejidas en esos lugares que son mucho más que espacios delimitados por calles y avenidas. Están cargados de identidad y me conforman en cada uno de los recuerdos que afloran como manantial sereno en la madurez.
Alexis de la Fuente (Buenos Aires)
14. MI SUEÑO
Hoy salimos temprano del trabajo.
A las doce declararon asueto por la venida del Papa Juan Pablo II, para que la gente pueda ir a recibirlo al Papa Juan Pablo II y verlo pasar por las calles del centro.
Roberto y yo, seguimos recorriendo departamentos para mudarnos.
Vivimos en uno muy chico, pero queremos uno en el mismo barrio un poco más grande, con la expectativa de agrandar la familia y que sea en el mismo barrio.
El empleado de la inmobiliaria nos esperó a las dos de la tarde. Estaba muy entusiasmado, porque nos dijo que la propiedad que íbamos a visitar había que verla en un día de sol.
Hoy fue el indicado porque estaba luminoso y con el cielo muy azul.
Llegamos, abrió la puerta, fue directo a levantar la persiana del comedor y ahí nos dimos cuenta de por qué había insistido tanto.El ventanal que da al frente nos encegueció con tanta luminosidad. Al asomarnos al balcón nos recibieron dos sillas de mimbre que los anteriores dueños dejaron a modo de “bienvenida”. Eso se me ocurrió a mí que ya en ese momento estaba “enamorada” del departamento.
Recorriendo nos llevó a la cocina, al baño,al lavadero y al dormitorio principal, y todo me pareció hermoso.
¿Qué me está pasando a mí que a todos los lugares que visité antes les encontraba defectos, y este me impactó apenas llegamos?
Después de ver el dormitorio principal y como la frutilla de la torta, el vendedor nos mostró el dormitorio chico. Ahí crucé con Roberto cruzamos una mirada cómplice con Roberto pensando en nuestros sueños. Al ver la alfombra, el empapelado y una tulipa con un gran moño rosa, la casa se nos brindó a Roberto y a mí diciendo: “Soy toda suya, no dejen de venir a vivir acá”.
13. LA CASA DE MI ABUELA
Puerta a la calle de chapa pintada de verde con un vidrio angosto ubicado en la parte más cercana a la cerradura con orientación vertical que va desde la parte superior hasta la parte inferior, protegido por ocho círculos y dos semicírculos (uno en el extremo superior cuyo diámetro se encuentra orientado hacia arriba y otro en el extremo inferior con su diámetro orientado hacia abajo) de reja al tono, y que funciona como postigo. Dicha puerta revela un pasillo de baldosas grises y amarillo cremita con una puerta de chapa verde a la derecha a mitad de camino que conduce a la casa PH del frente y con otra puerta de chapa del mismo tono que las otras de frente, al final del pasillo.
Esas dos casas o PHs supieron ser una sola casa. Según las anécdotas familiares de su mamá, la casa del frente había sido el jardín con plantas de jazmines y un limonero cuyos frutos eran codiciados por los vecinos, además de una hamaca y la habitación del abuelo ´nono´ Juan, su bisabuelo que nunca conoció, pero de quién escuchó hablar por las historias que su madre le ha contado, y en la parte del fondo es donde se encontraba la parte edificada, que con los años y diferentes circunstancias familiares, fue cambiando. Para cuando ella nació, en esa dirección ya había dos casas, habiéndose vendido la parte del frente a unos compradores desconocidos, y el fondo habiéndose quedado en pertenencia de su abuela, quién había nacido en aquel lugar.
Dicen que los sueños sirven para procesar la información y emociones del día o para traer a la memoria recuerdos del pasado. Ella hace tiempo que sueña con cierta frecuencia con la casa de sus abuelos maternos. A veces también aparece su abuela en ella. No es difícil recordar la casa ni sus abuelos, pues tanto el lugar como estas personas formaron parte importante de su vida, pero además da la casualidad que vive a dos cuadras de ese lugar, sobre la misma calle con lo cual pasa por la puerta habitualmente y aunque ya nada de ese terreno pertenece a la familia, los recuerdos y los sentimientos siempre están.
Desde que falleció su abuela en 1998 hasta principios de 2017, su mamá y su tía movidas por la emoción de conservar la propiedad, la alquilaron a diferentes familias. Los últimos inquilinos desafortunadamente dejaron la casa casi en ruinas por el mal uso y la negación a evacuarla. Cuando ella regresó de vivir en el extranjero, un día le preguntó a su madre si podían ir a verla., era la primera vez en muchos años que la casa estaba sin habitantes. Sin embargo, tanto su madre como el agente inmobiliario a cargo de venderla en ese entonces, le recomendaron no entrar. Era mejor conservar los buenos recuerdos como tales…
31 de julio de 2019 ella tenía turno a las 10:30 de la mañana con el neurólogo en su consultorio del barrio de Almagro por lo que salió de su casa con tiempo suficiente para recorrer caminando casi en línea recta las doce cuadras que la separan con la estación de subte que la llevarían a dicho lugar. Al aproximarse a la dirección de la puerta verde notó un movimiento extraño. Había una camioneta de esas que llevan la parte de atrás sin techo y cargada de materiales. Al mirar hacia la derecha notó que la puerta verde estaba abierta, nunca antes la había visto abierta. Siempre que pasaba la observaba y hasta a veces la tocaba con su mano a modo de caricia, pero esta vez estaba abierta y en ese instante se paralizó. Con curiosidad miró hacia adentro y vio que la puerta del fondo también estaba abierta y que descubría hombres vestidos de albañiles trabajando y moviendo materiales. Se quedó parada frente a la puerta unos instantes, miró su reloj y supo que debía continuar caminando porque no llegaría a su consulta médica, con desilusión y gran esfuerzo puso un pie delante del otro y continuó unos pasos mientras en su mente se debatía el aprovechar esta increíble oportunidad. Por una vez en su vida dejó de lado las obligaciones y siguió sus instintos, dio media vuelta y regreso al frente de la puerta, tomó coraje y cruzó el umbral, atravesó el pasillo y al llegar a la puerta del fondo, se detuvo buscando alguien a quien pedir permiso para ingresar. Era extraño tener que pedir permiso, esa había sido su segunda casa durante sus primeros diecisiete años de vida, pero sabía que ya no lo era. Le consultó a uno de los hombres si estaba la dueña de la casa, quien amablemente la buscó. Cuando la chica, de aproximadamente la misma edad que ella se acercó a la puerta, le explicó:
-Hola, esto te parecerá extraño, pero yo soy la nieta de la que fue la dueña de esta casa. Yo estaba sentada al lado tuyo en el banco el día que se hizo la venta. Yo crecí acá y desde hace muchísimos años que no la había vuelto a ver. Vivo acá a dos cuadras y recién pasé y la vi abierta y no pude contenerme. ¿Será mucho pedirte si puedo pasar a verla?
La cara de la chica pasó de desconcierto a amabilidad.
-Sí, pasá. Vení que te muestro las remodelaciones.
Y así sin más ingresaron juntas. Ella temblaba de emoción, su congoja por la nostalgia la invadió por completo. Ingresó al patio de entrada y notó que hacia el frente de ellas al final del patio hacia la izquierda ya no estaba el taller que había sido de su tía, y el living-comedor había sido derribado y sólo la parte de la derecha había sido conservada convirtiéndola en una bella galería. Pudo ver desde la ventana la habitación matrimonial, que durante los últimos años de su vida había sido la habitación del abuelo, permanecía intacta, pero estaba siendo usada como depósito. Atravesaron parte de la galería, e ingresaron por una puerta a un angosto pasillo que dejaba a la derecha el nuevo ingreso a la habitación que había sido la de su abuela cuando comenzó a dormir allí sola. A la izquierda quedaba la cocina que había sido ampliada, habían tirado abajo la pared que daba hacia el patio y colocado un cerramiento de vidrio, generando más espacio en la cocina con un estilo invernadero muy acogedor. Allí se detuvieron a conversar y ella no se pudo contener, y con lágrimas en los ojos le contó a la nueva propietaria que su abuela solía acostarla en el piso de esa cocina cuando ella era bebé y en silencio miró hacia dónde solía estar aquella vieja heladera blanca Siam. Por último, se dirigieron al baño. De todos los ambientes, este es el que estaba más transformado, irreconocible, sin embargo, al salir y cerrar la puerta, se reveló ante sus ojos aquella puerta roja de madera tal cual la había visto la última vez, aún conservaba la pintura saltada en algunas partes. Cuando la chica dijo que tal vez la cambiara, ella con cariño en la voz dijo ´no lo hagas, dejala así, le da un toque especial´. La chica comprendió y no se dijo más nada. Al concluir el tour, caminaron juntas hacia la puerta. La chica prometió contactarse con la familia cuando estuviera terminada para que pudieran ir a visitarla y volver a verla terminada.
Vale.Ri (CABA)
12. LIBERTAD
Nos despedimos con un cariñoso abrazo y subí al micro.
Una vez acomodada en mí asiento del lado de ventanilla le arrojé a Esteban, un beso al aire mientras el vehículo dejaba la plataforma y allí fue, en ese preciso instante. que sentí esa sensación mágica que atrapó cada átomo de mi ser hasta el regreso. Después, con el paso de los días le puse un nombre: "Libertad'
Era el primero de los viajes de placer que hice sola administrando con independencia mi dinero, mi tiempo y mis ganas
Mi familia quedó en Buenos Aires y yo partí hacia el Norte Argentino en un tour por diez sin conocer a nadie.
Salta fue nuestro primer destino y allí disfruté de una básica, acogedora y linda habitación para mí sola, algo que nunca había experimentado hasta entonces, por lo cual elegí sacar de la valija solo lo imprescindible, cosa que me proporcionó otra novedosa satisfacción, la de que el cuarto fuera funcional a mis deseos.
Los dos primeros días recorrí con el grupo lugares típicos de excursiones y fiel a mi onda mí divertí con mis compañeros del tour, al igual que en las comidas compartidas.
Al tercer día el plan era ir a una estancia pero preferí no ir.
Tenía muy claro que quería conocer la ciudad por las mías.
Por lo tanto ese miércoles, me levanté siete y treinta y al finalizar mí desayuno salí.
Caminé por avenidas transitadas y callecitas perfumadas que alternaban casas muy antiguas con chalecitos de tejas coloradas y altos edificios.
Anduve sin rumbo fijo, sin ningún plan, pero mis pasos me llevaron casi sin percatarme hasta la boletería del teleférico.
Admirando la colorida estructura emplazada en un hermoso parque compré mí ticket.
Subí a la cabina de hierro rojo y tomé asiento.
Observé mí reloj y eran las nueve de la mañana, entonces descubrí la razón de aquella maravillosa soledad que me permitía acceder a aquel lugar fascinante sin más compañía que mis propios pensamientos; al ser día de semana y bastante temprano, los turistas eran llevados cual rebaños a excursiones más redituables para las agencias que no incluían este paseo matinal.
Durante el trayecto en mí exclusiva cápsula de metal rojo me sentí agradecida, feliz, libre y muy satisfecha por mí elección.
Desde la base y a medida que ascendía, el panorama era cada vez más bello y el sol de otoño brillaba con una luz especial para mí.
Al finalizar el recorrido, en el extremo del Cerro San Bernardo, pude gozar de la vista completa de la hermosa Ciudad de Salta.
Y mi emoción hubo un plus cuando saboreando un cafecito en la Confitería del Cerro tuve la bienvenida de su dueño, un guapo salteño quien me lo obsequió por ser la primera cliente del día.
Al quedarme sola en la blanca y casi barroca terraza sentada frente a ese paisaje único agradecí esa vivencia y mi conciencia de la misma.
Permanecí allí escribiendo, sacando fotos y disfrutando.
Cuando miré mi reloj tomé noción del horario, pedí un tostado y otro café a modo de almuerzo.
Desde hacía un rato venían llegando otras personas, quienes hablando en diversas lenguas iban captando mí interés.
A las dieciséis, ya en mi silencioso cuarto de hotel y luego de recorrer librerías y regalerías del centro, me duché y dormí plácidamente hasta la hora de la cena.
Mí aventura independiente estaba resultando exitosa...
Melinna Trigo (CABA)
11. LUGARES DONDE NUNCA ESTUVE
Rossano Viejo- Italia - 2012
Parados frente a la antigua y blanca casa, mi esposo y yo confirmábamos el éxito de nuestro hallazgo.
Bajo las ramas de un pendulante geranio rojo profusamente florecido, asomaba tímidamente el borroso cartelito "Vía San Giusseppe n°67".
¿Cómo no recordar aquella dirección a la que había escrito por años desde mis diez en nombre de mi madre para mi abuela a la que había amado con devoción aunque jamás la había conocido personalmente?
La vista del limonero colmado de azahares en la mitad del jardín me permitió como en un viaje sensorial e imaginario recordar unas escenas que jamás había vivido, salvo por las referencias de mamá.
De pronto salió una señora algo mayor que yo en aquel momento, de unos sesenta años, quien nos preguntó con una voz cantarinamente calabresa, si buscábamos a alguien.
Entonces le conté que aquella había sido la casa donde había crecido mi madre, que mi abuela Assunta había fallecido allí sin que ambas volvieran a verse porque mi mamá se había idoa Argentina y no pudo regresar a tiempo para verla y que yo venía desde allí, para conocer no solo Italia, sino también ese lugar.
Por suerte me di a entender con mi italiano autodidáctico y la mujer esbozando una invitadora sonrisa nos hizo pasar y presentándonos a su marido nos contó que habían heredado esa propiedad de sus suegros ya que al parecer mis tías se la habían vendido al fallecer mi Nonna a quien ellos habían escuchado nombrar
Esta mujer y su esposo nos hicieron recorrer las habitaciones mostrándonos algunas reformas que habían hecho.
Igualmente me sentí transportada en el tiempo y muchas escenas relatadas por mí madre fluyeron en mí mente.
Allí el viejo hogar junto al que ella había tejido la colcha de crochet para su ajuar, la cocina con la pequeña ventana desde la que se podía ver la iglesia de la Achiropita a través del camino desparejo con subidas y bajadas difíciles de atravesar en invierno, la habitación de los dos hermanos y la de las cuatro hermanas con el balcón desde donde habían escuchado las serenatas de sus respectivos pretendientes.
Extasiada y con lágrimas en los ojos le di las gracias a aquella pareja por su generosidad.
Nos acercamos a la puerta pero en otro cálido gesto no nos permitieron salir de aquel lugar encantado sin antes tomar un rico café ristretto y comer unas confituras italianas casi tan ricas como las que solía preparar mi madre.
Melinna Trigo (CABA)
10. EL VIAJE IMAGINARIO
Estoy parada frente a la puerta de entrada de la casa de mi abuela, Olascoaga 1263. Aquella que alguna vez fue un poco mía. Hace un año que está cerrada. El único ser querido que viviera en ella se fue el 4 de marzo de 2020, y junto con ella los últimos momentos felices que me daba estar del otro lado de la puerta.
Cierro los ojos, me hago invisible, atravieso la puerta de madera blanca, esa que tantos veces abrí y cerré con llave, o puse el pasador por las noches antes de irme a dormir. La misma puerta que acusaba la llegada en las madrugadas de boliche, porque mi abuela ponía una de sus sillas de hierro y mimbre detrás, para que al abrirla arrastrara la silla y ella supiera de mi llegada. Un viejo truco que ya había repetido con los hijos y con todos los nietos que vivieron temporariamente con ella, como yo.
Entro a la cocina, olor a comida rica, la veo a ella sentada a un costado de la mesada, sus piernas ya no aguantan tanto tiempo de pie, pela papas con sus codos apoyados en las piernas reclinada hacia adelante para que las cáscaras caigan en el tacho de basura. Deben ser las diez de la mañana ya, porque ahora está tomando un café y moja un pedazo de pan en él, como todas las mañanas. Paso al comedor, la mesa larga, las sillas de mimbre con almohadones verdes con flores. En la esquina del comedor la estufa a leña, el teléfono, encima de una carpeta tejida a crochet y un florerito. El tronco que se quema lentamente y nos da el calorcito que necesitamos en los días de invierno, me veo con mi abuela y mi tía, tomando mate, tejiendo, charlando y comiendo los rosquitos de vino. Mi abuela cuenta historias “de antes”, como yo las llamo, de cuando llegó de España, de sus repetidos cambios de domicilio con sus padres y hermanos, de su falta de educación por trabajar, y del esfuerzo enorme que la llevo a leer y escribir prácticamente sola y convertirse en una gran lectora. Frente a las brasas crujientes tiro carozos de durazno que se para mantener el fuego. Tomo algunos carozos humedecidos, los cubro de azúcar y tiro al fuego para hacer esos rústicos “caramelos”, ocurrencias de niña impulsadas por la complicidad de la tía. Mientras la abuela teje, recita largos versos de su época y me admiro de su impecable memoria.
Al lado el aparador antiguo, esa belleza de vitrinas de vidrio biselado, espejo en el centro y mesada de mármol. Abro los cajones y las puertas y miro, no busco nada especial, siempre me ha gustado revisar ese aparador, sabiendo que siempre había lo mismo.
El antiguo reloj da las doce mientras el péndulo dorado se mueve al compás de cada campanada.
Abro la puerta del pasillo, esa con vidrio martillado y cortinitas. Antes de pasar miro el almanaque de María Auxiliadora, marcando este día especial, como tantos de los viví ahí. Camino por el pasillo hasta el fondo y al final, a la derecha la habitación que me asignaron para la estadía mientras estudiaba mi profesorado. Campanitas de todos colores y formas cuelgan el techo, dibujos pegados en las paredes, la lámpara que yo misma hice con cañas y lana de colores en degrade azul. Me siento en la cama, hace el típico crujido metálico de las camas de antes de hierro cromado, la extrañé todo este tiempo. He tenido la suerte que entre las modificaciones que ha tenido la casa, la cocina quedó transformada en baño y dormitorio, y me tocó la estufa a leña en la habitación. Cuanto invierno me salvó mi estufa hogar …
Mi tía Ñata acompaña la conversación desde el comedor con el televisor prendido y el rum rum de la máquina de tejer con la que se hace unos pesos para seguir adelante, no sin antes limpiar, planchar, lavar y ser amorosa conmigo. Me trata como a una hija, me hace ropa para salir, me tejió una campera que yo vi en una vidriera con corderito adentro, es una genia, y cose también y entre otras prendas me hizo un saco de paño que luzco orgullosa.
Vuelvo al pasillo y entro a su habitación, esas ganas de revisar los cajones del placard, que siempre lo hacía rapidito, porque a ella no le gustaba que revisara, pero las fotos de antes son mi perdición y volvía a ellas cuantas veces el tiempo me lo permitía. Abro el cajón de las fotos, y vuelvo a recuerdos de momentos conocidos y otros de épocas en que yo no había nacido. Me gusta jugar a adivinar quién es, y digo siempre que linda eras, que bella sos tía Ñata, que linda eras y que bella sos tía Chiqui. Me emociono y me río con fotos mías con mis primos, o a upa de mi abuela. Añoro todo, pero todo cabe en mi corazón y estará por siempre.
Miro las dos camas de plaza y media de la habitación, con cubrecamas a crochet, la antigua mesa de luz, en la pared colgado un rosario grande hecho de piñitas redondas y me veo acostada apretadita con la tía aquellas siestas donde ella me tomaba oral las materias que me llevaba en el secundario, las risas y los comentario de la abuela por no dejarla dormir. Las amo por siempre. Me veo acostada al lado de ellas cuando había tormenta y escucho el susurro de la abuela que reza cada noche y seguro pide por mi también.
Ahora estoy en el patio, un gran jazmín del cabo corona la entrada, pasillo de cemento y a los lados dalias, rosales, achiras, el gran níspero que era casita cuando éramos chicos, parral, la soga de colgar la ropa los broches plásticos desteñidos, el calefón a leña que calentaba el agua para bañarnos y para lavar la ropa, la pared ennegrecida por el humo, la batea de cemento donde se lavaba a mano, y el recuerdo antiguo de que allá, justo en esa esquina antes estuvo el gallinero, ahora veo el horno de barro donde una vez a la semana la abuela hacía pan y las palomitas con terrón de azúcar en el interior que todos esperábamos ese día. Cuantas empanadas y lechones reunieron a la familia, tan hermoso todo…
Me doy vuelta y vuelvo a mirar la puerta blanca ahora en tiempo real, todo sigue tal cual fue cerrada en marzo de 2020, y quiero que siga así porque mi nostalgia es así, creo que hay demasiada historia que quiero inmortalizar, camino a la vereda. Olascoaga 1263 dice el cartel. Quiero seguir imaginando, soñando viviendo aquello que me hizo bien, sentirme querida y a gusto en un lugar que pudo ser el mío, pero las vueltas de la vida me trajeron a otro lugar.
Entre tantos recuerdos escucho de fondo a Mercedes Sosa cantando la bella canción de Violeta Parra: “Volver a los diecisiete después de vivir un siglo es como descifrar signos sin ser sabio competente. Volver a ser de repente tan frágil como un segundo. Volver a sentir profundo como un niño frente a Dios. Eso lo que siento yo en este instante fecundo.”
Lidia Lozano (Centenario, Neuquén)
9. LA PLAZA COLÓN
Hay lugares especiales que han ido marcando nuestras vidas y que nos traen recuerdos, a veces gratos y otros no tantos. Podría nombrar varios, como el barrio donde crecí, la escuela primaria, la secundaria, la pileta del club, la Ciudad Universitaria, las sierras, y tantos otros más. De entre todos, hoy detendré la mirada en una plaza.
La majestuosa Plaza Colón está ubicada en el corazón de la ciudad de Córdoba, es decir, justo en el límite entre la zona centro y el tradicional Barrio Alberdi, también conocido como Barrio Clínicas, debido al nombre del gran hospital situado en su interior. La plaza ocupa una gran manzana, adornada por una fuente con una bella escultura por la cual fluye y se derrama el agua. La particularidad es que no está instalada en el mismo centro, sino que parece mirar hacia la Avenida Colón, y al frente, el antiguo edificio del colegio Normal Carbó, en cuyas aulas cursé toda la escuela secundaria. Una espaciosa vereda se extiende hacia adelante de la fuente; numerosos árboles en ambos lados y al fondo brindan refugio a los peatones que transitan por los senderos que cruzan de un lado a otro de la plaza, salpicados con bancos para aquellos que quieran detenerse y tomar un descanso.
En esa plaza he pasado momentos agradables de mi adolescencia con amigos, a la entrada y salida de la escuela, y alguna vez, en una de esas horas de clase a la que no quería asistir. Recuerdo especialmente las de dibujo de tercer año con el profesor Scieppaquercia. Él era un conocido pintor paisajista de Córdoba y, como tal, opinaba que debíamos aprender a copiar directo de la naturaleza y no de una foto, así que, cuando el tiempo y las circunstancias lo permitían, solía hacernos trasladar a la plaza del frente, en la hora de Plástica. El dibujo y la pintura no eran mis tareas preferidas, pero igual solía esforzarme para hacerlas, aunque fuese con lo justo para aprobar la materia.
Esa mañana nos cruzamos a la plaza, como era habitual, con el objetivo de pintar algún paisaje “natural”. En un momento, cuando yo me encontraba haciendo mi tarea, se acercó una compañera para invitarme a jugar a “la mancha”. Le respondí que todavía no había terminado mi dibujo, pero que luego iría con ellas a divertirme. De pronto, mientras esperaba a que el profesor revisara mi labor, pude ver como él levantaba la vista, alcanzando a divisar a una alumna corriendo a lo lejos. Se levantó y comenzó a llamarla a los gritos, apurando el paso para ver quién era, alcanzó a individualizar a mi amiga Olguita, quien continuaba su marcha veloz, escondiéndose de él. En realidad, ocurrió que otra compañera le había avisado que la venía siguiendo “el viejo”, por lo cual ella creyó que era “el viejo de la mancha”.
Ante semejante acontecimiento y ya reunidas todas en la vereda principal, vimos al profesor que llegaba agitado al lugar, señalando a mi amiga con el dedo índice. Mientras el resto de las alumnas dirigíamos nuestras miradas en la dirección en que él estaba, la única que parecía mirar para otro lado era la aludida, situación que le dio un toque de humor a un evento tan poco agradable. El hombre continuó increpándola para que ella dijera los nombres de las otras chicas que la acompañaban, a lo cual Olguita se negó rotundamente. Entonces, como él la amenazó con “llenar” su libreta de amonestaciones, las otras compañeras, en solidaridad, decidieron presentarse por su cuenta. Todas se “ligaron un formidable uno”, y terminaron llevándose la materia a rendir a marzo, excepto Cristina, quien prefirió callar para no perder el excelente concepto que tenía en la asignatura. Ella también era amiga mía hasta ese momento, pero luego preferí alejarme, ante esa actitud que consideraba una traición.
¡Además de esa anécdota algo graciosa hubo tantos otros momentos gratos sucedidos en ese lugar privilegiado! Esa plaza tan bonita, en mi opinión la mejor de la ciudad, pasó a formar parte de mis recuerdos como uno de esos sitios únicos donde ha transcurrido una parte importante de mi vida y que han quedado guardados para siempre en la memoria.
Susy
Espeche (Los Aromos, Córdoba)
8. PARAÍSO
Me hace llorar acordarme de Tita la tía de mamá, un personaje alocado y gracioso. Nos amaba, nos amaba como nadie.
Para ir a su casa tomábamos un colectivo de largo recorrido y después caminata por aquel barrio residencial de la localidad de Boulogne. Antes de entrar, buscábamos al tío Baco, como le decía mi hermano Dani, que estaba enfrente en un campo que pertenecía a Gas del Estado dándole agua a dos avestruces que vivían allí. Nos encantaba ver esos bichos enormes y raros a los cuales el tío tan contento les hablaba. Después entrábamos a su casa tan hermosa, de construcción simple, tejas, paredes blancas, arcada de piedra, muy típica de los años ’60. Lo primero que hacía Tita era mostrarnos sus rosales blancos, rosas, rojos y ya tenía preparadas para mí en un florero las rosas amarillas que sabía que me gustaban. De ahí a los jazmines… Y eso era como un paraíso para mí: el sol, el aroma de las flores, la sonrisa de los tíos de quienes percibía la gratitud y alegría. Entrábamos por la puerta de atrás y ese hogar olía a una mezcla de naftalina y comida -siempre nos esperaban con los ravioles caseros de los domingos- entonces íbamos a lo que había sido el living porque allí se encontraba postrada mi bisabuela Enriqueta, una viejita que había tenido un ACV y había perdido el habla. La tía Tita la tenía impecable, con la mañanita tejida a crochet celeste y su rodete con la peineta y sus dos pelitos blancos. Seguidamente la verborrágica tía nos mostraba todos los elementos con los que la cuidaba las veinticuatro horas todos los días del año: la chata, el vaso de agua, el peine, el perfume, todo. Después la levantaba y la sentaba en la silla de ruedas, con la frazada de los años ’50 y unas pantuflas de peluche, que por cierto me fascinaban. Enseguida nos daba las consignas de lo que no había que tocar y ensuciar y mi hermano y yo nos íbamos a jugar al jardín.
Mamá y la tía hablaban y hablaban y hablaban, el tío Baco limpiaba, atendía a la bisabuela y nos mostraba cómo levantaba las hojas del jardín o regaba las plantas o pintaba alguna cosa.
Recuerdo la pulcritud, la felicidad, los días soleados, los regalos caros que nos hacían, el olor a bizcochuelo de la tarde y las caminatas por el barrio donde vivían unas cuantas celebridades de quienes la tía nos chusmeaba cuanta historia escuchaba.
No puedo recordar esos momentos sin el nudo en la garganta, al tío Baco, el ser más bueno de la tierra que falleció pronto y con la chata en la mano; a la bisabuela que duró hasta los noventa y cinco años y a la tía Tita que pasados los años conoció a mis hijos, a mi marido y se mudó a un departamento. Cuando no pudo más, una prima de mamá la internó en un geriátrico lejano y nunca más supimos de ella.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
7. EL TORREÓN DEL MONJE
Tantos son los lugares que ocupan un lugar en mis recuerdos, desde la infancia hasta hoy. Pero sin duda alguna el prioritario es el mar. No cualquier mar, que conocí y sobrevolé muchos, sino Mar del Plata; toda la costa atlántica y en especial, el que rodea el Torreón del Monje.,
Toda mi infancia y mi adultez hasta ahora, ya casi vejez, vacacioné en la costa Argentina. Pero nunca dejé de pasar por ese lugar enigmático y con tanta historia como el hermoso Torreón del Monje.
Este lugar, tan importante en mi vida, acogió los sentimientos más profundos, emocionantes y verdaderos.
Fue sede de nuestras primeras vacaciones, con mi Rafa, y año tras año, hasta el 2020, lo visitábamos por un mes o 40 días, para que acariciara nuestra piel con sus sus olas y reflejos de sol maravillosos.
Generalmente ocupábamos la misma mesa todos los días desde la mañana hasta la tarde y todos los años.
¡Era nuestro lugar en el mundo! Amábamos viajar allí desde Tucumán. Avión, ómnibus, lo que fuera, pero llegar.
¡Fuimos tan felices allí! Las noches de fin de año, bailando frente o junto al mar con cenas exquisitas, hasta que ya no dábamos más de mover nuestro esqueleto al compás de la banda o cantante que nos endulzaba los oídos con la rompiente de olas de fondo… Hoy se me hace indescriptible el relato.
Pero sé que aunque triste, reflejará de alguna manera, mi orgullo por el deber cumplido. Compañero y amor de mi vida.
El 14 de enero de 2020, estando en el departamento, observamos que no era un día de playa. Estaba un tanto gris, y teníamos trámites que hacer. Motivo por el cual decidimos caminar, comprar una cremita para su dolorcito de cintura que estaba molestando, cambiar por dinero argentino unos dólares, porque a la mañana del 15 de enero, firmábamos el alquiler de un hermoso departamento en Av. Colón y Las Heras, frente al Hermitage y así cumpliríamos nuestro sueño de irnos a vivir a Mar del Plata. Todo arreglado ya, almorzamos en el departamento, un edificio Maral, de los tantos que hay allí, piso 12, reposamos y salimos a merendar.
Volvimos plenos de felicidad a descansar con todo listo para la mañana siguiente. Le dolía más la cintura y él creía que era el colchón impecable que nos pusieron ese año para que estrenáramos… Habló con Leo, hijo mayor que vive en EEUU, besitos a los chicos, risas, cariños por video llamada y cortaron.
Subimos al departamento felices y se arrojó como pudo en la cama, me pidió masajitos en la cintura dolorosa y, en diez minutos, luego de algunos quejidos inolvidables en mis oídos, moría en mis brazos, feliz por ese futuro que no llegó nunca…
Luego de todos los avatares que trae una situación semejante, sola, con policías que inundaron el edificio, decidí cumplir con su deseo.
Él que siempre recordaba a nuestros seis hijos: “quiero morir al lado de Gloria (yo) en Mar del Plata… ser cremado, que la mitad de las cenizas sean arrojadas al mar, y, la otra mitad, esparcidas en el campo donde nos casamos en Tucumán”.
El 16 de enero fue cremado el amor de mi vida. No quise ver nada. Ya habían llegado dos de mis hijas y una nieta.
A la tarde retiré dos paquetitos con sus cenizas. Esperé al día 19 de enero, ya que un diecinueve nos pusimos de novios y me fui solita al Torreón del Monje. Me interné en el mar con mi pareo, el que más le gustaba a él y disimuladamente, despacito, fui dejando a través de un agujerito, sus cenizas en el mar, que caprichosamente me rodearon y no querían partir de mi lado mientras yo le rezaba con leves caricias a lo quedó de él.
Fue un deber cumplido, en ese, nuestro lugar en el mundo.
El treinta de enero llegué a Tucumán y el primero de febrero, su gran amigo y familia me lleva al campo donde nos casamos y allí, donde él hacía todo el año una huerta para nosotros, pasando horas sacando yuyitos, desmalezando. arrojé sus cenizas.
Por este recuerdo maravilloso aunque no menos triste, que dejó su paso por mi vida, por haber cumplido su deseo, por haber sido tan felices aquí, allá y en todos lados, es que elijo para mi relato este lugar: el Torreón del Monje, alfa y omega, principio y fin de una vida juntos y felicísima.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)
6. MI LUGAR EN EL MUNDO
No hay mucho por decir, simplemente sentir. Tal vez porque ese ir y venir del agua me recuerda a mis días de la más primera infancia… pero también me lleva a mi adolescencia. Ese sonido tan característico del río golpeando contra la costa. Ahí busco estar. Ahí busco estar para celebrar, para festejar. Pero también busco estar ahí en la melancolía, en la tristeza.
El Río de la Plata es mi lugar en el mundo. Algunos eligen París, Roma, Londres. Yo viajo a unas treinta cuadras de mi casa y estoy en “mi lugar”.
¿Cómo describir la paz que me trae su encuentro? ¿Cómo explicar la imperiosa necesidad que siento de estar cerca de él? De poder escucharlo. Ese dulce susurro. Ese ir y venir. Ese mantra que se repite en mi mente, en mi corazón, en lo más profundo de mi alma.
El río, testigo de infinitos momentos de encuentro. Compañero en las alegrías. Pacificador en los enojos. Consolador en las tristezas. Fortalecedor en las debilidades. Receptor en los miedos. El río, ese lugar donde siempre quiero estar. El río, ese lugar que mis papás me hicieron conocer y amar.
Paula (Vicente López, Buenos Aires)
5. PAZ
Tarde de septiembre. Tomamos el acceso de salida rumbo al campo. Llegamos al puesto policial, nos piden el certificado para poder circular, Osvaldo saca de la guantera los papeles, todo está en regla. Más adelante nos toman la temperatura y hacen prueba de olfato. Tomamos la rotonda y la ruta aparece amplia y desafiante. Una emoción profunda inunda el silencio, más de cinco meses encerrados sin salir, ¡Libertad!, ¡libertad! o algo muy parecido. Los ojos se me nublan por las lágrimas, pero puedo ver por el rabillo del ojo que mi sentimiento es compartido: a él también lo noto conmovido. No podemos emitir palabra, un silencio cómplice sabe ya nuestro destino: huimos en busca de un remanso de calma. Ahora ya estamos camino al campo y las nubes de polvo envuelven el auto. Cada árbol, cada casa, cada animal en el corral tienen el maravilloso encanto de lo nuevo. La tranquera espera y es abierta como una caja de recuerdos, guardando tras ella lo que tanto disfrutamos, la casa, los niños, la familia reunida bajo los árboles, los frutales, la huerta, las flores.
La puerta de la casa está abierta, entramos sin querer perturbar la paz que ella emana, y ahí, intacta, la mesa de madera, los bancos, un aparador, la estufa con sus leños y en la pared siguiente un cuadro hecho con fotos de familia una tarde de lluvia. Ahí se ve a nuestros hijos, hoy un hombre y una mujer, tan pequeños entonces con unos pulovercitos a rayas que les había tejido la bisabuela. Y los abuelos aquellos, posando sonrientes, ¡tan viejos los veíamos! y estoy segura de que tendrían la edad nuestra, hoy.
¿Cuántas hojas del calendario cayeron?, ¿cuántos calendarios cayeron como hojas? Pero no es otoño en este lugar, siempre es primavera para el alma y hoy también, ahí afuera . La Milnaturaleza se expresa tejiendo mantos con enredaderas salvajes cubiertas de cornetas violáceas que juegan a tapar la calesita de los chicos bajando por el palo que sostiene las hamacas. La reposera más lejos como esperando un huésped en una siesta tranquila de verano. Y ya detrás de la casa el horno de barro cubierto de glicinas perfumadas, ansioso de tibias manos enharinadas amasando el pan de la mañana. A su lado el pomelo generoso volteó las ramas al piso esparciendo sus frutos.
Fuimos hasta el auto a buscar el mate y la manta que pusimos en el suelo, y sirvió para acostarnos como lo hacíamos antes, para ver todo desde otra perspectiva, para ver el cielo azul sin límites, para apoyar nuestras espaldas en un pasto mullido, para sentir la caricia del viento la calidez del sol. El aromo, los eucaliptos, los pinos, los jazmines, todo lo que hay ahí invade los sentidos. Siento que puedo correr y correr por el campo y dar vueltas y más vueltas como las aspas del molino, puedo detenerme y escuchar los pájaros, inhalar oxígeno, aire puro, ¡esto es vida! Y sin embargo tantas veces, vida, pasás como en puntitas porque nosotros distraídos ni te vemos. Siempre supe que ese es el lugar, será porque ahí gestamos vida, o porque puedo fundirme con el verde o perderme en una nube blanca, puedo ser agua que corre silenciosa hacia el estanque, ser canto de pájaros, de grillos o de chicharra en una cálidas tarde, puedo ser pan recién horneado, mujer, compañera o madre. Ese lugar siempre es paz.
Y cuando el sol cae, tomamos caminos polvorientos nuevamente, y el horizonte se tiñe de naranjas de rojos y amarillos, despidiendo el día, una fiesta que siempre nos espera, que nos llena de vida.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
4. LOS RINCONES DE MI VIDA
Los rincones de mi vida han sido elegidos por ciertas particularidades que despliegan algo en mí parecido a la felicidad, lugares solitarios donde solo cuento con mi imaginación y dispongo de tiempo para crear. En mi niñez había un cuarto donde se guardaban las revistas Billiken y Anteojito. Recuerdo cómo me seducía la imagen de Jacinta Pichimahuida y cómo María de los Ángeles Medrano acaparaba mi atención. Ella con su pelo largo y castaño, su rodete y ¡cómo caía su cabellera!, ¡era tan bella la Señorita Jacinta!También en el patio de casa inventaba juegos en movimiento donde representaba una “paisana rebelde”, la bicicleta un caballo, que recorría el patio transformado en una estancia donde había un peón que me seducía y yo lo destrataba por el simple hecho de ser un peón. Los caballos me gustaban, tenía un pony en el campo de mi papá con quien recorría lugares hermosos, veía las flores que se me aparecían en el camino hasta que llegaba al alambrado de púa y debía regresar. En mi casa disfrutaba de las lecturas de Louise May Alcott, pero mi favorita era la emperatriz Sissí, con quien me identificaba ya que tenía características que se me parecían. Tengo tantos rincones en mi vida, hasta hoy que subo al altillo de Noemí en la baulera de la terraza y es todo mágico porque encuentro revistas de los 60 donde aparecen las actrices de la tele de aquel entonces y promociones de productos que ya no existen. Recortar figuras de famosos ha sido siempre mi hobby preferido, encontrar imágenes que me llaman la atención y armar historias con ellas. Me gusta la brujería, aunque le tengo miedo y respeto, me encantaría aprender a tirar las cartas de tarot, pero sé que por mi ética no lo voy a hacer. Cuando hablo de estas cosas soy feliz porque en esos momentos también lo soy. Me gustaría ser pintora o escritora, pero el único lugar donde me siento segura es en mi profesión, el Psicoanálisis, que me da herramientas para sentir que soy alguien que tiene valores propios, con él me defiendo de todo ataque y la gente me respeta porque sé que sé. Los rincones de mi vida son los amores de mi vida, lugares donde disfruto de mi presencia porque soy libre de hacer lo que amo.
Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)
3. UN ESPACIO TAN PROPIO
Sarandí 1135, esquina San Juan. La googlee y ahí está, igual que siempre, al menos por fuera. Mi casa de infancia. Cierro los ojos y la veo por dentro, en detalle y a color. Puedo recorrer el largo pasillo que conecta la puerta de entrada con el PH del fondo, el nuestro. Puedo sentir el frío de los mármoles en las paredes. Puedo oler el interior del guardacopas aterciopelado. Puedo verme con seis, tal vez siete años, reflejada en el espejo de los pececitos koi grabados en las esquinas. Puedo aún imaginarme nadando entre ellos. Si algo, cualquier cosa, hubiera cambiado de lugar, lo sabría al instante, sin dudarlo.
Éramos seis en esa casa. Tres adultos y tres niños. Tres dormitorios. Uno para papá y mamá, otro para la abuela, y el restante para los niños. Era difícil considerar ese cuarto como propio. Hasta que me hicieron un regalo.
Era domingo. Papá llegó a casa con unos recortes de madera sin barnizar, una tabla de aglomerado enchapada en fórmica, un par de rieles metálicos y tres tablones pequeños. “Patricia, que no me jodan”, fue lo último que dijo antes de cerrar la puerta de nuestro cuarto. Desde fuera, escuchamos durante lo que me pareció una eternidad cómo se alternaban el silencio, el taladro, y las carajeadas.
Finalmente, la puerta se abrió. “Ya pueden entrar”, dijo papá. Entre la cama cucheta y una de las paredes, existía un espacio angosto, donde estaba un ropero. Papá lo había desmontado. Nuestra ropa había sido redistribuida entre los placares de los adultos. Al espacio del ropero lo ocupaba ahora una mesa de fórmica amarillo pálido, amurada a la pared, y sobre ella tres estantes rústicos. Mamá arrimó a la mesa una silla de pino, salida de nunca sabré dónde. Y la abuela me regaló su lámpara de leer. No es para ver, me dijo, es para estudiar.
Y así, sin haberlo soñado ni pedido, recibí de regalo un espacio propio en el cuarto compartido. Un espacio que fue mío hasta que nos mudamos,casi diez años después. En él leí, estudié, escribí, lloré, imaginé, viajé, y crecí. Un espacio inmenso en ese rincón pequeño, robado al amontonamiento familiar, resultado de la generosidad de todos. Ahora que lo pienso me doy cuenta. Nadie más en esa casa tuvo nunca un espacio tan propio.
MAD (CABA)
2. NAVIDAD EN CASA
Los días anteriores a la navidad eran alegres, ya había otro clima. Mi hermano y yo preparábamos el pesebre; el primer paso era rescatar y pintar los muñecos de yeso que habían sufrido el paso de los días-al aire libre- desde el año anterior. Éramos grandes artistas, con las témperas logramos recuperar los muñecos, y darles nuestro toque personal. Luego lo armamos y le agregamos un lago hecho por un espejo, rodeado de arena que había quedado de la último retoques obra, con hojas y ramas que recogíamos del jardín.
El año pasado la navidad había sido distinta, habían venido también de Entre Ríos, mis cuatro primos que acababan de quedar huérfanos de madre (otra hermana de mamá, que también paró en casa cuando la trataban en Buenos Aires, con bomba de Cobalto, de quien me queda el recuerdo decuando me enseño a hacer flores de papel crepe).
Este año los invitados eran la tía Luisa y el tío Arturo, que estaban parando en casa, mientras lo atendían a él en el Borda, después de varios intentos de suicidio. Ambos vivían en medio del campo, en Entre Ríos, con la sola compañía de su perro Puqui. Para ellos era una fiesta muy esperada, ambos eran practicantes de la religión protestante, y mi tía no cabía en su alegría de estar en familia.
Yo tenía mucho amor hacia esta tía, era mi preferida, y ella devolvía ese cariño con creces: una sonrisa, un mimo o una observación aguda sobre mi persona.
Todo era alegría, sonaba en el Winco, el disco comprado especialmente para esta navidad, con canciones en alemán, que la tía Luisa y mamá cantaban a coro. Recuerdo en sus voces hermosas “ O Tannembaum” Y “Stille Nacht, Heilige Nacht”. Y reían ¡cómo reían! Era contagioso. Creo que esto las transportaba a su infancia.
El árbol, las risas, la música, los regalos y la compañía quedaron en mi memoria junto a esa primera casa.
Cristina (CABA)
1. VACACIONES
La primera vez que fui a ese departamento éramos una familia de tres, mi niña deseis años quería conocer el mar.
Durante muchos veranos volvimos a esa ciudad siendo cuatro, cinco.
Desde la ventana se veía la calle lateral llena de gente caminando hacia el centro, y el edificio Cosmos 2 desde donde asomaban rostros en balcones, leyendo un libro, fumando un cigarrillo o tendiendo un otallón.
Esperábamos enero para disfrutar de sus calles numeradas que conocíamos de memoria, para encontrarnos en los pasillos de nuestro piso con los mismos vecinos: la pareja con tres nenas parecidas, el abuelo y la abuela rezongones, el vendedor de churros.
Esperábamos enero para reírnos de nosotros mismos, para sentir el sol en los cuerpos, para escuchar el mar, para abrigarnos en las noches de viento y frio, típicas de esa zona, y salir al centro y sentirnos familia.
Crecimos pisando la misma arena todos los eneros.
Por esas cosas de la vida, empezamos a cambiar de aires, algunas veces sierras y otros distintos mares.
El año pasado me ofrecí para ser yo quien asegurara el cierre de temporada (siempre lo hacia mi papa). Viaje a verificar la seguridad que requiere el dejarlo vacío los meses de invierno.
Mirando el zumba casi la vi. Con su rostro feliz y una sonrisa que aún tengo intacta y disfruté al mirarla en aquellos día de nena de doce años. Se soltaba de una mano con ese coraje tan suyo. Si, la vi como si viviera aquel verano.
Mirando las olas casi vi a mi hombrecito de cinco, subido a una tabla esperando el oleaje, abriendo los ojos con expresión de asombro, gritando desde lejos para que lo mirara, con la seguridad de que no lo descuidaba.
Mirando los patitos girando como calesita, casi la vi. Carita de cuis, buscándome con miedo de caerse, adivinando mi sentir, hablándome solo con la expresión de sus ojos, sumando coraje al encontrar mi sonrisa, dos colitas en su pelo de beba de dos años.
Recorrimos muchos otros lugares, paseos por plazas, picnic a orillas de distintos ríos, zoológicos, shopping, cines, parques de diversión.
Para esta familia de cinco nada alcanzó la dimensión de cariño y pertenencia de nuestra amada Santa Teresita con su inconmensurable mar a dos cuadras del departamento que nos vio crecer.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
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