Dinero


 23. ASÍ CRECÍ

Cuando me pedía que fuera a comprar algo agregaba: ¡Sacá plata del monedero marrón!

Mis cortos ocho años cruzaban la calle desde mi casa hasta la despensa de enfrente con pasitos de farolera feliz y sumaban a la compra caramelos, alfajores o chocolates.

Como todo o casi todo, el monedero marrón acompañó a mi madre por muchos años y yo hurgueteaba en él ante cada necesidad económica.

Nuestra casa era pequeña, humilde, calurosa en verano y fría en invierno a pesar de la estufa a querosén encendida de la mañana a la noche…algunos días esperando  el billete para reponer el combustible.

Esa pareja que sonríe en un álbum de recién casados, renunció durante mi infancia a ropas, salidas, placeres de los más mínimos para cubrir placeres míos y de mi hermano.

Tal vez por eso no me di cuenta de la pobreza.

Fui dichosa y alegre, me sentí protegida, valiosa y amada.

Hasta hoy valoro el enorme desgaste de mi papá, su ida y vuelta en bicicleta hasta la fábrica, su sonrisa al regreso de doce horas de estar entre telares ajenos, sus distintos emprendimientos fracasados hasta lograr un excelente cargo en el banco y un brillante progreso inmobiliario.

Hasta hoy valoro las mejillas rojas de mi madre lavando ropa afuera, su agilidad en la cocina para hacer rendir el dinero, sus costuras creando diseños para vestirnos.

Seguramente pasaron noches de insomnio ante la preocupación del jarabe incomprable, del pedido de juguetes costosos, de la excursión de colegio que los dejaba endeudados con algún familiar pudiente. Pero nunca nos hicieron conocer esas angustias adultas.

Miro hacia atrás y veo dos heroínos revalorando cada obsequio que alcanzaban para nosotros, porque quedó tanto sin adquirir que a lo adquirido lo preparaban como sorpresa. Entonces, en su dormitorio escondían bicicletas, tocadiscos, relojes, máquinas fotográficas en Reyes, Navidades o cumpleaños y nos llevaban con alguna excusa hasta el lugar para alegrarse tanto con nuestro asombro.

Así crecí.

En mi entorno de amigas y primas, algunas vivían parecido y muchas tenían una economía fortunosa.

Lo veía en cada útil, en el vestir, en zapatillas de marca, en autos, vacaciones.

Tampoco eso me importo.

La hamaca que colgaba del níspero en el fondo de mi casa, hecha por mi papá con madera sobrante y cadena regalada, le alcanzó a mi infancia para sentir la riqueza. 

Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)

 

22. AMOR AL DINERO

A través del maravilloso y sagrado acto sexual, nuestras almas se materializan y a partir de ese momento necesitamos de materia para vivir, aunque la mayoría de la humanidad, sobrevive.

En términos objetivos, para la materialización es indispensable y fundamental el uso del dinero, con el cual no solo satisfacemos las necesidades básicas, sino que además conseguimos calidad de vida, logrando obtener mejores servicios y condiciones.

Durante años, y a causa del mal uso que algunos le dan al dinero, este ha sido demonizado, cuando en realidad hay que aceptarlo, amarlo y agradecer su entrada y salida de nuestras  billeteras.

Ser conscientes de sus beneficios, ya que todo, absolutamente todo, es dinero. Hablando siempre desde el plano objetivo y material.

Los alimentos, el techo, el agua, el gas, los medicamentos, el auto, el tren, el asfalto, las luminarias, el señor que barre nuestra acera o recoge nuestra basura… Y la lista se torna interminable. Todo implica un costo monetario.

Una buena relación con el mal visto señor dinero se logra dejando de lado emociones negativas como la avaricia, la codicia y la mezquindad, esta última puede ser utilizada además, hacia los sentimientos.

Algunos detractores de esta filosofía  (no se sepra sujeto de predicado con coma)podrán decir que el canto de un pájaro o el sonido del agua al caer son gratuitos. Y los son, solo que si no he comido en tres días difícilmente tenga voluntad de detenerme a escucharlos.

Los sentimientos, las percepciones y  aquello relacionado con el alma sí son gratuitos. El resto  tiene un precio.

Se debería tener una mirada amorosa, de correspondencia, de merecimiento hacia el dinero y su fluidez, dejando de lado, antiguos y enquistados prejuicios.

                                                                                                 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)  


21. MI CHANCHITO BLANCO

En medio de mi infancia repleta de necesidades, donde solo las básicas estaban cubiertas, se sumaban los deseos de todo niño de tener lo que el otro tiene, juguetes , ropa, accesorios, revistas y un sinfín de cosas que parecían estar al alcance de otras manitas, menos de las mías.

Tendría cuatro o cinco años cuando alguien de mi familia me regaló una alcancía en forma de chanchito, de cerámica blanca con flores. Tenía una mirada pícara el gordito. Yo lo amaba como si ese sentimiento hacia él, pudiera hacer que se me cumplieran todos mis anhelos. Qué paradoja, si nunca podía llenar su pancita con monedas .Cuando por alguna razón desconocida llegaba a mis manos una moneda, algún hermano mayor y aprovechador me las pedía “prestadas”. Préstamo jamás saldado.

Ilusiones varias creaba mi cabeza cuando lograba tener algún tesoro metálico dentro del chanchito. Iría al pueblo y compraría  seguramente toda esa larga lista que se hacía real dentro de mi imaginación. Inocencia la mía, siempre terminaba siendo el banco de los mayores, quedando mis aspiraciones en lista de espera.

Así fui creciendo, deseando cosas y abriendo una grieta enorme en mi interior de temor ante la falta que marcaría mi vida, grieta que no permití que me resignara, que desalentara mis ilusiones, ni me desanimara. 

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

20. HÁGANSE CARGO

Después pasaron muchas cosas.

Mientras criaba a mis hijos no me daba cuenta de cómo intentábamos y forjábamos nuestro futuro.

A veces Guillermo no tenía trabajo y yo tomaba más de un colegio o alumnos hasta la noche con Estudio Dirigido para Nivel Terciario. Así hasta que logró afianzarse y progresar en lo suyo que también sería nuestro.

Si tengo que reflexionar sobre esa parte de mi vida me doy cuenta ahora de cómo el entorno nos miraba.

Los hermanos se fueron y todos comprendíamos la angustia de su desarraigo pero fue una elección no un exilio. Sin embargo, lo entendíamos  y los viejos siempre al pie, ayudando, llenando heladeras , girando dinero. Guillermo y yo nos quedamos por opción.

Así fue que gracias a nuestra estabilidad económica pudimos resolver un montón de situaciones que nuestros mayores empezaban a no poder.

En silencio logramos cuidar y  mantener un equilibrio familiar parental del que nuestros hermanos no tenían idea, ni siquiera preguntaban. Pagos extras, guardamuebles, insumos, tratamientos, colocación de pisos, garantías, señas de inmuebles, fiestas…en fin nada del otro mundo pero sí de este real donde el trueque no existe y los billetes sí.

Jamás se nos ocurrió pedir devolución del dinero que invertimos, jamás dijimos nada en más de veinte años ni se nos ocurrió hacer una contabilidad  (como sí tuvimos que llevar durante los cinco años que duró la enfermedad de papá porque  mi hermana y mi cuñado no entendían que los pañales para adultos,  por ejemplo, salían una fortuna con o sin descuento: cuatro por día, treinta y cinco por semana a razón de equis por bolsa….en fin … yo acopiaba en mi palier de todo).

Lo extraño fue cuando ese tiempo fue pasado  y llegaron los entierros. La venta de una casa, el reclamo de cualquier cosa que hubiera quedado en una memoria desarraigada sin entender que el tiempo pasó para , inclusive para los objetos que se mostraban opacos, gastados, engrasados, arrumbados, inertes y cerrados en su propio olor o para la guita que creían estaba intacta en un cofre de piratas con collares de piedras preciosas y monedas de oro.

Justito ahí dejamos de ser transparentes y nos empezaron a exigir, a hacer contacto más seguido,  ahí en ese punto exacto de la  realidad, hermanos, primos…empezaron a reclamar, a sospechar y a hablar pelotudeces.

Claro ver para creer como dice San Agustín.

La desconfianza apareció y ya nadie sonreía con los sueños amorosos de una familia llena de recuerdos expatriados, nostálgicos e invisibles.

La realidad apareció arrolladora y los pies en la tierra fueron poco.

Guillermo y yo no entendíamos porque como familia, los chicos y nosotros dos, progresamos mucho y esos reclamos estaban muy afuera de lo que era nuestro camino.

Acá, donde quedamos,  seguimos viviendo con padres lúcidos, al tanto de todo, que se apoyaban en nosotros y fuimos muy felices en el día a día. Y vivimos, nada más. Compartíamos la vida en este fragmento familiar después de haber pasado bastante dolor.

Es tan increíblemente  desfasado vivir sin lo cotidiano,  es perder escenas de una película,  leer un libro salteando capítulos.

Con la desconfianza…no se puede. Se pierde y no creo que pueda recuperarse nada

El catalejo se puso en alerta a través del océano después de esos más de veinte años (treinta Daniel y veintiséis mi hermana). Y nosotros quedamos en observación.

Ya no se trataba de dinero, se trataba del dinero que correspondía después de la muerte de los viejos y del dinero que nunca vieron sacar de nuestros bolsillos, dinero extra que, frente a ellos, no podremos recuperar nunca.

Dinero que está flotando en el aire ahora que no es tangible ni para unos ni para otros  pero que varió absolutamente los lazos familiares.

Se acabó porque sentía  que me había vuelto desagradable, jodida y despreciable. Se acabó.

Háganse cargo.

¿Te enojas? ¿Tenés que viajar? ¿Tenés que sacudir el bolsillo? ¿No entendés cómo se fue el dinero? ¿A dónde está la camisita con puntillas y volados que la abuelita cosió en el siglo dieciocho?  ¿Qué les pasó a Gaby y Guille?

Por acá pasó de todo, cariño.

De este lado ya no se dan más explicaciones  ya no hay money tampoco tolerancia a las falta de respeto.

Qué vamos a hacer.

Los sesenta y pico dan licencia  para ciertas cosas como por ejemplo despojarse de la mirada de los otros que nos ahogaba como si tuviésemos la culpa. 

 Gabriela Potenza (CABA)

 

19. MONEY, MONEY, MONEY

Tengo en mi memoria recuerdos muy nítidos sobre como el dinero apareció en mi vida

El infaltable Ratoncito Pérez  y su asistencia perfecta cada vez que mi sonrisa se transformaba en un choclo desdentado. Maravillosa experiencia buscar debajo de la almohada el billete que se volvía un premio millonario frente a mis ojos de niña. Imaginar que el héroe tenía una misión mundial que iba recogiendo dientes de los chicos solo con una bolsa de su tamaño y un bolsillo  (quién sabe a dónde) con dinero para todos. En fin, ahora me la paso en el dentista y si se me llega a caer un diente no hay Ratoncito Pérez que pague el arreglo y mi depresión.

Mi abuela paterna: Modesta. Jamás pero jamás me regalaba algo para mis cumpleaños u otro motivo que lo requiriera. Nada. No elegía, no me preguntaba qué quería, qué me gustaba. Siempre recibía un sobrecito de esos bien chiquitos con dinero. De muy chica no me llamaba la atención pero al crecer hasta llegó a molestarme porque asomaba cierta comodidad e indiferencia No tenía que ver con su amor por mí. Me adoraba. Es más, ella fue la responsable de mi sobrenombre familiar, “Reinita”. Ahora que lo pienso quizá su rusticidad, su alma de campo y su soledad con un marido gruñón transformaban el dinero en una ofrenda y un sentido presencial que me decía nunca te va a faltar nada. No sé.

Mi abuela paterna…de ella recuerdo mis juegos en el comedor, el misi misi sobre las manos, la Ferroquina Bisleri antes de comer, la caramelera de mimbre llena de caramelos con papeles multicolores. Su figura bajita, regordeta, los anteojos muy gruesos y su buen humor. También que no la quería mucho a mamá. No sé.

Un sobrecito con mucho más que dinero para contar.

Desde los 17 empecé a trabajar Mi tío Luis me daba textos breves para traducir del español al francés. Daba clases de francés y de guitarra. Tuve muchos alumnos. Sin darme cuenta mi camino hacia la docencia había empezado. Podía estudiar y ahorrar.

Tener mi propio dinero fue increíble, una sensación de independencia  intransferible. Justo en ese tiempo en que las cosas estaban cada vez peor en casa. En todos los sentidos y los viejos entraban en un túnel oscuro y frio sin ninguna luz buena al final. Colaboraba en lo que podía aunque ellos no querían.

Tener un poco de dinero, además,  me daba algunos permisos no tan primordiales como ir al local de regalos que había en la Galería Boyacá. Lucrecia me esperaba  y me ayudaba a elegir los animalitos en porcelana muy fina para mamá. Figuras chiquitas de caballitos, perros, gatitos, blancas y  delicadas como las del Zoo de Cristal, que la hacían sonreír.

Sin embargo ningún dinero alcanzó para cambiar nuestra historia familiar.

Gabriela Potenza (CABA)

18. LA ESCLAVA DE ORO

El mes pasado mi hermana mayor, con la que nuestra relación transita una fuerte ruptura que no logro zanjar, cumplió treinta años de profesión. En el Colegio de Abogados hicieron una ceremonia y le entregaron una medalla conmemorativa.

Mi mamá estaba invitada a la cena. Una semana antes me llamó para avisarme que con motivo de esa celebración, le había comprado a mi hermana una esclava de oro para que le regaláramos entre todos (mis otros dos hermanos, ella y yo).

Cuando me dijo esclava de oro, ya se me pararon los pelos de la nuca y no pude evitar inmediatamente decirle “¿Qué? ¡Y cuánto salió?”, por supuesto, en un tono muy poco amigable. “Y, ese es el tema”, me respondió ella, “salió cuatrocientos cincuenta mil pesos”. A lo que le contesté de forma inmediata que yo no contaba con ese dinero, que en mis ingresos mensuales de ninguna manera me sobraban más de cien mil pesos para un regalo. Ella me dijo que si no me avisaba, me iba a enojar; a lo que le dije que me enojaba que hubiese hecho semejante gasto sin consultármelo antes, cosa que sí había hecho con mis otros dos hermanos, que estaban al tanto. También le dije que jamás me había pasado esto, que he participado y organizado regalos conjuntos y siempre se acuerda qué regalar y qué monto gastar antes de hacerlo.

Y ahí se empezaron a cruzar tantas otras cosas, porque obvio, no es solo el dinero.

Cuando ella me dijo que a Claudia (así se llama mi hermana) ella le debía todos los favores que le había hecho haciéndose cargo de elegir los muebles de su casa recién reformada, yo le que pregunté qué cuántas veces iba a devolverle ese favor. También le reclamé si no sentía que los demás también hacíamos un montón de cosas por ella. La cosa derivó en que mi madre sintió que yo le estaba haciendo un reclamo y yo diciéndole que no eran reclamos, pero que no entendía por qué debíamos desembolsar ese dinero si era ella la que sentía que le debía favores a su hija mayor.

Conclusión, le dije: “ yo no voy a participar, yo no tengo ese dinero”. Mi madre me contestó que ella no sabía si ella lo tenía (tema recurrente en ella, que tiene para vivir cuatro vidas más). Yo ya cansada concluí, “bueno, pero yo sí lo sé, mi economía no da para este gasto”. Cortamos el teléfono y a la semana me llamó como si nada, previo a la famosa cena de entrega de medalla. No hablamos de la pulsera ni de dinero.

Un detalle que no le comenté:, en jJulio de este año cumplí treinta años de profesión como diseñadora. 

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

17. INDEPENDENCIA

Doce años tenía cuando empecé a buscar la forma de ganar mi dinero. Era para darme algunos gustos, cosas que quería y para las que no podía pedir en mi casa. Empecé vendiendo productos de Avón y cuidando a una nena. La mamá estaba en su casa, pero la criatura de tres años se aburría sola, así que, básicamente, yo iba a jugar con ella. Al tiempo otra vecina del barrio se enteró y me contrató para cuidar a su bebé. Ese trabajo sentí que me quedaba grande, nunca había cambiado un pañal ni preparado una mamadera, pero sin embargo, no me achiqué y lo hice. La mamá trabajaba delante de la casa dando clases de gimnasia, así que por cualquier eventualidad estaba a la mano.

A los catorce colaboraba con mi papá en una revista que editaba para la Sociedad Rural de mi ciudad. y Cuando empezó a funcionar el canal de cable, les hacía las placas de publicidad y algunas escenografías para los programas locales.

Yo no tenía un gran objetivo con el dinero, no lo ahorraba, lo usaba para comprarme ropa, alguna que otra salida e ir a tomar café con mis amigos del secundario.

Cuando cursé mi carrera universitaria trabajaba específicamente para juntar dinero para mis vacaciones, repartiendo diarios barriales bajo puerta, haciendo alguna changa, cosas que no interferían con mis estudios, pero que me permitían en el verano agarrar la mochila e irme al sur sin tener que pedir un peso a mis viejos que solventaban mis gastos todo el año.

En esa época de mi vida aprendí a estar días enteros sin plata. Comer lo que había en la alacena y manejarme en bicicleta para todos lados. Cuando les avisaba a mis papás que no tenía nada, ya era porque había echado el último grano de arroz en la olla.

Me acuerdo como un hito en mi vida cuando a los meses de estar trabajando como diseñadora (me faltaba un año para recibirme) le avisé a mi papá que ya no necesitaba que me mandara dinero. La sensación de satisfacción que eso me produjo la saboreo aún hoy cada vez que la recuerdo.

Por supuesto el dinero que ganaba ya no era para chucherías y con mis veintidós años me sentí grande, grande de verdad. Realmente no sentí como un peso el tener que hacerme cargo de mi economía sino como un gran logro.

Al año y medio me casé y comenzamos a administrar juntos la vida en común. Teníamos un cuaderno donde anotábamos cada gasto por mínimo que fuera, porque la economía de la casa era ajustada, pero la supimos administrar.

Luego de quince años, una vez separada volví a tomar sola las riendas de la economía, pero ya no solo la mía sino que incluía la vida y las necesidades de mis tres hijas. Siempre me he manejado con cautela, pero donde no mido los gastos es en los viajes. No hay para mí dinero mejor gastado que el que se empieza a ir de mis manos cuando estoy a más de trescientos kilómetros de mi casa. Toda mi cautela y sensatez para administrar el dinero vuela por los aires y cada gasto que hago es diciéndome como si fuese un mantra “esto me lo merezco”. Y así justifico mis desbordes económicos hasta volver a la cotidianeidad.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

16. HACERME CARGO

Estaba sentada en la silla, escuchaba atentamente que mi mamá le decía a mi papá que quería vender el departamento. Al poco tiempo vinieron a visitarlo dos personas mayores, quedaron conformes. Comenzamos a guardar las cosas que conservaríamos y a tirar otras.

Nos mudamos a una casa en Tolosa, mucho no me gustaba porque había que hacerle varios arreglos, mamá nos decía “imagínenla arreglada”Todavía recuerdo la antena del televisor arriba del auto.

Comenzaron los arreglos, no fue fácil, era un desfiladero de albañiles, plomeros, electricistas.

Hubo discusiones entre mis padres, malos entendidos, a los dos años se separaron.

Yo me fui a vivir sola y después me mudé a Mar del Plata.

Mi primer contacto con el dinero fue a los dieciocho, con mi primer sueldo.Recuerdo que no sabíacomo gastar el dinero.Compré cosas ricas y después me fui a la peluquería. Siempre viví con lo justo.

Luego formé pareja con Pablo, él era habilidoso con las cuentas, así que le daba mi sueldo para que lo administrara. Fue así que nos compramos la casa.

Cuando me separé, coincidió con el fallecimiento, a los meses, demi papá.Yo estaba muy triste,  me puse a estudiar y también tenía dos trabajos,uno era a la tarde como Acompañante terapéutico y otro era tres días de noche cuidando a un niño; ahí logré ahorrar para pagar al abogado, porque Pablo no me depositaba lo convenido ni tampoco me daba el dinero que correspondía de la mitad de la casa.

Tiempos duros, la facultad, el estudio y la terapia hicieron que fuera de mejor manera.

Después de varios años trabajando, se comenzó a visualizar mi cansancio.

Se solucionó a medias el tema de la casa,  todo iba a un extenso juicio y tuve que negociar con su actual mujer.

Así fue que de lo que cobré fue una parte al abogado,  otra a la facultad y  otra a unas vacaciones. Al final me quedé sin nada.

Ahora, ya más tranquila, me voy desprendiendo de a poco  de tanto dolor, creo que ahora sí me puedo hacer cargo del dinero sin delegar en otro.

Me perdono por lo que hice, porque el dinero no fue bien invertido en su tiempo, fue tanta la espera y la tolerancia.

Ahora solo habita en mí la calma, convencida de que las cosas que perduran con el tiempo, no se compran con dinero.

Amorina Márquez (La Plata, Buenos Aires)

 15. CON MUCHO ESFUERZO

Mamá en casa manejaba el dinero. Ella es muy ordenada.

Tanto Papá como mamá se esforzaron mucho. Papá tenía dos trabajos y llegaba muy tarde; mamá tenía uno.

A mamá siempre le gustó progresar, cuando yo era muy pequeña , ya estábamos viviendo en un extenso departamento, con patio de invierno y de verano.

Ella había averiguado y concretado la compra,  la cuota costaba los dos sueldos de mi papá.

Para afrontar todos los gastos quedaba solo el sueldo de mamá. Tanto mis hermanos como a mí  nunca nos faltó la comida, también fuimos a Colegio Privado con todos los útiles escolares.

Tampoco me faltaron mis zapatos de Titrre, una zapatería famosa de La Plata en aquellos tiempos, como tampoco los de Grimoldi.También necesitaba zapatillas Adidas, ya que tenían un arco, asi que eran las indicadas para mis problemas en el pie.

Cuando era Navidad, mamá nos decía que Papá Noél traía golosinas, porque los regalos venían con los Reyes.Fueron para mi, las  mejores navidades.

Mamá mantenía un esquema de igualdad, eran las mismas porciones tanto para mí como para mis hermanos, las misma cantidad de galletitas, la misma cantidad de caramelos, los tres por igual, eso es lo que decía.

Papá por ahí se tentaba y si pasábamos por un kiosco mi hermana y yo lo convencíamosde que nos comprara una golosina

A veces disfrutábamos de alguna salida, también nos íbamos de vacaciones a la casa de mi tía en Valeria del Mar, y a veces viajábamos a Resistencia, Chaco, a la casa de mi Abuela.

 A fin de año, como colorario de terminar las clases, salíamos ese día a la noche, a comer unas pizzas afuera y de postre un cucurucho bañado con chocolate en Cadoro.

Trabajaron mucho.Mamá usaba el mismo vestido y los mismos zapatos por años y recuerdo los mocasines gastados de mi papá. Ambos iban caminando al trabajo. Además los dos estudiaban.

Todavía lo recuerdo,  mamá cocinaba y papá dormía poco, se la pasaba estudiando.

Diez años duró el pago de ese departamento. Cuando finalizó se festejo, luego mamá invirtió en un terreno y más tarde papá ya tenía su primer auto. 

Solo me queda agradecer el esfuerzo que han hecho. 

                                                                                            Amorina Márquez (La Plata, Buenos Aires)


14. PEN$AR EN EL BOL$ILLO

Digamos que el dinero y yo no somos grandes amigos.

Solo lo veo como un vehículo que me lleva a cosas que quiero lograr. No entiendo el ahorro por el ahorro en sí mismo. Mucho menos la avaricia. Guardar por las dudas no es un lema en mi vida. Soy más bien de las que primero adquiere bienes que se compran con dinero y luego los paga mientras los disfruta. Me gusta gastar el dinero y me da inseguridad no tenerlo. 

Eso, claramente, me hizo pasar más de algún sobresalto y me metió en unos cuantos aprietos. Pero no me arrepiento. No me fue tan mal pensando de esa manera. Tal vez hubiera vivido más tranquila, pero sin disfrutar de las cosas que pude disfrutar. Eso aplica a casas, viajes, autos, electrodomésticos o ropa. No así a la comida o a los servicios, solo a cosas que perduran en el tiempo.

Me hubiera llevado años ahorrar para comprar con César nuestra primera casa. Eso hubiera demorado mucho la posibilidad de casarnos o hubiéramos desistido de la casa propia, optando por alquilar. Como esto último no era una opción para nosotros, nos tiramos a la pileta, endeudándonos en dólares, sabiendo que eso nos dejaba pisando sobre un piso débil e inestable. Así fue. A los tres meses, el dólar duplicó su valor y lo que al principio pareció una buena idea, luego nos ajustó de una manera no deseada pero sí prevista. En el momento de tomar la decisión, consultamos con mis papás, pidiéndoles su opinión. Mi papá entonces me confrontó con la posibilidad de lo que después ocurrió: “Si el dólar se va al doble, ¿lo podrán pagar?”

La respuesta fue afirmativa, a pesar de que si eso ocurría, nos dejaba casi sin resto para reformas, muebles y demás cuestiones que una nueva casa conlleva.

De esa manera, llegamos a nuestra primera casa, al año de ser novios. Juntábamos dentro de un diccionario de inglés lo que quedaba de los sueldos de ambos, luego de comprar los ciento cincuenta dólares que la cuota de la casa requería. Con mucho esfuerzo, fuimos refaccionando la casa sin invertir un solo peso (“austral” en esa época) en muebles u objetos de decoración. No había resto para eso, mucho menos para salidas o pequeños placeres. Dos años más tarde, con la obra bastante avanzada, pero aún sin terminar, nos casamos, amoblando nuestro hogar con los objetos que amigos y familiares nos regalaron. Exceptuando la heladera, que había sido lo primero que nos compramos, lo demás fueron obsequios. Las mesas de la cocina y el comedor, regalos de amigos. La cocina la compraron mis suegros y mi cuñado. El juego de dormitorio, también regalo de ellos. Las sillas, de la fábrica de mi papá. Los sillones usados que habían descartado unos amigos, quedaron como nuevos con unas lindas fundas estampadas. La vajilla era parte de la lista de casamiento, que en ese entonces se usaba. Nuestro dinero se había evaporado entre corralones y albañiles. La fiesta de casamiento tampoco era una opción para nuestro presupuesto. Pero la tuvimos, hecha a pulmón por mis padres, ayudados por amigos. Desde la decoración del sencillo salón, hasta el centrifugado de la ensalada en un secarropa. Si hubiera sido en un salón sofisticado no habría sido más hermosa.

Esa fue nuestra manera de crecer. Arriesgarnos y apostar. Así, esa misma casa, cuatro años más tarde, se vendía para invertir en una ferretería, que le daba a César la posibilidad de ser su propio jefe. Fueron diez años duros, de ajustarnos mucho, apostando a un negocio que nos dio mucho más que lo que nos quitó. Se hizo menos cuesta arriba durante los primeros años, gracias nuevamente a la generosidad de mis papás que nos ofrecieron que viviéramos en el departamento que habían construido para mi abuela, cuando ella dejó de usarlo, así nos evitábamos el pago de un alquiler. 

A los tres años, pudimos volver a comprar nuestra casa, juntando peso sobre peso que dejaba el negocio, más mis dos cargos de maestra de grado para pagar el crédito en el banco. 

Si me preguntaran si es la manera más relajada de vivir, diría que no. Pero es la que elegimos y volveríamos a elegir. Porque tal vez, nunca hubiéramos logrado lo que tenemos, si hubiéramos apostado al ahorro en un país que nunca ofrece garantías.

Así compramos nuestros autos, nuestra casita en la costa e hicimos los pocos viajes que hasta ahora pudimos disfrutar. 

Cuando decidí jubilarme y seguir trabajando, lo hice para poder disfrutar un poco de darme algunos gustos, de esas cosas, no tan útiles, que siempre me daba culpa comprar. Disfruto comprando regalos para la gente que quiero y disfruto cuando los reciben.

Recién a mis cincuenta años pude sentirme más cómoda y relajada en relación a este tema. Recién allí comencé a sentir que podía disponer de dinero en la billetera o el banco sin cuestionármelo demasiado. 

Así pude comprar esas cosas que no sirven para nada, o alguna ropa que tal vez no era tan necesaria. Así César  y yo, , codo a codo, pudimos construir el departamento para que Flor empezara a dar sus primeros pasitos de adulta autónoma.

Hoy estoy frente a la opción de dejar de trabajar, jubilarme en serio, para empezar a disfrutar por primera vez de mi tiempo y de mi libertad. Hice muchas cuentas para poder tomar esa decisión y, hoy por hoy, estoy a un paso de concretarlo. 

No es fácil pensar en una vida sin trabajar, porque lo hago intensamente desde antes de terminar el secundario. Pero hoy elijo empezar a vivir sin límites y sin horarios lo que hasta ahora nunca pude. Ser dueña de mis horas, aunque eso signifique, tal vez, ajustar un poco el bolsillo o resignar algo de lo ganado. El tiempo para uno, no tiene precio.

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)


13. SALTAR AL VACÍO

Karina, necesito que hablemos del dinero, mi matrimonio y yo”, así comencé la sesión. Y sin interrupciones seguí hablando:

Mi esposo es demasiado ordenado. Cada tercer día hábil del mes suma los dos sueldos, saca una parte para gastos fijos, otra para ahorro y otra para los gastos del mes. Vivimos cómodos, tenemos nuestra casa, auto nuevo, y nos vamos de vacaciones en verano. Nos casamos alquilando y con este sistema y nuestros trabajos,pudimos llegar a la situación tranquila en la que estamos. Pero a mí me ahoga. Si necesitamos hacer un gasto extra lo conversamos y lo decidimos entre los dos, yo siempre digo sí, él siempre dice no. Y yo siento que pido permiso. Arreglar la casa fue un martirio, las cuentas no daban, teníamos que ajustarnos más. “Estás gastando en boludeces, por eso no nos alcanza”, decía él. No eran boludeces. Me gusta el teatro, me gusta llevar a los chicos al pelotero. No importa si terminamos los arreglos en un año en vez de en ocho meses. Eso también forma parte de la vida.

Estoy cansada, Karina. Me enoja verlo con los números. Me hace sentir culpable porque llevé a los chicos a Mc Donald’s un jueves.Quiero salir un jueves simplemente porque no es sábado.Él me conoció así, nos casamos un día de semana y de mañana porque no me gustaban los casamientosen viernes, de noche y él aceptó. De novios nos íbamos a Brasil con lo poco que teníamos y sin saber cuándo volveríamos y disfrutábamos de la aventura. ¿Qué le pasó? Esto no me está gustando. Quiero vivir, quiero disfrutar, necesito que la vida me sorprenda. Lo que correspondía hacer ya está cumplido, ahora quiero ¡saltar al vacío!

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)


12. CAJA DE AHORRO

Yo disfrutaba enormemente esos paseos educativos que organizaba la escuela. Los días pasaban lentos desde que enviaban la nota para que mis padres me autorizaran a ir hasta el momento del evento. Ese día nos permitían llevar la vianda en un bolso de cualquier color. La comida también era a elección de cada alumna, aunque siempre para compartir. Mi entusiasmo revolucionaba lacasa y lo demostraba hablando sin parar explicando mil veces el itinerario, con quién me iba a sentar en el micro del paseo, contando todo lo que me habían dicho del lugar a visitar y preguntando mil cosas sobre el tema.

Ese viernes nos tocó visita a la Caja de Ahorro. Allí nos explicaron todo acerca del dinero y de la importancia de ahorrar. Íbamos en hilera recorriendo cada oficina y escuchando a una señorita que nos guiaba. Para mí era todo nuevo. Nunca había ido a ese lugar ni tampoco habíamos hablado en mi casa del ahorro o del dinero. Yo sabía que papá había tenido una infancia con necesidades desde que su papá y luego la tía que lo había criado fallecieron. Siempre decía, orgulloso, que lo que teníamos había sido con mucho trabajo y, nunca se olvidaba de aclararlo, con la ayuda de mi abuela cuando recién se casaron. También recuerdo una frase que decía mi papá cuando mamá lo regañaba por gastar en algo que ella no estaba de acuerdo:  “no te preocupes, la plata va y viene”.

Al finalizar la visita, en la Caja de Ahorro nos dieron un formulario de papel para que, si nuestros padres estaban de acuerdo, pudiéramos abrir una cuenta y ahorrar ahí nuestro dinero. Recibir el papel y encender en mí un ventilador de ideas fue lo mismo. A mí no me importaba si mamá y papá no me autorizaran a abrir mi cuenta, yo IBA a abrir mi cuenta. Y la libretita que me dieran iba a terminar llena de estampillas, una por cada depósito, y cuando tuviera bastante iba a comprarme los patines, la peluca de pelo largo para disfrazarme, el jueguito de química y la lapicera Parker plateada. Nos habían dicho que primero teníamos que ir con alguno de nuestros padres a registrarnos, pero después podíamos ir solos, que había un mostrador para los niños. Así que yo iba a poder ir sola ya que quedaba cerca de casa.

Con la cabeza en ese estado llegué a mi casa a relatar todo lo que había vivido. “Por favor, mamá, vamos ahora a la Caja de Ahorro así abren mi cuenta”, le pedí mil veces. Les conté todo lo que iba a hacer con mis ahorros, pero mi problema era que no tenía de dónde sacar dinero para ahorrar. Con lo único que contaba eran unos billetes que me había regalado mi abuela antes de irse. Por suerte, para abrir la cuenta tenía. Ya se me iba a ocurrir algo.

El lunes después de la escuela mamá me llevó a la Caja de Ahorro. Salí feliz con mi libreta en mano con una estampilla pegada en la hoja de los ahorros. Mi sonrisa ocupaba toda mi cara e iba saltando de la mano de mi madre porque no podía estar quieta. “La próxima vengo sola, mamá”, le dije.“No”, me dijo firme, y enseguida concluyó la conversación con una frase muchas veces dichas: “Y no se habla más del tema”.Me pareció mejor no insistir. Ya se me había ocurrido la manera de poder ahorrar. Le iba a pedir a mi papá que me dejara atender el teléfono en su oficina a la salida de inglés. Y que me pagara lo que él quisiera. Yo quería ahorrar para los patines nuevos. No le conté a mamá por las dudas que no me dejara. Papá iba a aceptar.

Y así fue. Hasta fin de año, salía corriendo del instituto de Inglés que quedaba a unos metros de la inmobiliaria de mi papá y me transformaba en su secretaria. Si estaba ocupado, yo anotaba quién había llamado. Muchas veces merendábamos juntos en el bar de enfrente, otras me esperaba con mi alfajor preferido. Cada dos o tres semanas íbamos con mi mamá a depositar en mi cuenta.

Pasaron los meses y a fin de año retiré mis ahorros. Con ese dinero y con lo que agregó mi abuela para que me alcanzara me compré los mejores patines del mundo, porque como decía mi mamá, los había comprado con mi esfuerzo.

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)


11. ¿QUIERO O NO? 

Con el padre de mis hijos comencé a tener problemas en el año 1995, llevábamos diez años juntos.Empezamos a hablar de separarnos pero nos dimos una oportunidad. Dos años más tarde ya no sabíamos qué hacer para sostener la relación y nos pusimos a buscar casas pensando que seríala solución al conflicto. Vimos muchas y muy hermosas en diferentes lugares del conurbano bonaerense y cuando encontramos la de nuestros sueños, yo no me sentí merecedora de ella y le dije que no. Tampoco merecía el dinero que teníamos (vivíamos bien) porque era la gastadora, la que administraba mal las finanzas, la que compraba cosas inútiles, la que no podía ostentar porque era una simple ama de casa, la caprichosa de lo material,la que no traía el sustento al hogar. Al poco tiempo nos separamos. Luego mi situación fue muy difícil sobre todo cuando entré a trabajar con mis padres quienes hacían diferencias entre mi sueldo y el de mis compañeras.

Mi relación con el dinero es rara, me hago la que no me interesa, que hay cosas más importantes en la vida, me cuesta reclamar lo que me corresponde.Desde hace un tiempo largo trabajo en Fundaciones y no tengo grandes remuneraciones: Y bueno, fue mi decisión, me digo, o Por lo menos hago algo para el prójimo, pero también me consuelo: Con el amor de mis hijos y nietos me basta.

Sigo sintiéndome desmerecedora del bienestar económico. Me conformo con muy poco, pero me encantaría poder disfrutar de una vida material más interesante y nunca lo digo en voz alta.

                                                                   Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires) 


10. MUNDO MATERIAL

La abuela se quejaba, mamá se quejaba.Ellas soñaban con grandes mansiones con escalinatas y sirvientes, es más, la abuela decía que era de sangre azul y que mi abuelo se había encargado de darle una vida de miserias, a pesar de haber tenido el mundo a sus pies por su puesto de senador nacional en los años sesenta.Sin embargo, en mi infancia no me faltó nada, mis padres se encargaron de que Dani y yo tuviéramos la mejor educación, la mejor ropa y los mejores juguetes, a pesar de los sobresaltos económicos. Yo no tuve ninguna historia con el dinero, no me interesaba, pero supongo que era porque cada día del niño, cada navidad y cumpleaños tenía los juguetes necesarios y era todo lo que me importaba en la vida: jugar, jugar y jugar. Mis preciados libros, una colección de muñequitas que se llamaban Punquis, los muebles y cocina en miniatura y todas mis muñecas que hablaban y cantaban eran mi mundo. A pesar de vivir en un modesto departamento entre calles de tierra y naranjos alrededor, no tuve consciencia alguna si a mis padres les faltó dinero alguna vez o si pasaron necesidades. Yo era inmensamente feliz dentro de ese universo que me cobijaba. No necesitaba nada más.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 9. LO IMPOSIBLE

Faltan pocos días para que Luis Miguel llegue al Club Sarmiento.  Es domingo, después de almuerzo en casa de mis tíos. Mi prima Sandra va a su habitación y regresa con un sobre. Dentro, la entrada para el recital. Su padre, el hermano de mi papá, dice:

-La compré el viernes, saqué en segunda fila y en el medio.  La entrada más cara. Todos aplauden y festejan. Mamá me mira…

De regreso a casa, después de caminar muchas cuadras porque hace una semana nos mudamos, mamá le dice a papá que el tío es un agrandado y que se hace el lindo porque trabaja en el ferrocarril,  peroque cuando hacen una reunión ni aparece. Le dice también que tiene el trabajo y el mejor sueldo gracias a muchos compañeros, y un montón de cosas más y ya empiezan a discutir, entonces yo agarro a mis dos hermanitos varones y los llevo a la vereda.

Esa noche antes de dormir, mamá viene a mi cama y me dice que ella sabe que a mí me gustaría ir a ver a Luis Miguel, pero que no pueden comprar la entrada porque  cuesta mucho y con lo que gana papá, más lo de ella limpiando la casa de la señora de Baldi y la de  Pugliese no alcanza, pero que me duerma tranquila, que si llegan sábanas y manteles para vender, a lo mejor se va a  poder. Me da un beso y me dice que no es una promesa, pero lo va a intentar. Mi mamá me mima. Mi Mamá, me mima…

En la escuela todas las chicas hablan de Luis Miguel. Gabriela y María Liz también ya tienen las entradas. En las radios suenan todas sus canciones. En los recreos nos ponemos en ronda y cantamos. Jugamos al elástico y cantamos, jugamos a la payana y cantamos. La mañana,  la tarde y la  noche son de Luis Miguel.

Ya es sábado. Bien temprano llega Marcelo con dos bolsos grandes de sábanas y  toallas. Después de almorzar,mamá y papá se dividen los bolsos y salen a la calle.  Me gusta verlos caminar. Uno por cada vereda. Juegan a ver quién vende más.  Vuelven a la tardecita y mamá prepara la cena. La escucho decir que no se vende nada porque el turco de la tienda de la vuelta, vende más barato. Dice también que es un turco de mierda, lleno de plata. Que no debe saber dónde esconderla y que Dios se puede ir a la mierda con él, porque le sigue dando cada vez más y se olvida de los pobres. Papá escuche y no dice nada.

Sábado otra vez. Marcelo llega con unos aparatos rojos con un timbre. Mi papá dice que son porteros eléctricos, el último grito de la moda, que los van a vender como pan caliente y que van a ganar mucha plata.  Esa noche, mi mamá hace sonar los timbres para probarlos y mi papá pregunta¿quién es? Mamá me guiña un ojo y responde Luis Miguel. Mi mamá me ama. Mi mamá, me ama…

Regresan contentos con las ventas.

Marcelo vuelve con más cajas y los felicita y se ríen, y festejan. Mamá  pidepermiso a las dos patronas para ir en otro horario a trabajar, porque tiene que aprovechar el tiempo y labuena nueva para seguir vendiendo.

Falta una semana para que llegue Luis Miguel, y no se habla en casa de la entrada. Mi prima Sandra me lo recuerda todos los días. Fanfarronea con eso. Me muestra su cartera blanca con cinco billetes y dice que son para comprarse algo que le guste el día del recital.

 La venta de los porteros eléctricos sigue muy bien porque cuentan muchos billetes y los guardan en una caja de zapatos.  Esa noche, antes de dormir y después de acostar a mis hermanos, mamá dice que tiene una sorpresa para darme. El viernes me va a comprar la entrada para ver a Luis Miguel.  La abrazo  fuerte, muy fuerte. Mi mamá me mima. Mi mamá, me mima…

El viernes a la mañana, dos señores golpean la puerta de casa. Están muy enojados y  traen una bolsa en la mano. Dicen que lo que les vendieron es una porquería y quieren el dinero.  Yo les digo que vuelvan después, que no están mis padres, ellos gritan que no se van a mover de ahí hasta que les devuelvan la plata.  Mamá está limpiando en la casa de la señora de Baldi, cuando escucha los gritos. Se cruza la calle corriendo, les grita que ella no es ninguna sinvergüenza, les recibe las bolsas y les devuelve el dinero. A la tarde viene una señora pidiendo lo mismo.

Siguen viniendo señores a reclamar el dinero.

. Papá discute con Marcelo y le entrega las bolsas con  todos los aparatos. Saca de la caja de zapatos la poca plata que queda y se la da también.Mamá le cierra la puerta en la cara y le dice que se vaya a la mierda con esas porquerías.

Luis Miguel ya está cantando en el club. Desde mi pieza se oye la música muy despacito pero yo me tapo las orejas con la almohada para no escuchar nada.  Lloro de rabia y pienso en mi prima y en la suerte que tiene de que le puedan comprar todo lo que quiere.Mamá no viene a mi cama. 

Esdomingo. Estamos almorzando en la casa de mi tío.Mi prima me cuenta mil veces el recital y me muestra la vincha, la pulsera y el anillo que se compró en el club.Mi tío, recostado en la silla, desde el otro extremo de la mesa dice:

-  Cuando Luis Miguel cantó Directo al corazón, la miró a Sandrita y le dedicó la canción.

Mamá salta de la silla como si alguien la hubiese empujado  y le grita – Deja de mentir, a ver si te vamos a creer eso. Como si fuese tan linda tu Sandrita,  para que  Luis Miguel le cante solo a ella. Estoy podrida de que nos inviten solo para hablar de plata y grandezas.

Se termina la visita. Volvemos callados a casa.

Es de noche.Mamá viene a mi cama. Me pide que cierre los ojos. Cuando los abro, desde un cartón grande, Luis Miguel me sonríe. Después da vuelta el cartón, le pone goma de pegar, y lo pega en la pared detrás de mi cama. Mi mamá me ama. Mi mamá, me ama…

 María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)


8. NO NECESITO MÁS DE LO QUE TENGO

¡De nuevo al colegio! Estoy en quinto grado. Me encanta empezar el año y comprar todo nuevo, cuadernos, lápices, gomas, forros de color. Vamos a usar el manual de Kapelusz, me gustan tanto los manuAles. El libro de lectura se llama Amanecer, ya lo vi en la vidriera de la librería, tiene una tapa hermosa. Me encanta leer los cuentosy fábulas.Durante la primera semana me van a conseguir el libro y el manual nuevos y relucientes.

El abuelo John me compró dos delantales nuevos en La Bancaria y unos zapatos Gomicuer que me van a durar todo el año y al final me van a quedar un poco chicos. Pero como el abuelo es tan bueno conmigo, ni se me ocurre protestar.

Después del acto hacemos fila y tomamos distancia para entrar al aula que da sobre la calle Córdoba, cerca de la entrada. Somos más importantes que otros años por eso. Mi maestra es bajita, se llama Norma Cuevas. Dicen que es exigente, pero a mí me gusta como enseña. Toca el timbre del recreo largo y corro al quiosco porque hoy está mi mamá en la Cooperadora y seguro me regala una Tita o una Rhodesia. Me siento en segunda fila a lado de Adriana. Estoy contenta de empezarlas clases y encontrarme con mis amigas.

A la tarde voy a una cuadra y media de casa donde venden las gallinitas de azúcar y me compro diez. Me las como una tras otra y enseguida me duele la panza de tanto dulce y me quedo quietita para que no me reten. Por suerte nadie se entera.

Para mañana tengo que conseguir una ilustración sobre la vendimia que pidió la maestra para Desenvolvimiento. No la encontré para calcar de mi enciclopedia Larrouse. Seguro el señor de la esquina que vende recortes encuentra alguna en sus cajas. Le pido plata a mamá y voy. Me encanta ir a esa librería, tiene de todo, pero esa colección enorme de héroes, paisajes, plantas y animales es única. El dueño es muy bueno y tiene mucha paciencia para buscar. No creo que en ningún lugar del mundo exista algo así.

Ya es sábado. Pasa rápido la semana cuando voy al cole. Mamá me lleva a pasear a la calle Florida y promete comprarme ropita para mi muñeca Gracielita. Me la regalaran el año pasado para mi cumpleaños. La cuido mucho porque su carita de porcelana se puede romper. Me encanta elegir entre los vestidos colgados en la pared del negocio. Esta vez me decido por una pollera escocesa y una blusa blanca. Solo dos, pero estoy contenta. No me pueden comprar los muebles o el piano que tiene su casita porque son muy caros, pero no me importa porque invento los muebles con maderitas de la terraza de los abuelos y dibujo un piano en una caja de cartón, así tengo la casa completa.Hay chicas que tienen la Marilú que es una muñeca muy cara. Para mí la mía es igual de linda. Escucho por la radio “Gracielita, Gracielita, la divina muñequita” y me da ganas de pedirle a mamá que me compre otra ropa. Quizás el próximo sábado.

Escucho que a algunas compañeras le dan un dinero semanal. En mi casa no se hace eso, siempre que quiero algo me lo compran o me dan la plata necesaria. Tampoco voy a pedir algo que no se pueda. Mi hermano y yo coleccionamos revistas mexicanas. Nos gustan la Zorra y el Cuervo, la Pequeña Lulú, El Pájaro Loco, Porky y muchas más. Cuando no tenemos plata para comprar, ponemos algunas en el zaguán de la entrada o en un banco de la plaza y las vendemos o cambiamos con otros chicos. Revistas para leer no nos faltan.

Los domingos vamos a almorzar ravioles a la casa de la abuela. A la siesta me acuesto un ratito y siempre los escucho hablar del alquiler de las casas, que van a aumentarlo, que no sé qué de la Ley de Alquileres. Me pongo un poco triste por lo que dicen. Me parece que hay algún problema pero es cosa de grandes y ellos sabrán resolver.

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Fui una niña feliz en relación con el dinero. Pocas preocupaciones me alcanzaron. Nunca deseé fervientemente más de lo que tuve. No envidié a quienes tenían más. Poseía todo lo que un niño de clase media podía desear en la Argentina de los años sesenta.

Alexis de la Fuente (Buenos Aires)


7. TENÉS MUCHAS COSAS MÍAS

Dicen que la capacidad de generar dinero tiene mucho que ver con la autoestima, que se retroalimentan, ¿será así? Entonces mi autoestima es muy baja, porque a excepción de lo que obtengo como docente de escuelas medias, me cuesta mucho cobrar por un trabajo. Por eso prefiero estar en relación de dependencia. 

 Mi casa propia la obtuve por herencia, así que no puedo jactarme de haber hecho un gran sacrificio. Solo que cuando uno hereda, ya sea dinero o una casa o incluso también un talento o una manía, recibe algunos fantasmas también.

 Algunas noches esos fantasmas se  sientan en el sillón del living, exigen un trago del licor más fuerte que encuentre, incluso beben el alcohol del botiquín, y me increpan.

-Decime ahora, mujer, que te veo tan cómoda y calentita; decime de una buena vez cómo me lo vas a devolver.

Los fantasmas adoptan distintas formas, ahora mi abuelo materno.está sentado frente a mí 

-¿Qué es lo que te tengo que devolver, abuelo?

-Tenés muchas cosas mías – dice.

-Pero, abuelo… 

-Me hacés sentir viejo diciéndome así.

-Tendrías unos 111 años- replico tímidamente.

-Va más allá del tiempo, contame de dónde sacaste la plata para comprarte esta casa.

-En parte, de ustedes…

-Mirá vos – dice con tono triunfal, y luego me aconseja- no la apuestes.

-No pienso apostarla – le aclaro.

-Apuesto a que sí – dice el abuelo soltando una risotada -, esa costumbre de apostar es una de las cosas que tenés mías.

-Pero, Nono, ni siquiera entré una vez ni al casino ni al hipódromo.

-Esa es una de las tantas que me debés – insiste -, y no me nombres al hipódromo, que me hacés desear estar en la tierra otra vez.

-Perdón, pasa que no entiendo.

-Me tengo que despedir. Acordate, la vida no es un juego… la vida no es un juego… la vida no es un juego…

La voz del Nono va perdiéndose en el túnel del tiempo; y ya nada emite luz en el living vacío. 

María Zimmerman (CABA)


6. APRENDIENDO A RELACIONARNOS

Desde chica he visto a mi padre calcular ingresos y gastos de todo tipo y asentarlos en un cuaderno celeste con espiral y hojas cuadriculadas. Recuerdo que llevaba cálculos con hasta tres meses de anticipación. ¡Que locura!

Controlaba todos los gastos que se hacían, llevaba a Nelly a un supermercado mayorista para ahorrar, calculaba los gastos para cada cosa, incluso el dinero que gastarían en el casino durante las vacaciones, y si ganaba al día siguiente nos llevaba a comprar pullovers para el invierno porque en Mar del Plata eran más baratos.

A mí `rimero me daba plata una vez a la semanay luego una vez al mes, lo justo para ir a la escuela y regresar, aburría escucharlo decir que era nuestra obligación tener buenas calificaciones cuando me entregaba el dinero, porque en su casa el que no estudia trabaja, porque él no criaría zánganos. Una más de sus innumerables formas de opresión.

En cada cambio de temporada a mi hermanastra y a mí nos daba dinero para comprarnos ropa y nos advertía que nos fijáramos bien lo que fuéramos a comprar pues hasta el siguiente cambio de temporada no habría mas dinero para esos gastos. Así fue, que crecí comprándome dos pantalones de la maraca más económica, unas zapatillas que combinaran con cualquier ropa y remeras de colores discretos que fueran útiles para todo tipo de evento. Siempre debíamos concentrarnos en hacer rendir el dinero.

Poco a poco fui buscando la manera de hacerme de las cosas que necesitaría para poder irme de mi casa. Las diferentes amistades que tuve a lo largo de mi vida fueron fundamentales para conocer más del mundo por fuera del barrio, la escuela y los viajes a Mar del Plata. Con ellas fui buscando independencia con pequeñas salidas, rateadas a la escuela, viajes con sus familias, a la vez que fui viendo el desajuste en la economía de mi familia, la ausencia de vacaciones, la venta del auto, la profundización de la depresión de mi padre, su jubilación por invalidez y la agudización de la debacle económica nacional.

Siempre alguna amiga decía que los regalos para los cumpleaños los habíamos comprado juntas para que no dejara de ir a la fiesta, o bien me pagaba la entrada al boliche, o me invitaba a su casa para que me sintiera más contenida.

Ya más grande mis amigas del magisterio me fueron regalando algunas cosas, pava, mate, sartén para que pudiera lograr el gran objetivo de irme de casa. Conseguí un trabajo en el que no ganaba gran cosapero me servía para cubrir mis gastos e ir ahorrando porque yami padre no me daba la mensualidad. Al fin logré independizarme e irme a una pensión.Mi amiga Fer y su marido me ayudaban con mercadería cuando fue la crisis económica de la inflación en el ochenta y nueve. Siempre firme a mi lado, mi amiga incondicional.

Me hice amiga de algunos pensionistas y los fines de semana repartíamos tareas y gastos para juntarnos a comer algo distinto cada vez. Pasábamos buenos momentos y nos fuimos haciendo amigos.

Al poco tiempo mi hermanita se enfermó. Fui a verla a la clínica y me di el lujo de regalarle una Barbie, e invitar a cenar a mi madrastra, ya que había pasado el día sin probar bocado, sin tener dinero para comprar siquiera agua mineral. Fue una revancha bien ganada y disfrutada para mí poder dejarle dinero y arremeter contra el orgullo de mi padre.

Después que falleció mi papá me mudé a una casa alquilada con la intensión de ahorrar algún dinero y ayudar a mi madrastra hasta que pudiera cobrar la pensión, así que con la colaboración de los abogados con los que trabajaba pude alquilar una casa destruidaque, con un grupo de compañeros de militancia, la puse como nueva.En el partido era habitual que colaboráramos con trabajo y/o dinero cuando alguien lo necesitaba, como comprar los remedios para el hijo de algún compañero, o hacer entre todos la loza de la casa de alguno en los fines de semana, y compartiendo unos fideos.

Una vez establecida en la casa, me juntaba con un grupo de compañeros de la universidad, a estudiar, dejéen claro que se compartía lo que había hasta que se terminara y que luego ellos deberían traer para compartir. Durante ese tiempo todo resultó muy bien y nunca nos falto café, yerba, galletitas y hasta golosinas para pasar despiertos las noches previas a los exámenes.

Al poco tiempo viajé a conocer a un excombatiente con el que me escribía desde hacía años. Me enamoré y a los pocos meses me casé. Con él tuve a mi único hijo. Al principio trabajé en el registro civil del pequeño pueblo en el que vivimos y después en un almacén, porque una ley vigente por aquel entonces no me permitía ejercer como hasta no tener dos años de residencia en aquella provincia. Hasta entonces mi sueldo era menor que el de mi marido y no había inconvenientes porque hacíamos pozo común y se acordaban los gastos. Cuando ingresé a trabajar como maestra de doble turno pasé a ganar el doble que él. Seguimos con la misma modalidad del manejo de las finanzas. En el segundo año de casados nos fuimos a vivir a una casa preciosa. La economía familiar me permitía volver cada año a Buenos Aires de vacaciones para reencontrarme con mi familia, pero por sobre todo con mis amigos, hermanos de la vida.

Después de diecisiete años nos separamos y para asegurarme la subsistencia decidí estudiar para rendir en el concurso de vice directora, que aprobé. Llegado el momento armé mudanza, mi hijo colaboró en decidir que cosas dejarle a su padre y nos fuimos. Al principio nos costó el desarraigo, pero no nos faltó nada. Conociéndolo como lo conocía a mi ex marido, decidí no gastar tiempo ni energía en abogados más que para el divorcio y la cuota alimentaria la negoció directamente mi hijo con su padre, lo que no me preocupó porque sabía que yo estaba en condiciones de solventar las necesidades de mi hijo sola. Las peleas por el dinero fueron entre ellos y las resolvieron como pudieron. No habiendo bienes que repartir, allí se terminó la historia de mi primer matrimonio.

Luego conocí por una página social, a mi actual esposo con quien formamos una hermosa relación. Otra vez las amistades fueron puntales importantísimos para superar problemas de salud primero, y luego para llevar adelante el casamiento con fiesta y todo, pues la hicimos a la canasta y con regalos de muchos que nos ofrecieron vestido, torta, salón y demás detalles.

Mi esposo y yo usamos la metodología del pozo común. Otra vez mi sueldo era mayor al de él, pero no nos afectó. Iniciamos una etapa de descontrol convenido y nos endeudamos hasta los dientes. Fue una especie de revancha contra la vida. Cansados de vivir siempre al día comenzamos a darnos pequeños lujos que disfrutamos enormemente, salir a comer, viajar, comprar un auto. La pasamos divino hasta que las tarjetas de crédito dijeron basta y habíamos acumulado una gran deuda que terminamos pagando con altos intereses, y a costa de un enorme esfuerzo físico de mi esposo trabajando en servicios generales. Pero aprendimos muy bien la lección.

Ahora somos mucho más cuidadosos y podemos disfrutar de los momentos más que de las formas y nos place tanto tomar mates en una plaza, como si hubiéramos estado en la mejor de las confiterías de la ciudad.

Una y mil veces a lo largo de la vida el dinero me fue insuficiente, pero siempre tuve ayuda para encontrar la manera de subsistir. También, una y mil veces me encontré haciendo lo que han hecho conmigo, dando de lo que no me sobra, compartiendo. Siempre reservo en mi alacena el paquete de lentejas, fideos o arroz para los amigos que lo puedan necesitar.

                                                                                            Sonia Nievas (Plottier, Neuquén)


5. DINERO IGUAL LIBERTAD

En mi paso por la escuela primaria tuve el lujo de tener en séptimo grado una excelente maestra y mejor persona. Además, tuve una amiga adorada, Fabi, que fue mi compañera inseparable, de cuanta aventura se nos ocurría emprender. Se estarán preguntando, ¿qué tendrá que ver esto con la interacción con el dinero en la infancia? Paso a contarles. Cuando niña nunca tuve relación con el dinero más que con algunas monedas para ir al kiosco por caramelos o bien hacer algún mandado como comprar el pan del día para lo que me daban el dinero justo.

Pero aquí viene lo interesante, la Seño, en su manera singular de enseñar, nos motivaba a preparar clases especiales y exponerlas.Fabi y yo, nos esforzábamos muchísimo y nos juntábamos en su casa o en la mía a preparar láminas, cuadros, y hasta unas pequeñas diapositivas en papel de calcar que se unían y se proyectaban como corriendo una cinta en un proyector que me había regalado mi papá. Una vez nos dieron un tema de investigación sobre los pueblos precolombinos y resulta ser que ni mi amiga ni yo teníamos ningún material en nuestras casas que nos sirviera para realizar nuestra tarea. Así fue que, se nos ocurrió ir a la biblioteca pública. Para poder hacerlo debíamos tener resueltas algunas cuestiones, que nos dieran permiso, que nos dieran dinero para tomar el cole y animarnos a ir, pues ninguna de las dos nunca había viajado sola en colectivo. Charlamos bastante al respecto y decidimos emprender la aventura, obtuvimos todo lo necesario y allá fuimos. Fue una experiencia impactante, nos sentíamos muy grandes con nuestros apenas once años y por primera vez teníamos con nosotras nuestros documentos de identidad.

Llegamos a la biblioteca tras una serie de indicaciones que nos habían dado y que habíamos anotado. Entregamos nuestros documentos a la bibliotecaria a la que le explicamos lo que necesitábamos y nos indicó que esperáramos allí en el mostrador de la entrada. Al rato la vimos regresar con una pila de libros enormes en sus manos y nos indicó que la siguiéramos hasta la sala de lectura, advirtiéndonos en el camino del comportamiento que debíamos tener y el silencio que debía guardarse. Nos sugirió una mesa en la que acomodarnos para trabajar, allí dejó los libros y se retiró enseguida. En ese instante comenzó la batalla contra la risa. Nos tentó verla caminar en puntitas de pie con intención de no hacer ruido, pero el antiguo piso de madera rechinaba a cada paso.  Cuando no podíamos aguantar la risa alguna de las dos nos íbamos hacia el hall generando el mismo rechinar de piso que el de la bibliotecaria. Así estuvimos un rato hasta que nos pudimos calmar y concentrarnos en la tarea. Por suerte la experiencia fue todo un éxito y lo mejor de todo es que obtuvimos un diez como calificación.

Después de aquella vez, vinieron otras. La bibliotecaria ya nos reconocía y a nosotras se nos inflaba el pecho de orgullo al darnos cuenta de que ya se nos consideraba lectoras habituales.

Después de la tercera o cuarta vez, pedimos permiso a nuestras familias y el dinero correspondiente, para luego de hacer la tarea cruzarnos a la confitería de la calle de enfrente para tomar el té antes de regresar a nuestras casas a la hora estipulada. Y esa experiencia fue otra gran aventura que compartimos.

Tuvimos un gran inicio en nuestra relación con el dinero y con el mundo que existía más allá del barrio. Gracias, Seño Betty, por tantos buenos desafíos que nos pusiste en el cierre de nuestra escolaridad primaria. 

Sonia Nievas (Plottier, Neuquén)


4. GALÁN MATA BILLETERA

Con diecisiete años yo estaba enamoradísima de Esteban, no entraba en mi vida un plan a futuro con cualquier otro hombre.
Él, un año mayor que yo, estudiaba Ciencias Económicas, tenía una basta cultura general, por lo que nuestras conversaciones eran muy entretenidas y pasábamos deliciosas horas juntos y enamorados.
Muy respetuoso con mis padres y simpático con mi hermanito, al que siempre buscaba agradar porque sabía que esto me hacía feliz.
Entró a mi casa como novio a los tres meses de conocernos.
Siempre tuvo un aspecto muy pulcro con su cabello corto y su ropa demasiado formal y anticuada para mi gusto, ya que su madre era quién se la compraba. Y se notaba...
Recuerdo que lo acompañé a adquirir su primer jean, un Robert Lewis con botamangas Oxford, luego de mucha insistencia de mí parte porque Esteban temía ofender a su rigurosa madre.
Trabajaba desde los catorce años en una empresa donde era cadete entregando café y tenía un futuro promisorio dentro de la misma, pues era muy buen empleado.
Pero tanta virtud chocaba igualmente con todos los prejuicios de mis padres, quienes siendo yo aún muy pequeña habían hecho planes de boda con los padres de Edgardo, un muchacho nueve años mayor que yo con una holgada posición económica.
Por supuesto Esteban salía perdiendo en las comparaciones a la hora de hablar de dinero, pero a mí Edgardo no me gustaba como pareja.
Aunque bien parecido, con su tez trigueña, hermosos ojos verdes, un poco ojeroso según mi entender, este tipo que traía dinero de origen familiar y tenía el don de Midas para los negocios, era un completo inculto, cosa que lo hacía para mí un despreciable bruto con plata.
Luego de innumerables disgustos y peleas, sobre todo con mi madre, logré desplazar de mi futuro a aquel señor y a su dinero.
Pasados unos años y con muchos esfuerzos me casé con Esteban.
No fue fácil, nos esforzamos muchísimo, logramos cierto bienestar económico y ambos dejamos nuestras carreras universitarias.
Yo influía en mi marido para demostrar a mi familia que nada nos faltaba pero a veces tuvimos que recurrir al apoyo monetario de mis padres.
Y en esas oportunidades mi mamá desplegaba ante mí una sarta de logros de Edgardo que me fastidiaban soberanamente, además no le importaba que mi esposo la escuchará, es más, creo que le fascinaba instalar aquella información...
Que Edgardo había comprado su novena estación de servicio...
Que ella y mí papá habían ido a la inauguración de su imponente casa en Devoto...
Que viajaba una y otra vez, con su mujer y los cuatro hijos, a Italia y a toda Europa por supuesto...
Yo, cuando las cosas iban bien, buscaba no darle lugar a sus comentarios pero me resultabans revulsivo en etapas donde estábamos sufriendo algún revés financiero.
Reconozco que afectaba mí relación con mi marido porque yo llegaba a pensar que había actuado como una idiota.
Mi madre tenía un dicho para esa situación: "Te podías haber quedado con la cabeza del bicho y te quedaste con el culo"...
Yo evitaba toda situación que implicara encontrarme con Edgardo o su familia.
Por eso pasaron muchos años hasta que lo volví a ver.
Fue en casa de mis padres. Yo llegué con varios kilos de más, mis dos hijos y mí marido.
Nos saludamos amablemente y nos contó que se estaba divorciando, en muy malos términos, de su esposa. Que vivía en departamento en Puerto Madero y que necesitaba que mí papá, dado su honestidad, oficiara de testaferro por esa y un par de propiedades más.
Él tenía a mi papá casi convencido, entonces rápidamente me comuniqué con mi hermano y juntos lo desalentamos, nos parecía un manejo espurio.
Tiempo después a través de varios conocidos y de su propia ex esposa supimos que Edgardo se manejaba en negocios "non santos".
Me di cuenta una vez más de que mi percepción había sido acertada al permanecer con Esteban.
Puedo decir que esta batalla la ganó ampliamente el amor. 

Melinna Trigo (CABA)

 

3. EL SABOR AMARGO DEL DINERO

 

Trato de recordar la primera vez que interactuamos, que llegaste a mis manos y te fuiste. Sí, siempre fue así, hoy en día a veces es así, el dinero llega a mis manos y en un acto de magia se va. En varias oportunidades intenté hacer este mismo camino, recordar cómo me enseñaron a administrarlo, administrarse, pero todo termina cuando empiezo analizar las desigualdades que realmente me marcaron.

Como es de esperar con una séptima hija se me descuidó en ciertas “lecciones” esperando que aprendiera del ejemplo de mis hermanos, pero en este caso no recuerdo que ninguno de mis hermanos me haya inculcado un poco de inteligencia financiera.
Una de las primeras experiencias que se me viene a la cabeza es mi comunión. Luego de una jornada extensa mezclada con festejo y canciones religiosas, donde la tradición es darte plata por haber aceptado ingresar al catolicismo adulto, todo raro, mis padres decidieron llevarnos a mi hermano, a mí y a nuestro dinero a comprarnos algo. Primero lo quise acomodar, estaba enojada porque Gustavo tenía más billetes que yo, hasta que entendí que tenía menos pero que cada billete mío valía cinco de él, entonces la cantidad de papel no hacia el valor. No recuerdo mucho de la velada, fuimos los cuatro a comprar, volvimos con alguna felicidad de plástico a casa y no mucho más.
El dinero me trae un sabor amargo, estoy intentando reconciliarme con él, o quizá hacer un vínculo, creo que nunca lo tuvimos. De adolescente fue cuando empecé a darme cuenta del manejo, donde recibía semanalmente un dinero, menor cantidad que mi hermano, y con eso debía administrar: fotocopias del colegio, comida, micro de deporte, algo que me quisiera comprar. Claramente no alcanzaba pero yo sabía que no podía pedirle más a mi papá, no porque no tuviera, a mi hermano no le faltaba nunca el mango, sino por recibir una serie de comentarios frustrantes como “Lo gastas en boludeces”, “Que no te falte una fotocopia del colegio porque no recibís más plata”.. Y ahí me empecé a enojar, empecé a enojarme con el materialismo que pululaba en torno a mi papá y mis hermanos, me enoje con esas muestras de cariño de papel inflamable, o inflacionario, no lo sé. Quería un “Te quiero”, no $100. Quería un abrazo, no una Barbie. Quería que me generaran confianza en mí misma y en mi independencia, no juntar monedas para pagarme el libro de Matemáticas.

Mara (CABA)

 

2. MARCADA A FUEGO

En aquellos años, los niños ignorábamos todo acerca del dinero. Nos conformábamos con lo que había y éramos felices con poco. Cero consumismo.

Nos poníamos las ropas que nos hacían nuestras mamá y rara vez  adquiríamos algún atuendo en los negocios.

Antes de comenzar las clases íbamos a Casa Tía y comprábamos los guardapolvos y los útiles. Una sola vez, recuerdo, lo hicimos en Tienda Los Gallegos, en Mar del Plata.Seguramente estaríamos veraneando casi sobre el comienzo de clases.

Algunas cartucheras del aula estaban llenas de lápices de colores, largos y caros. Yo usaba las seis pinturitas Comté bien cortitas y admiraba aquellos potentes arco iris que brillaban al abrirse otras cartucheras.

Pero eran las menos. Los chicos de primaria teníamos los útiles básicos, el guardapolvo y el portafolios.

Nunca elegíamos nada. Era natural que nuestros padres decidieran qué comprar.

Hoy en día hay tantas opciones que es imposible optar. Los chicos quieren llevar lo que ven en la tele. Y piden, y exigen, y los padres se inmolan para comprarles el juego completo de Avengers o Las Princesas, incluída la mochila y el barbijo.

Yo no recuerdo haberme preocupado jamás por el dinero y no era que nos sobrara, pero en los cuatro canales que tenía la tele (que llegó a casa cuando yo tenía seis años) no había comerciales sobre lo que teníamos que comprar para no quedar fuera del sistema.

Al separarse mis padres tuvimos que prescindir de algunas cosas, pero mi hermana y yo aceptábamos los cambios. Total, cuando jugábamos, la imaginación nos daba todo lo que necesitábamos, incluso un refugio contra las tormentas emocionales.

Pero cuando mi padre se casó con Inés, comenzó a predicar sobre la importancia de ganarse el pan y en las vacaciones de verano nos mandaba a trabajar medio día a cada una al almacén de Doña Blanca, despachando al público, atendiendo a proveedores, acomodando cajones, cortando fiambre. Yo tenía quince años y mi hermana trece.

A mis dieciséis me mandaron a trabajar a una tienda de telas llamada MIL SALDOS, sita en Cabildo y Monroe.

Todos estos trabajos los hacíamos en verano, a pesar de que éramos excelentes alumnas y durante el año escolar rendíamos con notas altas y jamás nos llevamos una materia.

Pero había que "honrar al trabajo", porque "la pereza es la madre de todos los vicios" y porque "hay que ganarse el pan con el sudor de la frente".

Durante mi último año de colegio yo volvía caminando a casa para ahorrarme las monedas del colectivo y así poder comprarme un librito de Neruda en el kiosko de revistas todos los viernes, o ir a tomar el té a una confitería con mi amiga María Ester.

Cuando terminé el secundario, con mis flamantes diecisiete, hice todo tipo de trabajos con ella: juntar diarios y cartones, coser ojitos en unas jirafitas de crochet, despegar puntillas para una fábrica o hacer las notas de venta del trabajo de mi padre.

Mi hermana se puso de novia a los trece años con un chico del Colegio Militar, por lo tanto, no tenía que pedirle dinero a mi padre ni para ir al cine o tomar una coca en un bar.

Pero yo no tenía novio, por más que a mis quince se esforzaron emormemente en engancharme con "Correctín", pero me aburrí muchísimo y me liberé a mis dieciséis.

Papá e Inés estaban muy temerosos de que yo me quedara "para vestir santos". Se les notaba.

Ahí recién fui consciente del tema dinero y me quedó marcado a fuego. Lo despreciaba y me daba asco.

La mezquindad demostrada por mi madre en las pocas veces que nos veía era oprobiosa.

La necesidad de no tener que "mantenerme" más de mi padre era muy notoria y me dolía profundamente.

Una tarde de sábado yo quería ir al cine con mi amiga y le pedí algo de dinero.

Fue al mediodía, después de comer. Tenía un par de tintillos encima, digo, para justificarlo.

Yo recién había cumplido dieciséis años.

Me dio algo de plata y adelante de mi amiga me dijo: "No veo la hora que encuentres un macho que te mantenga"

Es una de esas cosas que, por más perdonadas y enterradas que estén, jamás olvidamos.

Por eso digo, sentirse una carga, sentir que hicieras lo que hicieras no conformabas, sentirte una inútil.... todo eso tiene que ver con el sucio dinero, todo eso te marca a fuego y tiene sus consecuencias en la adultez.

No hay nada más humillante que sentirte culpable por estorbar, por tener que ser mantenida.

Noemí (CABA)

 

1. ATRACCIÓN INSANA

Me gustaban de chica los olores del dinero nuevo y de la naftalina que vivían dentro del ropero. La abuela tenía rollos de guita dentro del último cajón. Era algo que atraía insanamente mi atención. Hasta los nueve años no pensaba en el vil metal. Cuando llegaba el día de la madre me atacaba tal amor por mamá que necesitaba hacerle regalos pensado que la haría muy feliz.

Entonces iba a su monedero y todos los días previos sacaba un billetito. Luego corría a la tienda y compraba unos aros de fantasía brillantes y chiquitos que me parecían preciosos. Se los ofrecía con una cartita llena de amor. Siempre mirándola a los ojos y esperando que me devolviera la mirada. Pero ella no me registraba. No era su miopía, era una gran ceguera. 

Metal (CABA)

 

 

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