Mudanzas

 

15. MY COZY HOME

 

Nos mudamos a esta casa avanzada la tarde del treinta y uno de octubre de 1993.

Tengo muy presente la fecha porque era Noche de Brujas, aunque se trataba de una celebración, por entonces, poco difundida en estos pagos argentos.

 Recuerdo que, como todavía había cosas embaladas en las cajas y para no buscar vajilla dentro de ellas, decidí que festejaríamos cenando sandwiches de miga y una torta mousse de chocolate de la que era fanática. 

Yo misma me había encargado de comprar todo en la confitería Gran Córdoba de la que era asidua clienta, a sabiendas de que, en lo sucesivo, extrañaría degustar sus delicias 

Mi familia y yo estábamos felices por el logro, ya que hacía mucho tiempo buscábamos pasar de nuestro departamento de tres ambientes en Villa Crespo a una vivienda que les permitiera tener a cada uno de mis hijos, el varón de once años y la nena de diez, su propio cuarto.

A su vez, mi marido podría cumplir el sueño de contar con una anhelada parrilla y el garaje para el auto.

Por mi parte, así conseguí morar a unas veinte cuadras de lo de mis progenitores, es decir cerca,

"pero no tanto como para ir en chancletas para ver a mi mamá", según la frase que solía aplicar mi marido para manifestar su incomodidad ante el apego superlativo que teníamos mi progenitora y yo.  

O sea que bueno, todos contentos. 

Creo que la mudanza a este hogar fue un acierto en todo sentido de la palabra. 

A medida que fui sanando comencé a recorrer el barrio y reconocer su agradable estética y su condición apacible, sin ostentaciones. 

 Por el momento y aún hoy, predominaban las casas bajas, edificios de no más de tres pisos, algunos pequeños condominios y chalets, muchos de los cuales cuentan con jardínes. 

Hay varias plazas muy disfrutables, una de ellas está a una cuadra de mi casa y ha sido un buen aliado para la infancia de mis hijos.

Cuando vivíamos en Villa Crespo mis chicos solo salían acompañados, era otro estilo de vida. 

Aquí, en cambio, formaron un grupo hermoso de amigos que se manejaron con sana libertad. 

Por entonces, los hechos de inseguridad eran poco frecuentes y solíamos lavar los vehículos en las veredas y hasta intercambiar, en las mismas, alguna breve charla con los vecinos. 

Si bien no es un área comercial basta con caminar un par de cuadras hasta la avenida y encontrar de todo.  

En ese sentido tiene algo casi pueblerino 

Es zona de varios colegios privados y estatales así que por aquí, siempre ha circulado mucha juventud ataviados con los diversos colores de sus uniformes escolares.

Las voces y risas joviales alegraban las calles, cosa ya es inusual debido a cuestiones de inseguridad en toda la ciudad.

En definitiva, mudarnos a esta propiedad donde no hay lujos pero sí solidez y el tipo de confort que elijo, ha sido muy positivo desde el primer día. 

En ella hemos pasado momentos álgidos, otros felices, quizás a veces en mi caso, sin tomar total conciencia de que así era. 

Por fortuna, hablando de mí, aquí también pude modificar actitudes, sopesar vivencias y darme cuenta del valor de la vida. 

Este es mi hogar, un sitio palpitante donde vivo con mi marido y mi gata tricolor.

Es mucho más que una casa, es decir, no solo paredes y un techo.

Es un lugar cálido, entrañable, acogedor al que amo regresar siempre, en especial, los días de lluvia, las tardes de calor agobiante y cuando anochece en invierno.

Un espacio que para ser sincera, vibra mucho con mi propia esencia y un poco con la de quienes cohabitan conmigo.

 Melinna Trigo (CABA)

 

14. CONURBANO BONAERENSE


Corría el año 1967 cuando nos instalamos en el Conurbano Bonaerense.

Veníamos de vivir en una antigua y enorme casa en Villa del Parque,  ese PH al fondo en Caseros, provincia de Buenos Aires. 

El ánimo familiar no era el mejor porque a mis padres no les gustó nunca el barrio y desde el primer día solo veían todo lo negativo de no residir en la Capital Federal. 

Su disgusto no era siquiera compensado por la bendición de que finalmente volvíamos a tener nuestro propio techo. 

Cuando años atrás, mi padre había perdido bastante dinero, fruto de algunas malas inversiones, no tuvimos más remedio que alquilar y por eso nos habíamos establecido en Villa de Parque cerca de su trabajo. 

Mientras tanto con mucho sacrificio reunimos una suma que no alcanzó para adquirir una propiedad en Capital.

Ante ese hecho mis progenitores debieron optar por seguir alquilando o comprar en provincia donde el valor de las mismas era bastante más accesible

La verdad es que, si ellos se hubieran tomado las cosas de manera más optimista y sin hacer comparaciones, el sitio no era tan feo. 

Si bien las casas bajas con jardín, algunas algo alicaídas, otras a las que le faltaban detalles de terminación y veredas descuidadas restaban prolijidad al escenario, también contaba con muchos espacios verdes y frondosas arboledas. 

Afincados frente al Golf Club de Tres de Febrero, teníamos la ventaja de que los domingos desde las diecinueve horas hasta los días lunes, se nos permitía a los vecinos acceder al cuidado campo para hacer pícnics, tomar sol y usar el parque respetando sus áreas, como indicaban los carteles.

Yo viví en esa casa sin lujos, pero muy sólida y agradable hasta que me casé, once años después.

Siento que no quisimos a aquellas paredes como realmente hubieran merecido, no pudimos valorar su cobijo y su importancia. 

A mis once años esa era la tercera mudanza que atravesaba mi familia y como ya dije, los humores, las emociones y los prejuicios estaban candentes ese día después de almorzar.

Sucedió que todo estalló cuando mi padre intentó rearmar una cama, que hubo que desarticular para transportarla  en el camión de mudanzas. 

No pudiendo darle curso a su misión, papá, cansado e insatisfecho, le pateó con furia el respaldo y lo partió a la mitad mientras profería, a los gritos, sus típicas "parolachias" contra Dios, contra su suerte y contra cualquiera que osara cruzarse ante él en esos momentos.

Obviamente aterrados por su ira, mi madre, mi hermanito y yo permanecimos atónitos, diría que nosotros dos quedamos paralizados como siempre ante sus brotes.

Mami, sigilosa, con su dedo índice sobre los labios, pidiéndonos innecesariamente silencio fue cerrando como pudo las puertas y ventanas de nuestro nuevo hogar con la finalidad de que no escucharan los vecinos.

Pasado un rato papi se calmó pero no nos dirigió la palabra hasta la noche.

Cuando me acosté en el colchón ubicado en el piso, pues era mi cama la de la cuestión, el contacto con las hermosas sábanas nuevas que había comprado mamá me hizo olvidar un poco del torbellino de aquella tarde. 

Luego antes de dormirme pensé que sentiría vergüenza cuando me vieran nuestros nuevos vecinos.  

Los de antes ya conocían nuestras crisis, pero estos no habrían tenido una buena impresión de mi familia

 Melinna Trigo (CABA)

 

13. DEL CAMPO AL PUEBLO

 

Desde mis primeros años hasta los nueve vivíamos en un campo unos dos kilómetros de la ruta y a  siete u ocho  del pueblo. La casa era relativamente cómoda. Tenía dos dormitorios, cocina-comedor diario, baño y una galería comedor. Afuera un lavadero, la bomba de agua y la enredadera. Era una enredadera añeja, una madreselva que cubría todo de blanco y amarillo en primavera. El perfume intenso rodeaba la entrada de la casa y le daba un toque muy lindo al patio. Además había una huerta y un jardín al costado y al fondo de la casa. Mi papá se ocupaba de la huerta y mi mamá del jardín.

La casa estaba pegada a la de mis tíos, que en realidad era la de mis abuelos paternos. Ahí se había criado mi papá desde muy chico. La mayoría de mis tíos se habían ido al casarse y solo quedaron los dos solteros.

Alrededor de la casa estaba el “patio grande”. Estaban distribuidos varios galpones, un par de gallineros, un horno de barro, una letrina, el tambo y más allá corrales para los animales grandes. También había un tanque de agua, que servía como bebedero para las vacas, caballos y terneros. En ese bebedero una vez, cuando teníamos  cuatro y cinco años aproximadamente, mi hermano y yo empezamos a jugar tirando piedritas y me caí al agua.

Mi primera mudanza fue cuando pase de tercer a cuarto grado y cambiaba de turno en la escuela Bernardino Rivadavia de Candioti (el pueblo más cercano). Desde primero hasta tercero era turno tarde. De cuarto a séptimo, turno mañana. Cuando terminé tercero mi hermano y yo quedamos desfasados. Mi papá iba a tener que hacer cuatro viajes para llevarnos y buscarnos a la escuela. Mi mamá no quería que viajáramos solos en el colectivo, porque éramos muy chicos- ocho y nueve años-.En ese verano surgió entre ellos la idea de enviarme a casa de un familiar para que me quedara y fuera  a la escuela. Me propusieron la casa de mi abuelo en Nelson o la de mi tía Betty en Paiva. Me pareció mejor ir a Paiva. Allí tenía otros tíos y primos de edad similar. Yo estaba entusiasmada con el cambio, era una aventura para mí. Pensaba en las veces que iba a pasear en las vacaciones y me pareció que era más o menos lo mismo. En esta ocasión mi papá me llevaría los domingos a la tarde a la casa de mi tía y me buscaría los viernes para pasar el fin de semana en mi casa.

 

En Paiva, me anotaron en el Instituto Alcides Carlos Frencia, en el turno mañana. Iba junto con mi primo, él a primero y yo a cuarto. Íbamos solos caminando,  la escuela estaba a siete cuadras de la casa de mi tía. El cambio de escuela suponía una mejora. La nueva era más grande, privada, supuestamente la mejor de la ciudad. Había competencia con otra escuela, Cosa que antes no pasaba, mi primera escuela era la única del pueblo. Aunque era más pequeña, mis conocimientos adquiridos allí en matemáticas y lengua estaban un poco más avanzados que los de mis compañeros. Por otro lado, nunca había tenido educación física ni actividades prácticas como materias. En ambas escuelas era una de las mejores alumnas- no la más nerd, nunca tuve la bandera,sí llegaba a ser escolta, siempre. Era responsable, prestaba atención en clase y sin estudiar demasiado sacaba buenas notas.

En educación física, no había caso, ni había practicado deportes ni la profe tenía mucha paciencia. Era un momento desagradable y yo hacía lo mínimo por obligación. 

En la casa de mi tía colaboramos con las tareas mi primo Marcelo y yo, de siete y nueve respectivamente. Más o menos igual que en mi casa con mi hermano. También estaba mi otro primo de catorce años, que iba a la escuela secundaria y no nos daba bolilla a ninguno de los dos. Este colaboraba con los mandados. A nosotros, a veces también nos mandaban al almacén o a la verdulería. 

Al año siguiente, mi familia y yo nos mudamos a otra casa, dentro del mismo campo. La casa tenía más comodidades y estaba más cerca de la ruta, a solo siete cuadras. 

Por otro lado, el predio donde estaba la casa era un casco de estancia con mucha historia y arboleda. Eucaliptos gigantes que en las noches de tormenta daban miedo. Por precaución si había mucho viento nos poníamos bajo las puertas por si se caía alguno arriba de la casa. Afortunadamente las ramas que se cayeron no hicieron daños en la vivienda. De noche había loros y lechuzones que chistaban y asustaban a las visitas. También, a veces de golpe se escuchaban ruidos en el techo. La casa tenía techo de chapa y los gatos correteaban haciendo un escándalo entre ellos. Era divertido ver las caras de susto, pero en seguida les aclarábamos…no se asusten, son los gatos. De todos modos, esos ruidos y las viejas historias de fantasmas de generaciones pasadas tenían alguna relación, supongo.

 

 Ese año, mi hermano y yo empezamos a viajar juntos a la escuela de Paiva en colectivo. Él también se cambió al Instituto Frencia. Teníamos nueve y diez años. El viaje era de media hora aproximadamente y mi papá nos llevaba hasta la ruta para tomarlo a las siete de la mañana. El operativo que implicaba tomar el colectivo para ir a la escuela en invierno es otra historia.

 Rosana L. (CABA)

 

12. CAMBIOS NECESARIOS

Llegamos al amanecer. No podíamos pintarla, decidí lavar paredes y techos, cepillo manguera y agua. Lavandina, puloil, desodorantes. Al  llegar la noche se veía impoluta y fragante.

A la madrugada partimos en busca de nuestras cosas, seiscientos kilómetros había que recorrer para cargar pertenencias y regresar.

Mi felicidad superaba el cansancio y a mi espalda que se asomaba tímidamente en el dolor.

En dos ciudades con diferencia de ciento treinta kilómetros, teníamos que embalar lo que llevaríamos.

Una camioneta y un carro atestados de muebles y cajas, transitarían el largo regreso.

Tío Roberto y tía Julia venían con nosotros. Había que llegar antes de la noche, bajar todo, armar muebles y dormir en esa, nuestra primera casa.

Objetivo logrado, tía desembalaba y acomodaba a su gusto; los hombres bajaban lo más pesado y armaban camas.

Se enchufó la heladera, pero estaba vacía, solo se puso a hacer hielo. Los tíos se ocuparon de llenarla esa misma noche.

Cenamos los cinco juntos, felices brindamos por un nuevo comienzo.

A la mañana siguiente desayunamos y los tíos comenzaron el regreso.

Esa casa nos cobijó y dio alegrías por varios años hasta que un presidente de nuestro país decidió cerrar la empresa. Había que buscar nuevos horizontes, ya éramos cuatro y medio, comencé sola y panzona a desarmar habitación por habitación, otra vez  muchos kilómetros nos separaban de una nueva vida. Neuquén nos esperaba con más incertidumbres que certezas pero la seguridad que nos otorgaba movernos en bloque.

Dentro de la ciudad hubo cuatro mudanzas.

Dicen que son estresantes, y lo son, pero me gustan, me dan sensación de reinicio, de comienzos, de nuevas experiencias.

Hace tiempo que ronda mi cabeza la posibilidad de mudarme, quizás ahora con menos carga.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

11. LAS MARÍAS

Ella se mudaba, claro si se casaba con ese horrible señor, mi cuñado que se la llevaba.

Yo tenía ocho y ella dieciocho, y dormíamos juntas en una cama grande, el respaldo era blanco.

Y ella se casaba y se iba a vivir a esa estancia grande.

Como siempre, me acostumbré, dejé pasar el año y cuando llegó el verano me fui a esa estancia grande y fea, pero donde estaba mi hermana Susana que me cocinaba rico y me hacía de postre nevado de limón. Nunca más comí nevado de limón.

Yo jugaba en los grandes patios sola, no había nadie, ese señor horrible ya no me parecía tan feo, se iba a la mañana y volvía al atardecer, casi no lo veía.

Estábamos solas todo el día, mi sobrina ya se hacía notar debajo del vestido de florcitas de Susana, mi hermana, la que me eligió el nombre, nos llamamos igual, María, las dos, como nuestra abuela.

Pasó el verano, crecí y me alejé y mi vida cambió para siempre.

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

10. VOY Y VENGO

A los veintiséis años me vine a vivir con Cesar a su por entonces casa de Los Hornos. Traje valijas varias, baúl de la tía Tota y fotos, nada más.

 De a poco fui dando mi toque a una casa que no era mía. Pintar paredes, hacer reformas pequeñas, colgar cortinas y algún que otro decorado, más la sensación de que no era mía, brotaba por los rincones y a la par, la certeza de que no me importaba nada de eso.

 Nos casamos y los regalos cubrieron espacios vacíos.

 Nacieron los chicos, casi uno tras otro, y la casita empezó a tener mucho calor de hogar.

 La idea de hacernos la casa propia en el terreno que pudimos comprar luego de buscar y buscar se esfumó rápidamente luego del dos mil uno.

Un avión nos robó por unos meses al hombre de la casa y yo con tres bebés hice mi primera gran mudanza, con la ayuda inmensa de mi hermana menor.

 A veces recuerdo esos días en que metimos todo en un flete, mi casa, mis cosas, la de los chicos, los libros de César, sus compus, heladera, televisores, camas, colchones y todo lo demás.

 Cuatrocientos kilómetros y nosotras en un micro, detrás.

Todo fue a parar a casa de mamá, a la que invadí con su permiso y volví a sentir mía, es más, nunca dejó de serlo…

 El garage, ya sin auto de papá, atesoro durante más de veinte años cajas y cajitas con recuerdos de adolescentes.

 Al tiempo volvió Cesar y decidimos quedarnos en el pueblo, convencidos de que era la mejor opción para los chicos.

 Pasaron catorce años y cinco mudanzas hasta llegar a la casa propia.

 Más la vida tenía previsto un nuevo desafío: volver a La Plata, una vez más.

 Y acá estamos mitad acá mitad allá.

Mi tan soñada casa, la que pensamos, dibujamos, revestimos con pisos y cerámicos elegidos minuciosamente, quedó vacía…

 Volví a dejar al pueblo soñando encontrar en la gran ciudad, mi lugar definitivo.

 En las valijas que traje olvidé algo muy importante: las raíces, el campo y sus atardeceres, las noches de luna llena en el patio o en el tanque, las salidas en bicicleta y el paso obligado por la plaza y esa preciosa Iglesia; las tardes de merienda con mamá, las cenas con Gaby y Peco….

 Traje lo más sagrado, la familia que formamos hace más de dos décadas en la ciudad de las diagonales.

Pero ya no son bebés sino todo lo contrario: adultos que eligen…

La mayor voló al otro lado del charco, los dos restantes en breve partirán por sus sueños.

 Y sé que no quiero que seamos dos en la ciudad,sino que seamos dos en la pequeña aldea, esperando que los hijos regresen de visita a la gran casa que soñamos.

 Mientras tanto, voy y vengo.

 No soy de aquí, no soy de allá. La valija ya es parte imprescindible en mi vida.

 Es una hacer y deshacer.

 Es volver a empezar, acá y allá.

 Y retumba en mis oídos la bella canción que de joven,  aún sin imaginar tanto viaje, me atreví a entonar:

 Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy…

Por todo y a pesar de todo,

 Mi Chillar, yo quiero vivir en vos…

 María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 

 9. SUEÑO PENDIENTE

Después de haber vivido veinticinco años en la casa paterna, por primera vez me separé de ellos buscando mi propio hogar. Por supuesto que no lo hice sola, así comenzaba nuestro proyecto de familia que se extendería a lo largo de cuarenta y ocho años.

Fueron varias la mudanzas, la primera fue en el año 1973;  dada la situación complicada del país para alquilar, provisoriamente aceptamos  la propuesta de mí tía de vivir en su casa hasta que todo se restableciese.

Fueron dos años muy lindos en esa casa de grandes  ambientes, con una cocina enorme, un bello comedor y dos baños, todo  demasiado espacioso para dos personas mayores y solas.  De allí surgió la idea de compartirlo con nosotros y darnos la posibilidad de emprender nuestro sueño juntos. En esa casa nació Vanesa,  la convivencia con mis tíos fue genial, siempre les estaré agradecida porque con su ayuda pudimos dar nuestros primeros pasos, que con los años nos marcarían un largo camino juntos. Solo dos años compartimos con ellos, luego

 nos mudamos a Almagro,  coincidentemente justo enfrente de donde vivo ahora. En ese lugar comenzaron a forjarse nuestros planes de manera independiente, ese era nuestro nido, ahí todo nos pertenecía y donde comenzamos a   estrenar todas aquellas cosas que con amor y esfuerzo habíamos comprado  para un futuro no lejano.

El nuevo hogar no era muy grande, si confortable y cálido, nos venía ideal para nosotros tres, Vanesa para ese entonces tenía dos años. Cuatro años después nació Ema y ahí sí comenzó a resultar un poco pequeño el lugar y decidimos mudarnos a algo más grande, siempre en el mismo barrio.

En ese ínterin compramos una casa en Avellaneda, la reformamos a nuestro gusto pero nunca la habitamos. A mi esposo la idea de vivir en provincia no lo convencía, el horario de trabajo no era cómodo para viajar ida y vuelta dos veces al día y decidimos alquilarla y de ese modo alivianar la mensualidad del departamento que estábamos ocupando .

A los seis años de Ema, me enteré de que estaba embarazada, mi sorpresa fue muy grande, este hijo no estaba en nuestros planes, pero la realidad mostraba lo contrario y fue ahí cuando comenzamos a pensar en algo propio, como morada definitiva.

No nos resultaba fácil, en capital el tema inmobiliario siempre fue difícil para un trabajador, en nuestro caso no tan imposible. Vendimos la casa de Avellaneda, un auto que era muy nuevo y pagamos  cuotas en dólares. Contarlo es fácil, vivirlo complicado, esto fue en el año 1987, una época más, como tantas, por no decir como todas para asumir una deuda, pero gracias al trabajo de mi Michel, con esfuerzo logramos hacerlo. A partir de ahí no nos mudamos más. Vivimos treinta y dos años en ese lugar, nuestra vida y nuestra historia se desarrolló en ese ámbito. También fue ahí donde comenzaron a desmoronarse nuestros sueños, después de muchos años, cuando llegó el  deterioro físico de mi esposo y otras cuestiones en donde las esperanzas comenzaron a hacerse dudosas.

 Tres años de luchar con una enfermedad que terminó con su vida, motivo por el cual después de su partida me llevó a replantearme qu+e haría yo con la mía. Tomar decisiones con la cabeza tan confundida no me fue fácil, solo sabía que debía hacer un cambio.  La solución era una, alejarme de ese lugar tan amado y en ese momento tan controvertido.

La solución estaba en mudarme,  alejarme de conflictos y de recuerdos dolorosos.

Logré hacer realidad mi nuevo proyecto y, con el tiempo, volví a sentirme yo, empoderada, segura y en paz, con la certeza de haber hecho lo correcto. 

Hoy mi casa es mí refugio, en ella construí mi nuevo mundo, todo me identifica, la energía que se siente habla de mí, no acepto conflictos que no me pertenecen, me propuse vivir de acuerdo a lo que siento, alejada de todo aquello que desestabilice mí tranquilidad. No me volví dura, si selectiva y pensante, no deseché mis recuerdos, aprendí a seleccionarlos, elegí todos aquellos que fueran un bálsamo para mi alma y con ellos vivo y me siento cuidada y acompañada. 

No sé si está será mí última mudanza, todavía guardo un sueño anhelado, desearía  vivir un periodo de tiempo en San Clemente,  ese  sería el broche de oro que cerraría tal vez el último tramo de mí vida. Ese es mi lugar en el mundo, quizá podría cumplir la fantasía  de mirar desde una ventana ese mar tan especial para mí. No es algo tan imposible de concretar, pero en esta etapa de mi vida debo evaluar muy bien las cosas, tampoco quiero crear preocupaciones a mí familia .

No lo sé, me ronda mucho la idea, y siempre que eso sucede termino poniendo en práctica mis planes.

Nunca esta dicha la última palabra y lo que tenga que ser, será.

 Li (CABA)


8. NUESTRA PRIMERA CASA

No tenía experiencia en mudanzas, ya que la única vez que eso ocurrió en mi infancia fue cuando tenía tres años y, obviamente, no tengoningún recuerdo de ese tiempo.

Mi mamá, mi papá y yo vivíamos en la casa de mis abuelos en Capital Federal. Teníamos una habitación para nosotros y compartíamos el resto de los ambientes con ellos, pero mi mamá siempre buscaba la oportunidad que les permitiera independizarse. Así llegamos a Morón, nuestra casa de la calle Mitre, hasta que me casé y me mudé a unos diez minutos de allí.

César y yo comenzamos nuestro noviazgo en marzo de 1989 y en agosto de 1990 pudimos comprar nuestra casa. Las circunstancias que permitieron semejante logro en tan poco tiempo, a nuestros veintitrés años, fueron una mezcla de inconsciencia, coraje y suerte. Una casa vecina a la que en realidad nos interesaba apareció en nuestro horizonte a través de un cliente de mi papá. Su dueño, un italiano empeñado en que nosotros fuéramos los futuros dueños. La venta del auto de César que sucedió rápidamente. Un montón de pagarés en dólares que a más de uno lo aterrorizarían. La frutilla del postre fue la pregunta de mi papá: Si el dólar aumenta al doble, ¿podrán pagar?

- Ahorcados ,pero sí- fue nuestra respuesta de jóvenes que aún vivíamos bajo el techo paterno.

Jamás olvidaré que en agosto de 1990 el dólar costaba 5250 australes y para fin de año ya había llegado a 10000. Nada de que asombrarse. Vivimos en Argentina.

No era el barrio que hubiéramos elegido hoy, pero para ese entonces era como mudarnos a Puerto Madero después de los sitios por los que habíamos estado mirando desde terrenos hasta garages transformados en seudo departamentos.

Casi dos años seguimos poniendo cada peso que nos quedaba en nuestro sueño. Después de pagar la cuota de la casa y los viáticos para ir a trabajar lo poco que quedaba lo destinábamos al arreglo de nuestra casita. Nada, literalmente nada, se disponís par a amoblarla. Ese sería un problema de nuestros yo del futuro.

Nos casamos en marzo de 1992. En el mes previo fueron llegando los regalos de casamiento. La cocina comprada por mi cuñado y mi suegra, las mesas de la cocina y el comedor que nos regalaron nuestros amigos, las sillas de la fábrica de mi padre que habíamos elegido, el juego de dormitorio que, tercamente mi papá también insistió en regalarnos cuando supo que pensábamos construir una tarima de material donde apoyar el colchón. No concebía semejante idea y, a pesar de la mala situación económica de ese momento de su fábrica, me llevó a la mueblería de un cliente a elegirlo y se lo fue pagando con mercadería.

César pintó toda la casa en sus ratos libres, al punto de finalizar la noche previa al casamiento. Eso impidió terminar de llevar los muebles restantes.

Mientras estuvimos de luna de miel, mis padres, suegros, mi hermano Hernán y mi cuñado se ocuparon de transportar  las cosas que quedaban en mi casa. La heladera que habíamos comprado años antes en la que guardaba cada taper, olla y repasador que iba comprando, los muebles de mi habitación, el colchón que adquirimos a último momento, unos sillones viejos que unos amigos habían desechado y un mueble antiguo de los abuelos de César.

La casa era grande, los muebles poco, pero con algunos adornos, cortinas y unas hermosas fundas floreadas para los sillones, para nosotros era un sueño que superaba lo que nos habíamos atrevido a soñar. La primera noche en casa, después de acomodar todo a nuestro gusto, nos sentamos a mirarla, emocionados. Aún faltaba mucho por hacer, sin embargo, estábamos seguros de que era el principio de una hermosa historia.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

7. LA CASA

Nunca me adapté a vivir en el barrio cerrado. Increíblemente, lo que para muchos es una aspiración para mí fue un castigo. En realidad, se trató de una negociación con mi familia. Todos ellos viviendo a kilómetros de mí, tenían una preocupación más que entendible por mi bienestar y el de mis hijas. Mi ex marido me dejaba amenazas de muerte a diario en el contestador, además de haber irrumpido en la casa que ambos habíamos compartido y haberme pegado delante de las chicas. La situación realmente era de mucha violencia. Como me negué a mudarme de ciudad, negocié con irme a un lugar cerrado, para tener cierta seguridad.

Mi papá venía desde Escobar todas las semanas y juntos salíamos a buscar casas en barrios. Así fue que mis hijas y yo fuimos a vivir a “Los Ceibos” (así se llamaba el barrio) durante casi cinco años, lejos de todo. Yo trabajaba muchas horas y además iba y venía recorriendo grandes distancias, llevándolas y trayéndolas de diferentes actividades. Todo se multiplicaba por tres, cada una con sus cosas, más la mías… era demasiado. Estaba realmente harta, ni siquiera desarrollábamos vida social en el barrio. Así que cuando rondaron los doce años decidí que nos íbamos a mudar.

Quería una casa más céntrica, con parque y comodidades para todas. Busqué y la encontré. Reunía todos los requisitos, excepto uno ante el que cedí: necesitaba reformas. No era del estilo minimalista de la casa de Los Ceibos, era un chalet de tejas, con persianas enrollables de cedro y columnas en la entrada. Un estilo que nunca me había atraído, pero esta casa me atrapó. Desde el primer día que la visité sentí que era “la casa”. De todas las que había visto, ninguna, pero ninguna me había producido lo que esta sí. El parque maravilloso, con una pileta muy vieja en condiciones paupérrimas. En el centro del terreno un departamentito con ventanas de chapa, techo muy bajito y destruido. En el fondo un galpón maltrecho, el quincho, separado de la casa también muy bajo y en muy malas condiciones.

Era oscura, paredes de ladrillo; las revocadas, pintadas de color naranja. Había que hacer íntegramente las instalaciones de gas y agua; los baños también. Cerrar y abrir aberturas para cambiar la circulación. ¡La casa pedía una refacción a gritos! Todo lo vi ni bien entré, pero me enamoró. Era la casa, era esa, ninguna otra en mucho mejores condiciones me produjo la instantánea sensación de “ser mía”.

Estaba super contenta y entusiasmada, había recibido una oferta por mi casa del barrio cerrado, todo iba sobre rieles. Pero un día me llamaron para decirme que no la podían comprar por problemas laborales. Se me vino abajo todo. Otra vez ponerla a la venta, perder la casa que tanto me había gustado. Mis ilusiones se hicieron añicos, junté los pedacitos y arranqué de nuevo con el tema.

Al año de haber ocurrido esto, me volció a llamar aquel candidato a comprarla, haciéndome una oferta.  Antes de contestarle, me fui a tocarle el timbre al dueño de la casa que tanto me había gustado y me dijo que seguía en venta, que durante ese año había tenido tres ofertas que se habían caído. ¡Ay Dios! ¡Era mi casa y me estaba esperando! Volví a pegar los pedacitos de mis ilusiones y emprendí toda la compra y venta. No me entraba la felicidad en el cuerpo. En dos meses nos estábamos mudando a esa casa maltrecha que necesitaba tanto amor.

Mis hijas me preguntaban ¿dónde nos trajiste mamá? No entendían mi entusiasmo. Habíamos pasado de una casa super luminosa a una oscura, de una de techos altos a techos bajos, de una casa nueva y moderna a una descuidada y vieja. Yo solo les respondía “ustedes confíen en mi”.

Vivimos durante casi un año entre albañiles, revoques, caños y cables. Dormíamos en habitaciones cerradas con plásticos negros que cada noche yo engrampaba en los marcos de madera para cerrar y hacer “más cálido” el ambiente. Después vinieron los pintores, entonces sí pudieron visualizar lo que yo les prometía: que íbamos a tener una casa hermosa. Recuerdo que me decían “era cierto mamá, sabías lo que estabas haciendo” y se reían felices.

De dos dormitorios hicimos tres, por lo tanto sus habitaciones quedaron bastante más chicas que las de la otra casa. Pero nada les quitaba la felicidad de elegir los colores y la decoración cada una con su estilo. El comedor se iluminó y el living pasó a ser un espacio habitable con solo mover un par de aberturas de lugar.

Yo sé que hay casas mucho más lindas, lujosas ni hablar, funcionales seguro. Pero la mía es la mejor casa del mundo. La que me atrapó, a la que le puse todo el amor y la alegría para que ella esté feliz con nosotras y nosotras en ella.

Hoy mis hijas ya no la habitan y yo la comparto con mis huéspedes, a quienes les cuento la historia como bienvenida a mi lugar, de la casa que me quedó grande.  Me da gran alegría sentir que todos se van felices de haberla disfrutado, porque así me lo expresan.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

6. DE AQUÍ PARA ALLÁ

Hasta que nos mudamos “a la Belgrano” habíamos vivido en la “25 de Mayo”. Luego nos pasamos a “la Avellaneda”. Con esos nombres nos referimos aún hoy a esas casas. Antes de eso y hasta mis dos años vivimos en una casa en “la Monferrand” que ni recuerdo.

Es tema de debate las fechas exactas, pero estoy casi segura de que cuando fuimos a vivir a “la Belgrano” yo tenía entre cinco y seis años.

Hasta entonces mi vida había transcurrido en un barrio donde muchos éramos familia, lleno de chicos en la veredas y grandes sentados, charlando y mirándonos jugar.

En “la 25 de Mayo” se mezclaban nuestros gritos con risas y conversaciones  que chapuceaban entre el castellano y el italiano. Los Magrotti, los Turchi, los Freige, todos apellidos itálicos con los mismísimos inmigrantes ahí, viviendo su historia en tierras tan lejanas. En un barrio con arenosas avenidas coronadas de grandes árboles de hojas caducas que nos daban el reparo necesario para los más de cuarenta grados del verano y dejaban pasar el sol en los fríos inviernos de heladas y escarchas en calles y veredas de ladrillo en las que todos patinábamos.

Cada estación marcaba los juegos. El carnaval a baldazos, la primavera cazando mariposas y luciérnagas. El invierno armando chozas en la rambla con las ramas de las podas y lanzando bolillas de paraíso con un rulero y un globo a modo de gomera. Las pistas de autos armadas en la calle, tirando agua para aplanar la arena para que deslizaran las rueditas. Las escondidas, las bolitas, la mancha, la rayuela, la soga. Éramos muchos chicos, jamás faltaba alguno para jugar.

En “la Belgrano” todo cambió. Fue un dar vuelta la página a mis seis años. Desaparecieron las calles arenosas y las reemplazó el asfalto. Las veredas no tenían el banco de cemento, ni las sillas se sacaban afuera. Ya no se escuchaba el parloteo tano ni se veía pasar el mate. Había menos chicos y la mayoría un poco más grandes que yo. Los árboles de las ramblas no eran “tan árboles” como los que yo conocía. Parecía que nos habíamos mudado de ciudad, no de barrio. Todo era distinto, los juegos que allí empezamos a jugar, creo hoy que no eran apropiados para mi edad. Cambiamos las pistas en la calle de tierra por hacer parkur en los techos de las casas del vecindario. Espiábamos señoras en el baño desde las claraboyas y salíamos corriendo cuando nos descubrían, pisando chapas y losas hasta sentirnos a salvo. Los chicos de este barrio eran mucho menos inocentes, fumaban, hablaban de sexo y el juego preferido era molestar a los demás.

Recuerdo que ahí aprendí a hacer trampas en la figuritas y el tutti frutti. ¡Era toda una osadía para mí hacer trampa! No dejaba de ser una manera de mentir y eso no estaba permitido en mi educación católica.

Argentino quedaba a tres cuadras de casa, así que mis hermanos y yo íbamos a la pileta del Club solos. Yo había cumplido siete, mi hermano seis, mis hermanas nueve y once. Llevábamos la merienda y allí pasábamos la tarde pileteando y jugando al metegol hasta que cerraban, si mal no recuerdo a las veinte  horas.

Fueron dos años intensos y muy diferentes a los anteriores. Hasta que un día iba caminando con mi mamá y me contó que habían comprado una casa. Por alguna razón me quedaron grabadas sus palabras, creo que por la emoción que sentí en ella cuando las dijo “por fin voy a poder decir que voy a mi casa”. Yo no entendí por qué decía eso. En mi mirada infantil cada una de las casas que habitábamos eran “mi casa”. Para mí esa nueva tenía una gran ventaja, quedaba a dos cuadras de la escuela. Todo lo otro lo desconocía hasta que nos mudamos.

El de “la Avellaneda” era un barrio similar al anterior, de asfalto y árboles menos frondosos en la rambla. Pero tenía nuevas particularidades, mi cuadra era realmente fea. La mitad estaba ocupada por el “taller de Concepción”. Allí fundían discos de arado y otras partes de máquinas agrícolas.  En el proceso producían unas explosiones que, hasta que nos acostumbramos, nos hacían saltar de la silla. No solo eso, iban acompañadas de un olor y una arenilla que volaba y caía por toda la cuadra. A eso se le sumaban sus obreros que a mis once o doce años empezaron a acosarme cada vez que pasaba por la vereda. Era el paso obligatorio para ir a cualquier lado. Decían cosas ininteligibles las más de las veces, pero, con solo escuchar el tono, me producían mucha vergüenza y malestar.

En la otra esquina estaba la vía del tren, un ruido más al que debimos acostumbrarnos, aunque no dejaba de tener su encanto. Una vez que me habitué, la sirena del que pasaba a la madrugada dejó de interrumpirme el sueño. Haciendo cruz estaban las únicas salas velatorias que existían, de alguna manera éramos partícipes involuntarios de todas las desgracias del pueblo.

Al poco tiempo de mudarnos, al lado de las vías pusieron la calesita. Juan Pablo y yo estábamos felices. Íbamos prácticamente cada vez que abría, comprábamos un boleto y luego nos sentábamos en unos banquitos a verla girar, hasta que el dueño se apiadaba y nos dejaba subir gratis.

El de “la Avellandeda” era un barrio de viejos. Había un par de chicas con las que jugaba, pero ya para entonces empecé a irme a las casas de amigas de la escuela, al club, a espacios donde lo que compartía eran intereses en común y no ya la inmediatez que me daba abrir la puerta y salir a jugar.

Allí viví hasta mis diecisiete años, cuando me fui a La Plata a estudiar. Regresé durante años, mientras mis padres seguían allí. Ellos se mudaron a Escobar hace más de dos décadas. La casa estuvo cerrada unos años y fue antes de la pandemia que decidieron remodelarla y volver a hacerla habitable para cuando ellos quisieran ir a Trenque Lauquen. Papá murió antes de verla terminada y mamá decidió volver a vivir allí, así que de vez en cuando la visito. De verdad siento que ya no es la misma. Sin dudas más moderna, luminosa y confortable, pero yo prefería la otra, con la habitación inmensa de piso de pino tea sin ventana al exterior y estufa a kerosene.

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

 

 5. MUDANZAS POR EMBARAZOS

a) La primera mudanza de nosotros dos y medio

 

Nosotros dos, C y yo, tenemos alma de sacrificio. Podemos hacerle frente a cualquier coyuntura desde la convicción de que juntos podremos llevarla adelante para bien. Para nuestro bien.

Al quedar embarazada, nos era complicado pensar el futuro de nuestro hijo en esa lata de galletitas. Por más que limpiara, nunca quedaba completamente limpio; los ambientes eran enormes: tanto frío como calor se colaban por las paredes. ¿Un bebé allí?

Nos pusimos en campaña para, en primer lugar, solicitar préstamos a nuestros padres -los verdaderos bancos nacionales- y luego juntar dólar a dólar hasta llegar a una cantidad equis.

Bien. Logramos con mucho esfuerzo de todos reunir veinticinco mil dólares. El gusto de Claudio por su trabajo nos tratar de acercarnos lo más posible a Caballito y su zona circundante. El valor nos permitiría adquirir un monoambiente. Los fines de semana se transformaron en visitas a posibles viviendas. Mi sensación era que las propiedades eran horribles -todavía no se habían puesto de moda los monoambientes- y que no me hallaría cómoda en lugares a mi criterio espantosos.

Vueltas y vueltas llegaríamos al que fue nuestro primer hogar. Un departamento ubicado en Caballito, del lado del Club Ferro Carril Oeste a media cuadra de la Av. Avellaneda.  Habíamos dejado en la propiedad cosas que no queríamos: la cama desvencijada, por ejemplo. El mamotreto del placard viejo nos sirvió para dividir el monoambiente que era super luminoso y tenía cocina y baño.

Preparar la mudanza con panza grande de casi ocho meses fue un laburo lindo. Entre los dos armamos cajas y cajas. La mudanza se dividió entre Caballito e Ituzaingó porque no entraban nuestras pertenencias. Más tarde y con paciencia pudimos vaciar la casa de mis padres.

Aquel sábado vino mi hermano Ricardo a darle una mano a Claudio. El departarrancho -como lo bauticé- quedaba en un primer piso a la calle.

Allí armamos la cuna funcional regalo de los abuelos de San Martín.

Todo esto lo llevamos a cabo mientras los dos trabajábamos: yo, en una oficina por el Once, y Claudio haciendo guardias médicas.

Trabajé hasta una semana antes de que naciera Sebastián. El último lunes me crucé con el Jefe de Personal que me dirigió una mirada de susto importante. ¿Qué hacés acá? Todavía no existía la ley que obligaba a las futuras madres a tomarse cuarenta y cinco días antes y regresar cuarenta y cinco días después. Se puso de pie y para cerciorarse de que le haría caso, me acompañó hasta mi escritorio, miró como recolectaba mis petates y me envió a casa mientras retaba al Gerente del sector porque “esta mujer tiene fecha de parto el veintiséis”  y era veinte, ponele.

 

 

 

 

 

B) La segunda mudanza de nosotros tres (aunque éramos cuatro)

 

Al quedar embarazada de Federico y comprender que nuevamente debíamos levantar campamento, comenzamos otra vez el paseo por las inmobiliarias con los clasificados del Clarín en la mano. ¡Cuánto tiempo invertido! Íbamos y veníamos haciendo cuentas todo el tiempo. Una mañana de sábado leí un aviso de un departamento ubicado a diez cuadras de donde vivíamos. Allá fuimos los tres y medio. Lo sugestivo fue que el mismo dueño ponía a la venta el departamento con lo cual nos ahorraríamos el porcentual de la inmobiliaria. Yo soñaba despierta con un tres ambientes, pero no alcanzaban nuestros dineritos. Bua. Recuerdo conversar al respecto con mi amigo Héctor y él convencerme de que lo mejor era “escupir hasta donde se llegaba, no más allá”. Tomé el consejo, se me pasó el mal humor. Este departamento era de dos ambientes, cocina y baño con balcón corrido, cosa que le causaba mucha gracia a Sebastián. ¿Qué se imaginaría? Fui armando las cajas que solicitaba en el almacén. En ese tiempo Claudio estaba a full con su residencia médica en el Hospital Álvarez al cual se trasladaba caminando de ida y en bondi de vuelta. Esta nueva ubicación le permitiría ir y venir caminando: cuatro cuadras. Para esta nueva mudanza Ricardo, mi hermano, se trajo al suegro, Nuncio, que se encargó sobre todo de cuidar al niño de cuatro años. Fuimos muy bien recibidos en la comunidad del edificio a la que pertenecimos durante diez años. A los niños les tocó la habitación: el quilombo estaría en un sector del departamento. Por supuesto esto no se cumplió ya que ambos con sus juguetes anduvieron haciendo rancho por la cocina, el living y el balcón. Nuestra cama fue un sofá cama. Armarlo a la noche, desarmarlo a la mañana. Lo miro en el living actual y no dejo de sorprenderme.

 

C) Y se va la tercera

 

Durante cuatro años me ocupé unilateralmente de visitar propiedades que dieran en el clavo con mi idea de la nueva casa. El reclamo más importante se oía de los chicos: el lugar es chico, no puedo invitar amigos, etc., etc. Lo insoportable de la convivencia justamente radicaba en no tener un espacio de silencio. Para cada uno. Con el trabajo de C y con la posibilidad de sacar un crédito hipotecario, recayó en mí la tarea elefantiásica de recorrer, preguntar, visitar, asustarme e insistir hasta el cansancio. Un sábado de diciembre llegué a la que hoy es mi casa. El empleado de la inmobiliaria casi que se estaba yendo y el timbre que toqué lo atrasó. Me impactó. Super cerca del departamento, solamente cinco cuadras, sobre la misma calle, cosa que provocaba que nos siguiéramos moviendo por el barrio. Esta vez pude llamar a una empresa de mudanzas. Lo básico lo hice yo y ellos se ocuparon de los muebles. Me acompañaron mis amigas del alma, Silvia y Norma. Fuimos caminando junto con el camión a paso de hombre. Silvia se ocupó de los chicos. Los llevó a fútbol esa mañana y les compró (¡cuándo no la tía Silvia!) una merienda. Rápidamente, los señores bajaron y acomodaron las cajas que estaban rotuladas, cerca de los lugares señalados, por ejemplo, cocina y baño. Estamos aquí desde el seis de julio del año dos mil seis, fecha del cumpleaños de Adriana Giménez. Esa noche, con lo reventada que estaba, fui con Claudio a su festejo.

Me impactó que una vez que hubieron armado la cama marinera de los chicos (una encima de la otra), Fede buscó la caja con la ropa de cama y se hizo la suya.

 

 4. VOY A DEJAR ESTA CASA

La ida de mi mamá a las tierras australianas fomentó en mí las ganas de irme a vivir con Claudio. Pasábamos horas enteras mate de por medio y calculadoras y papel y biromes ,. Pero las cuentas no daban a nuestro favor. En el mes de octubre de 1988, Marta y Chiche compraron una propiedad que aún está de pie -¡miracolo!- en el límite entre Avellaneda y Dock Sud. Ante nuestra necesidad de estar juntos, pedimos permiso -creo que más C que yo- para ocuparla. Dos okupas. Nos las cedieron de mil amores con ese corazón enorme que los dos tuvieron. Gracias. En esa lata de galletitas empezamos a trabajar los dos para ponerla en condiciones. Empecinados por mejorar lo inmejorable. Era tan sutil lo inestable de todo. El baño por ejemplo estaba en el patio de los vecinos. Claro. Se ingresaba por la puerta de los vecinos. Porque se trató de una propiedad para dos familias hermanas. ¿Bajaban y subían con esmero la escalera de cemento? Era una sociedad de vida que vi repetirse en otros parajes.

Volviendo al particular, contaré que la cama, la heladera, un ropero viejo de tres cuerpos, una mesa muy vieja, sillas venidas a menos, se encontraban depositadas en el living de Ituzaingó. La cama y la heladera habían pertenecido al papá de C y al no tener dónde ubicarlas, la propiedad ubicada en la calle Esperanza se llenó de cosas.

El living nunca se usó como tal. En algún tiempo fue sede temporaria de las diferentes visitas que ya he mencionado. También fue usado por mí como escritorio gigante. Podía desparramar libros y apuntes en esa mesa enorme que papá decidió hacer asado un día. El poder del fuego.

Se ingresaba desde la vereda a la casa por el living. Salvo que estuviera ocupado, claro. Entonces se debía hacer una vuelta completa  hasta la puerta de la  cocina y rogar que el último en irse no hubiera colocado los pasadores, los de antes.

Mi mamá protestaba bien fuerte cada vez que caminaba por ese living juntadero de cosas. Fuerte para que yo la escuchase. Era su living: tenía razón.

Ella regresó en diciembre y nos casamos en abril. Poco tiempo para protestar. Además, fue llegar a la Argentina y comenzar con la puesta a punto de su casa: pisos, baños, cocina, pintura. ¿Qué no hizo con los dólares que juntó allá lejos? De modo tal que en pleno verano la casa estaba dada vuelta y yo pedía por favor que no me separaran(no entiendo) los libros para rendir en el mes de marzo.

La mayoría de mis cajas tenían libros, apuntes, cuadernos. Un sábado, el camión de mudanza se presentó temprano. Venía de la casa de Marta y Chiche en San Martín ya con las cosas de Claudio. Recuerdo que unas cajas de zapatos se separaron de sus tapas correspondientes y mi papá, que ese sábado iba a trabajar, me retó por lo desprolijo. A viva voz. A una mujer de veintiséis años. En fin.  Mi mamá decidió unilateralmente subirse al camión junto con nosotros para dar una mano. En fin 2.

Allá fuimos, calle Sarmiento.

No estaba el constructo de autopista que comunica a la 9 de Julio con el comienzo de la Avenida Mitre y la Avenida Pavón. Se iba por abajo, por la Avenida Montes de Oca. Se cruzaba por el Puente Viejo. Allí un policía nos paró y solicitó papeles que el camionero no tenía. Le hicieron una multa. Perdimos un tiempo divino en no hacer nada.

Llegamos. Bien.

Colaboraron los vecinos de abajo (de alguna manera tengo que mentarlos): una familia compuesta por papá, mamá y dos hijas. No sé hasta qué hora estuvimos subiendo y bajando petates de la planta baja hasta un primer piso. Nos quedamos a dormir los tres: mamá y yo en la cama matrimonial y C en su colchón de soltero.

Recién casados estaríamos en el mes de abril y para eso aún faltaba.

Edith Oxilia (CABA)

 

3. MUDANZAS.

Nací en el barrio de Villa Crespo donde viví hasta los cuatro años. Era una casa de inquilinato. Las piezas y la cocina del frente, las alquilaban mi abuela materna y mi tía Filito. En el medio vivían los dueños de la casa; al fondo mi familia y yo.

Algún que otro recuerdo aparece de ese entonces: el largo patio, yo parada frente al “Wincofón” escuchando el disco de “Las Ardillitas” y el de “Batman”, o acostada en la cama tomando una mamadera (sí, tomé mamadera al irme a dormir por la noche hasta casi los cuatro años).

No recuerdo cuándo ni cómo nos mudamos de allí, solo la edad con la que contaba porque me anotaron en un colegio para comenzar el jardín de infantes (al que no fui porque lloré tanto que decidieron no mandarme más).

La nueva casa se encontraba en el barrio La Paternal. Ocupábamos el segundo departamento de una propiedad horizontal. La cocina, el comedor, donde dormíamos mi hermana y yo, el dormitorio de mis padres y el baño, todos daban a un amplio patio, donde se encontraba la escalera que conducía a la terraza.

Remontándome a esos años, creo que es la casa donde me sentí más feliz. Fue donde tuve a mi primer perro, una perrita encontrada en la calle que llamamos Monona, compañera de todos mis juegos. Lamentablemente no conservo la foto, una diapositiva, pero en mi memoria quedó intacta la imagen donde estábamos en la terraza, ella con un sombrerito de gaucho y yo disfrazada de india. Aún hoy, escribiendo esto las lágrimas de la melancolía vuelven a surgir.

Las noches de los sábados, comiendo pizza sentada en la cama de mamá y papá; los domingos de Pascuas, donde se reunía la familia y yo recibía varios huevos y conejos de chocolate. Verme sentada en el patio, cantando junto a mis muñecas. Pasar por la operación de garganta y adenoides, pero luego contentarme al escuchar la indicación médica de que podría comer mucho helado y por el mismo motivo, recibir la visita de la vecina, quien me regaló mi primera cocinita de chapa, con sus alacenas, bacha y cocina en colores verde y plateado. Esperar de mi vecino diarero, el ejemplar de Navidad de la revista Anteojito con su tapa dorada, que traía como obsequio el arbolito de plástico para armar, algo tan sencillo y que sin embargo resultaba el mejor de los tesoros.

El permiso y la riqueza que significaba poder jugar en la vereda con algunos chicos de la cuadra, al elástico, aprendiendo a andar en bicicleta, al gallito ciego, llevándome una vez un árbol por delante que raspó toda mi mejilla y me hizo volver llorando a casa.

¡Y el kiosco! donde compraba las figuritas de terciopelo, aún hoy lamento no haber podido conservar el álbum… ¿qué habrá sido de él?

El único mal recuerdo que me quedó de esta casa, fue el día en que mamá tiró de un manotazo mi querido broche de ciervito, el que nunca volví a encontrar.

En el año 1971 mi familia decidió mudarse nuevamente, esta vez al barrio de Agronomía. Comencé mi cuarto grado en una escuela que quedaba a cuadras de casa. Caras nuevas, maestras nuevas hicieron que me costara adaptarme e incluirme en un grado donde la mayoría de los compañeros ya se conocían de grados anteriores.

Un tiempo después me hice amiga de una nena que vivía a la vuelta de casa. Sigue siendo mi amiga después de cincuenta y dos años.

La bicicleta que al principio me desilusionó recibir fue el conducto para unirme al grupo de chicos y chicas del barrio, con los cuales nos juntábamos todo el día en vacaciones.

Sin embargo, no podría decir que esta última mudanza me trajo expectativas o me hizo sentir que era mi lugar. Las circunstancias eran diferentes, mi edad era otra y mi percepción de las cosas también.

Por eso pienso que mi mejor recuerdo es para la anterior mudanza, la de La Paternal, porque en ella aún conservaba mis ojos de niña y esa mirada inocente me protegía.

                                                               Claudia (CABA)

 

 

2. GRANDES DE GOLPE

Mi infancia transcurrió en San Cristóbal. Un barrio de clase media trabajadora. En un PH de la calle Sarandí, esquina San Juan. Concretamente, en la misma manzana del Hospital Oftalmológico Santa Lucía, patrona de los ciegos luego de que el martirio de Diocleciano le sacara los ojos allí por el año 300 DC.

En el PH éramos seis: papá y mamá, tres hermanos y una abuela. Había tres dormitorios, el de los papás, el de todos los hermanos juntos y el de la abuela. Había un patio interno, donde vivía Manuelita la tortuga, única mascota que nos dejaban tener. De la cocina, francamente pequeña, salían merengues caseros y panqueques, los domingos que mamá estaba con ganas de cocinar. A la escuela primaria se iba caminando, así aprendí a cruzar calles y avenidas. Las compras eran en el almacén de enfrente, al igual que el pan. No tenía garage, así que papá guardaba el auto afuera. Era un placer acompañarlo sola esas pocas cuadras, que aprovechábamos para conversar. Los viernes por la noche, papá me enseñaba a jugar al Ajedrez. Los fines de semana, se sumaban los tíos. Había Generala, cartas, y partidas de TEG. A la casa vinieron también el Ratón Pérez, el Conejo de Pascuas, los Reyes Magos y viejo Papá Noel.

Mi adolescencia transcurrió en el barrio de Palermo. Un barrio que mutó de laburante a cheto. En la casa de la calle Carranza, esquina Honduras. Concretamente, en la misma manzana del antiguo Mercado Torcuato de Alvear, un viejo centro de abastecimiento municipal inaugurado en 1914, declarado mucho después patrimonio histórico y cultural.

En la casa éramos solo cinco. A poco de mudarnos, las presiones económicas desmoronaron el matrimonio de papá y mamá, que ya venía con problemas, y papá se fue de casa. Éramos solo cinco, todos tenían su cuarto menos yo, que seguía compartiendo los ronquidos de Eugenia. Ahora había jardín, no más patio. Allí encontramos una noche a Suertudo, el gato negro que se dejó adoptar. La cocina era enorme, territorio exclusivo de la abuela, que no sabía ni le gustaba cocinar. Allí transcurrían todas las comidas. Pero nunca más hubo merengues ni panqueques de mamá. De la casa al colegio secundario me iba en subte o colectivo, y aprendí a viajar. Las compras se hacían en el mercado de la vuelta, todo junto y en un mismo lugar. La casa sí tenía garage interno, pero ya no había un auto que guardar. Papá se había ido, y mamá aún no sabía manejar. En esa casa mamá, inmensamente triste y deprimida, jugó sola al Tetris durante meses, toda la noche, decía ella que para no pensar. En la casa no hubo cuentos, ni historias, ni magia. Las visitas fueron pocas, y los tíos no jugaron más.

En el PH fuimos chicos para siempre.

En la casa fuimos grandes de golpe, y nos faltó papá.

 MAD (CABA)

 

1. NO SOY DE AQUÍ NI SOY DE ALLÁ

No tuve muchas mudanzas. Viví veinticinco años con mis padres: infancia, adolescencia y nacimiento de mis hijos. Cuando me mudé al departamento que estábamos pagando, del Fondo Nacional de la Vivienda, me costó muchísimo adaptarme. Me dio angustia dejar mi barrio tan soleado, lleno de árboles y lindo para la vista. El nuevo lugar no era feo, pero yo  allí no me hallaba. La mudanza fue traumática. Sin embargo, terminó siendo mi hogar durante treinta años y el lugar de pertenencia de mis hijos, donde podían salir a andar en bicicleta sin problemas, estaban llenos de amigos y fueron muy felices.

Cuando murió mi hermano Dani y me fui a vivir con mi mamá, no tuve mudanza. Mi hijo me fue a buscar un día y allí me quedé. Me desprendi de todas mis cosas. Solo me llevé la ropa y un velador. No sufrí el desarraigo.

Hace aproximadamente un mes hubo un gran problema de humedad en mi hogar actual. Mi mamá se venía quejando que estaba cansada de eso y de los vecinos. Tanto y tanto protestó, que mi hija vino un día y le preguntó si ella estaría dispuesta a vender e irse cerca de su casa. Mi mamá dijo que sí. ¡No lo podíamos creer! Al otro día dijo “en serio”, al siguiente “no me voy a echar para atrás” y parece que está decidida. Yo, feliz. Otra vez se me redirigieron los proyectos, no es lo que yo quiero, pero creo que me va a beneficiar. Voy a estar cerca de mis nietos, mi mamá no va a estar tanto tiempo sola y mi hija me va a dar una mano con ella. Estamos haciendo todos los trámites, así que, si todo va bien, en un par de meses, me mudo.

Alejandra Busconi (San Martín (Buenos Aires)


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