Comentarios inoportunos

 

6. ¿QUIÉN TE DIO VELA EN ESTE ENTIERRO?

No sé si esta frase les resulta familiar,  a mí sí y mucho. Me pasa que a veces… muchas, por querer ayudar a quien tengo al lado o está cercano en el afecto, termino metiéndome donde no me llaman intentando ayudar y al final meto la pata. No solo me pongo a averiguar cosas, datos, teléfonos, o a preguntar por ahí quien pueda sumar alguna ayuda, sino que también sugiero posibles salidas para la problemática o tiro algunos consejos que nadie necesitó de mí. Porque una cosa es que nos los pidan, otra es que los brindemos sin que nos den pie para eso. Y así es que vinieron después pasadas de factura, resquemores, retos, críticas, etc. Últimamente intento tener más consciencia de lo que sale de mi boca, aunque también es cierto que después de la pandemia no volví a socializar tanto como para caer en tal tentación.

Hace varios años Alicia, una ex amiga (por algo ya no lo es) me pidió que charlara con su hija adolescente a quien ella notaba bastante desorientada y con la cual venía teniendo muchos encontronazos. Yo acepté salir con Mariana, escucharla y ver si podía entender lo que le estaba pasando. Al final terminé poniéndome más del lado de ella que de mi amiga, ya que le di la razón en muchas cosas. Cuando charlé de eso con Alicia, obviamente no se lo tomó muy bien que digamos, es comprensible, y además ella no estuvo de acuerdo con mi postura.

Poco tiempo después a Alicia la operaron, una cirugía sencilla con láser. Le dije que yo la acompañaba pero me respondió que no hacía falta porque iba Mariana a quedarse con ella. Yo igual fui a visitarla pensando en que Mariana pudiera irse un rato a la casa y luego volver. Eso no ocurrió, y encima salió el tema de su hijo pequeño, que iba a primero o segundo grado y al cual ella estaba muy apegada y casi no dejaba al cuidado de sus hermanos mayores. Aclaro que ella se separó a poco de nacer este cuarto hijo. Yo como una idiota me sumé a lo que decía Mariana (que en realidad estaba un poco celosa de su hermano) y coincidí con ella en que tenía que soltarlo más. Ahí sí que la vi enojada. Me puso los puntos y bien merecido que lo tenía. Desde ese día no me llamó nunca más. Yo sí lo hice a los pocos días para ver cómo estaba tras la cirugía y me contestó muy fríamente. Es cierto que ya desde tiempo atrás veníamos distanciándonos en la forma de pensar,  de ver las cosas y de relacionarnos con el entorno. A mí no me gustaba cómo criticaba a todos: vecinos, compañeros de trabajo, familia, etc. y comencé a pensar que yo no sería la excepción a la regla. En verdad nunca la extrañé como amiga pese a haber sido tan íntimas desde los catorce en segundo año de la secundaria hasta casi los cincuenta. Pero eso no me impide reconocer que al menos dos veces casi seguidas me fui de mambo. No tuve nunca el coraje de decirle las cosas que me estaban molestando de ella y el haber metido la pata como lo hice me facilitó el distanciamiento aunque no me siento para nada orgullosa del método.

Acá expuse el peor de los ejemplos, pero fueron varias las veces que por escrito o personalmente dije cosas que debí analizar antes de hacerlo, especialmente con mis hijos, a quienes no les dejaba pasar una. Con ellos fui siempre mucho más crítica que con los primos o amigos con los que se relacionaran. Casi siempre me ponía del lado de los otros. A veces pienso que era para compensar la actitud de mi marido que a la hora de tomar partido lo hacía por nuestros hijos aunque estuvieran equivocados y no por primos y amigos, pero no estoy segura de que la excusa sea esa o que soy jodida y punto. Hoy me arrepiento de haber sido así con ellos. Lo único bueno que rescato es que siempre tuvieron la libertad para decirme todo lo que pensaran y me la banqué. También ellos pudieron devolverme las patadas que me busqué y darme con un caño cada vez que así lo sintieran.

Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)

 

5. UNA NIÑA INOPORTUNA

No me gusta ofender o incomodar a la gente con comentarios fuera de lugar. Cuando tengo algo que decir lo hago de frente, con la verdad y no siempre con diplomacia, pero solo soy capaz de expresarme así  con las personas que me conocen mucho y entienden sin ofenderse mi poco  tacto a la hora de sincerarme,  porque de igual modo ellas lo son conmigo en la medida de lo posible. 

Con las demás personas no soy hipócrita, pero mido lo que digo para no ofender o hacer sentir incómodo al otro.

No tengo recuerdos muy claros de estos dos hechos, porque ocurrieron cuando yo era muy niña, pero escuché  a mi mamá  comentarlo en alguna oportunidad.

Por aquel entonces, yo tendría tres años y estando en la casa de mi tía, sentadas varias personas en la vereda a la tardecita, como se acostumbraba en aquellas épocas, pasó caminando una pareja de raza negra. Según me contaron, asombrada los miré y dije en voz alta, ¡mira, mamá,  qué negros roñosos! Acto seguido mi mamá  me dio  una bofetada  disculpándose con la pareja. Según los comentarios de ese episodio, la pareja me justificó  aduciendo que yo era muy pequeña y seguramente nunca había visto una persona de color. Siguieron  su camino y a pesar de la cachetada, todos terminaron riéndose.

En otra oportunidad, yo tendría siete años y esto lo recuerdo vagamente, una vecina de mi tía se casaba, todos los vecinos de la cuadra la esperaban en la vereda para saludarla.

Salió la novia y en el medio del  tumulto y los aplausos que le brindaban, yo grité: ¡mirá, mamá,  tiene tu cartera!

Mi mamá se quería morir de vergüenza, pero yo no mentía, mi madre se la había prestado la cartera para la ocasión. 

Como verán de niña era muy inoportuna, por fortuna los años me enseñaron a cerrar la boca y a dejar de hacer comentarios fuera de lugar.

Li (CABA)

 


4. EL MOMENTO JUSTO

Volví de las termas relajada y feliz. Había pasado una semana soñada en Santiago del Estero y pensaba continuar así en Buenos Aires. Carlos se había tomado quince días de vacaciones y había que aprovecharlas hasta el último minuto.

En el medio de esta segunda semana estaba el cumpleaños de Paula.

Mi hija había decidido celebrar con la familia el mismo miércoles haciendo una merienda después del horario de trabajo y festejar con sus amigos el viernes por la noche.

Al terminar el evento cumpleañero Laura me dijo:

-Mamá, tengo una mala noticia para vos.

---- ¿Qué pasó?

---- El primer lunes que estabas de vacaciones me llegó un mail de la administración del edificio donde te informaban que habías sido multada por no colocar la alarma como corresponde….

----- ¿Quéeeee?

----- Como me imaginé una reacción así de tu parte, no quise amargarte con algo que podías solucionar a tu regreso, pero…bueno…ahora te lo tenía que decir…

----- ¿Están locos? Ya no saben con qué sacarte plata para aumentar las expensas…

----- Y no es lo único….

----- ¿Hay algo más?

----- Anteayer se hizo una reunión en Urquiza entre todos los vecinos por la histórica pérdida de gas. Un gasista matriculado al que consultaron les dijo que hay que romper todo el pasillo para arreglar la cañería antes de llamar a Metrogas que seguro va a cancelar los medidores.(seguido)

Yo les avisé que no podías asistir porque estabas de viaje.

----- ¿Me estás jodiendo?

 ---- No, mamá, te juro que es verdad. Parecía que estaban esperando que te fueras para que todo esto sucediera; le consulté a mi hermana para ver qué opinaba y obviamente pensaba como yo….

Miré a Paula como increpándola

- ¿Vos lo sabías cuando hablábamos?

---- ¡Por supuesto que lo sabía, ma!, pero vos no podías hacer nada desde allá y por suerte la estabas pasando muy bien.

----- Pero a la reunión podría haber ido…

----- Si, por supuesto, bajabas del avión corriendo, tomabas un taxi y con las valijas y Carlos al hombro asistías a una reunión de pelotudos que hace años están con el mismo tema….

----- Bueno, no sé….

---- Mamá, ¡sabés que tenemos razón!, además vos nos educaste así con respecto a la oportunidad para comunicar las cosas, ¿te acordás?

Cuando mis hijos eran chicos les había enseñado que las decisiones importantes nunca se toman de noche porque la oscuridad es mala consejera; a la mañana y con la luz del sol todo se ve distinto y uno piensa mejor.

Tampoco se dan malas noticias los domingos.

Este es un día que se disfruta en familia o con amigos, un día para despejar la mente y descansar y así encarar las obligaciones del día siguiente, inicio de semana.

Pero hay quienes no pueden vivirlo así, se bajonean y cambian su estado de ánimo.

De una u otra forma no es un buen día para recibir noticias problemáticas.

Como todo se sabe en el momento exacto, solo hay que manejar la ansiedad y ponerse en el lugar del otro que es el receptor de la noticia.

Aferrándome a mi propio discurso me comuniqué con la administración del edificio unos días después y mandé un mail con el descargo correspondiente. Ahora estoy a la espera de la resolución.

En la reunión convocada con carácter de urgente no llegaron a ninguna conclusión por falta de cuórum. Estuvieron los mismos tres vecinos de siempre que buscan problemas donde no los hay; en este caso es el pasillo que nos une, en el que todos los años con los primeros fríos y el encendido de las estufas de tiro balanceado, cambia su aroma de hojas de otoño por el de combustión gaseosa, es en ese instante que empiezan los temores.

De todo lo ocurrido me enteré cuando debía enterarme.

Agradezco a mis hijas que reflexivamente evaluaron la situación y resolvieron.

Pero no es la primera vez que sucede, hace unos cuantos años pasó algo parecido con la enfermedad de mi madre. Yo estaba en Colombia, Federico quiso avisarme de inmediato y las chicas lo frenaron: “Mamá lo va a saber cuando vuelva dijo Paula, por ahora nos vamos a encargar nosotros”, y así fue….

Con las buenas noticias sucede lo mismo, he llegado a decir:----

-¡Pero esto es excelente!, ¿por qué no me lo dijiste hace una semana cuando te enteraste?

------ No podía mandarte un texto o un audio, quería verte la cara cuando te lo contara. Sabía que te ibas a alegrar, sabía que ibas a empezar a gritar y…. ¡no me lo quería perder!

Sea que es más o menos importante, hay que buscar siempre el momento justo para dar buenas o malas noticias.

El sentido de la oportunidad también se aprende.

Mágico Abril (CABA)

 

3. MAL MOMENTO

            Cuando estaba embarazada de Sebastián, compartía con una vecina de edificio la misma situación embarazosa. No conversamos mucho acerca de nuestra breve (meses que no pasarían de nueve) experiencia. Si nos cruzábamos en el ascensor -en mi caso, vivía en un primer piso y estaba conminada a tomarlo todo el tiempo-, las preguntas eran torpes: fecha de posible parto, cuándo era el próximo control, cuestiones así. Ella estaba más adelantada que yo.  Su hijo nacería primero. De modo tal que llegó un día, a la tarde casi noche, en la que su papá desde el auto y con la radio a todo volumen para escuchar el partido de River, le decía que se apurara, que el bebé venía porque ya sabía que el equipo iba a ganar. Como si una pudiera apurarse más de lo apurada que está. La acompañaba su pareja con todos los bártulos y su mamá que no dejaba de darle indicaciones. Eran dos pasos y se doblaba de dolor. Era un cuerpo sufriente. Me recuerdo observarlos como si su movimiento desprolijo y atropellado me diera idea de lo que iba a venir para mí. Pero no. Nada que ver.

            Pasó un tiempo. No podría precisar cuánto. Lo cierto fue que nos volvimos a cruzar por el palier. Esta vez yo con Sebastián en brazos y ella sola. La mirada triste que me clavó fue una súplica doliente. Bajó la cabeza y creo que ambas musitamos un “hola” obligado y molesto. Me clavó su dolor en mi alma materna. Como si existiera o pudiese existir un lenguaje universal que no dice una sola palabra y a la vez, lo dice todo. Nunca supe qué pasó con su bebé. Poco tiempo después se mudaban del edificio.

Edith Oxilia (CABA)

 

2. COMENTARIOS INOPORTUNOS                          

Siendo adolescente, me abrumaban los complejos. Complejos que me han acompañado a lo largo de mi vida, algunos hasta el día de hoy. Por eso nuevamente me pregunto: ¿tanto inciden los comentarios, las palabras que nos han dicho, sobre todo en la niñez o adolescencia? ¿Tanto, que quedan nosotros y los seguimos arrastrando a través de los años? Pareciera que sí.

Contaba yo unos dieciséis años, y me sentía entonces la más fea del mundo. Si iba a bailar, era la que quedaba en un rincón. Si me presentaban a alguien, ese alguien no volvía a invitarme. De haber algún chico que se interesara, seguramente yo metida en mi burbuja de patito feo, es posible que ni me diera cuenta.

Por todo esto, el entonces marido de mi hermana, tuvo una idea para “ayudarme”.

Mi cuñado ya recibido de médico, tenía compañeros del hospital con los que iba a jugar al fútbol. Las esposas, novias, amigos, iban a ver esos encuentros. Mi hermana y yo habíamos ido alguna que otra vez.

Un día, estando los tres en la cocina de casa, a raíz de una conversación que supongo tendría que ver conmigo, mi cuñado me dijo que yo no tenía por qué sentirme mal con respecto a mi apariencia o mi físico, ya que algunos compañeros le habían comentado que yo era una linda chica. Es más, uno de ellos se lo había repetido un par de veces. Me dio unas señas para que supiera de quién se trataba, pero claro está, me aclaró que solo se trataba de un comentario puesto que yo era mucho menor respecto del muchacho que lo había dicho, y a su vez, él, mi cuñado, nada más me lo contaba para que yo levantara mi ánimo.

Pasó el tiempo. No recuerdo exactamente cómo ni por qué, le pregunté a mi hermana si aquel muchacho había vuelto a decir algo sobre mí. La contestación fue: “Ay, Clau, Ricardo te lo dijo para que no te sintieras mal, no era cierto”.

En ese momento, no me detuve a pensar si había sido cierto o no, pero el desconcierto y la frustración se apoderaron de mí para marcarme, aún más, todos los defectos que veía en mi persona.

¿Si lo dicho por mi cuñado fue una mentira piadosa? De ser así, supongo que antes de decírmelo, lo había hablado con mi hermana, pues ella estuvo presente en ese momento. Entonces, ¿por qué mi hermana luego lo desmintió? ¿Para que no me hiciera falsas ilusiones con algo que no sucedería? Las ilusiones ya las habían sembrado en mí a partir de esa mentira.

Las mentiras consideradas piadosas, no lo son.  Quien las diga, en todo caso, debería mantenerlas hasta el final si pretendía “hacer un bien”.

No echo culpas, pero a la vez, creo que poco se tuvo en cuentalo grave que fue el hecho para mí. Se puede decir que mi hermana no tendría que haber revelado nada, pero tampoco justifico la supuesta “buena intención” de mi cuñado.

Queriendo expresarme sobre este tema, en forma generalizada, en algunos casos me cuesta creer que ciertos comentarios son solo inoportunos.  A lo mejor aparentan serlo pero muchas veces, son dichos con intención. Algunas personas se valen de esta “estrategia”, por llamarlo de alguna manera, para decir lo que se les ocurre y luego disculparse con el consabido “no me di cuenta” o hacer como si nada.

No puedo afirmar que jamás he dicho algo inoportuno, pero sí que me cuido muy bien de hacerlo si puedo lastimar u ofender a alguien. Por mi forma de ser, pienso bastante antes de hablar, y en general, intento callar en cuanto a opiniones se refiere, sobre todo si no me lo piden. Tampoco creo en la frase: “hay que ser frontal y decir lo que se piensa”. Hay que ser frontal y sincero, pero sin molestar o herir al otro. 

El filósofo griego Zenón de Citio dijo: “La razón por la que tenemos dos orejas y una sola boca es porque tenemos que escuchar más y hablar menos”.

Aquella vez, si ellos hubieran hablado menos, no me habría sentido tan desolada.

                                             Claudia(CABA)

 

1. EL VIAJE

Tita era la tía de mi mamá. Una mujer alocada, solidaria y muy buena con nosotros. Nos ayudaba mucho con mi hermano. Era la tía que nos traía hermosos regalos y bastante caros. Cuidó a la bisabuela que quedó postrada después de un ACV durante doce años. La mantenía impecable, le lavaba los pañales y le daba todo el amor que una hija puede dar. Era muy flaca, tenía un andar ruidoso porque había tenido problemas en los huesos, y se dejó el pelo con canas desde siempre. Le gustaba todo lo relacionado a la farándula: los chismes, las cabelleras (como ella las llamaba) de las modelos y las actrices finas. Tita, a pesar de su aspecto de mujer simple, era fina. Además, era muy de avanzada porque hablaba de sexo, de separación de parejas y homosexualidad, muy raro para su época.

Cuando cumplí los quince no quise hacer fiesta. Yo estaba deprimida, gorda y siempre enojada. Quería ser hippie, y a veces me vestía muy mal. Usaba unas zapatillas Topper celestes, todas rotas, e iba a todos lados así. A la tía Tita no le gustaba. Cada vez que venía de visita me lo decía y ponía cara de desagrado. A mí no me importaba. Creo que ella me veía mal, con baja autoestima, pero no sabía cómo decirlo. Mis padres me criticaban permanentemente por mi vestimenta, porque no estudiaba, y escuchaba música todo el tiempo. Aquel verano, vino de visita Tita y me invitó a ir a Merlo, San Luis, a la casa de una prima de mi mamá. Pensalo, me dijo. Yo seguía siendo tímida y silenciosa. La idea de viajar me entusiasmaba porque no salía mucho con mis padres. Lo pensé y repensé, pero a la hora de evaluar lo positivo y negativo de viajar con la tía, decidí no ir. Se lo dije a mi mamá: ¡Con lo que me critica no me dan ganas!, expresé totalmente enojada. La tía me había contado dónde vivía su sobrina: un lugar paradisíaco, la casa estaba construida en medio de un valle. Eran cariñosos y buenos anfitriones, y había chicos de mi edad. Tita se desilusionó. Cuando volvió de aquel viaje me contó que me esperaban, que habían preparado una habitación solo para mí. Esta vez me enojé conmigo misma. Por años me arrepentí de haberle dicho que no. De grande, cada vez que recordaba la anécdota, me daba mucha bronca.

Hoy, escribiendo y analizando el por qué, creo que fue por ser tan tímida, no podía enfrentar a los desconocidos. Tampoco me sentí merecedora, porque me podría haber comprado zapatillas nuevas…

 

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


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