3. MASCILISMO
Desde chica inferí que el hombre era la autoridad indiscutida por excelencia.
Infinidad de situaciones, frases y mandatos manifestados verbal y tácitamente me darían la razón, por suerte he logrado correrme aunque no totalmente, lo admito, de este concepto ancestral, injusto y denigrante para nosotras, mujeres.
Mi madre, a cargo de la casa en lo referente al aseo y orden, debía rendir cuentas a mi padre si este no encontraba en ella y en nosotros, sus ocupantes, la pulcritud que esperaba.
Recuerdo cuando mi papá mirando el piso encontraba un cabello, un recorte, o cualquier cosita por minúscula que fuera y juntando sus dedos índice y pulgar a modo de pinza nos lo exhibía diciendo:
-Esto es vergüenza para ustedes, mujeres de la casa...A mis quince años me entró una necesidad imperiosa de tener dinero propio y como el papá de mí amiga Alicia, la polaca, tenía fábrica de telas se me ocurrió pedirle trabajo.
Don Andrés, tal era su nombre, me dijo que tenía un cliente, un judío que estaba trayendo unos rollos de pañuelos finos a los que había que recortarle los hilos.
Un día, cuando llegué del colegio, festejé entusiasmada encontrarlos en mi casa; comí rápida y ansiosamente y luego desplegué con mi madre sobre la mesa que habíamos limpiado a mucha conciencia, la poco agraciada tela color celeste con detalles en blanco y azul.
Mamá también se entusiasmó con la idea y ambas, tijera en mano, comenzamos la labor mientras mí hermanito se entretenía debajo.
Yo contaba cosas de mis compañeras, de los artistas de la tele a pura risa, alegres de ganar unos pesos y compartir la tarea.
Así lo hicimos por dos días, cortando el trabajo un rato antes de que llegara mi papá.
Pero al tercer día nos retrasamos y nos encontró en plena faena.
Mi padre se alteró notoriamente, con furia tomó una punta de la tela y la revoleó enérgicamente tirando al suelo las tijeras y un par de sillas, a la vez que profería insultos en italiano y una serie de reclamos:
-Quiero llegar a casa y encontrar la cena lista.
-Me hacen pasar vergüenza con la gente, pensarán que las hago trabajar.
Y dirigiéndose a mí especialmente gritó:
-Vivimos en paz... Basta de venir a querer cambiarle la cabeza a tu madre"
No solo en esa oportunidad, sino siempre, cargué con la bandera de la revolución doméstica...
Cómo cuando quise estudiar Teatro becada en el Lasalle, y fue un escándalo porque él y mi mamá descontaban que todas las actrices eran "puttanas”.
O el día en que entró a mi habitación y me encontró subida a una escalera con una lata de pintura enganchada a los costados y un rodillo.
Entonces parecía que la casa entera se iba a caer por su bramido machista.
Ni que hablar cuando le dije que iría a la facultad a estudiar abogacía, para él todas las universitarias eran machonas o "puttanas".
Tenía una frase en italiano para esas ocasiones:
- É tutti quegli strani lavoretti ¿li cerchi tú? (Todos esos extraños trabajitos los buscas vos?)
Al ponerme de novia con Esteban, creí haber encontrado a alguien totalmente diferente a mi padre, pero luego me fui dando cuenta de que no había sido tan así.
Recuerdo el día en que me acompañó a inscribirme en la Facultad de Derecho y señalando la Confitería de las Artes me indicó que recordara que yo estudiaría enfrente y no allí.
Nada de cafecitos con compañeritos de curso.
"No sea cosa que yo traiga ..
la pava y otro se tome el mate."Hace no mucho tiempo mi hija, luego de una fuerte discusión con su marido, nos hizo saber que si su pareja seguía por ese camino ella quería separarse. Yo la abracé amorosamente y le brindé mi apoyo sin agregar letra a la situación.
Mí marido permaneció sentado y ante mi sorpresa le dijo que eso no le convendría ya que ellos están bien económicamente y que tenían una buena obra social para nuestra nieta que está con un tratamiento de medicamentos y estudios caros.
Lo quise matar pero parece que por mí cara entendió que había dicho algo muy desubicado, entonces pidiendo disculpas se unió a nosotras cariñosamente.
Nuestra hija, quien cuando aún no tenía pareja tenía claro que sería madre con un hombre a su lado o no, le dijo con firmeza a Esteban su argumento no le cabía ya que ella se valía por sí misma, para ella y para su nena.
Si, admiro a mi hija. Es una "GRAN MUJER" con todas las letras y en mayúsculas.
Melinna Trigo (CABA)
2. EN EL ADN
Nací en una familia en la que los hombres salían a trabajar y las mujeres quedaban en sus casas para cuidar a sus hijos. Tías y abuelas habían tenido empleos en casas de familia o fábricas antes de mi llegada a este mundo, así que las conocí en la faceta de amas de casa. Hubo excepciones con alguna tía e incluso mi madre, a quienes vi desempeñarse en comercios u oficinas por temporadas; pero el proveedor del hogar, siempre fue el varón. Ese hombre al que se le servía primero la comida y las mejores porciones. Aún recuerdo al abuelo Porfirio, cuando ofuscado se negaba a hacer alguna compra y menos llevar bolsa de mercado, porque para él, eso era cosa de putos
Papá fue un hombre comprensivo, compañero y adorable, sin embargo, tenía impregnada cierta forma de pensar: “Habiendo tantas mujeres, ¿lo voy a hacer yo?”, contestaba con frecuencia cuando surgía una labor hogareña. Fue parte de mi educación, lo naturalizamos de tal modo, que hoy por hoy, en todas las reuniones familiares somos las mujeres las que cocinamos, servimos o lavamos los platos como una ocupación que nos corresponde sin discusión.
De casi todas mis primas, soy la única divorciada, la que se tuvo que abrir paso en la vida y quien nunca dejó de trabajar desde hace casi cuarenta años.
Por todo esto que cuento, llevo años intentando desaprender, “deconstruirme”, el vocablo preferido de los periodistas y otras voces que circulan. Aunque en honor a la verdad, en más circunstancias de las que quisiera, me encuentro repitiendo patrones obsoletos. Me cuesta usar el femenino con las personas travestis o trans, detesto el lenguaje inclusivo sin tener un argumento lo suficientemente sólido para abordar la discusión, que por supuesto, evito de los foros, especialmente de los que constituyen docentes con un pensamiento único, el cual quieren imponer a como dé lugar.
Creo que merezco tomarme mi tiempo para modificar algo que casi está en mi ADN.
Por supuesto que estoy a favor de muchas posturas y luchas que impulsan la igualdad, esa paridad que hoy nos ubica en el mundo cumpliendo roles importantes, impensados en otras décadas. Por citar un ejemplo, el derecho a votar, hoy algo tan lógico y que tanto costó lograr.
Quisiera de verdad, contar algo puntual, anecdótico que valga la pena escribir. No me llegan las ideas. Aunque sí recuerdo que hace cinco años aproximadamente, tuve un tercer año bastante revoltoso. Había varias chicas atrevidas en el amplio sentido de la palabra, las que siempre generaban cortocircuitos con sus compañeros y más de un dolor de cabeza a los profesores. Un día, una de ellas vociferó una grosería. Lo primero que hice fue retarla y decirle que eso quedaba muy feo más en una mujer. ¡Para qué! Varias se ofuscaron y se lanzaron al ataque como leonas arremetiendo contra su presa. Me enojé, discutí y quise terminar teniendo la razón no sé con qué excusas. Pasó poco tiempo, reflexioné y no repetí una conducta por el estilo. Esas jovencitas me enseñaron algo y año tras año, fui cuidando emitir opiniones que pudiesen lastimar, al mismo tiempo comprendí que en muchos aspectos no debe haber diferencias. Decir groserías a voces en algunos ámbitos, como la escuela, está mal independientemente del género. Y está mal porque también es violencia, no solamente porque corresponda o no.
También tuve aciertos y hasta podrían verse como contradicciones. Cuando daba obras de principios de siglo XX en las que se relegaba el rol de la mujer, o se mostraba el sometimiento, lo charlábamos y por supuesto lo ponía en evidencia, tratando de ver el contexto en el que había sido escrita determinada pieza.
El abanico que se abre con la cuestión de género es infinito.
Bertha 2003 (CABA)
1. SOMOS IGUALES
¿Qué se creyó esa vieja? Desubicada mal. Sí, bueno, no pensé que me iba a escuchar, pero no era para ella. ¡¡¡Ahora, venir a decir que queda mal en una mujer!!! dijo que queda mucho peor que lo diga una chica. Lo cuento y no lo puedo creer.
Después se sumaron Flavia, Bárbara y hasta Lucas me hizo el aguante. Como si a los pibes les quedara bárbaro decir malas palabras, como si por ser varones estuviera permitido y porque somos mujeres y “señoritas” está mal. Por gente como ella estamos como estamos.
No tenía argumentos, se puso nerviosa la gorda, estaba coloradísima. Pobre, en un punto me dio lástima. Ella piensa así de verdad, pobre la hija que tiene si la educa con esa mentalidad del siglo pasado.
En otra mina vaya y pase, pero, ¡una profe! Dale, no se entiende. Se supone que lee. Esta debe ser una de las que pretenden que las hijas se casen vírgenes. ¿Me vas a decir que ella no putea por ser mujer? Ja, contate otra. Seguro que si tuviera un hijo varón lo llevaría a debutar el marido o le prestaría la habitación, pero si la hija quisiera curtir, se espantaría.
Ni siquiera lo reconoció, aunque me parece que bajó diez cambios y después se hizo la boluda. Por lo menos se va a cuidar más. Del aborto ni le preguntemos mejor. O sí, la voy a poner a prueba. Aunque no sé si me voy a atrever porque este colees católico. Va a contestar lo mismo que la dire, que nos da clases de Biología.
Nunca me cayeron bien, ninguna de las dos es copada. Pero esta, con ese discursito machista se ganó toda mi antipatía. Encima quiere orientarme en el tema del ensayo. Ni ahí. Si no le gusta lo que escribo es problema de ella.
Los profesores se contradicen porque quieren vender una imagen de comprensión, algunos dan temas de ESI, pero se les nota la careteada. No piensan lo que dicen. Tienen que cumplir. Y luego viene la tarada de la tutora con su mejor cara de comprensiva. Es una chusma, pregunta y pregunta sobre la vida, la familia, si estudio, si duermo. ¿Qué le importa? ¿Me va a solucionar algo ella? No, ni ella ni ninguna.
Ojalá algún día cambie esto. Que se borren para siempre esas ideas de que los hombres esto y las mujeres aquello, que sos una mujer y no podés tal cosa, que aguantate porque queda mal, qué van a pensar de vos, y todo lo demás que muchos de los grandes dicen. Por suerte mi mamá es distinta y nunca haría diferencias con Esteban, para ella somos iguales. Falta tiempo, sé que llegará ese día. Estoy segura.
Bertha 2003 (CABA)
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