Pareja


8. DEBUT SEXUAL

A Juan lo conocí en lo de Marina. Era Cordobés, y el menor de cuatro hermanos mucho mayores que él, pero desde muy chico había venido a vivir, con sus padres, a Buenos Aires. Estudiaba arquitectura en la UBA. Luego de morir su papá y al poco tiempo su madre, volvió a Córdoba para seguir estudiando en la facultad de esta provincia y vivía en una pensión de estudiantes; sus hermanos eran del interior. Juan, era un bombón de un metro ochenta y cinco de altura, muy flaco, tanto, que justamente, le decían el “Flaco Talhuk”. Tenía ojos verdes y almendrados, barba y bigote y el pelo castaño, partido al medio, le llegaba a los hombros. Además de ser tan buenmozo, era una dulzura; imposible no sentirme atraída por él. La primera vez que fue a casa, papá lo olfateó, un poco, de arriba abajo; no le gustó mucho ese bicho raro que parecía un hippie de pantalones anchos, sandalias y morral, pero el Flaco era tan cariñoso, sencillo y educado que se hizo querer mucho por mi familia. De alguna manera, su historia nos había conmovido a todos; tenía veintiún años y estaba solo. Éramos muy compañeros. Me encantaba lo que hacía y muchas veces, cuando yo salía de trabajar, lo ayudaba con sus presentaciones para la facultad. En la pensión, tenía un cuarto para él solo; el resto de los estudiantes, compartían sus habitaciones, así que era nuestra “guarida” donde, también, teníamos vía libre para hacernos arrumacos.

Hacía un par de meses que estábamos saliendo. Él sabía que yo, nunca había tenido relaciones sexuales y respetó mis tiempos con paciencia y muchísima dulzura. Nuestra pasión fue creciendo. Yo, fui madurando la idea de que era tiempo avanzar un poco más, me sentía segura con él y muy querida así que, en un momento de intimidad, lo habilité; tomé su mano y la puse sobre mi pecho. Ese gesto mío, desencadenó otras pasiones, pero hasta ahí... Un día, nos juntamos con amigos en un bar, corrían las cervezas y estábamos animados. Al retirarnos del lugar, que quedaba a dos cuadras de la pensión, detuvo el paso, me miró fijo y me dijo; Quiero que estemos juntos, no va a pasar nada que no quieras. Me animé y nos encaminamos hacia nuestra guarida, entramos a su cuarto a oscuras, nos tendimos en la cama y pasó lo que tenía que pasar. El encuentro fue perfecto en la forma en que sucedió; Juan fue el indicado para que yo viviera mi primera experiencia. Tuve miedo, lloré, y él, con mucha ternura, fue destrabando cada uno de mis candados; el principal, mi vergüenza de compartir con un hombre nuestra total desnudez. Disfruté estar con él, aunque, en esa oportunidad, no llegué al goce final. No fue traumático pero lloré mucho y también lloré cuando volví a casa y apoyé la cabeza sobre mi almohada, había dado un paso muy grande y no había retorno; yo ya no era la misma y me dolió despedir a mi Malena anterior.

 Malena Holmes (CABA)

 

7. CONFLICTOS

Solo Dios, Martha, y un par de confidentes más, saben cuánto dolor me costó separarme de ella. Martha lo supo antes que Dios mismo. Claro, fue a ella a quien le dije un día “me voy”. Eso fue tres años y dos meses atrás. Me tomó pocos días resolver irme. La decisión se me presentó como una verdad revelada. El proceso debió ir muy por dentro, y solo más tarde, y muy de a poco, fui pudiendo ver todo lo que me había llevado a esa frase tan corta, tan rotunda, tan cortante, tan sin retorno.

Martha también sabe que me tomó dos años y algunos meses más juntar el coraje para intentar algo con alguien que no fuera ella. Soy de procesos lentos, profundos, casi imperceptibles. La procesión fue por dentro, y me dolió por todo el cuerpo. A comienzos de la pandemia, allí por mayo del 2020, algo cambió. Tal vez el peligro de muerte puso en evidencia, en mí, la necesidad vital de estar con otros, con otras, con alguien. Así que desde las redes sociales comencé a buscar. Y encontré.

 La sorpresa del encuentro fue mutua. Ni Alejandra, ni yo podíamos dar crédito a lo que sucedía. Sí, se llamaba Alejandra, como yo. Y teníamos muchas coincidencias que hicieron que, a pocas semanas, yo viviera con ella, en calidad de “compañera de pandemia”.

 Durante esas semanas intenté visitar a Martha con la mayor frecuencia posible. Iba a verla ilusionada, volvía llorando. Martha se había vuelto agresiva, incisiva, demandante, irracional. Lo intenté todo: hablar, mostrar, complacer, ignorar; todo falló. Cuando supe que ya no podía más, desparecí. Su enojo aumentó. Se deprimió. Realmente se puso mal. Así que volví a verla. Caminando del brazo, con barbijo, por la avenida, tomé el toro por las astas:

 -        Martha, no podés seguir así….

-        Ale, me dejaste, en plena pandemia me dejaste sola.

-        No te dejé sola, vine a verte muchas veces, y me trataste mal, no voy a dejar que me sigas haciendo llorar. Por cosas como estas, me separé.

-        Tuve un ataque de pánico - contó Martha- pensé que me iba a morir.

-        Vas a terminar muriendo, por idiota- le contesté.

-        Vos me dejaste - insistió resentida.

-        Vos me ahuyentaste - retruqué yo.

-        Es egoísta que te hayas ido cuando más te necesitaba.

-        Es egoísta que luego de dos años en que vos estuviste acompañada y yo sola, no me dejes ser feliz un rato.

-        Si esperaste dos años, ¿qué te costaba esperar unos meses?

-        Si te acompañé dos años, ¿qué te costaba dejarme ser por unos meses?

-        Nunca nos vamos a poner de acuerdo en esto, ¿verdad?

-        No nos pondremos de acuerdo en esto, pero nos seguiremos queriendo. Como desde hace años. No se si más, pero nos querremos mejor.

-        Es verdad, en eso siempre estamos de acuerdo.

-        ¿Vas a pedir ayuda? -le supliqué llorando.

-        Ya pedí turno con mi analista ayer - me respondió, con tono de disculpa y una sonrisa a medias.

MAD (CABA)

  

6. DEBUT

Recuerdo el día que nos cruzamos. Era un sábado o domingo, en otoño. Ya había salido a comprar algo, caminaba por la avenida San Martín, con mi perro Pancho. Fue muy divertido encontrarme con Adriana y con vos, yo no te conocía; ella era mi compañera nueva, repetidora de quinto año. Sabía que estaban por comprometerse. Me gustaron tus ojos verdes, parecían reír, alegres.

Nos saludamos, charlamos brevemente y nada. Pero, el lunes, cuando me encontré con Gaby en el colegio, ella me dijo, como si fuera una gracia, : “ Peta dijo, que si se peleaba conmigo quería salir con vos”. Me gustó, me halagó, a pesar de verlo como un imposible: estaban en una relación formal, eran vecinos-sus casa estaban pegadas- él ya estaba en la facultad, yo en otra cosa. Igual me movió, me motivó pero quedó en ese momento en la nada.

Pasó es año, viaje de egresados: Adriana salió con otro chico en Mendoza, y cuando regresó terminó con Pete.

Al año siguiente, varios meses después de su ruptura, él me llamó y salimos. Yo estaba nerviosa, pero distante, era la primera vez que salía con un chico tan grande. No pasó NADA, NADA, NADA.

Creí que todo terminaba ahí, pero a los pocos días me llamó y empezamos a salir. Sabía que él y Adri habían tenido relaciones sexuales.

Al poco tiempo nuestra relación empezó a ser distinta a las que había tenido hasta ahora. Lo que yo sentía también. Aún era virgen.

A veces salíamos con su grupo de amigos, todos más grandes, con una onda distinta, más liberal, muy divertida, algo loca. Hablaban naturalmente de política, estudio y sexo. Muchos ya vivían solos, como Peta, mi novio.

Dejaba atrás, claramente, una etapa de pre adolescencia, donde muchas relaciones eran un juego. Y esto no lo era,  mi cuerpo vibraba y mi corazón explotaba.

Lo maravilloso de vivir y descubrir en esta relación un mundo distinto: libre y desinhibido. Dejaba algo, casi naif, atrás.

Nuestra relación fue apasionada y hablada, todo con cuidados necesarios para que fuera solo disfrute y gozo. Aún recuerdo la ola de emoción, la explosión de mi cuerpo, de aquellos días donde poseí y fui poseída. Y yo pensaba que esto sería así, vibrante, siempre.

Cristina (CABA)

 

5. DESPEDIDA

En 24 horas cumpliríamos tres meses. Tres meses intensos y muy felices. Tres meses de charlas, alegrías y sexo en plena cuarentena. Nunca una discusión ni un desencuentro. De tan magnífico parecía irreal, y de eso hablamos la noche antes de cumplir tres meses. Se llamaba como yo, Alejandra. Teníamos el nombre y muchas otras cosas en común. Sobre todo, ganas de vivir. Era médica especializada en cuidados paliativos. Me decía que el disfrute era la mejor vacuna para todo mal. Y le creí.

            El día que cumplíamos tres meses, la esperaba en su casa, con el mate listo y sus galletitas favoritas. Llevaba ya un tiempo viviendo con ella. No decíamos que me había mudado. Decíamos que estábamos haciendo la cuarentena juntas en su casa. Pero lo cierto es que llevaba ocho semanas viviendo allí. Y nunca una discusión ni un desencuentro.

            Esa tarde no vino. Me avisó que había recibido un WhatsApp de su ex, diciendo que estaba internada y que quería verla. Cuál de todas tus ex, le pregunté. La última, con la que duramos seis meses, la que no quería decirle a nadie que éramos pareja, la que no quería verme los fines de semana, la que me dejaba sola todo el tiempo, me contestó. Ah, esa ex, le dije, andá tranquila y nos vemos en la cena, rematé.

            No vino a cenar. Me avisó a la medianoche que se quedaría en el hospital. Que vendría de mañana. ¿Todo bien?, le pregunté. No contestó. Esa noche dormí poco y mal. Toto, el caniche blanco que vivía desde hacía dos meses pegado a mí, fue mi compañía. Él también estaba raro. Tampoco durmió.

            Por la mañana, la esperé con el mate listo. Tampoco vino. A las once menos cinco entró y me dijo: tengo zoom con mi analista, se fue al cuarto y se encerró. Una hora más tarde abrió la puerta, los ojos hinchados de llorar. Se sentó a la mesa, a mi lado, en total silencio. Le pedí que por favor me contara qué pasaba. Me dijo: ella cambió, ahora es todo lo que siempre le pedí que fuera. ¿Cómo sabés que cambió? Porque me lo dijo. ¿Por qué está internada? Porque dejó de comer. ¿Por qué dejó de comer? Porque nos vio juntas. ¿Y vos crees que ahora es todo lo que le pedías?... no contestó. ¿Qué querés hacer?... tampoco contestó.

Y entonces hablé yo. Mientras explorás tus sentimientos, yo voy haciendo el bolso, ¿sabés? Esperaba un “no te vayas”. En su lugar me dijo: no te vayas todavía, esperá que primero me vaya yo. Y en vez de mandarla a la mierda, de decirle que eso no se hacía, que era su casa y que lo menos que yo me merecía era que ayudara con los bolsos, que me sostuviera la vela como había hecho por horas con su ex, en lugar de llorar, gritar, revolear algo, en lugar de cualquiera de esas cosas, solo le dije: ok. Y me quedé viendo cómo se preparaba para irse al trabajo, planchaba la camisa, armaba el Tupper, se despedía de mi en silencio, con un beso en la mejilla y un lo siento lloroso pero vacío.

Hice mi bolso. Había llegado con uno, me fui con tres. Hice la cama, ordené la cocina. Borré toda huella de mi paso por ese departamento. Ese era trabajo de ella, borrarme, pero lo hice yo, sin que nadie me lo pidiera. Nunca me había dejado nadie. Siempre había sido yo la que dejé. No supe jugar mi parte de dejada. Esa porción de enojo a la que una tiene derecho, no la supe tener. Al salir, Toto lloraba. No le gustaba quedarse solo. Fue horrible despedirme de él. Tardé semanas en entender que lo verdaderamente horrible fue que sólo Toto me despidiera.

MAD (CABA)

 

4. POESÍAS PARA EL AMOR QUE NO FUE

 Así fue la quinta junto a ti Esteban, un entorno verde y amoroso, solo porque te contenía y rodeaba. Entonces escribí:

 Frente al resplandor del nuevo día, al verde reflejo de esta primavera sobre el perfil arbóreo y al celeste indescifrable que todo lo ilumina... Frente, detrás, dentro: tu presencia y tu ausencia colman mis expectativas.

A pesar de la inquietante herida que corroe este placer del entorno matutino, estoy y presiento, te ausentas y veo la paz de los eucaliptos frente al celeste telón del espacio acunados por la brisa y sus quebrados brazos tendidos para dar calor y abarcarlo todo. Tu presencia es más que eso. Es absoluto ser. Es imperturbable estar en las mecidas ramas. Estás ahí y yo contemplo desde lejos la profunda fe que mi fantasía proyecta.

 En otros momentos, al no verte seguido, en esas semanas que pasaban lentas, pensaba en ti con nostalgia profunda. Entonces escribí:

 Nostalgias en esta tarde gris, por no tenerte y desearte tanto como el primer día de esa noche que no nos vio. El crepúsculo destella, se llena de luz la ciudad y yo me apago por escucharte, por tocarte, por echarme a tu lado y soñar. Soñar otros tiempos, un futuro junto a ti.

 (Nostalgias, amado, nostalgias ...)

 A pesar de los pesares, frente a toda circunstancia, el ahora se me va siendo mañana. Quiero vencer las barreras. Quiero un destino junto a ti.

 Nos encontrábamos algunas veces, en distintos lugares, condenados a separarnos. Entonces escribí:

 Encuentros, solo encuentros,convergencias puntuales,pocos minutos. Soledad.Compartidas ausencias nos eximen. Pero estamos juntos y más allá,alejados y aquí. No hay distancias.No hay destierro. Perteneces a la historia.Integras mi conciencia.No hay día ni noche.Superpoblando lo cotidiano, estás.

 Tiempo de no verte, de vacío. Una profunda tristeza y enfado me embargaban. Entonces escribí:

 ¿Por qué el abismo?, ¿por qué no estás si debieras?,¿dónde quedaste?Debo haberte idealizado,porque te espero en algún bar,o en aquella vuelta del camino. Quizás estés oculto en una esquina, desde entonces,tus manos se habrán congelado,tu risa forzada será eco olvidado,tu mirada ya nunca me verá y el laberinto,enfrente,por cobarde,te devorará.

 Esperé durante mucho tiempo tu regreso, intenté seguir con mi vida y, por instantes, por momentos, te recordaba. Entonces escribí:

 Estás, estás y estás,no puedes no estar,vives en esta tierra, en mi tierra.Te reflejas en la intensidad del ser, eres complejidad, contradicción, esencia eterna. Plenitud, inclusión, deseo, perplejidad. Eres sombra eterna y abarcadora,oscuridad, llanto, locura.Y te amo, con mi ser y tu ser, uno, sin límites, y pretendo interioridad plena.Has quebrado,has intentado destruir lo indestructible, lo sabes, unión que no tiene esquinas porque es circular,laberinto indescifrable que nos integrará hasta el fin o el principio de esta vida.Y no te olvido,ni te excluyo,ni me muero.Solo espero tu regreso.

 Y al final no hubo nada que hacer… Me escribiste y también te escribí:

 Desde el fondo de mi corazón, dijiste, y yo me dejé deslizar en él,caí en un abismo de enredadas telarañas,de extrañas contradicciones,de ausencias de fe. No encontré el fondo, solo vi más fondo y un eco siniestro que decía:te amo, no te amo,vení, andate. Solo ahora, no hay futuro. Fuera de tu corazón, persistían tu cuerpo, tu mirada,tus abrazos, tu voz tan querida.Y multiplicando las contradicciones tu cuerpo, tu voz,tu mirada me amaban.Y tu alma transeúnte, tu ausente e impenetrable alma, escribía versos no creíbles; porque tu corazón, tirano en dudas,me eliminó como a una pelusa del saco azul.

 

3. PRIMER AMOR

No me llama, no me llama, ya pasaron cinco minutos de las dos de la tarde y estoy esperando. ¿Qué le habrá pasado? Seguro se olvidó de mí. Quedamos en que él se comunicaría. Levanto el tubo y el teléfono anda bien. Me ponen nerviosa las esperas, pero estar a la expectativa de Diego es un disgusto y un sufrimiento indecible. Ring, ring. ¡Ahí está! Bendito sea, escuchar su voz es volver a vivir. Hola, Diana, cómo estás, cómo te fue en el colegio.Contesto tranquila.Bien, ¿y a vos? Ya es jueves así que mañana quizás nos encontremos a la salida del Normal, en Callao y Córdoba, le anticipo como para que no tenga posibilidad alguna de olvidarse.Y, así, con estas trivialidades la conversación continúa al menos durante una hora hasta que la veo a mamá dando vueltas por allí y entonces comienza la larga despedida. Te quiero, mañana nos vemos, te mando un beso, me dice.Otro beso, te quiero, cortá vos, le respondo.No,esperá, yo quiero escucharte un ratito más, anuncia, y me derrito del otro lado. Y así las despedidas duran otros diez minutos.

Debe ser el muchacho más lindo del mundo, es alto, de ojos grandes, cuerpo atlético,manos perfectas y esa mirada que me desarma. No es el más inteligente ni el más divertido de los chicos que conozco, pero es bueno, serio, sencillo, galante, todo un hombre, para mí es único, es Diego Esteban Jiménez, nombre de novela como las que veo por televisión. Siempre está bien vestido, con remera de piqué, pantalón vaquero y mocasines. Lo digo porque a él esa ropa le queda tan linda que me enamora. Como me dijo mi compañera de banco, te diste cuenta de que las chicas se dan vuelta para mirarlo y eso me pone orgullosa y también algo celosa. Encontrarme con él es como un hechizo, hasta en la situación más trivial. Me lleva de la cintura en nuestras caminatas del colegio a casa; nos encontramos en la iglesia los domingos, (no soy creyente pero no importa, me aguanto el ayuno y los sermones solo por estar con él). Vamos a los cumpleaños y reuniones y bailamos apretados. Un dos de noviembre fuimos a un asalto en la casa de Adriana.  Bailábamos al son de “cuando salí de Cuba, dejé mi vida, dejé mi amor, cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón”. Entonces, bajó su cabeza para darme un beso interminable, y después me susurró al oído si quería ser su novia; yo le dije que sí temblando,como en un ensueño.

Algunos días viene a casa y se divierte mirando mis trabajos de la escuela, porque a él lo tienen que retar para que los haga. Tenemos una lista escrita en una ficha de los diez primeros temas musicales que nos gustan y la vamos modificando juntos según cambian nuestros sentires. Cuando no hay “moros en la costa”, se sienta en el sofá del living de casa y yo encima de su regazo y me da unos besos apasionados. Quedo roja como un tomate y él más rojo todavía. Los primeros besos reales que me dieron en mi vida fueron los besos de Diego. No se me pasa por la cabeza ninguna otra cosa que esos besos. Después de los arrumacos desaparece por un rato largo y vuelve menos sonrojado del baño.No sé qué hace tanto tiempo allí.

Tenemos parejas amigas, Laura y Ricardo y Ana y Roberto con las que compartimos algunas salidas a tomar una Coca Cola en confiterías de la calle Santa Fe. El dinero que tenemos es poco, pero para mí es suficiente porque lo importante es estar con él. También vamosa fiestas de quince.  Él se viste de smoking y yo de vestido largo, y así parecemos unos príncipes. Bailamos con la música de los Beatles, los Bee Gees, el dúo Carpenters o el grupo Abba y algunos argentinos como los Gatos, Almendra o Manal. Eso sí, hay que volver con mi hermano, siempre de custodio. Este año ya nos dejan ir a clubes de golf o a quintas de amigos, más lejanas, pero tenemos que volver siempre a tiempo, aunque creo que pasamos más enviaje que en los lugares a los que nos invitan. Diego suele venir a la casa de mis abuelos los domingos a almorzar y yo a su casa, especialmente en cumpleaños familiares para los que me arreglo mucho, como si fuera a un palacio a ver a mi lord.

Recuerdo pocas, casi ninguna discusión entre nosotros, salvo algún pequeño roce cuando se tiene que quedar en su casa y no nos podemos encontrar. Pero se me pasa enseguida cuando me llama diciendo que viene a verme.

Un día supe que había tenido una novia antes que yo y me sentí mal, tanto que, al día siguiente en el colegio mis compañeras me preguntaron qué me pasaba que estaba tan triste. Pero no duraba mucho, una vez aclarado el tema, sin demasiadas explicaciones,me olvidaba de la angustia y volvía esa sensación de amor tan grande que estaba segura que iba a terminar en boda. O al menos era lo que soñaba. Me imaginaba entrando en la iglesia del Salvador con él, mi amor eterno. Su familia me quería mucho, sus padres y sus dos hermanas. Una de ellas, María José, me había enseñado taquigrafía, venía a casa para orientarme. Yo las admiraba porque eran más grandes e iban al colegio Santa Rosa.Delirios de adolescente.

Diego había sido muy valiente cuando me enfermé de hepatitis a la vuelta del viaje de egresadas. ¡Lo extrañé tanto en ese viaje! Recuerdo que lloraba echada en la cama sobre su foto carnet y mis compañeras de cuarto me miraban extrañadas. Durante la enfermedad venía todos los días a verme y me abrazaba. No me podía besar, pero sé que me contenía y me cuidaba como nadie. Así era mi Diego.

Terminamos en diciembre del año mil nueve sesenta y nueve, sin peleas ni rencores, casi mansamente. Era un momento de decisión como pareja luego de dos años de novios. Un buen día quiso tocarme los pechos y yo me aparté diciendo que me cuidara como si estuviera en una caja de cristal. Sí, esa bobada dije. En vez de concretar ese noviazgo con las relaciones físicas que implicaran un amor completo, pudieron más los mandatos familiares, esta vez reflejados en una sucesión de hechos poco claros. Sucedió que el médico que me atendía durante la hepatitis estaba interesado en mí. A mí no me gustaba ni una pizca, pero a mis padres sí. Hubo una serie de confusiones en la ruptura,se metió un “amigo”, si es que se puede llamar así, quien tergiversó los hechos y le transmitió a Diego mentiras tras mentiras. Entonces decidimos cortar, como se decía en ese entonces. Lloré mucho por esa ruptura de mi primer gran amor que nunca olvidaré. Sin embargo, estaba preparada para casarme según los cánones de aquellos tiempos, con un profesional, en lo posible médico como mi padre y continuar con la vida que habían preestablecido para mí. Por una vez más, había triunfado el dominio paternal por sobre mis sentimientos más genuinos.

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Pasaron más de cincuenta años, y es tiempo de redes sociales, en consecuencia, no pude menos que buscarlo en Facebook. Allí encontré a mi Diego, casado por segunda vez con una piba con la que tiene una beba de seis meses, luego de un largo matrimonio del que nacieron cuatro hermosas hijas y una cantidad de nietos y nietas todos bellos y saludables, algunos de la edad de su pequeña hija,fruto de su reciente matrimonio. Lo veo y es mi Diego. Es cierto que les pertenece, pero más a mí porque fui su primer amor. Lo dejo allí, en su fan page como en una fotografía y de vez en cuando echo una mirada para ver como crece su hijita y si sus otras hijas están bien. Le deseo lo mejor del mundo y al tiempo tarareo: “cuando salí de Cuba, dejé mi vida, dejé mi amor… cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón”.

Alexis de la Fuente (Buenos Aires)

  

2. PRIMER AMOR: ADOLESCENCIA

      Finalmente, después de muchísimos años de confundir amor y amistad, pude confesarme a mí misma que me gustaban las mujeres. No sorprendí a nadie, más bien generé alivio. “Bueno – dijo mi madre – algo te tenía que gustar, ¿y qué vas a hacer con eso?”. La verdad es que yo no sabía qué hacer con eso y demoré mucho en averiguarlo.

Tenía veinte años y nada de experiencia sexual. Eso me generaba vergüenza, tristeza y ansiedad. Eran los comienzos de la Internet masiva en las casas, y de los chats. Encontré uno en español, solo para mujeres. Y allí encontré a Mónica. Tenía mi misma edad, vivía en provincia de Buenos Aires y trabajaba en el microcentro. Con ella tuve mi primera relación.

No estaba enamorada y no sentía deseo. Era más bien la necesidad, casi la urgencia, de dar ese paso, de tildar ese casillero. Reservé una habitación de hotel, discutí en la recepción porque se negaban a darnos una cama doble y, finalmente, nos acostamos. No me impresionó la experiencia. Ausentes el amor y el deseo, fue un trámite. Al terminar, sentí alivio.

Volvimos a encontrarnos un par de veces más. Ella tenía problemas con su madre, con el trabajo, con los amigos, con los extraños… Me decía que nadie tenía que saber de nosotras. Insistía en hacer, de su vergüenza, nuestra vergüenza. Y yo, así, no podía. No podía ni quererla ni desearla.

Sé que me quiso más de lo que yo la quise; cuando la dejé, lloró. Terminar fue para mí un alivio. Debió sentirse usada. Técnicamente fue mi primera vez.

MAD (CABA)

 

1. PRIMER AMOR: INFANCIA

            María Emilia era una vecina de la cuadra, un año mayor que yo. Fuimos toda la primaria a la misma escuela, sin hablarnos nunca. Yo había terminado sexto grado y en ese mismo verano María Emilia terminó séptimo. Ese verano no nos fuimos de vacaciones y mis padres me dejaban pasar las tardes en la vereda. Yo me sentaba en el escalón de la entrada y leía.

            Una de esas tardes en la vereda, levanté la vista y ahí estaba Emilia, mirándome. Se presentó y me dijo que uno de sus hermanos, un año menor que yo, estaba enamorado de mí. Yo también me presenté y le pedí que me contara más. No recuerdo nada de lo que me dijo, ni el nombre de su hermano, que por otra parte nunca me importó. Yo solo quería que Emilia me hablara. Pasamos todo ese verano y todo el año siguiente, hablando horas y horas en la vereda.

            Un día de primavera, Emilia me contó que le gustaba un chico que pasaba en bicicleta todas las tardes delante de nosotras, y que le daba vergüenza hablarle. Yo, para complacerla e impresionarla, junté coraje y sin aviso previo me paré delante de la bici, me presenté a las apuradas e informé al chico que mi amiga Emilia gustaba de él. Claudio, que así se llamaba, resultó ser dos años mayor que Emilia. Y rápidamente nos hicimos amigos los tres.

Durante las semanas siguientes Claudio me consultaba sobre cómo hacer para conquistar a Emilia. Yo me sentía importante y necesaria. Finalmente se pusieron de novios, y yo me alegré sinceramente.

Luego vino el verano, y me fui dos meses a la costa con toda mi familia. Durante ese tiempo los extrañé muchísimo, los llamé mil veces y nunca estaban disponibles para hablar. Comencé a sospechar que no querían hablar conmigo, pero no lo quería creer. El día antes de volver a casa, les compré alfajores. Ansiaba verlos.

Ni bien llegué a Buenos Aires, fui a buscar a Emilia a su casa. Salió a recibirme del brazo de Claudio y me trataron como a una extraña, fueron distantes y crueles. Me sentí incómoda y dolida. Y supe que estaba de más, que ya no los vería. Y lloré de regreso a casa. Emilia nunca sospechó cuánto la quería.

MAD (CABA)

  

       

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