10. MIS PEQUEÑAS COSAS
El edredón de plumas
Es difícil elegir una “pequeña cosa” que despierte en mí un sentimiento especial; estoy rodeada de ellas y todas tienen una razón para estar en mi vida.
El búho de caña que decoró la pared de mi cuarto adolescente, luego las de mis diferentes casas, me acompaña hace cuarenta y cinco años observando mi vida.
La cajonera de cedro que guardó mi ropita cuando era bebé, luego la de mis hijos, y años más tarde los objetos personales de Franco hasta que se fue del país; luego de su partida, la traje a mi departamento para pintarla, hace dos meses, de “azul satisfacción”, según la carta de colores; hoy, me mira desde un rincón del living.
El moisés en el que mis hermanos y yo dormimos, y años más tarde mis hijos, también fue cuna de mascotas y ropa para planchar; hoy, contiene pilas de cortes de tela en mi taller. Siento que cumplió un ciclo; me cuesta desprenderme de él pero estoy elaborando la idea de hacerlo, como hice, hace un par de años, con el edredón que me hizo mamá cuando yo tenía cinco años; relleno con plumitas del gallinero, de color rosado a cuadritos y en el centro un colorido “Humpty Dumpty” (Pepín cascarón) subido a una pared de ladrillos del que luego se cayó, de acuerdo al cuento. Una oscura tarde de invierno, lo doblé con todo mi amor, lo metí en una bolsa y salí con Eduardo a caminar, buscando a alguien que lo necesitara. Pasamos por debajo de la autopista y encontramos algunos indigentes acurrucados en colchones; aun así, no me pareció apropiado dárselo a esos hombres; quería que mi edredón abrigara a un niño. Pegamos la vuelta a casa pensando que, tal vez, no era el momento oportuno de deshacerme de él. Caminamos unas cuadras, en zigzag, y el azar hizo que encontrara a los destinatarios; una joven pareja en situación de calle. El hombre revisaba un contenedor de basura y la mujer llevaba a una bebita de aproximadamente, dos años en un cochecito destartalado. Me acerqué y le ofrecí mi edredón. La mujer sorprendida me dio las gracias. Le resumí la historia; que lo había hecho mi mamá, que me había abrigado de niña y luego a mi hija que ya era una mujer. Ella se conmovió y me dijo que no me preocupara, que quedaba en buenas manos, de lo cual no tuve la menor duda.
Asimismo, viejísimas fotos, tacitas de porcelana del ajuar de mi abuela que tienen más de cien años, sus anillos y broches, que nunca usaré pero que me encanta tocar y sentir que aún conservan algo de su energía; del mismo modo en que aún, siento la energía de papá en su cárdigan de lana marrón que uso para dormir en invierno.
El cencerro
Poco
tiempo después de que mis padres se casaran, papá encontró un cencerro de
bronce macizo tirado en el campo. Lo llevó a la casa, sin saber muy bien qué
hacer con él. Era un cencerro de unos veinte centímetros de alto con un arco
superior a modo de asa; en relieve se leía Ciervo
y tenía la imagen del animal arriba de las letras. Estaba muy sucio y oxidado,
pero a mamá le pareció un objeto precioso, un diamante en bruto, y trabajó
mucho en él para limpiarlo y sacarle brillo, cosa que fue logrando con el pasar
de los años. Papá le fabricó el badajo faltante, improvisado con una trenza de
tiento al que le ató una tuerca de dos centímetros en el extremo para que, al
chocar con la parte interna, pudiera hacerlo sonar. Desde que tengo uso de
razón, esa campana estuvo siempre de adorno, en el mismo mueble donde aún hoy
está, a pesar de las múltiples mudanzas, en la casa de mis padres. Y era en las
navidades, y en año nuevo, cuando, a las doce en punto, salía a escena en todo
su esplendor de la mano de mamá, que la hacía sonar, agitándola y bamboleándola
con fuerza, por varios minutos. Este ritual se repetía solo en esas dos fechas
y luego volvía a su lugar por el resto del año. Tenía un sonido tan fuerte y
constante que seguramente se hubiera escuchado a varias cuadras de no ser por
los ruidosos festejos de los vecinos en la ciudad. Hubo un tiempo, en nuestra
adolescencia, en que mis hermanos y yo, nos mirábamos tediosos como diciendo Ahí está mummy, otra vez con su campana ¡qué
pesada! Ella se reía divertida y nos
decía, sentenciosa, Ya se van a acordar
de mí cuando ya no esté. Y siguió tocando sus campanadas hasta su última
reunión de año nuevo, dos meses antes de morir. Al año siguiente, fui a
Resistencia, con Eduardo, a recibir el dos mil veinte con mis hermanos, ¡y
claro que nos acordamos de ella!; a la hora indicada, Michael hizo sonar con
fuerza el cencerro de mamá.
El baúl
En todas las casas en que vivimos, había un cuarto que servía de depósito, podía ser una despensa, un garaje, o un lugar destinado especialmente para ese fin. En él había infinidad de cosas arrumbadas, puestas en repisas o colgadas de la pared. Tacos de polo, damajuanas viejas, canastos, lámparas antiguas de kerosén, artículos de camping, teléfonos de pared a manivela, una vieja máquina de coser New Home con sus patas torneadas en hierro forjado, tres baúles… Justamente, en uno de esos tres baúles, habían vestidos, sombreros, calzones largos, corsés y camisones de mi abuela paterna, tan antiguos que había que desplegarlos con delicadeza para que la seda o el algodón no se rasgara por el paso de los años. Ese baúl lo había traído con ella cuando vino a vivir a Argentina. Era marrón, tenía unas abrazaderas de madera y unas manijas de cuero a cada lado.
Cuando decidí venir a vivir a Buenos Aires, comencé con los preparativos; tenía que seleccionar muchas cosas para traer. Mamá me ofreció el baúl de mi abuela y me pareció una linda idea; por su tamaño ahí cabrían todas mis cosas. Ese verano me dediqué a vaciarlo y a limpiarlo muy bien; compré un rollo de papel blanco con florcitas amarillas y forré prolijamente su interior. Papá le cambio las viejas bisagras y llevó las cerraduras originales a un cerrajero para que hicieran las llaves que faltaban. A mediados de febrero me mudé a Buenos Aires llevando solo mi valija; mis padres me propusieron enviar el baúl cuando yo estuviera instalada, y así lo hicieron. Recuerdo el día en que llegó el camión de transportes. No solo estaba el baúl, sino también la cajonera de cedro perfectamente embalada, ambos traían mis cosas personales, a las que agregaron todo aquello que, consideraron, me podía hacer falta. Encontré cantidad de cosas “absurdas” y cuán indispensables me resultaron después. Utilicé el baúl para guardar ropa de invierno y mi edredón y fue muy práctico en cada mudanza que hice con posterioridad. Siempre tuvo un lugar privilegiado en mi living, decorado con algunos adornos, macetitas o portarretratos. Cada tanto lo lustro con betún, pulo sus tachas y herrajes de bronce y sigue cobrando vida. Hoy porta una lámpara al final de mi sofá y sirve, ocasionalmente, de mesita.
Levanto la vista y observo el retrato de mi abuela que cuelga en la pared, retocado sobriamente con acuarelas en tonos sepia, se ve tan joven y bonita a sus veintiocho años, y trato de adivinar por todos los lugares donde pudo haber estado ese baúl, acompañándola, desde que salió de Irlanda en mil novecientos diez, aproximadamente. La imagino llenándolo con sus pertenencias, para dejar la casa de sus padres, y con la misma ilusión de cambiar el rumbo de su vida como hice yo hace unos años; algunos puertos, la bodega de un barco, subido a carruajes que lo condujeron a diferentes lugares donde ella vivió, Bolívar, Dixonville (San Luis), Montevideo, Chaco, hasta volver a Buenos Aires para quedarse, definitivamente, conmigo.
Elaine (CABA)
9. LO QUE NO VOLVERÁ
Cuando era niña recortar figuritas de famosos, era mi hobby preferido. Mi papá me traía las “TV GUÍAS”, a las que les daba exclusividad porque traían un poster y además anunciaban los programas de televisión día a día. También me gustaban las “Super Pop”, y las “TU” y que traían canciones en inglés de las bandas de moda y yo las traducía lo mejor que podía ya que necesitaba descubrir de qué hablaban esas letras.
En mi adolescencia tenía tantos cuadernos y recortes que decidí hacer algo con ellos, algo que se grabara en mi corazón para siempre. Así fue como le consulté a mi mamá si ella me permitía decorar las paredes de mi habitación con esos recortes, a lo que ella asintió sin ningún problema y empecé con mi artesanía sagrada. Armé una mezcla que me recomendaron era buena para pegar papel en paredes y comencé a desplegar mis favoritos en esa pared vacía. Hollywood a mi lado antes de dormir, Jaclyn Smith, Brooke Shields, Greg Evigan, Demi Moore, Rob Lowe, Durán Durán, Pet Shop Boys, Debbie Gibson, Maddona y el listado como sabrán ustedes se hace interminable.
Seguía comprando revistas para actualizar las fotos, a veces me cansaba de algunas y pegaba otras sobre ellas.
Creo que empecé a dejar este hobby pasados ya los veinte años, porque era todo un tema armar la mezcla y ya no compraba revistas, estaba en la facultad, vivía en La Plata y transitaba otra etapa de mi vida a la que me estaba costando bastante adaptarme. Pero amaba ir a Guale y al acostarme en mi cama ver mi vida de papel con las estrellas de Holywood.
Después de la muerte de papá, tuvimos que reorganizarnos todos, el golpe fue demasiado fuerte y mi mamá debió dividir la casa para alquilar una parte, en la se fue mi mundo maravilloso de estrellas. No vi más mi habitación, la imagino y la sueño ya no lo tengo, al igual que a mi papá.
Cuando recuerdo esa parte de mi vida siento nostalgia, quiero volver el tiempo atrás y que todo reviva: mi secundaria, mis estrellas, mi papá. Sé que no es bueno melancolizar, estar atrapada en el pasado, pero a veces no lo puedo evitar y necesito quedarme ahí, aunque duela.
Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)
8. AZÚCAR EN TERRONES
Ir a su casa para mí era una fiesta. Para mamá no tanto.
- A las chicas poneles vestido de punto smock. ¡Que Dieguito no venga en zapatillas! - eran los “consejos” de mi abuela paterna.
Una salida al Centro, como solemos decir por mi barrio, implicaba muchos preparativos. Dos o tres veces al año mi mamá nos llevaba al dentista y de paso, una visita a lo de mi abuela Ethel. Que la ropa adecuada, que el cepillo de dientes, que cumplir con el horario, que convencernos para pegar la vuelta(convencer al regreso? No lo pondría porque en el relato aun no llegaste). A mí nada de eso me afectaba, yo lo vivía como una fiesta. En época escolar, además, implicaba faltar al colegio a la tarde para prepararnos.
Reconozco que ir a lo de Tino, el dentista, no era buen plan. Sus tratos dejaban bastante que desear. Era un señor muy grande, o al menos así lo veía yo. Por suerte siempre nos atendía rápido y en horario. Además, saber que después íbamos a lo de Ethel era un buen aliciente.
Esa visita era mágica. Todo me llamaba la atención y me fascinaba. Subir por el ascensor con rejas corredizas. Tocar el botón era un desafío, obviamente había que “cantar” para ver a quién le tocaba. Llegar al séptimo B, otra lucha para acceder el timbre y mi abuela abriendo la puerta inmediatamente, como si estuviera ahí parada, esperándonos.
Ella se tomaba el tiempo de “inspeccionarnos” y dar el visto bueno. Besos y apretujones en los cachetes y enseguida mi mamá y ella se ponían a charlas y nosotros teníamos vía libre para recorrer todo el departamento.
¡Cuántas cosas por ver y tocar! ¡Nunca sabía por dónde empezar!
En el cuarto principal había dos camas de una plaza, nunca entendí por qué siendo una abuela no tenía cama grande. Me encantaba tirarme y oler ese perfume tan característico. Después de un rato, una recorrida por el otro cuarto. Una vez Diego me mostró que debajo de una alfombra había una caja fuerte con contraseña… siempre hacíamos un intento por abrirla. El pasillo de doble circulación que llevaba a la cocina era el lugar ideal para jugar a asustarnos entre los tres… ¡Los gritos que pegábamos! Una visita corta al balcón para ver la estatua de los viejitos abrazados y vuelta adentro porque mi abuela tenía miedo de que nos cayéramos al vacío.
- Ustedes son de campo, no saben estar en balcones.
Después llegaba la hora del té en ese comedor enorme con alfombra bien peludita. Nos gustaba tirarnos al piso y hacer el típico movimiento de ángel que se hace en la arena, claro que Ethel enseguida nos retaba porque decía que el piso estaba sucio. Ese discurso cambiaba cuando minutos después ponía un nylon debajo de nuestras sillas para que no ensuciáramosmos la alfombra limpia…. ¿entonces estaba limpio el piso? No lo sé…. Nunca lo entendí.
Ahí, sobre la mesa, estaba el objeto más deseado: una azucarera con terrones de azúcar. Era una azucarera grande, con tapa. De plata y siempre relucía. Entraba toda mi mano en esa boca grande y no había nada más lindo que tocar todos los terrones, tal vez para asegurarme de que había muchos, pero muchos. En cuanto los adultos no miraban, sacaba uno y otro y otro. Pienso en esto y siento el olor que salía de esa azucarera, el ruido al apoyar la tapa, el disfrute de dejar disolverse el azúcar en mi saliva. Como despedida Ethel me dejaba sacar uno o dos terrones, que siempre terminaban siendo tres o cuatro, para el camino.
¡Gracias, Ethel, por todo tu amor y enseñanzas! ¡Espero haber cumplido tus expectativas de que me convirtiera en una “señorita educada”!
Paula (Martínez, Buenos Aires)
7. ALGO MÁS QUE UN BAÚL
Construido en oscura y resistente madera de castaño, aquel viejo baúl siempre fue funcional a las necesidades de nuestra familia, un fiel servidor.
Había zarpado en la bodega del imponente "Conte Grande", el barco que trajo a mamá desde Génova trayendo en su interior desde dos colchas de colorido terciopelo hasta los almidonados camisones con puntillas bordados por sus manos.
Después había pasado a contener la delicada aunque económica loza familiar, porque nuestro escueto mobiliario carecía de vajillero.
Recuerdo que mi madre, que no sabía de costura, le encargó a una vecina la confección de una cobertura de tela de grueso algodón amarillo con dibujos campestres y figuras de niños que yo intenté copiar sin éxito durante varios años.
A mis nueve, cuando tomé la Primera Comunión, posé para las fotos, sentada con mí vestido blanco desplegado sobre él como si fuese una novia mientras aparecía con las palmas unidas, sosteniendo el rosario y un nacarado librito de oraciones.
Mi(mi cuando es adjetivo no lleva tilde) rostro simpático y regordete revelaba inocencia y mis ojos mirando hacia el cielo parecía convocar al Señor.
En las fotos con los familiares también aparecía el baúl haciendo las veces de asiento, a falta de sillones.
Con el paso del tiempo, compramos un modular y la vajilla fue(fue no lleva tilde) reubicada en ese nuevo mueble.
El viejo baúl ya había perdido su funda naïf, varias molduras decorativas y uno de sus cierres de oscurecido bronce amarillo.
Cuando comenzaba a deteriorarse, los papeles con ilustraciones bizantinas celestes, rosa, blanco con toques dorados que cubrían su interior ya estaban rotos y ennegrecidos y
pasó a contener herramientas, pinceles y algunas latas de pintura.
Después de tantos años seguía siendo útil.
A mis dieciséis no teníamos aún un mueble biblioteca en casa y se me ocurrió que el arcón podría servirme para ese fin.
Lo restauré con mis propias manos y lo ubiqué parado en mi habitación con varios estantes y sobre ellos los libros.
Resultó una buena faena y así lo utilicé hasta el día, en que ya casada, dejé aquel hogar.
Cuando afortunadamente mamá y papá se mudaron a otra linda propiedad, aquella reliquia ajada no tuvo un lugar junto al flamante mobiliario nuevo y partió en un rastrojero, tan maltrecho como él, para seguir siendo de utilidad en lo de Ramona, la señora que trabajaba en casa de mis padres.
Melinna Trigo (CABA)
6. LECTURAS INDECENTES
Nuestras compañeras de segundo año nos apodaban 'El Diez", no por nuestra eficiencia, sino por el aspecto que ofrecíamos a la vista.
Es que ella, Patricia, delgadísima y alta, era la última de la fila y yo, gorda y baja, la segunda.
Además de sentarnos juntas, compartir pebetes de jamón y queso a la hora del descanso y las burlas de las demás, para ella por su prominente nariz y para por mi obesidad, nos unía un secreto.
Patry le había sustraído a su padre un libro bastante erótico llamado " Los Pulpos" cuya lectura disfrutábamos en los recreos más largos o en las horas libres por la ausencia de algún profesor.
Lo leíamos en el baño o en las patinosasy herrumbradas escalinatas atestadas con excrementos de palomas, que conducían al campanario de la iglesia.
Eran diversos los efectos que en mí producía el contacto con los textos allí descriptos ya que iban desde el placentero onanísmo hasta las escenas más explícitas de lujuria y plenitud carnal.
Fluía en novedosas sensaciones de asco, sorpresa, súbito acaloramiento, rubor, palpitaciones, turbación, transpiración y humedad en lugares impropios de mi joven e inexperta humanidad.
Luego de cada sesión guardábamos cuidadosamente las preciadas páginas en una bolsita plástica dentro de una vasija rota entre pastos, piezas de yeso ya cascadas de ángeles y santos del patio más abandonado del colegio.
Así fue por meses.
Cierto martes de noviembre, al regreso de un fin de semana largo, nos encontramos con que habían limpiado el lugar
El otrora descuidado sitio presentaba un agradable aspecto y las modificaciones incluían un hecho inesperado, inaudito y frustrante.
Un lustroso macetero de ladrillos rojos ocupaba el preciso espacio donde solíamos esconder nuestro sexual amigo, con lo cual nunca supimos cual fue finalmente su errático destino.
Melinna Trigo (CABA)
5. TRES PEQUEÑAS COSAS
Volar alto
Allí, al fondo del largo pasillo entrada para autos, se encontraba una especie de cuarto sin puerta ni pared frontal, solo tres paredes de material y un techo de chapa donde los habitantes de ese terreno, o sea mis abuelos paternos y mi tía con sus hijos, guardaban herramientas, objetos que no tenían lugar dentro de las respectivas casas y otros cachivaches. Yo, que jugaba de visitante, amaba ese espacio. Además del anhelo por las facturas y/o cosas ricas para comer que sabía que habría en la casa de mis abuelos paternos, se encontraba aquel objeto cuya base rectangular de tabla de madera colgaba del techo con dos cadenas largas y gruesas, una a cada costado. Podía pasar horas y horas hamacándome en ese rústico objeto, que según tuve siempre entendido, había armado mi abuelo. Se encontraba colgado del umbral del galpón, con lo cual el objetivo era balancearme lo más alto posible hasta lograr tocar el techo de chapa en mi recorrido hacia atrás. Fueron varios años de usar este tan preciado objeto. Lamentablemente un día de visita descubrí que ese cuarto había sido tirado abajo para agrandar el área de pasto que existía al lado izquierdo del mismo. Con la desaparición de ese lugar sobrevino su desaparición. No recuerdo haber preguntado qué había sido de ella; creo que en mi mente de niña entendía que esa no era mi casa y no debía cuestionar decisiones que no me competían, y es así como nunca más supe que fue de ella.
La cajita musical
Pasarían cuatro años más hasta que mi abuela falleciera. Mi abuelo había muerto el año anterior. Era el año 1994 y transcurría en la tv argentina una telenovela titulada Nano que tanto mi abuela, como mi tía, mi mamá y yo seguíamos. El personaje femenino principal interpretado por Araceli González poseía una cajita musical que creo que le traía recuerdos de alguien fallecido, y es de aquí dónde estoy segura que le surgió la idea.
Un día de visita en su casa, mi abuela, de manera cómplice, le indicó a mi mamá que fuera a buscar un paquete a su habitación. Al regresar, mi mamá se lo entregó y ella me lo ofreció a mi como regalo. Al abrirlo me emocioné y me entristecí al mismo tiempo: una cajita musical para guardar bijouterie se había revelado ante mí. Me alegré por el regalo, pero me entristecí por la conexión que percibí que existía entre el objeto y lo que intentaba representar siguiendo la idea de la telenovela…
Exterior negro con parte superior de bordes del mismo material y color pero con un vidrio transparente que simula ser una ventana y sobre el cual se encuentra pintada una cortina blanca de encaje que recorre el ancho superior del vidrio, amarrada a cada costado con una cinta roja revelando el ´interior´: unas rosas rojas pintadas, dos cisnes blancos de cerámica, ambos con picos amarillos pero el ala de uno es blanca con manchas doradas y la del otro con centro dorado; debajo de ellos se ve dibujado delicadamente un collar de perlas. Sobre el vidrio, el extremo superior izquierdo se encuentra escrito en rojo ´For You´, ´Para ti´ en inglés, y en la parte inferior derecha: ´Thoughts of you come into mind so many times each day. And every thought that comes along brings happiness my way.´ (´Tantos pensamientos sobre ti vienen a mi mente cada día, y cada pensamiento que llega trae felicidad a mi vida.´) Al abrirla levantando la tapa, en la parte interna de la misma se encuentra un espejo que ocupa toda su dimensión y en la base se encuentran varias divisiones claramente diseñadas para el guardado de bijouterie en terciopelo colorado. Los primeros años recuerdo que al abrirla sonaba una música, hoy ya no, pero aún la conservo intacta y guardo en ella cadenitas y anillos que supe usar en un tiempo lejano de mi vida.
Los shorts naranja
Era el verano de 1993 y se acercaba mi cumpleaños. Mis abuelos maternos me habían preguntado qué quería de regalo y debo de haberles dicho ¨ropa¨. porque recibí de ellos un par de shorts de jean desflecado color naranja. Me encantaba y lo usaba todo el tiempo. Años después, haciendo limpieza de ropa que ya no me entraba, me encontré con esos shorts y añoré a mi abuelo. Mi mamá me encontró mirándolos fijamente mientras los sostenía en alto frente a mí. Con congoja en la voz enunció ¨el último regalo que te hizo el abuelo¨. Nos quedamos mirándolos fijamente un momento y luego me dijo ¨tal vez sea momento de donarlos, ya no te entran, no vas a poder volver a usarlos.¨ Con tristeza, pero sabiendo que tenía razón los doblé y los coloqué dentro de la bolsa. Luego continué seleccionando más prendas. Cuando terminé, cerré la bolsa, la acomodé a un costado en mi habitación y le avisé a mi mamá que ya estaba todo listo. Ella dijo que más tarde iría a dejar la bolsa en la iglesia. Pasaron algunas horas y y, sin que mi mamá se diera cuenta, abrí la bolsa, revolví las prendas hasta encontrarlos, los saqué, los abracé y los escondí en uno de mis cajones. No estoy segura, pero creo que hasta hace unos años seguían allí.
Vale Ri (CABA)
4. ESA VALIJA
Ella estaba ahí arriba, en ese lugar al que mis pequeñas piernas no me permitían llegar. Representaba el tesoro de la familia. Como de pasadita, al pasar cerca, mis ojos reparaban en ella. Sabía, de manera inequívoca, que debía esperar el momento. Se compartía en ocasiones especiales donde la familia se disponía a observar los bienes que tenía en su interior, permitiendo alguna anécdota que reviviera a los personajes que se proyectaban en cada imagen. Era como un capital que debía ser resguardado. Atesoraba los acontecimientos que daban identidad a mi familia.
Toda una historia familiar cabía en esa pequeña y vieja valija. Daba cuenta de que en un tiempo había sido de cuero duro, ahora, estaba ajada y descolorida. Un rectángulo que cerraba con dos pestillos. Su lugar era arriba del ropero. Cuando una mano le permitía la libertad, al levantar la tapa, una infinidad de retratos -muchos de ellos antiguos, de tamaño pequeños, donde las personas en blanco y negro casi siempre se veían chiquitas y a lo lejos- se daban cita. Esos momentos eran de frenesí, tenía la sensación que descubriría un nuevo tesoro. Toda mi atención estaba en cada imagen que aparecía del fondo de esa maleta. Mis oídos alertas se disponían a retener los nombres que se iban pronunciando y el comentario al que se hacía referencia.
Pasábamos largas horas buscando esas perlas que yo entendía eran parte de vidas pasadas que me pertenecían. Ellas daban cuenta de casamientos, bautismos, comuniones, cumpleaños e incluso muertes. Las de tamaño pequeño eran las más antiguas, aparecían bisabuelos, abuelos, tíos, tías. Los apellidos de las mujeres del árbol genealógico siempre me resultaron más difícil de recordar, (claro, no eran los que de manera habitual se escuchaban nombrar). Las fotografías que habían sido tomadas por algún fotógrafo tenían un orden determinado en la posición de cada integrante de la familia –las madres sentadas, el esposo parado al costado o atrás, los niños mayores parados y los menores sentados a los pies de la madre. Los recuerdos llegaban a través de las anécdotas. Mis padres siendo niños o adolescentes. En una fotografía se observaba a cuatro niñas –una de ellas mi madre- en el lomo de un caballo apretando en sus manitas un pequeño portafolio camino a su escuela. En otra estaba mi padre con sus dos hermanos varones vestidos con bombachas de campo y alpargatas, sus cabellos rubios y ojos claros, haciendo alarde de la guapeza que los distinguía (durante el relato de esos momentos supe que mi padre tenía el dedo afuera de la alpargata en esa foto). Una espléndida yegua alazana posaba junto a su dueño después de una carrera, se veía a mi padre feliz mostrando una amplia sonrisa, sobre sus hombros un poncho marrón compañero entrañable a lo largo de su existencia y su infaltable gorra visera.
¡Cada una de ella cargaba tanta información! Épocas donde la moda exigía vestidos debajo de la rodilla, luego arriba de la rodilla y otras donde las más osadas lucían minifaldas. Los trajes amplios de anchas solapas, o justos al cuerpo prendidos por un solo botón. Las muestras de dolor por algún familiar perdido eran visibles en el vestuario de las mujeres vestidas totalmente de negro, luego incorporando el violeta. Los varones usaban un lazo negro en el brazo izquierdo. Mi mirada prestaba atención incluso a las sonrisas a veces francas u otras forzadas. Siempre me gustó repasarlas una y otra vez. Escuchar las historias que me acercaban a esos seres que inmóviles en el retrato daba cuenta de mis raíces. Las observaba detenidamente buscando algún rastro que me indicara un parecido físico: los ojos, el color del cabello, el rizado, las manos, la mirada.
El ropero ya no está para cobijarla. Tal vez alguna fotografía se haya perdido en un recodo del camino de la vida. Aún hoy, me siguen cautivando cada vez que las tengo en mis manos. La vieja valija sigue resistiendo -arrumbada en un rincón- las inclemencias de la existencia. La vida sigue su derrotero y no sé cuánto tiempo más podrá aguantar ese cuero ajado siendo el guardián de esas imágenes que dan cuenta de mis antepasados.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
3. LA CAJA DEL ABUELO
Yo no conocí al abuelo Gleim, pero él tuvo mucho peso en la familia y en la historia de todos nosotros. Nació en Rusia, en la provincia de Samara, junto al río Volga. Huérfano de padre, se fue a Alemania con su madre y dos hermanas, como ahí no los acogieron como alemanes, partieron rumbo a Brasil, la fiebre amarilla hizo que llegaran a Argentina donde se afincaron. No sé cuáles fueron sus estudios, pero su oficio era de mecánico. En el campo arreglaba trilladoras, y relojes en su casa. Gran lector, y músico: tocaba el violín. Tenía una gran colección de relojes y el hobby de la fotografía.
Enfermó y todo recayó en mi abuela, que tuvo que salir a trabajar en lo que fuera: ordeñar vacas ajenas a la madrugada, limpiar casas… todo lo que fuera para alimentar a sus nueve hijos (dos ya habían fallecido) y a un marido asmático.
El abuelo falleció mucho antes de mi nacimiento, pero mamá, mis tíos y primos contaban sus historias y anécdotas. No hay duda de que era un hombre de mucha presencia.
Formó una familia pobre, pero trabajadora. Sus hijos, aquellos que no se quedaron en el campo, marcharon a Buenos Aires a trabajar en fábricas (los varones) y las mujeres como empleadas domésticas. Mamá a los diecisiete años siguió ese camino.
Cuándo murió la abuela acompañe a mamá a Entre Ríos. Ella trajo de este viaje una caja de cartón, de placas fotográficas Lumiére, llena de cartas y poesías del abuelo. Algo que no interesó a sus hermanos.
A la muerte de mamá, yo me la quedé. Hay cartas en español, graciosas, tristes e históricas. Pedidos de herencia no dada. Otra donde uno de sus sobrinos, con el que tenía mucha afinidad- durante la primera guerra mundial- le decía: “Viva la Alemania en guerra” (cosa qué me llamaba la atención, ya que los había expulsado). Muchas en alemán, algunas me las tradujo mi sobrina, y otras en una caligrafía antigua, con una tipografía incomprensible, todo un misterio para mí.
Guardo esta caja por mi historia, por el abuelo que no conocí y por mi mamá qué lo amaba.
Cristina (CABA)
2. EL RELOJ DE PAPÁ
Siento una nostalgia extraña por el reloj de papá. No soy de añorar cosas. Puedo extrañar momentos, personas, pero nunca objetos. No obstante, aquí estoy, desde hace dos o tres semanas, queriendo sostener en mi mano el reloj de papá.
Sabemos que papá fue un hombre de varios amores. Pero relojes solo le conocimos uno. Podría reconocerlo entre miles, pero aún así no logro recordar la marca. Tal vez porque siempre bastó con decir, simplemente, “el reloj de papá”. Nadie hubiera necesitado nunca preguntar “¿cuál?”.
El reloj de papá era metálico en su totalidad. Grande y pesado. Indestructible. De acero. Propio de un gigante. De alguien con brazos fuertes y muñecas firmes. Solo el Rey Arturo había podido sacar su espada, Excalibur, de la piedra. Solo papá podía usar semejante reloj. No se lo sacaba ni para dormir. Ni para bañarse. Ni para meterse al mar. Tantos ni equivalían a un nunca.
Tenía un costo ser el portador de semejante prodigio. La malla metálica y sus pequeños eslabones, diminutas guillotinas que a traición decapitaban los pelitos del brazo. Torpes, cuando el corte limpio fallaba, los arrancaban, atrapados de raíz y en montón. “Me cago en este reloj”, sentenciaba el portador. Pero de sacárselo, nada. Muchas lecturas después aprendí que todos los portadores de maravillas pagan un precio.
No sabemos cómo lo obtuvo, si fue un regalo, una compra, una herencia, o la recompensa de algún mérito. Sabemos sí que era irrompible y sumergible, inoxidable. Luminoso en sus agujitas fluorescentes. Y sobre todo, inmortal. No se detenía nunca. Se alimentaba del movimiento, decía papá. Y el alimento le duraba, porque cuando en las siestas papá roncaba con la boca abierta en el sillón , el reloj, quietito, seguía dando la hora justa.
El tiempo pasó, la vida nos fue enredando y nos distanciamos. El reloj inmortal finalmente se detuvo, como vos. Ahora es memoria tuya en otras manos, no en las mías. Aprendí que todo es eterno mientras dure, como vos, en mi recuerdo.
MAD (CABA)
1. COSAS VALIOSAS
Cuando yo era chica mi mamá guardaba documentación importante en una caja de madera heredada de mi abuela, que hace años y ni sé por qué vino a parar a mi casa.
Esa pequeña historia ya la hace importante.
Aunque en el rincón que hoy habita cobró mayor vida y valor.
Dentro de ella las cartas que mi mama me escribió, desde la primera que comienza diciendo: “Hoy cumplís seis añitos, porque hoy es 30 de abril…”, hasta aquellas que me llenaban de regaños, confianza, consejos, consuelos, palabras justas en el momento justo…
Dentro de ella el pañuelo con puntilla que ni entiendo para qué me acompañó a tomar la Primera Comunión, mi primer corpiño fondo blanco con flores pequeñas celestes y naranjas asomando a verme mujercita que elegí en el negocio vecino, la corbata de egresada firmada por mis compañeros, tarjetas recibidas en mis cumples, a los doce, catorce, dieciocho…tarjetas con emotivas palabras de las amigas que más amo.
Todo está allí…las manos de mis tías en un paragüitas que fue souvenir de mis quince, las manos de mi abuela y tardes de admirar sus dedos hábiles en una bufanda, el orgullo de mi madre en una rosa seca que me regaló cuando me recibí de maestra, la adolescencia de mi prima en un poncho de arpillera, mi prima hermana convertida en ángel hoy, en distintos sobres con el nombre de mis pollos (pollos?)chupetes pegoteados, dientes de leche, rulitos de cabello, primeros dibujitos.
Muchas veces consideré tirar todo lo que ocupa un lugar innecesario.
La corbata no me devolverá mis pasos vivos y felices de egresada, el paragüitas no me llevará a bailar en la pista, los chupetes no recuperaran a los niños convertidos en adultos que veo hoy.
Lo material jamás valdrá lo mismo que la palabra, la presencia, el abrazo…y lo aseguro porque lo he vivido, porque cada ser que se fue es el hueco irreemplazable que jamás se sentirá en un objeto guardado.
Sin embargo, vuelvo a guardarlo todo, es ese querer retener la vida en recuerdos, en tesoros.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
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