19. CONTACTO ESTRECHO, SENSUAL Y AMOROSO
La relación con la lectura ha tenido en mi existencia una relevancia notoria.
Agradezco ese contacto que me viene acompañado y favoreciendo desde la infancia otorgándome valiosos recursos.
En mi adolescencia, casi carente de las típicas salidas con pares, los libros han sido mis fieles y mágicos amigos.
También lo han sido durante mi juventud, época en que me subyugaban las novelas de amor y sexo. Agradada fan de Agatha Christie me he procurado, siempre que pude, la compañía de sus enigmáticos policiales. Las truculentas historias de Stephen King y Alan Poe son de mis predilectas.
Adoro los best sellers. Guy de Car, Harold Robbins, Jackie Collins y Danielle Steel entre otros están en mi lista de preferidos.
Disfruté de infinidad novelas de autores americanos y europeos. Los escritores argentinos y latinoamericanos en general me habían quedado un poco rezagados. Estos comenzaron a interesarme ya cumplidos mis cuarenta años.
De todas maneras, he pasado por diversas preferencias de acuerdo a las épocas y mi emocionalidad en ellas.
Siempre llevo alguna publicación pendiente de lectura en la cartera. Cuando salgo de viaje deslizo un par de libros en mi equipaje y amo salir a conocer las librerías de las ciudades y países que visito, es un hábito gozoso para mí.
He comprado, regalado, prestado y hasta he hurtado algún preciado ejemplar. También se han quedado con algunos de los míos. Por eso, desde hace tiempo llevo un registro de los que comparto y me comparten.
Lo curioso es que me ha tocado facilitar dinero y no animarme a reclamar su reintegro, pero cuando se trata de un libro cuya devolución viene demorando no dudo en recordarle a quien sea que lo estoy esperando.
Siento un gran respeto por los libros, me resulta inadmisible que se los dañe con aberrantes marcaciones y crueles trazos, que se los maltrate ajando, quebrando, manchando o cortando sus hojas. Por lo tanto, si bien facilito alguno a alguien de vez en cuando y a disgusto, advierto abiertamente la condición de que me sean devueltos impecables.
En el que fue el dormitorio de mi hijo hasta que se casó hemos organizado, en casa, una interesante biblioteca. Muchos de esos volúmenes aún conservan el envoltorio transparente que los protege pues los he comprado pensando en que serían una hermosa compañía para mis años otoñales, no contaba con la aparición de una maculopatía originada por la Diabetes que en ocasiones me hace difícil, incómoda y hasta poco placentera la lectura. De todos modos, soy feliz cuando veo los lomos de mis primores a veces bastante desacomodados sobre sus estantes, porque muchas veces prefiero consultar con ellos en lugar de recurrir a Google.
Es un goce especial para mí recorrer con la yema de mis dedos, las superficies ásperas y otras muy suaves de sus páginas que me agasajan regalándome su aroma al que personalmente asocio con el del tabaco antes de convertirse en cigarro o con el del chocolate ni bien es despojado de su envoltorio.
En mi biblioteca hay tomos del Círculo de Lectores, Colecciones de diversas editoriales, material de lectura sobre decoración, geografía y manualidades. Revistas de orientación para una vida saludable y por supuesto todas aquellas que portan textos escritos de mi hijo quien habiendo comenzado a leer solo antes de los tres años hizo de la lectura y la escritura una pasión
Este es uno de los motivos de orgullo, porque reconozco ni influencia en su elección. Es que los paseos visitando los puestos de libros de los parques y de la Avenida Corrientes han estado entre nuestros preferidos como familia. También la concurrencia a la Feria del Libro Infantil y Juvenil contaba año a año con nuestra concurrencia. Allí conocimos en persona a María Elena Walsh, a Elsa Borneman, a Luis Pescetti y por primera vez a Fito Paez. En un área de su salón auspiciada por la Revista Maga, debajo de un cartel cuya atractiva propuesta "Vení a ser Periodista por un día", mi primogénito escribió su primer texto periodístico a los diez años. Mi hija también fluía extasiada en aquellos paseos tras los libros de cuentos, las revistas de "Buscando a Wally", "Buscando a Michi". Ambos niños disfrutaban mucho de las revistas rusas "Misha" que además de ser coloridas y grandes eran muy amigables con nuestra economía familiar. Era maravilloso ver sus ojitos encendidos de entusiasmo y su impaciencia cuando daban cuenta del botín repleto de material de lectura que traían en sendas bolsas, en su mayoría obsequio de las editoriales
A la salida de la exposición acostumbrábamos ir a comer algo y mientras llegaban la pizza o las milanesas con papas fritas, sacaban algunos de aquellas joyas a hurtadillas, a sabiendas de que para mí era importante que no las ensuciaran.
Bueno...volviendo a estos días diré que mis chicos me han regalado un utilitario Ebook el cual he agradecido infinitamente, pero con el que no he logrado establecer un vínculo de amor, pues mi felicidad pasa por el contacto estrecho, sensual y amoroso que disfruto en directo con los libros.
Melinna Trigo (CABA)
18. TRANSMITIR LA LITERATURA
Nací y viví hasta los veintidós años en un pueblo donde no existía una librería ni biblioteca pública. Así mismo siempre me las ingenié para leer. En la primaria, la verdad, la literatura fue pobre. Ya en el secundario la cosa fue mejorando.
Cuando me fui a vivir a Neuquén y comencé mi carrera docente, fortalecí aún más mi gusto por lo literario y siempre traté de llevarlo al aula y a mis hijos. Aquí conocí la primera librería grande, verdadera. Mis ojos se maravillaron ante tanta cantidad de libros de todos los géneros posibles. Lo que se me ocurriera allí había. Si bien la situación económica no me permitía obtener todos los libros que hubiera querido, siempre me permití un lugarcito en mi billetera y corazón para regalarme alguna novelita. Muchas colecciones literarias y enciclopédicas muy buenas, de calidad, tuve la suerte de adquirirlas a través de promociones para docentes que se acercaban a la escuela. Quería transmitirles a mis hijos ese amor, como el mío, por la lectura. Con las niñas tuve suerte, muy lectoras, con el varón no. Era un drama cada vez que tenía que leer un libro, igual al padre. Cuando mi hija mayor egresó de séptimo, como siempre llegábamos con lo justo a fin de mes y ella lo tenía claro, pidió si podíamos regalarle el libro “Los chicos enamorados”, obvio se lo compramos y dedicamos, ella feliz. La más chica, recuerdo que pidió un celular. Qué diferencia la vida de una generación a otra, ¿no? Qué lindo cuando solo los libros habitaban en la escolaridad. Hoy con un botón solucionan todo. Aunque es una gran lectora también, le encanta comprarse o recibir libros de regalo.
Tuve la suerte en mi carrera de perfeccionarme y dar siempre el área de lengua. De trasmitir ese amor por la literatura, más allá del placer de leer, todo aquello que la misma nos enseña, pedagógica y emocionalmente. Cuando tuve tercer ciclo logré trabajos y acciones de los chicos maravillosas. Nunca me voy a olvidar cuando una alumna de séptimo estaba leyendo una parte de “Mi planta de naranja lima” donde Zezé era brutalmente golpeado, se le cortó la voz y se quebró. Yo no podía de la emoción y la mayoría de los compañeros la miraban con ojos húmedos por las lágrimas. Obviamente hubo algo que la movilizó. Eso logra la literatura. Otra vez, con ese mismo grupo, leímos “El fantasma de Canterville”. Luego lo representaron en una maratón de lectura, muy divertido fue. Y así con muchísimos grados hice cosas hermosas. El amor por la lectura y la literatura se trasmite, tengo vasta experiencia en eso.
Hoy, más grande y retirada de la docencia, con tiempo para leer cuando se me da la gana, (especialmente en pandemia), me hice un dulce de todas las novelas históricas románticas y dramáticas que se me cruzaron. Por supuesto que también incluí otros géneros. Libros que mis hijos leyeron en el secundario y que yo no había leído, estancados en la biblioteca, cayeron en mis manos y los devoré. Soy activa en un grupo de Facebook donde están muchas de las autoras que leo, donde se recomiendan libros, películas, etcétera. Disfruto muchísimo de todo este mundo lector.
Mari (Neuquén, Neuquén)17. LAS LETRAS Y LA REALIDAD
De pequeña me encantaba leer, era mi manera de escapar de la soledad y de crearme mundos paralelos.
Cuando mi vida cambió bruscamente para comenzar a jugar a ser adulta, la lectura pasó a ser solo un recuerdo.
Durante muchos años no le dediqué ni un segundo de mi tiempo a las letras y al papel, estaba tan ocupada que no se me ocurría siquiera pensar en leer.
Hace pocos años, con más tiempo a mi favor, retomé aquel hábito, ya sin romanticismos ni exigencias. Si algo no me gusta, simplemente lo abandono. Me adapté a nuevos autores y formatos con lecturas cortas, claras, realistas, simples. Ya no tengo paciencia para todo aquello que me resulte rebuscado.
Curioso me resultan las personas que leen en la playa o la montaña durante el período de vacaciones, perdiendo el disfrute que el lugar, ajeno a sus rutinas, les ofrece. Son gustos, claro está.
Me gusta la lectura, ya no me apasiona, prefiero sentir el sol en la piel, la sal en los labios, la arena entre los dedos, realizar algunos deportes y juegos, el revolcón del mar, hacer milanesa en las dunas. Prefiero hoy, sentirme viva sin imaginar ningún mundo alternativo.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
16. ESPERAR LEYENDO
Compraste montones de libros y no leíste ninguno. Te faltó paciencia para sentarte largo rato y concentrar tu mente que siempre estaba a mil. Sin embargo, el diario cada mañana era un ritual leerlo, antes de ir a tu trabajo.
Posiblemente pensaste que a mí, sí, me gustaba leer y llenaste de a poco el modular de todo tipo de bibliografía, novelas, colección de diccionarios, atlas, cuentos infantiles, hasta un diccionario de medicina, gracias a la posibilidad que otorgaba el Círculo de Lectores de acceder por medio de catálogos y elegir todo tipo de lectura.
Desde el principio de nuestra relación juntos y mientras por las noches te esperaba a que volvieses del trabajo, aprovechaba ese tiempo para leer. La casa en silencio, afuera hacía frío, sentada junto a la estufa disfrutaba de ese instante donde solo yo, la trama y los protagonistas hacían de ese momento, mi mundo.
Después, hubo un tiempo donde los niños, la casa y las ocupaciones limitaron mi tiempo para poder hacerlo, al menos de la manera que a mí me gustaba. Años después, ya más liberada, retomé el hábito y no lo volví a abandonar.
Aprovechaba todos los momentos posibles, mientras vos mirabas fútbol, yo leía y te asombrabas de verme concentrada tanto tiempo.
No me gustaba leer en micros, colectivos y mucho menos en un avión, me es imposible concentrarme en movimiento.
Mis lugares favoritos son la playa, el balcón de mi casa en verano, en invierno cuando los días están grises y lluviosos, me acurruco en el sillón sintiendo el calorcito del ambiente y me pierdo en alguna lectura como si a mi alrededor no existiese nada más.
En cuarentena leí bastante, prefería hacerlo, los comentarios de la gente y las noticias sobre los casos de Covid, los muertos y todo referente a la pandemia me preocupaba, más que por mí, por mis hijos y mis nietos, prefería preservarme ocupando mi mente con otras cosas más satisfactorias.
Desiré fue un libro que leí hace muchísimos años y me gustaría volver a hacerlo, pero lo presté y no supe más de él. Me gusta como relata la escritora Florencía Bonelli, Cristina Loza, García Márquez. Leí Cien años de soledad, pero tendría que volver a repasarlo, tantos personajes se me mezclaron y no lo recuerdo bien. También Isabel Allende y me encanta Gabriel Rolón, de él leí varios, actualmente estoy leyendo Encuentros. Sin olvidarme de La Mantis, que me tiene atrapada, de la escritora Yima Santa Cruz.
Cuando me mudé a mi actual casa, en pandemia, aproveché a encuadernar varios libros, que los años, los chicos y los perros de turno, me fueron estropeando, seguramente no volveré a leerlos, pero no me gusta deshacerme de ellos.
Siempre soñé pasar los últimos años de mi vida en algún lugar donde desde la ventana pudiese ver el mar, sentada en la mecedora con un buen libro y mucha paz.
Li (CABA)
15. COMO LAS OLAS LITERARIAS
Como las olas literarias refrescan mis horas casi espontáneamente, contaré dos de los momentos en que cambiaron mi vida aunque haya sido una fracción, un instante. Ese instante en que despertamos así, sin más, en que los velos se descubren respirando tan hondo como en una caída natural hacia una vertiente verde y serena.
Cuando Italo Calvino se atesoró en mis manos me di cuenta. Su Vizconde Demediado me invitó a entrar partida en dos como él y fue susurrándome la historia. Iba en su caballo, tomaba de su copa, me protegí con su armadura, llevaba un estandarte. Fui oscura y clara, traidora y fiel, cobarde y audaz, valiente y amarga, tierna y voraz. Fui su compañera desdoblada como existía fuera del libro. Entonces fuimos cuatro dentro de una historia.
Y me enseñó a comprender cada mitad. Aprendí a ser yo misma con mis dos mitades, a enfrentar aguerrida mis fantasmas bondadosos y no tanto porque supe que, al final, necesitaba de las dos. ¿A qué lobo alimentaba más y soltaba desde mi alma? Ese era el secreto.
Nunca me despido de ese Caballero, lo visito de vez en cuando porque me llama para mirar juntos desde una fortaleza medieval el cañón que alguna vez nos partió al medio en la batalla. No sea cosa de que solo esté dormido.
Y hubo tiempos de entrañable poesía. Sigue habiendo texturas amorosas en versos que me conmueven como si fuera la primera vez o de otras voces jóvenes.
Mi querida Ofelia, mi querida.
Seguimos hablando de poesía. Ella con sus ochenta y tantos y yo con los veinte menos. Esa diferencia cronológica que a ciertas personas, como a nosotras dos, no nos distrae. Ella, yo, café y versos bailando en el aire.
Sigo escuchándola con admiración como cuando era adolescente y la miraba desde el banco del aula hablando de literatura con pasión, llenándose la boca de palabras profundamente poéticas, maravillosas en toda la extensión, que nos deleitaban a todas, en especial a mí marcando un rumbo inexorable.
Mi querida Ofelia, mi profesora de Literatura, más tarde mi compañera guía en la docencia enseñando a un montón de bajitos a leer y escribir. Mi amiga de hoy. Culpable del amor por Orozco y sus Relámpagos de lo Invisible, de Les jeux son faits inequívocos y muy míos a pesar de no haberlos parido, culpable de mi insistencia Para hacer un Talismán y la arena sin pisadas en todas las memorias…
¿Qué quedará de mí? No me importa. Lo que sí sé es que cada vez que alguien abra un libro mío lo apretará fuerte contra el pecho y se lo llevará a su casa.
Gabriela Potenza (CABA)
14. LECTURAMA
He sido desde siempre una gran lectora. Folleto, revista, libro: cualquier presentación es válida para que me tome unos momentos para conocer cuál es el mensaje. Depende la cantidad de páginas (Auster todavía me aguarda con su “4, 3, 2, 1” que le robé a Sebastián), leo una cantidad considerable de páginas. Alguna vez organicé con mi amiga Silvia lecturas que tenían que ver con alguna película como gancho. Determinada cantidad de páginas que -obvio por su TOC de ansiedad- ella superó holgadamente día a día. Yo quería armar una suerte de comentario para la lectura prevista, sin suerte. Fue entonces que lo abandoné. Ella ni se dio por enterada.
Amo mucho mucho el espacio del Club de Lectura LecturAma que creó Agostina y en el que participamosCarina y yo. Fuimos compañeras virtuales de un curso de lectura sobre la obra de Jorge Luis Borges. Nuestro profesor fue Pablo Gaiano, quien en un primer mail nos hizo propaganda con el resto del alumnado -éramos cerca de doscientos participantes- y en un segundo momento, nos descalificó. En fin…
A pesar de su actitud, tanto Laura y Ana María se sumaron a nuestras charlas desde el primer día. Hemos sufrido embates como todo grupo humano que se precie de tal. Diferencias de criterio notorias condujeron a una merma importante de mujeres seguidoras. No importa. Cada quien tiene todo el derecho del mundo de pensar lo que le parezca. Y está muy bien. Lo cierto es que en aquella oportunidad nos comportamos como un bloque. Interesante.
La actividad del taller nos insume muchísimo tiempo y lo hacemos con tantas ganas y cariño que los resultados se ven en los comentarios que nos hacen nuestras LecturAmigas (Tina amorosa puede dar cuenta de ello). A tal punto, -las dos chicas fundadoras son muy tecnológicas- que nos han acompañado en nuestras reuniones dos autoras latinoamericanas: Lupe Gehrenbeck de Venezuela cuando leímos la obra de teatro “Salsa” y Annabel Miguelena de Panamá cuando leímos sus Microcuentos.
En este próximo noviembre cumpliremos dos años. ¡Viva!
Edith Oxilia (CABA)
13. MIS ELECCIONES
A medida que fui creciendo, el placer por la lectura siguió acompañándome.
Mis elecciones en cuanto a los libros se fueron modificando. Los que solo transmitían conocimientos ya no eran los elegidos por mí como en la infancia y adolescencia, por lo menos, no lo fueron en su mayoría.
Comencé a buscar libros cuyas narraciones estuvieran relacionadas con las emociones y la sensibilidad. No hablo de libros de autoayuda, sino de aquellos que a través de su historia, muestran como sus protagonistas reflejan sentimientos y pensamientos ante situaciones cotidianas, o hechos puntuales, que, más de una vez, nos representan. O que, por lo menos, yo lo sienta así. Prefiero aquellos que además de un contenido emocional, me hagan pensar, como decirlo... en la vida. Sí, en la vida, no se me ocurre mejor manera de expresarlo.
Mi biblioteca no es inmensa ni alberga todos los ejemplares que me gustaría tener (siempre soñé con una que abarcara de pared a pared) pero contiene los libros que aprecio y me reconfortan. En ella se encuentran algunos clásicos, de Borges, de Sábato, de Cortázar, de las hermanas Brönté, algunos de Isabel Allende. Un par de historia argentina, dos de historia del arte. Dos de un autor que descubrí, Sandor Marai, a través de su libro "La mujer justa"; otros de Dan Brown, de Redfield, y de autores no tan conocidos, que fueron elegidos por su contenido.
Nada me pone de tan mal humor, como cuando elijo y compro un libro que no cumple mis expectativas. No pasa porque sea bueno o malo, sino porque no sea lo que busco y espero de él.
Como siempre me ha gustado el misterio, y como no podía ser de otra manera, ya desde mi adolescencia Ágatha Christie se convirtió en mi ídolo indiscutible. Me encantan sus libros, cuento con varios. Son los que en general prefiero leer por las noches, si bien ya han sido por mí releídos mil veces. Además de darme satisfacción, su lectura despeja mi mente, y la traslada a la Inglaterra que sueño conocer.
A pesar de tantos años transcurridos, tengo un amor especial e intacto por un libro que conservo desde la infancia. Es el de Mujercitas, de Louisa M. Alcott. No sé cuál es el verdadero motivo, si los matices de los sentimientos que refleja, si es porque en algún momento quise ser esa Jo que consiguió ser escritora, o si por creer que esa familia unida podía llegar a existir, pero conserva su lugar, no solo en mi biblioteca, sino también (aunque suene vulgar decirlo) en mi corazón.
Claudia Martorelli (CABA)
12. PERÍODOS
Mi tía Amanda es Profesora de Lengua y Literatura. Se casó con Óscar, ese tío que me guió hacia la música clásica y me explicaba todo lo relacionado al cosmos y la biología. En su hogar había una habitación dedicada a los libros, no importaba cuan pobres eran o el tipo de casa que tenían. Fueron mis tíos los intelectuales: ¿Todos esos libros leíste?, le pregunté un día al tío Oscar quien me respondió con un Sí, orgulloso.
Mi pasión por la lectura siguió durante mi juventud. Cuando mis hijos eran chiquitos, la tía Amanda me prestaba los libros, en especial las novelas de Isabel Allende. Entre mis padres, la tía y yo nos íbamos pasando libros de política. Era una especie de ritual familiar: desde la historia de la Triple A, pasando por los Vuelos de la muerte hasta el Nunca más, además de biografías no autorizadas de presidentes y otros gobernantes. Tuve un período místico. A pesar de ser atea, Jesús como hombre, me despertó una gran curiosidad. Leí La Biblia como una historia.
El verdadero placer eran los veranos. Cuando yo no trabajaba, pasaba casi todo el día sola con mis hijos y disfrutaba la siesta y la lectura. Dalila y Abel eran tan buenos y tranquilos, que nunca molestaban en esos dos momentos que tomaba para mí. Yo les leía mucho a ellos, pero esa costumbre fue opacada por el VHS. Su padre les había comprado todas las películas de Disney, y se perdieron en ellas.
Cuando empecé a estudiar en el Conservatorio de Música, perdí un poco el hábito de la lectura. Tuve un largo período comprando libros de psicología. Antes de separarme tenía muchas pesadillas espantosas, y leía sobre los sueños, además de textos de crianza y estados emocionales.
A mis cuarentas me dediqué por completo a los coros y grupos vocales por lo tanto lo único que leía eran notas. Llegué a tener cuatro grupos que consumían las pocas horas que me quedaban, estudiando y ensayando intensamente. En medio, necesitaba leer libros de Autoayuda de todo tipo: con ejercicios, los leía y releía intentando conocerme y trabajando la relación tortuosa con mis padres. Compré libros sobre manipulación y violencia psicológica para poderme entender.
Años después, cuando se declaró la Pandemia, sin coros ni ninguna otra actividad, decidí volver a leer. Mi poder de concentración era casi nulo, pero hice un trabajo arduo. Me propuse tomar algunos párrafos, despacio, atendiendo cada frase, y si era necesario los volvía a leer. Era un entrenamiento. Escribir me ayudó mucho. Durante el confinamiento investigué sobre mis ancestros y llegué hasta el Imperio Romano. Las compras eran online y encargué varios libros sobre ese tema, además mi hijo empezó a regalarme un libro por año sobre bandas y biografías de músicos de rock. Tengo períodos de obsesión con determinados temas. Me gustaría leer muchísimo más.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
Tengo cinco años estoy sentada en unos almohadones cerca de la estufa, me encanta mirar los colores y las chispitas saltarinas que hacen las maderas al quemarse. Mami viene y se sienta a mi lado, trae muchos libros, me dice que son cuentos, que elija el que más me guste que lo leeremos juntas.
Miro los libros y veo una señora con sombrero de flores y me gusta…
Mami dice… bueno, entonces leeremos los cuentos de la tia Emilia…
La tia Emilia es una señora muy rara porque no se asusta de los ratones, al contrario, le encantan, y en su jardín tiene un ratoncito azul.
Me gusta esta tia, se parece a la mía, es simpática y ocurrente… Y me río mucho de sus ideas y de como busca a su ratoncito azul…
También descubro que el arcoiris que vimos con papi el otro dia, se forma cuando los ratones de todos los colores pasan a su isla en los dias de lluvia y sol…
Qué lindo será aprender a leer para saber más historias, igual mi mamá es la mejor leyendo cuentosLas plantas tienen vida y emocionan…
Ayer llovió mucho fue una gran tormenta. Cuando salgo al jardin de atrás de casa veo a la higuera toda rota, solo la une a la raíz una finísima corteza.
Voy corriendo a contarle a mami, que viene apurada y al verla se pone triste, me dice que no cree que pueda salvarse. Nos quedamos las dos mirándola, siento tristeza porque yo aprendí a querer a mi higuera, ella me daba unas brevas muy ricas y me encantaba tenerla en mi jardín.
Pasan los días, siempre que salgo al patio la miro y me parece que va a poder curarse, porque tiene sus hojas verdes, al menos en una rama…
En el cole los chicos de quinto hicimos una biblioteca ambulante y yo elegí un libro porque mi papa me dijo que el autor era muy bueno, se llama Mauro de Vasconcelos, el libro que voy a leer es Corazón de vidrio…
Y comienzo a disfrutarlo y amo la relación que tiene el niño con la mangueira…
No puedo dejar de leerlo, siento que estoy en esa hacienda acompañándolos…
Uh, qué mal, el final es muy triste.
No creo que los niños cuando crezcan se olviden de quien les dio amor…
Hoy al llegar del colegio voy al fondo y mi mama me muestra que nuestra higuera aun con su pequeño hilo de vida nos regalaba sus últimos frutos…
El corazón se me estruja y las lágrimas invaden mi rostro, miro a mi mama y ella también llora.
Palabras escritas donde encontrarte…
Hoy busco entre tus cosas algo que me permita tenerte, algo que me acerque a vos, papito.
Encuentro dos libros que estabas leyendo antes de enfermarte y siento la necesidad de leerlos.
El primero Memorias de un carrero patagonico.
Comienzo a leerlo y me doy cuenta de que así eras vos, curioso ávido de historias, deseoso de conocer paisajes y caminos, pero, más allá de todo, interesado en la gente, en sus ideas, sus sueños, sus proyectos, su mirada. Nada te era ajeno, todo lo humano te conmovía y te emocionaba.
El segundo era Cien años de soledad…
Y con vos me confundo en Macondo, me vuelvo parte de la familia Buendía, y aprendo a entender esa magia de Aureliano que hacía los peces de oro esforzándose en darle hasta el último detalle, aun sabiendo que paraeso iba a tener que fundirlo para poder volver a crerlo nuevamente..
Me hice amiga de Jose Arcadio,
esperé el circo de Melquiades y me asombré con cada nuevo invento que traía al
pueblo.
Ahora ya me quedan pocas páginas para terminarlo y no quiero que ver el fin..
Apenas me quedan cien páginas, hoy vino Oscar, le dije lo que me pasaba y me dio una solucion, pero no creo que pueda utilizarla, no seré capaz de leer solo una página por día, para estirar el fin.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
10. LASSIE
Y YO
El ruido sordo del portazo llegó a mi cuarto.
El silencio que siguió funcionó casi como un bálsamo después del torrente de palabras descarnadas mezcla de blasfemias y amenazas emitidas por mi padre como desahogo ante, vaya yo a saber, qué asunto marital. Seguramente algún comentario poco afortunado de mamá habría desatado la ira de aquel hombre infez que recuerdo hoy cuando pienso en papá. Esa manera impiadosa de descargar la bronca iba, desde manifestarse con típicas palabras ofensivas dedicadas a los clásicos arquetipos de la Iglesia Católica, hasta revolear toda clase de objetos que se presentaran a su paso. Para mi progenitora resultaba mucho más tolerable que se metiera con su familia de origen que con los santos y la virgen, razón por la cual mi padre la emprendía utilizando desmedidos epítetos contra aquellas venerables almas de Dios. Después solía caminar hacia la puerta, salía a la calle amenazando con matarse y la azotaba la puerta ruidosamente.
Mi corazón dejaba de latir como un pájaro desahuciado por un breve instante y la sangre parecía que se negaba a llegar a mi cabeza para luego surgir de repente como una oleada que bombeaba de golpe, estallando en mi pecho como un volcán humano.
Miedo atroz, mucho miedo... ¿Qué haría papá ? Se suicidaría debajo del tren como había anunciado o desaparecería para siempre sin que volviéramos a saber de él.
Ese día, al recomponerme me acerqué a la ventana y vi a mi hermanito jugando en el patio debajo del limonero como si no hubiera registrado nada de lo sucedido. Me alegré por él.
Me acerqué al dormitorio de mis padres y escuché a mami sollozando, la puerta estaba cerrada y preferí no entrar, no quería escuchar sus quejas sobre papi, bastante tenía yo con aquello que percibía por mí misma.
Preparé la leche y busqué el libro del Soldadito de Plomo para leerle al nene porque eran las cinco y media de la tarde y empezaba a refrescar. Igual no quiso que se lo leyera y ni bien tomó la leche se quedó dormido.
Yo terminé de hacer la tarea y fui a ver a mami al cuarto, que también se había dormido. Bajé todas las persianas y me atrapó el sueño leyendo un Billiken viejo que me habían regalado en el colegio.
Cuando desperté vi sobre la cama el envoltorio marrón con inscripciones oblicuas en cursiva y reconocí de inmediato su origen. Era de la librería Begega, la de Cuenca y Melincué. Rompí el papel felizmente sorprendida. Apareció ante mí el libro con la tapa amarilla más brillante del mundo. "Lassie y yo"...
Con él en las manos corrí a la cocina con deseos de agradecer a mi padre.
Pero al entrar en ella una escena maravillosa me tocó el alma. Mis padres estaban preparando juntos la mesa. Mi hermanito jugaba con un nuevo camioncito azul.
Digamos que no me resultó natural pero si tranquilizador.
Recuerdo que en esos momentos me sentí dichosa, no era habitual ese tipo de situaciones en nuestro hogar...
Melinna Trigo (CABA)
9. AMOR POR LA LECTURA
Esta chica no va aprender nunca a leer, mami, no puede unir las sílabas, decía mi hermana que se encargaba de ayudarme en las tareas escolares. A ver, intentemos de nuevo, ¿la eme con la a?, ma, respondía yo, ¿y la unimos a esta má y… dice? Ma. ¡Mamá!, ¡dice mamá bruta! Entre la enseñanza con palabra generadora de esa época y la paciencia de mi hermana no iba a aprender muy rápido. Esta situación fue a principio de año de primer grado, terminándolo, leía de corrido. Y ahí nació mi pasión por la lectura. De los útiles escolares el más esperado era el libro de lectura y la caja de lápices de colores. Siempre me compraban la caja grande y de los buenos. Recuerdo mi primer libro de lectura “El plato volador”, traía además un cuadernillo para escribir y pintar. Nunca lo voy a olvidar. A finales de ese año en qué terminé primerito, mi cuñado me regaló cuatro cuadritos con las estaciones del año, cuatro nenas vestidas para cada ocasión, hermosas. Traían cada uno, un librito explicando las características de la respectiva estación. Los aprendí de memoria, los gasté. Amé ese regalo. Los cuadritos estuvieron varios años en la habitación de mi hija mayor y hoy los marquitos llevan una foto de cada uno de mis hijos.
Los cuentos clásicos que una vez me trajo mi madrina junto con una muñeca de mi tamaño, también estarán siempre entre mis regalos favoritos.
Leía lo que encontraba, a veces no acorde a mi edad, pero leía. Mi mamá compraba semanalmente la revista Radiolandia 2000 y la Nocturno, que traía una novela. A los ocho o nueve años ya me las devoraba. Sabía la vida de todos los artistas. Muchas veces jugaba a ser algunas de ellas.
Mi hermano se compraba las historietas de Patoruzito y Patoruzú, también las consumía. Y lo más lindo era que me compraban el Billiken y Anteojito, que aparte, traían a veces un regalito.
Una vez, acomodando un placar viejo, encontré unos libros de Colecciones y otros de Corín Tellado, todavía sos muy chica para leer eso, me inidcó mi mamá. Estaba entrando a primer año. ¡Para qué me lo dijo ! moría por leerlos. Los escondió en un lugar bastante accesible, así que cada siesta de esas vacaciones me robaba de a uno, sino lo terminaba, lo escondía debajo del colchón y a la noche continuaba cuando todos se acostaban. Ya a esa altura era una romántica cualquiera, con todas las novelas que tenía en mi haber.
El primer libro que me llevé de la biblioteca del secundario para leer fue “El pájaro canta hasta morir”. Es muy largo, me dijo la profe. No importa, lo quiero leer. Después fui sumando algunas historias de drama, suspenso. Otro libro que amé fue “Mi planta de naranja lima”.
Todos mis compañeros odiaban a la profe de lengua por las lecturas “aburridas” que nos daba. Yo hasta el Martín Fierro disfruté leer. La lectura me permitió ser muy creativa a la hora de escribir. Escribía mis textos, las famosas “redacciones” que nos pedían en esa época y también la de algunos compañeros que odiaban escribir, tanto como yo las matemáticas. No podía entender que no les gustara leer y les costara redactar.
Mari (Neuquén, Neuquén)
8. HASTA LAS LÁGRIMAS
De niña no leía mucho. Recuerdo que escribía poesías, realmente no sé, de dónde salía mi inspiración, al menos no del ambiente familiar donde vivía.
En él, no entraba el romanticismo, ni las fantasías. Sin embargo, me permití soñar en silencio e imaginar todo aquello que anhelaba, aún estando lejos de mi realidad.
Dentro de mi mente no entraban los mandatos y en ella solo yo podía soñar, fantasear y conmoverme, como aquella vez que en tercero o cuarto grado una lectura logró emocionarme hasta las lágrimas, hoy todavía la recuerdo y me retrotrae a ese momento.
La lectura hablaba de una niña que tenía a su madre muy enferma, la niña escuchó a su papá hablando con él médico, que le comunicaba que moriría cuando cayeran las hojas de los árboles. La niña al escuchar al médico, desesperada corrió a buscar un gran ovillo, trepó al árbol y ató una a una las hojas, para de ese modo evitar la muerte de su mamá. Yo sabía que era una lectura, que no era real, pero no podía evitar emocionarme hasta las lágrimas, me entristecía mucho la historia y aún así no paraba de leerla una y otra vez. Un poco más grande, comencé a leer novelas de Corin Tellado, sus historias me hacían sentir la protagonista. La lectura enseña y transporta a momentos y lugares inimaginables.
Li (CABA)
7. EL PLACER DE LEER
Era muy pequeña cuando comencé a interesarme por la lecto escritura. Me asombraba que unas rayas en un papel pudieran decir algo. Pedía que me leyeran los carteles en la calle. Ya en el jardín, apabullaba a preguntas a mis maestras. Cuando cursaba el preescolar, mi amiga Sandra ya estaba en primer grado. Jugábamos juntas a la maestra y ella me iba enseñando lo que aprendía en la escuela. Así aprendí a leer y escribir.
No recuerdo cuándo comenzó mi placer por leer porque creo haberlo hecho desde que tengo uso de razón.
De chica leía historietas. Me devoraba las Patoruzú, Patorucito y las de Isidoro Cañones. Más grandecita me hice adicta a Mafalda.
Tenía muchísimos libros de la colección Billiken y los amarillos de la colección Robin Hood. Entre los títulos que más recuerdo están Papaíto Piernas Largas, Mujercitas, Rosa en Flor, El príncipe y el mendigo, Las mujercitas se casan y tantos otros…
Ya adolescente fui fan de los aforismos de José Narosky y de las novelitas de Corin Tellado. Mi imaginación se disparaba fantásticamente creando en mi cabeza personajes y paisajes, leyendo de un tirón sin poder parar hasta terminarlas.
Quien despertó en mí a mi escritora oculta fue Poldy Bird. Amé todos sus libros. Pero él que más me enamoró fue Cartas para mi hija adolescente. Sentía que era mi mamá quien me hablaba. Me gustó tanto que volví a comprarlo para regalárselo a mi hija, libro que, para mi frustración, nunca jamás leyó.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
6. HAMACAS DE LETRAS
No recuerdo estantes vacíos de libros en casa. Había libros sobre la mesa, en los cajones de un armario.
Nos dormíamos con cuentos, nos regalaban cuentos, descubríamos cuentos, inventábamos cuentos… y yo escribía cuentos.
Mamá cantaba canciones de cuna que ella misma creaba. Una poesía maternal florecida de su boca como aquella que le canté, con mi vieja compañera la tristeza, esa gris mañana donde mis brazos estáticos, como inexistentes, no se movieron para abrazarla por última vez. No me animé, pero canté suavecito a ese cuerpo inerte que quedó detrás de la puerta de la habitación. A veces me lleno de culpa por eso, otras veces creo que fue lo mejor que hice porque robé para siempre su tibieza y los vaivenes de su voz apalabrada.
Papá nos hacía ver imágenes de la naturaleza en colecciones preciosas de libros que encargaba a Círculo de Lectores o del Ateneo.
Guardo los cuentitos que le regalaba el laboratorio …. Y que coleccionamos por mucho tiempo. En un espacio de papel diminuto los párrafos construían mi mente poblándola de fantasía hecha de dragones, castillos, lobos, princesas y monstruos. Podía con todos.
Corín Tellado me despabiló los primeros sentidos a mis trece; llegué a tener 172. Después de almorzar subía a la parte alta de la casa me sentaba en el descanso que tenía una puerta con vidrio por la que veía el sol o la lluvia cuando venían, haciendo que las primeras horas de la tarde fueran este bienestar que sigue vivo en mí aún hoy. Si cierro los ojos me veo ahí todavía con el uniforme del colegio en placentera sintonía de amor y lo que no entendía bien todavía.
Leer y escribir era lo mismo si había algo por sentir, por buscar, por expresar. Los silencios escritos también existían y una estela invisible viajaba por los lugares de mi casa envolviendo todo de decires.
Abrir un libro y olerlo, intentar repararlo si se deslomaba, dejar señaladores por ahí, elegir con cuidado un lápiz experto en la fluidez de la grafía y hacerlo bailar en hojas con renglones, dibujar desde un monigote hasta un jardín perfecto acompañando una historia, escribir versos en las servilletitas de papel eran hamacas de letras que me elevaban hasta el cielo.
Gabriela Potenza (CABA)
5. AMOR POR LA LECTURA
Ayer, sábado 15 de octubre de 2022 a las seis de la tarde, comenzaba “La noche de las librerías”. Este evento que se llevaría a cabo en la calle Corrientes desde avenida Callao hasta Cerrito involucraba a todos los libreros de la zona, a los escritores y, por supuesto, a los lectores. Mis imágenes mentales ubicarían a mis dos hijas, grandes lectoras, abalanzándose sobre los libros como ya lo han hecho varias veces en la famosa feria.
Mi hijo se ha dedicado de lleno a la música, y aunque eso no lo hace menos lector, como docente busca información permanentemente y lee partituras musicales.
Durante muchos años yo también ocupé gran parte de mi tiempo en leer temas médicos o relacionados a mi profesión debido al trabajo.
Consciente de que el gusto por la lectura no aparece espontáneamente, sino que hay que estimularlo, tengo en mi haber horas y horas de cuentos leídos.
La particularidad, o por lo menos lo que recuerdan mis hijas, era el estilo de mis relatos.
Cuentos tradicionales que yo había soportado estoicamente en mi niñez, Caperucita Roja, La Cenicienta, Pinocho, por nombrar algunos de los archiconocidos, eran modificados y teatralizados para llamar la atención de mis pequeñas niñas por esas historias.
En el momento en que Cenicienta sale corriendo del palacio al escuchar las campanadas de la medianoche y pierde su zapato, no era por el fin del hechizo, en realidad se estaba haciendo caca y aprovechó la movida para hacerlo en el medio del campo porque no llegaba al inodoro de su casa. Ellas recordarían esa parte del cuento cada vez que llegaban apuradas al baño.
Caperucita Roja estaba perdidamente enamorada del leñador, pero como su madre no la dejaba salir a ningún lado, le pidió ayuda a su abuela que inventó la mejor excusa, ¡provocar al lobo! Pero se ve que la situación se le fue de las manos, el lobo se cansó y se la comió. Entonces llegó el leñador a sacar a la pobre viejita deglutida, vio a Caperucita, ambos se miraron embelesados y así nació el amor.
Cosas como estas sucedían en todos mis relatos, siempre con finales felices.
Paula recuerda hasta hoy a la princesa Pocholina que andaba todo el día en bicicleta por los jardines de su palacio, le gustaba mucho leer así que, de vez en cuando, buscaba el árbol más lejano para concentrarse en la lectura y allí perdía la noción del tiempo.
Pero lo más importante era que la princesa compartía lo que leía, y siempre eran historias diferentes, atrapantes.
Laura tenía en su dormitorio un pizarrón verde colgado de una de las paredes. Yo había inventado a un indio que entraba por su ventana todas las noches y le dejaba mensajes y frases que ella debía completar, en un idioma que entendían solo ellos.
El amor por la lectura da sus frutos, ahora me queda la oportunidad de hacerlo con mi nieto, que con tan solo dos años ya tiene en su casa el rincón de los libros.
Aunque no sabe leer todavía, te cuenta sus propias historias dando vuelta las páginas.
Mi regalo para su primer año de vida fue un relato de su nacimiento y de cómo nos habíamos conocido en medio de la pandemia, lo escribí de puño y letra y se lo entregué a su padre para que lo guarde hasta que llegue el momento indicado.
Otro gran lector ha nacido, estoy esperando por más.
Mágico Abril (CABA)
4. ENTRE CANJES Y BIBLIOTECAS
Mi primer recuerdo de tener un libro propio en mis manos fue a los cinco años, cuando me operaron de apéndice y me regalaron un libro de la hormiguita viajera y otro llamado Las zapatillas de baile.
Prefería las historietas a las novelas., a mis nueve años, nos mudamos de barrio, cerca estaba el kiosco de Mabel Ciotti. Allí había pilas de revistas en las que nos sumergíamos. Entre Patoruzú, Isidorito, Patoruzito, Larguirucho, Condorito, El Toni, Intervalo y D´artagnan hojeábamos y elegíamos las que no habíamos leído ya.
Siempre nos llevábamos entre seis u ocho revistas que devorábamos, y una vez que los cuatro hermanos las habíamos leído, volvíamos a ir a hacer el canje.
La operatoria era exhaustiva. Mabel y su marido revisaban que no faltaran páginas para aceptarnos las revistas y nosotros hacíamos lo mismo con las que recibíamos a cambio de las que entregábamos y unas monedas. Revisábamos durante media hora o más, pilas y pilas de todas las historietas para ponernos de acuerdo en cuáles llevaríamos esa vez.
Y así entre dibujos y letras encerradas en globos, las historietas me fueron introduciendo al placer de la lectura.
Luego se sumó la etapa de la Biblioteca, me hice socia e iba y sacaba libros, que leía y devolvía. Me encantaba ir, el aroma de la cera del piso de pino tea y el de los libros, eran una mezcla con la cual me gustaría hacer un aromatizador de ambientes.
Iba sin tener idea de autores o historias, entonces era la bibliotecaria la que me asesoraba y recomendaba sobre qué leer. De esa etapa no recuerdo ningún libro que me haya marcado especialmente, pero sí iba y disfrutaba de tenerlos al alcance gracias a la biblioteca, ya que no era posible comprarlos.
En casa había unas enciclopedias Sopena que estaban en mi habitación y de vez en vez, las agarraba y abría en cualquier página para ver con qué me encontraba y leía sobre algún lugar, hecho o personaje del que no tenía conocimiento. El libro que me encantaba leer era uno de viajes con grandes fotos y descripciones de cada lugar y país que tenía mi tía Elena. Hojear y leer ese libro era abrir una ventana al mundo para mí.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
3. SIESTA
¡Qué darían muchos o habrán dado en su momento por una siesta reparadora! Es una instancia médica celebrada por todos los animales que, como nosotros, necesitan procesar el alimento o descansar de los calores. Actualmente, celebro mi tiempo de siesta, unos treinta minutos más o menos. Cuando no puedo cumplir mi rito, el resto de la jornada se me torna pesada, abrumadora, insoportable. Me encuentro presa del mal humor propio y me cuido de no jorobar a los acompañantes cercanos y convivientes.
Esto que ahora es así no lo fue en mi niñez. Odiaba el horario de la siesta, sobre todo en el verano. Con furia desatada. Me parecía un castigo injusto de toda injusticia posible. Tendría unos siete u ocho años cuando me planteé que le debía buscar una salida a la siesta. No nos dejaban estar afuera en el parque ni en la pileta porque nos cuidaban del sol. ¿La capa de ozono ya hacía de las suyas? Nos encerraban -es un modo de expresarse- en la habitación que compartíamos Ángela y yo con estrictas órdenes de no salir, no hablar fuerte y, si jugábamos con los juguetes, evitar el ruido, etcétera. Conservo imágenes de mi hermana despatarrada en su cama durmiendo con gusto. Las persianas de la habitación se bajaban hasta el último punto, no fuera cosa de que el sol se filtrara por la pieza y arruinara el momento del descanso. Del descanso de los mayores, eso lo entendí mucho después.
Mis padres se dieron cuenta del valor de los libros. Compraron una enciclopedia Salvat de cuatro tomos en cómodas cuotas en el supermercado Canguro donde siempre íbamos a hacer compras. Aún la tengo en la biblioteca de mi casa y regreso a ella cada vez que la respuesta de don Wikipedia no me resulta feliz. La he subrayado y cortado porque los libros son materiales de estudio. ¿De qué sirven si siempre ocupan un lugar en la biblioteca y nada más? Para las tareas de mis niños hemos efectuado más de un vil tijeretazo justificado.
En aquel tiempo de siestas, descubrí que si dejaba la persiana con una línea levantada, la luz ingresaría lo justo para que pudiera leer. La Enciclopedia de marras, la colección de Selecciones el año 1940 -regalo del padrino Florencio-, unos tomos de Mecánica Fácil. Para poder llegar a mi objetivo, cambié con mi hermana el lugar de la cama junto a la ventana. Le dije que me gustaba más. Accedió sin preguntar nada. Dejaba previamente mi lectura cerca de esa cama -que solo a la siesta era para mí: a la noche cada una regresaba a su lugar-, actuaba la ida a dormir, y cuando observaba el silencio profundo de mi hermana, me tiraba de panza sobre el libro en cuestión a leer. Me encantaba mirar las fotos. Iba pasando las hojas de los libros para descifrar los detalles de las mismas. Por ejemplo, recuerdo un león con una pequeña jirafa entre sus dientes. Miré muchas veces al león para llegar a la conclusión de que estaba muy flaco y que tenía bien ganada la comida en cuestión. Una jirafa así no se le niega a un león famélico, rey de pacotilla de la selva.
Los libros usurparon ese instante de descanso y soledad. Lo ocuparon, se hicieron de él. A mí me gustó siempre siempre siempre el hecho de la lectura en solitario, el ruido del pasar de las hojas, el perfume a libro guardado, las fotos, las distintas tipografías.
Ahora ya leo en la computadora los e-books y pdfs. Leer para mí está al mismo nivel que respirar. Es Vida.
Edith Oxilia (CABA)
2. SER CULTA
Al no haber hecho el jardín de infantes, mi contacto con las letras se presentó cuando empecé primer grado.
No tengo muchos recuerdos de ese comienzo, ni de los primeros tiempos. Solo quedó en mi memoria, que cuando cursaba tercer grado, una compañera tenía un librito de cuentos que relataba las andanzas de un pajarito. A finales de ese año, nos cambiaríamos de barrio. El día anterior a la mudanza, le pedí tanto a esa compañera que me regalara ese cuento que, no muy convencida, terminó accediendo.
Sinceramente no sé cuál fue el motivo de mi insistencia. Si bien no tengo presente la imagen de libros de cuentos en casa, sí recuerdo que me compraban las revistas de la época: "Anteojito" y "Billiken". De la primera, lo primero que leía eran las historias de Pelopincho y Cachirula.
Eran revistas todo terreno, para divertir, para tener información y para cortar figuritas para el colegio. En casa estaban guardadas en una alacena color celeste, recuerdo una pila de ellas, bastante alta, que esperaban ser utilizadas para la escuela, para divertirme haciendo manualidades o para releerlas.
Cuando se despertó mi real interés por la lectura, yo contaría alrededor de nueve o diez años. En ese entonces, mi tía Filito cuando venía a visitarme, me traía golosinas o me regalaba algo de dinero. Ese dinero lo ahorraba para comprar libros de la colección Robin Hood, otro ícono de esos años. Mi ambición era tener tantos como tenía una amiga en su casa, no llegué a completar la colección, pero la felicidad era intensa con cada libro adquirido. La mayoría fueron comprados en un kiosco-librería que quedaba en la esquina. Mis preferidos fueron "Jane Eyre" y "Mujercitas", luego seguían "Papaíto Piernas Largas" y "Ocho primos".
Lo que más recuerdo, además de mi gusto por la lectura, era el sentimiento, siempre presente, de convertirme en una persona culta. No sé qué significado exacto tendría para mí esa palabra a esa edad, pero yo sentía que quería saber. Ese sentimiento me acompañó durante la infancia y la adolescencia. Leía los manuales, no solo para estudiar, sino también sobre temas que quizás en la escuela no se trataban. Amaba mis libros de Lengua, fui bastante buena en lo que a narraciones se trataba. Un año la maestra me pidió que escribiera una historia, una representación que debíamos hacer, lo cual me sorprendió y alegró a la vez.
Mi hermana cursaba ya la secundaria, así que yo aprovechaba a meter la nariz en sus enciclopedias. También leí parte de la Biblia, ya que ella iba a un colegio religioso y la Biblia estaba en casa.
Cierta vez, se me ocurrió leer por las noches, dos o tres páginas del diccionario cada día, para aprender más palabras y su significado.
Estando ya en la secundaria, conocí el mundo de las bibliotecas, donde iba a buscar información para trabajos del colegio, pero también me permitía pedir prestados libros para leer.
Por parte de mi cuñado, llegó a casa el libro de Víctor Hugo, "Les miserables", y libros de Allan Poe, mi interés me llevó a leerlos a los quince años, y así se fue ampliando para mí el mundo de la lectura, conociendo otros autores. Mi cuñado estudiaba medicina, así que también hurgaba sobre algunos de sus libros, lo que hizo que en tercer año, mi profesora de Anatomía e Higiene, quedara sorprendida por la atención y dedicación que yo le daba a su materia.
Ya terminando la etapa de la secundaria, comencé a coleccionar la revista "Selecciones", que trataba distintos temas.
No alcancé el nivel de cultura que me hubiera gustado, pero los libros fueron los pilares de mis conocimientos. Y más que conocimientos intelectuales, siento que me brindaron herramientas emocionales, pude reconocer mis sentimientos y siempre, además de ser mi refugio, muchos me hicieron soñar.
Claudia (CABA)
1. REFUGIO
El recuerdo más presente que tengo con la lectura en mi infancia es cuando a los nueve años mi señorita Vicenta, de cuarto grado, nos leyó un resumen de El Principito. Decoró el aula con cartulinas amarillas que tenían unos hermosos dibujos grandes, con brillantina plateada. Nunca olvidé la emoción que corrió por mi cuerpo toda esa semana ¡Inolvidable! Por supuesto le pedí a mi mamá que me comprara ese libro, y así fue, solo que lo leí a los doce años.
Otro recuerdo fascinante es cuando la misma señorita Vicenta, que la tuve de nuevo en quinto grado, nos hizo leer Cuentos de la selva, de Quiroga. Fue un gran trabajo de todo el año: votamos al mejor cuento y luego adornamos el aula con nuestros dibujos. También tuvimos que hacer una redacción con algún animal como personaje y me había gustado tanto la mía, que se la leía y la releía a mis muñecas cuando jugaba a la maestra. Recuerdo lo orgullosa que estaba, hasta de la letra hermosa que me había salido. Se llamaba El mono sabio.
A los once años mi abuela me regaló algunos libros que habían sido de mi tía Amanda de la colección Robin Hood. Me enamoré perdidamente de Sandokan y era el hombre de mis sueños. Por suerte en mi casa me daban espacio para leer. Mi hermano Dani siempre fue respetuoso de mis juegos y lecturas y mi mamá estaba más tranquila ya que mi papá había decidido dejar de viajar. Se los veía felices juntos. Como dije en una oportunidad, mis libros eran mi tesoro. No solo me sentaba a leer sino que lo hacía mediante juegos.
Cuando llegué a la adolescencia, un vecino muy querido se había puesto una librería y me recomendó una gran cantidad de libros, entre ellos Crónicas marcianas, de Bradbury. Mamá compraba un libro por mes, porque estaba asociada a una editorial y en esa época leí cosas muy interesantes. Cuando a los dieciséis años conocí a aquellos hippies de Lugano, Juan, mi novio, me regaló El Anticristo, de Niestzsche. No entendí nada, pero me abrió camino a un mundo diferente. Recuerdo que me impactó el Demian, de Herman Hesse y una bellísima historia brasileña, Mi planta de naranja lima. Los autores argentinos que leí en el colegio fueron inolvidables, como por ejemplo Los árboles mueren de pie. Pero lo que marcó mi vida, lo que me hacía emocionar hasta las lágrimas y me impulsó a escribir fue la poesía de Federico García Lorca. Lo conocí gracias a mi mamá que siempre le gustó todo lo relacionado a España. Recuerdo que hice un enorme trabajo en el colegio sobre su vida y obra. Era como una pintura de Renoir, o una obra de Debbusy, artistas que conmovieron lo más profundo de mis ser.
La lectura fue mi refugio durante toda mi adolescencia. No miraba televisión y me sentía felizmente desconectada del mundo comercial. Me gustaba leer en la playa o en el jardín de la casa de mis tíos, bajo el álamo fresco en verano. La lectura me hizo olvidar las dolencias de esa edad, que fue bastante complicada para mí.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
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