Pérdidas

13. MIS TESOROS ALADOS 

 No me costó demasiado convencer a mami para que me dejase salir a cazar mariposas ese día. Era viernes por la tarde, me venía portando muy bien en casa. Además esa semana mi cuaderno de Primero Superior rebozaba de "dieces" y excelentes.

 Mi hermanito estaba muy fastidioso y no lograba dormir la siesta, fruto de un dolor de oídos que los había mantenido despiertos, tanto a mamá como a él, durante casi toda la noche; necesitaban descansar. La situación era totalmente propicia para que yo tomara la calle desde las dos de la tarde en adelante. 

 Ataviada con un vestidito de tela escocesa y peinada con unas tirantes coletas puse en un morral de arpillera un frasco vacío  de boca grande, cuya tapa me había encargado de agujerear previamente con clavos, para que, una vez capturados, los coloridos bichitos pudieran respirar.   

 También me llevé una lata y una improvisada caña de pescar, armada con una ramita seca del limonero del fondo y un hilo que encontré en el galpón.  Esto último por si cambiaba de plan y terminaba pescando renacuajos.  Coloqué en la bolsa un paquete de galletitas "Lincoln" y una botella chica con "Refrescola y soda". 

 La idea era salir con todo lo que pudiera necesitar para no tocar timbre e interrumpir el sueño de Ricky y de mami porque ya estaba advertida de que si lo hacía me quedaba adentro. 

 Arranqué por el baldío de enfrente porque había una invasión de mariposas lecheras blanquitas y amarillas. Atrapé como cinco hasta que llamaron mi atención otras enormes a las que les decíamos limoneras, de esas que son de color negro y casi naranja. 

 Me fui distanciando  bastante en la que resultó una provechosa cacería y cuando me dí cuenta estaba lejos de mi casa. 

 Contenta con el botín, pero cansada de correr sentí sed y fue entonces cuando reparé en que no tenía mi morral. Contrariada emprendí la vuelta. 

 Me faltaba una cuadra para llegar cuando divisé a unos chicos en el lote, debajo de la morera donde había puesto mis cositas. Era la patota infame liderada por "la negra Virginia" todos con unos cuantos años más que yo. 

A medida que me acercaba pude entender lo que me venían gritando. Si quería mis cosas les tendría que entregar el frasco lleno de mis tesoros alados algunos de los cuales estaban ya algo desfallecientes. 

 Un buen tramo antes de arribar donde estaban los vándalos decidí que no aceptaría tal intercambio y en un santiamén, emprendí sin vacilar una alocada carrera para volver a mi hogar. 

 Al comprobar que yo no pensaba negociar, la banda me empezó a seguir y en la empresa se me engancho una tirita del zapato con guillermina en un tronco caído, pero, aunque los cardos y abrojos me herían las plantas de los los pies, preferí abandonar el calzado allí.

 Salté el cerco vivo que rodeaba mi casa. Aunque no era muy alto ni tenía espinas me raspé bastante. 

 Ya en el porch con la mano sucia, mientras percibía olor ácido, medio ferroso, de mi propia transpiración, toqué el timbre. 

 Mis otrora prolijas coletas se habían convertido en una maraña de pelos y mi vestido  presentaba un par de rasgaduras.

Mi madre  que venía con mi hermanito despierto en sus brazos me interpeló por el zapato perdido. La mirada de reprobación de sus ojos castaños me hizo intuir cual sería mí destino más próximo.

Un chirlo, baño inmediato y confinamiento sin permiso para salir a jugar por unos cuantos días.

 Melina Trigo (CABA)


12. PERDER MÁS QUE LO MATERIAL

Papá e Inés compraron un terreno en Escobar y lo convertimos, con nuestro esfuerzo personal y gran entusiasmo,en una quinta de fin de semana y vacaciones

Estuvimos los cuatro ahí cuando lo alambraron y pusieron la tranquera, que pintamos en pleno invierno junto con los palos del cerco. Después plantamos los árboles en una hermosa hilera vegetal que al crecer formó un sendero que recorría el perímetro del fondo con el alambrado de cómplice.

Era el caminito ideal para pasearse con los pensamientos de una y los sueños, lejos del resto de la familia.

De a poco se fue construyendo la casa. Íbamos todos los domingos a tomar mate en los cimientos y hasta hemos hecho asados al aire libre con nuestros vecinos de Martelli.

De a poco la casa fue tomando forma y construyeron la pileta. Armamos un pequeño huerto contra el límite del fondo,  nos encantaba recoger los choclos, los tomates y los rabanitos para hacer frescas ensaladas.

Los alrededores de la quinta eran hermosos. Mucho campo, árboles, cada tanto una  casita, un arroyo y el haras al fondo con sus hermosos caballos.

Las caminatas invernales por ese barrio en formación eran inspiradoras. Las chimeneas de todas las casas que cruzábamos echaban su humo reconfortante. Muchos terrenos tenían patos, gallinas, vacas y alguna que otra oveja.

En verano recorríamos menos porque la pasábamos en la pileta.

Fueron tiempos felices, compartidos con amigos y de mucho aprendizaje de las cuestiones campestres. Todavía recuerdo el olor a leña en invierno, las panzadas de moras de un árbol cercano a nuestro terreno, los atardeceres color pastel y ese cielo que explotaba de estrellas sobre nuestras cabezas dándonos una sensación de inmensidad sobrecogedora.

En mi adolescencia y primera juventud iba siempre con mi amiga, que ayudaba a pintar, plantar, armar, lo que hiciera falta.

Allí también pasamos temporadas con nuestros hijos. Les encantaba correr aventuras por los alrededores. Abríamos la tranquera y salían como cabritos desenfrenados, mis niños y sus dos primos, y se perdían entre la maleza, los árboles y las zanjas. Después llegaban para la merienda con un hambre voraz.

La cocina estaba a cargo de Inés, desde el asado hasta los ravioles con tuco y carne, desde la torta de la tarde hasta los pochoclos que comíamos al sol en los atardeceres al borde de la pileta. Pan de campo, bollitos, ensaladas, panqueques, una variedad gastronómica campestre que hacía las delicias de nuestros días en esa quinta de Escobar.

Un lugar donde las obligaciones cotidianas se archivaban hasta el próximo día hábil. Era como estar de vacaciones, despreocupados, sin horarios ni nada urgente, con tiempo para observar la naturaleza y soñar.

La quinta se llamaba Inés (así se leía sobre la tranquera) porque ella fue la propulsora de todo. La que tuvo la idea de comprar el terreno y construir nuestro refugio allí, quizá porque ese campo le recordaba a su Coronel Suárez natal. Muchas de las cosas campestres que aprendimos fue gracias a ella y a su entusiasmo por la tierra.

Pasaron los años, Inés se fue de este mundo y papá tuvo un par de parejas circunstanciales para casarse finalmente con una viuda negra.

La peor elección para sus últimos años.

Resulta que esta señora lo impulsó a malvender la quinta porque el campo no le gustaba, la ponía triste, decía.

Con la llegada de este ser nefasto  perdimos nuestro refugio de Escobar.

Aún hoy conservo el nombre de Inés en hierro pintado de blanco que solía emerger de la tranquera.

Esa fue nuestra primera pérdida familiar después de que ella partiera.

Lamentablemente, con la demoníaca presencia de esta innombrable perdimos mucho más que la quinta.

Pero eso ya es parte de otra historia, si se quiere mucho más truculenta.

Noemí (CABA)

11. ADAPTARSE A LAS PÉRDIDAS.

En mi primera infancia tuve una niñera nada convencional, que pudo haber sido un desastre para todo el mundo, pero que era un hada madrina para nosotras, dos niñas que no veían a sus padres más que algunas noches en la semana laboral.

La "Iá iá" nos dio todo el amor y la complicidad que cualquier niño podría desear. Era bruta pero cariñosa y trasgresora, descuidada pero divertida. No nos enseñó nada útil pero la amábamos y no queríamos que la echaran.

Por eso el día que se fue lo sentimos como una gran pérdida. Luego vendría un desfile de niñeras, ninguna afectuosa o divertida.

Hubo que adaptarse a los modos y humores de cada una de ellas.

Promediando mis once años mi madre se fue de casa y quedamos con papá y la niñera de turno.

No hace falta aclarar que esa fue la gran pérdida de mi vida. Mi madre no había muerto, pero como si. Ya no era parte de mi vida cotidiana, de mi crecimiento, de mis conflictos en el colegio por su desaparición, por no ejercer nunca más sobre mí el rol materno en ningún lado.

Obviamente esta gran pérdida trajo enormes consecuencias en mi autoestima, en mi ánimo y en mis sentires. Si yo no era lo suficientemente linda o buena para que se quedara conmigo, entonces, ¿quién me iba a querer? Papá la prefería a mi hermana, que siempre había estado de "su lado", en mí veía a la defensora de la persona que nos había arruinado la vida. Por ello teníamos grandes choques que animaban a su comentario: "genio y figura hasta la sepultura". Porque yo me parecía físicamente a mi madre, lo que él no sabía era que yo nunca iba a parecerme ni un poquito a ella en su forma de ser.

Y hubo que adaptarse a ser medio huérfana con una madre viva, a la pérdida de todos los vínculos familiares maternos, a la desaparición de amigos de mis padres y a los eternos comentarios maliciosos.

Hasta que llegó la abuela y pintó de colores la casa y nuestros corazones durante un buen tiempo.

Cuando papá se casó de nuevo la abuela regresó a su casa.

Y en menos de dos años enfermó. La fui perdiendo de a poco, por lo menos en este plano. Agradecí cuando ella pudo ponerle fin a tanto sufrimiento físico, porque no se lo merecía, y porque yo sabía que yo solo iba a perder su cuerpo, nunca la conexión con su alma.

Por otra parte, la frecuencia de encuentros con mi madre durante mi adolescencia nunca me alcanzó ni me ayudó a sanar, todo lo contrario. A lo largo del camino escaso y agreste que compartí con ella fui dejando sueños, ilusiones, deseos no cumplidos y escenas imaginadas que nunca se dieron.

Cuando creí haberla "recuperado", alrededor de mis cuarenta años (sesenta de ella) decidieron irse a vivir a Mar del Plata con lo cual se alargaba la distancia y volvía a oler a pérdida. Lo que yo no sabía entonces era que esas pérdidas de contacto maternal se irían repitiendo en bucle a lo largo de mi vida adulta, con las emociones del re encuentro y del me-vuelvo-a-ir en cada una de las experiencias.

Apostando en todas por aquella conversación profunda, sincera y sanadora que quedó en mis ganas y mis intenciones.

En algún momento pusimos el último ladrillo del muro que habíamos estado construyendo las dos y perdimos para siempre la oportunidad de encontrarnos.

Noemí (CABA)


10. PERDÍ UN AMIGO

A Marcelo lo vi por primera vez en agosto de 2019 cuando fui a recuperar una clase de tango en otro centro barrial. Al mes siguiente, no creo que fuera por casualidad, él estaba tomando clases en mi sede donde nos encontrábamos una vez por semana.

No era habilidoso para el baile. Trataba de hacerse el simpático, pero tampoco lo lograba, porque su humor ácido resultaba a veces agresivo.

En noviembre fue agregado a un grupo de WhatsApp tanguero que se había creado para coordinar salidas milongueras. Eso fue un verdadero desastre.

Realmente no nos llevábamos nada bien. Él no era mi objetivo dentro del grupo de compañeros de baile. Yo aspiraba a otro bailarín con el que nunca pasó nada, como suele suceder…

Nuestras peleas eran continuas, pero en diciembre, después de una fuerte discusión que hizo que yo no fuera al festejo de su cumpleaños, me mandó, por primera vez, un mensaje privado que fue la excusa perfecta para comenzar hablar más seguido.

Recién en ese momento lo empecé a mirar con otros ojos y aunque para mí seguía siendo casi odioso, esta apreciación iba a cambiar en el futuro.

Durante todo el verano bailamos en las milongas y charlamos durante horas.

Poco a poco nos fuimos involucrando hasta que llegó la famosa pandemia.

Yo había vuelto de Mendoza, de la fiesta de la vendimia, donde había ido con dos amigas. Era el mes de marzo de 2020 y comenzaba el encierro total.

Como mi casa es bastante grande, un triplex donde vivo sola ya que mis hijos organizaron sus vidas y se fueron, se me ocurrió la brillante idea de invitarlo a vivir y compartir el espacio. Me imaginaba nuestras largas conversaciones acerca de libros, teatro y demás temas relacionados al arte, pero ahora frente a frente como amigos obviamente, toda una ingenuidad de mi parte.

Al principio se negó gentilmente, pero la proximidad de mi cumpleaños en el mes de abril y la posibilidad de poder festejarlo juntos parece que lo convenció y el día anterior a mi onomástico se apareció para darme una sorpresa.

Al comienzo todo estuvo bien, pero no podía durar mucho.

Una noche estábamos viendo una serie en Netflix y aunque era un policial, no sé en qué momento nos empezamos a besar y a tocar, todo fue en aumento y ninguno de los dos le puso freno. Luego de ese momento de intimidad, no se pudo volver atrás.

Siempre hay un antes y un después de cada acontecimiento y esta situación no podía ser la excepción, tener un antes y un después de Marcelo no es poca cosa.

Un hombre impenetrable que se había inventado su propia armadura para vivir dentro de ella.

Un hombre muy negativo que estaba enojado con la vida porque suponía que el mundo entero conspiraba en su contra.

Se contagió el coronavirus antes de que existieran las vacunas, pero le agarró tan leve que podía respirar perfectamente, o sea, se enfermó pero nunca estuvo grave. Esta situación en vez de alegrarlo lo enojó más aún porque lo único que requería era de la paciencia que no tenía.

Después del covid no regresó y no nos vimos más.

Hoy veinte de julio en el día del amigo yo había perdido un amigo.

Esperé un mensaje que nunca llegó.

Me di cuenta al final del día que ya no éramos amigos, pero tampoco éramos enemigos.

Me pregunté entonces ¿fuimos simples conocidos con derechos? De ser así, deberíamos patentar esa situación y ponerle nombre.

Si nos encontramos en la calle por casualidad, ¿me saludaría?.

Recuerdo las sabias palabras de mi hija Laura: “mamá no hay que etiquetar las relaciones, eso es vintage, este hombre te acompaña ahora y te hace bien, cuando ya no sea así verás qué hacer”.

Qué bueno es poder escuchar y aprender de gente más joven que tiene conceptos tan claros.

Yo sigo pensando que dos personas que han tenido la suerte de conocerse, solo por eso deberían poder hablarse con libertad, sin ninguna otra intención.

Extraño nuestras charlas que habían empezado a agradarme, pero debo reconocer que la soledad y el aislamiento por el covid no fueron los mejores consejeros.

Tengo que aprender a soltar con más facilidad, con más rapidez, aunque lo importante es no perder mi esencia.

Por más caídas que tenga, seguiré siendo la rana dispuesta a cruzar el río en espera de algún escorpión que no me clave el aguijón, ojalá me queden pocos escorpiones por delante…

 Mágico Abril (CABA)            

 

9. ALIANZA

Preparativos de la boda civil. Accedí al compromiso legal por pedido específico del señor consorte. Algo del aire de libertad, de la conformación de un nuevo espacio, etc. Recordé la enseñanza de la Biblia en la que se establece que cada esposo deberá dejar a su familia de origen y seguir juntos un solo camino. Ya que era lo menos malo, un trámite administrativo, acepté el reto de llevarlo adelante. Para obtener un turno en la fecha que queríamos los dos, salí de mi casa con mi mamá -fiel acompañante- a las dos de la madrugada un mes antes para hacer la fila junto con otros desquiciados que pretendían casarse. Con el turno bienhabido, podríamos hacer los trámites pertinentes y finalmente acceder a un nuevo estado civil.

¡Las cosas que hace una!

No teníamos plata para gastar de modo tal que se me ocurrió reunir a los festejantes en un restorán de Morón en plena época de hiperinflación. Algún festejo teníamos que hacer. Evitaba de esa manera el trabajo de mi madre -sobre todo- en mi casa de origen. Rememorando un poco: lo que hoy salía cien, a la tarde costaba doscientos. Sencillito. Desesperante. Contamos literalmente las monedas.

Mi vestido lo había traído mi mamá de su viaje a Australia y le había costado un dólar. Le compré un pequeño cinturón marrón para la cintura. Aún lo conservo ya que lo utilicé en innumerables presentaciones teatrales. El traje de Claudio era donado por un hermano de Chiche, el Negro, y había sido su uniforme en el banco en el cual trabajaba. Muy de a poco fuimos completando nuestro vestuario. Los familiares quedaban a su arbitrio.

Jamás de los jamases se nos hubiera ocurrido pensar en los anillos. Ni de verdad ni de plástico. Eran un objeto de lujo que no cubría para nosotros dos ninguna necesidad. Pero…

Para mi querida suegra y madre del esposo, Martha, los anillos eran muy importantes. Quizá por lo que demostraban a los otros. “Esta gente está casada”. Recuerdo que el de ella y el de Chiche eran enormes a mis ojos.

Yo pedía una pava para el mate y se aparecía con un hermoso camino para la mesa. Nos entendíamos poco. Era lo que había y estaba bien.

El día menos pensado me llamó por teléfono de línea a mi casa paterna-materna y me pidió la medida de mi anular izquierdo. Nada más complicado de hacer. Tomar la medida de un dedo para la confección de un anillo. Insistí sabiendo lo inútil de mis palabras al aire y respondí lo que se me solicitaba.

Claro que tenemos la foto con los anillos.

El señor consorte dejó de usarlo por cuestiones laborales. Y yo por lo que la alianza significaba para mí.

Lo cierto es que quedaron bien guardados bajo la supervisión de quien todo lo clasifica. Me olvidé del anillo en cuestión.

Siempre pienso en buscarlo y deleitarme con su efímera belleza. Habiendo tantas cosas bonitas para hacer, de la nada surge otro motivo mucho más interesante que mirar la alianza brillante.

Edith Oxilia (CABA)


8. MUÑECOS DE NADIE 

Una en tanto niña junta los muñecos, los acomoda, les pone nombres -los de sus compañeros de colegio y amigos-, les hace estragos (cortarles el pelo, marcarlos con birome) y vive con ellos todas las historias posibles e imposibles.

Ángela y yo hemos compartido las muñecas salvo alguna muy especial como mi muñeco bebote Jorge -¡qué otro nombre podría tener!- que ha sufrido en mis manos los mejores y peores tratos. Un ojo celeste metido para adentro -para mirar el alma-, el otro muy torcido hacia afuera. El cabello de nylon blanco cortado en diferentes altos y anchos. Mucho de cuero cabelludo con agujeritos. Me sentía mamá del bebote. El tamaño era el mismo que de una muñeca. Lo cual hacía ruido a mi pequeña cabecita organizadora: cómo es posible que un bebé sea igual que una muñeca vestida con canesú. Filosofía de la niñez aparte, hubo un tiempo para dormir con los muñecos mejor tapados que la nena dormida. Contó infinidad de veces mi mamá que nos los sacaba y los tiraba al piso para darnos lugar en las camitas. Pasábamos las noches hechas un fideo dejándoles la comodidad de cama y abrigos a los muñecos. Toy Story estaba muy lejos.

Se conectó con mi mamá un matrimonio medio pariente -todos los seres humanos lo somos- con un berenjenal de hijos a quienes fuimos a visitar por San Miguel. Él había venido a trabajar en la construcción de mi casa paterna-materna. La casa que fue creciendo muy de a poco.

En colectivo fuimos los cinco a conocer a la señora del joven albañil y su prole. Eran cinco chicos. Vivían de manera humilde. La comida no faltaba. Para ello, el padre de esa familia se pasaba casi la mitad del día fuera de casa. Mi mamá observó las carencias. Los niños que allí vivían no tenían juguetes.

Poco tiempo después recogió todos los chiches de nenas que había en nuestra casa. Nos informó que ya estábamos grandes -¿para qué?- como para seguir jugando con ellos. Quise salvar mi bebote y no tuve suerte.

No recuerdo haber regresado con esta familia. Hubiera reconocido cada muñeca, cada tacita, el mono a cuerda. Y a Jorge.

Edith Oxilia (CABA)

7. QUERIDA CUSQUITA

Alguna vez viniste a casa, acompañando a Doña María, la señora que ayudaba a mamá con las cosas de la casa. Te conocíamos bien, y vos a nosotros.

Doña María se fue, se mudó, y a vos te dejó, abandonada a tu suerte perra.

Un día que mamá fue a tomar el tren, te vio en la estación vagando entre la gente, y te dije: “¿Moni, qué haces por aquí?” Al otro día apareciste en el portón de casa, mirándonos con tus ojos vivaces, atentos a nosotros, esperando que te dejáramos entrar.

Desde ese día te quedaste, y fuiste nuestra, especialmente mía.

 ¡Cómo te quería! Jugábamos juntas. Te amaba. Inventaba canciones que bailábamos. Te enseñé a dar la pata.

Eras muy guardiana, no dejabas que nadie se acercara a la casa. Una vez mordiste, por error, a una japonesa que pasó muy pegada al portón. Ella vivía cerca, en la zona de los viveros.

Cuando nos mudamos de Grand Bourg a Florida, nos acompañaste con los otros dos perros de raza que tenía(o teníamos?), vos, nuestra querida cusquita. Te adaptaste antes que yo, lo único que pretendías eran caricias y juego. Igual, los fines de semanas o vacaciones que regresamos a la casa del campo, revivías, corrías y jugabas mucho más.

Hubo un tiempo en el que te quedaste ahí, a cuidar la casa. Mi tío, que vivía al lado, te cuidaba a vos.

El tiempo pasó y las dos crecimos.

Un fin de semana que volví a Grand Bourg, no te encontré. Cuando pregunté por vos, me dijeron que te habías enfermado, y que el tío Enrique te había sacrificado (Mucho tiempo después supe que te había matado con su revólver, como ya lo había hecho con otros de nuestros animales)

¡Qué dolor inmenso, profundo, hondo! Quise saber dónde te habían enterrado, plantar unas flores, hacer algo en tu honor, Moni. La perra más linda, amorosa e inteligente que me había acompañado.

Cristina (CABA)

 

6. FUE MI HERMANA

Fue familia, mi prima, mi amiga, mi hermana…

La que vivía enfrente de mi casa con quien compartí juegos.

La que siempre tuvo muy en cuenta que yo era la más chiquita.

La que me tomaba de la mano para cruzar la calle y me llevaba con ella a armar casitas debajo del ciruelo.

La que me invitaba al club los días calurosos de verano, ella adolescente y yo nena todavía; me sentaba entre medio de sus amigos y compartía sus risas sintiéndome grande yo también.

La primera en recibir la noticia de mi embarazo.

La que muchas veces llenó sus lágrimas de emoción por mí, solo por mí: cuando entre a una iglesia la noche que me case, cuando partí en ambulancia con mi hija en peligro, cuando recibí la llave de mi primera vivienda.

La que no necesitaba tocar el timbre para entrar a mi casa, y al abrir la puerta, hecha un cascabel exclamar: “Vineee….”

Todavía la veo llegar con su sonrisa ancha, sus ojos iluminados, sus palabras despertando en mí una carcajada.

La que en cada cumpleaños preparaba las mejores tortas sin olvidarse el número que debía soplar el cumpleañero.

La que conciliaba con su cariño mis enfados entre mi madre y yo, entre mi hija y yo.

En fin, la que paso por este mundo ocupando en mi vida el lugar de hermana, queriendo mis actitudes virtuosas, aceptando y comprendiendo mis mayores defectos.

La que me llamo por teléfono una noche.A través de la línea advertí que algo sucedía, y ante mi pregunta “¿Qué te pasa?, su respuesta  “Me duele la cabeza y las pierna, solo eso”.

Solo eso para que fuera la última vez que escuchara sus palabras. Horas más tarde comenzó a narrar cuentos a los ángeles…

Han pasado más de quince años, he querido encontrar en algún ser la hermandad que nos unía, he querido encontrar a alguien que como ella, con objetividad, se pusiera en mi lugar cuando pido un consejo…

Pero sigue siendo a través del silencio la que me regala la decisión acertada que busco en el inmenso cielo cada vez que me visitan la tristeza, la desilusión, el fracaso, la soledad…

Sigue siendo ella, escondida en el aire, la que me mira con su mirada limpia y profunda para confirmarme que lo más valioso de su ser quedo acá, con todos los que la quisimos.

Fue para el mundo, mi familia, mi prima…

Fue para mi alma…mi amiga…mi hermana…

 Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)

5. ERNESTA

Los ciclos biológicos se van sucediendo inexorablemente. Es una cadena donde un eslabón da origen a otro y así a lo largo de la eternidad. La vida y la muerte. Nuestros predecesores se van para que la vida siga sucediendo y  la rueda continúe su curso. Ella se estaba yendo. Hacía unas semanas que sus funciones neurológicas se habían apagado.  La vida se le escapaba con cada exhalación. Amaba a esa mujer que yacía en una cama, con sus ojos cerrados y su piel deshidratada y gris, pegada a cada hueso.

Siempre me había gustado tenerla cerca -no habíamos tenido muchas oportunidades- pero cuando sucedía nos disfrutábamos. Contaba historias de sus ancestros que también eran los míos. Había nacido en la República vecina del Uruguay finalizando el siglo diecinueve, en un pueblito llamado Cañada Nieto.  La familia, formada por los padres y unos cuantos hermanos,  debieron alejarse de aquel país hacia La Pampa –lugar, donde ya vivían otros valdenses (credo al que pertenecían desde antiguas generaciones venidas del Piamonte italiano)- en medio de la noche cruzando el rio en una balsa, por cuestiones políticas.

Mi mente me transportó a mi infancia. Solía visitarnos cuando aún vivíamos en la Pampa.  Dormía en mi pieza. Recuerdo verla levantarse temprano luciendo un camisón sencillo  de algodón blanco.  Arrastraba un poco la pierna izquierda, era la secuela de un accidente cerebro vascular sufrido hacía muchos años, tal vez más de veinte. Su cabellera era blanca, larga hasta la cintura –en  otros tiempos había lucido el color rojizo.  Todas las mañanas, tomaba su pelo sobre un costado de su cuerpo,  lo cepillaba, y lo enroscaba todo el largo rematándolo en un rodete en la nuca, lo aseguraba mediante una peineta negra que resaltaba cuando se prendía  a los  mechones albos. Su cuerpo delgado apenas si llegaba a insinuarse debajo de la tela. Su rostro mostraba mandíbulas fuertes en ángulos casi rectos. Sus ojos pequeños y claros se ubicaban debajo de tupidas cejas. Su frente ancha totalmente despejada con pronunciadas entradas daba inicio al cabello. Sus manos eran bellas – remataban con uñas fuertes- una cualidad que luego aprecié en mi padre. Las arrugas y algunas manchas indicaban el paso del tiempo.

Yo me preguntaba, si ese ser al que tanto quería, partiría definitivamente, si así nomás se evaporaría entre los humores que se desprendían de sus carnes. Si ese corazón dejaba de latir, ¿qué me quedaría de ella?, ¿ella era simplemente ese cuerpo cansado? La esencia de esa mujer fuerte - que quedó viuda siendo muy joven con cuatro hijos- ¿desaparecería irremediablemente? Un sentimiento amoroso me invadió. Nos vamos armando con fragmentos de los seres que son parte de nuestro camino. Cada persona -para bien o para mal- que pasó por poco o mucho tiempo a nuestro lado nos dejará una huella impregnada en nuestras células que en algo nos modificará.

Ella era mi abuela, el ser que cuando mi madre enfermó después de haberme parido, me cuidó ; la que me dio la mano para ayudarme a dar mis primeros pasos. La que guardaba las bolitas que encontraba tiradas para regalárselas a mi hermano Nelson. La que por años jugaba un número en la lotería nacional de año nuevo, esperando sacar el premio para repartirlo entre sus hijos. La que exigía coherencia entre los miembros de la iglesia para después decirse cristianos.

En mi alma se dibujó una sonrisa. Nunca me dejó. Su esencia sigue intacta cada vez que la traigo a mi presente.

Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)


4.  FAMILIAR A CARGO

Ayer a la noche salí con dos amigas. Fuimos a un bar cuidadosamente elegido por una de ellas. Un bolichón, nos aclaró, pero tiene mesas en la vereda, y no va nadie. Excelente, acordamos todas. Una vez allí, comprobamos lo acertada de la elección. Estábamos cómodamente instaladas las tres en una mesa de madera inestable, expuestas al viento frío de la noche, en una vereda ancha sin reparos, en un lugar público donde, efectivamente, no había nadie.

Lo que convertía a ese lugar en excelente era el poder estar fuera de él, y a solas, sin extraños El covid nos hizo eso, entre otras tantas cosas. Ya no importa lo de adentro de los lugares, importa que tengan un afuera. Una vereda, un patio, un jardín, una terraza. He almorzado ensalada Cesar en un balcón. No me pregunten por el adentro. Pasé rápido, embarbijada hasta las pestañas, la vista empañada por nubes de alcohol 70/30, sin tocar nada. Mirando poco también. No quise mirar a los otros. ¿Había otros? ¿Cuántos? ¿Y al aforo? ¿Y los barbijos? ¿Y la pandemia?

La pandemia también me quitó a mi mamá. Hoy, formalmente, siento que la he perdido. Completé su formulario de empadronamiento para la vacuna de mayores de setenta. Un momento agridulce. Las autoridades me explicaron claramente qué hacer con ella. Al finalizar el trámite por Internet, se lo expliqué a mamá por audio, con palabras claras y alentadoras. Filtré todos los condicionales, nada de “puede qué”, “tal vez”, “es posible”. Nada que hiciera de su vida un lugar aún más incierto. Ella me lo agradeció y se disculpó por las molestias, , por no poder hacerlo sola, por resultar una carga. Le dije que no había nada que agradecer, ni que disculpar, y que no era una carga. Las tres cosas son ciertas.

Carga era antes, cuando se oponía. Cuando daba batalla. Cuando insistía. Cuando aún algo de esa mamá que fue, mi mamá de infancia, de adolescencia, de mi joven adultez, existía. Esta mamá no pesa. Ha perdido peso. Es frágil en cuerpo y alma. Tiembla. Cuando está triste, o nerviosa, o enojada, tiembla más. Y tiembla casi todo el tiempo. Tiene miedo. Y se deja cobijar. En el formulario quedó registrada como un “adulto mayor”, y yo, como su “familiar a cargo”. Festejaremos pascuas en una vereda. Al viento. Con todo el adentro revuelto, de cabeza, y a flor de piel.

MAD (CABA)

 

3. EL BROCHE

Otra vez se iba de casa. Ya era la tercera. Yo estaba devastada. Mi corazón no quería que se fuera, él mi hijo menor, el varón, el más chico... pero, mi cabeza decía que sí, que ya estaba fuerte, que era lo más saludable.

Dolor y angustia. Su enfermedad, ese cáncer que no quería dejarlo y se repetía, volvía y se disparaba en distintos lugares de su tronco. Que había empezado-repentinamente- como cáncer de testículo en un imborrable diciembre de 20176; y desde ese día todo fue una carrera, rápida, desenfrenada,  loca. Donde acompañamos (cirugías, quimioterapia, descomposturas, desmayos, delgadez extrema) su papá, sus hermanas, y amigos-suyos y nuestros-cómo pudimos, con el corazón desgarrado, pero haciendo todo para sostener y estar

Y se fue, se fue a vivir solo, esta tercera vez. Partieron ambos, él y su gato Shiro, que durante meses nos invadió la casa, sometió al nuestro, he hizo buenas migas con todos los vecinos, que aún preguntan por él.

Al día siguiente de su partida, decidí ordenar mi ropa, mi todo- estaba mal, descalibrada. En forma compulsiva, y sin mirar mucho, me deshice de algunas prendas que usaba poco y nada. Hacer lugar, dejar de guardar era la premisa interna. Entre todas las cosas, me deshice de un sweater de color lila, lo puse en una bolsa con otra ropa en la calle, para que la gente la recogiera. Varios meses después recordé que en esa prenda había un broche de plata peruano, que era de mamá, uno de los pocos objetos que me gustaba mucho de ella. Cada vez que recuerdo esta pérdida absurda y descuidada, siento un dolor muy grande, por el broche y por mi cabeza loca de aquellos tiempos.

Cristina (CABA)

 

2. MUDANZA

Desde que supe que la iba a dejar la observé, con nostalgia anticipada, en todos sus detalles.

¡Cuántas ilusiones! ¡Cuánto sacrificio! ¡Cuánto de nuestro gusto analizando ventajas y desventajas al limpiarla, al ampliarla, al dividir comedor de cocina, al seleccionar el sitio indicado para la parrilla, para la rosa, para el local…!

Observé su rincón de sombra en el cual mi alma se llenó de pensamientos compartidos, charlas con mi madre, con mis hijos, con mi abuela, con mis tías, con mi marido, con mis amigas, con cada tarde de visitas que iluminaron mis días.

Observé el rincón de sol que durante años tuvo un arenero a disposición de mis hijos y sus amigos, rincón que cobijó sus infancias en sábados de siestas en los que armaron castillos con sus pequeños muñecos preferidos y pistas de autos de colección.

Observé el patio que fue testigo de cumpleaños y asados de noches de verano.

Pude mirar cada rincón llenándolo de instantes vivos con seres amados, con sus latidos, sus tibiezas…

Observé las cortinas con dibujos infantiles, mi negocio, mi proyecto hecho realidad.

Amé esa casa.

Viví una vida entera allí, sin duda la mejor etapa de madre que amparó, a veces excesivamente, cada pedacito de piel nacida de su piel.

Llevó largo tiempo soltarla y reconocer las ventajas de haberla cambiado.

Y cuando ando por sus calles me sigue emocionando mirarla y recordarme viviendo allí.

Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)

 

1. MANUELITA, ¿DÓNDE VAS?

Mi familia se había mudado a la costa durante las vacaciones de verano. Vacaciones largas, de un mes entero. En el auto habíamos entramos todos, pero solo la mitad de las valijas. Quedó fuera la otra mitad, y Manuelita, nuestra tortuga. No importaba, en el siguiente viaje, papá los llevaría a la costa. Sería una mudanza en dos etapas, a completar dentro del mismo fin de semana.

Finalizada la etapa uno, papá me preguntó si lo quería acompañar a Buenos Aires, para buscar las valijas que faltaban y traernos de veraneo a Manuelita, en su cajita de zapatos, con abundante lechuga fresca para aguantar seis horas en el Renault 12 al rayo de sol por ruta 2. Claro que sí, le respondí. Y partimos.

Al llegar a Buenos Aires, papá comenzó a cargar los bolsos y valijas pendientes en el auto. Y me pidió: Ocupate de Manuelita. Fui al patiecito del lavarropas, donde la habíamos dejado. Era su lugar de siempre, un patiecito chico, con unas pocas macetas, donde, aunque daba de a ratos el sol,  tenía sombra. Allí estaban la lechuga, el platito del agua, intactos los dos. De Manuelita, ni noticias. Pensé tal vez que en el poco rato que quedó la puerta había quedado abierta, Manuelita había salido a pasear por el resto de la casa, por lo que comencé a llamarla Manuelita, Manuelita, Manuelita, ¿dónde vas? por el comedor, la cocina, los dormitorios, el baño…

¿Qué pasa?, preguntó papá. Manuelita, no la encuentro, le respondí. ¿La buscaste en el patio, donde la dejamos? Sí. Buscala de nuevo, tiene que estar ahí. Regresé al patio, decidida. Moví todas las macetas, busqué debajo de la lechuga. Volví a mirar en los cuatro rincones de esa superficie pequeña y despoblada. A punto de darme por vencida, tuve un pálpito. El primero de mi corta vida. Con siete años debuté en esa horrible sensación de saber antes de saber. De saber y no querer corroborarlo. De saber y rezar para que no sea cierto. Qué dolor cuando la cabeza sabe y el corazón se niega a creer.

Era tan grande, tan blanco, tan evidente, que lo ignoré en la búsqueda. El lavarropas. Inmenso, contra la pared del fondo. Bien pegado a la pared, siempre, para que Manuelita no se metiera detrás. No fuera cosa de que moviera la rejilla y se cayera por el desagote. El desagote de atrás del lavarropas. El único peligro en ese patio. Su patio. El de la lechuga siempre fresca, el agua limpia, la sombra bajo el techito.

No quería, pero lo hice. De a poco me acerqué. Lo primero fue ver la rejilla corrida. Lo segundo sus patitas traseras en el aire. La mitad delantera de su cuerpo estaba bajo el agua. No grité ni me moví. Llegó papá, atraído por el silencio. Al verme dijo Dejame a mí, y me corrió con dulzura. No veas, me pidió. Miré igual. Vi cómo se agachaba al lado de la rejilla y despacio, como para no lastimarla, desencastraba a Manuelita del desagote. Vi que tenía los ojos vacíos, la boca abierta, la lengua afuera.  Traeme su cajita, la vamos a enterrar ahí; tu hermano no tiene que saber cómo murió.

         ¿Cómo suena un grito bajo el agua?
         ¿Tuviste miedo?
         ¿Duró mucho?
         ¿Te dolió?
         ¿Nos recordaste mientras luchabas?
         ¿Nos estarás viendo ahora?
         ¿Pude haberte encontrado antes?
         ¿Me perdonás?

         Manuelita, ¿dónde vas?

MAD (CABA)

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