5. MIS PERROS
Apareciste dando vueltas por el estacionamiento de Jumbo. Nos abrazamos y estuvimos juntas quince años. Eras mi Lauchita.
Después llegó Cecilia. Te encontraron solita en Villa Urquiza. Eras tan linda y tan pilla. Fuiste la reina de PB.C. El estudio de diseño de Caro y Javo. Una casa donde todos trabajábamos.
Te vi, Tito, en la estación de micros (seguido)de Mar Azul. Quise acariciarte y llevarte conmigo porque tu mirada era desesperada. Te puse dentro de una mochila grande, esas que sobrepasan la cabeza. Y viajaste a Buenos Aires con nosotros arriba del micro. Entre el respaldo de adelante y mis piernas. Nadie notó tu presencia. No hiciste ningún movimiento o ruido. Sabías que te esperaba una vida mejor. Andabas en jauría. Muerto de hambre. De frío y como eras el más chico estabas siempre para el cachetazo.
Por fin fuiste feliz.Te queríamos mucho. Eras un dulce pero loco con los demás perros. Cuando llegó Lenon lo mordías en el cuello y había que separarlos porque lo lastimabas. Paseábamos con Ceci y Laucha por los costados de las vías y sin saberlo pasábamos por los fondos de la casa de Yima. Hace más de veinte años. Después empezaste a adelgazar y en el hospital veterinario de Agronomía te diagnosticaron algo malo. Te pusimos a dormir y morí con vos esa mañana. Mi dulce Tito.
Metal (CABA)
4. MI RAYITO DE SOL
Después de que mi adorada Kelly, mestiza bigotuda y compañera de vida, cruzara el arco iris, tuvimos dos perros: Gastón y Kelita.
En esa época yo andaba noviando con Lucio, estudiando y trabajando, así que no forjé grandes vínculos con las mascotas que habitaron la casa paterna.
Cuando me casé fuimos a vivir a un departamento de dos ambientes en Chacarita.
Allí vivimos ocho años con nuestros hijos. Por supuesto no había lugar para animalitos.
Una vez mi suegra nos mandó una jaula con un pajarito. Los chicos, felices, por fin había una "mascota".
Le pusieron "Pi".
Yo estaba espantada. De por sí no soy muy afecta a los plumíferos y menos encerrados. Verlos volar, posarse en los árboles, hacer sus nidos es encantador pero verlos aletear adentro de una jaula me impresiona muchísimo.
Y a la jaula, que estaba en la cocina, sobre el lavarropas, la limpiaba yo, por supuesto.
Un día Martín tuvo la genial idea de llevar a Pi en la jaula a lo de mi suegra, para que lo viera su primito Dany que había venido desde Baradero a visitar a Arcelia, que también era su abuela.
Los astros se alinearon y en un descuido mi sobrinito abrió la jaula. El toldo del patio estaba abierto, era un hermoso día de sol y Pi sintió olor a libertad y voló.
Todos los adultos estaban muy contrariados. Mi suegra especialmente, porque ella le había regalado el pajarito a Martín.
Tuve que morderme para no abrazar y besar a Dany por la hazaña de liberar a dos seres del infortunio: a Pi y a mí.
Mis hijos preguntaban todo el tiempo cuándo íbamos a tener un perrito o un gatito.
Yo les dije que cuando viviéramos en una casa.
Ese año nos mudamos a mi actual domicilio, tuvimos que construir y refaccionar.
Ahí los niños, de seis y ocho años, me recordaron lo que yo había dicho:ahora vivíamos en una casa.
Entonces yo les dije que si Dios nos ponía un animalito en nuestro camino, nos íbamos a quedar con él.
"Ah, ¡claro!", repliecó Leo, "!porque nos van a dejar un perrito en una canasta en el porch!"
Y yo, repetí mi promesa.
Lucio no quería saber nada de peludos de cuatro patas. No se había criado con mascotas como yo. Y le parecía mucho trabajo.
Yo estaba abierta a los designios del universo.
Una semana después de mi "Si Dios nos pone un animalito en nuestro camino", llevo a mis hijos a natación y cuando íbamos a cruzar la calle vimos algo color naranja en el pasto.
Lo levanté. Era un gatito muy chiquito, lleno de pulgas y hongos, solo y perdido.
Los chicos enloquecieron.
"¡Mamá, Dios nos puso un animalito en el camino! ¡Tenías razón!"
Los dejé en el club y me llevé al saco de pulgas conmigo. Yo empezaba una clase en diez minutos así que le encargué a mi hermana que le diera leche y lo dejara en el potrero de la vuelta que estaba lleno de gatas y crías.
Subí a dar mi clase y me olvidé del tema.
A la noche, mis hijos imploraban: "¿Se puede quedar? Por esta noche. Está lloviendo... "
Yo no sabía a qué se referían, hasta que me mostraron el papelero debajo del escritorio y el rubio pulgoso adentro.
Gabriela, la profesora que trabajaba conmigo, lo había llevado al veterinario donde lo registraron a nombre de Martín, lo revisaron y le dieron algo para los hongos y los parásitos.
Ella, que ya tenía un gato, me trajo piedritas sanitarias y un poco de alimento.
Me habló de las virtudes de tener un gato y todas esas cosas que decimos las
personas adictas a los felinos. Pero yo nunca había tenido un gato. No me gustaban especialmente. Algunos me daban cosa.
Pero el bichito era muy pequeño, ni siquiera caminaba bien, llovía y hacía frío.
Los chicos le habían armado un ranchito con una caja que tenía un trapito, su comida, una mini bandeja de delivery con las piedritas sanitarias y le habían dibujado un felpudo que decía WELCOME.
Lo llamaron James, por no sé qué personaje, pero yo les dije que era mucho nombre para un gato tan chiquito. Y lo redujimos a JAMIE.
Le dijimos a Lucio que era por esa noche.
Pasaron diecisiete años de amor y ternura. Los chicos crecieron con él. Se nos hizo imprescindible a los cuatro.
Era nuestro rayito de sol, porque era rubio, de pelo largo, tenía una cola soberbia, patas cortitas y unos bigotes hermosos.
Se gastó como seis vidas saltos fallidos y travesuras.
Lo amamos enormemente.
El día que tuvimos que ayudarlo a dormir estaba por cumplir sus dieciocho años.
Leo tenía una entrevista de trabajo y pidió que lo esperáramos para estar los cuatro juntos.
En el adiós a Jamie fue la primera vez que vi a mis hijos, ya hombres de ventitres y veinticinco años, llorar juntos a moco tendido.
Lo enterramos en el cantero de la esquina de casa y plantamos un jazmín enano.
A la semana me asomé a la ventana de mi dormitorio y cuando miré al cantero, Jamie había florecido en un hermoso jazmín.
Fue su manera de decirnos que iba a seguir perfumándonos el alma, después de habernos regalado todo el sol durante tantos años.
Noemí (CABA)
3. EL AMOR MÁS SINCERO
Mi viejo me culturizó en eso del amor a los animales, de crear un vínculo tan profundo como silencioso, donde todo se transmite con las miradas. De muy pequeña me dieron a cargo una tortuga, animal que no me identificaba en nada, me daba asco su color, forma y olor, pero sin embargo las cuidé. Para ver si podía con algo “más responsable” en mi bautismo, que fue a los siete años, a mí y a mi hermano nos regalaron dos cotorras de diferentes colores. Pongámosle que me gustaban más, las soltaba en mi habitación y a veces se posaban cerca de mí hasta escuchar los gritos de mamá porque podían ensuciar todo. Un día, para mi sorpresa, me dejaron tener lo que yo más quería dos conejillos de indias o cobayos. Roedores que están entre un hamster y un conejito, medio chinchudos, chillones y sucios como todo roedor. Suavecitos, apretables y besables diría yo. Mis cobayos: Panchita e Hipocondría, fueron mis primeros bebés.
De muy chica en casa había peces, pájaros, tortugas y perros. Me tocó compartir mi infancia con Wanda, una salchicha de las de antes, medianita no enana, que era la hija predilecta de mi papá y atacaba a todos para estar sola con él. Tenía una lucha, ya perdida, de poderes con mi mamá por el amor de mi viejo en esos escasos minutos que estaba en casa. Mario siempre crío así a sus perras, siempre mimadas. Cuando Wanda falleció, pues así es el ciclo de la vida para todes, mis hermanos y yo le regalamos una perrita mestiza pero idéntica a ella, con el nombre Melisa. Perra que había sufrido mala alimentación, tenía moquillo avanzado y no había esperanzas de que sobreviera. Todos tristes por tener que vivir dos pérdidas en tan poco tiempo, abrazando a Melisa que ya tenía siete meses y parecía de tres por el maltrato sufrido, vimos como un papel de conito Havana despertaba su interés y lo lamía, cada vez con más ganas. Le dimos un conito, lo comió. Le hicimos pollo, lo amo. Se curó, pero quedó malcriada y violenta. Neurológicamente estaba muy afectada y para recordarme que los animales también sufren llevo una cicatriz en el labio, trofeo de un ataque de furia de Melisa.
El episodio del mordisco fue impredecible, inevitable,, mi papá no sabía qué hacer con un perro tan violento y que él amaba, hasta que alguien le dijo que quizá necesitaba compañía. Ese comentario sumado a mi insistencia de un perro para mi hizo que llegara ella, el amor de mi vida canina hasta hoy, mi cosita mofletuda, la mancha negra de mi historia: Mia. Esos ojos reflejaban toda mi alegría o mi pesar, me acompañó en mi reposo de embarazo que parecía eterno. Logró regular los ataques de ira de Melisa, ya que Mia era la única que se animaba hacerle frente. Besos, abrazos, caminatas. Me acompañó casi doce años de mi vida que fueron únicos, me di cuenta tarde de lo hermoso que había sido tenerla. Un día, sin muchas vueltas, empezó a llorar y me vino a buscar. En la madrugada la llevé a la veterinaria. Había sufrido un ACV y estaba afectada neurológicamente, pero por ahora sobreviviría. Un año de idas y vueltas, internaciones, llantos compartidos por no tolerar verla así, ella que fue luz de arco iris tanto tiempo se apagó de repente sin que se me cruzara por la cabeza que algún día se iba a ir, eso pasa cuando amas, no ves el final.
El ritual de todos los días era llevarla en auto a nuestro local y cuidarla, ya que no se valía sola. Ya había llegado Jazmín a nuestras vidas y la acompañaba en sus largas siestas o la mordía en sus orejotas de cocker para jugarle, Mia le jugaba ahí tiradita.
Sufrí mucho, nunca creí que pudiera volver amar un animal así, es el día de hoy que mi llavero es su collar. Pero la vida es loca y te da revancha. Los días seguían, disfrutaba de ver a mis hijos con Jaz y ver que sentían lo que yo por Mimi, pensaba que quizás algún día podría recuperar ese sentimiento.
El día menos pensado vi entrar al local
una cosa gris y blanca, que se trepaba en las sillas y ronroneaba. Parecía
bueno y me acerqué, era un amor. Sin pensar demasiado lo dejé todo el día
conmigo, le compré comida y averigué que era un gato de la calle, que tenía cincomeses
y que le gustaba recibir amor, comida e irse, no era de nadie. Esa noche cuando
me iba con nostalgia, pues el amor había vuelto, le abrí la puerta y apoyé mi
mochila en otro extremo y le dije “Puedes seguir o venir a vivir conmigo”.Llevamos
los mejores cuatro años con Purrsito, mi gato consentido,.Hasta que llegó su
“hermanita” Lefica y ahora sí, mi amor está completo en ellos.
Cada lío que hacen, cada madrugada de maullidos, cada situación de preocupación
vale la pena por ellos, por los seres con el amor más sincero que conozco.
Mara (CABA)
2. MIS CONEJOS
Para seguir con mi costumbre de encapricharme con
todo, exigí un conejo como regalo de mi primer día de la madre. El roedor llegó
un mes después cuando tuvo la edad suficiente para alejarse de la suya. Era un
pequeño pompón blanco, con alguna manchita beige y unas orejas enormes que
tocaban el suelo. Así conocí a Lola. Coneja inteligente si las hay.Para evitar
que viviera en jaula trataba de educarla como al perro y no tardó mucho en
entender que las piedras eran para sus necesidades y el colchón era para
dormir, no para comer. Le costaba comprender que un cable no era un fideo con
pesto o que un mueble de madera no una tostada, pero con el tiempo era más
divertido correr como loca por toda la casa con Mia o Mila persiguiéndola, que
perder tiempo en carpintería. Como fue de esperarse en el criadero estimaron un
tamaño de mamífero que en vida real se triplicó y la coneja acostada era más
larga que la cocker. Con esa excusa y la del verano mi padre ofreció llevarla a
su casa donde tenía un patio con dos tortugas, plantas y mucho espacio para
Lola. Ahí pasó cinco de sus años. Tenía una casita de perro con sus mantas para
estar resguardada en invierno, o del sol en verano, dos tortugas que empujaba
hasta que estaban juntas para acostarse a tomar sol sobre ellas en invierno,
macetas de todos los tamaños para ir saltando. Tuvo que ocultarse de alguna aguilucha,
estar sola en un piso 9 tenía su adrenalina. Cuando estaba por cumplir sus diez
amaneceres, falleció. Sin dar señales, simplemente se acostó a descansar.
Fue duro y aunque no se crea la falta se notaba. Ya no íbamos un día a la
semana a merendar con papá y ayudarlo con la limpieza del patio. No le cortábamos
las uñas, ni le comprábamos manzana o banana para verla comer enloquecida.
Sinuhe lloraba porque la extrañaba, y así fue como un día nos animamos a probar
de nuevo, pero esta vez con un conejo realmente más chico. Llegó para los dos años
de Sinuhe por eso se lo adueño y le puso de nombre “Señor Bigotes”. A “mister
bigots”, como le decía yo, lo veías solo si había sol. Bola de pelos negros con
orejas largas pero bastante paraditas, una manchita blanca en la frente era
todo su matiz. A él si le gustaba vivir en jaula y lo manejaba a su manera.
Cuando veía que le poníamos comida a la perra se escapaba de robar un par de
piedritas de la comida y se metía en su cueva con lo robado a descansar,
siempre tenía la jaula abierta. Le encantaba meterse en esquinas INALCANZABLES
y dormir ahí largas siestas. Comer plantas era su deporte favorito, dormirse a
upa de uno, recibir mimos, dar besos y roncar eran otras de sus gracias.
Bigotes, al igual que Lola, se fue una tarde, estaba suelto por la casa, ya no
usaba jaula y tenía un sector vip en el balcón del cual entraba y salía, se acostó ahí, en una maceta con la que jugaba, y a los cinco minutos cuando fui a
dejarle una zanahoria, vi que se había dormido para siempre.
Sí, soy bichera y no podría hablar mal de ninguno de todos los animales que tuve, podré decir que los peces eran aburridos y hasta me generaban un poquito de asco, que la iguana me daba impresión o que los pájaros cantando a la mañana encerrados no era la imagen más feliz pero siempre agradecí haberlos tenido a todos conmigo.
Mara (CABA)
1. DISTANCIAMIENTO ANIMAL
Nunca he registrado en mí una sensibilidad que se conmueva demasiado ante los animales en general.
Me refiero a esa natural conmoción que observo en muchísimas personas ante perros, gatos, equinos, cobayos, aves y demás individuos de cualquier raza o especie zoológica.
Me desagradan sobremanera los olores y los humores que manan de ellos.
Los perros me han provocado siempre un miedo tan irracional que fruto de eso he recibido mordidas en siete oportunidades.
Algunos eran de familiares, vecinos y amigos pero también un par eran callejeros pues yo simplemente huía y los canes me atacaban.
Nunca conviví con perros cuando era pequeña.
Tuvimos si algunos gatos en el jardín, en la terraza, pero siempre fuera de la casa, yo los evitaba.
Mi padre tenía canarios y cardenales en jaulas pero a mí me daban mucha impresión sus pequeños cuerpos emplumados.
Jamás le hubiera hecho daño a un animal y por eso, siendo muy pequeña solía mortificarme cuando, al regreso de unos días de caza mi padre traía sus presas.
Ponía en la galería trasera los cadáveres de las liebres colgando de un gancho y al percibir el hedor ácido característico de la sangre yo no podía evitar las náuseas.
Obviamente no como liebres, ni conejos, ni perdices.
Apenas tolero el sabor de las carnes.
Con esto quiero manifestar que, si bien no soy una enamorada de los animales tampoco los rechaza mi corazón, pero no mantengo un vínculo fluido y placentero con ellos.
No acaricio cachorros aunque puedo admirar la belleza de cualquier animal salvaje o doméstico y respeto sus vidas.
No me complacen los zoológicos, las jaulas, los circos, ni los lugares donde se maltrata a los animales...
Buscando superar dificultades, hice tratamiento con un psiquiatra por ese tema, entre otros y pude en cierta medida atenuar mis temores al respecto.
Así fue que después de veinticinco años de insistencia y fallidos intentos, mi esposo consiguió mi acuerdo para traer una perrita a casa.
Había visto un perrito de esa raza y me había parecido precioso.
Desoyendo las voces de personas que conocían de perros, dije que solo aceptaría un Beagle.
Aixa, una Beagle que me resultó muy simpática, bellísima como un peluche, resultó tal cual me lo habían advertido, muy difícil, glotona y rebelde.
Mí hija y mi marido la amaron desde el primer día.
Mi hijo nunca logró conectar cariñosamente con ella, es más, la perrita acostumbraba a orinarle la cama, creemos que en señal de protesta por su desamor.
Yo busqué la manera de convivir con ella pero no lo logré totalmente.
Aixa era muy dominante y cuando mis hijos se fueron a hogares propios la cosa se nos fue de las manos.
La perra no reconocía autoridad en mi esposo porque era muy condescendiente y tampoco la veía en mí porque yo le temía bastante.
Así que luego de muchas peleas, mordidas, reproches y robos de comida que atentaban contra su propia salud y mi tranquilidad, mi hija se la llevó a vivir a su casa.
La verdad es que sentí que por fin lograba armonía y plenitud en mí hogar.
También guardo de ella hermosos recuerdos, he llegado a amarla pero sinceramente prefiero a mí gata Candy cuya pachorrienta independencia me gusta mucho más.
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