Puerperios


5. PUERPERIO

La belleza arrolladora de esa beba casi perfecta equilibró en mi ánimo la desazón y la angustia generadas por una variada serie de situaciones, inesperadas para mí, advertidas o anunciadas íntimamente para otros. Todo contribuyó a que una vez más, un acontecimiento central de mi vida, se viera teñido de gris, ese color tan triste con el que se representa la melancolía. Y sí, no me gusta reconocerlo, pero no puedo revivir ese período de mi maternidad temprana con felicidad. Ni siquiera hoy, cuando las heridas han sanado, cuando para algunos, como mi madre o mis tías, se tornó casi anecdótico. No, de ninguna manera lo viví como algo superfluo. Han pasado cuarenta y un años y me molesta, me duele que el recuerdo se empañe, que de algún modo se arruinase también este hecho, tan mío, del cual tengo tanto orgullo. Lo acontecido, incluso en relatos contados en reuniones, lo omito. Mi hija algo sabe, mas no quiero que sepa todo. Ya tuvo bastante con un padre ausente, que evidentemente no la quiso.

   Salí del cuarto de parto caminando lentamente hacia la sala, para ubicarme en una habitación compartida con otras dos mujeres. Mi cama estaba separada del resto por un tabique que me daba cierta intimidad. Llegué y vi a su lado la cunita, mi hija dormía plácidamente con sus deditos rosados apretados en puños diminutos. Parecía no tener pelo, porque su pelusa rubia se mezclaba con el rosado de su cabeza, perfecta, redondita y suave. No pude prestarle la atención que hubiera querido, me dolía muchísimo el bajo vientre, una especie de dismenorrea insoportable. ¿Por qué el dolor me seguía torturando?

   Las enfermeras me dieron calmantes y me preguntaron varias veces si era la primera hija. ¿Cómo no iba a ser la primera? Después supe que cuando nace el segundo hijo, en algunos casos, duele después del parto: dolores de entuerto. No sé si realmente es así, aunque me quedé con esa versión.

   Ya era de mañana y estaba acompañada. La dolencia no cesaba ni con calmantes, hasta que no sé bien cuánto tiempo después me levanté para ir al baño contiguo, una catarata de sangre había impregnado mi camisón y las sábanas. Así que debieron cambiarme con cierta displicencia, o al menos eso me pareció.

   El día transcurrió bastante bien, recibí visitas, muchas quizá, a quienes les preguntaba si veían linda a mi beba. Obsesionada y temerosa por un caso que me habían contado, un sentimiento común tal vez en algunas mamás. Me inquietaba el hecho de que aún no la hubiera revisado un pediatra, necesitaba imperiosamente que me dijeran que todo estaba bien, que mi hija era absolutamente sana. Después de la merienda, llegó el médico, la examinó y me afirmó que era un diez. Ese momento fue uno de los que representa incluso hoy, la felicidad.

   Llegó la noche, llovía torrencialmente y con la lluvia llegaban los primeros fríos de abril. En casa de mis padres habría pizzas para todos porque papá cumplía años, sí, su nieta fue el mejor regalo. Interiormente me apenaba que naciera el mismo día, pensaba que cuando él ya no viviera, el cumpleaños de mi hija se tornaría una fecha triste. Años después se concretó mi temor.

  La cuestión es que me encontraba sola, a una de las chicas de la sala le habían dado el alta y la que quedaba, estaba sumida en un pozo de tristeza porque había perdido el embarazo.

   Romina comenzó a llorar y eso aumentaba la angustia que yo sentía, sola, sin mi familia y sin saber bien qué hacer. Por recomendación de una enfermera, la acosté conmigo, para darle calor porque lo necesitaba, según la experta. Pero el llanto no cesaba. Me levanté, la acuné frente a una ventana del primer piso que daba justo a la avenida Córdoba. Me inundaba la ansiedad y me frustraba no poder aliviar el llanto de mi nena. Quizá tenía frío, la ropita que le había llevado no era suficiente para darle calor. Para colmo, no se prendía del pecho y eso me desesperaba. Pedí una mamadera, no muy conformes accedieron al ver que la beba no se calmaba y el llanto se intensificaba. No la bebió tampoco.

   Logré, con esfuerzo, que succionara. Algo pudo mamar y poco a poco, o tal vez por sueño, ambas nos dormimos.

   A la mañana siguiente, me darían el alta. Sin embargo, ese episodio puntual, fue el fundante de la infelicidad que me acompañó bastante tiempo junto al padre de mi hija. Él no poseía el monto requerido para pagar lo que debía, cancelar la deuda y liberarme de la clínica. Así que, con muy poco de sentido ético, me sentaron en una silla con mi beba en brazos, hasta tanto regresara mi marido con el dinero, que por supuesto consiguió prestado. Mis padres en ese entonces no estaban muy bien económicamente, aunque creo que por orgullo él no les pidió ni a ellos ni a sus padres, gente con menos recursos que los míos, pero tal vez, con algunos ahorros.

   La historia sigue, pero no tengo ganas de seguir contando.

Bertha 2003 (CABA)


4. SE VINO LA NOCHE

Voy a ser breve. Porque este es un tema que no tengo resuelto aún, a pesar de estar tan lejos en el tiempo.

Todavía me angustia, me siento mal y no puedo abrirme a los detalles porque me lastima profundamente.

Solo diré que en todos mis escritos anteriores había a quien culpar. En este no. O por lo menos yo no logro correr la culpa de mi persona.

Desde el principio no me sentí conectada con el bebé , lo veía como un extraño que había venido a separarme del hijo que conocía. Todo fue tan frustrante y tan caótico que los que se metían a ayudar hacían las cosas peores. Se llevaban a Joaquín y me dejaban sola para que pudiera estar tranquila con Javier. Y yo lloraba extrañando a mi primer bebé.

Sin mencionar el fracaso de no poder amamantarlo, por mucho que me hubiera preparado y concientizado durante el embarazo Lo peor fue que una nube gris y tóxica iba descendiendo sobre mi alma y mi corazón.

Yo me irritaba, me enojaba, me frustraba y detestaba las 11 de la noche que era cuando Javier empezaba a berrear desconsoladamente y yo, agotada y desesperada

Jamás me voy a olvidar de la noche que lo dejé en la cocina, sentadito en el Nenesit, llorando a grito partido, después de sacudir su sillita y gritarle que se callara de una vez. Cerré la puerta y me fui a mi cuarto tapándome los oídos. No recuerdo nada de Alejandro o Joaquín. Ni tampoco recuerdo cuanto tiempo pasó hasta que volví a la cocina y lo encontré dormido en su sillita en el piso. Sí recuerdo cómo me sentí. Como un monstruo.

El pediatra me había dicho que lo dejara llorar pero yo además había tenido ganas de ahogarlo. Entendí a algunas mujeres locas,enfermas, que cometen infanticidio con sus propios hijos. Entendí porque en esos momentos una no es una, es alguien más que te habita y maneja tus emociones y tu cuerpo a su antojo.

Resumiendo, mucho después me enteré de que había padecido una tremenda depresión post parto. Por supuesto no visité ningún profesional en ese momento. Salí sola. Bueno, salir es un decir, porque el monstruo está agazapado en algún recoveco de mi memoria y no lo perdono.

Pero pude volver a sentir felicidad. Sensación que había perdido por completo. Nada me llenaba. Nada, absolutamente nada, me hacía feliz.

Recuerdo los infructuosos intentos de Alejandro de darme los gustos, salir a pasear, hacer cosas que normalmente me gustaban y que caían en saco roto.

Yo me preguntaba qué me pasaba que tenía ese tremendo vacío adentro mío que nunca jamás había sentido antes. Pero me arrastraba con una tristeza  gigante, asfixiante y nada tenía sentido.

Ya no recuerdo cómo ni cuándo se normalizaron las cosas. Cuánto habrá durado ese maldito puerperio. Fueron unos meses. Porque tengo memorias agradables de mi vida con los dos niños siendo ambos muy chiquitos. Javier de meses y Joaquín cumpliendo los dos años.

Ya no recuerdo cómo volví a ser yo, y preferiría no poder recordar ese período de mi vida en el que me auto etiqueté como una madre monstruo.

Ojalá pudiera borrarlo o sanar definitivamente. Hoy Javier va a ser papá y él no sabe que atravesamos juntos todo este pandemónium. Hoy la historia es otra, la mamá de mi nieta es otra, Javier es un hombre.

Todo va a ser distinto. Mucho mejor. Tal vez hasta pueda perdonar al monstruo.

Noemí (CABA)

 

3. UNA NUEVA VIDA

Una nueva vida. En todo sentido. ¡ Había tanto que aprender! Una no se transforma en madre de la mañana a la noche. Una sigue con su niña interior que no entiende nada. Que se alegra y se sorprende y hace todo lo que le aconsejan porque tiene miedo de equivocarse y cree que los otros sí saben.

Salimos del sanatorio un caluroso 10 de enero. Joaquín lucía un hermoso enterito blanco de hilo. Ya había librado su primera batalla con el peluquero que lo había rapado. No le gustó nada. Protestaba agitando sus diminutos puñitos. Pero era lo que se hacía. A los bebés se los pelaba, especialmente si tenían una melena gigante y era pleno verano.

Salimos con Alejandro y la tía Ethel, que era un amor de persona. Llegamos al departamento y Alejandro se fue a hacer trámites y compras y nosotras pusimos a Joaquín en su moisés naranja. La vecina se cruzó a conocer al bebé, yo estaba embobada, orgullosa, enamorada.

La tía Ethel se quedó todo ese día, para ayudarme a que me pudiera acomodar en mi nueva situación. La episiotomía era un calvario. Yo no quería ni enterarme de lo que había ahí abajo. Pero dolía y me daba mucha impresión cuando iba al baño o cuando me lavaba, por eso evitaba tocarme de cualquier forma.

Los primeros días fueron incómodos, más que nada porque solo hacía siete meses que Alejandro y yo convivíamos y había muchas cosas que me avergonzaban. Estaba inflada como un globo, llena de gases, la panza me hacía ruido, me daba miedo ir al baño y era una epopeya tratar de darle de mamar a Joaquín. Mis pezones eran muy chatitos y enseguida se me lastimaron, él se aferraba con fuerza y no sé si sacaba mucho pero rezongaba y lloraba. Yo tenía que limpiarlos constantemente y ponerme una crema para las grietas, pero me duraba poco porque el bebé tenía hambre y había que ponerlo en la teta muy seguido.

También había que recibir a las visitas. Y no todas traían paz y sosiego. Cuando vino mi padre con su señora, trajeron a mi hermana con su bebé y ahí los primos pudieron conocerse. Esa visita la recuerdo como algo familiar y agradable, a pesar de mis incomodidades físicas. De hecho, Inés, mi mamá postiza, colaboró mucho con nosotros.

Ella era modista de alta costura y trabajaba mucho. No obstante, se hacía un rato al mediodía, se tomaba el colectivo y preparaba el almuerzo que compartía con Alejandro. Yo habitualmente estaba en la pieza luchando con la teta. Inés dejaba todo lavado, ordenado, algo para la cena y se volvía a su casa en colectivo para seguir trabajando.

Fue la persona que más hizo por nosotros en esos primeros días. Ella no había tenido hijos. No opinaba, no criticaba, daba una mano y se retiraba a sus labores.

Alejandro oficiaba también de “enfermero”. Era el quien se ocupaba  las curaciones de la episiotomía porque yo no me animaba. Me moría de vergüenza a pesar de que él lo hacía con total naturalidad y trataba de hacerme sentir cómoda. Pero era muy humillante.

Por suerte las visitas de mi suegra eran espaciadas. Cada vez que venía me urgía a poner a Joaquín en la teta. No importaba cuánto se le dijera que recién había comido, ella daba su sentencia con desprecio hacia mi persona: “Ese chico tiene hambre”

Mi carruaje se había convertido en calabaza con el nacimiento de mi hijo, yo había perdido mi bombacha en la sala de preparto junto con mi zapatito de cristal, y de buenas a primeras pasé de ser la petisa adorable, la futura madre con un tesoro en su vientre, la receptora de todos los mimos y atenciones, a ser la débil Cenicienta, desarreglada, inútil, “floja” y no muy capaz de criar a un niño.

Las críticas me llegaban en susurros, en comentarios escuchados desde la habitación o cara a cara, sin privarse de nada.

Justo en el momento en que más comprensión, contención y ayuda necesitaba, me llovían críticas de suegra y cuñada a las que, afortunadamente, Alejandro ignoraba y seguía adelante con su tarea de esposo y padre recién estrenado.

La visita de Mercedes, una hermana postiza que mi papá e Inés habían acogido como hija, le dio a Joaquín la oportunidad de prenderse de una teta enorme, de gigante pezón y empacharse con su leche. Mercedes estaba amamantando a su hijo y se ofreció a hacer lo propio con el mío. Sin críticas, sin cuestionamientos, con complicidad y alegría, nos alivianó la preocupación que estábamos teniendo.

A los quince días el pediatra decidió que el niño no se estaba alimentando como debía, que probablemente se filtrara sangre de mis pezones en la leche y que debíamos empezar a alimentarlo con leche de fórmula. A mí me vendaron el pecho como a una momia egipcia una vez que me había ordeñado bien con el sacaleche.

Fue un alivio inmenso verlo tomar su mamadera tan feliz y sin luchar. Nos sentimos mucho más tranquilos.

Cada tanto mi suegra decía que yo era una floja, que no le había querido dar de mamar a su nieto y más adelante se encargó de repetírselo a Joaquín para que el niño lo entendiera bien.

Dejando de lado todas estas peripecias e intromisiones familiares indeseadas, nuestro vínculo marital se iba reforzando y Joaquín nos tenía embobados. Me encantaba “jugar” a la esposa y madre. Tener la casa limpia, la comida preparada, el bebé bañadito y perfumado y sacarlo a pasear en su cochecito por las tardes sintiéndome que llevaba todo el oro que hay al final del arco iris.

Las noches no eran tan fáciles, porque al bebé le gustaba estar en brazos y que lo pasearan. El piso de alrededor de nuestra cama quedó gastado de los paseos que daba Alejandro con Joaquín durante las madrugadas mientras yo me desmayaba de sueño entre una mamadera y la otra.

Poniendo todo en la balanza, el primer año con Joaquín en casa fue maravilloso. Mi orgullo al salir con él todas las tardes, mi felicidad plena al poder comunicarme con él, primero con juegos, después con palabras, fue lo mejor que me pasó en la vida.

Alejandro jamás cuestionaba ni mis métodos de crianza ni mis actitudes con Joaquín. Íbamos aprendiendo juntos a ser padres, haciendo oídos sordos a las críticas, tratando de seguir al pie de la letra lo que indicaba el pediatra. Y así navegamos en nuestra primera paternidad sin demasiadas contrariedades, con mucha alegría y orgullo.

No sé cuánto dura un puerperio -por lo menos con Joaquín no lo sabía- pero puedo afirmar que todo lo difícil, lo duro, lo negativo se esfumaba con su risa pícara, su manera tan graciosa de gatear, sus primeras palabras, sus travesuras, sus cachetes gorditos, sus tiernos hoyuelos, su forma de comer, todo, todo era lindo en Joaquín, lindo, tierno, simpático, todo brillaba a su alrededor, él brillaba, él era la respuesta a tantos miedos innecesarios, tantas incertidumbres, tantos permisos pedidos a la vida antes de que nuestra existencia se iluminara con su llegada.

Noemí (CABA)

 

2. SEGUNDO PUERPERIO

Esta vez, a pesar de haber sido por cesárea, nos dieron el alta a los tres días. La primera semana en casa todo parecía fluir armoniosamente. Tu hermana se acomodaba a tus tiempos, en ese momento no me daba cuenta de lo que significaba para ella que la tratara como si fuera una niña más grande, en realidad eran dos bebés. Cuando tenías nueve días me enfermé de neumonía, tuve fiebre muy alta. Como me trataba con homeopatía, no tomé antibióticos, así que seguí dándote de mamar normalmente. Fuera de ese episodio, los primeros cuatro meses fluyeron en armonía. Yo no trabajaba pues había juntado a los tres meses de licencia por maternidad, un mes de vacaciones. El clima de primavera y verano nos permitía ir a pasar los días a la casa de tu bisabuela, cerquita de casa, con jardín y pileta. El último mes antes de comenzar a trabajar comenzó a complicarse la cosa. Tenías tres meses y llorabas mucho después de mamar, me decían que era normal que podía ser que hubiera bajado la cantidad de leche. Yo no quería darte mamadera, pero llorabas tanto que a veces te daba un poco de leche de vaca. La realidad era que tu papá y yo no estábamos bien, temas económicos, Yo estaba nerviosa y preocupada. Tu tía Carol nos invitó a la quinta unos días, nos fuimos vos, tu hermana y yo; tu papá se quedó porque estaba trabajando. Esos días no tuve que darte ninguna mamadera, la leche volvió a fluir normalmente. Cuando regresamos a casa, se repitió la historia la leche no alcanzaba, lo intenté, pero nada, esta vez, ya casi no tenía leche. Decidí comenzar con la mamadera, aunque algo en mi interior me decía que era yo quien no estaba bien, estaba muy nerviosa por muchas cosas, esa semana comenzaba a trabajar y opté por lo más práctico. 

Las noches se habían vuelto una batalla campal, llorabas y llorabas, yo sacudía tu cuna cada vez más fuerte, le ponía miel a tu chupete. Te calmabas unos instantes y comenzabas a refregar tu carita contra el colchón, tus orejas, tu pelo quedaban todos untados con miel. Cualquier cosa con tal de no levantarte en mis brazos, todos me decían que no lo hiciera, que te iba a malcriar y yo obedecía, ¡qué desastre! no lograba que te aomodaras a mis horarios, dormías profundamente de siete de la tarde a las dos de la mañana. No recuerdo cuantas noches fueron, pero esas cuatro horas desde las dos hasta las seis de la mañana, hora que te volvías a dormir profundamente. Una pesadilla.

Hoy puedo ver la gran desconexión conmigo misma y con vos y tu hermana, de esos años. Con el paso del tiempo se fue acomodando todo, cada vez era más fácil, las criaba juntas, decían todos. Euge la tranquila y Ale la que no se queda quieta, la que me vuelve loca desde los cuatro meses hasta hoy, solía decir, sin ninguna consciencia de lo que eso les afectaba a ambas.

  Susana Moreno (Maschwitz)

 

1. PRIMER PUERPERIO

Luego de la cesárea todo fue muy difícil, cinco días internada. No me podía mover mucho, ni hablar de toser, sentía que se abría la herida, catorce puntos por fuera y ni idea de cuántos por dentro. La leche que no bajaba. Al no haber tenido trabajo de parto iba a costar más, me dijeron. Vos que llorabas de hambre, el calostro no alcanzaba. No te podía sostener en mis brazos, te apoyaba en mis piernas y me agachaba para que te llegara el pezón a tu boca. Todo me dolía. Cuando llegamos a casa fue mucho mejor. Me compré el libro “El arte de amamantar a su hijo" de Becar Varela, más los consejos de mi jefe, médico eminencia en homeopatía y pediatra, más tu infinita paciencia, querida hija, y mi perseverancia a pesar de las grietas en los pezones, más el dolor de espalda, logramos luego de 17 días que comenzara a bajar la leche a mis pechos, tanto que comiendo cinco minutos de cada lado dormías más de cuatro horas. Por fin llegó el momento de disfrutar estar juntas, mi amor.

 Ibas a cumplir tan solo dos meses y tenía que volver a trabajar. Tu papá no tenía trabajo fijo, diferentes changas: camarero de un bar, vendedor de artículos de limpieza y alguna que otra más, a veces ni eso. Había que pagar el alquiler, las cuentas, etc. Por suerte trabajaba de secretaria tres veces por semana, pero había un día que era de catorce horas. No quería darte mamadera así que organicé que tu abuela y tu papá te trajeran al consultorio para amamantarte. Esto era posible porque además de que quedaba a diez cuadras de casa, vos eras una beba muy tranquila, y dormilona.

  Cuando tenías cinco meses, me quedé embarazada de tu hermana. Seguí dándote de mamar hasta los nueve meses, en esa época era lo que aconsejaban los pediatras y como ya comenzaba a notarse la panza, me pareció que ya estaba bien. Comías de todo menos carne, crecías muy bien, ya te estaban comenzando a salir tus primeros dientes. Eras una beba saludable, alegre, tranquila. Todo lo fuiste haciendo dentro de los parámetros marcados por el pediatra. Te sentaste a los seis meses, gateaste a los nueve, comenzaste a caminar al año. Cuando tenías un año, un mes y diecinueve días nació tu hermanita. ¡Qué grande que parecías al lado de ella! Y pensar que todavía eras un bebé. Por suerte a esa altura ya dormías toda la noche de corrido y hasta habías aprendido a tomar la leche en mamadera, cosa que me facilitaba mucho todo. Hasta dejaste los pañales de noche y de día, cuando cumpliste dos años, un alivio, teniendo en cuenta que usaba pañales de tela. Mucho trabajo ese primer año de tu hermana y segundo tuyo, había días en los que ni me miraba al espejo, no había tiempo, terminaba con una y empezaba con la otra. No tenía consciencia de lo que te exigía, desde que nació Ale, te traté como a una nena más grande, y vos te adaptaste a todo, sin llorar, sin hacer berrinches, dejando tus necesidades de lado para mirar las mías, la hija buena que toda madre desea tener, duro para vos, injusto, pero real.

Susana Moreno (Maschwitz)

 

 

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