15. LA BICI
No recuerdo mucho sufrir por celos, pero la llegada al mundo Leonardo, mi
primer sobrino, por ende, el primer nieto de mis padres, no voy a negar que me
movilizó. Tenía ocho años, era pequeña aún, pero como era mi costumbre,
disimulé muy bien las cosquillas celosas que me invadían. Leo llegó a su casa después de cuarenta días
de estar en incubadora, porque nació prematuro. Fue todo un acontecimiento para
la familia. Los primeros días mi hermana y él se alojaron en la casa de una
amiga, que sería su madrina, porque era enfermera y la ayudaba a mi hermana que
no estaba muy bien de salud. Era la casa de una de mis mejores amigas. Ella
llegaba a la escuela y lo primero que me contaba era que lo había tenido en
upa, que lo cambiaba, que esto y lo otro. Yo no decía nada, pero me daba mucha
bronca y tristeza. Yo iba de visitas un ratito nada más. El día que mi hermana se trasladó a su casa
con el bebé, yo estaba exaltada, lo quería agarrar, cambiar, besar, todo. En un
momento mi hermana medio enojada, me dijo que no lo jodiera y lo dejara
tranquilo. Y mi mamá, actuó como una verdadera mamá, le dijo elevando la voz, ¿no vez que está celosa?, no te das cuenta de
que viene sufriendo? ¡Es chiquita todavía! Mi hermana me abrazó y me lo
puso en los brazos.
Cuando Leo cumplió los dos añitos, mi papá cayó con una hermosa bicicleta
“mini” de regalo, aún recuerdo como me miró mi mamá. Cuando terminó la fiesta y
llegamos a casa, mi madre comenzó a reprocharle por qué le había comprado una
bici tan grande que no podría usar por unos años más. ¿Por qué no se la compraste a Mariela?, ella quería una. Me fui a acostar con una sensación amarga. Tendría
que seguir usando la bici vieja que heredé de mi hermano.
El tiempo pasó, me fui a vivir con mi hermana. La verdad es que la pasaba
muy bien con ellos. Mi hermana me dejaba cuidar el bebé, me festejaba los
cumples, pero sobre todo me prestaba la bicicleta de Leo. A veces la condición
era que lo llevara, yo con tal de andar en la bici nueva, lo llevaba por todos
lados. El mocosito era el juguete entre mis amigos.
Mari (Neuquén, Neuquén)
14. ¿CELOS?
No existía sueño más
deseado que tener una bicicleta. Ya había cumplido nueve años y aún no sabía
andar.
Una mañana fresca
apareció la madre de mi padre (mi abuela para el Universo), con su chofer y
bajaron dos bicicletas; una de hombre verde, para mi hermano que tenía ya dieciséis años (muy pronto llegaría un auto
para él), y otra de dama color naranja
Aurorita, para mi hermana Liliana, que ya tenía trece. Ellos si sabían andar en
bici.
No entró a la casa, los
llamó hizo entrega de tan preciado tesoro, le susurró algo al oído a mi hermana
y se marchó sin saludar. Yo observaba desde la cocina toda la situación.
Como era de esperar,
corrí hasta mi hermana al grito de.. ¿Me la prestas, me la prestas?
Se negó rotundamente:
su abuela le había dado instrucciones de
no prestármela, porque se la iba a rayar. Ella no la usó nunca o en contadas
ocasiones. Ahí estaba la bicicleta cero kilómetro en un rincón.
Todavía recuerdo el
dolor que me producía pasar cerca, desearla y no poder usarla, tan orgullosa
ella, que me recordaba, quien era yo…
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
13. MUJERES FASTIDIOSAS
Era junio, faltaban dos meses para que venciera el contrato de alquiler de mi departamento, Conversando con Luis, decidimos que yo fuera a vivir a San Miguel, él ya vivía allí, hacía dos años.
El departamento era grande, cómodo, con tres
dormitorios y muy luminoso. Nos casaríamos a fin de año.
Soy una persona muy apegada a las normas y a los horarios,
no me gusta ser molestada durante las comidas o cuando duermo.
Comencé a notar que distintas mujeres tocaban a la puerta o
llamaban por teléfono para hablar con Luis. , Que una se quedó sin luz, a otra,
se le rompió el cuerito de la canilla, no faltaba alguna a quien se le había cerrado
la puerta y la llave le quedo dentro. T todo lo tenía que arreglar Luis. Eso me
fastidiaba. No sé si eran celos, tal vez sí.
Como era un barrio naval, los hombres estaban en sus
trabajos o destinados en otras ciudades, y las mujeres quedaban solas, a mí me había
pasado.
Algunas veces, venía mi suegra a visitarnos quedándose
varios días y echaba más leña al fuego, porque me decía que cuando yo no vivía
allí las mujeres venían a cualquier hora.
Le decía a Luis que no las atendiera, pero él es muy
amable y solidario, la situación me desagradaba mucho. Era un run run en mi
cabeza al que quería ponerle fin.
Así que un día le dije a mi marido que terminaría
con el ir y venir de esas insoportables, por supuesto sin dejarlo mal parado.
Conocía a muchos de los esposos de esas mujeres, los
veía en mi trabajo, y algunas veces viajábamos en el tren. Cuando tuve la
oportunidad de hablar con cada uno de ellos, les dije que los fines de semana, ya
en sus casas, arreglaran lo que no funcionaba. No sé si les gustaba o no lo que
les decía, me importaba muy poco lo que pensaran de mí.
Creo que quedé como antipática para algunas, pero
cuando venían a tocar el timbre manifestaba que Luis estaba descansando o
comiendo, que las atendería en otro momento. Con el tiempo se fueron alejando y
no fastidiaron nunca más.
Sentí un gran alivio, no me agradaba tener en mi
mente temas sin resolver, padezco angustia y ansiedad cuando en mi interior hay
algo que me perturba, necesito solucionarlo rápidamente, sea cual fuese su
resultado.
Consideraba que esas mujeres podían ser una amenaza
para algo que consideraba propio, mi hogar.
María Laura Finochietto (CABA)
12. CONFIANZA
No considero ser una persona celosa, tampoco lo fui en mi infancia. Recuerdo que no tenía celos de mis hermanos. Estaba acostumbrada a que si Leonor o Jorge recibían un regalo por parte de mis padres, yo también lo recibía. Tampoco sentía celos de mamá y papá, los dos me amaban de la misma forma.
Durante mi infancia, antes de que llegaran a nuestras vidas Roberto e Isabel, mis cuñados, los cincos éramos una unidad, juntos siempre. Roberto e Isabel se acoplaron a la familia, para mí eran dos hermanos más, tampoco sentí celos, mis padres los trataban como hijos.
Cuando mis padres regresaban de sus viajes y traían regalos eran para los cinco, no había diferencia, tampoco sentía celos.
No padecía celos de mis abuelos, aunque éramos muchos nietos, sabía que yo era la mimada.
Cuando nos visitaban mis primos, sentía como una amenaza que me quitaran algún juguete por eso los guardaba celosamente.
Posiblemente sintiese celos si hubiese hecho amistades en mi infancia.
Creo que los celos denotan inseguridad o falta de confianza en uno mismo y hace que dudemos de los actos y de lo que pensamos.
En mi infancia siempre supe lo quería y lo que no quería y a pesar de ser una niña mis padres me respetaban, aunque que se preocupaban mucho por mí.
El vínculo con mi familia era muy fuerte y el afecto que me brindaban fue lo que potenció mi seguridad tal vez ese sea el motivo por lo que no haya sido celosa.
María Laura Finochietto (CABA)
11. LA ELEGIDA
Es bastante normal que los hermanos sientan celos.
Entre mi hermano y yo no hubo rivalidad, siempre fuimos muy distintos, sobre todo
ante los ojos de mi mamá, que trató de ponerlo en un lugar de protección
que, posteriormente, mucho no le ayudo y afectó de algún modo su personalidad.
Mi hermano no fue un niño enfermo, sí de personalidad tranquila, le
gustaba jugar con los demás chicos, pero más, observar como
jugaban los otros. Pienso que el escuchar a mi mamá decirle no corras que transpiras, fíjate te
van a empujar, no te caigas te vas a raspar las rodillas, hicieron
que él tomará esa actitud pasiva, que lo hacía ver como un niño
diferente.
En realidad esa
relación enfermiza que mi mamá tenía con mi hermano,
más que darme celos, hacían que lo compadeciera.
No soporto los
celos entre amigas. Tampoco nunca sentí rivalidad con mis nueras,
supe separar la paja del trigo, ellas son las parejas de mis hijos y yo su
madre, cada una con su rol. Si mis hijos decidieron formar una familia, yo
estoy para apoyarlos, no para hacerles la guerra, aun habiendo
cosas que no me gustan, trató de mantenerme al margen y no echar leña al
fuego.
De la persona que sí
me sentí celosa, fue de mi esposo, pero eran celos mezclados con admiración.
El nunca me dio
motivos para ponerme en una situación incómoda o de dudas.
En realidad, mis
celos aparecían cuando yo iba a su trabajo. Su presencia, su pinta
increíble con ese smoking negro, que hacía juego con su cabello canoso y su
altura, me hacían sentir que si yo, que era su mujer lo veía tan
atractivo, seguramente otra mujer podría pensar lo mismo.
Pero él no estaba
involucrado en lo que yo pensaba, era una percepción mía, esa que yo
sentía cuando lo observaba, lejos de ponerme mal, me
enorgullecía, porque yo sabía que Marcelo, así lo llamaban, era el
personaje de Clark's, el restaurante donde trabajaba y cuando
él regresaba a casa, era el hombre que por tantísimos años
compartió junto a mí la vida, demostrándome con su amor y aguante, que yo
fui la mujer que eligió para siempre.
Li (CABA)
10. ¿COMPARTIR MIS HJOS?
Conocí los celos la
primera vez que los chicos fueron a comer con el padre y su pareja. Eran celos,
con odio, con angustia. No me importaba que él tuviera pareja, lo que me daba
rabia era que mis hijos compartieran algo con ella, que pudieran reírse, que
conversaran, que le contaran algo que a mí no. No pude contenerme y les avisé a
los chicos que no iban a estar solos con el padre, esperando que me dijeran que
no querían ir. Pero no me contestaron nada. Ellos vivían la situación como si
nada pasara, y yo explotaba por dentro. Gaby, que desde siempre había
percibido mis estados de ánimo, se dio cuenta de que a mí me pasaba algo. Tal
vez pensó que me entristecía almorzar sola ese domingo y fue hasta su pieza para
buscar un libro y recomendármelo para que lo leyera. Yo le agradecí apenada de
que sintiera culpa. Natalia organizaba su mochila ajena a mis sentimientos. De
nuevo Gaby, en un intento por cambiar mi cara, me propuso que llamara a Tencha,
mi amiga, para que no me aburriera. Pobre. Mi problema no era quedarme sola, mi
problema era el odio que me daba compartirlos con ella.
Cuando se fueron
intenté controlar ese fuego interno. Trataba de calmarme. Después de todo yo
los compartía Gustavo casi todos los fines de semana. Pero por
más que lo intentaba, esa emoción no tan habitual en mí, se había apoderado de
mi cabeza, de mi cuerpo, de mi voluntad. No leí el libro, no llamé a nadie, me
quedé en casa revolviendo, casi vomitando pensamientos de odio por todos los
poros de mi cuerpo. “Esto es estar celosa”, me dije. Era mucho más que estar
enojada, porque se agregan fuertes de deseos de destrucción. Alguien había
logrado hacerme sentir celos y era justamente ella.
Tema para mi próxima
sesión, pensé.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
9. ME ELIJO A MÍ MISMA
No soy celosa.
Me gusta que la gente
que quiero me tenga en cuenta y sufro si eso no ocurre. Pero no me importa que ellos
le presten más o menos atención a otras personas. Me alcanza con saber que soy
importante para el otro, del modo que sea.
Cuando era adolescente
sí me daba rabia que una amiga prefiriera a otra antes que a mí. Pero con el
correr de los años, fui ganando en seguridad y autoestima y ya no resultó un
problema.
Sí me reconozco
absolutamente celosa de mis afectos en cuanto a que, si alguien los agrede o
lastima, soy una leona para defenderlos. No me importa lo que yo pueda perder.
Si me hieren a mí, es muy probable que perdone una y otra vez. Pero si tocan a
alguien que quiero, dejan de existir para mí.
Por lo contrario, si
los aman y los cuidan, por carácter transitivo, yo les tomo afecto, aunque no
los conozca.
Si pienso los celos
como una manifestación de posesión sobre el otro, lo más cercano que
experimenté en cuestiones de pareja, fue, de joven, ponerme muy rabiosa si alguien
se le acercaba con intenciones de seducir a mi marido,entonces novio. No dudaba
en marcar mi territorio frente a su mirada divertida. Si, en ocasiones,se le
iban los ojos detrás de otra mujer y tenía la mala suerte de que yo lo pescara
o lo enganchaba viendo algún video subido de tono, enviado por algún amigo, con
alguna frase irónica lo ponía en evidencia. Nunca pasó de eso. Nunca me dio
motivos para dudar de él y tampoco fui de fantasear cosas que no existían. No
concibo a quienes persiguen a sus parejas, o le revisan el celular, o cosas por
el estilo.
Siempre le dije medio
en broma, medio en serio: Que no me
entere ni me contagie. Porque si algo de eso sucediera, no habría vuelta
atrás. Eso lo tengo por seguro. Y él lo sabe.
Creo que una de las bases
de nuestra relación es la confianza y la honestidad. Si esos pilares
tambalearan, ya no le encontraría sentido a sostener una relación que naufrague
en la desconfianza. Creo que, aunque el otro no haga nada que atente contra la
pareja, si yo siento que me puede estar fallando, es porque la confianza, por
algún motivo, está deteriorada.Y considero que no
hay manera de reconstruirla.
Quizás suene muy
terminante pero es como lo siento. Con
los años, aprendí a elegirme a mí misma cada día. Si el otro también me elige,
podemos compartir y disfrutar la vida. Si no lo hace, está en todo su derecho.
Pero su camino, ya claramente, no coincidirá con el mío.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
8. ¿QUÉ SON PARA MÍ LOS CELOS?
Vayamos por parte. Mi compañero de vida. No soy celosa de él. Jamás. Nunca. Supe de parejas que se dejaron por celos “Andan todos juntos en ropa interior (entiéndase: los médicos que entran a quirófano), ¿vos creés que no se miran con ganas?” Mi respuesta fue “no sé, no me interesa”
Los celos tienen que ver con la
necesidad imperiosa de poseer al ser amado. Claudio y yo amamos la libertad del
otro. Un respeto y amor profundos.
Sin embargo, reconozco que he sentido celos
de mis hermanos. Lo que ellos tenían y yo no: mimos, besos, palabras de
aliento. Llega un punto en que la edad te transforma en adulto y por ello más
duro ante la vida. O eso creían en mi casa. Hace relativamente poco tiempo
-¿cuánto?, ¿tres años?- que mi mamá se ha ocupado en expresarme vía telefónica
y personalmente que me quiere. “Te quiero mucho. A mis nietos también” Papá no
dice nada emotivo y sensiblero. No le sale.
En aquel entonces un caramelo Sugus (un
pediatra los había recomendado) de colores diferentes recibido de menos, cada vez se sentía como
puñalada en mi cerebro más que en mi corazón. Necesitaba entender.
Uno supera cosas que el transcurrir de
los segundos va presentando día a día.
De golpe y porrazo, los recuerdos
vívidos con mis hermanos se quedan ahí, en recuerdos. Me casé, en algún sentido
“me alejé”.
Ellos se casaron, paulatinamente.
Se acabaron mis celos.
Edith Oxilia (CABA)
7. LA FUERZA DE MI ESENCIA
Abrí uno de mis libros adorados dispuesta a leerlo y entre sus páginas una
foto me remontó al ayer.
Una nena de ojos ojerosos, muy seria y abrigada, me llevó a un día de
invierno.
Por la veredita extensa de entrada de la casa de mi abuela salí apurada a
responder el llamado de mi amiga Marcela.
Con el recibimiento que explotaba en risas, beso en la mejilla de “Hola,
vamos a jugar”, entramos a la cocina.
Bebote en sus brazos pequeños, impecable su vestir, dos colitas prolijas en
su cabello, saludó a mi abuela con dulzura.
Sin perder tiempo, mi abuela destacó en alabanzas su presencia.
Pero lo que másdolió fue la expresión de: ”Qué lindas te quedan las colitas
en el pelo; Edita, ¿por qué a vos siempre te hacen esa media cola? Mira cuanto más
linda esta tu amiguita.”
Cuando nos comparan y clasifican con respecto a los otros de manera
constante nos están diciendo qué hacer y qué no; afloran nuestros celos.
Intenté encajar en el mundo de su agrado.
Empecé a pensar, creer y comportarme como Marcela.
¿Y qué me salvo?
La fuerza de mi esencia, los piropos de quienes me vieron con ternura y
destacaron mis virtudes y minimizaron mis defectos.
Era una nena…
No me llevó mucho tiempo descubrir que lo mío también era valioso.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
El sentimiento de celos va acompañado
de una reacción física: me retuerce el estómago y sube hasta la garganta.
Siempre estuviste en segundo lugar, tus padres tenían
como prioridad a tu hermano, me dijo
el Licenciado Fernández en una sesión de terapia en mi crisis del año 2011,
cuando decidí terminar con Walter, el hombre casado con el que salí seis años.
Era chica y jugaba con mi prima de mi
misma edad, entonces yo gritaba directamente ¡segunda!, porque ya sabía que había que dejarle lugar a la huerfanita.
Me casé con Daniel que tenía como prioridad a su mamá porque en cualquier
momento se moría, la señora duró dieciséis años más. La prioridad de Jorge eran
sus hijas, es más, la nena mayor viajaba en el asiento de adelante. Y por
supuesto el tal Walter con su mujer y sus hijos en primer lugar.
Por suerte no me siento celosa de mis
hijos y nietos, sé que siempre voy a tener su amor; no
soy celosa de sus parejas, he querido a todos los novios de mi hija y a mis
nueras.
5. ACÁ ESTOY YO
No me reconozco como una persona celosa, si entendemos por celos, la inseguridad que provoca que los seres queridos pongan atención en otra persona. Sí soy muy celosa de mis afectos y no perdono que los dañen. Me costó encontrar algún episodio en la niñez, fuera de lo natural de querer la atención de mis padres, pero creo haber convivido bien con ese sentimiento.
Recurrí a la memoria de mi mamá, quien me relató una tarde a mis cinco años.
Hacía pocos días que había nacido mi hermano Hernán. Familia y amigos, como es natural, pasaron por casa a conocerlo. Estaban sentados todos en el living alabando al recién nacido, cuando de repente, mi mamá me observó con ojos desorbitados.
Ahí estaba yo, parada en el medio, entre todos, con mi glamoroso vestidito rosa.
-¿!Qué hiciste, Gladys?!- preguntó horrorizada mi mamá.
Yo, con mucha tranquilidad, le respondí:
-Caca.
Mi mamá, raudamente, depositó la criatura en brazos de mi abuela y, tomándome del brazo, con un repasador que tenía a mano, juntó las pruebas del delito y me llevó al baño.
No recuerdo ni el episodio ni el sermón que habrá seguido, pero debe haber sido lo suficientemente contundente como para que semejante situación no volviera a repetirse.
Gla ( Ituzaingó, Buenos Aires)
4. INÉS Y SUS CELOS
Inés le está gritando a mamá porque me dio permiso para ir mañana temprano a la playa con Gabriela, las dos solas. Dice que a ella nunca la dejaba ir sola a la playa y que siempre me permite hacer cosas que a ella, a la misma edad, le prohibía. Nosotras vamos a ir a la carpa que alquilan nuestras familias, no hay peligro. Y yo no tengo la culpa.
Me encierro en la pieza mientras discuten, mamá intenta convencerla de que no es verdad lo que dice. Pero como respuesta Inés le dice todo lo que yo hice mal y no me retaron, o le recuerda que yo pude salir sola a andar en bici y ella no, hasta le reclama que la abuela cuando le hace un regalo a ella para el cumpleaños, también me regala a mí porque soy la más chica. A mí me pone triste porque siento que la molesto, siento que no me quiere. Siempre parece enojada conmigo. Yo no tengo la culpa de lo que hacen los demás. Preferiría que fuera distinto para que no se enoje.
Escucho los pasos de Inés hacia la pieza donde estoy encerrada. Abre la puerta y, furiosa, me arranca de las manos el bolso que me prestó, lovaciá en el piso se va. Yo no tengo bolso porque lo perdí y ella me lo había prestado contenta. Mientras lloro en silencio, levanto las cosas de la playa y las guardo en una bolsa.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
3. VENGANZA GASTRONÓMICA
Siempre dije que no he revisado jamás los bolsillos de la ropa de mi marido asegurando que ha sido por respeto y confianza, pero pasado tiempo he descubierto que no siempre ha sido tan así.
En una época en que yo me sentía estancada y plantada cual maceta de la cocina, como reza el viejo dicho machista, parece que sí hurgaba...
y bueno...
Buscaba...
Apelando a otra frase popular "El que busca, encuentra"...
Y yo encontré...
En el bolsillo interior de un camperón matelaseado de color café, mi marido guardaba una interesante colección de almanaques de talleres mecánicos, esos bizarros, pequeños con fotos clase XXX, cuyas mujeres curvilíneas, hasta desnudas, exhibiendo sus encantos de los que yo carecía dada mi obesidad.
Un enojoso sentimiento invadió mi ser, un calor infernal ocupó cada átomo de mi cuerpo, puros celos que pugnaban por ser manifestados de alguna manera.
Y encontré un camino, un plan...
Llevé a la cocina aquel hallazgo endiablado y lo procesé hasta lograr una textura como de papel maché...
Por la noche acosté temprano a mis hijos antes de que mi marido llegara.
Con la mejor cara que pude poner le presenté una tibia tarta de atún que devoró prácticamente toda, sin reparar en que yo ni tocaba lo que me había servido, esto no era extraño pues normalmente yo comía poco sentada a la mesa y mucho a escondidas.
Antes de terminar su última porción le pregunté intrigante si le había gustado "la tarta de putas", cosa que obviamente no comprendió hasta que le hablé de mi descubrimiento...
Cayeron los cubiertos con musical ruido sobre la vajilla y su boca bobaliconamente abierta en señal de estupor me dio la señal que esperaba para mi acto de venganza.
Empezó a dar excusas que ni siquiera escuché y me acusó de cometer con esto un acto criminal en su contra.
Cansado se fue a dormir y no hubo síntomas digestivos para preocuparse.
A la mañana siguiente tiré a la basura el menjunje de putas de calendario que había quedado en un bol azul y blanco. Entonces me sentí en condiciones de llorar hasta quedarme dormida.
Melinna Trigo (CABA)
2. LA PROMESA
El impiadoso calor de febrero desplegaba su infernal abrazo cuando por tercera vez toqué timbre en lo de mi amiguita Marcela, la de enfrente.
Desde adentro ella me había respondido que estaba en penitencia, que no la dejaban salir a jugar, pero yo estaba muy aburrida porque mis otras amiguitas se habían ido de vacaciones y por eso insistí.
Esa vez me contestó la mamá quien, molesta, me gritó que me dejara de tocar el timbre porque acabaría despertando al bebé y que Marce no saldría.
Así que, mortificada, me acosté en el porch, el lugar más fresco de mi casa.
Yo, con cinco años, había notado algunos cambios en la actitud de mi amiguita preferida.
Ella siempre había sido dulce y simpática pero desde la llegada de su primer hermanito estaba algo agresiva y aunque tenía mi misma edad, por momentos, "se hacía la bebé", pensaba yo.
En eso estaba pensando cuando salió mi madre caminando con cierta dificultad por su enorme panzota, bamboleándose graciosamente a la manera de las embarazadas, para sentarse en la reposera roja bajo la galería.
Ella estaba muy linda con la solera floreada, su ondeado negro cabello semirrecogido y su carita regordeta colorada como una cereza por el calor
Mientras tomábamos un vaso de Refrescola me preguntó si estaba bien, asombrada de verme allí en ese horario en que yo solía estar jugando fuera de casa.
Le confesé que estaba un poco triste porque notaba que mi amiguita estaba rara y que encima ahora no la dejaban salir.
Entonces mi madre me contó que desde que había nacido su hermanito, Marce se estaba portando muy mal, que hasta la habían descubierto tratando de pellizcar al bebé porque estaba celosa, que los padres estaban muy enojados con ella y esperaban que mi amiga cambiara su actitud.
Yo me sorprendí un poco pero me sentí solidaria con Marce y me dio como un miedito de que me fuera a pasar lo mismo cuando naciera nuestro bebé.
En un impulso fui corriendo hacia mi mami la abracé muy fuerte y nos prometí que yo nunca me pondría celosa
En el mes de abril nació mi hermanito hermoso y siempre evité demostrar ese sentimiento que supo surgir dentro de mí en algunas ocasiones, busqué no evidenciarlo y parece que lo logré. Mi madre, feliz, me ha dicho siempre como un halago que jamás me vio celosa.
Y la felicidad de mi madre era, para mí, superlativamente importante...
Melinna Trigo (CABA)
1. CELOS
Historia 1
Dormía tranquilamente en su cunita, la miraba como si quisiera llevarme su imagen impregnada antes de un viaje largo. Solo me iba a trabajar, muy temprano y cada mañana necesitaba despedirme con el temor de despertarla y que llorara por mi partida. Tenía casi tres años y no nos habíamos separado nunca. La vida se había modificado bastante, así que ambas tendríamos que adaptarnos a la nueva situación. Tenía la certeza de que estaba bien cuidada, pero en ese momento no lo valoraba debidamente. Solo podía sentir angustia por la separación. Y celos. pensando que tal vez quisiera más a mi mamá. Me torturaba la idea. Desde el alejamiento de su papá la sentía mía, me pertenecía a mí. Hoy sé que no es sano, que por el contrario, es muy bueno que los niños se acostumbren a los cuidados de otros. Celos de mi madre, que pretendiera ocupar mi lugar, que me desplazara, que Romi la quisiese más que a mí.
Me llevó un tiempo acostumbrarme y entenderlo. Hoy, mamá se ríe recordando esa época, cuando Romi había crecido creció un poquito más, le pedía a su abuela que fuera a trabajar, así su mamá se podía quedar con ella. Mi madre una y otra vez me repetía que yo era la mamá y que de ningún modo íbamos a competir, que ella estaba muy feliz en su rol de abuela colaboradora en la crianza de su única nieta por entonces.
Historia 2
La señorita Beba tenía clase, alta, esbelta, de exquisito gusto en su vestimenta, pasaba los cuarenta años. Por aquel entonces para mí era mayor. Así la llamaban todos por dos motivos, su soltería y su profesión, ya que les daba clases particulares a los hijos de unos primos ricos de papá. Los Losada siempre hacían fiestas en su casa e invitaban a toda la familia López. Abundaban manjares y cualquier motivo era bueno para los festejos
El hecho que nos convoca tiene como tema los celos. En una de dichas reuniones, asistí con mi marido y mi beba de tres meses. Tenía que ocuparme de Romi, darle de mamar y atenderla, así que gozaba de ciertos privilegios en el lugar: una sala contigua para que me sentase con mi nena y la pudiese atender tranquilamente. Entretanto, mi marido disfrutaba de la fiesta y de las exquisiteces que se servían, pero también gozaba de la compañía de la señorita Beba y de la charla amena que los entretuvo gran parte de la velada. Desde mi lugar, miraba cada movimiento y una sensación de bronca e indignación me fue envenenando. No haría papelones, pero juntaba y juntaba algo muy parecido al odio. ¿De qué hablaban tan animadamente? Daniel tenía tema para todo, era muy capaz y elocuente. Se lo veía subyugado ante la atención de aquella mujer adulta y apetecible. Definitivamente yo estaba en inferioridad de condiciones para siquiera empezar a competir con ella. Él se desarmaba para alcanzarle los platos, llenarle la copa y demás. Yo no existía, no se acercó a alcanzarme un solo bocadillo o trago.
Esperé a estar en la calle y no aguanté, me molestaba la garganta tensa y dura, a punto de explotar desparramando improperios tragados con amargura, le vomité todo lo que había acumulado. Me sentía estúpida e ignorada. Daniel se mostró sorprendido y, por supuesto, minimizó el suceso y contraatacó con argumento débiles y absurdos para no disculparse. El episodio después pasó, quedó casi en el olvido.
Un día, conversando con mi tía menor surgió el tema. Para mi sorpresa, a ella le había ocurrido lo mismo con Oscar, su esposo. También él había incurrido en el error, en otra fiesta, de ignorarla y deshacerse en atenciones y halagos para con la señorita Beba.
Pasaron años, no supimos nada más de ella. Solo sé que detrás de esos aires de dama medio mojigata, se hallaba una mujer, que inexplicablemente ejercía cierta atracción en los hombres de mi familia. Y tuve celos de mi marido, mi hombre. Aunque hoy lo recuerde con una sonrisa, porque me hace gracia la anécdota. No me avergüenzo. Fueron celos de una chiquilina que recién salía al mundo. ¿Quién alguna vez no los sintió? Soy humana e imperfecta como todos.
Así que, si puedo precisar estos episodios y recordarlos como aislados y eventuales, no creo que pueda considerarme una persona celosa.
Es más, entre las rarezas que me caracterizan, tácita o explícitamente con los amigos que tuve a lo largo de mi vida, la condición fue que nadie celara, porque según decía: “No somos novios, somos amigos y no hay contratos de exclusividad”. Me dirán que con los novios o maridos tampoco los hay, pero así soy, ilógica y prejuiciosa. No es coherente, aunque así pienso.
Bertha 2003 (CABA)
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