Amistad

50. ELLA ES INMENSA PARA MÍ

Era un tiempo de mucha producción, de mucha avidez por aprender y crear. Mis manos respondían ligeras y fieles entonces no me daba cuenta de lo valiosas que eran en mi vida. Sin dolor, sin deformidades.

Tenía ganas de hacer un seminario de vidrio con caída libre y vaciado. Escultura. 

Entonces fui al taller de Guayaquil en un horario fuera del mío en el que había escultores trabajando.

Ahí conocí a Noemí. 

Mientras preparaba mi proyecto, a una distancia en que podía verla trabajar, algo se desprendió de ella que me dio mucha calma y curiosidad.

 Era muy compañera de Laura. Las dos recibidas en el Prilidiano Pueyrredón. Una escultora, la otra pintora. Palabras mayores.

Me ubiqué cerca y empezamos a charlar las tres. Nunca había visto un escultor tan impecable, con manos suaves y uñas pintadas con noche galáctica (hasta hoy), anillos preciosos en cada mano, camisa a rayitas celestes, solo usa camisas, pantalón de jean bien clarito y sus infaltables mocasines combinados en azul y crudo. Pelirroja y blanca de tez.

No coincidía con la fuerza y los golpes que le daba al carrara, al alabastro, o los vaciados a fragua en resina . El cincel obedecía sus decisiones y solo salpicaba el delantal que tenía puesto, sin guantes esperando su turno porque los usaba muy poco. 

Y fue la magia del arte quien nos unió. 

Es el arte que nos invadió para siempre y creó esta deliciosa conexión.

A partir de ahí las tres compartimos muchísimas cosas, muestras, clases de dibujo con el genio de Fernando Martínez , seminarios de collage y grabados…en fin un buen trío. Supe del nacimiento de una amistad que cuido muchísimo. 

Laura se abrió con el tiempo, no sabemos por qué o sí sabemos pero se fue.

Noe y yo no nos separamos más. 

Noemí es silenciosa para muchos aunque siempre cálida y bien recibida, solitaria, culta, sabia. 

Juntas no paramos de hablar, de compartir el día a día con lo bueno, y lo malo también. Ella tenía una sola amiga en ese entonces, esas entrañables… hasta que aparecí yo y decidió tener dos.

Amigas fuertes, sólidas y solo de a dos.

No hacia amistad con facilidad por decisión propia.

Es diez años más grande que yo y cada vez que cumplo me lo dice “ otra vez diez menos ? 

Fuimos construyendo nuestra amistad de a poquito ¡pero tan a gusto todo! Descubrimos quiénes éramos y qué arrastrábamos de la etapa anterior. Al principio sin maridos y sin hijos hasta hoy.

Nunca nos planteamos nada fuera de nosotras dos.

Nos queremos y nos apoyamos en los momentos más dolorosos, porque aparecieron y bravos, ese dolor de la madurez cuando uno piensa que ya hizo todo y merece calma, sin embargo aparecen tempestades.

Con Guillermo y Miguel recién hace unos años empezamos a cenar juntos a compartir alguna que otra salida.

Noe es determinante, a veces demasiado como los golpes de las gubias y cinceles, parece fría como la materia que elige para esculpir pero se hizo así, muy sola desde pequeña. A mí me da ternura.

Lectora empedernida que adora su soledad con esa satisfacción de haber construido un espacio autoprotector. 

Hicimos un pacto hace muchos años y  a fin de año nos regalamos un libro. 

No podemos estar sin hacer contacto mucho tiempo. Para reírnos, para crear,  para tomar nuestro café semanal y fumarnos un puchito, para resolver situaciones que solo su mirada madura me ayuda a aclarar y, a ella, son mis oídos los que le dan ese espacio que necesita. 

Perdió a Patricia con dolor. Y ahora soy su único mundo de amistad.

Treinta años y yo sigo siendo loca, atolondrada, en ebullición mientras ella mantiene sus camisas y manos impecables, su sabiduría inquieta y su cariño hacia mí. 

Seguimos hablando  de arte, de política, de maridos e hijos. De todo. Seguimos contándonos la vida, solo nosotras dos sin importarnos ni esperar que nadie interfiera en nuestro pequeño mundo por demás creativo.

No tan pequeño porque ella es inmensa para mí.

                                                                                                                                                                                                                                                                                         Gabriela Potenza (CABA)

 

49. EN PARALELO A MI VIDA

Siempre estuvo ahí.

No sé cómo agradecer que sea la carcajada más noble y completa.

Ahí. En paralelo a mi vida.

Al alcance de mi corazón.

Cable a tierra sin vueltas, aferrado a  cada uno de mis instantes.

Es el tiempo hecho palabras infinitas, sin descanso.

Es mi despertador, a la misma hora de cada día, que energiza y lanza al aire mis cometas.

Yo no sé, tampoco, cómo recuperar más tiempo y regalárselo entero porque, sé que se lo quité alguna vez, porque nunca pidió nada y porque no se fue a pesar de los caminos diferentes que teniamos escritos las dos.

Siempre ahí.

Cuando nos quebramos en los propios golpes.

Cuando necesitaba despabilarme porque no podía sola.

Es quien, en el pozo más negro, acurrucada en lo profundo,tampoco se quejó mientras decía en voz alta todo pasa.

 No, no, no era omnipotencia, era la sabiduría que la hacía surfear la vida atajando las olas ¡Y yo lo creía! Y aprendí.

Me enseñó a no tener miedo, a atraer lo bueno y a admirarla.

Siempre ahí.

En las inocentes travesuras de la escuela, en los actos del colegio cuando nos hacíamos las payasas y lográbamos hacer reír hasta a las profesoras, en la picardía de algún chiste, en las cartitas que todavía conservo en mi caja de recuerdos.

Todo se  fortalece en su amistad: la fidelidad, la verdad, el humor, la comprensión y la ternura. Es un diccionario de sinónimos, un reloj de horas eternas, un libro a releer.

Con Silvia el ser más extraño se transforma en mariposa.

Nada de recovecos y oscuridades. Acopio de sencillez y claridad.

Siempre.

Es mi amiga entrañable con la que soy de verdad, así despeinada, sin maquillaje y en ojotas.

Por eso, ahora que estamos más allá de cualquier galaxia, adultas, ella abuela y yo envidiándola, con el viento de San Vicente a favor y más locas…las dos nos buscamos para borrarnos del mundo con las mismas carcajadas.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

48. ANA Y CELIA

Nos conocimos en la facultad. Año 1987. Compartíamos cursadas, encuentros grupales, entregas. Mi amistad se había hecho más profunda por entonces con Celia.

Ana y Celia eran hermanas. Las dos venidas de Santa Rosa a estudiar Diseño a La Plata. Celia tenía mi edad y Ana un par de años más que nosotras. “Las hermanitas Cuenya”, les decía un profesor de Taller 1, “pueden hacer un dúo de folklore”.

Celia y   yo nos juntábamos horas a tomar mate y charlar, sentíamos que nuestras historias tenían muchas cosas en común y eso nos hacía más cercanas. Así fuimos forjando una amistad que transcurrió incluso hasta después de terminada la carrera.

Con Ana la relación se fue profundizando con el paso del tiempo y con las experiencias que fuimos viviendo y empezamos a compartir.

Al año siguiente de habernos recibido nos convocaron a las tres a formar parte de una cátedra nueva de Taller en Comunicación Visual. Fue una experiencia maravillosa. Compartíamos muchas horas de dar clases, de reuniones de cátedra, de viajes, de jornadas de estudio. Ahí fue donde mi amistad con Ana se afianzó definitivamente. Siento que comenzamos una vida con muchos paralelismos y cada vez con mayor afinidad. Las parejas, las convivencias, las primeras experiencias laborales, los hijos, las separaciones. En esos años yo la convoqué para trabajar juntas en una revista de salida nacional. Un trabajo que marcaba un hito en nuestra profesión. Le pusimos alma y vida como a todo lo que hacíamos juntas. Nos divertíamos mucho también. Hasta que un día, con ella recién separada, con Lucio que apenas era un bebé en sus brazos, nos quedamos sin trabajo. La revista cerró de la noche a la mañana. Decidimos remarla juntas, armamos nuestro estudio y trabajamos como hormigas para poder empezar a hacernos de nuestros clientes. Mientras, nuestras criaturas crecían en medio de las experiencias compartidas, Lucía dos años mayor que Lucio. Las dos recurríamos a la otra sin dudarlo cuando el alma se partía o la alegría nos estallaba el corazón.

En el plano laboral pudimos resurgir haciendo un proyecto propio, otra revista que es aún hoy mi trabajo y lo fue de Ana hasta hace un par de años.

Ana estuvo a mi lado cuando atravesé mi separación inesperada, con Jeni y Marisol recién llegadas a mi vida. Me puso más que el hombro, las cuidaba, nos cuidaba, nos daba cobijo y amor de a montones.

Mientras tanto, Celia se casó también y nació Clara cuando Lucía tenía cuatro años. Dulce Clarita, dulce como Celia. Nico, su marido es un tipo muy acorazado, pero al lado de ella parecía más blando, se lo veía más sonriente y entregado al disfrute. Celia siempre tuvo la habilidad de endulzar con su voz ronca y su cuerpo flaquito a las personas a su alrededor.

Y un día de mayo, la vida nos atravesó como un rayo. Sonó el teléfono y Ana llorando a más no poder me dijo “Celia tuvo un ACV”. “¿Cómo? ¿Qué me decís, Ana? ¡Celia estuvo cenando en casa hace dos días!”. No entraba en mi cabeza ni en mi alma lo que me estaba diciendo. Fueron cincuenta y seis días de ruegos, operaciones y más operaciones mientras el cerebro de Celia se licuaba, así nos lo explicaban los médicos. Viajar a Capital, entrar a verla e intentar hablarle sin saber si me escuchaba cuando me clavaba una mirada vacía y no sacaba la mirada de mis ojos. Horas de espera en cada entrada al quirófano.

Ya no se le escuchaba la carcajada fuerte ni la voz ronca, su mirada dulce y su halo mágico no estaban ahí. Celita se iba apagando de a poco. Tenía treinta y ocho años. No podía irse así, con Clara de tres añitos, con todo lo que teníamos que disfrutar juntas todavía. Más viajes, más risas, más vinos rosados que le encantaban y más galletitas de limón que me pedía que le cocinase para su cumpleaños. Había mucho por hacer y ese cerebro que no dejaba de licuarse.

Finalmente, el 14 de Julio Celia murió. No sé si fue casual o no, yo estaba cerrando revista a las tres de la mañana y tuve un ataque de ira incontenible por algo que se me complicó, siempre se complicaban los cierres, pero ese día estallé. Y a la mañana me enteré de que Celia había partido a esa misma hora.

Lloré, lloré días enteros sin poder parar. Sentí que la vida era horrible y espantosamente injusta. Sentí el horror.

Pasaron ya catorce años que Celia no está acá, pero la sigo soñando y en mis sueños siempre nos divertimos, nos reímos y hasta ha venido a ayudarme a resolver asuntos enredados. Clara está hermosa, eligió nuestra misma carrera y está “re copada” como me dice cuando hablamos. El último 14 de julio la llamé a Ana para juntarnos un rato y me dijo que estaba saliendo para el cementerio, le propuse que nos encontrábamos ahí y cuando llegué me encontré con la sorpresa de que Clara también había ido. Sin haberlo planificado, las tres nos juntamos frente al nicho de Celia y nos pusimos a hablar de ella, les conté algunas anécdotas y la aparición que hacía en mis sueños. Clara nos contó lo bien que se sentía ella en esta etapa universitaria, Ana sacó fotos de la rosa roja que su mamá siempre le pide que ponga en su nombre y pasamos un hermoso momento. De abrazos sin lágrimas, bañado de sonrisas y la alegría de aquel amoroso encuentro las cuatro.

Aquel 14 de julio del 2007 en ese mismo lugar, cuando yo lloraba a mares sin poder contener toda mi tristeza, ni bien terminaron de poner el cajón de Celia en el nicho, Ana se dio vuelta, me abrazó y me dijo al oído “ahora vos sos mi hermana”. Y así ha sido, Celia nos convirtió en más que amigas, en inseparables, en confidentes y compañeras de charlas que bucean en lo más profundo de su ser. Selló nuestro vínculo como se selló ese nicho con la tapa de piedra que puso punto final a su padecimiento de cincuenta y seis días.

                                                                                                 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)


47. PATO

La adultez me sorprendió. Yo creía que amistades francas, intensas y profundas eran las que se venían cultivando desde hacía años. Pero a mis casi cuarenta años la conocí a Pato. Fui a tomar clases de pilates que ella impartía en el estudio que tenía en su casa.

No es una persona que caiga simpática de entrada, de hecho ni bien me vio me dijo, en tono de orden, que la próxima vez diera la vuelta a la esquina y entrara por la puerta del costado. No me causó la mejor de las impresiones y siempre la cargo por esa impronta que tiene, de la cuál ella también se ríe.

Fuimos formando un grupo de amigas que compartíamos la actividad y con las cuales empezamos a hacer reuniones, comidas y salidas. De ese grupo grande quedamos seis que seguimos forjando la amistad. Con algunas con más intimidad que con otras, pero  Pato y yo generamos un vínculo de amigas-hermanas. Hemos estado en la mayoría de los momentos más duros de nuestras vidas en los últimos trece años, como así también en los buenos. Aun así, suele pasar que a veces sentimos que no estamos con y para la otra como queremos.

Somos bien distintas, Pato se hace las uñas, se compra ropa y sobre todo zapatos al por mayor. Siempre está linda vestida, “tiene onda”, como dicen mis hijas.

Yo soy mucho menos dedicada a esas cuestiones, pero ella me acepta así, aunque las personas con las uñas desprolijas la sacan de las casillas.

Ella fuma y yo la reto cuando veo que se excede con su vicio o la noto muy flaca; ella me reta cuando ve que sostengo situaciones que me dañan.

Pato está casada con su novio de toda la vida y son excelentes compañeros y complementos. Yo ya voy por el tercer intento y decididamente sin convivencia.

Pero a la hora de buscar las similitudes, puedo decir que sabemos escucharnos, nos ponemos el hombro y nos hacemos carne cuando a la otra le pasa algo. Nos gusta tener nuestros encuentros íntimos, sin familia ni otras amigas.

Nos sublevan las injusticias y creemos que el mundo debería ser mas justo. Las dos cuidamos de nuestros mayores y aunque a veces nuestras madres nos sacan de las casillas, ahí estamos cuando nos necesitan.

Nos reímos, nos decimos las cosas en forma descarnada, nos retamos, nos cuidamos, nos abrazamos. Si a mí me pasa algo, es a Pato a quien primero llaman mis hijas y ella aparece a los cinco minutos como si el mundo se detuviera para mí. Siempre siento que en eso yo tengo deudas con ella. Su incondicionalidad conmigo y con mis hijas hace que ellas la consideren como una tía, no como la amiga de mamá. Siento que ellas se han apropiado de Pato por todo lo que ella da.

Me doy las gracias por haberme permitido trabar una amistad tan sólida, franca y amorosa a esta altura de la vida. Y agradezco a la vida que me la haya cruzado a ella, con su incondicionalidad, generosidad y don de entrega. Yo la adoro, como le digo siempre y creo que ella a mí también.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)


46. LA AMISTAD, TAL Y COMO YO LA VEO

Cuando me pidieron que escribiera sobre la amistad en la infancia, la adolescencia y la madurez, pensé que iba a ser fácil . 

Surgieron automáticamente cinco nombres: Carmita, Mirta, y el trío Nelly, Silvia y Susana.

Todos mis recuerdos de los primeros años  están unidos a Carmita. 

La felicidad y desilusión con Mirta, tiene que ver con los primeros amores y desengaños, esos que nos marcan para siempre. 

Y pensé que escribir sobre la amistad ahora con sesenta y cuatro años, iba a ser tan fácil… 

así que estoy sentada frente a la ventana, acompañada por mi perra Reyna, buena amiga y fiel. (Dicen que todo tiene por algo que ver con todo) Y enfrente tengo la hoja en blanco sin que salga un solo párrafo. 

Pienso en la dupla Silvia - Nelly a las que conocí en mi primer trabajo y Susana en en segundo. Están en casi todos los recuerdos de momentos importantes y felices de mi vida pero en los difíciles, no. 

El día que operaron a mi marido estaba sola, mi hija de diez años en el colegio, mi hermana cuidando a su nieta, y mis amigas trabajando. Y así durante todas sus internaciones. 

El día que falleció, el lugar estaba colmado de gente, él era una buena persona, muy querido por sus compañeros, amigos y familia que allí estaban. Pero mis amigas, no. Todas brillaron por su ausencia. 

Sí, estaban presentes las mujeres de sus amigos y alguna conocida eventual de ese momento de la vida. Tampoco vino nadie inmediatamente después, salvo las vecinas. 

Nelly me ayudó, me prestó el dinero que necesité cuando casi me rematan la casa, que fue devuelto en su totalidad. Me ayudó con la compra de un termotanque y con su marido se acercaron mucho mas a mi hija como “ sus tíos”. 

Todo esto va a estar siempre opacado porque mi marido quería tanto a Nelly, que preguntaba por ella estando internado, aunque ella nunca llegó. 

Lo mismo pasó con Silvia, mi testigo de casamiento, y con Susana, que en ese momento estaba atravesando muchas dificultades personales. 

También hubo gente que se portó muy bien, mi vecina Marisa, las mamás del colegio de Mariana, y todos lo que formalmente cumplieron. 

Pero, ¿saben qué?, me faltó el calor del abrazo, del silencio acompañado, de la lágrima compartida, de la mano en el hombro. 

Hoy mi amiga Nelly siempre me llama cuando alguna conocida en común hace una cena, y me invita y ella se enoja porque no voy. Se disgustó el día en que mi hermana estaba internada y yo no estaba de humor para ir a cenar… 

 A los tres días, cuando mi hermana murió, tampoco vino. Y cuando mi hija la llamó desesperada porque recién nos habíamos enterado de lo ocurrido, no me pudo atender porque estaba haciendo, tal cual sus dichos“unas compritas”. Yo solo necesitaba el bálsamo de la palabra. 

Después de leer esto alguien me puede preguntar: 

  • ¿Estás resentida? 
  • ¿No crees en la amistad verdadera? 
  • ¿No tenés amigas? ¿Buenas amigas? 

Les respondería: 

  • No estoy resentida, estoy agradecida. 

Síi creo en la amistad verdadera. 

Síi tengo buenas amigas, porque creo que la amistad es amor y el amor no es perfecto. A veces duele, a veces te hace caer al precipicio, o te levanta tan alto que te hace sentir en el cielo, cerquita de Dios.

 Florencia Zaldívar (CABA)

 

45. LOS CUATRO DEL JARDÍN

No pude sostener amigos después que dejé el Colegio. Me reunía con mis mejores amigos hasta que me casé y tuve a Dalila. Entonces los amigos de Daniel pasaron a ser mis amigos; yo me aburría, pero me adapté a ellos. Cada tanto mi amgo Gustavo y yo nos llamábamos por teléfono , él vivía cerca y teníamos la música en común, hasta que se fue a vivir a la costa. Sandra, mi mejor amiga de la adolescencia, la testigo de mi casamiento, un día desapareció.

Siempre busqué grupos grandes donde pertenecer. Mi primer coro lo empecé cuando tenía quince y estuve allí durante diecisiete años. Siempre todos parecían ser amigos, pero se iban yendo del coro y, como conté en una oportunidad, un día una compañera, Alejandra,  ya adultas y separadas de nuestros maridos, me llamó para un Día del amigo y me dijo: Ale, cuantas cosas pasamos juntas, vivimos las mismas experiencias, nos separamos ambas al mismo tiempo, siempre nos quisimos mucho y me dije(vos o ella?), pucha, esta chica es mi amiga.

Luego pasé por muchos coros más y tuve Amigos, con los que parecíamos inseparables pero terminaba peleada o alejada y no me interesaba sostenerlos. En otro Coro, donde estuve veinte años, entablé amistad con un par de compañeras, éramos cuatro, íbamos a todos lados juntas: almuerzos, cenas, pileta, vacaciones, hasta que un día me hicieron a un lado y las crucifiqué para siempre. Tuve un largo período sin amigos, no me importaba, con mis hijos me bastaba, un gran error, porque no se puede ser Amigo de los hijos. Entonces después de mucha terapia me metí en un grupo de fans de Spinetta y pasó lo mismo: mejores amigos, almuerzos, cenas, viajes y todo terminó muy mal, inclusive una amiga inseparable que tuve, Victoria, treinta años menor que yo, terminó siendo novia de mi hijo.  Cuando se separaron no la vi nunca más. Después el famoso Facebook me llevó a reencontrarme con aquella Sandra y Mirta, mis mejores amigas de la adolescencia y pasó lo mismo: almuerzos, cenas, cumpleaños, un hermoso viaje a Bariloche, hasta que yo me alejé por diferentes motivos, me cansé, una de ellas empezó a tratarme muy mal, nunca pude hablarlo.

La vida de adulta-abuela me fue llevando lentamente a elegir a mis amigos. En el año 2014 me reencontré con mis amigos de primaria, el grupo se fue depurando y hoy quedamos Los cuatro del jardín: Andrea, Marcela, Pablo y yo. Nos conocemos desde los tres años y estuvimos casi cuarenta sin vernos, pero nos sentimos tan unidos como si fuésemos hermanos, nos queremos como el primer día y nos reímos mucho. Nos encontramos una vez por mes y tenemos proyectos para irnos de vacaciones juntos.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 44. UN PASO ADELANTE

Hacía dos años que vivía sola, salía con mi amiga Elba, pero sentía que algo me faltaba, como que tenía que dar otro importante paso en mi vida. No tarde mucho en decidirme, cuando Elba me comentó que estudiaría psicología social, pensé en hacer lo mismo, otra carrera universitaria me daría confianza, permitiéndome la relación con personas diferentes.

Me inscribí en abogacía, anotándome en dos materias, no deseaba cargarme con mucho, quería probar.

En la Facultad de Derecho conocí a mis dos amigas, Susana, en una materia y Mirta, en la otra, entre ellas no se conocían. Las dos tenían mí misma edad, eran solteras y vivían con sus madres, Susana en Bella Vista y Mirta en Quilmes. Reunirnos a estudiar era dificultoso, pues las tres trabajamos. Susana prefería estudiar sola, así que Mirta y yo nos arreglábamos, ya que nuestras oficinas quedaban a seis cuadras de distancia. Muchas veces nos reuníamos en la confitería Las Artes frente a la facultad.

Ese primer cuatrimestre me fue muy bien, aprobé las dos asignaturas sin inconvenientes. Para la inscripción del siguiente año le sugerí a las chicas que cursáramos las tres juntas; aceptaron, nos hicimos muy amigas.

Los sábados por la noche, salíamos. Nos turnábamos, a veces yo iba a Bella Vista o a Quilmes; otras, ellas venían a Capital.

En esa época me alejé un poco de Elba, ella también estaba muy ocupada con su estudio.

Mirta era más simpática, sus gustos eran muy parecidos a los míos: ir a bailar, a cenar era nuestra diversión, en cambio a Susana no le agradaba mucho el baile.

También hicimos algunas escapadas a Mar del Plata, allí Susana tenía un departamento. Mirta y yo salíamos, íbamos al casino, al cine o simplemente una caminata, pero Susana se quedaba en casa. 

Fue un periodo que me abrí un poco más al mundo, sentía que había dado un paso adelante.

El objetivo de Mirta era dedicarse a la abogacía, Susana estudiaba porque le gustaba el derecho, su meta era casarse y ser madre, para mí era solo una herramienta para comunicarme socialmente.

Abandoné la carrera después de cuatro años, se había complicado con mi mudanza a San Miguel, era muy desgastante el viaje, el estudio, los quehaceres domésticos, el trabajo; salía a las cinco de mañana de casa para volver a las veintidós horas.

Susana abandonó un año después que yo, se había puesto de novia y estaba embarazada. Mirta se recibió, instaló un estudio jurídico en Capital y trabajó con mi marido.

Por las redes sociales me comunico con Susana, tiene un hijo de treinta años, sigue viviendo en Bella Vista. A Mirta la deje de ver cuando Luis no trabajó más con ella.

Mi gran amiga de la adultez es Elba, terminó su carrera de psicóloga social.

                                                                                     María Laura Finochietto ( CABA)

 

43. UNA MUJER AFORTUNADA

Me considero  una mujer afortunada. A lo largo de mi vida coseché hermosas amistades,  muchas de las cuales conservé por  siempre.

Me gustaría  nombrarlas a modo de agradecimiento, porque  aportaron a mi vida momentos inolvidables.

Con Lidia trabajé  en el laboratorio Bayer, tres años increíbles, ella  tenía unos años más que yo, lo que no impedía que formáramos un dúo perfecto a la hora de la diversión. Así pasábamos las nueve horas de trabajo, que en realidad era más una joda que un trabajo. Un día  hablando del futuro, le pregunté si quería  ser la madrina de mi primer hijo, algo totalmente fuera de mi realidad, ya que yo, en ese momento no tenía ninguna relación afectiva.

Los años pasaron y aunque ya no trabajábamos más  juntas, nuestra amistad seguía  firme. Cuando  nació  Vanesa, cumplí  mi promesa y Lidia fue su madrina, tremenda madrina, presente, cariñosa, lamentablemente, padecía una enfermedad y partió  siendo joven todavía.

Susana, también fue compañera de otro laboratorio, excelente persona, nos hicimos muy compinches. Ella con una personalidad  muy tranquila y yo medio revoltosa, formábamos una linda dupla, compartíamos  largas  charlas a la salida del trabajo tomando algo en alguna confitería de Palermo. Recuerdo que en una oportunidad pagamos la cuenta y no nos quedó  para la propina del mozo, yo tenía  justo para el boleto para volver a casa  y ella para llegar a Constitución,  pero no para el tren, el dinero del pasaje se lo dejamos al mozo de propina y por tal motivo Susi viajó de colada. Con el tiempo  cambiamos de trabajo y  dejamos de vernos, hasta que averiguó dónde  yo vivía  y se me presentó  en casa de sorpresa. Fue hermoso el reencuentro,  pasamos juntas la tarde con la promesa de volver a vernos, me escribió  el teléfono  de su casa  en  un papel que  guarde en mi bolsillo mientras la acompañaba a la parada del colectivo . 

Cuando  volví  a casa  busqué el papel  y, para mi sorpresa, no lo tenía, se me habáa caído en la calle. No tenía  forma de comunicarme. El tiempo pasó y no volví a saber de ella, seguramente debe haber pensado, que yo no tendría mucho interés y no valía  la pena volver a intentarlo. Pasados los años la busqué  en Facebook con esperanza , pero sin resultados, todavía hoy la sigo pensando.

A Verónica la conocí  a través de mi hijo Ema, todo comenzó como un pacto laboral y terminó  en una amistad que lleva veinticinco años.

Vero tuvo una infancia difícil, con un papá  que la abandonó  de muy pequeña y una madre que priorizaba a sus parejas antes que a su hija, motivo por el cual, de adolescente  decidió abrirse camino sola. A medida que nos íbamos conociendo, tanto ella , como mi familia logramos crear un lazo  afectivo muy fuerte y terminó siendo una hija más. Hoy tiene su esposo e hija, y ese lazo se sigue expandiendo y agrandó aun más mi familia. Es muy dulce y cariñosa y puedo percibir el afecto  y la preocupación  que ella siente por mí, eternamente agradecida de que nos hayamos cruzado en el camino.

Y por último  mi amiga Cristina, con ella batí todos los récord en años de amistad, puedo decir sin exagerar que nuestra amistad es tan vieja como nosotras lo somos, ya qué nos conocemos desde que nacimos y seguramente nos acompañará hasta el final de nuestras vidas.

Li (CABA)

 

42. LA AMISTAD


Hoy viajo en el tiempo y reviso mi historia, muchas personas fueron sumamente importantes y sentí que se ganaron ese título tan especial de amigos.

Cada uno ocupa un lugar, una circunstancia que nos unieron aunque  tal vez no fue suficiente para mantenerse indestructible en el tiempo.

Sin embargo debo agradecerles los momentos que compartimos, las risas,    las complicidades, los mates, las locuras y el haber elegido ser parte de mi vida.

Hoy la pandemia y el encierro permite reflexionar, cuestionar y cuestionarse tantas cosas…como el concepto de amistad Me di cuenta de que como en todos los órdenes de la vida, las palabras tienen significados únicos para cada persona. No hay verdades definitivas, solo hay sentimientos propios y ajenos.

Por eso entendí que siempre fui muy reacia a pedir ayuda, a decir que necesitaba a alguien, a mostrarme frágil o débil. En mi imaginario pretendía que él otro lo percibiera y estuviese ahí, para acompañarme. Lo real es que tal vez muy pocas personas me conozcan bien.

Yo siento que si debo estar al lado de mis amigos, y que es mi función detectar si me necesitan para no fallarles, será por eso que me siento bien cuando suena un teléfono y me dicen que quieren hablar conmigo, de lo bueno o de lo malo, no importa.

Tal vez la versión más acorde a mí que adopto de amistad es la de la adolescencia, cuando todo era más simple y fácil. No había secretos ni temor a ser juzgados. La incondicionalidad era total, y no importaba la hora ni la circunstancia, ahí estábamos sin dudarlo.

Hace unos días escribí esto, quizás sin poder mirarme y pensando a priori que  yo tenía razón. Hoy siento igual en cuanto a los valores que reivindico pero me doy cuenta de que esta construcción de a dos, mi parte tiene responsabilidad en como salieron las cosas…

 

Hoy quiero escribir sobre LA AMISTAD así con mayúsculas, quizá porque algo ha pasado en estos tiempos raros  de pandemia y redes que lograron hacerme replantear esta palabra.

Muchas veces escucho a algún amigo que me dice, estuve mal pero no quise contártelo para no entristecerte, entonces me pregunto ¿Qué es para cada uno la palabra amistad en la adultez?

Para mi es incondicionalidad, sinceridad, confianza sin sentir temor a lo que el otro pueda pensar porque sobre todas las cosas esta ese sentimiento como paraguas que nos cubre y nos ampara.

Amistad es ser capaz de decirle al otro que se equivoca, a nuestro juicio, y aceptar que te lo digan sin temores a que aquello produzca enojos .

Amistad es sentir que no estás solo y que si necesitás hablar, existe ese número, o esa casa a la cual recurrir, donde estará esa persona que se siente feliz al saber que puede contenerte, con su silencio, su abrazo o sus palabras.

Es  no sentirse juzgado o condenado, más  bien comprendido y escuchado, más allá de las diferencias.

Es privilegiar el secreto confiado, como un tesoro al que te dieron la llave para custodiar.

Es poder equivocarse y ser capaz de ponerse en el lugar del otro y pedir disculpas para recuperar la confianza.

Es no dudar de lo que harás cuando te necesite y quien estará cuando oscurezca y aun después del peor día, en las horas en que ya todo paso y dejaste de ser noticia.

En esta época descubrí que quizá tengo menos amigos de los que creía, o tal vez  no me necesiten tanto. Lo que no significa que dejaré de querer aquellos a los que les di el título sin haberlo pedido, y por necesidad mía. Siempre seguiré fiel a mis sentimientos y hare las cosas que yo decida hacer sin esperar nada a cambio.

Sé que la amistad debiese ser un ida y vuelta, pero quizás existen personas para mí que son valiosas y a quienes voy a guardar en mi corazón por los momentos inolvidables compartidos, aunque no se haya producido el milagro de coincidir.

En mis sentimientos amistad es dar por descontado que te necesitan, te extrañan e intentaran incluirte en sus vidas, al igual que vos lo haces en la tuya. Por eso tal vez entienda que hay una necesidad mutua de saber del otro, no por obligación y menos por compromiso. Será por eso que en estos días de encierro entendí que no a todos les sucede lo mismo.

Amigo es aquel al que nada tenés que probarle y sabe quien sos.

Hay personas que a quienes buscás en ciertas situaciones, porque son los mejores armando salidas, organizando juntadas, para divertirte, o para confiarle un sentimiento profundo, quizá porque sientas empatía, al estar ambos pasando la misma dificultad. Pero cuando todo eso termina, cual un gran colador habrá muchos que quedaran en el recuerdo y otros que decidirán acompañarte.

Yo creo que uno a largo de su vida va sembrando, y cuando llegue el tiempo de mirar hacia atrás y hacer el racconto, seguramente nos asombraremos de cuántas personas faltan y por el contrario habrá otras a quienes no percibiste, y estarán a tu lado.

La vida es un  sinnúmero de grises por eso me siento feliz con lo logrado, capaz de mejorarlo y con deseos de evolucionar y solucionar mis temores a molestar, a abusar de los tiempos del otro o a estar en el lugar equivocado.

Sé que hay cosas que ya entendí  debo mejorar, como aquello de evitar decir mi opinión cuando me la pidan, por temor a que se sientan molestos.

Porque en este análisis descubrí que amistad es valorarse y valorar, sin miedo a la pérdida.

Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)

 

41. PEQUEÑAS AVENTURAS

   En noches estivales nos juntábamos con mis primas en una pizzería de la avenida Córdoba, a riesgode ser sorprendidas in fraganti por mi mamá o una de mis tías quienes, nos habían advertido de las consecuencias si alguna de nosotras era hallada fumando en el lugar. Lo que ellas no querían ver era eso: que íbamos a ese lugar para fumar tranquilas, creyéndonos muy piolas con un cigarro entre los dedos. Hacerlo a escondidas era todo un desafío y una aventura atrapante, ¡qué idiotas!  Por entonces yo tendría catorce años y la batuta la llevaba Gladis, la mayor del grupo, quien había cumplido dieciocho.

   Al iniciar la secundaria, me había alejado de las amigas de la infancia y solo consideraba buenas compañeras a dos o tres chicas. Así que, mis primas se transformaron en mi grupo de amigas más selecto y al mismo tiempo, más perjudicial. No resto culpas, aunque pienso que en muchos aspectos yo trataba de imitarlas, de sentirme mayor y adelantar los tiempos, lo cual no es bueno, se pierden cosas en el camino de la vida, que a veces, son irrecuperables.

Los viernes a la tarde, viajaba al centro o a Mataderos donde vivían algunas de  mis primas, pasaba con ellas los  fines de semana y así podía  relacionarme con chicos de la zona, algo  mayores, que tanto me gustaban y que no reparaban en mí, mas en mis fantasías juveniles tenía encuentros amorosos de ensueños, que nunca se concretaron. Recorríamos el barrio, hacíamos juntadas de guitarra y escuchábamos la música de Simon y Garfunkel, la cual consistía en un hermoso descubrimiento para mí por entonces. Carcajadas hasta la madrugada en la oscuridad de la casa cuando el resto descansaba. Mañanas de sábados colaborando con los mandados y luego algo de limpieza, para ganarnos la libertad de callejear hasta la noche.

   Yo era buena alumna, por eso me daban permiso, además,  mis padres confiaban en que me portara bien y en realidad, salvo por algún riesgo inusual  y el consumo de tabaco, no me desviaba tanto de lo correcto. Pero esas pequeñas transgresiones tenían un sabor único.

   Otras veces las reuniones eran en la zona céntrica, cerca de Balvanera. En las andadas conocíamos grupos de varones de diversas procedencias, luego algunas noviaban, pero la cosa no pasaba de ahí. Los mayores desconocían nuestro paradero más de una vez y creo que tuvimos suerte, no corrimos grandes peligros teniendo en cuenta que transitábamos un gobierno de facto con las implicancias archiconocidas.

  Así fue que no recuerdo amistades de la adolescencia, que, en mi caso, fue más que breve.

   En unas de esas guitarreadas con un grupete de chicos, conocí al que luego sería mi marido. Él estaba de licencia, era conscripto en Puerto Deseado, en poco más de un mes debía regresar al regimiento, pues por mala conducta saldría en la última baja y así fue.

   Cuando regresó nos buscó, yo creía que tenía cierta atracción por mi prima, pero me equivoqué, sus intereses estaban puestos en mí y yo no me había dado por enterada, hasta que me lo hizo saber después de mi cumpleaños de quince. Lo que sigue es otra historia.

Bertha 2003 (CABA)


40. LA FIESTA

Guillermo, veintiún años, trabajaba con mi padre, era una especie de secretario, como Papá tenia su oficina en casa, me lo cruzaba en el pasillo, nos saludamos. No entré en amistad con él, no me interesaba. Una tarde, antes de despedirse me preguntó si quería ir a su fiesta de cumpleaños, que era un mes después. Le respondí que sí. Me explico que era un asalto, los varones llevarían la bebida y las mujeres, la comida.

Yo tenía dieciocho años, acepté la invitación por curiosidad, nunca había ido a una fiesta, salvo alguna de mis primos.

Papá se alegró cuando le manifesté que había aceptado la invitación de Guillermo. Mis hermanos y mis padres estaban entusiasmados, menos yo.

Tuve varios días para pensar la ropa que me pondría: un pantalón con pata de elefante en color negro y una blusa natural con jabot.

Llegó el día de la fiesta, mi hermana y mi cuñada vinieron temprano para colaborar con los preparativos. Mientras Oti me hacia la toca, Isabel me pintaba las uñas de las manos.

Mamá planchaba el pantalón y la camisa, mientras Roberto preparaba dos docenas de chips, una con queso roquefort y la otra con jamón del diablo.

Papá le había comprado el regalo, un llavero de plata con sus iniciales grabadas.

Todo estaba listo, solo cambiar mi cara por una más alegre. Tenía un ruido en la cabeza, pero la decisión ya estaba tomada, si algo llegaba a molestarme en la fiesta, me iría.

Eran las veintiuna y treinta cuando Jorge e Isabel me llevaron en el auto, la casa quedaba en Devoto.

Al llegar, Jorge me dijo: Si no sentís cómoda, llama que te vengo a buscar. Levantando mi mano los saludé y toqué el timbre, una mucama vestida de uniforme negro abrió la puerta, detrás estaba Guillermo, me saludo, le entregué el regalo, que dejó sobre una mesa haciéndome pasar, algunas parejas estaban bailando, la mucama se llevó la fuente con los chips.

Guillermo se alejó sin presentarme a nadie, detalle que no fue de mi agrado, eran sus amigos y yo no los conocía, además me disgustaba que no hubiese abierto el paquete. Ya era un mal comienzo.

Me acerqué a la mesa, donde estaba la comida y piqué algo, la mucama me sirvió un vaso de Gancia con limón.

Mientras los veía bailar, miré el reloj, eran las veintitrés, había pasado un poco más de una hora de mi llegada, despacio me escabullí entre todos llegando a la cocina, le solicité un teléfono a la mucama y llamé a casa, atendió Jorge, le pedí que viniera a buscarme.

Paso un rato, hasta que tocaron el timbre, Guillermo estaba muy entretenido con el baile, le dije a la mucama que me despidiera de él y partí.

Al subir al auto vi a Papá y a Jorge, sentí un profundo alivio, estaba con los míos. Les conté lo sucedido con el regalo y que no había bailado en ningún momento, nadie se había acercado a mí, ni siquierael dueño de casa.

Guillermo vino el lunes a trabajar, agradeció el regalo, pero no pregunto por qué me había ido.

 María Laura Finochietto ( CABA)

 

39. LA PREVIA

Los preparativos comenzaban en la tarde del sábado, ibamos con Rosita, adonde otra amiga hacia un curso de peluquería, y, además de practicar con nosotras, nos dejaba hermosas para el baile de la noche.

Entre ruleros, secador y peinados, transcurría la tarde, emocionadas y ansiosas por poder cumplir las expectativas que cada una tenía para esa velada.

Yo disfrutaba toda esa previa, sabiendo de antemano que mis posibilidades  de ir al baile eran remotas, de igual modo y hasta que llegaba a casa y me enfrentaba con mi realidad , toda esa movida de la tarde me encantaba.

Nunca fui sumisa, sí peleadora  y contestadora al máximo. Pero rebelde al punto de escaparme sin que me  importasen las consecuencias, eso no. Mostraba mi descontento no hablándoles por ese día  a mis padres, me sentía triste, incomprendida. Aun así, el sentimiento de odio hacia ellos no cabía en mí.

Tampoco  envidiaba a mis amigas, por tener ellas la suerte que yo no tenía. Por el contrario, eran buenas amigas  y se apenaban  por mí y aunque quisieran, nada podían  hacer para ayudarme.

Cada sábado repetíamos el ritual, yo jamás  perdía  las esperanzas de que alguna vez, ocurriese un milagro.

Li (CABA)

 

38. SIEMPRE ESTUVO AHÍ

No sé cómo agradecer que sea la carcajada más noble y completa.

Ahí. En paralelo a mi vida.

Al alcance de mi corazón.

Cable a tierra sin vueltas, aferrado a  cada uno de mis instantes.

Es el tiempo hecho palabras infinitas, sin descanso.

Es mi despertador, a la misma hora de cada día, que energiza y lanza al aire mis cometas.

Yo no sé, tampoco, cómo recuperar más tiempo y regalárselo entero porque, sé que se lo quité alguna vez, porque nunca pidió nada y porque no se fue a pesar de los caminos diferentes que teniamos escritos las dos.

Siempre ahí.

Cuando nos quebramos en los propios golpes.

Cuando necesitaba despabilarme porque no podía sola.

Es quien, en el pozo más negro, acurrucada en lo profundo,tampoco se quejó mientras decía en voz alta todo pasa.

 No, no, no era omnipotencia, era la sabiduría que la hacía surfear la vida atajando las olas ¡Y yo lo creía! Y aprendí.

Me enseñó a no tener miedo, a atraer lo bueno y a admirarla.

Siempre ahí.

En las inocentes travesuras de la escuela, en los actos del colegio cuando nos hacíamos las payasas y lográbamos hacer reír hasta a las profesoras, en la picardía de algún chiste, en las cartitas que todavía conservo en mi caja de recuerdos.

Todo se  fortalece en su amistad: la fidelidad, la verdad, el humor, la comprensión y la ternura. Es un diccionario de sinónimos, un reloj de horas eternas, un libro a releer.

Con Silvia el ser más extraño se transforma en mariposa.

Nada de recovecos y oscuridades. Acopio de sencillez y claridad.

Siempre.

Es mi amiga entrañable con la que soy de verdad, así despeinada, sin maquillaje y en ojotas.

Por eso, ahora que estamos más allá de cualquier galaxia, adultas, ella abuela y yo envidiándola, con el viento de San Vicente a favor y más locas…las dos nos buscamos para borrarnos del mundo con las mismas carcajadas.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

37. COMPLICIDAD

Mi viejo se acercó con un libro en la mano y me dijo: “Tomá, leé esto”. Cuando lo miré,

vi que era “Casa Tomada”, de Julio Cortázar. Lo leí, por supuesto, pero no tengo

registro de que me haya cambiado el proceder. Tenía dieciséis años.

Creo que cumplía con mis obligaciones escolares y domésticas para que no fueran un

tema que interfiriera en mi plan de estar todo lo posible con mis amigos. Pero, para

colmo de males y para desgracia de mis padres, el centro de reunión por la noche era

mi casa, que por cierto no tenía demasiada amplitud. Yo compartía habitación con mi

hermano, con lo cual nos juntábamos después de cenar en el único lugar común, el

comedor diario. Cuando ya no nos soportaban más nos íbamos al patio, aunque fuera

de noche y pleno invierno. Cumplíamos algunas reglas básicas, éramos sigilosos para ir

al baño, se fumaba afuera, dejábamos limpio y ordenado. Todo estaba muy bien hasta

que aparecía alguno de mis padres a terminar la tertulia.

A mi vieja lo que más le disgustaba era que a cada rato alguien iba al baño, que estaba

pegado a su habitación y encima la puerta tenía un chirrido que no lográbamos

arreglar.

Un día nos habíamos ido al patio porque Leandro había venido con su perra.

Estábamos charlando, se ve que a los gritos, porque apareció mi viejo en el patio en

calzoncillos y los echó a todos. ¡Serían apenas las tres de la mañana de un día de semana!

Debido a esa actitud totalmente desubicada de mi papá, dejé que mis amigos se fueran

y me acosté con una bronca y vergüenza que me duró unas cuantas jornadas.

Durante la tarde las reuniones eran en lo de Marcela, porque sus padres atendían

pacientes en sus consultorios y la casa era nuestra. Hacíamos tortas, jugábamos cartas,

escuchábamos música, entrábamos y salíamos todo el tiempo, porque vivía a media

cuadra del centro y eso nos permitía ir a mirar si el chico que nos gustaba andaba

dando una vuelta por ahí. Ojo, también estudiábamos, no fuera que nuestros padres

nos reclamaran que no lo hacíamos.

Los domingos eran las tertulias. Organizadas por los que egresaban ese año de los

colegios para juntar dinero para el viaje a Bariloche. Se hacían en la cancha de básquet

del Club Argentino. Un DJ, mesas todo alrededor y la pista de baile en el centro. ¡Qué

nervios los lentos! Si el chico que nos gustaba no nos había sacado a bailar, la noche

se convertía en un fracaso. Nunca estábamos con nuestros amigos varones en las tertulias.

Ellos andaban dando vueltas para elegir con quién bailar y nosotras estábamos todas

sentadas alrededor de una mesa. Duraban de 9 a 12,30. Yo era de las que tenía permiso para

volver más tarde. Después nos íbamos a tomar un café y a dar la vuelta del perro en el

auto de alguno de los chicos. Ahí si varones y mujeres nos juntábamos todos de nuevo.

El único recuerdo desagradable que tengo de esa etapa con mis amigos fue cuando el

río Quinto se desbordó y se inundó toda la zona y el agua estaba entrando al pueblo.

Nuestra única desesperación era que si nos teníamos que ir a vivir a otro lado no nos

veríamos más. Qué linda etapa, no dejábamos de tener toda la inconsciencia y frescura

necesarias para que los problemas reales no nos rozaran. Recuerdo a mis amigos de la

adolescencia con mucho cariño, con algunos de ellos sigo manteniendo una relación

más cercana que con otros. De todos ellos es con Leandro con quién he sostenido la

relación más estrecha y amorosa. Es el padrino de mi hija Lucía y no hace falta ya que

nos veamos o hablemos todos los días. Cada vez que nos encontramos nuestros

corazones saltan de alegría y charlamos cómplices de nuestras cosas como si nos

hubiésemos visto el día anterior

Elena Rudoni (CABA)

.

 36. NÚMERO TRES

La gran preocupación de mis padres fue el acceso a la secundaria.  Ellos no preferían -parece- la idea de una perito mercantil. O porque en la escuela a la que concurría, la secundaria era muy reciente. Creo que tenían hasta segundo año. En aquella época no había tantos establecimientos educativos para elegir. Católicos. Zafé de concurrir al colegio de monjas de Ituzaingó. ¡Bien! Tuvieron la idea genial, maravillosa -sospecho que mi mamá, a través de conversaciones en las casas en las que trabajaba- de cambiarme en mi séptimo grado con el fin de asegurarse la vacante en el bachillerato. Los padres hacían filas noches enteras para conseguir una vacante. Mis papás -quizá con buen tino- decidieron otra movida.

Lloré, protesté, pataleé. No importó. Recuerdo vagamente alguna situación puntual con el cura a cargo de la escuela primaria, el padre Daniel, que alentó la ida de la familia de la escuela barrial. La situación en el aula de sexto grado tampoco era feliz. Un grupo de veinte niños, ocho niñas y doce varones, manifestó ese año mil problemas de conducta, llantos, gritos, peleas.

En una de ellas estuve involucrada sin querer. Tenía el mejor promedio y recibiría la bandera de ceremonias el último año de primaria. Al cura no se le ocurrió mejor comentario que expresar que él prefería a los varones para llevar el símbolo patrio. Machismo. Con mi ida de la primaria, mi amigo y vecino Eduardo Giudice tomó mi lugar. Genio. Agrimensor. Hizo trabajos en la casa de mis viejos. La rueda de la vida.

La educación se mudó a Morón a un colegio gigante con mucha historia. Llevé una tarde todas las carpetas de mi sexto grado. Las docentes se sorprendieron por el nivel de los contenidos y de los trabajos.

Cuando empezó el ciclo lectivo, me ubicaron en el séptimo D -“el de las burras”-. Durante un mes, me hice amiga de Laura Schwartz. Al siguiente mes, realizaron un enroque y fui favorecida -según la docente- con el cambio al séptimo C. La maestra a cargo, señorita Mercedes, me señaló que estaba para cumplir órdenes, no para cuestionarlas. Viva la libertad.

Nuevo día, nueva aula, nuevas compañeras. No recuerdo de qué modo, quedé cerca de Gladys Cavagnolo y Patricia Guerrina. Ellas se conocían desde el Jardín. Viajaban juntas de vuelta a casa. Para ellas, salir a dar una vuelta en bici era muy simple.

Pasamos horas de llanto, de amores contrariados, peleas con las familias que nunca nos entendían, ver cómo zafar de materias más difíciles, bailes, fiestas de quince años.

Gladys siempre fue la más bonita de las tres. Con su cabello largo y lacio por la obligatoria toca y sus pecas -a ella mucho no le gustaban-, salió elegida en varias Reinas de las Fiestas del Estudiante. Patricia siempre fue la más polvorita de las tres. Le encantaba pasarla bien. Tenía altibajos: estaba eufórica o deprimida. Estuvimos juntas aquellas mañanas en las que discutíamos en los recreos la factibilidad del boleto estudiantil. Corría 1976.

Al finalizar la secundaria, Gladys y yo nos seguimos viendo en el Profesorado: ella siguió Educación Inicial y ya hace un par de años se jubiló.

Patricia quería estudiar Bioquímica. Supimos que lo hizo dado que firmó un análisis de Gladys en una clínica de Hurlingham.

Luego, un gran paréntesis. La vida.

Mi familia me organizó una fiesta por mis cincuenta años de sorpresa. ¡Lo hicieron tan bien, tan bien! A la vez que yo planeaba un almuerzo con los más íntimos, ellos tramaban un festejo con todo. Algunas de las chicas de la secundaria estuvieron presentes gracias a la investigación llevada a cabo por mis hijos en mi Facebook.

Siempre afirmo que debemos haber hecho las cosas muy bien cuando adolescentes ya que reencontrarnos fue como volver a estar en la escuela.

Edith Oxilia (CABA)

 

35. INTENSIDAD


En la secundaria todo fue intenso, yo pensaba que eterno (pero no) y vertiginoso.

Mi gran amiga, Magda, compañera de banco, charlas y caminatas: con sol, frío y lluvia-con o sin paraguas- Ella era la amiga de charlas y secretos. Nos elegimos la una a la otra, en una búsqueda del afecto que nos faltaba en nuestra casa. Eso nos unió.

Después surgieron otras amigas, la Tana y Sonia. Divertidas, lindas y altas. Las amigas para salir, cambiarnos la ropa, llamarnos para saber que nos íbamos a poner. ¡Cómplices! Con quienes empecé a salir a bailar, a reunirnos con chicos, pasear en autos de los amigos del hermano mayor de la Tana. Aún recuerdo el jeep Willys de Roberto, y nosotras felices, con el pelo al viento. Nuestra amistad duró dos años: la Tana dejó el colegio, Sonia y yo cambiamos de turno, estábamos en cursos distintos. Y lentamente nuestra unión se diluyó.

Ya en cuarto y quinto año, formamos un grupo de amigos en el curso, salíamos, íbamos al cine y nos reunimos en nuestras casa a escuchar música: Almendra, Sui Generis, Led Zeppelin, entre otros. Leíamos a Porchia, Khalil Gibran, Sábato y Borges. Una noche, en que que los papás de Ernesto no estaban, probamos a emborracharnos y grabarnos. Terminé mal, vomitando todo y manchando mi pantalón. Aún recuerdo la mañana siguiente, me levanté temprano y a escondidas lo lavé. Todavía no entiendo cómo mamá no se dio cuenta, lo pienso, y me digo: su cabeza estaba en otra cosa.

Cuando terminé el secundario quedó un gran vacío,  seguimos todos con nuestras vidas. Caminos distintos. Aún estoy en contacto con varios de ellos, con algunos más y con otros, menos. Alguno murió tempranamente, y nos dejó el recuerdo de sus ojos, sus chistes y habilidades. Y cuando nos juntamos, de vez en cuando, es una fiesta.

 Cristina (CABA)


34. QUÉ FUI PARA ELLAS

Valeria, la fóbica. Romina, la artista. Laura, la transgresora. Andrea, la simpática. Fueron estas cuatro mis amigas durante la adolescencia.

 Valeria, hija única de un matrimonio grande, vivió entre libros, su temor a enfermar y el rencor a unos padres absorbentes que la asfixiaban. Ni bien terminó el secundario, se puso de novia con un sueco al que conoció por internet y se fueron juntos a recorrer Europa en bicicleta. Ahora, es traductora de inglés y de alemán.

 Romina, con su metro cuarenta de estatura, siempre tuvo novio. Comenzó a dibujar historietas, luego murales. Ahora es escultora y escenógrafa en Quebec.

 Laura, de familia de médicos e investigadores. Siempre fue flaca, siempre se sintió gorda. Siempre pensó que no era suficiente. Tuvo un paso frustrado por Ciencias Biológicas. Ahora tiene un centro de estimulación y expresión corporal para bebés. Pasa sus días feliz, entre pañales, sobre colchonetas de colores. Estudia teatro.

 Andrea, de boca tan grande como su corazón. El cáncer se llevó a su mamá. Y al poco tiempo, su papá también murió. Fue la huérfana más joven que conocí. Pero nada pudo robarle su sonrisa franca, la carcajada fácil, el abrazo sincero. Es fonoaudióloga,  su hermano es toda la familia que tiene.

 Me pregunto qué fui yo para ellas cuatro. Creo que la calma, la lealtad, el humor, y el misterio. Hablé mucho con todas ellas, pero sobre todo hablé de ellas. Poco les conté de mí. Pero eran todas personas inteligentes, buenas y perspicaces. Tal vez no hizo falta que hablara para que me entendieran.

 Hoy, casi treinta años después, les daría las gracias a todas ellas:

A Valeria, por andar su propio camino

A Romina, por hacerse valer

A Laura, por priorizar el deseo

A Andrea, por resistir.

A todas, por habernos querido tanto.

MAD (CABA)


33. MOMENTOS MÁGICOS

 Mi infancia fue en algunos aspectos complicada, sin embargo no me sentía  una niña triste o diferente a las demás. Mis permitidos eran limitados, aun  así, cuando  los tenía   los disfrutaba al máximo.

Nací  en un barrio hermoso, con anchas veredas y frondosos árboles, los vecinos eran casi como una familia, siempre dispuestos a dar una mirada, sobre todo por las tardes, cuando los  chicos de la cuadra jugábamos  en la vereda.

Éramos  un grupo de amigos casi de la misma edad, como si los padres  de cada uno se hubieran puesto de acuerdo para que todos pudiéramos crecer al mismo tiempo y compartir nuestra niñez y adolescencia.

Aún  hoy los recuerdo con cariño, Susi, Silvia, Marta, Nely, Elsita, Cristina, Paty y perfectito.

Perfecto y Cristina, eran mis dos mejores amigos, con ellos compartía juegos y también largas charlas.

Perfecto era un gran chico, dulce,  respetuoso, su avanzada miopía y sus lentes con muchísimo aumento lo hacían sentir en inferioridad  de condiciones a la hora de jugar,  su poca  visión  no le permitía los juegos bruscos, siempre que podíamos, nos sentábamos  en el escalón  de mi casa y compartíamos lindas  charlas.

Con Cristina disfrutaba todo. Ella era mucho más  tranquila que yo, aun así me acompañaba en todas mis travesuras. En su casa había teléfono y cuando su mamá  no estaba solíamos  hacer bromas llamando siempre  a un mismo número. Cansados de nuestras bromas, en una de las llamadas nos dijeron que eran de la policía  y que iban a venir a buscarnos, cortamos y muertas de miedo desaparecimos y por una semana no volvimos a vernos. También  hacíamos picnic en el escalón  de su casa con gaseosa y papas fritas.  Dábamos vueltas manzana por la vereda con la bici, compartíamos sus cumples y miles de vivencias más que nunca olvidaré.

En mi infancia no hubo vacaciones en el mar, ni cine, ni circo, pero si hubo momentos en los cuales  me sentí realmente feliz,  mis dos grandes amigos lograron esos momentos mágicos. Una magia que  para Cristina y para mí, duraría  por siempre.

 Li (CABA)

 

32. TARDE DE SÁBADO

Era sábado por la mañana, la cabeza me picaba mucho y yo me rascaba a dos manos, tenía doce años, estaba contagiada de piojos. A mamá se le ocurrió embadurnarme la cabeza con ungüento de soldado, era una pomada con mercurio que se usaba en la guerra, así que mi cabeza estaba empastada y envuelta con una toalla a modo de turbante. 

A papá se le ocurrió decir que invitaría a las hijas de un amigo para que jugaran conmigo pero yo no tenía mucho interés, y mamá se negó diciendo que no vendrían por mi condición.

Entre dimes y diretes, salió Oti diciendo: no las invites, pues podrían contagiarse, yo miraba a los tres y sentía mucha pena por mi padre, ilusionado con que estuviese entretenida, y mi hermana y mamá llevándole la contra.  Les dije que terminasen con la discusión y que las invitaran. Yo no deseaba ver a mi padre triste, él hacia lo posible para que me relacionara socialmente.

Conocía a las chicas de reuniones que se hacían en casa, además mi hermano era amigo de Alberto, el hermano mayor de ellas.

Eran seis hermanos, ellas las del medio, no era mis amigas. Dolores tenia trece y Ángeles, once años, pero cuando venían a casa, jugábamos, me gustaba estar con Ángeles era más divertida, Dolores era muy tímida.

Esa tarde, vinieron las hermanas, entre juego y juego mamá me cambiaba el turbante, no tuvieron problema del contagio, aunque las dos tenían abundante cabello ondulado.

Me divertí más con Ángeles, era muy simpática, le gustaba las mismas cosas que a mí; maquillarnos, disfrazarnos y bailar, en cambio Dolores, era muy retraída y seria, tomaba un libro de la biblioteca y se sentaba a leer, participaba muy poco de nuestros juegos.

Esa tarde la pase muy bien. Después de que se fueron, le conté a papá lo que habíamos hecho, él, como no podía pasar su mano por mi cabeza, me acarició mis cachetes rojizos diciéndome: me alegro, princesa, la amistad es algo muy bueno, no te aísles.

No vi mas a Dolores y a Ángeles, siempre supe de ellas a través de Jorge por su amistad con el hermano.

En la adultez las busqué por redes sociales, las encontré.  Ángeles y yo nos comunicamos muy pocas veces, vivía en España, Dolores nunca me respondió, por Jorge me enteré de que había conflictos entre los hermanos y estaban distanciados.

 María Laura Fiochietto (CABA)

 

 

31. NO NOS ALCANZABA EL TIEMPO

El pueblo no hacía  la siesta en carnaval.

Un ánimo en ebullición pronto a explotar de alegría se estaba preparando.

Llenábamos los tachos de latón con cientos de bombitas de agua y nos preparábamos a competir con los pomos nuevos, de distintas formas cada año.

Las espumas y las guirnaldas, los disfraces, el viento tibio del verano, la vida que pasaba tan dulce y feliz.

Éramos amigos. Nada podía interferir en ese tiempo.

Porque nada era más sencillo que vivir de lo que se tenía y del cuidado amoroso de los abuelos, de los tíos,  primos mayores y el vecindario.

Todos nos conocían.

Cada tarde las puertas de las casas se abrían de par en par para ventilar los zaguanes y las sillitas o bancos apoyadas debajo del umbral en la vereda, eran testigos de las charlas de los adultos mientras nosotros nos empapábamos .

Risas como  orquesta por el aire . Las bombitas de colores explotaban una tras otra sin parar, con los soldados escondidos y prontos a disparar frescura y juego en las espaldas de los enemigos. Los pomos formaban arcos de chorritos cristalinos que nos hacían dar vuelta de golpe para que no nos entrara el agua en los ojos.

No nos alcanzaba el tiempo para ser felices.

Amigos en bandada, de a dos de a tres de a seis …

Amigos trepados a los árboles, contándonos secretos, haciendo algún mandado para vernos en la esquina y comprar figuritas con el vuelto, esperando al heladero para hacernos panzadas con palitos de crema, jugando en el galpón armando muñecos o juegos de alambre y madera o ansiosos por descubrir qué numerito o  prenda nos decía el comecocos. Las cartas que nos escribíamos contándonos si nos íbamos de vacaciones a algún lado y cuánto nos extrañaríamos, las mañanas de lluvia sentados con la espalda en la pared y la boca abierta tomando del chorrito que caía por las canaletas del techo,las carreras en la vereda, las chocolatadas de las cinco.

Coqueteábamos con el amor sin saber que era amor…Todo, todo, era nuestra vida.

Recuerdo los carnavales especialmente porque para nosotros, para mí, especialmente, el agua gratifica, limpia y es bálsamo,  porque era el final del  verano, porque era el ultimo mes antes de ir al colegio y nos veríamos menos.

Noviembre, diciembre , enero y febrero era nuestro calendario.

Yo vivia en capital y tenía que esperar que papá me llevara en tren a lo de la abuela en Villa Ballester para quedarme. ¡Mi corazón latía tan fuerte en esa época!

Nada nos preocupaba demasiado. Estar juntos borraba las incipientes tristezas que, muchas de las cuales, serían determinantes para cada uno más adelante, como la violencia, el abandono y la muerte.

No hay recuerdo más hermoso que el de la mediana infancia donde empezamos a ser conscientes de los afectos.  Jugando,  la espera de la adultez ni siquiera estaba en el mas pequeño de los pensamientos.

Amigos de la infancia, primera amistad, deliciosos sentimientos necesarios para descansar la mente al crecer.

Me llena de dulzura y amor este recuerdo porque, todavía, puedo abrazar fuerte con la memoria a Beto, a Jorge y a Silvita.

Gabriela Potenza (CABA)

 

30. LAS DOS PATRICIAS

   Llegué al nuevo colegio en cuarto grado, al principio me costó acostumbrarme, pero pronto hice relación con Gabriela D y Patricia S, compañeras tan distintas una de la otra, desde su aspecto físico hasta sus actitudes y gustos. No sé si Patricia lo tomó como una intromisión, porque al poco tiempo pude percibir que había algo de celos y no estábamos en sintonía. Fue muy distinto con Gabriela, poco a poco, comenzamos a gestar una hermosa amistad de juegos compartidos, secretos y travesuras.

Las tres asistíamos a una escuela modesta en Villa Ortúzar, cercana al hospital Tornú, esa escuela pública que nos igualaba maravillosamente, donde nos brindaban las mismas oportunidades y nos formaban con un buen nivel académico. Todas proveníamos de familias diferentes y vivíamos en el mismo barrio, muy cerca una de otra.

   Reconozco que estaba maravillada con la familia de Gabriela, su padre era ingeniero de Techint, siempre viajaba por el mundo y le traía muñecas con trajes típicos y cantidad de regalos sorprendentes, para mí especialmente, hija de un obrero gráfico del diario La Nación. Su mamá era maestra, luego fue directora, manejaba su propio auto y habitaban junto con su hermano mayor, que hablaba muy bien inglés y que años después emigró a Estados Unidos para no regresar, en una bella casa de la zona, con dos plantas remodeladas, jardines interiores, una espléndida biblioteca y un piano. ¡Cómo amaba que hubiera un piano!, aunque no supiera tocar ninguna melodía, fantaseaba con poder interpretar algo en un futuro. Ella era la única que tenía grabador para su uso exclusivo, con enormes cintas y un micrófono. Recuerdo las tardes que hacíamos nuestra propia emisora de radio, libres e inocentes, disfrutando de la niñez.

   Éramos muy parecidas físicamente, ambas regordetas y rubias, ella con más pecas y nariz más ancha; en el club donde íbamos preguntaban si éramos hermanas. Gaby se había integrado a mi familia, los veranos concurríamos las tardes de martes a domingos al club Argentinos Juniors en Agronomía. Era una más de nosotros, respetuosa y humilde, por eso mis papás la adoraban.

   Siempre que llegaba la primavera hacíamos la salida obligada a la heladería del barrio e incontables veces me quedaba en su casa a cenar. Gaby odiaba que le dijera que ella tenía plata, quería sentirse una más, una igual, pero yo sabía que estaba un escalón más arriba. Viajes y accesos a lugares para mí inalcanzables, aunque no sentía envidia, al contrario, me halagaba su afecto y que me considerara tan amiga.

   Patricia, en cambio, era bastante diferente, en lo físico, morocha y delgada, con aires de superioridad, su papá era locutor en radio El mundo y ella siempre se jactaba de eso. También tenía un hermano mayor, vivían en un departamento a la calle, bastante modesto. Teníamos (quiénes? Gaby y vos?)escaso contacto con sus familiares, es más, creo que nunca me invitó a su casa. Yo en la mía sí la había recibido, sin embargo, no era como Gabriela, tal vez no se sintiese tan a gusto entre los míos. Con Gaby ella era distinta, siempre la imitaba, quería pertenecer al círculo a como diese lugar.

   Pasó el tiempo, seguimos siendo las tres amigas, a veces las cuatro porque me endosaban a mi hermanita. Compartíamos tareas, asistíamos a kermeses escolares, merendábamos en confiterías y hacíamos tardes de cine continuado, empezábamos a salir solas, sin el cuidado de un mayor. En cuanto a la moda, Patricia, siempre con su afán de sobresalir, se vestía como una chica más grande, eso a nosotras no nos parecía bien, aunque a ella poco le importara. Llegaron los primeros tacos con plataformas, las vinchas tejidas tipo hippie, los maquillajes de Avon, que Gaby siempre tenía y eran toda una novedad para el resto.

    Fuimos mejores amigas, inseparables, a pesar de los celos de Patricia.

   Terminamos la primaria, era el momento de abrir nuestros caminos y cortar los lazos. Gabriela iría a una escuela religiosa en Almagro, Patricia al Comercial N.º 7 de Belgrano y yo al comercial N.º 24 del barrio, a pocas cuadras de casa, el cual no gozaba de buen prestigio y por eso no había sido la opción de mis dos amigas.

   Nos seguíamos frecuentando, pero no con la asiduidad de antes. Llegó segundo año y ese fue un momento bisagra. Los papás de Gabriela decidieron darle una mejor formación a su hija y la enviaron a una escuela privada trilingüe del barrio de Balvanera. Patricia no dejó escapar la ocasión y allí también se inscribió. Sería la compañera de Gaby sin intromisiones, sin la otra Patricia que le disputara su lugar de privilegio. Y así fue. Ahora ella también pertenecía a esa elite, con chicos cuyas familias poseían ciertos privilegios.

   Seguí en el comercial del barrio, me hice amiga de otras chicas y casi sin darme cuenta, fui perdiendo contacto con mis amigas de la primaria.

   Luego llegaron las vicisitudes de un noviazgo y mi maternidad temprana, que terminaron de alejarme de ellas desde todas las perspectivas. Teníamos vidas muy disímiles y cada vez la brecha se ensanchaba más.

   A pesar de los denodados esfuerzos de Patricia, Gabriela, las pocas veces que nos habíamos comunicado, me comentaba que seguía sintiéndose muy diferente a mi tocaya, en especial por ciertas conductas que no aprobaba.

   Solo tuve dos o tres encuentros personales con Gabriela. Con mi hija chiquita, la fui a visitar al poco tiempo de su casamiento. Vivía en un amplio piso, todo para ellos solos, con cámara en el portero eléctrico, tan poco común por entonces. Y sí, la vida nos había tratado de manera tan diversa que resultaba imposible encauzar una relación de amistad.

   Pasaron muchos años, las busqué en las redes. Solo encontré a Patricia S. Delirante y engreída como siempre, periodista con ínfulas de Liliana López Foresi a quien creo que imita en forma permanente tanto en sus videos como en los vivos por Instagram. Me enteré de que las dos están solas, sin pareja y que cada una tiene un hijo varón. Por alguna que otra charla o mensaje, logré descubrir que Gabriela tiene la salud deteriorada, se recluye en un coqueto departamento de Belgrano, donde recibe cada domingo la visita de su gran amiga de la infancia, Patricia S. 

Bertha 2003 (CABA)

29. AMIGOS DEL BARRIO



Los amigos de la infancia eran los del barrio. Sinónimo de juegos, travesuras e

inocentes secretos. Iban cambiando de acuerdo a la casa a la que nos mudábamos y a

la edad que tenía.

Hasta los cinco vivimos en lo de mi abuela. Era un barrio plagado de chicos, crecíamos

como los yuyos y éramos igual de fuertes e indomables. Los juegos y sus horarios iban

variando con la época del año. Casi todo se desarrollaba en las calles y las veredas. Nos

juntábamos en la esquina y ahí empezaba la diversión. Siempre había alguna madre,

tía, tío o abuelo que nos miraba y al que recurríamos si algo nos pasaba. Como la vez

que me mordió el perro de la vecina de enfrente. Todos salieron corriendo a despertar

a mis padres de la siesta y Belliaria, el médico de la cuadra, que tenía el consultorio en

su casa me atendió y me cosió. Todo se resolvía así.

En verano la siesta era de rigor y si nos negábamos mi mamá nos amenazaba con las

gitanas que andaban buscando chicos. De todas formas nos escapábamos

por la ventana de “la pieza del bochinche” que daba al patio y salíamos a jugar afuera,

silenciosamente, para regresar antes de que los grandes se levantaran, porque si nos

descubrían ligábamos reto y chirlos.

Cuando terminaba la siesta y éramos liberados, jugábamos en la calle y esperábamos al

camión regador y corríamos al lado para que nos mojara. Luego armábamos pistas de

carrera para los autitos con la tierra húmeda.

La reunión grande era por la noche cuando el calor aflojaba y todos los adultos salían a

la vereda a conversar y tomar aire fresco. Los chicos nos juntábamos en la esquina del

almacén de Magrotti. Allí escuchábamos las historias terroríficas que nos contaban los

más grandes, nos aterrábamos al punto de ver extraterrestres y fantasmas detrás de

los árboles. Por supuesto que el miedo de los más chicos hacía las delicias de los

mayorcitos del grupo.

Cuando pusieron luces en las esquinas, el entretenimiento era ir a cazar bichos

cascarudos que se amontonaban debajo de las mismas, alternando nuestra cacería con

los bichitos de luz que guardábamos en frascos de vidrio.

Llegado el otoño y el invierno el encuentro era por la tarde, después de la escuela. La

diversión pasaba por jugar con las ramas de las podas que dejaban en las ramblas.

Hacíamos cuevas donde entrábamos agachados a jugar. Amaba el

otoño, me encantaba pisar las hojas crujientes y lanzar las bolillas del paraíso con una

gomera armada con un rulero y un globo. Cada uno tenía alguna madre o tía que

proveía de los ruleros necesarios para fabricar el lanzador.

En primavera pelábamos ramas y con ellas cazábamos mariposas, tratando de que

quedasen vivas y sanas para ponerlas en frascos de vidrio a los que le agujereábamos la

tapa “para que respiren”. Después contábamos cuántas teníamos cada uno, para ver

quién era el cazador mas avezado.

Había dos eventos en el barrio que convocaban a grandes y chicos. Uno era el carnaval

y el otro la fogata de San Juan.

Llegaba febrero y todos empezábamos a agarrar los baldes de nuestras casas. Con los

bombeadores de mano los llenábamos y ahí la guerra era los de la 25 de Mayo contra

los de la Monferrand. Los de la 25 de Mayo éramos en promedio más chicos y

perdíamos como en la guerra, pero no le aflojábamos a la batalla. Ahí las madres

ayudaban a bombear y cargar los baldes, que además sacrificaban en más de una

ocasión ya que se rompían en el fragor de la lucha.

La fogata de San Juan era un evento de pleno invierno, que los adultos organizaban y

en el que los chicos colaborábamos llevando ramas secas (las de la poda que estaban

en las ramblas) y apilándolas con las cubiertas que ya habían armado una pila. Luego

se hacía un muñeco, al que había que vestirlo con un saco viejo y ponerle una billetera

en el bolsillo para ahuyentar la pobreza y atraer el dinero. Era una fiesta espectacular

compartir con todos los amigos del barrio y sus padres esa inmensa fogata, de la que

nadie se despegaba hasta que no se consumía hasta la última brasa. Fueron años de

muchos amigos y de diversión en barra.

De todos ellos, con la que tuve una estrecha amistad fue con Marina. Y la mantuvimos

durante muchos años. Luego compartimos unos años en la secundaria. Ella, su

hermano Guille,mi hermano Juan y yo jugábamos mucho juntos. Con el tiempo

compartimos el club, la pileta, el metegol. Las salidas cuando nos hicimos

adolescentes. A pesar de cambiar de barrio dos veces más, Marina siempre estaba con

sus ocurrencias pícaras y alocadas. Me proponía hacer cosas que siempre tenían una

cuota de adrenalina, como bromas por teléfono, jugar al ring raje, subirnos a los

techos o tirar un estruendoso petardo en una heladería que nos llevó una corrida

bárbara porque salieron todos a perseguirnos. Ese día estaba con ella y con Juan.

¡Hasta nosotros nos asustamos de la explosión!. Nos pegamos tal susto que corrimos

con una velocidad que yo creo que nunca más alcancé. Dejé de verla cuando me vine a

estudiar a La Plata, pero de vez en cuando me la encuentro en Trenque Lauquen y siento

que nuestro cariño es mutuo y sigue intacto, creo que Marina es un afecto fundacional.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)


28. JARDÍN DE INFANTES

Recuerdo la movida inmensa por la cercana ida al Jardín de Infantes. Guardapolvo rosa a cuadritos con la bolsita haciendo juego. Pelo recogido con gomita con adorno redondo. De la mano de mis padres, fui llorando a mares y mientras, levantaba todo el polvo posible de la calle de tierra. Llanto de “no quedo id al jadin” hasta la puerta de la escuela.

Ocho cuadras.

Al llegar, me parece que el comentario fue: “qué vergüenza que te vean llorar”. El amor propio salió a la luz a velocidad vertiginosa al notar la cantidad de llorosos que éramos. Muchos.

Me separé de mis padres y fui a los brazos de la cariñosa señorita Elena. Rubia, enorme a mis ojos, dulce como la miel.  Nos arremolinamos junto a ella y nos quedamos solos: ella y nosotros, un total de diez personitas.

Recuerdo que vi a Alejandra. Primera imagen que me impactó: llevaba el pelo a lo garcon. Esto lo sé hoy. Entonces me pareció muy valiente tener el corte de pelo como los varones.

Algo hicimos que quedamos juntas. Enseguida -sin tener una idea cabal de lo que estábamos diciendo- nos llamamos amigas. Teníamos cinco años.

Como a mí, le gustaba correr y hamacarse. Andábamos de la mano. Eso -quizá- nos hacía sentir protegidas. Creo que hasta tercer grado cursamos juntas. Su mudanza nos deparó nuevos rumbos.

Me fueron a retirar de la escuela mis dos padres aquel primer día.  Volví a mi casa del mismo modo en que había ido al Jardín: llorando a mares porque no me quería ir a casa y porque me quería quedar con la señorita Elena.

Edith Oxilia (CABA)


27. TRIXI

De chica decidían  sobre mi vida, sin consultarme, ni avisarme o prepararme para esos cambios, buenos o malos. Esto se repetía en todas las familias que conocía.

Me cambiaron de escuela, ante mi sorpresa, después entendí y lo disfruté.

El primer día nos miramos y sentimos que algo nos unía. Cuando te vi, Trixi, me gustaste, con tu peinado de trenzas recogidas –que para mí era una originalidad total-, y tus ojos de ardilla, inquietos. Así empezó nuestra amistad, que duró lo que fue el paso por la escuela luterana.

Como en la otra escuela -la Parroquial- esta era integradora. Había chicos que venían de distintas situaciones sociales y de familias con ingresos muy disímiles, y en algunos casos se notaba un descuido o falta de control sobre mis compañeros. Y las dos maestras que teníamos, en dos grados distintos, pero con actividades integradas, se esforzaban mucho en educarnos, darnos afecto, contención pero también eran estrictas con algunos temas cotidianos de higiene.

Recuerdo un invierno muy crudo, cuando Cacho, uno de mis compañeros, llegó a la escuela sin un abrigo que lo cubriera bien. Estaba morado. Brígida, mi maestra, lo sacó de la fila y lo llevó a la cocina, donde le ofreció algo caliente, y llamó al pastor, que vivía en el predio. Le dio un abrigo de uno de sus hijos.

Una vez recuperado Cacho regresó al aula. Y Trixi y yo nos miramos y comentamos aliviadas qué buena era nuestra maestra. Pero al día siguiente, para nuestra sorpresa, la maestra decidió mirarnos a todos nuestras orejas, para ver si estábamos limpios. ¡Qué nervios! ¿Pasaríamos la prueba? Uno a uno nos hicieron pasar al frente y nos revisaron.

Yo zafé, pero Trixi cayó en desgracia. La vi ponerse de todos colores y bajar los ojos, cuando Brígida le dijo que tenía las orejas sucias. Y se las limpió con un algodón embebido en alcohol, delante de todos.

Cuando salimos al recreo, la abracé fuerte, y le dije que la maestra estaba equivocada. Y luego jugamos como si nada.

Yo me fui del colegio, me mudé a Vicente López, creo que Trixi se fue a Alemania. Sus padres eran de Berlín. No volví a saber de ella, a veces googleo, a ver si la encuentro, pero no encuentro su rastro.


Cristina (CABA)


 26. LA AUDIENCIA 

No conservo amigos de la infancia. Tampoco de la adolescencia, ni de la juventud. Los amigos que ahora tengo son amistades cultivadas durante la adultez. No es que los haya tenido y los perdí, no se trata de que el tiempo nos haya separado. Simplemente, no los tuve. O tal vez los tuve, pero a mi manera.

En la infancia se trató de un grupo pequeño y relativamente estable. Yo sabía que con ellos se podía charlar. No compartía mucho más que palabras, no había salidas, ni idas a dormir a la casa del otro, ni deportes. Podía haber tardes de estudio, de tareas compartidas e invitaciones cruzadas a los cumpleaños. Pero ante todo, eran amigos para hablar de las cosas del mundo, de todo lo que pasaba de la puerta de casa hacia afuera. Lo que pasaba hacia adentro recién lo pude compartir con otros varias décadas después.

Mientras escribo, un recuerdo de infancia me llega con claridad, y me emociona.

Estamos en la biblioteca de la escuela primaria. Sentados en el suelo y a oscuras. Han juntado dos cursos, 4to A y B, para proyectar un documental sobre “La Pubertad”, del que solo recuerdo haber aprendido cómo se forma un grano.

Con diez años nos sentíamos grandes. En el piso, no entraba un alumno más. Nos chocábamos las rodillas y los codos. Hacía mucho calor. Al frente, se proyectaba el documental. Al fondo, mis amigos y yo hablábamos entre susurros sobre fantasmas. Conté en detalle que mi abuela había jugado a la Ouija en el campo, con una taza de porcelana invertida. Y que la luz mala espantaba a los caballos de la estancia. Que una centella había entrado por la ventana y salido por la puerta del rancho, dejando a mi bisabuelo con el pelo blanco para siempre. Y que el Diablo sólo daña al que se deja tentar. Juré que todo era cierto, porque así lo contaba mi abuela.

Por turnos, cada uno fue contando sus propias verdades esotéricas. Ninguna fue puesta en duda. Cuestionar una equivalía a cuestionar todas las demás. Tácitamente aceptamos la magia ajena para validar la propia. De entre todas las historias, las mías, situadas en el campo, fueron las de mejor acogida. Recibí preguntas, pedidos de aclaración, muestras de asombro. Fui consciente del poder de mis palabras. Por primera vez en mi vida tenía algo especial: una audiencia.

Entusiasmados, nos fuimos sugestionando de a poco. Di respuestas a todo. Cuando no supe, completé con hipótesis espeluznantes. Lo importante era seguir hablando. La magia del momento dependía de mi voz, pero armamos la trama entre todos. Así, fuimos perdiendo la noción del tiempo y el entorno, hasta que por fin, genuinamente asustados, subimos el volumen y nos reímos para espantar el miedo.

Fue entonces que se desmoronó todo. La señorita nos retó, dijo que “el cuerpo humano no era cosa de risa” y el grupo fue disuelto bajo amenaza de sanción. Tuve que concentrarme entonces en las imágenes proyectadas de axilas peludas, pechos crecidos y algunas barbas. Cuando el documental terminó, encendieron la luz nuevamente. Busqué a mis amigos con la mirada, pero la magia del momento y el hechizo de mis palabras ya habían desaparecido.

MAD (CABA) 

 

25. LA  ROPA DE LA MUÑECA

Mi papá nos traía de cada viaje un juguete. Generalmente un autito de colección para Dani y una muñeca para mí. Casi siempre viajaba con su compañero en auto, pero un día le tocó ir en avión. Allí mismo, en las alturas, vendían unas muñecas estilizadas y bonitas, parecidas a las azafatas, esto fue muchísimo antes de que aparecieran las famosas Barbies. En el viaje de ida le tocó una azafata rubia entonces me compró la muñequita rubia con su pelo largo y brillante y un uniforme de la compañía con short y saco haciendo juego. Y en el viaje de vuelta la morocha. Vino fascinado y repetitivo de lo hermosas que eran esas chicas, y lo llamativo que era el parecido con las muñequitas.

Yo cuidaba muchísimo a mis juguetes. Un día mi abuela me tejió toda una colección de invierno en color blanco para mi esbelta muñeca rubia y otra en verde para la morocha: un gorrito, una bufanda, un saquito y unos pantalones Oxford de lana a dos agujas. Mi mamá me enseñó a mantenerles limpio el pelo, me lavaba la ropita y la perfumaba y todo eso me provocaba una profunda emoción. Amaba a todas y cada una de mis muñecas.

Tenía una amiga del barrio que se llamaba Gladys, era una nena muy bruta y vivía con los mocos colgando, al igual que su hermano, Carlitos. Eran dos demonios. Siempre jugaba con La Gladys, como le decía su familia, casi nunca en casa, generalmente en el parque, sobre todo los veranos los cuales nos quedábamos hasta muy tarde a la noche, y a veces el día entero, haciendo una pausa durante la siesta. En invierno, algunos sábados y domingos sin parar. Pero jamás sacaba mis juguetes, los cuidaba como un tesoro.

Yo tendría siete años y un día me di cuenta de que la ropita de lana de aquellas muñecas había desaparecido. La buscamos por meses, le preguntamos a las tías, a la abuela, a las amigas de mamá si la habíamos olvidado en sus casas, pero nada.

Llegó el cumpleaños de la famosa Gladys: los sándwiches y la gaseosa lo servían en el departamento, que era en un primer piso y bastante más chico que el nuestro y el resto de la fiesta corríamos y jugábamos por todo el parque. Apenas llegué aquel día, me abrieron la puerta y lo primero que vi arriba del aparador de aquel hogar fueron las muñecas de Gladys vestidas con la ropita que mi abuela me había tejido con tanto amor. Quedé paralizada, me angustié, y pasé toda la fiestita disimulando como pude. Recién al otro día le conté a mi mamá llorando. Se puso furiosa, salió corriendo a tocarle el timbre a La Gladys, y mi hermano y yo atrás de ella. Les dijo de todo. Su abuela y su madre se quedaron heladas, retaron a Gladys, pusieron todo en una bolsa en silencio y todo volvió a su lugar, al igual que mi corazón.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires) 

 

 24. MIRTA

Tengo once años, estoy en sexto grado. Es el primer día de clase y entra una alumna nueva, se llama Mirta. Es rubia, de pelo corto y ojos celestes. Su mirada es muy curiosa y tiene cara de susto.Parece callada y seria. Yo, en cambio me siento más segura porque conozco el colegio y a mis compañeras desde primer grado. 

La mañana pasa rápido, llega el mediodía, salimos, empiezo a caminar y veo que ella hace el mismo camino. Así, descubro que vive a tres cuadras de mi casa, en la zona de Barracas de las casas  bajas. 

Pasaron los días y empezamos grupo con chicas nuevas, ella se va integrando y yo feliz porque me noto un cambio.  

Estamos empezando a volver sola del colegio, porque nuestras casas quedan cerca.

Ella dice que soy su mejor amiga porque en el colegio que iba, ni siquiera tenía buenas compañeras. 

Nuestra amistad crece de a poco. Yo la ayudo en lo social, porque como alumna Mirta es aplicada igual que yo. 

Cuando tenemos que hacer tareas o trabajos en conjunto voy a su casa, su mamá me espera con medialunas con jamón y queso, que nunca antes probé. 

También está su hermana Myriam, que es más chica que ella, me quiere mucho y yo también. 

A Mirta y a mi nos gusta la misma música, escuchamos en su combinado, Tom Jones, The Beatles y  Elton John y charlamos largas horas. 

Los días lluviosos viene con su papá por la mañana en el Renault Gordini rojo, para llevarnos a la escuela sin que nos mojemos. 

A veces cuando volvemos del cole me hace caminar más rápido o más lento porque está enamorada de un chico que trabaja en un taller mecánico en frente de su casa. 

A esa hora él sale a comer. 

Ese es nuestro gran secreto, pero hay algo que yo no le puedo contar porque jamás traicionaría mi amistad con Mirta, antes de conocerla, cuando iba a la mañana con mi mamá a la escuela me cruzaba hacía año con este mismo chico que iba a su trabajo y yo también estaba enamorada. 


… Ya pasaron dos años desde que nos conocemos, estamos de vacaciones, ella se fue a Necochea y recibí una hermosa postal diciendo lo mucho que extraña nuestras charlas. Yo le cuento las historias que conozco sobre la escuela, y ella me pide opinión para todo, porque solo confía en mi que soy su única amiga. 


Entonces, empieza un nuevo año, espero a Mirta pero veo que volvió cambiada, está más segura de sí misma, ya sabe todo lo que necesita de la escuela. En el aula se sienta con otra compañera, ya no le gustan las chicas con las que hago grupo porque ahora para ella somos “aburridas”. 

Yo estoy cada vez más triste, siento tanto su alejamiento porque tengo la sensación por primera vez de haber sido usada. 

Sin pelearnos, seguimos nuestro camino, compartimos cada vez menos cosas, una de ellas el ir juntas de la escuela. 


Pasaron ya, cuarenta y cinco años de ese momento en que sufrí tanto y hoy sentada en el living de casa, cuando me hablaron de escribir sobre “amistad en la adolescencia'',”este escrito lleva su nombre. 

En los últimos días, Dios quiso, que me enterara de cosas muy dolorosas que pasaron en su vida y por respeto a su familia, a la que quise, le doy este cierre. 

Florencia Zaldívar (CABA) 

 

 

23. ¿CÓMO?, ¿YA TE VAS? 

Tengo dieciséis años., Hilda me invitó para el sábado que hace un “asalto” que hace el sábado, festejan el cumple de su mamá. 

Estoy contenta, en la casa de Hilda, me siento como si fuera la mía. Casi todas las tardes vengo a estudiar entre comillas  porque, la verdad, cuando estamos juntas, lo que menos hacemos es estudiar. Hablamos de chicos, porque ella hizo el primario en un colegio mixto y tiene muchos amigos varones. Comemos Panchitas, Ópera, tomamos Coca Cola, nada nos falta porque Delia, su mamá, es un amor y como tiene almacén en el local de abajo, nos manda de todo lo que queremos. 

Para nosotras dos va a ser una noche importante porque invitó a dos hermanos que viven en la esquina, Eduardo y Aníbal. Ellos son sus amigos desde el jardín, pero nuestro secreto compartido es que a mi me gusta Eduardo, el menor, Eduardo, y a ella el mayor. 

Al llegar el sábado, desde la mañana cuento las horas que faltan, estoy nerviosa, ansiosa, angustiada y feliz. Todo mezclado.

Tengo miedo porque aunque practicamos, a mí las coreografías no me salen. Bailo muy mal. 

Además no tengo linda ropa, mis amigas se pondrán todas mini- shorts, botas y yo un vestidito negro que para colmo si me muevo mucho se levanta y me hace sentir más incómoda. 

Pero la noche llega, papá me acompaña en el colectivo, y a la vuelta me va a ir a buscar antes de las doce.

 

Nuestro drama con Hilda comienza cuando al llegar, Hilda me dice: “No creo que vengan, hay que conseguir urgente otros dos chicos, si no, no hay baile“.

Empiezan las llamadas telefónicas a fulano, mengano, y claro, casi todos tienen sus planes para sábado a la noche. Ahí asomadas al balcón de Hilda que da sobre la calle Salta, las dos juntas lloramos por los hermanos que no van a venir. 

Jorge, incondicional amigo de Hilda, que esta noche va a hacer de Disc Jockey, se acerca con la noticia de que dos de sus compañeros de escuela pueden venir pero solo un rato. 


Como siempre las estrellas salieron, después del día nublado, gris y lluvioso, y esa del nueve de septiembre, fue una de las noches más luminosas y hermosas de mi vida. 

Ahí conocí a Roberto que me conquistó con su humor y su amplia sonrisa. Después de haber bailado, no se cómo ni me importó, llegaron los lentos de Roberto Carlos y apenas terminó “Un gato en la oscuridad”, papá tocó el timbre, yo salí corriendo, y Roberto me toma de la mano y me dice: ”¿Cómo, ya te vas?”.

Florencia Zaldívar (CABA)


22. LA AMISTAD, TAL Y COMO LA VEO YO 

Cuando me pidieron que escribiera sobre la amistad en la infancia, la adolescencia y la madurez, pensé que iba a ser fácil . 

Surgieron automáticamente cinco nombres: Carmita, Mirta, y el trío Nelly, Silvia y Susana.

Todos mis recuerdos de los primeros años  están unidos a Carmita. 

La felicidad y desilusión con Mirta, tiene que ver con los primeros amores y desengaños, esos que nos marcan para siempre. 

Y pensé que escribir sobre la amistad ahora con sesenta y cuatro años, iba a ser tan fácil… 

así que estoy sentada frente a la ventana, acompañada por mi perra Reyna, buena amiga y fiel. (Dicen que todo tiene por algo que ver con todo) Y enfrente tengo la hoja en blanco sin que salga un solo párrafo. 

Pienso en la dupla Silvia - Nelly a las que conocí en mi primer trabajo y Susana en en segundo. Están en casi todos los recuerdos de momentos importantes y felices de mi vida pero en los difíciles, no. 

El día que operaron a mi marido estaba sola, mi hija de diez años en el colegio, mi hermana cuidando a su nieta, y mis amigas trabajando. Y así durante todas sus internaciones. 

El día que falleció, el lugar estaba colmado de gente, él era una buena persona, muy querido por sus compañeros, amigos y familia que allí estaban. Pero mis amigas, no. Todas brillaron por su ausencia. 

Sí, estaban presentes las mujeres de sus amigos y alguna conocida eventual de ese momento de la vida. Tampoco vino nadie inmediatamente después, salvo las vecinas. 

Nelly me ayudó, me prestó el dinero que necesité cuando casi me rematan la casa, quey fue devuelto en su totalidad. Me ayudó con la compra de un termotanque y con su marido se acercaron mucho mas a mi hija como “ sus tíos”. 

Todo esto va a estar siempre opacado porque mi marido quería tanto a Nelly, que preguntaba por ella estando internado, aunque ella nunca llegó. 

Lo mismo pasó con Silvia, mi testigo de casamiento, y con Susana, que en ese momento estaba atravesando muchas dificultades personales. 

También hubo gente que se portó muy bien, mi vecina Marisa, las mamás del colegio de Mariana, y todos lo que formalmente cumplieron. 

Pero, ¿saben qué?, me faltó el calor del abrazo, del silencio acompañado, de la lágrima compartida, de la mano en el hombro. 

Hoy mi amiga Nelly siempre me llama cuando alguna conocida en común hace una cena, y me invita y ella se enoja porque no voy. Se disgustó el día en que mi hermana estaba internada y yo no estaba de humor para ir a cenar… 

Pero a los tres días, cuando mi hermana murió, tampoco vino. Y cuando mi hija la llamó desesperada porque recién nos habíamos enterado de lo ocurrido, no me pudo atender porque estaba haciendo, tal cual sus dichos “unas compritas”. Yo solo necesitaba el bálsamo de la palabra. 


Después de leer esto alguien me puede preguntar:
¿Estás resentida?
¿No crees en la amistad verdadera?
¿No tenés amigas? ¿Buenas amigas?
Les respondería:
No estoy resentida, estoy agradecida.
Sí creo en la amistad verdadera.
Sí tengo buenas amigas, porque creo que la amistad es amor y el amor no es perfecto. A veces duele, a veces te hace caer al precipicio, o te levanta tan alto que te hace sentir en el cielo, cerquita de Dios.
Florencia Zaldívar (CABA)


21. MANUELA

Manuela, la amistad en la adolescencia. Con ella comencé la escuela secundaria.

No recuerdo cómo, pero el primer día terminamos sentadas en el mismo banco, ante esas mesas rectangulares dobles, verde claro, con una división debajo para poner los útiles. Éramos ventidós, no muchos.

Sentarme con ella fue agregarle condimento a la mañana, diversión, no demasiado estudio, y tal vez otras cosas que no supe ver a tiempo. Pero nada que yo no hubiera querido, ni que fuera responsabilidad exclusiva de alguna de las dos. Nos complementábamos.

Nuestras casas estaban en “la playa”, a unas pocas cuadras de diferencia una de la otra. Y la escuela estaba en la otra punta de la ciudad, más allá incluso del centro viejo. A mí y a mis hermanos nos pasaba a buscar el micro escolar, a ella y a sus dos hermanas las llevaba el padre.

Ese vivir cerca hizo que también las tardes fueran para juntarnos. Las siestas en que uno se encuentra para ver qué sale. Casi siempre era en su casa. Nos quedábamos horas en el porche charlando, o nos íbamos a caminar al parque, andar en bici, juntarnos con amigos. Compartíamos las salidas de los findes cuando ya nuestros padres nos dejaron ir a bailar.

Pero nada fue tan simple. Con una adolescencia que se tornó rebeldía, comenzando a desentrañar un mundo en la porción que le tocó a nuestros pasos, se abrieron, o abrimos, escenarios que no supimos manejar.

Me he preguntado qué hice, o qué no, que pudiera haber cambiado los caminos. Pero en esos momentos, primero, se vive. Explorábamos, había más que lo que se alcanzaba a ver a simple vista.

La ciudad, especialmente la playa, la villa, como le decían, se abría en peligros. Y hacia allí fuimos. Aún me pregunto por qué quedé al margen, y vos no. Tengo algún esbozo de respuesta.

Pero realmente Martín era para vos, no podía no atraerte. Algo más grande, desaliñado, seductor, desafiante, del grupo de los que se juntaban en el parque, los faloperos. Claudia, la intrépida, la arriesgada, la que era capaz de escaparse por la ventana de su casa para salir, y tantas otras cosas. Ella era a todo o nada. Y la dimensión de ese amor se me escapó.

Teníamos quince años. Cuando tus padres notaron lo que pasaba, un poco tarde tras sus cosas “importantes”, la decisión se tomó enseguida. Te llevaron a Buenos Aires, a vivir con tu abuela. Y ahí quedaste. Todavía recuerdo mi llanto, y el alivio de mis padres.

No volví a verla por mucho tiempo, no era el hoy de las redes. Una vez, cuando aproveché una ida de mi familia y fui a la casa de su abuela. Fue raro. La otra, cuando ya vivía en un pensionado; la abuela ya no era opción para encarrilar a una adolescente difícil.

La trajeron de vuelta el último año del secundario, para egresar con su grupo. O tal vez porque allá era peor. Pero ya no fue lo mismo, ya no éramos lo mismo. Volvimos a sentarnos juntas, pero las miradas ya eran distintas. Y la amistad, ese sentirse parte una de otra, pareció haber quedado en esos días de antes.

Después, nos fuimos. Y todo terminó. Sin preguntas, cada una su camino.

Muchos años después la volví a ver. Yo ya no vivía en la ciudad de antes, ella tampoco. Alquilé una casa justo enfrente a la de ella, la de entonces, la del porche y las charlas. Nos vimos una tarde, también había ido a veranear. Fue una charla distante, algo forzada. Qué fue de tu vida y esas cosas, por arriba. Sólo eso, nada más. No había más. No pude encontrar algo más.

 Alejandra Martínez Vázquez (Coronel Pringles, Buenos Aires)

 

 20. MIS AMIGAS

Mis amigas reflejan mi andar errante. En la Rosa de los vientos ellas se ubican en distintos puntos,  y hacia esos destinos suelo partir de vez en cuando. A veces entre algunos encuentros pasan años.

También las puedo ubicar en una línea de tiempo, con la fecha indicando el inicio de cada amistad, distribuidas a lo largo del camino recorrido. 

Mis amigas no son un conjunto de idénticas, son bien distintas, una miscelánea, y eso encaja perfectamente en mí. No estoy demarcada por un límite infrangible, no quiero estar abierta a una sola forma, acabada y precisa. Sería muy aburrido y poco creativo.

Ellas me traen lo diverso y lo similar. Miro y escucho todo, lo guardo en mi reservorio de palabras que importan. Discursos diferentes, miradas que confrontan, maneras hasta inusuales de entender y resolver lo cotidiano y lo trascendente.

En ocasiones cuestiono mi ejercicio de la amistad, me enojo conmigo. No queda al margen de la impronta que he forjado en este ir viviendo y que impregna cada acto. Me alejo y vuelvo, digo y callo, abrazo y suelto. Luego me doy cuenta de que me quieren, así como yo a ellas, con la manera de ser y de expresarnos de cada una.

Mis amigas están, pero no me invaden, no me fuerzan. Nos escuchamos pero también nos intuimos. Cada una va marcando sus propios tiempos; solo a veces habrá que insistir en algunas palabras que se demoran, porque podría ayudar.

Mis amigas son las personas que siempre me hacen sentir bienvenida, las que al recibirme me abren más que una puerta, me muestran que hay un espacio en ellas para mí, me dejan entrar a su lugar sin apuros de maquillaje, sin adornos.

Mis amigas son las que dan lugar a mi historia.

  Alejandra Martínez Vázquez (Coronel Pringles, Buenos Aires)

 

 19. MIS VECINOS

Recuerdo cuando la nueva familia, integrada por un matrimonio y dos hijos, se instaló en la casa de al lado. No sé bien qué edad tendría yo, pero sí que era bastante chica. La menor de los niños tendría unos dos o tres años menos que yo, y tanto ella como el Gringo, de mi misma edad, conocido con ese sobrenombre entre los vecinos, a partir de ese momento pasaron a ser mis amigos.

El barrio, en esos años, estaba cerca de sus comienzos, aún con muchos terrenos vacíos. Así, poco a poco se fueron construyendo viviendas, que se fueron habitando y las veredas se llenándose de bullicios infantiles. En esos días, no era raro que un vecino entrara a cualquier casa sin siquiera llamar a la puerta, o que lo hiciera sin esperar respuesta.

El Gringo hacía eso, y a mi mamá le molestaba esta actitud, especialmente si venía de él. A Quela, su hermana, y a mí, nos encantaba inventar juguetes, no porque estos nos faltaran, sino porque de ese modo dábamos rienda suelta a la imaginación. En su casa había un largo garaje y, cuando no había ningún auto, armábamos allí casitas con fichas de dominó, solo con paredes, sin techo. Una serie de botones eran sus pobladores que, de acuerdo a su tamaño, eran padres o hijos; los deslizábamos por las distintas habitaciones. A veces, cuando estábamos entusiasmadas en medio de  algún conflicto familiar, súbitamente irrumpía el Gringo en el garaje y, sin ningún permiso,  nos desarmaba todo lo que nos había costado tanto construir.

El hecho es que, en la zona, el Gringo se había ganado la reputación de “niño terrible”. En la escuela del barrio fuimos compañeros por un tiempo. Las maestras, cada dos por tres, lo hacían retirar del aula, y creo que en algún momento invitaron a sus padres a que lo cambiaran de establecimiento, ya que él dejó de concurrir a esa escuela. Mi abuelo, cuando los chicos hacían alguna travesura o rompían algún vidrio, siempre decía que los culpables eran el Gringo y Nachi, el vecino del otro lado, y que mi hermano era inocente. Mi papá solía comentar estas ocurrencias con una sonrisa, pero creo que algo de razón tenía el abuelo, porque ambos eran niños revoltosos.

A pesar de todos estos inconvenientes, el Gringo también se convirtió en mi amigo y era agradable compartir con él algunas excursiones por el barrio. A veces, nos acompañaban en los juegos mi hermano o Quela, la suya, o alguno de nuestros amigos, como Nachi o Nora, mi compañera inseparable de la escuela. Pero otras veces creo que estábamos solos, él y yo, y nuestros juegos solían alternar con algunas riñas. También hacíamos paseos en auto con su mamá, la Tía Pola (así la llamaba), lo cual era una ventaja, porque no eran muchas las mujeres que conducían vehículos en esos años. En cambio, su papá era conocido como “el Doctor”, ya que él estaba siempre dispuesto a acudir en nuestra ayuda ante cualquier emergencia médica. Con más razón, se preocupaba cuando la afectada era mi abuela, quien era muy apreciada por él y confidente con su esposa.

Las viviendas solían permanecer con las puertas abiertas la mayor parte del día, ya que no había mayores peligros por ese entonces en el barrio. Una tarde primaveral, mientras yo estaba sentada, charlando con Quela, en el jardín de su casa, ella me avisó que había visto pasar corriendo a un muchacho con una muñeca que llevaba de los pelos, suceso que le había llamado la atención. Yo, que estaba distraída, no alcancé a percatarme del hecho ni le presté demasiada importancia. Hasta que, al llegar a casa, me di cuenta de que mi muñeca más preciada, la grande, ya no estaba sentada en el sillón del living donde la había dejado. En ese momento, lo asocié con lo anterior, y ya desesperada corrí a preguntarles a mi abuela y a mi madre si alguien la había movido de lugar, pero ellas lo negaron. Entonces, me di cuenta de lo ocurrido y rompí en llanto. Esa fue una de las tardes de mi niñez más desconsoladas que tengo en mi memoria, porque ya no volví a tener una muñeca tan linda como esa, la de largos cabellos rubios y grandes ojos claros.

Por esas vueltas que tiene la vida, al llegar a la adolescencia, la amistad con mis vecinos de al lado se fue diluyendo y, a pesar de que me seguía cruzando con ellos de vez en cuando, solo nos saludábamos como con una formalidad. Parecía algo extraño, pero era como si nunca hubiese existido esa amistad tan estrecha entre nosotros.

Todo continuó más o menos así hasta que, años después una tarde, mientras esperaba el colectivo que me llevara a la Ciudad Universitaria, me encontré con el Gringo en la parada. Nos pusimos a conversar animadamente y continuamos durante todo el trayecto recordando nuestros juegos y altercados de niños, hasta que el autobús llegó a su destino y me dispuse a descender de él.

No volvimos a tener otra charla como esa. Había algo que me impedía acercarme cuando nos encontrábamos, mientras continuamos siendo vecinos, a pesar de todo lo que me hubiese agradado hacerlo. Nuestra relación, de este modo, quedó truncada y permaneció como un recuerdo, en esa extraña frontera a veces difícil de dilucidar, entre la amistad y el amor.

 Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)


18. AMIGO DE MI VIDA

"No camines delante mío, puedo no seguirte...  No camines detrás mío... puedo no guiarte.            Camina al lado mío, y simplemente sé mi amigo..." era nuestro poema preferido. Desde los inicios de nuestra relación no hacíamos otra cosa que cuidar aquello tan hermoso que estábamos construyendo, nuestra amistad. Llegaste a mi vida a mis catorce años... me invitaste a bailar en el "15" de Vanesa,  agosto del 85.Empezamos a hablar mientras sonaba la música de  un "murmullo descuidado" que se enlazaba hacia "un camino largo y sinuoso". Nos convocaba algo que nos hacía eco y así, de un tema a otro, pasamos la noche entera conversando.Enrique,te veía grande, tenías dieciséis pero tu voz de hombre ... tu altura ... parecías tan desenvuelto...yo sentía cosas cuando estábamos juntos,  me preguntaba si era amor...empezamos a vernos y a escucharnos todos los días...vos me contabas de esa situación rara que vivías en tu casa, con tu hermano a quien describías como loco, enfermo,  violento y yo...te escuchaba y sostenía tu corazón roto como podía...no sabía cómo ayudarte pero me daba cuenta de que con mi escucha te alcanzaba...también yo tenía mis cosas...algo me pasaba que no sabía expresar con palabras ... recuerdo aquellas tardes solitarias en que ese "coso" que invadía mi pecho se presentaba para molestarme y de pronto,  sonaba el timbre con ese estilo tan tuyo, y me salvabas, Henry, de esos vacíos existenciales que me agarraban...con vos me reía porque eras tan payaso..tocabas el piano...Yo te escuchaba y me daba tanta paz el sonido que producias con tus talentosas manos que me quedaba sumergida en un sueño profundo en el sillón y cuando terminabas tu concierto y me preguntabas si me había gustado te respondía que sí, haciendo todo lo posible para que no te dieras cuenta de que me había dormido. Nos cuidábamos,nos escuchábamos, nos querías. Eras mi amigo incondicional, .atendías todas mis demandas caprichosas y también mis bajones...nunca has dejado de hacerlo... por eso fuiste sos y serás el gran amigo de mi vida...

Magui Solda (La Plata)

17. LAS PARCHÍS DE GUALEGUAYCHÚ

 Carina, Mariana y Laura... nosotras, "Las Estrellas". Cantábamos y grabábamos nuestras canciones. Yo las componía y Mariana les ponía la música con su guitarra.Cuando estábamos juntas éramos invencibles.Recuerdo el día que Tuga Díaz, talentoso productor de radio, nos convocó para participar de un show que se ofrecía en la escuela Matheu para el dóa del niño, seríamos "Las parchís de Gualeguaychú".Se sumaron a la banda Gabi y Florencia, como David y Oscar..Yo, que era la más grande de las cinco, representaba la voz cantante más seductora del grupo, TINO, ¡la ficha roja!Qué facha tenía Constantino Fernández Fernández...me rompía el corazón.Mariana interpretaba a Yolanda y Laura a Gemma. Bailábamos y cantábamos al ritmo de nuestros queridísimos "Parchís". Y llegó el gran día del evento, nos llevó un tiempo de ensayo en nuestra coreografía y preparativos y finalmente allí estábamos las tres, en aquel escenario recibiendo los aplausos del público. Laura, Mariana y Carina...amigas inseparables...nosotras...las estrellas...Cuánto se ilumina mi corazón cuando recuerda aquel tiempo de rosas con mis amigas...

Magui Solda (La Plata)


 16. POLOS OPUESTOS

Estaba ansiosa, expectante: Bárbara y yo saldríamos a pasear y almorzar con su papá. Con el mío nunca lo hacía; y con mamá solo había ido a alguna pizzería después de un paseo de compras o del cine, y esto era toda una fiesta.

Me impresionó con su auto, serio y poco locuaz. Elegante, opuesto en todo a papá.

De él sabía poco y nada: que era un buen fotógrafo, vivía de su profesión (era un buen sastre) y que había llegado en 1955 con su esposa holandesa, de Europa, con mi amiga en la panza, que nació a los pocos días de pisar estas tierras, y luego se separaron.

Ese día fuimos a Escobar, a El Cazador. Almorzamos en un restaurante de la zona, me sorprendió lo elegante y exótico del lugar, para mis ojos que poco conocían de estas salidas. Manteles blancos almidonados, cubiertos de diseño y muy brillantes, y en las paredes cabezas de animales con su ornamenta. Él pidió ciervo, y lo probamos; para mi gusto fue un estallido de sabor intenso, más fuerte que el de las liebres silvestres que había comido en el campo, en casa de mis tíos, en Entre Ríos.

El paseo fue hermoso, ante mis ojos se abrió un mundo distinto, con un padre con una sensibilidad distinta que no apelaba a los gritos, ni a situaciones de violencia. Aún conservo las fotos de ese día: éramos dos nenas de once años, con nuestros vestidos de paseo. 

Cristina (CABA)

 

15. MIS PRIMERAS AMIGAS

Mi primera amiga fue mi hermana melliza. Compañera de juegos, de peleas también. Siempre juntas. No imaginaba estar sin ella. Éramos una sola, hasta decíamos desde muy chiquitas ser una la mitad de la otra. Cuando nos escribíamos una carta comenzaba con la leyenda a mi mitad Sari. Por supuesto que con el tiempo eso dejó de ocurrir.

Luego vinieron las amigas del barrio y de la escuela. Cuando tenía seis años iba mucho a lo de mi vecina, ella era más chiquita, tenía tres años, pero eso no era problema, jugábamos con ella, casi siempre a la mamá. Mi hermana y yo éramos las mamás, la mimábamos mucho.

A los nueve nos hicimos muy amigas de Graciela, vivía a una cuadra de casa y tenía dos años menos que nosotras. Nuestro hermano mayor también era amigo de sus hermanos mayores. Jugábamos al futbol en una canchita al lado de su casa. Todo el verano en la pileta del barrio donde entrabamos gratis porque su papá era el guarda vidas. Ella nos enseñó a nadar. También pasábamos horas en los areneros del puerto de Olivos, todo ese mundo que no tenía más de una manzana, pero estaba lleno de magia, risas, éramos incansables, apenas parábamos para tomar un mate cocido con pan y a seguir jugando.

A los diez años la conocí a Cynthia, estaba en cuarto grado. A mi hermana y a mí, ese año nos separaron de grado. Fue amor a primera vista. Era rubia, con rulos, unos ojos celestes enormes y una cara de buena que me encantó. Se  adelante de mí y le pedí a la maestra que la sentara a mi lado porque sus rulos me tapaban el pizarrón, ja ja era la excusa para empezar la amistad, pero no lo logré. Luego en el micro, le pedí que me diera su teléfono así arreglábamos para vernos el sábado, me lo dio tímidamente y a partir de ese fin de semana fuimos inseparables, con mi hermana también, obvio.

En su casa pasaban cosas como en la nuestra y peores también. Había pulgas, no había plata, y la peor era que su mamá tomaba vino desde la mañana, así que la mayoría de las veces íbamos a la plaza de noche pues su madre nos esperaba en el bar de enfrente rodeada de borrachos. Fueron muchas las cosas que vivimos juntas, pasamos a ser tres hermanas, momentos de mucha alegría, tristeza, peleas, incondicionalidad, duelos, celebraciones, alianzas, secretos, no falto nada y luego de cuarenta años se terminó.

Hoy siento que puedo decir que fue mi mejor amiga de la infancia.

 Susana Moreno (Maschwitz)

 

14. SEMBRANDO EL TERROR

Anoche mientras hablaba con una amiga me di cuenta de que muy adentro de mi interior caldeo algo horrible algo tóxico como un veneno  y queriendo desprenderse se mete en mi lengua modificándome el habla y todo mi comportamiento y nadie lo sabe, solamente yo.

Es esta realidad como una especie de castigo que me lleva de rehén y ser indiferente de una forma desagradable y por más que me metan ayunos y sermones por encima, soy la escuchimizada de siempre, la que lleva un policía imaginario dentro de su cabeza las 24 horas al día, que me acelera por el bien entonces las cosas se hacen penosas y encima con padres al extremos que me dislocan mis pensamientos

…afuera de la escuela sembrábamos el terror, éramos una banda. Ese día Zulma fue una víctima ante Gladys la esculapia que la agarró del cuello y la amenazó diciéndole que al día siguiente no entraría al colegio si no traía golosinas para todas… apenas diez años teníamos

…yo los había observado varias veces como desentonaban con la realidad,  estos dos zánganos se gustaban pero faltaba un diálogo.  Eran esas miradas perdidas, los contorneos de sus cuerpos  lo que gritaban por ellos.  En mí nació una formidable idea: los  chantajearía como un juego,  me animé a escribirles un libreto de su amor…

Los sábados esperaba en la puerta de casa a mis compañeros para hacerles sus láminas en cartulina. No sé cuánto les  cobraba, ni recuerdo, lo único que sabía que era una chanta que nunca hablaba…desagradable

Total ya a mi viejo lo habían jaqueado de su realidad que también era mía, nada importaría.

Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut) 


13. NO ERA UN AMIGO

¡Si uno se deja llevar con tanta advertencias!Mi camino repleto de tantos carteles de  señalización, ya era difícil tomar una decisión, imaginate que con veinte años estaba sola como una boluda que todo respetaban. Era Anna, mi prima, la más cercana', me involucraba en sus juegos sucios.Ya de pendeja una vez me llevó a la casa de Pablo para visitarlo, si mi vieja se hUbiera enterado estoy segura que me habría hecho sentir que era una puta, literalmente

…me dejó sola por un largo rato –y esta boluda algo me insinuaba con  este cuento  distorsionado de la realidad, Pablo era un desconocido para mií,  casi ni hablábamos…

En algún momento tendré que hacer realidad mis fantasías, me decía, ahora te quiero ver…Había chocado  justo en una esquina después de pensar que  el plan de mi vieja se llevaría a cabo en poco tiempo.

Tendré que hacer algo para defenderme de mi propia madre, pensé, ¡¡era el colmo!!!

Ella ya estaba decidida,  su plan sería  la astilla clavada en mi propio corazón  pero no se esperaba la mía…era un revés, solita me cagaría la vida, tranquilamente me acompañaban mis amigas.

Dos años y a raya mantuve una relación amistosa nada más con gente que odiaba mi vieja. los mataíes como llamaba mi viejo a los gendarmes.

Pero un día había bebido, y animado  con otros, me tendieron una trampa, encerrándome para que le demostrara la prueba de ese amor, sería privarme de mi libertad por esa estupidez terminamos .Solo éramos amigos y   lo eché de menos, me cargué esa gran mochila por mi propio orgullo. Ni a mis amigas les conté y me fui del pueblo.

 Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut) 


12. VIAJE A LA INFANCIA

Cuando era pequeña yo lucía escuchimizada. Había estado al borde de la muerte, aquella vez mi madre se había tardado en llevarme al médico pero me salvé y desde entonces mi aspecto era como de santidad, una santidad como elevada de cualquier mortal. Podía soportar cualquier banalidad como cuando mi lengua se pegaba a la zeta y era causa de burla pero una burla sana .

Como no podía decir “goma “ y repetía “oma”, ese sería mi sobrenombre, claro, en los primeros años, a causa de estas circunstancias tendría a mi lado muchos compañeros…

Así que hacer este viaje a la infancia sería genial,  es como empezar a movilizar todas esas sensaciones que guardo aquí, muy adentro, desde las quince cuadra que me separaban de la escuela  y que por siete años recorrí. Por suerte tuve muchos amigos con sus respectivos sobre nombre, Las hermanas  Levicoy, por ejemplo,  eran las cabezas de cebollas;  venían desde muy lejos de la periferia. Había que peinarse muy bien para que durara hasta la salida porque al jugar a la rayuela se saltaba mucho…

 Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)


11. AMISTAD=DECEPCIÓN 

El tema Amistad para mí es sinónimo de “decepción” aunque también la decepción es conmigo misma. Tuve muchísimos amigos pero han quedado muy pocos en el camino, sin embargo siento que no he sido muy buena en este tema. Tuve dos grandes amigas en la infancia: Andrea y Adriana, chicas generosas, cariñosas y con las cuales nos admirábamos mutuamentey sobre todo, aceptaban a mi hermano -Debo aclarar que en mi grupo familiar la persona que acepta a mi hermano es considerada “buena grata”- Nos conocíamos desde los tres años. Cuando llegó el momento de pasar a secundaria nos tuvimos que dividir: con Adriana nos fuimos al bachiller y Andrea a comercial. Adriana y yo tuvimos una amistad que se fue apagando de a poco y tomamos diferentes caminos y con Andrea un día, no sé muy bien por qué motivo, decidí cortar la amistad.

Cuando comenzó mi período de rebeldía y angustias tuve una gran amiga que se llamaba Sandra, ella era una especie de hermana mayor, frontal queme ponía límites, pero como no la dejaban salir y no era callejera como yo, nuestra compañía siempre giraba en torno al colegio; nos hemos peleado varias veces (confieso que yo era insoportable, no me gustaba estudiar y siempre estaba en los quilombos), vivimos muchísimas situaciones hermosas, de amigas inseparables, casamiento, nacimiento de nuestros hijos, hasta que un día Sandra se fue, dejó de verme. Yo me mudé lejos, le escribí varias cartas de las que nunca tuve respuesta y desapareció de mi vida sin dar explicación.

Después de tener a mis hijos, la casa y un marido celoso y machista que no “me dejaba” tener amistades, quedé abocada a la familia y perdí contacto con todos los chicos de secundaria con los cuales habíamos jurado “amor eterno”, si, literal, lo habíamos sellado en una carta. Por esas épocas seguía con la actividad musical y conocí muchísimas personas, en especial a Alejandra con la que tuvimos muchas cosas en común: nos separamos de nuestros maridos casi al mismo tiempo, amores dolorosos, la música, perodejamos de vernos por un tiempo. Hasta que un día suena el teléfono un 20 de julio, día del amigo y era ella diciéndome cosas hermosas sobre nuestra amistad y casi sin darnos cuenta habíamos forjado un vínculo fuerte.Tal vez no nos vemos seguido, pasamos meses sin hablar pero estamos una para la otra, siempre.

De los grupos humanos a los que pertenecí me he apegado a alguna persona en particular con una personalidad estricta, de mal carácter y me sumía a ella como con mi madre. Algunos se alejaron sin motivo, por lo que siempre reflexioné acerca de qué cosa era lo que yo generaba para después sufrir ese abandono y con otros busqué pretextos para dejar de verlos, entonces huía, y la que abandonaba era yo, sin dejar ninguna explicación. Tuve amigos celosos, posesivos, aburridos, molestos, contenedores, con Sandra y Andrea nos reencontramos gracias a Facebook y fue como si no hubiera pasado el tiempo pero por suerte me di cuenta por qué nuestra amistad no había perdurado.

  Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


10. FINAL Y COMIENZO

 Aquel marzo de 1979, comenzando tercer año de secundaria, fue el comienzo de algo diferente. Yo todavía tenía catorce años, era la más chica del curso y todo me costaba el doble. Tenía un grupo de amigas con las que salía de vez en cuando pero no me sentía cómoda, todas ellas eran hermosas, rubias y flacas y yo me veía horrible, había engordado, estaba en una transición intolerable, ni siquiera me soportaba a mí misma. Iba a bailar con ellas cada tanto a un bar muy paquete de Villa Ballester, me tenía que comprar ropa de moda, me cortaba el flequillo y no estaba a gusto; mi papá nos llevaba y nos iba a buscar y después repartía a cada una a su casa. Hasta que un día él no lo pudo hacer, entonces las chicas no me invitaron. Me sentí desplazada, usada y con bronca, pero con el tiempo me fui aliviando porque ese mundo no me gustaba.

Por esas épocas habían llegado al curso tres chicos que venían de otro colegio, con otras cabezas, con otros ideales; junto a ellos fui a mi primer gran recital y mi vida cambió para siempre: no más moda, no más cortes de pelo, no más estructuras, empecé a forjar mis ideales y todo fue más bonito para mí. De uno de aquellos tres chicos, Emiliano, me hice muy amiga: las charlas, las risas, su intelectualidad me nutría, sabía todo de mí y yo de él, éramos inseparables. Me sentaba en el banco de atrás y las mañanas eran muy agradables. Hasta que un día pasó lo esperado: se enamoró de mí. Me escribió una tarjeta diciéndome que me quería y yo me sentí confundida y desilusionada, nada iba a ser igual. Primero le dije que sí pero no lo quería de esa forma, no me gustaba, fue una situación horrible y más aún cuando le expliqué que no funcionaríamos como “novios”, se enojó y nunca más me habló. Sentí profundamente su ausencia y creo que mi vida adolescente hubiera sido distinta con su amistad.

“Estoy esperando para irme al Estadio Obras Sanitarias porque hoy tocan Los Jaivas”, le escribo a mi amigo Adrián que es un chico que conocí a través de la revista “Pelo” porque me carteo con un montón de gente que tiene mis ideales y siento que no estoy sola en este camino. Me pongo el pullover desgastado, mi pañuelo hindú, mis jeans “bombilla”, agarro el morral y me voy a la parada del colectivo que me lleva a Nuñez. Es una tarde soleada, enfrento mis miedos y mi timidez yendo sola a la fila donde esperamos para entrar, tal vez vayan los chicos de Lugano, o algunos de los chicos con los que me carteo, no sé, mi objetivo es conocer gente pero por sobre todo intentar entrar a ver el espectáculo sin pagar porque conozco a un vecino que trabaja en el escenario del Estadio como “plomo” de Los Jaivas, y me hace entrar cuantas veces pueda. Me encuentro con Carlitos, un amigo que conocí por carta, un pibe alegre, inquieto, que lo que tenemos en común es que ambos lloramos por un amor perdido, es gracioso, me siento tan cómoda con él… Tomamos mate con otros “locos”, reímos, cantamos, el tiempo pasa lento y soy feliz. Llega la hora del concierto, vamos rodeando el Estadio hacia un paredón, lo saltamos y corremos por la cancha de rugby muy rápido para que ningún policía nos agarre y nos saque. La entrada es por detrás del escenario y ya me corre una inmensa emoción: los instrumentos ahí, las gradas, la música, los amigos. No quiero que este día se termine.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

9. AÑOS

 Frontales

Serenas

Lloronas

Diligentes

Sinceras

Presentes

Fraternas

Maternales

Filiales

Psicólogas

Pacientes

Un nudo en la garganta

Una lágrima entre dos

La carcajada

El código

La canción

La mirada sin palabras

El dedo en la llaga

El puñal

El bálsamo

La cura

Distancia que no aleja

Retorno a los lugares

Memoria de otros tiempos

Una mesa

Dos cafés

Dos silencios

Un amor

Una vida

Dos amigas

La madurez

 Gabriela Moreira (CABA)


8. AMISTAD EN LA ADULTEZ

Cuando vine  a Junín, vivía con Elena, ella era docente. Comencé a trabajar y tenía un grupo de compañeros con quienes nos juntábamos a escribir un proyecto educativo, a comer o simplemente a tomar mates. Todos estábamos en  la ruralidad.

Con algunos compartía, además, la vivienda institucional de la escuela. Pasábamos casi toda la semana allí y los fines de semana volvíamos a nuestras casas en Junín. Se formó un lindo grupo de trabajo, pero lo idealicé pensando que éramos todos amigos.

Con el tiempo aprendí a diferenciar la profundidad en las relaciones. No todas las personas con quienes compartía uno o varios aspectos de la vida eran amigos.

Sentía un profundo agradecimiento por Elena y sus hijos, quienes me habían recibido en su casa, sin conocerme. Fueron un sostén muy importante para mí durante todo el primer año. Había llegado sola, insegura y muy sensible, a pesar de haber sido completamente mía la decisiónde estar donde estaba.

Cuando tuveun cargo estable y ya podía alquilar una vivienda para mí, me quedé unos meses más con ellos. Elena insistía que me quedara porque decía que me iban a extrañar y  creo que yo seguía necesitando ese calor hogareño. Nos divertíamos mucho. Salíamos. Sus hijos eran adolescentes, en la casa siempre había  música y risas. Como a Elena no le gustaba cocinar yo era feliz cocinándoles y viendo a aquellos jóvenes disfrutar la comida.

Unos meses después ella formó pareja con un hombre. Yo alquilé un departamento. Una vez que me mudé sola, sentí que el vínculo con Elena no era igual. Nos veíamos solo cuando yo tomaba la iniciativa.

Durante un año la llamaba por teléfono, la visitaba, la buscaba para contarle cosas personales, la invitaba a salir, le preguntaba cómo estaba.  Si pasaban varios días y aun semanas sin comunicarme, ella tampoco lo hacía. Comencé a sentir una gran distancia que me molestaba pero no se lo decía.

Un día me llamó para invitarme a cenar. Me sorprendió y acepté muy contenta. El sábado tenía que ir a su casa a las veintiuna y treinta. Prometí llevar vino y postre. Había pensado que a ella ya no le interesaba mi amistad.  ¿Me habría equivocado?, quizás.

Ese sábado a la tarde, me mandó un mensaje cancelando la invitación. La explicación fue que su pareja, no sabía que yo iría aquella noche, y  había invitado también,  a un amigo  con quien yo había tenido un amorío hacía un tiempito. “Lo dejamos para otro día Clari, para evitar situaciones incómodas”, me escribió Elena. Yo respondí “ok”.

No me había dolido que cancelara la cena, sino el motivo por el que lo había hecho. Yo estaba segura de que para ellaera más importante aquel amigo que yo. Eso me decepcionó mucho porque yo estaba convencida de que mi amistad era muy importante en la vida de Elena. Sin embargo, al momento de decidir, eligió a otra persona  y mi orgullo no lo soportó.

Después de este episodio esperé que ella se comunicara, llamara, viniera o lo que fuera. Pasó bastante tiempo y me enteré por una amiga en común, que  estaba mal, muy deprimida.

La llamé para ir a verla y me respondió que no tenía ganas de ver a nadie y que cualquier cosa, me avisaba. No llamó más. Yo me quedé esperando. Sin embargo me enteré de que la visitaban otras personas y sentí muchísimos celos. Yo tampoco la volví a llamar ni a ver.

Un año más tarde, me llamó, la invité a cenar y vino a mi casa. Conversamos largo rato de temas triviales como el trabajo, el clima o el precio de los alquileres. Compartimos algunas novedades hasta que le pregunté cómo estaba. “Bien”, respondió. Me contó de su depresión y los detalles. También le conté todo lo que yo había estado sintiendo ese tiempo. Habíamos compartido un tintito, como lo llamábamos, así que me despaché con relatos de emociones contenidas en el  tiempo. Le conté de mi sensación de su abandono e indiferencia, de mi decepción, celos, soledad y su silencio. Ella me escuchó  y luego respondió: “Ah, mira, cuántas cosas.” Ese comentario me sonó a haberme desahogado sola. Otra vez. Sin respuesta. Sin eco.

A la madrugada se fue y no nos vimos más. Un tiempo después me mandó un mensaje desde Mendoza. Se había mudado allí con su pareja. Nuevamente sentí su abandono. No me había contado nada antes y se fue. Entonces me pregunté ¿para qué me lo estaría contando en ese momento?

 Le respondí: “Que bueno, suerte! Me quedaba con la bronca de esperar que ella fuera como yo quería que fuese, como me la había imaginado siempre. Casi, casi le exigía interiormente que fuera como hubiera querido que fuese mi mamá.

 Elena era diez años mayor. Por pedido de mi tía, ella me había ofrecido des interesadamente, compañía, alojamiento y calidez. Yo confundí esa generosidad con amistad. Algunos años de terapia me llevaron a pensar y repensar algunas relaciones. Entre ellas, la amistad con Elena.

Varios años después me escribió por Facebook. Se había separado de su pareja y había vuelto a Junín. Después de varios mensajes nos vimos en casa de una amiga en común. Nos juntamos un par de veces más.  Muchas cosas habían cambiado. Yo había cambiado.

Sentí que estaba en paz, sin celos, sin reclamos. Con agradecimiento, cariño y sin orgullo.

Es como si hubiese comprendido que Elena había representado lo que yo había necesitado para experimentar aquel momento de transición  con confianza y alegría. Como si hubiese sido, para mí,un puente entre la Clara que había si doy la que comenzaba a ser.

                                                                                  Clara (Junín de los Andes, Neuquén)

 


7. AMISTAD ADOLESCENTE

Durante mi adolescencia, como en otras etapas de mi vida, laconstrucción de relaciones de amistad estuvo condicionada por las mudanzas y los consiguientes cambios de escuela.

Al terminar primer año del secundario en Mar del Plata se avecinó otra movida a Mina Clavero con mamá, Julio y Vicky.

Como se había retrasado el programado viaje hacia Córdoba y se complicó el trámite del pase de un colegio a otro, Vicky y yo tuvimos que comenzar el período escolar en una escuela, en Miramar. Allí fuimos durante dos semanas viajando todos los días desde Mar del Plata. Fue una horrible experiencia. Una vez instaladas en Mina,recomenzamos.

Llegué  con la angustia de la incertidumbre. No sabía cuándo volvería a ver a papá y a María.Las circunstancias impuestas obligaban a adaptarme a los cambios, sin permitirme hacer  duelos y sanar una pérdida o cuantas fuesen.

El lugar era hermoso, la casa grande, lejos del centro. En esa escuela hice segundo, tercero y cuarto año. Conocí enseguida a un par de compañeras y luego me hice muy amiga de Lili. Ella era la única con quién sentía que podía compartir mis miserias y las de mi familia.

Mamá era, como siempre, impredecible. Oscilaba entre el desinterés y el control de todo lo que yo hacía.  Con Vicky era más flexible porque era mayor, creo.

Siempre había sido muy crítica de mis amigas y de las de mis hermanas. A Liliana la quería. A su casa me dejaba ir y quedarme a dormir, sin casi cuestionar. Cuando ella venía a mi casa yo  me sentía cómoda. Con otras amigas, sentí vergüenza de mi familia. Liliana nos aceptaba sin juzgar, así lo sentía yo.

En la escuela estábamos siempre juntas y los fines de semana los pasábamos casi todos en  casa de una o de la otra. Cuando no, yo me sentía aburrida, perdida y desganada.

Si me quedaba en su casa íbamos a bailar. Yo, a escondidas de mamá porque no me dejaba. A la mamá de Lili le decía que mi mamá me daba permiso. Sabía  que nunca se descubriría la mentira ya que jamás se encontrarían.

 Cuando ella venía a mi casa no se mencionaban los boliches. Hacíamos otras cosas, mirábamos tele, estudiábamos, caminábamos por el río, conversábamos de nuestros problemas familiares y de chicos. Yo siempre estaba enamorada de alguno.

 También teníamos un grupo con Gaby, Carmen y Andrea. Nos divertíamos mucho las cinco juntas pero  Lili y yo éramos inseparables.

Al finalizar tercero comenzaron todos los cumpleaños de quince. Fuimos a algunos festejos.

En diciembre llegó el mío. A Lili no la dejaron venir, no recuerdo el motivo. Carmen y Gaby tenían un egreso así que tampoco estuvieron.

El festejoseríaen mi casa porque mamá dijo que con una  tan grande,¿para qué íbamos a gastar plata en otro lugar? A mí no me gustaba esa idea pero la acepté. Vicky me hizo las tarjetas de invitación, su novio se ocupó de la música. Mamá  cocinó, hizo la torta y ornamentó la casa.

También contrató la modista que me hizo el vestido. Yo había elegido un modelo y una tela de una revista. Mamá compró otra, que no me gustó. Dijo que no había conseguido la que yo quería y que el “broderie” era muy fino.

Cuando  quedó terminado tenía volados y detalles en hilo dorado que yo no había elegido y no me gustaban. Pero ya estaba hecho. Así que me la aguanté y lo usé. Un par de días antes del “festejo”  todo estaba perfecto, como mamá quería. Ella había trabajado muchísimo para el cumpleaños y no me animaba a decirle que había cosas que no me gustaban. Casi parecía “su” cumpleaños.

Papá, que vivía en Mar del Plata, ya me había advertido que probablemente no iba estar en la fiesta porque no quería encontrarse con Julio. Yo necesitaba que viniera y no me importaban sus excusas. Era mi cumpleaños. Le había enviado una carta  insistiéndole que viajara, que era  mi cumple. Papá  no llegó. Me mandó una carta disculpándose. Sentí una mezcla profunda de tristeza y bronca. María llegó de Mar del Plata sola. Trajo muchos regalos y estaba muy alegre pero yo estaba furiosa. Pensaba que a papá yo no le importaban  mis quince, no le importaba yo.

Llegó el día del festejo y vinieron pocos amigos, creo que porque era lejos. Sobró muchísima comida, el vals típico lo bailé con el novio de Vicky. Julio estaba con nosotros pero no quiso bailar. El vestido no me gustaba. Empecé a sentirme muy incómoda y con ganas de que desaparecieran todos los adultos y así fue. Mamá, Julio y la abuela, que también estaba, se fueron a dormir.

A las dos de la mañana nos fuimos a terminar la noche en el boliche de Mina. Allí me divertí un poco más pero me quedó ese sabor amargo del festejo que no fue tal.

Cuando terminé cuarto año Vicky ya había egresado del secundario. Transcurrió un año más de movidas familiares locas y sin sentido.

Comencé quinto año en un colegio vespertino de Mar del Plata. Ese año abandoné y al siguiente retomé. Estaba sola en un departamento que mamá había alquilado para ella. Entre las peleas y reconciliaciones que tenía con Julio yo me quedé allí y ella se fue con él. Había dejado pago todo el año. Cada tanto me mandaba plata para los impuestos. Cada tanto también, papá venía y me dejaba dinero o compraba mercadería. Quería que me fuera  a su casa con él, pero yo no. Buscaba trabajo, era muy joven y sin experiencia laboral así que no conseguía.

En aquella escuela conocí a Claudia, que era amiga de Patricia y las tres íbamos a bailar. Comencé a trasnochar mucho, a estudiar poco y a faltar cada vez más seguido a la escuela. Casi libre por tantas inasistencias, a punto de abandonar otra vez, me fue a buscar a  casa, Mabel. Era una compañera del curso con quien en algunas ocasiones nos habíamos juntado en su casa a estudiar. Ella era diez años mayor que yo. Me habló y aconsejó con mucho cariño y sin retarme.

Al día siguiente fui a la escuela, creo que, más por agradecimiento a ella que por mí. Su gesto fue casi un salvavidas,  un rescate de la dejadez en la que estaba. Pude levantar calificaciones y recuperar trabajos atrasados. Así terminé el secundario. No me llevé ninguna materia.

A pesar de continuar viviendo en Mar del Plata unos años más, no las vi más  a ninguna de ellas. Perdí todo contacto no sé por qué razón.

Ya me había acostumbrado a  las amistades  cariñosas e intensas pero que para mí siempre habían sido transitorias así que me distanciaba sin cuestionarme el motivo y ya casi no me dolía.

                                                                                   Clara (Junín de los Andes, Neuquén)

 

6. AMISTAD EN LA INFANCIA

A los cuatro años comencé el jardín de infantes en un paraje que se llamaba Mina Paraná, cerca de Trelew,  en Chubut.

Era una escuela rural con un solo docente y pocos alumnos. Mis hermanos iban también a esa escuela.En el jardín el maestro me hacía dibujar palotes y bolitas.

El paraje era un caserío donde había una mina de cal. Allí trabajaba papá.

Vivíamos en una casa cerca de la escuela. Siempre estaba toda blanca, llena de cal. Cerca de la casa pasaba un canal de agua.

A los cinco años nos mudamos a Puerto Madryn. María y Vicky estaban pupilas en una escuela de monjas. Alejandro no sé. Yo iba a un jardín al que me llevaba mi abuelo paterno con mamá. Ellos me dejaban en la puerta de la escuela. Yo lloraba porque no quería entrar, quería irme con mi abuelo. Él me saludaba mientras se alejaba en el auto. Me quedaba ahí con mi guardapolvo a cuadros celeste y blanco. Las nenas debíamos llevar rosa y blanco. El mío era uno que había usado Alejandro años antes. No sé por qué yo no tenía el mío. Las burlas, chistes y comentarios de mis compañeros eran dolorosos. No tenía amiguitas. Un compañerito me decía que yo parecía un varón. Las nenas me miraban de un modo que yo interpretaba como poco amistoso, así que me quedaba sola en un rincón. Tampoco recuerdo intervenciones de la maestra, si es que las hubo.

Ella era una mujer joven de pelo largo, lacio y morocho. Mamá me mandaba todos los días, con una manzana para entregarle, o con una rosa. Yo no la quería a la maestra. Recuerdo que en clases de educación física también jugaba sola. Nos daban bolsitas de tela rellenas con arena y debíamos lanzarlas hacia arriba y atajarlas. Yo hacía el ejercicio perfecto, sola.

Todos los días era el mismo llanto y la misma escena. Extrañaba mucho a mi abuelo. También recuerdo que  me llevaba a dormir la siesta. Se quedaba dormido y yo me levantaba. Cuando se despertaba se reía.

A veces íbamos juntos, toda la  familia a la playa a juntar mejillones para comer.

Teníamos un vecino que, junto con sus hijos, nos llevaba a los cuatro hermanos en lancha a pescar en alta mar. A sus hijos no los recuerdo. Él era buzo. Se tiraba con su traje en alta mar a buscar pulpos, calamares y otros animales y nos dejaba solos en la lancha. Nosotros esperábamos hasta que volviera, quietos y callados.

No teníamos conciencia del riesgo ni del peligro. Para nosotros eran momentos felices. El jardín, para mí,era una tortura.

Clara (Junín de los Andes, Neuquén)


5. AMISTAD EN LA ADULTEZ

La amistad en la adultez, es muy variada en muchos sentidos. Tengo amistades de la infancia, hoy adultas; del pasado adolescente, y actuales.

Conservo y mantengo mis amistades, que confieso son pocas pero extraordinarias. Algunas desde hace muchos años. La distancia no nos rompe el afecto mutuo. Ni la muerte, diría. Al contrario. Enaltece mi afecto a los que ya partieron y los recuerdo siempre con especial cariño.

Mantengo maravillosas amistades, buenas de corazón, sinceras. Nunca tuve problemas con ellas. ¡Son Amistades!, no conocidos. Me eligen y las elijo cada día. Son pocas, claro y muy distintas entre sí. Comparten solamente, su bondad, sinceridad, altruismo y su afecto hacia mí.

Son la familia que ya no tengo. Se han muerto casi todos en Buenos Aires y estoy aquí con mis hijas, yernos y nietos . Mis amistades son intocables. No admito rumores ni chusmeríos hacia ellas. Hacia nadie. Difieren en cultura, títulos, etc. Pero son la parte de mi alma sin mi sangre que admiro y adoro.

También, no voy a negar que creí que era mi amiga, a quien no lo era…ni lo es. La saqué de mi vida. ¿Y el dolor a la traición? Ya pasó. Que sea feliz. Cuando la gente es feliz, joroba menos… por eso les deseo lo mejor, a los que creyendo que eran mis amistades, me decepcionaron. Yo sigo haciendo el bien, sin mirar a quien, como dice el dicho.

Sé que me estoy aproximando a mi viaje al otro estado…Se dice arriba, cielo, no sé qué me tocará… Pero al final, me encontraré con mi marido, mis padres, familiares y amigos que me ganaron en la partida. Esto según mis creencias y deseos poco explicables para muchos, claro. Pero yo respeto el pensar de todos; aun cuando no comparto ciertas ideas. Y soy feliz así. Sin hacer daño a nadie. Amo a mis amistades, y me dejo mimar. Son un disfrute para mi alma ya medio cansada, medio “refunfuñona” con ciertas cosas de la vida. Pero vivo. Canto, escribo, bailo, coso, bordo. ¡Uyyyy, cuántas son las cosas que esta pandemia me priva! 

Ver a mis pocos familiares tan amados, hijos y nietos. Pero me propuse: nada de tristeza, cuidarme y seguir con alegría siempre que pueda hasta mi final.

 Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)

 

4. AMISTAD EN LA ADOLESCENCIA

 Los primeros tiempos de adolescente, no fueron para recordar… mejor trato de olvidarlos. Hoy, estamos viviendo en la provincia de Tucumán, por trabajo nuevo de papá, y ya tengo 15 años. Papá fue nombrado Administrador (Gerente) de un Ingenio azucarero, “Trinidad”, fue cerrado por un gobierno del `66 junto con 11 Ingenios de la provincia, y muchísimas familias quedaron en la calle. Estamos en el año 1970… Papá sostieneque es conveniente, por muchas razones, venir a Tucumán, pero sobre todo, para darle trabajo a esas familias que perdieron todo hace unos años, por cuestiones políticas...Otra mudanza y mundo nuevo. Vivimos en el palacio Torquist, es imponente. Situado al lado del Ingenio, en medio de una manzana con caminos de polvo de ladrillo, rodeado de palmeras y plantas de todo tipo, cuyo cuidado mamá encarga al jardinero.

La ventana de mi cuarto(nunca se separa sujeto de predicado con coma) da al frente y está rodeada de una Santa Rita fucsia que me encanta. Del otro lado de la escalinata de entrada está el escritorio “de casa, personal”, de papa.más allá del de su trabajo.

Soy feliz. Nunca viví con tantos lujos. Gente de servicio, mucamas, cocineras, jardineros, choferes con turnos cada cuatro horas y uno especial para mí. Ignacio. Es como un hermano. Sumamente respetuoso. Todos me llaman niña Glorita. Me anotan en el mejor colegio de Concepción, a diez kilómetrosdee casa; me integro fácilmente. Yo ya tengo experiencia en cambios de escuela. Es de chicas, la mayoría me mira como bicho raro por venir de Buenos Aires, ser rubia, moderna,me esquivan y susurran. Esome hace sufrir.

Pasa el tiempo y gracias a Dios, entro en el corazón de todas. Me presentan amigos, Muchas me celan porque creen que les voy a quitar el noviecito, pero nada más lejos en mí que eso. Es cierto que t,odos me miran, y los varones más. Pero yo bailo con todos y todos, chicas y chicos son invitados por mí a casa y somos felices.

Mis padres me dejan salir a todos lados, que son pocos; a Madrás, boliche bailable, porque son amigos del dueño. Mis amigas que van allí, de mi pueblo, son las Chicas Aznares, la hija del intendente de Concepción y amigos de localidades cercanas, de cuarenta o cincuenta kilómetros. Bailábamos de jueves a domingo. Hay chicos y chicas de situación económica modesta, y hay otros que también son hijos de gerentes. Yo me divierto mucho con todos. Y me doy con todos por igual. Soy muy feliz. También tengo amigos de Buenos Aire que vinieron como yo, por sus papás, pero en distintos Ingenios azucareros. Nuestros padres se hicieron amigos entre todos, porque no conocen a nadie…

Hacemos reuniones y bailo todo el día,. Voy al colegio, hago esgrima, estudio a la noche después de cenar y escucho música en mi grabador Philips para dormirme así, feliz. Etapa maravillosa esta, conque Dios me premió no sé por qué. Después me enteraré…

Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)


3. MARCELA

La primera vez que la vi noté que íbamos vestidas iguales: zapatos Guillermina, zoquetes blancos, vincha blanca, colitas y un guardapolvo a cuadros de color rosa que cubría seguramente lo único que nos diferenciaba aquel día. Ella tenía unas letras en su corbata roja, yo también.

Iba de la mano de mi madre subiendo las escaleras de mármol del colegio y ella estaba sentada al final.

-Mamá, a esa nena se le ve la bombacha- dije en un susurro. Ella abrió con énfasis sus ojos y puso su dedo índice cruzando los labios. Eso quería decir “silencio”. Cuando eso pasaba yo apretaba mi boca como queriendo que desapareciera.

Al pasar junto a la nena, mi madre se inclinó y algo le dijo en el oído. Seguimos la marcha cruzando un patio inmenso con baldosas de pizarra que formaban rombos, algunas en color azul y otras en rojo. Estaba lleno de chicas vestidas iguales que corrían de un lado a otro, padres que conversaban animadamente. Hasta que sonó un timbre y mamá se despidió con un beso en mi frente.

No fue difícil porque al soltar la mano de mi madre me aferré a otra que, con ternura, me llevó a la “sala de cuatro”. Cuando me senté ante una mesita cuadrada, a mi lado, estaba la nena que había visto en la escalera de la entrada. Marcela. Empezábamos una amistad que ya lleva más de cincuenta años.

Terminamos el jardín de infantes con todos los honores, bailes, medallas y unas palabras de agradecimiento para la señorita Julia, nuestra última maestra de esa etapa.

La primaria nos encontró compartiendo un banco de dos. Y así iba a seguir hasta que en cuarto grado entramos a un aula donde no había asientos para compartir, cada una tenía el suyo. Todo un desafío para Marcela y para mí. Lo resolvimos sentándonos una detrás de la otra.

Las mañanas terminaban en el comedor donde la hermana Adelma trataba de mantenernos sentadas y calladas. Era un lugar frío y espacioso donde almorzábamos todas las niñas que también hacíamos el turno tarde. La disciplina del comedor era más estricta que en las aulas y las sanciones involucraban directamente a nuestros padres a la hora de la salida. Ninguna quería pasar por eso, una cosa era que te llevaran a la dirección y otra era que le contaran a papá o a mamá que ese día no habíamos comido, por ejemplo. No comer era portarse mal y Marcela odiaba la sopa. Aquel día había sopa. La hermana Adelma se acercaba a supervisar nuestra mesa antes de servirnos el postre y yo veía que el plato de sopa de Marcela estaba aún sin tocar. No lo pensé mucho y rápidamente recogí todos los platos vacíos y los puse en el centro debajo del plato de mi amiga.

Cuando nuestra verduga llegó a la mesa le dije:

-Juntamos los restos de cada plato.

Cuando la hermana retiro la vajilla Marcela me abrazo el cuello hasta dejarme casi sin aire diciéndome “Amiga, mi amiguita, te quiero para siempre” y no mentía.

Nunca hubiera imaginado en ese momento la cantidad de horas que pasaríamos comiendo en ese comedor y jugando en aquel patio.

Rayuelas, elástico, quemado, escondida, pelota al cesto, tinenti. Después de algunos años el colegio entero se convirtió en nuestro parque de diversiones. Cuando egresamos, el último día, minutos antes de que nos quitáramos el uniforme para siempre, atamos un elástico a dos columnas y, entre lágrimas y carcajadas, jugamos nuestra última partida.

Los años escolares nos dejaron en la memoria más recuerdos dulces que amargos.

Hace unos días estábamos en una reunión familiar, celebramos el cumpleaños del ahijado de Marcela, mi hijo Gabriel. Ella puso la mesa en el parque para sus sobrinos nietos, desde la ventana de la cocina entró su voz y yo la escuché:

-Comen todo lo que les ponga en el plato y ¡nada de trucos! que lo de juntar las sobras ya me lo sé.

Gabriela Moreira (CABA)


2. ROXANA

El Marplatense fue un tren que unía la capital con la ciudad de Mar del Plata. En el empezaban nuestras vacaciones, mis primas, mi hermana y yo viajábamos cada año bajo la custodia de mi abuela Linda. Siempre imaginé cómo habrían sido esos años de partos para nuestra abuela, todas tenemos casi la misma edad. Ella  soñaba con un nieto varón que no llegó hasta ya entrada su vejez, hoy a Joaquín le llevamos treinta y cinco años.

La estación Constitución estallaba de gente en los primeros días de enero, seguramente el 9 o el 10; siempre después de mi cumpleaños. Cuando éramos niñas caminábamos el andén 14 acompañadas por mi padre hasta nuestro vagón. Un “changarín” cargaba las valijas en un carrito al que yo siempre miraba con ganas de subir. Al llegar a la estación de Mar del Plata, mi impulso de correr hacia la parada del taxi que nos llevaría a casa, era frenado por un tirón de pelo de mi abuela que enseguida se las ingeniaba para llevarnos de la mano a las cuatro juntas, dos de cada lado. Mi mano y la de mi prima Roxana se hacían una.  Ambas envueltas en la firmeza del apretón de mi abuela. Ella era una mujer pequeña, graciosa y temperamental, era una Acevedo que escapó con el peón de la estancia once años mayor, para casarse con él y tener cinco hijos, uno nació muerto y así fue como mi padre hoy es el mayor.

En nuestra adolescencia la historia poco había cambiado, las vacaciones seguían empezando allí, en la misma estación, solo que, al llegar a destino, ágil y ansiosa, yo era la primera en bajar del tren dando un salto ya sin el freno del tirón de pelo. Otra diferencia con aquellos años de niñez obediente era que las recomendaciones para pasar ese mes hasta que llegaban nuestros padres, venían directamente del que hacía las reglas, mi padre.

-Las cuatro siempre juntas, no salgan hasta tarde y me llaman día por medio- decía papá del otro lado de la ventanilla casi en lenguaje de señas.

Roxana y yo nos sentábamos juntas, planear cada día de esas vacaciones amenizaba el viaje y nos hacía soñar. Primas hermanas. Amigas desde la cuna.

-El año pasado casi nos descubren cuando nos fuimos a la playa con los pibes que habíamos conocido en el tren, ¿te acordás?- rió Roxana

- Si me hermana no fuera tan botona…-reflexioné

A mitad de camino la abuela nos servía un té y rollitos de jamón crudo. Era el único momento del viaje en que todas nos apretábamos compartiendo los asientos. Costumbre que no solo nunca nos abandonó sino que, aquel tentempié, también llegó a nuestros hijos.

Aquel día Roxana dormía cuando el tren había bajado la marcha y se adentraba en Mar del Plata, lento tan lento que yo hubiera querido bajarme y llegar corriendo. La noche recién había empezado a oscurecer la ciudad, me acerqué a la ventanilla quitando el reflejo con mis manos, quería devorarme cada detalle con los ojos. Disfrutaba el momento de la llegada sin distraerme con nada.

Miraba ese barrio de casas bajas con fachadas de piedra, los personajes que volvían del trabajo se mezclaban con los tardíos que volvían de la playa cargando bolsos y sombrillas. Presté atención a los carteles que anunciaban lo que estaba pasando en la ciudad, el equipo de los Harlem Globertrotters en algún Polideportivo, Gal Costa en Tío Curzio, Carlitos Balá en El Torreón y, con los ojos abiertos como platos, leí “David Lebon en el Auditórium”, ahogué un grito y sacudí a mi prima.

-Ya llegamos, Ro, ¡despertate! ¡¡Lebón en el auditórium!!

La llegada a casa fue sin sobresaltos, eufóricas abandonamos las valijas, nos duchamos mientras la abuela nos preparaba una cena rápida pero no por eso menos exquisita.

Mi hermana Adriana compartía el cuarto con mi abuela y con Myriam, la hermana de Roxana. En nuestra habitación el único tema fue ese recital que no quería perderme por nada del mundo. Nos dormimos entre risas y charla ya avanzada la madrugada.

Al día siguiente en el desayuno yo insistía.

-Nosotras no vamos- dijo mi hermana mirando a su cómplice

-El tío se va a enojar si no vamos todas- dijo Myriam

Roxana hizo un gesto para que nos calláramos, la abuela venía con las tostadas. Tratamos de hablar de cualquier cosa mientras apurábamos el desayuno.

-¿Van a la playa? hagan otra cosa mejor, está nublado- fue el intento de la abuela de planificarnos la jornada.

-Vamos igual- dije levantándome de la mesa

Mis dieciséis años daban rienda suelta a la rebeldía que por aquellos tiempos estaba a flor de piel.

Finalmente bajamos a la playa como cuatro adolescentes que van a la playa: en pantalón corto, un buzo y algo de dinero en el bolsillo. La abuela tenía razón, hacía frío. La forma de sentarnos en la arena adelantaba que aquello iba a ser un concilio más que una mañana cualquiera de playa. Acomodadas en corro y con las manos en los bolsillos, fue Adriana quien abrió el debate:

-Vos sola querés ir a ese recital, más vale que se lo preguntes a papá.

-Entonces ahí sí que se olvida del tema, no la va a dejar ir sola, yo la acompaño aunque no me guste-dijo Roxana encendiendo un cigarrillo -¿y por qué vamos a pedir permiso si supuestamente es una noche como cualquier otra? –preguntó- es la abuela quien no debe enterarse que vamos a separarnos.

La conversación iba y venía sobre las posibles excusas para cubrir que por una noche, no íbamos a estar las cuatro juntas.

-Como sea vamos a ir, las entradas las saco igual y voy a ir ahora, ¿me acompañan o me esperan?- pregunté

Roxana se levantó al mismo tiempo que yo y emprendimos la larga caminata hasta el centro. Llegamos a la boletería y chocamos con un cartel en rojo que decía “AGOTADAS”, lo miramos desilusionadas durante unos segundos, no reaccionábamos. Fue entonces cuando un chico se acercó para ofrecernos una entrada porque tenía que volver a Buenos Aires y no iba a poder ir.

-¿Una sola?- le pregunté

Roxana me miró, metió su mano en el bolsillo y se la pagó.

Con mi entrada en la mano vi que los ojos de mi prima brillaban como los míos, nos tomamos de la mano y dimos un salto de alegría.

Llegó el día del recital y seguíamos dándole vueltas al asunto, hasta que decidimos que nadie iba a enterarse que esa noche al recital de David Lebon iba yo sola.

El día transcurrió con normalidad, lo pasamos en la playa y hablamos mil veces de cómo sería mi salida de casa.

-¿Que hacen hoy? ¿van a salir?- preguntó la abuela

-No-dijo Adriana desde el sofá-estamos cansadas

Roxana y yo nos miramos, ese no era el trato. La idea era salir las cuatro juntas de casa. Pero fue rápida en su respuesta y no dejó hablar a la abuela:

-Nosotras sí, ¿podemos? Estamos muy contentas porque nos vamos a un recital ¡Soy feliz abuela!- y le saltó al cuello llenándola de besos y abrazos.

La abuela no pudo resistirse a aquella alegría de su nieta predilecta, la mayor, la primera que le había dado el título.

Así que esa noche salimos sin nuestras hermanas.

De camino pensaba cómo íbamos a juntarnos al regreso pero hablamos de otras cosas, el recital ya era un hecho.

Llegamos al Auditórium y Roxana me dio un abrazo y me alentó a que lo disfrutara mucho. No me atreví a preguntar qué íbamos a hacer después, cuando el recital terminara.

Fue el primer recital de toda mi vida al que fui sola. Me emocioné, canté y bailé con cualquiera. Fui inmensamente feliz.

Después de casi cuatro horas se encendieron las luces y la gente empezó a salir con tranquilidad; al acercarme a la puerta de salida pude ver que diluviaba. Ya en la calle, vi a mi prima, empapada pero con una sonrisa inmensa.

-¿Tomamos un helado? –preguntó

Supe, para no olvidarlo jamás, que no había estado sola.

Gabriela Moreira (CABA)

 

 

 

 1. AMISTAD EN LA INFANCIA

Hoy nombro a mis amiguitas, las que siento que me quieren y con quienes me divierto. Yo soy una nena muy sola, porque mi mamá no quiere que vaya a jugar a la casa de nadie y tampoco que vengan nenas a jugar conmigo, porque desordenan… Llegamos a Crespo, Entre Ríos y yo me aburro mucho.

Papá me lleva a dar unas vueltas por alrededor de la casa donde vivimos y al pasar por una casita, se encuentra con un señor, que se acerca a darle la mano con mucho respeto. Mientras conversan, se asoman detrás de él dos nenas que me invitan a jugar. Papá me deja. Entramos a su casa con piso de barro y muchas gallinas y a mí me encantan los pollitos que andan con patitos atrás de nosotras. Se llaman Erlinda y Estela Shaw. Son más grandes que yo, un poquito. Jugamos cuantas veces me dejan ir a su casa. Está a la vueltita no más. Son muy buenas y dice papá que debo ser respetuosa y no preguntar por qué tienen piso de tierra y baño con agujero en el piso. Pues son muy buena gente, pero no tienen plata para vivir mejor.

Yo tengo cinco años y no me importa que no tengan cosas como en casa. Yo las quiero porque son buenas y nos reímos mucho.

El papá de ellas, me dice papá, es el carpintero del arsenal y un señor muy honesto. Lástima que ya nos tenemos que ir a vivir a otro lado. San Francisco. Lloro porque me despido y creo que no las veré más.

Llegamos a la nueva casa, sobre la ruta y otra vez sin tener con quien jugar.

En la tarde de ayer, toca el timbre una señora que vive sobre la misma vereda y le dice a mamá que vaya a tomar el té a su casa y me lleve a jugar con sus hijas. Vamos con tortitas negras, que me encantan y otras cosas.

Una de las nenas, anda en bicicleta por todo el patio y como yo no sé, me dice que suba en el cubre rueda de atrás. Al dar vuelta rápido me caigo de la bici y me hago un tajo grande atrás de la rodilla que sangra mucho. Mamá empieza a gritar asustada, porque ve mi sangre y me dice que hay que llevarme a coser y ponerme una inyección, mientras otros chicos lo buscan a papá de la fábrica. El miedo me está paralizandopero la vergüenza de los gritos de mamá, me impide sentir dolor.

Llega mi salvación. Papá. Me hace upa, me lleva a una camita, me dice que me quede tranquila, que no es nada malo. Me venda la pierna en el muslo y por suerte, no me ponen la inyección. ¡Qué susto me di!

Me hago amiga también de compañeritas del colegio en el que me anotaron. Silvia Ambrosio es mi mejor amiga y papá y mamá pasan muchas noches con sus padres cenando en casa o en la de ellos, y contando cuentos que les causa mucha gracia. Nosotras jugamos con las muñecas. Soy feliz.

Este año tomamos la primera Comunión y Silvia y yo le tenemos miedo a la primera confesión. ¡Claro! Hay que contarle todo lo que hicimos mal, al Padre Jesús, que nos tomará los rezos del Padre Nuestro, Ave María, Gloria y otros. Pero a mí no me sale el Credo y me mezclo las oraciones. No duermo de los nervios que tengo. Al final, el cura vino a mi casa, me tomó los rezos haciéndome reír, y no me dijo que le contara que cosas malas había hecho.

¡Menos mal! Tenía miedo de contarle que ayer que enojé mucho con mamá y preparé mi valijita con muñecos y me fui de casa, pero al jardín, no más.

Yo quería que mamá sufriera mi ausencia, se asustara y fuera a buscarme. Me encontró y no dijo nada. Yo me siento una mala hija. Y si le cuento al cura, va a pensar que soy mala en serio y yo no soy mala. Siempre me porto bien.

Al final, todas las chicas del grado, tomamos la Primera Comunión. Por suerte parece que todas son buenas. Yo no sé porque veo que en los recreos, algunas le hacen cosas feas a otras, se burlan, mienten cosas, pero no le deben haber contado al cura. Porque nos dijeron que no tomaríamos juntas las buenas con las que se portan mal. No me importa. Yo me porto bien.

Hoy llega papá con la noticia de que nos vamos a Buenos Aires, por un trabajo mejor que le salió. Sonamos, otra vez mudanza, viaje largo en auto, dejar a mis amigas… Y otra vez lloro. En el colegio me hacen una hermosa despedida, pero no me gusta pensar que no las voy a volver a ver. Me llenan de regalos y recuerdos, pero yo quiero quedarme con ellas.

Llegamos a Buenos Aires y mamá me anota en una escuela en tercer grado. ¡Cómo sufro! Nadie se acerca a mí, me miran mal, si yo me acerco se van riéndose. Creo que son malas. Lloro todos los días en casa.

Me cuesta mucho aprender en ese colegio. Me dicen papá y mamá, que en cuanto compren departamento, me cambiarán de escuela otra vez. Ahora me tranquilizo y espero que compren. Acá no puedo hacer amigas. Me dicen que soy del campo y no tengo que estar con ellas. No entiendo por qué. Y además yo nací en Buenos Aires. Mi padre me explica que es no tiene nada que ver. Que todas las nenas somos iguales y no depende del lugar donde se nace. Hay que ser buenas personas. Eso es lo que hace la diferencia, me dice siempre.

  Eso mismo les dije llorando a las chicas que se burlaban de mí esta mañana, y armé un lío entre ellas, que vino la señorita y les dio un reto grande. Yo le dije que no las rete, que yo ya me iba a ir a otra escuela No sé qué les pasa conmigo. ¿Será porque soy rubia y me peinan con trencitas? No sé. Pero aquí no pude tener amiguitas.

Mis padres, compraron un departamento hermoso. ¡Nuestra nueva casa!

Estoy feliz. Me anota mamá en la escuela y enseguida me hago de un montón de amigas. Stella, Elena, Susana, Silvia y de varones también. La mayoría son judíos. Yo soy amiga de todos y todos me quieren. Compartimos en los recreos nuestras vidas, les cuento mis viajes, y me escuchas asombrados. Muchos van a dos colegios. Uno para judíos y el común al que voy yo.

Me invitan al colegio de ellos para que conozca también. Yo los quiero mucho a todos y me siento querida. Me eligieron por cuatro años la mejor compañera. Se votaba en el aula con papelitos. Llegó el final de sétimo grado. Llevo la bandera. Lloro como nunca por dejar la escuela y a mis compañeros.

Comienzo a comprender que la vida es así, tristezas y alegrías, pérdidas y encuentros…

Gloria Lotti( San Miguel de Tucumán)

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario