Mamá

108. DIFÍCIL CONVIVIR

¡Ufa!, cómo me costó esta parte de la historia con mi mamá

Ya comenté que no fue nada fácil convivir con ella, tanto es así que hasta su muerte fue complicada.

Después del fallecimiento de mi papá, a los cincuenta y cuatro años fue una mujer independiente hasta el último día de su vida. Ha tenido achaques. pero eso no le impedía andar de aquí para allá.

En el año veinte diecinueve mi hijo mayor me preguntó qué quería para mi cumpleaños y se me ocurrió estar con amistades y familiares, que según mis recuerdos solo un par de veces me festejaron cuando era chica. Por supuesto mi mamá estaba en primera fila. El comentario que hizo de que quería conocer mis amistades, por suerte me lo entere tiempo después ya que hubiera sido un motivo de discusión entre ella y yo. Ahora me doy cuenta de que estaba preparando el terreno para su desenlace final, temiendo que me fuera a quedar sola. Así era ella. 

Gra (CABA)

 

107. ASISTENCIA PERFECTA

Como ya comenté, mi mamá era muy rigurosa, tanto es así que durante mis cinco años en la secundaria no me permitió faltar un solo día. No pude realizar el viaje de egresados por ser en época de clases. Para mi asombro, en la fiesta de fin de año el Rotary Club de Almagro me regaló un diccionario por mi presentismo. El señor que me hizo la entrega me dijo “qué boluda que fuiste”, dicho que en ese momento no comprendí.

Sin dejar de contar que en la primaria por una conversación con la mamá de una amiga tampoco dejó que faltara. Y por fuerza mayor, en primer grado me contaron una falta a una excursión al Cabildo, ¡fui!, pero por no haberme presentado en la escuela me la contaron igual, el motivo fue por una nota que la escuela había enviado, aclarando que no se hacía cargo de los alumnos. A mi papá no le gusto y fui directamente con mi mamá. Otra fue en sexto grado, después de una discusión entre mi mamá y mi papá, que me hizo tan mal que me dolió el hígado y no fui al colegio. En esta última, mi mamá me pidió que hablara con la maestra para que me la borrara, no lo conseguí.  Ella me preguntó: “Te parece justo con respecto a tus compañeros que te borre la falta?, le contesté “NO” y me retire. Motivo por el cual no obtuve mi banderín al finalizar los respectivos años.

Fui scout en la Parroquia Santa Lucía. Los sábados nos reuníamos y juntábamos diarios y el papel metalizado de los paquetes de cigarrillo, se vendía y con lo que juntábamos nos íbamos de campamento. Llegué a ir a Monte Hermoso y tenía posibilidad de ir a Esquel, viaje que no pude realizar porque cuando llegue del primero mi mamá me contó que había peleado con mi papá y él la había lastimado; entonces desistí de realizar esa excursión.

Gra (CABA)

 

106. LA SIGO BUSCANDO

No sé por qué, o tal vez sí, no recuerdo haber tenido con mi madre charlas muy profundas a lo largo de mi vida. Todo se resumía a lo cotidiano, las cosas que sí se pueden llegar a hablar sin desnudarse ante quien es el interlocutor.

 El día que tomé la decisión de divorciarme después de un matrimonio de veintiocho años, lloré, me tuve que armar de valor para hablar con mis hijos, cosa que lastimaba más que un cuchillo filoso. Después dar el anuncio al resto de la familia, quienes no daban crédito de lo que sucedía porque, a la luz de lo que veían, yo tenía el matrimonio perfecto.

Pude contar lo que estaba viviendo a todos, menos a mi madre. No quería sus preguntas, ni su teatralidad para buscarse un lugar de ser la persona lastimada en la tragedia familiar. A pedido mío, una de mis hermanas se lo contó, y le advirtió que no me llamase ni me hablase del tema cuando me viera.

Con los días me enteré de que ya se había encargado de contarle a cuanta gente pudiera su gran tragedia, su hija, la del matrimonio perfecto, separada. Se cuestionó acerca del sufrimiento de mis hijos, eso lo comprendí, porque sé su debilidad por ellos; a pesar de no haber recibido de su parte grandes demostraciones de cariño, le otorgué toda la libertad para que lo hiciera con mis niños, el tesoro más preciado de mi vida. Sé que su amor hacia ellos es genuino, también su admiración. Cuando la veo en su papel de abuela, me pregunto por qué no me dio un poco de ese amor a mí.

Pasaron unos años desde mi divorcio, mi madre, aprovechaba cada encuentro para persuadirme de que la soledad no es buena, que tenía que conseguir una pareja, yo esquivaba ese tema con un “NO” terminante.

Un día llegó ese compañero que mi madre tanto deseaba y al que yo tanto temía encontrar. Antes de contárselo a ella se lo dije a mis hijos, porque sabía que si se enteraba antes que nadie, se iba a encargar de darles esta noticia y eso no lo podía permitir. Pero lo que sí permití, y no sé los motivos, es que ella fuera la primera en conocer a este nuevo amor.

Una tarde de primavera fui con él a su casa, nos esperó arreglada como para una fiesta, se mostró parlanchina y agradable como suele ser con la gente; evidentemente le había agradado Quique, o tal vez le agradaba la idea de que yo ya no estuviera sola.

Fui a la cocina a preparar unos mates, a la distancia la escuché hablar y reír con él, luego un silencio, esos silencios que no se sabe qué traen. Cuando volvieron las voces, escuché que estaba empezando a contarle a él, a quien sabía de mi vida algunas cosas pero otras no porque son parte de mi privacidad, acerca del día que se enteró que yo me había separado, todo un melodrama. Yo desde la cocina empecé a decir: - ¡Mamá!- a viva voz para que parase, para que no traspasase esa línea que no le estaba permitido atravesar. Ella haciendo caso omiso, siguió hablando y yo suplicando, hasta que Quique, sintiendo mi malestar, le pidió que no hablase más de ese tema.

Todavía busco la respuesta a su accionar de ese día, no la encuentro, no le veo lógica, como a muchas cosas que hizo o que no hizo y me dejaron con una sensación de orfandad en varias ocasiones.

Pero, por esas cosas raras de la vida, por amor, por desamparo, por necesidad de que me dé lo que siempre necesité, siempre la sigo buscando. A pesar de que ahora es tarde y sé que el tiempo se está apurando demasiado, aún la sigo buscando, tratando de encontrar un poquito de lo que necesito, antes de que la neblina del olvido y la vejez avanzada, no le permitan decirme algunas verdades que siempre quise escuchar.

Silvia Peralta (Mataderos, Buenos Aires)

 

105. MI MAMÁ Y YO

Mi madre teníia la sospecha del fin, y hasta ante esa tremenda cachetada de la vida fue mansa.

Aquella tarde, sentadas en el living de mi casa, quiso saber, y me preguntó si el final se acercaba. No recuerdo bien cómo le dije ese sí,  pero le confirme que sí que se acercaba el desenlace. Con esa misma dulzura y mansedumbre de siempre, me dijo que ojalá le dieran aunquefuera dos años más, no sé exactamente por qué ese plazo , aunque sospecho que solo queríia un poco más…..

A partir de ese díia empezó el principio de su fin. Seguimos juntas, apuntalándonos, apuntalándola. Yo dándole todo mi amor y mis cuidados; ella…con sus eternas oraciones, su rosario, su fe, seguramente buscando el milagro. Le regalé los libros de Víctor Sueyro y hablamos de que seguramente más allá de la vida había algo muy hermoso. Y así, como pude, como pudo, seguimos juntas, acompañándonos.

Yo viendo como cada día arrastraba sus piecitos un poco más, como perdía fuerzas, como perdíia vida…

Hasta que unos meses después, se fue, mansa, como había vivido.

 Iris Arias (Pilar, Buenos Aires)

 

104. CARTA A MAMÁ

Mamá:

            Poder escribir esta carta, es poder decirte lo que nunca te dije, o lo mucho que no te dije.

No quiero que suene a un pase de factura, porque te amo con el alma, sin embargo, no siempre los que amamos nos dieron lo que necesitábamos. Siento que hay más en el debe que en el haber, quizá sea solo una sensación, pero creo que nunca supiste certeramente qué necesitaba como hija, y yo no podía pedírtelo.

          Lo que más me dolió y me sigue doliendo es que siempre fuiste más madre de los varones, y para colmo, no sé si para desgracia para vos, tuviste cuatro hijas y solamente dos hijos. Ellos tuvieron la suerte de tener todo lo que yo deseaba y estoy segura de que para mis hermanas fue igual, no me refiero nada más que a las posibilidades en el momento de elegir a quién se les daba la oportunidad de hacer cosas distintas aparte de la escuela, sino que a ellos siempre les llegaba el halo mágico de las palabras cariñosas y el reconocimiento al momento de encontrar soluciones a problemas familiares. Las opiniones de ellos siempre eran palabras de Dios, aunque se equivocasen y después te dieras cuenta de que mis hermanas o yo habíamos dado una solución más certera, pero claro está, nunca ibas a reconocerlo.

Como esposa fuiste una mujer maravillosa, ojalá yo hubiese podido tener una historia de amor tan fuerte como la tuya y la de papá; pero era tan fuerte ese amor que te hacía decir cosas que nunca compartí, como por ejemplo, que las mejores comidas, los mayores cuidados eran para él que era el que nos mantenía y con el que ibas a seguir compartiendo la vida cuando tus hijos formaran su propia familia.

 Tengo gratos recuerdos, no voy a mentirte, pero en un momento algo se quebró y vos empezaste a ser muy dura. Yo ya estaba sufriendo algo que vos no sabías y que nunca lo sabrás, pero durante todos esos años que duró mi padecimiento, yo trataba de hacer cosas para hacerte feliz, para que estuvieras orgullosa de mí, para lavar culpas que no me pertenecían. Recuerdo con mucha bronca cuando siendo yo mamá, uno de mis hijos te preguntó si alguna vez vos o papá me habían pegado y vos respondiste que nunca. Mi enojo fue mayúsculo, porque las dos sabíamos que estabas mintiendo y fue una de las pocas veces que salté a desmentirte.

     Sé que de tus seis hijos yo fui una especie de “oveja negra” que tuvo el tupé de irse a vivir sola a los veintiún años, pero jamás podrías imaginar la dimensión del dolor acumulado que me llevó a tomar esa decisión.

   Nunca entendieron vos y papá la gravedad de lo que hicieron cuando desheredaron a las hijas y nos obligaron a firmar a favor del varón más chico, el otro ya tenía la vida resuelta porque ustedes le habían dado todas las posibilidades para que no lo necesitase. Y te aclaro, no me importan las cosas materiales, sabés muy bien que yo siempre estoy para dar a los demás lo que necesiten si es que puedo hacerlo, pero lo poco que tengo, lo conseguí con mi esfuerzo sin querer nada de nadie. Lo grave de esto es que desheredar tiene una connotación muy fuerte que no pone en juego los objetos sino el daño psicológico.

    Los años pasaron, cuando empezaste a entrar en una edad en que los padres parecerían que se convierten en hijos de sus hijos, aún escuchando y enalteciendo las voces masculinas, te empezaste a apoyar en mí, porque sabés que siempre te escucho, que te dejo llorar si lo necesitás y que voy a tener una palabra para consolarte. Recién cuando murió papá, pudiste abrazarme o decirme “mi amor”, frase que solo utilizabas para tus nueras. Parece contradictorio, pero todo ese afecto que siempre pedí a gritos, ahora cuando me lo das dosificadamente, me desgarra el alma, no sé si porque llegó cuando ya no soy una niña o porque me doy cuenta que es una “cuasi” despedida.

El otro día me dijiste que querés irte unos días de viaje conmigo, te conetsté que no sabía, que tenía cosas que resolver. Sin embargo, cuando salí de tu casa, con unas inmensas ganas de llorar como cada vez que voy a verte porque te veo muy sola a pesar que el hijo en el que pusiste todas tus esperanzas y su familia prácticamente te ignoran, agarré el celular y te mandé un mensaje en el que te decía que sí, que voy a hacer ese viaje. Todavía no lo leíste porque sos perezosa para mirar tu celu, pero cuando lo leas, sabé que en ese mensaje van todos los “te quiero” que yo tampoco te dije, no por despecho, sino por no atreverme a poner en palabras lo que siento. Será que eso es lo que me enseñaste, pero no tengas dudas, viejita linda, que te amo con el alma y quisiera que fueras eterna.

 Un abrazo apretado, tan apretado que valga por todos los que no nos dimos.

                                                                   Silvia Peralta (CABA)

 

103. CARTA A MI MADRE

Hola, mamá.

Me da bronca en este momento ser tan “tiradora serial". Toda mi vida me despojé de recuerdos, tiré muchísimas cosas, recuerditos, papelitos, pero sobre todo me deshice de cartas, como siempre me despojo de lo que creo que no sirve, que ocupa lugar, que me impide ser limpia y ordenada .

Hoy pagaría por tener tus cartas llenas de amor, de preocupación, de agradecimiento.

Si hoy estuvieras, te preguntaría, como era yo de niñita, como te las arreglabas para sobrevivir con tantos quehaceres, con tantos chicos, con tantísimo trabajo, con tanta sumisión.

Quisiera agradecerte con palabras claras toda tu dulzura, tu cariño, tu eterna sonrisa, tu fortaleza.

Me parece increíble que por un lado, recuerdo tu vida llena de trabajo, de rudeza, de cargas pesadas en todo sentido, y por el otro solo recuerdo tu rostro sonriente, jamás una mala cara, jamás un enojo y obviamente jamás un golpe.

Mamá, donde estés, te amo.

 Iris Arias (Pilar, Buenos Aires

102. LO QUE NO TENGO

 
De mi infancia hay dos cosas que no tengo.

No tengo fotos.

No tengo recuerdos

Solo una o dos situaciones recuerdo. Una de ellas es un día que volví de la escuela y mi mamá no estaba. Eso me genero mucha angustia, no recuerdo la edad, pero tendría ocho años, digamos. Mi madre no era de salir mucho, nueve niños para criar, un marido autoritario, machista y violento.

Aunque solo se había ido en sulki -único medio de transporte- a un pueblo cercano, a hacer alguna compra… supongo. No puedo recordar mucho mas, solo me quedó esto ahí,"pegado"en mi memoria. Tengo la sensación de llegar y de que ella no estuviera ahí…. 

Iris Arias (Pilar, Buenos Aires)

 

101. CARTA A MAMÁ

Hace tres años, dos meses y nueve días que un auto te atropelló y terminó con tu vida. ¡No te das una idea lo que te extraño!

A pesar de que solíamos pelearnos seguido, en los momentos críticos yo te defendía a capa y espada. Muchas veces pensaba que me tratabas como si fuera una nuera, NO tu hija, la única hija, me criticabas, me manipulabas, me decías cosas horribles, me desvalorizabas, hasta me pegabas siendo ya grande. Yo me enojaba, pero a los días me olvidaba.

Fuiste una mujer rígida, severa, estricta, poco o nada cariñosa, lo que yo mamé y trasladé a mis hijos.

Cuando terminábamos de almorzar o cenar yo te hacia preguntas y empezabas tus relatos de chica: tu mamáa paraguaya quedaba embarazada de vaya saber quiéen y cruzaba el charco y tenía a sus hijos en Misiones (Argentina) todos con su apellido, Velazco.

A tus quince años falleció de tuberculosis. Te colocaron en una casa como sirvienta y vos destacabas que eras muy mala, así también te castigaban.

Después fuiste a otra casa, ahí una de las chicas era maestra y se esforzaba para que estudiaras.

Decidiste irte a vivir a otro lugar y tu hermano mayor te entusiasmó para que viajaras a Buenos Aíres, a lo que accediste.

Conociste a papá, se pusieron de novios y se casaron. Él solía pegarte y yo por eso lo odiaba y le tenía miedo, aunque a mí una sola vez me pegó.

Repasando tu vida, no fue de rosas para nada, a mí tampoco me la hiciste fácil.

A pesar de todo lo que pasamos, me alegro de haber estado hasta último momento con vos. Te pido perdón por las cosas que te hice y te perdono por las cosas que vos me hiciste. Nada te debo, para mí estamos en PAZ.

Gra (CABA)

 100. CARTA A LOS REYES

Siempre quise tener un hermano, creo que para compartir los momentos que vivía, para tener otra opinión, pero no llegó nunca.

Tal vez hubiÉramos tenido una buena relación o tal vez no, la verdad es que no sé por lo menos en esta vida no ocurrió, pero lo que si sé es que era uno de mis grandes deseos. En lo posible que fuera varón, capaz lo hubiera mal criado como suelo hacer con todos.

Era tanto el deseo de tenerlo que cuando aprendí a escribir todos los 6 de enero le pedía a los Reyes Magos uno.

Mi papá solía llevarme a los lugares donde trabajaba, era carpintero. Una vez, una señora que allí estaba, es el día de hoy recuerdo su cara, me preguntó a quién quería más, si a mi mamá o a mi papá. Yo respondí ”a mi mama“, a raíz de eso mi papa le dio la orden a mi mamá de que me dijera que los Reyes Magos eran ellos o mejor dicho mi papá, porque él era quien trabajaba afuera. Desde ese momento no les escribí más, con mucha tristeza me di cuenta de que mis cartitas ya no iban a tener un destinatario.

Muchas veces me sentí sola, añoraba tener compañía, quería que viniera alguien a casa a jugar conmigo. Cuando traía notas no muy buenas, el castigo era la soledad. Con berrinches y llantos intentaba convencer a mi mama de que viniera alguna amiguita o amiguito, cosa que de ninguna manera conseguía.

Gra (CABA)

 

 

 

99. CON LOS BRAZOS ABIERTOS

La apertura democrática florecía como los manzanos en primavera tiñendo el futuro de color esperanza, los sueños de un país donde todos vivan con dignidad llamaba a la juventud a participar activamente en intensas discusiones políticas después de tanta oscuridad.

abía recibido el título de profesora para la enseñanza primaria y estaba cursando el último año del Profesorado en geografía. Ser Maestra, es un camino que deseaba profundamente transitar, el aula, ahí donde se conjuga el enseñar y el aprender y que requiere una profunda convicción de que es un proceso emancipador, ideales que fueron acercando pedagogos como Freire que en los albores de la democracia nueva empezaban a circular en los institutos y universidades.

Y por otro lado esa tierra lejana tan bella como inhóspita que solo había asomado ante los ojos atónitos de esa casi joven. como un cuadro pintado de cerros con picos nevados, lagos fantásticos y chochos de colores brillantes en ese maravillo viaje de egresadas.

El deseo de ejercer la docencia y la tierra prometida llamada Patagonia se conjugaron para que tomara la decisión de embarcarse en esa aventura.

Analizó junto con su pareja las posibilidades:  primero irse sola o formalizar en un casamiento rápido, porque l era seguro que la primera opción provocaría una ruptura dolorosa con la madre. La decisión fue casarse e irse los dos juntos.

 Fue una tarde fresca de invierno, pidió salir un rato antes del trabajo para poder contarle a la madre lo que había definido antes de ir a cursar. La Juanita acababa de llegar de la escuela y estaba preparando el mate. Su sorpresa de verla llegar tan temprano fue grande y su rostro sonriente se trasformó en preocupación.

 Calma, mami, no pasa nada, solo que tengo que contarte algo muy importante para mí y quizás un poco duro para vos…. Estuve   en contacto con una conocida que está trabajando en el alto valle del Rio Negro   y me dijo que había muchas posibilidades de trabajar en docencia…Vos sabés que quiero ejercer como maestra y acá no hay posibilidades, no quiero ser siempre empleada de comercio y siento que sino lo hago ahora voy a quedar atrapada. No te preocupes, porque me voy con Ricardo y nos vamos a casar antes.

La madre  la tomó entre sus brazos y dijo con voz quebrada, Hija, sos dueña de tu propias decisiones solo recordá que estos brazos están siempre para cobijarte

                                                                                                           Miryan (General Roca, Río Negro)


98. ADOLESCER CON MAMÁ

A mediados del año 1977 cursaba el cuarto año del secundario en el Instituto María Inmaculado (IMI). Siempre tuve la sensación que, si bien me habían dado a elegir donde quería estudiar (en esa época había tres secundarios más: el comercial, el bachiller y el industrial), fue tan sutil y efectiva la presión que ejerció mi madre para que fuera al colegio de las monjas que le hice “caso”.

Éramos dieciocho chicas en el curso, tengo muy buenos recuerdos del grupo en general, es más hoy cuando voy, nos reunimos y a veces hasta vienen las que están en otras lugares como yo 

Desde siempre tuve una relación muy especial con las chicas que estaban internas, las invitaba a mi casa, íbamos a la plaza, hacíamos trabajo práctico y hasta a veces estudiábamos. En realidad, funcionaba como una pensión, en especial con las que cursaban los últimos años

Particularmente tenía una relación de amistad con la Lili.  La Lili vivía en La Playosa,  una localidad a treinta y cinco kilómetros, tenía autorización de los padres para salir del colegio y a veces se quedaba a dormir en mi casa, otras cuando había bailes u organizábamos “los asaltos”  para recaudar fondos para el viaje de estudio, se quedaba el fin de semana en casa.

Uno de esos fin de semana que se quedó, le propuse “hacernos la rata", (la chupina le decíamos)  el lunes. Nunca me la había hecho es más me dieron los dos primeros  años el premio a la asistencia perfecta, hasta que me cargaron mis compañeras y me decían “sarmientito”, ahí le dije a mi madre que no quería más tener asistencia perfecta, eso me lo permitió.

Volviendo a ese lunes, salimos para el colegio, pero nos fuimos a la terminal de ómnibus, a la plaza. Tipo 0nce de la mañana me acordé de golpe que si o si tenía que llevarle el certificado de escolaridad a mi madre, me había olvidado por completo que era el último día que lo hacían. ¿Qué hago?, me dije. Entonces se me ocurrió la brillante idea de ir al colegio, entrar  por el patio, ir a la secretaría a pedir el certificado mientrasLili me esperaba en la esquina.

Entré al patio, me fijé que no hubiera nadie, fui por las galerías, siempre mirando que no saliera la hermana Civilina, mas mala que las arañas, llegué  a la secretaria y ahí estaba ¡!!!!!

Estaba ella,  sí, mi madre, parada, no era alta ni baja, pero su postura ahora me parece la de la madre de la casa de Bernarda Alba y sus preguntas recurrentes saldrían de su boca como un torrente despótico

 ¿Qué me hiciste?

¿Cómo me podes hacer esto vos?

¿Quieres matarme a mí?

¿Qué va a pensar de mí la rectora?

Sentí que se me saltaban las lágrimas, de bronca, estabann la secretaria de la escuela y la directora y a ella no le importaba.

Y ahí viene lo peor, con su dedo índice acusador señalándome, me dijo:

 ¡Y tu amiguita no vuelve a pisar la casa!, ¡y tienes prohibido juntarte con ella , ahora le traigo la valija que dejo en casa y no quiero verla más!

Y ahí la consecuencia, la miré me di vuelta y ¡salí corriendo!!!

Me fui,  busqué a Liliana, le conté lo que había pasado y le dije, vamos a mi casa, mi viejo va a entender.

Miryan (General Roca, Río Negro)

97. CARTA A MAMÁ 

Hola, Mamá

Por donde iniciar esta carta, en qué punto de nuestra historia situarte..

En aquellas tardes soleadas de invierno donde con esmero preparabas el baño sagrado, en ese inmenso fuentón de latón y con fuerza refregabas nuestras rodillas y codos y nos vestías con las pilchas más lindas que teníamos. Tengo la sensación de que esas camisetas blancas inmaculadas de algodón siempre me quedaban cortas de manga. Todo ese ritual implicaba después ir al catecismo.

Eras católica, tan ferviente, tan exigente con ir a misa, con pasar la comunión, con la confirmación, todo era pecado y si te morías te ibas al infierno un lugar horrible donde ardías en las llamas eternas por siempre sufriendo atroces dolores. A decir verdad nunca creo oírte decir esto con tanta crudeza, pero yo lo pensaba de esa manera.

Ese Dios que todo lo veía estuvo presente durante todami niñez y gran parte de mi adolescencia, yo sentía que no tenía un solo momento de intimidad. Es más de niña iba al baño y me preguntaba si Dios también iba conmigo.

Ese miedo y el de hacerte pasar vergüenza por mis acciones quizá fueron las cosas que durante mucho tiempo marcaron mis decisiones.

Pero también recuerdo, cuando en la escuela primaria donde iba, porque no querías que fuera a la misma donde trabajabas, me iba a tocar un maestro que ese año  había sido maestro de  un primo, a quien le había tirado la oreja de tal manera que lo había lastimado y vos tomaste la decisión de cambiarme inmediatamente a tu escuela. Sin embargo, ahí también exigiste que debía ser la niña perfecta.  La hija de la Señorita Juanita nunca debía portarse mal. Tampoco me dejabas tomar el mate cocido con pan, una delicia que preparaba Doña Rosa la portera, en esa época solo se daba el refrigerio a la “infancia pobre”,  y cuando te enteraste que Doña Rosa me llamaba y me lo daba…. el reto que le diste a ella …¡y a mí ….!

Y ahí aparece tu cara angustiada ami lado yendo en una rural Falcón que habían acondicionado para que yo fuera acostada con tubos y suero, no había ambulancias en el pueblo, cuando los médicos te dijeron que no podían hacer por mí nada más. Vos y papá exigieron que me derivaran a Córdoba. Me salvaron los médicos pero especialmente ustedes  y también seguramente tu gran fe.   

La escritura trae a mi memoria  esas tardes de domingo que íbamos al camino que llevaba al cementerio en que papá intentaba que aprendieras a andar en bicicleta. Yo veía el inmenso amor que te tenía, siempre sentí que te trataba como a una princesa niña, ¡mucha diferencia de edad!

O te sitúo en tu cumpleaños número ochenta, ese que preparaste con tanto esmero, creo que fue el único cumpleaños que te regalaste. Fuiste la reina, estuvieron muchos de tus quereres pero los que brillaron en tu agasajo fueron todos tus nietos y nietas, la  única abuela que les quedaba y así se lo hiciste saber.

O en ese viaje que hicimos las dos solas y donde descubrí que ya no sos esa mujer dura que todo lo podía, que trabajaba y criaba a tres hijos porque se había quedado viuda muy joven.

Ya no eras esa madre adusta de la que me cuesta recordar un cuerpo a cuerpo a través del abrazo o la caricia y que siento que me ha marcado de alguna manera.

Pero sabes, mamá, fuiste y serás la primera feminista de la familia como le digo a mi hija y a mis sobrinas, porque rompiste un destino de miseria y te salvaste y a NOSOTRAS las mujeres de la familia también.

Te quiero, mamá.

Miryan (General Roca, Río Negro)

96. ¿CÓMO ME HACÉS ESTO?

El colectivo está atiborrado de gente, parece que no entra nadie más y en cada parada sigue subiendo gente, se escuchan voces de hombres mujeres y niños mezclarse en un bullicio interminable. Hay olor a sudor mezclado con olor a tortas fritas

Vamos mi tía Antonia, mis  primos Daniel y Marcelo, mis primas Cristina y Cecilia, mi mamá Juanita   yo y mi hermano Genri ¡al río!, s.í, al río a algún lugar de las sierras de Córdoba, llevamos cosas para pasar el día, es el paseo soñado.

Mi tíos viven en la ciudad de Córdoba e ir a su casa es ir de vacaciones, sobre todo en verano porque vamos a la casa de Unquillo que está frente a un arroyo pero como barroso, no nos podemos bañar.

Estoy parada al lado del chofer y hablo. En cada frenada parece que vamos a salir volando por el parabrisas. Del espejo cuelga un rosario bastante gastado, le pregunto porque lo tiene y él contesta que lo protege. 

En Las Varillas, un pueblo de la provincia de Córdoba donde vivo con mis padres y mi hermano,  no hay río ni montaña, solo hay campos alrededor'. Me gusta ir al campo,  especialmente al de un amigo de mi papá que tiene una casa hermosa y hamacas en el patio. También al de la tía Fanny ese tiene una casa chiquita de una sola pieza y el baño afuera, pero un galpón lleno de cosas donde jugamos a las escondidas.

Pero el río es el lugar más lindo que hay, ni me importa cuál, simplemente que sea río y que pueda meterme al agua.

Mi mamá a cada rato me llama y yo le muevo la mano diciendo acá estoy.  Es insoportable con eso de llamarme a cada rato y sigo charlando con el chofer y con  mis primas que están al lado mío, nos reímos y charlamos. En un momento de tanto decir atrás el chofer,  mis primas se van corriendo, pero las sigo viendo.

El viaje es largo. Salimos muy temprano, casi de noche, El micro para a cada rato y parece que solo sube gente, no puedo ver si baja porque lo hace por una puerta que está atrás.

En una de esas paradas miro hacia atrás y no veo a mis primas, ni a mi mamá. Siento una punzadas de miedo que me paralizan, miro en puntas de pie y no veo a nadie.

El micro empieza a andar y a mí se me hace un nudo en el estómago y grito ¿mami, dónde estás? La gente empieza a decirle al chofer que pare. Entonces veo a mi mamá golpeando la puerta del colectivo. El chofer frena abre la puerta, mi mama sube y me agarra de los brazos con una fuerza que duele y grita delante de todos ¿Cómo me haces esto?¡Me vas  matar de un susto! Yo solo atino a llorar.

Tengo la sensación de que esa frase, ¿Cómo me haces esto? , va  marcar de alguna manera una parte de mi vida.

Miryan (General Roca, Río Negro)

95. CARTA A MAMÁ

Hola, mami

Como sabes cada vez que quiero decirte algo, se me hace un poco menos difícil, si lo hago por escrito a intentar el diálogo

Cuesta bastante llegar a vos ya que normalmente, la escucha se ve opacada por la sentencia previa de tu parte

Me gustaría tanto poder acercarme como lo hacen casi todas las demás personas, todas, ajenas a la familia por supuesto.

Miro para atrás y mi constante pregunta es donde me perdí ese lugarcito que tanto añoré, y que tan naturalmente lo tuve con papá. ..

Tus días en casa eran todos iguales, la Escuela el lugar sagrado, que te protegía de todos tus temores y conflictos, era ese lugar en el que la protagonista casi principal eras vos, solo vos.

En casa, tu casa, estaba la chica que se ocupaba de limpiar, calentar o cocinar algo, papá que en pocos segundos daba vuelta cualquier situación de conflicto, y los chicos , que ocupaban un lugar que poco a poco iba siendo cada vez más importante.

El fin de semana era el tiempo para nosotros, para los planes de paseo, sea carreras los domingos, cenas en casa de amigos, o, simplemente , lo cotidiano que terminaba en la cocina, siempre la cocina, masas y aromas que perduran en mi olfato y gusto

En esos espacios breves es en donde me pregunté, cada vez, cómo no pudimos encontrarnos, conocernos, con risas o llantos

Tu manera de juzgarme siempre fue lo más difícil de entender.

Cada acto mío era una versión no resuelta tuya.

Crecíi con ese karma, el tener que ser como vos querías que fuera, pero no yo sino vos

Tus relatos de tu infancia en ese campo Dos de Mayo, con un papá y mamá casi ausentes y un abuelo tirano, tus días en el colegio pupila y los castigos de la monja que te humillaban y hacíian que la niña en vos sufriera cada y una vez, nunca pudiste sanar, es lo que creo

Fuiste madre y señora con solo diecinueve años y los primeros años tiempos de casada creo los más felices, aunque solo lo pude reconstruir con fotos e historias contadas por vos misma.

Los viajes con papá, con los abuelos, con amigos, eran la alegría y el disfrute

Los bailes en el pueblo, tu versión más divertida

Maás sigo intentando encontrar una parte de tu vida en la que estando junto con la mía, sigan apareciendo risas y no retos

Y digo retos y no castigos porque si algo debo agradecer es que nunca hubo un golpe o bofetada, pero a veces me pregunto, si no hubiera preferido quizás un cachetazo a tantos no y tantos olvidos....

Hace muy poquitos días, te lo dije casi llorando.

Con tus ochenta y tres años todavía parece que no llegaste a conocerme.

Parece que aún seguís esperando que yo sea tu versión más afinada y más auténtica

Parece que todavía no he llegado a cubrir todas tus expectativas.

La niña pupila aún quiere salir de ese colegio y no se anima a cortar cadenas.

 María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 94. MAMÁ EN MI ADULTEZ

Todavía queda en mi retina cual mejor fotografía, su imagen derruida.
El rey de la casa había partido, tal cual lo despidió, con esas palabras, firme y segura, a la vista de todos
Sus ojos verdes y cálidos se entrecerraban  en un segundo y parecían caer estrepitosamente junto a su compañero de vida
Medio pueblo estaba ahí saludando y dando el pésame.
Nos fuimos todos en caravana hasta la casa que era nuestro pequeño refugio
Quedamos los cinco hermanos junto a niños que no entendían tanto dolor.
Llego la noche y yo me acosté en su cama, pegadita a ella y a mí bebé que en mí vientre, comenzaba a pegar sus primeras pataditas
Me dormí y de pronto desperté y no estaba ahí: la luz del pasillo encendida y la cocina, siempre la cocina que nos concentraba una vez más juntas.
Sentada frente a una taza ya tibia con un té que  sabor a nada tenía.
Ella lloraba en silencio, acurrucada con una manta que no podía abrigar su tristeza.
No dijo una sola palabra, la cabeza se movía lentamente y  por qué eran sus únicas palabras.
La abracé fuerte, fuerte, tan fuerte ..
El llanto se transformó en gemidos parecidos a los de un gorrión herido, lastimado, a punto de morir
Se levantaron los hermanos y la mesa quedó chica para contener el desgarro de una mujer que esa noche, quedaba partida en dos.
Nunca más la vi tan debilitada.
Esa noche supimos todos que los roles se daban vuelta.
Mama paso a ser la hija mayor de todos   

¿Mejor recuerdo de la adultez?

Cuesta reconocer cuál de los tres fue el más lindo de los días
Así como no puedo diferenciar entre los tres hijos, mismo  pasa con el relato
Eran las doce pasadas de la noche del 15 de setiembre.
La noche llegaba para el descanso de un día movido.
Mamá y papá descansaban en el cuarto de al lado y nosotros nos acostábamos como todas las noches
Al rato nomás sentí que la panza parecía explotar: patadas y más patadas.
De pronto, sentí las sábanas húmedas y todo se precipitó.
Me levanté como pude y le golpeé la puerta de la habitación para anunciar que nos íbamos al hospital
Quiso calmarme, me abrazó y entre ternura y algo de preocupación, sonrió diciendo todo estará bien
Pasaron doce horas casi y luego de una noche casi eterna, ahí estábamos, las tres unidas en un solo abrazo
Tranquila que estoy acá para lo que necesites, dijo...
Desde ese día algo muy fuerte nos unió.
El cordón umbilical que treinta años atrás nos había separado mágicamente se confundió con el que acababa de desprender a mí bella Cate .
El parto de mí primera hija hizo que surgiera una mamá nueva para mí que no paró de darme amor, abrazos, ternura, besos y compañía.

                                                                                                 María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

93. CUESTA LLEGAR A VOS

Hola, mami

Como sabes, cada vez que quiero decirte algo se me hace un poco menos difícil, si lo hago por escrito que si intento el diálogo. 

Cuesta bastante llegar a vos ya que, normalmente, la escucha se ve opacada por la sentencia previa de tu parte.

Me gustaría tanto poder acercarme como lo hacen casi todas las demás personas, todas ajenas a la familia por supuesto.

Miro para atrás y mi constante pregunta es dónde me perdí ese lugarcito que tanto añoré y que tan naturalmente lo tuve con papá. 

Tus días en casa eran todos iguales, la Escuela el lugar sagrado, que te protegía de todos tus temores y conflictos, era ese lugar en el que la protagonista eras vos, solo vos

En casa, tu casa, estaba la chica que se ocupaba de limpiar, calentar o cocinar algo, papá que en pocos segundos daba vuelta cualquier situación de conflicto, y los chicos, que ocupaban un lugar que poco a poco iba siendo cada vez más importante.

El fin de semana era el tiempo para nosotros, para los planes de paseo, sea Carreras los domingos, cenas en casa de amigos, o simplemente, lo cotidiano que terminaba en la cocina, siempre la cocina, masas y aromas que perduran en mi olfato y gusto

En esos espacios breves es en donde me pregunté, cada vez, cómo no pudimos encontrarnos, conocernos, con risas o llantos.

Tu manera de juzgarme siempre fue lo más difícil de entender.

Cada acto mío era una versión no resuelta tuya.

Crecí con ese karma, el tener que ser como vos querías que fuera, pero no yo sino vos

Tus relatos de tu infancia en ese campo dos de mayo, con un papá y una mamá casi ausentes y un  abuelo tirano, tus días en el colegio pupila y los castigos de la monja que  te humillaban y hacían que la niña en vos sufriera cada y una vez, nunca pudieron sanar, es lo que creo.

Fuiste madre y señora con solo diecinueve años y los primeros tiempos de casada creo los más felices, aunque solo lo pude reconstruir con fotos e historias contadas por vos misma.

Los viajes con papá, con los abuelos, con amigos, eran la alegría y el disfrute.

Los bailes en el pueblo, tu versión más divertida.

Más sigo intentando encontrar una parte de tu vida en la que estando junto con la mía, sigan apareciendo risas y no retos.

Y digo retos y no castigos porque si algo debo agradecer es que nunca hubo un golpe o bofetada, más a veces me pregunto, si no hubiera preferido quizá un cachetazo a tantos no y tantos olvidos....

Hace muy poquitos días, te lo dije casi llorando.

Con tus ochenta y tres años todavía parece que no llegaste a conocerme.

Parece que aún  seguís esperando que yo sea tu versión más afinada y más auténtica.

Parece que todavía no he llegado a cubrir todas tus expectativas.

La niña pupila aún quiere salir de ese colegio y no se anima a cortar cadenas



                                                                                                María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 

92. SÁBADOS

Los sábados a la mañana eran los días preferidos.

Mamá estaba en casa y yo despertaba feliz por tenerla a ella, ya que los días de semana, la escuela me la robaba.

El olor a café, leche y tostadas inundaba la casa y el desayuno era para nosotros, tomar la leche.

Pese a su cansancio, más de una vez había tortas o scones que no alcanzaban a entibiarse casi nunca.

Luego de la ceremonia degustativa, le seguía vestirme y salir de compras al lugar, que para mí, era el más lindo negocio del pueblo.

Yo ayudaba con el carro y ella observaba cada precio y cada mercancía.

Tenía que comprar para toda la semana o casi, ya que a la tarde y los domingos, todo estaba cerrado para proveerse.

El disfrute de ir sentada en la parte de atrás del auto, precisamente en el medio, con mis manos que sostenían fuerte los apoyacabezas, que, en esos años eran toda la seguridad posible...

Terminaba con la verdulería y ¡ahí era la gloria! Elegir bananas, naranjas, tomates, acelga, entre las más repetidas.

Luego, en casa, ayudar a bajar todo y ordenar.

Las latas, los paquetes, cada cosa en su lugar.

Mediodía de comidas caseras y sabrosas, con papá que llegaba del negocio. La mesa era la fiesta inolvidable.

Después, ordenar para desordenar otra vez.

Otro  ritual de los sábados: hacer pizza casera.

Fue mi maestra en todo, y en la cocina, creo, yo  su mejor discípula

Mezclar los ingredientes y dejar que el tiempo hiciera su parte: la masa leudada, con fragancia a levadura fermentada y ese aire que entraba y salía con cada golpe que hacíamos con la cuchara de madera.

Entre golpe y golpe, la salsa casera , los tomates mezclados con orégano y aceite y una vez más, batir y batir.

La cocina, mi lugar preferido

Ahí éramos mamá, recetas y yo

Nuestro pequeño mundo.

 

María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 

 91. LA FIESTA QUE NO FUE

Cuando cumplí quince años, no esperaba fiesta. Sabía, tenía la certeza, que no iba a ser. Pero no, que fuera como fue. 

Tuve llamados por teléfono, una tía vino a saludarme y me trajo un regalo, otra me mandó un hermoso ramo de flores. Yo decidí ponerme el único vestido que tenía para ir a los     “quince“ de mis amigas y maquillarme aunque ni mi mamá ni nadie me había dicho “ hoy es tu día especial”. Sí, como cada cumpleaños, mamá compró sandwiches de miga que le gustaban a ella en las fiestas y comimos como si fuera uno más. Pero para mí, sí era una fecha especial y esperaba al menos un regalo sencillo, pero que quedara en mi recuerdo. 

Y así mis quince fueron “la fiesta” que nunca fue...

 Florencia Zaldívar (CABA)


90. CHARLANDO CON MAMÁ

¡Hola, mamá! 

 ¡Tantos años sin hablar con vos! 

  ¿Te acordás cuántas horas pasabas charlando conmigo cuando volvía del trabajo, a la noche, después de cenar y papá se iba a dormir?. ¿O cuando, ya casada, en alguna vacación o día no laborable, iba a tu casa? …

 Hablábamos tanto, mamá, yo te contaba todo lo que me pasaba:, por supuesto, siendo ya más grande,  por supuesto, me guardaba datos íntimos solo por privacidad.

 Quiero decirte que siempre te vi tan fuerte, mamá, no sé si lo eras; tan frontal, de poner a cada uno en su lugar sin que se ofendiera o enojara era un “arte” para mí envidiable que yo sabía no iba a dominar nunca. 

 Hoy vuelvo a hablar con vos, tengo tanto para decirte… Así como admiraba esa forma de hablarle a los demás y “ubicarlos”, también me doy cuenta de que me causaba mucha tristeza y culpa cuando ese carácter tan particular tuyo hacía que no aceptaras una crítica o una opinión de papá o mía o de tus hermanas con respecto a tu modo de vestir bastante raro. Un peinado de peluquería con maquillaje o pestañas postizas pero con soquetes , el camisón y un tapado viejo encima para llevarme al colegio. Esto hacía que me diera vergüenza por mis compañeras, hoy en día, siento culpa por haberme avergonzado en ese entonces. 

 También recuerdo cuando siendo yo más grande, acepté con resignación que para el bautismo de mi hija, te pusieras unos extravagantes aros de plástico color fucsia y una gomita roja en la muñeca a modo de pulsera contra la envidia, y en esos momentos, hasta mi marido trataba de convencerte de que algo no te quedaba bien y vos te reías porque jamás ibas a aceptar una opinión ajena sobre cómo vestirte, arreglarte, cocinar o hacer lo que fuera si vos no estabas de acuerdo.  

 Sería interminable la lista de cosas que no me gustaban o hacían daño, pero hoy no vale la pena cuestionarte o juzgarme, porque ya pasó. En su momento las críticas que no aceptaste tampoco ahora las aceptarías. 

 Hoy no sirve probar con el diálogo y el cambio que no va a ser. Prefiero aprovechar y decirte que te quiero y que me gustaría que me dieras más abrazos y que  no perdiéramos el tiempo como el que ya se nos fue de las manos. Eso sí, hoy, mamá, no quiero dejar de decirte que la frase “ya vas a ver cuando tengas hijos” me dolió tanto que me costó mucho ser madre, que tuve que luchar tanto para lograrlo y sabés que lo logré. 

Ya no vale la pena cuestionar nada, porque ahora que soy madre y sé de qué se trata. 

Claro que nunca dije ya vas a ver…

 Te amo mucho, mamá, y gracias.  

  Florencia Zaldívar (CABA)

 

89. MÓNICA RECUERDA

Mónica está sentada en su cuarto, mirando por la ventana el balcón, sus plantitas, y el edificio de enfrente.  Recuerda cuando iba con su mamá y su hermana Lili, 10 años mayor, a dar una vuelta en las nochecitas de verano, por la avenida Montes de Oca en Barracas. Recorrían las plazas, la Virrey Vértiz, la Colombia, la Iglesia Santa Felicitas donde casi siempre Ramira, la mamá, les volvía a contar la historia de Felicitas que era tan popular en el barrio. 

 Para Mónica hamacarse ¡era volar tan alto! El “hasta el cielo” que gritaba todavía está fresco en sus oídos. A veces, recuerda una heladería donde siempre tomaba el clásico vainilla y chocolate, que hasta hoy sigue siendo su preferido.

 Los sábados era un “clásico” ir a ver a las novias de la Iglesia Santa Lucía; había dos o tres casamientos por noche. La fascinación más grande era cuando se casaba algún famoso, y ahí el vestido de la novia, los padrinos, parientes y amigos de los artistas las deslumbraban a las tres. 

 Cuando volvían las tres a casa, donde Ramira había dejado hechas unas milanesas o comían sándwiches, eran tiempos en donde ni siquiera existía la palabra delivery. 

 Estaban Miguel, el papá, y los tíos que vivían en la misma casa, tía  Chiquita y tío Carlos,  un matrimonio sin hijos. y para Mónica, Chiquita era su “segunda mamá”, hermana de Ramira y tío Carlos, su marido, era el padrino. 

 Mónica recuerda que con su mamá a solas iban los sábados por la tarde iba la peluquería, a solas, con su mamá. Su mamá se hacía lavar, le ponían ruleros y después le batían el pelo. A ella no le gustaban mucho esos los peinados de su mamá pero la recompensa era el alfajor Jorgito con una Coca Cola que le compraba en una despensa y se la daban con una pajita para que se la fuera tomando por la calle.  

 Florencia Zaldívar (CABA)


 88. MAMÁ


Mamá…

Hay una palabra que es tan difícil de significar a pesar que solo tiene cuatro letras.

Para mí, MAMÁ es todo.

Mamá es sol.

Mamá es primavera.

Mamá es el perfume inconfundible de las fresias.

Mamá es el mate dulce, tan dulce y las tostadas crujientes en cada desayuno que me llevabas a la cama.

Mamá es una manzana acaramelada en la puerta de la escuela.

Es tu mano apretando la mía al cruzar la Avenida Espora.

Son horas de charlas interminables y complicidades compartidas.

Es la sorpresa ante tus ocurrencias que siempre me maravillaban.

Es encontrar la casa totalmente cambiada y que me demostraras que esta vez lograste superarte al acomodar los muebles en distinta posición.

Es Hollywood en casa cada vez que llegaba alguna persona nueva y la seguridad de que tu luz y tu encanto iban a atrapar al invitado, pronto estaríamos todos riéndonos o emocionándonos con tus relatos.

Mamá es la magia insuperable…

Es la pizca necesaria de sol para que la vida sea maravillosa.

Son mil anécdotas que atesoro y que seguiré contando para revivirte y para que todo aquel que me conozca también te conozca también, para que sigas viva mientras yo aun respire.

Mamá es Adrogué al que amaba tanto Mamá, la mejor cuenta cuentos, siempre lograba asustar a todos contando historias de terror aun con esa carita angelical y esa voz de nena que nunca perdió a pesar de cumplir ochenta y cinco años.

Mamá es una nena de letra insegura que aprendió a ser mamá quizás haciendo todo aquello que como hija le hubiese gustado recibir.

Mamá es sueños y caminatas compartidas cuando todo parecía tan difícil y nuestro mayor anhelo era que Gaby volviese a vivir en Argentina.

Mamá es conocer todos los cambios del siglo XX en primera persona, yo creo que allí me convertí en historiadora Mamá es mi otra mitad.

Mamá es un motor que mueve al mundo, mi mundo y la desolación de sentir como todo sigue andando aun cuando ella  dejó de respirar.

Mamá es vida, es luz, es aire por eso jamás entenderé su muerte. Quizás por eso la combato día a día, rescatando sus palabras, su risa, su magia y sus recetas.

La muerte es una palabra que nunca va a unirse con vos, mi Luby.

Vos sos vida en todo su esplendor.

                                                        Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)


87. MI CÓMPLICE

Hace días que vengo pensando con qué palabras contar nuestro vínculo… y parecería tan fácil pero es tan complejo…

Quizá podría decir que me enseñaste a descubrir las pequeñas cosas y a encontrar el encanto oculto a cada paso de tu nostálgico Adrogué, al que con los años fuimos viendo desaparecer y transformarse a pesar nuestro…

O evocar aquellas tardes que venías a buscarme a la salida del colegio y caminábamos por las veredas tapizadas de hojas y me contabas la historia que se escondía  detrás de cada ventana, de cada árbol añejo… Recuerdo que muchas veces nos faltaba información entonces juntas la imaginábamos. Y todo tomaba otro brillo, otro color.

Y miro hacia atrás y veo la hermosa casa del Doctor Subirá con ese balcón inglés de madera pintado de verde que tantas veces imaginé que fuese nuestro…

Viajo en el tiempo y soy esa nena chiquita y curiosa que siempre tenía preguntas, y claro una mamá también curiosa hacía que jamás nos quedáramos sin tema…

Y llegó la adolescencia y mis amores platónicos, y ahí estabas vos escuchándome  y buscando el modo de ayudarme para que pudiese concretarlos y fuese feliz…

Recuerdo cuántas veces me acompañabas a pasar por la puerta de la casa del chico que me gustaba, aunque solo fuese para soñar que la causalidad me diese la posibilidad que saliera en ese momento…

Y llegaron los tiempos de ausencias y Gaby se fue a Estados Unidos, y luego papá murió  y ahí estábamos las dos unidas viviendo con poca plata pero mucha creatividad.

Vos nunca te dabas por vencida y siempre veías la luz por más oscura  que fuese la noche.

Y en cada idea que yo tuve,  nunca me sentí sola, sabía que estabas vos para darme las herramientas que me permitieran concretarla.

Muy pocas veces te vi triste y cuando algo te abatía, y veías que yo me desesperaba,  no sé cómo ni de dónde encontrabas  fuerzas y como si fueses un mago sacabas algo de la galera para borrar ese momento.

Solo había algo contra lo que no sabías como luchar: el miedo a que a alguien que amaras le pasara algo o se enfermara. Esa era tu debilidad y quizás por eso  yo me convertí en la esperanzada de la familia en esos temas.

Por más que fueses mi mamá siempre sentí con vos la total confianza de contarte todo, de despertarte a cualquier hora sabiendo que siempre estabas para mí, incondicional.

  Y llego el profesorado y nuestra casa era el sitio de reunión de todos, nos quedábamos horas leyendo, y ahí aparecías  vos  con tus mates , torta fritas, o buñuelitos dulces, dulces como vos, que nos  cambiaban el humor …

Y más tarde llegó el tiempo de tus viajes y el compartirte con Gaby, pero aunque estuvieses lejos yo sabía que podía llamarte siempre y a cualquier hora, vos estabas ahí atenta para festejar mis triunfos y acompañar mis tristezas. Esos años fueron difíciles porque ambas cual  Tupac Amarú te tironeábamos para que te quedases más tiempo con cada una, aunque las dos sabíamos que difícil era para vos, ese lugar de dejar a una para estar con la otra; igualmente  las dos, egoístamente, te disputábamos.

Recuerdo que en mi trabajo sabían cuando vos habías vuelto, decían que cuando regresabas yo tenía otra luz, otra mirada.

Recuerdo salir del colegio y estar ansiosa por llegar a casa, porque sabía que me esperabas con el mate y compartíamos mis historias, y las noticias, a las que siempre le dábamos nuestra  mirada, porque me enseñaste a ponerme en el lugar del otro…

Cada vez que volvía del trabajo iba observando  todo con una mirada diferente, porque sabía que a vos te interesaban al igual que a mí cosas en  que  casi nadie reparaba… desde un negocio nuevo, una casa que empezaban a construir, una persona a la que había conocido o una planta diferente, sabía qué iba a interesarte, y trataba de grabarlo en mi mente para contártelo.ano te imaginás, ahora,  cuántas veces me pasa el pensar, uh cuando se lo cuente a mi mamá…y después descubro la cruel realidad. Que hoy a nadie más que a mí, aquello importa, conmueve o emociona!

Por eso muchas veces no sé cómo explicar este vacío que dejaste, porque no basta con decir que ya no estás, y más de una vez tuve que escuchar que ya habías vivido, como si uno tuviese una fecha de vencimiento en el amor.

Para mí eras mucho más que mi mamá, eras mi cómplice, mi compañera, la amiga incondicional. Eras y sos mi otra mitad, por eso el vacio que dejaste es inconmensurable, solo me queda hablar conmigo misma y sentir el frío, el invierno y la tristeza de tu ausencia.

Y otros días prefiero mirar tu jardín y todas tus cosas y pensar que Dios me regalo cincuenta años a tu lado.

 Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)


86, HOY ESTOY ENOJADA CON VOS

Mamá                                                               21 de septiembre de 1984

                    Hoy sabés que estoy enojada con vos.

Aunque siento rabia y bronca, también te entiendo y por eso no  puedo enojarme, ni ahacer lo  que quisiera aunque pueda porque tengo edad.

Vos sabés que yo quería ir a Capital a festejar este 21 de septiembre, que tenéa todo planeado para  ir a los bosques de Palermo y encontrarme con Alejandra….

Pero  en cambio estoy acá llorando sentada en el Dodge de Papi, acurrucada como si en su auto pudiese sentir su mano protectora, pensando que si él estuviese acá todo sería más fácil. Lo extraño. Extraño la seguridad que nos daba y la sensación de que todo tenia solución si estábamos  juntos.

Vos sabés que podría irme si quisiera, pero cómo dejarte sabiendo lo preocupada que vas a estar, y por momentos pienso que tendría que hacerlo para que supieras que soy grande y que puedo.

Me da bronca sentir que todo puede cambiar en un instante…

Pensar que hasta hace unas horas estábamos planeando qué iba a llevar para el picnic y vos me ayudabas y estabas contenta. Pero bastó con saber que el teléfono no tenia tono, para que todo se arruinara… Justo hoy tenían que dejar de funcionar todos los teléfonos de Adrogué, Marmol y alrededores…

Yo sé que nada malo va a pasarme y que nada va a cambiar que pueda o no avisarte que llegué bien  y que ya me encontré con Alejandra para que te quedes tranquila… Pero cómo hago para que vos lo entiendas y no te quedes mal…

Me siento mal si me voy, y también si me quedo. Pero decido quedarme y evitarte un mal día. Yo sé que no lo hacés de mala, que solo es por miedo. Pero igual me da bronca …

Y de pronto te veo,  pasás por detrás del auto y mirás de reojo a ver si estoy  llorando… volvés a entrar a casa y  aparecés con las cosas del mate, y me da ternura tu mirada y pienso que a veces me cuesta entenderte pero te quiero así, loquita y miedosa, aun con  tus rayes…

De pronto me vino a la mente otros 21 de septiembre cuando era chiquita y vos inventaste aquello de Ir a Juntar Aromos… ¡Qué lindo era! Salíamos con Marcela o con Bibiana y llevábamos todo para hacer un picnic  ¡esa salida era mágica!

Bueno, voy a salir del auto para tomar tus  mates…  y darte  esta carta.

Vos sabés, mamá. que a pesar de que me enoje te quiero.

 La verdad es que estoy más enojada conmigo que con vos, por no animarme a ir a pesar de todo.

 Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)


85. PUNTO DE APOYO

Estoy embarazada. Por las enseñanzas y los valores que me transmitiste siento que te fallé. Elijo no decirte, no contarte. Sé que sería una gran decepción para vos. Entonces resuelvo casarme de apuro. Una menos para criar y alimentar.

Me voy a vivir a Rio Grande, Tierra del Fuego. Estoy tan enamorada. Fabrizio ya tiene ocho meses, me esperan miles de cosas nuevas. Pero, ¡cómo te extraño, cuánta falta me hacés! Extraño los domingos, llevarte mates a la cama, escucharte, verte, perseguirte contándote algo mientras vos cocinás o haces quinientas cosas a la vez. Muchas veces me molestó, pero hoy lo anhelo.
Me aferro a mi esposo, lo amo de una manera ciega, busco solo su felicidad. Agradar a mi esposo y seguirlo a donde el vaya, haga lo que haga. Algo así es lo que creí entender había que hacer en un matrimonio.
Busco y necesito un abrazo, el tuyo. Tu contención o tenerte cerquita y sentirme protegida.
Logro esa llamada:
- Mamá no puedo más. Ya no me ama. Me quiero morir.
-Hija, contá todas las cosas lindas que tenés, una casa, dos hijos hermosos y sanos, sos joven, sos linda…
No quiero que se termine esta llamada. Escuchar tu voz, tu consejo. Me digas lo que me digas, lo voy a hacer.
-Solo quiero estar en la cama, lloro todo el día, los chicos me ven así. ¡No puedo más!
Lloramos juntas.
-En estos momentos pensá con la cabeza y no con el corazón.
-¿Qué hago mamá? No tengo fuerzas.
-Hace todo lo que este a tu alcance por salvar tu matrimonio y tu familia.
- ¿Qué más? No sirve. Él ya no me ama.
-Toma fuerzas, orá, abrí las ventanas, escuchá música con el volumen alto, salí. No te quedes encerrada.
No puedo hablar tanto como querría o necesito. Las dos sabemos que quiero solucionar mis problemas sola, no para hacerme la fuerte, sino para no darte problemas.
Me dijiste: “Venite a casa, hija, venite". Se me partió el alma, ¿ sabés?, cuando me autorizaste y salió de tus labios lo que necesita escuchar. Ese permiso para compartir y hacer más llevadera mi miserable vida. Me duele pero acá estoy, flaca, demacrada, sin esperanzas, arruinada, sola, volviendo a casa de mamá con mis dos hijitos. Hasta yo misma siento lástima por mí.

Mamá me cuida, cuida a mis hijos. Duermo con ella en su cama a veces me hago la que no me siente, la que duerme, espero a creer que está dormida y toco su espalda de una manera suave para que no se despierte, mientras pienso: gracias mamá. Te necesito, perdón por decepcionarte. Lloro, me trago las lágrimas.

Te escucho, te veo, te siento cerca y me siento segura.

Disfruto tu rol de mamá. Me ayudas con mis hijos. Tenés cincuenta y nueve años, planeo una fiesta sorpresa para tus sesenta. Entrás a la fiesta y estás esplendida. No entendés nada. No podes creer esta demostración de amor porque no estas acostumbrada. Te observo, como cuando era una niña y te veo feliz.
Suena el teléfono casi cada día en casa, en mi trabajo y me dicen: “Es tu mamá”. Me contás algo y me preguntás cómo andamos. Cuando pasan días que no llamás, te reclamo. Te visito cada fin de semana, te veo tranquila, leyendo, relajada sentada a la mesa y pienso: ¡qué sola estás mamá! Espero mi visita te alcance y te demuestre cuánto te amo.
Nos llamás , nos contás a todos más o menos lo mismo, nos esperás el domingo para festejarle el cumpleaños a Andrea, un día antes porque el lunes se complica por nuestras actividades. Ya le hiciste la tortita, decís, “Está muy sola, somos su familia. Los espero.”
Y así hasta tu último aliento, elegiste hacerle la vida más llevadera y linda a los demás. Poner tus necesidades a un costado por el bienestar y felicidad de los que te rodeamos. 

Silvana Sánchez  (Bahía Blanca, Buenos Aires)


84. MIS POBRES OJOS
 
Hace unos días empezaron las clases. El verano dejó en Bahía Blanca varios casos de conjuntivitis muy contagiosos. Hacen responsable a las piletas, en especial al Maldonado, una municipal, es muy económica la entrada y no se cuidan las medidas de higiene.
Ya dos de mis hermanos, Marcos y Pamela, están con esta afección. Tienen los ojos hinchados, rojos y cubiertos de lagañas. Tomo todos los cuidados (busco habla más adolescente) para no contagiarme. Sé que tengo que estar muy atenta, sobre todo cuando uso el baño. Vengo zafando. Con lo ojona que soy voy a parecer un sapo.
Estoy en mi habitación donde dormimos en una cama cucheta, Pamela abajo y yo, arriba. Pamela es una crota, así le digo yo porque le encantan los animales y su gata cada dos por tres se mea en el ropero que compartimos. Me da mucho asco.
Me despierto, trato de abrir los ojos y no puedo. Están pegados de lagañas. Que bronca. ¡estos pibes me contagiaron!
Suspiro y pienso qué hacer ya que no puedo despegar los párpados. No me queda otra que llamar a mamá. Le grito desde mi cuarto si me puede traer las gotas, que me desperté con los ojos pegados(me molesta tener que llamarla, que piense o sienta que la necesito).
Ahí viene con el gotero en la mano. Yo recostada en la cama para que ella me pueda poner las gotas, para luego levantarme y hacer mis actividades.
Me separa los parpados del ojo izquierdo para que las gotas puedan penetrar , en ese mismo instante siento cuchillos, una puntada, empiezo a gritar del dolor, mientras me retuerzo en la cama sosteniéndome el ojo.
-¿Qué me pusiste? Pienso: una vez que te pido algo, una vez que podés hacer algo bueno. ¡ni una bien!
Siento un dolor insoportable.
Mama va al baño, lee el envase y dice: me equivoqué y te puse alcohol.
Pienso: ¿por qué tenés esa costumbre de mierda de poner cualquier cosa en cualquier envase?
-¡Mira lo que hiciste! le digo re enojada
Salto de la cama, sosteniéndome el ojo, me enjuago con bastante agua. Ella me lo dice pero me da más bronca, se hace la que sabe todo.
Quisiera que escarmentaras, que entendieras lo mala madre que sos… todo esto lo pienso, porque si se lo digo, quizás, además, ligue un bollo. Me cambio como puedo y me voy al hospital municipal. La parada del colectivo queda como a cuatro cuadras. Voy con un pañuelo haciendo una leve presión, me duele pero ya no siento un dolor tan punzante. Mientras camino pienso muy enojada, con bronca: ella se manda la cagada y yo tengo que ir sola al hospital porque ni siquiera plata para el taxi tenemos, menos auto…
En el hospital cuando les cuento que mi mama me puso alcohol en el ojo me atienden de urgencia. Me controlan, ponen gotas, un parche y ahí empieza el interrogatorio: ¿cómo tu mamá te hizo una cosa así?, ¿te quiso hacer daño?, ¿fue a propósito?
Así que además de estar sola y con el ojo casi en la mano tengo que dar explicaciones y defenderla. Fue sin querer, les digo, es medio despistada.
Cuando llego a casa me encuentro con mi mama que me pregunta haciéndose la preocupada: 
- ¿Qué te dijeron?, ¿qué te paso?
Ahí, tengo unas ganas de decirle que perdí el ojo o que quede ciega para que se sienta culpable.
- Nada - le contesto- Todos me preguntaban: ¿cómo tu mamá te va a hacer una cosa así?, ¿cómo te va aponer alcohol en el ojo
- Bueno, hija, hecho está, ¿qué vas a hacer ahora?
- Me voy al colegio.
- No te vayas así, sin comer nada...
-No, ya es tarde.
Alcanzaría a comer algo pero no lo hago porque tengo mucha bronca. Además para hacerla sentir un poco culpable.
Silvana Sánchez  (Bahía Blanca, Buenos Aires)

 

83. CARTA A MI MADRE

Pocos recuerdos y tantas preguntas vienen a mi mente. Preguntas… ¿Cuando nací te sentiste contenta?,  ¿me miraste maravillada o con asombro? ¿Qué esperabas?, ¿qué anhelabas?, ¿qué soñabas?

Eras bella, mamá. Te miro en una foto de tus veinte años; se nota era carnaval, estás disfrazada y tu sonrisa te  iluminaba el rostro. Creo que no volví a verte sonreír así.  Sí tengo imágenes de tu rostro serio, enojado, amargado.

¿Sabes?, algunas veces te sueño y en esos sueños trato de volver a una niñez que, como antes te decía, poco recuerdo. Mas imagino que en esos años de inocencia, en tus brazos sentiría que siempre podría ser feliz,… ¿tú también lo eras en esos momentos?

Sin embargo, fui creciendo y la vida me fue mostrando otros matices que no fueron, precisamente, como si los hubiese atravesado contigo.

Podría casi asegurar que hubiéramos sido muy distintas (o no), que te hubiera sido bastante difícil ubicarte en el lugar de madre comprensiva (ni siquiera quisiste escuchar mi explicación del por qué mi maestra de séptimo grado me había puesto un cuatro) pero también me doy cuenta que quizás he perdido charlas que hubiera necesitado… poder sentir eso que dicen, que las madres aman incondicionalmente pese a todo.

¿Qué cosas te pasaron para que no encontraras paz y decidieras marcharte de todo lo que te rodeaba haciéndote sufrir?

Aún hoy, después de haber pasado cuarenta y cinco años desde que te fuiste (algo que tengo asumido, que jamás, ¡jamás! te he reprochado) siento que en cierta forma, una parte de mi corazón quedó dentro de una botella cerrada, dormida.

Quizá pueda volver a encontrarte en algún otro sueño para decírtelo.

Hasta siempre, mamá.

 Claudia  (CABA)

 

82. EL CIERVITO

Es un día de calor, mamá está baldeando el patio. Yo la miro desde el comedor, sin acercarme. Porque me porté mal. No entiendo por qué mamá está  tan enojada, sigue limpiando y no me mira ni me habla.

Mi hermana se me acerca y me dice que le pida perdón, que seguro así se le va a pasar. Le hago caso, mi hermana es mucho más grande y sabe más que yo que tengo siete.

Entonces se me ocurre una idea. Voy a buscar un broche que tengo, es un ciervito. ¡Para mí es Bambi!, el de la película.

Voy despacito y le dejo -“mi Bambi”- sobre una silla, para que lo vea. Mamá sigue pasando el trapo, no se dio cuenta parece…

Mi hermana le dice que mire lo que le dejé para que me perdone, que me voy a portar bien.

Mamá me grita, me dice que eso no sirve de nada, de un manotazo tira el ciervito mientras sigue gritando algo que no escucho porque empiezo a mirar hacia todos lados para tratar de ver dónde cayó mi brochecito.

Ahora mamá se fue a cocinar. Sigo buscando pero no lo encuentro.

Tengo ganas de llorar pero mejor primero me escondo, así mamá no se enoja otra vez. 

 Claudia  (CABA)

 

81. DOMINGO

Es domingo. Cuando me levanté, papá me dijo que hoy vamos a ver a mamá.

Mamá está en un hospital… no, no es un hospital. Pero no sé qué nombre tiene ese lugar. Ella está allí porque tiene que curarse. Cuando pregunto de qué tiene que curarse, todos me dicen que es porque está nerviosa. Parece que piensan que como solo tengo diez años no me tienen que decir más.

Ahí llegó mi tío Carlos. Como él tiene auto, nos llevará, porque es lejos donde vamos.

Es un lugar un poco oscuro, lo veo como viejo y triste. No parece un hospital, parece una casa, y no muy linda. Las puertas son de madera, de color oscuro, y se ven algunas mesas y sillas.

La enfermera que nos abrió nos hizo pasar por otra puerta, salimos a un patio y ella va a buscar a mamá. Hay algunas plantas, unos bancos de piedra, ¿o son de madera también? No sé, dejo de mirarlos porque me doy cuenta de que hay otras personas, algunos son los internados y otros son visitas como nosotros.

Veo a mamá salir por la puerta que da al patio. Camina como dormida, despacio, se tambalea a veces.

Le doy un beso, apenas murmura cuando nos saluda. Mi papá le pregunta cómo está, hablan un poco pero yo no presto atención, porque estoy mirando a un señor que camina por el patio, ¡pero este señor habla solo! Ahí vino otro, con delantal blanco, que lo ayuda a volver dentro.

Qué gente rara hay acá… los que vienen a visitarlos, les hablan y ellos apenas contestan. Se quedan mirándolos como si no entendieran nada de lo que les dicen. O miran para otro lado, distraídos.

Yo tengo sed, entonces le pido a mamá un poco de agua. Papá me dice que no la moleste, pero mamá se levanta y como mareada, va dentro y vuelve con el agua. Cuando se sienta, miro asombrada que tiene mucho vello en las piernas, ¡qué raro! Mamá siempre estuvo limpia, y sus piernas lisas.

Papá se fue a hablar con un médico creo. Cuando estamos solas, mamá me mira, me cuenta que es un lugar muy feo, que la atan a la cama, que la tratan mal, que hasta le pegaron un cachetazo. Pero se calla apenas papá vuelve.

La hora de visita se termina, es muy poco tiempo. Saludo a mamá y papá le dice que pronto va a estar en casa.

El tío nos espera afuera. Mientras el auto arranca, me quedo pensando en lo que mamá me contó cuando estuvimos solas. Yo creo debe ser cierto, porque hace unas semanas, que la dejaron pasar unos días en casa, mientras jugábamos a las cartas  me dijo lo mismo. Eso, que hasta le pegaban y la hacían bañar con agua fría.

¡Huy!. ¡Estamos llegando al puente! ¡Cómo me gusta el paseo en auto! Además es un día de sol.

Me gusta tanto, que dejo de pensar en lo que mamá me contó. Mientras pasamos el puente, miro por la ventanilla y me pongo a cantar bajito.

Papá habla con el tío, se ve preocupado pero no escucho. Ya no estoy preocupada ni triste, sigo cantando casi todo el camino.

Seguro mamá va a volver pronto a casa.

Claudia (CABA)

 

80. EXTRAÑÁNDOTE

La discografía de Ramona Galarza en la pantalla del celular. 

Su silueta cobijadora al amparo de los árboles en la vereda .

Su sonrisa al oír los primeros acordes.

Su mirada perdida en imágenes, que presumo, son vestigios de una memoria que ya no está. Aquella que resurge cuando se dan estos encuentros, momentos de compartir. Sensaciones y emociones que formaron parte de su historia y de su tan amada tierra natal, su “Corrientes porá”.  

Sus manos elevándose desde la falda para unirse en un aplauso que acompaña rítmicamente la melodía … ¡Se la ve tan feliz!

Ella existe, está viva, habitando, aunque más no sea por momentos, nuestra misma dimensión, el mismo universo en el cual nos miramos, nos sonreímos, nos abrazamos, nos besamos, ¡¡nos amamos!!

Yo me deleito viendo su sonrisa y escuchando su tarareo.

¡Instante entrañable!  ... ternura y mansedumbre se apoderan de mí y solo deseo permanecer allí.

Te amo, Genoveva

Mirta Castillo (CABA)

79. CARTA A MAMÁ

Mamá:

Siempre sentí que no fui la hija que hubieras querido tener, pero haciendo un balance de nuestro extenso vínculo me he dado cuenta de que sí, lo soy, porque para vos estoy por debajo de tu brillante cerebro y de tus logros. Fui la hija perfecta para manipular y controlar, la que se creyó que era mala, que no servía para tener una pareja ni para criar hijos; la que vivía a la sombra de ustedes tres: vos papá y Dani, los poderosos omnipotentes. Envidiaste mis logros, los materiales y los afectivos, lo leía en tus ojos. No hubo jamás una palabra de aliento, amorosa; todos y cada uno de mis actos estaban mal y te dedicabas a criticarme constantemente, solo veías lo negativo. Te relamías cuando me peleaba con el padre de mis hijos, y cuando me reconciliaba, detestabas que estuviéramos bien –esto lo sé porque un día me lo dijiste-. Tengo el recuerdo de una madre totalmente ajena a mis sentimientos, pero mi sensación es que estuve a tu servicio durante muchísimos años, sobre todo los veinte años que trabajamos juntas. ¿Te acordás la navidad del 2019? Te pusiste histérica y loca porque no aceptabas la enfermedad de papá y llena de celos y egocentrismo dijiste: ¡De mí nadie se acuerda!, y yo te grité: ¿No?¡Estoy a tu servicio desde hace cincuenta años! Nada te alcanza, todo es un tormento para vos, viviste siempre en la queja constante.

A veces vienen a mi memoria algunas actitudes bondadosas que tuviste conmigo, entonces me viene la nostalgia, son como pequeños oasis de nuestra relación, siento que hacías un gran esfuerzo por acercarte, pero fueron solo momentos, casi que los puedo contar con los dedos de una mano.

Sinceramente.

Alejandra

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

78. MAMÁ

Ida, mi mamá, nació y vivió hasta los treinta años en un pueblito al sur de La Pampa, donde los inviernos eran intensos, los charcos escarchados eran la pista de patinaje de los niños, los veranos resecaban la tierra, el viento amontonaba los cardos rusos sobre los alambrados.

Fue la cuarta hija de cinco hermanas, que crecieron en el campo en un contexto donde se obedecía de manera natural al patriarcado.

Cuando nací, mi madre estaba a unos días de cumplir sus dieciocho años, fui su única hija mujer, luego vinieron tres hijos varones.

Así como el paisaje era la vida de Ida; le hizo frente a la pobreza defendiendo a mordiscones la existencia de sus hijos.

La escasez estuvo presente, tanto económica como emocional. Estaba marcada por una infancia dura, esa marca la siguió a lo largo de su vida. Las enfermedades se hicieron presentes en momentos importantes, como el nacimiento de sus hijos. Así fue que mis primeros pasos los di de la mano de mi abuela paterna pues ella tenía una enfermedad contagiosa.  De manera insistente las enfermedades se volverían a repetir a lo largo de su vida.

La veo en la cocina, percibo el olor de las tortas alemanas, como una postal una al lado de otra sobre de la cocina a leña, las rosquitas con azúcar y las bolitas a las que llamábamos “besitos”, por las que éramos capaces de pelearnos con mis hermanos, el strudel en la olla con salsa y la tapa aprisionada con un ladrillo, las cenas de un tazón de café con leche y en  el centro de la mesa la fuente con polenta frita.

Cuando el tiempo de verano estaba terminando, mi madre nos mandaba a juntar las ciruelas y los higos que se caían al suelo por su peso; los poníamos en un balde y el ritual consistía en ir a visitar tías llevando la fruta.

Para ella, la educación de sus hijos era muy importante, como también nuestra presentación. Recuerdo mi guardapolvo almidonado impecable, mi pelo atado en un rodete bien tirante que por cierto no me gustaba. Siempre se encargó de coser la ropa de mis hermanos, generalmente con telas de prendas que le regalaban.

Fueron tiempos difíciles, que supo endulzar a fuerza de harinas y en mi caso, con el placer de sentirme a gusto y querida entre las paredes de mi escuela.

Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)


77. RISAS Y LLANTOS

Estoy sentada en el lugar favorito de mi casa. 

Muchos recuerdos de infancia y adolescencia  me vienen a visitar. Desfilan delante de mí muchas personas, algunas que ya había olvidado, otras que me acompañan cada día porque siempre están conmigo.

Hay sombras y luces.

Hay risas y llanto.

De repente me veo en la cocina de mi tía. Chiquita, tendría cinco años y mamá sosteniendome en la falda me canta: “Estrellita mía”, de Pedro Vargas, y de la emoción empiezo a llorar. 

Mamá generalmente cantaba haciendo las cosas de la casa. Pero en ese momento me cantaba a mí, y hoy se me hace el mismo nudo en la garganta. 

Ahora, este cielo celeste y rosado del atardecer me lleva al comedor de mi casa de la infancia. Mamá plancha, como siempre tienen la radio puesta en Splendid. 

Mientras  tanto yo dibujo y pinto en una mesita al lado de la puerta  y escucho al señor que habla por la radio. 

Mamá me dice: Vas a ver que ahora me va a convidar una pastilla.

Yo, abriendo los ojos grandes y con toda la ingenuidad del mundo, le pregunto: ¿Cómo sabés? 

Y ella muy seria me contesta: Lo hace todas las mañanas. 

Yo no lo puedo creer. Pasa un rato, estamos en silencio, y el locutor con música de fondo dice: ¿Gusta usted una pastilla?
Si, gracias, responde mi mamá concentrada en el planchado, ¿qué sabores?

D.R.F menta, ahh. ¡Qué frescura!, contesta él.  

Ahí se me borra todo, no puedo entender lo que acabo de escuchar. Y me quedo convencida de que mi mamá habla con locutores de la radio. 

Unos días después cuando me di cuenta de lo que pasaba, mamá y yo nos reímos tanto que nuestra anécdota quedó de manera oficial en la historia de la familia. 

Florencia Zaldívar (CABA) 

 

76. MADRE DE MI MADRE

Entre cuatro y ocho años creía sentir un adulto en mis pensamientos y lo más raro era que yo sabía y entendía mi corta edad. Esto no quiere decir que no haya disfrutado de mi niñez,  fui feliz. Pero me sorprendía entender miradas, palabras, gestos corporales de mi madre; su agotamiento, cansancio, desánimo. Entendía que quería lo mejor para mí pero no podía proporcionármelo por cuestiones económicas. 

Comprender que si salíamos a pasear no tenía que pedir cosas porque sabía que ella no podía comprarlas. Siendo chiquita no quería que mamá estuviera triste  pensando que yo deseaba algo y ella no me lo podía dar. Yo veía a mis hermanos exigir, reclamar, reprochar o hacer berrinches y yo me daba cuenta de que a mamá le dolía. Entendía lo que sufría en silencio, la observaba y hacía payasadas para verla sonreír. Este sentimiento viene a mi cabeza, mis recuerdos. Mi "yo" adulto me hacía saber que debía ser una niña buena, no dar trabajo y no pedir cosas comunes de un niño para no sobrecargar a mi mamá. Muchas veces la observaba como de lejos y entendía sus pensamientos, su tarea difícil de ser madre y sostén en un hogar. Cuando veía que ella me miraba yo continuaba siendo niña buena, obediente, alegre y feliz con lo que tenía, que era poco. Pero era feliz con ese poco, en casa con mamá.

Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)

 

 

75. TELÉFONO

Éramos dos y mi mamá me pedía que pelara las cebollas y después las cortara, la tele estaba prendida y la lámpara cálida también, yo me parchaba (de parche? o paraba?)cerca del horno en busca de ese calorcito. Pero a veces había un trapo mojado frio cerca de mis pies. Algo así como una canilla que perdía.

Luego, mientras mezclábamos el queso  y la cebolla, ella hablaba por teléfono y yo intentaba que el repulgue me quedara bien, prolijo. Casi al final ella me decía que no la cerrara, y por ahí, en ese momento batía unos huevos en un vaso de plástico de Sprite y llenaba la tarta, era su secreto o nuestro secreto. 

Mientras se horneaba yo me iba a bañar. A veces  había un balde que tenía restos de anilina negra donde ella teñía su ropa, siempre negra; ese balde fue nuestro balde.  Si se tapaba el baño, si se escurría un trapo, si había que pasar lavandina en el placar por que en la punta de arriba se hacían unas manchas negras.  

Un día cualquiera era siempre igual, yo al colegio, ella, al trabajo. Siempre me pareció increíble lo temprano que se despertaba, hacía cosas, lavaba ropas, tomaba mate cocido con galletitas de agua y nos despertaba a mi hermano y mí y nos decía que si no queríamos ir a la escuela que no fuéramos, entonces íbamos. Al volver de su trabajo ella salía a hacer las compras, iba con ella siempre que podía y cargábamos las bolsas juntas. Una compra, en un supermercado era demasiado tiempo para quedarme sola, una eternidad. Después la tarde consistía en escucharla hablar por teléfono de las personas del trabajo o de las situaciones del trabajo especialmente las sufridas con las otras mujeres. Yo odiaba el teléfono, pensaba que me quitaba tiempo con ella y le gritaba que cortara. Pero cuando no estaba hablando la actividad principal era limpiar y organizarse para el otro día. Siempre así

Los fines de semana siempre eran para limpiar, primero se vaciaba la biblioteca , nos daba trapos a mi hermano y a mí y cada uno con sus libros, uno por uno había que repasarlos y también la base del estante y ordenarlos. Al mismo tiempo esta actividad nos retenía en  la habitación y ella podría repasar el piso del living y los muebles con cera, el olor a cera, “SUIZA” , el ventilador para que se secara, las sillas dadas vuelta, en ocasiones un movimiento de lugar de los objetos, un lugar nuevo. 

 Ir a la terraza, tender la ropa, mirar por la medianera, ver piletas de casas grandes desde arriba y tanques de agua; guardar los broches en una bolsa. Era la bolsa del Jardín de infantes donde antes se guardaba la jabonera y la toalla de mano, mi nombre estaba bordado con hilo rojo por mi abuela Aurora, cuando todavía podía enhebrar . 

Mamá salía poco  le gustaba el tango, el blues y el vino especialmente.

 De tanto en tanto venia una amiga y llenaban una ensaladera con agua y aceite y decían que eso sacaba el mal de ojo o algo así, después jugábamos generala y comíamos torta de ricota, ella decía que se la comería entera. Alguna vez bailaba en el living, un poco de salsa con un vestido largo floreado. Fumaba Derby suave cortos antes de dormir. Otras veces íbamos nosotros a la casa de su amiga que vivía lejos y nos dejaban probar el alcohol. 

Mama sufría. Que por su infancia, sus hermanos y lo que papá nos había hecho. que lo mala que era la novia nueva de papá y que no teníamos plata ni para ir a la colonia ni para la cooperadora, que iba a hablar con una amiga para que le prestara .. Y que su abuela la ninguneaba, porque ella no tenía padre, porque su madre la había abandonado, porque sus hermanos vivían lejos, porque todavía tenía hermanos sin conocer.  Tomaba vino y se enojaba con facilidad, mi hermano era muy rebelde y yo era muda. Nos gritaba cuando nosotros peleábamos. Si se le pasaba nos hacia masajitos en los pies que era lo que yo siempre quería.  

 

Mamá era una justiciera, quería ser “buena “ en el sentido amplio de la palabra ,  si había pobres quería darles de comer, si había huérfanos quería traerlos a vivir con nosotros, pretendía que papá repartiera equitativamente las cosas, pertenencias, dinero, vacaciones, tiempos, y nunca fue así, y eso le daba bronca, porque el mundo no es así.  Admiraba Cuba, y lo cubano como algo lógico y teníamos un cuadro del Che Guevara en casa. Era nuestro dios.

Vicky Mizraji (San Isidro, Buenos Aires)

 

74. DE LA MANO

El recuerdo lo veo como en un sueño en blanco y negro: voy caminando por la vereda con mamá y le agarro la mano. Veo lo alta que ella es y lo lejana que parece. Mamá siempre está con el pensamiento en otro lado: lava, plancha y cocina, pero, además, le encanta ir a caminar, a mirar vidrieras, no sé muy bien dónde. Estoy centrada en mí y en ella. Mamá va soltando mi mano y eso no me gusta, me enoja. Tal vez va hablando con la abuela, tal vez mirando ropa o adornos de porcelana, que le fascinan, pero yo me sigo centrando en su mano: la aprieto y ella la va aflojando. ¡No me sueltes! le grito con rabia y se la aprieto con fuerza. Seguimos caminando y la situación se repite una y otra vez. Ya no le hablo, simplemente le voy apretando la mano enojada y a veces me pongo a llorar. Me quejo todo el tiempo y no disfruto el paseo, solo quiero seguir caminando al lado de ella bien agarrada de la mano.

Hoy de grande reflexiono: me doy cuenta de cuanta inseguridad me provocaba esa actitud, me soltaba la mano, aflojaba y yo sentía como que no le importaba que yo estuviera ahí, le daba lo mismo. Ese sostén que reclamaba de niñita me faltó toda la vida. Centrada en sí misma y en sus asuntos mamá no contenía mi mano, como cuando a los cinco años quedé atrapada debajo de una ola porque ella me la soltó. Necesitaba que me apretara, luego lo necesité en la adolescencia, necesitaba estar atada como si fuera el cordón umbilical. Siento que me soltó muy rápido, me alejó, y toda esa inseguridad que hoy siento se concentra en aquel recuerdo que parece insignificante. 

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

73. DULCE

En la tarde cálida del pueblo,  el silencio ya despertándose con los primeros sonidos de las personas volviendo de la siesta, nos dice que el andar las veredas  ya puede llevar de vuelta al patio. Y ahí voy, en montón con mis hermanos y primos, hacia casa.

Entramos por el patio, ese largo con los nísperos a un costado, el pasto irregular con las marcas de nuestros juegos, la casa y sus ventanales hasta casi el fondo, interrumpida por el hermoso patio andaluz, resabio de la porción de patria traída desde otra tierra. Separado de todo, el galpón que imponía las distancia entre adultos y chicos en los días de lluvia, al final el paredón puesto para treparlo y sobre todo esto, el cielo.

Nos trae las ganas de merienda.

Pero me falta detallar algo. La entrada a la cocina, la puerta doble con mosquitero, en una pequeña galería con muros bajos que la cierran.

Soy la más grande, y de la casa, así que voy primera y los demás esperan que les diga si podemos avanzar. Empujo la puerta y mamá alcanza a impedirme entrar.

-Esperen afuera, todavía no entren, tengo una sorpresa- nos grita.

Siento un aroma dulce, y los demás también porque sus caras lo muestran. Yo digo que debe ser una torta con dulce de leche. Ana que debe ser alguna mermelada para las tostadas, porque no se parece tanto al olor de cuando su mamá hace torta. Entonces digo que puede ser, porque a la mañana me mandó a comprar manzanas y le tenía que decir al verdulero que le eligiera chiquitas. Pero para hacer dulce es mejor que sean grandes, dice Julio, que es el trepador de los durazneros para bajarle a su mamá los duraznos para el dulce de todos los años. Mario dice que hay otro olor, pero no sabe de qué.

Estoy ansiosa porque la puerta no se abre y tengo hambre, o tal vez es la intriga. Mamá no da sorpresas. Siempre se lo que vendrá, el hilo de las rutinas que me convoca cuando es necesario estar adentro, para luego salir y dejar lugar a los grandes.

Mamá nos dice que nos sentemos en orden sobre el muro. Mario quiere espiar para saber antes que todos qué trae. Siempre es igual.

-¡Sentate, porque así no va a salir!- le digo con cara de enojada.

La puerta se está abriendo y veo algo que nos asombra a todos, reímos. A gritos de mamá y  tía pretendemos abalanzarnos sobre la sorpresa, pero orden de vuelta a sentarnos.

Entonces mamá, esa que veo siempre igual, que está ahí como la natural y silenciosa hacedora de las cosas, viene hacia mí con la gran bandeja. Estoy tan contenta.

Me está mirando, con ojos cómplices y que ríen, que dejan de lado a los demás, y llegan a los míos que la miran. Y recibo la primera manzana con caramelo y pochoclo.

Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)


 72. CARTA A MAMÁ

Si pienso en vos, mamá, te veo entera.

Entera a pesar de tus quiebres, de tus grietas, de los rayones que el tiempo te dejó marcados.

En ese telar de la vida, fuiste entrelazando hilos, remendando huecos, dibujando deseos, emparchando lágrimas, pero también bordando alegrías. Resististe como una urdimbre tensada, fuerte, los embates.

Te nos mostraste hacedora de mil cosas, vigilante mirada, multiplicadora de panes, enfermera sin horario, estratega del hogar, presencia permanente.

Te tuve al lado durante cincuenta y cuatro años. No sé si importa ya de qué forma. No hay respuestas en soledad, solo arriesgar opciones.

Lo que pudiste hacer con tu historia solo lo sabés vos. Las palabras que te contaban, quedaron dentro.  

A veces me pregunto por qué, mientras pude, no te llevé las preguntas que me rondaban. Pero ya habían pasado tantos años…

Solo imaginar inquietarte; eliminaba toda posibilidad. Vos y papá, no fue sencillo ni fácil. Persististe, hasta su último segundo, dejándome, en ese final suspiro, la imagen del amor pese a todo, en las caricias que continuaste,  aún en ese cuerpo frío.

Fuiste una joven de la gran ciudad, la última de tantos hermanos y acunada por ellos en cuna radiante. Joven también tu paisaje se corrió hacia la lejanía de la llanura y la soledad del campo, siguiendo a papá y con el pesar y descontento de quienes dejabas. No era lo que habían soñado.

Te llevó el amor, sin dudas. Ese que habrá ido cambiando con los años y que sostuviste más allá de las tormentas. Me pregunto si lo habrás sentido quebrarse, si salir de él fue una opción que alguna vez pensaste.

Me hubiese gustado, ya de grandes, cuando la edad comienza a esfumarse y pareciera que los años se acercan dejando solo dos mujeres, haber conversado tardes y tardes con vos. Conocer tu historia, lo oculto bajo el “mamá”. Rescatar más momentos de la felicidad que también viviste. Escuchar sobre la bitácora de tu viaje, sobre la brújula de tu corazón. Y de tu razón.

Entiendo que he aceptado tu forma, que he cerrado tu contorno. El camino que continúo es dibujar el mío con mis propias líneas, desdibujando algunas que creciendo heredé de las tuyas. Sólo algunas.

Me guardo el amor que me llegaba desde vos cada día.

Te estoy pensando y me pienso. Te escribo, y me escribo. Y lloro. Y me hace bien. El agua pareciera limpiar el camino.

No sé si me engaño, pero hay hebras de paz que no sentía.

Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)


71. VACACIONES DE VERANO

Es verano, hace mucho calor y tenemos que dormir la siesta. Papá entra a trabajar a las tres.  Tiene que estar todo en absoluto silencio para que descanse. Mi hermana no quiere dormir, llora. Sé que no va a ganar nada, no podemos ir a jugar afuera, los vecinos también duermen. A veces vamos a la pileta del tío Luis después de las cuatro. Porque a esa hora ya están todos levantados y ya hicimos la digestión del almuerzo, si nos bañamos enseguida de comer nos podemos descomponer. Llevamos siempre el toallón en una bolsita y unas galletitas para la merienda, ahí jugamos con mis primos agarradas de la baranda de la escalera que tiene la pileta, nos dijeron que es peligroso soltarnos, muchas veces los chicos no hacen pie y pueden ahogarse. Estamos sin clases, no tenemos que ir a la escuela, ni hacer deberes dice mi mamá, así que podemos disfrutar. Mi tía Quica, que no tiene hijos siempre invita a uno  de sus sobrinos para ir con ella y mi tío de vacaciones, este año me quiere llevar a Necochea, me gustaría ir, no sé cómo es el mar, no me imagino tanta agua, Mabel me dijo que no tiene fin y que al final se une con el cielo. Peo ya sé que no me van a dejan ir como pasa siempre. El año pasado me invitaron a las sierras, vino la tía a casa y le prometio a  mis padres que me iban a cuidar bien, que no necesitaba llevar plata, igual  no fui, mi mamá tenía miedo, la escuché cuando le decía a mi papá :le puede pasar algo .

Nunca me dejan ir, veo las fotos, cuando vienen mis tíos para Pascuas .Me gustó una que se sacó mi prima en un burrito. Mi hermana Nancy y yo  nos sacamos una arriba de una llama, con unos sombreros de colyas, cuando pasó el fotógrafo por la calle de mi casa,  tuvimos que pasar por detrás de la llama, bien lejos de las patas, porque pueden dar patadas si desconoce.

Algunas veces en el verano cuando papá va a la cosecha nosotras  vamos con mamá a la casa de sus tías que viven con la bisabuela en un pueblito de campo. Eso es más divertido porque tomamos el colectivo. Nos tenemos que levantar temprano y llevamos sanguchitos para el viaje. Es un camino de tierra, y entra mucho polvo por las ventanillas.

Yo nunca lloro cuando me mandan a dormir la siesta, porque igual voy a tener que estar acostada hasta las tres. Ellos no saben que los engaño, tengo los  ojos cerrados pero estoy despierta, bien despierta y tengo una familia, yo soy la señora Liliana mi marido es Horacio, y nuestros hijos son Susanita, Rubén, y el bebé. Mi marido es mecánico y puso en condiciones una casa rodante, tiene camas y una cocina, también un baño. A él, le gusta viajar, y vamos a todos lados de paseo, ayer fuimos al mar, pusimos nuestra casa bien cerca de la orilla y nos bañamos, jugamos, pusimos música en la radio y fue tanta la alegría y tanto el cansancio que nos quedamos dormidos. Hoy vamos a las sierras, me gusta mirar por la ventanilla el paisaje mientras mi marido maneja y los chicos juegan. Es muy lindo dormir la siesta porque voy donde quiero.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

70. CARTA A MI MADRE

 Escribir hoy una carta a mi madre me resulta difícil porque ella se está despidiendo de esta vida,y siento que hacerlo es anticiparme a su partida. Puedo pensar que solo me quedan recuerdos y sin embargo mi madre  también es esta que está sentada en el sillón y la acaricio delicadamente. Es esta mujer, hecha un ovillo, que tiene cabellos blancos y una mirada ausente cubierta por una  niebla imperceptible. El tiempo la fue llevandoy dejó al  descubierto casi de forma grotesca lo que anidaba en su centro. Un ser sensible, exceso de dulzura, miedo y fragilidad. Mi madre es esta que intenta retener mis manos entre las suyas, como cuando yo era niña, y  no es por temor a perderme sino por miedo a perderse en confusos pensamientos. Cuando intento escribir

borbotones de imágenes me inundan, como un collage de fotos y sentires que no encuentran las palabras

Y una tras otras se suceden las figuras y muestran a mi madre cocinando, lavando, acompañando. Ella sobre mis cuadernos ayudándome con la tarea,  con mis hermanas  en la cocina, amasando pastas o pasteles. Ella con sus sobrinos, con sus hermanos, con su familia, ella preocupada y triste esperando a mi padre que no llega, y también a ellos felices bailando en año nuevo, y casi exclusivamente  en año nuevo. Veo a mi madre ayudando a coser mi vestido de bodas  y bajando de un tren cargada de bolsos para conocer su primer nieto. La veo orgullosa de sus hijas que estudiaron, que tienen su dinero o conducen  como ella  soñó hacerlo.

Veo a mi madre con su nieta, feliz porque  heredó el  color de sus ojos y el de su madre, mi abuela. La veo  complaciente, siempre ofreciendo, siempre dando. La veo triste y literalmente quebrada cuando mi padre murió y  parecía haber perdido el sentido de su vida. Veo a mi madre que puede ser libre y sin embargo se ata a los otros. La veo por primera vez salir de su terruño y conocer las tan soñadas sierras, y sentir el placer de que alguien  la atienda. Veo a mi madre ahora mismo sonreír cuando ve las fotos de mi nieta. Siento como pasa su mano temblorosa para acomodarme el pelo. La veo  asombrada como  una niña. Y ahora,  justo ahora, entiendo su candidez plasmada  en prosas o poesías. Veo entonces a mi madre escribiendo un poco realidad y otro fantasías y le agradezco desde lo más profundo de mi ser,  este , su tesoro el que me pasó para que pueda escribir la vida cuando los sentimientos me rebasan..

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

69. DISTANCIA

Hoy, mirando fotos después del Día de la Madre, memorizando momentos, gestos, frases, recordé el día que fui a la casa de la abuela , a preguntarle  a mamá que se había mudado a cuidar a su madre, que estaba muy enferma, qué le gustaría usar para  mi casamiento.  Ella estaba muy distinta, como perdida, sin saber siquiera el día que era. Me costó mucho traerla a la realidad, convencerla de que necesitaba que ella estuviera presente .  Le prometí una reunión sencilla, de mañana, rápida para que pudiera regresar.  Después de un rato en silencio, me preguntó si un traje de pollera corta y blazer color beige,  acompañado de una blusa blanca con zapatos marrón chocolate estaba bien, le dije que me parecía hermoso el conjunto y le ofrecí mi ayuda para comprarle la tela que le gustara, hablar con la modista, porque ella no quería salir del lado de su madre por miedo que a su regreso ya no estuviera. Me respondió que era lo mejor y que iría a probarse cuando estuviera listo.

En la semana siguiente le llevé revistas de moda para que eligiera el modelo y la acompañé a tomarse las medidas.  Cuando la costurera la llamó a probarse fuimos, estaba muy ausente, parecía estar yéndose de la vida junto a la abuela; no obstante se veía preciosa con su traje, era una mujer muy bonita y de movimientos delicados; me pidió opinión acerca de cómo le quedaba, le dije que le sentaba muy bien.

Mientras se acercaba el día, fui ocupándome de mi hermano que era el padrino de la boda, de mi papá, de mi hermana y de mi suegra.  Llegado el momento, me levanté temprano, fui a buscarla para que se bañara tranquila en casa, luego se vistió, la maquillé y regresé a ocuparme de mis asuntos.  Se veía hermosa, creo que a pesar de su intranquilidad alcanzó a disfrutar de la reunión.  Pero, como dije, casi todo el tiempo distante, parecía anestesiada para no sentir dolor y tampoco emoción.  Así continuó en los años siguientes después que su madre emprendió el viaje al descanso eterno; no hubo terapia ni medicina que pudieran regresarla a la vida real.  A partir de aquí se produjo un ascendente distanciamiento especialmente conmigo, se refugió en mi hermano y no volvió a interesarle casi nada más; nunca pude acercarme lo suficiente, había entre nosotras un inexplicable bloqueo, a pesar de mis intentos no hallé solución.

Ya convertida en adulta y madre, con infinitas terapias, comencé a aceptar lo sucedido y a entender que no era culpa de ninguna de las dos, aunque lo intenté y tal vez ella a su manera también, no lo podíamos cambiar, que capaz la vida dispuso que tenía que ser de esa forma o a lo mejor no la bendije lo suficiente para extraerle el mal, que solo Dios sabrá por qué extraña causa ella padecía.  Siempre la amé pero el distanciamiento fue necesario para mí e irreparable; para poder vivir tuve que alejarme del infierno en que se había convertido el círculo familiar.

Con heridas aún no sanadas y con profunda emoción la recuerdo cada día,  y cada noche de verano (estación que tanto le gustaba) cuando  aparecen las estrellas envío un beso a la más brillante.  La veo en cada colibrí que visita mi jardín y en cada mariposa que revolotea sobre las flores, cada Día de la Madre enciendo una vela agradeciéndole profundamente por haberme dado la vida.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)


68. LA CIGUEÑA

Estoy con mi hermano, hamacándome en el patio de la casa de campo, en una mañana soleada del mes de diciembre.  Tengo siete años y me encanta jugar; mientras programo una casita para mí y un almacén para mi hermano, veo a un ave muy grande, de color blanco y negro que se aproxima volando, la observo muy atentamente hasta que desciende en un lote de maíz muy próximo.  Salgo corriendo en forma desesperada irrumpiendo en la cocina.  Mamá se encuentra preparando el almuerzo y le digo:

   -¡Mami!, ¡mami!, ¡vení a ver al patio el ave grande que posó!

Ella sale rápidamente, mira y sonríe diciendo:

  -Es una cigüeña, es mansa, pero no es sociable, por lo tanto no se acerquen si no quieren que se vaya.

Miré a mi hermano de forma pícara e inocente, mirada que él respondió de igual manera y pregunto:

  -¿Es la que trae los bebés?

  -Si, es esa, pero hay que hacer una cartita pequeña para que la lleve.

  -¿ Dónde la lleva? -pregunto yo.

  -Donde hacen los bebés.

La miré, sonreí satisfecha y le dije:

  -Ya está mami, ya entendí.

Dio media vuelta y regresó a la cocina. Observo a mi hermano y lo veo pensativo, de pronto sale corriendo y regresa con un papel de almacén y un lápiz, yo lo tomo y comienzo a escribir; luego de un rato le leo la misiva, la doblo prolijamente y la arrojo por los airespara que la cigüeña la busque y la lleve al lugar que corresponde. Más tarde regresamos al lugar y vemos que el ave ya no está y tampoco la nota.  Nuevamente entro a la cocina corriendo.

  -¡Se llevó la carta!-le digo.

  - ¿Qué decía? -pregunta ella

  -“Quiero un hermanito bebé pronto” -respondo.

  - Mirá que si lo trae vas a tener mucho trabajo -me dice sonriendo.

  - No importa, mami, lo quiero igual -insisto.

Luego me explica que tengo que tener paciencia, que tal vez hay muchos pedidos y si tarda un poco no debo desesperarme.

Todos los días siguientes observaba el cielo esperando ver su llegada. Casi cinco años después. cuando ya estaba convencida de que el ave había extraviado la carta, una tarde durante la merienda de verano mamá me dijo:

  - ¿Sabes qué ha pasado?

Le respondí en forma distraída que no sabía; entonces comenzó a hacer una pequeña reseña recordativa de aquel día y me confirmó que  un poco tarde pero  la solitaria cigüeña había cumplido con su deber y  el bebé estaba en camino.

Solté una gran carcajada ya que en este momento tenía doce años y sabía perfectamente cómo se hacían los niños, pero la noticia me hizo muy feliz. 

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)


67. MAMÁ Y LA ABUELA

Al volver de la escuela, rápidamente me quitaba el guardapolvo para saludar a la abuela, que estaba recostada en la cama dentro de una habitación que le había preparado mamá.La abuela no estaba bien, sufría de arterioesclerosis, por eso mamá la había traído a vivir a casa. Para mí era una fiesta; la abuela era alegre, coqueta, le gustaba hablar, escuchar música fuerte y también cantar.A pesar de que mamá no estaba de acuerdo con todo eso, se adapto bastante bien.

Estaba todo organizado: mamá la cuidaba y cuando se iba a trabajar venia mi tía la mayor, mi otra tía, casi nunca, pero estaba perdonada por mi abuela, porque era profesional.Mi mamá se ponía un poco celosa,pero no perdía el tiempo, ya sabía cómo era la historia.

Mamá estaba muy delgada, agotada, y más que nunca entendí que yo no tenía que molestar .

La abuela tenía la costumbre de acercarse sigilosamente y apoyar su mano en mi hombro.

Ella amaba las flores de todos los colores, su casa era un laberinto de coronas de novias, lirios, malvones, alegrías del hogar y coloridos pensamientos.

La casa de la abuela era fresca olía a lirio y jazmín con un toque de fruta recién cortada. Antes, todos los domingos nos encontrábamos en su casa, siempre íbamos con mi tia más grande y mis primos , por que la otra tía la del medio, ya sabíamos que tenía su historia, así que se encargaban de la comida y la bebida, ahí estábamos todos mamá, papá, mis hermanos, mis tíos y  primos.

La abuela nos recibía con una sonrisa, nos acariciaba y nos daba un beso en la frente. El abuelo era más reacio, usaba bastón, bien hombre del campo.

Todo era verde, de variadas tonalidades,los árboles eran de diferentes medidas  pero la mayoria eran gigantes. Mis primos y yo corríamos, jugábamos y trepábamos al árbol hasta llegar a la punta y tocar el cielo, nadie nos retaba, pareciera que mamá y la tía sentían que era un lugar seguro. También teníamos nuestra huertita, y con gran entusiasmo esperábamos cómo nos iría con nuestra cosecha.

Al terminar de almorzar, casi siempre asado, la abuela nos dedicaba un recital “Debe reinar, debe reinar”….,solía cantar.

Una noche la abuela se acercó , me tocó el hombro,y me y me obsequió ,era  un dibujo de una rosa hermosa y florecida. Mamá estaba planchando y observaba la situación .

-Gracias, abuela , es hermosa, poné tu nombre, -le dije con gran entusiasmo y como no respondió repetí- escribí tu nombre- y le alcancé un lápiz.  Mama dijo con timidez y cierta vergüenza: "La abuela no sabe escribir". Me sentí muy triste así que agarre la mano de la abuela y juntas escribimos su nombre: AVELINA.

Así pasaron días y días. Casi dos años. Mamá estaba casi ausente , empeoraba la salud de la abuela y cada vez requería más cuidados.

Un día discutió con la tía mayor , la que venía a cuidarla, parecía que era verano y todas se iban de vacaciones y mamá ya no daba más. Luego de que se encerraron a discutir, se marcho mi tía sin saludar,  fui a ver a mamá. ¿Que pasó?, le pregunté, mamá cayó desvanecida en la cama. Yo estaba sola y sabía que había un medicamento que servía para cuando le bajaba la presión, así que se lo dí . La acomodé en la cama .

Cierta noche se llevaron a la abuela a internar. Mamá y la tía estaban muy tristes y mi otra tía parece que también, por que esa noche se quedó con ella en la clínica.A la madrugada tocaronn el timbre. Era mi tío  avisando la triste noticia. La abuela había fallecido. Yo escuche todo. Comencé a llorar desconsoladamente, la muerte era algo lejano para mí. Cuando se retiró mi tío ,mi mamá se acercó, nos abrazamos fuerte y lloramos juntas.

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)


 66. CHARLA CON MAMÁ


Estoy mirando a mamá en la cocina tiene todo preparado, está limpia y tanto las perritas como yo, estamos atentas, esperando que se acueste en la cama. El calefactor está encendido, ella prepara su bolsita de agua caliente, ya sabemos que pronto irá a la cama. Mamá se recuesta con el torso inclinado, y ahí vamos, las perritas y yo; ellas se acomodan cerca del calefactor y yo me siento a los pies de la cama.

-Qué gorditas están las perritas-digo yo.
-Hoy comieron el alimento y algún pedacito de pollo -contesta, luego me mira y me pregunta-qué es lo que tenés colgado en la muñeca?
Se me viene a la memoria el día que la compré. Estaba tan angustiada, paseaba por Capital, tenía que resolver unos problemas y sentía que no tenían solución.
-Es una pulsera de San Expedito, es un Santo que te protege y te ayuda a resolver cosas imposibles, milagros-le contesto.
- ¿Milagros?, ¿cosas imposibles? - vuelve a preguntarme
- Sí, milagros.
-Los milagros no existen -afirma ella.
-Yo creo que sí.
-No, los milagros no existen , lo que existen son las personas que hacen el bien y el mal -insiste pero luego pregunta- ¿y te ayuda en tus cosas imposibles?.
-Yo le tengo fe y eso me ayuda, siento que me protege de aquellas personas que me quieren herir.
-Ay, Amorina, vos crees en cada cosa -concluye.

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)


65. RECUERDOS VARIOS

Recuerdo tu cara odiosa una vez cuando te esperaba en la puerta de la casa de la abuela y venías caminando por la calle. Venías de la peluquería, tu cara y tu mirada parecían la de  monstruo disfrazado de madre.

Recuerdo cuando me obligabas a comer esos zapallitos que metías en mi boca cual enfermera villana pone inyecciones a los niños.

Pero también recuerdo cuando me secabas el  cabello mientras miraba a Rafaela Carta.

Cuando escuchábamos un ruido raro en la casa y vos me decías, "No tengas miedo, no pasa nada".

Sol Mouso ( CABA)

  64. CARTA A MAMÁ

Madre, siempre recordaré tu amorosidad para encontrar la comida que fuera rica y nutritiva. Ibas a comprar donde había buenos precios y buena calidad, si era necesario tomabas un colectivo. Luego llegaba el momento de comer ese almuerzo o cena tan sabrosos. 

Hiciste lo mejor que pudiste hacer, con las herramientas que tenías para zafar de tu historia tan dura en la casa de tus padres. Elba, esa madre tan distante y violenta, la que fue  capaz de dispararle a tu padre, por una cuestión de engaños amorosos. Elba, la misma que te azotaba fuertemente para darte una lección y luego te compraba cosas.

Claro, Elba también estuvo sola, desamparada y fue violentada. Elba también hizo lo que su estructura le permitió.

El amor tiene extrañas maneras de expresarse pero no importa que tan extrañas, solo maneras al fin. Como la manera en que te preocupabas de mis dientes y sin cansancio me llevabas al dentista.

Yo soy Elba, esa mujer que no pudo contener la violencia y no supo contenerlos. Yo soy Mirta, esa mujer que quiso tener una vida distinta y enfermó por querer ser perfecta. Yo soy ustedes dos, por eso estoy acá escribiendo parte de mi historia, de nuestra historia. Lo que vale es la intención y la tercera es la vencida. ¡Gracias!

Sol Mouso ( CABA)

 63. VACACIONES DE VERANO

Es verano, hace mucho calor y tenemos que dormir la siesta. Papá entra a trabajar a las tres.  Tiene que estar todo en absoluto silencio para que descanse. Mi hermana no quiere dormir, llora. Sé que no va a ganar nada, no podemos ir a jugar afuera, los vecinos también duermen. A veces vamos a la pileta del tío Luis después de las cuatro. Porque a esa hora ya están todos levantados y ya hicimos la digestión del almuerzo, si nos bañamos enseguida de comer nos podemos descomponer. Llevamos siempre el toallón en una bolsita y unas galletitas para la merienda, ahí jugamos con mis primos agarradas de la baranda de la escalera que tiene la pileta, nos dijeron que es peligroso soltarnos, muchas veces los chicos no hacen pie y pueden ahogarse. Estamos sin clases, no tenemos que ir a la escuela, ni hacer deberes dice mi mamá, así que podemos disfrutar. Mi tía Quica, que no tiene hijos siempre invita a uno  de sus sobrinos para ir con ella y mi tío de vacaciones, este año me quiere llevar a Necochea, me gustaría ir, no sé cómo es el mar, no me imagino tanta agua, Mabel me dijo que no tiene fin y que al final se une con el cielo. Peo ya sé que no me van a dejan ir como pasa siempre. El año pasado me invitaron a las sierras, vino la tía a casa y le prometió a  mis padres que me iban a cuidar bien, que no necesitaba llevar plata, igual  no fui, mi mamá tenía miedo, la escuché cuando le decía a mi papá: le puede pasar algo .

Nunca me dejan ir, veo las fotos, cuando vienen mis tíos para Pascuas .Me gustó una que se sacó mi prima en un burrito. Mi hermana Nancy y yo  nos sacamos una arriba de una llama, con unos sombreros de coyas, cuando pasó el fotógrafo por la calle de mi casa,  tuvimos que pasar por detrás de la llama, bien lejos de las patas, porque pueden dar patadas si desconoce.

Algunas veces en el verano cuando papá va a la cosecha nosotras  vamos con mamá a la casa de sus tías que viven con la bisabuela en un pueblito de campo. Eso es más divertido porque tomamos el colectivo. Nos tenemos que levantar temprano y llevamos sanguchitos para el viaje. Es un camino de tierra, y entra mucho polvo por las ventanillas.

Yo nunca lloro cuando me mandan a dormir la siesta, porque igual voy a tener que estar acostada hasta las tres. Ellos no saben que los engaño, tengo los  ojos cerrados pero estoy despierta, bien despierta y tengo una familia, yo soy la señora Liliana mi marido es Horacio, y nuestros hijos son Susanita, Rubén, y el bebé. Mi marido es mecánico y puso en condiciones una casa rodante, tiene camas y una cocina, también un baño. A él, le gusta viajar, y vamos a todos lados de paseo, ayer fuimos al mar, pusimos nuestra casa bien cerca de la orilla y nos bañamos, jugamos, pusimos música en la radio y fue tanta la alegría y tanto el cansancio que nos quedamos dormidos. Hoy vamos a las sierras, me gusta mirar por la ventanilla el paisaje mientras mi marido maneja y los chicos juegan. Es muy lindo dormir la siesta porque voy donde quiero.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

62. CARTA A MI MADRE

 Escribir hoy una carta a mi madre me resulta difícil porque ella se está despidiendo de esta vida,y siento que hacerlo es anticiparme a su partida. Puedo pensar que solo me quedan recuerdos y sin embargo mi madre  también es esta que está sentada en el sillón y la acaricio delicadamente. Es esta mujer, hecha un ovillo, que tiene cabellos blancos y una mirada ausente cubierta por una  niebla imperceptible. El tiempo la fue llevandoy dejó al  descubierto casi de forma grotesca lo que anidaba en su centro. Un ser sensible, exceso de dulzura, miedo y fragilidad. Mi madre es esta que intenta retener mis manos entre las suyas, como cuando yo era niña, y  no es por temor a perderme sino por miedo a perderse en confusos pensamientos. Cuando intento escribir borbotones de imágenes me inundan, como un collage de fotos y sentires que no encuentran las palabras

Y una tras otras se suceden las figuras y muestran a mi madre cocinando, lavando, acompañando. Ella sobre mis cuadernos ayudándome con la tarea,  con mis hermanas  en la cocina, amasando pastas o pasteles. Ella con sus sobrinos, con sus hermanos, con su familia, ella preocupada y triste esperando a mi padre que no llega, y también a ellos felices bailando en año nuevo, y casi exclusivamente  en año nuevo. Veo a mi madre ayudando a coser mi vestido de bodas  y bajando de un tren cargada de bolsos para conocer su primer nieto. La veo orgullosa de sus hijas que estudiaron, que tienen su dinero o conducen  como ella  soñó hacerlo.

Veo a mi madre con su nieta, feliz porque  heredó el  color de sus ojos y el de su madre, mi abuela. La veo  complaciente, siempre ofreciendo, siempre dando. La veo triste y literalmente quebrada cuando mi padre murió y  parecía haber perdido el sentido de su vida. Veo a mi madre que puede ser libre y sin embargo se ata a los otros. La veo por primera vez salir de su terruño y conocer las tan soñadas sierras, y sentir el placer de que alguien  la atienda. Veo a mi madre ahora mismo sonreír cuando ve las fotos de mi nieta. Siento como pasa su mano temblorosa para acomodarme el pelo. La veo  asombrada como  una niña. Y ahora,  justo ahora, entiendo su candidez plasmada  en prosas o poesías. Veo entonces a mi madre escribiendo un poco realidad y otro fantasías y le agradezco desde lo más profundo de mi ser,  este, su tesoro el que me pasó para que pueda escribir la vida cuando los sentimientos me rebasan.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

61. UNA TARDE DE FESTEJO

 Recuerdo aquella tarde de julio. Salimos de la capilla del barrio hacia la iglesia central. Era el día de la Virgen del Carmen.

Mamá se había puesto el vestido que solo usaba para las grandes ocasiones y se pintó los labios de rosa. Yo la miraba con atención. Se peinó, y luego sujetó la mantilla de ambos lados de su cabeza con unas horquillas. Su piel blanca y sus ojos azules resaltaban en esee marco. Era realmente bonita, aunque siempre un rayo de tristeza parecía atravesarla. Mi hermana Nancy y yo estrenábamos los gabanes azules y nos pusimos los zapatos Grimoldi que solo usábamos para la escuela. Estábamos entusiasmadas, salir en procesión con muchos vecino sera un buen plan. La mayoría llevaban velas puestas en un vasito para no quemarse y sobre todo para que no se apagaran las llamas, la catequista nos había dicho que era la llama de la fe. Mi mamá no quiso la vela, quizá no tenía fe, y no quiso que nosotras lleváramos una, por temor .

Caminamos quince cuadras entre rezos, cánticos y alabanzas a la Virgen, llevada entre cuatro hombres sobre un estandarte bien alto, adornado con flores.

Una vez en la Iglesia central tuvimos que oír la misa, era larguísima, y el cura decía cosas raras, con extrañas palabras que todos escuchábamos en silencio y con mucho respeto. De vez en cuando miraba de reojo a mi hermana buscando un poco de complicidad, queriendo romper semejante aburrimiento. Aunque valía la pena esperar, luego venía la kermesse.

Cuando salimos y desde la puerta de la iglesia se veía la plaza llena de banderines de coloresy música fuerte que llegaba a todos los rincones.

Me hubiese gustado salir corriendo, como lo hacían los otros chicos y recorrer aquellos kioscos coloridos. Mi hermana intentó soltarse de la mano de mamá, pero ella nos tenía muy agarradas, mientras nos decía: No , no se vayan, se van a perder entre tanta gente.

Finalmente y luchando con una multitud pudimos llegar  a un kiosco, atendido por mujeres, damas de caridad les decían; una revolvía chocolate en una olla humeante desde donde salía un olor a chocolate único, que parecía envolvernos y tomarnos. Yo tenía para ese entonces nariz de chocolate, boca de chocolate, manos de chocolate,  estaba hecha de ese delicioso chocolate caliente , y así con palabras de chocolate la mujer nos  preguntó :¿ Con qué lo van a tomar?,  ¿ con pastelitos o torta?  Mi mamá miró desconcertada y dijo: No séy luego nos preguntó Chicas ¿con pastelitos o torta?  Con torta, respondió mi hermana, con pastelitos , dije yo. seguido

Entonces, ¿con qué les sirvo ?  dijo la mujer, a lo cual mamá reiteró : No séLa señora, sonriente, dijo: ¡Pastelitos y torta entonces !  Mi mamá pagó y nos fuimos a sentar a un banco, y fue realmente una fiesta de colores, de olores, de sabores, de sonrisas y disfrute, que iluminaron los ojos de mamá. Ella se sacó la mantilla y la guardó en el monedero. Cuando comenzó a oscurecer caminamos de regreso a casa. Mi hermana y yo nos comenzamos a reír del perro de la catequista qué se había quedado acostado en el altar toda la misa. Mamá se reía con nosotras. Tomamos por la cuadra que desembocaba en el agua corriente, esa iba derecho a casa. Pasamos por el bar de Gorosito, se sentían voces y risas de hombres que jugaban a las cartas y tomaban. Algo hizo que mirara de reojo hacía adentro , y en aquel ambiente de jolgorio y humo me pareció ver a mi padre, o al menos a alguien con su misma gorra. Miré a mamá y sus ojos ya no brillaban como antes. Nuestra fiesta parecía haber llegado a su fin.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

60. MADRE

Pasaba sus días con la misma rutina, sus movimientos estaban mágicamente condicionados, ella sabía lo que tenía por hacer; limpiar la casa era lo principal, su exigencia y extrema perfección no le permita ningún error, cada minuto estaba calculado, era hija, madre, esposa y trabajadora de la salud.

Estaba en la cocina, mi lugar preferido, ahí podía encontrarla muy quieta, rallando una zanahoria, pelar una papa. Mi arrebatada verborragia iba en busca su atención, contaba cosas, vaya saber cuáles, ella seguía cocinando, no esperaba grandes contestaciones, hasta ni sé si me escuchaba.

Mi madre tenía una vida de muchas obligaciones.

Su desafío era ganarle al reloj, todo debía estar en determinada hora.

Durante muchos años resistió el mandato divino, con la anuencia de sus hermanas

 En ocasiones se permitía un recreo, quizás porque papá era más risueño y si bien tenía un asunto con el reloj, a veces le gustaba jugar y olvidarse del tiempo.

Ella tenía una deuda, una casi impagable, cometió un grave error y por ello tuvo que soportar sus consecuencias.

La condenaron a no elegir 

Detrás de ese espíritu audaz y temperamental, se escondía una adolescente soñadora, libre y enamorada, vaya saber cuánto fue idealizado ese amor que dio vida a un niño, mi hermano mayor. Ella luchó contra todos los prejuicios, conoció el desprecio y lo peor, la desilusión de un amor no correspondido.

Hoy, ya no mira el reloj, sus movimientos son más lentos, y mientras cocina suele escucharse tranquila y me responde con la calma y la autoridad que le dan sus años, prepara una rica comida elegida por ella. Ya tiene 80 años y su deuda ya fue cancelada.

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)

 


59. CONFIANZA

Estoy en cuarto grado. Se acercan los exámenes finales. Mis maestras dicen que puedo dar más pero que no confío en mí, entonces los resultados son pobres.

Pía, que debe confiar en ella misma, es buena alumna. Hoy vino a casa para que estudiemos juntas. Vos nos tomás las tablas de multiplicar. Empezás por mi amiga. Ella responde bien a todas, hasta sabe la tabla del siete, ¡la más difícil! Después me preguntás a mí y no pego una. “6 x 8…. 65. 3 x 5…. 16. 9 x 7 …. 52” Pía me mira. No puede creer lo que está escuchando.

Mi preocupación va mucho más allá del no saber las respuestas correctas. En mi cabeza está la vergüenza, la frustración, el fracaso. Yo, cada vez más nerviosa, sigo diciendo cualquier número. Se nota que vos también te pusiste nerviosa y en eso “paf” una cachetada. Las tres nos quedamos duras, mudas. Fue un instante eterno. ¡Qué dolor! No por el golpe sino por quedar en evidencia frente a mi amiga o peor aún frente a vos.

No me gusta que sepas que no sé. Hago lo imposible por mostrarte mi bonda y que papá y vos comenten acciones solidarias mías, habilidades sociales, gestos de ser buena hermana. Coincido con mis maestras, puedo dar más, mucho más pero tengo que soltarme, ser yo. En ese intentar agradar no logro profundizar en mi aprendizaje posiblemente porque si, como le sucede a todo el mundo, me equivoco, ¿qué van a decir los demás? ¿qué van a decir mis papás? Mejor que todos pongan la mirada en otros aspectos míos.

 Tuve que esperar a crecer. Vivir situaciones no tan deseadas. Vivir fracasos importantes. Y no fue mi mamá la que me dio cachetazos sino la vida, la infidelidad, el engaño. Tal vez frente a la necesidad de salir adelante con mis dos chiquitos dejé de lado, al menos un poco, mi disfraz de Laura Ingalls. Tal vez pude mostrarme tal cual soy, y posiblemente no le agradó a todos.  Ojalá pueda segui confiando  en mí y mostrarme ante el mundo así, como soy.

Paula (Martínez, Buenos Aires)


58. TUS RECUERDOS ME ACOMPAÑAN

Son tiempos donde tus recuerdos están muy presentes en mí. Cada día que pasa vienen a la memoria situaciones compartidas, tus palabras, tus consejos, tus llamadas por teléfono. No sé cuánto durará esto, si es por un tiempo y después tu presencia se alejara, no lo sé.

Te tengo hasta en mis sueños. Algunos días me despierto alegre porque estuviste conmigo en alguno... otras veces, muy triste por darme cuenta de que tus visitas de ahora en adelante van a ser así, esporádicas y en mi mente, no reales, no con la posibilidad de abrazarnos. Bueno, igualmente hoy en día los abrazos están prohibidos para todos. No sé .... mi cabeza es un mundo de sensaciones y sentimientos muchas veces encontrados, confusos, tristes y otras veces más esperanzadores. Tal vez con el tiempo todo se vaya acomodando... no lo sé...

Sueño con nuestros abrazos pero la verdad es que en ese sentido desperdiciamos mucho el tiempo. No éramos cariñosas. Eso de caminar abrazadas o saludarnos efusivamente nunca fue nuestra característica. Y hoy extraño esa posibilidad. 

Recuerdo a mis siete u ocho años. Un día te dije que estaba con dolor de garganta y te pedí faltar al colegio. ¡Debe de haber sido la única vez que te pedí eso, yo era Sarmiento! Vos accediste y como seguramente  el dolor no pasaba, me llevaste al médico. El pediatra me revisó y dijo: “No es nada”. Salimos del consultorio y comenzamos a bajar por la escalera. Estaríamos en el segundo o tercer piso. En ese momento yo me puse a llorar. “¿Qué pasa”, preguntaste sorprendida. Te conté que estaba angustiada porque el médico no me había encontrado nada y yo no quería que vos pensaras que te había mentido. Recuerdo tus palabras dulces: “Si Diego me hubiera dicho eso, sospecharía pero viniendo de vos que no te gusta faltar nunca, sé que es así, te duele la garganta”. Luego agregaste: “Dame la mano”, te la tendí y bajamos unidas los últimos escalones que quedaban. ¡Me hubiese gustado haber estado en el décimo piso para estar más tiempo tomada de tu mano!

Paula (Martínez, Buenos Aires)

 

57. CARTA A MI MAMÁ

Má:

Te fuiste sin darme  tiempo para despedirte como me hubiese gustado.... Pero te fuiste no sin antes habernos dado el tiempo de fortalecer nuestra relación y permitirme volver a confiar en vos. Casi cuarenta y ocho años juntas. Fuiste la persona que más me cuidó. Me imagino mis primeros días de vida y te puedo ver protegiéndome, mimándome y amándome desde lo más profundo. Lo sé, así lo sentí siempre. 

En este último verano, hace apenas cuatro meses, compartimos una tarde mágica.  Fue un día en que vos me diste la seguridad que necesitaba para poder hablar, libre, sin “controlar” mis palabras. Ese día hablé “sin cuentagotas”. Ese día fue especial; cuando llegué a casa le conté a Carlos lo feliz que estaba. Sentí que era el principio de una nueva relación y sí, eso fue.

Esa tarde tan recordada hablamos de banalidades y no tanto. Intercambiamos recetas de las famosas empanadas de carne de nuestra familia. Me contaste tu recorrido artístico. Hablamos del por qué de muchos de tus cuadros y también soñamos con abrir un emprendimiento juntas... 

¡Te extraño, ma! Muchas veces me encuentro pensando: “Le voy a preguntar a mamá cómo se cocina tal o cual cosa” y ¡puf! otra vez el “recordar” que no, que eso ya no es posible. Sabías cocinar, en dos minutos sacabas platos con un sabor increíble. Tus recetas eran todas a ojo pero siempre salían perfectas. Eras buena costurera y tejedora. Fuiste vos quien le hizo mucha de la ropa a mis hijos. ¡Y los saquitos de lana! Bastaba que te enteraras de que alguien iba a tener un bebé para verte tejiendo. ¡Qué habilidad! Tejías mirando televisión, charlando, a oscuras, en el auto... El tictictic de las agujas chocándose forma parte de mi infancia. Todos recibimos un saco tejido por vos cada invierno, hasta Félix, tu último nieto, que recién ahora está conociendo lo que es el frío y ya tiene su inmaculado saquito celeste.

Eras muy habilidosa con tus manos. Tus cuadros quedaron como muestra de tu pasión por la pintura. Meticulosa, detallista, autocrítica. Siempre una nueva obra y tu firma tan característica. El acrílico fue tu último paso pero arrancaste con lápiz, acuarela, óleo y no sé cuántas otras técnicas más.

Un verano en el sur nos sentamos a charlar en el jardín. Yo estaba haciendo un mandala y dijiste: “No me gusta que me autolimiten, me gusta ser más libre. Los mandalas no son lo mío”.

Sí, en el arte era libre pero en otras cuestiones eras autolimitante, mejor dicho, yo sentía que vos me autolimitabas, o mejor aún, yo dejaba que vos me autolimitaras. Tus posturas y miradas hacia los demás eran rígidas, inflexibles, cerradas. Eso me era muy difícil de entender o de enfrentar, eso era lo que hacía que yo me comunicara con vos con cuentagotas, como decías.

Cada palabra que intentaba salir de mi boca delante tuyo sufría un proceso de análisis, debía fijarme si era adecuada, si correspondía para tus cánones. No me era fácil, ma. No sé por qué serías así. Llegabas a la conclusión de tal o cuál era de cierta manera  y no había forma de sacarte esa idea de la cabeza.  En realidad, era yo quien te daba lugar a eso...

Llamabas a mis amigas por algún “atributo” físico o de la personalidad, ¡eso sí que lo detestaba!. “la culona, la gorda, la morochita, la Charlatana. Eso hacía que yo de a poco decidiera no “darte letra”, así evitaba más y más apodos. 

Otro tema era tu poder de juzgar las acciones del otro como si vos la tuvieras clarísima. “Esto está mal” “Aquella siempre hace tal o cual cosa”. ¡Sí! Todo eso me fue alejando, no físicamente porque siempre hice todo lo posible para estar cerca tuyo pero sí me enfrió, me silenció, “no soltaba prenda”.

Recuerdo que en mi búsqueda de una pareja cada vez que conocía a alguien me preguntaba a mí misma: “¿Qué dirá mi mamá? ¡Sí! Era así y me costó años conocer a alguien que yo sintiera que podía ser de tugusto de mi mamá.... O tal vez empezó a dejarme de importar tanto tu opinión...  En unos días van a ser dos años de estar con Carlos. A él “lo aprobaste”.

En esa última tarde compartida hablamos de él y si bien parecía que lo quisiste, tiraste un par de comentarios no tan fortuitos pero yo pude defenderme, expresarme... Tal vez tenía que lograr eso antes de tu partida.

Escribiéndote esta carta me vino a la memoria que el día anterior a tu operación fuimos juntas a comprar unos regalos para los cumpleañeros del mes. En un negocio de ropa de hombre sentí que le respondiste de manera terminante y despectiva al vendedor. Ahí fue la última vez que pude decirte “Ma, no estoy de acuerdo con tu trato. Ese es tu punto de vista, no el de todos”. Gracias, ma, por esperarme, por no haberte ido sin que antes aprendiera a hablar, a decirte lo que me gustaba y lo que me molestaba. 

¡Gracias por ser mi gran cuidadora y por enseñarme a cuidar y a amar a mis hijos tanto como vos lo hiciste conmigo!

Te quiero y te voy a extrañar eternamente, Pau.

Paula (Martínez, Buenos Aires)

 

56. BUSCANDO RECUERDOS

Busco en la memoria recuerdos. De forma intempestiva, sin orden ni claridad. Quiero elegir algo que esté a la altura y te dignifique, para dejar aquí, por escrito, la mejor imagen que guardo de vos. Debe ser porque fuimos completándonos la una a la otra, o porque más de una vez invertimos los roles, o nos equivocamos y nos dimos nuevas chances. Y me pesa, porque no puedo ver con nitidez y dar un corolario a estos encuentros con vos, desde la palabra.

Sí mamá, algo tengo claro, el amor es un montón de recuerdos apiñados en el alma. Las charlas trasnochadas donde me hablabas de tu niñez, de tu desamparo, de tu hacerte sola, forman parte de ese amor.  Juego por un ratito a verte con ojos de nena y allí estás, en la puerta de la escuela esperándome con una sonrisa tierna y una mano extendida o asomándote a la puerta para controlar que estuviéramos bien, cuando jugaba con mis amigas en la vereda. Estás también con un mate al regreso de mi trabajo, en la crianza de mis hijos, en la preparación de la comida o de tostadas con manteca y azúcar para las tardes frías.Todo ese amor expresado en gestos, como piezas de un rompecabezas, forman nuestra historia.

Y entiendo al fin, ahora con claridad, que tus gestos son pinceladas de amor genuino y que los recuerdos, se rinden ante las palabras que pretenden descubrirlos.

GEN (CABA)

 55. CARTA A MAMÁ

Me paro en la primera parte de nuestra historia, porque desde allí voy a poder decirte algunas cosas que escondí bajo la alfombra. A veces, cuando cambiamos de lugar, es más fácil el perdón y el olvido. Pero para sanar, es necesario ir hasta lo más profundo y, aunque duela, enfrentarse a esa etapa de nuestras vidas. Y allí estoy mamá, llena de miedos y preguntas en el aire. Me hice mujer sin que te dieras cuenta, sin que pudieras acompañarme ni con un gesto. Y allí  andaba, en las casas de amigas, con madres que sí  me amparaban y me decían qué tenía qué hacer cada vez, cada mes, para no mancharme hasta la vergüenza. Seguía siendo la pava, la que no sabía hacer nada bien, salvo estudiar. Sergio me integró a su grupo de amigos, tres años mayores que mi inocencia. Me cuidaban, sí, era la hermanita, pero a veces, me usaban y me tocaban por debajo de la mesa. Yo ni siquiera me preguntaba si estaba bien o mal, dejaba que pasara. Hasta que uno de ellos me hizo su novia. Y digo me hizo, porque enmudecí también el deseo. Y acepté como quien se aferra a una posibilidad sin preguntarme si existiría otra.

Crecí, sin que te dieras cuenta, anoréxica, confundida, sin metas propias. Tuve bastante suerte, me enamoré de quién me eligió antes de que yo supiera que podía elegir. Me entregué por completo a salir de tu vista crítica, de tu comparación dañina, de tus deseos insatisfechos. Y, rodando en busca de amor propio, fui mamá y me juré ser distinta. Y lo conseguí, por eso pude mirarte a los ojos y perdonarte cuando vos pudiste barajar de nuevo y ser la mamá que yo siempre había precisado.

GEN (CABA)

 54. TEMORES

Era primavera. Las mariposas posaban sobre las primeras flores silvestres de la ribera; y los pájaros, colocaban sus trinos por los alrededores, como una nota más de alegría.

Haciendo un alto, para contemplar el callado correr del cauce del río -como golondrina viajera- se agolparon en mi mente cantidad de recuerdos y, en mi divagar, me parecía oír a intervalos, voces de amigas de años idos,  aquellas que, en horas ya desdibujadas por el tiempo, habían formado parte de mi grupo de adolescencia. Seguí caminando y cuarenta minutos después, me hallé en la desembocadura, frente a la inmensidad del océano, y distinguí a lo lejos, algunas naves pesqueras abocadas a su labor.

Acodada en la punta de la escollera y mirando la inmensidad del mar, meditaba acerca de su eterno misterio e incesante ondular de las aguas. En tales cavilaciones vinieron a mi mente, mil recuerdos de cuando mi madre me mimaba, pero también me daba la orden de que no entrara en ese mar de olas voluminosas. A ella nunca le gusto el mar, si yo quería ir a la playa tenía que buscar un acompañante mayor, una tía o un grupo de amigas.

Sin embargo ese mar, su sonido, su aroma y la sensación de estar ahí son cosas que en mis años de adolescente me encantaba disfrutar. Todo podes compartir cuando estás frente al mar. De sólo pensar en él, “ tiene un sabor de sal mi pensamiento…–decía José Gorostiza”  …“¡Oh mar, enorme mar, corazón fiero de ritmo desigual…- decía Alfosina Storni”

El tiempo, que todo lo vence, no pudo librar la batalla a mis recuerdos que se agolpan incesantemente rememorando esa época, donde unos adolescentes inquietos desafiaban ese mar que algunas veces cobraba vidas. Hubo en aquella época tragedias, y profundas tristezas en la que quedaban sumidos sus seres queridos. Por eso mamá nunca quiso que aprendiera a nadar.  Y si bien con mis apenas catorce años me permitía manejar el auto y trasladarme a la playa, era tanto su miedo al mar, que sus recomendaciones y cuidados me atemorizaban,nunca me bañaba en el mar.

Mis padres me daban el auto y con mis amigas de la adolescencia paseaba por ese lugar turístico con belleza naturales, a la vera del Río Chubut, a cinco kilómetros de Playa Unión, un Atlántico de mar abierto con una hermosa playa de limpias arenas y aguas abiertas donde se desarrollaban competencias de surf y pesca de costa, a dos kilómetros del puerto donde se llevaban a cabo avistajes de la Tonina Overa, una de las especies de delfines, donde se encontraban gran cantidad de embarcaciones que salían a diario a recoger los productos del mar, llegando cargadas de langostinos, salmón, merluza y gran variedad de peces. Por las noches disfrutábamos de los pub, boliches y cantinas, una hermosa ciudad de vida nocturna donde año tras año llegaban miles de turistas del país y del extranjero.

Hoy, al haberse extendido el manto del tiempo, entiendo lo difícil que fue en la mente de mi madre, erradicar las tensiones ante el peligro del mar. Y recién después de adulta pude vencer ese temor y aprender a nadar.

Raquel Papaiani (Rawson, Chubut)

 

53. CONFIANZA

Un día muy frío, gris, y lluvioso, hoy mamá me tiene que llevar a la ciudad de Trelew, y no precisamente a pasear, sino a pasar por algo muy feo, que no quiero que llegue.

-  Apúrate a cambiarte.

-  Sí, mamá

Con mucho esfuerzo, me coloco la pollerita escocesa, la blusa, el saquito, y dejo que mamá me coloque las medias y los zapatos. Luego me peina con una sola trenza, me acaricia, y dándome muchos besos me dice:

- No va a pasar nada.

- Tengo mucho miedo, mamá

Papá nos sube al auto, me siento atrás, y en el viaje miro por la ventanilla el paisaje gris del invierno, la lluvia que no cesa, un viaje interminable hasta llegar al Sanatorio, mamá me toma de la mano y con dulce voz dice:

- Vos sos una nena buena y el doctor no te va a hacer doler.

- Tengo mucho miedo, mamá

Se abre una puerta y aparece el médico, muy alto vestido con un guardapolvo blanco, en ese momento me aferro más a mamá y no suelto su mano. Entonces mamá me explica así:

-  El médico te va a poner una máscara de la que va a salir un poco de gas para que vos te duermas un ratito, y una vez que te cure, despertás y nos vamos a casa. Vas a comer helado, te vamos a comprar esa muñeca que tanto te gusta y todo va a estar bien. Andá, hijita, con el doctor.

Las palabras de mamá me dieron confianza porque ella nunca me mentía, y yo sabía lo que me pasaría. Y así fue lo que paso, me operaron de la garganta y sentí que mamá me estaba cuidando en todo momento.

Raquel Papaiani (Rawson, Chubut)

  

52. EL VESTIDO DE UNA NIÑA

Había una vez en un pueblo llamado Trerawson, una mujer galesa, que tenía una sola hija.

Cuando nació la niña, la madre, decidió ponerle el nombre de sus dos abuelas y por eso la llamó  María Rachel, por una abuela italiana y otra galesa.

María Rachel estaba muy contenta de llamarse así, en honor a sus antecesoras, y visitaba muy a menudo a su abuela galesa que vivía en las chacras, y a la abuela italiana en el pueblo, que siempre le hacían algún regalito.

Estas tres maravillosas mujeres: mamá y las dos abuelas marcaron con fuego la vida de Rachel. Todo se resolvía con la opinión de ellas, sus palabras y consejos eran palabra mayor.

Cuando era una pequeña de tan solo siete años la mamá le dijo.

-          Tengo que hacerte un vestido para el cumpleaños de tu prima.

De las manos de mamá podían salir muchas cosas un vestido, una torta de chocolate, un sana sana colita de rana.

Y así, con la ayuda de las abuelas, la mamá estuvo algunos días, confeccionando un hermoso vestido.

Llego el día del cumpleaños de la prima, y mamá vistió a Rachel con ese vestido tan esperado, pero ¡oh, sorpresa!, las abuelas sugirieron, que tenía que colocarse un delantal arriba del vestido para que no se ensuciara.

Fue tal el enojo de Rachel con ese delantal sobre el vestido que no pudo disfrutar la fiesta de cumpleaños.

Y es el día de hoy que aún, aunque pasaron tantos años, vuelve a su memoria ese momento, que empaño la alegría de estrenar un vestido como ella quería, en la fiesta de su prima. Sin embargo mira las fotos del cumpleaños, en las que salió con ese delantal que detestaba, y ve un bellísimo delantal blanco transparente de organza, casi más lindo que el propio vestido. Y da gracia a esas tres mujeres que con tanta dedicación la cuidaron en su niñez.  

Raquel Papaiani (Rawson, Chubut)


 51. CARTA A UNA MADRE                                

Querida mamá, hoy tengo la oportunidad de decirte varias cosas. Lo que más admiré y admiro en vos, desde que me diste la vida, con apenas diecinueve años, fue tu gran corazón, siempre das lo mejor de ti misma, y también tu belleza, tu piel de porcelana con rasgos perfectos, tu aspecto físico que expresa lo más en elegancia.

Fuiste una mamá muy joven que tuvo que luchar junto a papá para criarme. De lunes a viernes trabajabas detrás de un mostrador en la venta de ricas masas, facturas, tortas y esos exquisitos  panes que elaborabas con papá en la confitería. Y cuando llegaba el fin de semana te ibas a bailar con papá, algunas veces me llevaban y como me dormía me hacías una cama con dos sillas. Yo te miraba bailar y eras la mujer más bonita de la pista. Ahora con tus 90 años sigues tan entusiasta por hacer cosas, salir a visitar amigas, realizar viajes y amar la vida como cuando eras joven.

Gracias por transmitirme tu gusto, tu sensibilidad hacia lo bello, eso hizo que se desarrollara en mí el criterio estético. Es muy lindo salir con vos a recorrer la ciudad, detenernos a comprar algo que nos llame la atención. Te encanta entrar a las perfumerías comprar los mejores perfumes y artículos de belleza y en las tiendas elegir ropa de última moda y por supuesto calzar zapatos de calidad,  que combinen con la cartera. Conozco bien tus gustos, el color azul tu preferido. Y después de una compra disfrutar de un buen té gales con masas, en alguna confitería, para comentar nuestras compras y planificar el día siguiente. Estas cosas pequeñas se han incorporado poco a poco a mi vida y me hace feliz compartirlas con vos.

Sos tan coqueta que cuando vamos a las agencias, para realizar viajes al exterior, lo primero que preguntas es, si en el hotel tienen peluquería o si hay una cerca del hotel, tu ritual de ir todas las semanas a la peluquería, es sagrado, muy importante estar siempre arreglada.- Oh mamá, que lindo que seas así! Te amo.

Sacaste lo mejor de ti misma para criarme y darme todo de la manera más bella posible.Hoy a tus noventa años quiero reconocer todas las hermosas cosas que has hecho y sigues haciendo por mí, tus enseñanzas, consejos de cada día, tus cuidados y atenciones que me das.

Me siento una persona afortunada de tener una madre como vos, siempre estás ahí para darme una mano. Te agradezco que me hayas ayudado a criar a mis tres hijos, fuiste la que siempre junto con papá nos disteese apoyo incondicional.

En la cocina sos la mejor chef, esas comidas tan ricas que me seguís haciendo todos los días, zapallitos rellenos, croquetas de acelga, tartas, tortas de manzanas, turrón de avena, arroz con leche y muchas otras cosas deliciosas de la cocina galesa, que tanto me gusta. Todo te sale bien. Tus nietos y ahora los bisnietos siempre te piden esos sabores y recetas que se van transmitiendo en nuestra generación.

Eso sí en las fiestas de fin de año, navidad, cumpleaños, fechas familiares tienen que estar todos festejando y celebrando, nadie puede faltar, todos somos llamados a disfrutar de esas mesas colmadas de cosas ricas.

El día más triste que vivimos juntas fue cuando se fue papá, te quise consolar diciendo que ya estaba muy enfermo, no daba más y que había vivido una linda vida, y con sus 88 años ya era su momento de partir y me respondiste con estas palabras: – “….pero me hubiese gustado tenerlos un poco más”, se me partió el corazón y ahí me di cuenta de lo mucho que has querido a papá.

Te admiro, sabes ser madre, abuela y bisabuela a la vez, conoces los gustos de cada uno y eres capaz de leer nuestros pensamientos. Y hoy estas festejando la llegada de la bisnieta número ocho, y también como no podía ser de otra manera, nos ayudaste a preparar su habitación su cuna, almohadones, vestidos, mantillas… Siempre te gusta regalar los vestidos en los cumpleaños y fiestas de tus nietos y bisnietos, es algo que disfrutas mucho. Todos en la familia te adoran, despertás los mejores sentimientos, sus un canto a la vida.

 Gracias, mamá, por dar tanto amor.

Raquel Papaiani (Rawson, Chubut)

 

50. DESPEDIDAS         

 No sé si hay una edad en que comienza la adolescencia, pero sí estoy segura de que la mía comenzó ese domingo del año 78 cuando papá arrancó el auto destino a La Plata.

Él manejaba callado, un poco serio para lo que acostumbraba, mamá me miraba de reojo preocupada y mi hermana a mi lado, leyendo, ajena a todo. Yo con los ojos de vidrio desbordados de lágrimas que me quemaban la cara. Mi mundo se derrumbaba mientras mi pecho no dejaba de subir y bajar por los sollozos, pero en silencio. Es mi único recuerdo de ese día, tal vez no tan detallado en imágenes pero sí grabado en el cuerpo. En algún momento la ruta 2 se transformó en un túnel por donde yo avanzaba sola, desapareciendo detrás de mí lugares, nombres, amigos, que quedaron cubiertos por una niebla espesa, como la de la rambla cuando patinaba en invierno. Muchos años más tarde me preguntaba ¿dónde van los recuerdos que no quieren ser recordados?, ¿cómo pueden olvidarse nombres, caras, personas que habían sido tan cotidianos?, ¿acaso existe un guardián que los encierra para que el presente no duela l presente?,¿en qué momento decidimos  que es hora de que salgan y vuelvan a poblar nuestros pensamientos? Estas preguntas me las hice de adulta, pero aen mis quince años solo intentaba acomodarme a esa nueva vida con mis recursos que afloraron sin que yo les diera permiso. Porque yo quería estar tan triste y tan sola que obligara a mis padres a volver. Pero las tardes con mis tías, mi mamá y mi abuela, las charlas con mis primas, y las nuevas amigas que aparecieron aun sin quererlo, terminaron de borrar mi niñez, transformándola en un borroso sueño. Éramos un clan de mujeres donde la opinión de cada una valía, hasta la mía que era la menor. Mamá era compañera, confidente y tenía la habilidad de ponernos límites sin que nos diéramos cuenta, aunque una vez me dijo que fui yo la que le había puesto límites con esa seguridad mía que cerraba la puerta a sus intentos de convencerme de algo mejor. Así crecí sabiendo que yo podía superar todo porque ella lo creía y yo lo creí, también.

Compartí con mi madre el amor a los libros y al teatro. Qué lejano parece ese día en que cuando tenía nueve años me llevó a la biblioteca Municipal de Mar del Plata para enseñarme a buscar en los ficheros para  que yo pudiera elegir sola y tranquila.

En La Plata estudió bibliotecología, y trabajó en una biblioteca y así logramos tener el mundo en nuestras manos. Cuando yo salía del colegio, la pasaba a buscar y ella me esperaba con los libros elegidos sobre el escritorio.

En esta etapa aprendí el desarraigo, aprendí a convivir con la sensación de no pertenecer a ningún lugar de lo que tantas veces ella se quejaba, pero a mí me hizo más libre. Pude construir un hogar con Gustavo en Veinticinco de Mayo y puedo pasar unos meses en China y sentirme como en casa. Sólo basta con entender que la familia no es de sangre únicamente.

Hoy pienso en la rueda de despedidas de nuestro linaje y pienso en mi abuelo. Tal vez su decisión de dejar España para no volver más marcó la historia de sus hijas, sus nietos y sus bisnietos. También me veo en mi bisabuela despidiendo a su hijo con esa sensación de que algo se arranca de las entrañas. El mar fue la ruta 2 para mi abuelo, pero el túnel de niebla que borró sus recuerdos fue el mismo, ese mismo que yo recorrí un domingo en el auto y en el que comenzó mi nueva historia.

 Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

 49. EL SECRETO DE MAMÁ

 Hoy, por fin, es sábado. Papá hace ya muchas horas que se fue a la oficina. Tiene la costumbre de levantarse a las cinco de la mañana, tan diferente a mamá que, si yo la dejo, duerme hasta el mediodía. Papá habla y habla todas las mañanas mientras se afeita, pregunta y se contesta a sí mismo, porque mamá duerme, o lo intenta. Yo soy como papá, madrugadora y gallinita, como dice la abuela, el sol baja y me duermo.

Qué lástima que papá no me invitó a acompañarlo a su trabajo. Me encanta atender el teléfono o ir a tasar las casas con él. Me encanta también escucharlo hablar con los clientes mientras recorre una propiedad intentando que la compren.

Los fines de semana son mis días preferidos. Los sábados almorzamos puchero de gallina en Ambos Mundos y los domingos asado en La Esquinita. El puchero a mí no me gusta, pero a mamá le encanta. Ella dice que es igual al que cocinaba la abuela en Salta. El restaurante queda a la vuelta de casa, sobre la calle Rivadavia. Papá sale de la oficina y nos espera allí con el pedido hecho, sentado a la mesa de siempre atendida por mismo el mozo, que le pone más dulce a mi flan porque se da cuenta de que no como nada.

Mientras ellos conversan mirolas formas del humo que sale de las verduras que mamá sirve en mi plato esperando que se enfríen.Mientras, las piso y las separo para que parezca que comí. Aunque nadie me dice nada si no como. Solo espero el momento de ir a la rambla a patinar.

A mamá no le gusta Mar del Plata, la odia. Siempre lo dice, y a míse me clava algo en el corazón porque soy tan feliz acá, cerca del mar. Patinar en la rambla, inflar la panza con aire salado, correr en invierno por la arena es lo mejor de mi vida. Un día le pregunté por qué vinieron a vivir acá. Y la respuesta fue: “por seguir a tu padre”. Y, como tantas veces, vuelve a contarme que le faltaban dos años para ser arquitecta y que en Mar del Plata no dictaban esta carrera, y que cuando sí empezaron a dictarla, ya habíamos nacido nosotras.  No sé por qué no puedo decirle que no me cuente más esta historia que me pone triste.Me da miedo que algún día convenza a papá de mudarnos. Porque papá ya le dijo quesi se va de Mar de Plata, muere de tristeza. Y yo lo quiero a papá, y no quiero que se muera de tristeza.

Por fin papá paga la cuenta y nos vamos a patinar. Hace mucho frío y mamá se queda en el auto y mientras nosotras patinamos papá nos mira sonriendo y dice que está orgulloso porque ya no tiene que llevarnos de la mano.

La niebla es tan densa que cuando me alejo, los demás desaparecen. El mar no se ve, solo lo escucho. Dejo de patinar y me siento en el suelo. Estoy dentro de una nube y no sé si tengo los ojos abiertos o cerrados, porque solo existe el blanco, y el rugido del mar. Mamá, si supieras lo feliz que soy. Los rugidos del mar son cada vez más fuertes, yo grito, y las olas me contestan.

A los lejos la escucho llamándome y vuelo hacia ella patinando y acercándome con los brazos abiertos y una pierna sola, como una gaviota. Despeinada, con mi flequillo al viento y las gomitas del pelo caídas, en este cabello tan lacio que ningún moño se mantiene mucho tiempo.

-¿Qué hacías, Laurita? – me pregunta mamá. Y yo le contesto, casi sin darme cuenta: “pensaba en lo triste que deben ser las personas que viven en una ciudad sin mar”. Me mira, me acaricia la cabeza, me acomoda el cabello y me dice: “Yo pensaba lo mismo cuando vivía en Salta,cómo puede vivir la gente sin estos cerros “ .

Aunque me da pena,me gusta que me haya contado este secreto y le digo: “Pero mamá, estás aquí, conmigo”.

Abrazándome, me dice muy bajito: “Es que una partecita mía quedó allá”. 

 Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

 48. MI MADRE

¿Por qué llorás, Laurita, si yo siempre vengo a buscarte?

Recuerdo esa voz dulce acariciándome la cara. Es que ella no entendía. Llegaba a buscarme a la casa de mis amigas cuando ya comenzaban a cocinar para la cena, a mí se me hacía un nudo en el estómago, me daba mucho miedo y no podía contener el llanto.

El camino a casa transcurría con su explicación repetida mil veces y yo, entre suspiros, asentía acongojada pero ya feliz y segura de tenerla cerca.

Mi mamá era dulce, serena, pensante, controlada, amorosa. Hablaba con una tonada salteña que encantaba a todo el mundo. Era maestra de primer grado y eso me gustaba. La recuerdo preparando trabajos para sus alumnos mientras nos ayudaba con la tarea a mi hermana y a mí. Esas tardes tan frías de Mar del Plata, con el poco sol que entraba por la ventana. me despiertan una dulce nostalgia y una tibieza en el corazón.

Estoy recordando ahora su costumbre de ir a darnos un beso a la cama y taparnos hasta la cara. Ella tenía más frío que lo normal porque venía de Salta, nos explicaba, y agregaba bellos cuentos de su provincia, que mi hermana y yo le hacíamos repetir mil veces. Eran los recuerdos de su infancia, que quedaron en mí como si yo los hubiera vivido.

 Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)


47. CARTA A MI MADRE

Querida mamá:

             Cierro los ojos y nos imagino sentadas en tu sillón. Conversábamos horas sin que los temas se terminaran. Ese juego del living que adorabas porque era del tamaño perfecto y la altura perfecta. Lo retapizabas una y otra vez, porque jamás ibas a conseguir algo igual. Cuando Inés se fue a vivir a tu casa los vendió sin dudar, seguramente porque tenían demasiados recuerdos.

            Creo que nada nos quedó por decir. Tu enfermedad nos dio tiempo para todo. Tuvimos un año para cerrar aquello que todavía estaba abierto. Ya hace trece años que te diste vuelta y te fuiste. Lamento haberte dicho que me dejabas en mi peor momento, que me quedaba sola con los chicos, que sin vos no sabría cómo seguir. Es que necesitaba que me abrazaras y me consolaras, y lo hiciste, aunque casi no podías moverte. Recuerdo tan claro ese momento, quedó grabado en mi cuerpo. También recuerdo que bromeando me dijiste:  "No te preocupes, en un año estarás con alguien que te quiera". Y así fue, mamá, cuánta razón tenías. Vino el amor y el perdón. Con el perdón fui libre, comencé un camino y renací.

            Ahora los años me dejan ver todo con más claridad. Fuiste una buena madre, pero todo lo comprensiva y paciente que fuiste con tus hijas, no lo fuiste con papá. Sé que lo amabas, aunque no alcanzó para perdonarle su error. Y aún así partiste detrás de él.

            Los chicos se fueron, mamá, y estoy en casa comenzando otra vez de nuevo. Pienso tanto en vos. Ahora sé lo que sentiste cuando nosotras nos fuimos y admiro tu manera de llevarlo. Fuimos libres para elegir, pudimos volar sin culpas.

            Las personas que te conocieron dicen que cada vez estoy más parecida a vos. Yo me muestro sorprendida, pero cuando me miro al espejo o me encuentro conversando con los chicos te reconozco en mí. Soy desordenada como vos, se me pierden las cosas misteriosamente y como vos estornudo cuando termino de comer. Recuerdo cómo te reías de cosas insólitas. Eras divertida. Pero también solitaria. Vos decías que con nosotras y tus hermanas no necesitabas amigas. Por suerte nunca pensé lo mismo.

            Caminé mucho en estos años sin vos, mamá. Ya no soy la misma. Crecí mucho. Lamento no haber sido la que soy ahora para acompañarte en tu partir. Me dejaste un gran misterio que fue papá. De a poquito fuiste ocupando demasiado lugar en nuestras relaciones. Pero también aprendí mucho de eso. Y en definitiva, tal vez él no peleó demasiado por su lugar. A esta edad, madre y casada dos veces, y con esta edad, entiendo que cada uno hace lo que puede y que nuestra historia también nos condiciona.

            Antes de despedirme, quiero que sepas que Inés y yo somos hermanas y amigas. Nos acompañamos en todo. Y aunque diferentes, nos respetamos. Te lo cuento porque tu mayor anhelo era que nos mantuviéramos siempre juntas. Y así es.

            Cierro los ojos y te abrazo con el alma.

              Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

 46. LA SILLA HAMACA

Ella está abajo, me pone contenta suponer que nos está esperando. A veces hay un doctor que es bastante amable, dice dos o tres palabras y nos deja solos con ella, pero esta vez veo otra mujer un ninio no puede evaluar esa diferencia mayor que mamá. La otra mujer también tiene el pelo oscuro pero muchísimo más largo y enrulado, y está sentada en una silla mecedora.

 Mi hermano mira la escena con extrañeza, a mi lado en el sillón de las visitas. Ensu mirada descubro que hay algo raro. Ellas, las internas; nosotros, los visitantes. Mi mamá me habla, eso es algo que hacía mucho tiempo que no sucedía. Está diciéndome algo y me mira a los ojos.

- María, vení, te quiero pedir un favor .Atravieso los metros escasos pero infinitos entre el sillón de las visitas y la silla donde mamá se encuentra. Estoy a su lado, puedo sentir la temperatura peculiar de su cuerpo, su aroma. Vos que sos buena..

“Soy buena” según ella (a mi hermano no le dice que es bueno, aunque no sea ni mejor ni peor)

 De todos modos es agradable que me diga buena, hacemos contacto visual por unos dos segundos.

- Mirá, ella es Laura – hace un gesto dirigido a la otra mujer, que se mece en la silla y sonríe, me pregunto si a sí misma, a algo que vio en la pared o a mamá- , no tiene hijos y le gustaría hamacarte.

 Parada en la mitad de la sala, solo soy una nena de siete años.

- Vos que sos buena, ¿te querés sentar en su falda?

 Una muñeca de siete años sube a la falda de la otra mujer no te gusta nás ajena?. La mujer está sonriendo (pero ya sonreía antes) y dice que soy muy bonita mientras me acaricia el pelo.

 Siento que mamá me ha estafado y evito mirarla; mientras la loca me hamaca miro el suelo.

- Quiero peinarla – murmura al cabo de una docena de bamboleos.

 Espío a mamá por el rabillo del ojo preguntándome si se da cuenta que es a ella a quien vine a visitar.

- La dejás que te peine- pregunta en un tono afirmativo que no me deja otra opción que responder:

- Sí

  Los dedos de la otra mujer me pasan por la cabeza, y en el bamboleo ya pusiste bamboleo

metódico de la silla hamaca cruje sobre las maderas de la sala de visitas.

María Zimmermann (Vicente López) 


 45. ENIGMÁTICA

Había en ella algo enigmático que hasta una niña de cuatro años podía notar; como una belleza secreta, quizá secreta hasta para sí misma.

 A mi su luz propia me sorprendía.

Me encantaba mirarla mientras cocinaba para nosotros; el modo en que iba pelando y cortando las verduras para el minestrone. Su sonrisa al ofrecerme una zanahoria o un apio y mostrarme cómo lo roen los conejos.

Sin embargo, no estaba del todo presente.Era como si quisiera regresar a su verdadera vida, al lugar adonde pertenecía que quién sabe cuál era.

 Nos habíamos mudado a Londres y para adaptarnos al jardín, la maestra le había pedido a mis padres que nos hablaran a mi hermano y a mí,  en inglés. A menudo cumplieron aunque sospecho que fue parte de su excentricidad.

 Mi madre a veces se quedaba mirando un punto vacío; otras veces era tan amable y cálida, se entregaba por completo brindándose  a nosotros tres, quizá sin preservar algo que ella necesitaba para sí.

 Vivíamos en una casa grande, con un living en desnivel en el que un día enchufaron una televisión.

 Frente a ese aparato la vi llorar una mañana de verano. Fue cuando el noticiero mostró imágenes del velatorio del Presidente Juan Domingo Perón. A pesar de mis escasos cuatro años, me pregunté qué motivo habría para que llorara por alguien que no era de nuestra propia familia. Y me sorprendí de que papá no la consolara. seguido- Le hace un favor al país porque era un demagogo, comentó papá, y en tono algo burlón que era muy raro en él, agregó , tu mamá es simpatizante. seguido

- Yo no soy simpatizante – protestó ella.

No entendí qué estaba pasando. Ellos no discutían, tenían como pacto mantener un trato elegante o cortés.

 Si mamá se había puesto triste, me dolía que papá se burlara de ella. Mamá era mucho más joven que él, pero parecía haber más diferencia que los diez años que se llevaban. Ella era una muchacha aún y con luz propia, aunque esa luz iluminaba una zona de su ser muy inaccesible para mí.

María Zimmermann (Vicente López


 44. LA PIEDAD

A mamá le había dado por visitar iglesias.

Correteaba con mi hermano por los claustros largos hasta el atrio, espiábamos las estatuas y la espiábamos a ella, extraña y lejana.

 A mí me daban ganas de abrazarla pero no sabía si ella iba a querer, parecía que no.

 Estábamos en un país extranjero, en Italia. Espié a mamá que observando la estatua de una mujer que tenía a un hombre dormido en su falda.Después supe que era "La Piedad" y que el hombre no está dormido sino muerto.

Con mis cinco años, noté un brillo en la mirada de mamá, como un reconocimiento… y supe intuitivamente que ella se sentía en esa situación.

María Zimmermann (Vicente López


43. CARTA A MI MADRE

Mamá:

           Muchas veces me pregunté, ¿por qué? Pero claro, era una niña. Solo pensaba: “no me quiere”. Miro algunas fotos de cuando era bebé (solo tengo dos o tres)…regordeta, cachetona, llena de rulos…¡imposible no mirarme con amor! Esperé y esperé. Años esperé recibir una caricia tuya, una mirada amorosa, una palabra dulce. Busqué dónde refugiarme, quien me escuchara, quien me preparara la comida, quien me lavara la ropa, quien jugara conmigo a las cartas o a los dados, quien trenzara mi pelo largo y hermoso antes de ir al colegio los lunes. Ella me planchaba el delantal blanco con tablitas y me hacía un enorme moño en la cintura, que me convertía en ese instante, en una blanca palomita. Me gustaba eso. Lo necesitaba. Todo lo que vos no pudiste darme, ella me lo dio. No hablaba mucho, era poco cariñosa y bastante ignorante, pero pensaba en mí. Ella estaba ahí. Yo sabía que ella estaba ahí. Las manos de mi madre fueron las manos de mi abuela. Bellísimas manos. Todavía puedo recordarlas. Busqué otra madre, la encontré y por un tiempo, la tuve. Fue ella quien me inculcó el valor del trabajo y el ahorro, el orden, la prolijidad, la limpieza, mirar a los ojos, decir la verdad.

Con el correr de los años y después de que fui mamá, pude entender que el instinto materno no existe… que se puede amar a un hijo, pero también se puede no amarlo. Que es doloroso, hasta que lo hacés carne y lo entendés, buscás la forma de subsistir y te hacés fuerte. Durante mucho tiempo fui débil, muy débil, sumisa, miedosa y vulnerable, y te culpé por todo eso. Deseé muchas veces, con todas mis fuerzas, no haber salido de tu vientre, pero la vida, Dios o no sé qué o quién, me puso ahí. Y ese fue mi gran desafío.

Hoy, después de mucho enojo y tristeza, un gran trabajo interno, afectos que me contuvieron y años de terapia, puedo entenderlo. Comprendí la diferencia entre tener un hijo y ser madre. Cambié pañales, di la teta, lloré de alegría,de tristeza y también en silencio, me asusté, no dormí de noche, acompañé sin dudar y respeté decisiones sin cuestionar. También aprendí a amar profundamente. Todo eso me pasó a mí como madre. Yo elegí serlo, yo quería ser mamá. En cambio, vos, simplemente tuviste una hija. En fin… a pesar de todo, te doy las gracias. Sísí, las gracias. Gracias porque me dejaste ir con tan solo dieciséis años, me liberaste y me convertí así, en una mujer fuerte y transparente, con virtudes y defectos, con grandes valores y principios.

P. D:Pasaron treinta y cinco años y al fin pude contestarte aquella carta que me diste un día, que tantas veces leí y guardé para mí.

 Sin rencor y con lágrimas en los ojos, a pesar de todo, aún a tu pesar.

                                                                                                Tu hija.

Marcela Naón (CABA)

 

42. JUGANDO A LAS ESCONDIDAS

Ya sabía yo que no estarías a mi regreso. No sé dónde fuiste, saliste sin tu bolso.

No me gusta para nada llegar y no encontrarte. Pero esta vez, jugaremos a las escondidas.

Agarro el almohadoncito que me hiciste para los días de las inyecciones.

¿Cuál será el mejor lugar para esconderme? Ya sé, debajo de tu cama. Desde allí puedo ver cuando regresesEstoy debajo de la cama. No puedo entender por qué tardas tanto.

Salgo a espiar por la ventana. Aún no sé muy bien la hora, pero tengo la sensación de que demoras mucho.

Ahí te estoy viendo llegar, es la hora de jugar.

Vuelvo a esconderme debajo de la cama. Me llevo el almohadón para apoyar mi cabeza, así me parecerá menos frío el piso.

Entras. Tengo la impresión de que no te has dado cuenta de mi falta. Escucho que preparas el mate. Yo espero a que preguntes por mí. No preguntas.

Golpean la puerta. Parece que una de tus amigas ha venido a visitarte. Se sientan  una frente a otra. Lo sé porque alcanzo a ver sus piernas.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez… ¡“Salgo”!

No entiendo muy bien de qué están hablando, pero parecen entretenidas.

¿Cómo es que no te has dado cuenta de mi ausencia?

Charlan, charlan y charlan. No sé cuánto hace que estoy aquí. No he aprendido bien la hora.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueves, diez… ¡”Salgo”!

El piso está muy frío. Me estoy cansando de estar aquí. Sin embargo tengo que aguantar. Ver en qué momento saldrás en mi búsqueda.

Escucho que tu amiga pregunta por mí. Me pongo contenta.

-Andará por ahí-respondes.

Tu amiga insiste. Y sales a buscarme.

Me buscas por toda la casa. ¡Cómo lo estoy disfrutando!

No me encuentras y yo no me animo a salir del escondite mientras estés dentro de la casa.

Ahora decides que es tiempo de salir al patio y preguntar por mí.

Yo decido que es tiempo de salir de aquí.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez… ¡”Salgo”!

Voy por la puerta trasera de la casa. Debo asegurarme de llegar al garaje, antes que tú.

Lo logro. Me acurruco en el rincón más oscuro.

Entras. Prendes la luz. “Acá estabas”- dices risueña.

No, mamá, se dice: “pila para todos mis compañeros”

 

“La escritura no es, en la escritura hay.” Carlos Skliar.

 Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)

 

41. LA BOFETADA

Todo está en blanco aún. La pantalla del ordenador aguarda las primeras palabras, las primeras líneas de este relato, y todavía no tengo en claro cómo empezar a hacerlo.

Y no queda claro, porque uno se va habituando a borrar todo lo que hiere. Uno va borrando los lugares donde tropezó, cayó, fue humillada u ofendida. Uno va creando cierta resistencia, porque esa resistencia resulta vital.

Pero hoy debo hacer el ejercicio de recordar. Y recordar, nada más ni nada menos, lo que me enojó de mamá.

 Rebobino la película, una y otra vez, como una manera de aceptar los hechos. Y me encuentro con esto: lo que siempre me enojaba de vos eran esas ansias tuyas de tragarte al mundo y ser feliz. Y ser vos. Y ser quien quisieras ser.

Me enojaba, porque en ese querer ser vos, te olvidabas de mí.

Hace cuarenta y ocho años atrás, en una tarde de junio muy parecida a la del presente, me propinaste una fuerte bofetada. Y si bien fue la primera y la última, dolió.  Dolió mucho. Tal vez aún siga doliendo.

Aquella tarde no parabas de pedalear tu máquina Singer. La obligabas a dar lo máximo de sí. Quizás en la velocidad que le imprimías a tus costuras estabas deseando desaparecer, dejarlo todo atrás, convertirte en otra persona…  Entre hilos y telas, seguro seguías pensando que nada te intimidaría. Ni la calle, ni la prepotencia ajena. Y que nunca jamás se lo contarías a nadie. Después de todo, el silencio era tu mejor arma. Negarlo todo, siempre.

De repente, esa niña impertinente, interrumpió tu huida. Venía a pedirte, con cierta insistencia, que le dieras dinero. Porque al otro día se celebraba a los padres y ella quería agasajar al suyo. Fue entonces que dejaste de coser y te pusiste de pie. Cierta rabia furibunda parecía salir de tus ojos, y entonces sucedió. Por toda respuesta, la niña que fui,  recibió una sonora y fuerte bofetada, más la orden de encerrarse en su cuarto y no volver a molestarte.

Es que el silencio era tu mejor arma.

Creo que vivimos intentando mantener a raya determinados asuntos, de espaldas a la gran verdad del tiempo.

Siempre me pregunté el por qué de aquella bofetada. La primera y la última que recibí de tu parte.

¿Habrá sido un impulso indeseado porque interrumpí tu silencio? ¿Una reacción ante la inevitable realidad de mi existencia? ¿Un acto de revanchismo porque pretendía agasajar a quien vos mal habías elegido?...

Necesité de mucho tiempo vivido para aprender que hay incomodidades que nos sacan de nosotros mismos. Pero me sigo preguntando: ¿habrá sido mi existencia la que te generaba esa incomodidad?

La vida va en serio y es amarga.

En los albores de mis cincuenta y siete años de vida, puedo afirmar que no hay certezas ni verdades que debamos dar por asumidas.

Te extraño. Te he extrañado toda la vida. Hasta es posible que muera extrañándote y pidiendo que me acompañes en ese trance.

Somos extraños a veces… Tengo que seguir adelante, trazando el camino, el lienzo en blanco de los días… Buscando respiros, asideros, zonas de resistencia.

Los años acaban convirtiéndose en un punto de observación y termino entendiendo que no eras tan fuerte como yo suponía.

Te aferraste a mi padre por casi treinta años. Años en los que conversabas con otras mujeres acerca de recetas de cocina, costuras, tejidos, crianza de hijos. Y te sentías a salvo mientras nadie preguntara por la felicidad o temores existenciales.

Después de todo, el silencio siempre fue tu mejor arma. Negarlo todo, siempre.

Somos seres mortales imperfectos. Ante esa realidad implacable, te lo perdono todo. Y cuando te lloro, también me lloro a mí misma, para bien o para malAl final de todo, el amor es lo que queda, lo que importa.

¿Y si no hay amor? ¡Pues te lo inventas!       

No sé si soy una persona triste con vocación de alegre, o viceversa, o al revés. Lo que sí sé es que siempre hay algo de tristeza en mis momentos más felices, al igual que siempre hay un poco de alegría en mis peores días.” Mario Benedetti

 Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)

 

40. LO QUE QUEDA DE ELLOS

Ella era hermosa, fresca, simpática, habilidosa, siempre gentil. Yo admiraba su belleza, su forma de sonreír, su buena predisposición: “sí, cómo no, ahora mismo, que no se diga”.

Aunque debo reconocer que jamás entendí del todo la relación que mantenía con mi padre y sus esporádicas ausencias -que lograban enojarme bastante-. Por suerte, cada vez que ella se iba, estaba Pulica, aquel auto presidiario que había escogido vivir en la comisaría y rogaba a mi padre que no lo liberara. Hoy entiendo por qué: si lo dejaban en libertad, él buscaría huir de la vida a través del alcohol. Ya no tenía familia, su familia éramos nosotros…

Son extrañas las personas a veces, ¿no? 

En fin, Pulica, con su afecto que yo siempre retribuía, lograba ayudarme a que los días sin mamá, dolieran menos.

Mamá era modista y sastre titulada, la primera hija mujer de mi amado abuelo Felipe... (¡Dios!, ¡en cuánto se le parece!)

Se casó con mi padre “en apuros”, quien relata ya estaba en su vientre, y era urgente subsanar ese “pequeño detalle”. El “qué dirán” pesaba fuerte por aquél entonces.

 Y así fue que se convirtió en la mujer del Comisario. Amado y temido por casi todo el barrio Norte.

No tuvo más que una hija: yo.

 Por razones que nunca entendí del todo, la “vaciaron” y ya no pudo concebir más hijos.

Soportó todo lo estoicamente posible un matrimonio en el que no abundaba la felicidad y donde el peso de los reproches se sentía siempre en la espalda. Así que, cuando necesitaba resguardar su alma, armaba un pequeño bolso y se iba.

A visitar a sus padres, afirmaba.

Y me dejaba con papá, porque no había que faltar a la escuela. Y papá me dejaba a cargo de “Pulica” mientras él estaba en su oficina, porque un hombre jamás abandona su trabajo por cuestiones familiares. Y Pulica se esmeraba en las tareas de la casa y siempre me preguntaba qué quería comer. Milanesas con papas fritas era la respuesta recurrente.

Morronga, Pedrito y Terry -mis hermanos sustitutos- aturdían con maullidos y ladridos, la soledad de la espera, y fingían (?) escuchar todos los clásicos literarios a mi alcance.

Cuando se sentía recuperada, mi madre volvía al hogar que mal había elegido. Y yo, volvía a respirar tranquila.  Para soportar lo insoportable, me sumergía en las tareas escolares y en las recomendaciones de la hermana Cristina.

Tiempo después, volvimos a nuestra ciudad natal. Y nos sentimos intensamente libres, las dos… Papá había decidió quedarse en Colón. Lo veíamos cada quince días.

Nos hicimos más compinches que nunca. Era bueno eso de estar siempre juntas, casi todo el tiempo. Mamá ya no viajaba, sus padres vivían a la vuelta de nuestra nueva casa. Redescubrí a mi abuelo Felipe, lo volví a reencontrar. Jamás había podido ir a visitarnos a Colón. A papá no le gustaba.

Y Felipe fue mi papá, o el sustituto del padre que me hubiese gustado tener.

Papá se jubiló y no le quedó otra que venir con nosotras  a la nueva casa. Los dolores de espalda comenzaron de nuevo…

Me casé, huí, lejos, lejos…Sin embargo, no podía dejar de pensar en mamá.

Cuando volví, derrotada, hundida en el fracaso, la complicidad retomó su rumbo. Y a pesar de los rezongos de mi padre, mamá no me falló un solo día. Me apoyó en todo, me devolvió un poco de seguridad.

La vida comenzó a teñirse de otros colores, me daba una nueva oportunidad. Y me la dio en grande, “¡a lo grande!”

Así, sin mucho ruido, la vida me decía: ¡Se puede ser feliz!”, frase que mi madre acuña hasta ahora: “La vida es tan linda”…

Ahora ese chisporroteo de felicidad es recordado a diario. Es la fuerza motriz para seguir.

Han partido casi todos…Sin embargo, yo sigo aquí.

Y sigo con mamá, que es la misma, pero no…Y entonces pienso: que se hace difícil convivir con "el ladrón de los recuerdos".En que no siempre puedo estar en equilibrio perfecto,porque a uno también se le van muriendo cosas por dentro, mientras se cuida a esa otra que alguna vez te cuidó.

 Como pudo, como mejor le salió.

Y se hace pesado tener la certeza de que has perdido la certeza de que alguien “velará” por ti en el “mientras tanto”. Y que ya te has hecho grande y no te queda otra que hacerte cargo de vos, y de los otros…Aunque necesites esa caricia, ese abrazo materno,  ese necesitar escuchar: "La vida es tan linda”…

Y te quedas en el deseo deporque, quien te trajo al mundo por casualidad, accidente, descuido, deseo,ya no recuerda que eres su hija. Es más, por momentos eres su enemiga, su “madre castradora”
Luces y sombras en esto de convivir con el Alzheimer..
Por momentos ríes.Por momentos lloras. Siempre tengo presente que aún vives un poco porque yo te sobrevivo. 

“Nada es para siempre. Ni el helado, ni las películas, ni lo feo, ni lo lindo, ni las hojas de los árboles, ni mamá. Pero yo voy a estar en tu corazón hasta que vos tampoco dures para siempre, pero que estés en otros corazones y así nada muere nunca, algo sigue siempre.”

Sucu Len(Concepción del Uruguay, Entre Ríos)


39. RECUERDO…

Recuerdo a esa mujer tan pequeña y poderosa que acomodaba su silla al costado de mi cama, y fingía una extremada calma ante una hija que padecía neumonía y llevaba varios días de internación.

A mí no me podía engañar. Sabía que aunque aceraba sus nervios, temía perderme. Yo carecía de las fuerzas suficientes como para poder hablarle, pero sabía que nadie como ella interpretaba lo que  trataba de decirle con mis ojos: que sí, que me dolían los pinchazos diarios, sus ausencias inexplicables. Que agradecía su regreso y que permaneciera junto a mí, pues, sin lugar para la duda, su presencia daría lugar a mi proceso de sanación.

Cuando fui recobrando fuerzas logré decirle que la quería mucho y que me gustaría tener una muñeca “patas  largas” como esa que podía verse a través de la ventana de la habitación del sanatorio y que parecía llamarme desde la vidriera de la juguetería de enfrente.

No ignoraba que, seguramente, no habría dinero para esa vana necesidad, sin embargo estaba segura de que ella, con sus hábiles manos, me haría una igual y mejor.

Después de treinta días de internación, me dieron el alta. Y salimos tomadas de la mano y portando en mi otro brazo, la muñeca patas largas que tan hábilmente había creado para mí.

Por largos años colgó de una de las paredes de mi cuarto infantil y cuando cumplí los quince, mis compañeros de curso me regalaron otra muñeca “patas largas” de mayor tamaño. Las dos acompañaban la soledad de la infancia. Y ahora que lo pienso, no sé por qué me gustaban tanto.

Quizá constituían una metáfora de lo que sería mi vida a lo largo de los años. Y sí, necesité de “patas largas”. .., muy, muy largas para sobrellevar los obstáculos que indefectiblemente nos presenta la vida. A todas y a cada una.

Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)


38. FIESTA DE 15

Hoy en día las cosas son muy distintas, pero en la época en que yo era adolescente, las madres soñaban con festejar los quince años de sus hijas en un gran salón, con un vestido pomposo y toda lo que yo, en ese entonces, consideraba una sarta de pavadas,

 La mía no era la excepción. Desde que cumplí los catorce preguntaba una y otra vez qué querría hacer cuando llegara ese día. Frente a mi negativa de festejo, seguía insistiendo, aduciendo que me iba a arrepentir si no lo hacía. Cuanto ella más insistía, menos quería yo festejar nada. Rebelde sin causa, me negaba sistemáticamente a ser la protagonista de semejante evento.

Siempre tuve perfil bajo, de hecho, nada que me hiciera exponer frente a otras personas me generaba comodidad, ni siquiera apagar las velitas en el comedor de mi casa.

Es más: amaba cumplir los años en febrero. Era imposible festejar en pleno verano. Todo el mundo se iba de vacaciones, inclusive mi familia y yo. Es más, los odiaba cuando en el restaurante que eligiéramos para cenar ese día, aparecía el mozo con una velita en el flan o en un alfajor y todo el restaurante en pleno cantaba la tradicional canción.

Vaya a saber por qué, pero mi zona de confort era el anonimato.

No sé si lo disfrutaba. Pero no lo padecía. Que me miraran, siempre me resultaba incómodo.

Eso duró muchos años, supongo que hasta que, ya adulta, empecé a quererme y valorarme más.

Volviendo a la época en que mi madre lamentaba no agasajarme como imaginó toda la vida, fue pasando mi segundo año de secundario y ella fue abandonando su ilusión.

Contrariamente a lo que a ella le pasaba, a mí empezaba a inquietarme la idea. A medida que asistía a las fiestas de mis compañeras, el bichito de la motivación crecía. La mayoría cumplía los quince antes que yo y, con cada invitación, todos los preparativos de vestimenta previos a los eventos, las fiestas y todo lo que sucedía en la escuela después de cada una, era casi imposible no entusiasmarse. Llegando a diciembre, ya estaba decidida: quería mi fiesta.

Imaginen la cara de mi mamá, el día que le dije que había cambiado de opinión, a menos de dos meses del dichoso día.

Llegó la frase que esperaba: ¡Te dije que ibas a arrepentirte! Pero inmediatamente después comenzamos a hablar durante la cena, sobre cómo podíamos resolverlo, teniendo en cuenta que no había tiempo suficiente para conseguir salón, ni presupuesto para una fiesta de ese tipo.

Y fue lo mejor que pudo pasar. En menos de tres meses, festejé mis quince años en mi casa, arreglada y decorada para la ocasión. Papá se ocupó de pintarla  a nuevo. Mamá organizó todo: con hermosos arreglos florales, las mesas se ubicaban por todos los rincones. El disc- jockey, dentro de la piletita de natación, que oficiaba de cabina para los equipos de música y contenía grandes barriles con hielo, en donde se guardaba la bebida.

 Los jóvenes bailábamos debajo del quincho de paja del patio y la familia se ubicaba en las mesas dentro y fuera de la casa. Hasta en el largo pasillo que llegaba a la calle hubo gente toda la noche.

Lejos de lo que hasta yo misma podía preveer, decidí hacer mi entrada triunfal. Y sí, ahí estaba yo, bajando la escalera que unía las habitaciones con el comedor, mientras todos aplaudían y sacaban fotos. Eso sí, nada de vestido largo, solo un solero blanco con varios volados y apenas un par de hebillas en el pelo. El vals, sí. No sé si quería bailarlo pero lo hice, tal vez para no negarles ese momento tan especial a mis padres.

No habrá sido como mi mamá y mi papá lo habían soñado, pero sé que fueron felices esa noche.

 El gran esfuerzo que realizaron esos meses había valido la pena.

Yo también fui feliz. Estaban casi todas las personas que quería. 

Rara sensación sentí cuando mi hija desde muy chiquita decidió que iba a querer fiesta de quince. Con salón, con vestido largo y con todos los chiches.

Estoy segura de que fue tan feliz como lo fui yo en mi fiesta sencilla. Porque ambas, lo que más valoramos, fue tener en un mismo momento y en un mismo lugar, a nuestras personas queridas.

 Sí, casi. Pareciera que festejar los quince no fue la única tradición que compartimos.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

37. RUPTURA 

Estoy en el patio jugando con mi hermano Hernán. Él tiene cuatro años. Yo, nueve.

Primero preparamos comiditas con hojas robadas a las plantas de mamá, usando la batería de cocina, la cocinita y la heladerita que me regalaron mis abuelos. Son iguales a las de casa pero chiquitas.

Mientras la comida se hace, jugamos a los autitos en la pista de Hernán porque ese es el trato. Un rato al juego de cada uno.

Suena el timbre, mi perra Canela sale corriendo por el pasillo largo hasta el portón de la calle. ¡Es mi abuelo! ¡Qué raro! Mamá no me dijo que iba a venir.

Salgo corriendo detrás de mi perra, con mi hermano atrás.  Abrazo a mi abuelo fuerte, fuerte y volvemos al patio, uno de cada mano.

Mientras caminamos hacia el fondo, él nos cuenta que hoy mi primo  cumple once años número y que nos viene a buscar para ir a saludarlo. Mi hermano y yo festejamos a los gritos, porque no vamos muy seguido a su casa. No sé por qué, si todos los chicos juegan siempre con sus primos…

Al pasar por la puerta del living, mi mamá espera y saluda muy seria a su papá. Nos pide que volvamos a jugar porque ellos necesitan conversar solos.

Todo es muy raro. Mamá adora al abuelo. ¿Por qué lo mira así con esa cara seria y esa mirada enojada?

Le pregunto a mi mamá si nos vamos a cambiar de ropa para ir al cumple de mi primo y ella me dice que no.

Volvemos al patio, pero yo ya no tengo ganas de jugar, a pesar de que Hernán insiste. Él es chiquito y no se da cuenta de que algo raro está pasando allí adentro.

Me siento en el umbral del living y trato de escuchar lo que dicen. No puedo entender y encima Hernán me llama a los gritos para que vaya de nuevo con él.

Vuelvo triste al patio porque los oigo discutir, pero no llego a entender qué dicen.

De repente escucho la puerta del living que se abre. Mi abuelo nos besa a los dos y se va.

Lo veo recorrer ese pasillo largo que nunca me había parecido tan largo como hoy.

Él está triste. Mamá está triste. Yo también. Hernán juega.

Me acerco a mi mamá. Su cara es la más seria que yo le vi alguna vez.

Llorando le pregunto a mamá por qué no nos dejó ir al cumpleaños. La respuesta fue Cosa de grandes. Esto es entre tus tíos y yo.

Cosa de grandes, claro…

Pero mi primo y yo somos chicos. Y no tenemos la culpa de las cosas de los grandes.

Hoy es uno de los días más tristes de mi vida.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

                                                                                                          

36. CARTA A MAMÁ

Mamá…

Solo cuatro letras que encierran tanto.

Cuando escucho hablar a los demás de vos, puedo percibir la admiración que provocaásen ellos. Sean tus amigos, los míos, compañeros de trabajo o simples conocidos.

Tu andar, tu presencia, tu paso firme, tu seguridad frente a las decisiones, tu manera de afrontar la vida,todo pareció ser perfecto.

Una perfección que vos te obligaste a mantener, dejando poco lugar para las equivocaciones, mucho menos para reconocerlas y ni hablar de pedir disculpas.

Tal vez necesitaste construirte esa armadura para protegerte de tu propia madre y demostrarle de cuánto eras capaz. Para mí, mi abuela fue la mejor. Pero vos te sentiste dejada de lado por ella, competiste toda la vida con tu hermana y, finalmente, conseguiste demostrarle que podías lograr mejores cosas que ella.

Ese sea, tal vez, el motor que te impulsó a demostrarte a vos misma y a los demás que vos también podías brillar. Y ya lo creo que lo hiciste. En la profesión y en la vida.

Esa misma admiración que sienten todos los que te conocen es la que sentimos siempre tus hijos.

Porque ni el cansancio, ni la distancia te impiden estar siempre presente.

Porque nunca pusiste el pie a nuestros proyectos, sino por el contrario  nos tendiste una mano.

Porque siempre le pusiste el pecho a las dificultades. Porque transformaste la discapacidad en oportunidades.
Porque cuando la vida te sorprendió de la peor manera, una vez más nos diste la más valiosa de las lecciones: saber que uno siempre puede más. Hasta el cáncer se rindió a tu fortaleza.
Porque nos enseñaste que los años no hacen perder la iniciativa, sino todo lo contrario. Que tener sueños es mantenerse vivo.Y concretarlos es alcanzar la felicidad.

Siempre fuiste una mamá afectivamente distante pero amorosamente presente. Las demostraciones de afecto nunca fueron tu fuerte. Tal vez no te las enseñaron, tu mamá nunca fue demostrativa y, lejos de revertirlo, copiaste ese modelo. Si hay algo que podría reprocharte, es que no lo hayas intentado.

Los abrazos reconfortan, los besos hacen el camino más fácil, las charlas con el corazón en la mano logran la comunión de almas. No supiste hacerlo. No te enseñaron. O sencillamente no pudiste.

Hubo un día en que, de algún modo, a tu manera me pediste perdón por eso. Me dijiste en una tarjeta de cumpleaños algo así como: “Hoy, que le doy a tu hija todos los besos que a vos te faltaron”. Y yo, llorando, lo tomé como un pedido de disculpas. Desde tu manera orgullosa de hacerlo, pero reconociendo por primera vez, la distancia física que siempre tuvo nuestro cariño. Tengo que reconocer que me gustaría desandar ese camino. Que cada tanto lo intento. Que te abrazo fuerte, fuerte, cada vez que nos reencontramos cuando alguna de las dos recorre los cuatrocientos kilómetros que hoy nos separan. Pero que el abrazo espontáneo o el “Te quiero” siguen siendo una materia pendiente.

Será por eso que en mi relación con mi hija abundan. Ya tendrá que hacer terapia por exceso quizás. Pero prefiero que le sobre y cargar con la culpa de eso, a que tenga que hacerlo por haber sentido en ocasiones esa “falta de mamá”.

Siempre fuiste la que puso los límites y papá se encargaba de flexibilizarlos. La rectitud siempre fue tu fuerte. Es el rasgo que más admiraron dentro de tu profesión. Tenías una presencia que imponía autoridad y despertaba respeto. Como maestra, como directora y también como inspectora. No fue fácil para mí entrar al mundo de la docencia en el mismo distrito en el que habías desarrollado casi toda tu carrera. “Ser la hija de”, , no fue nada fácil de llevar. Debía ser casi perfecta como ellos te veían a vos, simplemente por llevar tus genes en la sangre y en la cara.

No puedo negar que tu fama me hizo sentir muy orgullosa de vos pero a la vez me quitaba toda posibilidad de fallar. Mucho tiempo tuvo que pasar y mucha agua correr bajo el puente, para que yo aprendiera y le enseñara al resto, a conocerme y respetarme, simplemente por ser quien soy.

El tiempo pasó y tuvimos la suerte de trabajar juntas por unos años. Fue cuando más tiempo compartimos. Volver a vernos todos los días, organizar tareas juntas, chocar muchas veces, como siempre nos pasa cuando cada una quiere imponer su voluntad, pero también aprender…Aprendí mucho de la gran profesional que fuiste. Y pude entender que tu fama era bien merecida y tu autoridad muy bien ganada. Hicimos un gran equipo de trabajo.

Me dio mucha tristeza cuando decidiste retirarte definitivamente, pero nada me podía hacer más feliz que ver que , por fin, papá y vos iban a cumplir su sueño de juventud de vivir en la playa. En ese bosque del millón de pinos en el que, con tanta ilusión, compraron el terreno cuando eran jóvenes.

Hoy los extraño mucho, muchísimo. Pero saberlos felices y unidos es lo que se merecen después de toda una vida de esfuerzo y trabajo.

Estar viviendo a cuatrocientos kilómetros de dos de tus hijos y mil doscientos del otro, te ubicó más lejos en el mapa, pero tal vez nunca estuviste tan cerca nuestro y de tus nietas como ahora. Sos de esas madres que no permitieron que los años les quitaran las ganas de aprender. Y te atrevés al celular, a las redes, a las videollamadas. Cualquier medio es bueno para estar cerca, muy cerca. Y esta cuarentena llegó para enseñarte a expresar lo que tan pocas veces dijiste: “Quiero abrazos”. “Los extraño”. “¿Cuándo nos conectamos?”.

Y, como siempre, seguís siendo el puente en la comunicación con papá, que es puro corazón, pero como buen hombre nacido en el campo, de tomar la iniciativa y demostraciones de afecto ni hablar. A pesar de tener el corazón más bueno y generoso que conocí en mi vida, nunca saldrá de él la iniciativa de una llamada ni de una visita. Apenas podemos mantenerlo sentado en una sobremesa o frente a la pantalla en una videollamada. Me divierte ver cómo lo peleás por eso. Como si a los ochenta y cinco años se pudiera cambiar. Los diez años que los separan hacen que a veces pierdas de vista que, si bien él está impecable, los años vividos hicieron mella.

Ambos deben sentirse orgullosos de la familia que formaron y de todo lo que lograron en la vida, aunque esta haya sido bastante injusta con ustedes en algunos tramos del camino.

Que mis hermanos y yo seamos personas de bien y prioricemos la familia siempre, es la mejor herencia que pudieron dejarnos.

Decirte te quiero por escrito siempre me resultó más sencillo. Ojalá pronto pueda decírtelo en persona, cuando, por fin, este virus permita que nos volvamos a abrazar.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

             

35. UNA ANÉCDOTA

Es una mañana de fin de semana. Me levanto y veo que mi mamá no está en casa, supongo que está haciendo una compra. Prendo el televisor solo para que pase el rato, entonces los segundos se hacen minutos y los minutos horas. Me agarra un escalofrío y empiezo a sentir la ausencia, me siento sola y tengo miedo . Mi hermano ya está despierto y como loca le pregunto ¿Dónde está mamá?, ¿dónde está mamá?.

Tremendamente angustiada me pego al vidrio de la ventana del departamento y veo una desolación total y siguen pasando los minutos. La situación se pone aterradora y le sigo preguntando a mi hermano dónde está mamá con lágrimas en los ojos. Me aterra que sufra un accidente, que alguien se la lleve, que se olvide de nosotros, que me deje abandonada… Sigo pegada a la ventana.

De repente pasa una vecina, abro la ventana y le pregunto llorando: ¡Señora!, ¿no vio a mi mamá? Ni sé qué me contesta, tal vez me calma, tal vez se ríe. La vereda sigue desolada para mí, y le sigo gritando a los vecinos que pasan ¿vieron a mi mamá?. Siguen pasando las horas, hasta que por fin llega y me abraza, se ríe, está acalorada y nerviosa porque sabe que no soportamos quedarnos solos.

 Creo que la tremenda angustia venía porque no sabía nada de mi papá –él seguía viajando-; mi abuela estaba ocupada en perseguir a mi abuelo; y mi mamá me había contado que un día que estaba caminando haciendo compras, la guerrilla estaba en el barrio a los tiros con la milicia, y que las balas le pasaban muy cerca. Entonces el miedo a la muerte –y al abandono- se habían apoderado de mi ser.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


34. CARTA A MAMÁ

Querida mamá:

No encuentro grandes recuerdos en mi memoria, tal vez porque fueron muchos y muy variados, tal vez porque vivir el presente es algo del mundo contemporáneo y se borran fácilmente, o tal vez porque son demasiado dolorosos.

Eras una mujer clásica, de apariencia correcta y fuerte, con la frente en alto. Sencilla, limpia y además, una apasionada de la política, la realidad y el deseo de un país esplendoroso. Siempre admiré tu fuerza,   entereza y valentía… yo te amaba. Éramos casi simbióticas. Nos veo disfrutando del ballet, yendo de vacaciones y mirando tu novela preferida; durmiendo la siesta con vos, cocinando ñoquis y zapallitos rellenos. Siempre dijiste que mi llegada fue como un amanecer en tu vida y la de papá. No sé cuándo cambió ese sentimiento, cuándo comenzó a construirse el muro entre nosotras, llegué a tenerte mucha bronca, y más aún cuando me desilusionaste y descubrí cosas que nunca hubiera imaginado.

Me hizo mucho daño tu abandono. Sé que era por Dani y su estimulación, pero me dolió cuando descubrí en terapia todo lo que provocó haberme dejado sola a los tres años, sentada en la sillita de mimbre frente al televisor, varias veces.  Más tarde me sumergí en la imaginación, la música y las historias fantásticas huyendo de un padre ausente de quien también sufrí profundamente su abandono.

Ese enorme muro que se creó entre nosotras fue al llegar mi adolescencia, creo que me detestabas por ser una hippie rebelde que salía con sus amigos y no quería regresar a la casa. Me manipulaste, me controlaste y me tenías bajo tu mandato, hasta que conocí al que fue mi marido, quedé embarazada y nació la personita que salvó mi vida.

Nunca pude decirte “te quiero” porque fuiste violenta y descalificadora. Me desilusionaste como mujer cuando me enteré que papá amenazó con dejarte y vos lo agarraste de las piernas y le suplicaste que se quedara, además le perdonaste sus infidelidades. Siempre detrás de un acto bueno tuyo había uno desagradable: Fuiste una excelente abuela, pero te nublaba una competencia inexplicable conmigo por tener hijos tan hermosos y de ojos claros; fuiste una guerrera defendiendo los derechos de las personas con discapacidad, pero mostraste desinterés en mi música, mis viajes y mis sueños, los cuales siempre derribabas.

Muchos años de terapia me llevó compensar ese abandono emocional que sufrí pero pude reconciliarme con vos a los cincuenta años cuando me di cuenta el gran trabajo que habías hecho con Dani,empecé de a poco a derribar el muro y pude perdonarte.

Te quiero, mamá.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


33. MI MADRE

No tengo muchos recuerdos de mi madre. Aunque ella está viva aún, no me gusta hablar mucho del pasado, creo que enterré muchas cosas.

Mi madre se llama María Eugenia, tiene 87 años y es una mujer que ha sufrido mucho en su vida ya que su primer hijo nació con Síndrome de Down hace 57 años. De una buena familia, aunque muy conflictiva, heredé su amor por la política, ya que su padre fue Senador Nacional, y a la vez, eran personas con una obsesión por la perfección por lo tanto el nacimiento de mi hermano Daniel fue doloroso para todos.

Lo que conozco de mi madre es su gusto por la belleza. Le encantaba confeccionar vestidos y disfraces para diferentes ocasiones. La recuerdo descosiendo su traje de novia para hacerme a mí y a mis primas unos vestidos de hadas para los carnavales de 1972, cuando yo tenía seis años. Eran perfectos, de tafeta y tul blancos, lentejuelas plateadas en los bordes, un bonete de cartulina blanca forrado con tul y brillantina, con una estrella plateada en la punta, y una varita mágica. Recuerdo que se quedó despierta toda la noche y sé que era terapéutico para ella. La noche siguiente me vistió, me peinó a la perfección, todo estaba limpio, pulcro y sin ninguna arruga y me maquilló. Pero como yo era una niñita de mal carácter no la pasé muy bien. Adoraba disfrazarme pero tenía rechazo a los desfiles de carnaval porque me parecían violentos, tumultuosos, la ropa me incomodaba, el bonete se me caía y el pelo se me iba a la cara; estuve todo el tiempo lloriqueando y quejándome de la situación.

Ahora, después de tantos años, la veo a mi mamá en ese momento y tantos otros cuando confeccionaba mis trajes para actuar en los actos escolares en los cuales me elegían para bailar en todos y ella se buscaba el tiempo para diagramar, cortar y coser. Siento que el haber deshecho su vestido de novia fue algo muy generoso de su parte, y ahora comprendo que fue una forma de expresar sus sentimientos, como lo hace en el presente.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

32. PRIMER SUELDO

Cuando cobré mi primer sueldo fui con mi papá, mis hermanos más chicos, Silvia y Julio, a la ciudad para comprar ropa. Ese momento fue maravilloso, los cuatros juntos, agarrados de las manos paseando, sonriendo, charlando, fuimos a comer pizza ¡Qué lindo la pasamos! Mis hermanos mayores, Alcira y Mari, jóvenes formaron pareja, José estaba en Mendoza por trabajo, la ausencia de ellos se extrañaba muchísimo, muchas veces me preguntaba ¿por qué mi familia se  destruyó? No me animé a preguntarles a mis padres ¿qué les pasó?, ¿por qué se separaron? Con el tiempo sentí la necesidad de ir en busca de mi madre. Por medio de un familiar di con su dirección. Cuando la encontré sentí mucha alegría, ¡después de tanto tiempo! Me abrazó fuerte, acarició mi cara, me hizo una rica comida, salimos por la ciudad a pasear ¡Me sentí feliz de tenerla conmigo! Con el tiempo llevé a mis hermanos. La sonrisa de alegría que descubrí en su rostro cuando los vio y los abrazó; mis hermanos, felices. ¡Qué momentos lindo pasamos! .Mi niñez y mi adolescencia fueron de mucho sufrimiento. Rememorando estas vivencias, sin embargo, salieron recuerdos felices que tenía escondidos. A mis dos padres les estoy agradecida por no enseñarme a odiar,ni a tener rencores. Jamás los escuché quejarse de sus padres, a pesar de haber tenido una infancia peor que la que tuvimos nosotros, sus hijos. Sé que hicieron lo que pudieron. De mi parte les digo que fue muchísimo. Los amaré por siempre.

Gladys Yapura (CABA)


31. A MAMÁ

Lo que me quedo por decirte: te ame, Julia, fuiste una gran madre; alegre, exigente, jodida cuando te enojadas. No te pregunté por qué nos dejaste a mí y a mis hermanos cuando yo tenía siete años. A mis nueve años me marco más el dolor por no tenerte. Cada fin de semana te esperaba con ansias; era feliz por tenerte de vuelta. El lunes era tu partida, mi corazón sangraba de dolor. Cómo te necesite, mi querida Julia, lloro por no haberte dicho que te amaba. Te amé. Estuve enojada contigo pero jamás te odie.

Estoy jugando con mis hermanos bajo el níspero. Siento que me pegas con una varilla en las piernas. Grito del dolor, lloro, me enojo. Te digo ¡mala, fea, tonta! Te enfureces. Venía hacia mí nuevamente. Corro alrededor del níspero. Gozo al verte enojada.

Gladys Yapura (CABA)


30. RECUERDOS CON MAMÁ

 Mamá:

             No es sencillo hablar de vos a través de un recuerdo concreto de aquel tiempo vivido en mi niñez, solo me viene a la mente, en este momento, una imagen, una fotografía, vos…sentada en la hamaca, en el patio de casa, pensativa, con el brillo del sol iluminando tu pelo castaño…con tu mirada perdida…quién sabe dónde mamá.

            Allí sentada, con tu sweater rojo, tus jeans y tus alpargatitas negras,no te veía feliz, yo te miraba desde la ventana que daba al patio, y quería estar con vos, entonces iba a decirte que quería que jugáramos, y vos con una sonrisa me mirarías y me dirías:

-¡Claro!, vamos a jugar a las canciones.

Y yo cantaría: -Mambrú se fue a la guerra, chiribín chiribín chin chin, Mambrú se fue a la guerra y no se cuando vendrá…¡ah, jaja!, ¡ah, jaja!

          Canciones que me habías enseñado: La farolera, Puente de Aviñón. Yo cantaba y vos me grababas en esos cassettes, ¡cómo te gustaba grabar!

           Yo estaba siempre tranquila con vos, mamá, me sentía cuidada y muy querida, a pesar de tus ausencias.

Magui Solda (La Plata)

 

 

29. CARTA A MI MAMÁ

Mamá:

Qué difícil es escribirte una carta en estos tiempos en que solo intento cuidarte a la distancia, aunque a veces se me sale la “chaveta” y no lo hago, sobre todo cuando te hablo de mis preocupaciones y esas cosas. Después me arrepiento, ¿viste?

¿Sabés que no puedo pensarte desde otro lugar que no sea el miedo o la culpa, mamá? Siempre miedo a que te mueras o a que te pase algo, siempre culpa por no poder ayudarte.  ¿Sabés que no pude nunca hacer mi vida tranquila, mamá? Siempre tu sombra detrás… pasándome factura, o marcándome lo bueno y lo malo.

Yo te contaba todo de chica, sobre los pibes que me gustaban y mis historias de amor. Vos solías escucharme y entiendo que era difícil sostenerme porque yo…nunca estaba feliz …me enamoraba de los imposibles….

              Cuando tuve mi primera relación, mi primera vez, a los dieciséis años, te lo conté llorando y con mucha culpa porque tenía que ser virgen hasta matrimonio, ese era el mandato. Vos me  dijiste para consolarme que no importaba,  que hiciera de cuenta que no había pasado, que no tenía que contárselo a nadie y si ese chico-que era por cierto mi amor- le contaba a alguien sobre ese encuentro iba a ser la palabra de él contra la mía, porque yo lo iba a negar.

Sin dudas así lo hice, mamá, yo era obediente, aunque obedecer tuvo su costo por supuesto, un costo que aún me pesa en el alma.

              Me hubiera encantado que me abrazaras y me dijeras que me había pasado algo normal en la adolescencia, me hubiese encantado que me hablaras de la sexualidad de una forma diferente, pero vos no me hablabas de esas cosas, porque el sexo era una mala palabra.

¿Sabes que nunca disfruté de mis relaciones sexuales, mamá, qué “cagada”, ¿no?

Y otra cosa, era tanto el rechazo que le tenías a papá que yo nunca pude quererlo, porque vos no lo querías, yo también lo rechazaba, ¿sabes?, por supuesto que me hubiera encantado que me mostraras que el amor era posible.

             Hoy, a la distancia, qué puedo decirte, mamá….que la carga de mi vida es muy grande. Yo te escucho,siempretus palabras, mamá,(no abuses de los ...)tus quejas, mamá….que te dejamos sola…que ninguno de nosotros te ayuda…..Mami, se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en vos…No puedo cambiar la historia, mamá, para recibirme y quedarme con vos en Guale, para acompañarte  en tu triste soledad y ayudarte en este tiempo de pandemia…No sabés lo mal que la paso cuando no te veo conectada en el wapp desde hace varias horas…el miedo, má, a que te pase algo…

           Yo me pregunto por qué no lo hice, por qué no volví…y lo más triste es que creo que también fue por vos que no lo hice, pero en esa parte de la historia trastabillo, no hago enlace… no sé bien por qué no volví... 

            Que papá se muriera de una forma trágica fue un golpe tan duro que nos desorientamos todos y cada uno siguió como pudo…creo que a mí me costó más porque no había cumplido el mandato…me llevó un año y lo logré, me recibí de Psicóloga en el año 2000, pero no te pusiste contenta, y yo ni sé qué sentí…

           Ojalá, mami, que te puedas encontrar a vos misma y que logres disfrutar de tu soledad en estos tiempos de crisis, que aprendas a conectarte con la vida y no tanto con la muerte y que puedas soltarnos a nosotros tres porque creo que si no nos soltás nosotros tampoco lo vamos a poder hacer…Yo te quiero mucha mami…y vos lo sabés….

Magui Solda (La Plata)

 

28. CARTA A MI MADRE

            Querida Mamá:

                                   Recuerdo aquellas cartas que te escribía de niña, compulgida angustiada ,para pedirte perdón.

Siempre sentí que te debía algo, que tú eras mi madre y con eso bastaba para justificar tus indiferencias y agresiones. El control era una de tus acciones favoritas, el cual ejercías como soldado vigilando en la trinchera.

Te hemos aceptado así, justificando tu comportamiento por tu gran cansancio, del que   siempre te quejabas.

Sé que mis cartas te hacían llorar,afloraba en ti un sentimiento de angustia , ¿cómo resolverlo?; todavía recuerdo a mi hermano diciéndome una y mil veces ”no le escribas mas cartas a mamá , la haces llorar”, y como yo siempre desobedecía.

Tus hermanas, testigos de tu crianza, esbozaban una leve compasión hacía mí, pero tu habilidad de gran manipuladora,enseguida conseguías en mí que entrara en categoría de culpable

Solían decir las tías:  "elegiste la tela más cara para tu vestido de 15 años, pobre tu mamá", "cómo lloró cuando el médico le dijo que tenía que hacer rehabilitación en mis pies, "pobre, estaba muy cansada" . Siempre pobre.

Y sí, tu pobreza de recursos, heredada o no , no podía construir en vos una madre más afectuosa.

Irme de casa fue un paso, alejarme de tus palabras, toda una vida.

He tolerado muchas cosas, ya que estaba entrenada para resistir golpes y desplantes A ti, mi madre, le concedo este Testamento, te dejo mi última carta, aprendí que muchas cosas que me dijiste no eran verdaderas, y que con lo poco de afecto y amor que me diste, pude querer y amar y ser querida y amada.

Mi herencia, mis libros, mis escrituras y amigas eternas , ellas te ayudarán.También te lego a India una perra callejera, lista e inteligente ,para que pueda encontrar en ti el refugio que tú no me diste.

Quisiera una corto velatorio, apenas unas horas, tengo la sensación de que uno se despide todos los días,tendrás la fortaleza de afrontarlo y por favor te pediría que me cremen y, como mujer romantica que soy, que tiren mis cenizas al mar, con flores blancas y una hermosa canción de despedida.

Todo va estar bien, tu vida y la de los demás continuará y encontraran una explicación para tal desgracia.

Por último quiero que sepas que me voy con el alma llena de hermosos momentos, de lucha y pasión por mi existencia, agradeciéndote que me hayas dado la vida.

He aquí mi testamento, pero como siempre tú harás, madre, lo que,determines.

Amorina Márquez (Mar del Plata)

 

27. CARTA A MI MADRE

¿Sabías que tu nombre  tiene origen griego y significa mujer fuerte, de linaje poderoso, con fuerza y poder?,¿de dónde vienes?, ¿a dónde has llegado? ¿qué nos has heredado?

Tu linaje, mi linaje, se compone de caminos, esfuerzos, luchas, silencios, misterios, lágrimas. Una epifanía que está, así como azarosamente tejida con un lazo que libre se mueve con el viento, recorre campos, sube a la copa de los árboles, se moja con la lluvia serena y despierta con el rocío de la mañana.

No quiero heredar de vos la amargura de tu mirada cansada, tus enojos y juicio crítico. Tú forma de herir con frases con doble sentido. Siempre traté de llenar tus expectativas sobre mí, buscaba recibir una felicitación por el logro en la escuela, por una tarea bien hecha y tal vez también por haberme superado. Eso que esperé nunca llegó.

Inspiro para escribir estas líneas, inspiro para que esa corriente de aire empuje en la exhalación palabras, recuerdos y me brinde la posibilidad de vivir esta relación filial desde otros aspectos.

Te escucho cantar, sí, cantar, mientras hacías las tareas de la casa. Una casa donde vivíamos todos amontonados, algo que empezaba a ser propio. Un fuentón de lata repleto de ropa, tus manos jabonosas y yo ayudándote a colgar la ropa. Tangos, milongas, boleros y también música folklórica en esas mañanas o tardes que me hacían verte contenta. Pienso que el ritmo de los días era agotador, trabajabas en el hospital y después en la casa. Nunca te escuche quejarte de las tareas, de ninguna. Pero sí de las travesuras de mis hermanos varones, de que no entendieran las actividades de la escuela y de sus terribles ocurrencias.

Te gustaba salir con nosotros, eran visitas a casa de alguna familia amiga, mis tíos o al palomar. Cuando papá estaba te acompañaba, como ferroviario debía viajar a otras localidades y quedarse varios días.

Nunca podías ir a las fiestas de la escuela, actos de finde año o fiestas de educación física. Nos procurabas las ropas correctas, impecables y quien nos llevara y trajera, tus horarios del Hospital no te permitían compartir esos momentos, como tampoco otros.

En las navidades, bajo la sombra de los paraísos del patio, amasábamos pan dulce. En esos pequeños momentos tu cara dejaba de ser dura, frustrada y amargada. Daba paso a destellos de luz, hablamos sobre que debía bañar a los chicos, ayudar a papá, preparar la mesa y esperarte para cuando llegaras de trabajar. Esos malditos horarios rotativos de ocho horas, te hacían una mamá diferente de las otras. Una mamá que trabajaba y no era solo ama de casa.

Nos hacías confeccionar con doña Marta, la costurera, vestidos nuevos para mi hermanita y para mí, que eran estrenados como regalos de navidad. Y así durante la tardecita nos íbamos preparando para las doce. El ruido de la sirena de la ambulancia despistaba a todos los vecinos de la cuadra, llegabas. Llegabas después de un día que había comenzado a las seis de la mañana, con las tareas de la casa y continuado, desdelas dos de la tarde, en el hospital. Para mí lo valioso era que estábamos todos juntos, compartiendo un momento en una ajetreada vida cotidiana.

Eras una mujer muy bella de cabello negro, corto siempre, por la cofia. Sin maquillaje salvo un labial, sin pinturas de uñas, zapatos bajos porque tus pies y piernas se hinchaban por las horas de estar de pie. Coqueta y arreglada, con poco, yo diría que con casi nada. Con ese característico olor a hospital mezcla de remedio y artículos de limpieza que estaba impregnado en tu ropa, en tu pelo, en tu piel blanca. 

Tu bolso siempre traía para nosotros alguna sorpresa: chupetines Tatín, caramelos, alfajores, algún libro, ese algo que comprabas a la salida o entrada de tu trabajo y nosotros esperábamos con ansia.

Una vida entera de mucho trabajo y sacrificio. Ya en tu madurez, como abuela amas a todos tus nietos. Hemos podido compartir charlas como mujeres adultas, estos momentos de escucha, preguntas, recuerdos trazaron respuesta y de alguna forma han podido brindarnos la posibilidad de experimentar sentimientos sanadores. Tus cuidados durante el año pasado fueron reparadores durante mi enfermedad.

Hoy como mamá puedo ver con otra perspectiva lo vivido. La fragilidad de nuestra finitud y un corazón generoso pueden trasformar el dolor no para borrarlo, sino para que la singularidad de una vida no repita con rencor lo que no pudo ser diferente.

Te amo, mamá.

CAV (La Paz, Entre Ríos)

 

26. MAMÁ

La galería de la casa del campo se abría al sol de la tarde,  reparaba del viento y sus baldosas brillantes eran la pista perfecta para correr en el triciclo. Pero algo no salió bien y ese resbaloso piso fue la trampa para que perdiera el equilibrio y una de mis piernas quedara enganchada entre las ruedas. No sé si me lastimé mucho, no sé cuánto me dolió, no es eso lo que quedó en mi memoria.

Lo que quedó fue mi mamá consolándome, abrazándome sin límites, la sensación tan nítida de acurrucarme en su pecho, de cerrar los ojos y disfrutar, de sentir que yo era lo único que importaba, de mi cuerpo chiquito amparado por el de ella, del contacto físico que daba placer, de todas las palabras amorosas con que me envolvía y del largo  tiempo transcurrido así.

Me pregunté muchas veces por qué casi no tenía más recuerdos de esos años. O mejor dicho, por qué, cuando lo que apenas recordaba se mostraba impreciso, esa tarde del triciclo aparecía como la secuencia de una película recién vista, con la nitidez y la emoción de algo que acaba de suceder.

Por qué ese recuerdo casi exclusivo eligió quedarse en mí con esa insistencia.

Cuando los años pasaron y se hizo ineludible enfrentar lo que dolía, necesité verme.  Haciéndolo llegué a ese recuerdo y a mamá.

Mamá fue la palabra cotidiana, inmediata, la de abrigate, cómo te fue, levantate que vas a llegar tarde, ordená tu cuarto, ya te terminé el sweater, qué querés comer, estudiaste, te pruebo el vestido, ayudá a tus hermanos,  a ver si tenés fiebre, ya va a pasar…La palabra que a esa edad bastaba.

Mamá fue también la palabra callada, la ausente, la no dicha, la que no supe entonces que faltaba. La que necesité después.

No recuerdo esa  palabra con ella, la que lleva más allá del momento, la que invita a sentarse y conversar sobre  aquello que es,  simple y complejamente,  vivir, sobre ese entender el mundo que pasa de padres a hijos. No recuerdo hablar.

Mamá fue el estar siempre ahí, rondando, en permanente moverse, yendo y viniendo entre mis cuatro hermanos y yo, la más grande.

Fue el saberla cerca, pero sin acercarse. 

Fue el abrazar desde los gestos pero sin tocarme.

Fue el amor que llegaba desde sus manos con esa fuente humeante de tu comida preferida, con la caricia en tu frente cuando tenías fiebre, con sus huellas en lo que tejía y cosía para que tuvieras algo nuevo, con los malabares que realizaba para que no notaras que a veces eran épocas de vacas flacas, con la cama tendida, el cuarto ordenado y una flor en la mesa de luz al volver de la escuela, con la llegada de ese encomienda que te traía los sabores del hogar cuando ya estudiabas afuera, con la mirada con que te recibía al ir a verla cuando ya todos nos habíamos ido, con la sensación de que al abrir la puerta entrabas al lugar en el que más te esperaban.

Mamá se fue casi sin hablarme y yo quedé casi sin haberle hablado.

Mamá se fue casi sin abrazarme y yo quedé casi sin haberla abrazado.

Y el espejo, con los años y los hijos, un día me devolvió su imagen al mirarme. Pero casi. Sé que me dijo, una tarde bajo la galería, con ese abrazo interminable y esas palabras amorosas, con esa película que se grabó en mi memoria, que no dejara en ellos la misma. Y encontré, casi, a cuentagotas, animándome, las palabras y los abrazos para intentar cambiar un poco los recuerdos que dejaría a los míos.

Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)

 

25. CARTA A MAMÁ


Te recuerdo linda, sana, admirada. Asoman las primeras imágenes, así, a pesar de tu enfermedad que dio su primer síntoma a los pocos días de mi nacimiento.

Eras la Ingrid Bergman del barrio, la que los hombres miraban y sin conocerte te obsequiaban cosas, miradas, piropos. Recuerdo el comentario de quien te preparo para el cajón “Qué mujer hermosa”. ¡Hasta muerta!

Nunca supe cómo competir con mi hermano: tus ojos, tu amor y admiración fueron para él. Siempre le consultabas tus decisiones  importantes, aun a la distancia. Se fue, yo no pude alejarme de vos; miedo, búsqueda de reconocimiento, obediencia o mandato me retuvieron. Tuve una familia, teniendo que cuidarte en tus últimos años, ya postrada. Hice mi vida, pero siempre cerca: hasta tu muerte.

Hace ya treinta y tantos años que te fuiste. Te evoco con amor, añoranza, bronca y odio, porque año a año te apareces y te descubro, mami.

Cristina (CABA)

24. MAMÁ Y EL AGUA

Salí al jardín del fondo, mi mirada se fue con una hoja que volaba. Los sonidos, las imágenes me llamaban.

Me atrajo la pileta, subí con dificultad los escalones y me senté en el borde. Estire mi manito que se hundió en el agua, algo me atrajo, la hundí y caí.

El agua se metía en mi boca y yo gritaba “mamá” y no salía nada. Escuché un sonido y vi una pollera grande que se habría en el agua y dos brazos que me sacaban.

Cristina (CABA)

 

 

23. LA ELECCIÓN

Somos cuatro hermanos, yo la menor con once años. La mayor, dieciséis. Después de años de disfuncionalidades, mudanzas, cambios de escuela, horas de estar solos en casa, peleas con mi hermano, finalmente mamá y papá se separan. Mamá decide separarse. Ella ya había formado pareja con otra persona, creo. Papá sufre en solitario. Vivimos con mamá y su nueva pareja. Hay disputas entre mamá y papá por nuestra tenencia, por plata, por el pasado y por la nueva pareja de mamá. Acusaciones cruzadas, dolor, incertidumbre. Mamá nos llama de a uno a los cuatro a su habitación. Quedo para el final. Tengo miedo. No sé qué pasa.

Entro y me siento en su cama. Mamá, acostada, me pregunta: ¿Con quién querés vivir?, ¿con tu padre o conmigo? Sé libre para elegir.

¿Sé libre?, pienso. No puedo elegir, respondo mientras lloro, no sé, los quiero a los dos. Ella dice que no se puede. Su voz es firme, dura, exigente. Yo lloro más y más, impotente, furiosa. Pregunto por mis hermanos. Ellos se van con tu papá, responde. Entonces yo decido lo mismo. Por lo menos no estaré sola, pienso, con el alma destrozada.

No recuerdo el momento en que los cuatro, juntos, finalmente nos vamos.

Clara (Junín de los Andes, Neiquén)

22. CALLEJERA

Abro el portón y con pasos lentos empiezo a caminar hacia la puerta principal.

 Antes de llegar escucho a mi madre conversando con alguien, intento poner atención, agudizo mi oído y descubro la voz de mi hermana.

Entro a casa como siempre a los gritos, ya llegué, y me dirijo a donde están ellas, las encuentro recostadas en la habitación grande.

Beso a mi madre, abrazo a mi hermana y trato de escanear el panorama.

Un chirlo ligero suena en mi cola, callejera fue su saludo y nos reímos las tres.

 Mi madre empieza con su indagación, dónde estabas, con quién, mirá la hora, en fin, lo de siempre.  Intenta buscar una aliada en mi hermana para que me aconseje supongo, no entiendo bien su preocupación ni tampoco intenta ella explicármela.

Prepara la merienda y nos dirigimos las tres al comedor. Antes de que me sigan interrogando me adelanto a preguntar a mi hermana sobre su nueva vida, su trabajo, el vivir sola, si nos extraña. Ella con su voz suave nos cuenta, remarcándome la importancia de ser responsable. Yo creo que la última parte se la dicta mi madre o bien ya lo tenían preparado para que esas palabras se me encarnen en el cuerpo.

Después de escucharla y hacer algunas bromas solo para ver la cara de susto de mi madre, comienzo a divagar sobre las ganas de vivir sola, el hecho de no pedir permiso para nada, de hacer lo que se te venga en ganas, salir, entrar sin estar dando explicaciones. Comparto mi anhelo y ambas se ríen diciendo “es lo que siempre haces”.

Ellas conversan, yo tomo apresuradamente mi chocolate. Veo como disfrutan una de la otra. Con cara de orgullo y acariciándole la mano mamá le dice: aprovecha a vivir y disfrutar la vida ahora que estas soltera.

Al escucharla levanto la vista asombrada, las miro fijamente y  lainterrumpo ¡Yo también quiero vivir la vida!, la enfrento y antes de que me contesten agrego ¿qué ropa me vas a prestar para salir esta noche?

Como una flecha se dirigen sus miradas hacia mí: ¿A quién pediste permiso? Y se rompió el idilio con mi hermana.

Mi madre trata de persuadirme, empieza a relatar y a enumerar las horas y días que paso afuera de casa, pero llegamos a un acuerdo, regresaría temprano.

Mi hermana me muestra su nueva ropa, elijo, me prueboy desfilo por la casa.Espero luego que mis compañeras me pasen a buscar.

Salgo muy contenta y veo a mi madre mirar por la ventana.

 Sé que me esperará despierta.

 Callejera (General Roca, Río Negro) 


21. ENFERMOS

Sábado soleado de un mes cualquiera, mi hermano y yo en cama, enfermos una gripe de aquellas. Mucho dolor corporal.

Cama de mi madre, amplia, acogedora, un olor particular, el olor a mamá. El cuarto rosa, sábanas blancas impecables y su acolchado palet rojo. Su ventanal abierto de par en par para queentre el  sol, ese sol que te devuelve las ganas de estar en movimiento, el que te transmite energía y te devuelve las vitaminas que la gripe quita, el sol que mata los virus.

Mi madre siempre atenta va y viene, se escuchan sus tacos por toda la casa. Trae la comida y exige ingerirla. Se sienta a la orilla de la cama para ver que dejemos limpio el plato, y nos acaricia la cabeza y el estómago. Con una voz débil nos persuade a comer todo.

El dolor no se va y lentamente el cansancio nos hace dormir. Parece que paso una eternidad, pero fueron unos minutos y otra vez despiertos.

Intenta con remedios casero, un té de algún yuyo, paños fríos en la cabeza. No entiendo porque no nos lleva al médico, no nos cuestionamos, ni tampoco la interrogamos. Sabíamos que ir al doctor era último recurso.

Su cara de preocupación va en aumento como el dolor en nuestro cuerpo, pero ni una sola palabra de desánimo sale de su boca.

Llega mi padre, saluda nos saluda parece no saber ni entender nada. La cara de mi madre automáticamente se pone rígida, lo saca de la habitación, charlan, pero no logramos escuchar una palabra. Muy característico de mis padres. Nunca se hablaba de cuentas, dineros, necesidades, eso era cosas de adultos. Si algo nos dejaron bien en claro es que los niños no deben escuchar ni preocuparse por cosas de mayores. Están bien marcados los momentos y situaciones en los cuales podemos o no participar.

No sé qué paso en esa conversación, pero después de unas horas tomamos un remedio no tan feo.

Dormimos por un largo tiempo y al despertar todo esta oscuro, las cortinas corridas y no se escucha ruidos en la calle, puedo ver una luz en el comedor escucho amis padres charlar me levanto despacio los veo tomar mate muy animados.

Ahora nos sentimos mejor, pero nos quedamos en cama intentando escuchar la conversación, un cuchicheo que no entendemos.

 Callejera (General Roca, Río Negro) 

 20. CARTA A MI MADRE

Querida madre:

 Hoy es un día complicado para empezar una carta, domingo, el día de la semana que menos me gusta, aunque al estar en cuarentena da lo mismo.

Tengo tantas cosas para decirte, pero a la vez un vacío enorme de emociones. No sé por dónde empezar. Quizá lo primero que tengo para decirte es:  gracias por ser mi madre. Gracias por todo lo que me enseñaste, gracias por el tiempo que me dedicaste, gracias por arreglar la casa, gracias por esperarme, gracias por los desayunos, los almuerzos y toda la paciencia en escucharme. Gracias, madre, por toda tu fortaleza que me mostrabas día a día y gracias sobre todo por tener una infancia y adolescencia feliz.

 ¿Por qué te enfermaste? ¿Porque no fuiste capaz de pedir ayuda? ¿Porque siempre sufrías sola? ¿Porque no gritaste cuando no pudiste más? ¿Por qué siempre pusiste la necesidad del otro antes que la tuya? ¿Por qué, mamá? Nunca compartiste tus preocupaciones o tus necesidades con nadie, siempre sola, siempre haciendo todo sola.

Fui tan egoísta que solo podía mirar mi vida y mi propio bienestar. Me fui lejos, muy lejos sin conocer tu sufrimiento, pero, aunque ahora lo pienso quizá sí lo intuía y no quería saberlo.

Te deje al lado de papá, un hombre que siempre te demostró amor, a su manera, pero lo hizo. Él tampoco fue capaz de ayudarte porque no sabía cómo hacerlo. Mi padre es un inútil. Siempre ha dependido de vos para todo y por lo único que siempre demostró interés es por el fútbol. Desde niña supe que esa era su gran pasión.

Tu enfermedad fue una agonía, un ajuste de cuentas. Como no lo pudiste pedir con palabras te enfermaste. ¡Que enfermedad de mierda!!!!

 Aquí estoy, después de tu partida, pensando, pensando en las lágrimas que te hice derramar aquella vez que por primera vez te vi sufrir, por primera vez te vi flaquear. Esa vez que, en la pieza, llorabas como una niña por lo que te había hecho. Todavía recuerdo tus palabras “yo confiaba en vos”.

No sé si me has perdonado, no sé si me has entendido. Nunca más volvimos a hablar de eso, pero lo que sí quiero decirte es perdón, perdón por no contarte a tiempo.

La vida continúa como si nada, pero ese recuerdo quedó sin que yo pudiera desmenuzarlo, sin poder repararlo, sin poder ni siquiera compartirlo en voz alta.

Madre mía, te cuento que Gastón tiene veintitrés años y me hace muy feliz está junto a su padre y a su hermano. Logramos formar una familia, qué pena que no nos puedas ver y compartir momentos con nosotros. Seguramente renegarías por la manera de pensar de tus nietos, pero serías una abuela amorosa y compinche.

 No te preocupes, madre, estoy bien.

Tu hija que te ama,

Callejera (General Roca, Río Negro) 

 

19. RECUERDO

     Su rutina siempre era la misma. Temprano, cuando todos estábamos dormidos, ella se levantaba alegre. Al escuchar sus tacos por toda la casa yo sabía que ya estaba todo en su debido lugar. Ellacorría las cortinas –“hay que dejar que él sol entre por la ventana”, nos decía ,“a desayunar”, para empezar el día con la única obligación que no era negociable. Ni el berrinche, ni el llanto ni la excusa de algún dolor podían hacerla cambiar de opinión. IR A LA ESCUELA…

     Mis hermanos mayores, después de colocarse el guardapolvo y todo lo que prolijamente la noche anterior debieron acomodar, salían corriendo rumbo a la escuela, no sin antes darle “el beso”, ese beso que era un amuleto para la buena suerte.

     Yo, mirándolos partir, sabía que tenía que estar con ellatoda la mañana, en la cual se preparaba la comida para esperar a los que se habían ido. Después de hacer los mandados y traer lo necesario, las manos de mi madre se ponían en movimiento. Tenía una capacidad enorme de transformar todo lo que tocaba. Yo desde lejos la miraba. Aunque no le gustaba cocinar lo hacía con mucha felicidad.

     Mi participación en esa mañana era de locutora: “leerle el diario”. Me hacía releer una y otra vez cuando no lo hacía con la pronunciación o entonación que correspondía. Lo mejor era leerle los chistes porque allí nos reíamos juntas Que sensación más hermosa escuchar reír a mi madre. Su voz, su risa y su canto alegraban la mañana.

     Se acercaba el mediodía, un dolor de estómago se apoderó de mí. Ese dolor que te dobla en dos. Ella muy suavemente me acostó, me acarició, una mano en la panza y otra en la frente. “Ya pasa”, “todo pasa” y pasó…. Las manos de mi madre tienen poderes, pensé y llegó la hora de ir yo a la escuela…

Callejera (General Roca, Río Negro)

 

18. CARTA A MAMÁ

Mamá:

Te quiero, sé que te necesito. No lo puedo expresar con abrazos, ni con palabras. Me siento incómoda ahí, donde una muestra sus sentimientos. Creo que es sinónimo de fragilidad. Me siento desnuda. Creo que a vos te pasa lo mismo, y a la abuela, tu mamá, le pasaba lo mismo. Será cuestión de cortar con esas conductas, me cuesta, nos cuesta. No encuentro el momento de decir lo que siento, lo que significas para mí. Por eso aprovecho esta carta para contarte que en muchos aspectos te tengo como referente. Cuando debo tomar alguna decisión importante lo hablo con vos. Necesito tu opinión, sé que tenés la habilidad de hacerme cambiar cualquier opinión que tenga sobre cualquier tema. Tu voz siempre está presente en mi cabeza. Sos muy importante para mí. Te acepto como sos, entiendo que no debe haber sido sencillo crecer con la abuela como mamá. Hoy la recordamos con una sonrisa, pero era una bruja. No puedo evitar reírme, y pensar que muchas veces la odié mientras vivíamos todos juntos en esa casa chiquita del barrio de Martínez. Me pregunto qué habrás heredado de ella, a veces en algunos comentarios que hacés pienso: ahí está el gen Torrilla. Ese era el apellido de mi abuela.

Leona (CABA)

17. GORDA

A los nueve años empecé a engordar. Tenía hambre. Mi mamá decía que yo comía porque estaba aburrida. Y yo comía mucho. Hoy veo mis fotos de mi primera comunión, y estaba gorda realmente. Sufrí cargadas en el colegio. La que viene a mi memoria cuando retomo éste tema, es aquella que ocurrió en cuarto grado. Teníamos un compañero nuevo, Alejandro Primavera, era lindo y muy canchero. Creo que nos gustaba a todas. Cumplía años en noviembre, y vivía en una casa con pileta cerca del colegio. Para su festejo, no invitó a todo el curso. Yo estaba dentro de ese grupo. Una amiga, Daniela, se encargó de decirme cuál era el motivo del rechazo: -Alejandro dice que no te quiere ver en malla porque sos gorda. Fue horrible esa explicación. Se lo conté a mi mamá, ella se indignó. Me contó que cuando ella era chica, un vecino la cargaba diciéndole “ojos de escupida de mate”. Mi mamá tiene ojos verdes. Alejandro también. Nunca le dije eso a mi compañero, nunca le dije nada.

Por suerte cuando entré a la adolescencia perdí todos esos kilos de más. El peso volvió a ser un problema después de mi primer embarazo. Hoy mi mamá no me dice nada al respecto, a no ser que yo habilite algún comentario. No tengo ganas de escuchar lo que ya sé, y no puedo cambiar.

Leona (CABA)

16. FESTEJO

Fue llamativo el modo en que festejaste mi primera menstruación. Estabas feliz y yo no entendía bien por qué. Me regalaste un camisón, ropa interior y hasta brindamos. No sé qué celebrábamos, pero hasta entonces nunca te había visto tan feliz. Si busco otros momentos en que estuvieras así, no lo encuentro.

Durante mi niñez te recuerdo preocupada por las deudas, afligida, seria. Pero por ese día cambiaste, cambiaste por mí.

Leona (CABA)

15. ASÍ ES MI MAMÁ

Si pienso en mi mamá, pienso en lo coqueta que es. Una característica que yo no tengo, y que, a veces, me molesta no haber heredado. Hoy en día viene a cuidar a mis hijos y trae puestos jeans y botas, ropa que me parece sumamente incómoda para estar con niños, pero a ella se la ve bien así.

Siempre usa labial, la mortifican sus canas, por eso cada tanto se tiñe. Pero si hay algo en lo que presta especial atención es en sus dientes, son blancos y derechos. Los cepilla después de cada comida, usa hilo dental. Su sonrisa es perfecta. Siempre admiré la conducta que tiene en ese cuidado, cosa que tampoco hederé.

Leona (CABA)

14. VERGÜENZA

Tendría unos siete años. Estábamos en la quinta de unos amigos de mis papás, y recuerdo que estaban sus hijos. No sé por qué, me invadía una gran vergüenza. No podía ir a jugar, aunque me moría de ganas, no me animaba. Tal vez era el miedo a hacer el ridículo, a que no me aceptaran. Esa sensación me acompañó siempre que empecé algo nuevo. Yo no me  podía mover, esa noche me quedé junto a mi mamá, noté su fastidio, seguro quería que me fuera para poder hablar tranquila con sus amigas.

Leona (CABA)

 

13. MAMÁ EN MI ADOLESCENCIA

Cuando era niña jugaba mucho en casa, casi siempre sola, otras veces con mi hermano Juan Carlos, dos años más grande que yo. Y estaba jugando sola cuando sentí mi bombacha húmeda; me fijé y vi  sangre. Me asusté mucho y fui a mostrarle a mi mamá. Ella sonriendo  me dijo que me cambira la bombacha y luego me dio un trapo doblado con algodón para que me pusiera, explicándome cómo debía hacerlo. ¿Qué podía saber yo de estos cambios  con mis escasos once años  ?  En la escuela  algo había escuchado decir  del “período”, “asunto”, “regla”, además había visto a algunas chicas, más grandes que yo, que se retiraban a sus casas porque se les había manchado el guardapolvo.  Mi mamá no hablaba de estos temas y este era  el punto en el que sentía que me alejaba de ella. Como cuando se enteró, a mis trece años,  de que me escribía un chico que había conocido en Buenos Airess. Todavía siento un nudo en la garganta cuando me acuerdo porque hubiera necesitado que ella se sentara amorosamente  conmigo para explicarme esta etapa de mi sexualidad, que me abrazara y fuera más comprensiva con estos cambios. Y no era por falta de amor que no lo hizo porque yo sentía que era la mimada de  mamá, pero entiendo que no se puede dar lo que no se recibió y ella no supo hacerlo de otra manera. Peor fue cuando me puse de novia a los dieciocho años y el chico quiso ir a mi casa. Después de dar mucha vueltas  y ensayar cómo contárselo, tomé coraje y le dije:  "Mami, hoy va a venir mi novio a hablar con vos". "¡ Yo no voy a recibir a nadie!" me contestó y se cerró de tal manera que no me habló por mucho tiempo . Algo parecido le pasó cuando le conté que en dos meses me casaba, lejos de alegrarse me dijo que ella no iba a venir para mi casamiento, que me olvidara de que era su hija. Esa vez yo no me enojé porque entendía que estando tan lejos, sin conocer a quien hoy es mi marido, era lógico que se angustiara

Ya casi al final de su vida me dijo que había llorado mucho cuando le conté que me casaba porque sintió que me perdía. 

ChiquitaLilí (San Antonio Oeste, Río Negro)  

   

12. ANÉCDOTA DE MI INFANCIA  

Es la hora de la siesta, todos duermen. Yo me voy arrastrando por el piso hasta llegar a la silla donde está el saco de mi papá. Sigilosamente meto la mano en un bolsillo donde siempre tiene monedas, saco una dos monedas (no recuerdo exactamente la cantidad) y con el mismo sigilo salgo de la habitación, abro la puerta de casa y me voy al kiosco de la Terminal de Ómnibus, a casi dos cuadras de mi casa. Compro golosinas y habiendo hecho una cuadra, de un baldío sale un linyera y me corta el paso. Tiemblo de miedo, siento que el corazón me late a mil, las fuerzas no me alcanzan para deshacerme del hombre, el olor repugnante de su cuerpo me asfixia. Milagrosamente un vecino que en ese preciso momento sale de su casa ve la escena y le grita fuerte al hombre que me suelte. El linyera me deja y escapa. Yo estoy muy asustada y siento mucha vergüenza.

El vecino les avisa a mis padres. Mi papá sale a buscar al atacante y mi mamá me pregunta: ¿Qué pasó? Yo, sin poder articular palabra, tiemblo, Bueno, eso pasa por salir sin permiso y a la siesta cuando no anda nadie, me reta mamá. Yo, en silencio, me prometo no salir nunca más a la hora de la siesta.

ChiquitaLilí  (San Antonio Oeste, Río Negro)

 

11. CARTA PARA MI MAMÁ

Querida mamá:

Cuando escuché la canción “Las manos de mi madre”, se me vinieron imágenes como en un vuelo, te vi en el patio de la casa, sacando yuyos, regando, cortando gajitos para hacer nuevas plantas, disfrutando de sus colores, de lo que habían crecido, del perfume de las flores; tenías colecciones de geranios, begonias, helechos, crisantemos, jazmines. Las plantas eran tu pasión y esa pasión era compartida con tus amigas con las que intercambiaban gajos, plantas, semillas; si hasta del cementerio te traías algún gajito de un color de crisantemo que no tenías.

¿Sabés, mami?, me ha quedado tu sonrisa tierna, tus carcajadas cuando te contaban algún chiste o algo gracioso, cuando "chayábamos" (jugábamos al carnaval), a veces decías: "más vale reír que llorar". Tu sentido del humor te salvó de las tristezas, porque no fuiste feliz con mi papá. Me contaste como fue que lo conociste, me dijiste que ese día “el díablo había metido la cola”. Mami…me pone triste tanto infelicidad porque esa ausencia de amor, de falta de palabras y afectos se ve reflejada en la familia. Para poder sobrellevar tanta infelicidad hacías de todo en la casa, le ayudabas a mi papá en el negocio, ¡qué no hacías mami! De tan trabajadora, hacendosa y generosa con lxs demás te olvidaste de vos misma, te olvidaste de abrazarnos, de mimarnos, de decirnos TE QUIERO, pero entiendo que a vos tampoco te lo dijeron y no se puede dar lo que no se recibió. Lo más terrible es que no nos enseñarás a decirle papá a mi papá, vos lo llamabas por su apellido y nosotrxs también. Bueno, mi papá tampoco…

ChiquitaLilí  (San Antonio Oeste, Río Negro)


10, MI INFANCIA CON MAMÁ

Recuerdo que siempre salía con ella a visitar amigas, a la misa, a las procesiones posteriores a las novenas o novenario (eran nueve noches o tardes seguidas de rezar el Rosario), al cementerio…sí, siempre tenía algún muerto o muerta a quiénes llevarles flores y rezar. Yo la acompañaba tomada de su brazo, eso me gustaba mucho porque la sentía muy cerca, como cuando dormía abrazada a ella.

Cierro los ojos y siento el olor a pan casero, la casa se impregnada de aromas, disfrutábamos de sus comidas, dulces y saladas, tan ricas y generosas.

Mi mamá después de dormir una siesta( siempre decía que quince minutos eran suficientes para descansar y seguir con el trajín diario) se levantaba a lavar la ropa en la pileta con la tabla de madera. Y mientras lo hacía cantaba: “ Yo vendo unos ojos negros,quién me los quiere comprar. Los vendo por hechiceros porque me han pagado mal…”o “te llevo un collar de caracoles con colores milenarios que he guardado para vos…”. Los domingos nos íbamos caminando a la casa de mis abuelos en San Miguel a dos kilómetros de la ciudadno íbamos con toda los hermanos ni con mi papá). Allí nos esperaban el abuelo Ramón, la abuela Luisa y Nancy, mi prima hija de una tía que se había ido a vivir a Mendoza. Nancy y yo tenemos la misma edad, jugábamos mucho.

Mi mamá en los días fríos de invierno tejía ;  mi hermana y yo aprendíamos a tener sentadas alrededor de un brasero y de una cocina a leña mientras escuchábamos los radioteatros o programas de música en alguna emisora chilena.

No la pasábamos muy bien, habíamos quedado pobres después de que mi papá se fundiera en su negocio de Ramos Generales y sufrimos muchas necesidades. Yo vi padecer mucho a mi mamá por la falta de dinero, por mi papá, por mis hermanos. Gracias a su laboriosidad e inventiva siempre teníamos verduras en su huerta, los frutales daban ricas frutas y no faltaban los dulces hechos por ella en una “paila” de cobre que le había comprado a unos gitanos. Una vez, me tomó de la mano y fuimos caminando en silencio hasta la casa de un abogado. Yo me quedé esperando en la puerta sentada en el escalón de la casa y ella entró para hablar. Cuando salió la vi triste, llorosa… Pasaron los años y un día conversando acerca de su vida le pregunté por ese día  y ella me contó que se quería separar pero que el abogado le había dicho que tenía que aguantar.

ChiquitaLilí  (San Antonio Oeste, Río Negro)


9. RECUERDOS CON MI MADRE

Se me vinieron a la mente, entre otros recuerdos sobre mamá, tal vez diría, los más característicos de su persona.

Ella era Profesora de Declamación, recibida en el Conservatorio Nacional y recitaba en los mejores teatros de Buenos Aires desde los cuatro años. Siempre lo contaba y, llena de orgullo, declamaba en cuanta reunión social se lo solicitaban. Sus poesías favoritas eran de autores españoles y muy pero muy largas (para mí que era niña). Casada con mi padre, cuya profesión no  permitía que su esposa fuera actriz o declamadora, lo hacía por placer y todos la admiraban y aplaudían. Yo muchas veces me asustaba por el énfasis que ponía cuando representaba y lloraba. También era actriz.

Solía esconderme para no verla. No llegaba a comprender que era ficción. Hablaba con acento español. Gritaba, lloraba y reía, según la interpretación lo requiriera…

Y yo, me seguía asustando.Lo mismo me pasaba cuando gritaba en casa. Era muy nerviosa y todo le causaba molestia.

Mamá siempre tenía que ser el centro de atracción de las reuniones. Si esto no sucedía, se daba maña para desmayarse, quedar inconsciente, o con movimientos raros en el piso, cerrando los puños, lastimándose las palmas de las manos con sus uñas.

Yo lloraba desconsoladamente. Este acting lo hacía también cuando estaba sola conmigo.Yo, con cinco anios, huía y corría por la calle, hasta el cuartel donde estaba mi padre, (ingeniero militar) para pedirle que viniera a casa.

Él me calmaba. Y soportaba cosas que nunca entendí.Mi madre, desde que tengo memoria, me decía que desde que nací, me convertí en un cáncer para ella. Cuando cumplí un año y medio, tuve polio, pero solo me atacó los músculos de los ojos  Comenzó para ella ,junto a mi padre, una lucha para lograr que recuperara la funcionalidad de mis ojos y volverlos a su lugar, sin el estrabismo causado esta enfermedad.

A partir de los siete años tuve operaciones y quedé perfecta de ambos ojos. Pero tuve que escuchar toda la vida, que por invertir en curar mis ojos, perdieron de tener cinco edificios,etc.. Yo me avergonzaba ante la gente.

La historia sigue similar hasta que me hizo comprometer con un muchacho diez años mayor que yo. Quería que me casara a los quince años.

No lo logró. Me casé con otro a los dieciocho, con autorización firmada de mi padre, que no opinaba. Tuve una hija al año y al mes de tenerla me separé. Solo quería salir de mi casa… Y así fue. La historia seguirá en otro momento……Larga, larga…..

Gloria Lotti.(San Miguel de Tucumán)

 

8. RECUERDOS

Cuando era niña no vivía con mis padres.  A partir de los cinco años empecé a vivir con mis abuelos maternos, mis padres y mi hermano en el campo, a unos 20 kilómetros de distancia aproximadamente de la localidad dónde vivía y resido actualmente.   El motivo de tal cambio fue la escuela primaria; el campo  se encontraba  alejado de cualquier urbanización, aún de las escuelas rurales, salvo de una que mi madre no consideraba buena para mí.   No teníamos medios de locomoción que no fuera un sulky  y un caballo.

Llegué a casa de mis abuelos , nueve meses antes aproximadamente para lograr una especie de adaptación.   Les cuento que en esos años no había guarderías ni jardines de infantes públicos ni privados en el interior del país.

Cuando llegó el día de comenzar las clases, yo todavía no había cumplido los seis años y se trataba de mi primer día en la escuela, era todo un acontecimiento desconocido que me provocaba nerviosidad, vergüenza, ansiedad, miedo y todos los sentimientos que pueda describir no serían suficientes.  Era algo que esperaba pero a pesar de mi buena imaginación  no podía vivenciar.  Llegaron mis padres para acompañarme al acto de apertura del  inicio escolar, fue muy breve, con palabras de bienvenida a cargo del director.  No recuerdo si mis abuelos estaban presentes, probablemente no porque en esos años no iba toda la familia a los actos . Pero a ese asistieron mis padres, lo digo de esta forma porque durante los siete años posteriores nunca pudieron participar de ninguno, salvo el del final.

Regresando a mi primer día les quiero contar que estaba muy asustada y a pesar de que me agradaba la idea de ir a clases, porque siempre me gustó mucho leer y escribir. Desde recién cumplidos los cinco años leía y escribía frases como: “mi mamá me ama”; a pesar de eso esperaba con desesperación oír el timbre de regreso a casa.

Cuando salí de la escuela, a las cinco de la tarde, no había nadie esperándome.   Si bien la distancia  sólo era dos cuadras , esperaba que alguien estuviese afuera para acompañarme, sobre todo mi mamá; mientras veía que la mayoría de los chicos regresaba a su casa con su mamá o su papá o su hermano mayor. Llegué corriendo, casi sin aliento pregunté a mis abuelos por mis padres .   La abuela respondió que habían decidido regresar al campo porque se les hacía muy tarde y no podían llegar de noche. Hoy pienso que era muy complicado, casi imposible viajar en un sulky sin luz, calles oscuras y llegar a la casa en penumbras  para encender el farol a querosene; pero ese día no lo comprendí y lloré, las palabras consoladoras de los abuelos no alcanzaron. Quería contarles cómo lo había pasado, cómo se llamaba mi maestra, quién era mi compañera de banco, etc.. .Tuve que esperar hasta el domingo siguiente.  Ellos llegaban alrededor de las once de la mañana  aproximadamente, pero ese día y los domingos siguientes yo estaba desde las nueve horas paradita en la puerta de rejas de la entrada esperándolos.\

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)

 

7. CARTA A MI MADRE

Hoy tengo que escribirte una carta por primera vez, he escrito para vos muchas  tarjetas amorosas para el día de la madre, nunca me dijiste si te gustaban y mucho menos que las guardabas, pero supongo que si lo hacías.  Estas líneas tienen como finalidad intentar algún tipo de comunicación que muy pocas veces o nunca tuvimos.  Me hubiera gustado saber cuál era tu color favorito, la comida que más te gustaba o el paseo preferido y si tu vida y tu familia te hacían feliz, aunque, avanzado el tiempo pude observar que no, siempre te veía triste . La vida en el campo parecía no gustarte, pero la aceptabas como tantas cosas, la soledad, la falta de amigos las compensabas con charlas infinitas con tus cuñadas que de vez en cuando nos visitaban.  El exceso de trabajo, los días sola, ya que mi padre trabajaba en otro lugar y mi hermano y yo estábamos en el pueblo con los abuelos maternos.  Nuestras visitas de fin de semana supongo que te alegraban, pero no lo puedo asegurar.

Siempre fuiste muy dulce y cariñosa, por lo menos eso era lo que escuchaba de los familiares y también porque veía tu actitud para con los animales que criabas.

Me hubiera gustado tu compañía, conocer tu opinión sobre las distintas situaciones que nos tocó vivir, pero solo conocí la forma de pensar y sentir de la abuela.  Muchas veces me dormía pensando que no me querías, que solo amabas a mis hermanos, aunque tuve que intervenir desde muy chica para que no le siguieras pegando a mi querido Omar.  No sé si se  te pasó el tiempo entre el trabajo y las dudas, siempre te vi dudar demasiado ante cualquier inminente decisión que debieras tomar, y cuando te diste cuenta ya habíamos crecido y no estábamos,  o tal vez le dedicaste los momentos a lo que realmente te interesó, no lo sabré porque ya no estás.

Quisiera preguntarte si durante los pocos años que viví con vos y el resto de la familia no fue un pesar, desde el punto de vista económico, a pesar de que mi sueldo era pequeñito, desde los trece años yo me sustentaba y contribuía siempre en el gasto mensual de la casa pero muchas veces al regresar del trabajo me fui a dormir sin cenar porque debíamos esperar el regreso de mi hermano que también trabajaba y tenía otro horarios.  Más tarde, después de ocho años de noviazgo, me casé, no pudiste acompañarme en los preparativos porque estabas cuidando a tu madre enferma de cáncer desde hacía tiempo; una amiga tuya que me apreciaba mucho te suplantó de alguna manera, incluso haciendo los arreglos en el vestido que con ayuda de mi novio pude comprar al igual que la indumentaria que usó mi hermana que en ese momento tenía doce años.  Al poco tiempo falleció la abuela, después de sufrir mucho con esa cruel enfermedad y dejándote en estado de shock del que nunca pudiste salir, a pesar de mis esfuerzos y del de los especialistas a los que te llevé a visitar.

Cuando iba a nacer mi primer hijo y tu primer nieto tampoco pudiste estar en la clínica conmigo; debían hacerme cesárea y necesitaba ayuda, mi marido volaba un avión en ese momento y tampoco podía, y vos contrajiste gripe el primer día y tuviste que regresar a tu casa para hacer reposo, dejando a mi joven hermana en tu remplazo que con gusto me acompañó y disfrutó de su primer sobrino recién nacido.

No sé si te dabas cuenta de que yo sentía que había algo que siempre se interponía entre nosotras, y que vos no tratabas de compensar, más allá de que sabía que no estabas bien mental y anímicamente, casi siempre el resultado era el mismo.

Cuando nació mi segundo hijo, una niña bellísima como su hermano, en las mismas condiciones clínicas que la primera vez, tampoco pudiste ir porque mi Lucas no se quedaba con nadie salvo con vos, mi hermana trabajaba así que debí contratar a una enfermera privada.

En la llegada del tercero, otra bella niña, acudió en mi ayuda mi querida y respetada suegra Berta, quien me acompañó y cuidó como si fuera su hija, en ese momento y en todo en los años siguientes.

Más adelante vino lo que podría denominar como situación irreversiblemente catastrófica en cuanto a nuestra relación.  Los domingos mientras convivías con papá eran bonitos, almorzábamos juntos y paseaban con sus nietos muy felices, pero posteriormente permitiste y apoyaste abusos verbales y económicos de mi hermano hacia papá, hasta que un día llegó golpeado a mi casa.  Luego vino la separación conyugal y el desastre.  En los días posteriores solo venías a verme cuando Omar necesitaba dinero, que ya se había adueñado de una pequeña sodería que papá con mucho esfuerzo había comprado.  Me pedías dinero sin preguntarme cómo estaba yo o tus nietos, sin mediar siquiera un mate y lo hacías entre llanto y desesperación, si yo no te daba le pedías a medio pueblo, que luego yo tenía que devolver para evitar la vergüenza y las habladurías.  Un día, con mucho enojo y dolor, puse punto final a la relación que nunca existió y que me negaba a aceptar.  Permití que mis hijos te visitaran todos los domingos, traté de no involucrarlos en algo que no iban a comprender y que seguramente les haría mucho daño.

Diez años después aproximadamente, vino a casa Omar y me dijo:

--Bueno Mary, (así me llamaban) mamá está tirada en el piso de la cocina, ya llamé al médico y a la ambulancia.

Fue el último día del niño que les festejaste a tus amados nietos, haciéndoles a cada uno su comida y postre favoritos.

¡ Ay, Mamá! ¡ Qué momento tan triste y tan lleno de culpa!

La ambulancia te trasladó a una ciudad cercana, a una sala de terapia intensiva.  Yo subí a mis hermanos a mi auto y fuimos detrás del móvil . Regresábamos a la noche y al otro día volvíamos a viajar para estar cerquita de la puerta de terapia.  Una noche regresábamos sin saber que era la última; yo era la única que tenía teléfono, atendí temblando, una voz masculina me avisaba que habías fallecido hacía unos minutos, a los sesenta y cuatro años de edad .

Está de más aclarar que después de diez años te vi por última vez, recostada sobre una muy blanca mortaja, con el rostro bello, pálido y triste como siempre, pero lo más terrible que observé fue que no te ibas en paz, tu expresión era contraída, como enojada, estaba claro para mí que la tristeza y la soledad fue lo que te llevó al otro lugar, tu gesto me dijo que fue contra tu voluntad, nada había sido como te gustaba, tampoco el final.

Después de muchísimos años estoy aprendiendo a procesar tu desamor, tu abandono y las heridas que me dejaste, estoy tratando de perdonarte aceptando que no pudiste hacerlo mejor, que tal vez lo intestaste pero no supiste como hacerlo, no te prometo ahora el perdón, pero si me comprometo a conseguirlo de a poco  más adelante.

Qué descanses en paz, mamá.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)


6. SENTIMIENTO ADOLESCENTE

El lugar donde duermo es una habitación de departamento dividida en dos partes: una para Dani y otra para mí. Sentada en mi escritorio pequeño, que da a la ventana, suenan mis vinilos en el combinado y estoy escribiendo cartas. Me encanta escribir a personas desconocidas que comparten mi ideología, “Amor y Paz” es nuestro lema. Mi madre merodea por ahí, trata de saber qué hago, y yo, siempre reservada no le cuento nada porque me desvaloriza, se ríe y critica. ¡Hora de limpiar!, dice y entra violentamente, me tira los trapos, el plumero y el balde. Esas interrupciones me provocan bronca y hartazgo y por supuesto no puedo decir que no. Tengo que abrir la ventana -hace mucho frío-  y escondo esas cartas (sigue sonando mi música); cierro la puerta porque tengo mis tiempos, pero ella llega nerviosa y desencajada para ayudarme (supuestamente) y a los dos minutos me dice ¡Salí, sos una inútil, así no es!“Inútil, inútil”, resuena en mi cabeza. Inútil para limpiar, para estudiar, para cocinar, para salir a la puerta para ir a jugar. Mi sentimiento de bronca se transforma en angustia; se me cierra la garganta (vivo con la garganta cerrada) y las ganas de salir corriendo, tomar un colectivo e irme a recorrer Latinoamérica, como me propuso Juancho, mi novio. Me enojo y me voy para el living, es un depresivo domingo para mí, ¿a dónde ir?. Mi cabeza sigue en las cartas, en la música, en la poesía, en mis libros… Suena el timbre y los dos perros chiquitos ladran (tienen un ladrido chillón), mamá grita desde adentro ¡Quién abre!... ¡Vayan a abrir!; Dani responde a los gritos ¡No puedo!, papá desde la cocina grita ¡Ya voy! y el hogar se convierte en una escena de película: yo me detengo y no puedo pensar ni accionar; me aturden y alrededor de mí hay una mezcla de ruido, nervios y gente alterada que no respeta el espacio del otro, no escucha y que no le interesa en lo más mínimo el sentimiento de los demás.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

5. LOS OJOS DE MI MADRE

Desde pequeña sentí tus ojos sobre mí. Tus ojos me lo decían todo. La aprobación y la desaprobación. Lo negativo y lo positivo. Lo que debía y no debía hacer. Más que palabras o gestos, eran tus ojos grandes, pardos, brillantes, exagerados por el rímel y la sombra amarronada, los que imponían tus designios.

Esos ojos me decían si era la alumna sobresaliente que demandabas; si me vestía a tu gusto para el asalto o la fiesta de quince; si mis amigas de la infancia, adolescencia o juventud eran admisibles según tu criterio; si convenía dejar baile clásico para estudiar más.

Debía maquillarme y peinarme según la indicación de tu mirada; mis novios pasaban por tu riguroso consentimiento visual. Cuando me casé, tus ojos eligieron y decidieron: el vestido blanco de encaje principesco y no de sencillo broderie; el rosario de cristal de roca en vez de las flores blancas; el peinado enrulado, opuesto al lacio usual; el camisón y la robe de chambre rosa nupcial comprados en la mejor casa de Arenales; la capucha de novia que más parecía de comunión; la ostentosa iglesia del Santísimo Sacramento, en vez de la sencilla parroquia de barrio. Entré a la iglesia pensando que no era yo misma quien se casaba sino laque tus ojos se propusieron fabricar.

También tus ojos me aprobaron cuando el esfuerzo por complacerte fue supremo, y gané tus elogios, agasajos y regalos según la escala de mis éxitos. Como cuando fui abanderada en quinto año del normal, aunque mi puesto era de feliz escolta, pero debí llevar sufriente la bandera (ante el silencio cómplice de mis compañeras, conocedoras de que habías intercedido sospechosamente para que lo fuera). O cuando, en plena etapa maníaca fuiste la única de la familia (porque el resto estaba en desacuerdo), que me pudo ver y felicitar, el día que presenté mi primer libro. Y, muchos años después, sin respetar la magnitud dramática de los acontecimientos, al día siguiente de la operación de cáncer de mama lograste con la mirada que me arreglara el cabello y me maquillara desconsolada y dolorida en el Hospital Privado, porque venían tus amigas de visita.

Ya no brillan tus ojos mamá, ya no son grandes y penetrantes, solo obran el paso del tiempo y la generosa distancia que nos separa, de Neuquén al Centenario. Se están apagando, mamá, como estrellas enanas rojas en una nube de polvo y gas, que me libera al fin de la obstinada doctrina de tu mirada.

Alexis de la Fuente (Buenos Aires)

 

4. MAMÁ

 Mi mamá se llama Martina, nació el 21 de septiembre de 1936. Le dicen Ñata.

Vivíamos en una casilla prefabricada, después de un periplo por la casa de mis abuelos paternos y otras de alquiler. Mi madre enfermera del Hospital, cumplía turnos que la obligaban a dejarnos al cuidado de otras personas.

Recuerdo el nacimiento de mi hermana, pero no cómo si mi madre estuviera embarazada.

No la veo con panza, sino preparando ropita de bebé. Se me ocurrió preguntar en voz alta para quien eran esas prendas y a mi papá diciendo: ¿y para quién va a ser? para el bebé. Era para ellos tan obvio que no se hablada del tema o no al menos conmigo.

Tenía seis años, veo a mi madre con un abrigo de botones marrones grandes y un bolso diciendo que se iba, pero que en unos días volvía. Efectivamente cuando volvió trajo un bebe, mi hermana menor. Somos cuatro hermanos, soy la mayor. A quien como en el caso anterior, con mi hermano Alejandro, debía cuidar, cambiar los pañales y todo aquello que me pedían hacer.

El afecto, eso que quería sentir cómo abrazos, caricias y besos no estaban presentes. Si obligaciones: ayudar a limpiar, cocinar, escuchar con atención para no equivocarme porque era la responsable, la que debía cuidar de mis hermanos menores, porque “vos sos la mayor”. 

El tiempo de mí madre era escaso ya que debía ocuparse de la ropa, compras (que aprendía a realizar también en mis seis años), la comida, preparar su ropa de trabajo y descansar. Muchas veces esa tensión estaba presente en el trato hacia nosotros.

A mis hermanos varones les pegaban mucho. Muchos gritos, llantos. A mí no tanto, si una vez me golpeó con una lata de dulce de batata vacía en la cabeza y sin más me pidió que buscara a mis hermanos que estaban jugando para prepararlos para el almuerzo y luego ir a la escuela. Cuando me vieron ellos se asustaron porque me sangraba la cabeza. Sus caras de susto y miedo, no las voy a olvidar. Y todo pasó como si nada, sin explicaciones. Así llegó el día omo el día de mi primera regla. 

Tenía once años, estaba jugando con una vecina. Eso no pasaba seguido, ya que mis permisos eran pocos. Pero ese día era el cumpleaños de Cecilia, era verano porque recuerdo estar vestida con una pollera blanca y una camisa floreada. Cecilia me dice que tengo una mancha de sangre en la pollera, fui al baño y vi que la sangre provenía de la parte inferior de mi cuerpo, la vagina. “Eso” que las chicas de la escuela habían estado hablando, que les contaron sus madres. Mi compañera Alicia ya menstruaba y desde un lugar de presunto saber nos informaba de todo lo que ella entendía. 

Cuando llegué a mi casa, mamá tenía a mi hermana en sus brazos y me preguntó qué es “eso”, la miré y le digo que es la menstruación. Buscó unos paños que envolvió en algodón, me explicó cómo usarlos, que debía lavarlos descartando el algodón en un tachito ubicado en el baño. Me dijo “sucederá todos los meses aproximadamente para la misma fecha, por eso debes acordarme para estar preparada y no manchar”.

 Es invierno, en la diminuta cocina. Las ollas humeaban generando un ambiente húmedo con aroma agradable a sopa y puchero. Recuerdo aquí el comienzo de la lectura en voz alta antes del almuerzo para ir a la escuela. Mamá nos compraba libros como los Cuentos del Chiribitil, Mi planta de naranja lima, El velero de cristal.

En una casa pobre, se preocupaba porque al menos esos libros estuvieran presentes. Pero su preocupación me acompañó durante la secundaria para ir comprando los libros que fui necesitando, usados o nuevos.

Para mí la práctica de la lectura tenía un doble efecto, por una parte enriquecer la entonación, pronunciar palabras y por el otro me llevaba a otros lugares, a imaginar escenarios y escenas, personajes.

 Hace frío, pero el vapor de las ollas nos acoge con su calor. En varios pasajes del Velero de Cristal la emoción cortaba la lectura, las lágrimas salían como torrentes descontrolados. Decía entonces, concentrada en sus tareas: “es sólo una historia”.

CAV ( La Paz, Entre Ríos)

 

  3. CARTA A MAMÁ

Mami :

Me intriga saber ¿cuándo cambiaste …?

Cuando fue el día que hiciste el click y dejaste atrás a la mujer que te caracterizaba: esa que se preocupaba y ocupaba de los asuntos íntimos familiares, mujer guerrera, con muchas agallas. De corazón fuerte pero a su vez, débil de alma. Aquella dama inquieta y luchadora para el sólo el logro del bienestar de los suyos. Siempre en batalla contra el enemigo,para protegernos y buscar esa unión familiar tan ansiada y deseada.

Mami :  hoy me preguntó ¿para qué te sirvió vivir para el resto?. Y tragarte lo que sentías perjudicial a nosotros .

Pero, volviendo a la pregunta inicial (y gracias a la posibilidad que me diste de conocerte a fondo, en nuestros tiempos de adultez ),  hoy puedo decir que me enseñaste, indirectamente, a no cometer tus errores.

Sí mamá, cambiaste gracias a una señal de tu cuerpo, el que aviso que algo andaba mal. Allí empezaste, al fin, a ocuparte en vos , no solo en lo físico sino en lo mental . Descubriste ( aunque tarde ) que no vale la pena arreglar la vida de los demás, sino la tuya. Volvió la sonrisa a tu rostro. Y tu alma y cuerpo comenzaron a relajar.

Si no fuera por tus caderas, que cambiaste por unas nuevas y el fin de tu dolor; creo yo que aún,  seguirías penetrada en tu infelicidad….

Mami : aún sé que hoy te cuesta, pero yo ( tu hija menor ), que experimente a tu ladotodas tus angustias y desolaciones en un rol de oyente, me atrevo a anunciarte que el camino que elegiste antes, para transitar tu vida, no fue el más correcto. Tuviste muchos años perdidos, absorbidos de gran tensión y ansiedad.

Por eso, me animo a pedirte fielmente,  que pienses en tu vejez : que todo lo ajeno te resbale, y que sólo te mires en tu interior y disfrutes de ti. Porque si sos feliz; en consecuencia, tu familia también lo será.

¡Gracias, mamá ! Al saber de tus virtudes y errores, puedo así lograr el tránsito de mí vida : con paz, amor y por sobre todo, felicidad.

Marcela Brofman (CABA)


2. CARTA  A  MAMÁ

Hola mamá, hoy me siento muy mal por muchas cosas que me dan impotencia de tu comportamiento y pienso qué es, lo mal que hago o hice, para que seas así conmigo, agresiva, irónica, con maldad… Y luego te comportes como la más encantadora de las madres.

Creo enloquecer por momentos. Hay una bipolaridad en vos, que no logro entender. Me confunde, me entristece, me mata anímicamente y me da miedo hasta de decirte buenos día, mami.

Miedo de todo, es lo que siento. Me paralizo ante el propio movimiento, para no generarte enojo alguno. Ya no sé qué hacer para que estés contenta.

Me hace bien cuando cuentas que soy muy buena alumna, buena hija, aplicada en todo…Pero a mí me tratas como tu enemiga hasta cuando suspiro.

Siento que quieres quitarme del medio de papá y vos. Como si yo fuera un estorbo muy grande. Y luego escucho que dices a los demás, lo mucho que deseabas que yo naciera…

Sigo sin entender. Aunque algo sí es verdad: a medida que voy creciendo, me uno cada vez más a papá, que en sus silencios, que tampoco entiendo, me protege y mima siempre, en los pocos momentos que está en casa.

Me quiero ir de acá, de casa. Ser yo sin tus imposiciones de que me ponga de novia con este o aquel, ya que nunca aceptas quien me guste a mí.

Me comprometo por pedido tuyo, con Kike, a los trece años, con tal de salir pronto de casa. Lo dejo porque me pega. ¡Claro! Él es diez años mayor que yo y una porquería de persona. Prefiero romper el compromiso. Siempre sintiéndome sola en las decisiones que tomo. No sé qué está bien; pero trato de suponer, para no cometer errores.

Sigo escuchando los silencios de papá y tus locuras nerviosas constantes…

Pero ya tengo dieciocho y escuché por ahí que desde esa edad, un adolescente puede casarse y queda emancipado. O sea, puedo actuar como mayor de edad ¡Y tomar mis propias decisiones!

Me caso con Víctor entonces. Total, es productor agrícola con siembras en Balcarce, Villa Dolores, Tucumán, Mendoza…Y eso a vos te gusta y papá firma el consentimiento ya que es, “UN BUEN PARTIDO”.

Cómo salgo de esta macana! Me las arreglo sin contarles nada de lo que pasa en mi matrimonio, ya que estoy por ser mamá. Como él viaja constantemente, yo me quedo sola en Mar del Plata, y espero a mi muñeca, Marcela. Sí, es mi muñeca.

No es malo, Víctor, mamá, sino que es inmaduro como yo, aunque siete años mayor y no sabe vivir con su familia. Viaja de aquí para allá y no me da ni para comer…me las arreglo pidiendo pan de sobra en restaurantes, para mi beba que está en la pancita, todavía.

Tiene un mes Marcelita y decido separarme.

Me pedís que vaya a Tucumán con la nena, para que no estemos solas en nuestro departamento de Buenos Aires y menos en Mar del Plata. Accedo.

Voy con ustedes, mamá. Y tengo un año de calvario. Te molesta si la beba llora de noche, si yo estoy triste, pero no te aflige mi tristeza, (solo para la gente de tu entorno, sí, sufrís mucho por mi situación…)

No. Te aflige que papá me contenga, haga upa a la bebé y se quede conmigo acunándola hasta que se duerma y deje de llorar.

Todos son reclamos y quejas, mamá. No ves la hora de que me vaya y los deje en paz, me decís constantemente…y duele mi alma.

Yo no sé por qué otra vez caí bajo los “brazos del pulpo”, vos.  Y papá consolándome… “ay,ay, ay, qué cosa tu mamá….es terrible…no le lleves el apunte…”

Decido que es mejor volver a enfrentar la vida en Buenos Aires, estudiar y hacer algo por mí misma, con la plata de papá, por supuesto, porque no tengo nada todavía para mantenernos mi hija y yo. Si,mejor me  voy.

Estoy aquí, en Buenos Aires. Sola con Marce, pero feliz! Me siento libre, tranquila y doy todos los días gracias a Dios por sentir que crecí y mucho. Aprendo del dolor sufrido cada día. Me llevo bien conmigo y, por qué no con ustedes también.

Hoy pasaron los años, formé otra familia, tuve más hijas todas somos profesionales y llenas de amor. Todas somos mamás, con hermosos hogares constituidos.

Los años sufridos, me sirvieron muchísimo de aprendizaje, y no repetí la historia, mamá. Te tengo amor a pesar de todo y pena… Pero más te agradezco, que gracias a haber nacido, pude tener estos últimos años más felices junto a mi marido, hijas y nietos. ¡Gracias!

Que vivas en paz celestial eternamente, mami.

Gloria Lotti (S.M. de Tucumán)

 

 1. ALGUNOS RECUERDOS DE MI ÑINEZ SOBRE MI MADRE

Se me vinieron a la mente, entre otros recuerdos sobre mamá, tal vez diría, los más característicos de su persona.

Ella era Profesora de Declamación, recibida en el Conservatorio Nacional y recitaba en los mejores teatros de Buenos Aires desde los cuatro años. Siempre lo contaba y, llena de orgullo, declamaba en cuanta reunión social se lo solicitaban.

Sus poesías favoritas eran de autores españoles y muy pero muy largas (para mí que era niña). Casada con mi padre, cuya profesión no  permitía que su esposa fuera actriz o declamadora, lo hacía por placer y todos la admiraban y aplaudían. Yo muchas veces me asustaba por el énfasis que ponía cuando representaba y lloraba. También era actriz.

Solía esconderme para no verla. No llegaba a comprender que era ficción. Hablaba con acento español. Gritaba, lloraba y reía, según la interpretación lo requiriera…

Y yo, me seguía asustando. Lo mismo me pasaba cuando gritaba en casa. Era muy nerviosa y todo le causaba molestia.

Mamá siempre tenía que ser el centro de atracción de las reuniones. Si esto no sucedía, se daba maña para desmayarse, quedar inconsciente, o con movimientos raros en el piso, cerrando los puños, lastimándose las palmas de las manos con sus uñas.

Yo lloraba desconsoladamente. Este acting lo hacía también cuando estaba sola conmigo.Yo, con cinco anios, huía y corría por la calle, hasta el cuartel donde estaba mi padre, (ingeniero militar) para pedirle que viniera a casa.

Él me calmaba. Y soportaba cosas que nunca entendí. Mi madre, desde que tengo memoria, me decía que desde que nací, me convertí en un cáncer para ella. Cuando cumplí un año y medio, tuve polio, pero solo me atacó los músculos de los ojos  Comenzó para ella ,junto a mi padre, una lucha para lograr que recuperara la funcionalidad de mis ojos y volverlos a su lugar, sin el estrabismo causado esta enfermedad.

A partir de los siete años tuve operaciones y quedé perfecta de ambos ojos. Pero tuve que escuchar toda la vida, que por invertir en curar mis ojos, perdieron de tener cinco edificios,etc.. Yo me avergonzaba ante la gente.

La historia sigue similar hasta que me hizo comprometer con un muchacho diez años mayor que yo. Quería que me casara a los quince años.

No lo logró. Me casé con otro a los dieciocho, con autorización firmada de mi padre, que no opinaba. Tuve una hija al año y al mes de tenerla me separé. Solo quería salir de mi casa… Y así fue. La historia seguirá en otro momento……Larga, larga…..

Gloria Lotti (S.M. de Tucumán)

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