2. COTORRAS
El cielo se estaba cubriendo de nubes que venían a revelar el acierto del Servicio Meteorológico, en unas horas tendríamos lluvia.
Sentadas en cómodas reposeras mi amiga Silvina y yo, en esa apacible tarde en los primeros días de marzo, observábamos la nada mientras disfrutábamos los últimos calores a poco de comenzar el otoño.
Era un lunes y en el Club de cabañas y casas rodantes no más de una decena de socios habíamos permanecido para pasar la semana después de un domingo vibrante y de lleno casi total.
Por eso ambas nos sorprendimos ante el arribo de los ocupantes de la cabaña ubicada frente a nosotros con los que teníamos un trato amable aunque distante pues eran miembros relativamente nuevos.
El auto avanzó por el camino de tierra seca y al detenerse descendieron nuestros vecinos, un matrimonio medianamente joven, sus hijos de tres y veinte años, dos perros lanudos y dos pequeñas cotorritas en una jaula.
La esposa saludó al bajar de auto mientras ayudaba a los chicos con algunos bolsos pero el hombre, Emiliano, jaula en mano, vino directamente hacia nuestra tranquera, atravesándola sin pedir permiso. Depositó la jaula sobre la mesa del porch a la vez que nos contaba las gracias de las dos pequeñas aves que no despertaban en nosotras la menor curiosidad.
-Miren qué lindas que son, qué coloridas, se las voy a dejar acá para que las disfruten...
Y diciendo esto se dirigió a su auto a continuar descargando cosas que habían traído para quedarse a pasar unos días en el Club.
Mí amiga y yo no entendíamos nada.
¿Qué le hizo pensar a ese tipo que nosotras estábamos interesadas por esos animalitos?
Aunque desagradadas por aquella repentina invasión, ninguna de las dos atinamos a negarnos a la imposición de este hombre.
Después de mirar a las aves por unos segundos nos manifestamos la una a la otra que tendríamos que haberle dicho a Emiliano que no queríamos aquella jaula sobre nuestra mesa, más ninguna de las dos lo hizo.
Un simple No, hubiera puesto el límite necesario, pero temíamos que a Emiliano le cayera mal la negativa.
Sin más, las cotorras y nosotras permanecimos prácticamente inmóviles por espacio de una hora, hasta que las primeras gotas de lluvia vinieron a refrescar el ambiente.
Melinna Trigo (CABA)
1. DECIR NO
Papá me habló mucho sobre los límites que yo debía ponerle a mis hijos. Era insistente en eso. Yo le decía que eran otras épocas, que la crianza no era tan estricta como cuando nos habían educado a nosotros. Una vez, mientras almorzábamos, volvió con el tema. Estiró los brazos sobre la mesa e hizo un cuadrado imaginario en el que sus brazos eran los límites y, a modo de ejemplo, me dijo: Esto es como un corral en el que vos dejás a tus chiquitos para que se muevan libremente. Ellos pueden hacer lo que quieran dentro de este espacio pero no pueden salirse de ahí. A veces, de acuerdo a la circunstancia, podés ampliar ese límite, y separó los brazos unos centímetros, y otras veces, siguió, ante el peligro o una amenaza, tendrás que achicar el espacio del corral, y mientras volvía a juntar los brazos, agregó, para protegerlos. Esta representación me fue sumamente útil a la hora de poner límites a mis hijos. Tomé en cuenta, además, que no tenía que ponerlos de acuerdo a mis estados de ánimo; lo que era NO debía ser NO siempre. Y que no debía ser demasiado estricta porque, a veces, no se podían cumplir.
En casa había un mueble, con un cajón, donde se guardaba documentación que no se podía perder. Les dije a mis hijos que no debía abrirse, por nada del mundo, sin mi consentimiento y mucho menos tocar o sacar lo que había ahí adentro. Yo lo llamaba “el cajón de los papeles importantes”. Ellos, entendieron enseguida que ese era un lugar prohibido y que me iba a enojar mucho si lo abrían. Al tiempo, empecé a encontrar dibujos, golosinas y juguetitos de Franco (tendría ocho años). Lo llamé enojada para preguntarle por qué había abierto el cajón y puesto sus cosas ahí si yo había dado una orden; me había desobedecido. Él me respondió con su lógica Es que ese es un lugar muy seguro y sé que Débora y Andrés nunca buscarían ahí. Me dio mucha gracia. No supe qué responderle; él tenía su razón. Le dije que esa no era la función del cajón y lo ayudé a buscar otro lugar “secreto” en la cocina.
Traté de mantenerme firme con las consignas, y mis hijos, en general, fueron obedientes. Muchas veces, incluso, me pedían permiso para salirse del límite, con lo cual, ya era un triunfo de mi parte haber logrado eso. Siempre había una explicación por parte de ellos y podíamos charlarlo. Me costó un poco más cuando entraron a la adolescencia; de a poco, fui permitiéndoles cosas y de pronto, se sintieron con autonomía para hacer lo que querían, sin pedirme permiso o avisarme siquiera.
Muchas veces, no pude retarlos por transgredir una regla; recordé mi adolescencia y no había nada más gratificante que ir ganando terreno ante los padres.
Elaine (CABA)
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