8. LA CONVIVENCIA CON ETHEL
Una vez por año mis papás se iban de viaje. Supongo que el gran tema sería quién nos cuidaría en la ausencia. Muchas veces se quedó en casa Ethel, mi abuela paterna.
Ethel, una señora alta, flaquita y muy elegante. Siempre con olor a “Roby”, un aerosol que se ponía diariamente en el pelo para darle forma. Semanalmente iba a la peluquería donde le retocaban el color, las puntas y le hacían belleza de manos. Usaba polleras hasta por debajo de las rodillas y camisas de una tela muy suave, supongo que seda o raso. Jamás la vi con pantalón. Mucha de su ropa había sido hecha por ella misma o comprada en grandes tiendas de Europa. En los pies pequeños tacos y su infaltable cartera haciendo juego. En invierno lucía tapados de piel. En los días de calor, cuando estaba solo la familia, usaba bikini y enteriza si había invitados. Ethel era una persona meticulosa, detallista y eso se veía reflejado también en su vestimenta y forma de andar.
Era rutinaria y organizada. Los martes, día de peluquería. Los miércoles salía a comer con “las chicas”, su grupo de amigas. Otro día recibía la revista “Hola”. Muchos jueves venía de visita a casa. Viajaba en el colectivo 60, de Palermo a Martínez con una torta de vainilla con manzana.
Uno de sus principales objetivos era lograr tener nietos correctos y caballeros. Para las nietas buscaba feminismo al extremo. Debíamos ser “princesitas” según sus propias palabras. Como buenas princesas era importante la forma de vestirnos y de movernos. Siempre había una lección de buenos modales.
La convivencia era el mejor momento para conocerla un poco más. Pude ir descubriendo su imperiosa necesidad de cuidar la billetera de mi papá. No le gustaba hacer gastos que, según ella, eran innecesarios. ¡Ese era motivo de discusión! Cuidadosa hasta el punto de pedirnos que desenchufáramos todos los electrónicos para evitar la pequeña luz de “encendido”.
En su estadía ponía especial atención a los horarios de visita de nuestros novios. Llegadas las doce, se suponía que debían irse porque “era muy tarde”. La misma regla regía para los viernes y sábados. Se asomaba por la escalera al grito de “Panchita, ya no son horas de visita”.
Algo que yo disfrutaba mucho era poder contar con los números, ya pasados, de la revista “Hola”. Cualquier duda que tuviera sobre el árbol genealógico de algún integrante de la corona europea ella me la podía responder. Yo también valoraba mucho que en esos días se ocupara de arreglarme toda la ropa que necesitaba un nuevo dobladillo, unas puntadas o un elástico nuevo.
Son muchísimos los recuerdos y momentos que guardo en mi corazón de mi queridísima abuela Ethel a quien pude conocer más gracias a los viajes de mis papás.
Paula (Martínez, Buenos Aires)
7. ABUELA FRANCISCA
Hoy hace más viento y frío que nunca en Mar del Sur. María y Andrés juegan a la mancha en el patio trasero porque no se puede salir a la calle. Viven frente a la playa en una casa que el Banco Hipotecario le alquila al tío Lolo, su papá, empleado de la sucursal. Ese día gélido se templa con la alegría de los niños al recibir la caja de zapatos que les manda la abuela Francisca desde Buenos Aires. Las masitas con forma de eses y trencitas son deliciosas y una carta escrita con prolija letra inglesa en la que les pregunta por el colegio y les cuenta cómo está la familia es todo el contenido. Para los nietos, un tesoro.
Así es la abuela, tan sencilla como afectuosa. Ella vive para hacer felices a los demás. No le importa la jubilación ajustada del abuelo, la casa alquilada o cualquier otra escasez. No se compara jamás con sus hermanos ricos que la adoran, pero son bastante tacaños, y recuerda encantada la casa estilo colonial de Corrientes con aljibe y galerías donde vivió de niña. Ella está siempre presente en las pequeñas cosas. En ese arroz a punto perfecto, en los ravioles amasados los domingos para toda la familia, en la torta con un solo huevo que es tan rica como las de doce de Doña Petrona, en los escones calientes con manteca y dulce. Si Santiago y yo nos quedamos a dormir en su casa, nos pone cinco minutos antes la bolsa de agua caliente en el catre y no falta un cuento de príncipes y princesas, en los que por alguna razón argumental nos sentimos representados. Canta suave mientras toca el piano. Sus juegos son únicos y sencillos. El de las visitas es mi preferido. Mi hermano vestido con el tapado negro del abuelo representa a un cura quien es la principal visita y yo con un sombrero ostentoso de joven casamentera soy también protagonista. La abuela hace de anfitriona y comienza la función. El juego consiste en largas conversaciones con las que ensayamos una vida adulta. ¿Cómo le va padre Juan?, le presento a la señorita Analía. Buenas tardes, cómo está usted, señorita. Y luego de un rato de intercambio informal el consabido, en otra oportunidad quiero presentarle a mi sobrino Justino, dueño de la estancia “Los Esteros”. Y ahí rompemos en risas porque la abuela siempre quiere casarme con alguien de alcurnia y fortuna. Otro juego, nos da una canasta y muchos frascos de remedios vacíos de distintos tamaños y colores que salimos a vender por la casa a enfermos imaginarios cual farmacéuticos ambulantes. Una genialidad. También tiene una muñequita pequeña y morena ubicada en un estante alto que no alcanzamos y cuando nos portamos mal nos dice que la próxima vez que vayamos a su casa va a invitar a dormir a “la negrita” en nuestro reemplazo y esa posibilidad nos hace volver al cauce de buenos niños. Recorta figuras de los paquetes usados de alimentos, harina, arroz o fideos y los pega en papeles de diario para iniciar cuentos maravillosos de seres que abundan en nuestro mundo de fantasía. Allí están la negrita Blancaflor, la fina Lechera, la señorita de Odol y tantos otros.
La abuela Francisca no necesita salir de compras porque sí, ni ir a cenar o al cine. Solo quiere recibir a la familia en su casa. Siempre me pregunto cómo puede cocinar en esa cocina pequeña y oscura que da al patio y hacerlo en un horno viejo y destartalado. Los domingos de pastas la veo transpirar al compás de las ollas hirvientes. Sin embargo, su comida es la más rica del mundo. Creo que le pone gotitas mágicas. Las más deliciosas milanesas separadas por papel madera para sacar la grasa; la tarta de masa casera con queso de rallar a falta de cuartirolo o algún otro. Es feliz en las fiestas de fin de año. Recuerdo sus regalos simples y oportunos, repasadores, agarraderas cosidas por ella misma o un paragüitas para Valeria. Cuando la situación económica de los jubilados empeora en el país la abuela sigue por el mismo camino, cocinando ahora para su familia nuclear las mismas comidas de siempre y haciendo unas muñequitas de trapo para encauzar sus habilidades manuales. Nunca la escuché quejarse, pelear o gritar a nadie. La única vez que la vi llorar, triste muy triste, acostada en la cama, fue cuando el tío Lolo se accidentó con su esposa, Valeria y Pablo, mis primos, viniendo de Mar del Sur a Buenos Aires a pasar las fiestas.
Ya viuda la abuela vivió con mis padres y por unos años se mantuvo entera. Sin embargo, se fue apagando, naturalmente, sin su compañero de cincuenta años y ya no cantó más ni jugó con sus bisnietos. Pero quería siempre ayudar a lavar los platos, porque sus fuerzas se lo permitían y así se sentía útil.
La playa está fría, el viento del sudeste arrecia, el tiempo es indomable, pero no es Mar del Sur, aunque también vivo al borde del mar y me imagino que algún día me llegará por correo una caja de zapatos llena de masitas con forma de eses y trencitas y con una carta de la abuela Francisca.
Alexis de la Fuente (Buenos Aires)
6. UN TESORO INVALUABLE
Íbamos por la ruta hacia Miramar. Nos esperaban la tía Trudi y sus hijos. Ese verano el sol quemaba como un soplete. Mamá me dijo: Te vas con el abuelo a pasar unos días. Me pareció raro porque él jamás me hablaba y cuando me miraba yo sentía que sus ojos me reprochaban algo y me ponía incómoda. No me gustaba estar con él. A pesar de vivir en la misma casa. La suya. Me ignoraba descaradamente. No lo tenía claro pero intuí que era porque no lo quería a mi papá, una prolongación de odio. Tenía nueve años en ese momento y cuando él se durmió en el micro por fin pude imaginar la playa, el sol, los caracoles que había tantos en esa época y en el reencuentro con mis primos. Una mañana me llevo al vivero donde se entretuvo juntando hongos comestibles. El lugar me fascinó. Era un santuario misterioso más de 60 años atrás. Los pinos estaban tan cerca uno del otro que nos perdíamos de vista en un santiamén. El suelo mullido de agujas. Me detuve y escuché el silencio abrumador del bosque. El tiempo estaba detenido. Era otra dimensión. No vi duendes. Pero sentí que todo me observaba. Amé al abuelo en ese momento. Tal vez él también sentía esa sensación de estar en un tiempo real con otro sentidos abiertos. ¡Un tesoro invaluable, abuelo! Jamás lo olvidé. Como si hubiera pasado ayer.
Metal (CABA)
5. LOS NOVENTA DE LA ABUELA
Cuando llegué a éste mundo, cumplías cincuenta. Mis tres hermanos ya conocían tu calor y también, el del abuelo.
Yo con pañales y mamaderas; ustedes con mate, té y la bolsa de agua caliente.
Entre viajes y mudanzas nos vieron crecer. Desde Córdoba hasta Mar del Plata; desde Estados Unidos hasta Puerto Madryn.
Con tu arroz con leche y tus tarteletas de manzana nutrías nuestro cuerpo al mismo tiempo que nuestro corazón.
Cuando cumplí seis, el abuelo se fue y con él se llevó la alegría de las navidades en Serena.
Seguiste con nosotros; vos llorabas su ausencia, yo crecía, sin comprender aún aquella partida.
Los cuatro hermanos nos íbamos solos a la playa, vos todas las tardes, a las cinco en punto, aparecías con tu canastita llena de sandwichitos y leche chocolatada. Era una fiesta verte bajar las escaleras largas del balneario. Yo crecía y no me daba cuenta, todavía, que era mucho más que la panza lo que nos llenabas.
Ya adolescente llegaron los primeros amores y las decepciones que sabías endulzar con mermeladas caseras y chuño.
Muchas veces me enojé con vos sin razón, tal vez expresando un enojo que era con otros. Supiste entender, silenciosa, y me quisiste igual, como era, enojona. Yo pensaba que eras muy “hincha pelotas”, sí, pero me amaste, por eso te quiero.
Compraste y vendiste tantas casas como las veces que nosotros nos mudamos, acompañando el trajín que la vida nos imponía.
Entre risas y enojos, alegrías y tristezas, dolores y bonanzas abriste tu corazón aceptando los cambios que te sorprendían.
Pasaban los años y seguías ahí, con fuerza y con presencia.
Llegaron tus nietos y bisnietos hasta tu tataranieta. Pasaron tus setenta, tus ochenta y ahora llegan tus noventa. Muchas cosas más han cambiado. Hace dos años que no te veo. Recuerdo las largas charlas durante aquel invierno en Mina. Las dos solas disfrutándonos. Me escuchaste, aconsejaste, callaste, protestaste. Crecimos. Te quiero por todo lo vivido, porque estabas en todos los huecos, las faltas, las ausencias, los silencios. Porque fuiste siempre para mí, irremplazablemente, LABUELA.
Clara (Junín de los Andes, Neuquén)
4. LA TÍA LOCA
La tía loca, la mal hablada, la sincera. Cómo nos gustaba esperarte con insectos de plástico colgados de todos lados para escuchar tu grito seguido de “!Pero si serán hijos del demonio los siete!”.
Tía Ethel, la luz te
acompaño hasta tu último suspiro. Amiga y confidente de mamá, eterna enemiga de
la abuela, tu hermana. Tan diferentes, vos te robaste su lugar en la familia,
hasta el abuelo Mario te amaba. No olvidaré nunca como él se te hizo presente
luego de su muerte para acompañarte en tu larga enfermedad, te cuido vivo y
muerto, porque lo merecías, dabas todo por la familia y la unión, nos enseñaste
a querernos y perdonarnos para que “No nos coman los de afuera”. No recuerdo
esta anécdota, pero en la familia es muy conocida. Velorio del abuelo, vos
parada desde el minuto cero al lado del cajón, sentiste un pellizco el culo,
como el abuelo hacía para joderte, te desmayaste de la impresión. Muchos años
después dijiste que lo escuchaste decirte que te amaba, y que ese pellizco se
repitió varias veces, lo nombraste dos días antes de morir.
Reina de los disgustos, viuda muy joven y madre herida por la pérdida de tu
hijo Eric. Guerrera como pocas ayudaste a la Tía Pato con su enfermedad, su
obesidad y sus trabas emocionales, la hiciste integra, es un reflejo tuyo. Tus
regalos los miércoles por la tarde, cuando venías a ver el noticiero con mamá,
coser juntas pitucones en nuestra ropa, tomar mate y putear a Menem. El abrazo
de todos los miércoles, ese que transmitía lo que disfrutabas estar ahí con
nosotros, en nuestros gritos. Te acompañé, con lapsos de ausencia, en tu
enfermedad, me pesan esos momentos en que no estuve. Visitarte y ver como cada
vez caminabas menos, como perdías la memoria, como tu cuarto se transformaba en
una habitación de hospital. Merendar al lado de tu cama, viendo las noticias y
escuchando tus puteadas tan originales como desde pequeña. Que en tu poca
lucidez me miraras y me dijeras “Marita, de vos sí me acuerdo, nunca me
olvidaría de vos. ¿Y Juli?” Acto seguido preguntarme el nombre del hombre que
estaba conmigo, tu sobrino, mi papá, Mario.
Te abrazo, Tía, te extraño, y lamento no haber tenido la madurez sentimental suficiente para haber entendido, de chiquita, que fuiste mi abuela realmente. La única abuela.
Mara (CABA)
3. STRUDEL Y NAVIDAD
El abuelo Lorenzo llegó en 1922. Su esposa Gertrudis tuvo que esperar dos años, hasta que él pudo mandarle el pasaje y embarcarse con los dos niños. Gertrudis era rumana y viajó hasta un puerto de Alemania para hacer este viaje.
Siempre se destacaron por su gran vitalidad. La abuela usaba pañuelos para protegerse la cabeza tanto en invierno como en verano. Se levantaba muy temprano y luego, si era día de strudel, el trabajo en la cocina era intenso. Ponía un mantel blanco sobre la mesa y estiraba sobre toda la mesa la masa hojaldrada. Era elástica y transparente sin un agujerito y caía por los bordes como si fuera un mantel más. Arrojaba el relleno de manzanas verdes cortaditas, con pasas nueces y canela. Lo enrollaba con la ayuda del mantel blanco y lo ponía como si fuese una serpiente, que iba y venía apretadita, por la gran asadera cuadrada. Finalmente lo metía en el horno. La sopa de ese día tenía pedacitos de papa, hecha con una base de harina y aceite tostados, que también usaba para muchas otras comidas, con el infaltable pimentón o páprika picante.
Las navidades eran mágicas, con velitas encendidas sobre las ramas del arbolito y muchas estrellas. Cantábamos villancicos, creo que en alemán porque sus países de origen pertenecían al imperio austro húngaro que dominaba gran parte de Europa. Pero la mejor parte de esta historia era que al ser una banda de nietos jugábamos por toda la casa grande hasta que los pequeños regalos nos hacían regresar al comedor. No había besos ni palabras cariñosas pero todo el conjunto era su forma de demostrarnos lo importante de tener toda la familia unida por la tranquilidad, la paz y las ricas vituallas que faltaron cuando fue la guerra del 14. Y después..
Metal CABA)
2. MI ABUELA
Volví del colegio, tiré el portafolio en mi pieza, me saqué rápido el uniforme, me puse lo que mamá me había dejado sobre la cama y corrí a la pieza de mi abuela. Este mes le tocaba quedarse en casa, por suerte.
Yo estaba apurada por contarle que se había muerto la abuela de Paula, una de mis compañeras.
Esta conversación quedó grabada en mí para siempre y marcó también mi relación con la muerte.
-Te quiero mucho, abuela- comencé yo.
-Yo también, pimpolllito- me contestó mirándome sobre el tejido a crochet que tenía entre sus manos.
-¿Vos sabés si te vas a morir pronto? Porque se murió la abuela de Paula y me dio miedo. Fuimos a misa a rezar, yo le dije a la Hermana que tenía mucha pena porque Paula era mi amiga y ella me dijo que debíamos estar contentas porque la abuela se había ido con Dios. Yo le iba a decir que yo estaba triste igual, pero cuando iba a hablar me miró con fea cara y preferí callarme- le conté casi sin respirar.
-Hiciste bien. A veces es mejor callar lo que uno piensa. Quedate tranquila, falta mucho para que yo me muera. Falta que tomes la comunión, que terminen la escuela, que se casen y tengan hijos. Después de todo eso, cuando esté muy cansada, me voy a ir con el abuelo.
-No quiero pensar, porque cuando yo sea muy grande muchos van a estar muertos.
Yo veía las manos de mi abuela tejer rápido. Me miraba de vez en cuando y volvía a su tejido. Hasta que se levantó y puso una silla al lado la ventana, y me dijo :
-Subite a la silla para poder ver el cielo. ¿Ves aquella estrella brillante?
-¿Cuál? , ¿esa?- le pregunté yo señalándole una.
-No, esa- me indicó.
Yo le dije que sí, sin estar segura cuál estrella me decía. Y entonces mi abuela me contó que el abuelo estaba ahí esperándola mientras ella terminaba de hacer todo lo que tenía que hacer. Me dijo que no tuviera miedo, que la muerte era como nacer, algo natural. Que siempre rezara para que tuviéramos una manera linda de morir, como quedarse dormidos, por ejemplo.
“¡A cenar!”, llamó mi mamá. Y salimos rápido para la cocina donde me esperaban los fideos blancos solo con queso rallado, como me gustaban a mí.
Esta y muchas otras conversaciones con mi abuela consolidaron a lo largo de mi vida una de las relaciones más fuertes que tuve.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
1. ABUELITO
Conectarme con vos
a través de la escritura es lo más lindo que me puede pasar en este día
horrible, abuelito, te quiero tanto, cómo quisiera abrazarte, me lloro la vida
de solo pensar que volveré a verte algún día, abuelito de mi corazón.
Tengo con vos los recuerdos más felices de mi niñez. Ibas a visitarme
todas las tardes, yo saltaba de alegría cuando escuchaba tu voz, sabía
que me contarías un cuento maravilloso y que me reiría mucho con tus historias
de borrachos y tus versos del Martín Fierro, si me veías aburrida me llevarías
a la plaza o a pasear en colectivo. No me olvidó de ese día que fuimos
caminando hasta el cementerio, qué lejos, no llegábamos nunca, cómo me cansé Pero
era tan lindo caminar con vos que me la banqué y llegamos, conocí el
lugar de los muertos, por afuerita nomás. Eso sí, la vuelta fue en
colectivo. Eras Sastre, campeón de ajedrez y boxeo, me enseñaste a coser
y a jugar ajedrez. Me gustaba ir a tu taller y sentarme ahí con vos, me sentía
importante cuando me enseñabas las tácticas y estrategias del juego. Cuántas
cosas, abuelo, qué bien la pasábamos juntos. Cuando de pronto te aparecías
por casa más de grande, en mi adolescencia, con alguna comida árabe, nunca con
las manos vacías, eras un artista, un creador, sabías hacer tantas
cosas. No voy a hablar del día que te fuiste porque siempre estás en mí,
sos mi ángel que me cuida siempre, gracias, abuelito, por estar
conmigo. Te amo.
Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)
Hermosos relatos de abuelos,esos seres increíbles que lograron marcar tanto nuestras vidas,angelitos que nos rondan y siempre estarán en un lugar especial de nuestros corazones
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