Orden

 

8. NO ELIJO ACOMODAR LOS PLACARES, LOS DÍAS DE LLUVIA

 A juzgar por mi placard o mi cartera, yo no encajaría entre aquellas personas a las que se las denomina ordenadas. 

Tampoco soy una tremenda desordenada, aunque suelo perder algún objeto o prenda dentro de mi propio hogar. 

Eso sí, es muy notorio el torbellino que atravieso cuando trato de localizar algún documento o comprobante de antigua data, ya que casi nunca aparecen. 

Desde siempre me he provisto de carpetas, ordenadores y cajas rotuladas para guardar en forma discriminada y prolija los papeles, pero la verdad es que cuando saco algo de un lugar, después difícilmente me tomo el trabajo de volverlo al mismo sitio. 

Lo mismo me sucede con los cajones de la la cocina, por ejemplo, en los compartimientos de cubiertos, mezclo tenedores con cuchillos, cuchillos con cucharas, sorbetes, revolvedores, esparcidores de manteca, cucharitas y sin hilos para cerrar paquetes. 

 

A pesar de esto que cuento, registro que en ciertas áreas el desorden me produce agobio. 

Soy de las que nunca me voy a dormir con los utensilios sucios en la pileta de la cocina. 

Mi familia suele reclamarme que empiezo a sacar las cosas de la mesa antes de que algunos hayan terminado de comer. 

Odio las sobremesas con el mantel sucio, cargado de migas o con botellas vacías. 

Yo solo me siento a degustar mí cafecito cuando todo eso salió de mi vista.  

 

Entrar a una habitación desacomodada me irrita porque la veo fea, deslucida. deprimente.

 

Me pone de muy mal humor ver mi casa desordenada.

No soporto las sillas o sillones cargados de ropa y ver los adornos mal ubicados. Eso me llega como contaminación visual. 

Ya desde la mañana solo disfruto del desayuno cuando veo mi hogar ordenado.

Para comer me preparo una bandeja y selecciono con cuidado lo que voy a poner en ella tanto la vajilla, que me gusta rotar, como también los alimentos, que se vean bonitos, apetecibles, prolijos.

Como estoy sola muchas horas al día me suelo preparar así las bandejas de cada comida y a veces, hasta me las llevo a la cama.  

La excepción es la cena, que comparto con mi marido, y también cuido la presentación de los platos.

 

La ropa puede que no la guarde demasiado ordenada, aunque si limpia, doblada y lista para ser utilizada. 

Cada tanto la dispongo por color o por temporada, pero dura poco así, porque la termino mezclando. 

Tengo ropa clásica desde hace mucho tiempo y no me desprendo de ella porque me encanta, está muy ponible.

Obviamente me compro nuevas prendas por lo tanto ocupan mucho espacio.  

Por la variedad siempre me doy el gusto de elegir mi atuendo con anticipación y esmero.

Siempre digo que me gustaría tener un vestidor enorme, pero se ve que no es tan así, porque están disponibles los cuartos que eran de mis hijos y no lo hice.  

Mi madre me decía siempre: 

"Cuando llueve hay que dedicarse a acomodar los placares...".

Pero a diferencia de ella, yo en esos días amo ver películas, leer y tomar algo calentito sentada en mi sillón.

 Melinna Trigo (CABA)

7. ENTROPÍA

Según la RAE, la palabra orden tiene veintiún (21) significados diferentes, según el punto de vista de la disciplina o situación considerada (Arq., música, organizaciones , etc). La primera de ellas dice: m. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde. Después indica un listado de más de cuarenta opciones diferentes para la palabra “orden” seguida de otra palabra como “abierto, cerrado, del día, compuesto, público”… etc.

Es tan amplio el significado de esta palabra de cinco letras como los métodos y procedimientos para lograr llegar a él en nuestras vidas a medida que pasan los días. Si consideramos la ciencia, el segundo principio de la termodinámica introduce el concepto de entropía, relacionado con el desorden y la incertidumbre. El segundo principio de termodinámica predice que la entropía de todo sistema aislado tiende a incrementarse hasta que el sistema alcanza el equilibrio termodinámico.  

O sea, de eso se trata la vida. De luchar contra el caos o dejar que nos pase por encima y nos arrastre. En criollo se decía “si te dejas estar te comen los piojos”. Nuestra acción y nuestro trabajo contra el caos puede consistir en pequeñas acciones diarias o pequeñas /grandes batallas periódicas con mayor o menor frecuencia y disciplina. Esto se aplica a la casa, el trabajo, el estudio, un pasatiempo o nuestra propia persona según lo que uno siente o necesita en cada momento de la vida. A mí me pasa que disfruto de ver la casa ordenada y limpia, el escritorio despejado de papeles después de atacar el desorden y dedicarle un tiempo. También disfruto de no mirar el desorden y mirar una serie o película de Netflix o la tele. 

En mi infancia, una de las normas era limpiar y ordenar la casa antes de salir. En mi vida adulta la prioridad es llegar al horario acordado de la actividad externa  y no necesariamente el orden previo a la salida. Lo concreto es que me quedan pendientes actividades varias.

El tiempo no alcanza. Debe ser como dice Fito (Paez) …siempre se hace tarde en la ciudad aaaddd….

Si vamos a la filosofía /sociología o métodos de organización varios, se trata de definir prioridades. Tomar decisiones y elecciones:  urgente e importante, el deber y el placer, lo personal, lo familiar, etc etc. O no pensar ni decidir y dejar que el destino y los intereses / necesidades ajenas (de la pareja, los hijos, los jefes, vecinos, etc ) pesen siempre más que las nuestras. Es todo un desafío para mí encontrar el equilibrio y caminar al mismo tiempo. Como la obra de Mauricio Dayub “ El equilibrista”. Es un desafío y un ejercicio: día a día, mes a mes, año a año. Por etapas que son inmedibles: infancia- adolescencia- adultez-vejez. O una sola etapa que consiste en aprender a vivir la vida.

 Rosana L. (CABA)

 

6. DE ABUELOS A NIETOS

De chica tuve la costumbre de ordenar el cuarto.

No registro si fue impuesta o algo natural, como fue con mi hija mayor. Hacer la cama, ventilar, cambiar sábanas y sacar frazadas al sol  era tarea que no me pesaba.

Lo hacía con entusiasmo y música de fondo, ¡infaltable!

 Mi cuarto, mi pequeño mundo.

olo tender las sábanas y acomodar la colcha de nido de abejas, esa que me dejaba la marca en la piel repleta de cuadraditos, era lo necesario para que al momento que llegaban las amigas, fuera el lugar preferido para charlas con mate de por medio.

La casa ordenada es símbolo de organización, planificación y estructura firme y segura, dicen algunos psicólogos.

No ha sido así en mi caso y en casi ninguna casa en la que hemos vivido.

Tampoco es que haya sido caos permanente, pero debo decir que cuesta poner cada cosa en su lugar.

Somos muchos y todos con demasíada carga.

Juguetes, autos, muñecas y discos,  pertenecientes a los niños que supieron ordenar cada uno en sus lugares.

Pero lo que ha costado tanto más es acomodar y reacomodar papeles, pendrives, discos rígidos, computadoras, cables  USB y artículos que han sido del padre y esposo, y al cual le cuesta bastante,mantener y ser constante en acomodar su pequeño mundo.

Mi hija mayor, mi mejor maestra para esto: desde peque y sin copiar a nadie supo lo que quería.

Se acostaba y la ropa que usaría en la mañana, quedaba doblada en perfecto estado en la punta de la cama y por debajo de ella zapatillas y chinelas.

El ritual del baño y desenredar esos bucles dorados, tarea que solo ella hizo a partir de los tres años; pijama y bata y porque no algún perfume de niña.

La menor la miraba atenta y logró copiar algunas mañas más nunca pudo igualarla. Y está perfecto que así sea.

El varón, con estilo propio y ordenado a su manera.

Hoy, tres adultos que son organizados en espacios, estudios y trabajos.

Sin embargo, la ausencia  de Cate se hace presente cada día y en cada lugar.

Ella ponía su sello final, el centro de mesa, la fragancia de ambiente que perfuma e invade; los platos guardados y todo, absolutamente todo , en su lugar.

Los sábados, el día en que ella elegía para dar vuelta la casa y luego el departamento. Lo hizo porque quiso no por obligación. Quizás ahora me doy cuenta de que yo lo hice de igual manera.

El tiempo regresa a la infancia y me veo en el negocio de papá y la imagen que prevalece es la de estanterías impecables, señalizadas con obleas de colores que diferenciaban bulones de distintas medidas.

Correas de máquinas que colgaban casi del techo y a las cuales se las sacaba gancho mediante, una por una.

El mostrador siempre limpio pese a los repuestos que llegaban cubiertos de tierra o algún rastro de cereales.

El escobillón paradito del lado de la persiana con tierra que papá amontonaba cada mediodía y cada atardecer.

La libreta de los clientes y esa letra perfecta y legible indicando fecha y detalle de compra.

Las anotaciones que hacía en su cuaderno de ruta al iniciar viajes a Mendoza y la exactitud de kilómetros recorridos y combustible gastado.

Las tardes en el quincho y la radio que informaba las posiciones de los corredores de Turismo Carretera para que él hiciera su propia estadística.

Todavía están guardadas esaslibretas en su mesita de luz, en ese cajón que se cerró hace venticuatro años y que aún conserva  cierto aroma…..

Mamá y la obsesión de anotar cada gasto cada día

Años y años haciendo vaya a saber en qué momento, el ritual heredado de la tía.

Hoy, en el mueble del comedor, servirían de insumo para que cualquier contador realice balance con saldo positivo.

Respiro y pienso: ese orden que hoy tienen los chicos ya sé de dónde proviene

Yo pese a no haberlo tenido, hago mi propio orden….

María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 

5. ORDEN INTERNO

Cuando hablamos de orden lo primero que se nos ocurre es pensar en el aseo.

Por supuesto que eso es necesario y saludable siempre que no se vuelva obsesivo. Yo quiero pensar en el orden que reina en nuestras mentes. Las emociones, los conflictos, las situaciones no resueltas, las inseguridades, son cientos de motivos que la desordenan. Esa confusión que todo lo vuelve complicado, negándonos a aceptar cuán equivocados estamos. Me llevó años comprender y aceptar que mi obsesión por el orden y la limpieza no era  una virtud de la que debiera sentirme orgullosa, sino la consecuencia  de mi gran desorden emocional  causado por diferentes situaciones irresueltas y mi cable a tierra era descargar en acción, lo que no podía  resolver con palabras o con hechos concretos.

 Hoy sigo siendo ordenada, pero no loca por la limpieza.

 Sin embargo todavía me quedan residuos de la que fui. 

Aún me cuesta sentarme relajada a mirar una película si tengo los platos por lavar o dejar las camas sin hacer a la hora de salir a pasear,

 En oportunidades discuto con mi nieto porque viene de la calle y con los pantalones que se sentó en el colectivo o en cualquier otro lugar pretende meterse en mi cama limpia, algo que para mí es inaceptable.

 Él me dice, abuela, qué obsesiva sos, considero que lejos de serlo, para mí  es una cuestión de sentido común. Dejé atrás esas épocas donde limpiaba de madrugada los azulejos. Ya no plancho durante horas   como lo hice durante muchísimos años, es más, evolucioné tanto que aprendí  a doblar y guardar.  Aprendi a ser más práctica que esclava, tampoco  me la paso 

 quitando con un pincel la  tierra de los rincones más recónditos o dando vueltas las camas día por medio,  para sacar las pelusas  de abajo de las patas.

Fue difícil erradicar algunas de esas conductas tóxicas, las cuales no se modificaron de manera casual, fue un proceso lento, después de tomar decisiones drásticas, buscando  sobre todo la manera de  aprender a priorizarme. A partir de ahí, pude tomar de algún modo el eje de mi vida, permitiéndome  el placer de hacer mi voluntad solo a mi modo, y de esa manera poder  lograr que mi mente se mantuviese más en orden y mi casa también, pero sin exigirme tanto innecesariamente. 

 Li (CABA)

 

4. LAS PAPAS SE PELAN DE A UNA

Me desperté bien tarde como todos los días y busqué el celular para ver la hora.

Encontré una conversación en el chat de las chicas del secundario. Dos amigas habían regresado de sus viajes; venían de destinos diferentes pero sus expresiones eran parecidas

Alicia había estado en California: “Hola, chicas. Llegué ayer. Estoy poniendo en orden mi cabeza. El resto todo bien, ya les contaré…”.

Beatriz había vuelto de Barcelona hacía cuatro días: “Hola, amigas queridas. Estoy discutiendo con mi hija que me remplazó en el negocio cuando me fui. No tuvo en cuenta mis directivas en la limpieza y el orden, todo es un problema”.

Dos mujeres distintas, dos mensajes textuales usando una misma palabra, una misma idea, un mismo objetivo, el orden. Me llamó la atención y empecé a pensar el tema.

Hace catorce años que, con alguna que otra interrupción, hago terapia psicológica con la misma profesional, Susana Castro. Ella me ayuda a ordenar mis pensamientos; me pone los patitos en fila cuando me siento desbordada, es lo que le digo con una sonrisa.

Lo mío comenzó siendo yo muy joven, tendría unos veinte años; y aunque no recuerdo cuál fue el detonante que me llevó a la consulta, me acuerdo perfectamente del psiquiatra que me atendió, el doctor De Paul, con quien había discutido dos años antes habiéndome retirado de su consultorio dando un portazo.

Ese mismo médico me hacía el seguimiento cada tres meses y renovaba las sesiones que la obra social debía autorizar para que yo pudiera seguir con mi tratamiento terapéutico.

De mi primer psicólogo, me quedaron frases memorables, la principal: “las papas se pelan de a una”, con esa analogía donde las papas representaban los problemas a solucionar que debía elegir para empezar a usar el pelapapas, sigo trabajando hasta el día de hoy.

Algo que se repetía siempre era el clásico saludo de bienvenida al llegar al consultorio….

----- Qué tal, Gabriela, ¿cómo está?

----- ¡Como siempre! ¡Como el culo! -le respondía de mal modo.

----- Bueno, hay culos y culos - era su respuesta tranquila y lapidaria. --Si es como el culo de Bergara Leumann, le va muy mal, pero si es como el de Susana Giménez, le va fantástico, usted dirá…a ver, cuénteme….

Ante esta respuesta repetitiva, más de una vez tuve ganas de putearlo. Muchos años después reconocí que fue muy inteligente de su parte ya que me obligaba a hablar, algo que a veces me negaba a hacer en ese espacio.

Pero si de orden se trata no puedo dejar de mencionar a la psicóloga que me atendió cuando me embaracé de Laura.

----- ¿Qué la trae por acá? -fue su primera pregunta, anotador en mano.

----- Estoy embarazada- fue mi respuesta cortante.

-----¿Es su primer embarazo?, ¿será su primer hijo?

----- No- le cuento- ya tengo dos hijos, un varón y una nena. He estado esperando ansiosamente este embarazo, deseo tener otro hijo, pero no quiero saber el sexo del bebé hasta su nacimiento y necesito estar preparada para cualquiera de las dos opciones.

Le expliqué mi temor de no saber o de no poder amar a un tercer hijo tan deseado.

Fui con un objetivo muy preciso, así que ambas sabíamos que sería una terapia corta.

Con esta psicóloga aprendí que cada hijo viene con un mensaje a sus padres que va más allá del orden en que haya nacido.

También me tranquilizó saber que podía no tener un hijo “del medio”, lo podría ubicar como “mayor o menor que cualquiera de sus hermanos”, sin que ese orden afecte el amor que pudiera recibir cada uno de ellos.

Dejábamos de ser la familia “tipo”, mamá, papá y dos hijos, para pasar a ser una familia numerosa. Necesitaba contención para semejante cambio, y la tuve…

Teniendo mi cabeza en orden, puedo arreglar mi casa, establecer relaciones afectivas, organizar mi trabajo, compaginar mis talleres, clasificar mis escritos, en fin, puedo hacer todo lo que quiera con tal de seguir pelando las papas… siempre de a una…

 Mágico Abril (CABA)

 3. LO MAL QUE ME HAS HECHO

Cuando escuché el título de nuestro próximo encuentro, apareció en mi mente la archiconocida frase “el orden es necesario”. ¿Para qué? ¿Para quién? No fui y no soy (develemos en el futuro si seré, si me convierto en) una persona ordenada. O lo soy a medias. Mi escritorio bulle de libros, cuadernos, papeles de regalo, etc. Mi idea consiste en apilar: formar pilas de diversos tamaños y temáticas. La mayoría de las veces por el lugar que ocupan los elementos a apilar. Como los platos. La ropa es una formación erguida en lo alto y en lo ancho de mis estantes del placar. Los zapatos y sandalias están en cajas con etiquetas, pero no siempre se corresponden. O sea, realizo amagues de orden que no me conducen a nada. Para mí es famoso “después lo guardo” y nunca llega ese momento mágico de guardado en el sitio que corresponda. Me agarra cual ataque espástico una necesidad imperiosa de orden que se lleva puesto todo lo que haya en el camino. En estos casos utilizo la otra archiconocida frase de modo metafórico: “lo que se mueve se saluda, lo que está quieto se pinta”. Se produce una explosión de energía de la que huyen los que tienen la felicidad de vivir junto a mí. Mis niños han desarrollado también una exquisita no idea de saber donde no dejan todo. Los whatsapp son desopilantes. “Má, viste si yo llevé a casa…, sabés dónde dejé cuando…”. Debería dedicarles un relato aparte de este que ocupa parte de mi mediodía de día miércoles.

Sin embargo, debo reconocer con asombro que el hijo mayor tiene toda su casa ordenada con esmero. Su placardempotrado es digno de ser fotografiado para la Revista Casas, si tal publicación tuviere existencia.

Sin embargo, en otros aspectos de mi vida soy la efectora del orden. Cocina y lavadero son lugares de la casa donde “reina el orden” y/o reino yo. La reina de Caracas.

Así que llego a la conclusión que soy ordenada al cincuenta por ciento. 

Edith Oxilia (CABA)

 

2. ORDEN                                        

Orden. Una palabra de tan solo cinco letras, pero que encierra diversos contenidos.

A ver… no soy obsesiva, pero intento mantener un orden equilibrado, porque me molesta ver que demasiadas cosas no estén en su lugar.

Soy meticulosa con todo lo que se refiere a papeles de trámites o similares. Desde hace años uso agendas, más que por tener desconfianza a mi memoria, es un tema de organización. Escribir lo que debo hacer, verlo reflejado por escrito, ordena y aclara mi mente. Así me organizo cada semana, sobre todo las aquellas que incluyen cosas puntuales

Algunas de mis costumbres pueden ser consideradas como TOC. Ordenar los billetes por valor, todos del mismo lado, no soporto verlos mezclados o uno al revés del otro. Los libros, los organizo por autor si hay varios del mismo, o por temas y en ambos casos, de menor a mayor altura. Películas en DVD y cd’s, de la misma forma.

Existe una frase que dice: “El orden de tu placard refleja el orden de tu mente”. Este último tiempo, creo que en cierto sentido es verdad. Siempre he ordenado mi ropa separando la de uso diario de la que uso en general, para salir, por tipo de prenda o colores. Últimamente no es tan así. Me pregunto el por qué.

No sé si se debe a que siento que mi cabeza no descansa de nada, que siempre estoy pensando algo, como si saltara de un pensamiento a otro.

¿Esto de la ropa querrá marcarme que debería relajarme por lo menos en algo? Lo curioso es que se trata de “mi ropa”, no la de los demás habitantes de la casa, que muchas veces es ordenada por mí.

De lo que no estoy segura, es de tener un orden interno. ¿De qué se tratará este orden? Puedo considerarme una persona medianamente equilibrada, en mi forma de ser y de actuar, pero me pregunto: ¿se pueden “ordenar” los sentimientos? ¿o todos los pensamientos?

Quizá pueda hacerse con aquellos que se refieren a obligaciones, pero con aquellos que te asaltan de repente o te provocan desasosiego ¿cómo se logra? ¿Se guardan como medias en un cajón o quedan dando vueltas en uno sin saber qué hacer con ellos?

¿Cómo se compone uno internamente ante una situación que nos quita de nuestro eje? O hasta de una felicidad o alegría que nos sacude por dentro.

Me resulta difícil encontrarle una explicación.

Elijo ser un poco desordenada en mi interior, creo que eso me permite pensar un poco menos, no reflexionar tanto.

Me quedo con una frase de Paul Claudel: “El orden es el placer de la razón pero el desorden es la delicia de la imaginación”.

                                                                          Claudia  (CABA)

 

 

 

1. TOC FAMILIAR

Vengo de dos familias de italianos puros. Mi abuela materna lavó la ropa en el río helado de Río Gallegos. Almidonaba las sábanas y las guardaba perfectamente planchadas y dobladas. Su casa brillaba y cada cosa estaba en su justo lugar. Aunque vivían en una casita humilde en medio de la nada,  mi mamá me contó lo limpio y ordenado que siempre tenía todo. Mi abuela era de esas personas que, cuando cebaba mate, lo ponía en una bandeja, con su respectiva servilleta por si caía agua o yerba, y mantenía la pava y el mate tan limpios que brillaban como plata.

Mi abuelo materno era un obsesivo del orden, los muebles debían estar perfectamente alineados y sus trajes y camisas arreglados por color. Sus hermanos también: la famosa tía Tita mantenía el orden y la limpieza en una casa grande, a pesar de su limitación física, y la tía Emilia, que vivió en un rancho en una villa, con un orden extremo, tenía los pisos y ventanas que brillaban.

Los tres hermanos de mi mamá heredaron esa obsesión: limpiar sobre lo limpio, ordenar sobre el orden. Mi mamá dice que no es ordenada, pero para mí sí lo es, y mi hermano lo llevaba en la sangre. Fue un extremo obsesivo del orden. Recuerdo que llegaba de trabajar, se paraba en la puerta y daba un pantallazo de cómo se encontraban los muebles. Por ejemplo, si la mesa estaba corrida unos centímetros, la acomodaba, o si las sillas estaban en otro lugar, las cambiaba. Dani era la persona que mejor hacía la cama, a la perfección, no se salía ni una punta.

A mis abuelos paternos no los conocí. Si bien íbamos a visitar a mis tíos cada tanto, notaba que sus antiguas casas estaban ordenadas y limpias, pero no me llamaba la atención. Mi papá era muy limpio, pero como mi mamá le hacía todo, no tengo registro de su orden con la ropa. Lo que sé es que era muy cuidadoso con su auto y con los papeles de la casa y del trabajo.

Yo siempre fui muy desordenada. No hubo forma de aprender, a pesar de haber tenido tantos buenos ejemplos. Cuando conocí a Daniel, el papá de mis hijos, lo primero que noté fue su desorden y eso me alivió. Una cosa menos para preocuparme. Cuando nació mi hija, mi mamá me enseñó cómo había que mantener la ropa del bebé impecable. Había que hervir los pañales, las batitas se lavaban con un jabón especial y su ropita debía estar perfectamente acomodada y perfumada.

Cuando mis hijos crecieron, mi casa fue un caos. Al principio, cuando yo no trabajaba ni estudiaba, mantenía bastante el orden y la limpieza. A medida que fue pasando el tiempo, teníamos más cosas y se volvió un campo de batalla: los juguetes tirados, las camas hechas así nomás, los platos de la noche sin lavar y lo peor de todo, la ropa. El tema ropa fue mi karma. Compraba canastos de todos los tamaños, la ponía en bolsas, la apilaba en el sillón para planchar y guardar, pero pasaban los días y no lo hacía. Iba de un sillón a otro. Un verdadero caos. Mis hijos son iguales a su papá y a mí en este tema. Voy a ser sincera: me parece una pérdida de tiempo doblar la ropa antes de ir a acostarme, o cuando saco una remera dejar las otras acomodadas. En mi casa las sábanas siempre las tuve hechas un bollo, y la ropa interior toda mezclada. Quise, pero no pude.

Hoy en día vivo con mi mamá y me persigue con la ropa. Pero ahí está, la tengo toda mezclada en el ropero. A veces ella revisa mi habitación, y si ve algo afuera, lo pone a lavar, aunque lo haya usado un día. A mis casi sesenta años me molesta su obsesión, pero crecí con eso y me lo aguanto, no me queda otra. En el trabajo me costó bastante. Por suerte tengo un jefe que me ayuda a mantener la información y los papeles perfectamente ordenados. En fin, otra cosa más que necesito del otro.

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


 

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