Duelos

11. EL SECRETO DE LA ABUELA

Me puedo llamar dichosa porque no tuve duelos reales hasta que era una jovencita de 17 años, cuando murió mi abuela Lola. Recuerdo haber pensado a mis trece años que la abuela era inmortal.

No recuerdo a mis abuelos ya que murieron cuando yo tenía dos años. Ellos eran jóvenes, los dos perdieron su batalla contra el cáncer con una diferencia de meses. Los dos tenían alrededor de los cincuenta ocho años. Pero yo sólo conservo en mi memoria un par de flashes muy lejanos.

El primer encuentro real con el dolor, el sufrimiento y la injusticia de la muerte fue precisamente cuando Lola se liberó de su cuerpito maltrecho y pasó a vivir en otro plano.

Unos días antes nos llamaron a todos del sanatorio para ir despidiéndonos de ella.

Aparentemente su agonía estaba llegando a su fin.

Era una fría tarde de sábado. Estábamos todos alrededor de su cama. Sus dos hijos (mi papá y mi tía) con sus familias. Sus primos y otros familiares.

Yo estaba saliendo con mi primer novio y también vino al sanatorio con nosotros.

Recuerdo ese silencio triste y sofocante con el que rodeábamos su cama. Serios, callados, con las manos adelante de nuestros cuerpos, en actitud de rezo.

La luz de la habitación era muy tenue. Las paredes, color rosa viejo, respiraban ahogadamente con nosotros y nos apretaban.

Enfrente de la cama de la abuela había un cuadro de Jesús que ella necesitaba mirar todo el tiempo cuando estaba despierta.

Esa tarde yacía, aparentemente dormida, en una cama que le había quedado grande.

De repente me llamó con una voz que no le conocíamos, era una voz gruesa, grave, como de hombre.

Me acerqué a su cama y me preguntó, con mucha claridad: "Mimí, ya te acostaste con Héctor?"

Silencio total. Gran expectación de los concurrentes. Supongo que Héctor estaría rojo como un tomate.

Yo me apuré a asegurarle que no, que no lo había hecho.

Pareció aliviada, aunque tuvo todo el tiempo los ojos cerrados. No me miraba, no era su voz, pero me dijo: "Bueno, no lo hagas. Porque tú te vas a casar con el muchacho de la oficina"

No entendí su mensaje porque yo no conocía a ningún muchacho de ninguna oficina ya que recién había terminado el secundario y estaba dando mis primeros pasos en la facultad. Jamás había trabajado en una oficina.

De todos modos le tomé la mano. Supuse que deliraba.

Cuando volvió a sumirse en lo que parecía un sueño profundo, le solté la mano y volví a la rueda de visitantes.

Al día siguiente nos llamó mi tía para avisarnos que la abuela ya había partido.

Fue el primer velatorio y funeral al que asistí en forma completa, desde adentro.

Recuerdo que cuando la dejamos en el cementerio entendí con una fuerza arrolladora el verdadero sentido de los versos de Bécquer: "Dios mío, qué solos se quedan los muertos!!!"

Me sentí muy mal al dejarla ahí, sola, para siempre.

Era una tarde de domingo, gris, lluviosa, fría.

Volvimos a casa en silencio, apenas almorzamos y nos fuimos a nuestros cuartos. Inmensa tristeza. Vacío.

Me daba pena papá. Sentí su orfandad.

Y yo había perdido a mi hada madrina, mi hacedora de milagros, mi refugio, mi diosa del amor con mayúsculas.

Pero en el fondo sabía que ella no se había ido del todo, que nunca lo haría. Y no lo hizo.

Dos años después entré a trabajar en una empresa muy grande. Hice muchos amigos. Héctor estaba muy celoso porque yo era feliz en mi trabajo y me llevaba muy bien con mis compañeros. Eran todos mayores que yo, por eso las charlas eran muy interesantes. Comencé a aburrirme mucho cuando estaba con él. Todo era tan chato, tan básico, tan rutinario, de vuelo tan raso.

Odiaba cuando se aparecía a la salida de mi trabajo para acompañarme a casa.

En esa época yo vivía en crisis emocionales permanentes. Adaptarme al caos diario de papá e Inés, retomar la relación con mi madre después de su operación, sentir que no pertenecía ni a un lado ni a otro. Héctor era un pésimo interlocutor.

Entonces profundicé mis conversaciones con dos de mis amigos del trabajo: León y Alejandro.

Me sentía comprendida, mimada, contenida. No se me exigía nada, más que mi amistad.

Y me enamoré de uno de ellos. Entonces puse punto final a mi relación con Héctor. Y empecé a salir con Alejandro.

Finalmente me casé con el muchacho de la oficina.

Todavía, cada tanto, le pregunto a Lola cómo lo supo. Si yo era una adolescente que no pensaba jamás en trabajar en una oficina.

Me llega la imagen de su sonrisa pícara, de ojitos celestes entrecerrados, de su mágica sabiduría de todos los tiempos.

Me llega el olor de su pelo blanco y espumoso, el calor de sus suaves manos, el sonido de su risa.

Pero no me llega la respuesta. La abuela tiene su secreto guardado bajo todas las llaves del universo.

Y, a decir verdad, me basta con saber que ella  me sigue cuidando desde ese lugar donde nada ni nadie puede quitármela.

Noemí (CABA)


10. MEJILLAS FRÍAS

Mi primer contacto con la muerte fue a los cuatro años cuando falleció mi abuela materna. Recuerdo que llegamos al velorio y me hicieron dar un beso a esas  mejillas níveas, tan frías, qué sensación más fea. Será por eso que logro recordar ese suceso.

Mi abuela Margarithe, así se llamaba, llegaba a la estancia acompañada de su loro tapado con una manta para que no gritara en el tren, y con un gran huevo de Pascua que compartíamos en familia.

Dicen mis primos mayores que era mala, pero a mí no me parece que lo haya sido. Tenía un tono de voz fuerte, yo heredé esa voz potente. Quizá sea ese el motivo por el cual la creían mala.

Amo la vida y la muerte por igual porque son caras de una misma moneda. No quiere decir que coquetee con la muerte, sino que siempre está a mi lado, como debe ser  para poder apreciar y valorar más la vida.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)


9. TAMBIÉN MORÍ

Nos regaló la aventura de adentrarnos en la tormenta que se resguarda tras una puerta con candado y un cartel que predice "Entrada al alma". No es tormenta de rayos, nubarrones grises e incansable lluvia, ya superé la época de huracanes, ahora es más parecido a un campo que se supo reponer de la destrucción… hay árboles, flores, algunas nubes y llueve poco. Revivo el instante en que mi cerebro entendió la frase: "Mamá murió", revivo ese instante porqué sentí perfectamente como todo mi ser en ese momento se sincronizó para morir con ella, Mara también murió. Seguidilla de noches interminables de insomnio, conocí el placer de dudar si me quedaban lágrimas, el cuchillo del "Hasta siempre" descuartizándome, aceptar el vacío que nunca se va a llenar, regalarme ser ingenua con la ilusión de que estas presente en cada mariposa y de que nos vamos a volver abrazar. Fuiste el juramento de que por amor no sufro más. Me enojé porque te fuiste, porque fui consciente de que a partir de ahí no ibas a curarme nunca más con un "sana sana..".  Sin quererlo como madre nos enseñaste la lección más dura: seguir viviendo roto. Podrán haber pasado casi veintidós años pero el tiempo no cura una mierda y cada tanto aparece una nube de este huracán para recordarme que todavía duele. Puedo reconocer lo hermoso y lo doloroso de esta nostalgia. Me asesinaste, me pusiste frente al ciclón y un abismo atrás.. con los días, años, fui sanando cada grieta uniendo mis extremidades y órganos con charlas, viajes, experiencias.. a veces me tuve que romper más para encajar mejor. Reviví, porque estar vivo es más que respirar. Abrir esta puerta significa liberar el peor terror que sentí, el sufrimiento y la angustia para encontrarme inmediatamente después abrazándome a mí misma. Agradeciendo cada día cómo sucedieron las cosas, aceptando que así fue perfecto y que este vacío acá en el pecho está en el lugar correcto.

Mara (CABA)


8. BUKY

Cuando una es niña, no repara en el término muerte con todo lo que ella implica. Una se sabe pura vida, ganas de vivir, energía desbordante. Una lo sabe y lo pone en práctica. Sabía que mi abuelo paterno había muerto cuando yo tenía cinco meses de modo tal que no había llegado a conocerme. No era un tema, la muerte,  que se tocara. No se hablaba de la  muerte ni de los muertos. Claro está que a mis compañeros de escuela se les iban muriendo los familiares y, en algunos casos, ya no tenían madres y/o padres. Como la vida, la muerte nos circunvolaba en esos tiempos y ahora mismo.

No existía en ese entonces la posibilidad de vidas infinitas que dan hoy los juegos cibernéticos. A mí siempre me dolieron las imágenes de las guerras en la televisión en blanco y negro. Miraba con los ojos cerrados. Mucho espanto.

Tuvimos un perro callejero, Buky. Era de color champagne. Papá luchóabahasta el cansancio para que el perro no se escapara de noche por el alambrado. No había caso. Se daba maña para huir. Regresaba todo lastimado. Mi mamá, con paciencia exquisita, le limpiaba las heridas para que no se le llenaran de moscas. Esto era así noche tras noche. ¡Andá a saber qué secreto encanto tendría la calle para un perro callejero! Mientras estaba en la casa nos dejaba jugar con él. ¡Lo hemos tratado como pony! Era muy manso. Ni el gato lo molestaba. Y muy vigilante. Salía a las chapas cuando pasaba otro perro por la vereda o por la calle de tierra.

Una mañana de sol -como sello, en mi piel percibo gracias a mi recuerdo lo tibio del sol- salimos al parque después de tomar la leche. El perro estaba acostado de espaldas al ventanal de la cocina. Miraba hacia la medianera del fondo. Al llegar hasta él, porque no contestaba nuestros gritos, no se movió.  Primer encontronazo con la muerte: el perro estaba muerto. Ya tenía moscas en la trompa y los ojos abiertos. Gritos y llantos abrazadas Ángela y yo. Mis padres salieron de la cocina para ver qué había ocurrido. Papá hizo un pozo profundo en el fondo, cerca del gallinero. El perro era pesado así que le costó tirarlo adentro. Nosotras arrancábamos las flores salvajes amarillas que después se transforman en “panaderos” y sin dejar de llorar le dijimos chau. Ayudábamos a papá a tapar el cuerpo que de a poco dejaba de ser amarillo para convertirse en negro tierra.

Pusimos una cruz de palitos. Como nos habían enseñado en la escuela. Mucho tiempo nos duró en el alma la muerte de Buky.

 Edith Oxilia (CABA)

 

(Entre nosotras: volví a lagrimear)

 7. ABUELA DEL CORAZÓN

Mis pasos de niña conocieron su amor.

Anécdotas que describen su paciencia, dedicación y amparo.

Era mi abuela Anita, abuela del corazón, más familia que la propia.

Diariamente abría la puerta de rejas que comunicaba el patio de mi casa con el suyo.

Comidas sabrosas, baños de invierno en su ambiente calefaccionado, plancha entibiando mi remera, regalos deseados: mi muñeca Rosela, oso de peluche, zapatos Guillermina, guardapolvo y mochila al comienzo de año, jueguito de té diminuto, bebote con ropita…

Era mi abuela temerosa que había perdido un hijo de nueve años, poco después a su esposo y suspendida en eso me decía: “mira para los dos lados al cruzar la calle, no saques el cuerpo de la ventanilla del auto”.

Temerosa si me picaba algún insecto, si me hacía un chichón, si trepaba a su hoguera, si andaba en bicicleta.

Cuando supe que estaba enferma creí que era momentáneo. La muerte de manto negro habitaba en viejitos de muchos años, ella era joven todavía.

Fue empeorando día a día.

Vi la tristeza  de mi madre y de quien hasta hoy llamo “tía”, hija única de la abuela Anita.

Vi sus manos apretadas en esa unión fraterna de dos amigas-hermanas.

Quedó para siempre en mí el recuerdo de sus mimos que me desenredaban el pelo despacito… así como el recuerdo de cuando se cerraron sus ojos claros, aguados de dolor.

Edith Martini (jáuregui, Buenos Aires)


6. MI DANI

Cuando mi hija Dalila tenía tres años y empezó el jardín de infantes le preguntaron: Además de vivir con papá y mamá, ¿hay alguien más en tu casa?, y ella contestó: Mi abuelo, mi abuela y “mi Dani”. Ella ya sabía que era un ser especial.

Mi hermano Daniel era un ser especial pero no porque fuera una persona con Síndrome de Down, sino porque era “Dani”, algo que nadie va a poder entender fuera de la familia, de los profesores y amigos que lo amaron. Un ser único, respetuoso, amable, educado y atento. Era de esas personas que se bajaban primero del colectivo para ayudar a bajar al otro; siempre “permiso”, “perdón”, “gracias” y “buenos días” a todo vecino que pasaba por su lado; siempre un abrazo, siempre solidario, siempre amiguero. Convertía nuestro cumpleaños en el día más importante del año aunque no quisiéramos, y las reuniones familiares las llenaba de felicidad a pesar de aburrirse con nuestras conversaciones políticas. Amaba a las mujeres y las trataba con respeto.

Dani amó a sus animales como si fueran sus propios hermanos:. Teníamos un perrito llamado Toy que un día se escapó hacia la calle y lo atropelló un auto. Enseguida lo llevamos a un Hospital Veterinario y lo dieron por desahuciado, lo trajimos para casa y mamá nos dijo: ¡Llévenlo al depósito del edificio!, que se encontraba frente a nuestra puerta, ¡Y esperemos a que muera!. Dani lo visitó día y noche, lo tapó, lo abrazó, lo alimentó como pudo pero el perro siguió en agonía. Insistió… Fue tanto el amor que le brindó, que ese perrito sobrevivió y duró como diez años más.

Él convertía nuestras horas tristes y nos apartaba de nuestros problemas. Cuidó su casa, su mamá y en este último año se dedicó a cuidar a su papá porque era suyo, de su posesión, y con su amor lo hizo sobrevivir unos cuantos meses...

Hace diecisiete días que duermo en su pieza: me abriga y me cuida su olor y su energía, me siento protegida. Todavía no puedo creer que se haya ido, no lo creo, porque siento que va a volver con su bolsito de trabajar, va a venir sonriendo después de haber llevado la basura al cesto de afuera, de su caminata nocturna, de sus clases de teatro, de su psicóloga… Siempre, siempre con la sonrisa más hermosa.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


5. TOCANDO MADERA

Con casi un año de casada, yo llegaba a casa a las dieciocho horas aproximadamente. y Ese día ya tenía un plan para la cena porque me encantaba recibir a Héctor con una rica comida.

En el camino de regreso de la oficina había comprado un matambrito de ternera para tiernizarlo con leche y presentarlo con unas papitas al natural.

Así que abrí la ducha para dejar correr el agua y fui a la cocina a sumergir la carne en leche caliente con unas hierbas para marinarla por un par de horas...

Tenía tiempo hasta las veintidós horas en que cenaríamos, así que me sumergí en la bañera muy placenteramente hasta recibir el encantador calorcito del agua en cada poro de mí cuerpo y me dediqué a gozar del vapor con aroma a sales de rosas que en aquella época yo adoraba mientras pensaba cómo le iba gustar a mí esposo el manjar que le estaba preparando...  

En eso tan doméstico estaba con mis pensamientos cuando escuché el timbre del teléfono fijo, el único existente por los años setenta.

Sentí enorme pereza de incorporarme pero lo hice rápidamente secándole a medias con el toallón y usando el mismo luego para hacerme una especie de turbante con el pelo, descalza corrí para atender pero dejó de sonar...

Me senté en el sillón de mimbre junto a la cama, mientras continuaba secándole.

Podría ser cualquiera, desde una a amiga hasta un promotor de algo...había tanta oferta de productos por teléfono...

Yo no soportaba los que ofrecían parcelas en los cementerios... qué mal gusto por favor.Eran tan insistentes que yo les colgaba compulsivamente, no quería que me pasaran ninguna información al respecto, por Dios, ¡qué repelente...!

Cortaba la comunicación y ahí mismo tocaba madera, me hacía la señal de la cruz a la vez que mi corazón galopante parecía querer escaparse  por la boca...

Bueno, me dije entonces, debía ser por alguna publicidad.

Pero mí cabeza ya había entrado en Modo Pre Crisis... 

¿Y si el que llamaba era un vecino de mis padres porque les había pasado algo?

Me paralicé. 

Es que no veía la hora en que ellos tuvieran teléfono en su casa para no molestar a la gente y así saber algo de ellos.

Me paré y me senté varias veces sin saber cómo proceder y cuando finalmente había tomado la decisión de llamar a la vecina de su esquina, la campañilla volvió a sonar y atendí angustiada. 

Era la sobrina política de mí tío Gino, el de la calle Berna para decirme que este había fallecido esa tarde y pasarme data de donde sería velado.

Me puse triste porque mi tío y su familia tuvieron peso en mí historia infantil, por momentos los llegué a querer mucho  aunque en otros a aborrecer enojosamente, pero me encontraba atravesando una etapa feliz de mí vida, estaba en calma y los había casi olvidado.

Más tarde, cuando parada frente a la mesada comencé a preparar la cena, me llegó un sentimiento de cierta culpa porque a pesar de lamentar la muerte del tío Gino, la verdad es que me alivió saber  que mis seres más queridos estuvieran a salvo.

Lo cierto es que mí plato para la cena quedó delicioso pero fue la primera y última vez en que lo preparé...

Aunque parezca ridículo debo confesar que se convirtió en un manjar al que desde entonces tildé de "mufa"...

 Melinna Trigo (CABA)

 

 

4. MILAGROS DEL MÁS ALLÁ

No sería muy original si digo que morir es parte de la vida. Presenciar la muerte de papá, poder observar el proceso hasta su última expiración, me hizo entender, acabadamente, el concepto de “ciclo vital”. Él nació en mil novecientos diecinueve, creció, maduró, trabajó duro, formó una pareja, tuvo tres hijos, plantó árboles, no escribió un libro pero sí sus memorias, enfermó y finalmente murió. Desde lo práctico: ciclo cerrado.

Desde lo emocional…un universo de energías y sentimientos vividos durante todos esos años que, estoy convencida, no desaparecen cuando una persona muere sino que quedan en el aire, en los olores, en sus objetos personales, en nuestros recuerdos.

Así también fue con mamá. No siento que esté mal de la cabeza, cuando digo que me comunico con ellos. Muchas veces los invoco cuando no puedo resolver un problema; busco señales, apelo a sus energías. Y no deja de maravillarme cuando, sorpresivamente, aparece la solución. Y siempre concluyo con la frase “Esto, es obra del viejito, o la viejita”, según por qué lado venga el favor.

Pocos años después de morir papá, a mi hijo, jugando en el patio de casa, se le cayó una pelotita de tenis adentro de una rejilla y desapareció por la cañería que, como era pluvial, desembocaba en la calle. Decidí sacarla, por miedo a que se tapara el caño e inundara el patio en la próxima lluvia, como había pasado en otra oportunidad. Introduje la cinta de acero, desde la rejilla, tratando de empujarla hacia la calle, tiré varios baldes de agua para ayudarla a salir. Luego, intenté desde la calle hacia adentro, sin obtener resultados. Llevaba casi una hora en esta tarea. Empujaba la cinta con fuerza, pero en un punto, la misma hacía un tope; había un codo. No lo podía resolver y estaba agotada. A punto de abandonar mi tarea, miré hacia arriba y suspiré, como buscando a papá entre el follaje de los árboles y en un tono de ruego desesperado dije ¡Dale, viejito!, dame una mano con esto, ¡ayudame por favor! Respiré profundo y antes de volver a introducir la cinta en un último intento, la pelotita amarilla vino rodando por la cañería y se detuvo, delante de mí. No sé cómo funcionan estos “milagros”. Tal vez habrá miles de leyes físicas que lo expliquen, pero la pelotita apareció en mi momento más desesperanzado. Cerré los ojos y me reí emocionada, sentí que papá, desde algún lugar, me estaba haciendo un guiño cómplice.

  Malena Holmes ( CABA)

 

3. MI PROPIA MUERTE       

Poco tiempo después de morir mamá, empecé a pensar en mi propia muerte. Caí en la cuenta de que faltan menos años para que, desde lo práctico, finalice mi ciclo vital. No tengo miedo a morir, puede pasar en cualquier momento. Lo hablé con mi pareja y me dijo que es normal que a nuestra edad uno empiece a tener esos pensamientos existenciales. Tal vez sea porque al irse la generación anterior, quedamos como cabeza de familia y primeros en la fila.

No me inquieta saber cómo sucederá pero no quiero llegar a una edad en la que me convierta un problema para mis hijos. Como dice la canción, eso de durar y transcurrir, postrada y ausente a los noventa y tantos años, no me daría derecho a presumir de la edad alcanzada. Quisiera llegar a mi vejez lúcida y disfrutando de mis afectos.

Si pudiera elegir, me gustaría morir rápido y si ocurriera mientras duermo, ¡mejor! Si por alguna razón, no tuviera un velorio, quisiera que mi familia esperara unas cuantas horas antes de enterrarme, para asegurarse de que estoy bien muerta ya que esta espantosa idea de resucitación me viene a la mente con frecuencia.

Es un misterio, para mí, qué pasará después. No creo que me vuelva a encontrar, conscientemente, con mis seres queridos en el más allá. Me seduce la idea de la reencarnación de las almas debido a varias lecturas sobre testimonios de vidas pasadas, experiencias en constelaciones y déjà vu’s.

En cuanto a lo emocional, no tengo dudas de que hay algo especial en las personas, que sobrevive a la muerte; nuestras acciones, nuestra historia, nuestra relación con los demás, los objetos personales, nuestros nombres y rasgos genéticos, vivirán por generaciones mientras se nos recuerde y alguien siga contando nuestra historia. Todos, en mayor o menor medida, generamos expresiones que trascienden.

Con poca modestia digo que mi vida se cerraría con un galardón si pudiera alimentar buenos recuerdos, ser un referente para mis hijos y vivir en ellos como mis padres viven en mí.

 Malena Holmes ( CABA)

 

2. ¿NEGAR LA MUERTE?

 Eduardito fue uno de los compañeros más alegres y divertidos en el transcurso de mi primera infancia, y a lo largo de la vida me sigue acompañando en mi recuerdo, desde su sonrisa y toda su luz. Hablo en presente, sí, porque eso de que al muerto hay que nombrarlo en pasado a mí no me la cuenten, yo a los que amo los recuerdo en el tiempo que quiero porque viven en mí.

    Recuerdo que en los actos escolares Eduardito sobresalía a través de sus extraordinarios relatos gauchescos, era tan gracioso y expresivo que no te aburrías un minuto ante la escucha de su clara y expresiva voz que resonaba en todo el salón, nos hacía reír tanto, era todo un actor, y solo contaba con ocho años el gaucho.

  Para nuestra sorpresa, nuestro compañero, al año entrante, comenzó a faltar a la escuela durante una semana, nos preguntábamos qué le pasaría, quienes lo frecuentaban más seguido nos dijeron que andaba con dolores de cabeza y se mareaba, que le estaban haciendo estudios médicos.

  Una mañana lluviosa, recuerdo bien ese día porque éramos pocos los que habíamos ido a clase, la directora del colegio, se presentó en el aula y nos comunicó que Eduardito había viajado a Buenos Aires ya que le realizarían una cirugía para quitarle un tumor en la cabeza, y determinarían si era benigno o maligno.

  Ese día mi amiga Carolina no había ido a la escuela, me sentía sola, estaba Darío que era el mejor amigo de Eduardito, pero se sentaba adelante y no se dio vuelta, me quedé, así como con una sensación rara, ¿tal vez angustia? ya me había pasado eso una vez, era horrible, quería irme corriendo con mamá. Cuando llegué a casa, ella me dijo que me quedara tranquila, que seguramente el tumor sería benigno, y pronto volvería Eduardito a la escuela.

  Así fue, al año siguiente Eduardito volvió, estaba pelado, recuerdo el primer día de clases que su carpeta era igual a la mía, y me so,nrió y me dijo Cari, ¡mirá!, mostrándome la coincidencia. Yo le respondí Sí, ¡qué bueno jaja! No pude decir nada más, seguía esa sensación rara, como con ganas de devolver, y no podía acercarme a él, no lo sé, tal vez hoy me doy cuenta de que no estaba digiriendo lo que le estaba ocurriendo. Pasaron los días, y los meses, y yo no podía hablarle, ni acercarme a él, y seguía con esas ganas de devolver, era tan fea esa sensación, encima Carolina se enojaba conmigo por las actitudes que tenía, y yo que ni podía explicar ni poner en palabras nada de lo que me pasaba.

   Un 3 de Julio de 1981, Eduardito se murió. Cuando mis papás vinieron con la noticia mi mente se cerró, recuerdo que fuimos todos los compañeros de la escuela al velatorio, Carolina lloraba, yo la miraba, no me sentía parte de todo ese circo, no podía llorarlo porque no había ningún muerto que llorar. Y no lo acepté, viví la escena como si se tratara de una película donde yo era una simple espectadora, no se me movió un pelo.

  Hoy me doy cuenta de que no estaba preparada para llorarlo con lo mucho que lo quería, él no moriría, no encuentro palabras para cerrar este relato, tal vez decirles que Eduardito me sigue sonriendo en mis recuerdos, para mí nunca murió y es mi ángel protector, mi guardián que me cuida desde algún lugar y lo llevo conmigo en mi corazón desde siempre.

Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)


1. DON JULIO

Pcia. de Buenos Aires, Año 1966

La primavera marcaba su aromática presencia. Llegaba yo del colegio a mis once, cuando Don Julio, mí vecino, respondió a mi saludo con su sonrisa plácida bajo el bigote cano, cosa que me dio mucha alegría ya que sentíamos mutua simpatía.

 Hacía pocos meses que me había mudado, con mis padres y mi hermano menor que yo, al departamento tipo casa en el noroeste del conurbano bonaerense. 

Nuestro sencillo hogar contaba con las comodidades necesarias para vivir dignamente, pero sin lujos. 

Mi casa estaba al final de un pasillo que compartíamos con otros dos vecinos. Pegada a nuestra puerta había otra con una escalera para un departamento en primer piso donde vivía otra familia y la tercera puerta era del patio de otra propiedad donde vivían Don Julio, su esposa, Doña María, que era una señora muy menudita de modales delicados y muy dulce al hablar y sus dos hijas. 

Una de ellas, Nora, era maestra, de unos treinta años, muy bonita, de pelo castaño claro, largo y lacio hasta la cintura; tenía un novio japonés y planeaban casarse e irse a vivir a Escobar, cosa que no le gustaba a sus padres por la lejanía.  

La otra hija, Stella, de unos treinta y cinco años, era mucho menos agraciada, usaba unos lentes muy aparatosos y desagradables. Era gorda y bajita. 

Stella tenía una relación con un señor bastante mayor, se decía que casado, que la pasaba a buscar frecuentemente con un auto importante y en algunas ocasiones previo a partir solos, cargaban un atril con su tela para pintar y un maletín que yo infería contenía pinturas  

Ese vínculo de amantazgo tampoco les gustaba a los ancianos. 

Siempre decían que se sentían solos.  

Había una tercera hija, Norma, casada, que vivía en el interior a quien veían muy poco. 

Don Julio, de unos setenta y siete, era ex oficial de la Marina retirado, muy culto y bastante enfermo del corazón,  solía sentarse en el porch de su casa a tomar aire a reparo del sol después del mediodía en una lustrosa reposera de madera siempre con su hermoso perro collie, Sultán, un echado a sus pies pacíficamente.  

Don Julio usaba boina, chaleco y bastón, tenía un aspecto pulcro y olía a Vieja Lavanda Fulton. 

Ese día mientras yo cerraba la puerta cancel rumbo al pasillo, el hombre me llamó y me dio una noticia que yo esperaba hacía bastante tiempo.  

Él y su mujer habían hablado con mamá y me había autorizado a ir a tomar la merienda con ellos a su casa porque Don Julio me había contado que tenía una interesante enciclopedia coleccionable del Diario La Razón y a mí me había fascinado la idea de verla.  

A las diecisiete horas ya cambiadita y después de tomar leche con vainillas para no atacar lo que me ofrecieran mis vecinos, toqué el timbre de aquella casa cuyo interior hasta entonces era desconocido para mí.

Salió a recibirme Doña María y yo, venciendo mí gran miedo a los perros, caminé frente a Sultán, que estaba muy tranquilo, para entrar al espacioso living con brillante piso de granito tipo baldosas de mármol gris. 

Era un lugar muy bonito pero dos cosas atrajeron especialmente mí atención, un piano enorme y las lindas pinturas colgadas en las paredes, obras de su hija Stella. 

Me invitaron a pasar a la cocina y allí vi la increíble colección de coloridas revistas que hicieron mi deleite desde entonces casi invariablemente cada viernes, durante muchos meses. Hasta que un día supe que la salud de Don Julio había empeorado y no podría verlo por un tiempo. 

Cierta tarde fría de invierno, Nora tras intercambiar unas palabras con mamá me invitó a acompañarla hasta su casa.  

Yo me recuerdo a mí misma intrigada mientras atravesaba el porch.  

Quería pensar que vería a mí anciano amigo, pero presentía que algo no estaba bien.  

Ella tenía una expresión extraña en el rostro, mezcla de tristeza y cierta expectativa. 

Entonces observé sobre la mesa aquellas joyas impresas de colores, eran todas las revistas prolijamente apiladas en cinco bloques y un cartelito en cada uno solo con mí nombre. 

Entonces Nora me dijo 

"Papá está internado, las había preparado pensando en que te gustaría tenerlas, ¿las querés?" 

¡Qué pregunta pensé yo...!

 -"Claro que sí, gracias" -contesté 

Sin embargo, por alguna razón no me sentía totalmente contenta.    

Don Julio regresó a su casa pero me dijeron que no podía verlo porque estaba muy débil y que me impresionaría mucho...

Que tal vez más adelante. 

Mis padres sí, en breves visitas. 

Pasados unos días, un sábado por la mañana, mami pasó a verlo.  

Regresó llorando y con gran angustia me dijo mientras se enjugaba las lágrimas: 

"Nena, no te pongas mal, Don Julio acaba de morir, me tocó a mí cerrarle los ojos..." 

Yo solo atiné a correr a mi placard y sacar las revistas, mi rostro inundado mientras el olor a tinta y papel viejo colmaba el ambiente. 

Es el día de hoy, habiendo pasado cincuenta y cuatro años de ese momento, que aquel aroma me resulta inolvidable...

Melinna Trigo (CABA)

 

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario