86. CARTA A PAPÁ
Papá:
Escribirte esta carta me suena a la ilusión de que desde algún lado podrás leerla. Aunque me costó empezarla, me estuvo rondando todos estos días por la mente qué decirte.
Supongo que si tengo que decir todo lo que me quedó guardado, no terminaría nunca, las palabras no alcanzarían. Le voy a escribir al papá que me viene a la mente, el de esa foto donde te estabas riendo a carcajadas (algo no habitual en vos), o en la que mi hijo Agus, se sentó en tu rodilla y te hizo un chiste que no pudo con tu seriedad.
Quiero sacudir los recuerdos feos, perdonarte y tal vez perdonarme porque en algún lado de mi corazón, muchas veces quería sacarte de mi vida. Por eso elijo quedarme con lo bueno, aquello que te hacía buena persona.
Esto lo siento así porque supongo que hiciste lo que pudiste acorde a cómo creciste; nunca voy a olvidar el día que frente a mí le dijiste a uno de mis tíos que vos quisiste lograr respeto de parte de tus hijos y que lo que más lograste fuemiedo. Que hayas expresado eso fue muy fuerte, reconociste en cierta medida tus errores.
Me cuesta no tenerte para poder decirte todo lo que me quedó guardado, para poder disfrutarte de otra manera, y para poder pedirte que me abraces como tanto lo necesité.
Hay algo que hice y gira constantemente por mi cabeza, no sé si por culpa o por qué motivo. Cuando vos te estabas yendo, dormías tu sopor de inconsciencia producto de la morfina, pero yo no sé si en ese estado la gente escucha lo que se dice a su alrededor. Mirta, mi hermana mayor, y yo estábamos cuidándote, casi velándote en vida. Los médicos me habían enseñado a hacerte masajes cardíacos en caso de que ese maldito aparato comenzase a sonar, tuve que hacerlo varias veces y la desesperación invadía mi ser junto con la responsabilidad, sabía que era inevitable, pero no quería sentirme parte de tu muerte.
Recuerdo, que en un momento, Mirta y yo hablábamos bajito, vos respirabas levemente tu sueño mortecino; fue ahí cuando en el medio de la conversación ella me preguntó qué era lo que me pasaba que siempre me veía tan triste, que ella se daba cuenta de que había algo más que la tristeza por mi separación o por tu inminente partida. Y ahí, en ese instante que tal vez no tenía que haber existido, le conté susurrando lo que me había pasado siendo una niña. No sé por qué lo hice en ese momento, ella me preguntó, yo contesté. Es cierto que ya estaba preparada para hacerlo porque venía trabajando eso en terapia, pero por qué ahí, cuando te estabas muriendo.
La cara de horror de mi hermana me enmudeció, yo pedí al universo que vos no lo hubieras escuchado, juro que hablé bien bajito, pero me queda esa duda en el alma.
Al poco tiempo que partiste me puse a pensar y no sé si para ser menos maligna conmigo misma, me dije que no, que vos estabas totalmente anestesiado por las drogas que te daban y que yo había hablado en susurros; pero, por si acaso, por si llegaste a escucharme, te juro que no lo hice para que te fueras sufriendo, sino, para que, si del otro lado existe algo, hicieras justicia por mí ante quien ya sabés. Es un espanto lo que te digo, pero tal vez lo único que estoy pidiendo es que me protejas aun estando en otro plano.
Perdón si me escuchaste. Entre nosotros todo está saldado y yo te quiero más allá de lo vivido.
Te mando un abrazo grande como el mundo, grande como el que yo necesité más de una vez.
Te quiero, pa.
Silvia Peralta (CABA)
89. QUÉ RARA MANERA DE QUERER
Supongo que el hecho de cargar sobre mis espaldas recuerdos tan ambiguos con respecto a mi padre, me llevo a buscar mil maneras de acercarlo a mí, de justificar lo injustificable, de perdonar un montón de cosas, siempre desde mi mirada comprensiva, basada en saber que su infancia había sido muy dura, tan dura que él no quería hablar de ella; lo poco que yo sabía era a través de mis tíos.
Recuerdo momentos compartidos, en que ya adulta, me sembraron en ocasiones de ternura y en otras de una bronca infinita, esa bronca que me cierra la garganta, no me deja respirar ni llorar, porque yo rara vez me permito dejar fluir el llanto.
Mi papá siempre habló con mucho orgullo de mi actividad docente, no porque supiera si era buena en lo que hacía o no, sino porque se enteraba de cuánto luchaba por mis alumnos, sobre todo los más vulnerables. Cuando le contaban alguno de esos hechos, sus ojos se humedecían y me decía que yo era lo más cercano a la Madre Teresa de Calcuta. Esa comparación no era algo que a mí me hiciera sentirme una heroína, lo que me hinchaba el pecho y el alma era saberme reconocida por mi papá, quien en contraposición a lo que me había hecho vivir, siempre fue muy solidario y mostraba un gran amor hacia los niños.
En una oportunidad, en que él había sido operado de una pierna y por una mala praxis quedó sin poder caminar por mucho tiempo, yo lo iba a ver y no soportaba la tristeza de ese hombre que toda su vida había trabajado y que en ese momento se sentía un inútil. Se acercaba el día del niño, y para distraerlo y darle algo para sacarlo de ese sopor, propuse a mis compañeras de trabajo juntar latas, comprar todos los materiales necesarios para decorarlas y poner a mi viejo a realizar esas manualidades que tan bien le salían. Estuvo varias semanas haciendo esa labor de transformar las latas en recipientes para llenar de caramelos y tal vez en un futuro, convertirse en portalápices.
Papá decoró casi doscientas latas, todas distintas, en cada una ponía el esmero de saber que estaba colaborando para la causa de su hija a la que tildaba de tener un corazón enorme.
¡Pero todo me resultaba tan confuso! Así como tenía esos gestos que me llenaban de ternura, tenía otros que me llenaban de impotencia y rabia, sobre todo cuando me gritaba o me decía cosas duras delante de la familia en algunas reuniones , siempre con aire de ninguneo. No entendía si a veces me quería y otras no o, si simplemente esa era su manera de amarme.
Hace aproximadamente doce años, preparando mis vacaciones familiares, le pedí a quien en ese momento era mi marido si podíamos llevar con nosotros a mis padres. Le comenté que desde niña no iba a ningún lado con ellos y no quería que se murieran sin volver a repetir esa vivencia. Lo hicimos, pasamos casi un mes con mis dos hijos y ellos. La experiencia no fue mala, pero sí rara, me costaba volver a convivir con ellos, pero de todos modos la disfruté.
Mis padres volvieron a su casa cuatro días antes que nosotros, se despidieron contentos por haber compartido esos instantes de pequeñas alegrías. Cuando mi familia y yo regresamos, fuimos a visitarlos; mi padre me preguntó qué habíamos hecho luego de su partida. Entre las tantas cosas que enumeré, le conté que habíamos ido a cenar a un restaurante por el que solíamos pasar; al oír esto, lo único que dijo fue que esperamos a que ellos se fueran para ir a ese lugar lindo. Lo miré y con el corazón apretujado sentí que nunca alcanzaría nada de lo que yo pudiera darle.
Silvia Peralta (CABA)84. CUANDO RESCATAR RECUERDOS ES ALGO DIFÍCIL
Escribir recuerdos de mi adolescencia junto a mi padre es una tarea nada fácil. Mi vida junto a él se dividió en etapas totalmente opuestas; una primera infancia amorosa, una parte tremendamente dolorosa a partir de los diez años y el reencuentro, pero eso pasó muchos años más tarde cuando yo ya era madre.
Puedo seleccionar miles de momentos espantosos durante mi adolescencia, pero de los otros, los buenos, tengo que hacer mucha memoria para rescatar alguno.
Siempre fui y aún soy una ferviente luchadora en contra de las injusticias, con modos suaves, pero defendiendo la verdad. A mi padre nunca se lo contradecía ni cuestionaba, yo le hacía caso a sus órdenes pero mi sed de saber los porqué me llevaron a vivir situaciones muy violentas dado que ante sus mandatos, lo obedecía pero le pedía que me explicara los motivos; la explicación no llegaba en palabras sino en golpes.
Uno de los recuerdos más dolorosos se remite a un domingo a la noche, yo tendría trece años aproximadamente, la familia estaba reunida en el comedor ya que estaban mis tíos de visita.
Cuando estaba comenzando a anochecer, me encerré en mi cuarto a estudiar porque al otro día tenía que dar una lección de historia. En un momento, el mayor de mis hermanos varones entró al cuarto y se puso a cantar, le pedí que no lo hiciera porque yo estaba estudiando; él me respondió que un domingo a la noche no era el momento para hacerlo, que me tenía que haber acordado antes y siguió cantando. Comenzó una discusión, mi padre al escuchar la pelea entró a mi habitación y al enterarse los motivos de la misma, le dio la razón a mi hermano y a mí me pegó muy fuerte, dejándome un ojo negro.
Me dolía el ojo y el alma; me sentía humillada y avergonzada; primero ante mis tíos que se fueron de casa espantados, y luego lo más tremendo, el día después.
Cuando llegué a la escuela mis compañeros me miraban sin atreverse a preguntar, los profesores también lo hacían, pero tampoco preguntaban, solamente se acercó la profesora de geografía a interrogarme acerca de qué me había pasado. Le dije que mi hermanito menor sin querer me había pegado con la paleta de madera mientras jugábamos. La docente se dio media vuelta y siguió la clase como si nada, nadie me protegió.
Si tengo que encontrar un mejor recuerdo en esa etapa mucho no encuentro, el que me viene a la memoria es el del día que me entregaron el diploma en la escuela secundaria. Para esa ocasión debía elegir un docente, yo elegí a mi profesora de psicología, un ser encantador que ese día me demostró que sabía más de mí que lo que yo creía, eso que nunca le había contado nada de todos mis sufrimientos.
Cuando me llamaron para que subiera al escenario, tuve que hacerlo junto a mis padres, y mi profesora, luego de entregarme el diploma, se acercó a mi papá y le dijo: “Tiene una hija maravillosa, excelente alumna pero sobre todo una persona con inmensos valores”-.Mi padre sonrió lleno de orgullo, y ahí sentí que alguien había hecho justicia por mí y me había regalado un instante en el que papá sintiera que yo era alguien.
Silvia Peralta (CABA)
83. CARTA PERDIDA
Hace un par de días que había escrito la carta para vos, pero parece que el subconsciente me traicionó y no la guardé. Dicen que las casualidades no existen, ¡ qué mal!
Otra vez repasando, busco y busco y busco, más allá de que mi mamá me haya taladrado el cerebro en tu contra, para mi manera de pensar vos tampoco hiciste mucho para revertir la situación.
Otra cosa que me da que pensar, a raíz de comentarios de mi abuela. Ella me llamaba “Gracielo”, sacando conclusiones yo pensaba que hubieras querido que fuera varón por ese legado ancestral de prolongar el apellido. Las cosas se habrían planteado distintas o no, eso la verdad no lo sabremos.
Recuerdo que a los cinco años querías que yo aprendiera a hablar alemán, me enseñabas los números; siempre fui dura con respecto a los idiomas extranjeros y el alemán no iba a ser la excepción. Me ligué varios coscorrones hasta que, después de muchos intentos y notando que me costaba un montón, desististe de tu faceta de profesor.
Tengo una foto enel zoológico con vos, pero no recuerdo nada de esa época.
Voy hurgando y salen a la luz momentos vividos, cuando íbamos vos, mamá y yo a pasar las fiestas de navidad a la casa de unos conocidos en el Tigre, siempre terminaban peleados vos y ella.
Un año, no sé por qué, nos amenazaste de muerte, no tengo idea qué tenía que ver yo en el asunto. Mi mamá me llevó al hospital a visitar a una conocida. Nos quedamos pasada la medianoche y después nos volvimos caminando, esperando que estuvieras dormido y así fue. Luego no sé qué paso.
Me gustaría saber para qué quisieron que naciera yo, si lo único que lograste fue hacerme pasar penurias principalmente en lo emocional. ¡No entiendo!, son heridas que a pesar de estar cicatrizadas no cerraron y creo que no van a cerrar por el resto de mi vida.
Gra (CABA)
82. LA AUTORIZACIÓN
Estábamos muy ilusionados planificando todo para la boda.
Mes a mes íbamos pagando muebles, vajilla, y lo que hiciera falta para el tan ansiado casamiento.
Mi papá, a todo esto, no decía nada, resulta que hablando con él le pregunte si me daría la autorización, en ese momento necesaria para los emnores de veintún años, y me dijo que no estaba de acuerdo con ese casamiento. Se nos cayó la estantería abajo. Teníamos que esperar dos años más.
Para ese entonces, mi papá ya había dejado la carpintería y estaba asociado con un ingeniero para edificar una clínica en Ituzaingó, donde se practicarían abortos. Con la plata que recibía compró una casa que en el futuro sería para mí.
Tiempo después vinieron a vivir a esa casa mi futura suegra y mi futuro cuñado. La casa tenía un local donde mi papá puso una vinería que fue atendida por Cristina, mi futura suegra.
Mi mamá me taladraba el cerebro porque tenía prohibida la entrada. Todas estas complicaciones hicieron que comenzaran las discusiones entre nosotros dos, lo que provocó la ruptura de la pareja.
Lamento hasta el día de hoy el no haberme casado con Marcelo, pero haciendo un repaso veo que éramos muy jóvenes y creo que con el tiempo nuestro matrimonio no iba a funcionar.
Gra (CABA)
Hace un par de días que había escrito la carta para vos, pero parece que el subconsciente me traicionó y no la guardé. Dicen que las casualidades no existen, ¡ qué mal!
Otra vez repasando, busco y busco y busco, más allá de que mi mamá me haya taladrado el cerebro en tu contra, para mi manera de pensar vos tampoco hiciste mucho para revertir la situación.
Otra cosa que me da que pensar, a raíz de comentarios de mi abuela. Ella me llamaba “Gracielo”, sacando conclusiones yo pensaba que hubieras querido que fuera varón por ese legado ancestral de prolongar el apellido. Las cosas se habrían planteado distintas o no, eso la verdad no lo sabremos.
Recuerdo que a los cinco años querías que yo aprendiera a hablar alemán, me enseñabas los números; siempre fui dura con respecto a los idiomas extranjeros y el alemán no iba a ser la excepción. Me ligué varios coscorrones hasta que, después de muchos intentos y notando que me costaba un montón, desististe de tu faceta de profesor.
Tengo una foto enel zoológico con vos, pero no recuerdo nada de esa época.
Voy hurgando y salen a la luz momentos vividos, cuando íbamos vos, mamá y yo a pasar las fiestas de navidad a la casa de unos conocidos en el Tigre, siempre terminaban peleados vos y ella.
Un año, no sé por qué, nos amenazaste de muerte, no tengo idea qué tenía que ver yo en el asunto. Mi mamá me llevó al hospital a visitar a una conocida. Nos quedamos pasada la medianoche y después nos volvimos caminando, esperando que estuvieras dormido y así fue. Luego no sé qué paso.
Me gustaría saber para qué quisieron que naciera yo, si lo único que lograste fue hacerme pasar penurias principalmente en lo emocional. ¡No entiendo!, son heridas que a pesar de estar cicatrizadas no cerraron y creo que no van a cerrar por el resto de mi vida.
Gra (CABA)
81. POCO QUE DECIR
La verdad quisiera hablar de algún recuerdo lindo con mi papá pero no tengo mucho que decir. Él dormía hasta tarde, no sé si desayunaba, creo que tomaba mate. Cuando tenía algún trabajo que hacer se iba a la carpintería que estaba delante de la casa y ahí se quedaba.
A veces me llamaba para que lo ayudase a descargar materiales: planchas enormes de aglomerado a lo largo de un pasillo. Por mi altura y edad se me bamboleaban para todos lados y él me decía de todo.
Un detalle que para mí no era menor: cuando estaba enojado con mi mamá y almorzábamos o cenábamos, se servía para tomar y a nosotras no.
Como mi mamá no contaba con un sueldo o algo así, y la mayor cantidad de veces estaban peleados, ella me mandaba a pedirle plata para las compras de la casa.
A parte de tenerle miedo me tenía que bancar la cantidad de cosas que decía de mi mamá, para mí era una tortura.
Gra (CABA)
80. ¿Y YO?
Como ya relaté, la relación con mi mamá no fue fácil y con mi papá menos aún. A pesar del corto tiempo que estuvo en esta tierra para mí, en muchos aspectos, ` me arruino la vida `.
Me enteré que ¨era comunista¨ , que tenía armas en casa, que era activista, mucha información para mi edad, seis años en ese momento y yo sin entender ni jota. Lo que si sabía por mi mamá que `si lo llegaban a descubrir, iba a ir preso y ella también por cómplice. ¿Y yo …?`
Era carpintero, profesión que no le gustaba nada, pero cuando se inspiraba, cosa que no era muy frecuente, hacia cosas re buenas y bonitas.
Tenía la carpintería en casa, a veces almorzaba con nosotras y a las veinte y treinta se cenaba religiosamente.
Pactaba un trabajo, les pedía una seña y la entrega la realizaba cuando tenía ganas, por eso nos hizo pasar más de una vez por situaciones angustiantes.
Yo trataba de hacer una vida lo más normal posible, soportando las peleas, los enojos, los maltratos, las golpizas hacia mi mamá y los desplantes hacia mí porque en esas ocasiones no estaba ni ahí a favor de él.
Es lamentable decirlo, pero yo lo odiaba y la verdad es que lo quería matar; me imaginaba rompiéndole una botella en la cabeza. Por suerte Dios se lo llevo antes de que cumpliera con lo pensado.
Si lo tuviera delante de mí hoy le reprocharía el haber priorizado la política antes que a la familia, le preguntaría también porque nos hizo sufrir tantas cosas.
Gra (CABA)
79. SÁBADO
Hoy
es sábado, hace calor, falta poquito para mi cumple… Estoy feliz, este
cumpleaños será especial porque ¡vamos a jugar con nieve de carnaval!
Recién
vine de la verdulería, mamá está cocinando algo rico, me encantan los
bocadillos de acelga.
Le
conté que el verdulero, Don Aldo, hablaba de mi con unas señoras, y a todos les
parecía raro, como yo compraba.
Mamá
se sonríe y me explica que seguro les asombra que siendo tan chiquita no
lleve una lista y pida las cosas que se me ocurren…
La
verdad no entiendo.
Papí
llega mas tarde porque es sábado y estoy ansiosa de saber qué cosas traerá
Siempre nos sorprende…
Me
encanta la hora del almuerzo, me gusta escuchar las historias de papi, las ideas
raras de Gaby y las noticias que mamá cuenta y parece que pudiésemos estar ahí.
Siento
el auto de papi y salgo corriendo, lo veo sentado inmóvil y me sorprendo, voy a
buscarlo y me hace señas para que suba al auto. Está escuchando un cuento en la
radio, me dice que me siente y escuchemos juntos…
Y
yo entiendo poco del cuento porque ya esta empezado, pero espero, porque se que
cuando termine, él me va a contar lo que me falta.
Termina
el hombre de la radio y mi papa me cuenta toda la historia. Que linda, era
sobre un hombre que vivía en la selva, pero el final era triste, ¡no me gustó!
Aparece
mi mamá y nos llama a los dos, y ahí bajamos todas las cosas que papá compro en
el camino:
Trae
ramitos de violetas, frutillas y hasta una mesa rara, que dice que es para el
teléfono.
Siempre
que papa llega parece una fiesta, esta sonriente y si mami le dice que
llegaron cosas para pagar, el sonríe aun mas, golpea una mano sobre la otra y
dice…
-¿Sabes
por qué llegan estas cuentas acá?-y se contesta- ¡porque saben que acá hay
plata!
A
veces le pregunto por qué trae cosas cuando viene del reparto, y me dice:
- Porque
vi que era gente que necesitaba que le compraran…y a nosotros nos encanta el
perfume a violetas y las frutillas…
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
78. LA AMIGA DE PAPÁ
Es
sábado y me levanto cuando escucho ruido en la cocina, porque quiero ir con
papá al reparto. Él se pone contento al verme y hace ese gesto tan suyo abriendo sus ojos casi
verdes y arqueando las cejas, sé cuánto le gusta que yo lo acompañe.
Mami
está haciendo el desayuno para los tres, y papi dice:
-Viste,
Luby, la nena se despertó sola para venir conmigo a Cañuelas.
Mi
mamá me mira con su sonrisa y me dice que me apure, tengo que bañarme y
cambiarme rápido si quiero ir con papá.
Y
yo hago todo porque amo salir con papi los sábados, es tan lindo ir con él en
el auto y charlar mientras miramos el paisaje, él me cuenta sus cosas y me dice
que soy su amiga de cuarenta años, aunque apenas tengo ocho.
Es
enero y pronto vamos a salir de vacaciones, entonces al arrancar el auto me
cuenta que vamos a hacer un recorrido por toda la costa y que podremos parar en
el lugar que más nos guste. Me pregunta a dónde quiero ir yo, pero a mi encanta
conocer, y la playa me gusta toda, igual su pregunta me gusta
porque sé que le importa mi opinión y siempre la tiene en cuenta para
decidir.
Además
es tan lindo sentir el cariño con el que me tratan sus clientes.
Acompañarlo
es pasarla bien y divertirme.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
77. PAPÁ
Yo quisiera que llegara esta carta a donde nunca podrá llegar o tal
vez, me equivoque y estés leyendo mi mente, papito que perdí hace tanto, y que
ya era viejito, que jamás comprenderé porque la vida lo castigo tanto.
Mi papá aquel que tenía bigotes y ojos casi verdes, aunque
te confieso, ahora, que no me gustaba que me dijesen que me parecía a
vos, porque no eras como los galanes de las películas.
No creo equivocarme si digo que nunca te vi enojado, solo una vez
me dijiste que no… ¿te acordás?
Estábamos en Carlos Paz, yo tenía nueve años y me habían
convencido Oscar y Gaby para que subiera al cerro de la Cruz. Yo nunca fui muy
deportista, así que di los primeros pasos y ya estaba cansada y sedienta, era
febrero y hacía mucho calor. Mientras subíamos, ellos paraban en cada lugar
para sacar fotos, y yo estaba cada vez más exhausta.
Oscar, que me conocía, me engatusó diciendo que en la cumbre había
un señor que vendía gaseosa y aunque lo vio bajar ya sin mercadería a la
mitad del camino, nunca me lo contó, así que solo subí esperando encontrar algo
fresco, pero no fue así.
Ya a la vuelta ellos seguían sacando fotos y yo estaba aburrida,
acalorada y solo esperando llegar para tomar algo
Recuerdo mi alegría cuando vi que habíamos llegado y vos estabas
ahí con tu sonrisa esperándonos, corrí a pedirte una coca cola, y vos, me viste
tan arrebatada, y colorada que pensaste que era peligroso que tomase algo frio,
entonces me dijiste que NO….
Yo me puse a llorar y a los cinco minutos estabas pagando
cuatro cocas y sentado a mi lado sirviéndome un vaso grande, grande en la
confitería.
Papá orgulloso de su auto, el famoso Dodge amarillo, que cuidabas
tanto…(no abuses de los puntos suspensivos)Viste lo que son las cosas papito,
pasaron veinte años, ya estamos en 1995 y todavía me acompaña, me saca de
apuros y siempre me responde. Algunos me dicen que lo venda pero cómo vender
algo que por haber sido tuyo no tiene precio
Papa, tío Mario, Marito o el pibe Pomelín como te decía mami
cuando se te dio la onda de tomar jugo de pomelo todos los días. ¿Te acordas de
que yo te lo tenía preparado cuando llegabas al mediodía?
Papá, aún sigo esperando que alguien me diga, como entonces, que
me podía contar todas sus penas porque era una piba de cuarenta años, aunque
apenas tenía ocho.
Sigo soñando escuchar tu voz llamándome "La reina del
Rambouillet", nunca supe si existía tal título de nobleza y aunque
ahora soy profesora de Historia creo que no quise buscarlo porque prefiero
pensar que existió y fue y será el único verdadero título nobiliario que
tendré.
Perdóname si no soy la castañuela de la casa, como me decían vos y
mami. Hoy soy una llorona, malhumorada, triste y nostálgica que siento que no
merezco ser la hija de un tipo tan dulce, bueno, noble y alegre como vos, ni de
una loca y divertida quinceañera aun, como la esposa que elegiste, aunque
ahora se enoje un poco más que antes, tenga un poquito menos de paciencia, y se
le dé por decir que esta vieja y perdió la mayor parte de su memoria, vos y yo
sabemos que no es así, tiene sesenta y cinco años pero siempre será
joven, porque tiene algo que yo no heredé, la alegría, las ganas y la magia de
ser ocurrente y hacer cosas que a los demás ni se le pasarían por la
cabeza.
Quiero creer que vos la ves, pero igual te cuento, cuando se
fue a operar, yo temblaba de miedo y ella estaba más linda y jovial que
nunca. Me asuste tanto, papi, cuando la vi en terapia, todavía no puedo
creer que todo haya salido bien, la sentí débil como a vos cuando estabas
enfermo y tuve miedo. Seguro que desde allí con tu simple generosidad hiciste
fuerza como Gaby y yo, o tal vez, mucho más, para que se quede aquí.
¿Sabes por qué empecé a escribirte? Para que vivas y nunca te
olviden, y tu muerte no haya sido el fin, vos te merecías haber visto tantas
cosas, haber vivido tanto tiempo más, si apenas tenias cincuenta y cinco años
cuando te fuiste…
Pienso en tus nietos, los hijos de Gaby, qué lindo que hubieses
sido como abuelo, te imagino llevándolos de vacaciones y enseñándoles la magia
de parar en cualquier lugar solo para conocerlo, y hacer un picnic aunque solo hubiera
pasado media hora de viaje y que el canto y la alegría fuesen los
protagonistas. Siempre añore esa forma de viajar, porque a la gente
común le importa más llegar que disfrutar el viaje…
Vos eras tan simple y tan genuino a la vez, jamás medías las cosas
por las ventajas futuras, le creías a la gente, tenías fe en la palabra, creo
que no podías decirle que no a nadie.
Eras el símbolo de la sensibilidad y te emocionabas con tantas
cosas, desde una película, un poema, un simple paisaje y hasta con un
cantante de cantina, y vos pensabas cuántos sueños e ilusiones habría tenido de
joven para terminar cantando en un lugar mientras la gente come\ía y ni lo
escuchaba, Recuerdo aquel día que nos volvimos a la parrilla “Los muchachos” a
llevarle más plata a ese cantor de tangos porque pensaste que la propina que le
había dado nuestra mesa era mísera; no
te importo mentir y decirle a la familia, que nos esperaba para brindar en otro
lugar, que te habías perdido en Adrogué al que conocías más que a la palma de
tu mano, aunque te creyesen tonto.
Ah, siempre que se rompía algo en casa vos decías: "no te preocupes,
mañana te compro cien". Así fuese un clavo o la cocina, aunque después no
pudieras cumplir tu promesa.
Mientras te escribo me parece verte, el día que se caso Gaby, vos
ya estabas enfermo, no caminabas bien y tampoco podías hablar correctamente
pero ese día, por un momento, parecías el de antes. Hasta te diste cuenta de
desatar el moño que Mónica y yo le cruzamos en los bancos de la iglesia ante la
mirada absorta de Gaby.
¿Por qué te habrá tocado sufrir tantos embates? Primero la
hemiplejia y tres años después el cáncer, jamás pude aceptar ninguna de las dos
y mucho menos tu decadencia y envejecimiento prematuros. Por momentos parecías
un chico y me enojaba, porque yo tenía un papa al que admiraba y un día de marzo
allá por el 77 lo dejé lustrando su auto y me fui a pasearCuando regresó a casa
ya era otro, tan distinto que con mis doce años quise pensar que no eras vos.
Te juro que si pudiese volver el tiempo atrás, quisiera que vivieras aun así
porque aunque tu cerebro no funcionase del todo bien, tu bondad y tu esencia
estaban ahí intactas. Me molestaba verte dando vueltas, que peleases conmigo por
el televisor, estuvieses horas con Nicolita en los brazos y que hablaras tan
poco. Ahora pienso que justo a vos que eras de los que siempre tienen algo de
que charlar y alguien con quien hacerlo, fue el temor a equivocarte el que hizo
que te quedaras horas sin pronunciar una palabra; te sentabas en el auto
y mirabas el volante, seguramente estabas extrañando poder manejar, era difícil
comprenderlo y aceptarlo. Después de tu muerte encontramos una libretita y
descubrimos que habías intentado firmar y escribir aunque ya no te salía. ¡Cuánto
habrás sufrido en silencio! Siempre admire tu letra llena de volteretas y tan
parejita y ¡esa firma!Aun hoy, veras, sigo firmando a tu estilo.
Tu muerte me enseño el valor de tenerte y
apreciar los momentos de felicidad: como aquellas vacaciones en
Córdoba que serán las mejores porque me elegiste como tu cómplice y porque
fueron las ultimas que pudimos pasar los cuatro juntos.
Hay una canción llamada Padre, de un cantante que te gustaba, que
resume en pocas palabras quien eras…
Compañero del sol,
fiel compañero,
nunca te preocupó en nada
ser el primero.
Y no quisiste jamás
salvarte solo,
porque no hay salvación, -decías
si no es con todos.
No sabes de venganzas
ni de desquites.
Gorrión que cantó siempre,
aún sin alpiste.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
76. CARTA A VOS
Hola,
Papá, tantos años sin charlar y tantas cosas para contarte…
Este
año cumplí la edad del último cumpleaños que te festejé y me doy cuenta
mejor cuánto te quedaba por vivir, cuánto por compartir…
Quizás
hoy entienda mucho más tu forma de ver la vida y quiera copiar tu sabiduría.
Qué
lindo era sentir cuando iba a tu lado que eras un hombre que no guardaba
culpas, que se sentía satisfecho con lo que tenía, que no deseaba más que lo
necesario, y que solo trasmitía amor y alegría.
Nunca
te escuché criticar o juzgar a nadie, vos solo mirabas a los otros, los
entendías, y siempre les brindabas lo que te pedían, si estaba en tus
posibilidades.
Jamás
esperaste nada a cambio, y eso te hacía libre …
Para
vos el dinero era solo un elemento más para usar en lo necesario, no le dabas importancia
alguna.
Parabas
tu auto debajo de un arbolito en la ruta solo para escribir un poema, y a
pesar de toda tu bohemia eras el mejor vendedor, creo que porque no te
proponías vender sino brindar un servicio.
Cómo
extraño esos sábados que me llevabas al trabajo e íbamos charlando todo el
viaje, me contabas cosas tuyas y yo te contaba las mías, me decías que
era tu amiga de cuarenta años, riéndote de mis escasos ocho .
Siempre
sentí que a tu lado estaba segura y protegida. Recuerdo cuando te dije que
quería ser arqueóloga, y vos nunca dudaste de que lo iba a lograr y
que sería la mejor.
Qué
lindo era escucharte hablar con tus clientes, porque eran amigos, y todos
sabían mi nombre y me preguntaban de nuestra familia como si nos
conocieran desde siempre. Vos me dabas la certeza que ser tu hija era un
pasaporte para que todos te dieran cariño, y la seguridad que llevar tu
apellido era la llave perfecta, porque ser hija de Mario Filito, bastaba para
tener las mejores referencias.
Me
recuerdo distinta cuando vos estabas, era firme y segura, no me importaba tanto
la mirada ajena, y caminaba sintiendo que iba a lograr lo que me propusiese.
Hoy
siento que eras un hombre transparente, simple y sabio, porque nada mundano
parecía preocuparte.
Y
por el contrario ante cualquier pedido mío, de Gaby, Mami, o de tus sobrinos,
vos respondías con una sonrisa y haciendo lo que fuese para contentarnos…
Qué
difícil fue perderte y cuánto guardé este duelo, creo que nunca pude
exteriorizarlo, lloré poco, intenté ser fuerte para no traer un problema más a
casa. Desde que vos te enfermaste dejé de ser la nena que solo quería
jugar y me hice responsable de mis estudios. Pasé de ser una alumna
regular en primaria a ser una de las tragas en secundaria. Tal vez esa fue mi
coraza para darle a mamá más tranquilidad en tiempos donde todo era
tan difícil…
Recuerdo
que aquel día que te fuiste me prometí, que no volvería a pasar por otra pérdida,
que quería ser yo la que me fuese primero. Obvio que no pude cumplirlo y caí
con cada partida y con la de mami, murió mi otra mitad
No
sé, papá, ¿tal vez creíste que no sentí tu ausencia?
En
realidad nunca pude superarla pero guarde mis sentimientos y traté de que todo
fuese más llevadero.
Ojala
hayas entendido cuánto te amo, te necesito y cuanto agradezco haberte tenido
como papa.
Gracias
por tu amor que me hizo sentir tan fuerte y tan feliz, por todo lo que me
enseñaste con tu ejemplo que hoy me hace ser positiva. Por eso a pesar de todo
el dolor que me tocó atravesar estoy feliz por haberte podido disfrutar aunque
solo haya sido tan poco tiempo.
Día
a día veo las huellas que dejaste en todos los que te conocieron y me doy
cuenta de que la muerte solo mata a quienes no merecen ser recordados .Por eso,
mi papito lindo, vos sos y serás inmortal.
Te
amo como cuando te daba besos gordos en tus mejillas tibias.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
75. RECUERDOS
Creo, que el mejor recuerdo que tengo de papá, fue aquel día en el salón de actos de la escuela. Yo había salido abanderada. Lo había logrado con esfuerzo, con el doble de esfuerzo que cualquier otra, porque yo en el colegio era discriminada. No por las autoridades ni educadores, sino por mis compañeras.
Yo era “la rara”, siempre con uniforme raído, descuidado, con zapatos
diferentes porque los obligatorios no me los podían comprar, los libros
heredados de mi hermana, que a su vez los había recibido de mi prima. Y yo era
tan tímida, que cuando se burlaban o me hacían a un lado, no me defendía; todo
por ese entonces era angustia acumulada.
Hasta que llegó el día que mi maestra, la Hermana María Elena, apareció
en mi vida, como un ángel y fue la única que entendió que yo estudiaba y me
esforzaba pero no me mostraba nunca por vergüenza. Diría que jamás levanté la
mano. Ella pudo ver en mí, cosas que ni yo veía.
Por eso, ese día de la bandera, con mis compañeras en contra y con tanto
miedo y vergüenza, saber que papá me había ido a ver con lágrimas en los ojos y
tanto orgullo fue una de las mejores cosas que me pasaron con él.
Florencia Zaldívar (CABA)
74. CARTA A PAPÁ
Hola, papá:
¡Parece mentira que haga casi treinta años que te fuiste!
Te extraño tanto, papá, sé que vos sabés que tenés una nieta, lástima
que no llegó a conocerte, y sos el único abuelo que no llegó a ver.
Hoy te estoy escribiendo, aunque siempre te hablo en mi pensamiento y te
pido ayuda cuando la necesito.
Si hay algo para agradecerte es lo protector que siempre fuiste conmigo,
no me olvido de que cada vez que siendo grande, ya una señora, me acompañabas a
la parada del colectivo.
Nunca se me va a borrar el último día que, ya estando enfermo, me
acompañaste; y ya estabas enfermo, yo tenía más miedo por vos que por mí. Ya no
estabas bien…
Todos mis recuerdos te asocian a la compañía que fuiste en mi vida, al
cuidado y amor que nos diste.
Cuando salí abanderada, cuándo había que ir a algún acto o cosas de la
escuela porque a mamá no le gustaba. Ni hablar de mi casamiento por civil.
Siempre, siempre estabas….
Creo, que ahora mientras escribo esto me doy cuenta, que si algo bueno
tengo como madre lo saqué de vos.
Acompañar, no avasallar, regalar siempre, festejar cada cosa, claro que
tenías defectos. Eras callado si algo te dolía, al punto de no hablar por
varios días, cuando te enojabas eras gritón, eso sí, nunca pegar, nunca
maltratar de ninguna forma, tus hijas,” mujeres”, como vos querías, éramos tu
orgullo, lo fuimos siempre.
Nunca me voy a olvidar de tu sensibilidad, eras fino y elegante. aunque sé
que fuiste seguido por las mujeres, lo que a mamá, sobretodo en la juventud, le
dolió.
Hoy solo quiero agradecerte por tu amor, aunque con errores, papá,
porque no eras perfecto, pero alguien que nos dio tanto lo único que se merece
es agradecimiento.
Florencia Zaldívar (CABA)
Vamos caminando por Avenida Montes De Oca, con papá. Pasamos frente a la
“Casa Cuna”. El perfume riquísimo de las galletitas de la vieja fábrica
“Bagley” nos acompaña por el larguísimo camino de barranca hacia la Estación
Constitución.
Como muchos sábados o domingos por la mañana vamos a visitar a las tías,
hermanas de papá. Hoy nos toca ir a lo de Elvi y Pancha. Saben que iremos
aunque no les hayamos avisado, porque papá siempre va a saludar a sus hermanas
conmigo al menos una vez al mes. Pienso todo esto mientras corro por la
barranca empinada delante de papá que viene caminando tranquilo y atento a lo
que yo hago y digo.
Esa sensación del viento en la cara y creer que estoy subiendo una
empinada montaña me hace sentir feliz y sé que papá también lo es...
Florencia Zaldívar (CABA)
72. CARTA A PAPÁ
Querido papá:
Lo primero que quiero expresarte es el enorme agradecimiento por todo lo
que me ayudaste, de no ser por vos no sé si me hubiera recibido y mi hija
hubiera pasado necesidades. Siempre estabas ahí para darnos una mano.
Me enseñaste, más con hechos que con palabras, el compromiso y la
responsabilidad para el trabajo, cualquiera que sea. El cumplir con las
promesas y la palabra empeñada. También a ser una buena amiga, solidario con el
otro, como eras vos, aunque muchas veces no nos paguen con la misma moneda.
Me encantaría que hoy vieras a mis hijos ya realizados, que hubieras
conocido a Constanza, tan parecida a Estefi. A vos que te gustaban tanto las
nenas…Tenés dos bisnietos hermosos de tu “Tiqui”. Ella es abogada como hubiera
querido ser yo. Aunque no reniego de mi profesión, ya que me dio muchas
satisfacciones. Hoy te sentirías orgulloso de tu hija “la vicedirectora” como
dicen allá. Y se lo contarías a todos.
Lo que si te reprocho es tu bendito carácter, verte enojado era como estar
en medio de un huracán. No dejabas santo con cabeza como si eso hubiera servido
de algo.Y todos alrededor teníamos que aguantar tu ira e insultos. Sobre todo,
mamá. Esto desconcertaba a más de uno porque podías ser el más divino en la
mayoría de las ocasiones y en otras, un hombre muy temido.
Te costó entender la enfermedad de mamá y no la acompañaste y cuidaste como
debías. Cuando estaba a punto de morir te diste cuenta de la gravedad, pero ya
era tarde.
Me hubiera gustado que fueras un padre más presente en actos o reuniones
escolares, que al menos el día del egreso me hubieras acompañado. ¡Jamás fuiste
a verme en nada! Te jactabas de que
estaba en el cuerpo de banderas y nunca fuiste a un acto. Tomé la comunión y la confirmación y no
acudiste a las ceremonias. Te quedaste haciendo el asado como si eso fuera lo
importante. Y al final terminabas borracho hablando pavadas.
Cuando me recibí de maestra, solo mamá en el acto, pero cuando llegué,
tenía una cena sorpresa que habías organizado con mi marido. Lo tuyo siempre
fue lo social, para no llamarlo joda.
Pero bueno, creo que diste lo que pudiste. Tuviste una infancia muy dura,
con un padre tirano. Demasiado fuiste con nosotros.
Quisiera decirte todos los te quiero que no te dije, abrazarte fuerte y
comerme un buen asado con vino como nos gusta a los dos y disfrutar de tu humor
tan especial.
Gracias por darme lo que pudiste. Te vuelvo a elegir como papá.
Mari (Neuquén, Neuquén)
71. ADULTEZ CON PAPÁNo son demasiados los momentos de adultez compartidos con mi padre. A los veintidós me vine a vivir a Neuquén, y solo regresaba una vez por año, salvo cuando mi mamá estaba enferma, que iba más seguido. Y si nos escribíamos cartas era con mi mamá, donde él no participaba, ni ella lo mencionaba. Lo mismo cuando hablábamos por teléfono, era yo la que preguntaba cómo estaba papá.
Si tengo que recordar algo lindo era cuando yo llegaba a visitarlos. Se
detenía el mundo. Se hacía la mejor comida, él asaba el lechón el domingo,
porque vino “la nena del sur”. Embelesado con mis hijos. Estefanía siempre fue
especial para él y, además, después de la muerte de mi sobrina había quedado como
única nieta mujer. Recuerdo las sobremesas con mis hermanos y sobrinos, todos
compartiendo, él en la punta de la mesa, (como toda la vida), preguntándonos de todo y alabándome siempre.
Una vez mi hermana dijo ante un comentario mío, que no recuerdo bien cuál fue, le estás errando, no es así, Mariela.
Saltó él, enfurecido vos que sabés, si ella lo dice, así es, por
algo estudió. Mi hermano intervino con un chiste para descomprimir, porque
ya se armaba la discusión. Todos me celaban un poco en esos momentos.
Supongo que era una muestra de amor todo esto, para demostrarme que se
enorgullecía de mí. Siempre nos daba dinero cuando nos veníamos, para los nenes
decía. Sabía bien que lo necesitábamos nosotros.
Como momento feo recuerdo cuando mi hermana me llamó para decirme que papá
tenía cáncer de pulmón, totalmente esperable por como fumaba. Me dijo, ¿venís a
pasar alguna fiesta acá? Mirá que va a ser la última con él. Y así fue. Fui
para año nuevo. Él me contó que no andaba muy bien, que tenía mucha tos y le
dolía la espalda. El médico había hablado con mi hermano, a él no le dijeron
que tenía cáncer. Le pidieron una tomografía computada que no quiso hacerse. Mi
hermano ni bien llegué me comentó ¿podes convencerlo? A vos te va hacer caso.
Ya tenemos el turno y no quiere ir (era en otra ciudad).
Papi, el martes tenés el turno
para la tomografía. Yo te acompaño, propuse Bueno, hija, me contestó.
La cara de mi hermano fue muy graciosa. Allá fuimos, parecía un niño asustado,
toda su fortaleza y carácter desaparecieron. Nos entregaron los resultados
enseguida, dado la gravedad, calculo. Se los llevamos a su médico
inmediatamente. Se veían dos manchitas. Esto
queda de pulmón de su padre, nos explicó. A lo sumo vivirá entre dos y tres meses más. Con lo que fuma y fumó, más el alcohol, no se podía esperar mucho, comentó
mi hermano. Yo no pronuncié palabra. Tenía un nudo en la garganta. Lo que va a ser esto, quien lo maneja,
seguía mi hermano.¡lo que me espera!
Me dejó en la casa de papá. Pensé que no estaba. Entré despacio, quería
llorar y escuchoé ¡Nena!, ¿qué les dijo
“el Ruli”?, así llamaban al médico, que era amigo de la familia. Estaba
sentado en un rincón semi oscuro de la cocina y con un vaso de cerveza. Yo no
podía hablar. -Los pulmones no están muy
bien, vas a tener que dejar de fumar y cuidarte, pa, le dije como pude, no es cáncer
Hija¿oo? No, no, papi, pero no es leve tampoco, le contesté ya entrando a la habitación. Me tiré en la cama a llorar. Cuando me volvía a Neuquén y me acerqué a saludarlo, se largó a llorar, nunca lo había hecho. Mi nieta, tan lejos, la extraño, nos dijo, como excusa, creo. A los diez días del regreso me llam.ó mi hermana, que vivía con él, para decirme que papá se había muerto. Se fue a dormir la siesta, tosía mucho. De golpe dejó de hacerlo, lo mandé a Leo (su hijo) a verlo y estaba muerto con el cigarrillo en la mano. Se infartó. Sentí un dolor muy grande y a la vez me alegré porque no iba a sufrir más.
Mari (Neuquén, Neuquén)
70. ADOLESCENCIA CON PAPÁ
No es mucho lo que puedo contar de mi corta adolescencia junto a mi padre.
En realidad, yo era bastante solitaria, no me gustaba contar mucho mis cosas a
mis padres y él no me daba demasiado apertura para ser compinche.
Pero, como un recuerdo lindo atesoro
que me haya sacado del colegio de monjas en el que estaba pupila. Si bien yo había
exagerado un poco mi malestar, recuerdo sus palabras, que para mí en ese
momento fueron sagradas: “si vos no te sentís bien y esas monjas caraduras no
les dan a ustedes mis donaciones, se terminó, vuelves a Ordoñez”. A pesar de
que a mi mamá no le gustó mucho, yo sabía que él tenía la última palabra. Me
puse súper feliz, porque por fin alguien entendía mi angustia. Otro recuerdo,
que ya lo comenté, fue mi cumple de quince, se ocupó de que todo estuviera
perfecto y yo pudiera disfrutar. En esa época estábamos muy bien económicamente
y a lo que yo le pedía, él acedía. A veces eran puros caprichos. Reconozco que
le sacaba bastante provecho, cosas que mis hermanos no tanto.
Como recuerdo feo, fue el día que tuve que decirle que estaba embarazada
con solo diecisiete años. Se enteró todo el pueblo antes que él. El bioquímico
que me hizo el análisis se encargó de divulgarlo. Incluso le preguntaban si era
cierto y él respondía, obviamente, “que yo sepa, no”. ¡Cuando se lo dije!... Se
puso como loco, encima estaba viendo un River – Boca, él era fanático de River
y Boca le ganó. Empezó puteando por eso y terminó diciéndome de todo. Entre lo
que recuerdo “pendejas putas de mierda, calentonas, no agradecen nada de todo
lo que uno les da, se van a cagar de hambre, estoy harto”. Y no me habló más
por varios días. Mi hermano me contó que después se la agarró con mi mamá y le
dijo que ella era la culpable de esto, por qué, no sé. Quizá le reprochaba que
ella también se había casado así y no pensaba que él era el mayor responsable de
esa situación.
Pero la tormenta pasó y la verdad es
que le tomó mucho cariño a mi esposo y siempre nos ayudó.
Mari (Neuquén, Neuquén)
69. INFANCIA CON MI PADRE
¿Qué decir de mi padre? Desde que era pequeña admiré muchas cosas de él y
odié otras. Admiré y lo haré toda la vida el tesón y el amor al trabajo. También
al dinero, siempre quería más para un nuevo proyecto. Tenía compromiso con la
palabra empeñada, cuando la palabra aún tenía valor. Era muy generoso con todo
el mundo y buen amigo.
Odié mas de una vez su carácter, taurino impredecible, su machismo al cien
por ciento y que le gustara tomar y fumar mucho. De hecho, esto último es lo
que lo llevó a la muerte. Era bastante rencoroso también. Pero bueno, hubo que
acostumbrarse a su forma, cuando yo nací el tenía cuarenta y dos años y un
hombre criado como había sido él, dudo que pensara en cambiar.
Reconozco que conmigo era especial, yo siempre fui chiquita para él, aun
cuando estaba casada y con hijos. Me decía Tiqui, nunca supe por qué, después
se lo decía a mi hija, supongo que, como un modismo cariñoso, aunque él no lo
fuera tanto.
Le gustaba conversar, siempre me preguntaba cosas y me contaba otras, que
no me interesaban, pero peor era el silencio, especialmente cuando me llevaba a
la escuela o me traía. Hablando de esto, recuerdo que parecía un transporte
escolar, recogíamos en el camino a dos hermanitas que vivían muy lejos de la
escuela, en la periferia del pueblo, que no emitían sonido, ni saludaban, nada,
y mi papá les preguntaba cosas, y ellas no respondían, uno que otro monosílabos
o movían la cabeza. ¡¿Son mudas estas nenas?! me preguntaba como enojado, a mí,
delante de ellas. Hoy me da gracia, pero pobres las pibitas. Aunque todos los
días nos esperaban paraditas en la calle para que las lleváramos. De ahí, si
encontrábamos a mi maestra de primero, que iba caminando, también la
levantábamos y la llevábamos.Hoy pienso que nunca hice lo que hacían mis hijos
cuando los dejaba en la escuela, el beso al bajarme del auto. Él tampoco.
Se ponía contento cuando invitaba a mis amigas al campo. Nos compraba
bolsas de golosinas, aunque no era sano nosotras disfrutábamos mucho. ¡Cosas
“muy caras! decían mis amigas. Seguro lo hacía para conformarme y que no
chistara cuando los viernes tenía que esperarlo hasta las once de la noche que
el terminara sus campeonatos de truco y chupe con sus amigos.
Nunca me levantó la mano, ni siquiera me zamarreó, tan común en esa época,
y más cuando él había sido un niño golpeado y maltratado por su padre. Aunque
no lo necesitaba, tenía una mirada letal, y con solo clavarnos los ojos ya
sabíamos qué teníamos que hacer.
Una vez mi hermana mayor me llevó unos días de vacaciones a su casa. Como
extrañaba me trajo. Todavía recuerdo cuando papá llegó del pueblo y me vio,
largó las bolsas con mercadería que tenía en las manos y gritó ¡mi amor!, ¡volviste! y me abrazó fuerte.
Hasta el día de hoy recuerdo ese abrazo.
Quizá no fue el mejor padre, hizo lo que pudo. Pero lo recuerdo con mucho
amor y aún hoy extraño su humor irónico, que tanto me hacía reír.
Mari (Neuquén, Neuquén)
68. UNA VIDA JUNTOS
Tantos recuerdos, momentos
compartidos, una vida junto a mi familia. Mis hijos crecieron con su dede (abuelo
en armenio), junto a ellos. Tenías tu cuarto en la casa de Echeverria, qué
historias, anécdotas. Años y años.
Te recuerdo en la larga cocina, que tenía una mesada de tres
metros de mármol de Carrara. Te sentabas a desayunar tu café, las criollitas
con mendicrim y empezábamos a hablar. Más de una vez nos peleábamos a los
gritoseinsultos pero a los tres minutos nos dábamos un beso, ambos éramos de
sangre caliente, enojones pero por muy poco tiempo. Si se metía Avo, yo terminaba
peleada con él ya que yo le decía no te
metas nunca, es mi papá. Mi papá. Con qué orgullo lo decía. Mi sostén, quien
me enseñó cómo se trata a las mujeres, elogiándolas para que crean en sí mismas,
se sientan fuertes. Pero también tenias tu lado machista, mujer buena no hay y otros dichos que hicieron historia .
Tantos recuerdos. Llevabas
a pasear a tus nietos, a Alex, el benjamín, a jugar a la plaza, qué lindo, y a las chicas
a la calesita de Libertador y Olleros, a varias cuadras, pero iban felices con
su dede.
Me encantaba cuando
en las fiestas me invitabas a bailar música de tu época, tangos. Me abrazabas y
solo nosotros entendíamos el amor puro que había allí, qué lindo recuerdo. Luego
de bailar venía mi beso con todo el agradecimiento. Me hacías muy feliz.
También tenías tus
cosas no tan lindas pero eso ya es otra carta. Aprendí tanto desde tan joven que
hoy es como si tuviera muchos más años de los que tengo, viví muy rápido pero
estoy agradecida a la vida.
Ah. me acorde de cuando
una mañana Lulu se levantó (dormías en el cuarto de al lado y compartían baño),
salió de su cuarto y vio el papel higiénico desenrollado hasta tu cama. Nos
despertó y nos reímos tanto, se había quedado enganchado en tu pijama. Fue una
bendición tenerte con nosotros hasta tus noventa y cuatro años.
Te llevo en mi
corazón en cada momento, gracias, Dios, por la vida.
Ross (Vicente López, Buenos Aires)
67. UN RECUERDO TRISTE
Te recuerdo el día
que partió a la luz mamá, no sabías qué hacer, cómo te ibas a arreglar con una
adolescente de trece años. Hoy imagino tu desesperación por eso y porque ella
nos había dejado, a ambos .
No me dejabas
salir, me buscabas del colegio, quedaba a dos cuadras de nuestro departamento
pero venías, por las dudas que ningún muchachito se acercara a hablarme. No iba
a los cumpleanios de quince, solo con Marisa, mi amiga, .y lo pude hacer porque
eras amigo de su papá. Tu hija en un
colegio donde no había armenias, esa fue una razón por la cual Marisa vino al
mismo colegio que elegimos nosotros porque era de mujeres solamente y de
monjas. Cuántos recuerdos se filtran en mi mente, la vez que te enojaste mucho
conmigo porque mi novio de veintisiete años estaba abrazado a mí en el sofá y
me retaste. Nunca entendí por qué a mí, el adulto era él. Entonces ya empezaban
a hablar entre los adultos de casamiento, a escondidas. Fuiste el mejor padre
que pudiste con lo que sabías, no era fácil. Agradezco a la vida todo lo que
viví contigo. ¡Te quiero, pa!
Ross (Vicente López, Buenos Aires)
66. EL MEJOR RECUERDO
Finalmente llegó el
día, mi cumpleaños de 15. Tenía que ser todo como lo había planeado ella, mi
madre, cuando hablábamos del tema. Partió pero había dejado sus instrucciones o
mejor dicho, yo quise hacerlo como habíamos hablado.
Fui con papá al
hotel Nogaro, el mejor de Córdoba. Vimos los salones, me gustó uno y empecé a
armar mi fiesta de 15, mi vestido, los souvenirs, la comida, las flores, todo
yo sola, una organizadora de eventos muy jovencita preparando todo para su
propia fiesta. Papá tuvo que pedir un pequeño préstamo para hacer realidad el
sueño de mi madre. Su nena ya era toda una mujer.
Estaban todas mis compañeras y sus amigos, mi novio y su familia, familiares pero lo mejor fue bailar el vals con él, mi papá, que con un pecho inflado de orgullo veía a su niña, qué lindo recuerdo, hizo todo como lo pedí para darme la alegría de celebrar, qué feliz fui. Ese recuerdo estuvo vivo siempre, ya que cada vez que había una fiesta, se escuchaba a Charles, Frank o algún tango, me sacaba a bailar. Cuánto lo disfruté, querido papá, gracias por esa fiesta tan llena de amor, mis quince años.
Ross (Vicente López, Buenos Aires)
65. BUSCANDO RECUERDOS
Busco recuerdos en
mi memoria, no los encuentro, sé que mi padre me adoraba, miro las fotos en Mar
del Plata, tendré un año, en upa al lado del mar,hay un amor tan lindo en su
mirada,a su niña,su amor como me decía.
Escuché tantas
cosas lindas que siento mucho su ausencia, fui bendecida con su presencia hasta
sus noventa y cuatro años, viviendo en mi casa con sus nietos nietos.
Aparecen recuerdos
pero este es de mis doce años, la paliza que me dio en el living de casa ,se
enteró de que un amigo de mi edad me venía a buscar al colegio y ligué una para
el recuerdo y todo porque no era armenio. Me veo manejando, estacionado, el
Ford Falcón 64 negro con una rayita finita roja, lo tuvimos hasta mis quinc años
cuando se convirtió en una casita para pollitos.
Fui muy feliz con él
era mi protector. Recuerdo los domingos íbamos a tomar el té a Río Ceballos a
una confitería muy paqueta con mis tíos, era muy lindo estar todos juntos.
Vino a mi mente
cuando iba a nuestro negocio con él,era una mercería, y escuchaba su música, José
Luis Perales, Camilo Sexto, Charles Aznavour,me las sé de memoria. Esas épocas
donde hacía que vendía ,¡cuánto me divertía!A veces en el departamento
corríamos a esconder en los tapones de la Luz la lista con números ya que el
levantaba quiniela y estaba prohibido. Tengo imágenes fotográficas en mi mente,
momentos, cariño, seguridad, amor. Muchísimos recuerdos en la vida de mis
hijos, un montón, era el dedé, de la familia.
Lo extraño tanto, lo
más lindo fue estar juntos, acariciarlo, abrazarlo, llorar, decirle lo
agradecida que estaba con él, fueron sus últimos seis meses, donde tuvimos
tiempo para despedirnos. Agradezco a Dios su presencia en mi vida y su recuerdo
es muy fuerte en mi corazón, hizo lo que creyó que era lo mejor para mí, ¡Gracias,
pà.!
Ross (Vicente López, Buenos Aires)
64. CARTA A PAPÁ
Querido papá:
Quisiera que supieras que
a pesar de todo lo vivido en mi niñez pude ser muy valiente y de a poco ir
deconstruyendo el dolor, la inseguridad, la baja estima, el miedo, la ira y
tantos defectos de carácter para convertirme hoy en la mujer que soy, íntegra,
emponderada, una mujer que está aprendiendo a amarse y a respetarse a sí misma
sin violencia.
Cuánto me costó mirarme
con ternura, cuánto me costó mirar los errores de otros con ternura.
El autoristarismo con
el que me educaste hizo de mí una persona rígida y estructurada conmigo misma y
con mis seres amados.
Sanar tantas heridas me
va a llevar lo que me queda de vida, pero lo seguiré intentando.
Ya aprendí que puedo
disfrutar sin ser irresponsable, que puedo jugar sin apostar, que puedo
divertirme sin lastimar.
Siento que estoy lista
para vivir una vida plena, libre y feliz.
Quiero dar ese paso y
saber de qué se trata sentirme bien conmigo misma sin resistencias ni
limitaciones culposas porque ya aprendí que solo así otros podrán valorarme,
respetarme y amarme.
Estoy sanando para
poder ser feliz y sentir paz, esa paz
interior que conocí y no quiero soltar ¡Cómo cuesta, pá!
Te encantaría compartir
un día con la familia que hoy somos. Mami ya te debe haber contado.
Rosana (Morón, Buenos Aires)
63. UNA PALABRA RARA
Palabra que me resulta RARA: Papá.
Hay pocas cosas y momentos vividos con vos.
Recuerdo momentos. Por suerte mi mente me ayuda y borra aquellos que me hacen daño.
Tengo siete años, estoy en uno de los pasillos de la escuela 257 en Villa Regina. Casi todos mis compañeritos están conmigo desde el jardín de infantes. Los niños pueden ser muy crueles y no existe un botón para silenciarlos. Una compañera, no recuerdo su nombre, , me dice: - “¡Vos no tenés papá!” Trato de no llorar y me defiendo: “Si, tengo papá, pero él trabaja en las salinas muy lejos”. Ella insiste: “Pero no vive con vos…”. “No, porque trabaja. Cuando tiene vacaciones viene”. Sigo dando explicaciones que son mentiras, bah, no sé. No entiendo qué es tener un papá. Debe ser lindo. Bajo la mirada, me quedo sola en ese gran pasillo, triste, observando y perdiéndome en los baldosones de granito en tonos marrones.
Tengo cuatro o cinco años. Llegaste hace uno o dos días a casa. Todo es felicidad, abundancia, ricas comidas, jugo, chocolatada, usar por fin en la mesa el cuchillo y tenedor. Cuando venís, preguntás qué queremos comer. Todos decimos: carne, milanesas. Vos te tardas todo el tiempo, salís a hacer compras y tus negocios. Mamá te dice: “lleva a Javier o alguno de los chicos”. Vos contestás: “no".
El día se hace corto con el entusiasmo, la euforia, alegría de ser ricos por un día.Casi no salimos a jugar porque queremos estar con vos.
Llega la noche y corremos la mesa, yo me disfrazo, me pongo un corpiño con dos medias y una bombachita y hago una escena que vemos en tv, que dice algo como: hasta la próxima tanguita… todos se ríen. Me olvido de los otros días. ¡Qué lindo serpia que te quedaras!
Trato de no dormirme, hago fuerza para que no se me cierren los ojos porque nunca escucho cuando vos te vas. Nunca hay despedidas. Te vas de noche sin hacer ruido.
Salgo como puedo de esa cuna que ya me queda chica, los pies sobresalen de los barrotes, pero a mí me gusta. Creo que no hay muchas otras opciones para mí en la habitación. Estoy parada en el pasillo, veo la puerta del dormitorio abierta, y, a través, la cama de mamá, donde creo que dormÍs pero ya no estás, ya te fuiste, ya se terminó el recreo, la rica comida.
Cierro los ojos, bajo la cabeza y trato de ser feliz otra vez. Pero hoy y mañana voy a estar triste, un poco apagada sin muchas ganas de jugar.
A veces, sin decirle nada a mis hermanos me cuelgo de las rejas que no son muy altas y miro a lo lejos, en la calle para ver si te veo. Para ver si aparece tu silueta y puedo decir: ¡ahí viene papá!
A veces te veo o creo verte. Una vez te grite con un grito que no quería que terminara de salir: “¡papá, papá!” con tristeza, esperanza. No muy fuerte para no quedar como una tonta. Con muchos deseos de que fueras vos y miré fijo pero nuevamente me había equivocado, no eras vos. ¿O eras vos y no te diste vuelta?
Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)
62. TOMAR DISTANCIA
Busco y busco en mi mente y entiendo que además de tomar distancia, en alguna ocasión que podemos compartir siempre estoy rodeada de mis verdaderos afectos que son como un escudo de protección para no salir lastimada o más desilusionada.
No hay relatos, ni vivencias con mi padre y si las hubo mi mente las borra.
Ahí está, lo veo, quizás está cerca pero no permito mucho más. Para mi, él es un agresor. Para no salir lastimada debo tomar todo tipo de distancia, tanto física como emocional.
Conversación en pandemia, setiembre 2020.
- Hola, hija, ¿cómo andas?
- Hola, papá; bien, ¿vos?
- Bien, bien, hijita; ¿cómo andan los chicos?, ¿la flaquita? Me contó algo Gaby.
- Complicados por la salud emocional de Mica. Es un día a día.
- Pucha.., ¡ qué bárbaro!; pero,por qué está así?
- Son muchas cosas. Pero lo que más la afecta es la ausencia y abandono de su papá. (Cuando las palabras salen de mi boca me doy cuenta de que podrías sentirte mal o TOCADO).
- Contame vos, ¿cómo andas?; ¿estás trabajando?, ¿cómo anda la abuela?
La conversacion sigue un poco más. Estoy demasiado triste y ocupada en mi familia. Te escucho.
- Me alegro que estés bien. Cuidate. Saludos a la abuela -concluyo
Conversación pandemia, octubre 2020.
Voy viajando con Martín. Hacemos una parada obligatoria para cargar GNC.
Comento en el grupo de la familia donde mi papá no está) que le voy a manguear un asadito para festejar el día de la madre.
- ¡Hola, papá!, soy Silvana.
- Hola, hija, ¿cómo estás?
-Bien, ¿vos? Voy viajando hasta Cipolletti. O sea que paso por Rio Colorado en un rato. Me contaron que te peleaste con la abuela, ¿por qué?, ¿dónde estás viviendo?
- Sí, discutimos, sacamos trapitos al sol. Ahora ni nos hablamos. Estoy en una de las habitaciones del hotel.
- Ah... O sea que la ves todos los días.
- Sí, sí, pero ni nos saludamos.
- ¿Sabes por qué te llamo? Te quería proponer, si querés y podés; como se viene el día de la madre quizá podés mandar para hacer asadito, para festejar en familia.
- Ah... pero no sé si voy a poder. Llamame cuando den la vuelta y veo si consigo algo.
- Bueno, dale.
Pasan ocho horas, lo vuelvo a llamar.
- Hola, papá. Acá estoy por pasar por Rio Colorado.
- No, hija, no pude conseguir nada. Tal vez la próxima si me avisás con más tiempo.
- Bueno. Trata de hacer las paces con la abuela. ¡Aprovecha que vos la tenés!
- No, con esa señora no quiero saber nada. Chau, hijita. Saludo a los chicos.
- Chau, papá. Cuidate.
Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)
61. ANONIMATO
Gaby se casó con Jorge al poco tiempo de llegar a Bahía Blanca. Tengo trece años. Estamos en su casa Paola yo, no recuerdo si otro de mis hermanos.
Incómoda frente a la visita de papá pero protegida por la presencia de mis hermanos. Estamos en su pequeña cocina comedor donde hay una gran ventana desde donde se ve la calle transitada y se escuchan los ruidos del tránsito. Es una tarde de otoño, el sol ya está por ocultarse. Escucho una camioneta, baja un hombre que conoce a mi papá de toda la vida, parece. Seguramente viene a la casa de mi hermana porque sabe que ahí está mi papá y deben tener negocios o deudas pendientes.
Golpea la puerta, mi hermana lo hace pasar. Observo a mi papá como amablemente atiende a su amigo con una sonrisa forzada y nervioso le dice: te presento a mis hijos. Entonces va nombrando y señalando a Gaby, ella le da un beso luego dice Paola, también ella se acerca y le da un beso, luego dice Silvana me acerco y lo saludo. Pensando mientras veo y vivo esta escena como desde arriba ¿quién será esta persona? ¿de dónde se conocerán? ¿será un conocido de negocios?
Mi hermana mayor le aclara al hombre que somos seis hijos de Rubén, que en esa ocasión hay hermanos que no están. Se lo ve nervioso a mi padre. Pienso: ¡qué incómodo se debe sentir! Pobre...
Este hombre que no recuerdo su rostro ni puedo describirlo, asombrado, le dice: Gordo, ¡no sabía que tenías hijos y menos seis!
Es lo más doloroso y lo último que recuerdo de este día. Creo que en ese momento perdí todo tipo de esperanza o la chispa más chiquita de ilusión de una posible relación con mi padre.
Se encajan las últimas piezas en mi cabeza y mi corazón, ahora entiendo todo.
Esa ilusión de que quizá no fuiste el padre que quería o necesitaba porque no podías se murió en ese momento, esta tarde. Ni siquiera lo intentaste. No existimos. No tenés hijos.
Hubiese sido menos doloroso si me enteraba de que mentís o ponés excusas pero vos simplemente obvias decir que tenés hijos.
Me dio tanta bronca presenciar esto. Tanto dolor. Esta tarde en casa de mi hermana una vez más y la última me dije a mí misma: ¡ya está! ¡Es esto y era esto! No hay manera ni ganas de revertirlo. No hay más PAPÁ.
Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)
60. UN DESCONOCIDO
No encuentro ni hago esfuerzos en decirte algo porque siento que es en vano. Me di cuenta hace mucho de que no iba a haber cambios. Entonces no los busqué. No me interesa.
Esas visitas furtivas, esa mirada tuya siempre con lágrimas. Todas las privaciones que pasamos, toda la tristeza que arrastramos. Ver a mis hermanos padecer de una u otra manera tu ausencia, tu desamor, tu ignorancia o falta de interés.
Fuiste y sos la persona que más debería haberme amado, cuidado y de chiquita entendí que eso a mí no me tocaba.
Siempre tuve en claro quién estaba, quién trabajaba, quien amaba, quién cumplía tu rol.
Siempre pensé y entendí que me tocó la mejor mamá por tener el peor papá.
Resolví en mi mente que sos un buen hombre que no tiene las herramientas ni los deseos de cumplir su función de padre. No esperar nada de vos; así es mejor porque si viene algo bueno es una sorpresa pero, basta de soñar y salir lastimada.
Tu presencia me incomoda, me irrita, me pone nerviosa porque sé cuál debería ser nuestra relación y no existe nada de eso. Sos un desconocido. Yo quiero hasta ahí. Compartir un asado, una charla estando todos, pero solos, ¡no!
No tengo cosas que reprocharte o son un millón. Siento que no vale la pena ningún esfuerzo por lograr una relación padre e hija. Vos tampoco haces nada. No te sale, no podés o no te interesa. Me da igual.
Sos el claro ejemplo de lo que hoy de adulta entiendo me molesta tanto: el egoísmo y la mentira.
Mamá te defendía: que tu niñez, tu madre que te abandonó, tu papá un borrachín, tu adicción al juego…
Debería quizás agradecerte porque todas las adversidades provocadas por tu ausencia me hicieron más fuerte.
No sabés la fecha de mi cumpleaños, ni mis gustos y hasta me animo a decir que no sabés mi segundo nombre. En mi nacimiento, ¿dónde estabas? Mamá y mis hermanos me contaron que nací casi muerta. ¿Dónde estabas cuando no apareciste para pagar la clínica? Mamá con vergüenza, después de insistirle, a los treinta años me contó que tuvo que escapar del sanatorio por una ventana porque no tenía el dinero para pagar los gastos. ¿Dónde estabas cuando mamá junto con testigos tuvo que asentarme en el registro civil casi tres meses después de mi nacimiento? ¿Sabías que en mi documento figura una fecha que no es la real?
¿Dónde estabas cuando inocentemente interrogaba a mamá? ¿por qué no hay fotos mías de bebé?
Cuando preguntábamos por vos, mamá nos decía que ibas a aparecer cuando ya todos fuéramos grandes. Y así fue, pero ya es tarde.
Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)
59. EL RITUAL DE PAPÁ
Hoy es sábado, papá volvió de San Juan hace como dos días y nos tenemos que ir a las montañitas de la avenida General Paz porque mamá va a limpiar y hacer la comida. Dani está sentado en el piso con las revistas del Pato Donald susurrando todo el tiempo y papá se está preparando para afeitarse. Tengo ocho años y me encanta mirar toda la ceremonia: primero prende la cocina y hierve agua, después se prepara la brocha que tiene unos pelitos suaves, la crema de afeitar, la maquinita con la gillette y la toalla chiquita. Mientras papá va a buscar el agua caliente yo agarro la brocha y me la paso por la cara ¡Qué rico perfume tiene y qué suave es! Ahí viene papá. Se pone frente al espejo con todo listo y empieza a hacerse espuma con la brocha, parece un poco apurado, pero lo hace bien: moja la brocha en el agua caliente y después en la crema y se forma una espuma espesa. Papá sigue mirando el espejo, con sus ojos tan claros y tan brillantes como un diamante, yo estoy en la puerta del baño mirándolo hacia arriba porque él es muy alto. No me habla para nada pero me gusta el ruidito de la crema que recorre su cara, cada tanto me hace chistes como que es un viejo barbudo, o hace muecas graciosas para que yo me ría. Ahora agarra la maquinita y empieza a sacar toda la espuma… ¡Ese ruidito es el mejor! Siento cada afeitada y no se olvida de ningún rincón de la cara, solo se deja las patillas, bastante largas y rubias como su pelo. Sigo sintiendo el olor de esa crema que después, cuando me acerco, no se le va y me gusta tanto. Su cara va quedando con una mezcla de colores: el rojo de la sangre, lo blanco y su piel. Después se enjuaga y se seca con la toalla, varias veces con cuidado porque siempre le queda una herida. Me preocupa un poco que se lastime, pero él tiene solución para todo. Cuando termina, le pido que me deje tocarle los cachetes, tan suaves e impecables. Mejor me voy a vestir, me quiero poner mis pantalones cómodos y el pullover abrigado porque afuera hay un poco de viento. Me gusta el viento.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
58. SANTA TERESITA
Pensar la felicidad en mi infancia es, sin dudarlo, viajar a Santa Teresita en febrero, cada verano. No cuando yo era muy chiquita. En esa época el dinero no abundaba. Después tampoco, pero ya nos podíamos dar algunos gustos.
Decir febrero era decir un mes entero en la playa, sol, libertad cumplir años lejos de casa, pero, sobre todo, era decir tiempo en familia.
En la época en que a mi papá empezó a irle mejor en el trabajo, alquilaba un departamento a uno de sus clientes, a dos cuadras del mar. Mis hermanos y yo pasábamos el mes entero con mi mamá, mientras él volvía a trabajar a Buenos Aires para regresar con nosotros el fin de semana siguiente o, a más tardar el doce para celebrar conmigo mi cumpleaños. Los últimos quince días eran la gloria; estábamos los cinco juntos.
Mientras fuimos chicos, adoraba jugar a la paleta con mi papá por horas, mientras mi mamá vigilaba de cerca a Diego para que no se perdiera entre la gente. Siempre le ponía mallas color flúor para identificarlo enseguida. Hernán no se movía de su pista de autos, a la que se agregaban todos los varones de las cercanías. Mi papá le preparaba unos circuitos impresionantes con desniveles y puentes. Cuando terminaba esa obra de ingeniería, nos dedicábamos a la paleta, seguros de que no viniera a interrumpirnos. Mamá en la orilla del mar hacía saltar las olas al benjamín de la casa.
Cuando nuestro partido terminaba, nos íbamos a zambullir los cinco. Mamá y yo desafiábamos las olas más altas, mientras mi papá se quedaba con los varones en la parte más baja.
Llegado el mediodía, mi mamá volvía al departamento a preparar la comida y a la media hora emprendíamos la vuelta con mi papá.
Siesta obligada a la hora del sol fuerte y vuelta a la playa.
El día no era completo si no viajábamos en la alfombra mágica, que fabricaba mi papá con una lona bien resistente.
Mientras él rastrillaba el médano y toda la arena alrededor de nuestra sombrilla, para asegurarse de que no hubiera nada que pudiera lastimarnos, nosotros ayudábamos a mamá a limpiar y guardar las paletas, los baldecitos, los moldes y las palitas, en el bolso naranja con flores.
Al terminar cada uno con su tarea, llegaba por fin el momento más divertido.
Con el sol ya poniéndose, la playa casi vacía, con nuestros buzos puestos porque a esa hora refrescaba bastante, mi mamá volvía a preparar el mate. Se sentaba cómodamente en la reposera y se disponía a disfrutar del espectáculo.
Nosotros tres subíamos corriendo el médano con mi papá, al grito de: "El que llega último pone la mesa".
Una vez en la cima, nos ubicábamos en la lona por estricto orden de estatura. Atrás iba yo, la mayor con las piernas abiertas, dejándole lugar a Hernán para que se sentara. Él hacía lo mismo con Diego. Y así, estando los tres listos, mi papá tomaba la lona de la punta y bajaba corriendo el médano, arrastrándonos hasta llegar a mi mamá, por ese circuito que tan bien había preparado. Volábamos. Ni Aladin habrá sentido tanta adrenalina en su alfombra mágica.
Nos reíamos hasta que nos dolía la panza. Y repetíamos el proceso una y otra vez. Hasta que los pulmones de mi papá colapsaban por el esfuerzo de un día tan agotador pero pleno como pocos.
Así emprendíamos la vuelta: llenos de arena y de felicidad.
Y cuando llovía, la frutilla del postre era volver cantando todos amontonados, debajo de la sombrilla abierta.
Obvio que no todo era color de rosa. Cuando llegábamos, empezaban las peleas porque ninguno quería bañarse primero y mucho menos encargarse de poner la mesa.
Después de cenar, el tema era lograr que nos durmiéramos temprano. Mamá decía que así íbamos a poder levantarnos con el tiempo suficiente, para volver a disfrutar de otro día maravilloso.
Y tenía razón.
Todos los días lo eran.
57. PINTAS
Estoy sentada en la cama grande. Dicen que soy chiquita, tengo cuatro.
Mamá quiere darme un asqueroso líquido blanco con olor a menta. ¡No quiero tomarlo!
Cierro la boca fuerte. Se me caen las lágrimas y empiezo a gritar: No, no y ¡NO! No lo voy a tomar.
¡Ah, llegó papá por fin!
Tiene un traje azul y corbata. Mi papá es bueno, me va a salvar. Mamá le cuenta lo que pasa.
Él se sienta al borde de la cama, toma la cuchara despacito, me está acercando la mano y yo voy a probar, pero el olor de “esta cosa” me hace escupir muy fuerte y su cara y su traje se llena de pintas blancas.
Veo a mamá parada, está muda. Mi hermana se ríe a carcajadas y creo que papá se va a enojar mucho, pero se empieza a reír y mientras saca el pañuelo del bolsillo me toca la cabeza para ver si tengo fiebre.
Florencia Zaldívar (CABA)
56. PAPÁ, AHORA
Él está ahí, sentado, todos los días de todas las semanas de todos los meses desde hace un año. Lo fui perdiendo de a poco desde su primera isquemia y luego otra y luego el infarto y todo lo que le provocó la vejez… No fue el mismo, sus ojos, que brillaban como dos estrellitas azules, fueron debilitando su luz, y su mirada, se fue apagando muy lentamente. Su fuerza física, la que llevaba las bolsas pesadas de supermercado, se fue atrofiando; su porte seductor se fue encorvando; su voz y parloteo se fueron desgastando, entonces la casa fue quedando un poco desolada sin su energía. Espera curarse, renacer, porque quiere seguir viviendo.
Lo primero que me dijo cuando quedó ciego de un ojo por el infarto fue ¡Con todo lo que tengo que hacer por Dani! y en aquel momento se me partió el alma en dos, se apoderó de mí un sentimiento diferente, algo que voy a llevar toda la vida cuando no pueda verlo más, pero me consuela que hizo lo que quiso, sin mirar atrás, con la frente alta, seguro de sí mismo y caiga quien caiga.
Cuando me di cuenta de que a mi papá le había llegado la hora de parar, de depender, de que su salud se deterioraba lentamente y comenzaba el último tramo de su vida, lloré. Lloraba en los colectivos, lloraba en los rincones de mi casa, lloraba aferrándome a mis nietitos. Luego acepté. Y finalmente me propuse abrazarlo, cosa que nunca me gustó que él hiciera conmigo , todavía no sé muy bien por qué.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña)
55. INFIDELIDAD
Será porque el problema de infidelidad era algo entre mamá y papá…
Será porque cuando tenía doce años, e hice el test vocacional, la última pregunta fue ¿Quién es tu héroe favorito? y yo contesté Mi papá. Será porque cuando me preguntaron ¿Qué animal representa tu papá? Yo contesté El pingüino -el que cuida el nido mientras la hembra sale a enfrentar los peligros al océano para llevar la comida al hogar-. Será porque me inventé un héroe que resolvía todo, yendo de ciudad en ciudad, y un día me di cuenta de que ese ser ficticio era una persona real, que cometía errores, que sufría en silencio la discapacidad de Dani, que no aceptaba hacer terapia porque eso era “de locos” y que no supo ver más allá de su dolor.
No me separé de tu madre porque no la podía dejar sola con Dani, me dijo un día cuando fui adulta. Estoy con otra mujer porque ella me trata bien y no como un trapo de piso como lo hace tu madre, me comentó otra noche que vino a mi casa especialmente a contármelo. Fue la única conversación que tuvimos cara a cara y lo comprendí (hacía ocho años que ella no se dejaba tocar por él), sentí alivio y sorpresa a la vez, todas las piezas del rompecabezas se unieron enseguida. Entendí por qué mamá no se quería casar cuando tenía todo preparado; por qué lo echó una de sus jefas de un excelente trabajo que tuvo y por qué, en uno de sus viajes, se contagió de ladilla. Todo cerró.
Pero luego fueron años de no creer en las relaciones amorosas porque los celos me carcomían, para mí todos los hombres eran infieles Ese modelo de pareja creada en mi mente se arraigó para siempre y se me instaló un bloqueo del que aún hoy no puedo salir.
54. LA PEOR ANÉCDOTA
Tenía diez años. Había ido a un evento sobre discapacidad con mamá, papá y Dani, no recuerdo bien si era un torneo deportivo o recreativo, a mí me gustaba estar en aquellos lugares, los veía a ellos contentos y la pasaba bien. Por suerte y a pesar de ser tan tímida, hacía amigos de todas las edades, además era enamoradiza –siempre de chicos más grandes. A veces iba con mis primas, éramos todas de edades seguidas y encontrábamos la forma de ser felices juntas. Yo era una niñita muy observadora, atenta a los demás (tal vez un poco controladora), no me gustaban mucho las aglomeraciones de gente, pero las toleraba porque hacía de algo muy aburrido o incómodo, un juego. Mis padres siempre estaban en su mundo, eran muy sociables, agradaban a los demás y eran un poco “los padres estrella”.
Cuando el evento terminó nos comunicaron que había un ágape en el salón principal. De repente la muchedumbre entró; estábamos todos medio apretados en el interior. Mi mamá le dijo a papá ¡Agarrá a la nena de la mano!Comenzaron a entrar unas chicas muy lindas, vestidas con unos enteritos de mangas anchas y pantalones Oxford muy ajustados de color dorado promocionando el aperitivo Cinzano, entonces a mi papá se le empezaron a dar vuelta los ojos y encaró hacia una de ellas y dijo en voz baja ¡Mirá lo que es eso!. Mi corazón se detuvo por un instante, la garganta se me cerró y lo primero que pensé fue ¿Eso? Mi ídolo cayó de repente en picada y mis sentimientos oscuros empezaron a retorcerme por dentro. No pude olvidar esas palabras por muchísimo tiempo, me persiguieron por días y fue el comienzo de una larga historia de rechazos y desilusiones hacia él.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña)
53. CARTA DE PAPÁ
Acaba de llegar una carta de papá desde San Juan, ¿a ver?, ¿qué dirá?. Cuenta lo que hace y dice que nos extraña, ¡Qué letra grande y linda tiene! A mí lo que más me gusta es el dibujito que hace de nosotros cuatro juntos ¡y lo hace para mí! Estoy un poco apurada porque tengo que ir a jugar, ya preparé todas las muñecas arriba de mi cama y los vestidos para disfrazarme. ¿Cuál me voy a poner? Tal vez sea la mamá que baila…tengo que elegir el disco para poner de fondo…Mamá sigue leyendo y Dani se pone inquieto, creo que él también quiere ir a jugar con sus frasquitos. No entiendo muy bien por qué juega a golpear esos frasquitos como si fuera Titanes en el Ring. Me imagino qué estará haciendo papá: el hotel, los caminos de tierra, el restaurante donde come, el auto de Gómez que nunca anda, ¡el calor que hace allá! y yo acá en Buenos Aires voy a la pileta del Club y me divierto. Ahora mamá llora un poco y Dani la abraza pero yo ya me quiero ir a la pieza y cerrar la puerta, no quiero que nadie me moleste. ¡Ah! Creo que voy a poner a Los Beatles para bailar…
52. MI PAPÁ
Mi papá siempre fue una persona muy alegre, con unos hermosos ojos celestes y profundos; un tipo encantador, seductor, sensible y verborrágico. Puntual y egocéntrico, listo para dar la batalla diaria; le ponía el cuerpo a la solidaridad que es lo que heredé de él. Mujeriego y activo, ansioso e impaciente, todavía no entiendo cómo tuvo la perseverancia de enseñarnos a lavarnos los dientes y las manos y a vestirnos solos.
Fue actor, y, aunque no había llegado a sexto grado, hablaba perfectamente inglés . Le gustaba bailar, leer y le apasionaba el jazz. Fue el menor de ocho hermanos, un muñequito rubio hijo de italianos -que vinieron de muy chicos a Argentina- de carácter impulsivo y contestador.
Durante mi infancia papá tuvo un trabajo de viajante, nunca supe muy bien de qué se trataba, se iba por quince días o un mes y se quedaba un fin de semana, los que eran una fiesta para mí: íbamos a comer afuera, al cine, al teatro y nos hacía reír mucho imitando voces de personajes o instrumentos de viento como si fuera un músico de jazz. Íbamos a las montañitas de la General Paz para rodar, saltar y correr –esto era muy bueno para la estimulación de Dani- nos enseñó a andar en bicicleta, se subía a los autos chocadores, la montaña rusa y el tren fantasma. Pero, cuando se iba venía el dolor, era una tristeza tan profunda y desoladora que yo no la podía soportar (aunque me terminaba adaptando y seguía mi vida sin padre). Nunca iba a una reunión ni a un acto escolar, nunca unas vacaciones, nunca sentarse a hacer la tarea. Entre mi papá y yo no hubo conexión emocional..(nada, no; nombraste muchas cosas) Padre bueno y divertido -jamás nos levantó la mano, no peleábamos ni discutíamos- pero nunca tuvimos una conversación, nunca manifestó el mínimo interés por mis gustos, sentimientos, necesidades afectivas y, además, me mentía. y Ahora me doy cuenta de que demasiadas cosas acaparaban su atención: mi mamá, su obsesión por Dani, sus aventuras amorosas. Supongo que no le quedaba resto para establecer un vínculo más cercano conmigo.
Siempre culpé a mi mamá por todo, pero más adelante entendí que ese abismo entre papá y yo me afectó más de lo pensado. Creo que de grande compensó con dinero su ausencia y estuvo presente para toda colaboración material, pero me siguió faltando su interés por mi persona, mis cosas o mis sentimientos, la crítica estaba al pie del cañón. Nunca, jamás, en los cuarenta años que llevo en la actividad musical me preguntó cómo me iba. Hoy tiene 87 años, me siento a su lado, y no sé de qué hablar.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña)
51. HALLAZGO
Tal vez los recuerdos se eligen, o la forma que le damos a cada uno. Vamos moldeando lo vivido, los hechos y su alcance, acotando detalles o exagerándolos, acomodando su impacto a nuestra necesidad de sobrevivir, eligiendo la vida y la muerte que queremos darles.
Quizá los años, lo transcurrido en el vivir, cierto olvido, los matices que no vimos, la humanidad que nos atravesó, todo ello perfile el contorno de nuestra memoria.
Nada puede deshacerse, pero sí reconstruirse desde la mirada, de esa que ve con la intención de iluminar el alma y liberarse de las sombras.
Llevó tiempo, pero aquí estoy, ante las hojas que he escrito y sanan. Esas hojas en camino de compartirse, venciendo trabas y saliendo al fin de mí. Y me pregunto si esto fue casual.
Hace poco tiempo, ordenando libros guardados hace tanto, de uno de ellos cayó un pequeño papel. Reconocí tu letra y al verla, una porción de tu presencia estaba ahí, conmigo. Era una corta frase, y decía algo sobre que las palabras que no sacamos nos enferman (no estoy en casa ahora, no tengo ese papel, pero lo transcribiré exactamente cuando vuelva). Sentí que me hablabas, que en ese mismo instante estabas escribiendo para mí, señalándome el camino que me esperaba, que debía transitar.
Y comencé a hacerlo. Puede que sea un camino que no tenga fin, pero andarlo ya hace bien.
Hoy, al recordarte, una sonrisa aparece en mi cara, las manos van hacia un abrazo que se cierra con las tuyas, y nos vemos sabiendo que es así como queremos estar.
Papá, tu imagen me devuelve el hombre que armé a la medida
de mi memoria. Y me trae paz. Lo que fuiste y lo que fui, en la historia que
resultó, tienen la alegría y el dolor, y elijo que así sea. Porque no hay vida
que no contenga a ambos.
Pasaron los días, regresé a casa sintiendo la necesidad de encontrar ese papel. Era mucho más que leerlo, era volver a escucharlo.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
50. RESCATE
Intento escribir sobre vos, sobre lo peor de vos, y no puedo ponerle límites a un hecho, no puedo circunscribirte en uno, reclamarte o reducirte a algo puntual. Tal vez porque con los años ya te he rescatado, o me he rescatado, en la memoria. Los recuerdos me traen derivaciones de hechos, instantes que fueron huellas, sentimientos que vuelven con sosiego o cierto barniz de redención.
No había plata en casa, un día de tantos así, y vos tampoco estabas. Sí
mamá y la angustia ante sus hijos. Yo necesitaba un cuadernillo de esos con
espiral, me dijiste que en tu cómoda había algunos de papá, que quitara las
hojas usadas y serviría. Fui a tu cuarto, abrí el último cajón de ese hermoso
mueble de roble que hoy me acompaña en mi propio cuarto, y saqué el primero que
encontré. Comencé a hojearlo, apenas estaba empezado. Al ir contenta a
mostrártelo, algo cayó de entre sus hojas. Lisos, pegados entre sí, con la
sorpresa inicial y luego la alegría por lo que significaban, varios billetes de
cien dólares quedaron en el piso. ¿Cómo estaban en ese cuaderno? ¿Quién los
había puesto? ¿Sería ella que solía esconder plata para los tiempos duros, o
papá que los olvidó y se salvaron de terminar en una mesa de juego? Pero si
hubiera sido ella se acordaría. No importaba, estaban ante nosotras.
Sólo atiné a ir corriendo de nuevo a esa cómoda, había otros cuadernos.
Abrí cada uno con el deseo de sorpresas. Y así fue, cayeron más billetes desde
las letras de papá.
Me mandaste enseguida al almacén de la esquina, a ese que al que ya no
nos mandabas, a saldar la deuda, y con una lista de lo que tenía que
traer.
La alacena volvió a llenarse. Pero para mí, lo mejor fue haber sido
quien, fortuitamente, te alegró el día, la mensajera que llevó risas a tu cara,
la intermediaria entre el gris y la irrupción de colores.
Papá, pese a todo, nos estaba salvando unos días, aún sin intención y
sin saberlo.
Me doy cuenta de que hasta esas mínimas cosas han estado encerradas en
mí, han ido llenando de palabras guardadas un cuerpo que se vistió de coraza.
Pero algo, sin darme cuenta casi, ha ido adelgazando esa cubierta y pareciera
querer convertirla en hilos de seda.
Josefina, tu primera nieta, nació dos años antes de que te fueras. Y la
felicidad se notó en tu cara. Ya en casa, sosegado, con jóvenes años pero
cansado, volvió el hogar estable.
También a veces asomaban rastros del dolor, pero los disimulabas.
Aún recuerdo la alegría que sentías al subirla al carrito, abrigarla,
cargar la mamadera por si acaso y salir caminando hacia el bar de todas las
siestas, a encontrarte con tus amigos, y mostrar orgulloso esa porción de vos.
Me hace bien pensar que, en esos últimos tiempos, ayudé a darte algunas de las
risas más francas que vi en tu rostro. Me quedé con la imagen de esa felicidad,
de ese cuerpo que volvía a erguirse ostentando satisfecho el título de abuelo,
con el amor que volvió para quedarse en mí por siempre.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
49. TINTINEANDO MONEDAS
Te veo saliendo de casa, luego de almorzar, por la calle lindera, a encontrarte en el bar con los amigos de casi todos los días.
Te miraba irte. Caminando de espaldas hacia mí, tu figura alta, los hombros algo caídos, vestido de azul (no sé por qué, pero siempre te pienso en ese color).
Tus brazos extendidos hacia atrás, una mano tomando a la otra de la muñeca, y el sonido que hacías con las monedas girando entre tus dedos. El tintinear se iba apagando a medida que te alejabas. Y yo quedaba ahí, en el porche de entrada, hasta que doblabas hacia el mar en la siguiente esquina.
Es una imagen que me habla de tu irte, de tu repetido irte. Cuando las cosas no iban bien, cuando tantas veces al despertar notaba que faltabas otra vez. Te ibas. A veces al campo, con la abuela, otras veces no sé.
Te conocí con la alegría, con los chistes, con la energía, con el idealismo, con la enorme y unida familia, con la infancia más feliz. Con lo que entonces bastaba y era el mundo.
Te fui desconociendo con los años. O mejor dicho, me enfrenté a cosas que no había conocido en vos.
Te amargó que nosotros viéramos el dolor de la ruptura, de esa que astilló las grandes fiestas familiares, enfrentó a los adultos que creíamos inseparables, sembró decires a media voz y sospechas en susurros, alejó los lugares de encuentro y nuestra infancia.
No pudiste lidiar con la decepción, con el enojo, con el fracaso.
Te refugiaste en apostar. Y perdiste.
Jugaste y nos jugaste a todos.
Enfermaste, no sólo físicamente.
Contradictorio, nos enseñabas valores y no podías con vos.
Me dolió tanto ver tu dolor. Quería salvarte. Y no pude.
Crecí. Vivir te hace entender que nunca terminamos de conocernos. Que cambiamos. Que se recorre un camino sinuoso con infinidad de destinos posibles que no siempre pueden ser previstos.
Que cada uno lleva su mundo dentro, y a veces es tan oscuro que duele.
Qué no somos perfectos, tampoco yo.
¿Reproches? No. Los años...y el amor que es más fuerte.
Te vas caminando de espaldas cada vez, tintineando monedas.
Pero estás en mi, papá, aún resonando.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
48. PAPÁ
Recuerdo cuánto me gustaba acompañarte en alguna recorrida, conocer
otros lugares, aunque a veces tuviera que esperarte en el auto mientras vos
hablabas con quien habías ido a ver, porque era trabajo y cosa de grandes. Me
gustaba quedarme sola y observar.
Y era muy lindo cuando íbamos muchos, mis hermanos y primos. Era una
fiesta. Casi siempre cantábamos, esas canciones que nos enseñaban y que
repetíamos tantas veces. De grande me doy cuenta de que las letras de varias no
eran alegres, pero era tan divertido ir todos cantando con tantas ganas!
Mambrú se va a la guerra...y no vuelve...
Se va la barca y con ella el amor...
Son tres alpinos que también vuelven de la guerra...
Los maderos de San Juan, que piden pan…
La farolera que tropieza y se enamora del coronel…
Los ojos verdes que se venden porque han pagado mal…
Recorrer caminos de tierra, saltar al ritmo de los pozos, deslizarse en
el barro. Todo era aventura.
Con los años te miro desde fuera de ese auto, de esas canciones, de esa
infancia cuidada.
Y veo los caminos que siguieron después. El mundo fue ampliándose a
través de los años, dejando que en ese vivir ideal de entonces irrumpiera la
vida, sin velos, sin contemplaciones. Y vos, como ese papá también hombre,
contradictorio, con aquello que no había conocido, con las zonas que ocultabas,
con lo que no pudiste manejar, con las caídas y frustraciones.
Te fuiste joven. Dijiste que te ibas feliz, que tu logro eran cinco
hijos de los que te sentías orgulloso. En ese momento no me alcanzó. Sentí que
más que tu muerte, me dolía parte tu vida.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
47. ABRIR LA CAJA DEL PASADO
En el campo, debajo de
los árboles, te veía arrimando brasas al
asado, en silencio, y apoyado en el mismo palo que usabas para avivar las
leñas. Yo estaba sentada en el tronco de eucaliptos. Nos hablábamos con la mirada,
pero las palabras quedaban a mitad de camino entre la cabeza y el corazón,
buscando alguna forma de escapar.
Pensaba: " Te
quiero, papá, me gustan tus asados, son únicos para mi, valoro el tiempo que le
dedicas, valoro tu esfuerzo cuando apenas entra aire en tus pulmones, sé
que te hace feliz reunir a la familia
los domingos".
Vos me conocías bien,
sabías que ese día tenía otras cosas que contarte. Con una actitud distraída
pusiste un tronco que comenzó a arder con fuerzas, aproveché el calor y la
danza chispeante de la llama para hablar. Poco a poco las palabras se iban
derritiendo:" Ayer visité a tus primos, uno se llama Simón, como el
abuelo, él era su padrino" y continué,
" Sabés qué yo siempre había imaginado al abuelo morocho y alto,
pero me contaron que era como vos solo que de ojos claros, que trabajaba duro
en el campo, que era buena persona y que…"⁶.Ahí
me detuve. Te pude ver con los ojos perdidos en el infinito. Me di cuenta, no
querías oírme, era mucho tu dolor, mucho tu sufrimiento , y yo estaba
escarbando sin preguntarte ni
preguntarme si querías que te contara la historia. Sentí que estaba
revolviendo una caja con telas de
arañas, una caja que nadie se había atrevido abrir porque estaba llena de
ausencias, de misterios, soledad, miserias
y sufrimientos de otros tiempos, pero aún tan vivos en vos, papá, como en aquel
entonces. Abrir aquello fue para mí
poner luz a muchas sombras, sacarme dudas, encontrar respuestas. Para vos en
cambio era una herida sangrante. Me
detuve, tenía más para contarte más para decirte, pero el silencio se hizo
cortante.
Me quedé pensando, no
sabía cómo seguir. Fue tu voz la que sacó mi mirada del infinito ahora,
"yo no tuve padre", dijiste con una extraña expresión que nunca antes
te había oído, y continuaste, "solo conocí a mi madre, ella fue la qué
me crió, mi papá me dejó" . Supe entonces de tu enojo, de que existían lugares muy íntimos, muy sensibles a los cuales no me
podías acompañar, habías decidido alejarte de ellos para poder vivir ...
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
Algunas veces me quedo en el patio, mirando sin ver. Con los ojos llenos de otro tiempo. Mi mente sabiamente ha ido tapando muchos recuerdos con un manto. Me voy quedando con alguno. Mi hermano Jorge suele decirme no te acordas de… y lo detengo en su relato porque solo tengo una pequeña foto borrosa que no quiero, ya no quiero volver a ver.
Traigo estas escenas que tienen olor a verano, a risas. El juego de
carnaval. En el aire se percibe una sensación de complicidad, chispas en las
miradas, una detonación que dará libertad para que adultos y niños jueguen y se
diviertan.
Está de visita mi prima Estela. Es sábado, almorzamos, bajos los paraísos,
milanesas con ensaladas y papas fritas.
La sobremesa tranquila sin apuro, anécdotas que se enredan con risas,
cosas que no entiendo en profundidad pero que me hacen feliz, la risa
contagiosa, carcajadas con ruido. Mis hermanos andan cerca de la canilla
armando bombitas. La cuadra esta como expectante, en espera. Las vecinas de la
otra cuadra, Graciela y Elda, se han acercado, no recuerdo a qué. Papá, miradas
cómplices con Estela, anda preparando un balde. Mamá sigue la charla sin saber
las intenciones de los demás.
Y plaf, el balde cae de lleno sobre las vecinas. Y un pequeño resto de agua
sobre Estela. Provocación e invitación. Todas gritan por la sorpresa: “Pero,
Don Mingo”, risas. Se van empapadas pero regresan para devolver el favor.
Corridas, búsqueda de todo lo que pueda acarrear agua: jarras, baldes. Canillas
disponibles. Se sumaron los vecinos de las casas cercanas y de las de más allá
también. Familias enteras. Papá escondido, hasta el momento seco, las vecinas
empapadas. Cecilia y yo empezamos a jugar con Marito, Nino, sus hermanos y los
míos, los chicos que nos gustaban.
Don Cacho, Don Luis y papá perseguidos por una banda de mujeres. No había
muchas paredes, ni rejas que separaran. La calle de barro y las veredas con
jardines. Estrategias para distraer, mojar y correr, risas y gritos de
felicidad inundaron la siesta. Otros empezaron a sumarse. El carnaval había
ganado el barrio. La solapa[1]
nos perdonó la siesta, el juego siguió unas cuantas horas, para dar paso al
mate de la tardecita. Con la promesa de seguir el juego al día siguiente.
Tal vez el recuerdo es pequeño, pero significativo. Son esos permisos se
han dado los adultos de jugar, de reír con ruido.
[1]La Solapa es un hada protectora de los
niños que los asusta a la siesta de los veranos calurosos, leyenda que se
trasmite boca a boca.
CAV (La Paz, Entre Ríos)
45. COMPINCHES
Cuando tenía
entre catorce y quince años, un domingo, cerca del mediodía, papá me invitó a
hacer una caminata; extrañada, acepté. A
mí me encantaba caminar o correr pero sabía que a él no le gustaba y pensando
que tal vez quería contarme algo, no hice preguntas y lo acompañé. Ya un poco alejados del pueblo, me preguntó
cómo me sentía, si necesitaba conversar sobre algo y si estaba pasándola bien
en el trabajo; le respondí que estaba todo bien, pero que me sentía algo triste porque mis compañeras y
amigas que habían cumplido quince años hacía pocos meses, tenían permiso para
salir un rato en grupo a tomar algo o a bailar al boliche, una dos horas y que
yo no tenía permiso a pesar de que no les causaba problemas de ningún tipo, ni
siquiera económicos. Papá dijo que si
solo era ese el problema, lo iba a solucionar el próximo fin de semana.
El sábado
siguiente, él volvió a reunirse con sus amigos en el club como era costumbre,
después de cenar; café de por medio, hacían pequeños campeonatos de truco. Pero antes de irse recomendó en voz baja que
me cambiara de ropa. Cerca de las doce te vengo a buscar, me
dijo. Yo lo hice sin saber lo que mi
padre tenía en mente. Cuando se acercó
el momento, vino a casa y les explicó a mamá y a la abuela que había regresado
a buscarme porque era una bella noche, muy oportuna para compartir una charla y
un helado en el club. Ellas estuvieron de acuerdo, diciéndole que era una buena
idea. Era la primera vez que salía de
noche y con papá. Cuando llegamos, me
llevó hasta la puerta del boliche bailable que estaba al lado, cuya gente
presente eran mis amigos y conocidos ya que se trataba de un pueblo
pequeño. Me dijo que me esperaba en dos
horas, que se sentaba un rato con sus compañeros y que cuando se cumpliera el
tiempo debía salir de inmediato para regresar juntos a casa. Así continuó nuestro itinerario de los
sábados, hasta que cumplí mis esperados quince años.
Fue un regalo
muy emotivo para mí, se lo agradecí muchísimo.
Está demás decir que mamá y la abuela nunca sospecharon la verdad, hasta
que siendo adulta, un día se los conté.
Ellas se sonrieron y opinaron que papá siempre había sido muy ocurrente.
A
44. EL MEJOR RECUERDO
Tengo muchos
recuerdos de momentos buenos, bonitos y graciosos compartidos con mi padre, hoy
elegí uno porque fue muy gratificante para mí y, tal vez, una de sus actitudes
que confirman que yo tenía motivos para sentirme orgullosa.
Cuando tuve la
edad para cursar los estudios secundarios, no había colegio en mi pueblo, ya
que se fundó cuando yo tenía aproximadamente veintiún años. Me hubiera encantado hacerlo pero mis padres dijeron que era muy chica para irme pupila a
otro lugar, que todo quedaba lejos, y
que ellos no podían asumir el costo económico a pesar de que era mi sueño y que
debía trabajar, como lo hacía desde temprana edad, para ayudar a la abuela con
mi manutención.
El tiempo pasó.
Yo ya estaba casada y tenía a mis tres hijos, la más chiquita recién había
cumplido tres años y mi esposo en ese momento, trabajaba como jefe de compras
en la municipalidad de América, ciudad cabecera del partido de Rivadavia, a
unos cuarenta y cinco kilómetros de distancia de dónde vivíamos. Un día de verano, a su regreso, le comenté que
acababa de tomar una decisión importante y que cuando la procesara y me organizara
le diría de qué se trataba.
Así fue como
decidí buscar en General Pico, provincia de La Pampa, a unos cuarenta siete
kilómetros de nuestra localidad, lugar que visitábamos por compras muy
asiduamente, un colegio secundario para adultos, de cursado nocturno, de buena
reputación y calidad de enseñanza, de tiempo reducido o compactado.Como el que
busca encuentra, apareció . Se lo
comuniqué a mi esposo y a mis hijos, ellos apoyaron y aplaudieron mí decisión, muy
contentos. Al día siguiente,
durante la visita matutina diaria de papá se lo conté, sabiendo que él no había
olvidado mi sueño. Se puso a llorar de alegría. --¿Qué dijeron tu marido y los chicos?-me
preguntó
--¡Están chochos!, festejaron la idea.
--¿Quién va a cuidar de ellos y quién les
hará la cena?
--Mirá papá, me voy a levantar muy temprano
a estudiar y a hacer deberes, cuando terminenles prepararé el desayuno y los prepararé
para el colegio; luego limpiaré, cargaré la lavadora, cocinaré para el medio
día y para la noche, el fin de semana para el freezer; llevaré a la más
chiquita al jardín de infantes, les ayudaré a los dos más grandes con sus
deberes, a la tarde el mayor irá a buscar a su hermana al jardín y hará mandados,
a continuación les daré la merienda y cuando
estén terminando seguro ya habrá llegado su papá del trabajo, entonces me
prepararé para irme.
--¿A qué hora entras y salís?
--Entro a las diecinueve y cuarenta y cinco
y salgo a las veintitrés y treinta, tengo un pequeño descanso a las veintiuna y
cincuenta para tomar una breve cena.
--¿Qué días vas a ir?
--El primer año puedo ir tres veces a la
semana, el segundo y el tercero todos los días, salvo caso de fuerza mayor o
enfermedad.
--¡Listo! Yo te acompaño.
--¡Papá!, ¿qué vas a hacer durante casi
cuatro horas y de noche allá?
--Tengo unos amigos que tienen una
confitería- restaurante y siempre me invitan, nunca puedo ir porque no tengo
medio de movilidad.
Risas.
--¡Te vas a cansar!
--Te aseguro que no; vos me dejas en ese
lugar y luego me pasas a buscar para el regreso. No voy a permitir que viajes sola de noche
durante tanto tiempo.
--Y tu esposa ¿se va a quedar sola?
--Si, , ya lo conversaremos y verás que
contenta se va a poner.
--Bueno, te agradezco muchísimo.
--No me lo agradezcas, también es mi sueño.
--¿Qué yo vaya al colegio?
--Si, por supuesto, y también a la
universidad.
--Eso no lo puedo prometer ahora, “primero
lo primero”.
--¡Ah! Y te aviso que los domingos cocino yo
como siempre y también para el freezer.
--¿No es demasiado, papá?
--¡Claro que no! Nunca podré terminar de
agradecerte
Llorando de emoción y gratitud lo abracé.
--¡No. No gastes energía! La vas a necesitar
para aprobar.
Risas.
Me acompañó los
tres años, me ayudó en todo lo que estuvo a su alcance y creo que lo disfrutó.
Finalizados los
tres años en los que fui abanderada, mi padre, muy orgulloso y feliz, junto a
su esposa, yerno y nietos, participó de la tradicional fiesta de egresados,
bailando en primer turno conmigo, el clásico vals.
Después de la
mencionada fiesta dijo que algo faltaba, porque las entradas que habían sido
vendidas eran reducidas y la mayor parte de la familia no había podido
concurrir. Entonces organizó una gran
reunión familiar, cocinando junto a su señora, una viuda muy buena, y a mi hermana, hecho que
quedó grabado en mi memoria y en mi corazón.
Durante ese período,
fuimos muy felices juntos.
A
Animada por imborrables recuerdos me siento a escribir una carta que, si es cierto que existe la vida después de la muerte y si es verdad que las almas de nuestros seres queridos nos acompañan en momentos difíciles, entonces estoy segura de que, a su manera, papá va a leer lo que escribo.
Me gustaría que
sepa que, a pesar de los errores cometidos, hoy que ya soy madre, los acepto y los perdono. No podría recordar los momentos buenos y
malos sin antes hablarle del mutuo perdón, tampoco ahora sería capaz de
reprocharle nada a pesar de que muchos de los malos marcaron a fuego mi vida.
Con papá la
cosas fueron distintas que con mamá, la relación , a pesar de los vaivenes fue
diferente, ya lo verán en los próximos textos.
Si él estuviera
con vida y yo presintiera su muerte le diría:
Papá, no te vayas todavía, tenemos mucho que
hacer juntos, tanto disfrutas de tus nietos que no te podés ir sin verlos
recibidos, casados, haciendo su vida independiente, sin enorgullecerte viendo
como Lucas ensaya tus recetas, no papá, no te vayas, todavía no, es demasiado
pronto.
Te agradezco tu
intención de reparar el daño, acompañándome, trayéndome a casa todos los días
tu humor, tu alegría y tu buena onda; tu
gran esfuerzo por estar presente en todo.
Aún hoy siento tu presencia en los momentos difíciles, siento tu mirada
buena, tu pesada mano sobre mi hombro diciéndome todo va a estar bien.
Te doy las gracias con infinito amor, papá.
A
Vino a mi mente
un recuerdo de un pequeño viaje con mis padres a visitar al pediatra, creo que
yo tenía alrededor de siete u ocho años y mi hermano seis,
aproximadamente. El médico atendía en la
ciudad de América, en la provincia de Buenos Aires, y desde la casa del campo
quedaba a unos cuarenta kilómetros más o menos por camino de tierra. No viajábamos salvo por necesidad, tal vez
uno de nosotros dos no se encontraba bien o fue para llevarme a mí porque,
según mi mamá, yo comía mucho y no aumentaba de peso, a lo que el médico trataba como crecimiento prematuro y
pretendía curar o tranquilizar a mi madre con varios frascos de colores llamados tónicos y vitaminas.
Mi padre no
estaba de acuerdo con esa decisión y
menos con los medicamentos que me recetaba el doctor, pero para evitar
reproches y sentir culpa nos llevaba.
Siempre le decía que me iba a convertir en una persona obesa tomando
esas cosas cuando llegara a “señorita”.
Ella muy enojada le respondía que
él no sabía nada de criar chicos y que
quería lograr que yo fuera más linda,
porque así como estaba era fea y parecía un bicho.
Seguramente era
un día viernes ya que cuando programaban esos viajes, que se hacían dos o tres
veces al año, nos llevaban al campo el jueves anterior y faltábamos a clases el
último día de la semana. Entonces
teníamos fin de semana largo, cosa que
nos encantaba y papá buscaba la manera de festejar organizando algún suculento
asado que compraba en América aprovechando el viaje.
Luego de salir
del consultorio, mamá le ordenaba a papá que no gastara en cosas innecesarias, porque debía comprarnos algo de ropa para ir a
la escuela. Recorríamos las calles de la ciudad caminando de su mano, uno de
cada lado y mientras pasábamos frente a algunas vidrieras que ella necesitaba
ver , nosotros observábamos la vidriera
siguiente repleta de chupetines, chocolates, galletitas, caramelos, gaseosas y
otras cosas; levantábamos la vista en forma de súplica hacia el rostro de él,
dado que era muy alto y fuerte, con una mirada bondadosa detrás de sus pupilas
verdes, mientras veíamos que ella le hacía un gesto negativo y le decía que no
podíamos salir de la consulta médica y consumir esas cosas que nos hacían mal;
a lo que mi padre asentía con la cabeza y balbuceaba un “bueno”, “claro”, “está
bien”. De pronto veía lágrimas en
nuestros ojos y nos decía, muy bajito:
--¡Lloren, lloren muy fuerte!
Mi hermano y yo
éramos tímidos y mucho más en un lugar
desconocido y en la calle; entonces con sus rudas manos trabajadoras
apretaba las nuestras y soltábamos un llanto ensordecedor al momento que le
decía a mamá:
--¡Alicia, no podemos hacer este
papelón! Comprémosles algo, es de vez en
cuando, no les va a hacer mal.
Entonces mi
madre, muy avergonzada por nuestro
comportamiento, le daba la autorización para comprarnos golosinas y algún
pequeño juguete.
Subíamos felices
al auto que el abuelo nos había prestado y emprendíamos el regreso con ropa
nueva y todo lo demás. A pesar de los
medicamentos, era un viaje que yo amaba.
Eso sí, teníamos prohibido contar que papá nos apretaba la mano para que
lloráramos.
A
41. ADOLESCENCIA Y PAPÁ
Cómo recordarte
con las varias facetas de tu presencia.
Papá, sonriente,
colaborador, compinche, cocinero, trabajador, armador de barriletes,
pintor de casa y, por último, papá que no sabía arreglar ni un enchufe.
Nunca sentí de tu
parte ni rigor ni exigencias en mi adolescencia, tus maneras de nombrarnos eran
muy tiernas, “mamita”, “cielito”, y hasta a veces “manequem”; mamá siempre te
decía vida o vidita, quién se podía imaginar que en esa casa, donde los
domingos mamá iba a misa, papá hacía el asado, picadita de por medio, olor a pasta
frola casera para la tarde, podría existir un mínimo desacuerdo.
Así recuerdo
armoniosas y pacíficas escenas de la vida familiar.
Después de que
falleció la abuela, la casa era eso,
subyacía un infierno, discutían tanto con mamá, vaya a saber sobre qué.
Dicen que uno
puede negar o no recordar, pero yo trato de recordar todo.
Cuando venía la
tormenta, estaba ahí siendo partícipe de una escena a la que nadie me había
llamado. Y digo yo ¿valió la pena?, la repuesta es, no. Pero bueno, era
adolescente y qué mejor rival que tu mamá.
Pese a los costos
que sabía que dicha actuación mía iba a originar, en cada discusión, generalmente a la madrugada, solían gritarse
mutuamente, sobretodo mamá, estaba desquiciada, los tres, mis hermanos y yo,
nos hacíamos los dormidos, tenía que
meterme, para defenderte, ¡cómo te iban a humillar de esa manera!
Me enfrentaba a
mamá, le dicia que no te gritara, que no te tratara mal, las contestaciones de
ella hacia mí, eran despiadadas irrepetibles, aunque sin insultos, su agresión
desmedida, su voracidad canibalesca de comerme en pedacitos.
Y sí, yo era una presa
tiernita, lo demás ya lo sabíamos , nos íbamos de casa ofendidos, casi siempre a
la casa de la Tía Delia o de mi madrina Martha, ellas nos hacín el aguante,
hasta que te convencían de que volvieras .
Así que
regresábamos a casa; todo estaba normal, mamá planchaba, viendo la televisión,
Mónica haciendo los deberes.
Entrábamos, vos le
dabas un beso a mamá, y le pedias perdón y yo debía hacer lo mismo, resignando
mi orgullo sometiéndome.
Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)
Llegaban las vacaciones de invierno, era niña, y mis hermanos y yo sabíamos que se venían lindos días.
Mamá que se
encargaba de todo, nos llevaba al cine a Mónica y a mí, a ver películas de Disney.
Pienso que mi mamá las disfrutaba también. Como cuando íbamos a Buenos Aires,
ahí viajábamos todos juntos, a veces veíamos algún espectáculo en el Luna Park,
¡era maravilloso!, casi siempre de patinaje sobre hielo.
El Italpark era
algo seguro y grandioso, juntos hacíamos largas filas, para todos los juegos.
Papá y mamá nos acompañaban. Recuerdo los autitos chocadores, iba con papá y
era mágico, pero el más lindo era la tacita y como los cinco dábamos vueltas, nos
reíamos sin parar, éramos felices.
En contrapartida,
también recuerdo las discusiones por la comida. Yo era una niña que tenía hambre, mis padres
estaban de acuerdo en que no querían una niña obesa -Rubén era delgado y a
Mónica había que rogarle para que comiera-, pero yo siempre tenía hambre.
Me prohibían en
cualquier festejo que organizaban las tías,comer. Siempre se burlaban de como yo
miraba la comida.
Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)
39. MI COLUMNA VERTEBRAL
Una vez una psicoanalista
me dijo algo así: "Lo que habrá
hecho tu papá para que lo hayan cuidado así",(se refería a tus últimos
días con una enfermedad terminal).
Y cómo la vida te
sorprende. Te cuidabas tanto, física y emocionalmente, que nunca imaginé que te
fueras tan rápido y con tanto deterioro.
Eras alegre,
tenías una sonrisa contagiosa, nos hacías reír, jugábamos juntos, bailábamos. Todavía
recuerdo que yo apoyaba mis pies arriba de los tuyosy me llevabas como una
bailarina experta de tango.
Te gustaba mucho
la música, tanto, colocabas discos de vinilo en el tocadiscos, era tu tesoro, ahí podíamos
escuchar tus tangos y tambíen el chamamé, algo de tus orígenes que no habías
olvidado.
Solías hablarnos en
guaraní , y decirnos palabras típicas del litoral. Nos causaba mucha gracia.
Te viniste muy
jovén a Buenos Aires, ciudad que querías mucho, quizá porque te dio la
posibilidad de estudiar y trabajar.
Luego conociste a
Mamá. Se notaba que la querías y ella también a vos, pero juntos eran un
terremoto.Trabajabas mucho y se notaba tu ausencia.
Tu anhelo era
formar una familia, pero a la vez eran tantas las contradicciones que tenías,
que a veces pienso que no te había resultado un buen plan.
Los febreros íbamos a Resistenciay también paseébamos por tu pueblo, visitábamos a la abuela Eustaquia. Ella había sido cocinera de la fábrica de tanino por eso te decían Quebracho en la facultad. Ella contaba que en esa época las mujeres andaban a cuchillo, y cocinaba para un centenar de obreros, fue testigo de la primera huelga que se realizó en el país. La bisabuela era un prócer, la conocía todo el pueblo y solían ir a visitarla de los colegios para que contara la historia de la fábrica.
Era viejita tenía un hermoso altar; se emocionaba al
vernos y nos daba la bendición.
La abuela, tu mamá,
era de avanzada, muy coqueta y robusta , con vestidos estridentes y zapatos de
tacos, nada que ver con mamá, que era más sobria y seria.
Me encantaba ir,
la gente era de puertas abiertas y tenía muchos amigos buenos e inocentes. Todos
los días teníamos cena en algún lugar, se bailaba, se cantaba, nos reiamos
mucho hasta tarde. Era un calor que solo se aguantaba con el ventilador afuera,
estaba lleno de bichos multicolores, pero,
a pesar de eso, nada impedía la felicidad que sentía cuando iba a mi
Resistencia, Chaco.
Me acuerdo que un
mes no pudiste viajar, cuando el omnibus se marcho y nos saludabas con la mano,
lloré desconsoladamente, mucho tiempo lloré, mamá no sabía cómo calmarme, en el
colectivo llamaba la atención.
Otra imagen. Te
recuerdo en el mar, contento te metiste hondo
en el mar y yo desde la orilla te
llamaba desesperadamente para que volvieras.
Fuiste un buen padre,
aun con tus defectos, que fueron muchos algunos me hirieron y otros fueron muy
negligentes.Era lo que podías hacer.
Te quisé mucho,
más que a nadie, más que a mamá, no sé si fue recíproco pero no me arrepiento,
algunas cosas pudiste repararlas.
Ahora todos los
días de mi vida, acomodo mi espalda y me
levanto, porque como yo siempre digo, se me fue mi columna vertebral.
Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)
38. HABLANDO CON PAPÁ
Padre, siempre fuiste tan distante, abandónico, me dejaste a la merced de cualquier peligro tanto interno como externo.
Ni
siquiera te conmovieron mis lágrimas. Tu
mirada ácida, lejana, egoísta. Ególatra de las comodidades, de las
despreocupaciones. Tu mirada tan llena de odio y desprovista de culpa.
Recuerdos, recuerdos que no quiero recordar. Mucha angustia.
Solo
pude escribir un recuerdo de todos los que se me venían a la mente, y es cuando
a Cachilo, el perro de la abuela, tu madre, un perro por cierto tan bueno,
hermoso, dulce, no lo dejabas entrar a la casa. Permitías que se muriera de frío y se mojara
con la lluvia.
Esa
manera que tenés de querer recibir cariño sin poder darlo vos. O quizá no te
interese darlo.
No sos
capaz y no fuiste capaz de aprender o por lo menos de tener ese deseo. Como yo
que busco incansablemente sacarme de encima todo lo malo aprendido.
Puedo tener recuerdos de ti positivos, sí,
claro, si quieres lo hago.
Me
acuerdo cuando imitabas a todos los que visitaban nuestra casa; mamá y yo nos
reíamos porque lo hacías muy bien.
No
pienses que no soy capaz de comprender que tu abanico de posibilidades fue muy
restringido, pero no voy a eso, no es ese el punto. El punto es como ni vos ni
mamá tuvieron el deseo de querer dar vuelta la tortilla en cuanto a cómo es
amar.
Tus
quejas económicas fueron de siempre, claro no teníamos dinero. Recuerdo cuando
veíamos algún indigente en la calle y vos me decías: "Yo voy a ser así
cuando sea viejo". Claramente que no tomabas en cuenta que podían provocar
esos dichos en mí.
Sol Mouso (CABA)
37. ADOLESCENCIA
Mi
adolescencia comenzó con la mudanza a La Plata. En esta nueva vida la presencia
de papá fue muy difusa, aparece y desaparece de mis recuerdos. Él se había
quedado en Mar del Plata, y viajaba de vez en cuando para vernos. En aquellos
años la familia se vio muy conmocionada por la desaparición de Paty, mi prima, por
lo que mi mamá y sus dos hermanas estuvieron más unidas que nunca. Aprendí de
ellas que el buen humor hace más liviano los grandes dolores. Pasaban muchas
tardes tejiendo juntas, riéndose a veces y llorando otras. Todos teníamos
esperanza de que mi prima volviera. Mi papá, solidariamente, se había ofrecido
a llevarla a Uruguay con nuestros parientes, lo que visto a la distancia,
hubiera sido una locura. Él no medía las consecuencias cuando se trataba de
ayudar a la familia.Pero mi prima nunca regresó porque no se había ido, se la
habían llevado a los diecinueve años y con una pancita de seis meses. Este
hecho fue difícil para mí no solo porque nos queríamos, sino porque era algo de
lo que jamás y bajo ninguna circunstancia yo debía hablar. No me dejaron comenzar
mis clases de teatro ni el taller literario. Todo era peligroso para mis
padres. En eso, al menos, estaban de acuerdo.
Poco
a poco la relación entre ellos fue mejorando y para los veranos organizábamos
ir a Los Acantilados, donde invitaba a amigas de allá y también a amigas del
colegio platense, y un poco más adelante a mi primer novio. A papá le encantaba
llenar la casa de gente, hacer asadosy recibir a nuestros amigos con sus
famosos sándwiches de lomito.
No
fueron años muy felices, la familia ya no funcionaba como antesy había
demasiado cosas no dichas y silencios cómplices. Me reprocho no haber
preguntado, no haber reclamado, haber sido tan comprensiva, o tan cobarde.
Buscando
a mi papá en mis recuerdos viene a mi memoria el regalo de quince años: el
viaje a Disney con mi mejor amiga de Mar del Plata y sus padres. Al despedirnos
mamá lagrimeaba, y papá tosía, con esa tos cortita y seca que indicaba que
estaba nervioso. Les agradecí mil veces y también les dejé una cartita de
despedida a cada uno en secreto. Cuando volví, encontré la respuesta que ambos
me habían dejado bajo mi almohada. Pero no hablamos de las cosas lindas que nos
habíamos escrito. Con mamá sí lo hablamos mucho después, pero con papá no tuve
tiempo.
En
mis años de secundario papá estuvo al margen de lo cotidiano, ausente en casi
todo y en mis nuevas experiencias. Ahora pienso que se sentía inútil para
ciertas cosas “de mujeres” y prefirió dejar que mamá se ocupara.
Todo aquello me parece muy lejano, hasta siento que no soy yo la que vivió lo que relato. Por suerte, más adelante, volví a ser su “Laurita” y recuperé de a poco cada parte mía que había dejado olvidada. Y también pude valorar lo que fue mi padre y enojarme, por qué no, por sus silencio.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
36. OJOS
DE FUEGO
Era
el día del niño y lo pasábamos en Los Acantilados, como todos los fines de
semana desde que compraron el terreno y construyeron la casa. Yo tendría nueve
o diez años.
En
ese lugar pasamos los momentos más felices de la familia. Mamá había diseñado
un living grande con estufa hogar y unos ventanales enormes que metían los
eucaliptos dentro de la casa. La cocina estaba separada del living por una
barra, para que ella no quedara aparte de las reuniones cuando cocinaba. Los
veranos venían mis dos tías con su familia, y todos los amigos salteños que se
animaran a ir a Mar del Plata que, para ese entonces, parecía estar en el fin
del mundo. Papá había comprado un micrófono
para los dos artistas de la familia: mi primo Martín que cantaba y tocaba la
guitarra, y yo que recitaba poemas o hacía monólogos con textos de algunas
novelas que elegía con mi mamá. Ella se admiraba de mi memoria y de mi
sensibilidad porque más de una vez me emocionaba hasta las lágrimas, y ella
también. Cuando los invitados eran de Salta todos cantábamos zambas y
chacareras, sin faltar en esas guitarreadas, por supuesto, el vino y las
empanadas. Cuando fuimos adolescentes, Inés y yo, organizábamos reuniones con
nuestros amigos que venían a la pileta. Estábamos cerca de la playa pero
habíamos construido una pileta porque a mamá no le gustaban la arena ni el
viento. Primero bromeábamos con esa idea, pero la verdad es que todos la
disfrutamos muchísimo. Aún viviendo en La Plata, pasábamos los veranos en Los
Acantilados, hasta que la situación económica nos obligó a vender ese lugar
lleno de buenos momentos, pero esa es otra historia.
Aquel
día del niño era un día muy soleado y ventoso. Yo, como siempre, me levanté
temprano. Papá ya se había levantado y estaba encendiendo el hogar. Desayunamos
juntos pegados a los ventanales para ver los árboles, pero sin poder salir,
todavía, por el frío. Yo hablaba fuerte y hacía ruido para despertar a Inés
porque la regla era recibir los regalos juntas. Papá se divertía con mi
ansiedad, yo estaba más conversadora que nunca intentando adivinar qué regalo
iba a recibir.
Y
por fin llegó el momento. Mamá y papá fueron a la pieza y regresaron con dos
paquetes que nos entregaron, uno a cada una. No sé qué le regalaron a Inés,
porque cuando abrí el mío mi cabeza dio vueltas de felicidad y de ideas: el
juego de química que siempre había querido Y era el más completo. Yo lo sabía
porque lo miraba todos los días en la juguetería de abajo de mi edificio. Miré
a mamá y papá, y por el guiño de ojo de mi papá supe que él había tenido mucho
que ver con la elección de semejante regalo.
Por
supuesto, yo no podía esperar para comenzar a hacer mis experimentos, pero él me
dijo que antes de empezar tenía que arreglar unos caños de afuera, y que no usara
el agua. Esta última frase no la escuché, no sé si porque estaba leyendo las
instrucciones para mi primer experimento o porque ya comenzaba a aparecer mi
sordera.
Descubrí
que había un polvito mágico que al mezclarse con un líquido y agua,
transformaba el color del agua en rosa fuerte, mi color preferido. No podía beberlo,
pero iba a llenar frasquitos para adornar la casa. Tomé mis materiales y fui a
la cocina a trabajar. Qué maravilla, el agua salía transparente y al caer en el
recipiente se volvía rosa fuerte, y desbordaba del recipiente como una catarata
rosa. Me quedé mirando feliz mi creación. No sé si pasó mucho tiempo, porque un
grito feroz y ensordecedor me llegó desde el living: “¡Laura!”. No era Laurita,
era Laura. Eso me decía que algo no estaba bien. Cerré la canilla y me quedé en
silencio, esperando no sé qué. Tal vez que mi padre siguiera trabajando. Pero
al instante volví a escuchar: “¡Laura, te quiero acá !”. Cuando decidí ir a
donde estaba mi papá observé que un río rojo hacía dibujos en el piso de la
cocina recién pulido, se arremolinaba por momentos, y seguía hasta el living, y
en el living se formaba un gran lago, en el que, en la orilla de enfrente,
estaban los pies de mi papá. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, fui
subiendo la vista hasta encontrarme con los ojos de mi papá, de los que salía
fuego. Sentí tanto miedo que me puse a llorar intentando dar las explicaciones
que no tenía, hasta que él con la voz calma y firme, pero con la misma mirada
encendida, me dijo: “Ahora vamos a limpiar todo”.
Nos
llevó años terminar de sacar las manchas del piso, hasta pienso que tal vez los
nuevos dueños habrán pisado algunas de ellas muchos años después. Y a mí me
quedó grabada esa mirada de mi padre en aquel día del niño. Una mirada que no
conocía y que, afortunadamente, nunca
más volví a ver.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
35. CARTA A MI PADRE
Compartimos
muchos momentos. A mí me encantaba ir a tasar las propiedades y que me
presentaras como tu secretaria. Hoy todavía tengo la costumbre cuando manejo y
veo los carteles de propiedades en venta, de evaluar cuánto valen cada casaso
cada terrenoAlegrate, papá, pocas veces me equivoco.
Eras
un gran entrenador de natación. Cómo nos divertíamos Inés vos y yo nadando en
el mar. Ahora, rara vez me meto en el agua. Ella tampoco.
Eras
simpático, divertido y muy generoso. Demasiado, decía mamá, porque prestabas
las cosas sin saber si te las iban a devolver. No fuiste un buen compañero para
ella. Pero no es momento de juzgarte, ya habrás revisado todo lo que pasó.
Aunque nada te empaña como padre. Entre
nosotros no hubo besos, abrazos ni palabras cariñosas pero tu amor se veía en
tu pecho hinchado y en el brillo de tus ojos cuando hablabas de nosotras.
También en tu magia para resolver nuestros problemas sin que te lo pidiéramos.
Allí estabas vos, con una solución . ¿Alguna vez habrás perdido el sueño
temiendo no resolverlos?
Conversábamos
mucho de planes futuros y de situaciones presentes, pero de tu pasado, papá, de
tu pasado no se hablaba. Ante mis insistentes preguntas, vos siempre
contestabas la misma frase, que de tanto repetirla la hiciste cierta: ”Mi
familia es la de tu mamá , y mi mamá es tu abuela Esther”.
Cuando
te enfermaste querías esconder tu dolor y tu tristeza como hiciste con tu
historia, pero tu mirada negaba lo que las palabras decían.
Sé
de vos lo que quisiste mostrarme. Fui la última persona que miraste y tu adiós
estuvo disfrazado de un consejo que me acompaña en cada una de mis decisiones.
Yo tampoco quise despedirme porque si hubieras podido, también a tu final lo
habrías ocultado.
Te
llevaste el secreto, tu origen, que es también el mío y el de mis hijos. Qué
lástima, papá.
Ojalá
en nuestro próximo encuentro podamos abrazarnos como nunca lo hicimos,
abrazarnos en silencio porque en ese momento las palabras, seguramente, estarán
de más.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
Mamá
se va apurada dando mil indicaciones a papá, pero él ya no le contesta, cansado
de escuchar hace rato las mismas cosas.
Finalmente
carga las gaseosas en el auto mientras las cuenta, y dudoso, me pregunta: “Laurita, ¿cuántas nenas son? ” Y yo, como si fuera una respuesta muy precisa
le contesto: “un montón”. Es que para mí son muchísimas. Para mi cumple la
Hermanita invita a nenas de otras salas porque dice que yo tengo amiguitas en
todo el jardín. También van siempre las Hermanas que me cuidaron cuando yo era
chiquita, antes de los tres. Papá con su simpatía que todo conseguía había
logrado que me inscribieran cuando mi hermana empezó el jardín. Mamá me contó,
orgullosa, que le decían que no me iban a aceptar, y él las convenció. Papá
quedó tan agradecido con ellas que hasta lograron que algunas veces fuera a
misa.
Cuando
llegamos al colegio, la Hermana Eduviges nos recibe y papá baja las gaseosas,
la torta, los sándwiches, y las bolsitas de regalo hechas por mamá. También coloca
los globos y guirnaldas en la sala. El colegio está vacío, mi hermana y yo
corremos por todo el patio felices de tenerlo todo para nosotras.
Cuando
las nenas empiezan a llegar y ven los adornos, me saludan y yo siento una
mezcla de felicidad y vergüenza por ser la protagonista del día.
Papá
se va, lo saludo desde lejos con la mano. Me parece que quiere decirme que
después vuelve, pero yo sigo jugando tranquila, sabiendo que a la hora exacta
del festejo él va a estar ahí con mi hermana. Presente, como siempre.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
33. CARTA A PAPÁ
Papá, está mujer que escribe puede ver lo dura que fue
tu vida y entender al niño de tres años estupefacto por la muerte de su padre, ese niño seguramente
no sabía de suicidios ni de madres abrumadas por tener que enfrentar la vida
solas .Veo como tratabas de aferrarte a este
mundo buscando padres en aquellos hombres que se acercaban brindándote un poco
de atención. ¡Cuánta lucha!, pienso, cuánta
fuerza por formar y mantener una familia, por ser un buen padre. Sé que lo
intentaste de todas las formas, sin moldes, sin varas que mostraran las
medidas, a no ser aquellas que la calle te mostró. ¿Cómo hacerlo ? Eras
exigente y de pocas palabras, manejabas con una mirada cualquier situación.
Todo lo que yo hacía, ante tus ojos, parecía
no alcanzar, aunque sé que querías lo mejor para tu hija, y estabas orgulloso, aunque solo lo
decías fuera de casa. Padre, pude ver muchas veces debajo de esas apariencias a
un ser tierno tomando a los niños con delicadeza, cuidando a las plantas y a
los animales con amor, cocinando, haciendo conservas para todo el año. Amé esa faceta tuya tan amorosa. Recién pude
disfrutar del cariño en la última etapa de tu vida, cuando tu salud vulnerable
me dio el permiso para traspasar tus
límites. Me acuerdo que hacíamos un
juego donde trataba de atraparte y vos huías, sacando la
cara o el cuerpo, era como una lucha, donde siempre terminaba robándote algo de esa dulzura . Eso no fue mi mérito, sino tu forma de
mimarme.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
stamos viviendo
momentos raros, difíciles, tristes. De un día para otro debimos reacomodarnos.
Aprender mucho. Atesorar momentos.
Empezar a acostumbrarnos a la nueva normalidad resulta
difícil. Por momentos siento que es un sueño, que esto no está ocurriendo.
Tanto en el mundo como en nuestro mundito íntimo, nuestra familia, toda cambió.
La pandemia nos impide compartir con nuestros seres
más queridos. Nos piden mantenernos aislados justo en el momento en que más
necesitamos estar cerca, juntos, cuidarnos. Pienso cómo te sentirás vos, pá,
que toda tu vida viviste acompañado y en estos últimos cincuenta y cuatro años
tu compañera incondicional fue mamá. ¡Qué
forma rara de hacer el duelo!
Si hay algo que destaco de vos es tu entereza. Seguís
para adelante con mucho dolor pero firme. Aprendiste a usar todos esos aparatos
que también convivieron con vos muchísimos años pero que nunca habías tenido la
necesidad de acercarte a ellos: el microondas, el lavarropas, la plancha, el
horno… Muchísimo menos conocías la escoba, el trapo de piso y el limpia
inodoros. De a poco fuiste aprendiendo y ellos te hacen las cosas un poco más fáciles.
Pese al dolor inmenso que sentís, el día de mi cumple
organizaste un encuentro familiar muy íntimo donde no faltó nada. Ayer grabaste
un video saludando a Dani por su cumple. Te ocupás de que Pedro tenga el
juguito que le gusta cuando va de visita. Estás al tanto de los exámenes de la
facultad de mis hijos. ¡Gracias! Estas
demostraciones hacen que yo confirme una vez más que sos muy fuerte y que tu
amor hacia nosotros es incondicional.
Paula (Martínez, Buenos Aires)
Tengo 15 años y hace apenas unos días que estoy de novia con Fernando. Se me declaró y fue un momento soñado: vacaciones, un bosque en Cariló en un atardecer y el chico que me gusta diciéndome: “¿Querés ser mi novia?”. El único problema era que, minutos después, salía de la terminal el micro que llevaba a mi reciente novio hasta un balneario cercano, donde él estaba pasando sus vacaciones. Yo acepté ser su novia y lo acompañé a la terminal. Después volví a casa caminando.
Durante varios días estuve
en un estado de ensoñación. No sé si vos, papá, te diste cuenta. A mamá le
conté que estoy de novia, a vos no te dije nada pero seguro que te enteraste:
“En el matrimonio no hay secretos”, dice mamá.
Entre que nosotros estamos
en un balneario muy familiar y un poco alejado y que yo estoy de novia y mi
novio no está tan cerca, mucho no salí durante estos días pero hoy tengo
juntada en lo de Ine. El papá de Ceci nos va a llevar a Pinamar y vos te
ofreciste para más tarde buscarnos. Por suerte Fernando también va a estar en
lo de Inés. Él va con Agustín y yo con Ceci, y ellos se van a poner de novios
hoy. ¡Es un día muy especial!
En la playa Ceci y yo
coordinamos el horario y decidimos qué nos íbamos a poner. Todo estaba listo.
Llegó la hora y me pasaron a buscar. Mamá y vos se quedaron tranquilos. Iba con
un padre, comería en una casa de familia y después volvería con papá. ¡Ningún
problema!
Llegamos a lo de Inés y
llegó Fernando. Comimos pizzas y tomamos Coca- Cola. Los padres de Inés son muy
cuidas y no salen de nuestro alrededor. Agus no se le puede declarar a Ceci.
Decidimos dar por terminada la reunión treinta minutos antes del horario
pactado para que vos nos buscaras. Nos despedimos de Ine y de sus papás,
tomamos el ascensor y nos quedamos charlando en el zaguán. En un rincón Agus y
Ceci, unos metros para el costado, Fernando y yo. Agustín tomó envión, Ceci
aceptó y ¡llegó la hora de irnos!
Te vi aparecer detrás del
vidrio y tu cara ya me dijo todo: “¡Estoy en problemas!” No sé si saludaste, no
sé si yo saludé a mis amigos, la cuestión es que me encontré sentada en el auto
con Ceci y vos diciendo: “¿Qué es esto de esperarme abajo con estos muchachos?
¿Por qué te fuiste de lo de Inés? ¡Una señorita en el zaguán! ¡¿Dónde se ha
visto?!” No sé qué más dijiste.
No es para tanto al final ni
un beso me dio y ese “muchacho” es mi novio... Llegar hasta casa se me hace
largo.
Paula (Martínez, Buenos Aires)
Hoy mamá y vos tienen
reunión con mi maestra. Cuarto grado me está costando, parece. Vamos los cuatro
en el auto. Nadie me preguntó si sé por qué la maestra los citó, no me
preguntaron si pasó algo en los últimos días. Ustedes van a escuchar. Yo la
quiero mucho a mi maestra Marcia. No es con ella el tema. Es el colegio. No me
gusta cómo la directora se dirige a algunas de nosotras. Hay un bando de las
“perfectas” y mi bando, “las otras”. No
me siento cómoda con algunas compañeras. Se creen que, porque tienen la
cartuchera de dos pisos o hasta de tres pisos, son más importantes… bueno, en
verdad son más importantes porque tienen los papeles más importantes en los
actos. Además, los papás de esas chicas son amigos de la directora, de Elena.
Los fines de semana se juntan y comparten asados. Siento que este colegio no es
para mí. Veremos qué dice la maestra. Yo todavía no me animo a hablarles de todo
esto.
A la tarde mamá me cuenta
que Marcia dijo que le dedico mucho tiempo a las carátulas y a tener todo
prolijo pero que me atraso con las actividades. Se nota que mamá y vos
resolvieron que, al día siguiente, santo del patrono de nuestro barrio, en
lugar de quedarme en casa disfrutando del feriado iría con vos al centro, a tu
oficina a completar mi carpeta.
Me pongo un vestido, zapatos
y saquito blanco. “Al Centro hay que ir con vestido”, dice mi abuela. Tu
oficina está llena de libros, papeles, secretarias, teléfonos. Nos ponemos a
trabajar. Cada cual en lo suyo. Yo no puedo concentrarme por la cantidad de
cosas interesantes que veo a mi alrededor. Te consulto algunas dudas, me ayudás,
también me ayuda Graciela, tu secretaria.
A la hora del almuerzo vamos
caminando de la mano a un restaurant cercano. Hay muchísimos autos, colectivos,
gente. Nunca estuve en un lugar así. Comemos juntos. Te hago preguntas acerca
del estilo de vida de la gente, de tus rutinas.
En la oficina otra vez, un
rato más. Yo terminé de completar todo, al menos eso creo. Voy a la oficina de
Graciela y me muestra algo increíble. Diego no va a poder creer esto, es una
fotocopiadora. Ponés un libro y te hace la copia de ese libro. ¿Y si pongo mi
mano? Graciela me deja probar y ¡se copia mi mano! Esa es la prueba para
contarles a mis hermanos lo que hay en tu oficina. ¡Es increíble! Pasé un
lindísimo día con vos. Me gustó conocer lo que hacés durante todas esas horas
que no estás en casa, que te vas al Centro a trabajar.
¡Siento mucho orgullo de que
seas mí papá! ¡Te quiero!
Paula (Martínez, Buenos Aires)
29. NOSOTROS NOS COMUNICAMOS CON LA MIRADA
En mi mente resuena tu frase: “Las damas se ríen con los ojos”. ¡Qué pensamiento antiguo, pá!
Si te escucha alguna de estas feministas que dan vueltas por el mundo, te
manta. Creo que seguís sosteniendo ese y muchos otros pensamientos por el
estilo. Nos educaste, a Daniela y a mí, como si fuéramos dos princesas, mamá
era la reina.
Me acuerdo de que las
mujeres levantábamos la mesa, ayudábamos a cocinar y limpiar. Era de los hombres
el asado de los domingos. Yo con tal de estar con vos o con mamá, me prendía en
todas, actividades de varones o de mujeres. Es que Diego no era tan
colaborador…
Recuerdo ayudarte a sacarle
la grasa a los chinchulines. Me quedaba a tu lado mientras la carne y las
achuras se cocinaban. También era la número uno para sostener los clavos y
tornillos mientras vos colgabas cuadros o estantes esos días en que a ustedes
se les ocurría redecorar todo. Me acuerdo, verte subido a la escalera
diciéndome: “Alcanzame el destornillador, ese no, el Phillips”. Podía estar dos
horas ahí paradita sosteniendo la escalera, aunque desde ya no era necesario. No
faltaba mi: “¿Querés que te traiga agua?” Si nos íbamos de viaje a la costa era
yo quien se quedaba despierta charlándote y escuchando una y otra vez el
cassette de María Martha Serra Lima que sonaba en nuestro auto. Hacía lo
imposible para que me tocara sentarme atrás, sobre la izquierda o en el medio.
De esa manera tenía asegurado estar cerquita tuyo. Y todos dormían y yo te
charlaba, poco, porque como decís vos “Nosotros nos comunicamos con la mirada”.
Y es verdad, somos de pocas palabras pero conectamos muy bien. Podés leer mis
emociones con solo mirarme a los ojos.
Ahora que muchas cosas cambiaron en nuestra vida, fundamentalmente la ausencia de mamá y tu vejez, sumado a la cuarentena, nuestros roles cambiaron un poco. Siento que estamos en el momento de reacomodarnos. Los dos tratamos de disimular, de aparentar estar bien pero nuestros ojos dicen mucho. Sé que extrañás muchísimo a mamá y que el encierro al que te obliga la cuarentena te está costando mucho. A mí también me cuesta ir de visita a tu casa y “descubrir” que mamá tampoco está ahí.
Muchas veces sueño que voy a visitarte y mamá está con vos. Y en cierta manera me quedo tranquila porque creo que ella está acompañándote desde otro lugar. Sé que vamos a estar bien pero hay que transitar estos tiempos aislados por la pandemia y con tanta tristeza. ¡Acá estamos todos para seguir caminando juntos como mamá nos enseñó!
Paula (Martínez, Buenos Aires)
28. PESOS LEY
27. CON
MIS RECUERDOS
Recuerdo bien aquella tarde en la que, ayudando a mamá a ordenar papeles( de improviso tuve frente a mis ojos el certificado analítico de tu paso por el secundario. El asombro invadió todo mi cuerpo y también me dio pie para refutar futuros retosEs que vos habías emitido tu sentencia:- “No puedes traer ninguna materia con una nota menor a siete”. Y yo la cumplía a rajatablas. No me gustaban tus largos regaños, pero al fin tendría una prueba con que defenderme. El analítico de tu paso por el secundario revelaba que solo habías aprobado una materia: Francés. Y con un 9. En el resto, solo anidaban notas menores al cinco.
Con
el pasar del tiempo y llegado el momento de traer mi libreta a casa, se
presentó la oportunidad. Te sentaste cómodamente, encendiste un cigarrillo y
con un vaso de whisky en mano comenzaste a ver mis notas. Yo permanecí de pié,
con las manos tomadas por detrás de la espalda y saboreando el argumento que impugnaría
para siempre tu sentencia.
-Mmmm,
con que un seis en Matemáticas, ¿no?-dijiste casi socarronamente. Por un mes se
cortan las salidas con amigas. Debes traer un siete o más. Después veremos.
Después
veremos, ¡no! -te dije altaneramente. Y me miraste con gesto adusto, extrañado,
pero con don de mando. ¿Y desde cuándo te atreves a contestarme?, preguntaste.
¡Desde
que sé quién eres!, te respondí. Rápidamente desdoblé tu analítico y te lo
entregué.
Lo
tomaste con rabia, lo miraste, lo doblaste y lo guardase en el bolsillo del
pantalón. Me pareció advertir cierto sonrojo en tu cara. Terminaste tu
cigarrillo, sorbiste un trago de whisky te levantaste y comenzaste a caminar
hacia tu dormitorio. Antes de entrar en él, diste media vuelta y me dijiste:
-“Está bien, olvida todo lo que he dicho”.
Y
fue así que la sentencia llegó a su fin. Nunca más se habló del tema. Pero sí
alcancé a comprender ese alocado deseo tuyo de conocer París. Entendí los pocos
libros que de vez en cuando releía: “La náusea”, “La peste”, “El extranjero”.
Supe que Francia era el sueño que nunca pudiste alcanzar y al que te acercabas
a través de las letras o la música.
Ahora
pienso en esa frase que te dije: ¡Desde que se quién eres! ¡Qué quimera! Lo era
para ese entonces. Porque a decir verdad, me llevó mucho tiempo saber quién
eras. La existencia te pesaba, ahora lo entiendo.
“La
bella y la bestia”, ese eras. Y así te amé y odié. Todo junto y, por momentos,
con puntos suspensivos.
Tengo
56 años. Hace catorce que partiste (ojalá hayas renacido en Francia) y, aunque
cueste creerlo, te extraño. Físicamente, no.
Porque cada vez que me miro al espejo te veo a vos, en versión femenina.
Cada vez que suelto un rezongo por situaciones tontas y cotidianas, te escucho
a vos. Cada dolor de cintura que me toma por sorpresa, termina en una
exhalación quejosa que suena igual a las tuyas. Casi toda yo, se ha convertido
en vos…
Nos
iguala esa mirada existencialista de la vida, el amor por la música y los
buenos vinos. Las ganas de darse a otros con lo bueno o malo que se tenga. Pero yo no pego, hablo. No grito, callo. No
genero disturbios, los evito. No pretendo que mis hijos me obedezcan a ciegas,
los dejo ser. Los dejo amar y que amen. Los dejo ser quienes quieran ser.
Te
amo, papá. Nos vemos mañana, cuando me mire en el espejo.
Non, rien de rien-No, nada de nada
Non, je ne regrette rien – No, yo no me arrepiento
de nada
Ni le bien qu´on m´a fait, ni le mal –Ni el bien que
me han hecho, ni el mal
Tout ca m´est bien égal – Todo eso me da igual
Edhit Piaff – El gorrión francés
Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)
26. MILAGROS COTIDIANOS
Decido,
finalmente, acostarme en esta vieja cama de hotel, cuyo colchón contiene el
peso de cuanto huésped ha pasado por aquí.
Estoy
sola. Papá ha salido a realizar operativos, tan comunes en estas épocas de
dictadura.
Mamá,
no está. Ha viajado a Concepción del Uruguay, para cumplir con el pago de
impuestos. Esos que te cobran por el privilegio de tener una casa, luz, agua
potable y cloacas.
En
lo que a mí respecta, ya no estoy en aquella casa. Ahora vivo en este viejo
hotel, junto a papá. Es que mis acciones de autoflagelación determinaron que mi
progenitor me sacara de la ciudad a la que él atribuye todos los males. Él ignora que no se trata de regiones geográficas
o de ciudades más o menos propicias para la vida. Ignora que mi tristeza está
aturdida en esa azarosa etapa que llaman adolescencia.
He
terminado de estudiar las lecciones académicas de las que, mañana, deberé dar
cuenta. Apilo los libros y apuntes sobre la desvencijada mesa de luz. No me atrevo
a apagar el velador. La soledad me atemoriza un poco. El cuarto de hotel,
también. Es que todo aquí, huele a humedad, a vejez, a desamparo, a soledad.
Mañana
será mi cumpleaños número 17 y no espero que alguien lo recuerde. Es que me
pesa la vida, no le encuentro sentido, dirección. Siento que no encajo en esa
etapa juvenil que parece llenar de
entusiasmo a mis compañeras de colegio. No obstante ello, he hecho la firme
promesa de cesar en esos intentos de autodestrucción. Es que ahí, también me siento
una fracasada. He fallado tres veces.
Las
horas pasan lento, como lento el tic-tac del viejo reloj. No quiero pensar en
nada negativo, solo quiero aprenderme de memoria aquella frase de una de mis autoras preferidas: “La vida es un
largo combate por el que se llega a ser uno mismo, es esa la tarea más elevada
e ineludible de todo ser humano”. Quien lo asegura es Simone de Beauvoir.
Estoy
dispuesta a combatir. La guerra es contra mí misma, contra ese cuerpo que ha
abandonado la niñez y donde poco caben los sueños realizables de la infancia.
Debo
combatir, no hay otro camino.
Antes
de dormirme, libero un par de lágrimas. Tengo que aprender a quererme, pero
también necesito sentirme querida, necesitada.
Finalmente
me duermo. Mañana arribaré a los diecisiete y tal vez, ni siquiera yo lo
recuerde.
Han
pasado las horas. Unas tres desde la medianoche. De repente, algo húmedo y de
fragante aroma, me despierta.
Son
las tres treinta de la madrugada. Restriego mis ojos y lo veo. Es papá. Ha hecho
un alto en sus rutinas para desearme “un muy feliz cumpleaños”, a mí, la única hija que ha traído al mundo.
Es
un ramo de flores multicolor y de distinta índole. Están un poco húmedas, pero
huelen muy bien.
¡Feliz
cumpleaños!-dice mi padre. Perdón por no haberme hecho un tiempo para comprarte
un regalo, así que he robado todas las flores que fui encontrando por el
camino. Espero que te gusten.
Te
quiero, hija.
Me
besa en la frente y vuelve a su trabajo.
Siento una profunda emoción. Por primera vez en mucho tiempo,
siento que me he mentido a mí misma. No estoy tan sola como creo.Y sí que soy
querida.
Me
duermo abrazada a ese ramo de flores robadas.
Ni
yo ni mi padre sabremos nunca que aquella noche fuimos objeto de “esos pequeños
milagros cotidianos”.
“Late, corazón. No todo se lo ha tragado la tierra.”
Antonio Machado
Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)
25. DESPEDIDA
Has
dejado de respirar. No a fuerza de un suspiro repentino, un bostezo o de un susto.
Has
dejado de respirar… y es para siempre.
Así,
de repente, sin más y solo me parece que falta una oposición)con unos cuantos preavisos
a los que casi nadie dio importancia, porque eras hipocondríaco.
Llueve
torrencialmente, Estoy sentada en el pasillo de la funeraria esperando que
traigan tu cuerpo inerte.
Llueve,
llueve y no cesa. Es como este llanto interno que me desborda el alma.
Te
espero, como siempre te esperé.
No
hay nadie conmigo. Solo estamos mi alma y los recuerdos.
Una
vez más, mamá ha decidido venir más tarde.
Supongo
que ella se sentirá aliviada ante esta partida.
Te
acompañó, es cierto. Pero hay compañías que solo sirven para pronunciar la
ausencia.
Yo
no pude, estaba ganando el pan de los días y las premuras. No hubo lugar para
el adiós, el perdón, la última caricia.
Siempre
es la espera.
Las
calles se inundan bajo la lluvia impiadosa, tan fuerte, intermitente, continua…
Si
fuese así la vitalidad de una vida, tal vez viviríamos más años. O menos ¿Quién
puede aseverarlo?
Finalmente
ha llegado la ambulancia que trae el cuerpo que ocupaste cuando aún tenías
energía vital.
Te
llevan a la sala mortuoria, para prepararte para el rito funerario.
El
dueño de la casa mortuoria, un amigo, me permite quedarme a solas con vos y
realizarte la preparación antes de que te pongan en la “caja de madera”, como
dice Sabina.
Ahora
es más sencillo: ni camisa, corbata, traje, zapatos, alhajas. Nada. La simple
desnudez. Los tiempos han cambiado tanto que nos sepultan desnudos, para evitar
el vandalismo sobre despojos de difunto.
No
me parece mal. Venimos a la vida desnudos y así debemos irnos.
Así
que, aquí estamos los dos. Lo que nos diferencia es el estado, pero nos iguala
el silencio.
Te
abrazo. Lloro sobre ese regazo en el que nunca más podré apoyar mi fatiga,
desasosiego o pesadumbre. O simplemente buscar una caricia. Esas que en definitiva nos alientan a
seguir de todos modos y de cualquier manera.
La
lluvia es como una cortina que no permite ver. Solo mirar.
Limpio
tu cuerpo con los elementos provistos. Lo repaso centímetro a centímetroMe topo
con la herida que dejó la manguera que quitaba el agua de tus pulmones. El agua
te inundó como anega, ahora, la calle.
Limpio
tu rostro. Rostro que amé y odié en discordancia ambigua.
Tus
arrugas parecen haber desaparecido. Al
final, quizás sea cierto que almorir, renacemos.
Será
un hecho que alguno de mis hijos, tus nietos, comprobará cuando me toque
traspasar el umbral.
Aseguro tus labios y tus ojos con “la gotita”.
Dicen que hay que hacerlo.
Ahora
esos ojos no volverán a mirarme, ya sea con ternura o con reproche. Esos labios
no volverán a pronunciar palabra. Ni de las que matan ni de las que te hacen
sentir que vale la pena estar viva.
Me
hubiese gustado que nuestra proximidad fuese más cercana que la letal distancia
que nos separó los últimos años.
Te
amo, papá. Lo sabes. Sé que tú también me amaste. Lástima esa penosa manera de
demostrarlo. Aunque hubo muchas de las otras, también.
Me
guardo bajo siete llaves aquél hermoso anuncio que preparaste y colgaste a la
entrada de la casa en la que habitamos los tres: mamá, vos y yo.
Yo
regresaba de La Pampa, con dos hijos pequeños y un bebé de meses. Fracasada,
separada, con el corazón hecho trizas.
Y
ahí estabas vos, esperándome. Con tu mejor sonrisa y tus mejores ganas.
“Bienvenida
a casa”, habías escrito. con letras grandes y brillantes.
Me
sentí segura.
Te
amo, papá.
Quedaron
tantas cosas por decirnos. Sobre todo un
fuerte y sonoro “te amo” y un par de abrazos de esos que te quitan el aire.
Ya
estás listo.
Los
muchachos de la funeraria me ayudan a poner tu cuerpo en el traje de madera.
Tapamos tu desnudez con una mortaja blanca. Estás listo para el ritual.
Ha
parado un poco esa lluvia incesante que parece haberse llevado con ella todas
mis ganas de.
Adiós,
papá.
Espero
que en tu viaje de ida llegues a destino. Y espero que en ese lugar alguien
haya escrito en letras brillantes: “Bienvenido a casa”.
“No
me siento perdida.
Es
sólo que no sé dónde termina el mar que llevo dentro
Y
a veces me ahogo”
Elvira
Sastre
Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)
24. PAPÁ EN MI ADOLESCENCIA
Debo
reconocer que fui una adolescente bastante fácil de tratar. Tal vez esto no
fuera previsible durante mis caprichos de la niñez.
Las
rebeldías más osadas tenían que ver con mi absoluta incapacidad de respetar el
horario de vuelta a casa cuando salía con amigas.
En
realidad, no era un horario. La consigna de mi mamá era “antes de que se haga
de noche".
A
mis catorce años me resultaba misión imposible estar pendiente del reloj.
Y
fallaba la mayor parte de las veces. Especialmente los domingos, en que iba al
club con mi amiga Sandra, con el solo objetivo de ver de lejos a los chicos que
nos gustaban. Todo el chiste consistía en hacernos las interesantes e
intercambiar un simple Hola. Como ellos eran más grandes iban a la tardecita,
así que luego de cruzarlos, corríamos hasta la avenida a tomar el colectivo de
vuelta a casa. Una para un lado y la otra para el otro. Como mi amiga vivía a
cinco minutos, siempre llamaba a mis padres, avisando que el colectivo había
demorado mucho y que ya iba en camino. Mi culpa crecía a medida que el sol
bajaba, pero eso no impedía repetirlo al domingo siguiente.
Mi
papá, cuando Sandra llamaba, salía pacientemente y caminaba las cinco cuadras
hasta la avenida, por miedo a que algo me pasara, siendo ya casi de noche. En el
camino de vuelta a casa me decía que mamá estaba furiosa, que no la hiciera
enojar más con alguna contestación desafortunada.
El
enojo de mi mamá se pasaba en la semana porque, en honor a la verdad, no le
causaba nunca problemas de ningún tipo.
Y
así fue siempre. Mi mamá la que ponía los límites y mi papá el que nos apañaba.
Ese
mismo papá que, años más tarde, a mis veintitrés años, se levantó después de la
cena y, mirando a mi novio (hoy mi marido) y a mí, nos hizo un gesto acompañado
de un "Vamos"
Después
de escuchar nuestros planes de comprar una casita, no nos importaba donde mientras
fuera nuestra), nos hizo subir al auto y nos llevó hasta la caa en cuestión,
para que viéramos que, además de ser apenas un garage modificado, el lugar quedaba
en un barrio peligroso, oscuro y poco confiable.
A
nuestra desilusión, él y mi mamá, la contrarrestaron a los pocos días,
ofreciéndonos que construyéramos sobre su casa, cosa que finalmente no hicimos.
Mientras averiguábamos precios de materiales, encontramos, también con ayuda de
mi papá, una casita modesta, pero en un lugar más seguro. Y encima él nos
ayudó a conseguir financiación, directamente con el dueño. Ese fue siempre mi
papá. Protector, motivador y compañero. Y losigue siendo, aún hoy, con sus
ochenta y cinco años.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
23. CARTA A PAPÁ
Angelito:
¿Cómo
decirte que
los recuerdos que tenemos de nuestra niñez son increíblesno s?
Los paseos en el
carrito que llevaba las sillas que fabricabas, desde el fondo hasta la vereda,
para entregárselas a tus clientes.
Los viajes en la
lona de la playa y los juegos en la “pieza de las gomas”, ese pequeño depósito,
repleto de planchas de gomaespuma para los tapizados de las sillas, que
oficiaba de gran pelotero Adoraba esconderme entre esas planchas con mis hermanos
y nuestros amIgos y que vos hicieras de cuenta que no sabías que estábamos
allí, revoleando los atados hasta encontrarnos.
Los cinco mil
kilos de caño que te costaron las vacaciones a Bariloche (esas que nunca
olvidaremos) y nuestras carcajadas cada vez que hacías los cálculos de cuánto
salía el kilo de caño, para fabricar las sillas en cada momento inflacionario
de nuestro país.
Los
interminables domingos en la quinta, esa casita humilde, pero con gran parque y
una hermosa pileta, que, con tanto esfuerzo compraron y mantuvieron con mami
hasta que no se pudo sostener más.
Allí siempre
fueron bienvenidos nuestros amigos y toda la familia. Ni siquiera tenían que
avisar. Alcanzaba con que llegaran con su trozo de carne y vos, feliz, lo
agregabas a la parrilla. Después partido de vóley, de bochas, waterpolo o lo
que saliera. Mates con bizcochitos de grasa de la panadería del centro,
calentitos a la mañana y lo que quedaba a la tarde con alguna factura o torta
que traían los invitados que nadie invitaba.
No recuerdo
tiempos más felices que esos domingos. Fue duro para todos, pero especialmente
para vos afrontar la decisión de vender cuando una de las tantas crisis
económicas asfixiaba.
¿Cómo decirte,
Angelito, todo lo que siento?
Que tus chistes,
aunque suenen a repetidos, siempre nos arrancan una sonrisa.
Que no hay menú mejor que el asado de los domingos con toda la familia reunida
alrededor de la mesa, cuando la vida nos permite juntarnos, a pesar de la
distancia.
Que tu esfuerzo
por darnos todo lo que vos no tuviste, valió la pena.
Que aprendimos de vos lo más importante que un padre puede enseñar con el
ejemplo, que la palabra empeñada es más valiosa que el más formal de los
papeles.
Que siempre hay que ayudar al que lo necesita, aunque uno no tenga tanto. Que
lo poco, si es compartido es mucho más valioso.
Que nunca hay un NO a nada que te pidamos (aunque siempre protestes primero).
Que nuestros amigos son siempre bienvenidos en tu casa.
Que tus silencios nos alejan y tus risas nos acercan.
Que tu buen corazón se ve a través de tus ojos.
Supiste ser mi ejemplo, mi guía, mi brazo
contenedor, mi hombro donde apoyarme.
Supiste
ser la honestidad que necesitaba aprender para nunca olvidarme.
Supiste
demostrar con tus caricias toscas un amor inconmensurable, tan pero tan grande
que arruga el corazón de cómo se siente.
Supiste
alentarme en los malos momentos, y en los buenos, animándome a cometer locuras
cuerdas, que hoy aún agradezco.
Supiste
decirme esa frase que me tocó el alma y logró tranquilizarme cuando un
quirófano me esperaba: "No tengas miedo", junto a una caricia suave,
creo que, por primera vez suave, que fue más relajante que la más potente de
las anestesias.
Supiste,
en realidad, ambos supieron, respetar las diferencias y acortar la distancia
con César, en nombre del amor que ambos me tienen. Y creo no equivocarme, si
digo que también aprendieron a quererse mucho.
Supiste
ser el abuelo que enternece y divierte a mi hija y a mis sobrinas, que les
provoca orgullo, al repetir con cariño como todos te nombramos:
"Angelito".
Sí,
“Angelito”.
El
diminutivo de tu nombre se transformó en una palabra más potente aún que la
palabra Papá. Porque es como todos te nombran, con el cariño y admiración que
supiste despertar, a base de chistes y buenas acciones.
Le
agradezco a la vida haberte elegido para ser mi papá y le pido cada 2 de marzo
que, a pesar de tus impecables ochenta y cinco, me regale un año más de tu vida
en la mía.
No lo digo muy seguido, pero sé que lo sabés.
¡Te
quiero, pá!
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
22. SANTA TERESITA
Pensar la felicidad en mi
infancia es, sin dudarlo, viajar a Santa Teresita en febrero, cada verano. No cuando yo era muy
chiquita. En esa época el dinero no abundaba. Después tampoco, pero ya nos
podíamos dar algunos gustos.
Decir febrero era decir un mes
entero en la playa, sol, libertad cumplir años lejos de casa, pero, sobre todo,
era decir tiempo en familia.
En la época en que a mi papá
empezó a irle mejor en el trabajo, alquilaba un departamento a uno de sus
clientes, a dos cuadras del mar. Mis
hermanos y yo pasábamos el mes entero con mi mamá, mientras él volvía a trabajar a Buenos Aires para regresar
con nosotros el fin de semana siguiente o, a más tardar el doce para celebrar
conmigo mi cumpleaños. Los últimos quince días eran la gloria; estábamos los
cinco juntos.
Mientras fuimos chicos, adoraba
jugar a la paleta con mi papá por horas, mientras mi mamá vigilaba de cerca a
Diego para que no se perdiera entre la gente. Siempre le ponía mallas color flúor
para identificarlo enseguida. Hernán no se movía de su pista de autos, a la que
se agregaban todos los varones de las cercanías. Mi papá le preparaba unos
circuitos impresionantes con desniveles y puentes. Cuando terminaba esa obra de
ingeniería, nos dedicábamos a la paleta, seguros de que no viniera a
interrumpirnos. Mamá en la orilla del mar hacía saltar las olas al benjamín de
la casa.
Cuando nuestro partido terminaba,
nos íbamos a zambullir los cinco. Mamá y yo desafiábamos las olas más altas,
mientras mi papá se quedaba con los varones en la parte más baja.
Llegado el medioía, mi mamá
volvía al departamento a preparar la comida y a la media hora emprendíamos la
vuelta con mi papá.
Siesta obligada a la hora del sol
fuerte y vuelta a la playa.
El día no era completo si no
viajábamos en la alfombra mágica, que fabricaba mi papá con una lona bien
resistente.
Mientras él rastrillaba el médano
y toda la arena alrededor de nuestra sombrilla, para asegurarse de que no
hubiera nada que pudiera lastimarnos, nosotros ayudábamos a mamá a limpiar y
guardar las paletas, los baldecitos, los
moldes y las palitas, en el bolso naranja con flores.
Al terminar cada uno con su
tarea, llegaba por fin el momento más divertido.
Con el sol ya poniéndose, la
playa casi vacía, con nuestros buzos puestos porque a esa hora refrescaba
bastante, mi mamá volvía a preparar el mate. Se sentaba cómodamente en la
reposera y se disponía a disfrutar del espectáculo.
Nosotros tres subíamos corriendo
el médano con mi papá, al grito de: "El que llega último pone la mesa".
Una vez en la cima, nos ubicábamos
en la lona por estricto orden de estatura. Atrás iba yo, la mayor con las piernas abiertas, dejándole lugar a Hernán
para que se sentara. Él hacía lo mismo con Diego. Y así, estando los tres
listos, mi papá tomaba la lona de la punta y bajaba corriendo el médano,
arrastrándonos hasta llegar a mi mamá, por ese circuito que tan bien había
preparado. Volábamos. Ni Aladin habrá sentido tanta adrenalina en su alfombra
mágica.
Nos reíamos hasta que nos dolía
la panza. Y repetíamos el proceso una y otra vez. Hasta que los pulmones de mi
papá colapsaban por el esfuerzo de un día tan agotador pero pleno como pocos.
Así emprendíamos la vuelta:
llenos de arena y de felicidad.
Y cuando llovía, la frutilla del
postre era volver cantando todos amontonados, debajo de la sombrilla
abierta.
Obvio que no todo era color de
rosa. Cuando llegábamos, empezaban las peleas porque ninguno quería bañarse
primero y mucho menos encargarse de poner la mesa.
Después de cenar, el tema era
lograr que nos durmiéramos temprano. Mamá decía que así íbamos a poder
levantarnos con el tiempo suficiente, para volver a disfrutar de otro día
maravilloso.
Y tenía razón.
Todos los días lo eran.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
21. PASEANDO CON MI PADRE
Mi memoria me lleva a paseos con mi padre por Buenos
Aires, a la cancha de Boca, su club favorito, al Tigre, viaje en
catamarán, sorprendido por la belleza de la isla, a la Casa Rosada gustoso de
haberla conocido. O cuando hacíamos esas comilonas en casa de mi hermana Mari,
degustábamos ricos platos con buen vino, charlas de cuando éramos chicos
con nuestra madre, bromas sobre alguna pretendienta. Le brinde todo
mi tiempo. Decía a mis hijos: viene el
abuelo, olvídense de mí por el tiempo que él esté acá. Creo haber hecho lo
mejor para él. Con el tiempo fue perdiendo la visión, se hizo dificultoso
salir Nos reíamos cada vez que salíamos a caminar, yo le marcaba el camino
diciendo izquierda, derecha. Verlo
envejecer fue doloroso. Una vez tuve un encontronazo con él siendo chica (no
recuerdo por qué esa pelea) y amenacé con irme de casa.. Nos parecíamos en
ser un poco caprichosos, pero después solíamos pedir perdón. Disfrutaba
verlo los domingos, cómo combinaba su ropa, zapatos, sombrero y bastón para ir
a misa. Era coqueto, tenía colecciones de sombreros. Siempre con su mano en el
bolsillo y silbando nos íbamos a misa. Fui su gran compañera de viaje,
caminatas. Cuando estuvo internado, lo hizo conmigo, no me separé de él. Mis
padres, hijos, hermanos, a pesar de muchas diferencias con ellos los amó a
todos.
Gladys Yapura (CABA)
20. FELIZ CUMPLE
¡Ocho de Octubre tu cumple, papi! ¡ Silvia y yo te recordamos con amor! , hoy hablé con ella. El último que te festejamos fue cuando cumpliste los noventa años, cantaste karaoke, te aplaudiste un montón. No tengo fotos juntos, las tengo en mi mente, en mi corazón, esas jamás se perderán. Nos reíamos de los cuentos de terror que inventabas, te decíamos ¡Lucio mentiroso!, reíamos a carcajadas los cuatros. Mientras te escribo siento tu presencia; Silvia, dice eres su ángel. Ya pasaron tres años y sigo extrañándote cada vez que vuelvo a Salta. recorro el camino que hacíamos, pareciera que vamos los dos. Mis hermanos me dicen que yo era tu preferida será por eso que te amo mucho. Nos dejaste recuerdos, vivencias, maravillosos. ¡Feliz cumple donde estés!
Gladys Yapura (CABA)
19. CARTA A PAPÁ
Querido papi: cuando te invite a que viajáramos a Salta en avión no lo podías creer, me diste las gracias por haberte cumplido ese sueño tan esperado por ti. Yo contenta al ver tu emoción. Cada año te visitaba, manteníamos esas charla nocturnas ¡Emocionantes! Las tardecitas en la plaza tomando helados. Cuando me pedías que fuera a visitar algunos conocidos no quería decirte que lo único que quería era estar contigo. Te necesité muchísimo ¿Por qué permitiste que me fuera de chica a Buenos Aires? Culpé a los dos( a quiénes? él y tu mamá?), de no haber podido seguir con mis estudios. Era mi sueño entrar a la escuela de Marina. Muchas veces me reproché haber nacido en un hogar tan pobre y complicado. ¡Me da vergüenza decir esto, perdón, a los dos. Les decías a mis hijos: "estudien, cuiden de mi hijita, no le hagan lo que yo le hice a ella". Fui mala al no haberte dicho que hiciste muchísimo. Soy una mujer valiente, con voluntad de corregir errores. Sigo tus pasos, el entusiasmo en viajar. Qué pena no haberte dicho "te quiero, loco lindo". Fuiste maravilloso para tus hijos y tus nietos. Tengo tu sonrisa y tus carcajadas presentes desde el día que partiste a la otra vida.
Gladys Yapura (CABA)
18. MI PADRE
Antes de irnos a dormir, le pedíamos a mi padre que nos
contará cuentos. ¡Cómo lo disfrutábamos! Era soñar, reír, preguntar. Otras
veces nos sentábamos en la galería a contemplar la luna, las estrella, ver cómo
iluminaban esos hermosos campos llenos de pastizales. Charlas largas fueron con
él.
¡Los sábados!Eran esperados nos poníamos todos lindos para ir
a comer sandwiches, tomar gaseosa, helados. Mientras él tomaba unos vasos de
vino con sus compañeros de trabajo, conocidos; cuando se veía un poco mareado
saludaba a todos y nos decía "¡Vamos, hijitos, a la casa! ¡Contentos
partíamos después de un gran disfrute!. Tenía mucha elegancia, buen mozo, de sonrisa picarona, alto, tez
blanca, de joven fue rubio. Una vez le pregunté si él era hijo de alemán. Se
rió, dijo que no lo conoció ni supo quién fue su padre. Su madre falleció
cuando el tenía tres años, poco recordaba de ella, era alta, de cabello rubio,
muy blanca, hermosa. Lloré por el cuando conocí su historia de vida, muy
sufrida. Fue dado en adopción siendo niño junto con un hermano menor.
Escribiendo esto me viene a mi memoria lo que nos dijo una vez de grandes, que
jamás se le pasó por su cabeza abandonarnos, sufrió muchísimo por nosotros.
Crecidos todos sus hijos. recién volvió a formar pareja, tuvo una linda
compañera querida por todos. ¡En paz estés, lindo Lucio, junto a tu mami,
Julia, mis tres hermanos que marcharon de bebes y
Guillermina!
Gladys Yapura (CABA)
17. CARTA A PAPÁ
Papi:
Seguramente que estas ahí,
guiándome como la luz de un faro en la noche.
Después de que te fuiste, no me
quede quieta, hice lo que te prometí y obtuve el título universitario, algo que
te debía, lo merecías y yo también.
Nos hemos reído mucho, y hemos compartido muchos momentos de
eterna felicidad.
Te equivocaste y yo también me equivoque, debí estar más presente.
Gracias por reservarte preguntas, con solo intercambiar una mirada,
sabías la respuesta.
Gracias por tu sostén, por percibir a la distancia esa necesidad de
escuchar tu voz.
Te extraño tanto y te necesito, no hay un día que no te recuerde.
Muchas cosas de las que me molestaban te las dije, me has dado ese
privilegio, quizá Mónica se las guardaba.
Pero, no me olvido de que esperaba algo más de vos .Cuando te fuiste de
casa.
Llegabas y con temor tocabas el timbre, creo que muy pocas veces has
venido. Estabas mal, angustiado, te habías separado de mamá, pero tenías tres
hijos y te pregunto ¿qué te pasó?
Te había explicado las razones de porque no podíamos vivir con mamá, no
estaba bien, ya sabíamos que Rubén estaba cada día peor.
Sé que hiciste lo que pudiste, pero no lo que yo esperaba, por mis hermanos
y por mí.
Mamá estaba ausente, mezcla de dolor y resentimiento.
Lo demás ya lo sabes, ¡y bien que miraste para otro lado!, te pedí que te
hicieras cargo de mi hermana y de mí.
En un principio, dudando, dijiste "Sí; busquemos departamentos",
pero luego me invitaste a un café para decirme que no, que no podías, con tu
gran capacidad verbal, significaba “arreglatelas como puedas”…
Siempre fue así- en eso coincidían con mamá que me decía desde chica, “de
vos no tengo que preocuparme”.
Le confesé a Mónica que me iba a ir de casa, en fin a escapar, sin que mamá
y Rubén supieran.- Mónica con lágrimas en los ojos-,
Me pidió por favor que la llevara, así que sacamos unas pocas cosas por la
ventana que daba a la calle y nos fuimos.
Gracias a mis compañeras de trabajo, me contacté con una psicóloga, y ahí
decidí irme a Mar del Plata, Mónica era muy chica, así que debía correrme
de lugar y tomar distancia. Así fue, entre los dos se hicieron cargo de ella.
Mónica nunca me lo perdonó, estaba de abandono en abandono.
Cada uno sabe en qué lugar guardar su dolor, pero este era muy grande y
entendí que había que soltarlo.
Te perdono por lo que no hiciste, me hago cargo de lo que no hice, quizá yo
no fui la hija que deseaban tener, y quizás yo no fui lo que quise ser. Te
extraño. Un abrazo hasta el cielo.
16. ¿REPROCHE?
Si pienso en algún reproche que hacerte, busco, pienso
y me preguntó ¿por qué te descuidaste tanto?, ¿qué te faltó?, ¿qué pasó? Las
pocas cosas que me contaste de tu infancia me parecieron dolorosas ¿Por qué no
tuviste necesidad de indagarlas? Cuando hablabas de tu papá, casi no tenías
recuerdos de él. A pesar de que falleció a tus ocho años. La explicación que me
dabas era que toda tu familia te había hablado mal de él. Y ese fue el motivo
de tu amnesia. Te reprocho eso .¿Por qué no te exploraste más?, ¿por qué te
abandonaste en ese sobrepeso? Hubiera sido bueno conocerte flaco. Eras preso de
tu cuerpo. No te gustaba verte en fotos. No te querías. Hoy a mí me pasa lo
mismo. No me soporto frente al espejo. No quiero repetir esa historia tuya.
Quiero repetir otras cosas pero justa esa no. Y no sé si soy presa de la genética
o de nuestras costumbres pero me está costando salir. Al menos ya detecté que
tengo un problema, de mi depende resolverlo. El tiempo dirá. Ojalá pueda cortar
con esa parte de nuestra historia, por mí, y por mis hijos.
Releo lo que escribí, y ya no te reprocho nada,
intento enojarme, pero no quiero, no lo necesito. Pesan mucho más los buenos
recuerdos que me dejaste, que lo malo que pudo haber. En ese contraste saliste
ampliamente favorecido. Fuiste un papá con el que pude compartir charlas,
risas, carcajadas, discusiones, y si, nos faltaron cosas, me hubiera encantado
actuar con vos o escribir algo juntos. No pudo ser y duele, me provoca lágrimas.
Por esas cosas de las que también hablábamos conservo la esperanza de volver a
verte, en otro plano, nos encantaba hablar de lo sobrenatural. Compartíamos
tanto, papá. Ahora me doy cuenta. Y puedo seguir
escribiendo, y se van disparando recuerdos como un árbol frondoso que no para
de extender sus ramas, es maravilloso el poder de tu recuerdo. Estás, de alguna
manera estás, papá.
Leona (CABA)
15. CARTA A PAPÁ
Papá:
Te quiero papá. Extraño decir papá.
Extraño tu risa exagerada. Tus chistes. Tus comentarios sobre la política
actual. Me pregunto siempre qué dirías sí supieras que Mauricio Macri es
nuestro presidente. Estarías enojado. Le hablarías a la tele indignado, como
cuando veías alguna entrevista a algún político impresentable para vos, y
decías – ¡Pero este periodista es
estúpido!, por qué no le pregunta sobre… Y esa frase venía acompañada de
algún hecho delictivo del entrevistado, que obviamente no se tocaba. ¡Cómo te
ponías!
También me acuerdo cuando te acompañaba
a cobrar, o hacer alguna entrega. Íbamos con tu chata. Viajábamos a barrios
dónde yo nunca había ido. Para mí eran lejísimo. Pero vos siempre decías Vení, acompañame, qué voy acá nomás. A
veces se te quedaba la chata, había que esperar el auxilio. Me río mientras
escribo. Siempre pasaba algo. Nunca fuiste un papá de corbata y portafolio. Me
acuerdo que alguna vez te lo reproché, ¡qué tonta! Sin duda fuiste el mejor
papá, y hoy lamento muy profundo en el alma que mis hijos no te hayan podido
conocer y disfrutar.
¿Cómo se transmite la magia de alguien
que ya no está? Eras impredecible, papá. Era rutina que no hubiera rutina si
vos estabas ahí. No tenías un horario fijo de regreso. Entrabas siempre
contento, afuera se podía estar cayendo el mundo a pedazos, pero vos siempre
entrabas con una sonrisa y algo rico para comer… Aunque ahora mientras escribo,
recuerdo que también había veces en las que volvías malhumorado. Entrabas sin
mucha bulla, comías algo, y te ibas a acostar. Cuando te levantabas de esa
siesta, puede que estuvieras contento, como que no. A veces te ponía de mal
humor cocinar porque mamá llegaba más tarde de trabajar, y esa tarea te tocaba
a vos. Había días más fáciles que otros. Tu humor también cambiaba con
facilidad. La comida y el descanso, eran factores fundamentales para que ierasestuv
bien predispuesto. Hoy a mí me pasa lo mismo, llego de trabajar y quiero comer,
y a veces es un regalo que Facu, tu nieto más chico, quiera dormir también, y
entonces hago una breve siesta con él. La siesta es un momento mágico.
Disfrutabas mucho de dormir. Había fines de semana que consistían en comer, dormir
y mirar películas, ildolcefarniente,
como decía mamá, hoy ya no lo dice ¿Será qué era más divertido hacer nada
cuando estabas vos? Me dejaste tantos interrogantes, papá ¿Fuiste feliz? Al
final, ¿qué te llevaste? Me acuerdo esa vez que miramos la película Ghost, la
sombra del amor. Mientras la película terminaba, vos dijiste entre lágrimas – Y
claro, cuando uno se muere, se lleva eso, emociones, sentimientos. Era verdad
finalmente. Al menos de este lado, lo más importante son las emociones que
evocan tu recuerdo. Me queda eso. Gracias, papá.
Leona (CABA)
14. MI PADRE A SALVO
Entra una luz débil por las ranuras de la vieja ventana. El sol recién salió, dormí muy mal. Pienso por qué no me quedé con la tía Elvira. Ahí no me entero de los problemas que hay en casa. Ella me lava bien la cabeza, me peina con una colita y me da ropa que trae para mí cuando va a Buenos Aires a buscar cosas para su negocio. También me pone un camisón y puedo leer libros de cuentos antes de dormirme,"El escarabajo y la moneda de oro " es mi preferido. En casa siempre me despierto asustada, me duelen los brazos y un poco las piernas porque duermo toda enroscada, tratando de adivinar ruidos, esperando que papá llegue. Sí me levanto mamá está en la cocina y mientras me da un mate me comenta: "¿Te parece a la hora que llegó? Tenia razón tu abuela cuando me decía no te cases con él, vos sos una buena chica, y a este le gusta la calle ". Yo la miro y no sé qué decirle, me da pena, no tengo palabras, no me sale ni una sola aunque sea como consuelo. Entonces quiero ser sorda o ser grande y tener esos consejos que dan los grandes cuando se ponen serios y hacen sonar con fuerzas el último chupón de mate, como haciendo importante lo dicho. Sigo dando vueltas en la cama. Son las siete. Las siete y papá hoy no llegó. Dentro de una hora doña María abrirá la panadería, es tarde. Ahora el sol parece más fuerte, y todo es más claro. Escucho apoyar la bici en la pared del garage, es él. Oigo a mamá que se levanta para abrir la puerta de la cocina con un saquito sobre los hombros. Hablan. Escucho sus pasos, van al dormitorio. Yo me escondo debajo del acolchado, está oscuro y más calentitopero es pesado, siento que el peso no me deja mover, estoy pegada a la cama, mientras un cosquilleo recorre mi cuerpo. Escucho que mamá le dice: "Quedate, ¿dónde vas a ir en ese estado ? (esas palabras son como resortes que me quieren sacar de la cama), pienso en taparme los oidos. Todavía los escucho, no puedo dejar de escucharlos, ella le dice: "Ni caminar podés, ¿dónde querés ir? Ahora sí, doy un salto porque si se va, se mata, no quiero que se vaya, no quiero que se muera. Con las zapatillas Flecha en chancletas corro al dormitorio de ellos. Papá está tirado sobre la cama con las piernas colgando y con un solo zapato, mamá tapándose la cara mientras llora dice: "Despertaste a la nena ". Me siento como si fuera a darle el último chupón al mate y. sacando todas mis fuerzas, le subo a mi padre las piernas arriba de la cama y tiro de su zapato hasta sacárselo. Papá se deja tapar y dice: "Perdón hija " Yo siento que por hoy mi papá está a salvo…
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
13. RECUERDOS DE PAPÁ
¡Qué alegría
cuando llegaba un parque de diversiones o un circo a la ciudad!, pasaban con la
publicidad por las calles, los circos con las jaulas de animales , los payasos
y trapecistas vestidos con sus galas, lxs enanxs haciendo piruetas y provocando
las risas en todxs los que nos agolpábamos en las veredas para verlos pasar; la
publicidad de los parques prometiendo alegría, diversión, premios, regalos. Y
yo quise ir esa vez al parque de diversiones y vos, papá, me llevaste, también
fue mi mamá. Disfruté de algunos juegos
y de otros en los que debía hacer puntería o enganchar algo; no conseguí nada, esa fue la parte
triste de la historia porque me dio mucha bronca irme con las manos vacías, yo
quería sacarme una muñeca o un chanchito grande de losa, esa era mi ilusión.
Otras veces me llevaste a ver algún
espectáculo desde afuera porque nunca teníamos plata para pagar las entradas.
Entonces íbamos para escuchar o ver algo,
aunque fuera algo del espectáculo, subidxs a un paredón o a caballito porque
andábamos en la mala, sin plata y con un negocio prácticamente fundido. La situación económica se fue agravando y tu
cuerpo lo sintió; una mañana de domingo
mientras mi mamá cocinaba vos te habías bañado y te estabas afeitando cuando te
sentiste mal y llamaste desde el baño pidiendo ayuda. Tengo la imagen grabada en mis retinas yo parada
en el pasillo sin saber qué hacer, inmóvil, con miedo, con un nudo en la
garganta y vos en el baño de espaldas
con un bata a rayas blancas y azules apoyado en la pileta. No recuerdo quien
corrió para llamar al doctor que vivía en la cuadra siguiente, mientras mi mamá
y alguno de mis hermanos te llevaban a acostarte.
Los días que siguieron fueron tristísimos, estabas enfermo en la cama y cuando pudiste
incorporarte, una parte de tu cuerpo no
te respondía y vos, el papá que había visto
trabajar en el negocio todo el día ya no era el mismo; te veías
arruinado, enfermo y triste con apenas
cincuenta y siete años.
ChiquitaLilí , San Antonio Oeste, Río Negro)
12. CARTA A PAPÁ
Querido papá:
Así es como ahora puedo llamarte, puedo decir “mi papá” cuando en las
conversaciones hago referencia a vos o recuerdo alguna situación de mi
infancia; nunca mis hermanos, mi hermana mayor ni yo te llamamos papá, mucho
menos “querido”, porque en casa no circulaban las palabras amorosas “te amo”,
“mi amor”, “hija/o querido”, no se festejaban los cumpleaños y las fiestas de
fin de año eran realmente tristes; deseaba tanto festejar como lo hacían otras
familias, solía soñar despierta que tenía otra familia un poco más normal. Te
llamábamos por el apellido, también mi mamá cuando se refería a vos te nombraba
por el apellido, en cambio vos sí la llamabas por su nombre. Pasaron muchos
años pero la ausencia de la palabra papá en mi niñez es una marca como las
cicatrices en el cuerpo, como una cuchillada en el centro del pecho y de pronto
todas las lágrimas salen en un llanto incontrolable. Y nunca pude preguntarte ¿por
qué, papá?, ¿qué pensabas?, ¿qué sentías?, ¿qué éramos para vos tus hijxs? Diez
años tenía cuando te dio el primer ACV y después de tres años de sufrimiento
falleciste. o puede llorar en ese
momento, me da vergüenza decirlo pero en ese momento sentí alivio porque el
último año te había visto sufrir postrado en la cama, con un cuerpo
empequeñecido y arrasado por la enfermedad.
Cuando era niña sentí que conmigo eras más atento y comprensivo, te
reías de mis ocurrencias, me llevabas de la mano hasta el kiosco de la plaza
donde comprabas el diario y hablabas de política con los amigos que allí se
juntaban, y al volver a casa te causaba gracia cómo yo te imitaba hablando
acaloradamente de temas que no entendía. Me veo caminando de tu mano el primer día de clases en el
Jardín de Infantes que estaba a media cuadra de nuestra casa, ese día hubiera
querido que la tierra se abriera y me tragara, que me volviera invisible porque
iba hacia lo desconocido, pero vos me apretaste la mano y me acompañaste. Ese
día lloré mucho, te dije que no quería ir al Jardín, entonces vos fuiste a
hablar con la directora de la escuela
primaria que estaba dos cuadras de casa y de un día para el otro comencé Primer
grado, con los mismos temores, con la misma timidez del primer día en el Jardín
de Infantes. En cambio con mis hermanxs no tenías la misma paciencia, eras
autoritario, los mandabas a trabajar en el negocio, a cobrar cuentas de un
centenar de clientes que te dejaron en la ruina porque nunca tenían el dinero o
se escondían con mentiras. Entonces el miedo al castigo era lo que los movía a
colaborar, nunca vi que coversaras con ellos como un padre amoroso. A la hora
de comer no se debía hablar ni mucho menos quejarse por la comida, me acuerdo
que a Luis no le gustaba la polenta entonces se sentaba lejos de vos para que
no vieras si se la comía todao no. Cuando a Anselmo, que estaba cursando el
último año de la secundaria, lo
amonestaron por dibujar a un profesor en un pizarrón te enojaste mucho, mi
hermano no volvió más a casa y se fue a vivir con mis abuelos maternos y no sé
qué hiciste después, si lo buscaste, si
fuiste a hablar con él, no sé y nunca pregunté. Solo sé que mi hermano apenas
terminó la secundaria se fue a Buenos Aires y solo volvió para tu velorio. Mis
hermanos siempre estuvieron enojados con vos, cuando te mencionaban decían “ el
viejo”, o “Landrú” que era el apodo que te habían puesto, y yo también sentía
enojo por tus maltratos. Cada uno fue saliendo de esa especie de guerra del
desamor que vivimos como pudimos, unos más lastimados que otros, con marcas que
no se borran y heridas que no se curan. uan Carlos y yo sentimos que tal vez,
por ser los más chicos, sufrimos menos
la presión y el maltrato, porque la violencia también estaba presente en la
ausencia de cariño y de palabras para
construir lazos fuertes, crecimos vacíos de abrazos, en los silencios cada uno
se fue metiendo para adentro y transformando el dolor en enfermedades y
soledad, en el “no te metas (repetís metas)porque es peor”, era mejor callar
para que no te enojaras, esconder, mentir era una de las formas de salir de las
situaciones.
Después del primer ACV se sucedieron otros y tu salud fue desmejorando;
tu parte derecha se paralizó y te volviste muy sensible y dos por tres te veía
llorando. Entonces necesitabas de la ayuda de lxsque habíamos quedado en casa:
mi mamá, Julia, Juan Carlos que te ayudaba a bañarte y te afeitaba, y yo que
sufría verte caminar con dificultad arrastrando tu pierna, llorando la desgracia de verteasí
debatiéndote tal vez en tus propios pesares. En medio de tu propia desgracia,
trajeron a tu padre muy enfermo a casa quien a los pocos días murió. Mamá nos contó después que cuando te contó
que tu papá había muerto vos dijiste que ese hombre no era tu papá. Entonces
¿quién habrá sido tu verdadero padre?, ¿qué infiernos viviste con tu mamá que
era una persona de mal humor sin rastros de bondad por mi conocida?, ¿qué
historias te atormentarían y te constituyeron en un ser que no supo ser un buen
padre? No lo sé, hay muchas cosas que no sé y que me gustaría saberlas para
poder comprender la tragedia que nos atravesó y poder sanar. En este presente
estoy cerrando heridas, entendiendo que a ese pasado no lo puedo cambiar ni yo
ni nadie, te quiero decir que fui trazando otros rumbos en mi vida,
construyendo otras formas de pararme ante la vida, con errores y aciertos como
a vos seguro te pasó. A vos la vida no
te dio la oportunidad de poder darte
cuenta y volver a empezar desde el amor. Ahora que soy mamá y abuela, sin resentimientos te digo estamos en paz. papá.
ChiquitaLilí , San Antonio Oeste, Río Negro)
11. CARTA A PAPÁ
Querido papá,
hoy me han propuesto escribir sobre vos. Me cuesta mucho. Todo lo que escribo,
me parece poco. ¡Te extraño tanto!
Recuerdo tu
bondad, la dulzura conque me tratabas desde que tengo memoria. No veía la hora
de que llegaras para sentir que era alguien para alguien… Ese alguien eras vos.
Esperaba tus brazos, tu cariño, como mis hijas esperaban, y tenían, siempre los
míos.
Nunca un
levantar la voz, jamás un grito. Todo en vos fue dulzura, siempre. Si yo hacía algo
mal, me hablabas, aconsejabas y explicabas por qué no era conveniente actuar de
ese modo. Nunca jamás, me prohibiste nada. Siempre con inteligencia me guiaste a
medida que fui creciendo
Seguramente no
fui la mejor hija. Pero te puedo jurar que siempre me hiciste sentir que lo
era. Y yo traté con todo mi ser, de serlo.
Llegabas agotado
de los arduos trabajos que tenías, y sin embargo jamás te molestaba hacerme la
leche, con pancito y manteca y dibujitos con dulce de leche. Mamá jugaba a la
canasta y no le gustaba atenderme. Vos jamás delante de mí la criticaste. Por
nada. No sé qué pasaba cuando estaban a solas.
Siempre me
pregunto si le hacías algun reproche o no. Muchas veces al ir creciendo,
necesité que le dijeras algo… pero vos siempre fuiste todo paz y
justificaciones para ella, mamá, cuando yo lloraba por algo. Me defendías, sí,
me consolabas, ¡pero yo necesitaba escuchar que reaccionaras!
La amabas mucho.
Eran muy compañeros socialmente. Bailaban como artistas el tango de salón.
Sobrio, como eras vos. Con esa humildad que te caracterizaba y siendo un
grande… Inteligente, uno de los hombres de ciencia de la Unesco. Profesor en la
UBA, Director de Planeamiento en la misma universidad y en la de Morón, luego
de retirarte del Ejército (cuando ascendías a Tte.Coronel), por cuestiones
políticas en el año1962.
Tu vida de ingeniero
y científico, nos llevó a tener muchas mudanzas. ¡Ocho en dos años! Todo lo
hacías para mejorar nuestra vida. Mamá no soportaba estar fuera de Buenos
Aires, de la calle Corrientes con sus luces y los teatros con obras sin fin.
En casa era otra
cosa. No se te atendía como yo creo que correspondía, comías lo que había y te
conformabas. Lo único que pedías era que no te faltara el postre. Podía ser una
fruta o algo dulce, mejor. Eras muy goloso.
Tu vida se apagó
diez años después de la de mamá. Tus
últimos seis años, los viviste a mi lado y con mis hijas, tus nietas adoradas.
Primero,
demencia senil y luego el horrible Alzheimer. Fuiste nuestro bebé. Sí. Siempre
un señor, con una corrección que jamás se te olvidó. No sabías quién era yo. Ni
mi nombre. Pero yo comprendía y te adoraba igual. ¿Cómo no? Las chicas y yo decidimos
hacerte jugar todos los días y en tu demencia, disfrutabas y te reías.
Aprendimos a cuidarte así. Te acompañé en terapia intensiva, hasta las puertas
del cielo, luego de los últimos años compartidos.
Estando ya
ciego, abriste tus ojos, como uvas color aceituna, me miraste, y yo sostengo
que me veías; sonreíste y partiste tomado de mi mano.
Es todo por hoy.
Te mereces mucho más de mí. Gracias por ser tan ejemplar y bueno en todo, papá. Te quiero.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)
10. ESTE ES PAPÁ
Uno de los recuerdos
más dolorosos que tengo de papá es un
episodio ocurrido hace más de cuarenta y cinco años. Yo tenía seis. A veces me
parece mentira que un instante haya permanecido tanto tiempo en mis recuerdos.
Habíamos jugado afuera
las tres hermanas durante toda la tarde, supongo que Alejandro habrá estado por
ahí también. Había sido un lindo día. En Córdoba, las tardes durante la mayor
parte del año transcurren agradables y
cálidas. En casa había un jardín grande. A la nochecita las chicas seguíamos
riéndonos mientras nos preparábamos para bañarnos.Papá había llegado de
trabajar, seguramente cansado y vaya a saber cuántas cosas más. Siemprese
recostaba un ratito para “relajar”, decía él.
Mamá estaba en la
cocina, tal vez preparando la cena.
Las tres jugábamos
metidas en el baño. María salió y Vicky me dijo que también me fuera porque se
iba a bañar ella. Mientras tanto, me empujó. Yo resbalé descalza en el piso
mojado y me caí. Me golpee sí, pero más grande que el golpe fue la bronca y el
susto que me provocó el empujón.Hoy creo que su intención no fue lastimarme ni
tirarme pero en ese momento la vivencia fue terrible.
Estallé de ira, me
levanté de un salto, llorando y a los gritos la insulté: “¡¿Qué haces?!¡pelotuda!¡pelotuda!.
Papá vino apurado desde su pieza. Yo le iba a contar lo que había pasado, laiba
a acusar a Vicky, estaba segura de que él me iba a defender. Pero papá no vino
a preguntar ni a escuchar. Sin decir una sola palabra me pegó en la boca con el
revés de su mano abierta. “¡Eso no se dice!”, me retó.
Me sorprendió, me agarré
la boca, me dolieron los labios apretados entre mis dientes y sus nudillos y el
alma también me dolió, entre el desconcierto, el porrazo y el cachetazo.
Vicky me pedía
disculpas y yo seguía llorando, más furiosa después, por toda esa situaciónque
desde mi visión de niña había sido tan injusta. Una vez más se desvanecía la
alegría y la diversión en un mar oscuro de pena y silencio.
Algunos otros momentos
permanecen en mis recuerdos con algo más de dulzura y cariño.
Si bien no éramos muy
demostrativos, en ocasiones pude reconocer su calidez y la mía.
Cuando tenía dieciséis
años, estaba de novia con un muchacho muy bueno. Él vivía en Mar del Plata y yo
en Córdoba. Pasamos un verano en Mar del Plata.Nos veíamos todos los días. La
última noche que íbamos a salir juntos antes de miregreso a Córdoba,yo estaba
muy triste por alejarme de él. Me estaba arreglando para salir,me pintaba y
lloraba frente al espejo. Papá se acercó por detrás, me miró y me preguntó: “¿Qué te pasa? ¿estás triste?” Me
di vuelta, lo abracé fuerte y lloré sin
hablar. A papá se le caían las lágrimas y me dijo: “Dale flaca, arreglate que
ya te van a venir a buscar, ponete linda”. Y se alejó.
Fue uno de los momentos más tiernos que recuerdo haber vivido con él.
Seguí llorando un rato más.
No sabía si por la despedida con mi novio o por las palabras de papá. Hoy sí lo
sé.
Los meses previos a su
muerte, vivíamos en Mar del Plata. Yo estaba casada con un marino, por lo cual
pasaba muchos días sola. Papá había comprado un terreno a pocas cuadras de
nuestra casa. El barrio era hermoso y el proyecto de construir su casa lo había
transformado en una persona feliz. Había
comenzado una relación con una mujer y estaba contento también por eso.
Los fines de semana se
los pasaba trabajando en su terreno, limpiando, haciendo cimientos, levantando
paredes. Como construyendo una nueva
vida.
Los medio días
almorzábamos juntos y en las tardes tomábamos la merienda en casa. Eran momentos
de charlas sin reproches, sin
interrupciones, momentos apacibles, parecía que todas podían ser buenas noticias.
Fue la primera vez que
sentí tener su atención sin condiciones, sin “peros”, sin reloj. Disfruté mucho
esos meses. Tiempo breve e intenso. Como si hubiera resumido mis veintitrés años,
de buscarlo y esperarlo, en dos meses de
encontrarlo y disfrutarlo.
Clara (Junín de los Andes, Neuquén)
9. EL CAMPO
Ese viernes cuando llegué del colegio, al entrar a casa encontré a mi madre sentada en su sillón hablando por teléfono. Al colgar dijo:
-Se duchan y se preparan para ir al campo, nos vamos a Mercedes,
falleció un tío de tu padre, el tío Paulo.
Una pena, pensé. Recordaba al tío Paulo con mucho cariño, era divertido,
él me había enseñado a montar a los cuatro años.
Llegó papá y yo ya tenía, en mi cabeza, unos cuantos argumentos para
convencerlo de que me tenía que quedar en casa ese fin de semana. Los descartó
casi sin oírlos. No hubo un solo gesto en su cara que me haya hecho pensar en
que estaba considerando algo de lo que le había estaba diciendo.
-Lo van a pasar bien, Gabriela, ya vas a ver- me dijo.
Salimos en coche cerca de las seis de la tarde. Estaba terminando
octubre, lo recuerdo bien porque un par de días atrás habíamos festejado el
cumpleaños de mi padre. Al menos no me va a tocar un fin de semana con lluvia
en el medio del campo, pensé.
Pasé todo el viaje repasando lo que mis amigas iban a hacer en esos días:
ir al club, juntarse en la casa de alguna para ir a bailar, comprar ropa,
cantar en el coro de la misa el domingo.
Lo que había terminado de arruinar lo que vaticinaban mis próximos dos
días fue enterarme de que mis primas no iban porque mi tía Esther estaba
engripada. Siempre supe que esa tía era más pícara que todos.
Al llegar a Mercedes nos dejaron, a mi hermana y a mí, en la casa a
cargo de la casera. Mis padres, mis abuelos, tíos abuelos y otros familiares se
reunieron en el velatorio.
Al día siguiente, al alba, empezó la magia. Me vestí rápido porque
escuché ruidos en la cocina y allí estaba mi padre tostando pan casero, ese pan
que había en esa cocina siempre; estaba desenvolviendo un bloque de manteca del
tamaño de una caja de pizza y las mermeladas de mi abuela eran las
participantes estrella.
Desayunamos los dos solos en la mesa de afuera, me acomodé al lado del
romero. Frente a mí había solo una eterna manta verde. El campo iluminado de
rojos por el sol que acababa de asomar no nos permitía decir palabra. El
silencio era de los pájaros. Ellos lo hacían y deshacían a su antojo. Horneros,
cardenales, tijeretas, gorriones, jilgueros cantaban enmarañando sus voces.
Jugué a distinguirlas como me había enseñado el abuelo.
-Terminá tu tostada que quiero mostrarte algo, tu hermana por
dormirlona, se lo pierde- dijo papá
Apuré el último trozo de pan y me levanté limpiando las migas de mis
manos en el pantalón. Sin decir nada empezamos a caminar hacia el chiquero. Ese
lugar donde jamás iba a ver a mi madre.
Nuestro andar fue acompañado por los perros que sumaban sus ladridos a
la fiesta de los pájaros. Recordé que en
mi niñez, ese camino de poco más de medio kilometro lo hacía en bicicleta, pero
aquel día todo parecía nuevo. Hasta el ritual de mi padre al recoger el fruto
de los eucaliptus para nebulizarnos en el invierno lo vi distinto, encantador y
sabio. Estaba entregando mis sentidos adolescentes a las mañanas del campo, yo,
que creía tenerlo todo abriendo las puertas del balcón.
Íbamos llegando y me detuve al ver las gallinas, sonreí al recordar a
papá aquel día en que se enojó con mi abuela al enterarse de que nos había
enseñado a quebrarles el pescuezo con un seco movimiento de muñeca. Hoy creo
que fue una puesta en escena. La enojada, seguramente, había sido mi madre.
Entramos al chiquero y papá saludo a Don Mateo, el encargado de la
granja, la chacra y el huerto; lo recuerdo esperando a mi abuelo para la faena
de salames. Lo percibía como una persona esencial en la vida de los hombres
mayores de mi familia. Esos hombres que, nomás pisar Mercedes, vestían camisa,
bombacha y faja como él.
Don Mateo me alzó en brazos como si aún fuese una niña, olí su ropa ahumada
y supe que el asador en cruz ya estaría encendido con algún cordero.
Fuimos hasta el fondo de ese galpón que sumó los guarridos de los cerdos
a las voces de los perros y pájaros, papá me señaló a la cerda anciana que diez
años atrás había corrido y mordido a mi abuela.
Don Mateo se adelantó y abrió la puerta de poca altura y de madera, que
preservaba algo que aún no veía.
Me acerqué y mi padre puso su mano en mi hombro, en ese momento entró mi
abuelo y apuró su paso a mi lado. El silencio seguía siendo el protagonista en
el milagroso instante en que la chancha más joven del chiquero comenzaba a dar
a luz.
Mi memoria dice que el rostro cuarentón de mi padre tenía una luz de adolescente
y que mi abuelo volvía a ser el padre que mostraba aquel mundo a su hijo. Yo
sentí que me colaba en las vivencias del pasado de esos hombres.
Gabriela Moreira (CABA)
8. PRIMER DIA
El verano en que cumplí los doce aún se resistía a dejar los amaneceres
en la ciudad, todavía eran rojos y diáfanos. Las vacaciones habían quedado
atrás, empezaba un año escolar muy especial, tal vez el más especial de todos.
Huí de la cama y descalza recorrí la casa, el olor del jazmín venía del
balcón abierto y lo invadía todo; era como tener el campo metido en aquel piso
11 que me estaba viendo crecer. Nadie
disfrutaba conmigo del preciso instante en que el primer rayo intenso de sol se
colaba entre las cortinas del pasillo.
Estaba ansiosa, nerviosa, feliz. Corrí al baño grande para espiar la
calle por la ventana y ahí lo vi bañado de la luz naranja de ese día, ahí
estaba mi colegio que se imponía sobre la avenida con sus ciento y pico de años.
Para mí lo que veía era mi casa, la que me había recibido con apenas tres años
y que ahora me esperaba para cerrar un capítulo.
-¿Cómo hace para seguir durmiendo?- pensé mientras miraba a mi hermana
que ni se había movido aún de su cama y en voz alta le dije: "Yo no te
espero".
Sentía que se me hacía tarde, tenía que desayunar, lavarme los dientes y
ponerme el uniforme que cuidadosamente había dejado preparado desde la noche
anterior. ¡Oh no! -me dije con los ojos lo más enormes que pude, ¡me olvidé del
nudo de la corbata! Papá lo hacía y lo hacía lento, mirándome de reojo frente
al espejo, una y otra vez desde hacía ya siete años. Supongo que esperaba que
algún día yo aprendiera pero su paciencia siempre fue infinita, tuvo que
esperar hasta mis quince o dieciséis.
Desayuné mi té y por fin escuché sus pasos, largos y lentos, monótonos,
inconfundibles.
-¿Ya estás lista?- preguntó
Lo miré por arriba del último sorbo de té con los ojos brillantes y
decididos, asentí con la cabeza. Ya casi era la hora. Le advertí que faltaba el
nudo de mi corbata.
No fue la primera ni iba a ser la última vez en que esperé que mi
hermana terminara de prepararse para salir, vivir frente al colegio nos daba el
privilegio de dormir un rato más que ella aprovechaba hasta el último segundo;
la había visto acostarse con el uniforme a modo de camisón para ganar unos
minutos de modorra. Yo no, hasta el día de hoy, el amanecer es mi mejor momento
del día.
Saludamos con un abrazo a papá y respondimos con un “sí” a esas palabras
que serían las de cada día hasta terminar el secundario: “Cuidado al cruzar, no
hagas lío Gabriela”
Por fin bajamos en el ascensor y en cuanto pusimos un pie en la vereda tomé
la mano relajada y blanda de Adriana y caminamos pocos pasos hasta la esquina
de la avenida; yo temblaba.
Los movimientos de la calle a esa hora me parecieron en cámara lenta.
Sin soltar la mano de mi hermana giré mi cabeza mirando hacia atrás, arriba
casi en el cielo, busqué la ventana del baño grande y ahí estaba papá con su
inmensa sonrisa. Fue todo lo que necesité para cruzar la avenida con paso firme
y seguro. Al llegar al otro lado volví a mirarlo. Él ahora nos aplaudía.
Aplaudía nuestra primera vez de llegar a algún lugar sin estar de su
mano.
Gabriela Moreira (CABA)
7. RECUERDOS DE MI PADRE
¡Claro!, cómo iba a
entender ésa parte cuando hablaban un idioma desconocido, era fícil mis padres
se descosían de risas.
Tal vez no querían que nos enteráramos.
Me pidieron que hablase de estos recuerdos,
en especial de mi padre no estoy autorizada literalmente, porque muero.
Es en definitiva un trago amargo
que ha quedado incomodándome, como una enferma de tanta ansiedad no conseguí
dormir esa noche.
Sentía como una fuerza me
centrifugaba mis entrañas cortándola en pedacito, al final como una muerta
recostada con mi recuerdo.
Si logro escribir, viviré, lo sé.
No queda otra opción…
Empecé por hilvanar varios
retazos,antes ya lo había hecho con esta puta memoria era como algo
impenetrable asquerosamente impenetrable, decidida y sin alma le entré, parecía
sencillo, viéndolo de afuera. El silencio aterrador me acompañó, cerré los ojos
y me dejé ir, traspasé la línea del tiempo donde la hora se hace eterna, ya
está,me consolé abrazándome camino a un pequeño pueblo, donde alguna vez
habité.
Las historias a veces son
tristes, alegres, hasta pueden excitarte…somos humanos
Pero yo estoy vacía, me falta
parte de la niñez,sin contenido.
En letras chicas tengo el
secuestro de mi padre.
Una pesadilla dónde el destino
hizo bien su trabajo, esa noche me acosté como todos los días para no
despertarme jamás.
Ya no podría jugar con el viento,
ni cazar mariposas, ni escribir
Ahora…páginas en blanco como no
podría ser de otra manera, sin querer jugué con las emociones en jaque…
Mamá estuvo bien, enseñó el amor como
algo mágico que todo lo puede, papá acompañó, ese juego de dos. Las historias
siempre son de dos…yo me niego pido perdón a usted y a Dios. El alma se me ha
enfriado ya carezco de todo, estoy preparada para ser un robot….
Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)
6. LARGA
CAMINATA POR LAS SIERRAS
Partimos muy
temprano, ya que convenía regresar antes de que el sol de mediodía azotara con
fuerza nuestras cabezas. Papá había solicitado previamente a la administración
del hotel que nos preparara el desayuno, a un horario en que la mayoría de los
turistas aún dormían. Luego de consumir un rico café con leche acompañado con
medialunas, y ya listos para salir de excursión, subimos los tres hermanos con
él, al auto que nos condujo hasta el pie de los cerros.
Ese año pasábamos
nuestras vacaciones de verano en la localidad de Cruz Chica, situada en la zona
más elevada del Valle de Punilla, que se extiende hacia el noroeste de la
ciudad de Córdoba. Recuerdo que el hotel tenía una pileta, casi siempre
deshabitada, porque el agua estaba tan helada, que parecía se dibujaban cubitos
de hielo en su superficie. A pesar de ello, luego de una respiración profunda, cerraba
los ojos y me zambullía en esa piscina extensa y, al entrar en el agua, sentía
que un gélido líquido penetraba hasta mis huesos. Luego, esa primera impresión
se iba atenuando a medida que nos divertíamos en los juegos acuáticos
improvisados con mis hermanos.
Esa mañana marchamos
los cuatro, provistos de cantimploras con agua, amarradas a nuestros cinturones,
y comenzamos el ascenso al Cerro La Cruz. Mi mamá no había ido esta vez con
nosotros, pues habían averiguado que esta iba a ser una travesía más larga que
la anterior realizada en familia, y ella
no se sentía preparada para tal evento.
Los cerros se
extendían, imponentes, ante mi mirada de niña de nueve años, y eso me resultaba
fascinante. Sin mucha dificultad, llegamos por el sendero que nos conducía
hasta un monte, que creímos podía ser el pico. Por el contrario, no fue así,
sino que en ese momento apareció otro cerro, y otro más. Ya no recuerdo cuánto
tiempo nos llevó esta caminata, pero sí que mi papá nos alentaba cuando
nuestras fuerzas parecían flaquear. Al fin, ya algo extenuados, arribamos a la
cima, y todo el cansancio de repente desapareció. Allí permanecimos un largo
rato en silencio, extasiados ante la vista de ese paisaje serrano deslumbrante.
Hacia ambos lados se divisaban diferentes localidades, mientras se podía ver al
río serpentear, jubiloso, a través del
espeso monte y, cada tanto, alguna playita de arenas doradas iluminaba el horizonte.
El sol ya estaba
trepando y aún faltaba un trecho para que alcanzara el cenit, cuando
emprendimos el descenso. Entonces todo nos resultó más liviano, y bajamos, alegres,
con unos palos usados a modo de bastón,
cantando, mientras sorteábamos las piedras del camino. Llegamos de
regreso al hotel antes de mediodía y allí nos esperaba mamá, quien nos envió a
darnos una ducha de agua tibia, antes de sentarnos todos juntos en el comedor,
donde nos aguardaba un suculento almuerzo.
Esa fue una de
las vacaciones de mi infancia más lindas que llevo guardada en mi memoria,
compartidas a pleno con mis padres y mis hermanos.
Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)
5. REFLEXIONES SOBRE LAS COSAS EN QUE ME PAREZCO A MI PAPÁ Y NO QUISIERA PARECERME
Realmente, me resulta sumamente
difícil encontrar las cosas en las que me parezco a vos, papá, y no quisiera
parecerme.
No me resulta para nada fácil
reconocer que me parezco en muchas cosas a la persona que más admiré en mi
vida. Me da un poco de vergüenza decirlo públicamente, tal vez por pudor, tal
vez por modestia…. Son virtudes tuyas que incorporé a mi vida y mantengo aún
hoy, con orgullo. ¿Por qué no?
Pero ahora que escribo, y me
internalizo en la escritura sobre este tema, podría decir que esa pasividad que
heredé de vos, no me gusta tenerla hasta este extremo. Creo que deja de ser una
virtud, el no reaccionar para evitar problemas y callar, y callar, “tragándome
sapos” como vos decías… Se hace daño sin querer, muchas veces… Pues no actuamos
como corresponde en defensa de personas que así lo esperan o merecen, como me
pasaba cuando no reaccionabas ante mamá y sus torturas psicológicas hacia mí.
¡Qué cosa rara la vida! Quererme
tanto, papá, y no podías reaccionar para hacerle ver a mamá sus errores,
tremendos hacia mí.
¿Sabes?, yo hice lo mismo con mi
hija mayor. No me lo perdonaré jamás.
Ante desprecios de mi ex marido
hacia ella, yo, para evitar “males mayores” delante de las dos hermanas más
chicas, permitía que la ofendiera, quitándole un plato de comida de la mesa,
porque para él, no se lo merecía…
Yo tampoco comía entonces, para
hacerle ver que estaba él desubicado…¡Pero mi hija necesitaba otro tipo de
acción mía!
Yo también fui cobarde. No supe,
o, por evitar peleas y gritos, elegí el camino más fácil y más doloroso. Y dañé
a mi hija. Y al final terminé separándome…Pero el daño que causé, más de una
vez, no tiene remedio.
En eso no quiero parecerme, más.
De una bondad tremenda pasabas en algunos momentos a ser una persona
indiferente y cómoda para mí. Yo hice lo mismo con ella…
Parecía que me importaba más
estar bien y evitar la discordia, con quien no era ni de mi sangre que hacer lo
que correspondía en resguardo de una hija adolescente e indefensa.
Es en lo único que no quiero parecerme,
papá. Todo lo demás es admirable en vos y sé que me parezco en muchísimas
cosas, lo cual agradezco, y siempre lo haré. Tal vez, no pueda ver nada más
negativo en vos y que yo me parezca. Seguramente habrá algo más y no lo puedo
reconocer…No sé. Tal vez.
La dualidad moral, característica
en Maquiavelo, nunca nos invadió, salvo en este puntual detalle que menciono.
Gracias a Dios la cordura nos
pegó más que la locura, la mayor parte de nuestras vidas.
Hoy quiero recordar cuál es el
mejor recuerdo con vos y también el más triste, papá. No puedo. Pues son tantos
hermosos y muy pocos tristes momentos a tu lado, que me cuesta muchísimo
seleccionarlos.
Trataré. De todos modos soy
afortunada de tener muchos para contar. Pero, ¿cuál elijo?
El mejor y repetido, fue siempre
tu llegada a casa. Con tu tierna sonrisa permanente hacia mí, borrabas el
calvario del día en cuestión. Me preparabas la leche y luego me dabas fichitas
de cartulina rosa de tu fichero, para que yo dibujara mientras vos trabajabas.
Yo sentada en el suelo, a tus
pies, te observaba y sonreía. Eras mi duende salvador del aburrimiento, hacedor
de los buenos tratos que necesitaba. Mi hada, mi ángel, como hoy. No sé cómo
describirte. ¡Mi todo!
Si, creo que así está bien, mi
todo. Hoy ya grande, recordando tantas
vivencias juntos, creo que no hubo un mejor de tantos momentos.
Todos contigo fueron memorables,
alegres, sanos y divertidos. El mejor de los recuerdos que puede tener una hija
con su papá, como padre y abuelo de mi descendencia, lo tengo yo, papá.
Gracias a tu actitud constante de
comprensión, empatía y calma, pude ser la persona que fui y sigo siendo.
Gracias, papá. Tu sabiduría me enseñó y me llenó de ganas de aprender todo y de
todo. Tu discreción, a ser prudente. Tu paciencia, a ser paciente. Y demás
virtudes que me inculcaste aunque nunca llegaré a ser como vos… Cuasi perfecto.Salvo
por el miedo a reaccionar frente a mamá, cuando yo lo necesitaba por sus
equivocaciones que percibía. Pero no hay nada que reprocharte, papá. Fuiste
todo amor para mí y mis hijas, siempre. Gracias, no tengo un día sobresaliente
como el mejor. Tengo todos los días hermosos a tu lado hasta tu muerte.¡Eternas gracias, papá querido!
El peor recuerdo, por supuesto,
tu partida definitiva. Y digo definitiva, porque ya hacía seis años que habías enfermado
con demencia senil que luego se transformó en Alzheimer; ya estabas en otra
dimensión.
No sabías cómo me llamaba, ni quién
era yo. Fui la que te cambió los pañales hasta el último momento; la que te
acompañó a las puertas del cielo en terapia Intensiva, en el último adiós. Tal
vez pueda haberte devuelto algo de tanto amor que me diste toda mi vida. No solo
con lo material, sino con el afecto genuino, verdadero, como le doy a mis
hijas, ya grandes y con hijos. Seguiré igual hasta que me muera. Que mis hijas
y nietos me recuerden como a vos te recordamos siempre.
Indudablemente, Tu partida, es el
más triste recuerdo. Deberías haber sido eterno…¡!Besos, papá!
3. ANÉCDOTA CON PAPÁ
Estoy jugando con mis muñecas en
mi cuarto mientras te espero para darte y recibir tu tan anhelado besito de hola, aquí estoy, Glorita. De repente escucho una discusión entre vos y
mamá. No escucho bien qué están diciendo ni de qué están hablando… me estoy
asustando porque vos no sos de discutir ni de levantar la voz. Me quedo
calladita, y trato de investigar en silencio de qué se trata, detrás de la
puerta.
Con nervios que hacen saltar a mi
corazón, toc,toc,toc, zambullo mi oreja en la cerradura y te escucho, papá. No
quiero que sepas que estoy aquí escuchando como meterete, pero no me queda otra
opción… Decís a mamá que si no te dan el retiro pronto, pues ya pasaron dos
años sin cobrar sueldo, tendremos que vender todo y volver a Buenos Aires, ya
que no te permite el Ejército, trabajar en otra cosa, si no estás retirado.
Mamá llora y una tremenda
angustia se apodera de mí y me impide quedarme quieta. Tengo que hacer algo por
la alegría de todos. Me doy cuenta de que te falta dinero, papá, y que los
ahorros, según escucho ya se están terminando.
Mamá te dice que le pedirá dinero
prestado otra vez a mis abuelas de Buenas Aires y vos, con tu hombría de bien o
vergüenza, le decís: “¡Pero hasta cuándo nos ayudarán!” Nooo, eso no es
correcto, si no podemos darle un día aproximado….
Salgo de mi cuarto y al hacer un
ruidito, surge el silencio para mí, paralizante.
Te enfrento con temor y tristeza
a la vez. Discutíanpero quedaron en silencio los dos. Vos y mamá. Yo, tomo mi
alcancía de madera, esa que me regalaron ustedes para que guarde mi plata. Me
meto entre ustedes ya, papá, con el sentimiento de poder que da el tener
ahorros, y te ofrezco todo lo que hay dentro -veinte o cuarenta centavos- para
que puedas solucionar el problema
Me miras con esos ojos hermosos,
tiernos, adorables. Me abrazas fuerte, fuerte y salís corriendo para el baño.
No sé qué te pasa. Qué hice… Pero
como dejas la puerta abierta, puedo ver tu cara entre tus manos. Estés
llorando. ¡Ay, que momento inolvidable! Triste, confuso.
Al observar que te estoy viendo,
salís y me abrazas fuerte otra vez, diciéndome incontables veces: “Gracias,
Glorita, mi amor, estoy muy orgulloso de vos,lloro de emoción.”
Yo lloro por no entender. Aunque
consigo darme cuenta, que te hice un ratito feliz.
"No llores, papá", es
lo único que me sale decirte en nuestro abrazo interminable, lleno de amor.
2. CARTA A PAPÁ
Querido papá, hoy me han propuesto escribir sobre vos. Me
cuesta mucho. Todo lo que escribo, me parece poco. ¡Te extraño tanto!
Recuerdo tu bondad, la dulzura conque me tratabas desde que
tengo memoria. No veía la hora de que llegaras para sentir que era alguien para
alguien… Ese alguien eras vos. Esperaba tus brazos, tu cariño, como mis hijas
esperaban, y tenían, siempre los míos.
Nunca un levantar la voz, jamás un grito. Todo en vos fue
dulzura, siempre. Si yo hacía algo mal, me hablabas, aconsejabas y explicabas
por qué no era conveniente actuar de ese modo. Nunca jamás, me prohibiste nada.
Siempre con inteligencia me guiaste a medida que fui creciendo
Seguramente no fui la mejor hija. Pero te puedo jurar que
siempre me hiciste sentir que lo era. Y yo traté con todo mi ser, de serlo.
Llegabas agotado de los arduos trabajos que tenías, y sin
embargo jamás te molestaba hacerme la leche, con pancito y manteca y dibujitos
con dulce de leche. Mamá jugaba a la canasta y no le gustaba atenderme. Vos
jamás delante de mí la criticaste. Por nada. No sé qué pasaba cuando estaban a
solas.
Siempre me pregunto si le hacías algun reproche o no. Muchas
veces al ir creciendo, necesité que le dijeras algo… pero vos siempre fuiste
todo paz y justificaciones para ella, mamá, cuando yo lloraba por algo. Me
defendías, sí, me consolabas, ¡pero yo necesitaba escuchar que reaccionaras!
La amabas mucho. Eran muy compañeros socialmente. Bailaban
como artistas el tango de salón. Sobrio, como eras vos. Con esa humildad que te
caracterizaba y siendo un grande… Inteligente, uno de los hombres de ciencia de
la Unesco. Profesor en la UBA, Director de Planeamiento en la misma universidad
y en la de Morón, luego de retirarte del Ejército (cuando ascendías a
Tte.Coronel), por cuestiones políticas en el año 1962.
Tu vida de ingeniero y científico, nos llevó a tener muchas mudanzas.
¡Ocho en dos años! Todo lo hacías para mejorar nuestra vida. Mamá no soportaba
estar fuera de Buenos Aires, de la calle Corrientes con sus luces y los teatros
con obras sin fin.
En casa era otra cosa. No se te atendía como yo creo que
correspondía, comías lo que había y te conformabas. Lo único que pedías era que
no te faltara el postre. Podía ser una fruta o algo dulce, mejor. Eras muy goloso.
Tu vida se apagó diez años después de la de mamá. Tus últimos seis años, los viviste a mi lado
y con mis hijas, tus nietas adoradas.
Primero, demencia senil y luego el horrible Alzheimer. Fuiste
nuestro bebé. Sí. Siempre un señor, con una corrección que jamás se te olvidó.
No sabías quién era yo. Ni mi nombre. Pero yo comprendía y te adoraba igual. ¿Cómo
no? Las chicas y yo decidimos hacerte jugar todos los días y en tu demencia,
disfrutabas y te reías. Aprendimos a cuidarte así. Te acompañé en terapia
intensiva, hasta las puertas del cielo, luego de los últimos años compartidos.
Estando ya ciego, abriste tus ojos, como uvas color aceituna,
me miraste, y yo sostengo que me veías; sonreíste y partiste tomado de mi mano.
Es todo por hoy. Te mereces mucho más de mí. Gracias por ser
tan ejemplar y bueno en todo, papá. Te quiero.
Gloria Lotti (S.M. de Tucumán)
1. LA CARTA
Acababa de entrar en la
cocina, mamá estaba preparando el desayuno. Me saludó y antes de alcanzarme la
taza de café con leche me dijo: sobre la mesa les dejé el block de hojas para
que vos y tu hermana le escriban a la abuela Elisa. Tengan en cuenta las
cruces que marqué al costado de la hoja y respeten los espacios.
Me quedé con la boca
abierta. No sabía que decir. Jamás había puesto requisitos para escribirle a la
abuela. Con ese interrogante seguí haciéndome las tostadas con mermelada y
manteca
Con una mirada entre
severa y hosca dijo:tuve una larga conversación con tu tío y dispusimos en
decirle a Elisa una “mentira piadosa”.Decidimos ocultarle que tu papa falleció.Siendo
una señora mayor,acordamos hacerle más digerible su vida. La noticia la podría
matar.
Ellos habían encontrado una justificación para dar
ese gran paso,tenerla a la abuela feliz.
¿Se debería mentir de manera piadosa para realizar
obras buenas o decir la verdad causando dolor?
El rostro de mamá
reflejaba con claridad todos los pensamientos que circulaban por su cabeza. Ese
proyecto que habían consolidado no le encajaba.
Asumiendo una postura
más rígida señaló: la letra del tío Mimo es idéntica a la de tu papá. Nosotras escribamos
nuestras historias y Mimo intercalará el resto del relato.
Pensaron
en toda la logística. La carta saldría con destino a Italia, a las hojas
sueltas se le sumaría un sobre celeste y blanco más dos estampillas. Mimo asumiendo
el roll de papácompletaría la carta, la cerraría para posteriormente depositarla
en el buzón de Elisa.
En la mesa estaba el
block de hojas de papel de avión. Detestaba escribir en ese papel finito que
frente a cualquier equivocación o intento de borrar se perforaba el papel. La
ausencia de renglones ocasionaba que las oraciones fueran adoptando
inclinaciones no deseadas.
Pensé millones de cosas
que contarle. Cosas de las vacaciones, del colegio, de mis nuevas amigas. Evalué
cada palabra. Me pregunté si más allá que no fuese nombrado se sentiría su
ausencia. Tenía miedo en equivocarme,pero mucho más, a la respuesta de Elisa.
Tuve ganas de llorar,
pero no lo hice. Sentí una presión en el pecho en cada una de las palabras que iba
asentado en el papel. Era difícil describir las cosas cotidianas sin revelar el
sentimiento de tristeza que había en mi interior. ¿Por cuánto tiempo podríamos
mantener esta situación?
Dos días después las
hojas se llenaron con nuestros relatos. El resultado fue una carta fingida algo
ilusoria, Esos parches blanco reflejaban la ausencia.Todavía no asumíamos su
partida y estábamos trayéndolo nuevamente a nuestras vidas de esa manera piadosa. No eran las historias cordiales y cotidianas que
solíamos contarle a la abuela. Tomamos tantos recaudos en buscar las palabras
adecuadas que quedó un relato austero. Mas allá de la similitud caligráfica del
tío se necesitaba algo más para reemplazarlo.
Patricia
Bernardi (CABA)
Amorina, Me gustó mucho leer tu "columna vertebral". Soy de Resistencia y papá trabajó en "La Forestal". Qué lindo que tengas tan buenos recuerdos de mi ciudad =)
ResponderBorrarQué lindo leerlas y volver a leerme!!!
ResponderBorrarGracias Yima!