Papá

86. CARTA A PAPÁ

Papá:

           Escribirte esta carta me suena a la ilusión de que desde algún lado podrás leerla. Aunque me costó empezarla, me estuvo rondando todos estos días por la mente qué decirte.

         Supongo que si tengo que decir todo lo que me quedó guardado, no terminaría nunca, las palabras no alcanzarían. Le voy a escribir al papá que me viene a la mente, el de esa foto donde te estabas riendo a carcajadas (algo no habitual en vos), o en la que mi hijo Agus, se sentó en tu rodilla y te hizo un chiste que no pudo con tu seriedad.

Quiero sacudir los recuerdos feos, perdonarte y tal vez perdonarme porque en algún lado de mi corazón, muchas veces quería sacarte de mi vida. Por eso elijo quedarme con lo bueno, aquello que te hacía buena persona.

Esto lo siento así porque supongo que hiciste lo que pudiste acorde a cómo creciste; nunca voy a olvidar el día que frente a mí le dijiste a uno de mis tíos que vos quisiste lograr respeto de parte de tus hijos y que lo que más lograste fuemiedo. Que hayas expresado eso fue muy fuerte, reconociste en cierta medida tus errores.

        Me cuesta no tenerte para poder decirte todo lo que me quedó guardado, para poder disfrutarte de otra manera, y para poder pedirte que me abraces como tanto lo necesité.

Hay algo que hice y gira constantemente por mi cabeza, no sé si por culpa o por qué  motivo. Cuando vos te estabas yendo, dormías tu sopor de inconsciencia producto de la morfina, pero yo no sé si en ese estado la gente escucha lo que se dice a su alrededor. Mirta, mi hermana mayor, y yo estábamos cuidándote, casi velándote en vida. Los médicos me habían enseñado a hacerte masajes cardíacos en caso de que ese maldito aparato comenzase a sonar, tuve que hacerlo varias veces y la desesperación invadía mi ser junto con la responsabilidad, sabía que era inevitable, pero no quería sentirme parte de tu muerte.

Recuerdo, que en un momento, Mirta y yo hablábamos bajito, vos respirabas levemente tu sueño mortecino; fue ahí cuando en el medio de la conversación ella me preguntó qué era lo que me pasaba que siempre me veía tan triste, que ella se daba cuenta de que había algo más que la tristeza por mi separación o por tu inminente partida. Y ahí, en ese instante que tal vez no tenía que haber existido, le conté susurrando lo que me había pasado siendo una niña. No sé por qué lo hice en ese momento, ella me preguntó, yo contesté. Es cierto que ya estaba preparada para hacerlo porque venía trabajando eso en terapia, pero por qué ahí, cuando te estabas muriendo.

La cara de horror de mi hermana me enmudeció, yo pedí al universo que vos no lo hubieras escuchado, juro que hablé bien bajito, pero me queda esa duda en el alma.

Al poco tiempo que partiste me puse a pensar y no sé si para ser menos maligna conmigo misma, me dije que no, que vos estabas totalmente anestesiado por las drogas que te daban y que yo había hablado en susurros; pero, por si acaso, por si llegaste a escucharme, te juro que no lo hice para que te fueras sufriendo, sino, para que, si del otro lado existe algo, hicieras justicia por mí ante quien ya sabés. Es un espanto lo que te digo, pero tal vez lo único que estoy pidiendo es que me protejas aun estando en otro plano.

Perdón si me escuchaste. Entre nosotros todo está saldado y yo te quiero más allá de lo vivido.

 Te mando un abrazo grande como el mundo, grande como el que yo necesité más de una vez.

                                                             Te quiero, pa.

                                                                                Silvia Peralta (CABA)

 

 

 89. QUÉ RARA MANERA DE QUERER

 Supongo que el hecho de cargar sobre mis espaldas recuerdos tan ambiguos con respecto a mi padre, me llevo a buscar mil maneras de acercarlo a mí, de justificar lo injustificable, de perdonar un montón de cosas, siempre desde mi mirada comprensiva, basada en saber que su infancia había sido muy dura, tan dura que él no quería hablar de ella; lo poco que yo sabía era a través de mis tíos.

 Recuerdo momentos compartidos, en que ya adulta, me sembraron en ocasiones de ternura y en otras de una bronca infinita, esa bronca que me cierra la garganta, no me deja respirar ni llorar, porque yo rara vez me permito dejar fluir el llanto.

Mi papá siempre habló con mucho orgullo de mi actividad docente, no porque supiera si era buena en lo que hacía o no, sino porque se enteraba de cuánto luchaba por mis alumnos, sobre todo los más vulnerables. Cuando le contaban alguno de esos hechos, sus ojos se humedecían y me decía que yo era lo más cercano a la Madre Teresa de Calcuta. Esa comparación no era algo que a mí me hiciera sentirme una heroína, lo que me hinchaba el pecho y el alma era saberme reconocida por mi papá, quien en contraposición a lo que me había hecho vivir, siempre fue muy solidario y mostraba un gran amor hacia los niños.

En una oportunidad, en que él había sido operado de una pierna y por una mala praxis quedó sin poder caminar por mucho tiempo, yo lo iba a ver y no soportaba la tristeza de ese hombre que toda su vida había trabajado y que en ese momento se sentía un inútil. Se acercaba el día del niño, y para distraerlo y darle algo para sacarlo de ese sopor, propuse a mis compañeras de trabajo juntar latas, comprar todos los materiales necesarios para decorarlas y poner a mi viejo a realizar esas manualidades que tan bien le salían. Estuvo varias semanas haciendo esa labor de transformar las latas en recipientes para llenar de caramelos y tal vez en un futuro, convertirse en portalápices.

Papá decoró casi doscientas latas, todas distintas, en cada una ponía el esmero de saber que estaba colaborando para la causa de su hija a la que tildaba de tener un corazón enorme.

 ¡Pero todo me resultaba tan confuso! Así como tenía esos gestos que me llenaban de ternura, tenía otros que me llenaban de impotencia y rabia, sobre todo cuando me gritaba o me decía cosas duras delante de la familia en algunas reuniones , siempre con aire de ninguneo. No entendía si a veces me quería y otras no o, si simplemente esa era su manera de amarme.

 Hace aproximadamente doce años, preparando mis vacaciones familiares, le pedí a quien en ese momento era mi marido si podíamos llevar con nosotros a mis padres. Le comenté que desde niña no iba a ningún lado con ellos y no quería que se murieran sin volver a repetir esa vivencia. Lo hicimos, pasamos casi un mes con mis dos hijos y ellos. La experiencia no fue mala, pero sí rara, me costaba volver a convivir con ellos, pero de todos modos la disfruté.

Mis padres volvieron a su casa cuatro días antes que nosotros, se despidieron contentos por haber compartido esos instantes de pequeñas alegrías. Cuando mi familia y yo regresamos, fuimos a visitarlos; mi padre me preguntó qué habíamos hecho luego de su partida. Entre las tantas cosas que enumeré, le conté que habíamos ido a cenar a un restaurante por el que solíamos pasar; al oír esto, lo único que dijo fue que esperamos a que ellos se fueran para ir a ese lugar lindo. Lo miré y con el corazón apretujado sentí que nunca alcanzaría nada de lo que yo pudiera darle.

                                                                                                                          Silvia Peralta (CABA)                


84. CUANDO RESCATAR RECUERDOS ES ALGO DIFÍCIL

Escribir recuerdos de mi adolescencia junto a mi padre es una tarea nada fácil. Mi vida junto a él se dividió en etapas totalmente opuestas; una primera infancia amorosa, una parte tremendamente dolorosa a partir de los diez años y el reencuentro, pero eso pasó muchos años más tarde cuando yo ya era madre.

 Puedo seleccionar miles de momentos espantosos durante mi adolescencia, pero de los otros, los buenos, tengo que hacer mucha memoria para rescatar alguno.

 Siempre fui y aún soy una ferviente luchadora en contra de las injusticias, con modos suaves, pero defendiendo la verdad. A mi padre nunca se lo contradecía ni cuestionaba, yo le hacía caso a sus órdenes pero mi sed de saber los porqué me llevaron a vivir situaciones muy violentas dado que ante sus mandatos, lo obedecía pero le pedía que me explicara los motivos; la explicación no llegaba en palabras sino en golpes.

 Uno de los recuerdos más dolorosos se remite a un domingo a la noche, yo tendría trece años aproximadamente, la familia estaba reunida en el comedor ya que estaban mis tíos de visita.

Cuando estaba comenzando a anochecer, me encerré en mi cuarto a estudiar porque al otro día tenía que dar una lección de historia. En un momento, el mayor de mis hermanos varones entró al cuarto y se puso a cantar, le pedí que no lo hiciera porque yo estaba estudiando; él me respondió que un domingo a la noche no era el momento para hacerlo, que me tenía que haber acordado antes y siguió cantando. Comenzó una discusión, mi padre al escuchar la pelea entró a mi habitación y al enterarse los motivos de la misma, le dio la razón a mi hermano y a mí me pegó muy fuerte, dejándome un ojo negro.

Me dolía el ojo y el alma; me sentía humillada y avergonzada; primero ante mis tíos que se fueron de casa espantados, y luego lo más tremendo, el día después.

Cuando llegué a la escuela mis compañeros me miraban sin atreverse a preguntar, los profesores también lo hacían, pero tampoco preguntaban, solamente se acercó la profesora de geografía a interrogarme acerca de qué me había pasado. Le dije que mi hermanito menor sin querer me había pegado con la paleta de madera mientras jugábamos. La docente se dio media vuelta y siguió la clase como si nada, nadie me protegió.

 Si tengo que encontrar un mejor recuerdo en esa etapa mucho no encuentro, el que me viene a la memoria es el del día que me entregaron el diploma en la escuela secundaria. Para esa ocasión debía elegir un docente, yo elegí a mi profesora de psicología, un ser encantador que ese día me demostró que sabía más de mí que lo que yo creía, eso que nunca le había contado nada de todos mis sufrimientos.

Cuando me llamaron para que subiera al escenario, tuve que hacerlo junto a mis padres, y mi profesora, luego de entregarme el diploma, se acercó a mi papá y le dijo: “Tiene una hija maravillosa, excelente alumna pero sobre todo una persona con inmensos valores”-.Mi padre sonrió lleno de orgullo, y ahí sentí que alguien había hecho justicia por mí y me había regalado un instante en el que papá sintiera que yo era alguien. 

Silvia Peralta (CABA)

 

83. CARTA PERDIDA

Hace un par de días que había escrito la carta para vos, pero parece que el subconsciente me traicionó y no la guardé. Dicen que las casualidades no existen, ¡ qué mal!

Otra vez repasando, busco y busco y busco, más allá de que mi mamá me haya taladrado el cerebro en tu contra, para mi manera de pensar vos tampoco hiciste mucho para revertir la situación.

Otra cosa que me da que pensar, a raíz de comentarios de mi abuela. Ella me llamaba “Gracielo”, sacando conclusiones yo pensaba que  hubieras querido que fuera varón por ese legado ancestral de prolongar el apellido. Las cosas se habrían planteado distintas o no, eso la verdad no lo sabremos.

Recuerdo que a los cinco años querías que yo aprendiera a hablar alemán, me enseñabas los números; siempre fui dura con respecto a los idiomas extranjeros y el alemán no iba a ser la excepción. Me ligué varios coscorrones hasta que, después de muchos intentos y notando que me costaba un montón, desististe de tu faceta de profesor.

Tengo una foto enel zoológico con vos, pero no recuerdo nada de esa época.

Voy hurgando y salen a la luz momentos vividos, cuando íbamos vos, mamá y yo a pasar las fiestas de navidad a la casa de unos conocidos en el Tigre, siempre terminaban peleados vos y ella.

Un año, no sé por qué, nos amenazaste de muerte, no tengo idea qué tenía que ver yo en el asunto. Mi mamá me llevó al hospital a visitar a una conocida. Nos quedamos pasada la medianoche y después nos volvimos caminando, esperando que estuvieras dormido y así fue. Luego no sé qué paso.

Me gustaría saber para qué quisieron que naciera yo, si lo único que  lograste fue hacerme pasar penurias principalmente en lo emocional. ¡No entiendo!, son heridas que a pesar de estar cicatrizadas no cerraron y creo que no van a cerrar por el resto de mi vida.  

 Gra (CABA)

 

82. LA AUTORIZACIÓN




Después de dos años de estar de novios, Marcelo y yo decidimos empezar a comprar cosas para nuestra futura casa, Me dedique a la cocina, fui a la modista, me elegí el trajecito para el civil y el vestido para la iglesia.

Estábamos muy ilusionados planificando todo para la boda.

Mes a mes íbamos pagando muebles, vajilla, y lo que hiciera falta para el tan ansiado casamiento.

Mi papá, a todo esto, no decía nada, resulta que hablando con él le pregunte si me daría la autorización, en ese momento necesaria para los emnores de veintún años, y me dijo que no estaba de acuerdo con ese casamiento. Se nos cayó la estantería abajo. Teníamos que esperar dos años más.

Para ese entonces, mi papá ya había dejado la carpintería y estaba asociado con un ingeniero para edificar una clínica en Ituzaingó,  donde se practicarían abortos. Con la plata que recibía compró una casa que en el futuro sería para mí. 

Tiempo después vinieron a vivir a esa casa mi futura suegra y mi futuro cuñado. La casa tenía un local donde mi papá puso una vinería que fue atendida por Cristina, mi futura suegra.

Mi mamá me taladraba el cerebro porque tenía prohibida la entrada. Todas estas complicaciones hicieron que comenzaran las discusiones entre nosotros dos, lo que provocó la ruptura de la pareja.

Lamento hasta el día de hoy el no haberme casado con Marcelo, pero haciendo un repaso veo que éramos muy jóvenes y creo que con el tiempo nuestro matrimonio no iba a funcionar.

 Gra (CABA)

 

 

 

 

 

Hace un par de días que había escrito la carta para vos, pero parece que el subconsciente me traicionó y no la guardé. Dicen que las casualidades no existen, ¡ qué mal!

Otra vez repasando, busco y busco y busco, más allá de que mi mamá me haya taladrado el cerebro en tu contra, para mi manera de pensar vos tampoco hiciste mucho para revertir la situación.

Otra cosa que me da que pensar, a raíz de comentarios de mi abuela. Ella me llamaba “Gracielo”, sacando conclusiones yo pensaba que  hubieras querido que fuera varón por ese legado ancestral de prolongar el apellido. Las cosas se habrían planteado distintas o no, eso la verdad no lo sabremos.

Recuerdo que a los cinco años querías que yo aprendiera a hablar alemán, me enseñabas los números; siempre fui dura con respecto a los idiomas extranjeros y el alemán no iba a ser la excepción. Me ligué varios coscorrones hasta que, después de muchos intentos y notando que me costaba un montón, desististe de tu faceta de profesor.

Tengo una foto enel zoológico con vos, pero no recuerdo nada de esa época.

Voy hurgando y salen a la luz momentos vividos, cuando íbamos vos, mamá y yo a pasar las fiestas de navidad a la casa de unos conocidos en el Tigre, siempre terminaban peleados vos y ella.

Un año, no sé por qué, nos amenazaste de muerte, no tengo idea qué tenía que ver yo en el asunto. Mi mamá me llevó al hospital a visitar a una conocida. Nos quedamos pasada la medianoche y después nos volvimos caminando, esperando que estuvieras dormido y así fue. Luego no sé qué paso.

Me gustaría saber para qué quisieron que naciera yo, si lo único que  lograste fue hacerme pasar penurias principalmente en lo emocional. ¡No entiendo!, son heridas que a pesar de estar cicatrizadas no cerraron y creo que no van a cerrar por el resto de mi vida.  

 Gra (CABA)

 81. POCO QUE DECIR

La verdad quisiera hablar de algún recuerdo lindo con mi papá pero no tengo mucho que decir. Él dormía hasta tarde, no sé si desayunaba, creo que tomaba mate. Cuando tenía algún trabajo que hacer se iba a la carpintería que estaba delante de la casa y ahí se quedaba.

A veces me llamaba para que lo ayudase a descargar materiales: planchas enormes de aglomerado a lo largo de un pasillo. Por mi altura y edad se me bamboleaban para todos lados y él me decía de todo.

Un detalle que para mí no era menor: cuando estaba enojado con mi mamá y almorzábamos o cenábamos, se servía para tomar y a nosotras no.

Como mi mamá no contaba con un sueldo o algo así, y la mayor cantidad de veces estaban peleados, ella me mandaba a pedirle plata para las compras de la casa.

A parte de tenerle miedo me tenía que bancar la cantidad de cosas que decía de mi mamá, para mí era una tortura.

 Gra (CABA)


80. ¿Y YO?

Como ya relaté, la relación con mi mamá no fue fácil y con mi papá menos aún. A pesar del corto tiempo que estuvo en esta tierra para mí, en muchos aspectos, ` me arruino la vida `.

Me enteré que ¨era comunista¨ , que tenía armas en casa, que era activista, mucha información para mi edad, seis años en ese momento y yo sin entender ni jota. Lo que si sabía por mi mamá que `si lo llegaban a descubrir, iba a ir preso y ella también por cómplice. ¿Y yo …?`

Era carpintero, profesión que no le gustaba nada, pero cuando se inspiraba, cosa que no era muy frecuente, hacia cosas re buenas y bonitas.

Tenía la carpintería en casa, a veces almorzaba con nosotras y a las veinte y treinta se cenaba religiosamente.

Pactaba un trabajo, les pedía una seña y la entrega la realizaba cuando tenía ganas, por eso nos hizo pasar más de una vez por situaciones angustiantes.

Yo trataba de hacer una vida lo más normal posible, soportando las peleas, los enojos, los maltratos, las golpizas hacia mi mamá y los desplantes hacia mí porque en esas ocasiones no estaba ni  ahí a favor de él.

Es lamentable decirlo, pero yo lo odiaba y la verdad es que lo quería matar; me imaginaba rompiéndole una botella en la cabeza. Por suerte Dios se lo llevo antes de que cumpliera con lo pensado.

Si lo tuviera delante de mí hoy le reprocharía el haber priorizado la política antes que a la familia, le preguntaría también porque nos hizo sufrir tantas cosas.

 

 Gra (CABA)

 

 

79. SÁBADO


Hoy es sábado, hace calor, falta poquito para mi cumple… Estoy feliz, este cumpleaños será especial porque ¡vamos a jugar con nieve de carnaval!

Recién vine de la verdulería, mamá está cocinando algo rico, me encantan los bocadillos de acelga.

Le conté que el verdulero, Don Aldo, hablaba de mi con unas señoras, y a todos les parecía raro, como yo compraba.

Mamá se sonríe y me explica que seguro les asombra que  siendo tan chiquita no lleve una lista y pida las cosas que se me ocurren…

La verdad no entiendo.

Papí llega mas tarde porque es sábado y estoy ansiosa de saber qué cosas traerá Siempre nos sorprende…

Me encanta la hora del almuerzo, me gusta escuchar las historias de papi, las ideas raras de Gaby y las noticias que mamá cuenta y parece que pudiésemos estar ahí.

Siento el auto de papi y salgo corriendo, lo veo sentado inmóvil y me sorprendo, voy a buscarlo y me hace señas para que suba al auto. Está escuchando un cuento en la radio, me dice que me siente y escuchemos juntos…

Y yo entiendo poco del cuento porque ya esta empezado, pero espero, porque se que cuando termine, él me va a contar lo que me falta.

Termina el hombre de la radio y mi papa me cuenta toda la historia. Que linda, era sobre un hombre que vivía en la selva, pero el final era triste, ¡no me gustó!

Aparece mi mamá y nos llama a los dos, y ahí bajamos todas las cosas que papá compro en el camino:

Trae ramitos de violetas, frutillas y hasta una mesa rara, que dice que es para el teléfono.

Siempre que papa llega parece una fiesta,  esta sonriente y si mami le dice que llegaron cosas para pagar, el sonríe aun mas, golpea una mano sobre la otra y dice…

-¿Sabes por qué llegan estas cuentas acá?-y se contesta- ¡porque saben que acá hay plata!

A veces le pregunto por qué  trae cosas cuando viene del reparto, y me dice:

- Porque vi que era gente que necesitaba que le compraran…y a nosotros nos encanta el perfume a violetas y las frutillas…

Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)

   

78. LA AMIGA DE PAPÁ

Es sábado y me levanto cuando escucho ruido en la cocina, porque quiero ir con papá al reparto. Él se pone contento  al verme y hace ese gesto tan suyo abriendo sus ojos casi verdes y arqueando las cejas,  sé cuánto le gusta que yo lo acompañe.

Mami está haciendo el desayuno para los tres, y papi dice:

-Viste, Luby, la nena se despertó sola para venir conmigo a Cañuelas.

Mi mamá me mira con su sonrisa y me dice que me apure, tengo que bañarme y cambiarme rápido si quiero ir con papá.

Y yo hago todo porque amo salir con papi los sábados, es tan lindo ir con él en el auto y charlar mientras miramos el paisaje, él me cuenta sus cosas y me dice que soy su amiga de cuarenta años, aunque apenas tengo ocho.

Es enero y pronto vamos a salir de vacaciones, entonces al arrancar el auto me cuenta que vamos a hacer un recorrido por toda la costa y que podremos parar en el lugar que más nos guste. Me pregunta a dónde quiero ir yo, pero a mi encanta  conocer, y la playa me gusta toda, igual  su pregunta me gusta porque sé que   le importa mi opinión y siempre la tiene en cuenta para decidir.

Además es tan lindo sentir el cariño con el que me tratan sus clientes.

Acompañarlo es pasarla bien y divertirme.


Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)

 

77. PAPÁ

 

Yo quisiera que llegara esta carta a donde nunca podrá llegar o tal vez, me equivoque y estés leyendo mi mente, papito que perdí hace tanto, y que ya era viejito, que jamás comprenderé porque la vida lo castigo tanto.

Mi papá aquel que tenía bigotes y ojos casi verdes,  aunque te confieso, ahora, que no me gustaba que me dijesen  que me parecía a vos, porque no eras como los galanes de las películas.

No creo equivocarme si digo que nunca te vi enojado, solo una vez me dijiste que no… ¿te acordás?

Estábamos en Carlos Paz, yo tenía nueve años y  me habían convencido Oscar y Gaby para que subiera al cerro de la Cruz. Yo nunca fui muy deportista, así que di los primeros pasos y ya estaba cansada y sedienta, era febrero y hacía mucho calor. Mientras subíamos, ellos paraban en cada lugar para sacar fotos, y yo estaba cada vez más exhausta.

Oscar, que me conocía, me engatusó diciendo que en la cumbre había un señor que vendía gaseosa y aunque lo vio bajar  ya sin mercadería a la mitad del camino, nunca me lo contó, así que solo subí esperando encontrar algo fresco, pero no fue así.

Ya a la vuelta ellos seguían sacando fotos y yo estaba aburrida, acalorada y solo esperando llegar para tomar algo

Recuerdo mi alegría cuando vi que habíamos llegado y vos estabas ahí con tu sonrisa esperándonos, corrí a pedirte una coca cola, y vos, me viste tan arrebatada, y colorada que pensaste que era peligroso que tomase algo frio, entonces me dijiste que NO….

Yo me puse a llorar y a los cinco minutos  estabas pagando cuatro cocas  y sentado a mi lado sirviéndome un vaso grande, grande en la confitería.

Papá orgulloso de su auto, el famoso Dodge amarillo, que cuidabas tanto…(no abuses de los puntos suspensivos)Viste lo que son las cosas papito, pasaron veinte años, ya estamos en 1995 y todavía me acompaña, me saca de apuros y siempre me responde. Algunos me dicen que lo venda pero cómo vender algo que por haber sido tuyo no tiene precio

Papa, tío Mario, Marito o el pibe Pomelín como te decía mami cuando se te dio la onda de tomar jugo de pomelo todos los días. ¿Te acordas de que yo te lo tenía preparado cuando llegabas al mediodía?

Papá, aún sigo esperando que alguien me diga, como entonces, que me podía contar todas sus penas porque era una piba de cuarenta años, aunque apenas tenía ocho.

Sigo soñando escuchar tu voz llamándome "La reina del Rambouillet", nunca supe si existía tal título de nobleza  y aunque ahora soy profesora de Historia creo que no quise buscarlo porque prefiero pensar que existió y fue y será el único verdadero título nobiliario que tendré.

Perdóname si no soy la castañuela de la casa, como me decían vos y mami. Hoy soy una llorona, malhumorada, triste y nostálgica que siento que no merezco ser la hija de un tipo tan dulce, bueno, noble y alegre como vos, ni de una loca y divertida quinceañera aun,  como la esposa que elegiste, aunque ahora se enoje un poco más que antes, tenga un poquito menos de paciencia, y se le dé por decir que esta vieja y perdió la mayor parte de su memoria, vos y yo sabemos  que no es así,  tiene sesenta y cinco años pero siempre será joven, porque tiene algo que yo no heredé, la alegría, las ganas y la magia de ser ocurrente y hacer cosas que a los demás  ni se le pasarían por la cabeza.                                             

 Quiero creer que vos la ves, pero igual te cuento, cuando se fue a operar, yo temblaba de miedo y ella estaba más linda y jovial  que nunca. Me  asuste tanto, papi, cuando la vi en terapia, todavía no puedo creer que todo haya salido bien, la sentí débil como a vos cuando estabas enfermo y tuve miedo. Seguro que desde allí con tu simple generosidad hiciste fuerza como Gaby y yo, o tal vez, mucho más, para que se quede aquí.

¿Sabes por qué empecé a escribirte? Para que vivas y nunca te olviden, y tu muerte no haya sido el fin, vos te merecías haber visto tantas cosas, haber vivido tanto tiempo más, si apenas tenias cincuenta y cinco años cuando te fuiste…

Pienso en tus nietos, los hijos de Gaby, qué lindo que hubieses sido como abuelo, te imagino llevándolos de vacaciones y enseñándoles la magia de parar en cualquier lugar solo para conocerlo, y hacer un picnic aunque solo hubiera pasado media hora de viaje y que el canto y la alegría fuesen los protagonistas.  Siempre añore  esa forma de viajar, porque a la gente común le importa más llegar que disfrutar el viaje…

Vos eras tan simple y tan genuino a la vez, jamás medías las cosas por las ventajas futuras, le creías a la gente, tenías fe en la palabra, creo que no podías decirle que no a nadie.

Eras el símbolo de la sensibilidad y te emocionabas con tantas cosas, desde una película, un poema, un simple paisaje y  hasta con un cantante de cantina, y vos pensabas cuántos sueños e ilusiones habría tenido de joven para terminar cantando en un lugar mientras la gente come\ía y ni lo escuchaba, Recuerdo aquel día que nos volvimos a la parrilla “Los muchachos” a llevarle más plata a ese cantor de tangos porque pensaste que la propina que le había dado nuestra mesa era mísera;  no te importo mentir y decirle a la familia, que nos esperaba para brindar en otro lugar, que te habías perdido en Adrogué al que conocías más que a la palma de tu mano, aunque te creyesen tonto.

Ah, siempre que se rompía algo en casa vos decías: "no te preocupes, mañana te compro cien". Así fuese un clavo o la cocina, aunque después no pudieras cumplir tu promesa.

Mientras te escribo me parece verte, el día que se caso Gaby, vos ya estabas enfermo, no caminabas bien y tampoco podías hablar correctamente pero ese día, por un momento, parecías el de antes. Hasta te diste cuenta de desatar el moño que Mónica y yo le cruzamos en los bancos de la iglesia ante la mirada absorta de Gaby.

¿Por qué te habrá tocado sufrir tantos embates? Primero la hemiplejia y tres años después el cáncer, jamás pude aceptar ninguna de las dos y mucho menos tu decadencia y envejecimiento prematuros. Por momentos parecías un chico y me enojaba, porque yo tenía un papa al que admiraba y un día de marzo allá por el 77 lo dejé lustrando su auto y me fui a pasearCuando regresó a casa ya era otro, tan distinto que con mis doce años quise pensar que no eras vos. Te juro que si pudiese volver el tiempo atrás, quisiera que vivieras aun así porque aunque tu cerebro no funcionase del todo bien, tu bondad y tu esencia estaban ahí intactas. Me molestaba verte dando vueltas, que peleases conmigo por el televisor, estuvieses horas con Nicolita en los brazos y que hablaras tan poco. Ahora pienso que justo a vos que eras de los que siempre tienen algo de que charlar y alguien con quien hacerlo, fue el temor a equivocarte el que hizo que te quedaras horas sin pronunciar una palabra;  te sentabas en el auto y mirabas el volante, seguramente estabas extrañando poder manejar, era difícil comprenderlo y aceptarlo. Después de tu muerte encontramos una libretita y descubrimos que habías intentado firmar y escribir aunque ya no te salía. ¡Cuánto habrás sufrido en silencio! Siempre admire tu letra llena de volteretas y tan parejita y ¡esa firma!Aun hoy, veras, sigo firmando a tu estilo.

 Tu muerte me enseño  el valor de tenerte y  apreciar los  momentos de felicidad: como aquellas vacaciones en Córdoba que serán las mejores porque me elegiste como tu cómplice y porque fueron las ultimas que pudimos pasar los cuatro juntos.

 

Hay una canción llamada Padre, de un cantante que te gustaba, que resume en pocas palabras quien eras…

Compañero del sol,
fiel compañero,

nunca te preocupó en nada
ser el primero.

Y no quisiste jamás
salvarte solo,
porque no hay salvación, -decías

si no es con todos.


No sabes de venganzas
ni de desquites.
Gorrión que cantó siempre,
aún sin alpiste
.

  Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)


76. CARTA A VOS


Hola, Papá, tantos años sin charlar y tantas cosas para contarte…

Este año cumplí la edad del último cumpleaños que te festejé  y me doy cuenta mejor cuánto te quedaba por vivir, cuánto por compartir…

Quizás hoy entienda mucho más tu forma de ver la vida y quiera copiar tu sabiduría.

 Qué lindo era sentir cuando iba a tu lado que eras un hombre que no guardaba culpas, que se sentía satisfecho con lo que tenía, que no deseaba más que lo necesario, y que solo trasmitía amor y alegría.

Nunca te escuché criticar o juzgar a nadie, vos solo mirabas a los otros, los entendías, y siempre les brindabas lo que te pedían, si estaba en tus posibilidades.

Jamás esperaste nada a cambio, y eso te hacía libre …

Para vos el dinero era solo un elemento más para usar en lo  necesario, no  le dabas importancia alguna.

 Parabas tu auto debajo de un  arbolito en la ruta solo para escribir un poema, y a pesar de toda tu bohemia eras el mejor vendedor, creo que porque no te proponías vender sino brindar un servicio.

Cómo extraño esos sábados que me llevabas al trabajo e íbamos charlando todo el viaje, me contabas cosas tuyas y yo te contaba las mías, me decías que  era tu amiga de cuarenta años, riéndote de mis escasos ocho .

Siempre sentí que a tu lado estaba segura y protegida. Recuerdo cuando te dije que quería ser arqueóloga, y  vos nunca dudaste  de que lo iba a lograr y que sería la mejor.

Qué lindo era escucharte hablar con tus clientes, porque eran  amigos, y todos sabían  mi nombre y me preguntaban de nuestra familia  como si nos conocieran desde siempre. Vos me dabas la certeza que ser tu hija era un pasaporte para que todos te dieran cariño,  y la seguridad que llevar tu apellido era la llave perfecta, porque ser hija de Mario Filito, bastaba para tener las mejores referencias.

Me recuerdo distinta cuando vos estabas, era firme y segura, no me importaba tanto la mirada ajena, y caminaba sintiendo que iba a lograr lo que me propusiese.

Hoy siento que eras un hombre transparente, simple y sabio, porque nada mundano parecía preocuparte.

Y por el contrario ante cualquier pedido mío, de Gaby, Mami, o de tus sobrinos, vos respondías con una sonrisa y haciendo lo que fuese para contentarnos…

Qué difícil fue perderte y cuánto guardé este duelo, creo que nunca pude exteriorizarlo, lloré poco, intenté ser fuerte para no traer un problema más a casa. Desde que vos te enfermaste dejé de ser la nena que solo quería jugar  y me hice responsable de mis estudios. Pasé de ser una alumna regular en primaria a ser una de las tragas en secundaria. Tal vez esa fue mi coraza para  darle a mamá más tranquilidad en tiempos donde todo era tan  difícil…

Recuerdo que aquel día que te fuiste me prometí, que no volvería a pasar por otra pérdida, que quería ser yo la que me fuese primero. Obvio que no pude cumplirlo y caí con cada partida y con la de mami, murió mi otra mitad

No sé, papá, ¿tal vez creíste que no sentí tu ausencia?

En realidad nunca pude superarla pero guarde mis sentimientos y traté de que todo fuese más llevadero.

Ojala hayas entendido cuánto te amo, te necesito y cuanto agradezco haberte tenido como papa.

Gracias por tu amor que me hizo sentir tan fuerte y tan feliz, por todo lo que me enseñaste con tu ejemplo que hoy me hace ser positiva. Por eso a pesar de todo el dolor que me tocó atravesar estoy feliz por haberte podido disfrutar aunque solo haya sido tan poco tiempo.

 Día a día veo las huellas que dejaste en todos los que te conocieron y me doy cuenta de que la muerte solo mata a quienes no merecen ser recordados .Por eso, mi papito lindo, vos sos y serás inmortal.

Te amo como cuando te daba besos gordos en tus mejillas tibias.

 Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)


75. RECUERDOS

 Creo, que el mejor recuerdo que tengo de papá, fue aquel día en el salón de actos de la escuela. Yo había salido abanderada. Lo había logrado con esfuerzo, con el doble de esfuerzo que cualquier otra, porque yo en el colegio era discriminada. No por las autoridades ni educadores, sino por mis compañeras. 

Yo era “la rara”, siempre con uniforme raído, descuidado, con zapatos diferentes porque los obligatorios no me los podían comprar, los libros heredados de mi hermana, que a su vez los había recibido de mi prima. Y yo era tan tímida, que cuando se burlaban o me hacían a un lado, no me defendía; todo por ese entonces era angustia acumulada. 

Hasta que llegó el día que mi maestra, la Hermana María Elena, apareció en mi vida, como un ángel y fue la única que entendió que yo estudiaba y me esforzaba pero no me mostraba nunca por vergüenza. Diría que jamás levanté la mano. Ella pudo ver en mí, cosas que ni yo veía. 

Por eso, ese día de la bandera, con mis compañeras en contra y con tanto miedo y vergüenza, saber que papá me había ido a ver con lágrimas en los ojos y tanto orgullo fue una de las mejores cosas que me pasaron con él. 

Florencia Zaldívar (CABA)


74. CARTA A PAPÁ

 Hola, papá:

 ¡Parece mentira que haga casi treinta años que te fuiste! 

Te extraño tanto, papá, sé que vos sabés que tenés una nieta, lástima que no llegó a conocerte, y sos el único abuelo que no llegó a ver. 

Hoy te estoy escribiendo, aunque siempre te hablo en mi pensamiento y te pido ayuda cuando la necesito. 

Si hay algo para agradecerte es lo protector que siempre fuiste conmigo, no me olvido de que cada vez que siendo grande, ya una señora, me acompañabas a la parada del colectivo. 

Nunca se me va a borrar el último día que, ya estando enfermo, me acompañaste; y ya estabas enfermo, yo tenía más miedo por vos que por mí. Ya no estabas bien… 

Todos mis recuerdos te asocian a la compañía que fuiste en mi vida, al cuidado y amor que nos diste. 

Cuando salí abanderada, cuándo había que ir a algún acto o cosas de la escuela porque a mamá no le gustaba. Ni hablar de mi casamiento por civil. Siempre, siempre estabas….

Creo, que ahora mientras escribo esto me doy cuenta, que si algo bueno tengo como madre lo saqué de vos. 

Acompañar, no avasallar, regalar siempre, festejar cada cosa, claro que tenías defectos. Eras callado si algo te dolía, al punto de no hablar por varios días, cuando te enojabas eras gritón, eso sí, nunca pegar, nunca maltratar de ninguna forma, tus hijas,” mujeres”, como vos querías, éramos tu orgullo, lo fuimos siempre. 

Nunca me voy a olvidar de tu sensibilidad, eras fino y elegante. aunque sé que fuiste seguido por las mujeres, lo que a mamá, sobretodo en la juventud, le dolió. 

Hoy solo quiero agradecerte por tu amor, aunque con errores, papá, porque no eras perfecto, pero alguien que nos dio tanto lo único que se merece es agradecimiento. 

Florencia Zaldívar (CABA)

 73. FELICIDAD

Vamos caminando por Avenida Montes De Oca, con papá. Pasamos frente a la “Casa Cuna”. El perfume riquísimo de las galletitas de la vieja fábrica “Bagley” nos acompaña por el larguísimo camino de barranca hacia la Estación Constitución. 

Como muchos sábados o domingos por la mañana vamos a visitar a las tías, hermanas de papá. Hoy nos toca ir a lo de Elvi y Pancha. Saben que iremos aunque no les hayamos avisado, porque papá siempre va a saludar a sus hermanas conmigo al menos una vez al mes. Pienso todo esto  mientras corro por la barranca empinada delante de papá que viene caminando tranquilo y atento a lo que yo hago y digo. 

Esa sensación del viento en la cara y creer que estoy subiendo una empinada montaña me hace sentir feliz y sé que papá también lo es...

 Florencia Zaldívar (CABA)


72. CARTA A PAPÁ

 Querido papá:

Lo primero que quiero expresarte es el enorme agradecimiento por todo lo que me ayudaste, de no ser por vos no sé si me hubiera recibido y mi hija hubiera pasado necesidades. Siempre estabas ahí para darnos una mano.

Me enseñaste, más con hechos que con palabras, el compromiso y la responsabilidad para el trabajo, cualquiera que sea. El cumplir con las promesas y la palabra empeñada. También a ser una buena amiga, solidario con el otro, como eras vos, aunque muchas veces no nos paguen con la misma moneda.

Me encantaría que hoy vieras a mis hijos ya realizados, que hubieras conocido a Constanza, tan parecida a Estefi. A vos que te gustaban tanto las nenas…Tenés dos bisnietos hermosos de tu “Tiqui”. Ella es abogada como hubiera querido ser yo. Aunque no reniego de mi profesión, ya que me dio muchas satisfacciones. Hoy te sentirías orgulloso de tu hija “la vicedirectora” como dicen allá. Y se lo contarías a todos.

Lo que si te reprocho es tu bendito carácter, verte enojado era como estar en medio de un huracán. No dejabas santo con cabeza como si eso hubiera servido de algo.Y todos alrededor teníamos que aguantar tu ira e insultos. Sobre todo, mamá. Esto desconcertaba a más de uno porque podías ser el más divino en la mayoría de las ocasiones y en otras, un hombre muy temido.

Te costó entender la enfermedad de mamá y no la acompañaste y cuidaste como debías. Cuando estaba a punto de morir te diste cuenta de la gravedad, pero ya era tarde.

Me hubiera gustado que fueras un padre más presente en actos o reuniones escolares, que al menos el día del egreso me hubieras acompañado. ¡Jamás fuiste a verme en nada!  Te jactabas de que estaba en el cuerpo de banderas y nunca fuiste a un acto.  Tomé la comunión y la confirmación y no acudiste a las ceremonias. Te quedaste haciendo el asado como si eso fuera lo importante. Y al final terminabas borracho hablando pavadas.

Cuando me recibí de maestra, solo mamá en el acto, pero cuando llegué, tenía una cena sorpresa que habías organizado con mi marido. Lo tuyo siempre fue lo social, para no llamarlo joda.

Pero bueno, creo que diste lo que pudiste. Tuviste una infancia muy dura, con un padre tirano. Demasiado fuiste con nosotros.

Quisiera decirte todos los te quiero que no te dije, abrazarte fuerte y comerme un buen asado con vino como nos gusta a los dos y disfrutar de tu humor tan especial.

Gracias por darme lo que pudiste. Te vuelvo a elegir como papá.

                                                                                                              Mari (Neuquén, Neuquén)

 

71. ADULTEZ CON PAPÁNo son demasiados los momentos de adultez compartidos con mi padre. A los veintidós me vine a vivir a Neuquén, y solo regresaba una vez por año, salvo cuando mi mamá estaba  enferma, que iba más seguido. Y si nos escribíamos cartas era con mi mamá, donde él no participaba, ni ella lo mencionaba. Lo mismo cuando hablábamos por teléfono, era yo la que preguntaba cómo estaba papá.

Si tengo que recordar algo lindo era cuando yo llegaba a visitarlos. Se detenía el mundo. Se hacía la mejor comida, él asaba el lechón el domingo, porque vino “la nena del sur”. Embelesado con mis hijos. Estefanía siempre fue especial para él y, además, después de la muerte de mi sobrina había quedado como única nieta mujer. Recuerdo las sobremesas con mis hermanos y sobrinos, todos compartiendo, él en la punta de la mesa, (como toda la vida),  preguntándonos de todo y alabándome siempre. Una vez mi hermana dijo ante un comentario mío, que no recuerdo bien cuál fue, le estás errando, no es así, Mariela. Saltó él, enfurecido  vos que sabés, si ella lo dice, así es, por algo estudió. Mi hermano intervino con un chiste para descomprimir, porque ya se armaba la discusión. Todos me celaban un poco en esos momentos.

Supongo que era una muestra de amor todo esto, para demostrarme que se enorgullecía de mí. Siempre nos daba dinero cuando nos veníamos, para los nenes decía. Sabía bien que lo necesitábamos nosotros.

Como momento feo recuerdo cuando mi hermana me llamó para decirme que papá tenía cáncer de pulmón, totalmente esperable por como fumaba. Me dijo,  ¿venís a pasar alguna fiesta acá? Mirá que va a ser la última con él. Y así fue. Fui para año nuevo. Él me contó que no andaba muy bien, que tenía mucha tos y le dolía la espalda. El médico había hablado con mi hermano, a él no le dijeron que tenía cáncer. Le pidieron una tomografía computada que no quiso hacerse. Mi hermano ni bien llegué me comentó  ¿podes convencerlo? A vos te va hacer caso. Ya tenemos el turno y no quiere ir (era en otra ciudad).

Papi, el martes tenés el turno para la tomografía. Yo te acompaño, propuse Bueno, hija, me contestó. La cara de mi hermano fue muy graciosa. Allá fuimos, parecía un niño asustado, toda su fortaleza y carácter desaparecieron. Nos entregaron los resultados enseguida, dado la gravedad, calculo. Se los llevamos a su médico inmediatamente. Se veían dos manchitas. Esto queda de pulmón de su padre, nos explicó. A lo sumo vivirá entre dos y tres meses más. Con lo que fuma y fumó, más el alcohol, no se podía esperar mucho, comentó mi hermano. Yo no pronuncié palabra. Tenía un nudo en la garganta. Lo que va a ser esto, quien lo maneja, seguía mi hermano.¡lo que me espera!

Me dejó en la casa de papá. Pensé que no estaba. Entré despacio, quería llorar y escuchoé ¡Nena!, ¿qué les dijo “el Ruli”?, así llamaban al médico, que era amigo de la familia. Estaba sentado en un rincón semi oscuro de la cocina y con un vaso de cerveza. Yo no podía hablar. -Los pulmones no están muy bien, vas a tener que dejar de fumar y cuidarte, pa, le dije como pude, no es cáncer

Hija¿oo? No, no, papi, pero no es leve tampoco, le contesté ya entrando a la habitación. Me tiré en la cama a llorar. Cuando me volvía a Neuquén y me acerqué a saludarlo, se largó a llorar, nunca lo había hecho. Mi nieta, tan lejos, la extraño, nos dijo, como excusa, creo. A los diez días del regreso me llam.ó mi hermana, que vivía con él, para decirme que papá se había muerto. Se fue a dormir la siesta, tosía mucho. De golpe dejó de hacerlo, lo mandé a Leo (su hijo) a verlo y estaba muerto con el cigarrillo en la mano. Se infartó. Sentí un dolor muy grande y a la vez me alegré porque no iba a sufrir más.

                                                                                                               Mari (Neuquén, Neuquén)

 

70.  ADOLESCENCIA CON PAPÁ

No es mucho lo que puedo contar de mi corta adolescencia junto a mi padre. En realidad, yo era bastante solitaria, no me gustaba contar mucho mis cosas a mis padres y él no me daba demasiado apertura para ser compinche.

 Pero, como un recuerdo lindo atesoro que me haya sacado del colegio de monjas en el que estaba pupila. Si bien yo había exagerado un poco mi malestar, recuerdo sus palabras, que para mí en ese momento fueron sagradas: “si vos no te sentís bien y esas monjas caraduras no les dan a ustedes mis donaciones, se terminó, vuelves a Ordoñez”. A pesar de que a mi mamá no le gustó mucho, yo sabía que él tenía la última palabra. Me puse súper feliz, porque por fin alguien entendía mi angustia. Otro recuerdo, que ya lo comenté, fue mi cumple de quince, se ocupó de que todo estuviera perfecto y yo pudiera disfrutar. En esa época estábamos muy bien económicamente y a lo que yo le pedía, él acedía. A veces eran puros caprichos. Reconozco que le sacaba bastante provecho, cosas que mis hermanos no tanto.

Como recuerdo feo, fue el día que tuve que decirle que estaba embarazada con solo diecisiete años. Se enteró todo el pueblo antes que él. El bioquímico que me hizo el análisis se encargó de divulgarlo. Incluso le preguntaban si era cierto y él respondía, obviamente, “que yo sepa, no”. ¡Cuando se lo dije!... Se puso como loco, encima estaba viendo un River – Boca, él era fanático de River y Boca le ganó. Empezó puteando por eso y terminó diciéndome de todo. Entre lo que recuerdo “pendejas putas de mierda, calentonas, no agradecen nada de todo lo que uno les da, se van a cagar de hambre, estoy harto”. Y no me habló más por varios días. Mi hermano me contó que después se la agarró con mi mamá y le dijo que ella era la culpable de esto, por qué, no sé. Quizá le reprochaba que ella también se había casado así y no pensaba que él era el mayor responsable de esa situación.

 Pero la tormenta pasó y la verdad es que le tomó mucho cariño a mi esposo y siempre nos ayudó.

                                                                                                              Mari (Neuquén, Neuquén)

 

 69. INFANCIA CON MI PADRE

¿Qué decir de mi padre? Desde que era pequeña admiré muchas cosas de él y odié otras. Admiré y lo haré toda la vida el tesón y el amor al trabajo. También al dinero, siempre quería más para un nuevo proyecto. Tenía compromiso con la palabra empeñada, cuando la palabra aún tenía valor. Era muy generoso con todo el mundo y buen amigo.

Odié mas de una vez su carácter, taurino impredecible, su machismo al cien por ciento y que le gustara tomar y fumar mucho. De hecho, esto último es lo que lo llevó a la muerte. Era bastante rencoroso también. Pero bueno, hubo que acostumbrarse a su forma, cuando yo nací el tenía cuarenta y dos años y un hombre criado como había sido él, dudo que pensara en cambiar.

Reconozco que conmigo era especial, yo siempre fui chiquita para él, aun cuando estaba casada y con hijos. Me decía Tiqui, nunca supe por qué, después se lo decía a mi hija, supongo que, como un modismo cariñoso, aunque él no lo fuera tanto.

Le gustaba conversar, siempre me preguntaba cosas y me contaba otras, que no me interesaban, pero peor era el silencio, especialmente cuando me llevaba a la escuela o me traía. Hablando de esto, recuerdo que parecía un transporte escolar, recogíamos en el camino a dos hermanitas que vivían muy lejos de la escuela, en la periferia del pueblo, que no emitían sonido, ni saludaban, nada, y mi papá les preguntaba cosas, y ellas no respondían, uno que otro monosílabos o movían la cabeza. ¡¿Son mudas estas nenas?! me preguntaba como enojado, a mí, delante de ellas. Hoy me da gracia, pero pobres las pibitas. Aunque todos los días nos esperaban paraditas en la calle para que las lleváramos. De ahí, si encontrábamos a mi maestra de primero, que iba caminando, también la levantábamos y la llevábamos.Hoy pienso que nunca hice lo que hacían mis hijos cuando los dejaba en la escuela, el beso al bajarme del auto. Él tampoco.

Se ponía contento cuando invitaba a mis amigas al campo. Nos compraba bolsas de golosinas, aunque no era sano nosotras disfrutábamos mucho. ¡Cosas “muy caras! decían mis amigas. Seguro lo hacía para conformarme y que no chistara cuando los viernes tenía que esperarlo hasta las once de la noche que el terminara sus campeonatos de truco y chupe con sus amigos.

Nunca me levantó la mano, ni siquiera me zamarreó, tan común en esa época, y más cuando él había sido un niño golpeado y maltratado por su padre. Aunque no lo necesitaba, tenía una mirada letal, y con solo clavarnos los ojos ya sabíamos qué teníamos que hacer.

Una vez mi hermana mayor me llevó unos días de vacaciones a su casa. Como extrañaba me trajo. Todavía recuerdo cuando papá llegó del pueblo y me vio, largó las bolsas con mercadería que tenía en las manos y gritó ¡mi amor!, ¡volviste! y me abrazó fuerte. Hasta el día de hoy recuerdo ese abrazo.

Quizá no fue el mejor padre, hizo lo que pudo. Pero lo recuerdo con mucho amor y aún hoy extraño su humor irónico, que tanto me hacía reír.

 Mari (Neuquén, Neuquén)

 

68. UNA VIDA JUNTOS

Tantos recuerdos, momentos compartidos, una vida junto a mi familia. Mis hijos crecieron con su dede (abuelo en armenio), junto a ellos. Tenías tu cuarto en la casa de Echeverria, qué historias, anécdotas. Años y años.

Te recuerdo  en la larga cocina, que tenía una mesada de tres metros de mármol de Carrara. Te sentabas a desayunar tu café, las criollitas con mendicrim y empezábamos a hablar. Más de una vez nos peleábamos a los gritoseinsultos pero a los tres minutos nos dábamos un beso, ambos éramos de sangre caliente, enojones pero por muy poco tiempo. Si se metía Avo, yo terminaba peleada con él ya que yo le decía no te metas nunca, es mi papá. Mi papá. Con qué orgullo lo decía. Mi sostén, quien me enseñó cómo se trata a las mujeres, elogiándolas para que crean en sí mismas, se sientan fuertes. Pero también tenias tu lado machista, mujer buena no hay y otros dichos que hicieron historia .

Tantos recuerdos. Llevabas a pasear a tus nietos, a Alex, el benjamín,  a jugar a la plaza, qué lindo, y a las chicas a la calesita de Libertador y Olleros, a varias cuadras, pero iban felices con su dede.

Me encantaba cuando en las fiestas me invitabas a bailar música de tu época, tangos. Me abrazabas y solo nosotros entendíamos el amor puro que había allí, qué lindo recuerdo. Luego de bailar venía mi beso con todo el agradecimiento. Me hacías muy feliz.

También tenías tus cosas no tan lindas pero eso ya es otra carta. Aprendí tanto desde tan joven que hoy es como si tuviera muchos más años de los que tengo, viví muy rápido pero estoy agradecida a la vida.

Ah. me acorde de cuando una mañana Lulu se levantó (dormías en el cuarto de al lado y compartían baño), salió de su cuarto y vio el papel higiénico desenrollado hasta tu cama. Nos despertó y nos reímos tanto, se había quedado enganchado en tu pijama. Fue una  bendición tenerte con nosotros hasta tus noventa y cuatro años.

Te llevo en mi corazón en cada momento, gracias, Dios, por la vida.

 Ross (Vicente López, Buenos Aires)

 

67. UN RECUERDO TRISTE

Te recuerdo el día que partió a la luz mamá, no sabías qué hacer, cómo te ibas a arreglar con una adolescente de trece años. Hoy imagino tu desesperación por eso y porque ella nos había dejado, a ambos .

No me dejabas salir, me buscabas del colegio, quedaba a dos cuadras de nuestro departamento pero venías, por las dudas que ningún muchachito se acercara a hablarme. No iba a los cumpleanios de quince, solo con Marisa, mi amiga, .y lo pude hacer porque  eras amigo de su papá. Tu hija en un colegio donde no había armenias, esa fue una razón por la cual Marisa vino al mismo colegio que elegimos nosotros porque era de mujeres solamente y de monjas. Cuántos recuerdos se filtran en mi mente, la vez que te enojaste mucho conmigo porque mi novio de veintisiete años estaba abrazado a mí en el sofá y me retaste. Nunca entendí por qué a mí, el adulto era él. Entonces ya empezaban a hablar entre los adultos de casamiento, a escondidas. Fuiste el mejor padre que pudiste con lo que sabías, no era fácil. Agradezco a la vida todo lo que viví contigo. ¡Te quiero, pa!

Ross (Vicente López, Buenos Aires)

 

 

66. EL MEJOR RECUERDO

Finalmente llegó el día, mi cumpleaños de 15. Tenía que ser todo como lo había planeado ella, mi madre, cuando hablábamos del tema. Partió pero había dejado sus instrucciones o mejor dicho, yo quise hacerlo como habíamos hablado.

Fui con papá al hotel Nogaro, el mejor de Córdoba. Vimos los salones, me gustó uno y empecé a armar mi fiesta de 15, mi vestido, los souvenirs, la comida, las flores, todo yo sola, una organizadora de eventos muy jovencita preparando todo para su propia fiesta. Papá tuvo que pedir un pequeño préstamo para hacer realidad el sueño de mi madre. Su nena ya era toda una mujer.

Estaban todas mis compañeras y sus amigos, mi novio y su familia, familiares pero lo mejor fue bailar el vals con él, mi papá, que con un pecho inflado de orgullo veía a su niña, qué lindo recuerdo, hizo todo como lo pedí para darme la alegría de celebrar, qué feliz fui. Ese recuerdo estuvo vivo siempre, ya que cada vez que había una fiesta, se escuchaba a Charles, Frank o algún tango, me sacaba a bailar. Cuánto lo disfruté, querido papá, gracias por esa fiesta tan llena de amor, mis quince años.

Ross (Vicente López, Buenos Aires)

 


65. BUSCANDO RECUERDOS

Busco recuerdos en mi memoria, no los encuentro, sé que mi padre me adoraba, miro las fotos en Mar del Plata, tendré un año, en upa al lado del mar,hay un amor tan lindo en su mirada,a su niña,su amor como me decía.

Escuché tantas cosas lindas que siento mucho su ausencia, fui bendecida con su presencia hasta sus noventa y cuatro años, viviendo en mi casa con sus nietos nietos.

Aparecen recuerdos pero este es de mis doce años, la paliza que me dio en el living de casa ,se enteró de que un amigo de mi edad me venía a buscar al colegio y ligué una para el recuerdo y todo porque no era armenio. Me veo manejando, estacionado, el Ford Falcón 64 negro con una rayita finita roja, lo tuvimos hasta mis quinc años cuando se convirtió en una casita para pollitos.

Fui muy feliz con él era mi protector. Recuerdo los domingos íbamos a tomar el té a Río Ceballos a una confitería muy paqueta con mis tíos, era muy lindo estar todos juntos.

Vino a mi mente cuando iba a nuestro negocio con él,era una mercería, y escuchaba su música, José Luis Perales, Camilo Sexto, Charles Aznavour,me las sé de memoria. Esas épocas donde hacía que vendía ,¡cuánto me divertía!A veces en el departamento corríamos a esconder en los tapones de la Luz la lista con números ya que el levantaba quiniela y estaba prohibido. Tengo imágenes fotográficas en mi mente, momentos, cariño, seguridad, amor. Muchísimos recuerdos en la vida de mis hijos, un montón, era el dedé, de la familia.

Lo extraño tanto, lo más lindo fue estar juntos, acariciarlo, abrazarlo, llorar, decirle lo agradecida que estaba con él, fueron sus últimos seis meses, donde tuvimos tiempo para despedirnos. Agradezco a Dios su presencia en mi vida y su recuerdo es muy fuerte en mi corazón, hizo lo que creyó que era lo mejor para mí, ¡Gracias, pà.!

Ross (Vicente López, Buenos Aires)

 

64.  CARTA A PAPÁ

Querido papá:

                     Quisiera que supieras que a pesar de todo lo vivido en mi niñez pude ser muy valiente y de a poco ir deconstruyendo el dolor, la inseguridad, la baja estima, el miedo, la ira y tantos defectos de carácter para convertirme hoy en la mujer que soy, íntegra, emponderada, una mujer que está aprendiendo a amarse y a respetarse a sí misma sin violencia.

Cuánto me costó mirarme con ternura, cuánto me costó mirar los errores de otros con ternura.

El autoristarismo con el que me educaste hizo de mí una persona rígida y estructurada conmigo misma y con mis seres amados.

Sanar tantas heridas me va a llevar lo que me queda de vida, pero lo seguiré intentando.

Ya aprendí que puedo disfrutar sin ser irresponsable, que puedo jugar sin apostar, que puedo divertirme sin lastimar.

Siento que estoy lista para vivir una vida plena, libre y feliz.

Quiero dar ese paso y saber de qué se trata sentirme bien conmigo misma sin resistencias ni limitaciones culposas porque ya aprendí que solo así otros podrán valorarme, respetarme y amarme.

Estoy sanando para poder ser feliz y  sentir paz, esa paz interior que conocí y no quiero soltar ¡Cómo cuesta, pá!

Te encantaría compartir un día con la familia que hoy somos. Mami ya te debe haber contado.

Rosana (Morón, Buenos Aires)


63. UNA PALABRA RARA

Palabra que me resulta RARA: Papá.

Hay pocas cosas y momentos vividos con vos.

Recuerdo momentos. Por suerte mi mente me ayuda y borra aquellos que me hacen daño.

Tengo siete años, estoy en uno de los pasillos de la escuela 257 en Villa Regina. Casi todos mis compañeritos están conmigo desde el jardín de infantes. Los niños pueden ser muy crueles y no existe un botón para silenciarlos. Una compañera, no recuerdo su nombre, , me dice: - “¡Vos no tenés papá!” Trato de no llorar y me defiendo: “Si, tengo papá, pero él trabaja en las salinas muy lejos”. Ella insiste:  “Pero no vive con vos…”. “No, porque trabaja. Cuando tiene vacaciones viene”. Sigo dando explicaciones que son mentiras, bah, no sé. No entiendo qué es tener un papá. Debe ser lindo. Bajo la mirada, me quedo sola en ese gran pasillo, triste, observando y perdiéndome en los baldosones de granito en tonos marrones.

Tengo cuatro o cinco años. Llegaste hace uno o dos días a casa. Todo es felicidad, abundancia, ricas comidas, jugo, chocolatada, usar por fin en la mesa el cuchillo y tenedor. Cuando venís, preguntás qué queremos comer. Todos decimos: carne, milanesas. Vos te tardas todo el tiempo, salís a hacer compras y tus negocios. Mamá te dice: “lleva a Javier o alguno de los chicos”. Vos contestás: “no".

 El día se hace corto con el entusiasmo, la euforia, alegría de ser ricos por un día.Casi no salimos a jugar porque queremos estar con vos.

Llega la noche y corremos la mesa, yo me disfrazo, me pongo un corpiño con dos medias y una bombachita y hago una escena que vemos en tv, que dice algo como: hasta la próxima tanguita… todos se ríen. Me olvido de los otros días. ¡Qué lindo serpia que te quedaras!

Trato de no dormirme, hago fuerza para que no se me cierren los ojos porque nunca escucho cuando vos te vas. Nunca hay despedidas. Te vas de noche sin hacer ruido.

Salgo como puedo de esa cuna que ya me queda chica, los pies sobresalen de los barrotes, pero a mí me gusta. Creo que no hay muchas otras opciones para mí en la habitación. Estoy parada en el pasillo, veo la puerta del dormitorio abierta, y, a través, la cama de mamá, donde creo que dormÍs pero ya no estás, ya te fuiste, ya se terminó el recreo, la rica comida.

Cierro los ojos, bajo la cabeza y trato de ser feliz otra vez. Pero hoy y mañana voy a estar triste, un poco apagada sin muchas ganas de jugar.

A veces, sin decirle nada a mis hermanos me cuelgo de las rejas que no son muy altas y miro a lo lejos, en la calle para ver si te veo. Para ver si aparece tu silueta y puedo decir: ¡ahí viene papá!

A veces te veo o creo verte. Una vez te grite con un grito que no quería que terminara de salir: “¡papá, papá!” con tristeza, esperanza. No muy fuerte para no quedar como una tonta. Con muchos deseos  de que fueras vos y miré fijo pero nuevamente me había equivocado,  no eras vos. ¿O eras vos y no te diste vuelta?

 Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)

 

62. TOMAR DISTANCIA

Busco y busco en mi mente y entiendo que además de tomar distancia, en alguna ocasión que podemos compartir siempre estoy rodeada de mis verdaderos afectos que son como un escudo de protección para no salir lastimada o más desilusionada.

No hay relatos, ni vivencias con mi padre y si las hubo mi mente las borra.

Ahí está, lo veo, quizás está cerca pero no permito mucho más. Para mi, él es un agresor. Para no salir lastimada debo tomar todo tipo de distancia, tanto física como emocional.

Conversación en pandemia, setiembre 2020.

- Hola, hija, ¿cómo andas?

- Hola, papá; bien, ¿vos?

- Bien, bien, hijita; ¿cómo andan los chicos?, ¿la flaquita? Me contó algo Gaby.

- Complicados por la salud emocional de Mica. Es un día a día.

- Pucha.., ¡ qué bárbaro!; pero,por qué está así?

- Son muchas cosas. Pero lo que más la afecta es la ausencia y abandono de su papá. (Cuando las palabras salen de mi boca me doy cuenta de que podrías sentirte mal o TOCADO). 

- Contame vos, ¿cómo andas?; ¿estás trabajando?, ¿cómo anda la abuela?

La conversacion sigue un poco más. Estoy demasiado triste y ocupada en mi familia. Te escucho. 

- Me alegro que estés bien. Cuidate. Saludos a la abuela -concluyo

Conversación pandemia, octubre 2020.

Voy viajando con Martín. Hacemos una parada obligatoria para cargar GNC.

Comento en el grupo de la familia donde mi papá no está) que le voy a manguear un asadito para festejar el día de la madre.

- ¡Hola, papá!, soy Silvana.

- Hola, hija, ¿cómo estás?

-Bien, ¿vos? Voy viajando hasta Cipolletti. O sea que paso por Rio Colorado en un rato. Me contaron que te peleaste con la abuela, ¿por qué?, ¿dónde estás viviendo?

- Sí, discutimos, sacamos trapitos al sol. Ahora ni nos hablamos. Estoy en una de las habitaciones del hotel.

- Ah... O sea que la ves todos los días.

- Sí, sí, pero ni nos saludamos.

- ¿Sabes por qué te llamo? Te quería proponer, si querés y podés; como se viene el día de la madre quizá podés mandar para hacer asadito, para festejar en familia.

- Ah... pero no sé si voy a poder. Llamame cuando den la vuelta y veo si consigo algo.

- Bueno, dale.

Pasan ocho horas, lo vuelvo a llamar.

- Hola, papá. Acá estoy por pasar por Rio Colorado.

- No, hija, no pude conseguir nada. Tal vez la próxima si me avisás con más tiempo.

- Bueno. Trata de hacer las paces con la abuela. ¡Aprovecha que vos la tenés!

- No, con esa señora no quiero saber nada. Chau, hijita. Saludo a los chicos.

- Chau, papá. Cuidate.

 Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)

 

61. ANONIMATO

Gaby se casó con Jorge al poco tiempo de llegar a Bahía Blanca. Tengo trece años. Estamos en su casa Paola yo, no recuerdo si otro de mis hermanos.

Incómoda frente a la visita de papá pero protegida por la presencia de mis hermanos. Estamos en su pequeña cocina comedor donde hay una gran ventana desde donde se ve la calle transitada y se escuchan los ruidos del tránsito. Es una tarde de otoño, el sol ya está por ocultarse. Escucho una camioneta, baja un hombre que conoce a mi papá de toda la vida, parece. Seguramente viene a la casa de mi hermana porque sabe que ahí está mi papá y deben tener negocios o deudas pendientes.

Golpea la puerta, mi hermana lo hace pasar. Observo a mi papá como amablemente atiende a su amigo con una sonrisa forzada y nervioso le dice: te presento a mis hijos. Entonces va nombrando y señalando a Gaby, ella le da un beso luego dice Paola, también ella se acerca y le da un beso, luego dice Silvana me acerco y lo saludo. Pensando mientras veo y vivo esta escena como desde arriba ¿quién será esta persona? ¿de dónde se conocerán? ¿será un conocido de negocios?

Mi hermana mayor le aclara al hombre que somos seis hijos de Rubén, que en esa ocasión hay hermanos que no están. Se lo ve nervioso a mi padre. Pienso: ¡qué incómodo se debe sentir! Pobre...

Este hombre que no recuerdo su rostro ni puedo describirlo, asombrado, le dice: Gordo, ¡no sabía que tenías hijos y menos seis!

 Es lo más doloroso y lo último que recuerdo de este día. Creo que en ese momento perdí todo tipo de esperanza o la chispa más chiquita de ilusión de una posible relación con mi padre.

Se encajan las últimas piezas en mi cabeza y mi corazón, ahora entiendo todo.

Esa ilusión de que quizá no fuiste el padre que quería o necesitaba porque no podías se murió en ese momento, esta tarde. Ni siquiera lo intentaste. No existimos. No tenés hijos.

Hubiese sido menos doloroso si me enteraba de que mentís o ponés excusas pero vos simplemente obvias decir que tenés hijos. 

Me dio tanta bronca presenciar esto. Tanto dolor. Esta tarde en casa de mi hermana una vez más y la última me dije a mí misma: ¡ya está! ¡Es esto y era esto! No hay manera ni ganas de revertirlo. No hay más PAPÁ.

Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)

 

60. UN DESCONOCIDO

No encuentro ni hago esfuerzos en decirte algo porque siento que es en vano. Me di cuenta hace mucho de que no iba a haber cambios. Entonces no los busqué. No me interesa.

Esas visitas furtivas, esa mirada tuya siempre con lágrimas. Todas las privaciones que pasamos, toda la tristeza que arrastramos. Ver a mis hermanos padecer de una u otra manera tu ausencia, tu desamor, tu ignorancia o falta de interés.

Fuiste y sos la persona que más debería haberme amado, cuidado y de chiquita entendí que eso a mí no  me tocaba.

Siempre tuve en claro quién estaba, quién trabajaba, quien amaba, quién cumplía tu rol.

Siempre pensé y entendí que me tocó la mejor mamá por tener el peor papá.

Resolví en mi mente que sos un buen hombre que no tiene las herramientas ni los deseos de cumplir su función de padre. No esperar nada de vos; así es mejor porque si viene algo bueno es una sorpresa pero, basta de soñar y salir lastimada.

Tu presencia me incomoda, me irrita, me pone nerviosa porque sé cuál debería ser nuestra relación y no existe nada de eso. Sos un desconocido. Yo quiero hasta ahí. Compartir un asado, una charla estando todos, pero solos, ¡no!

No tengo cosas que reprocharte o son un millón. Siento que no vale la pena ningún esfuerzo por lograr una relación padre e hija. Vos tampoco haces nada. No te sale, no podés o no te interesa. Me da igual.

Sos el claro ejemplo de lo que hoy de adulta entiendo me molesta tanto: el egoísmo y la mentira.

Mamá te defendía: que tu niñez, tu madre que te abandonó, tu papá un borrachín, tu adicción al juego…

Debería quizás agradecerte porque todas las adversidades provocadas por tu ausencia me hicieron más fuerte.

No sabés la fecha de mi cumpleaños, ni mis gustos y hasta me animo a decir que no sabés mi segundo nombre. En mi nacimiento, ¿dónde estabas? Mamá y mis hermanos me contaron que nací casi muerta. ¿Dónde estabas cuando no apareciste para pagar la clínica? Mamá con vergüenza, después de insistirle, a los treinta años me  contó que tuvo que escapar del sanatorio por una ventana porque no tenía el dinero para pagar los gastos. ¿Dónde estabas cuando  mamá junto con testigos tuvo que asentarme en el registro civil casi tres meses después de mi nacimiento? ¿Sabías que en mi documento figura una fecha que no es la real?

¿Dónde estabas cuando inocentemente interrogaba a mamá? ¿por qué no hay fotos mías de bebé?

Cuando preguntábamos por vos, mamá  nos decía que ibas a aparecer cuando ya todos fuéramos grandes. Y así fue, pero ya es tarde.

Silvana Sánchez (Bahía Blanca, Buenos Aires)

 

59. EL RITUAL DE PAPÁ

 Hoy es sábado, papá volvió de San Juan hace como dos días y nos tenemos que ir a las montañitas de la avenida General Paz porque mamá va a limpiar y hacer la comida. Dani está sentado en el piso con las revistas del Pato Donald susurrando todo el tiempo y papá se está preparando para afeitarse. Tengo ocho años y me encanta mirar toda la ceremonia: primero prende la cocina y hierve agua, después se prepara la brocha que tiene unos pelitos suaves, la crema de afeitar, la maquinita con la gillette y la toalla chiquita. Mientras papá va a buscar el agua caliente yo agarro la brocha y me la paso por la cara ¡Qué rico perfume tiene y qué suave es! Ahí viene papá. Se pone frente al espejo con todo listo y empieza a hacerse espuma con la brocha, parece un poco apurado, pero lo hace bien: moja la brocha en el agua caliente y después en la crema y se forma una espuma espesa. Papá sigue mirando el espejo, con sus ojos tan claros y tan brillantes como un diamante, yo estoy en la puerta del baño mirándolo hacia arriba porque él es muy alto. No me habla para nada pero me gusta el ruidito de la crema que recorre su cara, cada tanto me hace chistes como que es un viejo barbudo, o hace muecas graciosas para que yo me ría.  Ahora agarra la maquinita y empieza a sacar toda la espuma… ¡Ese ruidito es el mejor! Siento cada afeitada y no se olvida de ningún rincón de la cara, solo se deja las patillas, bastante largas y rubias como su pelo. Sigo sintiendo el olor de esa crema que después, cuando me acerco, no se le va y me gusta tanto. Su cara va quedando con una mezcla de colores: el rojo de la sangre, lo blanco y su piel. Después se enjuaga y se seca con la toalla, varias veces con cuidado porque siempre le queda una herida. Me preocupa un poco que se lastime, pero él tiene solución para todo. Cuando termina, le pido que me deje tocarle los cachetes, tan suaves e impecables. Mejor me voy a vestir, me quiero poner mis pantalones cómodos y el pullover abrigado porque afuera hay un poco de viento. Me gusta el viento.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)



58. SANTA TERESITA

Pensar la felicidad en mi infancia es, sin dudarlo, viajar a Santa Teresita en febrero, cada verano. No cuando yo era muy chiquita. En esa época el dinero no abundaba. Después tampoco, pero ya nos podíamos dar algunos gustos.
Decir febrero era decir un mes entero en la playa, sol, libertad cumplir años lejos de casa, pero, sobre todo, era decir tiempo en familia.
En la época en que a mi papá empezó a irle mejor en el trabajo, alquilaba un departamento a uno de sus clientes, a dos cuadras del mar. Mis hermanos y yo pasábamos el mes entero con mi mamá, mientras él volvía a trabajar a Buenos Aires para regresar con nosotros el fin de semana siguiente o, a más tardar el doce para celebrar conmigo mi cumpleaños. Los últimos quince días eran la gloria; estábamos los cinco juntos.
Mientras fuimos chicos, adoraba jugar a la paleta con mi papá por horas, mientras mi mamá vigilaba de cerca a Diego para que no se perdiera entre la gente. Siempre le ponía mallas color flúor para identificarlo enseguida. Hernán no se movía de su pista de autos, a la que se agregaban todos los varones de las cercanías. Mi papá le preparaba unos circuitos impresionantes con desniveles y puentes. Cuando terminaba esa obra de ingeniería, nos dedicábamos a la paleta, seguros de que no viniera a interrumpirnos. Mamá en la orilla del mar hacía saltar las olas al benjamín de la casa.
Cuando nuestro partido terminaba, nos íbamos a zambullir los cinco. Mamá y yo desafiábamos las olas más altas, mientras mi papá se quedaba con los varones en la parte más baja.
Llegado el mediodía, mi mamá volvía al departamento a preparar la comida y a la media hora emprendíamos la vuelta con mi papá.
Siesta obligada a la hora del sol fuerte y vuelta a la playa.
El día no era completo si no viajábamos en la alfombra mágica, que fabricaba mi papá con una lona bien resistente.
Mientras él rastrillaba el médano y toda la arena alrededor de nuestra sombrilla, para asegurarse de que no hubiera nada que pudiera lastimarnos, nosotros ayudábamos a mamá a limpiar y guardar las paletas, los baldecitos, los moldes y las palitas, en el bolso naranja con flores.
Al terminar cada uno con su tarea, llegaba por fin el momento más divertido.
Con el sol ya poniéndose, la playa casi vacía, con nuestros buzos puestos porque a esa hora refrescaba bastante, mi mamá volvía a preparar el mate. Se sentaba cómodamente en la reposera y se disponía a disfrutar del espectáculo.
Nosotros tres subíamos corriendo el médano con mi papá, al grito de: "El que llega último pone la mesa".
Una vez en la cima, nos ubicábamos en la lona por estricto orden de estatura. Atrás iba yo, la mayor con las piernas abiertas, dejándole lugar a Hernán para que se sentara. Él hacía lo mismo con Diego. Y así, estando los tres listos, mi papá tomaba la lona de la punta y bajaba corriendo el médano, arrastrándonos hasta llegar a mi mamá, por ese circuito que tan bien había preparado. Volábamos. Ni Aladin habrá sentido tanta adrenalina en su alfombra mágica.
Nos reíamos hasta que nos dolía la panza. Y repetíamos el proceso una y otra vez. Hasta que los pulmones de mi papá colapsaban por el esfuerzo de un día tan agotador pero pleno como pocos.
Así emprendíamos la vuelta: llenos de arena y de felicidad.
Y cuando llovía, la frutilla del postre era volver cantando todos amontonados, debajo de la sombrilla abierta.
Obvio que no todo era color de rosa. Cuando llegábamos, empezaban las peleas porque ninguno quería bañarse primero y mucho menos encargarse de poner la mesa.
Después de cenar, el tema era lograr que nos durmiéramos temprano. Mamá decía que así íbamos a poder levantarnos con el tiempo suficiente, para volver a disfrutar de otro día maravilloso.
Y tenía razón.
Todos los días lo eran.

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)


 57. PINTAS

Estoy sentada en la cama grande. Dicen que soy chiquita, tengo cuatro. 

Mamá quiere darme un asqueroso líquido blanco con olor a menta. ¡No quiero tomarlo!

Cierro la boca fuerte. Se me caen las lágrimas y empiezo a gritar: No, no y ¡NO! No lo voy a tomar. 

¡Ah, llegó papá por fin!

Tiene un traje azul y corbata. Mi papá es bueno, me va a salvar. Mamá le cuenta lo que pasa. 

Él se sienta al borde de la cama, toma la cuchara despacito, me está acercando la mano y yo voy a probar, pero el olor de “esta cosa” me hace escupir muy fuerte y su cara  y su traje se llena de pintas blancas. 

Veo a mamá parada, está muda. Mi hermana se ríe a carcajadas y creo que papá se va a enojar mucho, pero se empieza a reír y mientras saca el pañuelo del bolsillo me toca la cabeza para ver si tengo fiebre. 

Florencia Zaldívar (CABA) 

56. PAPÁ, AHORA

Él está ahí, sentado, todos los días de todas las semanas de todos los meses desde hace un año. Lo fui perdiendo de a poco desde su primera isquemia y luego otra y luego el infarto y todo lo que le provocó la vejez… No fue el mismo, sus ojos, que brillaban como dos estrellitas azules, fueron debilitando su luz, y su mirada, se fue apagando muy lentamente. Su fuerza física, la que llevaba las bolsas pesadas de supermercado, se fue atrofiando; su porte seductor se fue encorvando; su voz y parloteo se fueron desgastando, entonces la casa fue quedando un poco desolada sin su energía. Espera curarse, renacer, porque quiere seguir viviendo.

Lo primero que me dijo cuando quedó ciego de un ojo por el infarto fue ¡Con todo lo que tengo que hacer por Dani! y en aquel momento se me partió el alma en dos, se apoderó de mí un sentimiento diferente, algo que voy a llevar toda la vida cuando no pueda verlo más, pero me consuela que hizo lo que quiso, sin mirar atrás, con la frente alta, seguro de sí mismo y caiga quien caiga.

Cuando me di cuenta de que a mi papá le había llegado la hora de parar, de depender, de que su salud se deterioraba lentamente y comenzaba el último tramo de su vida, lloré. Lloraba en los colectivos, lloraba en los rincones de mi casa, lloraba aferrándome a mis nietitos. Luego acepté. Y finalmente me propuse abrazarlo, cosa que nunca me gustó que él hiciera conmigo , todavía no sé muy bien por qué.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña)

 

 55. INFIDELIDAD

Será porque el problema de infidelidad era algo entre mamá y papá…

Será porque cuando tenía doce años, e hice el test vocacional, la última pregunta fue ¿Quién es tu héroe favorito? y yo contesté Mi papá. Será porque cuando me preguntaron ¿Qué animal representa tu papá? Yo contesté El pingüino -el que cuida el nido mientras la hembra sale a enfrentar los peligros al océano para llevar la comida al hogar-. Será porque me inventé un héroe que resolvía todo, yendo de ciudad en ciudad, y un día me di cuenta de que ese ser ficticio era una persona real, que cometía errores, que sufría en silencio la discapacidad de Dani, que no aceptaba hacer terapia porque eso era “de locos” y que no supo ver más allá de su dolor.

No me separé de tu madre porque no la podía dejar sola con Dani, me dijo un día cuando fui adulta. Estoy con otra mujer porque ella me trata bien y no como un trapo de piso como lo hace tu madre, me comentó otra noche que vino a mi casa especialmente a contármelo. Fue la única conversación que tuvimos cara a cara y lo comprendí (hacía ocho años que ella no se dejaba tocar por él), sentí alivio y sorpresa a la vez, todas las piezas del rompecabezas se unieron enseguida. Entendí por qué mamá no se quería casar cuando tenía todo preparado; por qué lo echó una de sus jefas de un excelente trabajo que tuvo y por qué, en uno de sus viajes, se contagió de ladilla. Todo cerró.

Pero luego fueron años de no creer en las relaciones amorosas porque los celos me carcomían, para mí todos los hombres eran infieles Ese modelo de pareja creada en mi mente se arraigó para siempre y se me instaló un bloqueo del que aún hoy no puedo salir.


54. LA PEOR ANÉCDOTA

Tenía diez años. Había ido a un evento sobre discapacidad con mamá, papá y Dani, no recuerdo bien si era un torneo deportivo o recreativo, a mí me gustaba estar en aquellos lugares, los veía a ellos contentos y la pasaba bien. Por suerte y a pesar de ser tan tímida, hacía amigos de todas las edades, además era enamoradiza –siempre de chicos más grandes. A veces iba con mis primas, éramos todas de edades seguidas y encontrábamos la forma de ser felices juntas. Yo era una niñita muy observadora, atenta a los demás (tal vez un poco controladora), no me gustaban mucho las aglomeraciones de gente, pero las toleraba porque hacía de algo muy aburrido o incómodo, un juego. Mis padres siempre estaban en su mundo, eran muy sociables, agradaban a los demás y eran un poco “los padres estrella”.

Cuando el evento terminó nos comunicaron que había un ágape en el salón principal. De repente la muchedumbre entró; estábamos todos medio apretados en el interior. Mi mamá le dijo a papá ¡Agarrá a la nena de la mano!Comenzaron a entrar unas chicas muy lindas, vestidas con unos enteritos de mangas anchas y pantalones Oxford muy ajustados de color dorado promocionando el aperitivo Cinzano, entonces a mi papá se le empezaron a dar vuelta los ojos y encaró hacia una de ellas y dijo en voz baja ¡Mirá lo que es eso!. Mi corazón se detuvo por un instante, la garganta se me cerró y lo primero que pensé fue ¿Eso? Mi ídolo cayó de repente en picada y mis sentimientos oscuros empezaron a retorcerme por dentro. No pude olvidar esas palabras por muchísimo tiempo, me persiguieron por días y fue el comienzo de una larga historia de rechazos y desilusiones hacia él.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña)  

 

53. CARTA DE PAPÁ

Acaba de llegar una carta de papá desde San Juan, ¿a ver?, ¿qué dirá?. Cuenta lo que hace y dice que nos extraña, ¡Qué letra grande y linda tiene! A mí lo que más me gusta es el dibujito que hace de nosotros cuatro juntos ¡y lo hace para mí! Estoy un poco apurada porque tengo que ir a jugar, ya preparé todas las muñecas arriba de mi cama y los vestidos para disfrazarme. ¿Cuál me voy a poner? Tal vez sea la mamá que baila…tengo que elegir el disco para poner de fondo…Mamá sigue leyendo y Dani se pone inquieto, creo que él también quiere ir a jugar con sus frasquitos. No entiendo muy bien por qué juega a golpear esos frasquitos como si fuera Titanes en el Ring. Me imagino qué estará haciendo papá: el hotel, los caminos de tierra, el restaurante donde come, el auto de Gómez que nunca anda, ¡el calor que hace allá! y yo acá en Buenos Aires voy a la pileta del Club y me divierto. Ahora mamá llora un poco y Dani la abraza pero yo ya me quiero ir a la pieza y cerrar la puerta, no quiero que nadie me moleste. ¡Ah! Creo que voy a poner a Los Beatles para bailar…

52. MI PAPÁ

Mi papá siempre fue una persona muy alegre, con unos hermosos ojos celestes y profundos; un tipo encantador, seductor, sensible y verborrágico. Puntual y egocéntrico, listo para dar la batalla diaria; le ponía el cuerpo a la solidaridad que es lo que heredé de él. Mujeriego y activo, ansioso e impaciente, todavía no entiendo cómo tuvo la perseverancia de enseñarnos a lavarnos los dientes y las manos y a vestirnos solos.

Fue actor, y, aunque no había llegado a sexto grado, hablaba perfectamente inglés . Le gustaba bailar, leer y le apasionaba el jazz. Fue el menor de ocho hermanos, un muñequito rubio  hijo de italianos -que vinieron de muy chicos a Argentina- de carácter impulsivo y contestador.

Durante mi infancia papá tuvo un trabajo de viajante, nunca supe muy bien de qué se trataba, se iba por quince días o un mes y se quedaba un fin de semana, los que eran una fiesta para mí: íbamos a comer afuera, al cine, al teatro y nos hacía reír mucho imitando voces de personajes o instrumentos de viento como si fuera un músico de jazz. Íbamos a las montañitas de la General Paz para rodar, saltar y correr –esto era muy bueno para la estimulación de Dani- nos enseñó a andar en bicicleta, se subía a los autos chocadores, la montaña rusa y el tren fantasma. Pero, cuando se iba venía el dolor, era una tristeza tan profunda y desoladora que yo no la podía soportar (aunque me terminaba adaptando y seguía mi vida sin padre). Nunca iba a una reunión ni a un acto escolar, nunca unas vacaciones, nunca sentarse a hacer la tarea. Entre mi papá y yo no hubo conexión emocional..(nada, no; nombraste muchas cosas)  Padre bueno y divertido -jamás nos levantó la mano, no peleábamos ni discutíamos- pero nunca tuvimos una conversación, nunca manifestó el mínimo interés por mis gustos, sentimientos, necesidades afectivas y, además, me mentía. y Ahora me doy cuenta de que demasiadas cosas acaparaban su atención: mi mamá, su obsesión por Dani, sus aventuras amorosas. Supongo que no le quedaba resto para establecer un vínculo más cercano conmigo.

Siempre culpé a mi mamá por todo, pero más adelante entendí que ese abismo entre papá y yo me afectó más de lo pensado. Creo que de grande compensó con dinero su ausencia y estuvo presente para toda colaboración material, pero me siguió faltando su interés por mi persona, mis cosas o mis sentimientos, la crítica estaba al pie del cañón. Nunca, jamás, en los cuarenta años que llevo en la actividad musical me preguntó cómo me iba. Hoy tiene 87 años, me siento a su lado, y no sé de qué hablar.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña)

51. HALLAZGO


Tal vez los recuerdos se eligen, o la forma que le damos a cada uno. Vamos moldeando lo vivido, los hechos y su alcance, acotando detalles o exagerándolos, acomodando su impacto a nuestra necesidad de sobrevivir, eligiendo la vida y la muerte que queremos darles.

Quizá los años, lo transcurrido en el vivir, cierto olvido, los matices que no vimos, la humanidad que nos atravesó, todo ello perfile el contorno de nuestra memoria.

Nada puede deshacerse, pero sí reconstruirse desde la mirada, de esa que ve con la intención de iluminar el alma y liberarse de las sombras.

Llevó tiempo, pero aquí estoy, ante las hojas que he escrito y sanan. Esas hojas en camino de compartirse, venciendo trabas y saliendo al fin de mí. Y me pregunto si esto fue casual.

Hace poco tiempo, ordenando libros guardados hace tanto, de uno de ellos cayó un pequeño papel. Reconocí tu letra y al verla, una porción de tu presencia estaba ahí, conmigo. Era  una corta frase, y decía algo sobre que las palabras que no sacamos nos enferman (no estoy en casa ahora, no tengo ese papel, pero lo transcribiré exactamente cuando vuelva). Sentí que me hablabas, que en ese mismo instante estabas escribiendo para mí, señalándome el camino que me esperaba, que debía transitar. 

Y comencé a hacerlo. Puede que sea un camino que no tenga fin, pero andarlo ya hace bien. 

Hoy, al recordarte, una sonrisa aparece en mi cara, las manos van hacia un abrazo que se cierra con las tuyas, y nos vemos sabiendo que es así como queremos estar.

Papá, tu imagen me devuelve el hombre que armé a la medida de mi memoria. Y me trae paz. Lo que fuiste y lo que fui, en la historia que resultó, tienen la alegría y el dolor, y elijo que así sea. Porque no hay vida que no contenga a ambos. 

 

Pasaron los días, regresé a casa sintiendo la necesidad de encontrar ese papel. Era mucho más que leerlo, era volver a escucharlo.

Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)


50. RESCATE

Intento escribir sobre vos, sobre lo peor de vos, y no puedo ponerle límites a un hecho, no puedo circunscribirte en uno, reclamarte o reducirte a algo puntual. Tal vez porque con los años ya te he rescatado, o me he rescatado, en la memoria. Los recuerdos me traen derivaciones de hechos, instantes que fueron huellas, sentimientos que vuelven con sosiego o cierto barniz de redención. 

No había plata en casa, un día de tantos así, y vos tampoco estabas. Sí mamá y la angustia ante sus hijos. Yo necesitaba un cuadernillo de esos con espiral, me dijiste que en tu cómoda había algunos de papá, que quitara las hojas usadas y serviría. Fui a tu cuarto, abrí el último cajón de ese hermoso mueble de roble que hoy me acompaña en mi propio cuarto, y saqué el primero que encontré. Comencé a hojearlo, apenas estaba empezado. Al ir contenta a mostrártelo, algo cayó de entre sus hojas. Lisos, pegados entre sí, con la sorpresa inicial y luego la alegría por lo que significaban, varios billetes de cien dólares quedaron en el piso. ¿Cómo estaban en ese cuaderno? ¿Quién los había puesto? ¿Sería ella que solía esconder plata para los tiempos duros, o papá que los olvidó y se salvaron de terminar en una mesa de juego? Pero si hubiera sido ella se acordaría. No importaba, estaban ante nosotras. 

Sólo atiné a ir corriendo de nuevo a esa cómoda, había otros cuadernos. Abrí cada uno con el deseo de sorpresas. Y así fue, cayeron más billetes desde las letras de papá.

Me mandaste enseguida al almacén de la esquina, a ese que al que ya no nos mandabas, a saldar la deuda, y con una lista de lo que tenía que traer. 

La alacena volvió a llenarse. Pero para mí, lo mejor fue haber sido quien, fortuitamente, te alegró el día, la mensajera que llevó risas a tu cara, la intermediaria entre el gris y la irrupción de colores. 

Papá, pese a todo, nos estaba salvando unos días, aún sin intención y sin saberlo. 

Me doy cuenta de que hasta esas mínimas cosas han estado encerradas en mí, han ido llenando de palabras guardadas un cuerpo que se vistió de coraza. Pero algo, sin darme cuenta casi, ha ido adelgazando esa cubierta y pareciera querer convertirla en hilos de seda. 

Josefina, tu primera nieta, nació dos años antes de que te fueras. Y la felicidad se notó en tu cara. Ya en casa, sosegado, con jóvenes años pero cansado, volvió el hogar estable.

También a veces asomaban rastros del dolor, pero los disimulabas.

Aún recuerdo la alegría que sentías al subirla al carrito, abrigarla, cargar la mamadera por si acaso y salir caminando hacia el bar de todas las siestas, a encontrarte con tus amigos, y mostrar orgulloso esa porción de vos. Me hace bien pensar que, en esos últimos tiempos, ayudé a darte algunas de las risas más francas que vi en tu rostro. Me quedé con la imagen de esa felicidad, de ese cuerpo que volvía a erguirse ostentando satisfecho el título de abuelo, con el amor que volvió para quedarse en mí por siempre.

Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)


49. TINTINEANDO MONEDAS

 

Te veo saliendo de casa, luego de almorzar, por la calle lindera, a encontrarte en el bar con los amigos de casi todos los días.

Te miraba irte. Caminando de espaldas hacia mí, tu figura alta, los hombros algo caídos, vestido de azul (no sé por qué, pero siempre te pienso en ese color). 

Tus brazos extendidos hacia atrás, una mano tomando a la otra de la muñeca, y el sonido que hacías con las monedas girando entre tus dedos. El tintinear se iba apagando a medida que te alejabas. Y yo quedaba ahí, en el porche de entrada, hasta que doblabas hacia el mar en la siguiente esquina. 

Es una imagen que me habla de tu irte, de tu repetido irte. Cuando las cosas no iban bien, cuando tantas veces al despertar notaba que faltabas otra vez. Te ibas. A veces al campo, con la abuela, otras veces no sé. 

Te conocí con la alegría, con los chistes, con la energía, con el idealismo, con la enorme y unida familia, con la infancia más feliz. Con lo que entonces bastaba y era el mundo.

Te fui desconociendo con los años. O mejor dicho, me enfrenté a cosas que no había conocido en vos. 

Te amargó que nosotros viéramos el dolor de la ruptura, de esa que astilló las grandes fiestas familiares, enfrentó a los adultos que creíamos inseparables, sembró decires a media voz y sospechas en susurros, alejó los lugares de encuentro y nuestra infancia.

No pudiste lidiar con la decepción, con el enojo, con el fracaso. 

Te refugiaste en apostar. Y perdiste. 

Jugaste y nos jugaste a todos. 

Enfermaste, no sólo físicamente.

Contradictorio, nos enseñabas valores y no podías con vos. 

Me dolió tanto ver tu dolor. Quería salvarte. Y no pude.

Crecí. Vivir te hace entender que nunca terminamos de conocernos. Que cambiamos. Que se recorre un camino sinuoso con infinidad de destinos posibles que no siempre pueden ser previstos. 

Que cada uno lleva su mundo dentro, y a veces es tan oscuro que duele. 

Qué no somos perfectos, tampoco yo.

¿Reproches? No. Los años...y el amor que es más fuerte. 

Te vas caminando de espaldas cada vez, tintineando monedas. 

Pero estás en mi, papá, aún resonando.

Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)

 

48. PAPÁ

 Mi infancia ligada al campo, la libertad, los juegos, la diversión de tantos primos juntos, el mundo feliz que nuestros adultos nos presentaban, todo ello era la síntesis de un vivir ideal.

Recuerdo cuánto me gustaba acompañarte en alguna recorrida, conocer otros lugares, aunque a veces tuviera que esperarte en el auto mientras vos hablabas con quien habías ido a ver, porque era trabajo y cosa de grandes. Me gustaba quedarme sola y observar. 

Y era muy lindo cuando íbamos muchos, mis hermanos y primos. Era una fiesta. Casi siempre cantábamos, esas canciones que nos enseñaban y que repetíamos tantas veces. De grande me doy cuenta de que las letras de varias no eran alegres, pero era tan divertido ir todos cantando con tantas ganas! 

Mambrú se va a la guerra...y no vuelve...

Se va la barca y con ella el amor...

Son tres alpinos que también vuelven de la guerra...

Los maderos de San Juan, que piden pan…

La farolera que tropieza y se enamora del coronel…

Los ojos verdes que se venden porque han pagado mal…

Recorrer caminos de tierra, saltar al ritmo de los pozos, deslizarse en el barro. Todo era aventura. 

Con los años te miro desde fuera de ese auto, de esas canciones, de esa infancia cuidada. 

Y veo los caminos que siguieron después. El mundo fue ampliándose a través de los años, dejando que en ese vivir ideal de entonces irrumpiera la vida, sin velos, sin contemplaciones. Y vos, como ese papá también hombre, contradictorio, con aquello que no había conocido, con las zonas que ocultabas, con lo que no pudiste manejar, con las caídas y frustraciones. 

Te fuiste joven. Dijiste que te ibas feliz, que tu logro eran cinco hijos de los que te sentías orgulloso. En ese momento no me alcanzó. Sentí que más que tu muerte, me dolía parte tu vida.

Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)


47. ABRIR LA CAJA DEL PASADO 

En el campo, debajo de los árboles, te veía arrimando  brasas al asado, en silencio, y apoyado en el mismo palo que usabas para avivar las leñas. Yo estaba sentada en el tronco de eucaliptos. Nos hablábamos con la mirada, pero las palabras quedaban a mitad de camino entre la cabeza y el corazón, buscando alguna forma de escapar.

Pensaba: " Te quiero, papá, me gustan tus asados, son únicos para mi, valoro el tiempo que le dedicas, valoro tu esfuerzo cuando apenas entra aire en tus pulmones, sé que  te hace feliz reunir a la familia los domingos".

Vos me conocías bien, sabías que ese día tenía otras cosas que contarte. Con una actitud distraída pusiste un tronco que comenzó a arder con fuerzas, aproveché el calor y la danza chispeante de la llama para hablar. Poco a poco las palabras se iban derritiendo:" Ayer visité a tus primos, uno se llama Simón, como el abuelo, él era su padrino" y continué,  " Sabés qué yo siempre había imaginado al abuelo morocho y alto, pero me contaron que era como vos solo que de ojos claros, que trabajaba duro en el campo, que era buena persona y que…".Ahí me detuve. Te pude ver con los ojos perdidos en el infinito. Me di cuenta, no querías oírme, era mucho tu dolor, mucho tu sufrimiento , y yo estaba escarbando sin preguntarte  ni preguntarme si querías que te contara la historia. Sentí que estaba revolviendo  una caja con telas de arañas, una caja que nadie se había atrevido abrir porque estaba llena de ausencias, de misterios, soledad, miserias  y sufrimientos de otros tiempos, pero aún tan  vivos en vos, papá, como en aquel entonces.  Abrir aquello fue para mí poner luz a muchas sombras, sacarme dudas, encontrar respuestas. Para vos en cambio  era una herida sangrante. Me detuve, tenía más para contarte más para decirte, pero el silencio se hizo cortante.

Me quedé pensando, no sabía cómo seguir. Fue tu voz la que sacó mi mirada del infinito ahora, "yo no tuve padre", dijiste con una extraña expresión que nunca antes te había oído,  y continuaste,  "solo conocí a mi madre, ella fue la qué me crió, mi papá me dejó" . Supe entonces de tu enojo, de  que existían lugares  muy íntimos, muy sensibles a los cuales no me podías acompañar, habías decidido alejarte de ellos para poder vivir  ...

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

 46. CHISPAS DE JUEGO Y VERANO

Algunas veces me quedo en el patio, mirando sin ver. Con los ojos llenos de otro tiempo. Mi mente sabiamente ha ido tapando muchos recuerdos con un manto. Me voy quedando con alguno. Mi hermano Jorge suele decirme no te acordas de… y lo detengo en su relato porque solo tengo una pequeña foto borrosa que no quiero, ya no quiero volver a ver.

Traigo estas escenas que tienen olor a verano, a risas. El juego de carnaval. En el aire se percibe una sensación de complicidad, chispas en las miradas, una detonación que dará libertad para que adultos y niños jueguen y se diviertan.

Está de visita mi prima Estela. Es sábado, almorzamos, bajos los paraísos, milanesas con ensaladas y papas fritas.  La sobremesa tranquila sin apuro, anécdotas que se enredan con risas, cosas que no entiendo en profundidad pero que me hacen feliz, la risa contagiosa, carcajadas con ruido. Mis hermanos andan cerca de la canilla armando bombitas. La cuadra esta como expectante, en espera. Las vecinas de la otra cuadra, Graciela y Elda, se han acercado, no recuerdo a qué. Papá, miradas cómplices con Estela, anda preparando un balde. Mamá sigue la charla sin saber las intenciones de los demás.

Y plaf, el balde cae de lleno sobre las vecinas. Y un pequeño resto de agua sobre Estela. Provocación e invitación. Todas gritan por la sorpresa: “Pero, Don Mingo”, risas. Se van empapadas pero regresan para devolver el favor. Corridas, búsqueda de todo lo que pueda acarrear agua: jarras, baldes. Canillas disponibles. Se sumaron los vecinos de las casas cercanas y de las de más allá también. Familias enteras. Papá escondido, hasta el momento seco, las vecinas empapadas. Cecilia y yo empezamos a jugar con Marito, Nino, sus hermanos y los míos, los chicos que nos gustaban.

Don Cacho, Don Luis y papá perseguidos por una banda de mujeres. No había muchas paredes, ni rejas que separaran. La calle de barro y las veredas con jardines. Estrategias para distraer, mojar y correr, risas y gritos de felicidad inundaron la siesta. Otros empezaron a sumarse. El carnaval había ganado el barrio. La solapa[1] nos perdonó la siesta, el juego siguió unas cuantas horas, para dar paso al mate de la tardecita. Con la promesa de seguir el juego al día siguiente.

Tal vez el recuerdo es pequeño, pero significativo. Son esos permisos se han dado los adultos de jugar, de reír con ruido.

[1]La Solapa es un hada protectora de los niños que los asusta a la siesta de los veranos calurosos, leyenda que se trasmite boca a boca.

CAV (La Paz, Entre Ríos)

45. COMPINCHES                                                      

Cuando tenía entre catorce y quince años, un domingo, cerca del mediodía, papá me invitó a hacer una caminata; extrañada, acepté.  A mí me encantaba caminar o correr pero sabía que a él no le gustaba y pensando que tal vez quería contarme algo, no hice preguntas y lo acompañé.  Ya un poco alejados del pueblo, me preguntó cómo me sentía, si necesitaba conversar sobre algo y si estaba pasándola bien en el trabajo; le respondí que estaba todo bien, pero que  me sentía algo triste porque mis compañeras y amigas que habían cumplido quince años hacía pocos meses, tenían permiso para salir un rato en grupo a tomar algo o a bailar al boliche, una dos horas y que yo no tenía permiso a pesar de que no les causaba problemas de ningún tipo, ni siquiera económicos.  Papá dijo que si solo era ese el problema, lo iba a solucionar el próximo fin de semana.

El sábado siguiente, él volvió a reunirse con sus amigos en el club como era costumbre, después de cenar; café de por medio, hacían pequeños campeonatos de truco.  Pero antes de irse recomendó en voz baja que me cambiara de ropa.  Cerca de las doce te vengo a buscar, me dijo.  Yo lo hice sin saber lo que mi padre tenía en mente.  Cuando se acercó el momento, vino a casa y les explicó a mamá y a la abuela que había regresado a buscarme porque era una bella noche, muy oportuna para compartir una charla y un helado en el club. Ellas estuvieron de acuerdo, diciéndole que era una buena idea.  Era la primera vez que salía de noche y con papá.  Cuando llegamos, me llevó hasta la puerta del boliche bailable que estaba al lado, cuya gente presente eran mis amigos y conocidos ya que se trataba de un pueblo pequeño.  Me dijo que me esperaba en dos horas, que se sentaba un rato con sus compañeros y que cuando se cumpliera el tiempo debía salir de inmediato para regresar juntos a casa.  Así continuó nuestro itinerario de los sábados, hasta que cumplí mis esperados quince años.

Fue un regalo muy emotivo para mí, se lo agradecí muchísimo.  Está demás decir que mamá y la abuela nunca sospecharon la verdad, hasta que siendo adulta, un día se los conté.  Ellas se sonrieron y opinaron que papá siempre había sido muy ocurrente.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)


 44. EL MEJOR RECUERDO

Tengo muchos recuerdos de momentos buenos, bonitos y graciosos compartidos con mi padre, hoy elegí uno porque fue muy gratificante para mí y, tal vez, una de sus actitudes que confirman que yo tenía motivos para sentirme orgullosa.

Cuando tuve la edad para cursar los estudios secundarios, no había colegio en mi pueblo, ya que se fundó cuando yo tenía aproximadamente veintiún años.  Me hubiera encantado hacerlo pero mis padres  dijeron que era muy chica para irme pupila a otro lugar, que todo quedaba lejos,  y que ellos no podían asumir el costo económico a pesar de que era mi sueño y que debía trabajar, como lo hacía desde temprana edad, para ayudar a la abuela con mi manutención.

El tiempo pasó. Yo ya estaba casada y tenía a mis tres hijos, la más chiquita recién había cumplido tres años y mi esposo en ese momento, trabajaba como jefe de compras en la municipalidad de América, ciudad cabecera del partido de Rivadavia, a unos cuarenta y cinco kilómetros de distancia de dónde vivíamos.  Un día de verano, a su regreso, le comenté que acababa de tomar una decisión importante y que cuando la procesara y me organizara le diría de qué se trataba.

Así fue como decidí buscar en General Pico, provincia de La Pampa, a unos cuarenta siete kilómetros de nuestra localidad, lugar que visitábamos por compras muy asiduamente, un colegio secundario para adultos, de cursado nocturno, de buena reputación y calidad de enseñanza, de tiempo reducido o compactado.Como el que busca encuentra, apareció .  Se lo comuniqué a mi esposo y a mis hijos, ellos apoyaron y aplaudieron mí decisión,  muy  contentos.  Al día siguiente, durante la visita matutina diaria de papá se lo conté, sabiendo que él no había olvidado mi sueño. Se puso a llorar de alegría.   --¿Qué dijeron tu marido y los chicos?-me preguntó

   --¡Están chochos!,  festejaron la idea.

   --¿Quién va a cuidar de ellos y quién les hará la cena?

   --Mirá papá, me voy a levantar muy temprano a estudiar y a hacer deberes, cuando terminenles prepararé el desayuno y los prepararé para el colegio; luego limpiaré, cargaré la lavadora, cocinaré para el medio día y para la noche, el fin de semana para el freezer; llevaré a la más chiquita al jardín de infantes, les ayudaré a los dos más grandes con sus deberes, a la tarde el mayor irá a buscar a su hermana al jardín y hará mandados, a continuación les daré la merienda y  cuando estén terminando seguro ya habrá llegado su papá del trabajo, entonces me prepararé para irme.

   --¿A qué hora entras y salís?

   --Entro a las diecinueve y cuarenta y cinco y salgo a las veintitrés y treinta, tengo un pequeño descanso a las veintiuna y cincuenta para tomar una breve cena.

   --¿Qué días vas a ir?

   --El primer año puedo ir tres veces a la semana, el segundo y el tercero todos los días, salvo caso de fuerza mayor o enfermedad.

   --¡Listo! Yo te acompaño.

   --¡Papá!, ¿qué vas a hacer durante casi cuatro horas y de noche allá?

   --Tengo unos amigos que tienen una confitería- restaurante y siempre me invitan, nunca puedo ir porque no tengo medio de movilidad.

Risas.

   --¡Te vas a cansar!

   --Te aseguro que no; vos me dejas en ese lugar y luego me pasas a buscar para el regreso.  No voy a permitir que viajes sola de noche durante tanto tiempo.

   --Y tu esposa ¿se va a quedar sola?

   --Si, , ya lo conversaremos y verás que contenta se va a poner.

   --Bueno, te agradezco muchísimo.

   --No me lo agradezcas, también es mi sueño.

   --¿Qué yo vaya al colegio?

   --Si, por supuesto, y también a la universidad.

   --Eso no lo puedo prometer ahora, “primero lo primero”.

   --¡Ah! Y te aviso que los domingos cocino yo como siempre y también para el freezer.

   --¿No es demasiado, papá?

   --¡Claro que no! Nunca podré terminar de agradecerte

   Llorando de emoción y gratitud lo abracé.

   --¡No. No gastes energía! La vas a necesitar para aprobar.

Risas.

Me acompañó los tres años, me ayudó en todo lo que estuvo a su alcance y creo que lo disfrutó.

Finalizados los tres años en los que fui abanderada, mi padre, muy orgulloso y feliz, junto a su esposa, yerno y nietos, participó de la tradicional fiesta de egresados, bailando en primer turno conmigo, el clásico vals.

Después de la mencionada fiesta dijo que algo faltaba, porque las entradas que habían sido vendidas eran reducidas y la mayor parte de la familia no había podido concurrir.  Entonces organizó una gran reunión familiar, cocinando junto a su señora, una  viuda muy buena, y a mi hermana, hecho que quedó grabado en mi memoria y en mi corazón.

Durante ese período, fuimos muy felices juntos.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)

 

43. CARTA A MI PADRE

Animada por imborrables recuerdos me siento a escribir una carta que, si es cierto que existe la vida después de la muerte y si es verdad que las almas de nuestros seres queridos  nos acompañan en momentos difíciles, entonces estoy segura de que, a su manera,  papá va a leer lo que escribo.

Me gustaría que sepa que, a pesar de los errores cometidos, hoy que ya soy madre,  los acepto y los perdono.  No podría recordar los momentos buenos y malos sin antes hablarle del mutuo perdón, tampoco ahora sería capaz de reprocharle nada a pesar de que muchos de los malos  marcaron a fuego mi vida.

Con papá la cosas fueron distintas que con mamá, la relación , a pesar de los vaivenes fue diferente, ya lo verán en los próximos textos.

Si él estuviera con vida y yo presintiera su muerte le diría:

 Papá, no te vayas todavía, tenemos mucho que hacer juntos, tanto disfrutas de tus nietos que no te podés ir sin verlos recibidos, casados, haciendo su vida independiente, sin enorgullecerte viendo como Lucas ensaya tus recetas, no papá, no te vayas, todavía no, es demasiado pronto.

Te agradezco tu intención de reparar el daño, acompañándome, trayéndome a casa todos los días tu humor, tu alegría y tu buena onda;  tu gran esfuerzo por estar presente en todo.  Aún hoy siento tu presencia en los momentos difíciles, siento tu mirada buena, tu pesada mano sobre mi hombro diciéndome  todo va a estar bien.

 Te doy las gracias con infinito amor, papá.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)


42. GOLOSINAS

Vino a mi mente un recuerdo de un pequeño viaje con mis padres a visitar al pediatra, creo que yo tenía alrededor de siete u ocho años y mi hermano seis, aproximadamente.  El médico atendía en la ciudad de América, en la provincia de Buenos Aires, y desde la casa del campo quedaba a unos cuarenta kilómetros más o menos por camino de tierra.  No viajábamos salvo por necesidad, tal vez uno de nosotros dos no se encontraba bien o fue para llevarme a mí porque, según mi mamá, yo comía mucho y no aumentaba de peso, a lo que el médico  trataba como crecimiento prematuro y pretendía curar o tranquilizar a mi madre con varios frascos de colores llamados  tónicos y vitaminas.

Mi padre no estaba de acuerdo con esa decisión  y menos con los medicamentos que me recetaba el doctor, pero para evitar reproches y sentir culpa nos llevaba.  Siempre le decía que me iba a convertir en una persona obesa tomando esas cosas cuando llegara a “señorita”.  Ella muy enojada le  respondía que él no sabía  nada de criar chicos y que quería lograr que yo fuera más linda,  porque así como estaba era fea y parecía un bicho.

Seguramente era un día viernes ya que cuando programaban esos viajes, que se hacían dos o tres veces al año, nos llevaban al campo el jueves anterior y faltábamos a clases el último día de la semana.  Entonces teníamos fin de semana largo,  cosa que nos encantaba y papá buscaba la manera de festejar organizando algún suculento asado que compraba en América aprovechando el viaje.

Luego de salir del consultorio, mamá le ordenaba a papá que no gastara en cosas innecesarias,  porque debía comprarnos algo de ropa para ir a la escuela. Recorríamos las calles de la ciudad caminando de su mano, uno de cada lado y mientras pasábamos frente a algunas vidrieras que ella necesitaba ver , nosotros observábamos  la vidriera siguiente repleta de chupetines, chocolates, galletitas, caramelos, gaseosas y otras cosas; levantábamos la vista en forma de súplica hacia el rostro de él, dado que era muy alto y fuerte, con una mirada bondadosa detrás de sus pupilas verdes, mientras veíamos que ella le hacía un gesto negativo y le decía que no podíamos salir de la consulta médica y consumir esas cosas que nos hacían mal; a lo que mi padre asentía con la cabeza y balbuceaba un “bueno”, “claro”, “está bien”.  De pronto veía lágrimas en nuestros ojos y nos decía, muy bajito:

    --¡Lloren, lloren muy fuerte!

Mi hermano y yo éramos tímidos y mucho más en un lugar  desconocido y en la calle; entonces con sus rudas manos trabajadoras apretaba las nuestras y soltábamos un llanto ensordecedor al momento que le decía a mamá:

  --¡Alicia, no podemos hacer este papelón!  Comprémosles algo, es de vez en cuando, no les va a hacer mal.

Entonces mi madre, muy avergonzada por  nuestro comportamiento, le daba la autorización para comprarnos golosinas y algún pequeño juguete.

Subíamos felices al auto que el abuelo nos había prestado y emprendíamos el regreso con ropa nueva y todo lo demás.  A pesar de los medicamentos, era un viaje que yo amaba.  Eso sí, teníamos prohibido contar que papá nos apretaba la mano para que lloráramos.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)


 41. ADOLESCENCIA Y PAPÁ

Cómo recordarte con las varias facetas de tu presencia.

Papá, sonriente, colaborador, compinche, cocinero, trabajador, armador de barriletes, pintor de casa y, por último, papá que no sabía arreglar ni un enchufe.

Nunca sentí de tu parte ni rigor ni exigencias en mi adolescencia, tus maneras de nombrarnos eran muy tiernas, “mamita”, “cielito”, y hasta a veces “manequem”; mamá siempre te decía vida o vidita, quién se podía imaginar que en esa casa, donde los domingos mamá iba a misa, papá hacía el asado, picadita de por medio, olor a pasta frola casera para la tarde, podría existir un mínimo desacuerdo.

Así recuerdo armoniosas y pacíficas escenas de la vida familiar.

Después de que falleció la abuela, la casa era eso,  subyacía un infierno, discutían tanto con mamá, vaya a saber sobre qué.

Dicen que uno puede negar o no recordar, pero yo trato de recordar todo.

Cuando venía la tormenta, estaba ahí siendo partícipe de una escena a la que nadie me había llamado. Y digo yo ¿valió la pena?, la repuesta es, no. Pero bueno, era adolescente y qué mejor rival que tu mamá.

Pese a los costos que sabía que dicha actuación mía iba a originar, en cada discusión,  generalmente a la madrugada, solían gritarse mutuamente, sobretodo mamá, estaba desquiciada, los tres, mis hermanos y yo, nos hacíamos los dormidos,  tenía que meterme, para defenderte, ¡cómo te iban a humillar de esa manera!

Me enfrentaba a mamá, le dicia que no te gritara, que no te tratara mal, las contestaciones de ella hacia mí, eran despiadadas irrepetibles, aunque sin insultos, su agresión desmedida, su voracidad canibalesca de comerme en pedacitos.

Y sí, yo era una presa tiernita, lo demás ya lo sabíamos , nos íbamos de casa ofendidos, casi siempre a la casa de la Tía Delia o de mi madrina Martha, ellas nos hacín el aguante, hasta que te convencían de que volvieras .

Así que regresábamos a casa; todo estaba normal, mamá planchaba, viendo la televisión, Mónica haciendo los deberes.

Entrábamos, vos le dabas un beso a mamá, y le pedias perdón y yo debía hacer lo mismo, resignando mi orgullo sometiéndome.

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)

 

40. EPISODIOS DE MI INFANCIA

Llegaban las vacaciones de invierno, era niña, y mis hermanos y yo sabíamos que se venían lindos días.

Mamá que se encargaba de todo, nos llevaba al cine a Mónica y a mí, a ver películas de Disney. Pienso que mi mamá las disfrutaba también. Como cuando íbamos a Buenos Aires, ahí viajábamos todos juntos, a veces veíamos algún espectáculo en el Luna Park, ¡era maravilloso!, casi siempre de patinaje sobre hielo.

El Italpark era algo seguro y grandioso, juntos hacíamos largas filas, para todos los juegos. Papá y mamá nos acompañaban. Recuerdo los autitos chocadores, iba con papá y era mágico, pero el más lindo era la tacita y como los cinco dábamos vueltas, nos reíamos sin parar, éramos felices.

En contrapartida, también recuerdo las discusiones por la comida.  Yo era una niña que tenía hambre, mis padres estaban de acuerdo en que no querían una niña obesa -Rubén era delgado y a Mónica había que rogarle para que comiera-, pero yo siempre tenía hambre.

Me prohibían en cualquier festejo que organizaban las tías,comer. Siempre se burlaban de como yo miraba la comida.

Un día estábamos almorzando y yo pedí un plato más de comida "No", dijo mamá, "lo hago por tu bien, nadie te va querer si sos gorda y te van a humillar en el colegio, la gente quiere a las personas flacas". Papá consintió con la cabeza .

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)

 

39. MI COLUMNA VERTEBRAL

 Me gustaría que me surgieran palabras para escribir de vos, solo me vienen a la mente secuencias que me han generado distintas emociones.

Una vez una psicoanalista me dijo algo así:  "Lo que habrá hecho tu papá para que lo hayan cuidado así",(se refería a tus últimos días con una enfermedad terminal).

Y cómo la vida te sorprende. Te cuidabas tanto, física y emocionalmente, que nunca imaginé que te fueras tan rápido y con tanto deterioro.

Eras alegre, tenías una sonrisa contagiosa, nos hacías reír, jugábamos juntos, bailábamos. Todavía recuerdo que yo apoyaba mis pies arriba de los tuyosy me llevabas como una bailarina experta de tango.

Te gustaba mucho la música, tanto, colocabas discos de vinilo en el  tocadiscos, era tu tesoro, ahí podíamos escuchar tus tangos y tambíen el chamamé, algo de tus orígenes que no habías olvidado.

Solías hablarnos en guaraní , y decirnos palabras típicas del litoral. Nos causaba mucha gracia.

Te viniste muy jovén a Buenos Aires, ciudad que querías mucho, quizá porque te dio la posibilidad de estudiar y trabajar.

Luego conociste a Mamá. Se notaba que la querías y ella también a vos, pero juntos eran un terremoto.Trabajabas mucho y se notaba tu ausencia.

Tu anhelo era formar una familia, pero a la vez eran tantas las contradicciones que tenías, que a veces pienso que no te había resultado un buen plan.

Los febreros íbamos a Resistenciay también paseébamos por tu pueblo, visitábamos a la abuela Eustaquia. Ella había sido cocinera de la fábrica de tanino por eso te decían Quebracho en la facultad. Ella contaba que en esa época las mujeres andaban a cuchillo, y cocinaba para un centenar de obreros, fue testigo de la primera huelga que se realizó en el país. La bisabuela era un prócer, la conocía todo el pueblo y solían ir a visitarla de los colegios para que contara la historia de la fábrica.

 Era viejita  tenía un hermoso altar; se emocionaba al vernos y nos daba la bendición.

La abuela, tu mamá, era de avanzada, muy coqueta y robusta , con vestidos estridentes y zapatos de tacos, nada que ver con mamá, que era más sobria y seria.

Me encantaba ir, la gente era de puertas abiertas y tenía muchos amigos buenos e inocentes. Todos los días teníamos cena en algún lugar, se bailaba, se cantaba, nos reiamos mucho hasta tarde. Era un calor que solo se aguantaba con el ventilador afuera,  estaba lleno de bichos multicolores, pero, a pesar de eso, nada impedía la felicidad que sentía cuando iba a mi Resistencia, Chaco.

Me acuerdo que un mes no pudiste viajar, cuando el omnibus se marcho y nos saludabas con la mano, lloré desconsoladamente, mucho tiempo lloré, mamá no sabía cómo calmarme, en el colectivo llamaba la atención.        

Otra imagen. Te recuerdo en el mar, contento  te metiste hondo en el mar  y yo desde la orilla te llamaba desesperadamente para que volvieras.

Fuiste un buen padre, aun con tus defectos, que fueron muchos algunos me hirieron y otros fueron muy negligentes.Era lo que podías hacer.

Te quisé mucho, más que a nadie, más que a mamá, no sé si fue recíproco pero no me arrepiento, algunas cosas pudiste repararlas.

Ahora todos los días de mi vida, acomodo mi espalda  y me levanto, porque como yo siempre digo, se me fue mi columna vertebral.

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)

 

38. HABLANDO CON PAPÁ

Padre, siempre fuiste tan distante, abandónico, me dejaste a la merced de cualquier peligro tanto interno como externo.

Ni siquiera te conmovieron mis lágrimas.  Tu mirada ácida, lejana, egoísta. Ególatra de las comodidades, de las despreocupaciones. Tu mirada tan llena de odio y desprovista de culpa.

Recuerdos, recuerdos que no quiero recordar. Mucha angustia.

Solo pude escribir un recuerdo de todos los que se me venían a la mente, y es cuando a Cachilo, el perro de la abuela, tu madre, un perro por cierto tan bueno, hermoso, dulce, no lo dejabas entrar a la casa.  Permitías que se muriera de frío y se mojara con la lluvia.

Esa manera que tenés de querer recibir cariño sin poder darlo vos. O quizá no te interese darlo.

No sos capaz y no fuiste capaz de aprender o por lo menos de tener ese deseo. Como yo que busco incansablemente sacarme de encima todo lo malo aprendido.

 Puedo tener recuerdos de ti positivos, sí, claro, si quieres lo hago.

Me acuerdo cuando imitabas a todos los que visitaban nuestra casa; mamá y yo nos reíamos porque lo hacías muy bien.

No pienses que no soy capaz de comprender que tu abanico de posibilidades fue muy restringido, pero no voy a eso, no es ese el punto. El punto es como ni vos ni mamá tuvieron el deseo de querer dar vuelta la tortilla en cuanto a cómo es amar.

Tus quejas económicas fueron de siempre, claro no teníamos dinero. Recuerdo cuando veíamos algún indigente en la calle y vos me decías: "Yo voy a ser así cuando sea viejo". Claramente que no tomabas en cuenta que podían provocar esos dichos en mí.

 Recuerdo los fines de semana apartándote en el comedor para arreglar artefactos musicales  que luego nunca andaban, alejándote así de la presencia en casa. Así es como siempre te sentí, queriéndote alejar, estar en otro mundo, no estar en el presente como tu madre.

 Papá, recuerdo cuando yo, insistente y caprichosa, siempre que me venías a buscar quería ir de visita a alguna casa, ya sea de amigos o familiares, no sé por qué, tampoco sentía gran felicidad por eso, pero creo que la idea era encontrar el calor del hogar en algún lugar, nunca te lo preguntaste, ¿POR QUÉ MI HIJA QUERRÍA IR DE VISITA? Por mi parte, ahora de grande me resulta extraño o me hace ruido cuando veo niños ansiosos por querer buscar siempre la compañía de alguien más, claro está que ser sociable es lindo, pero ser dependiente no lo es. Ahora encuentro mi soledad como un refugio aunque es una herida también.

Sol Mouso (CABA)


37. ADOLESCENCIA

Mi adolescencia comenzó con la mudanza a La Plata. En esta nueva vida la presencia de papá fue muy difusa, aparece y desaparece de mis recuerdos. Él se había quedado en Mar del Plata, y viajaba de vez en cuando para vernos. En aquellos años la familia se vio muy conmocionada por la desaparición de Paty, mi prima, por lo que mi mamá y sus dos hermanas estuvieron más unidas que nunca. Aprendí de ellas que el buen humor hace más liviano los grandes dolores. Pasaban muchas tardes tejiendo juntas, riéndose a veces y llorando otras. Todos teníamos esperanza de que mi prima volviera. Mi papá, solidariamente, se había ofrecido a llevarla a Uruguay con nuestros parientes, lo que visto a la distancia, hubiera sido una locura. Él no medía las consecuencias cuando se trataba de ayudar a la familia.Pero mi prima nunca regresó porque no se había ido, se la habían llevado a los diecinueve años y con una pancita de seis meses. Este hecho fue difícil para mí no solo porque nos queríamos, sino porque era algo de lo que jamás y bajo ninguna circunstancia yo debía hablar. No me dejaron comenzar mis clases de teatro ni el taller literario. Todo era peligroso para mis padres. En eso, al menos, estaban de acuerdo.

Poco a poco la relación entre ellos fue mejorando y para los veranos organizábamos ir a Los Acantilados, donde invitaba a amigas de allá y también a amigas del colegio platense, y un poco más adelante a mi primer novio. A papá le encantaba llenar la casa de gente, hacer asadosy recibir a nuestros amigos con sus famosos sándwiches de lomito.

No fueron años muy felices, la familia ya no funcionaba como antesy había demasiado cosas no dichas y silencios cómplices. Me reprocho no haber preguntado, no haber reclamado, haber sido tan comprensiva, o tan cobarde.

Buscando a mi papá en mis recuerdos viene a mi memoria el regalo de quince años: el viaje a Disney con mi mejor amiga de Mar del Plata y sus padres. Al despedirnos mamá lagrimeaba, y papá tosía, con esa tos cortita y seca que indicaba que estaba nervioso. Les agradecí mil veces y también les dejé una cartita de despedida a cada uno en secreto. Cuando volví, encontré la respuesta que ambos me habían dejado bajo mi almohada. Pero no hablamos de las cosas lindas que nos habíamos escrito. Con mamá sí lo hablamos mucho después, pero con papá no tuve tiempo.

En mis años de secundario papá estuvo al margen de lo cotidiano, ausente en casi todo y en mis nuevas experiencias. Ahora pienso que se sentía inútil para ciertas cosas “de mujeres” y prefirió dejar que mamá se ocupara.

Todo aquello me parece muy lejano, hasta siento que no soy yo la que vivió lo que relato. Por suerte, más adelante, volví a ser su “Laurita” y recuperé de a poco cada parte mía que había dejado olvidada. Y también pude valorar lo que fue mi padre y enojarme, por qué no, por sus silencio. 

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

36. OJOS DE FUEGO

 La mirada de mi padre de aquel día me quedó grabada para siempre. Fue una simple travesura, pero yo no la olvidé quizá porque fue la única vez que lo vi enojado conmigo, o porque nunca más sentí, como en ese momento, que le había fallado.

Era el día del niño y lo pasábamos en Los Acantilados, como todos los fines de semana desde que compraron el terreno y construyeron la casa. Yo tendría nueve o diez años.

En ese lugar pasamos los momentos más felices de la familia. Mamá había diseñado un living grande con estufa hogar y unos ventanales enormes que metían los eucaliptos dentro de la casa. La cocina estaba separada del living por una barra, para que ella no quedara aparte de las reuniones cuando cocinaba. Los veranos venían mis dos tías con su familia, y todos los amigos salteños que se animaran a ir a Mar del Plata que, para ese entonces, parecía estar en el fin del  mundo. Papá había comprado un micrófono para los dos artistas de la familia: mi primo Martín que cantaba y tocaba la guitarra, y yo que recitaba poemas o hacía monólogos con textos de algunas novelas que elegía con mi mamá. Ella se admiraba de mi memoria y de mi sensibilidad porque más de una vez me emocionaba hasta las lágrimas, y ella también. Cuando los invitados eran de Salta todos cantábamos zambas y chacareras, sin faltar en esas guitarreadas, por supuesto, el vino y las empanadas. Cuando fuimos adolescentes, Inés y yo, organizábamos reuniones con nuestros amigos que venían a la pileta. Estábamos cerca de la playa pero habíamos construido una pileta porque a mamá no le gustaban la arena ni el viento. Primero bromeábamos con esa idea, pero la verdad es que todos la disfrutamos muchísimo. Aún viviendo en La Plata, pasábamos los veranos en Los Acantilados, hasta que la situación económica nos obligó a vender ese lugar lleno de buenos momentos, pero esa es otra historia.

Aquel día del niño era un día muy soleado y ventoso. Yo, como siempre, me levanté temprano. Papá ya se había levantado y estaba encendiendo el hogar. Desayunamos juntos pegados a los ventanales para ver los árboles, pero sin poder salir, todavía, por el frío. Yo hablaba fuerte y hacía ruido para despertar a Inés porque la regla era recibir los regalos juntas. Papá se divertía con mi ansiedad, yo estaba más conversadora que nunca intentando adivinar qué regalo iba a recibir.

Y por fin llegó el momento. Mamá y papá fueron a la pieza y regresaron con dos paquetes que nos entregaron, uno a cada una. No sé qué le regalaron a Inés, porque cuando abrí el mío mi cabeza dio vueltas de felicidad y de ideas: el juego de química que siempre había querido Y era el más completo. Yo lo sabía porque lo miraba todos los días en la juguetería de abajo de mi edificio. Miré a mamá y papá, y por el guiño de ojo de mi papá supe que él había tenido mucho que ver con la elección de semejante regalo.

Por supuesto, yo no podía esperar para comenzar a hacer mis experimentos, pero él me dijo que antes de empezar tenía que arreglar unos caños de afuera, y que no usara el agua. Esta última frase no la escuché, no sé si porque estaba leyendo las instrucciones para mi primer experimento o porque ya comenzaba a aparecer mi sordera.

Descubrí que había un polvito mágico que al mezclarse con un líquido y agua, transformaba el color del agua en rosa fuerte, mi color preferido. No podía beberlo, pero iba a llenar frasquitos para adornar la casa. Tomé mis materiales y fui a la cocina a trabajar. Qué maravilla, el agua salía transparente y al caer en el recipiente se volvía rosa fuerte, y desbordaba del recipiente como una catarata rosa. Me quedé mirando feliz mi creación. No sé si pasó mucho tiempo, porque un grito feroz y ensordecedor me llegó desde el living: “¡Laura!”. No era Laurita, era Laura. Eso me decía que algo no estaba bien. Cerré la canilla y me quedé en silencio, esperando no sé qué. Tal vez que mi padre siguiera trabajando. Pero al instante volví a escuchar: “¡Laura, te quiero acá !”. Cuando decidí ir a donde estaba mi papá observé que un río rojo hacía dibujos en el piso de la cocina recién pulido, se arremolinaba por momentos, y seguía hasta el living, y en el living se formaba un gran lago, en el que, en la orilla de enfrente, estaban los pies de mi papá. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, fui subiendo la vista hasta encontrarme con los ojos de mi papá, de los que salía fuego. Sentí tanto miedo que me puse a llorar intentando dar las explicaciones que no tenía, hasta que él con la voz calma y firme, pero con la misma mirada encendida, me dijo: “Ahora vamos a limpiar todo”.

Nos llevó años terminar de sacar las manchas del piso, hasta pienso que tal vez los nuevos dueños habrán pisado algunas de ellas muchos años después. Y a mí me quedó grabada esa mirada de mi padre en aquel día del niño. Una mirada que no conocía y que, afortunadamente,  nunca más volví a ver.

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)


35. CARTA A MI PADRE

 Querido papá:

 Quisiera encontrar las palabras para escribirte esta carta, pero es muy difícil porque en nuestra relación solo hubo gestos, hechos y actos de generosidad incondicional. Debo, entonces, imaginarme un sueño en el que estamos sentados en el sillón de mamá hablando de todo aquello que nunca hablamos. Y hasta me gustaría imaginarme que el sueño termina con nosotros abrazados diciéndonos cuánto nos queremos.

Compartimos muchos momentos. A mí me encantaba ir a tasar las propiedades y que me presentaras como tu secretaria. Hoy todavía tengo la costumbre cuando manejo y veo los carteles de propiedades en venta, de evaluar cuánto valen cada casaso cada terrenoAlegrate, papá, pocas veces me equivoco.

Eras un gran entrenador de natación. Cómo nos divertíamos Inés vos y yo nadando en el mar. Ahora, rara vez me meto en el agua. Ella tampoco.

Eras simpático, divertido y muy generoso. Demasiado, decía mamá, porque prestabas las cosas sin saber si te las iban a devolver. No fuiste un buen compañero para ella. Pero no es momento de juzgarte, ya habrás revisado todo lo que pasó.

 Aunque nada te empaña como padre. Entre nosotros no hubo besos, abrazos ni palabras cariñosas pero tu amor se veía en tu pecho hinchado y en el brillo de tus ojos cuando hablabas de nosotras. También en tu magia para resolver nuestros problemas sin que te lo pidiéramos. Allí estabas vos, con una solución . ¿Alguna vez habrás perdido el sueño temiendo no resolverlos?

Conversábamos mucho de planes futuros y de situaciones presentes, pero de tu pasado, papá, de tu pasado no se hablaba. Ante mis insistentes preguntas, vos siempre contestabas la misma frase, que de tanto repetirla la hiciste cierta: ”Mi familia es la de tu mamá , y mi mamá es tu abuela Esther”.

Cuando te enfermaste querías esconder tu dolor y tu tristeza como hiciste con tu historia, pero tu mirada negaba lo que las palabras decían.

Sé de vos lo que quisiste mostrarme. Fui la última persona que miraste y tu adiós estuvo disfrazado de un consejo que me acompaña en cada una de mis decisiones. Yo tampoco quise despedirme porque si hubieras podido, también a tu final lo habrías ocultado.

Te llevaste el secreto, tu origen, que es también el mío y el de mis hijos. Qué lástima, papá.

Ojalá en nuestro próximo encuentro podamos abrazarnos como nunca lo hicimos, abrazarnos en silencio porque en ese momento las palabras, seguramente, estarán de más.

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)


 34. PRESENCIA

 Hoy es un día especial, mi cumpleaños. El día en que la alegría se traduce en mariposas revoloteando en mi estómago y el corazón camina más ligero. Papá y mamá se levantan más temprano para que todo esté listo antes de que mamá se vayaa la escuela. Ya sé que papá habló con la Hermanita Eduviges. Él va a llevar todo a la hora del festejo. Le dice a mamá que no se preocupe, que él va a ocuparse de todo. Mamá nunca puede ir a nuestro colegio porque es maestra en el mismo horario. Aunque ya estoy en la sala de cinco y todos los años los festejos son iguales, siento la misma emoción de siempre. Y este año es el último, por fin soy “de las más grandes”.

Mamá se va apurada dando mil indicaciones a papá, pero él ya no le contesta, cansado de escuchar hace rato las mismas cosas.

Finalmente carga las gaseosas en el auto mientras las cuenta, y dudoso, me pregunta:  “Laurita, ¿cuántas nenas son? ”  Y yo, como si fuera una respuesta muy precisa le contesto: “un montón”. Es que para mí son muchísimas. Para mi cumple la Hermanita invita a nenas de otras salas porque dice que yo tengo amiguitas en todo el jardín. También van siempre las Hermanas que me cuidaron cuando yo era chiquita, antes de los tres. Papá con su simpatía que todo conseguía había logrado que me inscribieran cuando mi hermana empezó el jardín. Mamá me contó, orgullosa, que le decían que no me iban a aceptar, y él las convenció. Papá quedó tan agradecido con ellas que hasta lograron que algunas veces fuera a misa.

Cuando llegamos al colegio, la Hermana Eduviges nos recibe y papá baja las gaseosas, la torta, los sándwiches, y las bolsitas de regalo hechas por mamá. También coloca los globos y guirnaldas en la sala. El colegio está vacío, mi hermana y yo corremos por todo el patio felices de tenerlo todo para nosotras.

Cuando las nenas empiezan a llegar y ven los adornos, me saludan y yo siento una mezcla de felicidad y vergüenza por ser la protagonista del día.

Papá se va, lo saludo desde lejos con la mano. Me parece que quiere decirme que después vuelve, pero yo sigo jugando tranquila, sabiendo que a la hora exacta del festejo él va a estar ahí con mi hermana. Presente, como siempre.

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)


33. CARTA A PAPÁ

 Querido papá, al pensar en escribirte una mezcla de sentimientos, sensaciones, recuerdos,  me habitan, no sé cómo ordenarlos.  Un remolino de exigencias, afectos, sinsabores, anécdotas buenas y  no tan buenas vienen acompañadas de imágenes.

Papá, está mujer que escribe puede ver lo dura que fue tu vida y entender al niño de tres años estupefacto  por la muerte de su padre, ese niño seguramente no sabía de suicidios ni de madres abrumadas por tener que enfrentar la vida solas .Veo  como tratabas de aferrarte a este mundo buscando padres en aquellos hombres que se acercaban brindándote un poco de atención.  ¡Cuánta lucha!, pienso, cuánta fuerza por formar y mantener una familia, por ser un buen padre. Sé que lo intentaste de todas las formas, sin moldes, sin varas que mostraran las medidas, a no ser aquellas que la calle te mostró. ¿Cómo hacerlo ? Eras exigente y de pocas palabras, manejabas con una mirada cualquier situación. Todo lo que  yo hacía, ante tus ojos, parecía no alcanzar, aunque sé que querías lo mejor para tu  hija, y estabas orgulloso, aunque solo lo decías fuera de casa. Padre, pude ver muchas veces debajo de esas apariencias a un ser tierno tomando a los niños con delicadeza, cuidando a las plantas y a los animales con amor, cocinando, haciendo conservas para todo el año. Amé  esa faceta tuya tan amorosa. Recién pude disfrutar del cariño en la última etapa de tu vida, cuando tu salud vulnerable me dio el permiso para  traspasar tus límites. Me acuerdo que   hacíamos un juego  donde  trataba de atraparte y vos huías, sacando la cara o el cuerpo, era como una lucha, donde siempre terminaba robándote  algo de esa dulzura .  Eso no fue mi mérito, sino tu forma de mimarme.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

32. LA ENTEREZA Y EL DOLOR

stamos viviendo momentos raros, difíciles, tristes. De un día para otro debimos reacomodarnos. Aprender mucho. Atesorar momentos.

Empezar a acostumbrarnos a la nueva normalidad resulta difícil. Por momentos siento que es un sueño, que esto no está ocurriendo. Tanto en el mundo como en nuestro mundito íntimo, nuestra familia, toda cambió.

La pandemia nos impide compartir con nuestros seres más queridos. Nos piden mantenernos aislados justo en el momento en que más necesitamos estar cerca, juntos, cuidarnos. Pienso cómo te sentirás vos, pá, que toda tu vida viviste acompañado y en estos últimos cincuenta y cuatro años tu compañera incondicional fue mamá.  ¡Qué forma rara de hacer el duelo!

Si hay algo que destaco de vos es tu entereza. Seguís para adelante con mucho dolor pero firme. Aprendiste a usar todos esos aparatos que también convivieron con vos muchísimos años pero que nunca habías tenido la necesidad de acercarte a ellos: el microondas, el lavarropas, la plancha, el horno… Muchísimo menos conocías la escoba, el trapo de piso y el limpia inodoros. De a poco fuiste aprendiendo y ellos te hacen las cosas un poco más fáciles.

Pese al dolor inmenso que sentís, el día de mi cumple organizaste un encuentro familiar muy íntimo donde no faltó nada. Ayer grabaste un video saludando a Dani por su cumple. Te ocupás de que Pedro tenga el juguito que le gusta cuando va de visita. Estás al tanto de los exámenes de la facultad de mis hijos. ¡Gracias!  Estas demostraciones hacen que yo confirme una vez más que sos muy fuerte y que tu amor hacia nosotros es incondicional.

 Paula (Martínez, Buenos Aires)

31. UNA SEÑORITA EN EL ZAGUÁN

Tengo 15 años y hace apenas unos días que estoy de novia con Fernando. Se me declaró y fue un momento soñado: vacaciones, un bosque en Cariló en un atardecer y el chico que me gusta diciéndome: “¿Querés ser mi novia?”. El único problema era que, minutos después, salía de la terminal el micro que llevaba a mi reciente novio hasta un balneario cercano, donde él estaba pasando sus vacaciones.  Yo acepté ser su novia y lo acompañé a la terminal. Después volví a casa caminando.

Durante varios días estuve en un estado de ensoñación. No sé si vos, papá, te diste cuenta. A mamá le conté que estoy de novia, a vos no te dije nada pero seguro que te enteraste: “En el matrimonio no hay secretos”, dice mamá.

Entre que nosotros estamos en un balneario muy familiar y un poco alejado y que yo estoy de novia y mi novio no está tan cerca, mucho no salí durante estos días pero hoy tengo juntada en lo de Ine. El papá de Ceci nos va a llevar a Pinamar y vos te ofreciste para más tarde buscarnos. Por suerte Fernando también va a estar en lo de Inés. Él va con Agustín y yo con Ceci, y ellos se van a poner de novios hoy. ¡Es un día muy especial!

En la playa Ceci y yo coordinamos el horario y decidimos qué nos íbamos a poner. Todo estaba listo. Llegó la hora y me pasaron a buscar. Mamá y vos se quedaron tranquilos. Iba con un padre, comería en una casa de familia y después volvería con papá. ¡Ningún problema!

Llegamos a lo de Inés y llegó Fernando. Comimos pizzas y tomamos Coca- Cola. Los padres de Inés son muy cuidas y no salen de nuestro alrededor. Agus no se le puede declarar a Ceci. Decidimos dar por terminada la reunión treinta minutos antes del horario pactado para que vos nos buscaras. Nos despedimos de Ine y de sus papás, tomamos el ascensor y nos quedamos charlando en el zaguán. En un rincón Agus y Ceci, unos metros para el costado, Fernando y yo. Agustín tomó envión, Ceci aceptó y ¡llegó la hora de irnos!

Te vi aparecer detrás del vidrio y tu cara ya me dijo todo: “¡Estoy en problemas!” No sé si saludaste, no sé si yo saludé a mis amigos, la cuestión es que me encontré sentada en el auto con Ceci y vos diciendo: “¿Qué es esto de esperarme abajo con estos muchachos? ¿Por qué te fuiste de lo de Inés? ¡Una señorita en el zaguán! ¡¿Dónde se ha visto?!” No sé qué más dijiste.

No es para tanto al final ni un beso me dio y ese “muchacho” es mi novio... Llegar hasta casa se me hace largo. 

Paula (Martínez, Buenos Aires)

30. UN DÍA EN TU OFICINA

Hoy mamá y vos tienen reunión con mi maestra. Cuarto grado me está costando, parece. Vamos los cuatro en el auto. Nadie me preguntó si sé por qué la maestra los citó, no me preguntaron si pasó algo en los últimos días. Ustedes van a escuchar. Yo la quiero mucho a mi maestra Marcia. No es con ella el tema. Es el colegio. No me gusta cómo la directora se dirige a algunas de nosotras. Hay un bando de las “perfectas” y mi bando, “las otras”.  No me siento cómoda con algunas compañeras. Se creen que, porque tienen la cartuchera de dos pisos o hasta de tres pisos, son más importantes… bueno, en verdad son más importantes porque tienen los papeles más importantes en los actos. Además, los papás de esas chicas son amigos de la directora, de Elena. Los fines de semana se juntan y comparten asados. Siento que este colegio no es para mí. Veremos qué dice la maestra. Yo todavía no me animo a hablarles de todo esto.

A la tarde mamá me cuenta que Marcia dijo que le dedico mucho tiempo a las carátulas y a tener todo prolijo pero que me atraso con las actividades. Se nota que mamá y vos resolvieron que, al día siguiente, santo del patrono de nuestro barrio, en lugar de quedarme en casa disfrutando del feriado iría con vos al centro, a tu oficina a completar mi carpeta.

Me pongo un vestido, zapatos y saquito blanco. “Al Centro hay que ir con vestido”, dice mi abuela. Tu oficina está llena de libros, papeles, secretarias, teléfonos. Nos ponemos a trabajar. Cada cual en lo suyo. Yo no puedo concentrarme por la cantidad de cosas interesantes que veo a mi alrededor. Te consulto algunas dudas, me ayudás, también me ayuda Graciela, tu secretaria.

A la hora del almuerzo vamos caminando de la mano a un restaurant cercano. Hay muchísimos autos, colectivos, gente. Nunca estuve en un lugar así. Comemos juntos. Te hago preguntas acerca del estilo de vida de la gente, de tus rutinas.

En la oficina otra vez, un rato más. Yo terminé de completar todo, al menos eso creo. Voy a la oficina de Graciela y me muestra algo increíble. Diego no va a poder creer esto, es una fotocopiadora. Ponés un libro y te hace la copia de ese libro. ¿Y si pongo mi mano? Graciela me deja probar y ¡se copia mi mano! Esa es la prueba para contarles a mis hermanos lo que hay en tu oficina. ¡Es increíble! Pasé un lindísimo día con vos. Me gustó conocer lo que hacés durante todas esas horas que no estás en casa, que te vas al Centro a trabajar.

¡Siento mucho orgullo de que seas mí papá! ¡Te quiero!

Paula (Martínez, Buenos Aires)


29. NOSOTROS NOS COMUNICAMOS CON LA MIRADA

En mi mente resuena tu frase: “Las damas se ríen con los ojos”. ¡Qué pensamiento antiguo, pá! Si te escucha alguna de estas feministas que dan vueltas por el mundo, te manta. Creo que seguís sosteniendo ese y muchos otros pensamientos por el estilo. Nos educaste, a Daniela y a mí, como si fuéramos dos princesas, mamá era la reina.

Me acuerdo de que las mujeres levantábamos la mesa, ayudábamos a cocinar y limpiar. Era de los hombres el asado de los domingos. Yo con tal de estar con vos o con mamá, me prendía en todas, actividades de varones o de mujeres. Es que Diego no era tan colaborador…

Recuerdo ayudarte a sacarle la grasa a los chinchulines. Me quedaba a tu lado mientras la carne y las achuras se cocinaban. También era la número uno para sostener los clavos y tornillos mientras vos colgabas cuadros o estantes esos días en que a ustedes se les ocurría redecorar todo. Me acuerdo, verte subido a la escalera diciéndome: “Alcanzame el destornillador, ese no, el Phillips”. Podía estar dos horas ahí paradita sosteniendo la escalera, aunque desde ya no era necesario. No faltaba mi: “¿Querés que te traiga agua?” Si nos íbamos de viaje a la costa era yo quien se quedaba despierta charlándote y escuchando una y otra vez el cassette de María Martha Serra Lima que sonaba en nuestro auto. Hacía lo imposible para que me tocara sentarme atrás, sobre la izquierda o en el medio. De esa manera tenía asegurado estar cerquita tuyo. Y todos dormían y yo te charlaba, poco, porque como decís vos “Nosotros nos comunicamos con la mirada”. Y es verdad, somos de pocas palabras pero conectamos muy bien. Podés leer mis emociones con solo mirarme a los ojos.

Ahora que muchas cosas cambiaron en nuestra vida, fundamentalmente la ausencia de mamá y tu vejez, sumado a la cuarentena, nuestros roles cambiaron un poco. Siento que estamos en el momento de reacomodarnos. Los dos tratamos de disimular, de aparentar estar bien pero nuestros ojos dicen mucho. Sé que extrañás muchísimo a mamá y que el encierro al que te obliga la cuarentena te está costando mucho. A mí también me cuesta ir de visita a tu casa y “descubrir” que mamá tampoco está ahí.

Muchas veces sueño que voy a visitarte y mamá está con vos. Y en cierta manera me quedo tranquila porque creo que ella está acompañándote desde otro lugar. Sé que vamos a estar bien pero hay que transitar estos tiempos aislados por la pandemia y con tanta tristeza. ¡Acá estamos todos para seguir caminando juntos como mamá nos enseñó!

Paula (Martínez, Buenos Aires)


28. PESOS LEY


Mi papá era aficionado a los caballos, como se dice comúnmente, un burrero. Debido a que trabajaba en el campo, tenía un lugar propio y alimento sin invertir demasiado dinero. A veces tenía caballos en sociedad con amigos y uno de mis tíos, en un stud o caballeriza en Laguna Paiva.

En un momento, trajo uno de los caballos a casa y se dedicó a prepararlo personalmente. El caballo se llamaba Pesos Ley. Le puso así porque era la moneda que se había dejado de usar hacía poco (Pesos Ley 18188, 1970-1983) y le gustó el nombre. 

Al lado del galpón de la camioneta, había unas caballerizas donde lo guardaba bajo techo. El resto de los caballos de trabajo y demás animales grandes como vacas, terneros, novillos y toros dormían al aire libre.

Papá todos los días después de desayunar lo sacaba con un lazo y lo vareaba. Lo hacía caminar y correr en un predio cercano a la casa, luego lo llevaba a pastar en el potrero de alfalfa. Después de hacer ejercicio le daba un baño y al final del día, cuando caía la noche, lo metía en la caballeriza. A veces, si él se iba al pueblo a la tardecita, esa tarea la hacíamos mi tío Toti, mi hermano o yo.

Cada tanto venía a casa el jockey, a “medirle el tiempo”. Papa tenía su cronómetro y había preparado una pista de entrenamiento, cerca del molino de agua. Se sumaban algunos de sus amigos o mi tío Ángel para ver que tal andaba la velocidad. Así veían si estaba o no en condiciones de competir.

En una de esas mediciones, vieron que tenía buen tiempo y, como justo se organizaron carreras cuadreras en uno de los pueblos cercanos, lo anotaron y salió muy bien. Así anduvo en varias carreras y mi papá estaba feliz con su caballo.

Por suerte, los sociales y el entrenamiento le gustaban más que las apuestas. En los pueblos, las carreras cuadreras eran eventos familiares. Todos iban a pasar la tarde, tomar mates y hacer sociales. Nustra familia completa se encontraba allá con familiares y amigos. Por algún motivo, a las carreras del hipódromo no íbamos mamá y yo, solo los hombres.

Un día, lo anotaron en el Hipódromo de Santa Fe. Fue todo un operativo con los amigos, vecinos y parientes que fueron hasta allí a acompañarlo. El caballo era de muy bajo perfil y mi papá nos contó que había otros competidores muy bien entrazados. A él le habían prestado o más bien regalado una manta para taparlo y obviamente no era favorito en las apuestas. 

En esos días había llovido y la pista estaba medio fea. El tema es que Pesos Ley estaba acostumbrado al barro y además se entendía muy bien con el jockey que lo montaba. Lo que para los demás corredores era un inconveniente, para ellos fue una ventaja. Ganó el primer premio. Mi viejo y el resto de la comitiva estaban eufóricos. Se sacaron muchas fotos con Pesos Ley y volvieron súper entusiasmados a casa a contarnos todo. Una gran alegría por haber salido primero en la carrera, la ventaja en las apuestas era alta y todos obtuvieron un buen premio. Fue un festejo compartido con la familia, los amigos y el resto del pueblo.
Rosana (CABA)


27. CON MIS RECUERDOS

 Recuerdo bien aquella tarde en la que, ayudando a mamá a ordenar papeles( de improviso tuve frente a mis ojos el certificado analítico de tu paso por el secundario. El asombro invadió todo mi cuerpo y también me dio pie para refutar futuros retosEs que vos habías emitido tu sentencia:- “No puedes traer ninguna materia con una nota menor a siete”. Y yo la cumplía a rajatablas. No me gustaban tus largos regaños, pero al fin tendría una prueba con que defenderme. El analítico de tu paso por el secundario revelaba que solo habías aprobado una materia: Francés. Y con un 9. En el resto, solo anidaban notas menores al cinco.

Con el pasar del tiempo y llegado el momento de traer mi libreta a casa, se presentó la oportunidad. Te sentaste cómodamente, encendiste un cigarrillo y con un vaso de whisky en mano comenzaste a ver mis notas. Yo permanecí de pié, con las manos tomadas por detrás de la espalda y saboreando el argumento que impugnaría para siempre tu sentencia.

-Mmmm, con que un seis en Matemáticas, ¿no?-dijiste casi socarronamente. Por un mes se cortan las salidas con amigas. Debes traer un siete o más. Después veremos.

Después veremos, ¡no! -te dije altaneramente. Y me miraste con gesto adusto, extrañado, pero con don de mando. ¿Y desde cuándo te atreves a contestarme?, preguntaste.

¡Desde que sé quién eres!, te respondí. Rápidamente desdoblé tu analítico y te lo entregué.

Lo tomaste con rabia, lo miraste, lo doblaste y lo guardase en el bolsillo del pantalón. Me pareció advertir cierto sonrojo en tu cara. Terminaste tu cigarrillo, sorbiste un trago de whisky te levantaste y comenzaste a caminar hacia tu dormitorio. Antes de entrar en él, diste media vuelta y me dijiste: -“Está bien, olvida todo lo que he dicho”.

Y fue así que la sentencia llegó a su fin. Nunca más se habló del tema. Pero sí alcancé a comprender ese alocado deseo tuyo de conocer París. Entendí los pocos libros que de vez en cuando releía: “La náusea”, “La peste”, “El extranjero”. Supe que Francia era el sueño que nunca pudiste alcanzar y al que te acercabas a través de las letras o la música.

Ahora pienso en esa frase que te dije: ¡Desde que se quién eres! ¡Qué quimera! Lo era para ese entonces. Porque a decir verdad, me llevó mucho tiempo saber quién eras. La existencia te pesaba, ahora lo entiendo.

“La bella y la bestia”, ese eras. Y así te amé y odié. Todo junto y, por momentos, con puntos suspensivos.

Tengo 56 años. Hace catorce que partiste (ojalá hayas renacido en Francia) y, aunque cueste creerlo, te extraño. Físicamente, no.  Porque cada vez que me miro al espejo te veo a vos, en versión femenina. Cada vez que suelto un rezongo por situaciones tontas y cotidianas, te escucho a vos. Cada dolor de cintura que me toma por sorpresa, termina en una exhalación quejosa que suena igual a las tuyas. Casi toda yo, se ha convertido en vos…

Nos iguala esa mirada existencialista de la vida, el amor por la música y los buenos vinos. Las ganas de darse a otros con lo bueno o malo que se tenga.  Pero yo no pego, hablo. No grito, callo. No genero disturbios, los evito. No pretendo que mis hijos me obedezcan a ciegas, los dejo ser. Los dejo amar y que amen. Los dejo ser quienes quieran ser.

Te amo, papá. Nos vemos mañana, cuando me mire en el espejo.

Non, rien de rien-No, nada de nada

Non, je ne regrette rien – No, yo no me arrepiento de nada

Ni le bien qu´on m´a fait, ni le mal –Ni el bien que me han hecho, ni el mal

Tout ca m´est bien égal – Todo eso me da igual

Edhit Piaff – El gorrión francés

Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)

 

26. MILAGROS COTIDIANOS

Decido, finalmente, acostarme en esta vieja cama de hotel, cuyo colchón contiene el peso de cuanto huésped ha pasado por aquí.

Estoy sola. Papá ha salido a realizar operativos, tan comunes en estas épocas de dictadura.

Mamá, no está. Ha viajado a Concepción del Uruguay, para cumplir con el pago de impuestos. Esos que te cobran por el privilegio de tener una casa, luz, agua potable y cloacas.

En lo que a mí respecta, ya no estoy en aquella casa. Ahora vivo en este viejo hotel, junto a papá. Es que mis acciones de autoflagelación determinaron que mi progenitor me sacara de la ciudad a la que él atribuye todos los males. Él  ignora que no se trata de regiones geográficas o de ciudades más o menos propicias para la vida. Ignora que mi tristeza está aturdida en esa azarosa etapa que llaman adolescencia.

He terminado de estudiar las lecciones académicas de las que, mañana, deberé dar cuenta. Apilo los libros y apuntes sobre la desvencijada mesa de luz. No me atrevo a apagar el velador. La soledad me atemoriza un poco. El cuarto de hotel, también. Es que todo aquí, huele a humedad, a vejez, a desamparo, a soledad.

Mañana será mi cumpleaños número 17 y no espero que alguien lo recuerde. Es que me pesa la vida, no le encuentro sentido, dirección. Siento que no encajo en esa etapa juvenil  que parece llenar de entusiasmo a mis compañeras de colegio. No obstante ello, he hecho la firme promesa de cesar en esos intentos de autodestrucción. Es que ahí, también me siento una fracasada. He fallado tres veces.

Las horas pasan lento, como lento el tic-tac del viejo reloj. No quiero pensar en nada negativo, solo quiero aprenderme de memoria aquella frase de  una de mis autoras preferidas: “La vida es un largo combate por el que se llega a ser uno mismo, es esa la tarea más elevada e ineludible de todo ser humano”. Quien lo asegura es Simone de Beauvoir.

Estoy dispuesta a combatir. La guerra es contra mí misma, contra ese cuerpo que ha abandonado la niñez y donde poco caben los sueños realizables de la infancia.

Debo combatir, no hay otro camino.

Antes de dormirme, libero un par de lágrimas. Tengo que aprender a quererme, pero también necesito sentirme querida, necesitada.

Finalmente me duermo. Mañana arribaré a los diecisiete y tal vez, ni siquiera yo lo recuerde.

Han pasado las horas. Unas tres desde la medianoche. De repente, algo húmedo y de fragante aroma, me despierta.

Son las tres treinta de la madrugada. Restriego mis ojos y lo veo. Es papá. Ha hecho un alto en sus rutinas para desearme “un muy feliz cumpleaños”, a mí,  la única hija que ha traído al mundo.

Es un ramo de flores multicolor y de distinta índole. Están un poco húmedas, pero huelen muy bien.

¡Feliz cumpleaños!-dice mi padre. Perdón por no haberme hecho un tiempo para comprarte un regalo, así que he robado todas las flores que fui encontrando por el camino. Espero que te gusten.

Te quiero, hija.

Me besa en la frente y vuelve a su trabajo.

 Siento una profunda  emoción. Por primera vez en mucho tiempo, siento que me he mentido a mí misma. No estoy tan sola como creo.Y sí que soy querida.

Me duermo abrazada a ese ramo de flores robadas.

Ni yo ni mi padre sabremos nunca que aquella noche fuimos objeto de “esos pequeños milagros cotidianos”.

“Late, corazón. No todo se lo ha tragado la tierra.” Antonio Machado

Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)

   

25. DESPEDIDA

Has dejado de respirar. No a fuerza de un suspiro repentino, un bostezo o de un susto.

Has dejado de respirar… y es para siempre.

Así, de repente, sin más y solo me parece que falta una oposición)con unos cuantos preavisos a los que casi nadie dio importancia, porque eras hipocondríaco.

Llueve torrencialmente, Estoy sentada en el pasillo de la funeraria esperando que traigan tu cuerpo inerte.

Llueve, llueve y no cesa. Es como este llanto interno que me desborda el alma.

Te espero, como siempre te esperé.

No hay nadie conmigo. Solo estamos mi alma y los recuerdos.

Una vez más, mamá ha decidido venir más tarde.

Supongo que ella se sentirá aliviada ante esta partida.

Te acompañó, es cierto. Pero hay compañías que solo sirven para pronunciar la ausencia.

Yo no pude, estaba ganando el pan de los días y las premuras. No hubo lugar para el adiós, el perdón, la última caricia.

Siempre es la espera.

Las calles se inundan bajo la lluvia impiadosa, tan fuerte, intermitente, continua…

Si fuese así la vitalidad de una vida, tal vez viviríamos más años. O menos ¿Quién puede aseverarlo?

Finalmente ha llegado la ambulancia que trae el cuerpo que ocupaste cuando aún tenías energía vital.

Te llevan a la sala mortuoria, para prepararte para el rito funerario.

El dueño de la casa mortuoria, un amigo, me permite quedarme a solas con vos y realizarte la preparación antes de que te pongan en la “caja de madera”, como dice Sabina.

Ahora es más sencillo: ni camisa, corbata, traje, zapatos, alhajas. Nada. La simple desnudez. Los tiempos han cambiado tanto que nos sepultan desnudos, para evitar el vandalismo sobre  despojos de difunto.

No me parece mal. Venimos a la vida desnudos y así debemos irnos.

Así que, aquí estamos los dos. Lo que nos diferencia es el estado, pero nos iguala el silencio.

Te abrazo. Lloro sobre ese regazo en el que nunca más podré apoyar mi fatiga, desasosiego o pesadumbre. O simplemente buscar una  caricia. Esas que en definitiva nos alientan a seguir de todos modos y de cualquier manera.

La lluvia es como una cortina que no permite ver. Solo mirar.

Limpio tu cuerpo con los elementos provistos. Lo repaso centímetro a centímetroMe topo con la herida que dejó la manguera que quitaba el agua de tus pulmones. El agua te inundó como anega, ahora, la calle.

Limpio tu rostro. Rostro que amé y odié en discordancia ambigua.

Tus arrugas parecen haber desaparecido.  Al final, quizás sea cierto que almorir, renacemos.

Será un hecho que alguno de mis hijos, tus nietos, comprobará cuando me toque traspasar el umbral.

 Aseguro tus labios y tus ojos con “la gotita”. Dicen que hay que hacerlo.

Ahora esos ojos no volverán a mirarme, ya sea con ternura o con reproche. Esos labios no volverán a pronunciar palabra. Ni de las que matan ni de las que te hacen sentir que vale la pena estar viva.

Me hubiese gustado que nuestra proximidad fuese más cercana que la letal distancia que nos separó los últimos años.

Te amo, papá. Lo sabes. Sé que tú también me amaste. Lástima esa penosa manera de demostrarlo. Aunque hubo muchas de las otras, también.

Me guardo bajo siete llaves aquél hermoso anuncio que preparaste y colgaste a la entrada de la casa en la que habitamos los tres: mamá, vos y yo.

Yo regresaba de La Pampa, con dos hijos pequeños y un bebé de meses. Fracasada, separada, con el corazón hecho trizas.

Y ahí estabas vos, esperándome. Con tu mejor sonrisa y tus mejores ganas.

“Bienvenida a casa”, habías escrito. con letras grandes y brillantes.

Me sentí segura.

Te amo, papá.

Quedaron tantas cosas por decirnos. Sobre todo  un fuerte y sonoro “te amo” y un par de abrazos de esos que te quitan el aire.

Ya estás listo.

Los muchachos de la funeraria me ayudan a poner tu cuerpo en el traje de madera. Tapamos tu desnudez con una mortaja blanca. Estás listo para el ritual.

Ha parado un poco esa lluvia incesante que parece haberse llevado con ella todas mis ganas de.

Adiós, papá.

Espero que en tu viaje de ida llegues a destino. Y espero que en ese lugar alguien haya escrito en letras brillantes: “Bienvenido a casa”.

 

No me siento perdida.

Es sólo que no sé dónde termina el mar que llevo dentro

Y a veces me ahogo”

Elvira Sastre

Sucu Len (Concepción del Uruguay, Entre Ríos)

 

 24. PAPÁ EN MI ADOLESCENCIA

Debo reconocer que fui una adolescente bastante fácil de tratar. Tal vez esto no fuera previsible durante mis caprichos de la niñez.

Las rebeldías más osadas tenían que ver con mi absoluta incapacidad de respetar el horario de vuelta a casa cuando salía con amigas.

En realidad, no era un horario. La consigna de mi mamá era “antes de que se haga de noche".

A mis catorce años me resultaba misión imposible estar pendiente del reloj.

Y fallaba la mayor parte de las veces. Especialmente los domingos, en que iba al club con mi amiga Sandra, con el solo objetivo de ver de lejos a los chicos que nos gustaban. Todo el chiste consistía en hacernos las interesantes e intercambiar un simple Hola. Como ellos eran más grandes iban a la tardecita, así que luego de cruzarlos, corríamos hasta la avenida a tomar el colectivo de vuelta a casa. Una para un lado y la otra para el otro. Como mi amiga vivía a cinco minutos, siempre llamaba a mis padres, avisando que el colectivo había demorado mucho y que ya iba en camino. Mi culpa crecía a medida que el sol bajaba, pero eso no impedía repetirlo al domingo siguiente.

Mi papá, cuando Sandra llamaba, salía pacientemente y caminaba las cinco cuadras hasta la avenida, por miedo a que algo me pasara, siendo ya casi de noche. En el camino de vuelta a casa me decía que mamá estaba furiosa, que no la hiciera enojar más con alguna contestación desafortunada.

El enojo de mi mamá se pasaba en la semana porque, en honor a la verdad, no le causaba nunca problemas de ningún tipo.

Y así fue siempre. Mi mamá la que ponía los límites y mi papá el que nos apañaba.

Ese mismo papá que, años más tarde, a mis veintitrés años, se levantó después de la cena y, mirando a mi novio (hoy mi marido) y a mí, nos hizo un gesto acompañado de un "Vamos"

Después de escuchar nuestros planes de comprar una casita, no nos importaba donde mientras fuera nuestra), nos hizo subir al auto y nos llevó hasta la caa en cuestión, para que viéramos que, además de ser apenas un garage modificado, el lugar quedaba en un barrio peligroso, oscuro y poco confiable.

A nuestra desilusión, él y mi mamá, la contrarrestaron a los pocos días, ofreciéndonos que construyéramos sobre su casa, cosa que finalmente no hicimos. Mientras averiguábamos precios de materiales, encontramos, también con ayuda de mi papá, una casita modesta, pero en un lugar más seguro. Y encima él nos ayudó a conseguir financiación, directamente con el dueño. Ese fue siempre mi papá. Protector, motivador y compañero. Y losigue siendo, aún hoy, con sus ochenta y cinco años.

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

23. CARTA A PAPÁ

Angelito:

¿Cómo decirte que los recuerdos que tenemos de nuestra niñez son increíblesno s?

Los paseos en el carrito que llevaba las sillas que fabricabas, desde el fondo hasta la vereda, para entregárselas a tus clientes.

Los viajes en la lona de la playa y los juegos en la “pieza de las gomas”, ese pequeño depósito, repleto de planchas de gomaespuma para los tapizados de las sillas, que oficiaba de gran pelotero Adoraba esconderme entre esas planchas con mis hermanos y nuestros amIgos y que vos hicieras de cuenta que no sabías que estábamos allí, revoleando los atados hasta encontrarnos.

Los cinco mil kilos de caño que te costaron las vacaciones a Bariloche (esas que nunca olvidaremos) y nuestras carcajadas cada vez que hacías los cálculos de cuánto salía el kilo de caño, para fabricar las sillas en cada momento inflacionario de nuestro país.

Los interminables domingos en la quinta, esa casita humilde, pero con gran parque y una hermosa pileta, que, con tanto esfuerzo compraron y mantuvieron con mami hasta que no se pudo sostener más.

Allí siempre fueron bienvenidos nuestros amigos y toda la familia. Ni siquiera tenían que avisar. Alcanzaba con que llegaran con su trozo de carne y vos, feliz, lo agregabas a la parrilla. Después partido de vóley, de bochas, waterpolo o lo que saliera. Mates con bizcochitos de grasa de la panadería del centro, calentitos a la mañana y lo que quedaba a la tarde con alguna factura o torta que traían los invitados que nadie invitaba.

No recuerdo tiempos más felices que esos domingos. Fue duro para todos, pero especialmente para vos afrontar la decisión de vender cuando una de las tantas crisis económicas asfixiaba.

¿Cómo decirte, Angelito, todo lo que siento?

Que tus chistes, aunque suenen a repetidos, siempre nos arrancan una sonrisa.
Que no hay menú mejor que el asado de los domingos con toda la familia reunida alrededor de la mesa, cuando la vida nos permite juntarnos, a pesar de la distancia.

Que tu esfuerzo por darnos todo lo que vos no tuviste, valió la pena.
Que aprendimos de vos lo más importante que un padre puede enseñar con el ejemplo, que la palabra empeñada es más valiosa que el más formal de los papeles.
Que siempre hay que ayudar al que lo necesita, aunque uno no tenga tanto. Que lo poco, si es compartido es mucho más valioso.
Que nunca hay un NO a nada que te pidamos (aunque siempre protestes primero).
Que nuestros amigos son siempre bienvenidos en tu casa.
Que tus silencios nos alejan y tus risas nos acercan.
Que tu buen corazón se ve a través de tus ojos.
Supiste ser mi ejemplo, mi guía, mi brazo contenedor, mi hombro donde apoyarme.

Supiste ser la honestidad que necesitaba aprender para nunca olvidarme.

Supiste demostrar con tus caricias toscas un amor inconmensurable, tan pero tan grande que arruga el corazón de cómo se siente.

Supiste alentarme en los malos momentos, y en los buenos, animándome a cometer locuras cuerdas, que hoy aún agradezco.

Supiste decirme esa frase que me tocó el alma y logró tranquilizarme cuando un quirófano me esperaba: "No tengas miedo", junto a una caricia suave, creo que, por primera vez suave, que fue más relajante que la más potente de las anestesias.

Supiste, en realidad, ambos supieron, respetar las diferencias y acortar la distancia con César, en nombre del amor que ambos me tienen. Y creo no equivocarme, si digo que también aprendieron a quererse mucho.

Supiste ser el abuelo que enternece y divierte a mi hija y a mis sobrinas, que les provoca orgullo, al repetir con cariño como todos te nombramos: "Angelito".

Sí, “Angelito”.

El diminutivo de tu nombre se transformó en una palabra más potente aún que la palabra Papá. Porque es como todos te nombran, con el cariño y admiración que supiste despertar, a base de chistes y buenas acciones.

Le agradezco a la vida haberte elegido para ser mi papá y le pido cada 2 de marzo que, a pesar de tus impecables ochenta y cinco, me regale un año más de tu vida en la mía.

 No lo digo muy seguido, pero sé que lo sabés.

¡Te quiero, pá!

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

22. SANTA TERESITA

Pensar la felicidad en mi infancia es, sin dudarlo, viajar a Santa Teresita  en febrero, cada verano. No cuando yo era muy chiquita. En esa época el dinero no abundaba. Después tampoco, pero ya nos podíamos dar algunos gustos.

Decir febrero era decir un mes entero en la playa, sol, libertad cumplir años lejos de casa, pero, sobre todo, era decir tiempo en familia.

En la época en que a mi papá empezó a irle mejor en el trabajo, alquilaba un departamento a uno de sus clientes, a dos cuadras del  mar. Mis hermanos y yo pasábamos el mes entero con mi mamá, mientras  él volvía a trabajar a Buenos Aires para regresar con nosotros el fin de semana siguiente o, a más tardar el doce para celebrar conmigo mi cumpleaños. Los últimos quince días eran la gloria; estábamos los cinco juntos.

Mientras fuimos chicos, adoraba jugar a la paleta con mi papá por horas, mientras mi mamá vigilaba de cerca a Diego para que no se perdiera entre la gente. Siempre le ponía mallas color flúor para identificarlo enseguida. Hernán no se movía de su pista de autos, a la que se agregaban todos los varones de las cercanías. Mi papá le preparaba unos circuitos impresionantes con desniveles y puentes. Cuando terminaba esa obra de ingeniería, nos dedicábamos a la paleta, seguros de que no viniera a interrumpirnos. Mamá en la orilla del mar hacía saltar las olas al benjamín de la casa.

Cuando nuestro partido terminaba, nos íbamos a zambullir los cinco. Mamá y yo desafiábamos las olas más altas, mientras mi papá se quedaba con los varones en la parte más baja.

Llegado el medioía, mi mamá volvía al departamento a preparar la comida y a la media hora emprendíamos la vuelta con mi papá.

Siesta obligada a la hora del sol fuerte y vuelta a la playa.

El día no era completo si no viajábamos en la alfombra mágica, que fabricaba mi papá con una lona bien resistente.

Mientras él rastrillaba el médano y toda la arena alrededor de nuestra sombrilla, para asegurarse de que no hubiera nada que pudiera lastimarnos, nosotros ayudábamos a mamá a limpiar y guardar las paletas, los baldecitos,  los moldes y las palitas, en el bolso naranja con flores.

Al terminar cada uno con su tarea, llegaba por fin el momento más divertido.

Con el sol ya poniéndose, la playa casi vacía, con nuestros buzos puestos porque a esa hora refrescaba bastante, mi mamá volvía a preparar el mate. Se sentaba cómodamente en la reposera y se disponía a disfrutar del espectáculo.

Nosotros tres subíamos corriendo el médano con mi papá, al grito de: "El que llega último pone la mesa".

Una vez en la cima, nos ubicábamos en la lona por estricto orden de estatura. Atrás iba yo, la mayor  con las piernas abiertas, dejándole lugar a Hernán para que se sentara. Él hacía lo mismo con Diego. Y así, estando los tres listos, mi papá tomaba la lona de la punta y bajaba corriendo el médano, arrastrándonos hasta llegar a mi mamá, por ese circuito que tan bien había preparado. Volábamos. Ni Aladin habrá sentido tanta adrenalina en su alfombra mágica.

Nos reíamos hasta que nos dolía la panza. Y repetíamos el proceso una y otra vez. Hasta que los pulmones de mi papá colapsaban por el esfuerzo de un día tan agotador pero pleno como pocos.

Así emprendíamos la vuelta: llenos de arena y de felicidad.

Y cuando llovía, la frutilla del postre era volver cantando todos amontonados, debajo de la sombrilla abierta. 

Obvio que no todo era color de rosa. Cuando llegábamos, empezaban las peleas porque ninguno quería bañarse primero y mucho menos encargarse de poner la mesa.

Después de cenar, el tema era lograr que nos durmiéramos temprano. Mamá decía que así íbamos a poder levantarnos con el tiempo suficiente, para volver a disfrutar de otro día maravilloso.

Y tenía razón.

Todos los días lo eran. 

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)


21. PASEANDO CON MI PADRE

Mi memoria me lleva a paseos con mi padre por  Buenos Aires,  a la cancha de Boca, su club favorito,  al Tigre, viaje en catamarán, sorprendido por la belleza de la isla, a la Casa Rosada gustoso de haberla conocido. O cuando hacíamos esas comilonas en casa de mi hermana Mari, degustábamos  ricos platos con buen vino, charlas de cuando éramos chicos con nuestra madre, bromas sobre alguna pretendienta. Le  brinde  todo mi tiempo. Decía a mis hijos: viene el abuelo, olvídense de mí por el tiempo que él esté acá. Creo haber hecho lo mejor para él.  Con el tiempo fue perdiendo la visión, se hizo dificultoso salir Nos reíamos cada vez que salíamos a caminar, yo le marcaba el camino diciendo izquierda, derecha. Verlo envejecer fue doloroso. Una vez tuve un encontronazo con él siendo chica (no recuerdo por qué esa pelea) y amenacé con irme de casa.. Nos parecíamos en ser  un poco caprichosos, pero después solíamos pedir perdón. Disfrutaba verlo los domingos, cómo combinaba su ropa, zapatos, sombrero y bastón para ir a misa. Era coqueto, tenía colecciones de sombreros. Siempre con su mano en el bolsillo y silbando nos íbamos a misa. Fui su gran compañera de viaje, caminatas. Cuando estuvo internado, lo hizo conmigo, no me separé de él. Mis padres, hijos, hermanos, a pesar de muchas diferencias con ellos los amó a todos. 

Gladys Yapura (CABA)


20. FELIZ CUMPLE

¡Ocho de Octubre  tu cumple, papi!  ¡ Silvia y yo  te recordamos con amor! ,  hoy hablé con ella. El último que te festejamos fue cuando cumpliste los  noventa años, cantaste karaoke, te aplaudiste un montón. No tengo fotos juntos, las tengo en mi mente,  en mi corazón, esas jamás se perderán. Nos reíamos de los cuentos de terror que inventabas,  te decíamos ¡Lucio mentiroso!, reíamos a carcajadas los cuatros.  Mientras te escribo siento tu presencia;  Silvia, dice  eres su ángel.  Ya pasaron tres años y sigo extrañándote cada vez que vuelvo a Salta. recorro el camino que hacíamos, pareciera que vamos los dos.  Mis hermanos me dicen que yo era tu preferida será por eso que te amo mucho. Nos dejaste recuerdos, vivencias,  maravillosos. ¡Feliz cumple donde estés!

Gladys Yapura (CABA)

                   

19. CARTA A PAPÁ

Querido papi: cuando te invite a que viajáramos a Salta en avión no lo podías creer, me diste las gracias por haberte cumplido ese sueño tan esperado por ti. Yo contenta al ver tu emoción. Cada año te visitaba, manteníamos esas charla nocturnas ¡Emocionantes! Las tardecitas en la plaza tomando helados. Cuando me pedías que fuera a visitar algunos conocidos no quería decirte que lo único que quería era estar contigo. Te necesité muchísimo ¿Por qué permitiste que me fuera de chica a Buenos Aires?   Culpé a los dos( a quiénes? él y tu mamá?), de no haber podido seguir con mis estudios. Era mi sueño entrar a la escuela de Marina. Muchas veces me reproché haber nacido en un hogar tan pobre y complicado. ¡Me da vergüenza decir esto, perdón,  a los dos. Les decías a mis hijos: "estudien, cuiden de mi hijita, no le hagan lo que yo le hice a ella". Fui mala al no haberte dicho  que hiciste muchísimo. Soy  una mujer valiente, con voluntad de corregir errores. Sigo tus pasos, el entusiasmo en viajar. Qué pena no haberte dicho "te quiero, loco lindo". Fuiste maravilloso para tus hijos y tus nietos.                                                                      Tengo tu sonrisa y tus carcajadas presentes desde el día que partiste a la otra vida. 

Gladys Yapura (CABA)


18. MI PADRE

Antes de irnos a dormir, le pedíamos a mi padre que nos contará cuentos. ¡Cómo lo disfrutábamos! Era soñar, reír, preguntar. Otras veces nos sentábamos en la galería a contemplar la luna, las estrella, ver cómo iluminaban esos hermosos campos llenos de pastizales. Charlas largas fueron con él.                                                           

¡Los sábados!Eran esperados nos poníamos todos lindos para ir a comer sandwiches, tomar gaseosa, helados. Mientras él tomaba unos vasos de vino con sus compañeros de trabajo, conocidos; cuando se veía un poco mareado saludaba a todos y nos decía "¡Vamos, hijitos, a la casa! ¡Contentos partíamos después de un gran disfrute!. Tenía mucha elegancia, buen mozo, de sonrisa picarona, alto, tez blanca, de joven fue rubio. Una vez le pregunté si él era hijo de alemán. Se rió, dijo que no lo conoció ni supo quién fue su padre. Su madre falleció cuando el tenía tres años, poco recordaba de ella, era alta, de cabello rubio, muy blanca, hermosa. Lloré por el cuando conocí su historia de vida, muy sufrida. Fue dado en adopción siendo niño junto con un  hermano menor. Escribiendo esto me viene a mi memoria lo que nos dijo una vez de grandes, que jamás se le pasó por su cabeza abandonarnos, sufrió muchísimo por nosotros. Crecidos todos sus hijos. recién volvió a formar pareja, tuvo una linda compañera querida por todos. ¡En paz estés, lindo Lucio, junto a tu  mami, Julia, mis tres hermanos que  marcharon de bebes y Guillermina!  

Gladys Yapura (CABA)

17. CARTA A PAPÁ 

Papi:

        Seguramente que estas ahí, guiándome como la luz de un faro en la noche.

 Después de que te fuiste, no me quede quieta, hice lo que te prometí y obtuve el título universitario, algo que te debía, lo merecías y yo también.

Nos hemos reído mucho, y hemos compartido muchos momentos de eterna felicidad.

Te equivocaste y yo también me equivoque, debí estar más presente.

Gracias por reservarte preguntas, con solo intercambiar una mirada, sabías la respuesta.

Gracias por tu sostén, por percibir a la distancia esa necesidad de escuchar tu voz.

Te extraño tanto y te necesito, no hay un día que no te recuerde.

Muchas cosas de las que me molestaban te las dije, me has dado ese privilegio, quizá Mónica se las guardaba.

Pero, no me olvido de que esperaba algo más de vos .Cuando te fuiste de casa.

Llegabas y con temor tocabas el timbre, creo que muy pocas veces has venido. Estabas mal, angustiado, te habías separado de mamá, pero tenías tres hijos y te pregunto ¿qué te pasó?

Te había explicado las razones de porque no podíamos vivir con mamá, no estaba bien, ya sabíamos que Rubén estaba cada día peor.

Sé que hiciste lo que pudiste, pero no lo que yo esperaba, por mis hermanos y por mí.

Mamá estaba ausente, mezcla de dolor y resentimiento.

Lo demás ya lo sabes, ¡y bien que miraste para otro lado!, te pedí que te hicieras cargo de mi hermana y de mí.

 En un principio, dudando, dijiste "Sí; busquemos departamentos", pero luego me invitaste a un café para decirme que no, que no podías, con tu gran capacidad verbal, significaba “arreglatelas como puedas”…

Siempre fue así- en eso coincidían con mamá que me decía desde chica, “de vos no tengo que preocuparme”. 

Le confesé a Mónica que me iba a ir de casa, en fin a escapar, sin que mamá y Rubén supieran.- Mónica con lágrimas en los ojos-,

Me pidió por favor que la llevara, así que sacamos unas pocas cosas por la ventana que daba a la calle y nos fuimos. 

Gracias a mis compañeras de trabajo, me contacté con una psicóloga, y ahí decidí irme a Mar del Plata, Mónica era muy chica, así que debía correrme de lugar y tomar distancia. Así fue, entre los dos se hicieron cargo de ella.

Mónica nunca me lo perdonó, estaba de abandono en abandono.

Cada uno sabe en qué lugar guardar su dolor, pero este era muy grande y entendí que había que soltarlo.

Te perdono por lo que no hiciste, me hago cargo de lo que no hice, quizá yo no fui la hija que deseaban tener, y quizás yo no fui lo que quise ser. Te extraño. Un abrazo hasta el cielo.

Amorina Márquez (Mar del Plata.


16. ¿REPROCHE?

Si pienso en algún reproche que hacerte, busco, pienso y me preguntó ¿por qué te descuidaste tanto?, ¿qué te faltó?, ¿qué pasó? Las pocas cosas que me contaste de tu infancia me parecieron dolorosas ¿Por qué no tuviste necesidad de indagarlas? Cuando hablabas de tu papá, casi no tenías recuerdos de él. A pesar de que falleció a tus ocho años. La explicación que me dabas era que toda tu familia te había hablado mal de él. Y ese fue el motivo de tu amnesia. Te reprocho eso .¿Por qué no te exploraste más?, ¿por qué te abandonaste en ese sobrepeso? Hubiera sido bueno conocerte flaco. Eras preso de tu cuerpo. No te gustaba verte en fotos. No te querías. Hoy a mí me pasa lo mismo. No me soporto frente al espejo. No quiero repetir esa historia tuya. Quiero repetir otras cosas pero justa esa no. Y no sé si soy presa de la genética o de nuestras costumbres pero me está costando salir. Al menos ya detecté que tengo un problema, de mi depende resolverlo. El tiempo dirá. Ojalá pueda cortar con esa parte de nuestra historia, por mí, y por mis hijos.

Releo lo que escribí, y ya no te reprocho nada, intento enojarme, pero no quiero, no lo necesito. Pesan mucho más los buenos recuerdos que me dejaste, que lo malo que pudo haber. En ese contraste saliste ampliamente favorecido. Fuiste un papá con el que pude compartir charlas, risas, carcajadas, discusiones, y si, nos faltaron cosas, me hubiera encantado actuar con vos o escribir algo juntos. No pudo ser y duele, me provoca lágrimas. Por esas cosas de las que también hablábamos conservo la esperanza de volver a verte, en otro plano, nos encantaba hablar de lo sobrenatural. Compartíamos tanto, papá. Ahora me doy cuenta. Y puedo seguir escribiendo, y se van disparando recuerdos como un árbol frondoso que no para de extender sus ramas, es maravilloso el poder de tu recuerdo. Estás, de alguna manera estás, papá.

Leona (CABA)

15. CARTA A PAPÁ

Papá:

Te quiero papá. Extraño decir papá. Extraño tu risa exagerada. Tus chistes. Tus comentarios sobre la política actual. Me pregunto siempre qué dirías sí supieras que Mauricio Macri es nuestro presidente. Estarías enojado. Le hablarías a la tele indignado, como cuando veías alguna entrevista a algún político impresentable para vos, y decías – ¡Pero este periodista es estúpido!, por qué no le pregunta sobre… Y esa frase venía acompañada de algún hecho delictivo del entrevistado, que obviamente no se tocaba. ¡Cómo te ponías!

También me acuerdo cuando te acompañaba a cobrar, o hacer alguna entrega. Íbamos con tu chata. Viajábamos a barrios dónde yo nunca había ido. Para mí eran lejísimo. Pero vos siempre decías Vení, acompañame, qué voy acá nomás. A veces se te quedaba la chata, había que esperar el auxilio. Me río mientras escribo. Siempre pasaba algo. Nunca fuiste un papá de corbata y portafolio. Me acuerdo que alguna vez te lo reproché, ¡qué tonta! Sin duda fuiste el mejor papá, y hoy lamento muy profundo en el alma que mis hijos no te hayan podido conocer y disfrutar.

¿Cómo se transmite la magia de alguien que ya no está? Eras impredecible, papá. Era rutina que no hubiera rutina si vos estabas ahí. No tenías un horario fijo de regreso. Entrabas siempre contento, afuera se podía estar cayendo el mundo a pedazos, pero vos siempre entrabas con una sonrisa y algo rico para comer… Aunque ahora mientras escribo, recuerdo que también había veces en las que volvías malhumorado. Entrabas sin mucha bulla, comías algo, y te ibas a acostar. Cuando te levantabas de esa siesta, puede que estuvieras contento, como que no. A veces te ponía de mal humor cocinar porque mamá llegaba más tarde de trabajar, y esa tarea te tocaba a vos. Había días más fáciles que otros. Tu humor también cambiaba con facilidad. La comida y el descanso, eran factores fundamentales para que ierasestuv bien predispuesto. Hoy a mí me pasa lo mismo, llego de trabajar y quiero comer, y a veces es un regalo que Facu, tu nieto más chico, quiera dormir también, y entonces hago una breve siesta con él. La siesta es un momento mágico. Disfrutabas mucho de dormir. Había fines de semana que consistían en comer, dormir y mirar películas, ildolcefarniente, como decía mamá, hoy ya no lo dice ¿Será qué era más divertido hacer nada cuando estabas vos? Me dejaste tantos interrogantes, papá ¿Fuiste feliz? Al final, ¿qué te llevaste? Me acuerdo esa vez que miramos la película Ghost, la sombra del amor. Mientras la película terminaba, vos dijiste entre lágrimas – Y claro, cuando uno se muere, se lleva eso, emociones, sentimientos. Era verdad finalmente. Al menos de este lado, lo más importante son las emociones que evocan tu recuerdo. Me queda eso. Gracias, papá.

Leona (CABA)

14. MI PADRE A SALVO

Entra una luz débil por las ranuras  de la vieja  ventana. El sol recién salió, dormí  muy mal. Pienso por qué no me quedé con la tía Elvira. Ahí no me entero de los problemas que hay en casa. Ella me lava bien la cabeza, me peina con una colita y me da ropa que trae para  mí cuando va a Buenos Aires a buscar cosas para su  negocio. También  me pone un camisón  y puedo leer libros de cuentos  antes de dormirme,"El escarabajo y la moneda de oro " es mi preferido. En casa siempre me despierto asustada,  me duelen los brazos y un poco las piernas porque duermo toda enroscada,  tratando de adivinar ruidos, esperando que papá llegue. Sí me levanto mamá está en la cocina y mientras me da un mate me comenta: "¿Te parece a la hora que llegó? Tenia razón tu abuela  cuando me decía no te cases con él, vos sos una buena chica, y a este le gusta la calle ". Yo la miro y no sé qué decirle, me da pena, no tengo palabras, no me sale ni una sola aunque sea como consuelo. Entonces quiero ser sorda o ser grande y tener esos consejos que dan los  grandes cuando se ponen serios y hacen sonar con fuerzas el último chupón de mate, como haciendo importante lo dicho. Sigo dando vueltas en la cama. Son las siete. Las siete y papá hoy no llegó. Dentro de una hora doña María abrirá la panadería, es tarde. Ahora el sol parece más fuerte, y todo es más claro. Escucho apoyar la bici en la pared del garage, es él. Oigo a mamá que se levanta para abrir la puerta de la cocina con un saquito sobre los hombros. Hablan. Escucho sus pasos, van al dormitorio. Yo me escondo debajo del acolchado, está oscuro y más calentitopero es pesado, siento que el peso no me deja mover,  estoy pegada a la cama, mientras un cosquilleo recorre mi cuerpo. Escucho que mamá le dice: "Quedate, ¿dónde vas a ir en ese estado ? (esas palabras son como resortes que me quieren sacar de la cama), pienso en taparme los oidos. Todavía los escucho, no puedo dejar de escucharlos, ella le dice: "Ni caminar podés, ¿dónde querés ir? Ahora sí, doy un salto porque si se va, se mata, no quiero que se vaya, no quiero que se muera. Con las zapatillas Flecha en chancletas  corro al dormitorio de ellos. Papá  está tirado sobre la cama con las piernas colgando y con un solo zapato, mamá tapándose la cara mientras llora  dice: "Despertaste a la nena ". Me siento como si fuera a darle el último chupón al mate y. sacando todas mis fuerzas, le subo a mi padre  las piernas arriba de la cama y tiro de su zapato hasta sacárselo. Papá se deja tapar y dice: "Perdón hija " Yo siento que por hoy mi papá está a salvo…

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

13. RECUERDOS DE PAPÁ

      ¡Qué alegría cuando llegaba un parque de diversiones o un circo a la ciudad!, pasaban con la publicidad por las calles, los circos con las jaulas de animales , los payasos y trapecistas vestidos con sus galas, lxs enanxs haciendo piruetas y provocando las risas en todxs los que nos agolpábamos en las veredas para verlos pasar; la publicidad de los parques prometiendo alegría, diversión, premios, regalos. Y yo quise ir esa vez al parque de diversiones y vos, papá, me llevaste, también fue mi mamá. Disfruté de algunos juegos  y de otros en los que debía hacer puntería o enganchar  algo; no conseguí nada, esa fue la parte triste de la historia porque me dio mucha bronca irme con las manos vacías, yo quería sacarme una muñeca o un chanchito grande de losa, esa era mi ilusión. Otras veces  me llevaste a ver algún espectáculo desde afuera porque nunca teníamos plata para pagar las entradas. Entonces íbamos  para escuchar o ver algo, aunque fuera algo del espectáculo, subidxs a un paredón o a caballito porque andábamos en la mala, sin plata y con un negocio prácticamente fundido. La  situación económica se fue agravando y tu cuerpo lo sintió;  una mañana de domingo mientras mi mamá cocinaba vos te habías bañado y te estabas afeitando cuando te sentiste mal y llamaste desde el baño pidiendo ayuda.  Tengo la imagen grabada en mis retinas yo parada en el pasillo sin saber qué hacer, inmóvil, con miedo, con un nudo en la garganta y vos en el baño  de espaldas con un bata a rayas blancas y azules apoyado en la pileta. No recuerdo quien corrió para llamar al doctor que vivía en la cuadra siguiente, mientras mi mamá y alguno de mis hermanos  te llevaban a acostarte. Los días que siguieron fueron tristísimos, estabas  enfermo en la cama y cuando pudiste incorporarte,  una parte de tu cuerpo no te respondía y vos, el papá que había visto  trabajar en el negocio todo el día ya no era el mismo; te veías arruinado, enfermo y triste con apenas  cincuenta y siete años. 

ChiquitaLilí , San Antonio Oeste, Río Negro) 


12. CARTA A PAPÁ

Querido papá:

                      Así es como ahora puedo llamarte, puedo decir “mi papá” cuando en las conversaciones hago referencia a vos o recuerdo alguna situación de mi infancia; nunca mis hermanos, mi hermana mayor ni yo te llamamos papá, mucho menos “querido”, porque en casa no circulaban las palabras amorosas “te amo”, “mi amor”, “hija/o querido”, no se festejaban los cumpleaños y las fiestas de fin de año eran realmente tristes; deseaba tanto festejar como lo hacían otras familias, solía soñar despierta que tenía otra familia un poco más normal. Te llamábamos por el apellido, también mi mamá cuando se refería a vos te nombraba por el apellido, en cambio vos sí la llamabas por su nombre. Pasaron muchos años pero la ausencia de la palabra papá en mi niñez es una marca como las cicatrices en el cuerpo, como una cuchillada en el centro del pecho y de pronto todas las lágrimas salen en un llanto incontrolable. Y nunca pude preguntarte ¿por qué, papá?, ¿qué pensabas?, ¿qué sentías?, ¿qué éramos para vos tus hijxs? Diez años tenía cuando te dio el primer ACV y después de tres años de sufrimiento falleciste. o puede llorar  en ese momento, me da vergüenza decirlo pero en ese momento sentí alivio porque el último año te había visto sufrir postrado en la cama, con un cuerpo empequeñecido y arrasado por la enfermedad.

                    Cuando era niña sentí que conmigo eras más atento y comprensivo, te reías de mis ocurrencias, me llevabas de la mano hasta el kiosco de la plaza donde comprabas el diario y hablabas de política con los amigos que allí se juntaban, y al volver a casa te causaba gracia cómo yo te imitaba hablando acaloradamente de temas que no entendía. Me veo caminando  de tu mano el primer día de clases en el Jardín de Infantes que estaba a media cuadra de nuestra casa, ese día hubiera querido que la tierra se abriera y me tragara, que me volviera invisible porque iba hacia lo desconocido, pero vos me apretaste la mano y me acompañaste. Ese día lloré mucho, te dije que no quería ir al Jardín, entonces vos fuiste a hablar  con la directora de la escuela primaria que estaba dos cuadras de casa y de un día para el otro comencé Primer grado, con los mismos temores, con la misma timidez del primer día en el Jardín de Infantes. En cambio con mis hermanxs no tenías la misma paciencia, eras autoritario, los mandabas a trabajar en el negocio, a cobrar cuentas de un centenar de clientes que te dejaron en la ruina porque nunca tenían el dinero o se escondían con mentiras. Entonces el miedo al castigo era lo que los movía a colaborar, nunca vi que coversaras con ellos como un padre amoroso. A la hora de comer no se debía hablar ni mucho menos quejarse por la comida, me acuerdo que a Luis no le gustaba la polenta entonces se sentaba lejos de vos para que no vieras si se la comía todao no. Cuando a Anselmo, que estaba cursando el último año de la secundaria,  lo amonestaron por dibujar a un profesor en un pizarrón te enojaste mucho, mi hermano no volvió más a casa y se fue a vivir con mis abuelos maternos y no sé qué hiciste después, si lo buscaste,  si fuiste a hablar con él, no sé y nunca pregunté. Solo sé que mi hermano apenas terminó la secundaria se fue a Buenos Aires y solo volvió para tu velorio. Mis hermanos siempre estuvieron enojados con vos, cuando te mencionaban decían “ el viejo”, o “Landrú” que era el apodo que te habían puesto, y yo también sentía enojo por tus maltratos. Cada uno fue saliendo de esa especie de guerra del desamor que vivimos como pudimos, unos más lastimados que otros, con marcas que no se borran y heridas que no se curan. uan Carlos y yo sentimos que tal vez, por ser los  más chicos, sufrimos menos la presión y el maltrato, porque la violencia también estaba presente en la ausencia de cariño y  de palabras para construir lazos fuertes, crecimos vacíos de abrazos, en los silencios cada uno se fue metiendo para adentro y transformando el dolor en enfermedades y soledad, en el “no te metas (repetís metas)porque es peor”, era mejor callar para que no te enojaras, esconder, mentir era una de las formas de salir de las situaciones.

                     Después del primer ACV se sucedieron otros y tu salud fue desmejorando; tu parte derecha se paralizó y te volviste muy sensible y dos por tres te veía llorando. Entonces necesitabas de la ayuda de lxsque habíamos quedado en casa: mi mamá, Julia, Juan Carlos que te ayudaba a bañarte y te afeitaba, y yo que sufría verte caminar con dificultad arrastrando tu pierna,  llorando la desgracia de verteasí debatiéndote tal vez en tus propios pesares. En medio de tu propia desgracia, trajeron a tu padre muy enfermo a casa quien a los pocos días  murió. Mamá nos contó después que cuando te contó que tu papá había muerto vos dijiste que ese hombre no era tu papá. Entonces ¿quién habrá sido tu verdadero padre?, ¿qué infiernos viviste con tu mamá que era una persona de mal humor sin rastros de bondad por mi conocida?, ¿qué historias te atormentarían y te constituyeron en un ser que no supo ser un buen padre? No lo sé, hay muchas cosas que no sé y que me gustaría saberlas para poder comprender la tragedia que nos atravesó y poder sanar. En este presente estoy cerrando heridas, entendiendo que a ese pasado no lo puedo cambiar ni yo ni nadie, te quiero decir que fui trazando otros rumbos en mi vida, construyendo otras formas de pararme ante la vida, con errores y aciertos como a vos seguro te pasó.  A vos la vida no te dio la oportunidad de poder  darte cuenta y volver a empezar desde el amor. Ahora que soy mamá y abuela, sin  resentimientos te digo estamos en paz. papá.

            ChiquitaLilí , San Antonio Oeste, Río Negro) 

                                                                                                                                                      

11. CARTA A PAPÁ

Querido papá, hoy me han propuesto escribir sobre vos. Me cuesta mucho. Todo lo que escribo, me parece poco. ¡Te extraño tanto!

Recuerdo tu bondad, la dulzura conque me tratabas desde que tengo memoria. No veía la hora de que llegaras para sentir que era alguien para alguien… Ese alguien eras vos. Esperaba tus brazos, tu cariño, como mis hijas esperaban, y tenían, siempre los míos.

Nunca un levantar la voz, jamás un grito. Todo en vos fue dulzura, siempre. Si yo hacía algo mal, me hablabas, aconsejabas y explicabas por qué no era conveniente actuar de ese modo. Nunca jamás, me prohibiste nada. Siempre con inteligencia me guiaste a medida que fui creciendo

Seguramente no fui la mejor hija. Pero te puedo jurar que siempre me hiciste sentir que lo era. Y yo traté con todo mi ser, de serlo.

Llegabas agotado de los arduos trabajos que tenías, y sin embargo jamás te molestaba hacerme la leche, con pancito y manteca y dibujitos con dulce de leche. Mamá jugaba a la canasta y no le gustaba atenderme. Vos jamás delante de mí la criticaste. Por nada. No sé qué pasaba cuando estaban a solas.

Siempre me pregunto si le hacías algun reproche o no. Muchas veces al ir creciendo, necesité que le dijeras algo… pero vos siempre fuiste todo paz y justificaciones para ella, mamá, cuando yo lloraba por algo. Me defendías, sí, me consolabas, ¡pero yo necesitaba escuchar que reaccionaras!

La amabas mucho. Eran muy compañeros socialmente. Bailaban como artistas el tango de salón. Sobrio, como eras vos. Con esa humildad que te caracterizaba y siendo un grande… Inteligente, uno de los hombres de ciencia de la Unesco. Profesor en la UBA, Director de Planeamiento en la misma universidad y en la de Morón, luego de retirarte del Ejército (cuando ascendías a Tte.Coronel), por cuestiones políticas en el año1962.

Tu vida de ingeniero y científico, nos llevó a tener muchas mudanzas. ¡Ocho en dos años! Todo lo hacías para mejorar nuestra vida. Mamá no soportaba estar fuera de Buenos Aires, de la calle Corrientes con sus luces y los teatros con obras sin fin.

En casa era otra cosa. No se te atendía como yo creo que correspondía, comías lo que había y te conformabas. Lo único que pedías era que no te faltara el postre. Podía ser una fruta o algo dulce, mejor. Eras muy goloso.

Tu vida se apagó diez años después de la de mamá.  Tus últimos seis años, los viviste a mi lado y con mis hijas, tus nietas adoradas.

Primero, demencia senil y luego el horrible Alzheimer. Fuiste nuestro bebé. Sí. Siempre un señor, con una corrección que jamás se te olvidó. No sabías quién era yo. Ni mi nombre. Pero yo comprendía y te adoraba igual. ¿Cómo no? Las chicas y yo decidimos hacerte jugar todos los días y en tu demencia, disfrutabas y te reías. Aprendimos a cuidarte así. Te acompañé en terapia intensiva, hasta las puertas del cielo, luego de los últimos años compartidos.

Estando ya ciego, abriste tus ojos, como uvas color aceituna, me miraste, y yo sostengo que me veías; sonreíste y partiste tomado de mi mano.

Es todo por hoy. Te mereces mucho más de mí. Gracias por ser tan ejemplar y bueno en todo, papá. Te quiero.

 Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)

 

10. ESTE ES PAPÁ

Uno de los recuerdos más dolorosos que tengo de papá es  un episodio ocurrido hace más de cuarenta y cinco años. Yo tenía seis. A veces me parece mentira que un instante haya permanecido tanto tiempo en mis recuerdos.

Habíamos jugado afuera las tres hermanas durante toda la tarde, supongo que Alejandro habrá estado por ahí también. Había sido un lindo día. En Córdoba, las tardes durante la mayor parte del año transcurren agradables  y cálidas. En casa había un jardín grande. A la nochecita las chicas seguíamos riéndonos mientras nos preparábamos para bañarnos.Papá había llegado de trabajar, seguramente cansado y vaya a saber cuántas cosas más. Siemprese recostaba un ratito para “relajar”, decía él.

Mamá estaba en la cocina, tal vez preparando la cena.

Las tres jugábamos metidas en el baño. María salió y Vicky me dijo que también me fuera porque se iba a bañar ella. Mientras tanto, me empujó. Yo resbalé descalza en el piso mojado y me caí. Me golpee sí, pero más grande que el golpe fue la bronca y el susto que me provocó el empujón.Hoy creo que su intención no fue lastimarme ni tirarme pero en ese momento la vivencia fue terrible.

Estallé de ira, me levanté de un salto, llorando y a los gritos la insulté: “¡¿Qué haces?!¡pelotuda!¡pelotuda!. Papá vino apurado desde su pieza. Yo le iba a contar lo que había pasado, laiba a acusar a Vicky, estaba segura de que él me iba a defender. Pero papá no vino a preguntar ni a escuchar. Sin decir una sola palabra me pegó en la boca con el revés de su mano abierta. “¡Eso no se dice!”, me retó.

Me sorprendió, me agarré la boca, me dolieron los labios apretados entre mis dientes y sus nudillos y el alma también me dolió, entre el desconcierto, el porrazo y el cachetazo.

Vicky me pedía disculpas y yo seguía llorando, más furiosa después, por toda esa situaciónque desde mi visión de niña había sido tan injusta. Una vez más se desvanecía la alegría y la diversión en un mar oscuro de pena y silencio.

Algunos otros momentos permanecen en mis recuerdos con algo más de dulzura y cariño.

Si bien no éramos muy demostrativos, en ocasiones pude reconocer su calidez y la mía.

Cuando tenía dieciséis años, estaba de novia con un muchacho muy bueno. Él vivía en Mar del Plata y yo en Córdoba. Pasamos un verano en Mar del Plata.Nos veíamos todos los días. La última noche que íbamos a salir juntos antes de miregreso a Córdoba,yo estaba muy triste por alejarme de él. Me estaba arreglando para salir,me pintaba y lloraba frente al espejo. Papá se acercó por detrás, me miró y  me preguntó: “¿Qué te pasa? ¿estás triste?” Me di vuelta, lo abracé fuerte y lloré  sin hablar. A papá se le caían las lágrimas y me dijo: “Dale flaca, arreglate que ya te van a venir a buscar, ponete linda”. Y se alejó. Fue uno de los momentos más tiernos que recuerdo haber vivido con él.

Seguí llorando un rato más. No sabía si por la despedida con mi novio o por las palabras de papá. Hoy sí lo sé.

Los meses previos a su muerte, vivíamos en Mar del Plata. Yo estaba casada con un marino, por lo cual pasaba muchos días sola. Papá había comprado un terreno a pocas cuadras de nuestra casa. El barrio era hermoso y el proyecto de construir su casa lo había transformado en una persona  feliz. Había comenzado una relación con una mujer y estaba contento también por eso.

Los fines de semana se los pasaba trabajando en su terreno, limpiando, haciendo cimientos, levantando paredes. Como  construyendo una nueva vida.

Los medio días almorzábamos juntos y en las tardes tomábamos la merienda en casa. Eran momentos  de charlas sin reproches, sin interrupciones, momentos apacibles, parecía que todas podían ser  buenas noticias.

Fue la primera vez que sentí tener su atención sin condiciones, sin “peros”, sin reloj. Disfruté mucho esos meses. Tiempo breve e intenso. Como si hubiera resumido mis veintitrés años, de buscarlo y esperarlo, en dos  meses de encontrarlo y disfrutarlo.

 Clara (Junín de los Andes, Neuquén)

 

 

9. EL CAMPO

 Ese viernes cuando llegué del colegio, al entrar a casa encontré a mi madre sentada en su sillón hablando por teléfono. Al colgar dijo:

-Se duchan y se preparan para ir al campo, nos vamos a Mercedes, falleció un tío de tu padre, el tío Paulo.

Una pena, pensé. Recordaba al tío Paulo con mucho cariño, era divertido, él me había enseñado a montar a los cuatro años.

Llegó papá y yo ya tenía, en mi cabeza, unos cuantos argumentos para convencerlo de que me tenía que quedar en casa ese fin de semana. Los descartó casi sin oírlos. No hubo un solo gesto en su cara que me haya hecho pensar en que estaba considerando algo de lo que le había estaba diciendo.

-Lo van a pasar bien, Gabriela, ya vas a ver- me dijo.

Salimos en coche cerca de las seis de la tarde. Estaba terminando octubre, lo recuerdo bien porque un par de días atrás habíamos festejado el cumpleaños de mi padre. Al menos no me va a tocar un fin de semana con lluvia en el medio del campo, pensé.

Pasé todo el viaje repasando lo que mis amigas iban a hacer en esos días: ir al club, juntarse en la casa de alguna para ir a bailar, comprar ropa, cantar en el coro de la misa el domingo.

Lo que había terminado de arruinar lo que vaticinaban mis próximos dos días fue enterarme de que mis primas no iban porque mi tía Esther estaba engripada. Siempre supe que esa tía era más pícara que todos.

Al llegar a Mercedes nos dejaron, a mi hermana y a mí, en la casa a cargo de la casera. Mis padres, mis abuelos, tíos abuelos y otros familiares se reunieron en el velatorio.

Al día siguiente, al alba, empezó la magia. Me vestí rápido porque escuché ruidos en la cocina y allí estaba mi padre tostando pan casero, ese pan que había en esa cocina siempre; estaba desenvolviendo un bloque de manteca del tamaño de una caja de pizza y las mermeladas de mi abuela eran las participantes estrella.

Desayunamos los dos solos en la mesa de afuera, me acomodé al lado del romero. Frente a mí había solo una eterna manta verde. El campo iluminado de rojos por el sol que acababa de asomar no nos permitía decir palabra. El silencio era de los pájaros. Ellos lo hacían y deshacían a su antojo. Horneros, cardenales, tijeretas, gorriones, jilgueros cantaban enmarañando sus voces. Jugué a distinguirlas como me había enseñado el abuelo.

-Terminá tu tostada que quiero mostrarte algo, tu hermana por dormirlona, se lo pierde- dijo papá

Apuré el último trozo de pan y me levanté limpiando las migas de mis manos en el pantalón. Sin decir nada empezamos a caminar hacia el chiquero. Ese lugar donde jamás iba a ver a mi madre.

Nuestro andar fue acompañado por los perros que sumaban sus ladridos a la fiesta de los pájaros.  Recordé que en mi niñez, ese camino de poco más de medio kilometro lo hacía en bicicleta, pero aquel día todo parecía nuevo. Hasta el ritual de mi padre al recoger el fruto de los eucaliptus para nebulizarnos en el invierno lo vi distinto, encantador y sabio. Estaba entregando mis sentidos adolescentes a las mañanas del campo, yo, que creía tenerlo todo abriendo las puertas del balcón.

Íbamos llegando y me detuve al ver las gallinas, sonreí al recordar a papá aquel día en que se enojó con mi abuela al enterarse de que nos había enseñado a quebrarles el pescuezo con un seco movimiento de muñeca. Hoy creo que fue una puesta en escena. La enojada, seguramente, había sido mi madre.

Entramos al chiquero y papá saludo a Don Mateo, el encargado de la granja, la chacra y el huerto; lo recuerdo esperando a mi abuelo para la faena de salames. Lo percibía como una persona esencial en la vida de los hombres mayores de mi familia. Esos hombres que, nomás pisar Mercedes, vestían camisa, bombacha y faja como él.

Don Mateo me alzó en brazos como si aún fuese una niña, olí su ropa ahumada y supe que el asador en cruz ya estaría encendido con algún cordero.

Fuimos hasta el fondo de ese galpón que sumó los guarridos de los cerdos a las voces de los perros y pájaros, papá me señaló a la cerda anciana que diez años atrás había corrido y mordido a mi abuela.

Don Mateo se adelantó y abrió la puerta de poca altura y de madera, que preservaba algo que aún no veía.

Me acerqué y mi padre puso su mano en mi hombro, en ese momento entró mi abuelo y apuró su paso a mi lado. El silencio seguía siendo el protagonista en el milagroso instante en que la chancha más joven del chiquero comenzaba a dar a luz.

Mi memoria dice que el rostro cuarentón de mi padre tenía una luz de adolescente y que mi abuelo volvía a ser el padre que mostraba aquel mundo a su hijo. Yo sentí que me colaba en las vivencias del pasado de esos hombres.

 Gabriela Moreira (CABA)


8. PRIMER DIA

El verano en que cumplí los doce aún se resistía a dejar los amaneceres en la ciudad, todavía eran rojos y diáfanos. Las vacaciones habían quedado atrás, empezaba un año escolar muy especial, tal vez el más especial de todos.

Huí de la cama y descalza recorrí la casa, el olor del jazmín venía del balcón abierto y lo invadía todo; era como tener el campo metido en aquel piso 11  que me estaba viendo crecer. Nadie disfrutaba conmigo del preciso instante en que el primer rayo intenso de sol se colaba entre las cortinas del pasillo.

Estaba ansiosa, nerviosa, feliz. Corrí al baño grande para espiar la calle por la ventana y ahí lo vi bañado de la luz naranja de ese día, ahí estaba mi colegio que se imponía sobre la avenida con sus ciento y pico de años. Para mí lo que veía era mi casa, la que me había recibido con apenas tres años y que ahora me esperaba para cerrar un capítulo.

-¿Cómo hace para seguir durmiendo?- pensé mientras miraba a mi hermana que ni se había movido aún de su cama y en voz alta le dije: "Yo no te espero".

Sentía que se me hacía tarde, tenía que desayunar, lavarme los dientes y ponerme el uniforme que cuidadosamente había dejado preparado desde la noche anterior. ¡Oh no! -me dije con los ojos lo más enormes que pude, ¡me olvidé del nudo de la corbata! Papá lo hacía y lo hacía lento, mirándome de reojo frente al espejo, una y otra vez desde hacía ya siete años. Supongo que esperaba que algún día yo aprendiera pero su paciencia siempre fue infinita, tuvo que esperar hasta mis quince o dieciséis.

Desayuné mi té y por fin escuché sus pasos, largos y lentos, monótonos, inconfundibles.

-¿Ya estás lista?- preguntó

Lo miré por arriba del último sorbo de té con los ojos brillantes y decididos, asentí con la cabeza. Ya casi era la hora. Le advertí que faltaba el nudo de mi corbata.

No fue la primera ni iba a ser la última vez en que esperé que mi hermana terminara de prepararse para salir, vivir frente al colegio nos daba el privilegio de dormir un rato más que ella aprovechaba hasta el último segundo; la había visto acostarse con el uniforme a modo de camisón para ganar unos minutos de modorra. Yo no, hasta el día de hoy, el amanecer es mi mejor momento del día.

Saludamos con un abrazo a papá y respondimos con un “sí” a esas palabras que serían las de cada día hasta terminar el secundario: “Cuidado al cruzar, no hagas lío Gabriela”

Por fin bajamos en el ascensor y en cuanto pusimos un pie en la vereda tomé la mano relajada y blanda de Adriana y caminamos pocos pasos hasta la esquina de la avenida; yo temblaba.

Los movimientos de la calle a esa hora me parecieron en cámara lenta. Sin soltar la mano de mi hermana giré mi cabeza mirando hacia atrás, arriba casi en el cielo, busqué la ventana del baño grande y ahí estaba papá con su inmensa sonrisa. Fue todo lo que necesité para cruzar la avenida con paso firme y seguro. Al llegar al otro lado volví a mirarlo. Él ahora nos aplaudía.

Aplaudía nuestra primera vez de llegar a algún lugar sin estar de su mano.

  Gabriela Moreira (CABA)


7. RECUERDOS DE MI PADRE

 ¡Claro!, cómo iba a entender ésa parte cuando hablaban un idioma desconocido, era fícil mis padres se descosían de risas.

Tal vez no querían que nos enteráramos.

Me pidieron que hablase de estos recuerdos, en especial de mi padre no estoy autorizada literalmente, porque muero.

Es en definitiva un trago amargo que ha quedado incomodándome, como una enferma de tanta ansiedad no conseguí dormir esa noche.

Sentía como una fuerza me centrifugaba mis entrañas cortándola en pedacito, al final como una muerta recostada con mi recuerdo.

Si logro escribir, viviré, lo sé. No queda otra opción…

Empecé por hilvanar varios retazos,antes ya lo había hecho con esta puta memoria era como algo impenetrable asquerosamente impenetrable, decidida y sin alma le entré, parecía sencillo, viéndolo de afuera. El silencio aterrador me acompañó, cerré los ojos y me dejé ir, traspasé la línea del tiempo donde la hora se hace eterna, ya está,me consolé abrazándome camino a un pequeño pueblo, donde alguna vez habité.

Las historias a veces son tristes, alegres, hasta pueden excitarte…somos humanos

Pero yo estoy vacía, me falta parte de la niñez,sin contenido.

En letras chicas tengo el secuestro de mi padre.

Una pesadilla dónde el destino hizo bien su trabajo, esa noche me acosté como todos los días para no despertarme jamás.

Ya no podría jugar con el viento, ni cazar mariposas, ni escribir

Ahora…páginas en blanco como no podría ser de otra manera, sin querer jugué con las emociones en jaque…

Mamá estuvo bien, enseñó el amor como algo mágico que todo lo puede, papá acompañó, ese juego de dos. Las historias siempre son de dos…yo me niego pido perdón a usted y a Dios. El alma se me ha enfriado ya carezco de todo, estoy preparada para ser un robot….

Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)


6. LARGA CAMINATA POR LAS SIERRAS

Partimos muy temprano, ya que convenía regresar antes de que el sol de mediodía azotara con fuerza nuestras cabezas. Papá había solicitado previamente a la administración del hotel que nos preparara el desayuno, a un horario en que la mayoría de los turistas aún dormían. Luego de consumir un rico café con leche acompañado con medialunas, y ya listos para salir de excursión, subimos los tres hermanos con él, al auto que nos condujo hasta el pie de los cerros.

Ese año pasábamos nuestras vacaciones de verano en la localidad de Cruz Chica, situada en la zona más elevada del Valle de Punilla, que se extiende hacia el noroeste de la ciudad de Córdoba. Recuerdo que el hotel tenía una pileta, casi siempre deshabitada, porque el agua estaba tan helada, que parecía se dibujaban cubitos de hielo en su superficie. A pesar de ello, luego de una respiración profunda, cerraba los ojos y me zambullía en esa piscina extensa y, al entrar en el agua, sentía que un gélido líquido penetraba hasta mis huesos. Luego, esa primera impresión se iba atenuando a medida que nos divertíamos en los juegos acuáticos improvisados con mis hermanos.

Esa mañana marchamos los cuatro, provistos de cantimploras con agua, amarradas a nuestros cinturones, y comenzamos el ascenso al Cerro La Cruz. Mi mamá no había ido esta vez con nosotros, pues habían averiguado que esta iba a ser una travesía más larga que la anterior  realizada en familia, y ella no se sentía preparada para tal evento.

Los cerros se extendían, imponentes, ante mi mirada de niña de nueve años, y eso me resultaba fascinante. Sin mucha dificultad, llegamos por el sendero que nos conducía hasta un monte, que creímos podía ser el pico. Por el contrario, no fue así, sino que en ese momento apareció otro cerro, y otro más. Ya no recuerdo cuánto tiempo nos llevó esta caminata, pero sí que mi papá nos alentaba cuando nuestras fuerzas parecían flaquear. Al fin, ya algo extenuados, arribamos a la cima, y todo el cansancio de repente desapareció. Allí permanecimos un largo rato en silencio, extasiados ante la vista de ese paisaje serrano deslumbrante. Hacia ambos lados se divisaban diferentes localidades, mientras se podía ver al río serpentear,  jubiloso, a través del espeso monte y, cada tanto, alguna playita de arenas  doradas iluminaba el horizonte.

El sol ya estaba trepando y aún faltaba un trecho para que alcanzara el cenit, cuando emprendimos el descenso. Entonces todo nos resultó más liviano, y bajamos, alegres, con unos palos usados a modo de bastón,  cantando, mientras sorteábamos las piedras del camino. Llegamos de regreso al hotel antes de mediodía y allí nos esperaba mamá, quien nos envió a darnos una ducha de agua tibia, antes de sentarnos todos juntos en el comedor, donde nos aguardaba un suculento almuerzo.

Esa fue una de las vacaciones de mi infancia más lindas que llevo guardada en mi memoria, compartidas a pleno con mis padres y mis hermanos.

 Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)


  5.  REFLEXIONES SOBRE LAS COSAS EN QUE ME PAREZCO A MI PAPÁ Y NO QUISIERA PARECERME

Realmente, me resulta sumamente difícil encontrar las cosas en las que me parezco a vos, papá, y no quisiera parecerme.

No me resulta para nada fácil reconocer que me parezco en muchas cosas a la persona que más admiré en mi vida. Me da un poco de vergüenza decirlo públicamente, tal vez por pudor, tal vez por modestia…. Son virtudes tuyas que incorporé a mi vida y mantengo aún hoy, con orgullo. ¿Por qué no?

Pero ahora que escribo, y me internalizo en la escritura sobre este tema, podría decir que esa pasividad que heredé de vos, no me gusta tenerla hasta este extremo. Creo que deja de ser una virtud, el no reaccionar para evitar problemas y callar, y callar, “tragándome sapos” como vos decías… Se hace daño sin querer, muchas veces… Pues no actuamos como corresponde en defensa de personas que así lo esperan o merecen, como me pasaba cuando no reaccionabas ante mamá y sus torturas psicológicas hacia mí.

¡Qué cosa rara la vida! Quererme tanto, papá, y no podías reaccionar para hacerle ver a mamá sus errores, tremendos hacia mí.

¿Sabes?, yo hice lo mismo con mi hija mayor. No me lo perdonaré jamás.

Ante desprecios de mi ex marido hacia ella, yo, para evitar “males mayores” delante de las dos hermanas más chicas, permitía que la ofendiera, quitándole un plato de comida de la mesa, porque para él, no se lo merecía…

Yo tampoco comía entonces, para hacerle ver que estaba él desubicado…¡Pero mi hija necesitaba otro tipo de acción mía!

Yo también fui cobarde. No supe, o, por evitar peleas y gritos, elegí el camino más fácil y más doloroso. Y dañé a mi hija. Y al final terminé separándome…Pero el daño que causé, más de una vez, no tiene remedio.

En eso no quiero parecerme, más. De una bondad tremenda pasabas en algunos momentos a ser una persona indiferente y cómoda para mí. Yo hice lo mismo con ella…

Parecía que me importaba más estar bien y evitar la discordia, con quien no era ni de mi sangre que hacer lo que correspondía en resguardo de una hija adolescente e indefensa.

Es en lo único que no quiero parecerme, papá. Todo lo demás es admirable en vos y sé que me parezco en muchísimas cosas, lo cual agradezco, y siempre lo haré. Tal vez, no pueda ver nada más negativo en vos y que yo me parezca. Seguramente habrá algo más y no lo puedo reconocer…No sé. Tal vez.

La dualidad moral, característica en Maquiavelo, nunca nos invadió, salvo en este puntual detalle que menciono.

Gracias a Dios la cordura nos pegó más que la locura, la mayor parte de nuestras vidas. 

 Gloria Lotti (S.M. de Tucumán)

 

 4. MEJOR Y PEOR RECUERDO CON PAPÁ

Hoy quiero recordar cuál es el mejor recuerdo con vos y también el más triste, papá. No puedo. Pues son tantos hermosos y muy pocos tristes momentos a tu lado, que me cuesta muchísimo seleccionarlos.

Trataré. De todos modos soy afortunada de tener muchos para contar. Pero, ¿cuál elijo?

El mejor y repetido, fue siempre tu llegada a casa. Con tu tierna sonrisa permanente hacia mí, borrabas el calvario del día en cuestión. Me preparabas la leche y luego me dabas fichitas de cartulina rosa de tu fichero, para que yo dibujara mientras vos trabajabas.

Yo sentada en el suelo, a tus pies, te observaba y sonreía. Eras mi duende salvador del aburrimiento, hacedor de los buenos tratos que necesitaba. Mi hada, mi ángel, como hoy. No sé cómo describirte. ¡Mi todo!

Si, creo que así está bien, mi todo.  Hoy ya grande, recordando tantas vivencias juntos, creo que no hubo un mejor de tantos momentos.

Todos contigo fueron memorables, alegres, sanos y divertidos. El mejor de los recuerdos que puede tener una hija con su papá, como padre y abuelo de mi descendencia, lo tengo yo, papá.

Gracias a tu actitud constante de comprensión, empatía y calma, pude ser la persona que fui y sigo siendo. Gracias, papá. Tu sabiduría me enseñó y me llenó de ganas de aprender todo y de todo. Tu discreción, a ser prudente. Tu paciencia, a ser paciente. Y demás virtudes que me inculcaste aunque nunca llegaré a ser como vos… Cuasi perfecto.Salvo por el miedo a reaccionar frente a mamá, cuando yo lo necesitaba por sus equivocaciones que percibía. Pero no hay nada que reprocharte, papá. Fuiste todo amor para mí y mis hijas, siempre. Gracias, no tengo un día sobresaliente como el mejor. Tengo todos los días hermosos a tu lado hasta tu muerte.¡Eternas gracias, papá querido!

El peor recuerdo, por supuesto, tu partida definitiva. Y digo definitiva, porque ya hacía seis años que habías enfermado con demencia senil que luego se transformó en Alzheimer; ya estabas en otra dimensión.

No sabías cómo me llamaba, ni quién era yo. Fui la que te cambió los pañales hasta el último momento; la que te acompañó a las puertas del cielo en terapia Intensiva, en el último adiós. Tal vez pueda haberte devuelto algo de tanto amor que me diste toda mi vida. No solo con lo material, sino con el afecto genuino, verdadero, como le doy a mis hijas, ya grandes y con hijos. Seguiré igual hasta que me muera. Que mis hijas y nietos me recuerden como a vos te recordamos siempre.

Indudablemente, Tu partida, es el más triste recuerdo. Deberías haber sido eterno…¡!Besos, papá!

 Gloria Lotti (S.M. de Tucumán)


3. ANÉCDOTA CON PAPÁ

Estoy jugando con mis muñecas en mi cuarto mientras te espero para darte y recibir tu tan anhelado besito de hola, aquí estoy, Glorita.  De repente escucho una discusión entre vos y mamá. No escucho bien qué están diciendo ni de qué están hablando… me estoy asustando porque vos no sos de discutir ni de levantar la voz. Me quedo calladita, y trato de investigar en silencio de qué se trata, detrás de la puerta.

Con nervios que hacen saltar a mi corazón, toc,toc,toc, zambullo mi oreja en la cerradura y te escucho, papá. No quiero que sepas que estoy aquí escuchando como meterete, pero no me queda otra opción… Decís a mamá que si no te dan el retiro pronto, pues ya pasaron dos años sin cobrar sueldo, tendremos que vender todo y volver a Buenos Aires, ya que no te permite el Ejército, trabajar en otra cosa, si no estás retirado.

Mamá llora y una tremenda angustia se apodera de mí y me impide quedarme quieta. Tengo que hacer algo por la alegría de todos. Me doy cuenta de que te falta dinero, papá, y que los ahorros, según escucho ya se están terminando.

Mamá te dice que le pedirá dinero prestado otra vez a mis abuelas de Buenas Aires y vos, con tu hombría de bien o vergüenza, le decís: “¡Pero hasta cuándo nos ayudarán!” Nooo, eso no es correcto, si no podemos darle un día aproximado….

Salgo de mi cuarto y al hacer un ruidito, surge el silencio para mí, paralizante.

Te enfrento con temor y tristeza a la vez. Discutíanpero quedaron en silencio los dos. Vos y mamá. Yo, tomo mi alcancía de madera, esa que me regalaron ustedes para que guarde mi plata. Me meto entre ustedes ya, papá, con el sentimiento de poder que da el tener ahorros, y te ofrezco todo lo que hay dentro -veinte o cuarenta centavos- para que puedas solucionar el problema

Me miras con esos ojos hermosos, tiernos, adorables. Me abrazas fuerte, fuerte y salís corriendo para el baño.

No sé qué te pasa. Qué hice… Pero como dejas la puerta abierta, puedo ver tu cara entre tus manos. Estés llorando. ¡Ay, que momento inolvidable! Triste, confuso.

Al observar que te estoy viendo, salís y me abrazas fuerte otra vez, diciéndome incontables veces: “Gracias, Glorita, mi amor, estoy muy orgulloso de vos,lloro de emoción.”

Yo lloro por no entender. Aunque consigo darme cuenta, que te hice un ratito feliz.

"No llores, papá", es lo único que me sale decirte en nuestro abrazo interminable, lleno de amor.

Gloria Lotti (S.M. de Tucumán) 


2. CARTA A PAPÁ

Querido papá, hoy me han propuesto escribir sobre vos. Me cuesta mucho. Todo lo que escribo, me parece poco. ¡Te extraño tanto!

Recuerdo tu bondad, la dulzura conque me tratabas desde que tengo memoria. No veía la hora de que llegaras para sentir que era alguien para alguien… Ese alguien eras vos. Esperaba tus brazos, tu cariño, como mis hijas esperaban, y tenían, siempre los míos.

Nunca un levantar la voz, jamás un grito. Todo en vos fue dulzura, siempre. Si yo hacía algo mal, me hablabas, aconsejabas y explicabas por qué no era conveniente actuar de ese modo. Nunca jamás, me prohibiste nada. Siempre con inteligencia me guiaste a medida que fui creciendo

Seguramente no fui la mejor hija. Pero te puedo jurar que siempre me hiciste sentir que lo era. Y yo traté con todo mi ser, de serlo.

Llegabas agotado de los arduos trabajos que tenías, y sin embargo jamás te molestaba hacerme la leche, con pancito y manteca y dibujitos con dulce de leche. Mamá jugaba a la canasta y no le gustaba atenderme. Vos jamás delante de mí la criticaste. Por nada. No sé qué pasaba cuando estaban a solas.

Siempre me pregunto si le hacías algun reproche o no. Muchas veces al ir creciendo, necesité que le dijeras algo… pero vos siempre fuiste todo paz y justificaciones para ella, mamá, cuando yo lloraba por algo. Me defendías, sí, me consolabas, ¡pero yo necesitaba escuchar que reaccionaras!

La amabas mucho. Eran muy compañeros socialmente. Bailaban como artistas el tango de salón. Sobrio, como eras vos. Con esa humildad que te caracterizaba y siendo un grande… Inteligente, uno de los hombres de ciencia de la Unesco. Profesor en la UBA, Director de Planeamiento en la misma universidad y en la de Morón, luego de retirarte del Ejército (cuando ascendías a Tte.Coronel), por cuestiones políticas en el año 1962.

Tu vida de ingeniero y científico, nos llevó a tener muchas mudanzas. ¡Ocho en dos años! Todo lo hacías para mejorar nuestra vida. Mamá no soportaba estar fuera de Buenos Aires, de la calle Corrientes con sus luces y los teatros con obras sin fin.

En casa era otra cosa. No se te atendía como yo creo que correspondía, comías lo que había y te conformabas. Lo único que pedías era que no te faltara el postre. Podía ser una fruta o algo dulce, mejor. Eras muy goloso.

Tu vida se apagó diez años después de la de mamá.  Tus últimos seis años, los viviste a mi lado y con mis hijas, tus nietas adoradas.

Primero, demencia senil y luego el horrible Alzheimer. Fuiste nuestro bebé. Sí. Siempre un señor, con una corrección que jamás se te olvidó. No sabías quién era yo. Ni mi nombre. Pero yo comprendía y te adoraba igual. ¿Cómo no? Las chicas y yo decidimos hacerte jugar todos los días y en tu demencia, disfrutabas y te reías. Aprendimos a cuidarte así. Te acompañé en terapia intensiva, hasta las puertas del cielo, luego de los últimos años compartidos.

Estando ya ciego, abriste tus ojos, como uvas color aceituna, me miraste, y yo sostengo que me veías; sonreíste y partiste tomado de mi mano.

Es todo por hoy. Te mereces mucho más de mí. Gracias por ser tan ejemplar y bueno en todo, papá. Te quiero.

 Gloria Lotti (S.M. de Tucumán)

 

 1. LA CARTA

Acababa de entrar en la cocina, mamá estaba preparando el desayuno. Me saludó y antes de alcanzarme la taza de café con leche me dijo: sobre la mesa les dejé el block de hojas para que vos y tu hermana le escriban a la abuela Elisa. Tengan en cuenta las cruces que marqué al costado de la hoja y respeten los espacios.

Me quedé con la boca abierta. No sabía que decir. Jamás había puesto requisitos para escribirle a la abuela. Con ese interrogante seguí haciéndome las tostadas con mermelada y manteca

Con una mirada entre severa y hosca dijo:tuve una larga conversación con tu tío y dispusimos en decirle a Elisa una “mentira piadosa”.Decidimos ocultarle que tu papa falleció.Siendo una señora mayor,acordamos hacerle más digerible su vida. La noticia la podría matar.

Ellos habían encontrado una justificación para dar ese gran paso,tenerla a la abuela feliz.

¿Se debería mentir de manera piadosa para realizar obras buenas o decir la verdad causando dolor?

El rostro de mamá reflejaba con claridad todos los pensamientos que circulaban por su cabeza. Ese proyecto que habían consolidado no le encajaba.

Asumiendo una postura más rígida señaló: la letra del tío Mimo es idéntica a la de tu papá. Nosotras escribamos nuestras historias y Mimo intercalará el resto del relato.

Pensaron en toda la logística. La carta saldría con destino a Italia, a las hojas sueltas se le sumaría un sobre celeste y blanco más dos estampillas. Mimo asumiendo el roll de papácompletaría la carta, la cerraría para posteriormente depositarla en el buzón de Elisa.

En la mesa estaba el block de hojas de papel de avión. Detestaba escribir en ese papel finito que frente a cualquier equivocación o intento de borrar se perforaba el papel. La ausencia de renglones ocasionaba que las oraciones fueran adoptando inclinaciones no deseadas.

 Ese mismo día, me senté en el escritorio, tragué saliva e intenté iniciar las primeras líneas sobre esa superficie sedosa y transparente.

Pensé millones de cosas que contarle. Cosas de las vacaciones, del colegio, de mis nuevas amigas. Evalué cada palabra. Me pregunté si más allá que no fuese nombrado se sentiría su ausencia. Tenía miedo en equivocarme,pero mucho más, a la respuesta de Elisa.

Tuve ganas de llorar, pero no lo hice. Sentí una presión en el pecho en cada una de las palabras que iba asentado en el papel. Era difícil describir las cosas cotidianas sin revelar el sentimiento de tristeza que había en mi interior. ¿Por cuánto tiempo podríamos mantener esta situación?

Dos días después las hojas se llenaron con nuestros relatos. El resultado fue una carta fingida algo ilusoria, Esos parches blanco reflejaban la ausencia.Todavía no asumíamos su partida y estábamos trayéndolo nuevamente a nuestras vidas de esa manera piadosa. No eran las historias cordiales y cotidianas que solíamos contarle a la abuela. Tomamos tantos recaudos en buscar las palabras adecuadas que quedó un relato austero. Mas allá de la similitud caligráfica del tío se necesitaba algo más para reemplazarlo.

 La abuela Elisa murió cinco años después que papá. Al poco tiempo, haciendo unos arreglos en el jardín de la abuela, se encontró una caja enterrada debajo del rosal. Elisa había guardado todas las memorias de su hijo. En el interior de la caja había dos montoncitos de cartas, ambos envueltos con una especie de lazo. En uno, el más grueso, estaban las cartas originales de papá, el otro contenía las cartas de los últimos cinco años.

 

Patricia Bernardi (CABA)

 

 

 

2 comentarios:

  1. Amorina, Me gustó mucho leer tu "columna vertebral". Soy de Resistencia y papá trabajó en "La Forestal". Qué lindo que tengas tan buenos recuerdos de mi ciudad =)

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  2. Qué lindo leerlas y volver a leerme!!!
    Gracias Yima!

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