25. DOLOR
Dolor, mucho dolor más siete pujos tras un embarazo tranquilo. Esa fue la
síntesisde mi primer parto,semejante a los otros dos que le sucedieron, sin
grandes variantes.Tuve tres hijas, chancletas, como se decía en la familia.
El varón no quiso llegar a mi vida. Me hubiera gustado, debo confesarlo. Se
suele decir que ellos son de las madres. No puedo saberlo porque Diego Martín
fue el nombre soñado que quedó en la nostalgia de mi juventud. Creo que no concebí
ser mamá de un varón. Mucho trabajo pensaba, conformándome.
Nació la primera, Marcela, la esperada. Recuerdo cuando la pusieron en mi
pecho y cesó de llorar. Tenía un huevito en la cabeza por el esfuerzo de pasar
por el canal y sus manitos estaban arrugadas pues superó muy cómoda las cuarenta
semanas enmi matriz. Hermosa y sana mi bebé. Agradecí a la genética porque no hubo
Dios en mis creencias.
No debe haber un dolor
más generoso, pródigo y fecundo que el de una mujer que transita un parto con
normalidad. Bella y dulce, mi Marcela.
La adoré en el mismo segundo en que vi que el doctor la desplazaba como en un
arco imaginario para alcanzármela a poco de nacer.
Ese día en la antesala estaban Pablo y Alicia, los padrinos, que como
médicos habían podido atravesar las barreras hospitalarias. El padre a mi lado.
Cuando me dejaron allí tras el nacimiento empecé a temblar mucho y juntos
terminamos riéndonos del terremoto corporal que me impedía explicar alguna
secuencia racional de los sucesos del parto.
El 29 de julio de 1988, un domingo día del padre, le regalé a José lo más
preciado que un hombre pueda recibir, una hija. Eso imaginé, eso creí. Sin
embargo, no la crío, no la cuidó, no supo valorarla. Nunca pensé que iba a ser tan
egoísta e injusto con ella años después. Hace poco lo vi en una entrevista que
le realizara un pastor evangelista sobre su “conversión”. Dijo conocer a Dios
cuando formó su familia compuesta por su mujer y sus dos hijas. Ellas fueron
las que tuvo con su segunda mujer. Ignoró a las tres primeras. Mala entraña.
Todo convoca al dolor.
AL DOLOR
Al dolor de haber nacido,
haber crecido y no ser.
Al dolor de haber amado.
Y haber sufrido sin ver.
Al dolor de estar muy solo,
por miedo al amor.
Al dolor de haber parido
-ese sí que es buen dolor-,
porque retornalo querido
e invoca al amor.
Al dolor de ser dolido
y odiado sin razón.
Al dolor, a la muerte le escribo,
así se acaba mi dolor.
24. LA NOTICIA
La única manera de saberlo es ir al almacén de Avellaneda y Bolivia. Recién hay un teléfono público a cinco cuadras, en Plaza Flores, y me siento bastante cansada. El almacenero, Don Antonio, es un amor, seguro me presta el teléfono, pero no quiero que me escuche, voy a hablar despacito. Llamo al laboratorio y me atiende una secretaria con voz seca y malhumorada. Le pregunto suavemente por mi examen mientras ruego que no me gruña. Espere en el teléfono, me dice. Pasan unos minutos que parecen horas. Tic, tac, tic, tac, miro en el reloj hasta los segundos que se suceden al compás de los latidos de mi corazón. De pronto me encuentro cantando en silencio “mientras tanto, mientras tanto, tu figura se hace luna, pone sueños en la cuna y tu corpiño llena cántaros de amor”. Pero, mientras tanto entra y sale gente del almacén como todos los días. Es el momento más importante de mi vida y nadie lo sabe. Escucho arroz, arvejas, cien de jamón, cien de queso de máquina, un detergente como una rutina que no se condice con lo que estoy esperando. Mi corazón late cada vez más fuerte al escucharcon un tono un poco más amable,señora,¿usted es Alexis de la Fuente?Sí soy yo, contesto. ¿Quiere que le dé el resultado?, pregunta. Sí, por favor, le ruego. El análisis es positivo.Felicitaciones. Me quedo paralizada, por unos segundos todo me da vuelta. Cielo y tierra me sonríen:¡voy a ser mamá! La emoción supera todos los sentimientos que jamás haya vivenciado. No puedo estar más feliz. Salgo del almacén y camino las dos cuadras hasta mi departamento sin darme cuenta, como un autómata. He recuperado mis fuerzas, ya no me siento cansada.Me invade una sensación única e irrepetible y me siento distinta en cuerpo y alma. No sé explicarlo. Es una mezcla de satisfacción, ternura, paz y placidez. Ya en el departamento me dejo caer suavemente en el sillón y en un abrir y cerrar de ojos pasa por mi mente todo lo que va a suceder: el transcurso del embarazo, el parto, conocer al bebé más lindo y sano del mundo. Me detengo unos segundos, sí, seguramente sano, no puede ser de otra manera. Una hora después de armarme ese cuadro de ensueño, solo para mí, decido llamar a José y a mis padres. Tengo la sensación oculta de que ese bebé será mío y nada más que mío.Estos tres años de casada tienen la mayor de las recompensas. No ha sido fácil transitarlos, pero Marcela o Diego vendrán a reparar todas las dificultades. Me lo repito con certeza, con la mayor de las convicciones. Voy a ser mamá, reitero una y otra vez. Todo lo demás es insignificante.
Alexis de La Fuente (Buenos Aires)
Mariana tenía tres
años, yo veintisiete.
Creía que era una buena
diferencia de edad para otro hijo. ¿Creía
o me dejaba influenciar? No sé. Un poco de cada cosa. Lo cierto es que no me
animaba a tener otro bebé porque estaba convencida de que no iba a poder
quererlo tanto como a mi Mariana.
Esta vez fue charlado
bastante, no me agarró desprevenida, planificamos la fecha con un escaso margen
de diferencia, para que la licencia por maternidad coincidiera con el final del ciclo lectivo, solo para que
pudiera estar más tiempo con mi hijo recién nacido, sin tener que volver a
trabajar. Supe qué día fue concebido, pudo haber sido cualquiera de esos días,
porque así como soy un desastre en otros aspectos de la vida, lo era con mis
ciclos menstruales. Pero esta vez lo supe, y lo corroboraba entre gritos de
alegría y abrazos el test con dos rayitas rosas, eso solo me adelantaba un período
feliz.
Ya teníamos nuestra
casa de barrio construida por la provincia, en la que todavía vivo, una casa
que fuimos agrandando con el paso del tiempo en la medida que las posibilidades
laborales nos permitieron. Walter estaba en otra empresa como radio operador
trabajando siete por tres con horarios rotativos, por lo que una semana trabajaba
de día y otra de noche. Esta vez también era distinto por eso, nos veíamos
todos los días, podía acompañarme al médico para los controles, y lo más
importante, en abril de 1995, unos meses antes que mi niño naciera, nos
entregaron nuestro primer auto, un Fiat Uno blanco 0Km que seguíamos pagando en
cuotas. Eso significaba que mi padre esta vez no tendría que llevarnos a
la clínica.
Los primeros meses del
embarazo fueron tremendos, vivía vomitando, me daba asco todo, no podía hacer
la comida, porque me descomponía. Eso me aportó algunos beneficios como bajar
seis kilos, mi médico no me retaba y mientras, yo preparaba su llegada feliz.
Cada dos meses me hacía
el test de Coombs, era un control riguroso por incompatibilidad sanguínea, ya
que yo soy Grupo 0 Rh negativo. Teníamos que cuidar al bebé, y esa era una de
las tantas formas.
Como ya teníamos casa,
y Mariana no quería que su hermanito o hermanita durmiera en nuestra
habitación, le preparamos la propia. El cuarto más chiquito sería el suyo. Mi
suegra hizo las cortinas con payasitos de colores y volados rojos. Con la misma
tela forré el cajoncito de mimbre que ya había usado Mariana cuando nació. Al
igual que la cunita que ella ya no usaba, y el cochecito que mandamos a retapizar
porque no daba para uno nuevo.
No sabía el sexo bebé,
queríamos de nuevo una sorpresa.
El último test de Coombs
dio mal, me asusté mucho. Esa tarde me
llamaron del laboratorio con urgencia, y con la misma urgencia fui al médico
que, para descartar cualquier error, me mandó a dos laboratorios diferentes a
realizarme nuevamente el examen y una ecografía para ver si estaba todo en
orden. La ecografía me dejó descubrir un
niño hermoso, era el fin del misterio, Nico no nos dejó sorprendernos el día
del nacimiento. Se veía en la ecografía perfectamente la carita, y sin que el
técnico nos preguntase si queríamos saber el sexo, fue obvio. No hacía falta
preguntar que eran esas dos bolitas más claritas. Esa noche cansados pero tranquilos volvimos a
casa sabiendo ya que era un niño y que estaba bien, aunque el bioquímico nunca
reconoció que se había equivocado.
La fecha de parto era 24 de octubre. El juees diecinueve
a la tarde fuimos a control. Sentí su corazoncito veloz en los latidos,
tenía dos centímetros de dilatación, y el
médico pronunció una frase que no olvidé jamás, “Vas a tener un parto hermoso”. Eso me dio alegría ya que el anterior había terminado en una cesárea. Antes de
irnos dijo “si no pasa nada esta noche,
mañana a las 8 nos encontramos en la clínica”. Así fue. No dormí nada
esa noche, nervios, ansiedad, miedo. Salí con mi bolsito, la mañana del viernes, con el sol asomando y un viento helado, que sumaba a una
gran incertidumbre sobre las próximas horas, recordando siempre lo del parto
hermoso…
Me interné con seis centímetros
de dilatación, y a esperar. No había contracciones seguidas ni dolores
insoportables. Walter estaba a mi lado en esa pequeña habitación. El tiempo
pasaba y a pesar de que iba dilatando era muy lento todo. El médico decidió
romper la bolsa. Me asustó esa tijera larga, pero más me asustó su cara cuando
comenzó a salir el líquido amniótico color verdoso, color mate cocido como
siempre dije para graficar ese momento. Supe que algo no estaba bien. Y
apuraron el proceso, ya que durante un tacto posterior a la rotura de la bolsa
el medico advirtió que mi chiquito no bajaba porque tenía el cordón enredado en
su cuello. Fin de la ilusión del parto natural. Me llevaron otra vez al
quirófano, a otro diferente al de la primera vez, era chico, había más gente
alrededor. Un aire acondicionado daba justo en mi cuello y parte de la espalda,
tenía frio. Y los escuchaba hablar de un viaje a Miami, como si estuvieran en
el living de su casa. ¿Y yo? ¿Y mi miedo? ¿Y mi frio en el cuerpo que me hacía
temblar? Apagaron el aire un rato y todo siguió hasta que me sacaron a Nico con
dos vueltas de cordón, moradito mi hijito. Me lo mostraron, lo besé y lo
llevaron. Eduardo Nicolás nació un viernes 20 de octubre a las 15.30 hs.
Me quedaban unos días por delante, sintiéndome
desamparada porque mi médico el que había seguido mi embarazo, había suspendido
un vuelo a Buenos Aires para atenderme a mí, era el cumpleaños ochenta de su suegro por eso
luego de la cesárea se fue. Es raro,
sentí una forma de desamparo, tenía miedo que algo pasara y no estuviera
conmigo.
Fui llevada a mi
habitación, Nico, yo y un conejito
blanco de cuerpito de raso celeste y rosa esperaba la llegada de papá y
Mariana, que estaba muy contenta porque su hermanito le había traído un regalo.
Apenas llegaba al borde de la cama. Apoyó su cabeza en mi brazo con el amor que solo un niño puede expresar y
con su pequeña mano lo acarició. Ya no estaba sola. Alguien más compartía la
vida con nosotros. Cómo podía saber en
ese momento que serían los hermanos que son, de los que sentimos orgullo
infinito desde el primer día de sus vidas. Quién iba a saber que, en este
momento que escribo, ellos están pensando cómo hacerme sentir bien a mí, justo
un día antes de mi cumpleaños. No hay nada que se compare con lo que sentimos
las mujeres antes, durante y después de la llegada un hijo. Eso me hace
sentirme agradecida.
Eso de pensar que no podía querer a otro hijo como la quería a Mariana quedó en el olvido, se puede querer, y mucho… porque mi amor es infinito.
Lidia Lozano (Centenario, Neuquén)
22. ANA LUZ
Cuando nos establecimos en Santa Rosa, hasta que Adrián pudiera emplazarse
como abogado y yo rindiera para poder ejercer como escribana, los dos
trabajamos para Graciela, la señora de mi papá, que en ese entonces era
administradora de consorcios y le iba muy bien. Adrián empezó ni bien llegó a
la ciudad, yo después de unos meses de que naciera Valen. Por las mañanas hacía
prácticas no rentadas en una escribanía y a la tarde trabajaba en la
administración de consorcios. Valen se quedaba por la mañana con mi hermana
Verónica y por la tarde con Adrián. Nuestro ingreso total era de dos medios
sueldos básicos que cobrábamos de la administración. Casi todo lo de Valen era
regalado por mis familiares: los muebles de su dormitorio, ropita, adornos,
juguetitos, hasta para comprar pañales y mercadería me ayudaban mis hermanas o
mi papá. En esa situación decidimos buscar el hermanito. Otra vez, en cuanto
dejamos de cuidarnos quedé embarazada. Y por segunda vez nos volvió a inundar una
felicidad arrasadora, totalmente desaprobada por mis hermanas que, cuando alegremente
les di la noticia me respondieron sin palabras, Vero con cara de “no entiendo”
y Claudia, que todavía vivía en Buenos Aires, con silencio del otro lado del
teléfono. Me enojé un poco porque no compartieran mi alegría, pero se me pasó
en seguida. Y a ellas también. Estaba muy feliz, pero mi cuerpo no tanto. Tenía
cierto malestar que me ponía de mal humor. La cara se me llenó de granos. Mi
cintura, que había permanecido intacta en el primer embarazo hasta casi el
último mes, se ensanchó a las pocas semanas. Adrián trataba de alegrarme,pero
todo lo que decía me parecía estúpido. Además, todo él me generaba un rechazo
visceral, no soportaba ni que se acercara. Se lo comenté a Perla(qién es?), y
me dijo que, si no había otro problema de fondo, era algo que seguramente
pasaría con el tiempo, que es común los primeros tres meses sufrir una
alteración hormonal que tiene ese efecto. Por suerte fue así, y apenas pasado
ese lapso todo se normalizó, menos mi cintura, que ya estaría perdida para
siempre. Empecé a escribir un diario para ella, pero con más detalles de la
historia de mi familia. Lo comencé manuscrito en un cuaderno con la idea de
pasarlo en la computadora y luego directamente en la computadora y lo guardé en
un disquete. Eso lo perdí, pero por suerte conservo lo manuscrito. La señora de
mi papá, celosa de mi embarazo, me despidió esgrimiendo excusas que ya ni
recuerdo. Yo le dije lo injusta y abusiva que me parecía la decisión, ya que
por ser quien era no iba a reclamarle la indemnización que me correspondía. Eso
causó gran tirantez con mi papá, y un distanciamiento que sufrí muchísimo. No
podía entender que él lo aceptara. Aproveché para estudiar, rendí y saqué
derecho de adscripción, asique dejé las prácticas no rentadas y comencé a
trabajar a porcentaje en una escribanía.Todas las mañanas subía a Valen al
asientito trasero de la bicicleta, lo dejaba en el jardín que estaba a dos
cuadras de casa, y me iba al trabajo. Valen, con casi dos años, no tenía muy en
claro lo que pasaba. Recién pronunciando sus primeras palabras le quisimos
enseñar a decir Ana Luz y llegó a balbucear algo parecido. Le preguntábamos dónde
estaba Ana y señalaba su propio vientre. De los tres meses en adelante el
embarazo fue perfecto, trabajé hasta el último día. La doctora me había dicho
que Ana Luz nacería el veintidós de enero, pero, ya inquieta y curiosa, decidió
hacerlo antes. Así se lo cuento a ella: “Lunes 21 de enero de 2002, Querida Ana
Luz: Te esperábamos para mañana pero quisiste venir antes y ya estás acá con
nosotros, el miércoles dieciséis a las cuatro y veinte de la mañana me hiciste
saber que querías salir, despertándome con las contracciones. Lo llamé a tu
papá que por supuesto a esa hora también dormía y se despertó la tía Claudia
que dormía en la pieza con Valen. Mientras tu padre me tomaba el tiempo de las
contracciones y me ayudaba a respirar para calmar el dolor, Tía Claudia armaba
el bolso para ir a la clínica. Llegamos y enseguida me llevaron a sala de
partos, donde estaban Laura y Perla, la partera y la doctora que te ayudaron a
nacer. Fue tan rápido que tu papá apenas terminó de ponerse las bata y botas
antisépticas para entrar a ver como nacías. Te pusieron en mi pecho y te vi tan
hermosa como te imaginaba, rosada, con la nariz un poco aplastadita y con mucha
pelusita en la cabeza. Tu papá lagrimeó y dibujó una sonrisa enorme mientras me
besaba. Pesaste tres kilos seiscientos y mediste cuarenta y ocho centímetros.”
Me llenó de alegría que pesara lo mismo que yo al nacer, como algo que nos
conectaba desde el mismísimo principio de nuestras vidas. Otra vez esta
felicidad. Otra vez sentirme un poco Dios, creadora. Cuando me llevaron a la
habitación en la camilla, Anita todavía estaba sobre mi pecho, y mis dientes firmes
exhibidos en una sonrisa permanente. Los miembros de mi familia, (con papi ya
estaba superada la distancia) parados en el pasillo, al verme pasar también
sonreían.
Silvia Iglesia (Santa Rosa, La Pampa)
21. EN REPOSO
Días antes de enterarme , una compañera
me lo había anunciado. En un recreo, con cara de asco, le pregunté si a esa
hora (las nueve de la mañana) iba a comer un alfajor de chocolate.
-El mismo que comés vos siempre- me
respondió-Nena, ¡Vos estas embarazada!
¿Qué más querría yo?- pensé en ese
momento.
Y sí, fue una premonición.
El embarazo era por fin un realidad. Y
las náuseas habían llegado para quedarse.
Pasaron sólo siete días desde que les habíamos
dado la mejor de las noticias a nuestra familia, el bebé tan deseado por todos
estaba en camino. Pero no todo era color de rosa.
Me levanté como siempre para ir a
trabajar y una mancha roja en mi ropa interior me sacó el alma del cuerpo. Los
problemas habían empezado. Licencia, reposo y muchos cuidados por tiempo
indeterminado.
Sabíamos que podía pasar pero no
creíamos que fuera tan pronto. No llegué
a disfrutar ni una semana de la noticia, que todo se tiñó de miedo y angustia.
César estaba en cada detalle. Trataba de
acompañarme todo el tiempo que el trabajo le permitía.
Fue solo al primer encuentro con San
Ramón, hizo con orgullo la fila esperando la bendición . Y volvió con la
tradicional estampita.
Hasta armó la mesita de camping en la habitación
para cenar a mi lado , ya que yo no podía moverme de la cama. La primera noche
traté, por todos los medios, que no notara las náuseas que me producía el olor
de la comida. Pero sin éxito. Fue sentarse a comer y yo salir a vomitar. Cuando
volví a la cama, había sacado todo lo que antes había armado, para que
pudiéramos comer juntos. Sólo quedaba mi plato sobre la mesita de luz.
-
Llevate también eso- le
dije con el estómago revuelto.
-
¿No vas a cenar?-
mepreguntó preocupado.
-
Todo me da asco.
-
¿Te rallo una manzana?
-
Dale- le dije para conformarlo
Por mucho tiempo, eso y agua fue lo
único que podía digerir. Y hasta por ahí nomás!
Me daban ganas de comer determinadas
cosas, me las cocinaban y cuando llegaba el momento, las arcadas se interponían
entre la comida y yo.
Ni el olor al mate podía sentir.
Mi mamá me cocinaba ensu casa para que
yo no sintiera el olor mientras se preparaba, llegaba en un remis a casa, la
dejaba en la heladera y se iba a trabajar.Mi hermano Diego venía al mediodía a
calentarla y a darme de comer. La mayoría de las veces quedaba casi intacta.
Dormía la siesta conmigo ,
apoyaba su oreja en mi panza imperceptible y mantenía largas charlas con mi hijo.
Uno de esos días recuerdo que le dije asombrada: ¿Viste cómo
abrieron las flores que están sobre el televisor?
Recuerdo su cara como si fuera hoy…
-
¡Qué importante!- me
dijo, frente a un hecho tan irrelevante para él y maravilloso para mí. Era lo
único que se modificaba en mi paisaje diario.
Así muchos meses. Durante los primeros
cinco, bajé diez kilos, los que tenía de más, así que mal no me vino. Pero el
médico estaba preocupado por la posibilidad de deshidratarme. Así que dijo que
tomara mucho líquido y me obligara a comer.
Fue difícil. Realmente no toleraba la
comida. Ni siquiera lo que más me gustaba.
Las pastillas de naranja fueron mis
compañeras para borrar el mal gusto que me quedaba después de cada episodio,
que, por cierto, eran muy frecuentes. Al
punto, que llegué a poner una palangana debajo de la cama, para vomitar, porque
ni tiempo de ir al baño me daba. Además de que era un contrasentido salir
corriendo estando de reposo absoluto.
Las cosas iban bien, a pesar de todo.
Las manchitas se espaciaron y los análisis y ecografías mostraban que todo estaba
en orden.
Así el médico me habló de la posibilidad
de darme inyecciones para madurar los pulmones, por si el parto era prematuro.
Me dejó empezar a sentarme en una silla
pero yo seguí en la cama. Cuando me dejó andar por la casa, yo me senté en la silla.
Y así, siempre: un paso atrás de los permisos para extremar los cuidados.
Hasta que un 6 de diciembre, la ecografía
, por fin, permitió empezar a hacer vida normal.
Ya estaba de siete meses. Ese día,
empezaba a disfrutar de mi panza. Irónicamente,
ese mismo día, mi cuñada que me había cuidado todo ese tiempo, perdió su
embarazo de seis meses de gestación. Fue muy difícil para mí, cada encuentro
con ella, sintiéndome culpable de mi
buena fortuna.
En marzo comencé a trabajar y disfruté de mi panza que recién asomaba, durante el mes y medio que siguió. Nadie entendía por qué no extendía la licencia y ya empalmaba con la licencia. Pero yo, feliz de sentirme, aunque fuera durante un mes y medio, felizmente embarazada.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
20. ESPERANDO A NATALIA
No queríamos que nuestros hijos se llevaran
demasiado tiempo y dejamos de cuidarnos cuando Gaby tenía un año y medio. Natalia no se hizo
esperar así que pronto volví a tener la hermosa sensación de tener vida dentro de
mí. Esta vez fue un embarazo más compartido, no solo porque ya éramos tres
esperando a la nueva integrante de la familia, sino porque Tencha, mi amiga,
también estaba esperando un hijo luego de varios años de búsqueda. Disfrutamos
juntas esa etapa maravillosa.
Ese año yo había comenzado la maestría en la
facultad, así que no me di la oportunidad de tener el sueño que caracteriza a
las embarazadas. Dividía mi tiempo entre el trabajo, las clases y Gaby. Mi
compañera de estudio también estaba embarazada y tenía un nene como Gabriel,
así que estudiábamos en el suelo rodeadas de juguetes, chupetes y mamaderas.
Sabíamos que el año siguiente iba a ser más difícil porque ya iban a estar los
bebés. Edgardo trabajaba toda la tarde hasta la noche, así que no podía
ayudarme, pero sí lo hacía los fines de semana. Fueron tiempos muy divertidos,
muy sociales, ya que nuestros amigos estaban pasando por lo mismo, así que nos
acompañábamos, viajábamos juntos y nos quedábamos cuidando los chicos de vez en
cuando, para que alguna de las parejas pudiera salir sola.
Siempre sentí que mi bebé era una nena y eso me
ponía muy feliz. Cuando me dijeron el sexo no fue una sorpresa. Mi papá, al
igual que en el embarazo de Gaby, trajo a casa el primer regalo para Natalia
con una carta de bienvenida, que aún hoy ambos conservan. Junto con el regalo,
obviamente, trajo la camisetita de Estudiantes de La Plata, que también ambos
guardan como recuerdo.
Durante el embarazo hice un curso de lactancia,
gimnasia especial y un mes antes del parto un curso para el parto humanizado en
el cual también participaba el papá.
Todas esas actividades me hacían conectar con la bebé de una manera muy
especial. Yo no quería tener más de dos hijos, me sentía completa así y quería
disfrutar ese embarazo a pleno.
Fueron nueve meses muy felices, también como pareja.
Edgardo me ayudó a hablar con el médico para que mi parto fuera diferente al
anterior, más humano, menos invasivo. Por suerte no tuvimos que cambiar de obstetra,
ya que si bien era un hombre mayor, era muy abierto y decidió aceptar mis
necesidades. Tuve a Natalia en una posición de parto en la que pude verla nacer y tocarla desde el
primer momento, acompañarla cuando la limpiaban y tenerla siempre conmigo en el
sanatorio.
Al otro día del parto nos fuimos los cuatro a casa,
pero antes, al igual que con Gabriel, fuimos a dar un paseo por el Bosque.
Todo era maravilloso. Nuestra experiencia con el
primer bebé había sido muy calma, pero no contábamos que esta personita tan
pequeña nos iba a revolucionar la vida de una manera sorprendente.
Así comenzó nuestra historia de familia de cuatro que yo llamaría “Bienvenidos al mundo con Natalia”
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
.19. PURA LUZ
Me casé a los
veinticuatro años, el 12 de enero de 1991, y un día de mayosupe que estaba
embarazada. Decíamos que fue sin querer, pero el tiempo me ayudo a entender que
hay mandatos que calan hondo, como el casarse para tener hijos. Yo sabía que si
no me cuidaba corría el riesgo, y lo corrí.
Primero fueron nuestras
lágrimas, luego las lágrimas de nuestros padres
ante la llegada del primer nieto… o nieta. No quisimos saber el sexo, y
dejarnos sorprender en el momento del nacimiento.
El embarazo transcurrió
sin saber que estaba pasando, creo. Con naturalidad y con la ansiedad de
cualquier madre que se enfrenta todos los días a algo nuevo, desconocido.
Transcurrí nueve lunas entre mi casa y la de mis padres. Los quince días Walter trabajaba en la empresa yo lo pasaba en
la que nunca dejó de ser mi casa, y volvía a mi pequeño departamento los siete
días de franco que él tenía.
Todos los meses mi
ginecólogo anotaba en la ficha los kilos que iba aumentando, por supuesto
siempre más de lo esperado, lo cual incluía un reto de su parte.
Llegaban las primeras pataditas y esos rápidos
movimientos que hacía para avisarnos que estaba ahí, y que estaba bien. No he
encontrado todavía la descripción de la sensación que se tiene en esos
momentos, sencillamente porque es indescriptible.
Me molestaba que en el colectivo nadie me
cediera el asiento, no se daban cuenta de que estaba embarazada. Recién a los
seis meses se empezó a notar la panza, mi bebe parecía tener mucho espacio.
Mientras tanto en las tardes que no trabajaba preparaba su ropita. Un conjunto
de cashmilon de verano color natural para el primer día y una batita
confeccionada como indicaba la tradición, con la camisa del papá, una musculosa blanca a lunares verdes y un
short verde con moñitos a lunares haciendo juego, que era enorme!. Su cunita, el baúl de mimbre donde guardaba sus cosas,
algunos juguetes, y amor, mucho amor para ese bebé que vendría a sorprendernos
el 24 de enero según la fecha del médico. Para entonces ya había terminado el
curso de preparto.
No era consciente de lo
que significaba realmente ser madre, no porque me interesara poco, sino porque
sentía que era demasiado fuerte todo. No había lugar para la angustia, ni para
la tristeza, ni para cosas negativas, me sentía querida y cuidada.
Pasé todo el verano
renegando por mis pies hinchados, que me
impedían entrar en cualquier tipo de calzado. Solo eso me ponía incómoda, y
repetía cuantas veces podía que si no fuera por ese detalle seguiría embarazada
más tiempo. Realmente quería continar en forma indefinida en ese estado.
El primer día de
febrero de 1992 fuimos a la clínica porque tenía contracciones, pero según la
enfermera de la guardia, era una falsa alarma y me mando nuevamente a casa. Estuve
con contracciones cortas y aisladas, pero limpié mi casa, hicimos las compras
en lo de Don Antonio, cenamos, lavamos los platos y nos acostamos. A la una de
la mañana me levanté para ir al baño y en el pasillo me di cuenta de que había roto
bolsa. Me bañe, me cambié, agarré mi bolsito y caminamos juntos tres cuadras
hasta la casa de mis padres para que me llevasen a la clínica. Walter quería
que lo esperara en casa mientras iba a buscar a mi papá como ya teníamos
acordado porque no teníamos auto. Pero yo no quería quedarme sola. No teníamos
teléfono y no existía el celular.
Fueron tres largas
cuadras, a cada momento venían contracciones, paraba un ratito y seguía. Al llegar tocamos el timbre, salió papá
descalzo y con los pelos revueltos, pero con una actitud muy alegre, sabiendo
que era un momento especial para todos. Salimos rápido para la clínica, en
Neuquén capital, a quince kilómetros de mi ciudad. Atravesamos el centro, la
gente caminaba por calle, tomaba algo en las mesas de la vereda como cualquier
fin de semana de madrugada. Recuerdo el calor y la humedad de la tormenta que
había precedido a este desenlace. Miraba por la ventanilla trascurrir todo en
cámara lenta y silencio, como es que
nadie sabía que lo nuestro no era un paseo.
Me hicieron pasar a la
habitación y papá salió a buscar al
médico a su casa de fin de semana. Me había hecho un planito por las dudas. En
épocas donde no había celular todos dependíamos de la buena voluntad.
Walter estuvo todo el
tiempo conmigo. Y luego recordaba la anécdota de mi comportamiento “agarrame,
agarrame” y después “soltame, soltame”. No había aprendido nada en el curso de
preparto parece.
El paso siguiente fue la
sala de preparto, ahí me quede sola, a cada rato venían a controlarme, cada vez
que me hacían tacto me moría de dolor, solo para que me dijen que todavía
faltaba. Las contracciones eran más largas, la luz empezada a colarse por la ventana acusando la salida del sol.
En cada contracción concentraba
toda mi fuerza en los brazos con los que me tomaba del respaldo de la cama y
tratando de relajar abdomen y las piernas, para que doliera menos. Recuerdo que
en esa soledad tan grande lloraba y decía ¡mami! ¡mamita!, la llamaba como
tantas veces lo había hecho niña.
Mamita y todos estaban
en un pasillo. Los vi cuando me llevaron al quirófano para la cesárea, el bebé se
había trabado en el canal de parto según me explicó el médico, en lugar de
salir de cabeza, un movimiento la hizo quedar de cara. Me quedó grabado el
rostro de mi papá mirándome compasivo, sin poder hacer nada por mí… sin saber a
la vez lo mucho que estaba haciendo.
Vino la peridural, la tela verde que me
separaba de los médicos, yo tratando de me mirar algo a través de la trama de
la tela, el anestesista detrás de mícontándome
el paso a paso, y una frase que quedó en mi memoria siempre “es
inminente el nacimiento”. Y nació, “es una nena”, me dijeron y me trajeron a mi
hija. Ambos brazos con cables, inmóviles. La acaricié rozando mi cara sobre la
de ella, en un cuadro de amor tan puro y tan grande, como hacen los animales
con sus cachorros.
Mariana, nació a las 11.25hs, 3, 150kg, 51cm, el
domingo 2 de febrero de 1992, el día de La Candelaria. Pura luz.
.Lidia Lozano (Centenario, Neuquén)
18. VALENTÍN
Ser madre no estaba en mis planes, o no era por lo menos un deseo
apremiante o presente. Me casé y pasaron tres años hasta que decidimos tener un
hijo. En esa época nos juntábamos a almorzar con una pareja amiga que se había
casado el mismo día que nosotros. Tres de mayo de mil novecientos noventa y
seis. Ella quedó embarazada en seguida y cuando el nene empezó a estirar los
bracitos hacia arriba diciendo papá, Adrián se conmovió o se despertó en él el
deseo de ser padre o hizo que lo pudiera visibilizar. Yo accedí, porque tampoco
era que estuviera terminantemente negada a tener hijos. Lo que me pasaba era
que tenía mucho miedo de ser mamá. De ser como mi mamá. Pero desde el momento
cero, casi todo fue felicidad. Una felicidad y una sensación de plenitud
desconocidas hasta el momento para mí. Todo salió a pedir de boca. El primer
mes que dejamos de cuidarnos, ya quedé embarazada. La mañana que fui a hacerme
el análisis, salí del laboratorio y me senté en una confitería, me comí una
plancha de tostados yo sola, sonriendo entre bocado y bocado. Empecé a leer
mucho sobre embarazo y parto. Cuidé alimentación y actividad para que
estuviéramos saludables el bebé y yo. En la primera ecografía se veía el bebé
muy clarito moviendo sus manos y piernitas. No tengo la grabación, pero la
puedo ver nítidamentecada vez que la pienso. Me sentía muy bien. Por primera
vez en mi vida me miraba al espejo y todo en mí me parecía hermoso: el pelo, la
piel, la forma. Caminaba por la calle feliz luciendo una panza que solo yo
sabía que estaba, ya que no se notó hasta el quinto mes. Me sentía segura, ganadora,
triunfante, propietaria de una fuerza desconocida hasta entonces. La felicidad
se me salía por los poros. Comencé a escribir un diario para que mi hijo
pudiera leer cuando creciera, contándole como su papá y yo nos habíamos conocido,
como estaban conformadas las familias, en fin, sus orígenes, y la felicidad que
nos causaba su llegada. Adrián y yo estábamos exultantes. Yo tenía ganas de
sexo todo el tiempo. El me acariciaba la panza permanentemente y me traía
chocolates todos los días, aunque a mí se me había generado un rechazo hacia lo
dulce. Por el contrario, yo que había sido vegetariana los cuatro años
anteriores, desarrollé una voracidad inusitada hacia la carne. En cualquier
momento del día me hacía un bife a la plancha. Al ir avanzando el embarazo, fue
creciendo en mí la necesidad de volver a Santa Rosa, de estar cerca de mi
familia. Hacía tres años que vivíamos en Comodoro, y yo siempre había extrañado
mucho. Al ir acercándose la fecha del nacimiento, sentí que era el momento de regresar.
Quería que mi hijo naciera acá. Se lo plantee a Adrián. Él no quería irse de
Comodoro, pero finalmente accedió y decidimos venir a vivir a Santa Rosa. La
mudanza y traslado estuvo salpicada por episodios de tirantez, peleas, y momentos
de mucha tristeza, que nublaban de a ratos la enorme alegría que de todas
maneras seguíamos teniendo. El ocho de febrero del dos mil nació Valen. La
tercera vez que fui a la clínica con lo que creía que eran contracciones, me dijeron
ahora sí y me internaron. Estuve varias horas de parto. La obstetra iba y veía de
un lado a otro de la camilla con un aparatito que me apoyaba en la panza. Entre
mis gritos de dolor, las corridas de la obstetra, cosas que me decía mi
ginecóloga y miradas de Adrián percibí que algo no andaba del todo bien. En un
momento la obstetra dejó el aparatito, se subió a la cama detrás de mí y empezó
a empujarme la panza con sus manos. Tengo varios recuerdos desordenados de ese
momento. La episiotomía, que suena como el rasgar de un trapo. Que ensucié con materia
fecal las manos y rostro de mi doctora. Que en un momento ella le dijo a
Adrián, mirando mi entrepierna abierta ¿ves
que está asomando? Después me contarían que era mentira y lo hicieron para
alentarme. Finalmente salió y lo escuché llorar. Me lo apoyaron en el pecho y
lloré.
Como despertándome de una larga siesta, abrí los ojos y ví la cara de
Perla, mi doctora desde mis dieciocho años, muy seria, cerca de la mía. Sonreí y
le pregunté cómo andaba, ella me dijo que estaba bien, y me preguntó cómo me
sentía yo. Recién ahí comencé a percibir sensaciones extrañas en mi cuerpo. La
vagina entre adolorida y dormida, movimientos dolorosos y extraños dentro del
vientre, enorme y profundo cansancio. Me di cuenta de que seguía en una sala de
parto, sobre una camilla, tapada con una manta diminuta. Pregunté por el bebé y
me dijo que estaba con Adrián en neonatología y que ahora me lo iban a traer.
Yo me había desmayado después del nacimiento. Había perdido mucha sangre y
tenía la presión bajísima. Por fin apareció Adrián con Valen, me lo mostró, me
dijo que estaba todo bien que le iban a hacer unos análisis y me lo llevarían a
la pieza. Las enfermeras me trasladaron en la camilla hacia la habitación. Yo
no podía dejar de castañetear los dientes, la mandíbula se me sacudía
involuntaria y frenéticamente como si tuviera mucho frío. Afuera, hacía treinta
y seis grados y llovía torrencialmente. Como en el medio de una nebulosa vi a
mi papá y mis hermanas muy serios parados en el pasillo, mirándome pasar en la
camilla. Recuerdo haber hecho un gesto con la mano como queriendo señalar al
bebé para mostrárselos. Ellos solo me devolvieron miradas de preocupación. Ya
en la habitación me hicieron dos transfusiones y me fui recuperando un poco. El
panorama era triste en ese cuarto. La clínica estaba superada en capacidad de
mujeres pre parto y post parto, asique debí compartir habitación con tres
chicas más. Una estaba con contracciones prematuras, otra recién salía de una
cesárea, y la tercera no recuerdo qué tenía pero las tres estaban muy doloridas
y se escuchaban lamentos y quejidos casi constantemente. Me daba pudor exhibir
mi alegría en ese ambiente, pero cada vez que me traían a Valen, a pesar de su
cabeza que me parecía enormemente desproporcionada para el resto del cuerpo y
estaba realmente deformada por las horas de parto, sentía que se me juntaba
toda la alegría y amor de que era capaz, sonreía permanentemente y darle de
mamar era algo indescriptible entre la ternura y la felicidad que me generaba.
Como necesitaban el lugar, me dieron el alta a los dos días, aunque yo no
estaba totalmente recuperada. Adrián y yo estábamos felices por igual. Lo
observaba aprendiendo todo esto que era nuevo para él y para mí, hacer mamaderas,
cambiar pañales, acunar al bebé, bañarlo, y sentí que me volvía a enamorar como
cuando lo conocí. Dicen que los chicos vienen con un pan abajo del brazo, Valen
me trajo un alimento que no se agota, y hace que nunca sienta que algo me
falta, o que lo que me pueda faltar es insignificante al lado de lo que tengo.
Silvia Iglesia (Santa Rosa, La Pampa)
17. ESPERANDO A GABRIEL
Yo frente al espejo.
Piel tensa y una línea oscura que se dibujaba desde el ombligo salido hacia el
pubis. Momento sublime, mi hijo y yo. Las voces de los demás se oían de lejos
cuando el bebé se movía y conversábamos en silencio los dos, al compás de mis
manos acariciando mi vientre. Lo imaginaba ahí dentro, moviéndose. Era mi bebé.
Amor puro el nuestro.
Me sentí madre desde el
primer día de embarazo. Mujer bendecida por la naturaleza que se reproducía a
través de mí. No existieron momentos más
sublimes. Fui consciente de lo que estaba viviendo y lo disfruté al máximo
reconociendo que esa sagrada unidad terminaría, porque así era la vida. Esa era
yo, completa. Había nacido para eso.
Estaba camino a ser
mamá por primera vez.
LLEGADA
Hablar del parto
adelantado casi un mes, largo y doloroso es no ser justa con la maravilla del
momento en que pusieron a Gabriel sobre mi pecho. Así nos quedamos los dos días
de internación, pegaditos uno del otro, descubriéndonos. “Eras vos, mi
pescadito”, le decía, mientras lo llenaba de besos muy suaves, y le tocaba la
manitos, que reaccionaban encerrando mi dedo. Casi en susurro le cantaba la
canción de Soda Stereo con la que lo sentí moverse la primera vez, para que
reconociera a esa mamá loca que lo hacía escuchar rock nacional. Siempre
conmigo, ya habría tiempo de ponerlo en la cunita que le habíamos preparado. El
sanatorio le daba miedo, y a mí también. Me repuse pronto y nos fuimos los tres
a casa. Antes hicimos nuestro primer paseo por El Bosque, un día de primavera
lleno de luz.
Éramos tres. El milagro
estaba hecho.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
16. POSITIVO
Todavía no existís y ya
te quiero.
Soñaba despierta con el
día de la gran noticia, que podía anunciarse con mareos o tan sólo dos rayitas.
Deseaba algún día poder contarte de la ansiedad que desbordaba mis páginas y mi
vida.
Un día, hace muchos
años, tu papá y yo, paseábamos por el centro. Nos sentamos a descansar en la
plaza del Congreso. Esa fue la primera vez que te soñamos. Estábamos de novios
y vos ya casi tenías nombre. Juan Pablo, María Eugenia…eran los que más nos
gustaban por ese entonces.
De recién casados,
preferimos esperar, porque queríamos tener la economía y nuestra convivencia en
orden. Cuando por fin nos decidimos, nos arrepentimos del tiempo perdido y el
corazón se nos estrujaba con cada compra mensual de toallitas. Las odiaba,
lloraba y maldecía tener que usarlas. Cada panza que se me acercaba me cargaba
de tristeza y desilusión. El tiempo pasaba y la angustia crecía.
Cada día de retraso era
tocar el cielo con las manos para derrumbarnos contra el piso inmediatamente
después, al comprobar eso, que era sólo eso: un retraso. Pero llegaba. Siempre
llegaba. Para ensuciarme el cuerpo y el alma.
La vida nos castigaba,
cada mes, con la desilusión y la transformaba en desesperanza. Nada parecía
impedir tu existencia, pero, vaya a saber por qué, no querías llegar. Tal vez
estabas esperando que estuviéramos más unidos y mejor preparados para ser tu
mamá y tu papá.
Sabíamos que cuando, al fin lo decidieras, las
cosas no iban a ser fáciles. En mi cuerpo, la casita que te esperaba tenía dos
ambientes. Una pared en medio de mi útero que te iba a robar espacio, nos iba a
provocar miedo e inseguridad. Pero decidimos correr el riesgo. Mi corazón era
grande y estaba dispuesta a hacer todo lo que hiciera falta para tratar de que
te sintieras cómoda y segura. Tu papá tenía los brazos enormes y abiertos para poder
acompañarnos y hacernos más fácil el camino.
Nos abrazamos a nuestra
fe. Todos los fines de mes, acudíamos a la iglesia de San Ramón Nonato. Supe de
su existencia por nuestra gran amiga Marce, que, autodenominada como atea,
también lo había visitado, habiendo podido lograr el embarazo deseado.
Cada mes, recibíamos su
bendición y le rezábamos todas las noches la novena, rogándole que nos
escuchara e hiciera el milagro.
Durante ese tiempo, más
de una vez, comencé a hablar con papi de la posibilidad de adoptar. Se negó
rotundamente. Dijo que había que ser muy generoso para eso y que él no lo era.
A mí siempre me gustó la idea, independientemente de tener hijos propios o no.
Pero esa puerta, por su parte, estaba cerrada.
Un día de agosto de
1996, a un año exacto de nuestros encuentros con San Ramón, las dos rayitas
aparecieron para iluminarnos el día y la vida. Lloramos abrazados y corrimos a
pedir turno al médico, quien nos mandó a hacer el análisis de sangre que daría
el veredicto final.
POSITIVO
Sólo una palabra en
medio de una hoja blanca que representaba para nosotros el mundo entero.
Lloramos otra vez, dándonos permiso para empezar a soñar.
Ese fin de semana papá
cumplía años. En dos sobre blancos, les entregamos a tus abuelas copias del
análisis y les pedimos que los abrieran juntas. Todos lloraban y nos abrazaban
al mismo tiempo. Tus tíos y tus abuelos, casi tan felices como nosotros.
También les conté los
posibles riesgos, pero no permití que nada empañara la alegría de ese momento.
Allí, en ese instante, sólo importaba celebrar tu vida en la mía.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
Mi único deseo era
tener un hijo, una hija. Tenía diecinueve años cuando quedé embarazada. Era
julio del año 1985 y todavía había prejuicios si las chicas no se casaban.
Daniel no era un tipo
muy compañero, tuve que hacer todo sola: sacar turno con la ginecóloga, hacerme
el test y esperar el resultado. Fue todo a escondidas de mis padres, pero no me
importaba nada. Esperé casi dos meses para decirles y lo tomaron bastante bien,
a mi papá lo único que le salió decir fue: Se
tienen que casar, no quedaba otra.
Por esos días falleció mi abuela materna y pensé que tal vez si le hubiese
contado habría salido de la depresión. No sé.
Al poquito tiempo tuve
una pérdida y la obstetra me mandó quince días de reposo. Mientras tanto Daniel
hacía los trámites para el casamiento. Nos casamos, solo por civil, y pasó el
peligro de perder al bebé. Entonces fue cuando comenzó el tiempo más bello de
mi vida. No tenía miedo. Lo disfrutaba cada día, cada momento, la panza redonda
me llenaba de orgullo y regocijo. Todos me mimaban, me llenaban de regalos, me
complacían los antojos: siempre había un sándwich de bondiola (el fiambre) con
queso de máquina, mayonesa y café con leche, sobre todo cuando íbamos a visitar
a mis suegros que estaban tan felices con su primer nieto o nieta.
Nos quedamos a vivir en
casa de mis padres hasta que pudiéramos mudarnos, entonces tuve el mejor
acompañamiento del mundo porque también mi familia estaba feliz. Recuerdo los
vestidos de embarazada que me hizo mi vecina Marta y la cantidad de ropita de
todos los colores posibles que le tejió mi mamá.
Faltaba poco para el
nacimiento y teníamos que decidir el nombre. Como el apellido de Daniel es
ucraniano, pensábamos en nombres de zares o princesas rusas, pero no nos
convencían. Un día nos pusimos a buscar en una enciclopedia y descubrimos un
tomo de historias bíblicas. Entonces elegimos Dalila Andrea o Abel Nicolás.
El 5 de abril de 1986 a
las cuatro de la mañana empezaron las contracciones. Me levanté contenta, me
fui a la cocina y me senté a tomar mate mientras terminaba unas botitas de lana
coloridas que yo le tejía al bebé. A las doce del mediodía ya no daba más.
Daniel llamó a la obstetra, a la partera, que habíamos contratado, y llegué a
una habitación donde me estaban esperando la vecina Marta y la tía Elena (tía
de Daniel) las cuales me ponían un poco incómoda; mi mamá no había querido
acompañarme (¡Qué raro! ¿No?), porque estaba muy nerviosa. La partera me llevó
en silla de ruedas por el pasillo y allí vi a toda la familia paterna mirándome.
Saludé y sonreí. Ya en la sala de partos había como diez personas, además de
las dos joyas, la obstetra y la partera. Entró Daniel y en tres pujos Dalila se
deslizó llorando.
Fue la niña más hermosa
que vi en mi vida, redonda, con el pelito colorado, Daniel me dio un beso llorando,
cosa que jamás hacía, la tuve en mis brazos unos minutos y se la llevó el
neonatólogo a la balanza. Yo la espiaba mientras me sacaban la placenta, que se
había quedado atascada en mi vientre, pariéndola por una hora, una tortura
dolorosa. Volví a la habitación y tuve que esperar mucho tiempo para verla
porque como había nació con ictericia, tuvo que estar unas horas con la
lámpara.Cuando la trajeron, la habitación se llenó de
sol, se iluminó, me brotaba la felicidad por todo mi ser y ya me había olvidado
del dolor que ese parto me había ocasionado. Se prendió a mí y yo a ella, para
no separarnos nunca más.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
Marcelo me acompañó muy bien. Sus padres se habían burlado de él cuando les comentó que presenciaría el nacimiento; hacían chistes de que se iba a desmayar y ponían en duda su valentía. Sin embargo, cuando llegó el momento, él se puso la bata y el gorro y no se despegó de mí. Ya en la sala de parto, se colocó a mi lado y me animaba con sus palabras. De pronto, me encontré, en la camilla, con las piernas abiertas y atadas, con miedo, pero totalmente entregada a lo que tuviera que suceder. Me rodeaban un montón de personas. Me di cuenta de que nada de lo que me habían enseñado en el curso me era de utilidad, o me lo había olvidado; solo seguí las indicaciones del médico. Luego de pujar con fuerza, cada vez que me lo pedía, nació Violeta a las 15:22 horas. Levanté la cabeza y vi como el doctor se la pasó a una enfermera que la envolvió en una sábana y luego, la puso sobre mi pecho. La vi inmensa, pesó cuatro kilos ciento cuarenta gramos. Miré su carita colorada y me largué a llorar. Todos festejaban. Yo estaba en estado de conmoción. La llevaron para limpiarla y hacerle los controles, entonces, le pedí a Marcelo que fuera con ella. Me quedé sola con el médico y una enfermera. Me había hecho una episiotomía y tenía que suturar. Luego de un rato, me llevaron a mi cuarto. Cuando llegué, Violeta estaba, en un moisés transparente, al lado de mi cama. En la habitación estaban Marcelo, mamá y la enfermera que recién la había traído. La alcé, como pude, muy emocionada, y tal como me pidieron, la puse en mi pecho; se prendió enseguida. Tenía mi bebé tan deseado. La miraba y no podía creer que ese ser, tan lindo, hubiera estado dentro de mí hacía un rato. Miraba sus manitos, sus orejas, su naricita, sus labios tan perfectos. Buscamos parecidos. Mamá decía que se parecía a mí pero que tenía la nariz del padre. Luego de un rato, mamá y Marcelo, se fueron de la habitación a hacer llamados telefónicos para avisar sobre el nacimiento. Me quedé sola con Violeta y sin dejar de observarla, todavía conmocionada y confundida, me pregunté ¿Y ahora, cómo sigue esto? Estaba fascinada por mi creación, era divina, sentí ternura, pero no diría que, en ese momento, sentí amor; hasta ahí, era un ser desconocido para mí. Debía empezar un vínculo con ella. No entendía por qué lloraba, no sabía cómo calmarla. Tenía miedo de hacer las cosas mal, ¡era tan frágil!
La acosté en su moisés y la coloqué levemente, de costado; pensaba que, de ese modo, ella conservaría la posición fetal. Cuando llegó la neonatóloga me explicó que esa posición no era correcta, que siempre debía estar boca abajo porque se podía ahogar con alguna regurgitación. A mí, me parecía que, así, estaría forzando a enderezar su columna, pero hice caso a la experiencia de la doctora.
Más tarde, cuando Marcelo volvió, me acompañó al baño. La enfermera me había dicho que no fuera sola, porque mi columna estaba débil y podía perder el equilibrio o marearme. Luego de hacer pipí e higienizarme con desinfectante, me paré frente al espejo. Mi rostro era un espanto. Me lavé la cara, los dientes y mientras me estaba peinando, mi esposo observó con horror mi silueta de perfil y preguntó ¿Y esa panza? – Mmm…no sé por qué sigue ahí, le contesté, un poco angustiada, pensando en las mujeres que tienen su bebé y quedan espléndidas, Creí que iba a estar más chata, agregué. Él miró y tocó mi panza, hinchada por dentro y fofa por fuera y con expresión de asco preguntó ¿Eso va a quedar así? -- ¡No sé, Marcelo!, ¡acabo de parir!, le contesté, impaciente y fastidiada por sus observaciones. Me sentí horrible como mujer; no quería que me mirara. Me metí en la cama y me tapé con la sábana deseando que pronto mi cuerpo volviera a la normalidad.
Malena Holmes ( CABA)
13. ¿NO TENDRÍAS QUE ESTAR JUGANDO A LAS MUÑECAS?
- ¿Qué estás haciendo acá? ¿No tendrías que estar jugando a las muñecas? – dijo la partera entre irónica y ofuscada.
Pasaron más de cuarenta años de ese diálogo sin respuesta, al cual hoy recuerdo con menos enojo que entonces.
Minutos antes, subía a la camilla mientras intentaba torpemente encastrar cada pie en el estribo correspondiente. Luego creo que ataron cada pierna y subieron dichos aparatejos. No sé qué me dominaba más, si el temor o el dolor de las contracciones, tan seguidas que ya en el taxi había abandonado el conteo de los minutos para conocer la frecuencia. Accedí a un cuarto donde la profesional me revisó para el ingreso. Con prisa me llevaron a la sala de parto, la dilatación así lo ameritaba.
Entrar y ver al mismo tiempo el instrumental desplegado sobre enormes bandejas plateadas a un costado, cual si fuese una habitación de tortura, fue una imagen imborrable devuelta por un golpe de vista que duró segundos. No gritaba, pero me movía con desesperación, me dominaba una idea fija: “Quiero que termine este dolor, quiero que me lo saquen”. Sí, que sacaran al niño, expulsarlo a como diese lugar para extirpar el dolor insostenible. Si hubiera podido, habría escapado de allí. Tenía que afrontar lo inevitable. No colaboraba, lo sé; pero la hostilidad que percibí en la partera y su ayudante no brindaba precisamente calma a una parturienta joven y primeriza. Tenía la certeza de haber interrumpido su descanso en la guardia, de madrugada.
Había una posibilidad única, aguantar y seguir. Dar lo mejor de mí.
-¡Hacé fuerza, dale!
Y me esforzaba todo lo que podía. No advertí que solo lo hacía con la garganta. Nadie me había enseñado y ella no era específica en las indicaciones.
Luego sí, empezaron mis lamentos, una mixtura de llanto y súplica.
-¡Por favor, sáquenmelo! ¡Sáquenmelo!
- ¡Quedate quieta que vas a lastimar a tu hijo!
Eso sí, me alarmó de tal manera que me contuve y traté, juro que traté, de terminar con el zigzagueo permanente de mi cuerpo.
De pronto, literalmente sentí que algo me partía en dos, un dolor tan profundo y extremo como intransferible, y me elevé, quedé casi sentada justo para ser la espectadora privilegiada de ver salir entre mis piernas, la mitad del cuerpecito cubierto de una pasta blanca y grasosa. En una fracción de segundo salió completa, milagrosamente llegó el alivio, me tiré hacia atrás, exhausta, apoyé la espalda y me desplomé.
¡Es una nena! - gritó una de ellas y luego de cortar el cordón, me la entregó para que la viera y abrazara. Era hermosa y extremadamente blanca. Era mía, absolutamente mía.
La alegría se mezcló con una sentencia: “Mujer para sufrir” me dije a mí misma. No fue un pensamiento apropiado, pero era auténtico: lo sentí así en ese momento.
Bertha2003 (CABA)
12. EL SEGUNDO ES MÁS FÁCIL
Esta vez tomé mis precauciones. Todas a las que no les había prestado demasiada atención durante el primer embarazo. Esta vez no me iban a agarrar descuidada. Pero olvidé que no todos los bebés son iguales, que los partos son todos distintos y que hay un universo diferente en cada nacimiento.
Por eso, algunas precauciones me sirvieron y otras no. Porque este parto tuvo muy pocas cosas en común con el primero.
Lo primero que hice fue cambiar de obstetra y de partera. Cuando me embaracé de Javier estaba convencida de que tenía toda la experiencia del mundo como madre. Había ensayado durante trece meses con Joaquín, mi primer hijo, y me sentía fuerte y segura.
En los ocho meses y medio de embarazo sólo había subido siete kilos, estaba ágil, activa, iba al curso preparto todas las semanas y me preparaba para la lactancia con los escudos de siliconas que trataban de transformar mis timbres en pezones aptos para alimentar a un bebé. No fuera cosa de que tuviera la mala experiencia que había tenido con Joaquín.
Cumplí con todos los consejos al pie de la letra. Javier iba a nacer el 2 de diciembre, según el obstetra, que era tan cheto como el anterior aunque un poco menos descerebrado.
Era mediados de noviembre y yo seguía dando clases a un ritmo frenético, porque quería llevar a rendir a todos mis alumnos antes del nacimiento.
Pedí una fecha especial en la Cultural Inglesa, porque ellos tomaban los exámenes finales en diciembre. Me dieron el lunes 17 de noviembre. Iba a terminar con todo a tiempo para ponerle un moño al año académico y dedicarme a mi maternidad sin presiones ni corridas.
El viernes 14 me hice la segunda ecografía y volví en el colectivo con mi panza y muchos exámenes de práctica para corregir y devolver esa misma tarde a mis ansiosos alumnos. Estuve trabajando en mi pequeña escuela hasta las 10 de la noche. Me subí al Falcon y manejé hasta lo de mi suegra, donde estaban esperándome Alejandro y Joaquín. Ellos, por supuesto, ya habían cenado, así que comí mientras los demás hacían la sobremesa. Enseguida nos fuimos los tres para casa.
Me fui a dormir enseguida inmediatamente. Estaba cansada. A eso de las seis de la mañana me desperté. Joaquín estaba atravesado en el medio de nuestra cama. Como todas las noches, nos había hecho su visita nocturna y allí dormía acurrucadito con la cabeza en la espalda de Alejandro y los pies en mi cintura. Me moví y sentí un líquido tibio que se había escapado entre mis piernas .Sospeché que no era pis.
No era un chorro grande ni una explosión de una bombucha gigante. Era como una canilla que queda mal cerrada y cada tanto gotea un poquito.
Supe lo que tenía que hacer. Le avisé a Alejandro que fuera a llamar a la partera y me duché rápidamente. Tenía todo preparado pero igual me puse ansiosa. Me descompuse del estómago y tuve que ir al baño varias veces con Joaquín sentado en su cochecito porque no se quería quedar solo.
Al rato llegó Alejandro con mi madre, que en esa época vivía bastante cerca de nuestro departamento. La partera había dicho que me metiera en la cama y esperara a que empezaran las contracciones cada no me acuerdo cuántos minutos.
Me quedé con mi madre mientras Alejandro llevaba a Joaquín a lo de mi suegra. No me voy a olvidar nunca de su carita contrariada. Se fue sentado en su zapatilla de arrastre y me saludó con la manito.
Cuando las contracciones se hicieron todo lo frecuentes que me habían indicado, tomamos un taxi los tres, mi madre, Alejandro y yo.
Llegamos al sanatorio y mi partera no estaba. Había otra, que resultó ser muy dulce y contenedora. Me informó que mi bolsa estaba “pinchada” y por ahí perdía el líquido amniótico, así que me iban a inducir el parto porque el bebé tenía que nacer ese día.
15 de noviembre. “¿ La fecha no era para el 2 de diciembre?”, susurró una voz en mi cabeza. Pero no le pude contestar porque cada vez estaba más incómoda con las contracciones y, a pesar de estar controlándome muy bien para no estallar en aullidos, me preguntaba cómo era posible que me hubiera olvidado de ESOS DOLORES.
Así que otra vez estaba metida en el mismo brete, respirando con cada contracción. Mi madre sentada al lado de mi cama, diciendo no sé qué frases apocalípticas, mientras yo deseaba que en ese momento, justo en ese momento, ella no estuviera allí.
El obstetra estaba en su casaquinta. Era sábado a la tarde y le avisaron que su paciente de la prepaga cuyos largos números le molestaba tanto escribir, estaba a punto de parir.
Llovía a cántaros y todos estaban esperando la aparición estelar del Dr. Elisagaray. Mientras tanto me llevaron a la sala de partos, me indicaron que no pujara por nada del mundo porque me podía desgarrar.
Yo no entendía nada de desgarros. Yo seguía el ritmo de mi cuerpo y los pujos venían solos. Pero ellos tenían que detenerme un poco más porque el médico estaba atrasado por la lluvia.
El anestesista se paró detrás de mi cabeza. Yo estaba controlando muy bien todo. No hizo falta la Peridural. Me hizo respirar por un tapaboca similar a un colador de leche, creo que era un poco de oxígeno, porque me ayudó a acompasar mis respiraciones.
Alejandro andaba como loco, entraba y salía, disfrazado de médico otra vez. Llegó un momento en que, por mucho que lo intentara, yo ya no podía impedir los pujos, pese a las súplicas de la enfermera y la partera.
En eso llegó el doctor, como una ráfaga, con botas de lluvia embarradas, poniéndose los guantes…. Gritó: “¡Venga, Alejandro, que está naciendo su hijo!”, y atajó casi en el aire a Javier que salió en el tercer pujo, chiquitito, resbaladizo, escurridizo y apurad.
Pesó dos kilos 450 gramos. Según neonatología era un bebé a término aunque de bajo peso, o sea que había que cuidar que no bajara ni un gramo.
Estábamos felices. ¡Había sido tan fácil, comparado con el primer parto!
Ahora vendría la lactancia, los primeros días, el puerperio.
Pero esto ya forma parte de otra historia.
Noemí (CABA)
11. NO ES COMO LO CUENTAN
No es como te lo cuentan
Es un antes y un después. Sos una persona antes y otra después, o mejor dicho, durante. Porque el proceso de tu cambio se da un poquito antes, muchísimo durante y una enormidad después de ese momento bisagra que es el parto.
Creo que mi primera sensación de pánico total y descontrol la experimenté durante este parto de primeriza, tan difícil, tan poco profesional, con escasa contención, muchas equivocaciones y una falta total de empatía. Lo que hoy se llama violencia obstétrica. Tanto con la madre como con el bebé.
Esa tarde Alejandro y yo habíamos ido a conocer a mi sobrino que acababa de nacer en el sanatorio de Osplad. Mi hermana feliz con su rollizo primer hijo, luego de una cesárea no esperada pero necesaria por el tamaño del bebé.
Gabriel fue primer hijo, primer sobrino, primer nieto, primer todo en ambas familias, la nuestra y la del marido de mi hermana. Fue muy movilizante verlo en esa cunita transparente, es especial porque mi primer todo iba a nacer en dos semanas. tenés otro ver El milagro del embarazo convertido en ese ser pequeñito me sacudió más de lo que me imaginaba.
De allí fuimos a mi obstetra para control. Me revisó y me hizo doler.Comentó : “¡Qué quisquillosa que estás hoy, gorda!; tranquila que todavía faltan quince días…”
Camino a casa compramos unas costillitas de cerdo y las hice a la plancha con papas fritas. Así de livianito. Para festejar que era tía.
Después de cenar, tirada en el sillón del comedor leyendo un libro de poesías de Alberto Cortés, "Equipaje", sentí una puntada en la panza. La atribuí a la cena ligerita que habíamos tenido y no le di mucha importancia hasta que esa puntada comenzó a repetirse cada vez a intervalos más cortos.
Dado que, esa misma tarde. el genio de mi obstetra me había asegurado que faltaban quince días, ni se me ocurrió asociarlo con el parto, pero cuando sospeché que podían ser las famosas contracciones, comencé a tomar el tiempo. Ahí nos dimos cuenta de que había que hacer algo.
Treinta y cinco años atrás no existían los celulares y no todos teníamos teníamos repetidoteléfono de línea. Tampoco había remiserías y nosotros no teníamos auto.
Alejandro salió a buscar un taxi a las cuatro de la mañana mientras yo tiraba dps o tres (cuatro recién)cosas en el bolso que nunca había preparado porque “faltaba mucho”. Por supuesto no encontró taxi y decidimos caminar unas cinco o seis cuadras hasta la avenida Corrientes. Fue la caminata más penosa de mi vida. Diez pasos y una contracción. Respirar como nos habían enseñado y seguir. Recién logramos conseguir un taxi en la avenida y nos fuimos a lo de mi suegra que no estaba tan lejos y tenía teléfono.
Una vez allá llamamos a la partera que indicó un supositorio de Causalón porque seguramente era falsa alarma, no era la fecha, la paciente debería estar sugestionada. Eran las seis de la mañana y probablemente la señora quisiera dormir un rato más.
Mi cuñada volvió a llamarla y de mala gana le dijo que nos acercáramos al sanatorio.
Otra vez la búsqueda de un taxi. No me voy a olvidar más las caras ansiosas y asustadas de mi suegra y mi cuñada cuando Alejandro y yo partimos finalmente. Respirando los dos al mismo ritmo, haciendo juntos los ejercicios de control, rezando para llegar cuanto antes.
La partera estaba de muy mal humor. Subimos con ella en el ascensor y le dijo a mi esposo, como si yo no estuviera, que era más lo que estaba "cagada"de miedo que lo que me dolía.
Cuando se abrió la puerta del ascensor lo perdí de vista a Alejandro. Me quedé con esa señora enojona, malhumorada y fría, que durante el curso de pre parto había sido tan amorosa. Me mandó a un cuarto, me dijo que me sacara la bombacha y me revisó. Me moría de dolor. Pensé que era una pesadilla, que me iba a despertar y que no iba a estar ni embarazada ni a punto de parir. Sentí PÁNICO con mayúsculas, quería volver atrás toda mi vida, quería desaparecer.
Después la Epidural, la corrida a la sala de partos. Alejandro vestido de médico, esperándome, y el cheto incapaz de mi obstetra tal vez pensando en qué se habría distraído la tarde anterior para no poder percibir que yo ya estaba más que lista para parir.
Pero ese no fue su único error.
El bebé empujaba pero rebotaba en la salida y allí estaba, sin poder asomarse. El tiempo pasaba y todos se ponían cada vez más nerviosos.
El obstetra metió su mano e hizo una rotación porque, según nos dijo, yo era muy estrecha y el bebé tenía la cabeza muy grande. La partera se subió a horcajadas en mi panza y a cada contracción colaboraba con la presión de sus inmundas manos. Alejandro me sostenía la espalda y me alentaba a pujar. La dilatación era completa, la episiotomía fue gigante, yo pujé con todas mis fuerzas y finalmente, salió Joaquín berreando .Lo pusieron sobre mi pecho unos minutos antes de ir a lavarlo, pesarlo y demás.
Alejandro vio cómo lo sacaban con unas “enormes tijeras que tenían como una cuchara en cada extremo”. Eso nunca se dijo, ni se registró por escrito. Nosotros tampoco dijimos nada. Estábamos agotados y felices por el milagro de haberlo logrado. De haber sobrevivido. La madre, el bebé y el alma del padre. Después supimos que era un fórceps, cuyo uso supuestamente se evitaba por los daños que podía causar.
Joaquín nació sanito, pesó tres kilos y medio. Tuvo un moretón gigante en su espaldita a la altura de la cintura durante muchos meses. Supusimos que la presión que le aplicaron de todos lados había sido la causa.
Fue un regalo del cielo, de la vida, de las hadas y de los duendes. Estábamos vivos y enteros. La episiotomía aún hoy me tironea, la lactancia fue dificilísima y yo pasé de ser la niña mimada en la familia de mi esposo a ser la madre floja, débil, inútil y muchas veces invisible. La que no sabía hacer las cosas, la criticable. La que tenía la suerte de tener ese bebé tan hermoso y encima se quejaba.
Pero lo mejor de todo fue cuando fuimos a mi obstetra, dos semanas después del parto, a control, por supuesto.
El jodido cheto nos recibió con una desubicadísima sonrisa y mientras me revisaba me dijo, como al pasar, “claro, pasa que tu parto, gorda, era para una cesárea”. Como si hubiera sido un despiste mío, un olvido mío, una equivocación vaya a saber de quién.
Noemí (CABA)
10. MI PRIMER PARTO
Fue un embarazo hermoso, ni náuseas, ni vómitos, ningún malestar, solo mucho sueño al principio y retención de líquidos al final.
La fecha de parto probable era el 28 de julio y para estar más tranquila y preparada dejé de trabajar a principios de ese mes. Curso de pre parto, ecografía perfectar un peso aproximado de tres kilos. No quisimos saber el sexo. Yo elegí el nombre de varón, Lucas y tu papá el de nena, Eugenia. Llegó la fecha y nadaEl obstetra indicó juntar la orina de todo un día, estando en reposo, para un análisis de estriol, para controlar la placenta, Todo estaba en orden, podíamos seguir esperando unos días más. Comenzaron en esos días unas contracciones muy leves y en el control siguiente el médico informó que ya estabas en posición cabeza abajo, pero luego de un tacto dolorosísimo dijo: “El cuello del útero está cerrado como si no estuviese embarazada, el bebé no está encajado, vamos a hacer otro análisis de estriol”. Esta vez reveló envejecimiento de placenta. Cesárea programada, sábado siete de agosto. "No vale la pena inducir el parto, sería un sufrimiento inútil", explicó el obstetra y me mandó a reposar. Toda la tranquilidad que había tenido durante el embarazo se convirtió en miedo, incertidumbre, no se lo dije a nadie. Era una operación, nunca me habían operado, no me quedaba otra, tu vida estaba en riesgo.
Todo fue muy operativo, me pusieron una enema, me rasuraron y al quirófano. Peridural, un panel verde separaba mi cabeza de mi cuerpo yme impedía ver lo que estaba pasando. Ruidos de todo tipo, mucha gente. A pesar de tener el cuerpo dormido de la cintura para abajo, sentía tirones, me dolía, escuchaba voces diciendo cosas horribles que no quería escuchar. “El bebé no respira”, (nadie dijo nada de eso, me enteré después, todo era causa de mi miedo). Una angustia que me explotaba en el pecho, y un dolor de cabeza como nunca había sentido, no sé qué habré dicho, sé que lloraba y el anestesista me colocó una mascarilla de oxígeno que me adormeció un poco.
No sé cuánto tiempo pasó, te trajeron envuelta en una sábana verde. “Es una hermosa nena, fuerte, pesa cuatro kilos y medio y mide 58 cm". Tenías los ojitos hinchados y los cachetes gordos, apenas pude darte un beso en la frente, me corrían las lágrimas, esta vez de felicidad, ahí estabas, sana, viva, eso era lo único que me importaba. Te llevaron prometiendo que luego estaríamos juntas en la habitación. Me cosieron, mi cuerpo temblaba y no lo podía dominar, tenía frío, estaba desnuda, las enfermeras limpiando el quirófano. “Ya te vienen a buscar los camilleros, mamita” me decían y así fue como entre dos muchachos fuertes, me pasaron a la camilla con ruedas, tomando las puntas de la sábana como si fuera un matambre, así me sentía.
9. UN MAR PERFECTO
Todo
desapareció
entre
las olas suaves de mi vientre
estrenando
un mar inacabado y perfecto
que
ha tejido
la
inmensidad de mis deseos.
Un
nido
me
ha poblado.
¿Tan
profundo he pedido
que
los ángeles escucharon?
Ni
las tormentas, ni los huracanes
derribaron
la fortaleza
frágil
de mi ovillo,
de
mi cielo,
de
mi ternura,
de
su llanto.
Meses
florecidos,desparramados
en
un idilio inacabable
de
galopes,
miel
de besos,
de
manos descansando
en
la colina vivade mi cuerpo
con
un nombre en mi boca,
un
perfume infinito
en
el cabello,
un
suave temblor
inesperado.
¿Tan
profundo he querido que
que los ángeles bailaron?
Liviana,
otra,
recreada
por el universo,
cantando
con sonrisas
a
los soles de una cuna,
en
compañía del amor,
esperando
la pequeñez de mi nombre
en
sus labios para jamás soltarlo.
Gabriela Potenza (CABA)
8. PELEA POR LO QUE QUIERES
Habían pasado dos años y medio
de la muerte de Fermín. Ese último año lo pasamos yendo a hacernos estudios a
Capital con un especialista en fertilidad, el más reconocido en la materia en
ese momento.Después de meses de estudios, nos terminó haciendo una propuesta de
tratamiento tan invasiva y con explicaciones tan vagas a mis inquietudes, que a
pesar de que mi marido quería hacerlo yo me opuse. No podía comprender por qué,
si habíamos concebido naturalmente un hijo, nos planteaba que ambos teníamos
problemas para lograrlo de nuevo y que si no cortaban la cola de los
espermatozoides y los introducían dentro del núcleo del óvulo, no íbamos a
lograrlo nunca.
Era diciembre. El médico nos
dijo que él se iba de vacaciones, y que cuando regresara, en febrero, haríamos
la intervención.
Salimos del consultorio y fui
terminante “Yo acá no vuelvo más.Es un disparate lo que propone y no nos da explicaciones
cuando le hago preguntas. Si yo no ovulo por cuestiones emocionales y vos tenés
anticuerpos que lentifican los espermatozoides es porque nuestros cuerpos están
rechazando el hecho de concebir. Tenemos que tranquilizarnos, dejar pasar un
tiempo y va a suceder".
A partir de ese día me
concentré en dejar fluir y saber que
cualquier día podía acontecer lo que tanto ansiábamos. Desde entonces me
despertaba todas las mañanas con la misma canción resonándome en la cabeza como
un mantra:
Hoy puede ser un gran día,
plantéatelo así,
aprovecharlo o que pase de
largo depende en parte de ti.
Dale el día libre a la
experiencia para comenzar
y recíbelo como si fuera fiesta
de guardar...
Serrat, mi adorado Nano, me
acompañaba ni bien abría los ojos. Y así se sucedieron los días, pasó el verano
y arrancó el otoño. Más de ciento treinta mañanas con su música y esa letra
maravillosa acunando mi deseo e invitándome con su letra a tener mucha
paciencia:
Pelea por lo que quieres y no
desesperes si algo no anda bien…
Y llegó mayo. Mi expectativa
era mi cumpleaños el día 12. Siempre me gustó festejarlo. El cumpleaños pasó y
yo empecé a sentirme rara. Nauseosa, no
me había indispuesto. Me hice un test y me dio negativo. Desilusión, una vez
más.
Pero esa hermosa canción seguía
en mi cabeza, llenándome de la energía que me hacía falta para seguir adelante
y saber que era cuestión de tiempo. Pasó una semana, yo me sentía igual y me dolían los pechos. No
dije nada, fui y me compré otro test y me lo hice. Positivo. ¡Y yo estaba sola!
Porque en el fondo creía que nuevamente no iba a estar embarazada. ¡Positivo! ¡¿Positivo?!
Y miraba las instrucciones para ver si no me estaba equivocando con esas dos
rayitas que me decían que esperar había tenido el resultado que yo tanto quería.
No recuerdo qué hice, creo que me tiré en la cama y no me moví por horas hasta
que llegó mi marido y desde ahí le dije, "¿Sabés una cosa? Estoy
embarazada".
Deseaba que todo fuera distinto
esta vez, así que busqué una obstetra que hacía partos no invasivos en el agua.
Con una propuesta totalmente diferente a la de mi primera experiencia. Quería
que fuera nena para que nada me hiciese ruido, que no me quedaran dudas de que
esta nueva criatura no venía a reemplazar a mi hijo muerto. ¡Y hasta esa suerte
tuve!
Había que encontrarle nombre y
después de varios descartados, otra vez se me cruzó el Nano con la canción de
amor por excelencia para mí. “Ojalá alguien la ame como él amó a aquella
Lucía”, pensé. Y entonces ella empezó a
tomar forma dentro de mi vientre. Yo imaginaba su carita, su sonrisa, todo lo
que sabía que estaba por descubrir en unos meses. No me permití sentir miedo.
El embarazo fue maravilloso, la preparación para el parto fue mucho más
intensa, ya que en el agua el parto lo maneja la mamá, la médica solo controla
y espera al bebé. El papá y yo íbamos a las charlas, a las prácticas, consultas
y controles.
Mientras tanto preparé
nuevamente todo, como lo había hecho la primera vez. Mi hermano le regaló un
moisés. Yo pinté la habitación de nuevos colores, con figuras de osos. Volví a
coser, a colorear, a soñar con acunarla, cantarle, leerle.
Lucía se encajó un mes antes
del parto y desde entonces tuve dos centímetros de dilatación.
¡Me sentía una horqueta!
Increíblemente la fecha del
parto coincidía con la del nacimiento de Fermín: 8 de febrero. Pero sin dudas
ni Lucía ni yo estábamos dispuestas a que su llegada al mundo se confundiera
con la pérdida de su hermano, así que nació una noche de lluvia torrencial el
24 de enero de 1999.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
7. ACÁ HAY UN BEBÉ
Llevábamos tres años de casados y hacía mucho que ya no nos cuidábamos, pero mi miedo de no poder quedar embarazada no me permitía poner en palabras el deseo de tener un hijo.
Desde los dieciséis años de
médico en médico, ya tenía veintisiete y menstruaba cada tres, cuatro o cinco
meses.
Ese día fui a hacerme una
ecografía de control. Mi marido me esperaba en el auto. Cuando el ecografista
me anunció “estás embarazada” no lo podía creer. El corazón me latía fuerte,
tenía ganas de gritar, de correr, no podía contener la energía que circulaba
por mi cuerpo.
Salí del consultorio, entré al
auto y le mostré a mi esposo: “mirá, acá hay un bebé”. Su cara de sorpresa y de
felicidad eran incontenibles también.
A mis padres les mandé un fax
con una fotocopia de la ecografía con un globito de historieta que decía “hola,
abuelos”. Ellos y todos quienes nos rodeaban se llenaron de alegría por nuestra
felicidad.
Todo el embarazo transcurrió
perfectamente, sin ningún sobresalto. Yo en ese momento trabajaba muchas horas
diarias y lo hice hasta pocos días antes de que Fermín naciera.
Mientras tanto preparamos su
cuarto. Le pinté el placard con unos cuervos con sandías muy divertidos y
coloridos, le cosí todo para su cuna, que había sido la mía, la de mi mamá y mi
abuela. Le hice muñequitos y sonajeros de tela con cascabeles adentro,armé un
cambiador de madera forrada, le hice una lámpara de telas que me había dado mi mamá
y no sé cuantas cosas más.
Yo me sentía espléndida, solo
aumenté ocho kilos, las piernas hinchadas eran el único malestar. Arrancó
diciembre y el calor se sentía el doble. Me pasé enero metida en una pileta de
lona que para mí era como tener el mar Mediterráneo en el patio.
Me lo imaginaba, le cantaba, le
hablaba, sentirlo moverse en mis entrañas era algo que no podía comparar con
nada que me hubiera pasado antes. Los últimos dos meses me despertaba todos los
días a las seis de la mañana y fue exactamente a esa hora del ocho de febrero
que comencé con el trabajo de parto.
En casa estaba mi mamá que
había viajado para estar para el nacimiento. Todo el embarazo me había acercado
mucho a ella. Empecé a verla con otros ojos, a necesitarla cerca de mí, me
hacía sentir segura. Mi relación con ella empezó a ser otra a partir de este
embarazo, sentí que dejé de ser solo su hija y pude valorar que me acompañara
como la adulta que sentía que ambas éramos.
Partimos al hospital. Le dije
que se quedara, pero ella insistió obviamente y vino con nosotros.
Fermín nació al mediodía. Hubo hechos
que me hicieron sentir muy incómoda y me parecieron de un gran destrato, pero
en ese momento no tenía las energías ni la cabeza para plantarme y decirles a
los médicos “esto no lo quiero”. Al lado mío, separadas por un biombo había una
parturienta a la que el bebé se le había muerto en la panza y yo oía todo lo
que hablaban mientras hacía mi labor de parto. Trataba de no escuchar, de
concentrarme en mis contracciones, en la vida que pujaba por salir a conocer el
mundo, en mi amado hijo que sí estaba vivo.
Me hicieron una episiotomía
como algo de rutina y no solo eso, quien me cosió era un practicante, mi ginecólogo
nunca me preguntó si alguien más podía intervenir en mi parto o en mi cuerpo.
Yo disfrutaba del momento de
conocer y explorar a mi bebé, pero no perdía registro de lo que ocurría a mi
alrededor. Abrazarlo, tenerlo sobre mi pecho, sentir su calor, el momento no
perdía su magia, él ya había nacido. Yo que pensaba que no iba a poder quedar
embarazada tenía ese tesoro en mis brazos y había salido de mis entrañas, del
poder más grande que la naturaleza me había dado, contenerlo, cuidarlo y
sentirlo crecer dentro de mí para ahora cobijarlo en mis
brazos.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
6. EMBARAZO TRABAJADO
Cuando supe del embarazo de Sebastián,
trabajaba en una oficina en el Sector Ventas en el Once.tenemos tres en
seguidos Vendíamos -es una forma de decir- televisores, equipos de audio y
calculadoras. En realidad, no vendía nada: estaba en la administración de
ventas ingresando los pedidos de los vendedores de Capital, a quienes
soportábamos/disfrutábamos, y a los del interior del país, ídem sector conocido
a diario.
También estaban los jefes, ¡con unas
ínfulas!, subidos a unas tarimas imaginarias con excesos de poder. Ni hablar de
los dueños de la firma que creían que lo eran también de los cuerpos y las
almas de sus empleados. que se creían también dueños de... De todos, tal vez; no
de mí.
Ese trabajo pagó mi embarazo y el
nacimiento de Sebas. Fue definitorio el ingreso de Claudio a la Residencia
Médica para que pudiera dedicarme de lleno a ser mamá criadora de niño.
Habíamos soñado juntos con una crianza de mamá para nuestros hijos. Nuestras madres no habían estado lo suficiente con nosotros de niños. Martha, por cuestiones que nunca quiso aclarar, no se quedó con Claudio sino que lo entregó a su papá, Cacho -de quien estaba separada- y que tampoco estaba mucho con él. Entonces Claudio fue criado un poco por una tía que lo menospreciaba en beneficio de sus hijos, sus primos, y por su abuela de quien él, con pocos años, se transformó en su exclusivo enfermero cuidador. Martha existía una vez al mes. Se ocupaba de limpiar el enchastre donde vivían, llevar comida que siempre faltaba y estar un poco con su hijo.
Mi mamá se la pasaba trabajando. La
quincena de fábrica de papá no alcanzaba para mantener una casa, tres hijos,
escuela paga, uniformes y mi enfermedad, cuyos medicamentos se llevaba la mitad
de un sueldo. Limpiaba casas del centro de Castelar. La llevó no me cae llevó.
recomendó?mi tía Nelly, hermana de papá. Luego mamá contaba que la tía negaba
ser su cuñada, que le había pedido que no las vieran juntas por el barrio donde
trabajaban. Mis padres le habían dado casa y le cedieron
su dormitorio a ella y a mi primo Mario cuando llegaron del Chaco mientras
ellos dormían en el piso enfrente del baño. Los ví.
Sabía de mi embarazo. ¿Cómo se cuenta
que se está embarazada? En mi oficina una de las compañeras estaba superando? cursando
un aborto con mil inconvenientes de salud. ¿Hasta qué punto hay que ponerse en
el lugar del otro? Fue la primera vez que tuve conciencia de la vergüenza. Con
el trastorno en la pielno entiendo la vergüenza se transformó en amiga molesta.
Siempre estaba. Ahora no era mi problema de piel. Se trataba de algo tangible y
presente. Me sentía observada y señalada por todos. Era mi creencia. Todo sucedió sin pensar. Una de las chicas
del conmutador vino a contar que se quería embarazar. ¡Los temas de conversación
de las mujeres! Y lo solté: estoy embarazada. Fue una fiesta. Un peso menos
para mí.
Aproveché todos los beneficios del
embarazo en la empresa. Cuando decía que estaba cansada se ofrecían a
hacerme un té. El cadete, un amor de persona, me preguntaba si necesitaba algún
papel de otro piso.
El embarazo fue normal. Nada de todo lo
que contaban las otras madres me sucedió. Iba y volvía por la vida embarazada feliz
y contenta. Tanto fue así que a una semana del nacimiento de mi bebé, me llamó
el Jefe de Personal para pedirme, rogarme, ordenarme que me fuera a casa y que
no volviera hasta que la criaturita tuviera tres meses. Así hice. Volví con
Sebas para que lo conocieran y me escucharan decir que renunciaba.
Edith Oxilia (CABA)
5. ADENTRO
Respiro profundo. Te siento. Una
imperceptible unidad de ser. Estamos siendo. Yo, coautora de vida. Vos, vida en
sí misma. Mis ruidos corporales dejaron de poseer entidad no entiendo. ¿te
gustarán? Es hoy. Ahora.
Cierro los ojos para comunicarme mejor con vos. Descubro el color azul. Para mí representa la vida. Vida siendo. Vida
creciendo.
Arrullo mi propia panza que no es solo?mía,
no, no, dado que tu vida ha formado un nido en mí. Acaricio. Me hablo, te
hablo. Con sonidos suaves y dulces. El azul se vuelve más profundo.
Certeza de que me prestás atención. Te
imagino mirando hacia arriba, viendo mis ojos. Yo adivino los tuyos. Sabernos
mirados. Pureza. Quietud aparente porque todo
está en explosión continua.
Te sueño.
Edith Oxilia (CABA)
4. MATERNIDAD
Cuando nadie me mira palpo mis pechos, me duelen de tanta turgencia, ¿ya se estarán preparando para amamantar? No, no puede ser tan pronto. Quiero a este bebé, lo puedo imaginar, como también hago conjeturas de la vida junto al papá. No me animo a rebelarme y enfrentar a mis padres. Daniel, es más grande y también más idealista, pone todo su esfuerzo y ganas, él quiere que lo tengamos.
En la escuela tengo vergüenza, nadie conoce mi situación y para colmo, todas mis compañeras dicen ser vírgenes. El tiempo apremia, es inminente la concurrencia de mamá a la escuela, tendrá que hablar con la preceptora para regularizar mi condición de alumna o dar la baja. Me desespera no poder sostener la mentira mucho tiempo más. “¡Problemas de ovarios!” La profesora de Educación física ya me excusó de varias clases. Seguramente me enviarán a sanidad escolar y será el fin. No quiero lastimar a mi bebé. ¿Y si me dan un pelotazo en la panza? No quiero perjudicarlo. Con algunas inasistencias más quedaré libre. Hace poco surgieron rumores: a una chica de segundo la echaron por estar embarazada. ¿Será verdad? De todos modos, para qué seguir asistiendo, ya no me importa el colegio, me está yendo mal. Siempre estoy pensando en otra cosa y duermo mucho, quizá demasiado. Mi madre se dio cuenta y me preguntó si me pasaba algo, insistió tanto que se lo tuve que decir. No se me nota todavía. Ni siquiera siento al bebé. Algunos olores me molestan y me producen náuseas, como el de las frituras o los perfumes intensos, de esos que usan las señoras paquetas. No sé si será un antojo, pero muero de ganas de comer frutillas, me parece que no es la época. Aunque sea una estúpida superstición, quisiera que alguien saliera corriendo para satisfacer mi deseo; pero me lo guardo y no lo comento.
Siento que mi escolaridad se complica. En diciembre, mi vientre crecerá notablemente, cinco meses me parece que son suficientes para delatarme. En marzo, será peor aún, porque estaré próxima a parir; según las cuentas que me enseñaron nacerá a principios de abril, así que está decidido: no voy a rendir ningún examen. Tengo malas calificaciones en varias materias, repetiré de una u otra forma. Y luego pienso: ¿casada asistiré al colegio? No me lo puedo siquiera imaginar. Una panza prominente sobresaliendo de este guardapolvo blanco con tablón ancho en la delantera, completan la vestimenta obligatoria: medias tres cuarto azules y la vincha en el mismo tono. Nada podría ser más discordante. La situación es absolutamente ridícula.
La otra noche, hablando con la abuela Amalia (porque ella ya lo sabe), me enteré de que, siendo muy joven, en España, se había casado embarazada, pero esa hija murió allá, en su pueblo. Nunca antes lo había dicho. Fue un secreto guardado hasta ahora, que llegó de un modo casi anecdótico, aunque siento que lo contó para aliviar la tensión familiar y convertirse en otra aliada. Tengo el apoyo de mis tíos, Margarita y Oscar, pues harán lo posible para que papá firme el consentimiento para el casamiento. No sé si lo convencerán. Saben cuánto nos queremos Daniel y yo y no desconocen las dificultades que se nos presentarán para afrontar un matrimonio al mismo tiempo que la paternidad temprana, sin embargo, están ayudando como pueden desde el lugar de la comprensión y el cariño.
Nos casaremos al fin. Los preparativos de una boda improvisada son demenciales. Conseguí un vestido acorde para la ocasión. No tiene que ser blanco porque me caso embarazada y no sería prudente, está mal visto. Tampoco quiero marcha nupcial en la iglesia porque priorizo la sencillez. Considero que solo necesitamos la bendición del cura, mejor dicho, el sacramento. Así lo decidí. Mi hijo nacerá en un matrimonio cristiano. Por suerte, Daniel aceptó, a regañadientes porque es medio ateo; yo, no.
Se acerca la fecha, tengo que probarme la vestimenta, el calzado y elegir unas florcitas para el cabello, deseo peinarme al estilo de Farah Fawcett. Tendré que ir a la peluquería. Me visto. No, no puede ser, ¿justo ahora se nota la panza? No la voy a poder disimular con nada. Igual me enternece. Me miro al espejo, de frente, de perfil y es como si sonara “De parto”, la canción de mi Nano adorado. Y bueno, que se den cuenta nomás. Si no hago fiesta ni me caso de noche, qué va. Que critiquen lo que quieran las viejas del barrio. No me interesa.
Mi suegra tiene un obstetra conocido que atiende en el hospital Penna. Fui con mamá y mi marido. Un horror. No me siento más que nadie, pero permanecer un rato en ese ambiente me provocó temor. Me impresionó que, al pasar por algunos pasillos, pude observar a mujeres en trabajo de parto, semidesnudas y en posiciones desagradables; tiradas sobre camillas dispuestas una al lado de otra, separadas por cortinas descoloridas, casi exponiendo groseramente sus cuerpos en una especie de muestreo procaz. Otras, en la enorme sala de espera, portaban bolsas del mercado, había algunas, acompañadas de nenes chiquitos llorones, sentadas en el piso por falta de espacio y obviamente, producto de su desventaja social.
El doctor, señor bastante mayor, pelado y serio, dijo que por lo avanzado del embarazo no podía hacer tacto. ¡Qué suerte! pensé al instante. Este lugar no me gusta, no quiero que mi nene nazca acá. Además, este policlínico está muy alejado de mi casa, complicaría una urgencia. Hay demasiada gente. No me da seguridad. ¿Y si robaran mi hijo?(porque esto está en presente, es el pensamiento del momento)
Gracias a Dios todos pensamos lo mismo. Daniel hará un esfuerzo para afiliarme a Cruz Palermo, donde nacimos casi todos los de la familia paterna. Habrá que pagar una diferencia. Ya me siento más confiada. En poco tiempo tendremos que ir comprando los pañales y la ropita de color neutro ya que no sabemos el sexo; me entusiasma mucho. El obstetra de la clínica me hizo escuchar los latidos, fue hermoso. Aunque en un momento me asusté porque creí que gestaba mellizos.
La panza sigue creciendo, no tanto como mi trasero, esto motiva la deducción de una prima lejana, quien afirma que será nena si nos ponemos redonditas. Se empezó a mover y me hace muy feliz. Me acuesto, me quedo quietita y miro el bulto escurridizo hacer ondas en mi camisón. Todos quieren que sea varón, a mí me da igual. Tengo temor al parto, pero no queda otra, hay que pasarlo o pasarlo. Bien vale la recompensa.
Muchas veces me angustia no saber cómo voy a desenvolverme con un bebé. ¿Sabré cuando el llanto es por hambre o dolor? ¿Podré estar atenta si se enferma? Pensarlo me produce una molestia como si fuera una punzada en el medio del pecho. Mejor desechar esas ideas. Claro que voy a poder. Sé que tendré ayuda. Hoy sé que mi hijo será lo más importante y que dependerá su vida de lo que yo haga como mamá.
Bertha 2003 (CABA)
3. LA NOTICIA
La única manera de saberlo es ir al almacén de Avellaneda y Bolivia. Recién hay un teléfono público a cinco cuadras, en Plaza Flores, y me siento bastante cansada. El almacenero, Don Antonio, es un amor, seguro me presta el teléfono, pero no quiero que me escuche, voy a hablar despacito. Llamo al laboratorio y me atiende una secretaria con voz seca y malhumorada. Le pregunto suavemente por mi examen mientras ruego que no me gruña. Espere en el teléfono, me dice. Pasan unos minutos que parecen horas. Tic, tac, tic, tac, miro en el reloj hasta los segundos que se suceden al compás de los latidos de mi corazón. De pronto me encuentro cantando en silencio “mientras tanto, mientras tanto, tu figura se hace luna, pone sueños en la cuna y tu corpiño llena cántaros de amor”. Pero, mientras tanto entra y sale gente del almacén como todos los días. Es el momento más importante de mi vida y nadie lo sabe. Escucho arroz, arvejas, cien de jamón, cien de queso de máquina, un detergente como una rutina que no se condice con lo que estoy esperando. Mi corazón late cada vez más fuerte al escuchar con un tono un poco más amable, señora, ¿usted es Alexis de la Fuente? Sí soy yo, contesto. ¿Quiere que le dé el resultado?, pregunta. Sí, por favor, le ruego. El análisis es positivo. Felicitaciones. Me quedo paralizada, por unos segundos todo me da vuelta. Cielo y tierra me sonríen: ¡voy a ser mamá! La emoción supera todos los sentimientos que jamás haya vivenciado. No puedo estar más feliz. Salgo del almacén y camino las dos cuadras hasta mi departamento sin darme cuenta, como un autómata. He recuperado mis fuerzas, ya no me siento cansada. Me invade una sensación única e irrepetible y me siento distinta en cuerpo y alma. No sé explicarlo. Es una mezcla de satisfacción, ternura, paz y placidez. Ya en el departamento me dejo caer suavemente en el sillón y en un abrir y cerrar de ojos pasa por mi mente todo lo que va a suceder: el transcurso del embarazo, el parto, conocer al bebé más lindo y sano del mundo. Me detengo unos segundos, sí, seguramente sano, no puede ser de otra manera. Una hora después de armarme ese cuadro de ensueño, solo para mí, decido llamar a José y a mis padres. Tengo la sensación oculta de que ese bebé será mío y nada más que mío. Estos tres años de casada tienen la mayor de las recompensas. No ha sido fácil transitarlos, pero Marcela o Diego vendrán a reparar todas las dificultades. Me lo repito con certeza, con la mayor de las convicciones. Voy a ser mamá, reitero una y otra vez. Todo lo demás es insignificante.
Alexis de la Fuente (Buenos Aires)
2. BATIDO DE EMOCIONES
Mi primer embarazo fue
lo que se dice, literalmente, inesperado.
Yo llevaba más de seis
años en una relación muy fuera de lo común, en la que se esperaba, entre otras
cosas, que la menor cantidad de gente posible se enterara de la misma.
¿Por qué? ¿Acaso alguno
de los dos era casado, tenía hijos, éramos del mismo sexo, o prófugos de la
justicia? No, nada de eso.
El problema principal
parecía residir en la diferencia de edad. cuando iniciamos la relación era
extremadamente notoria, por lo menos en la atribulada cabeza de mi compañero
que nadaba en un mar de inseguridades, fobias e incapacidad de expresar sus
sentimientos.
Él tenía treinta y
cuatro y yo veinte. Él era bastante alto, yo bastante bajita. Él era
extremadamente terrenal y vivía preocupado,y yo era un manojo de sueños y
esperanzas.
Al principio mantuvo
una distancia muy sobria, dado que no quería que se lo considerase “corruptor
de menores” y hasta que no cumplí los veintiuno no pasó de darme un par de
besos y abrazos candorosos.
Más adelante comprendí
que le tenía terror a los cambios, al compromiso, a modificar su rutina y ni
hablar de ser padre.
La cosa es que,
volviendo a la semana santa de 1984, yo ya estaba bastante crecidita, tenía
veintiséis años y seguía luchando por ese amor tan enroscado, a pesar de que me
daba cuenta que nuestro caso no era 50 y 50, sino algo así como…. 75 y 25, 80 y
20, según el día y las circunstancias.
Joan Manuel Serrat me
susurraba con su BIENAVENTURADOS…. “los que aman, porque tienen a su alcance
más del 50% de un gran romance”. Y yo me conformaba.
Sobra decir que no
estábamos casados y que seguíamos escondiéndonos del mundo como si fuéramos
sucios amantes. En realidad éramos novios, cosa que nunca se dijo. Pero además,
por aquellos años, era un tremendo pecado mortal tener intimidad antes del
matrimonio.
Por eso cuando se
anunció el embarazo, se me detuvo el mundo. Mi cabeza, mi cuerpo y mi corazón
eran un batido de emociones.
Lo primero que sentí al
bajar las escaleras del laboratorio con el sobre en la mano y el positivo
sonriéndome desde el papel, fue una emoción incontrolable., Era fuerte, era
poderosa, era mujer y llevaba una semilla. La semilla de mi 75%, u 80. Me sentí
dueña del universo.
Yo vivía con mi padre y
su esposa. Mi hermana se había casado hacía poco. es obvio. Cuando llegué a
casa esa soleada mañana de otoño, llamé a mi amiga del alma, María, y le conté
las nuevas.
Unos días después se lo
dije a mi hermana, que me apoyó sin cuestionarme nada y prometiéndome no
decirle nada a papá, Prefiero no ahondar en los hechos anteriores a la
definitiva aceptación del futuro padre, por ahora solo basta saber que decidimos
casarnos nos íbamos a casar, como correspondía en esa época, tratando de
hacerlo lo antes posible para que nadie se enterara de la situación.
Resumiendo, las
personas que sabían de la existencia de Joaquín eran: su padre, mi mejor amiga,
mi padre, su esposa, mi hermana y su marido. Ahora tenía que contárselo a mi
madre. Ella ya había pasado por lo mismo ¡ cuatro veces! Y además, yo era su
hija mayor, su primera semilla. Sabría entenderlo.
La llamé una tarde,
desde mi cuarto. Recuerdo estar sentada en la cama escuchando cómo sonaba su
teléfono mientras los latidos de mi corazón me retumbaban en los oídos. No sé
qué esperaba. Con ella imposible saberlonunca se sabe. Creo que aprobación,
alegría, consejos….
Cuando contestó el
teléfono hablamos un ratito de pavadas y luego me armé de valor para arrojarle
un: “ estoy embarazada “
Y sucedió algo que
nunca me hubiera imaginado, ni viniendo de ella. Se produjo un silencio
descomunal, dejó el tubo del teléfono en alguna parte -porque escuché sus pasos
alejándose del mismo, como yendo a otra habitación- y me quedé esperando, como
la había esperado tantas veces.
Al cabo de lo que me
pareció una eternidad -tal vez solo habían pasado dos, tres minutos- oí sus
pasos regresando al teléfono, levantó el tubo y siguió hablando como si no le
hubiese dicho nada.
Yo pensé que se había
desmayado, que se había ido a vomitar, que se le quemaba el guiso…
No. Nada de eso había
pasado. Posiblemente estaba tan espantada por la noticia que se reseteó
instantáneamente. Su hija mayor iba a ser madre, con lo cual ella…¡iba a ser
abuela!
¡Tan joven!, cuarenta y
siete años, bella, esbelta y profesora de yoga. Y su hija… iba a tener un bebé
sin estar casada, qué iba a decir la gente, sus hermanos, su madre -mi abuela,
la Hiena- mis hermanitos…
De esa charla, si se
puede llamar así, con la persona que más me importaba en el mundo, no me quedó
nada. Solo la anécdota de su demente silencio, su pausa misteriosa, su retomar
la conversación -no precisamente donde la habíamos dejado- y su preocupación
por cómo le iba a decir a mis hermanos. Por supuesto que iba a esperar un
tiempo, a que se hiciera realidad mi casamiento.
Meses después se animó
a visitarme en mi nuevo hogar, diciéndome por señas que no “metiera la pata”
con los chicos. Tomás tenía trece años y Andrea, once. No se les podía dar
malos ejemplos
Pero a esa altura ya no
me importaba en absoluto lo que pensara. Yo portaba mi panza con un orgullo y
una alegría que me hacían sentir que lo mejor estaba por pasar. Que yo estaba
bendecida con el ser que crecía en mi vientre y que nada ni nadie nunca jamás
me iba a hacer pensar, ni sentir, ni imaginar siquiera, que era una
equivocación.
Noemí (CABA)
Hacía solo tres meses que tu papá y yo estábamos
saliendo. Tenía veinte y dos años. Siempre fui muy irregular, no me cuidé, me
quedé embarazada. Así si pensarlo, ni tu papá ni yo fuimos conscientes de nada.
Su tía nos ofreció pagar el aborto. Yo simplemente acepté, estaba de acuerdo en
que era una locura tener un hijo con alguien que casi no conocía y además
estaba convencida de que, con un atraso de quince días, solo eras un huevito
que todavía no tenía ninguna forma, ¡cuánta ignorancia!
Todo fue muy rápido. Estuve triste mucho
tiempo, y pensé: esta es la primera y última vez que hago esto y así fue.
Susana Moreno (Maschwitz)
Qué buen texto Susana Moreno! Haciendo "Constelaciones Familiares", aprendí la importancia de darle un lugar a esos bebés que no nacieron. Son almitas que necesitan ser reconocidas. Me encantó que lo hicieras con tus hijas.
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