Autoestima


25. UNA VUELTA DE TUERCA 

Muchos fueron los años de andar por las calles pateando latas, de atardeceres melancólicos, de poemas de Amado Nervo, Bécquer o Neruda, siempre añorando el amor, el afecto, el abrazo, la valoración de los otros.

Noches de llorar hasta deshacerme y surgir al día siguiente sin que nadie se enterara. Enormes soledades y vacíos. Sentirme diferente a todas mis compañeras de escuela, que vivían en familias "normales".

Como defensa desarrollé, entre mis ocho y  mis dieciséis años, una personalidad divertida, imaginativa y audaz. Era casi imposible que pasara desapercibida. Inventora de todas las travesuras y trasgresiones posibles, revoltosa pero simpática, rebelde pero cariñosa. Y justiciera.

Pero ese escudo protector comenzó a derretirse al terminar el secundario y quedar expuesta ante la espantosa vida de los adultos.

Así que traté de agradar, de cumplir, de ayudar, de coincidir, de aceptar, me gustara o no lo que sucedía a mi alrededor.

Años haciendo concesiones de pareja, de esposa, de hija, de cuñada, de nuera, de hermana.

Desde el momento en que enamoré de mi actual marido -sobreviviendo un noviazgo de casi ocho años- hasta que mis hijos pasaron la barrera de la adolescencia, no fui nunca totalmente yo, porque no me ocupaba en conocerme.

Después siempre formé parte de un grupo grande de amigas, con las que compartí salidas, asados, vacaciones, fiestas y me mantuve ocupada y animada, siempre buscando coincidir, siendo la amalgama del grupo, la que no tenía problema de nada, la que aceptaba todo y daba mucho. Mi alegría, mi energía, mi fuerza, mi compañerismo, mis artesanías especiales y tarjetas y poemas y canciones y shows para todas y cada una de ellas.

Lo hice con mucho placer, de todo corazón y lo disfruté.

Pero llegó un día en que me empecé a mirar de adentro hacia afuera y me percaté de algunas actitudes que yo jamás hubiera tenido hacia otras y salí lastimada varias veces, y me sentí en carne viva. Pero no quería ver todo el cuadro, el cuadro completo. Y entonces perdonaba y seguía.

Hasta que empecé a sentir una fuerte necesidad de escucharme, de palpar lo más profundo de mi ser y encontrarme.

Dí un gran paso, en febrero de 2020, cuando me fui sola a Bariloche. Determinada y segura. Era lo que quería. Y dejé de pedirle a la gente que hiciera un hueco en su vida para acompañarme.

Ese viaje fue una vuelta de tuerca, algo que me propuse y lo logré. Algo que disfruté inmensamente y descubrí lo grande que yo era, lo especial, la agradable compañía para mí misma. Con mis tiempos, mis gustos, mis pensamientos, mis sueños.

Nada ni nadie que se interpusiera entre ellos. Nadie que opinara sobre nada.

Volví plena y feliz para darme de bruces con la cuarentena menos imaginada del planeta.

Amé mi casa, más que nunca, era agradable estar con Lucio y los gatos, los cuatro pertrechados en nuestro cuartel familiar.

Empezaron los encuentros por zoom. Nunca me gustaron. Mis amigas muy ansiosas los necesitaban a diario.

Sucedió algo que quebró al grupo, surgieron las facetas menos solidarias y tomé una decisión.

Me abrí por un tiempo. Y analicé si valía la pena y de quién seguir siendo amiga.

Me depuré. Venía de Bariloche con una nueva Noemí. La que había estado buscando durante más de medio siglo.

Esa Noemí, la que soy ahora, es la que me hizo ver tantas cosas y valorar más que nunca el tenerme.

De a poco reanudé un par de vínculos de amistad. Solo los necesarios, los que, creo, son verdaderos.

Y acá estoy, conmigo, acompañándome, cuidándome, retándome a veces, pero por sobre todas las cosas, por fin, queriéndome.

Noemí (CABA)


24. DESDE EL FONDO DE UN POZO

Antes de que tuviera conciencia de que algo raro estaba sucediendo en el matrimonio de mis padres, mi autoestima no residía permanentemente en las más oscuras profundidades, sino que de a ratos se elevaba gracias a mi imaginación y a mi tendencia a ver el lado positivo de las cosas.

Echaba mano a los  personajes con los que me vestía, a las aventuras de los juegos y a los sueños proyectados en mi mente infantil.

Sobrevivía el día a día, a pesar de la belleza y gracia de mi hermanita ya que yo no era rubia ni hermosa como ella pero era inteligente. Entonces, cuando papá me hacía leer a los cinco años adelante de sus amigos, o cuando mi mamá mostraba orgullosa mis primeros intentos de poesías, ahí me sentía invencible.

Los dos o tres primeros años de escuela me enseñaron muchas cosas: que era una burra en matemáticas, que las nenas tenían que hacer la ronda cantando "estaba la paloma blanca...." y no jugar con los varones, y que todas las madres -menos la nuestra- estaban siempre en la puerta del colegio.

Mis padres trabajaban todo el día. Mamá en el banco y papá de corredor de pinturas. Solo los veíamos un rato a la noche en la cena. Y los fines de semana.

Nos despertaba nuestra nana y éramos libres de hacer lo que quisiéramos mientras no se lo contáramos a nuestros padres.

Isabel, la "iá iá", como le decíamos, era una morocha gigante, que vivió en casa desde mis tres años hasta mis siete y reemplazó a nuestra madre sin ponernos ningún límite, no solo por cariño sino por ignorancia.

Isabel parecía una negra de la Habana, robusta y con cara de loca, sola en el mundo, prácticamente analfabeta, adicta al vino y a la estenamina y muy poco presentable.

Pero mi hermana y yo la adorábamos, porque cuando no tenía ganas de hacernos el almuerzo nos compraba caramelos Sugus.

Cuando mi papá atendía en casa a sus clientes de gestoría, los espiábamos a través de la cortina de una puerta e Isabel iniciaba una danza alrededor de la mesa del comedor, seguida de nosotras que aplaudíamos su trasero al viento, porque, como gracia, se bajaba los calzones mientras bailaba y a nosotras nos encantaba.

Por supuesto nada de esto le contábamos a nuestros padres, no fuera cosa que nos quedáramos sin la "iaiá", que era bruta y ordinaria pero nos abrazaba y nos mimaba y nos hacía sentir queridas.

Recién a mis seis años comencé a percibir cierto rechazo de algunas madres de mis compañeritas y asumí que yo también sería fea, bruta y salvaje como Isabel y por eso me miraban así.

Cuando pasé a cuarto grado, la "iaiá" se había ido. Hubo muchos cambios, niñeras sargentonas y por ende una vida más aburrida y menos querendona pero más ordenada, si se quiere.

Nos sacaron de la escuela pública y nos mandaron a un colegio de monjas. Ahí me di cuenta e que yo no había nacido para princesa, aunque mucho no me preocupaba.

El verdadero desastre, la verdadera caída en picada de mi autoestima, comenzó con el estallido del conflicto familiar y el inesperado abandono de mi madre durante mi último año de la primaria.

Fue como si alguien hubiera apretado el botón y las niñas se hubieran ido con la descarga del inodoro.

Si es que había algo de autoestima, no quedó nada.

Hubo que partir de cero, del fondo del pozo, y escalar con fuerza un poquito cada día.

Por suerte llegó la abuela y se quedó con nosotras para ponernos todas las curitas que necesitáramos.

Tanto amor genuino y del bueno sacó a la autoestima del pozo y la fue reparando.

Pero papá se volvió a casar y la abuela volvió a su casa. Y si bien Emilia era muy buena con nosotras, mi madre seguía escapándose todo lo que podía, largos períodos de silencio, ni un llamado y cuando la visitábamos volvíamos a casa más chiquitas de lo que nos habíamos ido.

Tanto desamor y desatención resquebrajan todo intento de quererme y a medida que cumplía años, más sola y triste me sentía, más rebelde, más frustrada, menos yo, cada vez había menos de mí.

Pero por afuera yo era la niña divertida, traviesa y simpática. ¿Qué otra me quedaba?

Si alguien hubiera husmeado en el fondo del pozo que había dejado mi madre en mi alma, mi mente y mis sentimientos, nunca nadie me hubiera elegido, ni como amiga, ni como mujer, ni como persona.

Afortunadamente, mi padre, mi verdadera madre -o sea, mi abuela-, mi maestra preferida y mi mejor amiga crearon una fuerza centrífuga que me escupió desde el fondo del pozo y pude, de a ratos, sentir que yo también era merecedora del amor, del gran amor, de ese que nos llena de oxígeno los pulmones y nos permite respirar la esperanza.

Noemí (CABA)


23. CUIDADORA

Compañera y cuidadora de mis hermanos. Sin lugar a dudas. Sin quererlo, estaba con ellos más que mi madre debido a su trabajo. Hacía de mamá pequeña tratando de orientarlos, haciéndoles matecocidos de yerba sin ganas, mandándolos a bañarse aunque no quisieran. Era como si ella estuviera presente, usara de mi voz y de mi presencia corporal. Obvio que no era ella. Un tibio reflejo de su imagen en el espejo viejo de la cómoda. Lo sabía hacer bien: el papel de. Insisto en que no me gustaba. Quería desplegar alas cuando adolescente y no llevar a esas mochilas super requete pesadas. Piedras en el camino. Acompañarlos a la escuela, llevar sus portafolios, ayudar a Ricardo con sus tareas (a Ángela no hacía falta: presentaba investigaciones hechas por mí en la primaria y las entregaba como si ella las hubiera hecho -¿el copio-pego de hoy?), separarlos en sus peleas, hartarme de los dos. Juntos y por separado. Soportar. Otra no quedaba. Quizá de esta manera, mamá saliera a trabajar tranquila. Cuando regresábamos del colegio, no teníamos permiso de ir al parque. ¡Cuánto miedo! Éramos por lo general obedientes.

Si nos mandábamos alguna, prometíamos eterno silencio. Y lo cumplíamos.

Una vez estaban ellos dos peleando a los golpes como solían. En la cocina. Mientras, yo trataba de tomar un té tranquila. “Se van a lastimar”, flotaban las palabras maternas dichas por mí y las repeticiones innecesarias necesariamente. Ricardo, ya un chico grande, agarró la silla de madera y paja y la golpeó contra la espalda de Ángela. Salté de mi silla porque la pobre piba no podía respirar. Gritos, sustos, lágrimas. No pasó a mayores porque como decían las mujeres grandes “los chicos tienen un dios aparte” Ninguno dijo nada cuando nuestros padres regresaron. Silencio de radio.  

                                                                                                                                Edith Oxilia (CABA)


22. LA CASITA DEL ÁRBOL 

A la vecinita del fondo de mi casa, el papá le había hecho una casita en el árbol. De madera. Un sueño. Un viejo ciruelo soportaba el peso con sus frutos con pulpa carnosa color bordó. Me invitaba a jugar a veces: prefería a las claras a sus amigas de colegio. Era entendible. El problema para mí era que me enchufaban a Ángela chiquita. Entonces en lugar de jugar con chicas de mi edad, me la pasaba cuidando a mi hermana, no fuera cosa que se lastimara, rompiera algo o se ensuciara. Además de casita en el árbol en sí, como espacio de juego, adentro había un sinfín de juguetes de lo más lindos. Tacitas de té de distintos tamaños ¡que se podían llenar de té azucarado!, diferentes tipos de muñecas, algunos osos de tela, almohadones que funcionaban como sillones, un vestido viejo para transformarse en señora. Muchas cosas.

Dejé de ir la vez que enfrente de un grupo nutrido de niñas con trenzas, la vecinita me preguntó si no tenía otras zapatillas en lugar de las remendadas. Miré para abajo. Observé con atención el remiendo que mi mamá me había hecho. Miré las otras zapatillas. Ninguna de las niñas tenía zapatillas como las mías. Tristeza. Además se refería a mí como la “niña con costras”, modo ¿infantil? de apodar a mi trastorno en la piel.

La madre de la vecinita se habrá enterado por algún canal el maltrato que me había infringido su hija. Más insistía en que fuera a jugar a esa casita mágica. Al principio, la conversación de las dos mamás a través del ligustrino me hacía olvidar la falta de tacto de la niña. Caía en la trampa con facilidad. Ese ligustrino dividía las dos casas y permitía que pasáramos a ese otro espacio. No dábamos la vuelta a la manzana. Se abría la puerta para salir a jugar.

No recuerdo cuál fue el hecho detonante para regresar a casa. Sé que con lágrimas en los ojos, mocos colgando y tirando a mi hermana con la mano, le pedí a mamá que no me dejara ir nunca más. Nunca de los nunca. 

                                                                                                                                 Edith Oxilia (CABA)


 21. UNA NIÑA DÓCIL

“Dócil, siempre fuiste una niña dócil”. Escucho a mi papá repetir esta frase hasta el cansancio. Dice el diccionario: alguien que acepta con agrado lo que se le manda a hacer y es fácil de educar. ¿Para agradar a los mayores? Tal vez. Al ser la mayor considero que también es mayor la expectativa se genera sobre ese pequeño ser que empieza a caminar su vida.

“¿Quién es la que quiere más a papá y va a hacer equis?” Corríamos como desaforadas Ángela y yo para cumplir ese objetivo. Cualquier cosa: alcanzar el queso rallado de la heladera a la mesa, retar al perro por alguna de las suyas, llevarle alguna herramienta. Vuelvo a ver las manitas de las dos en la quesera. Las dos lo queríamos.

“Inteligente, sos muy inteligente”, Papá aprovechaba a enseñarme cosas que aún no veía en la escuela. En general, mi primer grado fue tenazmente aburrido. Mi bagaje de conocimiento era tal que superaba con creces a los compañeros. De todas maneras, cumplía cual Sarmiento con las tareas solicitadas.

“Fuerte, mira qué fuerte que sos”: exclamaba papá cuando bufaba por alguna bolsa de las compras pesada. Y a mí se me hinchaba el pecho e inmediatamente mi dificultad desaparecía para ocupar ese lugar con el orgullo, con el “yo puedo”.

Edith Oxilia (CABA)


20. DAMA DE HONOR

Mi autoestima no progresó demasiado a medida que fui adentrándome en la adultez.

Los cimbronazos del exterior continuaron desestabilizando mi interior, así como las ideas que tenía sobre mí.

Los primeros golpes los recibí cuando comencé a trabajar. Luego de terminar el secundario, entré en el Registro Nacional de las Personas. Las jefas, los compañeros, hasta la encargada de la cocina, parecían estar entrenados para hacer pasar malos momentos a los recién llegados. Fue muy difícil trabajar esos años allí, ya que por ser joven e inexperta en lo laboral, te demostraban que solo merecías aprender y conservar el trabajo si soportabas sus humillaciones estoicamente.

A pesar de que fui avanzando, creciendo, conociéndome y madurando con el paso del tiempo, la baja autoestima influyó en varios aspectos de mi vida. El principal creo fue, el hecho de postergarme. Yo “siempre” puedo esperar.

Al igual que en la escuela, donde me correspondía “el último banco” “ser última en la fila”, pareciera que asumí que el único lugar que me correspondía era ese,  “estar al final”.

Quizás a este sentir, se sume el no poder decir que no, cuando así lo siento o quiero.

Otro aspecto, fue negarme, supongo inconscientemente, a disfrutar aquello que elijo hacer. Busco defectos, los míos por supuesto. Así fui dejando de lado por años, actividades que me gustaban, como cuando adolescente, solo seguí practicando tenis frente a un frontón, sola.

Me enfrenté y luché contra aquello que me hacía sentir incapaz de llevar a cabo lo que me propusiera. Tuve otros trabajos, comencé a estudiar italiano, un taller literario, y concreté mi asignatura pendiente: aprender piano.

Si bien considero que di  un gran paso, con él no llegó el total disfrute que soñaba alcanzar.

Tanto me costaba entender (a veces me pasa aún) que no importaba si en la clase de italiano conjugaba mal un verbo, que ya no estaba en la secundaria para afligirme si no me iba tan bien. Que tampoco era necesario tocar una partitura al dedillo, si olvidando una corchea podía interpretar igual la melodía y contentarme de poder hacerlo.

Era sentir como que siempre estaba dando un examen sabiendo que no lo iba a aprobar. Esta sería la definición de mi autoestima.

Ella es la culpable de que yo me identificara con la frase de una de mis películas favoritas:

“Ser siempre la dama de honor, nunca la novia”.

                                                                                    Claudia (CABA)

 

19. PASAR DESAPERCIBIDA

Tanto en la infancia como en la adolescencia, creo que mi autoestima se fue construyendo sobre la base de comentarios y situaciones, aunque en esos momentos, no tuve conciencia de cómo  influirían  en mi forma de  ser.

Comenzó a gestarse, principalmente, en torno a mi cuerpo. De pequeña, oyendo por ejemplo: Ella, la gordita. La que se empuja masitas con el dedo. La glotona-  y frases similares.

Cuando llegué a la adolescencia, esas frases cambiaron a: -no sos gorda, es que tenés huesos grandes-

En lo que refiere a mis actitudes, recuerdo un hecho, donde participaron una maestra y una compañera de primaria. En clase, la maestra de lengua dictó unas oraciones para analizar. No comprendí exactamente la consigna, entregué antes que mis compañeros pero claro, la tarea estaba incompleta. La maestra me dijo que faltaba parte del análisis.  Tenés un cuatro, andá a sentarte. Traté de explicarle que no había comprendido la totalidad de la consigna, pero que sabía hacerlo. Me respondió que eso me pasaba por querer sobresalir y ser la primera en entregar.

Al salir de la escuela, cosa rara, mi mamá me había ido a buscar, estaba junto a otras madres del grado. Una de mis compañeras me preguntó qué voy a decirle a mi mamá sobre la nota, le contesté que se lo diría en casa. Cuando nos encontramos con nuestras madres, esta compañera lo primero que hizo fue  contar que la maestra nos había dado una tarea en clase, habiéndola calificado. Mamá me preguntó cuál fue mi nota, le contesté bajito que un siete, mientras mi compañera me hacía gestos para que le dijera la verdad.

La odié, porque decir la verdad allí era exponerme a sufrir, delante de todos, gritos y seguramente una cachetada, algo que mi compañera sabía.

Me pregunté ¿por qué no me defendí y le dije que se metiera en sus asuntos? Sin embargo, nada dije.

Según mi maestra, no tenía derecho a sobresalir sobre nadie, aun si hubiera hecho bien mi tarea. Según mi compañera, no tenía derecho a manejar mis situaciones como mejor me pareciera.

La baja autoestima se fue acentuando, eligiendo callar mientras intentaba pasar desapercibida ante los demás.

                                                                            Claudia (CABA)

  

 

18. EL DISCURSO

Hacía nueve años que trabajaba en la Biblioteca, había aprendido a querer el lugar, me apasionaban los libros, la amistad con Elba fue creciendo, nos llevábamos muy bien, las dos éramos solteras, así que muchos fines de semana íbamos al cine o hacíamos alguna escapadita a Mar del Plata.

Afrontábamos con mucha fortaleza la actitud de los malditos, nuestra labor se lucía y el jefe se daba cuenta del esfuerzo.

Una mañana de agosto, estábamos en la oficina, junto a una estufa de cuarzo tratando de calmar el frío, cuando escuchamos por el intercomunicador la voz del jefe, llamándome. Mientras iba a su despacho pensaba si había hecho algo incorrecto, pero estaba segura de que no.

Cuando entre y vi su gran sonrisa pensé que no era nada malo, me senté, escuche sus halagos, mientras él leía mi foja de concepto, cada palabra resonaba en mi mente; disciplinada, respetuosa, cumplidora, excelente profesional, hasta que llegó un, pero, falla en comunicación social.  Le dije que reconocía mi problema y estaba dispuesta a superarlo. Charlamos un rato y me contó que tenía un trabajo para mí, para el día del bibliotecario debía hacer una alocución referida a la historia de las bibliotecas. Hasta ahí todo estaba muy bien, pensé que con casi un mes podía preparar el discurso. Pero mi cara se fue transformando cuando mencionó que la disertadora sería yo. Por un lado, era un halago, pero por el otro sentía un poco de temor. Me levanté de la silla diciéndole que me diera dos minutos para pensar, caminé de una pared a la otra, acercándome a la ventana, miré el rio, recordé palabras de mi padre; vos podes, princesa y dándome vuelta, respondí: sí, acepto. En mi interior sentía que podía lograrlo.

En una semana hice el texto, Elba me ayudó a corregirlo, se lo llevamos al jefe y lo aprobó.  Yo estaba satisfecha con mi trabajo, lo peor vendría el trece de septiembre.

Durante una semana leía el discurso dos o tres veces al día, con voz firme y clara, poseía la fuerza suficiente para hacerlo, era un obstáculo que debía afrontar.

Llego el día, antes de salir de casa, tomé una foto de papá que guardé en el bolsillo del blazer. Vestida con un trajecito color celeste pastel, zapatos color marfil y cartera al tono caminé hacia la estación en busca del tren; en el trayecto, repasaba cada palabra de la alocución.

Elba me esperaba a la entrada del salón de actos, fuimos al escenario, acomodé el atril y apoyé las dos hojas mientras ella probaba el micrófono.

La gente ingresaba, acomodándose en las butacas; en primera fila los malditos, observándome, pero sus miradas no hacían mella en mí.

Caminé de una punta a otra del escenario para tranquilizarme, el jefe se acercó para darme fuerzas. Elba, con una copia del discurso, se quedó a un costado del escenario, si yo me trababa, ella continuaría.

Me acomodé frente al atril. En el auditorio habría unas treinta personas, una luz blanca me iluminó, había llegado el momento, apreté la foto guardada en mi bolsillo e imaginé que las butacas estaban vacías y el telón de terciopelo rojo aún estaba cerrado.

Comencé a leer con voz enérgica, fueron cuatro minutos que parecieron una eternidad, finalmente escuché los aplausos. El jefe subió al escenario se acercó diciéndome en voz baja: excelente.

Esa experiencia me dio mucha seguridad, a partir de ese día participé de otros eventos que permitieron manejarme con confianza y determinación en el entorno social. 

  María Laura Finochietto (CABA)

 

17. PERVERSIDAD

Bajé del taxi acomodando mi trajecito color gris topo, miré los cincuenta o más escalones que me separaban de la entrada principal, era el primer día de trabajo en esa biblioteca. Suspiré tomando aliento, comencé a subir con cuidado, no estaba acostumbrada a usar tacones de cuatro centímetros.  Julieta, mi compañera de la Universidad, me esperaba en la puerta de ingreso. Gracias a ella había conseguido una vacante allí, que acepté con mucho agrado, ya que el sueldo triplicaba al que ganaba en la biblioteca de la Universidad.

Caminamos por un gran pasillo de paredes marmoladas ingresando al ascensor. Mientras Julieta me explicaba detalles de la biblioteca yo observaba con detenimiento sin dejar de prestar atención a sus dichos. Me impresionaba la cantidad de gente que iba y venía, dándome un poco de temor, me sentía insegura de no poder interactuar con las personas y lo peor era que al ser una institución militar, la gran mayoría eran hombres.

Entramos a la biblioteca, mi escritorio estaba cerca de una gran sala de lectura con mesas de madera maciza y sillas de roble.  Un mostrador estaba a un costado de la entrada, me explicó que esa era la sección de atención al público, trabajaría allí con ella.

Julieta notó mi nerviosismo y me dijo que iba a poder relacionarme bien con las personas. Pero yo sabía que ella renunciaba en dos semanas, pues había conseguido un puesto mejor.

Seguimos la recorrida hasta que llegamos a una puerta con un cartel que decía “sección procesos técnicos”, había allí cuatro personas trabajando, me las presentó: Eduardo, Carmen, Silvia, Elsa.

Finalmente, fuimos a ver al jefe, un hombre unos veinte años mayor que yo, amable y serio.

Durante dos semanas estuvimos trabajando juntas, entristecí cuando la vi desocupando su escritorio, había sido una buena compañera de estudio. Ella trataba de alegrarme diciéndome que vendría una chica nueva a trabajar conmigo.

Llegó el día de la despedida de Julieta, el jefe y mis otros compañeros estaban presente, la única con la cual podía tener conversación era Elsa, una señora mayor que estaba por jubilarse, los demás tenían cara muy agria y eso me enojaba. Además, cuando entraba a la oficina de ellos, se callaban, como si les molestara mi presencia.

A la semana ingresó Elba, siete años mayor que yo, nos hicimos muy amigas, éramos de caracteres muy diferentes, ella era calmada y yo, que también era muy tranquila, cuando me fastidiaban no podía contenerme.

Pasaron los años, la relación con Eduardo, Silvia y Carmen iba empeorando, las maldades que nos hacían eran cada vez peores. Elba trataba de mantenerse tranquila y yo me encontraba en una encrucijada, no deseaba que la influencia de esas personas interviniese negativamente en mis tareas laborales.

Sentía que eran peligrosos para mi futuro, así que tomé la misma actitud que Elba, pero eso parecía que a los malditos los hacia enojar más, el que no reaccionáramos era como si les diera rabia.

Para mí era una experiencia negativa, no era grato llegar a la oficina y ver que tu silla tenía chicles pegados o que tu escritorio, que habías dejado limpio el día anterior, estaba lleno de cenizas de cigarrillos o café volcado.

Padecí angustia e indecisión. Un día que llegué temprano, no había nadie en la biblioteca, me senté frente al escritorio a pensar, esta situación debía terminar. Escuché los pasos de mi jefe y armándome de valor fui a contarle todo lo que padecía por mis compañeros. Escuchó con atención y dijo que tomaría medidas.

Habían pasado tres meses cuando me enteré de que habían sido sancionados. La situación no mejoró, al contrario, más rabia me tenían.

La relación siempre fue tensa, sentí alivio cuando se jubilaron. Fue una experiencia nefasta en mi adultez.

 María Laura Finochietto (CABA)


16. LAS CARTAS

A los diecinueve años finalicé la cursada del secundario, sentí un gran alivio, no vería más a compañeros y profesores, aunque aún tenía dos previas, literatura de cuarto y de quinto año. Decidí tomarme un año sabático y pensar en mi futuro. Durante ese tiempo, rendí como seis veces las asignaturas adeudadas sin lograr aprobarlas. Tenía confianza en mi misma, me presentaría en cada mesa de examen y las aprobaría.

Mi mayor preocupación eran las relaciones interpersonales, al estar todo el día en casa, leyendo, escuchando música o viendo televisión, no tenia contacto con el mundo exterior, solo alguna salida con mis padres. Faltaba relacionarme con gente de mi edad.

Deseaba actuar en una actividad que me representara un reto personal, sin tener miedo a una relación amistosa.

Un día cayó en mis manos una revista “Vosotras”, creo que la había comprado mi hermana, la leí tirada en la cama, en la última página encontré una carta de lectores. Personas de otras provincias y países limítrofes deseaban cartearse con jóvenes de Buenos Aires, cerrándola, pensé que sería una buena idea, aunque fuera por medio de la escritura estaría conectada. Sin dudarlo, me senté en el escritorio y comencé a escribir.

Había escrito cinco cartas, cuando escuché los pasos de mi madre y su voz preguntado si estaba estudiando literatura, le respondí que no, contándole lo que había hecho, mostrándole las cartas; le pareció una buena idea y me dijo que eso me daría seguridad y confianza en mí misma, percibió mi optimismo y me dio dinero para el correo.

Me vestí rápidamente y salí contenta, era un nuevo desafío. Llegué al correo unos minutos antes del cierre, despaché las cartas; una a Mendoza y dos a Salta y Montevideo.

Regresé a casa por otra calle, Me paré en la puerta de Museo Larreta y vi a un joven repartiendo volantes sobre los cursos que se dictaban. Lo leí y en ese instante se me ocurrió hacer un curso, eso me permitiría animarme a relacionarme con otras personas. Entré,  miré los horarios en una cartelera y me inscribí en uno de Historia del arte español.

Llegué a casa muy feliz, había logrado hacer algo que me llevaría a afrontar situaciones complicadas. Les conté a mis padres, Papá saltaba de felicidad diciéndome que me ayudaría con el arte español, le gustaba mucho la historia; mamá también se alegró por mis decisiones, pero me amargó el resto de la tarde al comnicarme que había conseguido una profesora particular de literatura.

Las cartas fueron respondidas, eso me animo a escribir más, nos enviábamos fotos y postales. Un muchacho de veinte años, Daniel Filipelli, de Salta, vino a visitar a un tío en Buenos Aires y quiso conocerme.  Papá estaba feliz y lo invito a almorzar, se ilusionaba que fuera su yerno, mi padre hablaba tanto que no me dejaba decir nada. Daniel estuvo dos días en Buenos Aires y regresó a su provincia. Seguimos carteándonos por algún tiempo.

Continué participando en actividades culturales donde hubiese mucha gente. Eso me enseñó a no temer a las relaciones personales, además de conocer a otras personas y darme cuenta de que si estaba segura de mí misma podía afrontar cualquier adversidad.

                                                                                         María Laura Finochietto (CABA)


15. LA REBELDE

Atravesé al gran portón de metal verde tomada de las manos de mis padres, comenzaba primer grado. En el gran patio, el Padre Aquino y el Padre Luna, directivos del colegio, recibían al alumnado; unos pasos más atrás una señora de pelo corto y rizado con guardapolvo blanco conversaba con algunos niños, era la maestra. Mamá soltándose se acercó a ella. Me aferré a la mano de papá, la apreté más fuerte, quedándonos atrás mientras él conversaba con los sacerdotes, los conocía porque eran de la Capilla donde concurríamos a misa los domingos.

 Luego de un rato nos hicieron formar para entrar al aula, con tristeza vi como se alejaban mis padres. Antes de entrar por una puerta color gris, divisé a papá tirándome un beso con su mano alzada.

En el salón nos sentamos donde queríamos, yo eligi un pupitre de atrás, así tenía una mejor visión de los demás.

La maestra se llamaba Cristina, su mirada desafiante me producía temor, así que pensé que no nos llevaríamos bien. Con el correr de los días noté que yo no era de su agrado. Me comparaba con los otros niños, diciéndome que no aprendía nada. Así que opté por hacer lo yo quería y no tenerla en cuenta, eso le molestaba mucho.

Me sentía poco valorada, desanimada y notaba que no podía integrarme en las actividades con mis compañeros, además el trato que me daba la maestra no me ayudaba, decía que yo era rebelde y desobediente. La apodé Cuadrada, era cuadrada física y mentalmente.

Dos veces a la semana trabajamos en la huerta plantando rabanitos. Yo odiaba esa tarea, así que cuando la maestra nos daba el balde y la palita para ir al jardín, yo esperaba que todos salieran, retirándome por otra puerta hacia la Capilla, allí, casi siempre encontraba al Padre Luna y me quedaba con él hasta que pasaba la hora de huerta. Cuando volvía al aula tenía que aguantar la mala cara de Cristina.

No percibía en el colegio la armonía y felicidad que sentía en mi casa con mi familia, la escuela era hostil y torturante.

Mis padres ya sabían que padecía pereza para ir a clases y cuando yo no deseaba ir, no iba.

Ese primer grado fue atormentador, para peor en segundo grado tuve a la misma maestra. Para tercero fui a otra escuela, no fue en un gran cambio.

La etapa de secundario la viví un poco mejor, como era más grande tomaba otras actitudes, si algo me molestaba de los profesores, me retiraba del aula.

Tenía quince años, era mes de agosto, desperté una mañana y medite en la cama, pensaba que no debía llorar por llevarme diez materias a marzo, no valía la pena amargarme. Luego de un rato, me levanté, fui al comedor, mi madre estaba desayunando, sentándome a la mesa le dije que había tomado una decisión: no concurriría más al colegio. Charlamos una hora, finalmente nos pusimos de acuerdo, dejaba tercer año, pero lo comenzaría nuevamente al año siguiente.

Nunca me sentí incapaz de lograr lo que deseaba, pero el colegio era un sufrimiento, a los tumbos terminé el secundario.

 María Laura Finochietto (CABA)

 

14. YO MISMA

Hacía años  que venía acarreando situaciones difíciles de sobrellevar, enfermedades familiares y otros tipos  de conflictos.  Muchas veces me sentí  vencida, sin fuerzas ni voluntad, aun  así y como podía avanzaba tratando de priorizar a todos y a todo, quedando yo siempre en último lugar.

En el año 1919, ya mi esposo había partido y mi hijo también, con rumbo para mí desconocido, y con todo el dolor del alma, decidí  no dejarme caer, ocupé  parte de mi tiempo  viajando, la tristeza me acompañaba, pero el conocer lugares y personas me corrían de algún modo de ese estado anímico, me sentía viva.

Llego el 2020 y con él, la pandemia. Contrariamente al resto de la gente, para mí  ese encierro, ese alejamiento de todo y todos, me ayudó a encontrarme a solas  con mis propios demonios y a aceptar cosas a las cuales me resistía. La soledad nunca fue un impedimento para mí, no me sentía deprimida por la misma, por el contrario, me sentí  yo misma, libre  de todo ocultamiento. En esos días no tuve que demostrar  estar bien, cuando en realidad  no lo estaba, pude llorar a gritos, elaborar mi duelo, comprender  que no debía  ser tan dura conmigo adjudicándome culpas, permitiéndome aceptar que era humana y también tenía derecho a equivocarme y entender que no era Dios, para  estar en todas partes, en todos los momentos y para todos.

Fue en esos días cuando comencé a perdonarme, a agradecerme por haber tratado mil veces de estar con quién me necesitaba, muchas sin lograr  nada, sintiéndome  frustrada,  pero comprendiendo al fin, que no todo dependía de mí. Me siento en paz con mi conciencia y conforme con la persona que logré ser.

Entendí que no decir no es bueno, que mi salud mental y física  debe estar primero que todo y que todos.

Li (CABA)

 

13. SOBREVIVIENTE

Nunca antes había pensado con detenimiento como habían sido mi infancia y mi adolescencia.

Hoy mirando mi pasado con ojos de adulta, descubrí  que mi niñez fue muy diferente a la de los otros niños. Esa naturalidad con que aceptaba mis obligaciones no la sentía como una sumisión, seguramente se habían encargado de hacerme creer  que era mi deber.

Hoy recorriendo mi historia, siento que no me  cuidaron, no priorizaron mi niñez, me negaron los momentos de juego, de risas, de disfrute, los opacaron  de manera egoísta.

Inconscientemente esas experiencias me sirvieron para no repetir historias.

Como adulta yo también cometí  errores, pero nunca de forma consciente, tal vez por ignorancia, por falta de información y muchas otras veces por temor. Aun  superándose  las situaciones, sintiendo que no podría,  le di para adelante y pude.

Siempre traté de superarme como persona, traté  de aprender de mis errores y nunca me sentí víctima, ese papel no va conmigo. Por ahí la sobreviviente de una historia que no fue fácil y a pesar de todo siento  que el aprendizaje  valió  la pena, creo que el resultado final muestra que soy, lo que soy.

Li (CABA)

 

12. ASIGNATURA PENDIENTE

Contradictoriamente a lo que mi papá me exigía  en los años de escuela primaria, al término de la misma, decidió que yo no comenzara el secundario, sosteniendo un pensamiento machista y retrógrado, de que al casarme el estudio no me serviría de nada. Era en vano tratar de hacerle entender que estaba equivocado.

Durante mi adolescencia no me di cuenta de la importancia que tendría a futuro, no haber logrado tener un título.

Cuando mi hija comenzó el secundario, tuve el deseo de empezar yo también, pero quedé  embarazada y con mi otro hijo iniciando el primer grado, se me dificultaba poder hacerlo. A los cincuenta y cinco años sentí la necesidad de hacer algo por mí, hasta ese entonces me había dedicado  exclusivamente a mi familia.

Sabía que era mayor para conseguir un trabajo, aun  así no me quedé  tranquila. Me atreví  a preguntar  en un jardín maternal casi pegado a mi casa. Hablé  con la dueña, me hizo varias preguntas, entre ellas si tenía título secundario, respondí  que no, de igual modo me tomó  el teléfono y todo quedó  ahí. Pasaron unos días y me llamó  para hacer una suplencia en la cocina. Terminado el reemplazo me propuso, si me animaba, trabajar en sala lactario, acepté, primero tres horas, luego las extendió a seis y así durante dieciséis años.

La directora junto con la psicopedagoga me defendieron ante la inspectora que exigía mi título y que terminó aceptando que siguiera como auxiliar en la sala,  haciendo ella la vista gorda.

Tanto mis compañeras como los papás  de los bebés me respetaron y valoraron como una más de ellas. 

Sin embargo algo sobornaba mi autoestima,  yo era consciente de mi capacidad para trabajar, pero había algo que no me permitía sentir totalmente merecido el lugar que me había ganado, era como si mi conciencia me cuestionara esa asignatura pendiente que había dejado en el camino.

Li (CABA)

 

11. NO TODO LO QUE BRILLA ES ORO

Mi amiga Cristina y yo compartimos todas las etapas de nuestras vidas, sintiéndonos  como hermanas gemelas, ambas teníamos  la misma  edad, pero no gozamos de los mismos privilegios económicos.

El padre de ella era militar, su mamá era una señora arrogante cuya mayor preocupación era evitar el contacto de sus niñas con los vecinitos de la cuadra, exceptuándome a mí, la única amiguita que tenían.

La madre trató siempre de hacer de sus hijas futuras señoritas de sociedad, cosa que con Cristina no pudo lograr. 

Vivían en una hermosa  casa de dos plantas, con teléfono de línea, algo que en esa época no todos teníamos, un buen auto, mucha vida social y viajaban a muchas partes, todas cosas que en mi mundo familiar no existían.

Mi mirada de niña ambicionaba la suerte de mi amiga, imaginaba que en esa forma de vida maravillosa,  todo sería perfecto. 

Lejos estaba de la realidad. Con el tiempo pude comprobar que la gente vive mucho de apariencias, me di cuenta de que mi amiga  no era feliz con esa vida que pretendían imponerle. Ella era simple y deseaba vivir como cualquier chica de su edad.

Esa rebeldía  a no querer acatar las normas que le imponían le ocasionó  muchos conflictos y la desaprobación y el descontento de su familia,  convirtiéndose  en la oveja negra.

Después de comprobar que no todo lo que brilla es oro, entendí  que lo que a mí me hacia importante como persona,  no pasaba por  las cosas materiales que tuviera,  sino por la valoración y el orgullo de aceptarme tal cual soy.

Li (CABA)

 

10. ENERGÍAS

 NEGATIVA

La mala, la inútil, la pobre, la que eligió parejas incorrectas, la que abandonó a sus hijos, la estúpida que estudió música, la inadaptada, la sucia, la desordenada, la gastadora, la que no iba a saber cuidar a su hermano, el trapo de piso, la débil, la sirvienta, la agresiva, la discapacitada mental, la que nunca pudo… Mis padres fueron tóxicos, me chuparon la energía, me sentí esclavizada, maltratada, no escuchada. Nunca supe cómo expresarles esta necesidad permanente que tengo de tratar que me aceptaran como soy y celebraran mis logros. Papá no escuchaba ni oía y mamá oía, con el oído, pero todo lo transformaba en palabras y sentimientos negativos y deformaba las situaciones. No merezco el dinero, ni la felicidad, ni la hermosa familia que construí, ni la bella música que interpreté. Mamá compitió conmigo a ver quién tenía el hijo más inteligente y papá reparaba sus falencias con dinero. La relación con mis padres se transformó en energía negativa que bajó mi autoestima hacia las profundidades más oscuras.

 POSITIVA 

La mujer amorosa, la madre cariñosa, la persona empática con los seres más vulnerables, la que escucha, la que aprende permanentemente, la atenta, la comprometida, la que se adapta a todo, la compañera, la alegre, la paciente, la que todos aprecian, la trabajadora, la puntual, la obediente con las leyes, la que logró grandes cosas en silencio… Años de terapia para tratar de entender que yo no era lo que me imponían ser. Años de búsqueda espiritual para tratar de convertir lo negativo en positivo: lecturas, canciones, acercarme a personas que me hicieran bien. Me costó y aún me cuesta. Trabajo día a día para que no se derrumbe esa mujer casi completa que me costó tanto reconstruir.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

9. LA MODELO 

Cuando tenía doce años me sentía linda, alta, simpática y se me había ido un poco la timidez. Por esa época tuve mis primeros novios, unos chicos preciosos con los que me iba caminando a casa a un metro de distancia y sin hablar porque me ponían nerviosa, pero me animaba. En el colegio convocaron a las chicas y chicos de séptimo grado para un desfile de modas, fui atraída por la propuesta y me sumé al evento.

Estuvimos ensayando un par de meses y yo estaba feliz: la postura, el movimiento, la música de fondo, sería mi primera gran actuación como solista frente a tantísima gente. Sentía que me lo había ganado, que había sido decisión mía, nadie me había elegido, ni nadie me había convencido. Recuerdo que nos habían llevado a una casa de ropa y nos habíamos probado un montón de prendas, alegres, porque era para la primavera. ¡Me sentí tan importante! Cuando llegó el dichoso día me vistieron con un jumper con algunas pintitas, con volados y muy colorido: en blanco verde y naranja, y me calzaron con unas sandalias de tela verde loro y taco de yute, algo así como la arpillera. Me hicieron un peinado ondulado en mi larguísimo pelo y me pusieron un moño verde que hacía juego con las sandalias además, me pintaron como a una verdadera modelo.

Salí a la pasarela, no tuve ni un poquito de nervios, sentía que eso era algo que me encantaba hacer, caminé cómoda y con una gran sonrisa, lo hice perfecto. Luego tenía que quedarme en el escenario y me aplaudieron mucho. Al finalizar hubo un ágape con sandwichitos y coca cola. Fue uno de los días más hermosos de mi infancia.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

 8. MIS DEFECTOS

Ay, pensé:  

"Qué pereza me da ponerme a escribir sobre mi Autoestima en la Adultez" 

 Entonces decidí que lo haría por partes, empezaría el sábado, aunque luego lo pasé para el domingo y acá estoy haciéndolo el miércoles...

Bueno... la verdad es que lo que estoy contando es fiel reflejo de dos de las actitudes negativas que me gustaría corregir, ellas vienen juntas, de la mano, son la pereza y la postergación. Han dejado huellas en mí vida y todavía influyen mucho en algunos momentos.

La ira me desarmoniza a veces, por suerte es cada vez menos frecuente, pero aparece.

La necesidad de aprobación por parte de los otros me atraviesa aún, sobre todo en el plano de lo estético y me causa incomodidad. 

La cobardía hace de lo suyo cuando quiero decir que no a las personas que amo y estimo, necesito que me quieran como a "monedita de oro" 

Tiendo a ser revanchista, pero si logro verme en esa me freno. 

Soy muy habladora y me cuesta escuchar, pero esto lo vengo modificando. Con lo de la escucha me pasa algo muy particular, ya que de niña era gran "escuchadora" de mí madre, y hoy día me interesa acompañar a quien me cuenta algo  y me encuentro escuchándolo con atención  

Soy impaciente, ansiosa y por eso interrumpo en las charlas

En ocasiones soy autorreferencial, pero lo hago con el propósito de que el otro me sienta identificado con su problema, pero a veces pienso que se me va la mano.

Soy bastante desprolija, a ver, en mí aspecto soy cuidadosa, con mí casa soy preciosista, si se quiere, pero hago las cosas pensando: "bueno, después lo acomodo mejor", guardo las cosas en cualquier parte y luego no las encuentro.

Las bolsitas son mí perdición, todo lo que me puede interesar y sea pasible de ser guardadoen una bolsitava a parar a una bolsita... y esa bolsita dentro de otra cuyo contenido también me importa y lo más seguro es que esta termine dentro de otra bolsita más grande y así una larga sucesión de bolsitas cuyo contenido termino olvidando porque soy despistada   

Me reconozco "bastante acumuladora". Me "apena" tirar cosas y les aplicó un valor subjetivo según a quién hayan pertenecido, el momento en que llegaron a mis manos o lo útil que me pudieron o podrían resultar en alguna oportunidad. Lo bueno es que mí sentido estético juega a mí favor y oficia a modo de límite, creo.

Por supuesto me siento dichosa en muchísimos aspectos, paso a desplegar mis razones: 

Me veo plena, contenta con mis logros y mí crecimiento personal, siento paz interior en cuanto a mí manera de fluir.

Sé que seguramente tengo mucho para trabajar todavía, claro, pero cuento con numerosas herramientas a las que apelo y me apoyan positivamente.

Considero que soy una buena persona, confiable, una ciudadana honesta, tomo en cuenta las leyes, a veces me nombran más papista que el Papa, pero no me importa. 

 Cuando doy mi palabra o acuerdo  algo con alguien lo cumplo, sea con un niño o con un adulto, me interesan las personas de todas las edades, empatizo muy fácilmente porque no quiero juzgar al otro, evito los rollos. 

Me corro del ninguneo y de los chismes,  si me doy cuenta de que estoy teniendo esa mala  actitud  aplico aquel precepto que reza: "Si lo que voy a hablar no mejora en nada la situación de mí semejante es mejor callarlo"  

Entiendo que soy generosa en lo que se refiere a apoyar a mis semejantes aportando mí experiencia, pero sé que está es personal y respeto los procesos ajenos.

Me considero compasiva, si bien en esto fallo a veces conmigo misma. 

Fluyo agradable, la equidad es muy importante para mí, me acerco a las personas con respeto por ellas y por el espacio que les pertenece.

Pido disculpas si siento que estoy equivocada, y soy sincera en esto.

Luego de haber cometido tremendos  errores he buscado y busco una armoniosa reparación, entonces me valoro como una buena madre. 

Me reconozco como una mamá, abuela, esposa, suegra, amiga, hermana, cuñada y amiga, y persona que querría tener. 

 Sé que tratar conmigo es fácil porque les doy a las cosas una importancia relativa usando como parámetro la Libertad, el Amor, el Respeto y el Bienestar.

Priorizó la salud, la vida y los afectos y eso me produce reparo.

Creo que tengo buen gusto y soy divertida. 

Los niños me quieren y me llevo bien con ellos porque soy muy lúdica, me gusta jugar con espíritu infantil, lo aclaro porque los juegos de azar no me interesan. 

Me considero facilitadora en los vínculos.

Soy buena onda porque tengo buenos sentimientos y todo lo nombrado anteriormente mana de mí naturalmente y me hace feliz. 

He descubierto que busco la oportunidad ante las crisis, eso suma posibilidades y aprendizaje 

También vengo despegando de querer tener siempre la razón, manifiesto mi opinión, escucho la del otro, corrijo si estuve errada en mi apreciación, pero si el error, a mi entender es de mí interlocutor no insisto en que cambie su parecer. La vida depende del observador que cada persona viene siendo y yo preservo mí energía

La búsqueda del Bienestar para mí y los que amo es mí Norte.

Mi Meta:

"Una vida que merezca ser vivida y ser la mejor versión de mí misma". 

Mi Misión:

"La Alegría 

 La pongo en práctica por placer, ese placer es mi recompensa 

Optimiza la vida empezando por mi propia persona y por todo aquel a quien pueda favorecer con mí actitud..."

Melinna Trigo (CABA) 

 

7. FORTALEZAS

Nos levantamos de muy buen humor predispuestos a pasar un hermoso  9 de Julio, Día de la Independencia, en el Tigre junto nuestros amigos Adriana y Daniel. 

Como solemos hacer cuando salimos con otra pareja decidimos ir en un solo auto, lo que siempre suma diversión pues normalmente vamos contando situaciones y haciendo bromas.

Ellos vinieron hasta nuestra casa en Villa del Parque y desde allí partimos.

Estábamos a mitad de camino cuando entre las risas la voz de Edgardo, mi marido, pasó casi desapercibida, nadie le prestó atención hasta que se convirtió en un grito 

"Se está prendiendo fuego el auto, bajemos, bajemos ya...! ", dijo

Fue un instante, uno solo, en el tomamos conciencia de lo que estaba pasando.

Nuestras risas cesaron y nuestros rostros pasaron a manifestar una nueva expresión trocando la diversión en estupor.

Apreté fuertemente mi cartera contra el cuerpo y bajé corriendo junto a Adriana hasta un quiosco de revistas distante a una cuadra.

La kioskera nos preguntó si estábamos bien y nos ofreció agua. Mientras tanto el hombre que estaba con ella se apresuró a llegar al auto para convencer a mi esposo y a Daniel para que se alejaran, ya que estaban con nuestro matafuegos y el de otras personas tratando de sofocar las llamas.

La gente apareció de todos lados, parecía que hubiesen florecido del asfalto, muchos colaboraban con baldes, con todo lo que pudiera contener agua y hasta arena y llamando a los bomberos... 

Llegó la policía para alejar a los presentes, dado que el auto podría estallar.

Mí amiga y yo les gritábamos a nuestros maridos que lo dejaran, que se alejaran, pero ellos en actitud temeraria insistían en una faena totalmente inútil ya que el auto era una llama gigante, amorfa, candente, irrecuperable... 

Finalmente, luego de inútiles esfuerzos, abandonaron la tarea estéril. 

Ver a mI marido sano y salvo y a mis amigos en perfecto estado físico me serenó. Le pregunté a Edgardo si el seguro estaba al día, me dijo que sí, entonces me sentí tranquila, debo reconocer que soy bastante materialista. 

 Después de comprobar nuestra preservada integridad física y la cuestión económica me alivié mucho.

Eran aproximadamente las trece horas. 

Mí esposo decidió que regresaríamos a casa, nuestra salida había quedado frustrada

Estábamos en San Isidro, era un día precioso y en la esquina descubrí una parrilla con un invitante aroma a carne asada y les propuse ir a comer allí. Mi marido dijo él ya no tenía hambre, pero yo le guiñé un ojo a mis amigos, ellos me apoyaron y entonces, luego de cierta resistencia, terminó aceptando. 

Entramos al sencillo comedero donde nos recibieron con aplausos

El dueño tuvo la deferencia de acercarse a conversar con nosotros y los mozos  nos atendieron maravillosamente.

Aquel almuerzo se prolongó por un par de horas y mi mayor placer fue ver reír a mí marido luego de esa experiencia desagradable, ya que tanto él como yo valorábamos mucho aquel elegante Citroên C4 azul.

Mientras comíamos sentí un gran agradecimiento a la Vida porque estábamos íntegros y porque aquella situación evidenció la actitud de tanta hermosa gente extraña  que generosamente nos dio una mano, nos alegró la comida con sus acotaciones y nos brindó su buena onda como viejos conocidos

Estábamos por salir ya a la calle, habiendo tomado previamente una copa de espumante obsequio del lugar,  cuando se nos acercó un señor mayor, otro comensal, quien trayendo un rosario de madera en sus manos lo colocó respetuosamente en las mías diciéndome que había estado observando todo lo sucedido, que quedó muy conmovido y que por favor aceptara su obsequio, cosa que hice emocionada

Hoy día ese regalo nos  acompaña en nuestro nuevo auto

Vueltos a casa, mientras yo tomaba mí delicioso cafecito de filtro y mi esposo su acostumbrado té de manzanas, le comenté que, contrariamente a lo que se podría suponer, yo sentía Alegría y Enorme Gratitud a Dios y al Universo por ese día. Una paradoja.

Esas actitudes son frecuentes y forman parte de ms fortalezas.

Melinna Trigo (CABA) 

 

6. DIGNIDAD 

CASEROS FEBRERO  de 1968 

Sonó el timbre en nuestra casa, un sencillo PH que por fin luego de enormes sacrificios económicos mis padres habían logrado comprar en ese prolijo y casi itálico barrio del conurbano. 

Corriendo nos asomamos a la reja de la puerta metálica en color gris perla para ver el rostro sonriente del tío Gino quien con cara de Papa Noel flaco portaba en sus manos una fuente tapada con un repasador blanco

Nos pusimos muy contentos mi hermanito Alejandro y yo de recibirlo, sobre todo yo, porque más que intuir, podía prácticamente saborear el contenido de aquel misterioso envoltorio gastronómico al que nos tenían acostumbrados año a año nuestros parientes de Parque Chas.

Se trataba, lo comprobé después, de unos suculentos higos blancos, esos increíbles obsequios de la naturaleza, verdes brillantes por fuera, rojos fuego por dentro, dulces como miel, absolutamente acaramelados,  manjares que yo, como buena golosa,  consumiría en un santiamén.

Luego de saludarlo con mucho apuro Alejandro se fue a la calle a jugar con sus amigos y yo entré a la cocina a poner la pava en el fuego para agasajar al tío con unos ricos mates.

Mi madre se sentó junto a él y se pusieron a conversar con mucho detalle de cosas familiares. 

En ningún momento dejé de observar que el tío traía en sus manos otro paquete, envuelto en un papel de mercería, de esos medio descoloridos con pintas y rayitas de colores que no invitan para nada a interesase por  su contenido. (seguido)El hecho es que en manos de mi pariente me llamaba la atención

Bandeja para el mate en mano, con pava incluida, me acerqué a ellos y mi tío interrumpiendo la conversación que estaba teniendo con mi mamá, ensayó una disculpa por lo tardío de aquel "detalle" y entregándome el paquete me dijo que me lo enviaba su esposa, la tía Anita, por mi cumpleaños que había sido en diciembre.

En ese entonces mi Tere y yo andábamos buscando armar un uniforme para el colegio secundario religioso subvencionado al por el Estado en que comenzaría las clases al mes siguiente. 

 Realmente los valores eran altos, aun para conseguir un atuendo que si bien era totalmente sencillo, pollera gris, camisa blanca, sweater, blazer, medias y corbata azules, mi madre le había hecho el comentario a su prima Anita y esta le sugirió que me lo hiciera hacer a medida dada mi obesidad y el elevado costo de la sarga, tela habitual a utilizar estos casos Por eso,  ella, a modo de colaboración, me envió ese regalo

Obviamente los comentarios que precedían a este obsequio y la presentación del mismo, habían ya vuelto patética la situación pero no pude contener mi ira, cuando al abrir aquel bodoque apareció ante mis ojos una tela completamente ordinaria, fea, áspera al tacto y con olor a naftalina. La tiré al suelo con total desprecio sin decir media palabra.

Esa no era una actitud habitual en  mí, que recibía los desprecios, comentarios y regalos de cosas usadas provenientes aquella familia de la calle Berna con bastante hidalguía, de un modo casi estoico, aunque no voy a negar de que las muñecas de plástico barato, las ollitas cuyas tapas jamás coincidían por las rebarbas de los bordes y los camioncitos de plástico horripilantes que nos regalaban aquellas personas me habían arrancado lagrimas más de una vez.  Pero yo me ocultaba de las miradas de mis padres y mi hermanito para no pasarles mi angustia por sentirme denigrada, aunque de quienes más ocultaba esas emociones era de las personas por las que me sentía ofendida

En esa oportunidad mi madre me manifestó un gran desagrado por mi actitud frente al tío Gino, le pidió disculpas, pero hizo algo que llamó poderosamente mi atención: doblo con mucho cuidado aquella espantosa tela y colocándola nuevamente en su envoltorio desangelado se la devolvió al tio Gino diciéndole que seguramente alguien podría aprovecharla ya que ese no era mi caso

Miré a los ojos a mamá y pude ver un brillo maravilloso, una fuerza triunfadora en ellos, entendí que la Tere, a través de mi accionar,  había tenido un encuentro liberador con la dignidad.

Después de la cena, mientras mama  remendaba una media, hablamos de lo sucedido. Me pregunto por qué había reaccionado así, entonces le pude decir muchas cosas que me mortificaban y hasta me animé a hacerle algunos reproches porque ella aceptaba todo  tipo de cosas de dicha familia, algunas realmente deleznables, ellos estaban en una posición económica más holgada que la nuestra, y aunque a veces nos habían dado cositas que ya no usaban pero que estaban buenas, en algunas oportunidades eran cosas absolutamente detestables. Nosotros éramos merecedores de respeto a pesar de ser humildes.

La gratitud es un sentimiento poderoso y realmente me considero agradecida, pero según mi entender, el respeto por uno mismo hace que no dé igual si percibimos que lo recibido atenta contra nuestra dignidad.

Melinna Trigo (CABA) 

 

5. ESTADOS DE ÁNIMO

Intento recordar ciertos sentimientos de la infancia,vagos, borrosos, desdibujados e inciertos que, por alguna razón, resumí en estos versos una tarde de setiembre frente a una fotografía en blanco y negro de mis diez años.

AUTOCRÍTICA

Aquella postura de princesa,

mirada vacía,

pelito y tristeza,

Un sillón de hipocresía

en fiesta.

 

Y el oscuro papel

que la remata

pobre pequeña,

sin esperanza.

 

Esta imagen resume momentos de nostalgia infantil que una instantánea logró captar entre tantas otras imágenes plenas de alegría, vivacidad y energía,reflejo de una infancia feliz. ¿O quizás no lo fue tanto? Cómo logró obtener el espejo de la cámara este otro cuadro frente a los cientos que reflejaban la eterna sonrisa, el entusiasmo y la inquietud constante. ¿La niña bonita y dotada dejó entrever por una vez esa otra fotografía interna? ¿Esta era la verdadera, la de los temores, las extrañezas y los enojos?¿Es posible que la pequeña movediza y alegre también incluyera esta otra melancólica y de ojos tristes que se escondía detrás de los inefables destellos de inteligencia y agudeza tan elogiados por la familia? Algunas advertencias podrían percibirse en esa instantánea del cumpleaños de Gracielita, que por orden materna interrumpió los juegos infantiles y la obligó a sentarse en un sillón imponente del living frente al empapelado bordó oscuro,y compuso una imagen lúgubre, oscura y contrastadacon la bulliciosa fiesta infantil que estaba disfrutando. Por qué la detuvieron para obligarla a dar testimonio de la niña que en general lograba esconder.

Por qué mamá me obliga a sacarme esta foto horrible, yo quiero seguir jugando en la terraza a las escondidas con mis amiguitos. No ve que mis rodillas están sucias y mis zapatos blancos tienen las puntas negras.Se va a notar que se descosió un poco el dobladillo de mi vestido. Por qué me molesta.

Siempre ocultó, por ejemplo, la tristeza que le producía separarse de la familia, aunque fuera para ir a comer a la casa de una amiguita y pasar la vergüenza de pedir volver a su casa invocando sentirse mal. También le pasaba lo mismo en la colonia, donde de día disfrutaba de juegos y deportes y de noche extrañaba hasta el límite de chuparse el dedo como un bebé hasta dormirse.

Hoy fue mi mejor día, les gané en salto en alto y también en la carrera de cien metros a los varones. Después descansamos en las cabañas que parecen de juguete en la Isla de los Robinsones y merendamos pastelitos de dulce de membrillo. A la tarde ensayamos la obra “Pedro y el Lobo”; voy a actuar de pájaro y seguro mi disfraz será muy hermoso. Estoy feliz. Ahora se acerca la noche y empiezo a ponerme triste. Extraño a mamá y papá, quiero que me vengan a buscar, tendré que aguantarme, sólo espero dormirme pronto. Capaz me pase a la cama de la profesora Celia que siempre me hace un lugarcito. No me importa que huela a cigarrillo.

Otro dato singular es que la niña preciosa ocultaba sus manos para que no vieran que se comía las uñas, hábito compulsivo que nunca relegó en la infancia, y seguramente respondiera a ansiedades ocultas o a miedos latentes frente a los que recibía la orden, “no te comas las uñas”.

No puedo, no puedo y no puedo dejar de comerme las uñas. Hagan lo que hagan, aunque me pongan acíbar en mis dedos o veneno,en algún momento me las voy a comer. Por qué no se fijan en otras cosas, con todo lo que hago en el colegio, en inglés, en el club o donde sea. No me molesten más.

Y los enojos, por qué las rabietas de esa niña tan alegre y feliz. Los arranques eran súbitos y coléricos. Vaya a saber por qué sucedían. Lo cierto es que pasaban rápido, pero le dejaban rastros de cansancio y agotamiento.

Me enoja que mi hermano me rompa los juguetes, pero hoy llegó al colmo, le sacó la cabeza a “La Negrita” la muñeca que tanto quiero. No sé cómo se trepó al estante de arriba donde siempre la guarda la abuela Tita y me la baja para que yo juegue. Lo único que sé es que me dio tanta rabia cuando la rompió que le tiré un libro de tapa dura con tal mala suerte que le dio en la cabeza y ahora le hicieron un vendaje; seguro él va a ser el mimado cuando lleguen papá y mamá a buscarnos y me van a retar a mí.

Aquella fotografía del cumpleaños fue el compendio exacto de la simulación de lo que no quería ser, de la permanente irrupción en las relaciones personales y sociales, del obligado predominio de la imagen por sobre la realidad, de la impuesta apariencia versus la natural autenticidad que superaron la infancia para prolongarse en la adolescencia y la primera juventud. Logré construir tras muchos años de sufrimiento y esfuerzo interno y personal otra estampa de mi propia humanidad.

Alexis de la Fuente (Buenos Aires)


4. UNA NENA BRAVA

CASTELAR, Pcia de Buenos Aires, AÑO  1961

 Los rayos de sol eran abrasadores en aquellos veranos,los pastos ofrecían ese aspecto desolador de la sequía más intensa en los baldíos de mi barrio mientras en los jardines florecían las flores mas bonitas, coloridas y olorosas, fruto del cuidado de sus dueños que por las mañanas muy temprano,o bien entrado el anochecer, las regaban mientras charlaban de una casa a la otra. A mí me gustaban todas, pero mis preferidas eran las rosas y había para elegir...

 Era muy lindo andar esas calles a mis seis años en revoltosa compañía de mis amiguitos La hora de la siesta se prestaba para la rapiña así que con una agilidad que hoy puedo evaluar como impresionante yo saltaba cercos, trepaba algunos muros, me escabullía entre los setos de ligustrinas y  tuyas para robar aquellos tesoros de la naturaleza con total desparpajo y falta de consideración hacia quienes tanto esmero ponían para conseguir esas maravillas en sus cuidados chalecitos de clase media trabajadora. 

Era  una nena brava yo,a decir de mis padres y vecinos, así que era frecuente que algunos de aquellos tocaran el timbre de mi casa para hacer sus reclamos a mi madre que pedia disculpas en su lengua "argentana" y acto seguido me agarraba fuertemente de un brazo o de los pelos para surtirme una buena paliza aleccionadora que no me aleccionaba nada y me imponía alguna penitencia que jamas podría cumplir dado que ella  no tenia demasiado paciencia,ganas ni estado de animo para sostenerla.

 Desde los cuatro hasta los ocho años en que vivi en Castelar. Me nombraban BRAVA, REVOLTOSA, CALLEJERA, RESPONDONA, PELEADORA, REBELDE, POCO PULCRA, ROBAFLORES, CAPANGA,PICARA,TRAVIESA,DESOBEDIENTE

Eso sí, le ponía el cuerpo para defender a mis amiguitos,tenia buenos sentimientos y era simpática por eso aunque suene increíble la gente me quería

Me convidaban con galletitas caseras, torrejas de lechuga con pasas de uva, especialidad de Doña Juana de la esquina y hasta me regalaban algunas rosas de vez en cuando,creo que a modo de soborno para que no asaltara sus preciosos jardines.

 

CIUDAD DE BUENOS AIRES/JUNIO 1964

 -"Trigo,aqui le entrego su cuaderno...

Muy bueno su trabajo de investigación sobre los indios patagónicos,  pero quiero hablarle en el recreo, quédese en el aula..."

 La voz de la señorita Yolanda decia algo alentador,pero el gesto en su cara demostraba desagrado

 La verdad era que yo ya reconocía aquella actitud hacia mi de parte de la maestra de sextogrado,la mas exigente y temida de toda la escuela primaria estatal a la que concurría en Villa del Parque

 Sonó el timbre y luego de salir todos mis compañeros apresuradamente para no perder ni un segundo de recreo,nos quedamos a solas ...

La vi acercarse con esa presencia suya, alta, morena, atemorizante, en su rostro aindiado se veía una ceja levantada en típica señal de enojo,mientras sus ojos negros me observaban sin piedad y de su boca carnosa coronada con dientes blanquísimos salio la frase tan temida....

 -"Trigo, su mapa es un desastre... ¡Realmente da asco!, ¿usted estuvo practicando con tinta china como yo le ordene? Me parece que usted. no entendió que solo podré permitirle ser parte de la obrita para el 9 de Julio si sus trabajos mejoran la presentación, yo no puedo ir a dirección con ese cuaderno suyo tan desprolijo y descuidado y decirle alegremente a la directora que nuevamente la quiero para representar el trabajo de mi grado, si usted insiste en traer trabajos prácticos tan inaceptables... Por favor Trigo, practique, practique,practique... Prepare sus cosas después del recreo y se me va para el salón de actos, hoy tenemos las dos ultimas horas para ensayar. El dia de la presentación se me viene con el pelo medio recogido, moño níveo, espero verla con el guardapolvo impecable  y con esos zapatos limpios, parecen grises, los quiero blancos...y.. además, Trigo, si usted se diera cuenta de cuanto mejoraría si lograse bajar esa panza... Tuve que convencer a mis compañeras de comisión del dia de la Independencia de que a pesar de su gordura  le dejaran hacer el papel de novia del soldado Gimenez, colabore Trigo,colabore por favor"

 Una vez en el patio, después de ir al baño,me acomode en un rincón escondido reparado de las miradas y preguntas de mis compañeros de grado, saque mi sandwich de dulce de batata en pan de viena y lo comí con fruición, casi desesperadamente,mientras mi enojo hacia mi misma cedía dando paso a cierta convicción de que a Yoly después de todo lo hacia por mi bien

Ella era así, medio maltratadora y con cara de perro malo pero sentía un aprecio especial por mi porque le encantaba como yo declamaba, me ponía en todos los actos de los que participaba mi grado y me proponía para aquellos en los que el colegio tenia que presentar actividades artísticas para autoridades escolares visitantes.

 Bien claro me iba quedando a mi aquel dicho que reza:"Porque te quiero te aporreo..."

Mi madre me lo recordaba siempre que yo volvía a casa mortificada por el trato de la Seño Yolanda.

 La intervención de aquella maestra me genero sentimientos ambiguos.Con el paso de los años la  recuerdo con cierto dolor y  con un particular agradecimiento. Jamas aprendí a hacer los contornos de los mapas como ella esperaba,pero si me esmere mucho con mis cuadernos y con mi presentación personal

Ella se había propuesto que yo lograra una mejor versión de mí, pero bueno... si bien hubo bastantes buenos resultados me parece que eligió un método algo espinoso para una nena de nueve años.

Melinna Trigo (CABA)


 3. LETTERAS

CASTELAR, Pcia de BUENOS AIRES/ AÑO 1967 

 "Carissima sorella Annina,  ti scribo questa lettera aspettando che vi trova bene di salutte a te e alla tua famiglia 

Cosi ti dicco dell mio sposo Domenico, gli miei figlie e da me unitti all fratello Tonino e a sua famiglia..." 

 

Palabras más, palabras, menos así solía encabezar las cartas que redactaba para mis tías en Italia, antes lo había hecho también para mis abuelos, pero fallecidos ellos quedaban dos hermanas de mi madre a quienes ella decía amar profundamente y a las que había dejado de escribirles de su propio puño y letra delegando esta función en mí dado que, según manifestaba la Tere, mi madre, ella no encontraba palabras para describir la emoción que la embargaba y esto le impedía hilar frase alguna. 

En estas cartas yo ponía palabras cariñosas en primera persona y si bien yo no conocí nunca a mis abuelos ni tíos de Italia fluían de mí en forma natural a raíz de los relatos de mi mamá. 

Incluso era sincera al expresar mis sentimientos ya que la Tere era muy prodiga para comunicar sus vivencias familiares y las costumbres del pueblo de donde provenían ella y mi padre, por lo tanto, yo me sentía muy involucrada con cada uno de aquellos seres lejanos físicamente, al punto de que a muchos los quería y a otros hasta los he llegado a aborrecer de acuerdo a lo referido por mi madre con respecto a ellos.  

  

Luego de escribir las cartas, mi Tere y yo nos sentábamos en la cocina a tomar unos mates con aquellas deliciosas galletitas vainilladas "fideito" que ella compraba por kilos y a buen precio en la fábrica cercana a casa y yo le leía lo escrito mientras ella lloraba copiosamente y se limpiaba las lágrimas con el extremo de alguno de sus delantales a cuadritos que acostumbraba a usar, a la vez que me aseguraba que ella jamás podría expresar sus sentimientos mejor de lo que yo lo hacía, me bendecía por mi inteligencia, mi cariño y por mi amorosidad.

Obviamente la familia en Calabria pensaría que yo solo intervenía con la caligrafía pero que las palabras salían del corazón de mi madre. 

Al final de cada carta yo agregaba una pequeña posdata pidiéndole disculpas por mis errores ortográficos ya que jamás había, ni he hecho luego ningún curso de Lenguaje Italiano. 

Yo simplemente me sentaba papel, lapicera y Diccionario Español/Italiano Italiano/Español en mano y me zambullía en aquellos renglones recurriendo a un toque de realidad y otro de imaginación para soslayar a veces ciertos acontecimientos algo duros para ser contados. En aquellas líneas no hablábamos de penurias económicas, ni emocionales. Tampoco les referíamos lo distanciada y frágil que era la relación de mi madre con su hermano Tío Tonino; Antonio, a quien no dejábamos de nombrar en cada correspondencia como si fluyéramos unidos. 

 

Para mí aquellas "letteras" eran maravillosas, aprendía palabras nuevas de otro idioma, contaba un cuento de vivencias paralelas mucho más gratas que las circunstancias ciertas, me acercaban a una familia que vivía a muchos kilómetros de distancia, en otro hemisferio, pero, por sobre todas las cosas, complacía a mi madre  

Por supuesto ahora pasado ya tanto tiempo he logrado descubrir un goce especial de mi parte y es que aquellas me otorgaban "Otro Poder". Sí, otro de los varios poderes que yo creía detentar a mis diez años, cuando yo era una niña madre de mi madre y de mi hermano además de sentirme muchas veces maestra y protectora de ambos, hermana de la Tere como ella misma me definía y hasta esposa de mi padre que me pedía opinión para resolver cosas que en realidad debería haber resuelto con su mujer... 

Por eso paso a nombrar algunas acciones que he desplegado en mi infancia entre otras seguramente: evaluar, decidir, definir, cuidar, entretener, alegrar, aliviar, acompañar, proteger, ordenar, soslayar, escuchar, interpretar, superar, percibir, atender, empatizar, imaginar, crear, armar, mostrar, comprender, sostener, consolar, conformar, reemplazar, involucrarme, demostrar, mostrar, despertar y, fundamentalmente, AMAR a los míos a costa de todo... 

Hoy, me siento fortalecida y agradecida por todo esto, porque a mi entender estas actitudes POSITIVAS me definen, están grabadas en mi Ser y me gustan mucho 

 

SOY YO.

Melinna Trigo (CABA)


2. EL ABUELO JOHN 

¡Hoy viene el abuelo John a casa! Seguro me trae chocolatines en el bolsillo de su sobretodo, los que tienen dibujitos de animales que tanto me gustan. Voy a ver si llega. Su figura se va agrandando mientras se acerca por la calle Nazca, hasta que se para justo debajo del balcón y me saluda con su gran sonrisa.Mamá, mamá ahí viene el abuelo. Me cuelgo en sus hombros y busco los chocolates mientras él se ríe a las carcajadas. Hola,Ale, cómo estás, cómo te fue en el colegio. Abu, me saqué un diez en dictado. Vuelve a reírse y me dice, mi nieta es muy inteligente, el sábado cuando vengas a casa podemos ir de picnic en bicicleta al golf de Palermo, la abuela nos va a preparar unos sándwiches de milanesa y buscaremos pelotitas al borde del campo de juego, ¿te parece? Salto de alegría y corro a ponerme las Skippy para ir a la plaza. Vamos tarareando en griego una canción que me enseñó de cuando él iba a la escuela y después repetimos juntos las letras del alfabeto para que me las acuerde, alfa, beta, gama, delta, épsilon, y así hasta omega y me río mucho cuando no me sale de la forma perfecta que tiene de nombrarlas.

El abuelo es muy sabio y me cuenta historias sobre su vida en Grecia a orillas del mar Mediterráneo donde veía peces de colores mientras nadaba. Sabés, Ale, mi mamá, Delfina, cuidaba ovejas, labraba la tierra, sembraba semillas de maíz y molía la harina con la que amasaba el pan. También hilaba la seda y la lana para coserles la ropa a mis diez hermanos. Ellos trabajaban de sol a sol porque no tenían luz, por eso mi familia se levantaba al alba y se acostaba al atardecer. ¡Cómo me gustan estas historias! Después me muestra una foto de su mamá donde está vestida de negro y tiene el pelo gris. Me da tristeza y no sé por qué.

El abuelo John también me contó que fue al colegio como yo, pero aprendió a leer y a escribir en griego. ¡Qué difícil debía ser!, por eso lo admiro tanto y quiero ser educada como él. Después vino a la Argentina en un largo viaje a través del Atlántico. No encuentro relatos parecidos en ningún libro de la colección Robin Hood porque son los que cuenta mi abuelo y por eso son únicos. Por ejemplo, cuando estuvo en un “frente” en Egipto y así aprendo que existe otro país lejano. Esa parte mucho no la entiendo, porque es triste la guerra y no me la explica mucho. Solo me extraña que su única golosina fuera un terrón de azúcar y pienso que seguro no se habían inventado los quioscos todavía.

Otra cosa importante que hace el abuelo es llevarme a su iglesia que no es la misma que la de mis padres. Es evangélica y en ella aprendo sobre la Biblia. Los Shanon son unos pastores canadienses que viven enfrente de la casa de los abuelos y son amigos de la familia. Ellos nos hacen jugar los sábados a la Biblia en el templo. Nos cantan libro y versículo y nosotros, los chicos, tenemos que buscarlos lo más rápido posible. Quien lo encuentra primero levanta la mano, lo lee y si es correcto lo felicita el pastor.Gano muchas veces y por eso mi abuelo me regala una Biblia hermosa de tapas celestes y finísimas hojas que leo mientras él lee la suya en griego. No sé cómo hace para entender esas letras tan raras, por eso lo admiro tanto.

Cuando cumplo diez años mi fiesta se hace en la casa de los abuelos. Mis padres me regalan una enciclopedia Larousse de tres tomos que apenas puedo levantar pero que me parece muy importante. Voy a leerla completa me prometo. El abuelo John me compra diez vestidos, sí, esa cantidad, aunque nadie lo pueda creer. Mientras tanto juego con los chicos invitados a la mancha y a la rayuela en la vereda. Pienso que debo ser una nena muy buena o algo así para que todo me salga bien y soy muy feliz de tener tantos amigos y tantos regalos.

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - Corre el año mil novecientos ochenta y uno. Ha pasado mucho tiempo desde aquellos días felices de la infancia. Soy becaria del CONICET, tengo dos hijas y un trabajo muy riguroso, tal vez demasiado, lo que me obliga a disfrutar poco y exigirme mucho. Tanto que a los veintinueve años se publica mi primer libro, que es una síntesis de mi tesis de licenciatura. Diez años me costó obtener el título y el abuelo falleció antes de que me recibiera de bióloga. La vida no me resultó tan fácil como cuando era una niña, pero aquella primera publicación reza antes del prólogo: “A mi abuelo John Papadópulos” y una sonrisa tan grande como la de él se despliega en mi cara.

Alexis de la Fuente (Buenos Aires)


1. LIDIAR CON LA SUERTE

Estaba promediando la tarde. Me encontraba en mi oficina rodeada de papeles. Me separaban unos diecisiete metros del lugar donde realmente estaba la acción en aquel establecimiento. Escuché un grito. Resonó a lo largo de la sala. Me levanté y las ondas sonoras me indicaron hacia donde debía dirigirme. Ahí estaba Roberto apretando insistentemente su mano derecha.

-¿Qué pasó? -pregunté

-¡No sé bien que le pasó, estaba cortando en la sierra! - me contestó otro de los muchachos que en ese momento vi como asistía a Roberto, ayudándolo a sostenerse. Tenía la mano envuelta en algo blanco que no terminé de discernir que era. En un segundo vi como un líquido rojo inundaba esa tela. Todas mis alarmas se activaron.

- ¡Dejame ver! -exclamé

-¡No, no quiero! -me suplicó Roberto. Miré sus ojos que reflejaban el sufrimiento que estaba viviendo. Una mueca de intenso dolor y miedo se dibujó en su cara.

Insistí nuevamente para ver la extremidad pero recibí una nueva negativa. Sentí que no había tiempo para dilatar el momento.

- ¡Vamos al hospital!, ¡llama a un taxi! -le indiqué a una cajera.

Cuando llegó el vehículo el cuerpo titubeante del muchacho respondió de inmediato a mi pedido. Seguía aferrando con todas sus fuerzas el pedazo de tela coloreada de rojo. Llegamos al hospital. De inmediato un médico lo llevó a un consultorio. Estuve un buen tiempo detrás de la puerta, impaciente. Todo había transcurrido muy rápido y la serenidad que hasta ese momento me había habitado, se convirtió de pronto en inquietud por saber el estado de esa mano. Mis presentimientos me indicaban un desenlace sombrío para el fatídico accidente.

Pasaron los minutos, tal vez una hora -no podría asegurarlo- la puerta se abrió y apareció el doctor. Se acercó. Comenzó a contarme las condiciones en que se encontraba Roberto.

-El muchacho perdió el dedo índice -me dijo – en otro caso hubiésemos podido implantar el dedo, pero en las condiciones en que sucedió el accidente y con tanta contaminación es imposible poder recuperarlo. Lo lamento

Me quedé pensando: yo también lo lamento y no sabe cuánto. El muchacho pertenecía a un hogar humilde y su sueldo era parte fundamental en la supervivencia de su familia. El lugar donde trabajábamos era un frigorífico y pertenecíamos a una cooperativa, de la que “supuestamente” éramos socios, pero la realidad era que no teníamos voz ni voto, solo firmábamos lo que nos requerían los administrativos todos los meses. Todas las dudas que experimentaba desde que inicié mis actividades en aquel lugar, relacionadas a la precariedad laboral en la cual estábamos insertos, aparecieron en ese momento.

Era la encargada de aquella sucursal en la ciudad de General Roca, que respondía a un frigorífico central en la ciudad de Bahía Blanca. Anteriormente mis servicios habían sido en dicho lugar, conocía la manera en que se resolvían muchos temas. Los y las trabajadores solían ser meros brazos que respondían únicamente a las directivas del jefe y, los y las encargadas solían ser meros fusibles que estallaban ante la mínima contrariedad para disipar cualquier conflicto que impidiese el normal desenvolvimiento del establecimiento.

Al otro día, muy temprano, comencé mi derrotero para asegurarme de que Roberto tuviera toda la cobertura necesaria. Quería que no tuviese más dolor que el que ya sabía estaba experimentando.

Llamé a Bahía Blanca. Mi jefe no se encontraba, hablé con una administrativa. Le dije que llamaría a la tarde para que me indicara claramente los pasos que debía seguir para que el seguro cubriera el accidente. A las cinco insistí, las respuestas eran notoriamente evasivas a todas mis preguntas. Les dejé en claro que llamaría al día siguiente.

A las nueve del nuevo día volví a llamar. En este caso me atendió otra administrativa, nuevamente las contestaciones fueron ambiguas.

Y así fueron sucediéndose las llamadas una y otra vez. Se repetían respuestas repletas de rodeos que no me definían el tema. Así transcurrió una semana. Un lunes que mis dedos marcaron el número reiterado, escuché con estupor como una voz del otro lado del auricular me espetaba sin miramientos: ¿por qué no dejas de revolver mierda? Un fuego me invadió. Algo parecido al ardor sentí en el pecho. No podía dar crédito a mis oídos, o tal vez sí, pero me resistía a pensar en la especie humana con tal grado de crueldad.

¿Cómo era que habíamos llegado a este punto en la humanidad? ¿Para tener un trabajo y poder llevar un pedazo de pan a nuestra mesa debíamos oprimir el alma de quienes considerábamos subordinados? ¿Cómo era que el vil metal nos había convertido en fieras desalmadas, crueles e insensibles ante todo dolor? ¿Dónde habían quedado palabras como compasión, misericordia, empatía que suponíamos fuente inherente del ser humano?

Roberto mejoró de su herida y casi como una compensación viajó a Bahía Blanca. Hizo realidad un sueño que tenía hacía algún tiempo. Había idealizado el frigorífico central, y quería conocerlo. En un hospital revisaron su mano. Le dieron algunas indicaciones para que siguiera su recuperación. Supe que había tenido un resarcimiento económico por lo sucedido, aunque no los términos del acuerdo realizado.

Un día recorriendo el pasillo que me llevaba a mi oficina, casi como al pasar escuché unas palabras que me indicaron que -después de meses de arduo trabajo- mi labor era reconocida por el personal que tenía a cargo: en este lugar las cosas están bien, porque cada uno hace lo que tiene que hacer. Me sentí satisfecha, aunque mi interior presagiaba otros desafíos.

Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)

 

 

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